Categoría: reflexión

  • ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    ¿Por qué hay menos mujeres en la política?

    Cuando uno revisa la distribución entre mujeres y hombres en distintas carreras, se percata de que las mujeres optan más por carreras sociales como psicología o relaciones públicas mientras que los hombres dominan las STEM (ingenierías y tecnología).

    El argumento que algunos utilizan para explicar esta diferencia es que hay estudios de bebés recién nacidos donde las mujeres tienen preferencias por rostros y los hombres por objetos. Dicho esto, las mujeres preferirían tratar con personas y los hombres con herramientas o modelos. Así, se dice que esa distribución no es producto de alguna inequidad de género, sino que los hombres prefieren un tipo de empleos y las mujeres otro tipo. Eso sí, generalmente los primeros empleos son mejor pagados que los segundos.

    Pero si entonces ello fuera la justificación, ¿por qué los hombres dominan la política y, de paso, el análisis político?

    El argumento es que la política atrae menos a las mujeres. Que ellas no se quieren «embarrar del lodazal», que a ellas no les gusta hablar tanto del tema y discutir sobre asuntos políticos, como si ello estuviese determinado por la naturaleza.

    Hacer política trata más sobre personas que sobre sistemas: trata sobre comunicación, sobre relaciones, sobre saber hacer equipos, buscar aliados, negociar para poder impulsar agendas. Si a las mujeres se les da mucho la psicología y las relaciones públicas por «naturaleza», entonces ¿no tendría que ser la política casi la profesión perfecta para la mujer? Bajo el argumento biológico que se hace con base en esos estudios donde las mujeres prefieren personas y los hombres objetos, entonces tendría que haber una mayor presencia de mujeres que de hombres.

    Pero eso no ocurre. No hay ni siquiera paridad de género y ello explica que algunas mujeres incluse soliciten cuotas esperando de esa forma tener cierta representación. Entonces, ¿cómo explicamos desde lo biológico que las mujeres no quieran entrarle a la política y los hombre sí? Pues la realidad es que la biología no puede explicarlo porque no es un asunto biológico sino uno cultural.

    El análisis político (intelectual), por su parte, viene siendo algo así como una mezcla de «personas y sistemas» ya que analiza el comportamiento humano bajo ciertos sistemas o paradigmas; así, se esperaría que hubiera algo cercano a la paridad de género. Pero en realidad en México son muy pocas mujeres que hacen análisis político (ciertamente cada vez se están involucrando más): me vienen a la mente Maria Amparo Casar, Denise Dresser (Aristegui y Marker son más bien periodistas), tal vez Viridiana Ríos y otras pocas más. A nivel global la diferencia también es llamativa, de entre tantos teóricos de la política hombres que conozco del siglo XX, de entre las mujeres en este momento solo me viene a la cabeza Hannah Arendt.

    Otra prueba de la debilidad del argumento es que, con el tiempo, son más las mujeres que se han ido involucrando en la política y en su análisis. Si se tratara de biología, entonces ¿cómo explicaríamos estos cambios? De forma progresiva hemos visto más presidentas en el mundo, y aquí en México cada vez más mujeres legislan en el Congreso. Hace décadas era casi impensable ver a presidentas en el poder, ahora es algo relativamente común pero siguen siendo minoría. No es un secreto que en países como Estados Unidos, si bien una mujer tiene posibilidades de llegar a la presidencia, su género sí funge como una suerte de handicap.

    Es cierto que no se puede esperar una igualdad de representación perfecta pero sí una equidad de género (que es una de las críticas que se suelen hacer sobre las cuotas de género). Es decir, en un escenario de equidad tendríamos congresos donde en alguna ocasión tengan más hombres que mujeres y viceversa (por diferentes razones que no tienen que ver con algún prejuicio ni falta de oportunidades). Pero no habría alguna tendencia clara y notoria hacia algún género como todavía lo hay.

    Más que hablar de estudios de rostros y objetos. ¿no tendrá que ver que la política tiene que ver con el poder bastante más que la psicología y las relaciones públicas? ¿No será que todavía existe una tendencia a relegar a las mujeres a áreas con menos influencia en lo social (aunque sea evidentemente menor que antes o aunque sea de forma inconsciente)? ¿No será que siempre pensamos que la política era «cosa de hombres» y por eso las mujeres se sintieron menos atraídas a ella con la consecuencia de que ellas se han visto subrepresentadas?

    En la actualidad, una mujer puede entrar libremente a la política. Hasta aquí todo bien, pero luego vienen los siguientes problemas: muchas mujeres aprenden durante su vida que la política es más cosa de hombres, ven que los tíos hablan más de política que las mujeres que, si bien hablan más que antes, no hablan tanto. Por esta razón, algunas mujeres entonces podrían no verse motivadas porque sienten la política como algo ajeno. Aún así hay muchas otras que sí se vean interesadas y logren sortear este dilema, pero los problemas no acaban ahí. Dentro del mundo político, si bien no tienen las puertas cerradas para llegar a altos cargos, es cierto que ellas lo tienen un poco más complicado a la hora de llevar a cabo esa travesía que los hombres. Dentro de todos los que conforman el gobierno, habrán algunos (aunque fueran minoría) que tendrán recelo de ver a una mujer crecer. Sumemos los roles dentro de la familia, donde hay una correlación directa entre las posibilidades que una mujer tiene para triunfar y la equidad en la división de tareas dentro de la casa entre esposos. Todas esas cosas influyen, aunque no sean demasiado visibles, e incluso no han dejado de ocurrir en aquellas naciones que se congratulan por tener mayor equidad de género.

    Es cierto que se han logrado grandes avances, pero son esos mismos avances los que explican que la inequidad que todavía existe es una problemática cultural y no una cuestión biológica.

  • ¿Por qué manejas en estado de ebriedad?

    ¿Por qué manejas en estado de ebriedad?

    Manejar en estado de ebriedad

    Cuando escuchamos la palabra estigma, inmediatamente le damos a ésta una connotación negativa, como algo que tenemos que combatir o eliminar tajantemente. Decimos que hay un estigma contra los inmigrantes o contra las personas de otra raza, ya que intuimos que, a partir de éste, se hace un juicio a priori de la persona con base en ciertos rasgos particulares.

    Pero no todas las estigmatizaciones son malas. En algunos casos son muy útiles para reprobar conductas que afectan negativamente a la sociedad y me atrevo a decir que tienen una utilidad en su funcionamiento. Si una persona tiene un historial de fraudes, la estigmatizamos y ello nos sirve para prevenir ser víctimas de un fraude. Una persona que sistemáticamente agrede físicamente a sus parejas, es estigmatizada por algunas personas que no quieren correr la misma suerte que sus víctimas. Hacemos lo mismo con los actos, aquella persona que comete un acto que ha sido estigmatizado (y que parte de una norma de carácter moral), es reprobada y señalada por la sociedad porque no queremos que esos actos sigan afectando a otras personas.

    Dicho esto, es necesario que empecemos a estigmatizar el acto de conducir en estado de ebriedad y debe reprobarse a aquellas personas que incurran en este tipo de irresponsabilidades ya que no se pueden tomar consideraciones con estas conductas.

    Es cierto que el marco legal y normativo debe evitar, en cuanto sea posible, que la gente maneje en este estado. Tal vez no sea suficiente lo que se ha hecho, pero sí hay avances como la implementación del alcoholímetro (eso que en CDMX y ahora en Guadalajara llamamos «torito»), multas de montos considerables, e incluso la pérdida de la licencia si se reincide continuamente.

    Evidentemente, estas medidas han reducido el número de incidencias, pero hay todavía una cantidad considerable de personas (aún con los servicios de Uber y similares como alternativas) que no se la piensa dos veces antes de regresarse a casa con varios alcoholes encima.

    El problema es que si bien hay medidas más estrictas para combatir el problema, esto no se ha terminado por trasladar a la cultura. No solo son útiles las normas legales, sino también las sociales para prevenir que más personas mueran por la irresponsabilidad de algunos como acaba de ocurrir en Guadalajara con el caso del futbolista Joao Maleck, quien, manejando alcoholizado, asesinó a Alejandro Castro y María Fernanda Álvarez que acababan de casarse.

    A pesar de las normas más estrictas, muchas personas burlan los retenes porque en las redes sociales se comparte la ubicación de éstos. Pero en vez de reprobar este tipo de actos, hay quienes hasta los aplauden como si fueran una hazaña. Agradecen que compartan la información y muchas veces ellos mismos terminan haciendo lo mismo.

    Lo que deberíamos de hacer es estigmatizar esta práctica, que las personas sepan que si deciden manejar en estado de ebriedad van a ser reprobadas y señaladas por la sociedad, por sus amigos y por su gente cercana. El escarnio social a veces puede ser más duro que una multa de cuatro ceros porque afecta a la fama de quien lo recibe. Además, esta sanción social puede propagarse por sí mismo como un meme (en su sentido original) hasta que se vuelve una costumbre y así los individuos tienen pocos incentivos para manejar en estado de ebriedad y muchos para regresarse en Uber, Taxi o con algún conductor que no haya tomado.

    Debe haber cero tolerancia para este tipo de prácticas ya que son otras las personas que pagan con su vida por la imprudencia que uno comete. Dejemos de evadir los retenes y, en vez de ello, seamos responsables. No escasean los Uber o los taxis que nos pueden llevar a casa.

  • Jordan Peterson y su chamba en una sociedad polarizada

    Jordan Peterson y su chamba en una sociedad polarizada

    Jordan Peterson es un psicólogo canadiense conservador que ha generado mucho revuelo y ha recibido críticas de la izquierda. Sin embargo, su fama ha ayudado a más de una persona a no caer en las garras de la ultraderecha.

    Se volvió famoso en las redes sociales al oponerse al uso de pronombres neutros en Canadá. A partir de ahí, el psicólogo clínico canadiense Jordan Peterson se convirtió en una suerte de influencer sobre todo para los libertarios y los conservadores. Sus videos empezaron a circular a través de distintos canales de Youtube. Sus libros se empezaron a vender como pan caliente. Muchas de las personas que estaban descontentas con los excesos de los progresistas, vieron en él un refugio.

    Pero Jordan Peterson no es un conservador cualquiera, es uno más bien sui géneris. Podemos decir que es un conservador porque prioriza la tradición sobre la innovación, porque sin presentarse como alguien explícitamente religioso, gusta de estudiar a las religiones mismas y tratar de interpretar al ser humano con base en ellas. Pero podemos decir que es sui géneris porque su postura sobre la desigualdad no es precisamente la que uno esperaría de un conservador o un libertario. Su influencia ideológica también es un tanto peculiar, no solo por las lecturas religiosas, sino por la fuerte influencia que Carl Jung o Friedrich Nietzsche han ejercido sobre su pensamiento.

    Jordan Peterson es un crítico acérrimo de las corrientes posmodernas y de los excesos de corrección política que afloran en nuestra sociedad contemporánea, pero a diferencia de la gran mayoría de los conservadores, en general no se opone al matrimonio igualitario ni a la adopción por parte de parejas del mismo sexo.

    Peterson flaquea cuando hace análisis políticos o filosóficos que van más allá de su especialidad, ello se notó en el debate que sostuvo con Zlavoj Zizek. Comete el grave error de confundir las corrientes posmodernas con el marxismo, aunque esto no es producto de un discurso premeditadamente falaz como el de Agustín Laje o Nicolás Márquez, sino de su falta de conocimiento sobre ciencia política combinada por su interés en el comunismo y sus nefastas consecuencias pero no en el marxismo filosófico (tal vez algo aprendió de ello cuando reconoció la originalidad del pensamiento del marxista Zizek).

    No puedes esperar de Jordan Peterson a un filósofo de carrera, no tiene un pensamiento tan completo para considerarlo como tal, aunque sí ha llegado a mostrar algunas chispas de genialidad como en su libro Maps of Meaning. Pero lo interesante de él es que esta peculiar postura que tiene es un alivio dentro de una sociedad cada vez más polarizada entre progresistas y conservadores que se orillan cada vez más a una derecha reaccionaria y, en algunos casos, hasta supremacista.

    No es un secreto que no solo conservadores, sino algunos libertarios, se están viendo seducidos por estas corrientes reaccionarias y nacionalistas que no en pocos casos contienen un mensaje supremacista. El discurso de Jordan Peterson es en su mayor parte conservador, y gran parte de su público es ese mismo que podría estar en riesgo de verse seducidos por estas corrientes de ultraderecha. En este sentido, Jordan Peterson sirve como un muro de contención para ayudarlos a mantenerse en una postura más de centro o centro derecha.

    A pesar de que Jordan Peterson arremete contra el discurso progresista, su postura en realidad no afecta en mucho a la comunidad gay, incluso parece ocurrir lo contrario.

    Como lo mencioné antes, sucede que Jordan Peterson está a favor del matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Peterson dice que la homosexualidad es algo que ha acompañado a nuestra especie a lo largo de la historia. Cree que el matrimonio igualitario puede ser una buena oportunidad para integrar a los gays a la estructura social y todo lo que eso conlleva. Dice que si bien no conocemos a ciencia cierta los efectos de la adopción por parte de una pareja homoparental, considera que vale la pena dar ese paso.

    Si bien no coincido en varias cosas con Jordan Peterson (sobre todo aquellas relacionadas con el análisis político), reconozco que es una de las personas que ha sabido conciliar mejor los derechos por los que los gays han estado luchando con la procuración de las estructuras sociales y la institución de la familia en la cual hacen énfasis los conservadores. La suya es una postura que parecería tener cierta influencia de filósofos conservadores como Edmund Burke quien en sus escritos insistía en que los cambios sociales deberían hacerse respetando una estructura social ya existente y las tradiciones de un pueblo dado en cuestión.

    https://www.youtube.com/watch?v=dNDSektTxnI

    Este intento de conciliación es positiva, ya que de esta forma podría lograr meter un tema como es el de las peticiones de los gays a reflexión dentro de parte de su público (conservador) que de alguna u otra forma se habría mantenido reacio a discutir el tema debido a la progresiva falta de puentes entre conservadores y progresistas.

    A pesar de las muchas críticas que Jordan Peterson recibe desde la izquierda y a pesar de algunas críticas que pudiéramos hacer sobre algunas cuestiones de su pensamiento, la figura de Peterson se vuelve muy saludable en este contexto político y social que estamos viviendo. Su persona se vuelve muy útil para evitar que muchas personas caigan en las garras de las ultraderecha y el supremacismo blanco, y en vez de ello, tomen una postura un tanto más centrada (análogo a lo que podría estar haciendo Slavoj Zizek desde la izquierda).

    Y no olvidar que, de alguna otra forma, el interés que Zizek y él generaron en el debate que sostuvieron es algo de reconocerse. En un mundo que nos podría llegar a parecer frívolo, en el cual un pleito entre Carlos Trejo y Gilberto Adame o entre actrices hollywoodenses se propaga mediáticamente con gran facilidad, el que se haya generado expectativa sobre el debate que sostuvieron en abril es algo de aplaudir y es muestra de que las discusiones intelectuales, de alguna u otra forma, no han desaparecido del colectivo.

  • La trampa semántica de la 4T

    La trampa semántica de la 4T

    Nadie, nadie puede tener la osadía de hacer un juicio histórico sobre algo de lo que es parte y cuya obra todavía no ha realizado ni concluido. Debe tenerse una gran megalomanía para definir a un gobierno, el suyo, desde antes de empezar inclusive, como la «cuarta transformación». A lo más que podría tener derecho es a decir que su aspiración es «lograr una cuarta transformación», nada más. Ni siquiera tiene derecho a asegurar que la está llevando a cabo.

    Definir una etapa histórica es tarea de los historiadores y de la gente que valida o invalida esa definición para que, intersubjetivamente, sea aceptada y adoptada por el colectivo: es decir, por parte de quienes no son ni juez y parte. Quien osa llamar «cuarta transformación» a su gobierno, corre el gran y grave riesgo de que el significante no corresponda con el significado. De hecho, ahora no existe esa correspondencia ni puede existir en tanto que la obra no está concluida, y posiblemente no exista ni en el futuro ni cuando se concluya la obra, porque ello implicaría un acto excepcional que contraste positivamente con todos los demás actos que no merecen ese significado. Como hablamos de algo excepcional, es más probable, en todos los casos, que no suceda a que sí. Vale decirlo, aunque algunos se engañen y traten de torcer los hechos para que se acoplen a la definición.

    Pretender llamarse así es como llamar rascacielos a un baldío en el cual no se sabe con certeza si ahí se va a construir una torre y no se sabe siquiera el número de pisos que va a tener (información necesaria para saber si será un rascacielos o un pequeño edificio de departamentos). Para que algo sea, debería ya haber tomado forma: debe ser en acto. Pero tampoco podemos hablar de una cuarta transformación en potencia siquiera, porque no sabemos si aquello que se está formando derivará en alguna «cuarta transformación».

    Es muy posible que esta misma definición será reinterpretada por el juicio de la historia. Si, a ojos de un gran sector de la población, este gobierno sale del poder sin entregar buenos resultados, el término, tal vez reconocido en lo cotidiano (por la insistencia del gobierno en llamarse así) adquirirá un tono peyorativo, como el «arriba y adelante» de Luis Echeverría, pero no será tomado en serio por los especialistas, historiadores o intelectuales.

    La cuarta transformación no es más que una trampa semántica, donde un gobierno pretende legitimarse a partir de una autodefinición que no tiene derecho a hacerse porque ni le corresponde (está siendo juez y parte) ni está en tiempo de hacerlo (no ha tomado forma).

  • Sobre la identidad de género

    Sobre la identidad de género

    Sobre la identidad de género

    El tema del género es uno de los más difíciles, de los más enigmáticos, polémicos y tal vez interesantes de nuestros tiempos. Es enigmático e interesante precisamente porque es muy difícil, porque es un tema que, en lo general, dominamos menos que lo que pensamos, y porque a la fecha no hemos podido darle una justa dimensión. Es polémico, porque su cuestionamiento tiene necesariamente una implicación en las estructuras sociales vigentes.

    Y cómo no hemos podido darle una justa dimensión, y como hasta la fecha vemos al género como un bebé de un mes es capaz de ver a las personas (que ve básicamente sombras no muy bien definidas), entonces la polémica sobre este tema termina siendo una constante, y más si tenemos el atrevimiento de hacer afirmaciones tan categóricas sobre el tema como se hace.

    A mi parecer sí existen factores biológicos que inciden en la formación de identidad de ambos géneros (macho -> hombre, hembra -> mujer) y que no absolutamente todo es debido a una construcción social. El simple hecho de que el cuerpo del macho no se desarrolle de igual forma que de la hembra, el hecho de que esta última se embarace. o las hormonas que segrega cada sexo, termina, sí, por tener alguna incidencia en la construcción del género, más allá de las diferencias psíquicas que pudieran llegar a existir pero que, retomando lo que dije al principio, no podemos dimensionar bien del todo.

    Esto no quiere decir que la cultura no juegue un papel muy importante en la construcción de los roles de género y que no puede ser subestimado, lo cultural también importa y mucho. Sin embargo, creo que como especie todavía no hemos progresado al punto de tener capacidad de dimensionar bien esas diferencias y en qué consisten (tendremos que avanzar considerablemente más en campos como la genética, en las neurociencias y demás disciplinas afines).

    El tema es complicado porque tanto lo biológico como lo cultural confluyen en la construcción de las identidades de género. No somos una tabula rasa como los abocados a la teoría del construccionismo social afirman, pero tampoco podemos hablar de un determinismo rígido como muchos conservadores siguen sosteniendo. La construcción del género no es algo meramente biológico pero tampoco es algo meramente cultural. También parece ser que lo biológico no incide exactamente de la misma forma o con la misma intensidad en las diferentes personas (de ahí se sigue que digamos que tal mujer es muy masculina o tal hombre muy femenino). Uno de los estudios que se han sacado a colación (que dice que los bebés recién nacidos no socializados machos suelen preferir objetos mientras que las hembras prefieren rostros) sugiere esa gradualidad, ya que lo que muestra dicho estudio es una tendencia: los machos tienden a preferir objetos, sin embargo hay una minoría (y no poco considerable) que prefiere rostros y viceversa, e incluso varios no muestran ninguna preferencia.

    Tenemos también el hecho de que una cantidad significativa de personas (suficientes y constantes a través del tiempo para evitar considerarlo una anomalía o algo «antinatural») tienen una orientación sexual por personas del mismo sexo (algo que también es una constante en otras especies) e incluso tenemos a otras que no se identifican con el género que corresponde a su sexo. Creo que debemos llegar a un punto madurez como especie en el cual reconozcamos que todo ello existe y que no se trata de una «anomalía» que haya que «arreglar».

    Como todavía no dimensionamos bien y terminamos de entender por completo estas diferencias, no podemos terminar de entender todas estas cuestiones y existirá siempre la posibilidad de confundir qué es natural y qué es cultural. En tanto no tengamos la sabiduría para entender qué es qué y cómo ocurre, el conflicto sobre este tema seguirá prevaleciendo (lo que no implique que vaya a ceder necesariamente cuando tengamos el conocimiento suficiente, sobre todo al relacionar esos descubrimientos con los roles sociales, la cultura y el mismo entramado institucional). A estas alturas, todavía son comunes estas confusiones, y algunas llegan a crear estigmas o prejuicios.

    En este sentido, tanto los conservadores que hablan de «un diseño natural» como aquellos progresistas que defienden la tesis construccionista parten, más que desde la ciencia en sí, de consideraciones ideológicas o doctrinarias para defender su postura. Al final, sus posturas sobre el género no terminan siendo más que medios que se acoplan a la defensa un sistema de valores determinados. Los unos suelen darle más peso a lo biológico y los otros a lo social (lo cual empata muy bien con la idea de que unos desean conservar el estado actual de las cosas y los otros pretenden cambiarlo).

    Por ello, me parece que el debate «natura vs cultura» es sano, porque esta confrontación, esta dialéctica, se convierte en un incentivo para conocer más acerca sobre nuestra naturaleza y sobre nuestra psicología.

    Y nadie dijo que tendría que ser fácil. No es algo simple que el ser humano, con sus propias limitaciones de su naturaleza, investigue y analice su naturaleza misma. Y sobre el género, la verdad es que sabemos menos de lo que creemos saber.

  • ¿Por qué es importante que aprendas a debatir?

    ¿Por qué es importante que aprendas a debatir?

    ¿Por qué es importante que aprendas a debatir?

    Hace unos días algunas personas discreparon conmigo porque yo dije que Agustín Laje y Nicolás Márquez deberían poder dar sus conferencias, por más aberrantes nos fueran sus argumentos. Yo mantuve mi postura, porque, a pesar de que comprendo su sentir, también creo que como sociedad y seres humanos tenemos que aprender a debatir y aprender a confrontarnos con quienes piensan distinto a nosotros.

    No son buenos tiempos para la cultura del debate, lo sé. En un entorno cada vez más polarizado y que es producto, a la vez, de la falta de nuestra capacidad de debatir, se crea una suerte de círculo vicioso donde cada vez ambas partes están menos dispuestas a hacerlo. Tanto una como la otra parte prefieren restringir y callar mientras se recluyen en una cámara de eco donde solo escuchan lo que quieren escuchar.

    En aras de no sentirse agredidas o no sentirse confrontadas, cada vez más personas (ya sean progresistas o conservadores) rehuyen al ejercicio del debate. Es cierto, escuchar al contrario en mucho casos puede generar estrés, sobre todo cuando su opinión confronte la nuestra y, peor aún, cuando ésta pueda hacernos sentir incómodos y tal vez agraviados. Pero esto a la larga termina afectándonos más como sociedad y privándonos de un ejercicio que nos podría ayudar a madurar individualmente y a cultivarnos más.

    La civilización es el triunfo de la persuasión sobre la fuerza.

    Platón

    Debatir también implica un mejor manejo de las emociones, además que su práctica lo promueve y desarrolla. Una persona con una mayor inteligencia emocional tendrá siempre una mayor capacidad para debatir y rebatir aquello que es contrario a su opinión e incluso lo agravia. El arte del debate es una gran herramienta que nos puede ayudar a madurar como seres humanos.

    La República de Platón, libro que leí ya hace más de 10 años, es un libro que me gustó mucho porque es un gran ejemplo de los beneficios que puede traer una buena discusión. Me atrajo sobre todo por la forma en que Sócrates y otros personajes interactúan dialogando y discutiendo para así llegar a conclusiones. Puede que tomar como referencia los diálogos en la obra de Platón o el mismo método socrático (que pervive hasta nuestros días como método pedagógico) pueda sonarle superfluo a algunos, pero son un gran ejemplo de la utilidad que un debate tiene dentro de la construcción de sociedad.

    ¿Por qué insistir en el debate? Es muy simple y los ejemplos anteriores son un gran ejemplo de ello. Cuando uno se involucra en un debate, se ve obligado a preparar los argumentos más sólidos posibles: básicamente se involucra en un proceso de aprendizaje y adquisición de conocimiento del cual se hubiera privado si se hubiese mostrado reacio a debatir.

    Mucha gente tiene miedo a debatir porque tiene miedo a que sus ideas o sus juicios sean confrontados y puestos en duda. Y ello se puede entender porque el cúmulo de nuestros juicios son lo que le dan significado a nuestra vida y sirven como soporte psicológico. Muchos sienten que, al debatir sus ideas, podrían poner todo ese castillo que los mantiene en equilibrio en riesgo. Pero, al mismo tiempo, quien decide no debatir se va a encontrar con que la construcción de sus juicios es sumamente endeble y que éstos pueden ser desmantelados fácilmente por la primera persona que se les ponga enfrente, aunque los juicios apunten hacia el camino correcto. Por más paradójico que suene, el ejercicio del debate es la mejor forma de fortalecer las argumentaciones y juicios, y de darles un fondo que, a su vez, sean más útiles para persuadir a los demás, ya que un argumento bien construido suele ser más creíble. En una cultura del debate se crea un círculo virtuoso donde la discusión sube de nivel, donde los lugares comunes y los insultos comienzan a dejarse de lado para utilizar la argumentación como arma.

    Más de una persona me preguntó cómo es que tuve el atrevimiento de leer el «Libro Negro de la Nueva Izquierda» de Agustín Laje y Nicolás Márquez, un libro que ciertamente en el que las falacias y prejuicios son algo relativamente común. Lo cómodo para mí habría sido no abrirlo por miedo a confrontar mis ideas con lo que estos politólogos (si es que merecen ser llamados así) exponen, pero gracias a que lo hice (claro, no sin tener ganas de estrellar mi Kindle contra el piso más de una vez al ver cómo Nicolás Márquez llamaba sodomitas o amariconados a los homosexuales) es que pude hacer una severa crítica de este libro.

    Después de leerlo lo primero que me pregunté es por qué no son muchos los que han decidido confrontar directamente las ideas de estos personajes; ya que, a mi parecer, son lo suficientemente endebles para ponerlos en un serio predicamento. Veo que hay muchas campañas para evitar que Laje y Márquez expongan sus ideas, han logrado que no asistan a alguna universidad, pero en realidad son ellos quienes llevan la batuta. Como mencioné anteriormente, saben muy bien cómo provocar, saben cómo victimizarse y hablan sobre defender la libertad de expresión de los ataques de lo que llaman «lobby gay». Con esto, logran construir teorías de la conspiración para advertirnos del marxismo cultural que quiere imponer la ideología de género y se han vuelto más populares.

    La discusión fortalece la agudeza.

    Cicerón

    Basta ver los videos de estos dos personajes en Youtube para ver cómo es que le sacan partido a esto y como lucran con lo que supuestamente son victorias de quienes evitaron que hablaran en su universidad. A diferencia de lo que ellos dicen, no son personajes tan abocados al debate y al intercambio de ideas. De hecho, a juzgar por sus videos, solo debaten con activistas cuyo nivel intelectual y/o académico no es lo suficientemente alto como para ponerlos en predicamento, y les colocan títulos como «Nicolás Márquez destruyó a ideóloga de género». Saben como ser propagandistas y sus opositores caen en su juego.

    Y todo esto ha ocurrido porque nadie los ha confrontado seriamente, porque nadie se ha parado a exhibir lo débiles y absurdos que son muchos de sus argumentos. Como nadie lo ha hecho, Laje y Márquez no se han tenido que enfrentar a este dilema, porque no es tanto que sus argumentos sean débiles, varios de ellos son más bien tramposos (algunos los explico en mi reseña). Mucha gente no se ha dado cuenta de ello, ni siquiera sus oponentes que los acusan de promover un discurso de odio sin siquiera analizarlo, deconstruirlo y confrontarlo para exhibir dicho discurso en su justa dimensión. Así, esto se vuelve en un pleito de dimes y diretes llenos de lugares comunes, de clichés, de frases repetitivas y de provocaciones donde terminan ganando Laje y Márquez ya que ellos tienen el control emocional del conflicto: no son ellos los que se sienten agraviados, ni siquiera cuando se victimizan, porque eso lo hacen para obtener un beneficio. Son ellos los que se encuentran en un lugar desde donde pueden etiquetar y señalar a su rival.

    Seguramente esta condición no sería la misma si ellos fueran cuestionados a nivel argumentativo. Cuando tus argumentos son puestos en tela de juicio, entonces ya no hay espacio para construir teorías, porque las bases a partir de las cuales las puedes construir, se han puesto en predicamento. Si tus bases, como ocurre actualmente, no son lo suficientemente cuestionadas, por más endebles que sean, seguirán siendo útiles para tener el control de la construcción de narrativas o historias que apelen a las emociones.

    La democracia es conflicto y da por sentada la existencia de discrepancias entre distintos sectores sociales. Derechos como la libertad de expresión, la libertad de prensa entre otros tienen el objetivo de otorgarle a los ciudadanos una arena donde puedan dirimir sus conflictos (entre ellos o con quienes están en el poder). El debate es una poderosa herramienta para llevar a la arena, pero es tan poderosa que no solo el ganador termina ganando mucho más que en otro escenario, sino que el propio perdedor se beneficiará más a diferencia de un conflicto donde el debate está ausente, ya que podrá percatarse de las falencias de sus argumentaciones, o podrá darse cuenta que algunas ideas que defendía no eran lo suficientemente viables y así poder ir construyendo un orden de ideas más sólidas que le puedan servir de mejor manera.

    Callar al oponente suena tentador, todavía lo es más cuando eso que nos dicen nos indigna. Pero en un mundo tan interconectado como el nuestro, en muchos de los casos ello termina siendo muy contraproducente; no solo porque dicho oponente no tendrá incentivos para reflexionar sobre su postura, sino porque fácilmente se las ingeniará para seguir propagando sus ideas. A la vez, quien pide que el otro no hable, no tendrá la oportunidad siquiera de leer o investigar para fortalecer de mejor manera sus argumentaciones. Porque creeme, a lo que más le tendrían miedo gente como Laje y Márquez es a que alguien se atreva, con argumentos muy sólidos, a desmenuzar y cuestionar todo su discurso.

  • ¿Por qué no se debe censurar a Agustín Laje y Nicolás Márquez?

    ¿Por qué no se debe censurar a Agustín Laje y Nicolás Márquez?

    ¿Por qué no se debe censurar a Agustín Laje y Nicolás Márquez?

    La libertad de expresión es un instrumento valioso porque, si bien, hay quienes pueden aprovecharla para difundir ideas falsas o abominables, muchos podemos usar la misma libertad de expresión para exhibir la falsedad de dichas ideas.

    En este sentido, siempre será preferible que todas las voces puedan expresarse al ejercicio de la censura. Por más aberrantes sean los discursos, en un espacio de libertad de expresión estos pueden ser confrontados y exhibidos.

    Esto lo digo porque he visto que algunas personas están solicitando cancelar las conferencias de Agustín Laje y Nicolás Márquez, ya que su discurso llega a ser una afrenta contra la dignidad de individuo con atracción sexual a personas del mismo sexo. En eso estoy de acuerdo y lo dejé claro en mi crítica a su libro.

    Y lo han logrado en la Universidad La Salle, lo cual toman o interpretan como un triunfo, yo más bien lo dudo. Porque mientras pasa eso, estos conferencistas y el conservador Juan Daudoub ya publicaron un video acusando al «lobby gay». El video en un día ya tiene casi 20,000 reproducciones:

    Yo no creo que la censura y la prohibición de ciertos discursos sean la vía para contrarrestar esas opiniones, y no creo que, por más abominable nos parezca su discurso, se les deba callar. En un mundo tan interconectado hemos visto una y otra vez cómo esto puede ser muy contraproducente. A estos discursos se les debe confrontar por medio del debate y los argumentos, no por la censura que tan solo refleja una profunda indisposición a rebatir los argumentos del contrario.

    La mayor parte de la gente que va a asistir a esas conferencias son personas que ya, de inicio, concuerdan con lo que estas personas dicen. Este tipo de conferencias, más que nada, no van mucho más allá de una cámara de eco. En realidad es la censura, más que la conferencia per sé, la que le da más fuerza y reflectores a los argumentos de Laje y Márquez.

    Ellos lo saben, y lo han sabido capitalizar muy bien a su favor. La censura hacia sus conferencias es prácticamente parte de su modelo de negocio. No es algo que precisamente les moleste; por el contrario, con ello buscan reforzar sus argumentos conspiranoides: «¿Ven? los gays son intolerantes, están manipulados por una conjura marxista», «El Lobby gay nos calla» bla bla bla. Ellos saben jugar y lucrar muy bien con ello, por eso son famosos en Argentina. Saben qué botones apretar, saben cómo hacer enojar a sus adversarios, basta ver sus videos, no son tontos.

    Ni Laje ni Márquez suelen debatir con personas de altura. En sus videos siempre debaten con feministas o personas de bajo nivel que no tienen una gran preparación académica y que no se van a saber defender. Es obvio, porque si lo hicieran con una persona preparada se verían en serios aprietos. Ellos no se caracterizan por ser intelectuales sino por crear polémica y jugar con ella. ¿Por qué no aprovechar sus carencias intelectuales y, en vez de pedir que se censuren las conferencias, no asisten y, en la sección de preguntas y respuestas confrontan sus argumentos? Incluso así pueden exhibir lo falaces que son varios de sus argumentos y pueden jugar con el mismo juego, pueden subir a Youtube esos videos donde Laje o Márquez no supieron qué responder o no quisieron responder.

    Pero en tanto la apuesta sea la censura, ellos van a tener el control mediático: ellos van a victimizarse, van a hablar de cuántas veces los han tratado de callar, van a seguir ganando más seguidores en Youtube y van a vender más libros. Porque mientras hablan una y otra vez de casos de censura, nadie de su contraparte se molestó siquiera en pararse y rebatir sus argumentos que, por cierto, son muy endebles.

  • ¿Por qué la vida nunca es injusta?

    ¿Por qué la vida nunca es injusta?

    ¿Por qué la vida nunca es injusta?

    La justicia es una construcción humana. Nosotros somos los que deliberamos lo que la justicia es y decidimos qué alcance debería tener.

    Lo que llamamos vida (o mundo) no es una construcción humana; ella nos trasciende, ella no tiene conciencia de sí y tan solo se rige por las leyes de la física a las que estamos sujetos todos los que formamos parte de ella.

    Y como la justicia es una construcción humana y la vida no lo es porque nos trasciende, no se puede nunca decir si la vida es justa o no porque es el ser humano el que hace la justicia, no la vida. Ella tan solo sigue un orden basado en un conjunto de leyes. Es decir, si bien la vida no procura la justicia (ya que esta última es una construcción humana) no es injusta per sé porque las leyes bajo las que se rige son iguales para todos.

    Decimos que la vida es o no justa por la expectativa que tenemos de ella y sobre cómo creemos que debería de ser, con lo cual estamos condenados a que nuestra apreciación sea subjetiva y atada a nuestros paradigmas y nuestra cultura. Peor aún, por lo anterior dicho, decir que la vida es justa o injusta es una ilusión.

    En todo caso, sólo podríamos limitarnos a decir que las demás personas son o no justas con base en lo que deliberamos de forma intersubjetiva lo que la justicia es o pensamos que debería de ser. Tendría que decirse si una persona o un conjunto de personas son justas con base en las leyes y las normas sociales. Y aún así nuestro concepto de justicia probablemente diferirá del vigente o socialmente aceptado:

    Para una persona la desigualdad no es un problema relacionado con la justicia, para otros sí. Y aún aquí hay grados: algunos piensan que la desigualdad no es injusta si no es meritocrática, otros piensan que la desigualdad per sé es injusta y que sólo podría haber justicia si todos tuvieran lo mismo, pero al mismo tiempo otros dirían que es injusto que quien se esfuerce más no pueda tener más.

    Pero «la vida» no tiene culpa de ello. Eso que llamamos vida, a pesar de que condiciona nuestra propia existencia con sus leyes, pareciera fungir como mera expectadora. No interviene, no modifica las leyes. La ley de la gravedad o las leyes de la termodinámica siempre son las mismas para todos. En realidad, la vida sigue tan campante dejándose llevar por sus propias leyes, sin intervenir siquiera en ellas porque no tiene conciencia de sí.