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  • 10 libros que leí este 2025 y que te recomiendo

    10 libros que leí este 2025 y que te recomiendo

    Este no es cualquier post sobre mis 10 libros del año. Es mi décima entrega que comencé a hacer desde el 2016. Si bien este año no leí tanto como el pasado, leí varios libros muy buenos que no caben en esta lista y que tendré que dejar en la lista de menciones honoríficas. Comencemos pues:

    1.- Why Stocks Go Up and Down – William H. Pike y El Inversor Inteligente – Benjamin Graham

    Hasta el día de hoy no había recomendado este tipo de literatura y de hecho son dos en lugar de uno porque me parecieron muy buenos. Si quieres entrar al mundo de las inversiones y hacer que tu dinero crezca pero todavía no tienes mucha experiencia, creo que estos dos libros son esenciales. El primero básicamente te explica cómo funciona la bolsa y las acciones y el segundo te ayuda a obtener a ganar sabiduría para tomar decisiones racionales.

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    2.- El valor de la atención: Por qué nos la robaron y cómo recuperarla (Johann Hari)

    En un tiempo en el que estamos hiperconectados y donde el entorno nos ha hecho perder la capacidad de enfoque, este libro hace un muy buen recorrido por los problemas que están degradando esta habilidad tan necesaria y propone tanto soluciones individuales como colectivas (reconociendo que las acciones individuales no son suficientes). Hari argumenta que la crisis de atención no es un fallo personal, sino un problema sistémico

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    3.- La Vegetariana – Han Kang

    Esta novela de la Premio Nobel de Literatura 2024 trata sobre Yeonghye, una mujer que, producto de sus pesadillas, decide volverse vegetariana como acto de desobediencia y locura que rompe con las convenciones sociales sudcoreanas, y como esto convierte su vida en una pesadilla. La historia nunca es contada por la protagonista sino por tres hombres y una mujer que proyectan en ella sus deseos y frustraciones, lo cual la hace muy interesante.

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    4.- Combatting Cult Mind Control – Steven Hassan

    Este libro es un manual extensivo (y tal vez el libro definitivo) para saber cómo funcionan las sectas destructivas: no solo las tradicionales sectas religiosas, sino aquellas que actúan como cursos de coaching. Hassan explica bien como las sectas controlan tu comportamiento, tu pensamiento, cómo controlan la información y cómo manipulan las emociones. Además, propone una muy buena guía para ayudar a salir a las personas que están atrapadas en ellas.

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    5.- How The World Thinks- Julian Baggini

    Este libro me gustó mucho y me ayudó a abrir un poco más mi mente y salir un poco del eurocentrismo al que a veces podemos tender a caer. La premisa es que lo que conocemos en Occidente como «filosofía» es solo una parte de todo el pensamiento humano y nos introduce a las distintas culturas y sus dinámicas propias tales como China, la India y el mundo islámico. El libro muestra cómo es que las distintas culturas abordan distintas preguntas filosóficas como ¿Cómo conoce el mundo? ¿Quiénes somos? o ¿Cómo vive el mundo?

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    6.- El Invencible Verano de Liliana

    Trata sobre el feminicidio de Liliana, ocurrido en 1990. El libro está escrito por su hermana Cristina Rivera Garza y está construido a través de las cartas y documentos que dejó Liliana así como los testimonios de sus amigos. Al principio pensé que iba a ser un libro del montón pero me terminó atrapando. Está muy bien elaborado. A lo largo del libro empiezas a empatizar mucho con Liliana de tal forma que sientes el desgarro cuando su victimario la mata. Muy buena obra que dimensiona y contextualiza una problemática social muy recurrente en nuestro país.

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    7.- A Brief History of Intelligence – Max Salomon Bennet

    Este libro me encantó porque básicamente explica cómo es que la inteligencia se fue desarrollando a través de la historia y que, si queremos construir una verdadera inteligencia artificial, primero debemos entender cómo es que la inteligencia fue evolucionando en la naturaleza en las distintas especies hasta llegar a la inteligencia humana. ¿Cuál es la diferencia de la inteligencia que tiene una hormiga, un pez, un chimpancé o un ser humano? Conocer y comprender dichos pasos evolutivos es una tarea muy interesante.

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    8.- Los Miserables – Victor Hugo

    Este es un libro que tenía guardado en mi librero y que en más de 15 años de tenerlo ahí nunca lo abrí. Ahora que viajé a Francia aproveché la oportunidad de leerlo y vaya que es un gran libro que no solo narra una historia, sino que tiene un profundo contenido social, histórico y filosófico que se palpa en cada una de sus páginas. Víctor Hugo a veces «pausa» el relato de la novela para introducir reflexiones filosóficas o acontecimientos históricos que van a contextualizar la continuación de la propia historia. Es un libro algo crudo y oscuro que reflexiona sobre la lucha entre el bien y el mal, la injusticia, la miseria, la pobreza, el amor, la disonancia que existe entre seguir la ley al pie de la letra y obrar bien o la capacidad que una persona tiene de redimirse.

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    9.- Leonardo Da Vinci – Walter Isaacson

    A mí me gustan mucho las biografías de Walter Isaacson, pero esta, a diferencia de las demás, tiene un toque muy peculiar porque no es trata sobre la historia de la vida de este genio, sino de su propia obra, de su técnica, de su forma muy peculiar de conceptualizar el arte, sobre la creatividad y cómo es que Da Vinci era un procrastinador que dejó muchísimas obras inconclusas, procrastinación que era un precio a pagar por su genialidad. Isaacson hace un recorrido por sus obras, su técnica, su evolución, sus invenciones que tal vez llegaron muy pronto y no eran funcionales pero que seguramente fueron un parteaguas para inventos posteriores.

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    10.- Careless People: A Cautionary Tale of Power, Greed, and Lost Idealism – Sarah Wynn-Williams

    Este es un libro que me parece muy revelador sobre la condición humana y sobre cómo una ex directiva de Facebook entró a esta empresa con cierto idealismo pensando en que el fin de esta red era unir al mundo y democratizar la información para después desencantarse al ver cómo se convertía en una empresa voraz donde la ambición podía estar por encima de cualquier cosa. Sarah nos narra la obsesión por el crecimiento y cómo cualquier preocupación ética era ignorada si ésta estorbaba a ese fin, cómo es que la empresa permitió explícitamente a gobiernos autoritarios usar la plataforma para manipular elecciones al tiempo que criticaba fuertemente el «feminismo corporativo» de Sheryl Sandberg al que retrata como convenenciero, interesado e hipócrita.

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    Menciones honoríficas:

    • Seven Ages of Paris – Alistair Horne
    • La Nausea – Jean-Paul Sartre
    • Psych – The Story of Human Mind – Paul Bloom
    • Palaces For The People – Eric Klinenberg
    • SPQR – Mary Beard
    • Seeing Like a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed – James C. Scott
    • Instant Philosophy – Gareth Southwell
  • ¿Por qué seguimos hablando de izquierda y derecha?

    ¿Por qué seguimos hablando de izquierda y derecha?

    ¿Por qué seguimos hablando de izquierda y derecha?

    Ay con estos conceptos.

    Un esquema meramente binario que no solo sirve para categorizar orientaciones políticas, sino para construir identidades: ¡Yo soy de izquierda! ¡Yo soy de derecha!

    Y claro, intentar reducir las ideologías políticas a dos categorías suele derivar en muchísimas ambigüedades. Peor aún: dado que estos conceptos son inherentemente políticos, corren el riesgo de manipularse (como suele ocurrir) para acomodar narrativas, distorsionar significados según convenga, hacer juicios de valor, o marcar una división simplista entre «nosotros» y «ellos».

    Además, el hecho de que los conceptos de izquierda y derecha parezcan cambiar según la época complica aún más las cosas. Frente a esta confusión, algunos han decidido incluso afirmar que estas etiquetas están ya obsoletas.

    Sin embargo, hay una definición que ha resistido al paso del tiempo y que permanece constante desde la Revolución Francesa hasta nuestros días. Me refiero, por supuesto, a la definición de Norberto Bobbio:

    La izquierda se define por la intención de reducir la desigualdad, la derecha por la aceptación, o incluso la justificación, de la desigualdad

    No es el mercado ni es el tamaño del Estado; es la actitud ante la igualdad y la desigualdad.

    Por ejemplo, la izquierda de la Revolución Francesa no era socialista, pero sí buscaba una mayor igualdad ante la ley y la abolición de los privilegios del clero y la nobleza. La izquierda socialista posteriormente buscó igualdad económica, mientras que la izquierda cultural hoy promueve la igualdad entre sexos, orientaciones sexuales, razas y minorías. Así:

    • En la Revolución Francesa, se contrapuso la igualdad ante la ley frente a los privilegios nobiliarios y clericales.

    • En el siglo XX, se confrontó la igualdad económica frente a la desigualdad atribuida al esfuerzo, talento o mérito individual.

    • En la izquierda cultural actual, se opone la equidad de género a los roles tradicionales (hombre proveedor, mujer cuidadora del hogar).

    Confusiones por ahí:

    Algunas personas sostienen que lo que define a izquierda y derecha es el nivel de estatismo: según esto, la izquierda sería más estatista y la derecha menos. De ahí incluso surgen afirmaciones que contraponen la igualdad a la libertad negativa.

    Esto se concluye porque, efectivamente, la izquierda económica suele recurrir al Estado para redistribuir riqueza. Pero recordemos que el Estado es un medio, no un fin en sí mismo.

    Si el tamaño del Estado fuera lo que definiera ser de izquierda o derecha, llegaríamos a conclusiones absurdas como:

    • El comunismo solo sería de izquierda radical en su etapa intermedia cuando necesita un Estado muy grande, para luego convertirse en ultraderecha al abolir dicho Estado.

    • Todos los anarquismos serían considerados de ultraderecha.

    • Donald Trump sería clasificado como «de izquierda» por establecer aranceles e incluso controles de precios.

    Por supuesto, esto conduce a que algunos intenten afirmar que el fascismo y el nazismo son de izquierda. Pero esta es simplemente una estrategia retórica para diferenciar entre «nosotros» (los buenos defensores de la libertad) y «ellos» (los malos y opresores). Conceptualmente, esta postura no se sostiene.

    ¿Por qué?

    Porque tanto el fascismo como el nazismo no solo toleraron, sino que promovieron activamente la desigualdad en términos de nacionalidad, raza, jerarquías sociales y un largo etcétera.

    Algunos dirán que el fascismo, el nazismo y el comunismo, ideologías que en la práctica generaron graves daños a la humanidad en la época moderna, se parecen bastante entre sí. Y en eso tienen razón: esta similitud se explica a través de la famosa teoría de la herradura, según la cual los extremos ideológicos tienden a parecerse más entre sí que a las posturas moderadas. Ambos extremos son represivos y estatistas, pero una sigue siendo de izquierda (izquierda radical) y otra de derecha (extrema derecha) porque una busca la igualdad absoluta mientras la otra celebra la desigualdad.

    Incluso hoy podemos observar cómo las izquierdas más «woke» y las derechas más identitarias (como muchas facciones trumpistas) comienzan a parecerse en sus métodos e identitarismo conforme se acercan a los extremos.

    Luego está la noción generalizada de que la derecha es afín al mercado mientras que la izquierda desconfía más de él. Algunos incluso intentan sostener, de manera tramposa, que el libre mercado es «fascista», cuando en realidad fascismo y libre mercado son prácticamente incompatibles. Aunque ciertamente esta diferenciación ha sido constante durante las últimas décadas y durante la Guerra Fría, ni siquiera eso termina por definir esencialmente a izquierda y derecha.

    De hecho, durante la Revolución Francesa la izquierda (especialmente los girondinos) simpatizaba más con la economía de mercado que la derecha, que defendía los privilegios del clero y la nobleza. La combinación de libertad e igualdad en un mismo lema («Liberté, Egalité, Fraternité») no resultaba en absoluto contradictoria como hoy algunos sugieren.

    Incluso actualmente, observamos un mayor intervencionismo económico en algunos gobiernos de derecha (como el de Trump) que en ciertos regímenes de izquierda socioliberal. A excepción quizás de Javier Milei (quien podría definirse más como ultraliberal que ultraderechista), las nuevas derechas (Vox en España, Orbán en Hungría, Trump en EE.UU.) suelen ser más intervencionistas en la economía que las derechas neoliberales inspiradas en Thatcher o Reagan.

    Conclusión:

    Por supuesto, es evidente que izquierda y derecha tienen muchas ramificaciones tanto históricas como contemporáneas, y que en cada espectro hay diferencias internas y contradicciones. También es claro que un grupo político se define mejor por lo que persigue ideológicamente que por su congruencia absoluta en la práctica: un gobierno de izquierda cuyos líderes vivan como millonarios sigue siendo de izquierda si sus políticas buscan teóricamente mayor igualdad.

    Finalmente, si bien hay otras formas útiles para conceptualizar las orientaciones políticas (estatismo-libertad económica, autoritarismo-liberalismo, progresismo-conservadurismo, materialismo-posmaterialismo, nacionalismo-globalismo), la manera más sólida de definir la izquierda y la derecha sigue siendo, en mi opinión, la de Norberto Bobbio: la izquierda busca reducir la desigualdad, mientras la derecha tolera o incluso justifica la desigualdad.

  • Por qué casi todos opinan, pero pocos entienden: élites intelectuales frente a masas militantes

    Por qué casi todos opinan, pero pocos entienden: élites intelectuales frente a masas militantes

    Lo que voy a decir posiblemente cause polémica:

    Tengo una hipótesis:

    En todas las ideologías, causas ideológicas (ya sean de izquierda, derecha, progres o fachas) e incluso religiones, siempre existe una suerte de minoría o élite intelectual ilustrada, capaz de comprender a profundidad y reflexionar críticamente sobre aquello que defiende; y por otro lado, una mayoría que repite eslóganes o conceptos prefabricados—en muchas ocasiones elaborados por esas mismas élites—que se comunican de manera simple y superficial, pero que rara vez llegan a entender completamente.

    Esta minoría suele caracterizarse por una curiosidad intelectual más aguda, inteligencia generalmente superior al promedio, mejor nivel educativo y mayor disponibilidad de tiempo para estudiar y analizar sus convicciones. La mayoría, en cambio, suele asumir una actitud más bien seguidora; pueden ser extremadamente combativos—especialmente en redes sociales—y encuentran en dichas causas una motivación identitaria y un sentimiento de pertenencia. Aunque es posible que lean y se informen hasta cierto punto, raramente profundizan más allá de lo básico.

    Es importante señalar que los líderes de opinión en una ideología específica no siempre son intelectuales, ni todos los intelectuales llegan a ser líderes de opinión. De hecho, especialmente en plataformas digitales, abundan figuras que adquieren relevancia no por sus méritos intelectuales, sino por su capacidad de confrontación y por saber decir exactamente lo que los demás desean escuchar (sesgo de confirmación).

    Incluso, no es improbable que alguna persona proveniente de la mayoría menos ilustrada termine liderando o siendo un actor relevante dentro de una causa específica. En otras palabras, alguien puede ocupar posiciones elevadas dentro del organigrama o estructura de una causa, pero sin pertenecer necesariamente a la «élite intelectual» de dicha causa. Generalmente llegan a posiciones destacadas debido a su actitud combativa, habilidades sociales y políticas o talento en la oratoria, más que por capacidades intelectuales sobresalientes (algo relativamente común en el ámbito político).

    Este fenómeno puede describirse mediante una distribución tipo Pareto: el 20% que domina más profundamente los temas genera, analiza y transmite aproximadamente el 80% del conocimiento circulante dentro de cada causa o ideología. Evidentemente, dicha distribución podría ser más o menos marcada dependiendo del contexto social que se analice.

    También es cierto que esta frontera entre la mayoría y minoría no es abrupta sino un tanto gradual. Es decir, entre esa minoría más ilustrada hay quienes son aún mucho más ilustrados y entre la mayoría habrá un porcentaje de personas que tengan algo más de conocimiento y en el otro extremo personas que casi ignoren y desconozcan lo que están defendiendo.

    Al igual que ocurre con élites económicas, políticas, científicas o artísticas—en las que una minoría ejerce la mayor influencia—algo similar sucede en todos los «ismos» que existen en nuestras sociedades.

  • Lo que Joserra y Faitelson nos enseñan sobre las relaciones humanas

    Lo que Joserra y Faitelson nos enseñan sobre las relaciones humanas

    Aunque pueda parecer trivial al tratarse de periodismo deportivo, el escándalo entre José Ramón Fernández y David Faitelson revela algo fundamental y trascendente sobre las relaciones humanas.

    Es importante desmenuzar lo ocurrido para entender qué sucede cuando alguien humilla a otra persona y pisotea su dignidad, así como el impacto profundo que esto puede tener, no solo entre dos individuos, sino en todas las relaciones que estos mantienen.

    Durante su carrera, José Ramón llevó consigo a Faitelson como una especie de «patiño», humillándolo y burlándose constantemente de él aprovechando su posición de poder y reputación como periodista. Esto inició cuando Faitelson era aún muy joven, algo relevante porque se encontraba en una etapa especialmente vulnerable en la que internalizó esas conductas negativas.

    Es cierto, como algunos afirman, que Faitelson «es alguien» gracias a José Ramón, pero esto jamás puede justificar las burlas y humillaciones sufridas. Algunos, de manera equivocada, aseguran que el maltrato fortalece el carácter; nada más lejos de la verdad, y Faitelson es prueba de ello. Existe una línea muy clara entre exigencia y humillación.

    La carrera profesional de Faitelson creció bajo esa dinámica de abuso, al punto de que él mismo comenzó a replicar esas conductas hacia otros periodistas. Al público, ávido de espectáculo, le encantaba el circo y toleraba ese ambiente, lo cual lejos de penalizarse, elevaba los ratings. Pero estas situaciones nunca deberían provocar gracia alguna.

    Naturalmente, Faitelson acumuló un profundo resentimiento, intensificado aún más cuando Joserra lo trató con displicencia al dejar el programa para irse a Televisa. Desde entonces, fue mostrando poco a poco cuán afectado estaba por aquello, hasta que finalmente explotó cuando Joserra lo calificó de «sicario» de la información.

    Lo que hizo Faitelson al revelar que Joserra había sido despedido de TV Azteca debido a problemas con la cocaína es inadmisible desde cualquier perspectiva y representa un golpe bajo. Sin embargo, fue también una consecuencia directa de las humillaciones y maltratos recibidos; una bomba que acumuló presión hasta explotar (y pudo haber sido peor).

    Es muy probable que hoy día haya periodistas que guardan rencor hacia Faitelson por su trato, y quizás ellos mismos estén descargando ese resentimiento con otras personas, colegas o incluso familiares. De igual manera, es posible que Joserra haya vivido situaciones difíciles en su vida que lo llevaron a comportarse así.

    Este círculo vicioso es similar al del bullying escolar, donde muchos niños maltratan a otros porque están frustrados por problemas en sus hogares, trasladando ese dolor hacia sus víctimas, que a su vez podrían perpetuarlo.

    Así sucede cuando humillas o maltratas a alguien: el daño no se queda ahí, en lo privado, sino que se extiende a otros de múltiples maneras. Ante esto, existe la opción madura y responsable de poner un alto, reconocer el dolor propio y, en lugar de proyectarlo en otros, buscar ayuda profesional, ir a terapia o canalizarlo en actividades creativas como el arte o la escritura. Incluso, una opción valiosa es combatir activamente estos patrones dañinos.

  • Quién lo dirÍA. Los poderosos al mando de la IA

    Quién lo dirÍA. Los poderosos al mando de la IA

    Si dejamos que la IA la controlen unos pocos habremos perdido el rumbo – Daron Acemoglu

    Mientras la opinión pública se ha volcado sobre el supuesto saludo nazi de Elon Musk, un tema jocoso pero que debiera ser irrelevante, dado que basta ver el contexto y el video para comprender que no fue su intención, se han dejado de lado temas mucho más trascendentales relativos a la llegada de Donald Trump a la presidencia.

    Hay muchos temas al respecto. Varios preocupantes, otros no tanto, y tal vez algunas decisiones (las menos, a mi parecer) que podrían ser acertadas.

    Pero a mí me preocupa algo que posiblemente entusiasme a muchos: a los fans de Elon Musk, o a los entusiastas de los avances tecnológicos (y vaya que yo soy entusiasta de alguna forma) pero que creo que debería ser un tema de discusión, sobre todo con relación al futuro de la humanidad.

    Este tiene que ver con las decisiones con respecto de la inteligencia Artificial. No es que apostar a esta tecnología sea malo, de hecho es un tema al que es necesario subirse. El problema tiene que ver con los cómos y las formas.

    Ray Kurzweil, Daron Acemoglu, Nick Bostrom y Noah Harari, con sus matices y particularidades (unos más optimistas y otros más pesimistas), han hablado sobre la necesidad de reflexionar y tomar sabias decisiones en torno a la inteligencia artificial. Todo se resume en la necesidad de tomar las mejores decisiones con respecto de esta tecnología para que maximizar los beneficios a la población y reducir los perjuicios que ésta pueda generar.

    El Premio Nobel de Economía Daron Acemoglu comenta en su libro Power and Progress que el progreso tecnológico y el bienestar social no es algo lineal o algo que se desate automáticamente. Depende, dice, mucho de las decisiones que se tomen con relación a dichos avances tecnológicos. Para ello pone como ejemplo la Revolución Industrial que, de hecho, en el corto plazo, redujo el bienestar de la humanidad (con excepción de los propietarios) con horas interminables de trabajo en entornos muy contaminados. Fue en este entorno que surgieron los pensadores socialistas como Karl Marx como una reacción al malestar provocado por este estado de cosas.

    Fue después, gracias a las decisiones que la sociedad tomó en torno a estas tecnologías en conjunto con el progreso tecnológico per sé que éstas terminaron, de forma paulatina, beneficiando a un número cada vez mayor de personas. Decisiones no solo de gobiernos ni grupos de presión o activistas, sino de propios empresarios como Henry Ford quienes vieron la necesidad de mejorar la calidad de vida de las personas para que fueran más eficientes en su trabajo.

    Así mismo, no deberíamos esperar que la Inteligencia Artificial, por sí sola, beneficie a todas las personas. Ello dependerá de las decisiones que se tomen tanto en lo público como en lo privado. Para ello es muy importante el debate, el diálogo y los consensos.

    El problema es que el mundo actual, cada vez más polarizado y dividido, no es el entorno más adecuado para ello. A esto habría que agregar que si bien la mayoría de las personas tiene al menos una noción de lo que es la inteligencia artificial (al menos en los países desarrollados), posiblemente pocos la entiendan así como sus implicaciones como para que la sociedad pueda ejercer presión sobre los grupos de poder político y privado que tienen control de ella.

    Otro problema, además, es la propia naturaleza de la tecnología. La forma en que la estemos diseñando hoy va a tener muchas implicaciones sobre la forma en que tenga en el futuro porque, a diferencia de las tecnologías que nuestra especie ha creado, una vez que esté lo suficientemente automatizada y sea lo suficientemente inteligente, los humanos iremos perdiendo cierto grado de control sobre ella y en esos estadíos tal vez poco se podrá hacer.

    China, Trump y las oligarquías

    Los poderosos, al tener el poder político y las vastas cantidades de dinero e infraestructura que la IA necesita, parecen tener la batuta y no parecen tener muchos incentivos para llevar a cabo las reflexiones necesarias para optimizar los beneficios de la inteligencia artificial.

    La competencia entre Estados Unidos y China hará que la apuesta por la IA sea como una escalada armamentística donde las naciones buscarán, por intereses geopolíticos y estratégicos, acelerar el desarrollo de la IA sin preocuparse por el trayecto. De China ya sabemos que se trata de un país autoritario y conocemos los riesgos que la IA puede tener al ser utilizada por los gobernantes para controlar a la sociedad y anticiparse a ella.

    La apuesta de Estados Unidos, con Donald Trump, ha sido participar activamente promoviendo una suerte de acuerdo oligárquico con los diferentes actores. Primero se sumó Elon Musk, luego Mark Zuckerberg quien, a pesar de ser denostado por Trump, buscó cabildear para que éste lo defendiera ante las amenazas frente a Meta (tanto dentro de Estados Unidos, las regulaciones en la Unión Europea y otros asuntos). Luego Trump invitó a Sam Altman de Open AI para invertir en el proyecto de Stargate junto con Oracle y otros actores.

    En teoría, esto busca potenciar a Estados Unidos para hacerle frente a China, pero conlleva muchos riesgos. El primero es el que ya mencioné, la competencia entre EEUU y China seguramente dejará los debates necesarios en segundo plano porque los incentivos están mucho más orientados con la feroz competencia con China. Las desregulaciones y contratos sugieren que habrá vía libre para el desarrollo de la tecnología sin importar consideraciones.

    El segundo es la propia cercanía entre el Estado y un grupo de multimillonarios, que muy posiblemente sean favorecidos por el propio gobierno actual que no se caracteriza precisamente por ser institucional ni apegarse mucho a las reglas. Esta connivencia no solo genera muchas distorsiones en las economías de mercado, sino que los más favorecidos por el Estado (por contratos y legislación) pueden ser los mismos que tendrán el control del desarrollo de esta tecnología creando un entorno más desigual y una asimetría de poder más considerable y, en el peor y fatalista (pero no improbable) de los casos, una suerte de tecnofeudalismo, donde los empresarios o los políticos acumulan una cantidad de poder similar a la de los señores feudales.

    ¿Qué forma va a tomar el futuro? No lo sé. Es posible que la IA nos traiga muchos beneficios, pero existen riesgos latentes. Que quede esta necesaria discusión en un segundo plano frente a las pugnas e intereses de las personas con poder y dinero no es, desde luego, la mejor de las noticias.

  • ¿Por un autoritarismo sin adjetivos?

    ¿Por un autoritarismo sin adjetivos?

    Salen de la cancha Montesquieu y Alexis de Tocqueville, y entran Carl Schmitt y Vladimir Lenin

    Vivimos tiempos de gran incertidumbre política, donde la idea de la democracia liberal enfrenta una fricción considerable. Líderes populistas y autoritarios, tanto de izquierda como de derecha, están ganando fuerza y consolidando su poder.

    En política, la generación espontánea no existe; todo tiene una causa y una explicación. Si la democracia está siendo erosionada, no es por razones banales y falaces como «el pueblo es ignorante» o «el pueblo no sabe decidir». Las decisiones que las personas toman en las urnas suelen ser más razonadas e incluso sofisticadas de lo que solemos asumir. A veces, el verdadero problema radica en nuestra incapacidad para comprender el contexto y las circunstancias de quienes votan.

    El orden político se sostiene en tanto las partes que lo componen permanecen en relativo equilibrio. El conflicto es inherente a la sociedad debido a la pluralidad de intereses y realidades que chocan en la arena política. La democracia permite a los ciudadanos expresarse, organizarse y elegir a sus representantes, reconociendo el conflicto y canalizándolo de manera que todas las partes puedan aspirar a tener influencia política.

    La democracia es, por naturaleza, imperfecta. El filósofo Jacques Derrida afirmaba que la democracia es siempre algo «por venir», algo que nunca se alcanza por completo. No es un concepto cerrado ni definitivo, como creía Francis Fukuyama, ni puede reducirse a una mera serie de leyes y normas (la llamada «democracia procedimental»). Derrida la entendía como un sistema en constante deconstrucción. En este sentido, algunas democracias son más imperfectas que otras, y las más vulnerables a colapsar son aquellas que se alejan más de lo que idealizamos como democracia.

    Uno de los errores de nuestros tiempos fue creer que la democracia liberal era un destino inevitable al que todas las naciones llegarían eventualmente. Otro error fue asumir que las dinámicas de mercado crearían una ola democratizadora en todo el mundo. Sin embargo, como bien señala Anne Applebaum, Rusia y China demostraron lo contrario, utilizando esas mismas dinámicas para consolidar sus regímenes autoritarios.

    La democracia es, en realidad, un delicado juego de equilibrios que tiende a la entropía. Necesita ser recalibrada y retroalimentada constantemente para evitar su colapso. No es un sistema que pueda darse por sentado en ninguna parte del mundo. Este equilibrio se tambalea cuando el sistema es incapaz de resolver problemas que afectan a los individuos como la economía, la corrupción o la inseguridad como señala Adam Przeworski, o cuando un sector de la población deja de sentirse representado. Como afirman Pippa Norris y Ronald Inglehart, este malestar crea el caldo de cultivo para el ascenso de figuras populistas y autoritarias, que se presentan como la «voluntad del pueblo». Tal como advierte Nadia Urbinati, estos líderes empiezan a parasitar la democracia desde dentro, debilitándola progresivamente y, en el peor de los casos, anulándola para establecer un sistema autoritario, como ha ocurrido en países como Venezuela.

    Las democracias enfrentan múltiples factores que pueden comprometerlas: crisis económicas, erosión de la confianza política, cambios tecnológicos (como el impacto de las redes sociales), dinámicas sociales en transformación, cambios generacionales (los jóvenes que no vivieron las crisis que precedieron a la democracia tienden a valorarla menos), y la debilidad institucional, especialmente en países con rezagos económicos. Estos factores, que son y serán una constante, exigen que la democracia se recalibre y adapte a un mundo en constante cambio.

    El mayor desafío para la democracia es que, una vez perdida, es difícil recuperarla. Cuando un régimen cae en la autocracia, se pierden los mecanismos y, en muchos casos, los derechos individuales necesarios para su restauración.

    Applebaum también señala que las autocracias no actúan como entidades aisladas, sino que forman un sistema interconectado. Este sistema une a varias autocracias que colaboran en ámbitos como lo militar, la propaganda, la desinformación y el intercambio de conocimiento. Además, incluye actores corruptos y complacientes que pueden encontrarse incluso en democracias, como empresarios o élites que se benefician de su relación con regímenes autoritarios. Esto complica aún más la posibilidad de que los países atrapados en una autocracia puedan salir de ella.

    El problema, a mi parecer, radica en que aún no se ha logrado comprender plenamente la complejidad de este fenómeno, ya que intervienen múltiples variables. No hay explicaciones sencillas, sino una serie de fenómenos distintos que interactúan entre sí, como los mencionados anteriormente, entre otros.

    Además, en muchas ocasiones, quienes buscan preservar el statu quo democrático no logran captar el malestar social (y a veces ni siquiera lo perciben), como lo ha demostrado la oposición partidista y, quizá, hasta ciudadana en México al desatender a un gran sector de la población, o el Partido Demócrata en Estados Unidos al ignorar a la clase trabajadora que solían representar. Esto provoca que estos actores sean fácilmente encuadrados como parte de una élite desconectada de la sociedad, poniendo en entredicho la legitimidad del sistema democrático. Los contrapesos y los sistemas de transparencia, fundamentales para su funcionamiento, son presentados por los líderes populistas como obstáculos «controlados por las élites», erigiéndose ellos mismos como la «voluntad del pueblo» para concentrar el máximo poder posible.

    ¿Qué hacer al respecto? Es difícil tener una respuesta clara. Mucho de lo que se ha hecho en defensa de los valores e instituciones democráticas ha sido de carácter defensivo y reactivo. Sin embargo, quizás ha faltado la autocrítica necesaria para que, desde el interior de la democracia, se puedan resolver estas problemáticas y adaptarla a las nuevas realidades, que por su propia naturaleza son cambiantes y fluidas.

  • Ni Robespierre se atrevió a tanto: ruptura en la inauguración de los JJOO

    Ni Robespierre se atrevió a tanto: ruptura en la inauguración de los JJOO

    Aclaro: en este texto no voy a hablar mucho de la polémica de la Última Cena, que en realidad no se refería a la Última Cena sino al Dios griego Dionisio, y la dejaré casi de lado. Creo que ahí habrá puntos de vista irreconciliables de acuerdo con las creencias y convicciones de la gente y creo que no hay mucho que agregar más allá del espíritu que se quiso mostrar en esta inauguración.

    Haciendo de lado ese hecho, me llama la atención cómo algunas personas terminaron bien fascinadas catalogándola como la mejor de la historia mientras que otros estaban casi espantados diciendo que estuvo muy aburrido, muy gris y que perdieron toda la solemnidad de los JJOO casi nominándolos a los peores de la historia.

    No sé cuántos sean de un lado y cuántos del otro, las redes son muy engañosas, pero sí se puede percibir cierta polarización en la forma en que la gente ha estado calificando esta inauguración. Eso, que recuerde, no había ocurrido (al menos a este grado) en alguna inauguración que me haya tocado presenciar.

    Tal vez porque nunca había habido una inauguración tan «atrevida».

    Me llama la atención no porque me sorprenda dicha reacción, la cual es normal y previsible en un contexto de ruptura. Más bien me llama la atención que esa ruptura haya acontecido y, derivado de ella, se vuelve interesante la reacción de la opinión pública.

    Este fenómeno divisivo ocurre con casi cualquier innovación o ruptura. Aunque, con el tiempo, se forme un consenso positivo y se perciba como «una gran innovación», al principio generará opiniones muy divididas. Sucede cuando una banda de música lanza un disco que rompe con su estilo anterior (por ejemplo, Kid A de Radiohead o Achtung Baby de U2), cuando Apple lanzó el iPhone (al principio, muchos se burlaron del nuevo dispositivo) y muchas teorías o descubrimientos científicos generan el mismo efecto.

    Dichos quiebres necesariamente confrontan al espectador que tiene ciertas expectativas cuando se sientan frente al televisor. Algunos disfrutan esa confrontación, otros la rechazan tajantemente y no entienden qué está pasando. ¿Dónde está la pista? ¿Dónde están los atletas marchando o caminando?

    Muchos (a veces la mayoría) necesitan tiempo para asimilar la sacudida, algunos refunfuñan al principio. Luego, cuando comiencen a asimilar las cosas, algunos le empezarán a encontrar «el saborcito». Ello no quiere decir que el consenso sobre aquello termine siendo favorable: a veces lo es, a veces no. Ante un quiebre, la mayor parte de la gente necesita «adaptarse» al nuevo entorno para poder entenderlo mejor y darle una evaluación más razonada.

    El juicio o consenso «final» (si lo llega a haber, porque hay casos en que esa división permanece) lo conoceremos en unos años. Veremos si en las ceremonias de los siguientes juegos venideros se toman algunos de estos elementos de ruptura o no. Si los toman, ello sugerirá una evaluación positiva, si no, tal vez denote que esa ruptura tal vez no fue tan aceptada y que es mejor regresar al estadío anterior. La gente hará comparaciones, contextualizará todo y ahí ya tendremos una visión más clara de lo que nuestros ojos vieron ayer.

    Yo agradezco ese atrevimiento, agradezco la impredecibilidad. Hay cosas que me gustaron y otras que no tanto de la inauguración, pero, a través de esa ruptura, la Francia se mostró tal cual es: mostró su cultura disruptiva, de francos quiebres ante el statu quo anterior sin gradualismos ni medias tintas.

    Francia rompió con la tradición pero, a la vez, estableció una suerte de dialéctica entre la tradición y la modernidad. Es decir, rompe con la tradición, pero no niega su existencia y la hace dialogar con la modernidad creando una suerte de interesante sincretismo. Un claro ejemplo fue el performance de la banda de Death Metal Gojira acompañados de la cantante de ópera Marina Viotti, haciendo alusión a la decapitación de María Antonieta, Los Miserables y la misma Revolución Francesa.

    ¿Qué se puede esperar de una Francia que abolió la monarquía sin titubeos; que fue pionera en la separación de la Iglesia y el Estado; que, bajo la dirección de Haussmann, prácticamente demolió parte de París para darle su fisonomía actual (supuestamente para reprimir obreros con mayor facilidad); que vivió el caos de mayo del 68; la París del Moulin Rouge y Juana de Arco; el país donde nació René Descartes, quien marcó una profunda ruptura en la filosofía y el pensamiento occidental, y qué decir de Rousseau o de los filósofos contemporáneos como Michel Foucault y Jacques Derrida, quienes siguen siendo polémicos hasta hoy? Se puede esperar, precisamente, que sea el primer país en inaugurar un estadio en su río, con su cultura, sus monumentos, en su corazón.

    Francia se mostró tal cual es: una ruptura. La inauguración fue lo más francesa posible. Vimos a la Francia en todo su esplendor, con todas sus maravillas, vicios, luces y contradicciones.

  • El autoritarismo competente de Claudia Sheinbaum

    El autoritarismo competente de Claudia Sheinbaum

    El autoritarismo competente de Claudia Sheinbaum

    Hace una semana quisieron funar a Jesús Silva-Herzog por afirmar que Claudia Sheinbaum representaba una suerte de autoritarismo competente.

    Hubo quienes lo vieron como una suerte de quedar bien o no incomodar con quien podría ser nuestra próxima presidenta. Tal vez lo interpretaron así porque en su columna decía que los opositores no debían renunciar a la crítica: está diciendo que nosotros debemos ser críticos y que Claudia es competente. ¡Ya se vendió!

    Pero muchos otros no lo leímos así. Vimos en su afirmación no un piropo, sino una llamada de atención: un autoritarismo competente podría ser uno más peligroso que uno desordenado y desaseado como el de López Obrador. Esta lectura que hicimos se reafirmó con la columna que Silva-Herzog publicó una semana después. Ahí, explicó aquello que muchos entendimos bien: el autoritarismo y la eficiencia pueden ser un coctel muy peligroso.

    Y yo estoy de acuerdo con que Claudia es una persona mucho más competente que López Obrador. Acierta Silva-Herzog que aquello que muchos adjudican a Claudia como una manifestación de incompetencia fue más bien producto de una profunda falta de ética: el hecho de que se le haya caído el metro o que haya experimentado con la salud de los chilangos.

    La competencia y meticulosidad de Claudia Sheinbaum, aunada a su profunda insensibilidad y su falta de escrúpulos, podrían aceitar y fortalecer el régimen autoritario que ya se está construyendo. López Obrador tiene mucho tacto político, pero no técnico. Claudia tiene lo segundo de sobra, y ahí, en su rancho, López Obrador seguramente seguirá coordinando lo primero y tratará de legitimar a la figura de su candidata.

    En Estados Unidos algunos veían un alivio que Donald Trump fuera una persona, como López Obrador, más bien desaseada e improvisada. Adjudicaban a ese hecho que el magnate no lograra lacerar la democracia e institucionalidad estadounidense mucho más allá de su berrinche de un inexistente fraude, pero que, de mantenerse las causas que lo hicieron surgir, podría aparecer un autócrata mucho más competente que resultara un peligro mucho más real que destruyera los contrapesos que tanto han caracterizado a la política estadounidense.

    Claudia Sheinbaum podría ser la versión mexicana de esa autocracia más competente. Una más meticulosa y calculadora en las formas, que tenga mayor habilidad de instrumentar el cacareado Plan C y todo aquello que busque concentrar el poder en su movimiento y su figura.

    Ello es un peligro real para la democracia mexicana. Y si Claudia logra consolidar esa «transformación», el riesgo de que se pierdan los avances que tanto costó construir, que no tengamos elecciones libres por mucho tiempo y que regrese la permanencia en el poder, será muy latente.