Autor: Cerebro

  • Lo que la cochina precampaña nos dejó

    Lo que la cochina precampaña nos dejó

    Concluye la precampaña, esa figura absurda en la que, en teoría, las y los precandidatos deberían contender por erigirse como quien abandere a su partido o coalición.

    Lo que vimos no fue eso. En todos los casos vimos una suerte de campaña anticipada (producto de normativas absurdas que fueron efectos de las «denuncias» de López Obrador en 2006) restringida y limitada donde quienes contienden estaban limitados por ciertas reglas como no poder llevar a cabo propuestas.

    La precampaña fue, en general, aburrida, como si los estrategas se estuvieran ahorrando sus mejores cartas para la campaña final.

    Aburrida también porque Claudia Sheinbaum apostó por un perfil muy bajo a sabiendas de que va liderando las encuestas.

    Aburrida también porque la campaña de Xóchitl Gálvez fue muy errática y solo al final logró encontrar una fórmula funcional y un mensaje que le permitió cerrar con broche de oro con un gran cierre que no fue cubierto deliberadamente por los medios, o lo hicieron de una forma muy discreta. Ese cierre parece haber hecho sonar las alarmas en el oficialismo que rápido activó a sus influencers de redes sociales para descalificar a la candidata opositora por haber hecho uso del teleprompter.

    A Gálvez se le volvió a ver contenta, entusiasmada, burlona y jocosa, cosa que había ido perdiendo a lo largo del tiempo. Sus recurrentes bromas y mofas a Claudia parecen caer bien en el público.

    El problema para Xóchitl es que esa inercia producto de su buen cierre se va a ver casi cortada por el fin de las precampañas. Por fin estaba agarrando vuelo, y ahora tendrán que ver de qué forma logran mantener el momentum en este mes y medio donde solo podrán aferrarse a aquello que el reglamento (o sus lagunas) les permita para después, ahora sí, acompañar a su estrategia de un plan de gobierno que logre conectar con su electorado.

    Por otro lado, Claudia Sheinbaum parece condenada a jugar a la defensiva y mantener su ventaja, considerable pero no definitiva. Su poco carisma y presencia no le permite esa flexibilidad que sí tiene Xóchitl Gálvez y, de alguna manera, tiene que aferrarse a un discurso fuertemente continuista porque, a pesar de que pueda indignar a algunos lo que voy a decir, como candidata Sheinbaum no puede brillar por sí sola (ello no tiene que ver con la capacidad que pueda tener en otros rubros). López Obrador y su popularidad son su mayor activo, pero cualquier error o problema que venga de su gobierno terminará necesariamente impactando dentro de su campaña.

    Es posible, incluso, que las estrategias más importantes de su campaña vengan no de su cuarto de guerra, sino del propio gobierno de López Obrador, como su propuesta para reformar las pensiones que tiene un corte evidentemente populista.

    Ló único irruptor en la precampaña fue la fallida campaña de Samuel García. No solo irrumpió por tener una estrategia de medios más innovadora y sofisticada producto de las agencias de comunicación que trabajan para MC así como del talento de Mariana Rodríguez (estrategia sin sustancia, también debe decirse), sino porque sus propios errores infantiles lo terminaron bajando de la candidatura de una forma un tanto ridícula. Ahora MC, que pudo tener una candidatura relevante y competitiva (aunque no suficiente como para llegar a la presidencia) tendrá que conformarse con un hombre gris como Álvarez Máynez a quien Samuel le trata de compartir a cuentagotas algo de su fama y carisma para así conservar el registro de su partido.

    Más allá de las discusiones tuiteras, la precampaña no parece haber generado entusiasmo en la gente y parece no haber movido mucho. Los partidos (incluido MORENA) parecen seguir una lógica propagandística de la que los ciudadanos ya parecen haberse vacunado y a la que ya no son receptivos. Más allá de videos generados por alguna inteligencia artificial de forma casera e improvisada, no se percibe algo nuevo con respecto de elecciones pasadas.

    Esto será un reto sobre todo para Xóchitl Gálvez, quien es la obligada a crecer en las encuestas. Contrario a lo que mucha gente sostiene, yo no creo que la elección esté definida. A sabiendas que Claudia Sheinbaum tomará una postura defensiva, el balón está del lado del Frente. Tendrán que irrumpir como nunca y hacer una campaña disruptiva para poder sorprender a un oficialismo que, por momentos, se le percibe confiado y ensimismado ya pensando en su «próxima presidenta».

  • El fin de 2023 y la muerte

    El fin de 2023 y la muerte

    El fin de 2023 y la muerte

    Memento mori.

    Me ha gustado mucho el poco tiempo que llevo en el cuarto piso (los 40’s). A pesar de que el statu quo suele privilegiar a los más jóvenes y, a pesar de que muchas personas cambian llegan a los 20, a los 30 y a los 40 con angustia, sintiéndose viejos, yo la he pasado bien.

    Tal vez porque he logrado encontrar alguna suerte de equilibrio emocional que hasta hace poco tiempo no había tenido, tal vez porque conforme uno crece ve cómo su carácter se vuelve más templado y menos impulsivo, lo cual, junto con la acumulación de la experiencia, me ha ayudado a ver muchos detalles de la vida desde una perspectiva algo distinta, como más completa y holística.

    La idea de la muerte no me angustia porque la he aceptado. Me voy a morir, y no sé cuándo, no sé si en 40 años o mañana. Lo único que espero es que esa transición sea lo menos dolorosa posible, y que, cuando me vaya de esta tierra, lo haga sintiéndome orgulloso de mi persona y de lo que dejé mientras estuve vivo.

    Tal vez muchas cosas de las que hoy hago y me motivan en la vida tienen que ver con eso. Llegar al lecho de mi muerte de la forma más apacible posible, saber que dejé algo, que logré trascender como persona. No es necesario que todo el mundo lo sepa o me «erijan estatuas por ello» (que hasta esas, en ocasiones, pueden llegar a ser poco merecidas), solo que lo reconozca mi consciencia.

    En ningún año habían partido tantos familiares. En poco más de un año partieron dos tíos, una tía, mi última abuela y un primo. Saber que se van y, aunque ellos ya están descansando arriba, abajo se siente el vacío. Me pregunto cómo están los familiares a quienes dejó, mis tíos y mis primos. A veces me corre una lágrima del hecho de acordarme de ello, de que mi psique a veces no asimila que ya no están, pero ello no es algo que podamos evitar, todos nos vamos a ir.

    Mi papá ha batallado con problemas de salud desde hace algunos años, pero siempre ha salido adelante como un guerrero haciendo lo que le gusta: trabajar, ser productivo y estar con sus nietos. Él me ha mostrado lo que son las ganas de vivir. Hay amigos y conocidos que tal vez no tienen el privilegio de tener la salud de la que hoy gozo, pero ni la buena alimentación, ni las idas al gym, pueden garantizarme que esta siempre va a estar ahí. Uno solo procura estar lo más sano posible y ya.

    Pero a todos nos llega la hora. Mi perspectiva sobre la muerte cambió de forma radical en este año y tal vez sea lo más relevante del 2023, más allá de logros, alegrías o tristezas. Es ese reconocimiento de que no estoy aquí para siempre, de que incluso es probable que ya viví más tiempo del que me falta vivir, que el reloj regresivo (cuyos dígitos desconozco) sigue corriendo.

    Tal vez por eso no le tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a ver a mis seres queridos sufrir, a que yo mismo sufra, que yo o ellos caigan en la pobreza, que a mí o a mis seres queridos nos hagan daño, que seamos víctimas de una profunda injusticia, a los ataques de ansiedad que no han regresado desde hace algunos años, le tengo miedo a muchas cosas, tal vez algunas cosas que puedan rodear a la muerte (dolor, sufrimiento) pero no a la muerte en sí.

    Tal vez es ahora, que la veo un poco más cerca, que veo que a la gente le llega y que he logrado reconocer la finitud de la vida, cuyo tiempo pareciera transcurrir más rápido, que me he logrado reconciliar con la idea de la muerte.

    Y esa reconciliación es la que aviva mis ganas de vivir.

  • Diez libros que leí este 2023 y que te recomiendo

    Diez libros que leí este 2023 y que te recomiendo

    Como todos los años, y como vengo haciendo desde 2016, les traigo mi lista de 10 libros que leí este año y que les recomiendo mucho leer. La selección no fue fácil porque hubo muchos libros bastantes buenos que leí este año pero ahí les va. El orden en que los coloco no tiene la más mínima importancia:

    1.- Justice – Michael Sandel

    Este libro de uno de los filósofos políticos de los últimos tiempos es una joya y trata sobre la justicia y otros conceptos derivados como la igualdad, la libre elección o el bien común como dilemas filosóficos que él aborda desde distintas perspectivas (como el libertarismo, el utilitarismo, la virtud y el bien común) dejando espacio para que el lector llegue a sus propias conclusiones. Incluso tiene su propio curso en Edx aquí y que es uno de los cursos más populares de Harvard.

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    2.- Corruptible: Who Gets Power and How It Changes Us – Brian Klass

    Este libro del politólogo Brian Klass básicamente habla del efecto que tiene el poder en las personas. Él se pregunta si el poder corrompe a las personas o más bien si las personas corruptas son las que se ven más atraídas por el poder, qué efectos tiene el poder en los individuos, qué puede hacerse para que lleguen al poder las personas más virtuosas y no las más corruptas y déspotas.

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    3.- The Psychology of Money – Morgan Housel

    En este libro, Morgan Housel explica el efecto que el dinero tiene en los individuos, cómo es que las percepciones que tenemos sobre el dinero impacta en nuestras vidas, cómo manejamos el riesgo y la incertidumbre y cómo el ahorro y la paciencia son muy importantes para la inversión. Así, también argumenta que no es tanto la acumulación de bienes lo que causa bienestar, sino la capacidad de tener control sobre el tiempo y la flexibilidad

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    4.- ¿Estamos solos?: En busca de otras vidas en el cosmos – Carlos Briones

    ¿Estamos solos? ¿Qué tantas probabilidades existen de que exista vida, de que sea vida inteligente y si existen qué tan lejos están de nosotros? ¿Qué implicaciones filosóficas habrían si encontráramos vida extraterrestre? Este es un gran libro de divulgación donde Carlos Briones aborda desde lo micro hasta lo macro para tratar de responder estas preguntas que tanto han rondado por nuestra cabeza.

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    5.- Tractatus Logico-Philosophicus – Ludwig Wittgenstein

    Este, sin lugar a dudas, es uno de los libros más influyentes en la filosofía del siglo XX, en especial la filosofía analítica. En éste, explora la relación que existe entre el lenguaje y la realidad, y busca establecer los límites del pensamiento y lenguaje. Así mismo te recomiendo ver posteriormente el curso que hace Darin McNabb sobre este libro para que tengas una mejor comprensión de esta obra. Si te gusta la filosofía es un libro que debes leer alguna vez en tu vida.

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    6.- Eichmann en Jerusalén – Hannah Arendt

    Claramente, Hannah Arendt es una de mis pensadoras favoritas y este libro deja claro por qué (es la tercera vez que aparece en estas listas). Este texto habla sobre el juicio de Adolf Eichmann, uno de los peores criminales del nazismo, y básicamente, a través de este, habla sobre lo que denomina «la banalidad del mal» y cómo, personas que no son necesariamente sádicas ni fanáticas pueden cometer las peores atrocidades en una «nueva normalidad» simplemente al seguir órdenes y no cuestionarse sobre la naturaleza de sus actos.

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    7.- Power And Prediction: The Disruptive Economics of Artificial Intelligence – Ajay Agrawal, Joshua Gans, Avi Goldfarb

    En un año como 2023 en que la inteligencia artificial irrumpió en la cotidianidad a través de los LLM como Chat GPT y derivados, este libros nos habla sobre cómo la IA (en especial sus capacidades predictivas) ha comenzado a penetrar en la industria, cómo es que la han ido adoptando, cómo podría transformarla y qué efectos podría tener en la sociedad.

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    8.- The Myth of Normal: Trauma, Illness, and Healing in a Toxic Culture – Gabor Maté, Daniel Maté

    Este es un libro muy interesante y confrontativo que cuestiona lo que consideramos normal y los efectos que esto tiene en la salud mental y física. Así también habla sobre los efectos que la cultura tóxica que hemos creado tiene en la salud de las personas y aboga por un concepto más empático y holístico de la medicina y el bienestar.

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    9.- The Status Game: On Human Life and How to Play It: On Social Position and How We Use it – Will Storr

    Hablando de libros confrontativos, este interesante obra de Will Storr nos explica el rol que la búsqueda de status tiene un rol fundamental tanto en nuestras vidas como en la sociedad, incluso dentro de aquellos que dicen renegar de su búsqueda. Lo explica a través de sus manifestaciones de la historia y cómo es que ha influido en el desarrollo de las sociedades para luego explicar el rol que juega el status en la vida moderna así como en las distintas plataformas tecnológicas.

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    10.- The Oxford Handbook of Political Ideologies – (varios autores)

    Este, como todos los handbooks de Oxford, tiene un abordaje muy académico, pero vale mucho la pena para quienes quieran adentrarse en el mundo de las ideologías. A partir de decenas de ensayos de distintos especialistas, esta obra no solo busca explicar la naturaleza de la ideología, sino que hace un extensivo repaso por las distintas ideologías que han existido en nuestro mundo.

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    Menciones honoríficas:

    • La Idea de la Justicia – Amartya Sen
    • On Democracy – Robert Dahl
    • La Broma Infinita – David Foster Wallace
    • Quiet: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking – Susan Cain
    • An Economic Theory of Democracy – Anthony Downs
    • Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment – Francis Fukuyama
    • Ética – Baruch Spinoza
    • Crises of Democracy – Adam Przeworski
    • Comunicación y poder – Manuel Castells
    • Antifrágil – Nassim Nicholas Taleb
    • The Rise of Post-Modern Conservatism: Neoliberalism, Post-Modern Culture, and Reactionary Politics – Matthew McManus
    • Derechos del hombre – Thomas Paine

  • Samuel García (el dictatoker), Mariana y una naranja en descomposición

    Samuel García (el dictatoker), Mariana y una naranja en descomposición

    Nos encontramos en un momentum político algo extraño y tal vez, en cierta medida inédito.

    Se acercan las elecciones y es natural que las pugnas producto del reacomodo de poder se empiecen a manifestar de distintas formas.

    Si algo me ha llamado la atención son los graves errores de cálculo político que hemos presenciado en las últimas semanas, sobre todo los de Marcelo Ebrard y el propio Samuel García. Dos figuras relevantes en la política nacional que podrían estar viviendo su ocaso (aunque en la política suele haber sorpresas).

    Samuel García siempre fue un producto sin sustancia. Lo había advertido desde la crisis del gasolinazo de Enrique Peña Nieto donde el regiomontano comenzó a cobrar relevancia. Él fue uno de tantos que trató de capitalizar demagógicamente la tragedia del «presidente caído» y algunos le dieron la razón tan solo por ser opuesto al Presidente Peña.

    Si la política mexicana ya tendía a la frivolidad, él la llevó a su máxima expresión. Un individuo sin principios claros, con una personalidad «regiomontana» pero llevada a lo grotesco: así, muy «echado para delante» pero con una fuerte dosis de altanería y superficialidad.

    Por alguna razón esa figura era atractiva para un sector del electorado. Tal vez sea porque sabía conectar con esos impulsos aspiracionistas: el niño riquillo y privilegiado que hace desmadre. Como bien señala Jesús Silva-Herzog en su columna, también era atractivo para el votante misógino y conservador. Curiosamente, estuvo abrazado por un partido que se presume progresista.

    Su ahora esposa Mariana Rodríguez supo explotar esa frivolidad y llevarla al máximo. Ella, una mujer muy talentosa para el arte de la comunicación, sobre todo mediante el uso de redes sociales, logró terminar de construir a Samuel García como un producto electoral atractivo y le dio una consistencia narrativa que ya muchos políticos habrían deseado tener. Esto, independientemente de que no hubiese sustancia alguna dentro del empaque.

    El producto Samuel se convirtió en una suerte de influencer o meme, de show business, de storytimes en TikTok, de frivolidades, de bailes, cancioncitas y jingles, de frases pegadizas y hasta parodias. Y eso, de alguna forma, vendía. ¡La política del espectáculo o el espectáculo hecho política! Con esa configuración fue como llegó a ser el «gobernatore» de Nuevo León.

    Pero todos sabemos que un buen producto no hace a un buen político. Un buen candidato no necesariamente es un buen gobernante (a veces, la tendencia pareciera ser la contraria). Y justo, a la hora en que Samuel tenía que hacer política, destruyó su propia candidatura.

    ¿Por qué Samuel iba a estar en la boleta? La respuesta más repetida es que fungiría como esquirol de la 4T. Decían que dividiría el voto opositor para beneficiar a Claudia Sheinbaum. Es posible que haya sucedido así (incluso algunos analistas como Macario Schettino se han atrevido a afirmar que MORENA lo chantajeó con «expedientes»), pero no es necesariamente la única explicación.

    La otra razón es que, a través de él, MC aspiraría a posicionarse como la principal alternativa al régimen. Si Samuel rebasaba a Xóchitl y quedaba en segundo lugar de las preferencias, MC se mostraría ante el electorado como más competitivo que el PRI y el PAN (al PRD ni para qué mencionarlo).

    Pero, haya lo que haya sido, todo eso se arruinó porque Samuel cometió un error político fatal que el Frente logró capitalizar.

    Samuel García no previó lo que significaba que el Congreso de Nuevo León, de mayoría opositora a su gobierno, tuviera que nombrar al gobernador interino. Al parecer, no le pasó por la cabeza que el Frente podía aprovechar este hecho para descarrilarlo, lo cual era natural. Los priístas y panistas pueden tener muchos negativos ante el electorado, pero si algo les sobra es oficio político.

    Así, el gobernador interino y la facción opositora iban a estar en capacidad de investigarlo, de sacar sus «trapitos al sol». Ante este hecho, y ante un golpe de Estado fallido y vergonzoso que dejó en claro su nula vocación democrática e institucional, Samuel tuvo que regresar a gobernar para cubrirse las espaldas en un estado que, al momento de salir, le daba una aprobación más bien medianita.

    Samuel arruinó su candidatura y ha puesto en entredicho su futuro político. Es más, no ha logrado, ni con el talento de su esposa ni las agencias de medios que trabajan para MC, posicionar el relato de que él fue la víctima de los «actos corruptiles del PRIAN». Ni los «apoyos» recibidos en la mañanera parecen haber ayudado a hacerse de la narrativa.

    Este bochorno también comprometió a MC, un partido que en la teoría debería ser progresista y que, ciertamente, podrá tener algunos buenos perfiles, pero que es conducido por un señor muy oscuro que conocemos como Dante Delgado y que desde su fundación se ha ostentado como el dueño del partido. MC no sólo no se deslindó de los caprichos del «Dictatoker«, sino que ha avalado por completo su discurso.

    Hoy, MC está muy lejos de ser esa alternativa que aprovechara ese vacío que los partidos tradicionales estaban dejando. Su narrativa de la «nueva política» quedó muy comprometida gracias a esas prácticas propias de la política más vieja y autoritaria. Para gran parte de la opinión pública, MC se convirtió en comparsa del régimen, lo cual mata la credibilidad del argumento de «MC como alternativa al oficialismo».

    Así, un partido que pudo realmente convertirse en una nueva alternativa pareciera cada vez condenarse más a convertirse en una suerte de nuevo Partido Verde, un mero negocio político sin principios ni sustancia alguna. Un partido con empaque progresista pero que es capaz de postular a figuras conservadoras o hasta misóginas con tal de obtener poder.

    ¿Y quién va a capitalizar la caída de Samuel García? Uno pensaría que la candidata a hacerlo es Xóchitl Gálvez (quien ya no tendrá un tercero que la amenace), aunque la realidad pareciera es más bien compleja.

  • ¿Por qué Javier Milei? Es y siempre fue la economía

    ¿Por qué Javier Milei? Es y siempre fue la economía

    Entre toda la sarta de estupideces que te enseñan en la escuela y repiten una y otra vez, hay una que pareciera tener el mismo matiz pero que, conforme creces, te das cuenta que es útil para comprender distintos fenómenos psicológicos y sociales.

    Esa es la famosa pirámide de Maslow que consiste, valga la redundancia, en una pirámide que clasifica las necesidades humanas de forma jerárquica.

    Esta pirámide es un modelo sencillo en exceso que cualquiera puede comprender tan solo al ver la ilustración. Básicamente propone que los seres humanos tenemos distintas necesidades, pero que estas están ordenadas jerárquicamente de tal forma que aquellas que se encuentran en la base y que son los más primitivos (seguridad, alimentación) deben de ser, de alguna forma, satisfechos, para satisfacer las que se encuentran en la cúspide (reconocimiento, autorrealización).

    Es innegable que como cualquier modelo, la pirámide de Abraham Maslow haya recibido críticas a lo largo del tiempo, lo cual es entendible cuando se quiere modelar de forma tan simple algo tan complejo como las necesidades del ser humano, pero es un modelo que, con lo imperfecto que puede ser, puede dar un norte o ser una guía para comprender muchas cosas. Y miren que para analizar fenómenos políticos puede ser un tanto útil.

    ¿Por qué traigo esta pirámide a colación? Porque después de ver la reacción de la opinión pública ante el triunfo del derechista Javier Milei, pareciera que hay cosas que no se entienden. He leído afirmaciones que van desde aquellas que se lamentan por la «terrible decisión que tomaron los argentinos» o que «creíamos que los argentinos eran progresistas pero ya vimos que son antiderechos».

    Y mucho de esto es alimentado por las propias redes sociales, donde quienes mantienen posturas más «duras» o extremas son los que tienden a hacer más ruido. Así, uno lee tuits agresivos de ultraconservadores que apoyan a Milei y asume que todos los que votaron piensan así cuando no necesariamente es el caso. Si Milei ganó el balotaje por goleada con más del 50% del voto ¿podemos asumir que más del 50% de los argentinos son, o ultraconservadores, o anarcocapitalistas? Desde luego que no. Pueden serlo los que hacen más ruido, los más fanáticos, los que asisten a los mítines con sus banderas de Gadsden, esas amarillas en las que aparece una serpiente con la leyenda «Don’t tread on me«. Difícilmente ese núcleo duro, muy ruidoso en redes, representa siquiera algo cercano a la mitad del voto que Milei obtuvo.

    Muchas personas asumen que aquello que movió y encumbró Javier Milei fue una «batalla cultural» contra la progresía y la «ideología de género». Yo sostengo que ese tipo de batallas por sí solas no necesariamente generan muchos votos o simpatías como se suele pensar, el asunto de Milei tiene que ver mucho más con las necesidades básicas de la gente, y las «batallas culturales» no suelen versar sobre las necesidades más básicas e inmediatas, sino más bien por valores postmaterialistas que se vuelven salientes electoralmente una vez las necesidades más básicas han sido satisfechas.

    Si la «batalla cultural» fuera tan trascendente electoralmente, es posible que Eduardo Verástegui hubiese crecido como la espuma, por poner un ejemplo. En realidad, figuras opuestas al progresismo cultural en América Latina como Jair Bolsonaro o Javier Milei no ganaron elecciones precisamente por eso, sino porque se molestaron en atender necesidades más inmediatas como la economía y la inseguridad.

    A veces, parece, se olvida el contexto en el que Milei creció. En política el contexto lo es todo:

    Argentina es un país que ha vivido muchos años en una profunda crisis, padece al día de hoy una hiperinflación y un aumento de la pobreza que naturalmente está causando mucha frustración y desesperanza entre la gente. Todo es producto de un Estado ineficiente, obeso y patrimonialista que, más que crear las condiciones para que haya movilidad social, han creado lo opuesto.

    En un contexto así, gritar «¡Viva la libertad, carajo!» guarda todo el sentido. Claro, puede criticarse que la idea de la libertad propuesta por el libertarismo se constriñe al concepto de la «libertad negativa» de Isaiah Berlín y que la libertad debería reconocerse como un concepto mucho más amplio. Pero, en ese contexto, sentir que es el Estado el que no permite que yo como persona pueda tener movilidad social, el que evita que haya empleos y no me permite salir de la pobreza, combatir a la «casta política que me estorba y me constriñe» se vuelve para la gente un grito de libertad.

    El grueso del voto a Milei, me atrevo a deducir, no es un voto ideológico, no es una súbita simpatía por el anarcocapitalismo ni por el pensamiento de Murray Rothbard. Es un voto emocional producto de la desesperación y la indignación hacia quien propone un cambio de rumbo. Y el discurso de Javier Milei embona muy bien en ese sentimiento de desesperación de la gente. Milei supo detectar esa carencia en las necesidades que se encuentran en la base de la pirámide.

    Y resulta que, cuando las necesidades básicas no están satisfechas, las otras pasan a un segundo plano. Así, no es que la gente se haya volcado por Milei porque es «provida». Más bien ocurre que, ante una necesidad imperiosa de que la economía personal mejore porque no hay oportunidades, porque tengo que comer y no tengo con qué pagar las cuentas, los temas culturales o postmaterialistas se vuelven más irrelevantes.

    Esto claramente empata con la teoría de Ronald Inglehart quien sostiene que el postmaterialismo emerge una vez las necesidades básicas han sido satisfechas. O sea, para que temas como la equidad de género, las causas LGBT, la ecología o el equilibrio entre vida y trabajo se vuelvan salientes, es importante que mis necesidades básicas ya hayan estado satisfechas. En el mismo sentido, cuando la economía se retrae o existe una amenaza a la seguridad, los individuos tienden a tomar posturas más conservadoras. Es, además, lo que explica que los sectores más populares tiendan a albergar valores más tradicionales que las clases medias.

    No es que los argentinos, en su generalidad, abracen las posturas sociales conservadoras de Milei, algunas de las cuales (aunque no todas) son opuestas al progresismo. Es que, en este contexto, se vuelven menos relevantes porque «tengo que bajar a la base de la pirámide de mis necesidades» a resolver mis necesidades más básicas, y para ello hay que «combatir a la casta política» porque no quiero bajar a «la base de la pirámide social» y tener que pasar penurias y pobreza.

    Ante la severa frustración, el electorado prefirió saltar al vacío que irse por la crisis y desesperanza segura.

    Digo que es un salto al vacío porque no sabemos a ciencia cierta qué va a ocurrir con el gobierno de Milei. Una cosa es prometer y otra cosa es gobernar.

    Milei es un caso inédito en la Argentina. También es, al parecer, el primer libertario en el mundo en gobernar un país. Se le asocia con las nuevas derechas como las de Trump, Vox o Jair Bolsonaro, pero, a mi parecer, tiene sus propias particularidades.

    Recomponer a la Argentina y reorientarla al progreso implicará una labor titánica que requerirá controlar y considerar muchas variables que tendrán que abordarse con bisturí, no con un machete como López Obrador y mucho menos con la motosierra del argentino.

    Por un lado, Javier Milei iniciará con un bono de legitimidad que le puede permitir tomar algunas medidas impopulares y que crearán descontento, pero que son necesarias para sacar a su país del atolladero. Por otro, su poca experiencia política y su poca estabilidad emocional pueden jugarle muy en contra. ¿Cómo reaccionará Milei ante un momento de crisis o una situación límite? ¿Será respetuoso de las instituciones y la democracia? ¿O terminará descalificando a los medios y opositores tal cual populista promedio? O peor aún ¿será capaz de apostar por la vía autoritaria y de la represión? Son preguntas que solo el tiempo responderá.

    Un salto al vacío implica necesariamente tomar un riesgo. Sostengo que los argentinos estaban en posición para tomarlo. Seguir con el modelo de la crisis e hiperinflación habría agudizado el descontento.

    Milei será un experimento que puede salir bien: desde marcar un hito para la economía argentina o simplemente mejorar las condiciones actuales, pero también puede salir muy mal y convertirse en un episodio doloroso en la historia albiceleste. O bien, puede terminar simplemente en un gobierno mediocre que no logre llenar las expectativas que creó y que permita regresar al peronismo empoderado. En mi opinión este último escenario es el más probable.

    Con todo ello, el voto argentino, con toda la víscera y la emoción que le caracterizó, es totalmente comprensible en el contexto que ocurrió. Es clara consecuencia del estado de cosas y no es producto de la generación espontánea. Milei es un producto de su entorno, de una economía lastimada y una población sin expectativas de futuro.

  • Focos rojos. En la campaña de Xóchitl Gálvez la están regando y gacho

    Focos rojos. En la campaña de Xóchitl Gálvez la están regando y gacho

    El triunfo de Javier Milei que tanto ha polarizado a las redes sociales nos deja varias lecciones.

    Puede que a muchos no nos guste, pero hay algo que se le debe reconocer: logró construir una narrativa sólida y congruente que encaja muy bien con aquello que más preocupaba y molestaba a los argentinos.

    También aprendimos de él que ser un outsider es un gran atributo. Muchos de los políticos ganadores, tanto de izquierda o derecha lo son o al menos aparentan serlo (como AMLO). Es prácticamente un fenómeno mundial el que se privilegie a outsiders sobre políticos de carrera.

    Dicho esto, Xóchitl Gálvez debería tener una narrativa consistente y presentarse como una outsider.

    Y, en teoría, tendría los elementos. A pesar de estar dentro del sistema político siempre ha sido una mujer que ha ido muy por su cuenta. Su historia de vida le permitiría construir una narrativa que apele al votante mediano de la oposición: su progresismo moderado en lo social apelaría a quienes están más en la izquierda y su historia de emprendimiento y esfuerzo a los de la derecha.

    Voy más allá. Gran parte de sus posturas en ambos lados del espectro político pueden contrastar con López Obrador. En teoría se podría construir alrededor de ella una buena candidatura, y sigo pensando que, a la fecha, es lo mejor que la oposición tiene para presentar.

    Sin embargo, en la práctica no hay nada de eso.

    Xóchitl creció como la espuma en los primeros dos meses, en gran medida por su carisma, su personalidad «echada para adelante» y por los ataques desde Palacio. Pero ese crecimiento no se iba a sostener por sí mismo, había que consolidarlo y nada más no se logró. Por el contrario, se ha estancado groseramente.

    Parece que a sus estrategas se les olvidó la estrategia. Pareciera que creyeron que la inercia de su despegue inicial sería suficiente.

    Y pues no.

    Hoy, no hay algo parecido a una narrativa alrededor de Xóchitl.

    Es más, la candidata ha mandado mensajes que no solo generan confusión, sino que ahuyentan a parte de su electorado. Un día, ante la dirigencia del PRD, dice que ella es la «izquierda verdadera». Dos días después, parece dar a entender que se congratula por el triunfo de Javier Milei (una día después «corrigió» pero el daño está hecho).

    Estas posturas tan disímiles e irreconciliables solo generan desconfianza en su electorado: se le puede percibir como una persona sin ideas claras y hasta como oportunista. Basta ver las reacciones en Twitter (X). Tanto izquierdistas como derechistas recibieron con mucho recelo esos mensajes y la han criticado duramente.

    Una candidata que se ubica en el centro político para atraer al votante mediano opositor del régimen no debe buscar quedar bien con todos en todo momento porque no va a quedar bien con nadie, ese es un error muy común de varios candidatos moderados o centristas que debe evitar a toda costa. Más bien debe buscar coincidencias de su narrativa con las distintas facciones a sabiendas de algunas disidencias serán inevitables de tal forma que, aunque no sea la candidata perfecta para dichas facciones, es mejor que la opción de la continuidad del régimen.

    ¿Y por qué pasa esto? Respuesta simple: no hay estrategia, no existe una narrativa consistente, todo es improvisación, no se analizan las consecuencias de las decisiones que se toman, se deja que todo fluya.

    El otro craso error tiene que ver con su postura de outsider.

    Xóchitl está desperdiciando un activo que sería crucial en la elección. Claro, la configuración es complicada porque está abanderada por «los partidos de siempre», pero con una buena estrategia sería posible que esa relación le afectara poco. Sería necesario hacer ver que Xóchitl es la que está al frente de todo, la que toma decisiones y la que brilla con luz propia.

    Sin embargo, aparece muy frecuentemente con los partidos como si fueran estos los que están al mando, se abraza con los que alguna vez criticó. Es comprensible que Xóchitl debe quedar bien con las bases y las estructuras de los partidos que la abrazan, pero debería ser más prudente al respecto, sobre todo con lo que comunica.

    Los propios partidos también deberían comprender que sus negativos son altos y que exponerla demasiado con ellos puede jugar en contra de sus propios intereses, porque si bien pueden pensar que relacionar a Xóchitl con su partido les puede traer más votos en el Congreso, también es cierto que si las preferencias de la candidata bajan, bajará también el número de escaños que logren ganar ya que en las elecciones presidenciales los votos al mandatario tienden a trasladarse al propio Congreso.

    Lo he dicho más de una vez en Twitter. Su campaña necesita un estratega que no sea miembro de los partidos, no Santiago Creel. Necesita a alguien que pueda analizar la situación desde fuera y no esté atrapado en la (evidente) burbuja discursiva de los partidos que parecieran no terminar de comprender el panorama político y social actual.

    Claro, todo esto se hace más complicado con las pugnas partidistas del Frente. Se percibe desorden y caos cuando debería haber disciplina para poder ir unidos contra el régimen. Esas pugnas estorban y afectan la candidatura de Xóchitl. MORENA, en cambio, ha logrado demostrar cierta disciplina que hasta hace poco parecía ausente. A pesar de las disidencias (Ebrard) y pugnas, todos están ya alineados con Claudia Sheinbaum.

    Hoy, la campaña de Xóchitl está a la deriva. No hay un hilo discursivo ni una estrategia sólida. Esto pasa al tiempo en que el régimen exhibe con un fuerte manotazo su capacidad de poder. Véase la alianza con el partido de Pedro Kumamoto, el asunto de Arturo Zaldívar, la reintegración de Marcelo Ebrard quien terminó cuadrándose, la propia disciplina y orden.

    Se prenden los focos rojos, porque si hoy no se da a la de ya un golpe de timón en el cuarto de guerra podría ser ya demasiado tarde.

    Y si eso no ocurre, Claudia Sheinbaum llegará, sin despeinarse, a la silla presidencial.

  • Kumamoto, AMLO, Xóchitl Gálvez, el poder, el sistema y la condición humana

    Kumamoto, AMLO, Xóchitl Gálvez, el poder, el sistema y la condición humana

    Amigas y amigos.

    La decisión que Kumamoto y su partido Futuro tomaron me hizo reflexionar muchas cosas.

    No fui de aquellos que mentó madres una y otra vez decepcionado por la decisión, ni fui de aquellos que se sintió particularmente traicionado aunque dicha decisión me haya dolido e insista que incluso desde la realpolitik el suyo ha sido un muy mal cálculo, que puede bien llegar a traerles algunos beneficios al corto plazo (y ni siquiera eso es seguro) pero que será muy fatal a largo plazo.

    Esto me hizo reflexionar de otra forma. Me hizo reflexionar sobre la condición humana y la naturaleza de un político.

    He llegado a conocer personalmente al propio Pedro Kumamoto, a Susana de la Rosa, Susana Ochoa y otros liderazgos que son o fueron parte del partido. No a profundidad, pero he cruzado palabra con ellos alguna que otra vez (con unos más que con otros, con alguno de ellos he debatido sobre temas políticos), y pues me parecieron, a mi parecer, personas normales. Su personalidad me parece distante del arquetipo del político corrupto y mañoso que te genera una profunda desconfianza.

    Y esas personas «normales», que eran la alternativa a la partidocracia que «no nos representaba», los independientes, hoy deciden integrarse a las propias dinámicas de ésta.

    Recibieron, sobre todo Kumamoto, muchas mentadas de madre. No solo de los bots de MC, sino de mucha gente que genuinamente se sintió muy indignada por la decisión. Esta se agravó cuando, acto seguido, comenzaron a replicar la propia retórica militante y partidista. ¡Se pasaron al lado oscuro!

    Llama la atención que hayan recibido muchas más mentadas de madre que políticos que hacen cosas mucho más graves. El único «pecado«, per sé, de esta decisión, fue haber traicionado sus ideales primigenios.

    No es cualquier cosa, claro, pero naturalmente no estamos hablando de un escándalo de corrupción, ni de políticas que comprometieron la vida de muchas personas. Hicieron lo que hacen los políticos, entrar a la dinámica política. Todo lo que hacen Peña Nieto, Xóchitl Gálvez o Mario Delgado. Porque la política tiene sus dinámicas propias.

    ¿Ha cambiado la percepción personal que tengo de ellos? No, en lo absoluto. Siguen siendo las mismas personas, nada más que ahora están en otro contexto.

    Lo que la gente no suele reparar es lo siguiente: el fin último del político es acumular poder.

    Así, en la definición weberiana:

    El poder es la capacidad de un individuo o un grupo de individuos de influir en la conducta de otros.

    Y esto se refrenda con la definición shumpeteriana que afirma que:

    Los partidos políticos son grupos organizados cuyo principal objetivo es alcanzar el poder político y mantenerlo.

    Creen que el buen político es aquel que desdeña el poder. Y no, no es así.

    Acumular poder es el fin de Pedro Kumamoto, de Nelson Mandela, de Elba Esther Gordillo, de Joe Biden o Javier Milei. Claro, hay muchas diferencias en cuanto a los usos que se le da a ese poder, pero el político busca maximizar la cantidad de poder en sus manos porque a través de este es que pueden llevar a cabo cambios o transformaciones: ya sea fines nobles o enriquecimiento ilícito.

    Así siempre ha sido la política, así es y así será.

    Y se olvida. En el idealismo en el que los jóvenes de Wikipolítica aparecieron, muchos creyeron que no iban a estar sujetos a esta dinámica. Es más, muy probablemente ellos mismos lo creyeron.

    Muchos creyeron que «no eran políticos», pero sí lo eran. A la hora que comienzas a hacer política te conviertes en un político.

    Es más, en nuestro ámbito, sin involucrarnos en la política formal, todos hacemos política y, para ello, buscamos acumular la suficiente cantidad de poder para lograr nuestros fines: algunos de forma ética y con fines nobles y otros con fines perversos.

    Es parte de la condición humana.

    Pero el político, el que entra a la política formal, ya tiene como fin último de su profesión acumular poder. La acumulación de poder es al político lo que la acumulación de dinero es al empresario (al que, en cuanto acumula más, empieza a ver la acumulación de poder per sé como algo atractivo).

    El cambio de discurso de Kumamoto y Futuro va en función a ello. Dentro de su lógica creyeron que la vía independiente ya no era un mecanismo viable para acumular poder y para ello decidieron ir en alianza.

    Reconocer ello es, más que una traición, tal vez hasta una manifestación de madurez producto del aprendizaje de su interacción con el sistema político.

    Comprendes que en el contexto actual, con el sistema de normas y reglas que tenemos y con la idiosincrasia política limitarte a ser independiente es un craso error para su fin último: acumular poder.

    Y si no tienen poder, no pueden lograr cambios.

    Por eso fundaron su propio partido (lo cual sí me pareció un acierto) y por ello se aliaron con MORENA (lo cual me parece un error). Por ello comienzan a adoptar un discurso oficialista impensable hace algunos años. Y son los mismos cabrones, no se volvieron locos ni más perversos.

    Pero es que me parece un mal cálculo el suyo. Uno terrible y tal vez hasta fatal.

    Mal cálculo porque en esa movida básicamente dilapidaron todo el capital político que tenían: tanto los votantes locales como las simpatías a nivel nacional que les ayudaba a reforzarse como movimiento y partido. Al perder eso, les queda sujetarse a las simpatías de los morenistas y ello crea una relación muy asimétrica de poder entre MORENA y Futuro.

    Es decir, la premisas eran relativamente correctas:

    «Somos un movimiento independiente de los partidos».

    «Es imposible, como independientes, ganar poder y trascender en el sistema político actual»

    Pero la conclusión no necesariamente se sigue de ahí:

    «Ergo, me alio con MORENA y el Verde».

    No repararon en que su capital político se basaba en la idea de que ellos representaban una alternativa a la partidocracia. Podían tejer alianzas de otro tipo de tal forma que no asustaran o incomodaran mucho a sus seguidores, pero se aliaron con lo más antitético: el partido en el poder, autoritario y antidemocrático, siendo ellos un partido cuyo grueso de votantes así como el círculo rojo a nivel nacional que lo apoya no simpatiza con AMLO ni con MORENA.

    Y pìenso, como escribí anteriormente, que el error crucial de Futuro no fue este, sino un cúmulo de errores pasados que no les ayudó a trascender (a lo cual se suma, claro, un sistema político caduco e inoperante que castiga a los independientes). Este podcast de Álvaro Quintero ahonda en ello muy bien.

    Futuro pudo trascender y provocar cierta sacudida en el sistema político, su circunstancia propia en su búsqueda propia de poder les daba esa posibilidad. Sin embargo, tampoco puedo asegurar que ellos, estando en condiciones óptimas, lo hubieran logrado. El sistema actual no es muy generoso al respecto.

    Y no lo lograron, pero, como sea, en algún momento iban a terminar formando parte del sistema.

    Es lo lógico asumiendo lo que ya dije: los políticos buscan el poder, y dudo que configurarse como eternos outsiders sea el camino más fácil.

    Y siglos y siglos de historia lo reafirman. Todo lo disruptivo, con el tiempo, termina integrándose en el statu quo. Lo importante es lo que logran sacudir en el camino.

    Lo que a mí me pesa no es la «traición», sino que fue un movimiento que no terminó de dar esa sacudida que pensé iban a alcanzar a dar. Creí hace algunos años que serían capaces de ello.

    No solo es eso, es que con esto se cierra una etapa en una ola de participación ciudadana en Guadalajara que inició hace unos 15 años y que terminó, progresivamente, incorporándose al sistema político habiendo podido trascender más en el camino. Activistas muy valiosos se fueron a MC, MORENA y otros partidos.

    Regresando a lo primero. La gente pensó que los wikis no eran políticos, sino ciudadanos comunes y corrientes que iban a provocar un terremoto en el sistema de partidos. Una buena ilustración de este acto de ingenuidad es el video de Chumel Torres:

    Pero sí lo son.

    Y los políticos también son ciudadanos. Son personas comunes.

    No son entidades separadas. Son personas comunes y corrientes desempeñándose en un ámbito.

    Son personas normales, ergo, políticos normales.

    Así como lo son Xóchitl Gálvez o Claudia Sheinbaum o AMLO. Unos, claro, más presentables o decentes que otros, pero todos sujetos a la misma dinámica que los hace operar de acuerdo a cierto orden de incentivos.

    Así que más que hablar de traiciones, es importante comenzar a hablar de lo mal que funciona el sistema político y preguntarse por qué funciona mal.

    Porque el problema es sistémico. Los wikis querían sacudir eso, con el tiempo se sintieron imposibilitados y prefirieron incorporarse a este.

    Y Kumamoto no es el único independiente que ha caído. Han caído todos, porque el sistema político establece unas barreras de entrada muy altas.

    Por eso la estrategia común en México es parecer outsiders sin necesariamente serlo. Los outsiders son atractivos, sobre todo en estos tiempos en que la gente no se siente representada, pero el sistema impide que lleguen.

    AMLO es un hijo del sistema político y se vende como outsider. Xóchitl Gálvez, tal vez lo sea menos que AMLO, pero lleva los suficientes años dentro de éste y también se presenta como una «externa» aunque, al mismo tiempo, se toma fotos con los líderes de su alianza.

    Y entonces uno se pregunta si se puede cambiar al sistema político cuando este propio sistema impide la entrada a aquellos outsiders que quieren cambiarlo.

    ¿Ven la paradoja? Si queremos cambiar el sistema político necesitaríamos, para ello, que éste ya hubiese cambiado.

    Yo creo, sin embargo, que no es condición necesaria «entrar la política» como lo hizo Kumamoto, aunque sí se debe «hacer política». La participación ciudadana puede ser útil para ejercer presión para que ello ocurra.

    De hecho ya ha ocurrido, aunque con cambios todavía muy insuficientes pero acertados. La figura todavía insuficiente de los independientes o algunos de los mecanismos de transparencia se explican gracias a la presión de la ciudadanía organizada.

    Tampoco es imposible que alguien, desde dentro del sistema, haga cambios si tiene incentivos para ello. Esto incluso se puede conectar con la vía de la sociedad civil. El político escucha a la sociedad civil e impulsa cambios.

    Pero claro, todo sigue pareciendo insuficiente, y más con un régimen que, en su aspiración a la hegemonía, busca dar marcha atrás a los avances relacionado con la democracia, la transparencia y la rendición de cuentas.

    Y tristemente, vemos como ese anhelo de crear un sistema político más representativo, parece más lejos de lo que llegamos a pensar.

  • ¿Es el fin del Futuro como lo conocíamos? Historia de un arbolito que se volvió guinda.

    ¿Es el fin del Futuro como lo conocíamos? Historia de un arbolito que se volvió guinda.

    En política, hay ciclos que llegan a su fin.

    No todos llegan de igual forma. Un ciclo puede cerrarse cuando algo se consolida y se inicia otro nuevo, o bien, puede cerrarse cuando aquello no logró consolidarse y terminó sucumbiendo.

    Esto último parece haber pasado con Futuro.

    No porque el partido-movimiento desaparezca, sino porque, al decidir aliarse con MORENA y demás partidos que buscarán hacer frente a Movimiento Ciudadano, han dejado de ser una entidad independiente que ofreciera una alternativa a lo establecido (lo cual marcaba la esencia del movimiento que inició con el inesperado triunfo de 2015) para pasar a ser un partido más del sistema: de un movimiento que comenzó con una postura muy crítica a la partidocracia a uno que está dispuesto a hacer coalición con el Partido Verde. ¡El Partido Verde!

    No desaparecen, pero ya son otra cosa.

    Este movimiento independiente que cimbró la política nacional como una alternativa a los partidos tradicionales decide aferrarse a ellos para sobrevivir. Pero ¿cómo pasó esto?

    Allá por 2015, Pedro Kumamoto y los suyos habían irrumpido en la escena política. En una coyuntura favorable donde la sociedad estaba harta y enojada con los partidos y, en especial, con el gobierno de Peña Nieto, este movimiento creció como la espuma.

    De forma inédita y por primera vez en la historia para un independiente, los wikis ocuparon un escaño en el Congreso local. Hicieron una buena campaña que les permitió aprovechar la coyuntura, muchos voluntarios se sumaron y lograron encumbrar a Kumamoto. Se convirtió en un referente nacional para muchos.

    Ese triunfo, sin embargo, fue su punto más alto. A partir de ahí, de forma muy progresiva, todo empezó a ir cuesta abajo precisamente porque no comprendieron que la política es muy coyuntural.

    En 2018 lanzaron a Pedro Kumamoto para el Senado de la República así como otras candidaturas para diputaciones federales y locales. Probaron por primera vez el trago amargo de la derrota que no esperaban. La apuesta había sido muy arriesgada.

    A pesar de la derrota, sus números no fueron malos y se mostraron competitivos. Eran electoralmente relevantes y ello les daba oportunidad de replantearse las cosas y llegar con nuevos bríos para el 2021. Para ello, decidieron conformar un partido: Futuro.

    A varias personas les pareció una mala idea: ¡ya son lo que criticaban, un partido! Sin embargo, yo lo vi como un acierto ya que difícilmente iba a ser sostenible mantenerse como independientes a lo largo del tiempo y era necesaria una estructura para consolidar el movimiento. A la fecha, no creo que ese haya sido el error.

    Lo que pasó más bien fue un cúmulo de errores que les hicieron pasar de ser una fuerza muy competitiva a un partido pequeño que lucha por mantener su registro. Desde el pésimo manejo mediático de acusaciones de abuso sexual a uno de sus integrantes, inexperiencia política (la cual ya era imperdonable en la tercera elección) o que no hayan comprendido que la coyuntura política había cambiado y a la cual no supieron cómo adaptarse.

    Algo así ocurrió en el 2021 donde la campaña fue desastrosa. En un contexto donde no abundaba la indignación con la clase política como en 2015 sino el miedo y el rechazo a MORENA, no terminaron de comprender el papel que podían o debían jugar. Ante la indignación, la gente suele sentirse atraída por los outsiders y las alternativas novedosas. Ante el miedo, por el contrario, la gente busca aferrarse a lo conocido, y en MC lo supieron muy bien. En Futuro no lo entendieron.

    Así, los estrategas de Movimiento Ciudadano, con su máquina bien aceitada y sus agencias especializadas, lograron destruirlos desde el principio: corrieron el mensaje de que un voto por Kumamoto era un voto por MORENA, desplegaron encuestas apócrifas para transmitir esa sensación al electorado y manipular la intención de voto. En Futuro no supieron cómo reaccionar a esa campaña y ni siquiera terminaron por distanciarse discursivamente de MORENA para confrontar la narrativa que les habían impuesto.

    A esto se sumaron otros errores. Si a los partidos tradicionales se les suele criticar por su indefinición ideológica con el fin de atrapar el número mayor de votos posible, Futuro hizo lo opuesto: se centró tanto en «construir una ideología» de una forma un tanto idealista que olvidó que necesitaba atender las necesidades de la gente: ponían más atención a las campañas de Podemos o Sumar en España o a la izquierda chilena y trataban de influenciarse de ellas que en dar respuestas a los problemas que aquejaban a su electorado.

    ¿Cuál era la propuesta para la economía de las y los zapopanos? ¿Cuál es tu propuesta para resolver el problema de la inseguridad? Pudieron ligar sus convicciones ideológicas a la construcción de respuestas a estas preguntas, pero no lo terminaron de hacer.

    ¿Qué futuro me ofrece Futuro?

    Debido a esto, Futuro quedó atorado y no logró tejer más un discurso consistente, terminaron viviendo del éxito del 2015 cada vez más lejano. En sus inicios mantenían una posición de centro-izquierda moderada que les permitía ofrecer una agenda transversal y acercarse al votante mediano tapatío y terminaron ofreciendo una plataforma más ideologizada que pareció no salir más allá de los planteamientos teóricos e ideales y que no respondía a los problemas más inmediatos de los zapopanos.

    Esto los condujo casi a la irrelevancia. A pesar de los nobles esfuerzos de integrantes como Susana de la Rosa que llegó al Congreso local de forma plurinominal, Futuro no logró reposicionarse.

    Algunas personas ven la alianza con MORENA como una «terrible decisión», como una suerte de traición. En realidad esta alianza es la consecuencia de un cúmulo de errores que no permitieron que un movimiento que inspiró a muchos lograra trascender.

    Desde que emergió Pedro Kumamoto y su movimiento pensé que, si se consolidaba, lo más probable era que con el tiempo adoptaran algunos de los vicios de la política mexicana (son humanos como todos nosotros, no angelitos caídos del cielo) y, sin embargo, tenía una expectativa de que fuera algo mejor a lo que ya había y así se convirtieran en un revulsivo para la política del país capturado por los partidos tradicionales.

    Me parecía natural que, en algún momento de la historia, el movimiento independiente o alternativo ya no lo fuera tanto. Ello es parte de la historia humana, lo novedoso que crece y trasciende termina por conformar una suerte de statu quo o mimetizarse con éste. Pasa con los movimientos políticos (el mismo MC es un ejemplo), con las corrientes filosóficas (como el postestructuralismo) o incluso con las empresas innovadoras que todo el mundo admira y luego detesta (véase a Meta, Google o Amazon), pero la existencia de esas transiciones explican en gran medida el progreso humano (claro, con algunas pifias incluidas).

    Es eso mismo lo que está pasando. Futuro se ha vuelto «menos alternativo»: ya, como cualquier político, teje alianzas con partidos cuestionable, cede, llega a acuerdos e intercambios: vaya, hacen esa política de la cual renegaban. El problema para Futuro es que esta transición está ocurriendo sin que terminaran de trascender. Es más, ocurre como respuesta a una profunda crisis dentro de su movimiento donde buscan sobrevivir a como dé lugar.

    MORENA parecía ser el lugar más natural donde podían caer los integrantes de Futuro en caso de que el barco se hundiera (Rodrigo Cornejo migrando a ese partido en 2018 fue un viso de ello), aunque bien es cierto que Movimiento Ciudadano habría podido ser otra alternativa ideológica para los más moderados.

    Futuro puede coincidir con MORENA y el régimen en algunos planteamientos ideológicos, sobre todo el sector más «duro» de Futuro, pero en realidad coinciden menos de lo que ellos mismos aseguran para justificar su alianza.

    Ambas facciones ciertamente se dicen de izquierda, pero también es cierto que en otras facetas (tal vez las que daban más identidad a este movimiento) había notables diferencias: Futuro apostaba a ser un movimiento conciliador, deliberativo, horizontal (que contrasta con la verticalidad del régimen), democrático (contrastado con el autoritarismo del régimen) con aires e ideas nuevas (que contrastan con el estatismo viejo y obsoleto del régimen) que «incluyera a todos» en vez de polarizar entre pueblo bueno y conservadores malos.

    Las diferencias no terminan ahí: MORENA es militarista, de mentalidad rancia, indiferente al cambio climático. MORENA es más propio del PRI hegemónico que de una alternativa progresista de avanzada. Ello simplemente es antitético con los valores que ellos mismos dicen defender.

    Y aquí entra el problema de la alianza. Futuro ha decidido aliarse con un partido donde la pluralidad y el disenso son vistos con mucho recelo, un partido vertical y autoritario que exige sumisión al líder.

    Esto se agrava si tomamos en cuenta la asimetría de poder entre MORENA y Futuro. MORENA es el partido en el poder a nivel federal, concentra mucho poder en las cámaras y sigue siendo popular entre la gente. Futuro, en cambio, lucha por su supervivencia. Además, MORENA tiene más oficio político y menos escrúpulos que Futuro. Así, MORENA es quien tiene las cartas a su favor.

    Naturalmente, la plataforma que ofrece MORENA con la alianza es una ventaja electoralmente para Pedro Kumamoto en Zapopan, pero esa alianza le hará perder varios que ya tenía en la bolsa y que se decepcionarán por esta decisión. Es probable que sean más los votos que ofrezca la alianza que los que pierda. Aún así, el triunfo está lejos de quedar garantizado.

    El problema es que los votos perdidos serán de los suyos y los ganados de MORENA, lo cual compromete profundamente la independencia de Futuro. Si Kumamoto lograra ganar (lo cual se antoja complicado), él y su grupo tendrían más espacios de poder que nunca, pero tendrían menor independencia política e ideológica.

    El peor escenario es aquel en el que Kumamoto pierda. Los espacios de poder serían mucho menores y la independencia y reputación del partido quedaría igualmente comprometida.

    Es cierto: existe la posibilidad de que sin alianza Futuro pierda el registro y Kumamoto y los suyos queden fuera de la política jalisciense, y si la mantuviera tendrían que replantear a su movimiento y al partido desde abajo, cosa que no hicieron en los últimos años. Además, uno podría preguntarse si no es ya demasiado tarde.

    Sin embargo, podría ser más honorable «desaparecer» sin haberse comprometido con nadie que hacerlo después de perder la elección en alianza con MORENA y demás partidos.

    Es más, sospecho que el cálculo político es erróneo de nuevo. El electorado de Futuro, que es un remanente del que obtuvieron en 2015, se concentra en clases medias y altas compuestos tanto por progresistas hasta por «señoras copetudas de Providencia». La mayoría de esas personas no simpatiza en lo absoluto con MORENA. Es decir, gran parte de ese voto lo van a perder.

    Y en Zapopan, el voto de MORENA y demás partidos difícilmente será suficiente para ganar la elección. MC no es excesivamente popular en Jalisco y la aprobación de sus gobernantes es mediana. Sin embargo, como ocurrió en 2021, en Zapopan mucha gente preferirá al «malo por conocido» que a un candidato que hoy está arropado por las fuerzas políticas que más detesta.

    Uno de los argumentos de la alianza es la oposición a un Movimiento Ciudadano que tiene a la ciudad sumida en la inseguridad. El problema es que MORENA ofrece algo igual o peor. Ellos parecen asumir que lo que ellos creen y piensan es lo mismo que piensa toda la gente.

    ¿Qué es lo que va a ofrecer Futuro estando aliado con MORENA? ¿Cómo se van a acercar con las clases populares que son las más cercanas a MORENA y a los que ellos prácticamente desconocen y donde obtuvieron pocos votos en elecciones pasadas?

    Podría parecer que aceptar la alianza tiene algo de lógica y desde la realpolitik puede verse hasta como consecuente: MORENA es muy fuerte, no solo está en el poder sino que es el poder. Es más fácil volverse irrelevante cuando el foco de las elecciones se concentra en la presidencial que en las intermedias, donde las elecciones locales llegan a tener más difusión. El problema es que todo eso es a cambio de lo que hizo de los wikis (Futuro) una opción para la gente.

    También podría verse lógica si su intención es, eventualmente, brincar a MORENA. Sin embargo, esta alianza marcará el fin de aquello que le dio esencia a su movimiento que entusiasmó al círculo rojo a nivel nacional. Vaya, mis maestros en la maestría del CIDE recordaban el fenómeno Kumamoto con cierta alegría. Todo eso dejará de existir. No sabemos si Kuma y los suyos serán relevantes en el futuro, pero difícilmente lo será bajo la esencia y los principios que definieron a aquel movimiento que irrumpió en la política mexicana.

    Así, con el anuncio de la coalición por parte de un Pedro Kumamoto visiblemente incómodo, termina una etapa en la historia de la política en Jalisco, y para ellos comienza una nueva.