Categoría: política

  • Activistas al gobierno

    Activistas al gobierno

    Hace diez años o poco más, surgió en Guadalajara una ola de participación ciudadana que poco a poco comenzó a incidir en lo público. Temas como movilidad, combate a la corrupción y muchos otros se pusieron sobre la mesa y entraron a discusión gracias a la presión y a la labor de este activismo por parte de jóvenes que comenzaron a conocer ese mundo desde la universidad. 

    Poco a poco, este activismo comenzó a influir en las estructuras sociales y públicas con el objetivo, sobre todo, de convertir a la capital de Jalisco en una ciudad donde se pudiera vivir de mejor forma. El resultado de su chamba se puede ver en la cotidianeidad de la ciudad.  Las ciclovías, la Vía Recreactiva, e incluso los puentes que el propio gobierno establece con la sociedad civil como las glosas ciudadanas que ha organizado. La participación ciudadana ha influido en una ciudad otrora conservadora, que junto con un creciente crecimiento de las industrias creativas y tecnológicas, ha cambiado el semblante de la ciudad de una más tradicionalista a otra más bien horizontal donde las ideas, la creatividad y la innovación confluyen.

    Pero así como hemos visto el crecimiento del activismo y la sociedad civil, también hemos testigos de que, de forma progresiva, algunos de los miembros que la conforman terminan formando parte del servicio público. Y ante esto, surge cierto recelo.

    Es entendible, ya que una de las formas de operar que tuvo el régimen del partido único, sobre todo después de la matanza del 68, fue la absorción de líderes sociales dentro del gobierno para así neutralizar las amenazas que las sociedad civil representaba. 

    Pero también es cierto que ya no estamos en 1968, también es cierto que la realidad del México de ese entonces era distinta a la realidad del México actual. En realidad, la decisión de involucrarse en el servicio público (el gobierno) ya poco tiene que ver con la intención de desarticular a la sociedad civil sino con la inclusión de perfiles que se creen podrían desempeñarse de buena forma. Y es que una de las ventajas del perfil del activista es la especialización en la causa social que defiende. Si un gobierno está interesado en mejorar la movilidad de la ciudad, sabe que si dentro del activismo existen perfiles destacados, habrá una motivación para invitarlos a ser parte de su equipo.

    ¿Y tiene eso algo de criticable, que un activista decida «entrarle»? Lo criticable en todo caso sería no el hecho en sí, sino las motivaciones para decidir entrar al gobierno. Sería criticable, desde mi punto de vista, que alguien tan solo haya utilizado al activismo de aparador con el propósito de entrar al servicio público; sería criticable si el acto de entrar al gobierno representara una incongruencia: por ejemplo, que alguien que deteste al PRI y denuncie su corrupción deje seducirse ante la primera oferta y termine emulando las prácticas que criticaba. 

    Pero en realidad, que un activista entre al servicio público en sí no tiene nada de malo. En muchos casos puede terminar siendo algo muy benéfico.

    Decía yo que los perfiles ciudadanos (por llamarlos de alguna forma) generalmente suelen especializarse en aquello que defienden o saben hacer. Quienes han estado involucrados en movilidad lo han estado porque el tema les apasiona. Por eso mismo suelen especializarse, leen mucho sobre el tema y, en algunos casos, hasta toman diplomados, especialidades o posgrados en el tema. Una de las ventajas es que, evidentemente, al estar dentro de gobierno se tiene más margen de maniobra para incidir, ya que tienen más recursos a la mano para llevar a cabo los cambios que desean.

    Los perfiles ciudadanos también pueden ser muy útiles en aras de renovar la política. Estos, a diferencia del político de carrera, no crecieron bajo los antiguos paradigmas y podrían ayudar a crear una política más horizontal y programática, más alejada del corporativismo y el asistencialismo que tanto ha caracterizado a la política de nuestro país. 

    Evidentemente el activismo y el gobierno son plataformas muy distintas para incidir en lo público. La limitante del primero suelen ser los recursos y en el caso del segundo el problema principal tiene que ver con el poder. Al entrar al gobierno, el otrora activista se dará cuenta que la dinámica es diferente a la que conocía, que el poder es la moneda de cambio dentro del servicio público y que requerirá algo de éste para poder impulsar esa agenda que impulsaba desde la ciudadanía. Tendrá que saber conciliar, dialogar con los distintos actores de una forma en que tal vez nunca lo había hecho, saber llegar a acuerdos y, en algunos casos, ceder con el fin de lograr su objetivo. Todo esto le requerirá el desarrollo de otras habilidades y pasar por una curva de aprendizaje. 

    Dicen que el poder no corrompe a la gente, sino que la muestra tal cual es. Si un activista se corrompe al entrar al servicio público es porque posiblemente desde antes no tenía las mejores intenciones o que su sistema de valores ya era lo suficientemente endeble. Creo que la inclusión de algunos activistas dentro del servicio público puede ser una buena noticia dentro de un sistema político que ha sido más bien muy cerrado y hermético, pero de la misma forma es deseable que la cultura de la participación ciudadana siga creciendo. Si la participación ciudadana sigue creciendo como entidad independiente del gobierno y si algunos de sus miembros se involucran de forma progresiva, posiblemente logremos ver una transformación de la política más horizontal, donde los ciudadanos estén acostumbrados a rendir cuentas a sus políticos y éstos, al haber estado en el otro lado de la cancha, entiendan de mejor forma esta dinámica y tengan una mayor facilidad para tender puentes entre gobernantes y gobernados. 

  • Jair Bolsonaro y la corrección política

    Jair Bolsonaro y la corrección política

    Jair Bolsonaro y la corrección política

    Varios están sorprendidos por el contundente triunfo de Bolsonaro en Brasil en la primera vuelta presidencial. ¿Cómo es que un personaje que arremete abiertamente contra los homosexuales y los negros en pleno siglo XXI gana una elección? Pero en esa sorpresa se refleja la poca capacidad que tienen para entender por qué han surgido este tipo de liderazgos. Si entendieran el contexto no se sorprenderían, y si lo entendieran posiblemente podrían haber «hecho algo más» para evitar que estas figuras estén tomando el poder en detrimento del «buenaondismo» progresista cuyas batallas culturales de los últimos años parecieran haber servido más para polarizar la política y dar pretextos a la extrema derecha que para generar mayor equidad de género y aceptación hacia los gays.

    Las razones por las que Bolsonaro ha tomado mucha fuerza no son exactamente las mismas que explican el triunfo de Donald Trump, el triunfo de este último tiene que ver con la automatización de varios empleos (era culpa de los robots, no de los mexicanos) y de los liberales que, al estar tan concentrados en las identity politics, se olvidaron de «los de abajo» que fueron seducidos por el discurso de Trump. En Brasil tiene que ver más bien con el fracaso de la era Lula que durante años había generado la ilusión de un Brasil que progresaba, que comenzaba a volverse importante en el concierto de las naciones y que terminó sumido en escándalos de corrupción y crisis económicas. 

    Los líderes fuertes o los «hombres alfa» como los llamó Carlos Yárnoz de El País, se vuelven atractivos en un entorno donde el pueblo se siente desesperado por su situación. No es que la mayoría de los brasileños sean unos «sucios homofóbicos», al igual que muchos de los votantes de Trump no eran necesariamente misóginos ni sexistas y eso no fue lo que les motivó a votar por Trump. Posiblemente varios de ellos no estén muy de acuerdo con las declaraciones de Bolsonaro, más bien lo que les atrae es lo que dichas posturas reflejan: un hombre que está dispuesto a rebelarse contra lo políticamente correcto y contra los estándares es un hombre que tendría la capacidad de hacer algo más de lo que el político normal hace. Así esperan una mano dura y firme para manejar los problemas económicos y sociales que tanto les aquejan.

    «Sería incapaz de amar un hijo homosexual. No voy a ser hipócrita aquí. Prefiero que un hijo mío muera en un accidente a que aparezca con un bigotudo por ahí» – Jair Bolsonaro

    El progresismo buena onda ha empoderado de forma indirecta a estos líderes. Al enfocarse demasiado en la corrección del lenguaje y de lo que se puede o no decir (en ocasiones llegando al extremo de encontrar resquicios de discriminación donde nunca los hubo), oponerse a ello y de forma visceral y contestataria se convirtió en una forma atractiva de rebeldía. Lo vemos en las mismas redes sociales donde muchas personas se han dado a la tarea de pronunciar discursos abiertamente sexistas o discriminatorios porque sienten que se están rebelando contra algo, como si fueran una especie de hippies reaccionarios.  Así como en décadas anteriores se volvió atractivo rebelarse contra la corrección política de los conservadores (no digas groserías, guarda las formas, respeta a la autoridad y no hables mal de ella) ahora parece suceder lo opuesto en un mundo donde debes tener mucho cuidado con tus palabras porque ellas pueden discriminar (aunque no sea tu intención y aunque en realidad no lo estés haciendo). 

    Estos líderes autoritarios saben lucrar muy bien con esta rebeldía. Así como el hippie o el joven universitario le gritaba consignas al gobierno y se burlaba de la autoridad, estos líderes se suben al estrado para arremeter contra las minorías que habían encontrado un resguardo y protección dentro del progresismo que poco a poco se ha convertido en una suerte de status quo

    Los negros no hacen nada, creo que ni como reproductores sirven más – Jair Bolsonaro.

    Los progresistas deberán ser críticos con ellos mismos y determinar si, en estos últimos años, sus batallas han logrado sociedades realmente equitativas y tolerantes o si por el contrario han alienado a un sector de la sociedad que ha visto en la corrección política un pretexto para rebelarse contra algo. En vez de «convencer a los indecisos que se encuentran en el centro que es lo que las causas sociales exitosas han logrado» parece que solo han logrado crear una creciente y preocupante polarización entre izquierdas y derechas, donde la izquierda se atrinchera cada vez más en la corrección del lenguaje y sobredimensionar la opresión en tanto que la derecha se da más permiso de hacer pronunciamientos cada vez más sexistas y discriminatorios de tal forma en que se han roto ya los puentes de diálogo entre ambas posturas.

    La palabra feminazi se ha popularizado enormemente en los últimos años, ya que muchas personas, ante la excesiva corrección política, han encontrado en el sexismo una postura contestataria. Fuente: Google Trends. 

    La culpa no es solo del progresismo y todo esto que acabo de decir no explica toda la historia, tal vez ni siquiera su mayor parte. La incapacidad de quienes creemos en la democracias para solucionar los problemas sociales y políticos en medio de un entorno globalizado y muy cambiante explica mucho el surgimiento de los líderes autoritarios. Pero el punto al que quiero llegar es que los progresistas deberían ser más críticos consigo mismos y con sus planteamientos ya que la excesiva corrección política ha sido un pretexto para que líderes como Bolsonaro, Duterte y Trump se legitimen y ganen fuerza por medio de discursos muy políticamente incorrectos.

  • La oposición de López Obrador

    La oposición de López Obrador

    La oposición de López Obrador

    Durante años, muchos criticamos la oposición que representaba López Obrador en los regímenes de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Se trataba de una oposición complaciente consigo misma, que carecía de una postura constructiva y que, en muchos casos, solía ser muy visceral y agresiva (sin que eso constituyera un gran problema para el régimen del oriundo de Atlacomulco).

    En la práctica, la oposición lopezobradorista había abonado más bien poco a la causa, hacía mucho ruido pero lograba poco. Para muestra están todos los casos de corrupción del gobierno actual que pasaron impunes. Vimos muchas quejas, muchos «Fue el Estado», pero en el práctica eso se transformó en humo. Se trataba de una oposición muy criticona que fue opacada por las organizaciones civiles que buscaron incidir dentro de lo público exigiendo transparencia a los servidores públicos o evidenciando las tropelías de gobernadores como Javier Duarte.

    El problema es que, a falta de unas pocas semanas para que López Obrador tome posesión en San Lázaro, la oposición antilopezobradorista está comportándose de la misma forma en la que la oposición lopezobradorista se comportaba. Seguramente los lopezobradoristas, con todo y maromas y justificaciones absurdas a su líder, se la han de estar pasando bomba al ver una oposición tan chafa allá afuera, sobre todo la partidista y la de algunas plumas. No solo les ganaron, sino que los dejaron en la lona humillados, y por eso tanta arrogancia y burla de su parte. 

    Lo que he visto en estas últimas semanas son, en general, críticas insulsas y superficiales. Incluso hay una obsesión un tanto exagerada sobre aquellas críticas que pudieran ser válidas (como la boda de César Yañez). Parece que la intención fuera joder, cosa que también le recriminaba al lopezobradorismo cuando estaba en la oposición. 

    La oposición no parece centrarse en temas puntuales, muchas veces es dada a crear o a compartir fake news, parecen lobos hambrientos esperando el primer desliz del futuro presidente como si eso les fuera a dar legitimidad como oposición. López Obrador, a pesar de la visceralidad de su movimiento, al menos podía presumir de una narrativa a través de la cual lograba cierta cohesión entre los suyos. Era una oposición chafa, pero tenía forma. La oposición antilopezobradorista no puede presumir de eso siquiera.  Esta consiste en voces que vienen de distintas partes, que dicen distintas cosas, y que no están agrupadas. Cada quien ve por sí mismo. Están pulverizados, atomizados, y por eso, a pesar de las críticas, AMLO sigue allá arriba tranquilo hasta dándose el lujo de mostrarse incongruente sin que eso le afecte en lo más mínimo en sus índices de aceptación.

    La oposición está haciendo pero muy poco para representar a ese sector del país que está en contra de López Obrador. No han entendido que si quedaron relegados del Poder Ejecutivo es porque perdieron toda legitimidad ante el pueblo. En la actualidad, pocas personas ven al PRI y al PAN como los estandartes de lucha en contra del lopezobradorismo. Me parece que son percibidos más bien como el problema. Creen que con proponer medidas como subir el salario mínimo (cosa que ahora hace el PAN y con lo que discrepaba hasta hace poco) la población irá a ellos para que los representen. Pobres ingenuos. 

    Tal vez, al igual que ocurrió con el gobierno de Peña Nieto, la oposición vuelva a estar compuesta por la sociedad civil ante la displicencia y la visceralidad de la oposición partidista y opinadora.  

  • El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    A diferencia de lo ocurrido en otros regímenes latinoamericanos, el nuestro, el del partido único del PRI, no se caracterizó por su constante represión a los opositores sino por su absorción e inclusión dentro del aparato de poder. Se absorbía a los intelectuales de su tiempo e incluso se les permitía cierta forma de disensión y expresión en tanto ello no pusiera en riesgo el poder que el aparato tenía: muralistas, escritores, artistas, muchos de ellos llegaron a formar parte de la familia del PRI.

    La masacre del 68 fue más bien una excepción a la regla. Pero fue una cruda, dura e hiriente excepción. Al punto en que dicha herida sigue viva dentro del inconsciente colectivo mexicano.

    Se repite una y otra vez que el dos de octubre no se olvida, es una herida que influyó en la reconfiguración de la política mexicana y la evolución de los movimientos sociales. En momentos de tensión geopolítica donde Occidente y la URSS buscaban hacerse de la hegemonía mundial, no sobraron las sospechas de que los rusos o la CIA pudieran haber estado influyendo sobre la manifestación y ello fue lo que desató la paranoia de Gustavo Díaz Ordaz que derivó en la matanza estudiantil.

    La masacre fue la primera fractura dentro de la estructura del régimen del partido único. Hasta antes de ese evento, de lo que se hablaba era del milagro mexicano, del crecimiento sostenido, del desarrollo de infraestructura. El aroma a progreso no se podía negar, pero éste iba a acompañado de una restricción hacia varias libertades y derechos que hoy consideramos como garantizados. Burlarse de Díaz Ordaz como hacían en ese entonces los estudiantes era una afrenta contra el sistema y el status quo. En ese entonces era mal visto burlarse del Presidente, no era para nada como en estos tiempos que hasta el individuo más tranquilo y conservador comparte chistes de Peña Nieto. Los jóvenes, en un año que coincidió con varios movimientos estudiantiles de izquierda como el acontecido en Francia, querían emanciparse de una forma de gobierno que a la postre sería conocida como la «dictadura perfecta». 

    Los familiares de los estudiantes nunca vieron algo parecido a la justicia. Ellos estaban solos ante un sistema que, ante la indignación, comenzó a absorber a parte de la intelectualidad a sus filas, lo cual también disipó la fuerza de dicho movimiento. Otros tuvieron a sus hijos en los separos, algunos de los cuales fueron torturados. Díaz Ordaz murió en paz, Luis Echeverría vive sus últimos años de su vida en su casa (bastante grande, por cierto). 

    El régimen del partido único se comenzó a fracturar desde ese entonces. Los presidentes que le sucedieron a Díaz Ordaz buscaron calmar las aguas a través de un oneroso gasto público (que empezó a repercutir en las finanzas del país) y de frustradas visitas a la propia UNAM donde Luis Echeverría les advirtió a los estudiantes que no se dejaran manipular por la CIA y el fascismo. Desde ese entonces, la figura presidencial comenzó a perder respeto y a ser objeto de burlas. Si bien, el régimen del partido único sobrevivió hasta el 2000, ya nunca vivió etapa alguna de crecimiento sostenido, ni de legitimidad ante la mayoría de la población. Algo se había fracturado. 

    Algunos recuerdan ese México «pre68» con nostalgia. Existían menos libertades sociales y políticas, dicen, pero a cambio existía un país más tranquilo y estable, sin mayores complicaciones. Pero regresar al pasado es absurdo, y también es debatible si el México de esos tiempos era mejor que el de ahora. Tal vez el problema es que, dentro de las nuevas libertades que hemos adquirido, no hemos logrado construir país con instituciones más sólidas. La democracia convive con los vicios propios de ese sistema al cual algunos le tienen tanta nostalgia. Tal vez el problema no fue que hayamos abandonado ese pasado que algunos añoran, el problema tal vez fue que no lo terminamos de abandonar del todo.

    Hoy, que se cumplen 50 años de los lamentables hechos, no solo deberíamos evitar que el 2 de octubre no se olvide, sino que tampoco debemos olvidar lo que sucedió después y que es lo que nos tiene hasta aquí. Estos 50 años son un buen pretexto para repensar nuestra historia contemporánea, donde pasamos de un régimen de partido único a una democracia que todavía no ha terminado de tomar forma. 

     

  • Duarte se salió con la suya, todos se salieron con la suya

    Duarte se salió con la suya, todos se salieron con la suya

    Duarte se salió con la suya, todos se salieron con la suya

    Javier Duarte se ha convertido casi en un mito, en una suerte de anti-héroe. Javidú se convirtió en un villano digno de un cómic de Marvel. 

    Y ello es justo, ya que Javier Duarte es uno de los gobernadores más corruptos y cínicos que ha visto nuestro país en toda su historia. Duarte es también una de las razones por las que el PRI sufrió una estrepitosa derrota que lo dejó al borde de la irrelevancia política. 

    Y como buen villano, los lectores del cómic esperarían que al final recibiera su castigo ejemplar, y así parecía que sucedería. Pero llegó el plot twist, un recurso que no es tan sorpresivo ya que suele ser muy utilizado por el afamado director que todos conocemos y que tantas «películas» ha dirigido en México.

    Ocurrió que Javier Duarte pasará muy poco tiempo en la cárcel y pagará una multa tan pequeña que no alcanza siquiera para comprar dos iPhones de los más nuevos. A Duarte, quien se declaró culpable, le dieron nueve años, de los cuales ya cumplió uno y medio (lo que significa que en 2025 estaría en la calle de nuevo) y es posible que solo sean tres ya que su defensa podrá solicitar su libertad bajo supervisión cuando cumpla la mitad de su condena. 

    En realidad, para Javier Duarte esto significa una gran inversión. Solo perderá unos pocos años de su vida y cuando salga de ahí seguirá disfrutando de parte del dinero que robó a los contribuyentes, aquel que no ha sido ni será requisado por las autoridades, aquel que alcanza para que su esposa Karime viva en unos departamentos de lujo en Londres donde la Reina Isabel es casi su vecina. 

    Vaya, seguirán mereciendo la abundancia.

    Y los agraviados no verán justicia, ni el pueblo de Veracruz ni el fotógrafo Rubén Espinosa. Javier Duarte y Karime Macías quedarán prácticamente impunes ya que el beneficio recibido de sus tropelías terminará siendo mucho mayor que el castigo. La última ya disfruta los recursos del erario y el primero tan solo pagará unos pocos años en una prisión que seguramente tendrá más lujos que las celdas comunes. 

    Al chile la presión ciudadana, al chile las meticulosas investigaciones de Animal Político y Mexicanos Contra la Corrupción que exhibieron todas las tropelías de este infame gobernador. La sentencia es un atropello para quienes lucharon para que se hiciera justicia, la sentencia es un atropello para todos los mexicanos que viven en un país donde la violencia y las desapariciones son la constante.

    Y así no solo se irá Duarte quien es, al final, al que le fue peor (y aún así le fue bien). Los políticos de este gobierno involucrados en casos de corrupción no pisarán la cárcel, no pagarán ni un centavo de multa. Rosario Robles vivirá despreocupada el resto de sus días, Ruiz Esparza también, OHL habrá terminado de hacer sus negocios redondos, el propio Peña Nieto vivirá muy tranquilo ya que el gobierno de López Obrador no hará absolutamente nada para que enfrente a la justicia. 

    Tal vez este gobierno ya se vaya, tal vez el ciudadano promedio se muestre contento con la falsa ilusión que representa la casi desaparición del PRI (como si con la mera desaparición de un partido fuera a desaparecer la corrupción y la impunidad o como si ésta solo fuera exclusiva del partido tricolor). Pero ellos vinieron a lo que vinieron, hicieron su gran negocio con el servicio público y se van con los dividendos obtenidos. Sus hijas salen presumiendo sin empacho sus portadas en el Hola y el Presidente hace un sketch con el comediante en decadencia Chumel Torres para intentar (seguramente sin éxito) que el juicio de la historia no sea tan cruel con él.

    Se salieron con la suya.

  • El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    Hay temas de los que yo no suelo opinar porque considero que no tengo todavía la sabiduría para emitir una postura categórica. El aborto es una de ellas. Si bien estoy completamente convencido de que el aborto moralmente es algo malo, es algo que yo nunca haría ni promovería (máxime cuando es producto de una responsabilidad no asumida), me parece un tema muy complejo argumentar si es algo que deba estar penalizado o no, sobre todo al partir del hecho de que no todo lo moralmente malo necesariamente debe ser prohibido por el Estado. Entonces aquí habría que traer muchas cuestiones hacia la mesa, y en ese ejercicio yo no he definido mi postura, y tal vez no termine haciéndolo desde algún tiempo. No puedo defender o atacar algo donde no tengo una postura definida, sería algo irresponsable para con mis lectores. 

    Pero sé que para definir mi postura entonces debería escuchar los argumentos de ambas partes. La mejor forma de llegar a una conclusión es escucharlas, y de acuerdo a mis convicciones y a mi criterio considerar o desestimar los argumentos que ambas posturas me puedan dar ¿no?

    Dicho esto, ejercer presión para censurar una conferencia opuesta a la postura propia es un acto de censura. La izquierda lo ha hecho. Por ejemplo, reventando conferencias como las del argentino Agustín Laje porque muchas personas no están de acuerdo con él (una cosa es que no simpatice con él y otra cosa es restringirle la libertad de expresión a la que él tiene derecho) y en ocasiones insultando a quienes tienen opiniones distintas. Pero en esta ocasión quien intentó censurar una conferencia fue la derecha. Varios conservadores ejercieron presión en redes para que esa conferencia se lleve a cabo.

    Hay que decirlo de forma categórica, eso es un acto de censura. No podemos relativizar el acto.

    Y como para mí es importante poder escuchar ambas posturas, entonces se debe garantizar que ambas partes puedan organizar libremente conferencias. La censura también es un acto de infantilización del individuo donde consideramos que éste no tiene la capacidad de deliberar por sí mismo y, por ende, debemos restringirle la información a la que puede acceder. 

    Otro argumento que he escuchado de estos mismos conservadores es que el hecho de que la conferencia tenga solamente una postura en pro del aborto es un acto intolerante. Eso es falso, porque en ese caso, lo mismo aplicaría para las conferencias que ellos llevan a cabo en pro de la vida. No en todos los foros deben estar ambas posturas, la pluralidad consiste también en que el individuo tenga acceso a las distintas opiniones.  

    Tampoco es un argumento válido argüir un sesgo ideológico de la institución, ya que en la práctica es difícil que una institución tenga una inclinación política completamente neutral ¿o acaso la UP o la UAG la tiene? Lo que sí debería garantizar una universidad por definición es la libertad de expresión de todas las voces, y también es importante que en una sociedad dada existan alternativas para las distintas formas de pensamiento de tal forma que los padres inscriban a sus hijos en la universidad que se adecue más a sus valores.

    Sí sería un problema que el ITESO no permitiera que unos estudiantes contra el aborto hicieran su conferencia. También lo sería que los estudiantes intentaran reventar dicha conferencia porque no quieren que opiniones distintas a la suya se escuchen. Y sí, yo sé que en varias instituciones universitarias en distintos lados del mundo eso ha ocurrido. Pero así como he criticado a la izquierda anteriormente, en estos artículos hago lo propio con los conservadores por replicar los mismos actos de censura que en otras ocasiones ha llevado a cabo la izquierda.

    Creo que ambas posturas merecen ser escuchadas. Creo también que un acto de censura en una sociedad tan interconectada como la nuestra es algo muy contraproducente, sobre todo porque solo termina amplificando el mensaje de aquello que se quiere censurar. 

  • Y López Obrador bajó del altar

    Y López Obrador bajó del altar

    Y López Obrador bajó del altar

    Dicen que para ser político algo hay que tener de cabrón. Y es que dentro de la política se busca el poder así como una empresa privada busca ingresos económicos.

    Y buscar el poder no es algo necesariamente malo. De hecho, la búsqueda del poder es lo que hace que el cuerpo político de una nación funcione. La cuestión no es que lo busquen, sino para qué lo buscan.

    Incluso los políticos honrados deben de tener un tanto de cabronería, necesitan saber negociar, crear consensos, buscar alianzas, jugar con los hilos del poder para poder ejercerlo con mayor cabalidad. Incluso esos políticos honrados, de eso que decimos hay pocos, necesitan aspirar a acaparar poder y saber jugar con sus circunstancias para poder obrar en favor de sus gobernados.

    Cierta cabronería es necesaria para poder desempeñarse bien. Dentro de la política, quien es timorato, quien trata de quedar bien con todo mundo y trata de ser amigo de todos, termina tarde que temprano absorbido y expulsado de ese cuerpo político. Es el astuto, el que sabe calcular bien, el que sabe olfatear muy bien el contexto en el que se encuentra, el que logra sobreponerse. 

    Al final, los políticos son seres humanos comunes y corrientes, no son especímenes especiales, son simples mortales que se comportan de acuerdo al contexto en el que se encuentran insertos. Y como los seres humanos somos imperfectos, no hay nada que garantice que siendo nosotros políticos seamos incorruptibles. Como se trata de un juego de poder, los incentivos para la corrupción son altos. Se necesita mucho tesón para lograr jugar al juego y al mismo tiempo mantener sus principios en pie. En realidad, ese tesón muy pocos lo tienen.

    En la política casi no hay héroes, y de los pocos que hay, la mayoría son productos de la mitología que ha creado la historia oficial o alguna corriente política, y entonces nos quedan poquísimos si es que queda alguno. Hay otros que hacen relativamente bien su trabajo, que no se dejan corromper pero entienden el juego. Muchas veces la población se comporta de forma ingrata con ellos porque no hay una narrativa heroica detrás de ellos, sino simplemente un desempeño eficiente, o porque dentro de su eficiencia como servidores públicos tuvieron que tomar decisiones poco populares, y como las decisiones de los políticos eficientes tienen implicaciones a largo plazo, entonces se corre el riesgo de que el pueblo no les reconozca siquiera el trabajo que se hizo. A ese político eficiente se le recuerda muchas veces como un político gris o hasta pragmático, porque está más enfocado en la técnica y en los fines que en el discurso de masas. 

    El heroísmo político tiene que ver más con los discursos y las narrativas que con la medición de los resultados de las políticas públicas. En este sentido, tanto los simpatizantes de López Obrador como sus detractores suelen equivocarse en sus juicios. ¿Por qué?

    Porque ambos juzgan a López Obrador como si se tratara de una entidad que se mantiene externa a la dinámica de la política. Por ejemplo, los detractores se le van encima a AMLO por su alianza con el Partido Verde para obtener mayoría en el Congreso. Ciertamente, la decisión puede ser criticable (más por el discurso impoluto que manejó AMLO durante tantos años que por otra cosa), pero siendo la opción que MORENA tenía para ganar mayoría, sería absurdo pensar que alguna fuerza política fuera a rechazar un pacto así que le diera una mayor cantidad de poder. Así como el PRI lo ha hecho también, seguramente lo hubiesen hecho los panistas o MC. 

    Los simpatizantes cometen el mismo error al pensar que el discurso va a empatar con la realidad pasando por alto las contradicciones del Presidente Electo producto del manejo un discurso que siempre se mantuvo fuera de la realidad. La narrativa idílica pesa tanto y quieren seguirla manteniendo porque ella es la que les genera el sentimiento de esperanza que se niegan a ver las contradicciones entre el discurso y la realidad. Se niegan a ver que AMLO es, al final, un político acostumbrado a jugar con los hilos del poder, aunque reniegue de ellos en el discurso. 

    Al final, el beneficio o perjuicio que sea AMLO para México no será producto de sus narrativas ni sus discursos sino de los resultados (aunque algunos de quienes han sido ya hipnotizados por dichos discursos podrán ejercer cierto sesgo sobre su interpretación de dichos resultados). Las narrativas sirven mucho para movilizar y convocar, pero no sirven tanto para gobernar. Parece que incluso el propio López Obrador apenas se ha dado cuenta de eso y se ha desdicho de varias de sus propuestas al conocer, desde adentro, las condiciones en las que va a gobernar. 

    ¿Será AMLO un buen presidente? Posiblemente eso lo sabremos hasta terminar su gestión o incluso hasta algunos años después. Aunque, con toda seguridad, tanto sus detractores como sus simpatizantes, ya habrán hecho un juicio categórico de su gobierno.

  • ¿Qué es el posmodernismo?

    ¿Qué es el posmodernismo?

    Seguramente has escuchado esta palabrita en más de una ocasión. Lo has escuchado de algún filósofo, de algún sacerdote o de tu mamá. Seguramente te has percatado de que muchas veces se le pronuncia con una connotación negativa, o bien, para referirse a las corrientes postestructuralistas (yo mismo llegué a caer en el error de utilizarlo con esta connotación). 

    Pero hacer una mejor definición de este concepto nos ayudará a aclarar muchas cosas y entender algunos de los procesos sociales y culturales de nuestra especie, sobre todo en Occidente. Al posmodernismo lo tenemos que concebir en un sentido mucho más amplio, lo tenemos que explicar como una de las eras del desarrollo de la especie humana y no como una ideología. Cuando muchos se refieren al posmodernismo como una ideología, están más bien refiriéndose a ciertas ideologías o corrientes de pensamiento insertas dentro de la era posmoderna, pero que no explican el posmodernismo como un todo.

    Para entender el posmodernismo, primero tenemos que hablar del modernismo, al cual se le suele situar desde el renacimiento pero, sobre todo, de la Ilustración, y hasta entrado el siglo XX. El modernismo apela al progreso y a la idea de un futuro promisorio producto de la Revolución Científica, los avances tecnológicos y el método científico. Dentro de la era moderna también se insertan los valores tradicionales de la democracia liberal como la libertad de expresión, los partidos políticos y la economía de mercado, así como el marxismo tradicional. El modernismo se despojó de la idea de un ser divino al centro para poner en su lugar al hombre y la razón.

    El posmodernismo viene a fungir como una suerte de antítesis del modernismo. Si el modernismo tenía una inquebrantable fe en el futuro y en el hombre, el posmodernismo viene a cuestionarlo todo. Las guerras mundiales y la Guerra Fría nos rompieron esa ilusión de progreso en la ciencia y la razón. La ciencia también podía matar y crear instrumentos masivos de aniquilación humana como nunca antes, la ciencia también podía servir como instrumento de dominación y colonización. El posmodernismo parte de una visión oscura y sombría del ser humano. Ya no sólo hay una verdad divina, tampoco hay ya una verdad objetiva, las relaciones importan e incluso algunos pensadores se atrevieron a afirmar que la verdad literalmente no existe y es una construcción social.

    La postura de Michel Foucault ante las instituciones carcelarias (y todo lo que se le pareciera) es un gran ejemplo de este cambio de narrativa. De un positivismo donde el mundo ya no era más que una gran máquina que operaba bajo determinadas leyes, a uno donde las estructuras no eran engranajes sino instrumentos de opresión. El Estado, el mercado, las instituciones, la prisión y la escuela ya no eran esas entidades que existían para procurar una forma de organización social más justa y eficiente, sino instrumentos para controlar al ser humano y a su cuerpo. Esas entidades que, se decía, procuraban la libertad del ser humano, terminaban restringiéndola. Así, Foucault concibió todas las estructuras y jerarquías sociales como un instrumento de poder y no como una convención o contrato social. 

    Podemos resumir el posmodernismo en tres conceptos: una visión sombría y pesimista de la humanidad, la crítica a las estructuras y jerarquías sociales y el final de las grandes narrativas (en ese orden).

    1.- Una visión sombría y pesimista de la humanidad

    Como comentaba, el posmodernismo se vuelve una suerte de desencanto ante la idea de que bajo el progreso, la ciencia y la razón, el ser humano aspiraría a un futuro prometedor por medio del cual llegaría a satisfacer sus necesidades de mejor forma. Decía también que las guerras mundiales y la escalada nuclear dentro de la Guerra Fría hicieron que la postura de nuestra especie ante el progreso racional y científico se pusiera en tela de juicio. Esto es lo que antecede a los demás conceptos y el punto de partida. Esta nueva percepción, alimentada también por filósofos cuyas historias de vida de desarrollan en consonancia con la modernidad como un problema y no como un beneficio, terminó reemplazando al entusiasmo fincado en el progrezo y la razón. El propio Michel Foucault, quien intentó suicidarse varias veces, conoció el sufrimiento desde niño debido a su atracción por los varones para lo cual su padre lo llevó a un hospital y fuese testigo de la amputación de una pierna para que «se volviera hombre». El argelino-francés Jacques Derrida sufrió la represión del gobierno de Vichy y fue expulsado de su instituto argelino por motivos racistas. 

    2.- La crítica a las estructuras y jerarquías sociales

    Ese pesimismo y esa visión oscura del mundo fue la que motivó a muchos pensadores a crear una filosofía contrapuesta a lo moderno. Si bien, la filosofía crítica de la Ilustración había surgido desde hace tiempo (Nietszche es un gran ejemplo) e incluso casi a la par de la Ilustración, todavía no se reflejaba en ella este aire pesimista, en la cual los conceptos de razón, institución, estructura, jerarquía o progreso tan típicos de la Ilustración debían ser diseccionados y hasta deconstruidos. 

    Como suele ocurrir con cada era humana, las artes suelen ser las precursoras de la era que está por llegar. Así como el renacimiento antecedió a la Ilustración, podemos ver las primeras manifestaciones posmodernas en La Fuente de Marcel Duchamp

    Dentro de la era posmoderna podríamos hablar de tres corrientes filosóficas principales: El existencialismo en donde encontramos a pensadores como Heidegger, Sartre, Simone de Beauvoir, o los escritores como Albert Camus o Fiodor Dostoievski; la Escuela de Frankfurt compuesta por pensadores influenciados principalmente por Hegel, Marx y Freud como Erich Fromm, Max Horkheimer, Theodor W. Adorno o Jürgen Habermas; y por último, el postestructuralismo (corriente a la cual se suele referir comúnmente como «posmoderna») en el cual suele clasificarse a pensadores como Michel Foucault, Jacques Derrida, Jacques Lacan o Gilles Deleuze.

    Todas estas corrientes se caracterizan por cuestionar las estructuras y el status quo prevalecientes y por guardar cierto escepticismo sobre la idea del progeso humano, pero no todas lo llegan a hacer de la misma forma (aunque unas pueden llegar a influenciar a otras, como el caso de Heidegger a Derrida). Las tres son corrientes de izquierda que pretenden cuestionar y transformar. en mayor o menor medida, las bases sobre las que se encuentra cimentada la civilización. Erich Fromm estaba preocupado porque pensaba que en el futuro los hombres se convertirían en una suerte de robots, Heidegger quiso sustituir la relación entre sujeto y objeto hasta en ese entonces vigente en la filosofía por el Dasein (estar ahí, o estar en el mundo), mientras que Jacques Derrida apostó a la deconstrucción o a «mirar la estructura debajo de la estructura».  

    Fue en especial el postestructualismo el que buscó destruir, o bien, deconstruir las estructuras y las jerarquías que consideraba opresivas por medio del lenguaje (podemos tomar como referencia la deconstrucción de las ideas binarias de Derrida como negro-blanco u hombre-mujer bajo el argumento que en una categorización binaria una necesariamente oprime a la otra). De las tres corrientes, esta fue la que adquirió una postura más relativista tanto en lo filosófico como en lo moral. Ya no hay una verdad absoluta ni una verdad objetiva, ya no hay un centro desde el cual agarrarse o tomar como punto de partida, ahora todo tiene una explicación de acuerdo a la relación que tiene con otra cosa.

    3.- El final de las grandes narrativas

    El posmodernismo significa también el fin de todos los «ismos» (ya fuera cristianismo, comunismo o capitalismo) y de las grandes narrativas (como refiere Jean-François Lyotard en su libro «La Condición Posmoderna»). Si bien, algunos de los pensadores (sobre todo dentro de la Escuela de Frankfurt) tuvieron una fuerte influencia marxista, quedaron profundamente desencantados después de darse cuenta de lo que pasaba en la Unión Soviética para poner así al comunismo en conjunto con el fascismo (y no muy lejos al capitalismo) como la gran justificación de su desencanto con el progreso de la especie humana. 

    La crisis de representatividad política que se vive en Occidente tiene parte de su razón de ser en este fin de las grandes narrativas, en donde los partidos políticos se han ido vaciando progresivamente de contenido ideológico al punto en que los electores se muestran inciertos sobre las diferencias entre unos y otros, ya que estos se han vuelto muy pragmáticos. Francis Fukuyama, de forma precipitada, anunció el triunfo de la democracia liberal, pero incluso esta permanece muy incierta. Inclusive los movimientos de extrema derecha que han surgido en Europa no se caracterizan por tener una narrativa contundente que vaya más allá de sus peticiones en torno a la migración o la pérdida de empleos.  

    Legado

    Sería irresponsable hacer un juicio de valor categórico sobre el posmodernismo, empezando porque no es en sí una corriente de pensamiento sino una era en las que nos encontramos insertos, parte de la evolución de la humanidad. De lo que tal vez sí podemos hablar es de su legado:

    En los aspectos positivos, podemos decir que el posmodernismo nos dejó una sociedad cada vez más preocupada por el medio ambiente, que entendió que el desarrollo tecnológico debía tener limitaciones y que había que tomar medidas al respecto (aunque a juicio de algunos pueda ser algo tarde). También encontramos un legado positivo en lo relacionado con la equidad de género o el progresivo reconocimiento de minorías (personas con otra orientación sexual o raza) producto del cuestionamiento de paradigmas y creencias. 

    Este escepticismo que nos lega el posmodernismo se ha vuelto necesario para abordar los avances tecnológicos, sombre todo en el advenimiento del transhumanismo o la inteligencia artificial. Gracias al posmodernismo somos capaces de cuestionar cómo es que un avance tecnológico podría incidir dentro de la sociedad y qué deberíamos de hacer ante las externalidades que estas podrían traer. 

    En los aspectos negativos (me atrevo a decir que en gran medida gracias a las corrientes postestructuralistas) tenemos una sociedad cuya base filosófica y tal vez hasta moral es muy líquida e inestable, ya que si bien la era posmoderna ha sido campeona en cuestionar las estructuras, se ha visto imposibilitada, debido al profundo relativismo de la posmodernidad de los últimos años, de crear una nueva estructura que surja como producto de estos cuestionamientos. Es difícil concebir una nueva forma de estructura social si se asume, como Foucault hace, que en toda estructura con lleva por sí una relación de poder de una entidad sobre otra, o si se considera, como propone Derrida, que todas las categorizaciones binarias son opresivas. Si los cimientos de cualquier estructura son opresivos, entonces es ilusorio poder construir una. 

    Vemos algunas de sus manifestaciones en la supeditación del método científico ante lo que consideran estructuras de poder, así negando cualquier objetividad dentro de la ciencia, que por ejemplo, consideren que cualquier diferencia psíquica que sea ilustrada de esta forma entre el hombre y la mujer es necesariamente una construcción social opresora. Este relativismo y creencia en la manifestación de opresión en cualquier estructura también ha alimentado a los sectores más radicales de causas sociales como el feminismo, ecologismo o colectivo de personas con otra preferencia sexual, creando un discurso muy victimista donde no existe otra alternativa que derrumbar las estructuras y las jerarquías para aspirar a una suerte de justicia social, donde no existe la posibilidad de consensos y entendimientos entre los seres humanos, ya que para estas corrientes toda interacción humana involucra una relación de poder.

    Este relativismo excesivo dentro de algunas de las corrientes posmodernas no solo es denunciado por la derecha, sino que también es criticado por algunos de los filósofos que son parte de la era posmoderna, como la crítica que hace Jürguen Habermas a Derrida y a Foucault en su libro El Discurso Filosófico de la Modernidad, La Modernidad Líquida de Zygmunt Bauman que podría ser considerada una crítica la sociedad actual (el título de su libro es muy revelador al respecto) o incluso Slavoj Žižek, el pensador de izquierdas que, a pesar de estar influido por Lacan, ha decidido mantenerse lejos de esa «ortodoxia relativista». 

    No solo vemos el legado del posmodernismo en el arte contemporáneo, sino también en el cine o en la televisión. Mientras que Los Simpsons es una crítica hacia el modelo de familia tradicional y a la sociedad típica norteamericana, Matrix (muy influenciada por obras como 1984 o Un Mundo Feliz) nos muestra una distopía futurista y Black Mirror nos alerta de los grandes problemas que la tecnología podría traer a la humanidad. También tenemos una fuerte dosis posmoderna en la música popular, en el rock que funge como música de protesta o de crítica social. Y si bien, las iglesias suelen utilizar este término de forma peyorativa para denunciar el relativismo moral, no están necesariamente exentas de los «vientos posmodernistas». La encíclica del Papa Francisco «Laudato Si» muestra una considerable dosis de posmodernismo al mantener una postura escéptica hacia la modernidad enfocándose en cuestiones como el ecologismo, el consumismo, y el «desarrollo irresponsable».

    El mito del marxismo cultural

    Desde hace décadas, ciertos sectores conservadores han mantenido un discurso de que el posmodernismo es una suerte de marxismo cultural en la que se afirma que hay una conspiración marxista para acabar con los valores de Occidente. A esta se le suman otras teorías de la conspiración como «la promoción de la homosexualidad» para reducir la población. Pero si entendemos el posmodernismo como una consecuencia de la dialéctica entre ideas filosóficas, la visión pesimista del mundo y como una consecuencia de filósofos que en su mayoría crecieron bajo una idea pesimista del mundo producto de sus historias de vida, podemos entender que se trata de un tránsito natural de nuestra especie humana y no de una teoría de la conspiración. De la misma forma podemos entender aquello que los conservadores llaman «ideología de género» como una deconstrucción de los géneros como oposición binaria herencia en gran medida del pensamiento de Butler, Derrida y Foucault, e impulsada por sectores sociales que se han sentido excluidos, lo cual los ha motivado a adquirir una postura más beligerante, y no como una política de la ONU para destruir Occidente. No se trata de una estrategia artificial sino de la constante evolución y tránsito de las ideologías que, benéficas o nocivas, influyen en las estructuras nuestra sociedad. Vaya, ni al surgimiento del nazismo se le puede considerar una conspiración sino que se explica en gran medida por muchas razones históricas recientes a su surgimiento. 

    Es cierto que a los teóricos de Frankfurt se les puede asociar más con Marx ya que su influencia es más directa, pero se trata de una dialéctica de ideas consecuencia de la natural evolución filosófica e ideológica de la especie humana y Habermas está lejísimos de proponer una restauración comunista. Últimamente se asocia más el término marxismo cultural con el postestructuralismo, pero sus teóricos están más alejados de Marx que los teóricos de Frankfurt. Foucault recibió críticas por su escepticismo hacia el marxismo y Derrida siempre se mantuvo distante a pesar de las tentaciones

    Estas etiquetas terminan siendo irresponsables porque implica negar de forma categórica todo el pensamiento surgido dentro de esta era. Yo no soy ni marxista ni comunista en lo absoluto, pero vaya que leer a Fromm o a Habermas me ha ayudado mucho a abrir mis horizontes. Incluso Foucault, a pesar de que en lo particular difiera con varios de sus argumentos, tiene otros varios que me parecen muy rescatables. 

    ¿Qué sigue?

    Como cualquier etapa de desarrollo humano, el posmodernismo será remplazado por algún otro. ¿Cuál es? ¿Cómo será? La verdad no lo sabemos y no me atrevería a decirlo porque si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que los seres humanos somos muy torpes para adivinar el futuro. Sin embargo, como escribí hace algunos días, me parece particularmente interesante el concepto de Metamodernismo, no tengo idea si en el futuro vayamos a vivir una era metamoderna, pero sí puede ser un punto de partida para «repensar el futuro».