Cuando escuchamos la palabra estigma, inmediatamente le damos a ésta una connotación negativa, como algo que tenemos que combatir o eliminar tajantemente. Decimos que hay un estigma contra los inmigrantes o contra las personas de otra raza, ya que intuimos que, a partir de éste, se hace un juicio a priori de la persona con base en ciertos rasgos particulares.
Pero no todas las estigmatizaciones son malas. En algunos casos son muy útiles para reprobar conductas que afectan negativamente a la sociedad y me atrevo a decir que tienen una utilidad en su funcionamiento. Si una persona tiene un historial de fraudes, la estigmatizamos y ello nos sirve para prevenir ser víctimas de un fraude. Una persona que sistemáticamente agrede físicamente a sus parejas, es estigmatizada por algunas personas que no quieren correr la misma suerte que sus víctimas. Hacemos lo mismo con los actos, aquella persona que comete un acto que ha sido estigmatizado (y que parte de una norma de carácter moral), es reprobada y señalada por la sociedad porque no queremos que esos actos sigan afectando a otras personas.
Dicho esto, es necesario que empecemos a estigmatizar el acto de conducir en estado de ebriedad y debe reprobarse a aquellas personas que incurran en este tipo de irresponsabilidades ya que no se pueden tomar consideraciones con estas conductas.
Es cierto que el marco legal y normativo debe evitar, en cuanto sea posible, que la gente maneje en este estado. Tal vez no sea suficiente lo que se ha hecho, pero sí hay avances como la implementación del alcoholímetro (eso que en CDMX y ahora en Guadalajara llamamos «torito»), multas de montos considerables, e incluso la pérdida de la licencia si se reincide continuamente.
Evidentemente, estas medidas han reducido el número de incidencias, pero hay todavía una cantidad considerable de personas (aún con los servicios de Uber y similares como alternativas) que no se la piensa dos veces antes de regresarse a casa con varios alcoholes encima.
El problema es que si bien hay medidas más estrictas para combatir el problema, esto no se ha terminado por trasladar a la cultura. No solo son útiles las normas legales, sino también las sociales para prevenir que más personas mueran por la irresponsabilidad de algunos como acaba de ocurrir en Guadalajara con el caso del futbolista Joao Maleck, quien, manejando alcoholizado, asesinó a Alejandro Castro y María Fernanda Álvarez que acababan de casarse.
A pesar de las normas más estrictas, muchas personas burlan los retenes porque en las redes sociales se comparte la ubicación de éstos. Pero en vez de reprobar este tipo de actos, hay quienes hasta los aplauden como si fueran una hazaña. Agradecen que compartan la información y muchas veces ellos mismos terminan haciendo lo mismo.
Lo que deberíamos de hacer es estigmatizar esta práctica, que las personas sepan que si deciden manejar en estado de ebriedad van a ser reprobadas y señaladas por la sociedad, por sus amigos y por su gente cercana. El escarnio social a veces puede ser más duro que una multa de cuatro ceros porque afecta a la fama de quien lo recibe. Además, esta sanción social puede propagarse por sí mismo como un meme (en su sentido original) hasta que se vuelve una costumbre y así los individuos tienen pocos incentivos para manejar en estado de ebriedad y muchos para regresarse en Uber, Taxi o con algún conductor que no haya tomado.
Debe haber cero tolerancia para este tipo de prácticas ya que son otras las personas que pagan con su vida por la imprudencia que uno comete. Dejemos de evadir los retenes y, en vez de ello, seamos responsables. No escasean los Uber o los taxis que nos pueden llevar a casa.
Si hay un sector que ha sido muy estigmatizado y relegado es el de la comunidad gay. Se han inventado miles de términos para referirse a ellas y ellos: «joto, puto, maricón, marimacha», e incluso se ha hecho uso de su orientación sexual para mofarse de otras personas a quienes consideran débiles: «no seas joto, compórtate como hombre».
Pero la homosexualidad no es una anomalía, ha estado presente a lo largo de la historia de nuestra especie: ha existido, existe y existirá hasta que nuestra especie desaparezca (aunque haya quienes insistan en lo contrario o aspiren a ello).
Intentar combatir algo que ha sido una constante dentro de nuestra especie a lo largo de nuestra historia termina volviéndose un absurdo. Pero a estas alturas existen quienes todavía piensan que se trata de una enfermedad o un «cáncer a curar». Insisten en que hay que llevar a los homosexuales a una terapia de conversión que merecería categorizarse al mismo nivel que la frenología, el terraplanismo, los movimientos antivacunas y la medicina de Galeno.
Quienes están preocupados por la moral son los primeros que deberían estar preocupados por integrar a los gays dentro del ethos social en vez de pedirles que se curen o, en su versión más condescendiente, «que sean gays en lo privado y que no anden pidiendo derechos». Ellos son los primeros que deberían estar preocupados de que a estas alturas haya quien excluya a su hijo de su familia por ser gay, privándolo de su formación ética y moral y, sobre todo, privándolo del cariño de sus padres con todo el impacto que ello tiene para su psique (luego se sorprenden de sus mayores tasas de suicidio o depresión).
Reconozco la ardua y durísima lucha que han llevado a cabo para que, con el paso del tiempo, sean más y más aceptados dentro de nuestra sociedad. Son, y serán cada vez serán menos los que insistan en que hay una conspiración «marxista» (comunismo gay, le dicen algunos) supuestamente orquestada, paradójicamente, por grandes «capitalistas» como George Soros, Bill Gates y los Rockefeller para «amariconar» a la población y así controlar la natalidad (en especial en países donde la natalidad ya es baja mientras que en muchos de los países donde la natalidad es muy alta la homosexualidad es un crimen).
Pero su lucha ya ha logrado que incluso jerarcas religiosos como el Papa Francisco se reúna en privado con parejas gays y transexuales (cosa inédita) sin que les pida «corregir su orientación sexual» o que repruebe públicamente el rechazo hacia ellos. Ya han logrado que varias empresas, entidades públicas y privadas se sumen a su causa como lo hemos visto en este mes. Han logrado muchos avances antes impensables que no son tanto parte de un plan macabro, sino de una lucha complicada, muy complicada, de varias décadas, y que ha trastocado algunos mitos y tabúes que han estado enraizados en nuestras estructuras sociales y paradigmas de pensamiento.
Dentro de las personas homosexuales y lesbianas que conozco hay historias de lucha, de personas que lucharon contra la adversidad y que trascendieron a pesar del rechazo. A todas esas personas, a quien estimo y admiro por su carácter (porque el mero hecho de ser gay no es fácil, incluso ahora), van dedicadas estas palabras.
Se volvió famoso en las redes sociales al oponerse al uso de pronombres neutros en Canadá. A partir de ahí, el psicólogo clínico canadiense Jordan Peterson se convirtió en una suerte de influencer sobre todo para los libertarios y los conservadores. Sus videos empezaron a circular a través de distintos canales de Youtube. Sus libros se empezaron a vender como pan caliente. Muchas de las personas que estaban descontentas con los excesos de los progresistas, vieron en él un refugio.
Pero Jordan Peterson no es un conservador cualquiera, es uno más bien sui géneris. Podemos decir que es un conservador porque prioriza la tradición sobre la innovación, porque sin presentarse como alguien explícitamente religioso, gusta de estudiar a las religiones mismas y tratar de interpretar al ser humano con base en ellas. Pero podemos decir que es sui géneris porque su postura sobre la desigualdad no es precisamente la que uno esperaría de un conservador o un libertario. Su influencia ideológica también es un tanto peculiar, no solo por las lecturas religiosas, sino por la fuerte influencia que Carl Jung o Friedrich Nietzsche han ejercido sobre su pensamiento.
Jordan Peterson es un crítico acérrimo de las corrientes posmodernas y de los excesos de corrección política que afloran en nuestra sociedad contemporánea, pero a diferencia de la gran mayoría de los conservadores, en general no se opone al matrimonio igualitario ni a la adopción por parte de parejas del mismo sexo.
Peterson flaquea cuando hace análisis políticos o filosóficos que van más allá de su especialidad, ello se notó en el debate que sostuvo con Zlavoj Zizek. Comete el grave error de confundir las corrientes posmodernas con el marxismo, aunque esto no es producto de un discurso premeditadamente falaz como el de Agustín Laje o Nicolás Márquez, sino de su falta de conocimiento sobre ciencia política combinada por su interés en el comunismo y sus nefastas consecuencias pero no en el marxismo filosófico (tal vez algo aprendió de ello cuando reconoció la originalidad del pensamiento del marxista Zizek).
No puedes esperar de Jordan Peterson a un filósofo de carrera, no tiene un pensamiento tan completo para considerarlo como tal, aunque sí ha llegado a mostrar algunas chispas de genialidad como en su libro Maps of Meaning. Pero lo interesante de él es que esta peculiar postura que tiene es un alivio dentro de una sociedad cada vez más polarizada entre progresistas y conservadores que se orillan cada vez más a una derecha reaccionaria y, en algunos casos, hasta supremacista.
No es un secreto que no solo conservadores, sino algunos libertarios, se están viendo seducidos por estas corrientes reaccionarias y nacionalistas que no en pocos casos contienen un mensaje supremacista. El discurso de Jordan Peterson es en su mayor parte conservador, y gran parte de su público es ese mismo que podría estar en riesgo de verse seducidos por estas corrientes de ultraderecha. En este sentido, Jordan Peterson sirve como un muro de contención para ayudarlos a mantenerse en una postura más de centro o centro derecha.
A pesar de que Jordan Peterson arremete contra el discurso progresista, su postura en realidad no afecta en mucho a la comunidad gay, incluso parece ocurrir lo contrario.
Como lo mencioné antes, sucede que Jordan Peterson está a favor del matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Peterson dice que la homosexualidad es algo que ha acompañado a nuestra especie a lo largo de la historia. Cree que el matrimonio igualitario puede ser una buena oportunidad para integrar a los gays a la estructura social y todo lo que eso conlleva. Dice que si bien no conocemos a ciencia cierta los efectos de la adopción por parte de una pareja homoparental, considera que vale la pena dar ese paso.
Si bien no coincido en varias cosas con Jordan Peterson (sobre todo aquellas relacionadas con el análisis político), reconozco que es una de las personas que ha sabido conciliar mejor los derechos por los que los gays han estado luchando con la procuración de las estructuras sociales y la institución de la familia en la cual hacen énfasis los conservadores. La suya es una postura que parecería tener cierta influencia de filósofos conservadores como Edmund Burke quien en sus escritos insistía en que los cambios sociales deberían hacerse respetando una estructura social ya existente y las tradiciones de un pueblo dado en cuestión.
https://www.youtube.com/watch?v=dNDSektTxnI
Este intento de conciliación es positiva, ya que de esta forma podría lograr meter un tema como es el de las peticiones de los gays a reflexión dentro de parte de su público (conservador) que de alguna u otra forma se habría mantenido reacio a discutir el tema debido a la progresiva falta de puentes entre conservadores y progresistas.
A pesar de las muchas críticas que Jordan Peterson recibe desde la izquierda y a pesar de algunas críticas que pudiéramos hacer sobre algunas cuestiones de su pensamiento, la figura de Peterson se vuelve muy saludable en este contexto político y social que estamos viviendo. Su persona se vuelve muy útil para evitar que muchas personas caigan en las garras de las ultraderecha y el supremacismo blanco, y en vez de ello, tomen una postura un tanto más centrada (análogo a lo que podría estar haciendo Slavoj Zizek desde la izquierda).
Y no olvidar que, de alguna otra forma, el interés que Zizek y él generaron en el debate que sostuvieron es algo de reconocerse. En un mundo que nos podría llegar a parecer frívolo, en el cual un pleito entre Carlos Trejo y Gilberto Adame o entre actrices hollywoodenses se propaga mediáticamente con gran facilidad, el que se haya generado expectativa sobre el debate que sostuvieron en abril es algo de aplaudir y es muestra de que las discusiones intelectuales, de alguna u otra forma, no han desaparecido del colectivo.
Nadie, nadie puede tener la osadía de hacer un juicio histórico sobre algo de lo que es parte y cuya obra todavía no ha realizado ni concluido. Debe tenerse una gran megalomanía para definir a un gobierno, el suyo, desde antes de empezar inclusive, como la «cuarta transformación». A lo más que podría tener derecho es a decir que su aspiración es «lograr una cuarta transformación», nada más. Ni siquiera tiene derecho a asegurar que la está llevando a cabo.
Definir una etapa histórica es tarea de los historiadores y de la gente que valida o invalida esa definición para que, intersubjetivamente, sea aceptada y adoptada por el colectivo: es decir, por parte de quienes no son ni juez y parte. Quien osa llamar «cuarta transformación» a su gobierno, corre el gran y grave riesgo de que el significante no corresponda con el significado. De hecho, ahora no existe esa correspondencia ni puede existir en tanto que la obra no está concluida, y posiblemente no exista ni en el futuro ni cuando se concluya la obra, porque ello implicaría un acto excepcional que contraste positivamente con todos los demás actos que no merecen ese significado. Como hablamos de algo excepcional, es más probable, en todos los casos, que no suceda a que sí. Vale decirlo, aunque algunos se engañen y traten de torcer los hechos para que se acoplen a la definición.
Pretender llamarse así es como llamar rascacielos a un baldío en el cual no se sabe con certeza si ahí se va a construir una torre y no se sabe siquiera el número de pisos que va a tener (información necesaria para saber si será un rascacielos o un pequeño edificio de departamentos). Para que algo sea, debería ya haber tomado forma: debe ser en acto. Pero tampoco podemos hablar de una cuarta transformación en potencia siquiera, porque no sabemos si aquello que se está formando derivará en alguna «cuarta transformación».
Es muy posible que esta misma definición será reinterpretada por el juicio de la historia. Si, a ojos de un gran sector de la población, este gobierno sale del poder sin entregar buenos resultados, el término, tal vez reconocido en lo cotidiano (por la insistencia del gobierno en llamarse así) adquirirá un tono peyorativo, como el «arriba y adelante» de Luis Echeverría, pero no será tomado en serio por los especialistas, historiadores o intelectuales.
La cuarta transformación no es más que una trampa semántica, donde un gobierno pretende legitimarse a partir de una autodefinición que no tiene derecho a hacerse porque ni le corresponde (está siendo juez y parte) ni está en tiempo de hacerlo (no ha tomado forma).
A mano alzada, los asistentes al mitin de AMLO en Durango (la mayoría de ellos, al parecer, transportistas privados) votaron por la cancelación de la obra del metrobús en La Laguna (esta área metropolitana a la que pertenecen Torreón, Gómez Palacio y Ciudad Lerdo) al preguntarles AMLO si preferían esta obra (cuya construcción ya está avanzada) o que se invirtiera en agua.
Este tipo de decisiones debería de preocuparnos mucho a los mexicanos, ya no sólo porque generan muchísima incertidumbre (tanto económica como política), sino porque representan un ataque a la vida institucional. Este tipo de actos no podría considerarse siquiera como alguna forma de democracia directa o participativa (que vaya que hemos aprendido que muchas veces los referendums, hasta los bien hechos, pueden llegar a ser contraproducentes) sino que es una farsa completa.
Y es una farsa porque los que asistieron a ese mitin no representan siquiera los intereses del grueso de los habitantes de la zona de La Laguna, cuya mayoría sí está de acuerdo con la obra en la cual ya se habían invertido más de 450 millones de pesos. Es una farsa porque estos ejercicios pretenden engañar a la gente haciéndoles creer que su voz ha sido escuchada y que el pueblo tiene el poder, pero no es así y pongo un claro ejemplo:
Imaginemos que asisto a un mitin y los asistentes le piden a AMLO implementar una política pública que pueda ser contraria a los intereses del Presidente: digamos que ese mitin se lleva a cabo en Texcoco y todos los asistentes le ruegan a AMLO reactivar el aeropuerto de Texcoco porque les va a generar empleos y porque es necesario para el desarrollo del país. Los asistentes hacen la petición y todos levantan la mano. ¿Qué va a pasar? ¿De verdad AMLO les va a hacer caso?
Seguramente, lo primero que dirá AMLO es que hay infiltrados; que hay gente que es del PRIAN, de la mafia del poder o, en el escenario más positivo, que alguien los engañó. Evidentemente va a ignorar la «voluntad popular». López Obrador sabía que la opción a favor de la cancelación del Metrobús iba a ganar, no es tonto. No vimos a un pueblo empoderado, vimos una simulación en la que él toma todas las decisiones.
Es cierto que la clase política se había alejado de la ciudadanía, que trataban de entender la realidad política tan compleja y diversa desde una oficina en alguna torre en Santa Fe o Polanco. Pero a quienes querían un gobierno más cercano y empático AMLO les está vendiendo humo, les hace sentir que son parte de las decisiones, que tienen voz, cuando en realidad la única opinión que cuenta es la de López Obrador.
No es que López Obrador escuche al pueblo y, con base en ello, tome decisiones. Lo que ocurre más bien es que primero AMLO toma una decisión, hace como que la somete a consulta y hace sentir a la gente que fue ella quien tomó la decisión para así legitimar esa decisión que el propio Presidente, y nadie más, ha acabado de tomar. Ya lo vimos con la consulta del aeropuerto donde la ubicación de las casillas fue planeada arbitrariamente para que ganara el «sí a la cancelación» cuando la mayor parte de la ciudadanía estaba a favor de que se continuara. AMLO ya había decidido y solo utilizó al pueblo para legitimar su decisión.
Además, suena muy paradójico que AMLO haya decidido cancelar una obra que iba a beneficiar a los sectores sociales que él dice representar. Esa obra iba a reducir tiempos de traslados a muchos habitantes que tienen que moverse en transporte público. Los laguneros iban a tener un transporte más digno para ellos porque quienes hemos utilizado el servicio de transporte público sabemos que el servicio de los transportistas privados (concesionados) como los que votaron a mano alzada es francamente mucho peor que cuando el gobierno proporciona directamente ese servicio, además de que un sistema BRT (Macrobús) siempre será más eficiente y más cómodo que el camión urbano.
Por una decisión meramente política y arbitraria, una obra que requería la zona de La Laguna se va a ir al traste. Y si esta va a ser la forma de hacer política, donde ni los estudios, ni el avance de las obras se tomen en consideración siquiera, sino solo la voluntad del Presidente, entonces sí tendríamos que estar muy preocupados.
El tema del género es uno de los más difíciles, de los más enigmáticos, polémicos y tal vez interesantes de nuestros tiempos. Es enigmático e interesante precisamente porque es muy difícil, porque es un tema que, en lo general, dominamos menos que lo que pensamos, y porque a la fecha no hemos podido darle una justa dimensión. Es polémico, porque su cuestionamiento tiene necesariamente una implicación en las estructuras sociales vigentes.
Y cómo no hemos podido darle una justa dimensión, y como hasta la fecha vemos al género como un bebé de un mes es capaz de ver a las personas (que ve básicamente sombras no muy bien definidas), entonces la polémica sobre este tema termina siendo una constante, y más si tenemos el atrevimiento de hacer afirmaciones tan categóricas sobre el tema como se hace.
A mi parecer sí existen factores biológicos que inciden en la formación de identidad de ambos géneros (macho -> hombre, hembra -> mujer) y que no absolutamente todo es debido a una construcción social. El simple hecho de que el cuerpo del macho no se desarrolle de igual forma que de la hembra, el hecho de que esta última se embarace. o las hormonas que segrega cada sexo, termina, sí, por tener alguna incidencia en la construcción del género, más allá de las diferencias psíquicas que pudieran llegar a existir pero que, retomando lo que dije al principio, no podemos dimensionar bien del todo.
Esto no quiere decir que la cultura no juegue un papel muy importante en la construcción de los roles de género y que no puede ser subestimado, lo cultural también importa y mucho. Sin embargo, creo que como especie todavía no hemos progresado al punto de tener capacidad de dimensionar bien esas diferencias y en qué consisten (tendremos que avanzar considerablemente más en campos como la genética, en las neurociencias y demás disciplinas afines).
El tema es complicado porque tanto lo biológico como lo cultural confluyen en la construcción de las identidades de género. No somos una tabula rasa como los abocados a la teoría del construccionismo social afirman, pero tampoco podemos hablar de un determinismo rígido como muchos conservadores siguen sosteniendo. La construcción del género no es algo meramente biológico pero tampoco es algo meramente cultural. También parece ser que lo biológico no incide exactamente de la misma forma o con la misma intensidad en las diferentes personas (de ahí se sigue que digamos que tal mujer es muy masculina o tal hombre muy femenino). Uno de los estudios que se han sacado a colación (que dice que los bebés recién nacidos no socializados machos suelen preferir objetos mientras que las hembras prefieren rostros) sugiere esa gradualidad, ya que lo que muestra dicho estudio es una tendencia: los machos tienden a preferir objetos, sin embargo hay una minoría (y no poco considerable) que prefiere rostros y viceversa, e incluso varios no muestran ninguna preferencia.
Tenemos también el hecho de que una cantidad significativa de personas (suficientes y constantes a través del tiempo para evitar considerarlo una anomalía o algo «antinatural») tienen una orientación sexual por personas del mismo sexo (algo que también es una constante en otras especies) e incluso tenemos a otras que no se identifican con el género que corresponde a su sexo. Creo que debemos llegar a un punto madurez como especie en el cual reconozcamos que todo ello existe y que no se trata de una «anomalía» que haya que «arreglar».
Como todavía no dimensionamos bien y terminamos de entender por completo estas diferencias, no podemos terminar de entender todas estas cuestiones y existirá siempre la posibilidad de confundir qué es natural y qué es cultural. En tanto no tengamos la sabiduría para entender qué es qué y cómo ocurre, el conflicto sobre este tema seguirá prevaleciendo (lo que no implique que vaya a ceder necesariamente cuando tengamos el conocimiento suficiente, sobre todo al relacionar esos descubrimientos con los roles sociales, la cultura y el mismo entramado institucional). A estas alturas, todavía son comunes estas confusiones, y algunas llegan a crear estigmas o prejuicios.
En este sentido, tanto los conservadores que hablan de «un diseño natural» como aquellos progresistas que defienden la tesis construccionista parten, más que desde la ciencia en sí, de consideraciones ideológicas o doctrinarias para defender su postura. Al final, sus posturas sobre el género no terminan siendo más que medios que se acoplan a la defensa un sistema de valores determinados. Los unos suelen darle más peso a lo biológico y los otros a lo social (lo cual empata muy bien con la idea de que unos desean conservar el estado actual de las cosas y los otros pretenden cambiarlo).
Por ello, me parece que el debate «natura vs cultura» es sano, porque esta confrontación, esta dialéctica, se convierte en un incentivo para conocer más acerca sobre nuestra naturaleza y sobre nuestra psicología.
Y nadie dijo que tendría que ser fácil. No es algo simple que el ser humano, con sus propias limitaciones de su naturaleza, investigue y analice su naturaleza misma. Y sobre el género, la verdad es que sabemos menos de lo que creemos saber.
El auge del calderonismo comenzó allá por el 2006. Felipe Calderón, un hombre discreto, introvertido, de no muchos reflectores, con un rostro que no parece de lo más amigable, llegaba, en medio de acusaciones de fraude por su opositor López Obrador (ahora Presidente), a la silla presidencial.
Felipe Calderón no ganó precisamente por su carisma, no ganó porque tuviera jale. Ganó simplemente porque vendió un discurso de estabilidad frente al riesgo que, nos decían ellos, representaba López Obrador.
Después de una presidencia de algunas luces y otras sombras, Felipe Calderón dejó el poder con un nivel de aceptación bastante aceptable, aunque nunca fue una figura que fuera muy popular. Pero, a diferencia de 2006, su partido estaba quebrado, dividido, partido, y el entonces presidente no terminó limpio de salpicaduras. Así, Calderón dejó la silla presidencial.
Pero en algún momento a Margarita y a él se les ocurrió que el 2012 no tenía que ser el final de su estadía en el poder, y por eso, después de severos pleitos internos con el PAN (sobre todo con el anayismo), Margarita decidió postularse como candidata independiente.
Le fue muy mal, no levantó. Lo poco que vimos de ella (por su poca exposición propia de los candidatos independientes que no tienen recursos y porque tampoco le pusimos mucha atención) fue a una mujer sin carisma, sin presencia, sin energía y con una mala dicción. No llegó nunca a rebasar los 10 puntos de preferencia (ni se acercó a ellos) y al final se decidió bajar de la contienda.
Y a pesar del fracaso rotundo, no se quedaron con los brazos cruzados.
Ante la llegada de López Obrador (llegada a la que Felipe Calderón, de alguna u otra forma, colaboró al darle la espalda al candidato Ricardo Anaya de su entonces partido) el dúo calderonista tuvo la idea de que podían crear un nuevo partido: México Libre, un proyecto de centro-derecha que, al menos en sus valores, es parecido al PAN, al menos en sus valores fundacionales.
Ante un PAN, que junto con el PRI y la clase política fue barrido por la locomotora de MORENA, pensaron que el calderonismo podía ser el depositario de la posible creciente indignación de la gente ante el gobierno de López Obrador. Trataron incluso de incidir en las marchas llevadas a cabo en la Ciudad de México apoyándolas, hablaron con líderes de dichas organizaciones para empezar a ganar simpatizantes.
Pero a la gente no le interesa.
Su movimiento no logra atraer a la gente, y las posibilidades de que logren conformar su partido disminuyen conforme pasa el tiempo. Por ejemplo, en León no lograron juntar a los 300 ciudadanos requeridos para conformar una asamblea, solo han podido realizar con éxito 7 de las 200 asambleas distritales requeridas por el INE. A 200 días de la fecha límite establecida por este organismo, sólo han logrado recabar 3.3% de las firmas necesarias.
El PAN, en cambio, a pesar de que perdió dos estados en las elecciones que acaban de pasar a manos de MORENA, logró acaparar una cantidad no tan despreciable de votos, al menos los suficientes como para no desfondarse y mostrar que no lo pueden dar por muerto. No fueron precisamente un éxito los resultados del PAN en esas elecciones, pero tampoco hay un declive pronunciado como el que el calderonismo esperaría.
Con un PAN que, por lo pronto, no le abrirá las puertas a Calderón y a Margarita (tampoco es como que ellos quieran ser recibidos ahí, al menos mientras estén los mismos en el poder) deberíamos de preguntarnos: ¿qué será del calderonismo que posiblemente no tendrá la representación política que aspiraban ganar por medio de México Libre?
No lo sé, lo cierto es que los Calderón no tienen el jale que ellos mismos pensaban que tenían. Peor aún, no es de mucha ayuda que se presenten como un alternativa ya vista y que representa a una clase política que ha caído en el desprestigio, y no a un movimiento independiente o nuevo.
Lo cierto es que el calderonismo está en franco declive.
Hace unos días algunas personas discreparon conmigo porque yo dije que Agustín Laje y Nicolás Márquez deberían poder dar sus conferencias, por más aberrantes nos fueran sus argumentos. Yo mantuve mi postura, porque, a pesar de que comprendo su sentir, también creo que como sociedad y seres humanos tenemos que aprender a debatir y aprender a confrontarnos con quienes piensan distinto a nosotros.
No son buenos tiempos para la cultura del debate, lo sé. En un entorno cada vez más polarizado y que es producto, a la vez, de la falta de nuestra capacidad de debatir, se crea una suerte de círculo vicioso donde cada vez ambas partes están menos dispuestas a hacerlo. Tanto una como la otra parte prefieren restringir y callar mientras se recluyen en una cámara de eco donde solo escuchan lo que quieren escuchar.
En aras de no sentirse agredidas o no sentirse confrontadas, cada vez más personas (ya sean progresistas o conservadores) rehuyen al ejercicio del debate. Es cierto, escuchar al contrario en mucho casos puede generar estrés, sobre todo cuando su opinión confronte la nuestra y, peor aún, cuando ésta pueda hacernos sentir incómodos y tal vez agraviados. Pero esto a la larga termina afectándonos más como sociedad y privándonos de un ejercicio que nos podría ayudar a madurar individualmente y a cultivarnos más.
La civilización es el triunfo de la persuasión sobre la fuerza.
Platón
Debatir también implica un mejor manejo de las emociones, además que su práctica lo promueve y desarrolla. Una persona con una mayor inteligencia emocional tendrá siempre una mayor capacidad para debatir y rebatir aquello que es contrario a su opinión e incluso lo agravia. El arte del debate es una gran herramienta que nos puede ayudar a madurar como seres humanos.
La República de Platón, libro que leí ya hace más de 10 años, es un libro que me gustó mucho porque es un gran ejemplo de los beneficios que puede traer una buena discusión. Me atrajo sobre todo por la forma en que Sócrates y otros personajes interactúan dialogando y discutiendo para así llegar a conclusiones. Puede que tomar como referencia los diálogos en la obra de Platón o el mismo método socrático (que pervive hasta nuestros días como método pedagógico) pueda sonarle superfluo a algunos, pero son un gran ejemplo de la utilidad que un debate tiene dentro de la construcción de sociedad.
¿Por qué insistir en el debate? Es muy simple y los ejemplos anteriores son un gran ejemplo de ello. Cuando uno se involucra en un debate, se ve obligado a preparar los argumentos más sólidos posibles: básicamente se involucra en un proceso de aprendizaje y adquisición de conocimiento del cual se hubiera privado si se hubiese mostrado reacio a debatir.
Mucha gente tiene miedo a debatir porque tiene miedo a que sus ideas o sus juicios sean confrontados y puestos en duda. Y ello se puede entender porque el cúmulo de nuestros juicios son lo que le dan significado a nuestra vida y sirven como soporte psicológico. Muchos sienten que, al debatir sus ideas, podrían poner todo ese castillo que los mantiene en equilibrio en riesgo. Pero, al mismo tiempo, quien decide no debatir se va a encontrar con que la construcción de sus juicios es sumamente endeble y que éstos pueden ser desmantelados fácilmente por la primera persona que se les ponga enfrente, aunque los juicios apunten hacia el camino correcto. Por más paradójico que suene, el ejercicio del debate es la mejor forma de fortalecer las argumentaciones y juicios, y de darles un fondo que, a su vez, sean más útiles para persuadir a los demás, ya que un argumento bien construido suele ser más creíble. En una cultura del debate se crea un círculo virtuoso donde la discusión sube de nivel, donde los lugares comunes y los insultos comienzan a dejarse de lado para utilizar la argumentación como arma.
Más de una persona me preguntó cómo es que tuve el atrevimiento de leer el «Libro Negro de la Nueva Izquierda» de Agustín Laje y Nicolás Márquez, un libro que ciertamente en el que las falacias y prejuicios son algo relativamente común. Lo cómodo para mí habría sido no abrirlo por miedo a confrontar mis ideas con lo que estos politólogos (si es que merecen ser llamados así) exponen, pero gracias a que lo hice (claro, no sin tener ganas de estrellar mi Kindle contra el piso más de una vez al ver cómo Nicolás Márquez llamaba sodomitas o amariconados a los homosexuales) es que pude hacer una severa crítica de este libro.
Después de leerlo lo primero que me pregunté es por qué no son muchos los que han decidido confrontar directamente las ideas de estos personajes; ya que, a mi parecer, son lo suficientemente endebles para ponerlos en un serio predicamento. Veo que hay muchas campañas para evitar que Laje y Márquez expongan sus ideas, han logrado que no asistan a alguna universidad, pero en realidad son ellos quienes llevan la batuta. Como mencioné anteriormente, saben muy bien cómo provocar, saben cómo victimizarse y hablan sobre defender la libertad de expresión de los ataques de lo que llaman «lobby gay». Con esto, logran construir teorías de la conspiración para advertirnos del marxismo cultural que quiere imponer la ideología de género y se han vuelto más populares.
La discusión fortalece la agudeza.
Cicerón
Basta ver los videos de estos dos personajes en Youtube para ver cómo es que le sacan partido a esto y como lucran con lo que supuestamente son victorias de quienes evitaron que hablaran en su universidad. A diferencia de lo que ellos dicen, no son personajes tan abocados al debate y al intercambio de ideas. De hecho, a juzgar por sus videos, solo debaten con activistas cuyo nivel intelectual y/o académico no es lo suficientemente alto como para ponerlos en predicamento, y les colocan títulos como «Nicolás Márquez destruyó a ideóloga de género». Saben como ser propagandistas y sus opositores caen en su juego.
Y todo esto ha ocurrido porque nadie los ha confrontado seriamente, porque nadie se ha parado a exhibir lo débiles y absurdos que son muchos de sus argumentos. Como nadie lo ha hecho, Laje y Márquez no se han tenido que enfrentar a este dilema, porque no es tanto que sus argumentos sean débiles, varios de ellos son más bien tramposos (algunos los explico en mi reseña). Mucha gente no se ha dado cuenta de ello, ni siquiera sus oponentes que los acusan de promover un discurso de odio sin siquiera analizarlo, deconstruirlo y confrontarlo para exhibir dicho discurso en su justa dimensión. Así, esto se vuelve en un pleito de dimes y diretes llenos de lugares comunes, de clichés, de frases repetitivas y de provocaciones donde terminan ganando Laje y Márquez ya que ellos tienen el control emocional del conflicto: no son ellos los que se sienten agraviados, ni siquiera cuando se victimizan, porque eso lo hacen para obtener un beneficio. Son ellos los que se encuentran en un lugar desde donde pueden etiquetar y señalar a su rival.
Seguramente esta condición no sería la misma si ellos fueran cuestionados a nivel argumentativo. Cuando tus argumentos son puestos en tela de juicio, entonces ya no hay espacio para construir teorías, porque las bases a partir de las cuales las puedes construir, se han puesto en predicamento. Si tus bases, como ocurre actualmente, no son lo suficientemente cuestionadas, por más endebles que sean, seguirán siendo útiles para tener el control de la construcción de narrativas o historias que apelen a las emociones.
La democracia es conflicto y da por sentada la existencia de discrepancias entre distintos sectores sociales. Derechos como la libertad de expresión, la libertad de prensa entre otros tienen el objetivo de otorgarle a los ciudadanos una arena donde puedan dirimir sus conflictos (entre ellos o con quienes están en el poder). El debate es una poderosa herramienta para llevar a la arena, pero es tan poderosa que no solo el ganador termina ganando mucho más que en otro escenario, sino que el propio perdedor se beneficiará más a diferencia de un conflicto donde el debate está ausente, ya que podrá percatarse de las falencias de sus argumentaciones, o podrá darse cuenta que algunas ideas que defendía no eran lo suficientemente viables y así poder ir construyendo un orden de ideas más sólidas que le puedan servir de mejor manera.
Callar al oponente suena tentador, todavía lo es más cuando eso que nos dicen nos indigna. Pero en un mundo tan interconectado como el nuestro, en muchos de los casos ello termina siendo muy contraproducente; no solo porque dicho oponente no tendrá incentivos para reflexionar sobre su postura, sino porque fácilmente se las ingeniará para seguir propagando sus ideas. A la vez, quien pide que el otro no hable, no tendrá la oportunidad siquiera de leer o investigar para fortalecer de mejor manera sus argumentaciones. Porque creeme, a lo que más le tendrían miedo gente como Laje y Márquez es a que alguien se atreva, con argumentos muy sólidos, a desmenuzar y cuestionar todo su discurso.