Autor: Cerebro

  • Los pobres no necesitan un chocolate

    Los pobres no necesitan un chocolate

    Los pobres no necesitan un chocolate

    En México hay muchos pobres. Aproximadamente la mitad de la población se encuentra en algún nivel de pobreza.

    Varios de ellos habitan en las ciudades. Es difícil no ver a alguna persona en condición de pobreza cuando salimos a la calle. Ahí están afuera bajo el sol tratando de ganarse la vida de la forma que sea. 

    Pero a pesar de que son tantos, a veces nos parecen muy ajenos a nosotros, que somos una minoría, y que tuvimos el privilegio de tener los suficientes recursos para tener una calidad de vida cuando menos aceptable. Cosa que ellos no tienen. 

    Tal vez no nos guste ver a muchos en la pobreza, tal vez pensemos que podemos ser ajenos porque muchos deducimos que no tenemos la culpa: nosotros no robamos ni hacemos nada malo como para perpetuar la pobreza. Aunque la omisión y la apatía también cuenta. 

    Nos han enseñado a ver a los pobres con lástima y compasión, al punto en que algunos de ellos echan mano de estos recursos para obtener algo (dinero, comida) porque básicamente funciona. 

    También nos han enseñado que el asistencialismo y la caridad ramplona son las únicas formas en que podemos ayudar al pobre. No es que no sirva de absolutamente nada darle comida o unas monedas al que lo necesita, pero eso solo resuelve sus necesidades inmediatas. Horas después de que se haya alimentado, el individuo necesitará que alguien más le de otra cosa, para lo cual tendrá que seguir poniendo en riesgo su integridad al colocar gasolina en su boca para hacer un show en el semáforo rojo. 

    Muchas de las personas que dieron algo creen o sienten que ya hicieron lo que podían hacer para ayudarlos, ya se sienten contentas consigo mismas o con «el de arriba». Seguramente varias de ellas son bienintencionadas, pero solo es un paliativo, no combate el problema, el pobre seguirá siendo pobre. 

    Pero la forma en que los individuos ayudamos implica que vemos al pobre como ajeno, que vive en una realidad y en mundo distinto al nuestro. Más que pensar en él como un individuo valioso que merecería al menos tener una mejor suerte, lo vemos con lástima y conmiseración, como pensando en nuestro fuero interno que lo ayudamos porque nosotros no quisiéramos vivir así: ¡qué bueno que no tuve la mala fortuna de ser como él!

    Esta idea del pobre como algo muy ajeno, como aquel al que solo se le puede ayudar con paliativos, es lo que derivó en la campaña de Hershey’s llamada  Hablamos de que se puede tener una buena intención y que por lo tanto no podemos criticar moralmente porque al menos tuvieron «la intención de hacer algo bueno», pero no creo que este haya sido el caso. 

    Primero, me sorprende que una empresa de talla internacional crea que hacer el bien es ir con un pobre a regalarle productos de Hershey’s. Utilizar a la gente pobre como instrumento publicitario (porque no es otra cosa más que esa) no tiene madre. Podría argumentarse que «no tuvieron la intención» o que «no lo vieron de esa forma», pero en ese caso refleja una terrible falta de sensibilidad.

    Segúndo, peor aún fue cómo se llevó a cabo la campaña, en la cual «influencers» fueron los que se dieron a la tarea de «ayudar». Ya no solo fueron los publicistas contratados por Hershey’s los que usaron a los pobres como un recurso publicitario; fueron los mismos influencers quienes presumieron en sus redes sociales haber hecho un acto caritativo.

    ¿Qué costo tiene para los influencers hacer ese acto? Ninguno, en el mejor de los casos el costo del chocolate o del choco milk (esto si es que Hershey’s no se los proporcionó) Pero el costo es mucho menor al beneficio (o bueno, a lo que los influencers pensaron que sería el beneficio): que sus seguidores vieran su «lado humano» ayudando a la gente pobre. 

    La verdad es que probablemente no les importe nada. Seguramente, después de tomarse la foto, estuvieron más al tanto de los likes que obtenían que de otra cosa. 

    Y esto pasa porque la pobreza es ajena al individuo. Solo le sirve al influencer para presumir que ayuda, solo le sirve al político para que voten por él y abrazarse con ellos para el espectacular que se colocará en la avenida, solo le sirve a la empresa para aumentar sus ventas. 

    Hershey’s asumió su error y envió un comunicado pidiendo una disculpa, lo cual ciertamente debe reconocerse porque muchas empresas ni disculpas piden e inventan pretextos para no asumir los errores. 

    Pero el trasfondo es lo que importa, que la gente pobre nos parece muy ajena, que solo se le puede ayudar regalándoles cosas siendo son parte de un país cuyas estructuras les dan muy pocas posibilidades de abandonar su condición, donde el color de piel tiene, de acuerdo a la INEGI, una estrecha relación con el poder adquisitivo. Tal vez de aquí deberíamos partir si queremos ayudarles para que su vida mejore. Ayudar es algo que requiere esfuerzo y sacrificio por parte de quien ayuda; cuando eso no existe, cuando regalar el sandwich que sobró o los 5 pesos que no pesan nada es el máximo «estiramiento» que podemos hacer como humanos, es porque tenemos una gran falta de sensibilidad. 

    Tal vez todos tenemos un poquito de ese egoísmo que quedó palpado en la publicidad de Hershey’s. 

  • La guía definitiva del pensamiento mágico-pendejo

    La guía definitiva del pensamiento mágico-pendejo

    La guía definitiva del pensamiento mágico-pendejo

    El actor y director Odin Dupeyron se convirtió en mi héroe cuando, en un programa de televisión, acuñó el término «pensamiento mágico-pendejo». Logró englobar en un solo término toda una cultura (si es que se le pudiera llamar así) que invade a nuestra sociedad, una cultura de la autoayuda que se caracteriza por ser frívola, falaz y superficial, que genera muchas ventas pero que apacigua a pocas almas atormentadas.  

    Esta cultura del pensamiento mágico-pendejo se manifiesta de muchas formas pero tiene algunas constantes: la primera es que apela a las emociones del individuo; busca motivarlo, busca hacerlo sentir bien, que crea que sí puede, que siente que se empodera, que cuando termine el libro de Kiyosaki o concluya el seminario de Deepak Chopra salga a la calle motivado a partírsela. Pero una emoción es eso, una emoción, y tiene fecha de caducidad. Las emociones duran poco, el sujeto no puede estar en éxtasis por un largo periodo de tiempo, de lo contrario terminaría agotado (porque la emoción implica un gasto de energía). Un estado de éxtasis donde el sujeto cree que lo puede todo también lo puede orillar a cometer actos irracionales, ya que en realidad no lo puede todo.

    La segunda es que se trata de una filosofía muy superficial. No tienes que entender mucho, no tienes que pensar, vaya. En esta cultura las estrategias y hojas de ruta suelen brillar por su ausencia y, cuando existen, quedan supeditadas a las emociones, al sentimiento de que uno lo puede todo, que basta con cambiar la actitud, con enfocarse, con centrar la atención. Así, la gente no se tiene que preocupar por cultivarse, por tratar de entender cómo funciona el mundo. Lo importante es dejarse llevar, abrirse, no cuestionar (porque dentro de la racionalización, dicen algunos, se podría esconder una suerte de pesimismo), vivirlo. Lo importante no es planear la hoja de ruta para llegar al destino sino jugar con las emociones internas. ¿No estás feliz? ¡cambia el chip! ¡sonríe!

    Por medio de la emoción y la motivación, el individuo siente que el método sí le está sirviendo. Esa es una de las razones de su éxito económico aunque sirva más bien para poco. No puedo negar que es grato ese sentimiento de poderte «comer al mundo», pero una cosa es sentir que lo puedes hacer y otra cosa es hacerlo. 

    Este pensamiento mágico-pendejo es fácil de desmontar: es un pensamiento pseudocientífico que puede tener un carácter materialista, o bien, puede apelar a algunas cuestiones espirituales pero deformadas de tal forma que encajen del producto que se desea vender. 

     

    1.- La actitud positiva es bonita, pero es un sesgo cognitivo

    Hace unas semanas escribí sobre el mito del vaso medio lleno y el vaso medio vacío, donde explicaba que un vaso a la mitad percibido de una de estas dos formas es un sesgo cognitivo ya que no se apega a la realidad. 

    El mito de la actitud positiva es una constante dentro de la cultura del pensamiento mágico pendejo, pero ésta es tan solo una distorsión de la realidad. Pero ¿qué es la actitud positiva? 

    Tomemos como referencia a dos personas que tienen el reto de cortejar a una mujer. Juan se siente inseguro y tiene miedo, se la piensa dos veces. Pedro, en tanto, se siente fascinado con la idea. Pero ¿es una cuestión de actitud? Yo lo pondría seriamente en duda. La inseguridad como tal (y como nos lo han querido vender) no es un defecto, tiene una función muy clara dentro de nuestra psique y dentro de la adaptabilidad del individuo al entorno. 

    Juan no se la piensa dos veces porque tenga una «actitud negativa», sino porque no tiene las habilidades suficientes para sentirse seguro a la hora de abordar a una persona del sexo opuesto y tiene que ser precavido: dichas habilidades solo se pueden adquirir con la experiencia. En todo caso, tendríamos que hablar de proactividad: es decir, que Juan, a pesar de su natural inseguridad, va, lo intenta, se enfrenta a sus miedos, asume la posibilidad de fracasar y sabe que es parte del proceso. Al final, el fracaso es una experiencia, y el fracaso juega un papel determinante a la hora de construir las habilidades que Juan necesita para abordar a una mujer. Si Juan se mentaliza y piensa que va a tener éxito nada más está sesgando la realidad y es posible que, en dado caso de que fracase, ante las altas expectativas que se hizo, se frustre. En cambio, si él piensa que necesita adquirir la experiencia entonces asumirá el fracaso con más naturalidad. No asumirá el fracaso como una derrota o una vergüenza, sino como parte de la experiencia necesaria. 

    A mi padre pobre nunca se le ocurrió vender un libro que se llamara Padre Rico Padre Pobre, y por eso es pobre – Robert Kiyosaki

    A Pedro se le ve muy relajado, pero no es su «chip mental» lo que hace que se le facilite el trabajo. Lo que sucede es que él ya tiene experiencia abordando mujeres. Pedro, en algún momento de su vida, estuvo en el lugar en el que Juan estuvo, pero fue adquiriendo la experiencia de forma progresiva hasta el punto en que ya le parece un mero trámite. 

    Pero en la era de la inmediatez y la poca tolerancia a la frustración hablar de «actitud positiva» se vende más fácil que la idea de que el individuo requiere adquirir habilidades y para lo cual se necesita tiempo. Dichas habilidades solo llegan afrontando el fracaso y desarrollando un autoconocimiento personal que tiene que irse trabajando como un músculo (y que, en algunos casos, necesitará apoyarse en alguna terapia psicológica, o incluso en la medicación en dado caso que algún trastorno aqueje al individuo).

    Con esto no pretendo negar la necesidad de automotivación, de visualizar las cosas buenas que se podrían esperar si se intenta para que sirva como motor que motive al individuo. Pero se tiene que hacer con base en la realidad, que el individuo sepa que no necesariamente va a obtener lo que desea a la primera; debe saber que es probable que fracase y, que si lo hace, no tiene nada de malo. Por el contrario, habrá adquirido más experiencia. 

    2.- La falacia del «sé tú mismo». 

    Este concepto va muy en sintonía con el primero. El «sé tú mismo» implica que, basta con una actitud positiva, con suprimir los miedos y las inseguridades (lo cual es técnicamente imposible) para mostrar esa «personalidad natural» que agradará a todo mundo y que logrará que obtengas lo que quieras. Pareciera asumirse que todos tenemos una personalidad innata (una suerte de Brad Pitt en potencia) que está oculta tras los miedos, los complejos y la actitud negativa del individuo.

    Pero la personalidad no es innata. El único rasgo que incide en la personalidad y es innato (tiene orígenes genéticos) es el temperamento, todo lo demás es una construcción. El individuo construye su personalidad con el tiempo, ésta se moldea y se desarrolla con la experiencia, la educación recibida y las vivencias. Dicho esto, el «tú mismo» de una persona insegura y timorata no es ese «Brad Pitt en potencia» sino aquella persona insegura y timorata como tal.

    Los planetas no se alinearon, pero sí se alineó el dinero en mi cuenta bancaria – Paulo Coelho

    El sé tú mismo funciona porque, de nuevo, implica que basta la mentalidad y la actitud para obtener resultados diferentes. El pensamiento mágico-pendejo tiende a rechazar los sentimientos negativos como el miedo o la frustración ya que, dicen, no dejan que ese sé tú mismo en potencia se manifieste. Pero esos sentimientos no son una enfermedad, tienen una función, y hay que asumirlos y entenderlos para poder autoconocerse. De lo contrario, se caería en el riesgo de terminar siendo presa de ellos (lo cual sí es un problema). 

    La realidad es que tú eres tú mismo, incluso las «máscaras» y la forma en que te adaptas a cada entorno social hablan de quien eres tú mismo, la forma en que ocultas algunos rasgos de tu personalidad para poder adaptarte a cierto entorno también hablan de quién eres (hasta la gente de la que decimos que es más auténtica lo hace). En este sentido, una persona auténtica no es más que una persona que ha desarrollado las habilidades necesarias para desenvolverse en diversas circunstancias. 

    3.- ¿En verdad eres único, especial y la vida tiene un tesoro para ti?

    Esto lo he escuchado y leído un millón de veces dentro de la cultura del pensamiento mágico-pendejo. Pero veamos.

    ¿Eres único? Bueno, técnicamente eres único e irrepetible porque no hay algún ser humano que sea exactamente igual al otro. Pero eres único e irrepetible en un mundo donde hay más de seis billones de personas únicas e irrepetibles cuyas conductas y formas de pensar no suelen ser «únicas e irrepetibles» sino que están condicionadas por el entorno y la cultura donde se encuentran.

    ¿Eres especial? Si un libro de autoayuda le dice a todos sus lectores que son especiales está mintiendo. Ser especial implica ser parte de una minoría que sobresale de cualquier forma de los demás, y estadísticamente, lo más probable es que no lo seas. Además, el concepto puede ser relativo. Seguramente eres especial para tu novia o para tu mejor amigo, pero para muchas otras personas eres una persona irrelevante, incluso algunos te visualizan como un número o una estadística.

    Si lo deseas se te dará, pero solo la mitad. Para la otra mitad necesitas comprar la versión premium – El Secreto.

    ¿La vida tiene un tesoro para ti? Primero tenemos que definir qué es la vida. La forma más fácil de definirla tal vez sea la existencia, es decir, el tiempo que pasa entre que un individuo nace y muere; esa es su vida, y todo lo que se narre sobre su vida ocurre en ese lapso. La vida vista así, es una suerte de manifestación que está dada gracias a procesos físicos y químicos adscritos a las leyes de la física (o la existencia de un alma, desde un punto de vista religioso). La vida es una manifestación, no es un ente, no tiene una esencia (quien la tiene es el ser vivo). La vida no existe, la vida es el acto de existir, por tanto la vida como tal no tiene consciencia y, por tanto, la vida no puede «tenerte ningún tesoro».

    ¿Y cómo sabes que tiene un tesoro para ti? A muchas personas les va mal, algunos mueren de cáncer, otros viven en la pobreza extrema, a otros los mandan a la guerra y son asesinados. ¿Qué tesoro tenía para ellos? ¿Por qué crees que tú eres lo suficientemente especial como para que la vida te tenga algo? ¿No será que eso que llamas tesoro no es algo que se busca sino algo que se construye a través del esfuerzo, la disciplina y el autoconocimiento?

    4.- Los decretos y los secretos

    La ley de la atracción es otro de los mitos del pensamiento mágico-pendejo, dice que si deseas algo realmente se te dará, que si tienes pensamientos «positivos» atraerás cosas positivas y si tienes pensamientos «negativos» atraerás cosas negativas. 

    Empiezo por lo primero: ciertamente, es más probable que obtengas algo si lo deseas que si no lo deseas, pero no es algo que ocurra de forma mágica como asegura la ley de la atracción. Es tan simple: si deseas algo, es más probable que inviertas un mayor esfuerzo para alcanzarlo que si no lo deseas (porque entonces no te importa). Pero la ley de la atracción sugiere que te enfoques, que lo desees con todo para que se te dé. Pero eso es a todas luces insuficiente. No basta con desearlo, es necesaria una gran dosis de esfuerzo, disciplina, y una estrategia adecuada para llegar al objetivo. 

    Lo segundo es algo ambiguo. Para empezar ¿qué es un pensamiento positivo y un pensamiento negativo? Como dijimos, ambos son sesgos cognitivos. Más bien diferenciemos entre aquellos que tienen confianza en obtener algo y aquellos que no tienen confianza en obtenerlo. Recordemos que, como mencioné allá arriba, la confianza personal está determinada por las habilidades y el autoconocimiento. Naturalmente, una persona con poca confianza va a atraer menos cosas, pero no es algo mágico ni metafísico, sino de una sencilla lógica, porque quien tiene menos habilidades puede hacer menos cosas, y generalmente la gente más atractiva suele ser la quien demuestra una mayor capacidad y autoconocimiento. Volvemos al mismo punto, no se trata de ser positivo o negativo, se trata de desarrollarme como ser humano, desarrollar las habilidades que necesito y conocerme a mí mismo. 

    Pero la ley de la atracción no lo vende así, sino como una suerte de fenómeno metafísico (en el sentido charlatán de la palabra) en el cual los pensamientos son energías que se rebelan ante las leyes de la física. Por ejemplo, en el partido de México del Mundial de Futbol, un sujeto dijo: «chale, creo que nos van a empatar, no, mejor cállate, estás decretando cosas». Ea realidad los únicos que pueden verse afectados por los pensamientos son los propios futbolistas. Si tienen poca confianza de que van a ganar el partido, posiblemente eso se vea reflejado en el marcador porque esa poca confianza terminará afectando su desempeño, si son «muy positivos» entonces corren el riesgo de caer en el exceso de confianza y obtengan resultados similares. Pero lo que piense el aficionado que está frente al televisor en el otro lado del mundo naturalmente no va a tener alguna incidencia. Esta teoría suele estar tan arraigada que cuando coincide lo que el sujeto pensó a lo que ocurrió, dirá que estaba en lo cierto, pero no es nada más que un sesgo de profecía autocumplida

    5.- La ley de la causalidad

    Otra falacia del pensamiento mágico-pendejo, y que considero muy nocivo para la psique,  es que todo lo que nos ocurre es producto de nosotros, las circunstancias y la suerte son para los perdedores. La realidad es que las circunstancias y la suerte, en cierta medida, sí juegan un papel. 

    La ley de la causalidad vende porque al individuo se le cuenta la idea de que es todopoderoso, que él tiene el control absoluto de las cosas. En realidad, estamos hablando de otro sesgo cognitivo llamado la teoría del mundo justo. El individuo, al creer tener el control de todo, piensa que quien hace las cosas bien y se comporta como debe hacerlo atraerá cosas buenas, en tanto quien se porta mal y quien no sigue las reglas atraerá cosas malas. Por eso es que las personas que creen en esta ley suelen repetir hasta el cansancio que el pobre es pobre porque quiere (porque asume erróneamente que todos los pobres son flojos). 

    Pero, como dije en un artículo anterior, a las personas buenas les puede ocurrir cosas malas y a las personas malas les puede ocurrir cosas buenas. No todo lo malo que te pasa es tu culpa porque la realidad es que no siempre tienes el control de todas las variables que están en juego. Se puede ser excelente, mas no perfecto. 

    Este pensamiento también niega el fracaso como motor de crecimiento. Imagina que le decimos a Juan (nuestro amigo que es malo para abordar a una mujer) que lo batearon «por su culpa». Se va a sentir muy frustrado y posiblemente piense que es un imbécil. Pero si el entiende que el fracaso es un aprendizaje, que aunque sea Brad Pitt no todas las mujeres van a aceptar salir con él, entonces afrontará el fracaso de una forma más productiva. 

    6.- La misma gata de Schrödinger pero revolcada

    Otra de las prácticas comunes del pensamiento mágico-pendejo es su proclividad por usar a la ciencia, la filosofía y demás ramas del pensamiento de tal forma que termina creando una charlatanería. La física cuántica es un gran ejemplo de ello:

    La física cuántica les funciona porque, como opera de una forma muy diferente a las leyes de la física tradicional a las que estamos acostumbrados, suele causar cierto asombro y misterio. Debido a este halo misterioso es que el pensamiento mágico-pendejo saca provecho y la malinterpreta para fundamentar la ley de la atracción

    Por otro lado, el pensamiento mágico-pendejo a veces muestra una faceta cuasi-religiosa. Si interpretamos los textos bíblicos de forma literal, la gran mayoría vamos a deducir que mucho de lo que se dice ahí es falso, pero si la interpretamos de forma metafórica podremos ver que dentro de ella hay toda una filosofía que contiene principios y valores que rigen la vida de muchos creyentes (y, de forma indirecta, de muchos no creyentes ya que gran parte del pensamiento occidental tiene raíces cristianas).  Pareciera que el pensamiento mágico-pendejo intentara hacer algo parecido cuando dice «si lo deseas, los planetas se van a alinear y el universo va a conspirar para que ocurra». Pero, a diferencia de las religiones, el pensamiento mágico-pendejo carece de contenido y no tiene sustancia alguna, no tiene ni una enseñanza ni un principio dentro de sus metáforas (y si es que lo son, porque veo que muchas veces se interpretan literalmente o se enseñan así). Tan sólo son un producto de consumo disfrazados de una supuesta filosofía que no tiene fondo pero que le ha permitido a Paulo Coelho vender muchos libros. 

    Conclusión

    El pensamiento mágico-pendejo no sólo es estéril, también puede llegar a ser nocivo porque está planteado sobre una base falaz (y estás tirando tu dinero). Al final, es un producto de consumo que vende bien porque no implica mucho esfuerzo absorberlo y porque es muy fácil de entender. 

    El pensamiento mágico-pendejo poco te hablará del autoconocimiento, del esfuerzo, de la disciplina y del desarrollo de una estrategia, porque esos términos no venden mucho y pueden tener una connotación negativa como herramienta de ventas. Los creyentes de esta cultura seguramente dirán que soy «negativo», pero nada más fuera de la realidad. Si denuncio estas corrientes de pensamiento es para que la gente sepa que hay otras formas mucho más eficientes para que logren tener una vida plena, pero cuestan más trabajo. Siento decir que la vida no es fácil (aunque en eso reside su atractivo, ya que si fuera fácil sería indudablemente aburrida). Para conocerse a sí mismo y adquirir las herramientas necesarias se necesita esfuerzo y paciencia (porque no se obtienen al instante), es necesario cultivarse intelectualmente (también implica esfuerzo y tiempo) y razonar. La humildad es necesaria para asumirse como un ser humano imperfecto y que no siempre vamos a tener lo que queremos. Incluso para quienes son religiosos, las religiones, bien profesadas, son mucho más útiles que esta cultura light de consumo para tener una mejor calidad de vida a través de la espiritualidad.

    Esto no implica que toda la autoayuda sea mala, ni que todos los seminarios lo sean, pero sí es mucha la literatura que vende humo. Hace no mucho, aquí recomendé una lista de libros de autoayuda que considero sí valen la pena

    Cuando te hablen de Paulo Coelho, Robert Kiyosaki, Deepak Chopra, y «gurús» similares, huye. Tal vez no sea el más indicado para decirte como tener una vida plena ya que no soy psicólogo ni especialista. Lo que sé, por experiencia propia de vida, es que todo lo valioso cuesta, cuesta tropezarse varias veces, frustrarse, cuesta abrir la mente, confrontar las ideas propias y la forma de pensar. Por eso es valioso, porque no es gratis, porque es producto de un increíble esfuerzo, y eso ningún gurú de la autoayuda te lo va a dar. 

  • Ella viajó sola

    Ella viajó sola

    Ella viajó sola
    Foto: Instagram

    Si eres hombre, imagina que tu hija, tu mejor amiga, tu novia o una mujer a quien quieras mucho viaja sola a otro país. Pronto te enteras que ella fue asesinada por unas personas que trataron de asaltarla. 

    Te encuentras completamente devastado como es de esperarse si eres una persona que no tiene rasgos psicópatas, accedes a tus redes sociales y, en vez de encontrarte con apoyos y gente que, como tú, clama por justicia, te encuentras a una horda de usuarios diciendo que «fue su culpa porque viajó sola» ¿qué es lo que sentirías? No se sentiría bonito ¿verdad? No sólo por tu estado emocional, sino porque por la memoria de ese ser querido que ya no está. 

    Bueno, eso es lo que pasó con María Trinidad Mathus Tenorio, mexicana que fue asesinada por dos asaltantes en Costa Rica. Muchas de las respuestas decían que: ¿Por qué viaja sola?”, “Es como ir al Polo Sur sin suéter”, “¿Quién la manda a ir sola a un país así?”

    ¿Qué es lo que tiene que pasar en una cabeza para que sus prejuicios tomen más importancia que la vida de un individuo y la solidaridad que podría tenerse hacia ella y sus cercanos? Algunas de las respuestas cayeron en la ingenuidad, como aquellas que decían que «para qué se mete al infierno, debió tener más cuidado» (aunque, que recuerde, los índices de criminalidad en Costa Rica son considerablemente más bajos que en México) y otras sí tuvieron una connotación abiertamente sexista.

    Pero el sexismo no es la única respuesta a estas actitudes, aunque sí está ligado de alguna u otra forma: una mujer es débil, al ser débil tiene que ser cuidada por un hombre, ergo, no puede viajar sola. En realidad este tipo de prejuicios tienen más bien que ver con un sesgo cognitivo llamado la «teoría del mundo justo«. 

    Esta es una forma de sesgo donde el individuo llega a pensar que a la gente buena le pasan cosas buenas y a la gente mala le pasan cosas malas. Como buenas o malas no solo se me refiero a la calidad moral de las personas, sino también a la gente que, supuestamente, actúa de buena o prudente manera o es irresponsable. Dicho esto, mediante este sesgo la gente piensa que si es buena, que si es responsable y hace todo de forma correcta, nunca le va a pasar nada malo. A María Trinidad, bajo este sesgo, la mataron porque fue irresponsable a la hora de irse a viajar sola.  Y naturalmente dicho sesgo combina con el prejuicio a las mujeres: la mujer no puede irse sola porque es débil y desvalida.

    Este sesgo es una forma de protección psicológica. Es una forma de protección a la autoestima porque el individuo así creerá que las cosas buenas que le pasan están bajo su control y, por lo tanto, él tiene mérito sobre éstas: a mí no me asesinaron porque yo no viajé sola. Así, el sujeto piensa que cada quien tiene exactamente lo que se merece: frases como «el pobre es pobre porque quiere» también son producto de este sesgo, o también las personas que recriminan a Dios o un ser superior su sufrimiento porque son buenas personas. El que tiene ese sesgo así se siente mentalmente protegido de sufrir lo que sufren los pobres o de un asesinato como el que sufrió María Trinidad, pero eso es tan solo una falsa ilusión.

    La realidad es que a las personas buenas les pueden llegar cosas malas y a las personas malas les puede llegar a pasar cosas buenas. Un hombre que va de viaje (quien supuestamente es más fuerte) puede ser asaltado y privado de su vida casi con la misma facilidad si el asaltante tiene un arma. Una persona rica puede comportarse como si qusiera ser pobre y podrá seguir ostentando cierto bienestar económico mientras que un pobre podrá esforzarse mucho y no abandonar su pobreza ya que el entorno no lo permite o porque no tiene los conocimientos suficientes para llevar a cabo una estrategia que lo pueda sacar de la pobreza. 

    Asumir que la víctima es su propio victimario es un sinsentido. Nadie en su sano juicio quisiera que se atentara contra su integridad personal. El victimario es siempre quien atenta contra la víctima: el que robó, el que mató, el que abusó. Aunque la víctima no haya tomado las debidas precauciones por reducir la posibilidad que se eso ocurra (por ejemplo, que decida irse por la calle oscura), aunque haya sido imprudente, nunca será la persona culpable sino quien haya tomado la decisión de atentar contra ella. 

    Decirle a una mujer que su asesinato fue su culpa no sólo es una muestra de sexismo, es un acto insensible, ya no tanto por la víctima, sino por las personas que la rodean y que sufren su muerte. 

  • Los nazis de la ortografía

    Los nazis de la ortografía

    Siempre están ahí, se aparecen justo cuando pones una «s» donde debiera ir una «c». Tienen una agilidad mental para detectar una ausencia de acento dentro de un párrafo en menos de un segundo. Te mandan un DM o te replican el correo y te avisan: Oye, esa letra que pusiste no va, se tiene que poner así.

    A muchos les castra la presencia de los «nazis de la ortografía», les choca que los corrijan, a veces hasta se sienten insultados. La verdad, yo agradezco haber tenido a algunos nazis de la ortografía rondando por mi vida. ¿Por qué?

    Porque es completamente preferible que alguien te diga que tienes un error ortográfico a que tu ortografía sea mala y quede exhibida. La gente te juzga por tu ortografía, mucho (claro, con excepción de aquellos que tienen una ortografía tan mala como la tuya). Los nazis de la ortografía son tus amigos. 

    ¿Qué implica que tu ortografía sea mala? Básicamente, la relación que teje la gente entre la mala ortografía y la ignorancia es muy fuerte (y además, suele estar justificada a menos que tengas algún tipo de dislexia o problema que te impida escribir bien). Y es obvio que sea así, porque la ortografía se adquiere, en buena medida, leyendo. Y se sobreentiende que alguien que no tiene una buena ortografía no lee, y quien no lee es ignorante. No sólo eso, una persona que tiene mala ortografía suele ser vista como descuidada, como alguien a quien le importa más bien poco su desarrollo intelectual. La mala ortografía se asocia también con la mediocridad. 

    Mucha gente no te dirá en tu cara lo mal que habla de ti tu ortografía, pero seguramente muchos la tomarán en cuenta para hacerse una idea de tu persona. Y eso es un problema cuando vayas a buscar trabajo o cuando intentes entablar relaciones profesionales, cuando vean que «hescribes hací» les entrarán dudas sobre tu persona, ¿será buen profesional esta persona si ni escribir bien sabe? 

    En la parte de la opinión también tiene consecuencias negativas. Imagina que quieres opinar sobre algún tema, qué se yo, política o sobre alguna cuestión social de la que se está hablando mucho últimamente. ¿Qué crees que va a pasar? Que tu opinión va a perder credibilidad si está mal escrita. Imagina que escribes «estoy en contra de la privatisacion«. Lo primero que se le va a venir a la mente al lector es que eres una persona que casi no lee y cuyo bagaje intelectual brilla por su ausencia. Entonces le va a dar muy escaso valor a tu argumento y posiblemente ni siquiera se moleste en analizarlo bien, ya que la ortografía es muchas veces uno de los filtros que los lectores usan para determinar si vale la pena leer un texto y tomarle consideración. 

    Por eso, es que en algún momento de mi vida yo agradecí la presencia de los nazis de la ortografía. Son unos héroes, al menos ellos se molestan en pagar el precio de hacerte una corrección o alguna sugerencia que te pueda ser incómoda; son preferibles a los que critican tu ortografía a tus espaldas. Es cierto, yo leo muchísimo y eso evidentemente me ha ayudado, pero gracias a algunos amigos «nazis de la ortografía» es que tengo una mejor ortografía de la que podría haber tenido. No es perfecta, de vez en cuando puedo tener un error, pero al menos puedo estoy seguro de que mi ortografía no da pena.  

    ¿Y a ti no te apesta la ortografía?

  • El futuro de la política y por qué, tal y como la conocemos, podría desaparecer

    El futuro de la política y por qué, tal y como la conocemos, podría desaparecer

    El futuro de la política y por qué, tal y como las conocemos, podría desaparecer

    Siempre que se habla de política vienen a la mente los términos izquierda y derecha. Siempre que se inicia una discusión, el individuo recuerda su postura y, a partir de ahí, comienza a elaborar sus argumentos. 

    Este espectro político, que tiene su origen en la Revolución Francesa, se ha adaptado de una u otra forma a sus circunstancias. El que conocemos en la actualidad, en realidad tiene que ver más bien con una era industrial que parece ya haber sido reemplazada por una era digital y del conocimiento. Muchos se preguntan por qué la izquierda y la derecha se parecen cada vez más, por qué los partidos se están vaciando de contenido y se están volviendo más pragmáticos. 

    Una de las razones que yo daría es que el debate se ha gastado demasiado. Ya no hay una creencia utópica en un sistema o una ideología porque ya todas ellas han sido probadas y ya conocemos su desempeño en la práctica; incluso los partidos radicales (esos que, decimos, amenazan a Occidente) ya no son tan radicales y extremistas como los de hace décadas atrás. Pero más bien pareciera ser que después de tantas experiencias parece que se estaría llegando a un consenso político, ideológico y social, que sería superado para que, así, la política se comience a hacer en otros terrenos. 

    ¿En qué consistiría dicho consenso?

    En la victoria de la derecha en el terreno económico y en la victoria de la izquierda en el terreno social. Por un lado, tendríamos sistemas capitalistas con un mercado libre, aunque también con cierta seguridad social para los individuos y, por otro lado, la victoria de la izquierda en el terreno social con relación a cuestiones de género, feminismo, matrimonio igualitario, multiculturalismo o ecologismo. Evidentemente, dicho consenso no se alcanzaría en todo el mundo u Occidente al mismo tiempo sino que algunos países tomarían la vanguardia y se expandiría de forma progresiva a más regiones (como siempre suele ocurrir con los cambios sociales), pero algunos de los síntomas los llegamos a sentir inclusive en los países latinoamericanos.

    En nuestros tiempos, ya podemos ver a izquierdistas que están de acuerdo con los preceptos del libre mercado y de un intervencionismo estatal más moderado, mientras que en Europa no es extraño ver a políticos democristianos asistiendo a marchas del orgullo gays o incluso a Irlanda presumir a un Primer Ministro que es gay y democristiano. Si bien es cierto que en la derecha existen grupos de presión fuertes que se oponen a la agenda progresista, lo cierto es que la izquierda está ganando terreno de una forma muy contundente y parte de la derecha, poco a poco, ha comenzado a aceptar algunos de sus postulados

    Seguramente, en este consenso irán menguando las corrientes más extremas como el libertarismo o el anarcocapitalismo, el progresismo o feminismo radical en favor de corrientes un tanto más moderadas, de tal forma que se logre llegar a un consenso que sitúe el discurso político en otro plano, tal y como ya ha ocurrido en diferentes etapas de nuestra historia. 

    Pero ¿qué seguiría?

    Algunos dicen que el discurso ya se ha trasladado de la dicotomía «izquierda-derecha» a la de «nacionalismo-globalismo» donde el debate ya gira en torno a la relación de un país con los otros (tanto en comercio como migración). Los adherentes del metamodernismo en cambio dicen que el centro de la discusión política tendrá que ver más bien con el desarrollo personal y el bienestar psicológico de los individuos. Los metamodernos afirman que, de forma silenciosa, inconsciente y progresiva, los países nórdicos han ya comenzado a adoptar ciertas corrientes metamodernas dentro de su ethos social.

    Lo cierto es que nuestra especie está en constante evolución y pensar que el mundo tal y como lo conocemos hoy va a dejar de existir es no la excepción, sino la regla que ha sido muy consistente durante la historia de nuestra especie. Por supuesto, aparecerán muchas dudas: si los partidos de extrema derecha o izquierda pueden llegar a poner en jaque esta evolución que para muchos tiene un carácter natural, también nos podríamos preguntar cuál sería el futuro de las religiones, si seguirán vigentes, si se adaptarán a los cambios de nuestra civilización o si bien terminaremos construyendo otros modos para crear sistemas de valores o creencias con la fuerza que las religiones lo han logrado hacer.

    En realidad, es difícil pronosticar bien cómo será la vida de nuestra especie en 100 años, pero lo que es seguro, es que será bastante diferente al mundo tal y como lo conocemos hoy. 

  • La inteligencia no siempre es un placer

    La inteligencia no siempre es un placer

    La inteligencia no siempre es un placer

    Hace algunos días hice una suerte de experimento social en Twitter por medio de una encuesta que preguntaba si el usuario se consideraba más inteligente que la media. El resultado fue un poco curioso ya que el 72% de los votantes dieron una respuesta afirmativa. Si le pregunto a la gente si se considera parte de una minoría estadística «más inteligente», entonces lo sensato es que sólo una minoría contestara la pregunta de forma afirmativa. De lo contrario resultaría que muchos de ellos estarían sobreestimando su inteligencia y muchos de ellos se estarían considerando más inteligentes de lo que en realidad son.

    Un amigo me preguntó: ¿pero qué tal si la gente que usa Twitter tuviera un cociente intelectual más alto que el promedio? Entonces reformulé la pregunta y le pregunté a la gente si se consideraba más inteligente que «la media de los usuarios en Twitter». Las cosas no cambiaron mucho, ya que el 62% se seguía considerando más inteligente que la media. 

    La inteligencia parece ser un bien muy preciado, y por eso tal vez muchas personas se jacten de tener una inteligencia superior. ¿Pero por qué es muy preciada? Ciertamente, la inteligencia racional (le llamo así para separarla de los nuevos conceptos de inteligencia creados en las últimas décadas) pueden predecir, hasta cierto punto, el desempeño profesional de las personas o el tipo de empleos que podrían llegar a adquirir.

    Pero tal vez sea preciado porque quien se asume inteligente piense que su opinión tiene un mayor valor, es una excusa para subestimar a quienes no piensan como él, o porque piensa que, de alguna u otra forma, está más predispuesto al éxito que las demás personas, o simplemente porque quisiera ser reconocida como tal, porque se asume que al inteligente se le reconoce socialmente. Pero la verdad es que tener una inteligencia, digamos, superior, es algo más complejo, y no deja de ser una anomalía. 

    Yo sé que a mí me funciona bien la cabeza más que nada porque en los tests que me han hecho al respecto he sacado puntajes bastante altos o porque en los exámenes de admisión que están hechos para ello generalmente me va bien (eso no significa que sienta que soy competente en todos los ámbitos ni que lo sea). Pero que me funcione bien la cabeza no siempre ha operado en mi favor a lo largo de mi vida. Eso se convierte también en una mayor exigencia escolar por parte de padres y maestros (más cuando alguien como yo nunca estuvo en el cuadro de honor) y también el hecho de percibir cosas que muchas veces la gente no ve no siempre suele ser algo grato. Tengo amigos que son muy inteligentes, a algunos de ellos los considero más inteligentes que yo, y dentro de esos círculos los trastornos de ansiedad, depresión, e incluso crisis existenciales tienen una frecuencia bastante más alta que dentro del promedio. No es la norma, pero sí llega a ser algo relativamente común. Mucha gente parece más disfrutar tu condición que tú mismo. 

    Si bien la inteligencia es un don, en la práctica no es algo que te vaya a dar la felicidad o el éxito por sí sola. Tampoco va a hacer que siempre tengas la razón ni que, bajo tu supuesto de poseer una inteligencia aparentemente superior, tus argumentos siempre vayan a ser superiores a los de los otros por el simple hecho de ser inteligente; si crees eso más bien deberías cuestionarte tu inteligencia misma. Es cierto que quien tiene más inteligencia tiene mayor capacidad de ver o interpretar muchas cosas, pero eso no implica que se tenga la razón todo el tiempo. De hecho, mucha gente inteligente usa sus dotes para reforzar sus dogmas o sus falsas creencias. 

    La inteligencia ha sido muy idealizada, muchas veces se le representa con símbolos como la cabellera estrafalaria de Albert Einstein o la mente de Isaac Newton, pero ser inteligente no te convertirá en automático en uno de ellos; de hecho, lo más probable es que no llegues a ser un ícono como lo fueron ellos porque muchas otras circunstancias juegan para que esto ocurra. El estadounidense con el IQ más alto está muy lejos de ser un genio reconocido y nuestra sociedad más bien suele tener problemas para reconocer aquellos que tienen una mente destacada.

    La inteligencia es más bien algo anómalo, que está fuera de lo común, y estar «fuera de lo común» no siempre es algo muy grato para el individuo ya que la sociedad suele ser más bien benévola con aquello que le parece común y familiar. Eso puede acarrear muchos problemas: cuestionar lo que todos dan por sentado no siempre genera la mejor recepción por parte de la sociedad (menos en la escuela o en lugares con un sistema de valores rígidos). Sentirse raro, extraño o que «no encajas» es algo a lo que se le relaciona a aquellos que suelen tener una inteligencia superior, y se habla de ello con cierto romanticismo, pero no es lo mismo que vivirlo o padecerlo.

    La inteligencia suele reconocerse (y cuando ocurre) ya algo tarde. En la infancia no se suele reconocer a quien es muy inteligente por parte de sus pares, a diferencia de quienes son buenos para el deporte o tienen un carisma natural. De hecho, en algunos casos se le aísla. Es, tal vez, hasta la edad adulta, cuando el individuo se comienza a desempeñar profesionalmente o académicamente, cuando obtiene alguna suerte de reconocimiento.  

    La inteligencia es un privilegio, no un mérito, y siempre me gusta resaltar esto porque el individuo no puede pretender ninguna superioridad moral con base en algún privilegio. La inteligencia es más bien algo dado y en ese sentido el individuo más bien tiene una responsabilidad, porque lo que pueda hacer con ella puede llegar a tener un mayor impacto. La inteligencia tampoco garantiza la intelectualidad ni la sabiduría como muchos asumen ni una es parte de la otra: se puede ser inteligente e ignorante al mismo tiempo sin ningún problema. La inteligencia no se tiene que manifestar en las cuestiones intelectuales o culturales, también se puede manifestar en la técnica o en otro tipo de habilidades. La parte intelectual, como cualquier habilidad, se tiene que trabajar, y con mucho esfuerzo y sacrificio, aunque se pueda tener una mayor habilidad para ello. 

    Por eso pensar que los inteligentes están en la gloria es un error, no siempre es así. Incluso, algunos de los «genios» reconocidos, no suelen pasarla tan bien porque hasta tenemos la costumbre de idealizar su sufrimiento. No toda la gente inteligente pasa por estos problemas ni se enfrenta a diversos trastornos, pero estoy seguro que a más de una persona dotada le ha pasado por la cabeza que habría sido mejor tener una vida común, sobre todo a aquella que le ha tocado enfrentar las dificultades que he mencionado anteriormente. Al cabo, basta con tener una inteligencia promedio para poder aspirar a una vida feliz y plena.

  • ¿Y dónde está la oposición?

    ¿Y dónde está la oposición?

    ¿Y dónde está la oposición?

    Es muy sano y deseable que cualquier gobierno, del tipo que sea, tenga una oposición. Esta es el contrapeso natural que vigilará, evaluará y criticará al gobierno en funciones. 

    No sólo es importante que la oposición exista, sino que sea lo suficientemente grande en términos cuantitativos, pero, sobre todo, lo suficientemente fuerte en términos cualitativos. Un sana oposición debe de ser capaz de representar los intereses de quienes mantienen una postura adversa ante el gobierno en funciones, y, naturalmente, se esperaría que piensen en el bien común.

    Ahora que AMLO se convertirá en el presidente de este país, habrá que preguntarnos sobre la oposición que él tendrá. Habrá que preguntarnos si es una oposición fuerte, dura o responsable; o bien, si se trata de una oposición débil y apática. 

    Peña Nieto contó con una fuerte oposición dentro de la sociedad civil, no así dentro de la política con excepción del propio López Obrador y sus huestes (claro, hasta poco antes de comenzar la campaña donde la postura del tabasqueño hacia Peña Nieto cambió radicalmente). Peña contó con una oposición en el Congreso muy displicente que «dejó pasar» escándalos como los de la Casa Blanca o la Estafa Maestra, pero de parte de la sociedad civil y de organismos privados tuvo una oposición que sin duda se convirtió en manifestaciones callejeras, o bien, en cabildeos, presiones y denuncias de organizaciones de la sociedad civil y think tanks

    Parece que la oposición política frente a López Obrador será más bien una muy débil. No sólo porque sus opositores tendrán al oficialismo con mayoría en el Congreso, sino porque están muy desacreditados. Es difícil que, desde una postura moral, el PRI pueda fungir como oposición, ya que no tiene credibilidad. El PAN, si bien tiene algo más de credibilidad que el PRI, ya no es ni de lejos el «partido de oposición» que llegó a ser en los tiempos del PRI. Ahora es un partido dividido, degradado y sumido en pleitos e intereses de unos pocos.

    Una oposición política débil es preocupante. La debilidad de su oposición fue una de las razones por las cuales el gobierno de Peña Nieto pudo sumirse en varios escándalos sin que estos hayan tenido consecuencia alguna. Pero en el caso del gobierno de López Obrador, la debilidad de la oposición no sólo será cualitativa sino cuantitativa. 

    También es preocupante la poca capacidad crítica de muchas de las personas afines a López Obrador (incluidos algunos académicos, activistas o intelectuales), que si bien se puede entender hasta cierto punto que haya un sesgo cognitivo que opere en favor de sus preferencias, preocupa que justifiquen nombramientos demasiado polémicos como el de Manuel Bartlett. Incluso, dentro de los simpatizantes, debería existir cierta capacidad para tomar posturas críticas ante las decisiones que se tomen. Sólo he visto a Tatiana Clouthier y unos pocos más mostrar alguna suerte de disenso. 

    La oposición más firme que podría tener AMLO es la que tiene que ver con los organismos de la sociedad civil y las cámaras empresariales, que si bien han establecido canales de diálogo, también han hecho crítica de varias de sus propuestas. Básicamente se trata del mismo sector que pudo ejercer una presión más fuerte contra el gobierno de Peña Nieto (aquí también podrán incluirse algunos medios digitales y alternativos como Animal Político que hicieron bien su papel en el sexenio pasado), pero si bien la oposición ciudadana es algo muy deseable, no tiene todas las herramientas que la oposición política tiene a la mano. 

    Hasta el día de hoy, no vemos a un sector opositor contundente. Vemos críticas aisladas de opinadores y políticos que en muchos de los casos parecen quedar en un segundo plano ante un López Obrador que sigue mostrando su habilidad para marcar la agenda y convertirse en el centro de atención. Él es el director de la orquesta, la oposición apenas levanta tímidamente la mano para señalar algún error, pero poco la escuchan. 

  • Bartlett. Cuando se caiga el sistema y se vaya la luz

    Bartlett. Cuando se caiga el sistema y se vaya la luz

    Barlett. Cuando se caiga el sistema y se vaya la luz

    El fraude del 1988 fue uno de los primeros recuerdos (si no es que el primer recuerdo) de la política mexicana en mi vida. En ese entonces tenía 5 años y mi madre tenía pegada una calcomanía de Clouthier en su Brasilia. Carlos Salinas de Gortari era el malo, el de los ratas, el del PRI. Me acuerdo que acompañé a mis papás a votar, pero eso era de gente grande y estaba muy chico para votar y, a ciencia cierta, no sabía muy bien qué era un voto. Después, los tíos hablaron de cómo el PRI se había robado los votos y se me quedó esa idea de que eran unos rateros (aunque luego aprendí que no sólo los del PRI lo eran).

    Es bastante curioso y paradójico que, quienes atacaron con más fuerza y ahínco al PRI en este sexenio, son los que están relativizando más el nombramiento de Manuel Bartlett como director de la CFE (curiosamente las mismas siglas tenía el Consejo Federal Electoral que presidía cuando «se cayó el sistema»). Entre los fervientes seguidores de López Obrador tejen argumentos que van desde el «Sí, en ese entonces se equivocó, pero hoy está luchando por la soberanía energética» o hasta el que dice que «la caída del sistema es un mito». 

    Es curioso porque ellos decían que con «el PRI ni a la esquina». Es curioso porque ellos dijeron votar en contra de la corrupción y hacen mutis ante un personaje tan corrupto como Bartlett. Pero es más curioso aún que siendo ellos quienes más han hablado de fraudes electorales, sean ellos quienes relativicen y a veces hasta glorifiquen al oscuro personaje que se encargó de orquestar el fraude que permitió a Salinas (el innombrable y némesis de la izquierda) llegar al poder. Algunos tienen el descaro de decir que cuando llegue a presidir la CFE van a ser muy críticos pero que mientras van a chiflar y aplaudir,  que hay que darle el beneficio de la duda a alguien que no dejó ni de lejos una buena impresión a su paso por la gobernatura de Puebla.  

    La indignación ante tal nombramiento vino más bien de los detractores de AMLO y tan solo de unos muy pocos que, de alguna forma, simpatizan con él. Algunos incluso han tomado una postura beligerante ante quienes cuestionan tal nombramiento: «acepten que perdieron», «su tiempo ya se acabó», «AMLO va a gobernar aunque no les guste». 

    Cierto es que AMLO no es el primer Presidente en nombrar innombrables, lo mismo se puede decir de Peña Nieto, de Calderón o de Fox. El problema es el simbolismo y el mensaje que se envía por el personaje del que se trata. Bartlett es la antítesis del discurso de AMLO o, más bien, de la idealista interpretación que muchos han hecho del discurso de AMLO. Ante el antipriísmo, un priísta de cepa dura; ante la oposición al fraude, el político que orquestó el fraude más importante de la historia moderna de México. Incluso, ante unos medios de comunicación tradicionales que no les abrían espacios, fuertes ataques e intentos de censura en las redes sociales.

    Parece que el PRI solo puede ser sujeto de críticas cuando se le ubica en la derecha política y no en la izquierda. Una izquierda priísta que carga con los mismos vicios que su par derechista: con la trampa, con la corrupción y con el fraude.

    Habrá que preguntarse si esta postura más bien sumisa y complaciente es la que les veremos en estos seis años (incluidos algunos académicos o personas que presumieron formar parte de las filas del activismo): una postura donde al líder no se le cuestiona, donde cualquier crítica conlleva a fuerzas una mala intención no sólo de atacar al líder, sino también a los intereses de la nación. No solo es una postura anti-intelectual, también es una postura peligrosa donde la disensión será apaciguada no sólo por el gobierno sino por unos simpatizantes que se sumarán a las descalificaciones en las redes sociales y espacios similares. 

    Porque les es más fácil reinterpretar la realidad con el fin de que esa «luz de esperanza» no se apague (esa luz que se puede ir con una sencilla caída del sistema en la CFE), con su ingenua creencia de que basta la voluntad de un líder para que el país cambie. Estoy seguro que no todos los que votaron por AMLO lo hicieron pensando en ello, yo conozco muchos que no y que son capaces de sostener una postura crítica. Pero sí hay muchos otros que, siguiendo la tradición vertical y corporativa de nuestro país (aunque sea de forma inconsciente) siguen creyendo que basta la voluntad de un líder, que la voluntad de los ciudadanos, de las leyes, de la democracia o la institucionalidad, no importa tanto.