Autor: Cerebro

  • Crítica al «Libro Negro de la Nueva Izquierda» desde una postura no progre

    Crítica al «Libro Negro de la Nueva Izquierda» desde una postura no progre

    Crítica al "Libro Negro de la Nueva Izquierda" desde una postura no progre

    Yo tengo varias diferencias con aquello que llaman progresismo y las corrientes llamadas posmodernas (postestructuralistas). Concuerdo con muchos en que las carreras de humanidades dentro de varias universidades están bastante sesgadas y tienen un carácter anticientífico. Si bien es cierto que es algo inherente a las humanidades cierta inclinación a la izquierda y hasta cierto punto no es algo que sea malo, el sesgo se ha vuelto bastante notorio haciendo a esta disciplina poco diversa ideológicamente, como lo advierte Steven Pinker. También pienso que la corrección política ha ido demasiado lejos y que algunos movimientos de izquierda, sobre todo aquellos radicales, han mostrado un matiz bastante intolerante al no permitir que personas que disienten con su forma de pensar hablen o se expresen en las propias universidades. Creo que la izquierda postestructuralista ha llevado el relativismo (que básicamente consiste en definir algo con relación a otra cosa) demasiado lejos al punto que es difícil construir un sistema de valores o de organización nuevo a partir de la deconstrucción que buscan llevar a cabo.

    Guardo un profundo escepticismo con estas corrientes que niegan cualquier diferencia biológica en los sexos o roles de género (cuando, a través de la ciencia, podemos advertir algunas diferencias biológicas en combinación, sí, con cuestiones culturales, sociales y del entorno) porque argumentan que cualquier categorización binaria o cualquier diferencia biológica implica necesariamente una opresión. Dicho esto, yo tengo discrepancias filosóficas con algunas corrientes feministas (en especial aquellas radicales), pero aún con las discrepancias que pueda tener, creo en la equidad de género ya que tanto hombre y mujer son igual de dignos, y por lo tanto tienen el mismo derecho a llevar a cabo su plan de vida sin que sean discriminados por su mero género.

    Dicho todo esto puedo optar por dos cosas: ser honesto intelectualmente, estudiar estas corrientes para poder desmenuzarlas, o puedo crear una narrativa con tintes conspiranoides para decirle a la gente que se trata de una conspiración marxista o neomarxista que tiene como propósito destruir a Occidente. En este blog yo he optado por lo primero. Agustín Laje y Nicolás Márquez optaron por lo segundo que es lo más fácil y comodino y lo que más vende en los círculos conservadores que suelen ser sugestionados por el miedo. Basta intentar hilar forzadamente distintos acontecimientos que no tienen una relación tan estrecha (o que ni siquiera la tienen) para crear una narrativa que funcione a sus intereses.

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    Debo decir que muchas veces he discrepado con los progresistas que han intentado reventar o censurar ponencias. La libertad de expresión debe estar garantizada para todos mientras ella no tenga el fin implícito de agredir o atacar a otras personas. Pero también es cierto que estos dos personajes, como se muestra de forma patente en su libro, hacen afirmaciones que sí van en contra de la integridad de las personas que tienen otra orientación sexual (Márquez dice que los gays son sodomitas y depravados) y, de acuerdo a la paradoja de la tolerancia de Karl Popper, esos argumentos ya no pueden constituir el ejercicio de la libertad de expresión.

    El «Libro Negro de la Nueva Izquierda», que tiene en su portada a un «Che» Güevara con los labios pintados frente a una bandera del movimiento LGBT, es una obra que busca criticar a la izquierda pero desde una postura conspiracionista. Su tesis es esa, que el «fantasma del comunismo» sigue vivo y coleando y busca destruir a la sociedad a través del feminismo, los gays, el ecologismo y diversas corrientes progresistas o liberales, como si todo estuviera maquinado. En su libro tratan de ligar absolutamente a toda la izquierda con Marx para crear así un hombre de paja. Saben que el apellido del alemán causa recelo o incluso temor por la nefasta consecuencia de la aplicación (un tanto retorcida) de sus ideas en países como la URSS o China.

    En una época donde las izquierdas y derechas se han comenzado a polarizar. Agustín Laje aparece para criticar al progresismo desde una postura polémica que busca incomodar.

    El libro no inicia mal, Agustín Laje no es una persona ignorante en lo absoluto. De ciencia política e historia sabe, explica bien lo que es el marxismo y cómo ha evolucionado. El problema es que Laje comienza a acentuar aquellas cosas que le interesan para crear esta narrativa conspiracionista. Recoge a Gramsci, quien buscó promover el marxismo a través de la cultura, para afirmar que todas las batallas culturales de la izquierda son marxistas. También recoge afirmaciones de Mises y otros intelectuales para explicar algo que ocurrió décadas más adelante aunque no tenga conexión alguna con dicha declaración.

    Si bien no conozco a todas las feministas de las que hace mención (y que conste que aquí he hecho crítica de algunas ramas del feminismo), sí que conozco a Simone de Beauvoir. En el libro de Laje y Márquez percibo una interpretación muy tramposa de su persona, de sus filiaciones políticas y de sus textos. Laje afirma que Beauvoir es básicamente la fundadora de la «ideología de género» por su famosa frase que dice «no se nace mujer, se llega a serlo». Quienes hemos leído «El Segundo Sexo» podemos advertir que Beauvoir reconoce algunas diferencias biológicas que incide en cada uno de los géneros, y también podemos entender esta frase en el contexto que se publicó su libro (y que queda bien relatado), el cual nos habla de una época donde una postura marcadamente esencialista explicaba los roles de género, donde en varios países la mujer todavía no tenía el derecho a votar y donde muchos pensaban que la mujer debía quedarse en casa y obedecer al cónyuge. Laje dice que Beauvoir es incongruente porque, según él, primero afirma que «la mujer no nace sino que llega a serlo» y después que sí hay algunas diferencias biológicas. En realidad ocurre al contrario, Beauvoir habla de las diferencias biológicas en el primer capítulo y comienza uno posterior con esa frase (que Laje no termina de entender bien). Pero nuestro querido quesqueintelectual argentino ignora esto.

    Laje insiste en que Beauvoir es marxista para así forzar el argumento de que el feminismo (de la segunda y tercera ola, las cuales ni siquiera define bien) también lo es, y que «el fantasma del comunismo» amenaza de nuevo. La realidad es que su libro está más bien fundamentado por el existencialismo (heredado de su pareja Jean Paul Sartre) y de marxista tiene muy poco, o al menos yo no noté mucho de esa «lucha de clases». Laje reprocha a Simone de Beauvoir por todo lo acontecido en la China maoísta en la cual creía como si ella supiera lo que estaba ocurriendo en realidad, pero resulta que en esos tiempos gran parte de la intelectualidad marxista (que era abundante por la expectativa de la implementación de un modelo) todavía no tenía conocimiento de lo que había pasado en esos lares.

    Agustín Laje no hace distinción entre la Escuela de Frankfurt, la «ideología de género» o el marxismo clásico. Todo ello lo embona en una sola cosa: es el mismo marxismo que, dice, quiso imponerse en la economía, y al no poder hacerlo, buscó hacerlo en la cultura.

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    Laje y Márquez asumen que la izquierda es una sola cosa, ignoran las diferencias dentro de ésta para crear una narrativa maniquea. Esto sería equivalente a afirmar que los conservadores son nazis (sí, yo sé que algunos progres se la pasan mencionándolo, de forma igualmente tramposa) porque asumo que «la derecha» es una sola cosa. Ser conservador (mantener el orden de las cosas) o ser liberal (cuestionarlas) no es una maquinación ni una conspiración, es una dinámica que parece ser inherente a nuestra especie y que solo puede ser acallada o reprimida bajo regímenes autoritarios, e incluso se pueden ver manifestaciones de lo que llamamos izquierda antes de Marx no solo en la Revolución Francesa sino en la misma Roma.

    Vale la pena decirlo, el estado actual de las cosas es un producto de una dialéctica entre conservadurismo y liberalismo. Por eso, así como critico que en varias universidades haya un sesgo demasiado marcado a la izquierda en las humanidades tal que no permita el disentimiento o un conocimiento mas plural, también critico que Laje y Márquez asuman que toda una postura ideológica sea una anomalía. Y vaya que yo no me considero una persona muy izquierdista ni simpatizo con muchos de los ideales de la izquierda.

    Nicolás Márquez es bastante más conservador que Agustín Laje, y desde esa postura alerta sobre la ideología de género que, dice, es neomarxista.

    Me llama la atención sobremanera que, hablando de la «ideología de género», Agustín Laje no mencione jamás a Jacques Derrida, quien popularizó el deconstruccionismo y la idea de que las categorizaciones binarias son opresoras, lo cual dio forma a la teoría queer de Judith Butler. No sé si ello tenga que ver con que Derrida siempre se mantuvo distanciado del marxismo y ello pueda entorpecer la creación de esta macabra narrativa.

    La realidad es que el postestructuralismo y el marxismo tienen más bien poco que ver. Coinciden en ser movimientos de izquierda pero poco más. Jean-Francois Lyotard, uno de los postestructuralistas más importantes, declaraba el fin de las grandes narrativas, en el cual no solo se inserta al cristianismo o al capitalismo, sino al propio comunismo. Los postestructuralistas muestran más bien desencanto ante el marxismo clásico ante su fracaso. El marxismo y el postestructuralismo coinciden en la esencia de la izquierda en general, en el cuestionamiento del orden existente, pero a partir de ahí encontramos bastantes diferencias: el marxismo es científico y materialista, el postestructuralismo (que encontramos en Derrida o Judith Butler, y de alguna otra forma en Michel Foucault) es más bien subjetivo y relativista. Incluso, entre estas dos corrientes que Laje y Márquez intenta embonar en una «conspiración neomarxista» (la Escuela de Frankfurt y el postestructuralismo) han existido más bien diferencias y pugnas. Un ejemplo de ello es el libro «El Discurso Filosófico de la Modernidad de Jürgen Habermas donde critica y exhibe el relativismo de Foucault y Derrida. Los postestructuralistas no tienen como base a Marx, sino a Hegel, Nietszche o Heidegger.

    Pero incluso estamos obligados a hacer una distinción entre la Escuela de Frankfurt y el marxismo clásico. La Escuela de Frankfurt busca rescatar al Marx hegeliano de los inicios, el de la alienación, y no tanto al Marx combativo que tomaron Lenin y sus compinches. La Escuela de Frankfurt nunca buscó instaurar el comunismo, de hecho sus teóricos parten de la desilusión de lo ocurrido en Rusia y China. La Escuela de Frankfurt tiene como base a ese Marx junto con Hegel y Freud, y desde ahí ha buscado hacer análisis y crítica no solo sobre el sistema capitalista, el consumo y las artes, sino también sobre el comunismo soviético. Uno de sus integrantes, el judío Erich Fromm (el cual es citado por grupos conservadores y religiosos no pocas veces por su humanismo), señala que el comunismo solo es viable dentro de comunidades muy pequeñas, en tanto que el de la URSS le parece una abominación. Incluso marxistas modernos como Slavoj Zizek son muy críticos de la cultura de la corrección política que Laje y Márquez achacan a la «ideología de género».

    Laje y Márquez señalan a algunas feministas y gays marxistas. Si los hay, pero son muy minoritarios, como minoritario ya es el marxismo en estos tiempos. De hecho, en las manifestaciones de sus movimientos, a diferencia de lo que afirma Márquez, no son muy comunes las remeras del Che ni las banderas comunistas.

    Para tratar de hilar esta teoría de la conspiración, Agustín Laje se enfoca en dos cosas: en los perfiles marxistas y en los más radicales, para así afirmar que todo el feminismo, que todo el movimiento gay, es marxista y radical. ¿Existieron gays o feministas marxistas? Sí, ¿existe violencia dentro de los grupos radicales? También. Pero que existan algunos marxistas en las corrientes más radicales no convierte a un movimiento en marxista. Lo mismo podemos decir del movimiento de los negros en Estados Unidos: junto con el movimiento de Martin Luther King coexistieron grupos que no eran tan pacíficos y algunos que tenían influencias marxistas como los panteras negras. ¿Eso significa que todo el movimiento negro era marxista? Si ellos hubiesen escrito el libro en 1970, dirían que la lucha por el derecho de los negros es parte del marxismo cultural y la «ideología de género». Pero tanto Laje como Márquez ignoran estas cuestiones en su libro. De la misma forma, dentro de las feministas de la primera ola (esa ola que aplaude Agustín Laje) también existían corrientes radicales. Un ejemplo es el cuadro de la Venus del Espejo de Vélazquez que fue acuchillado por la sufragista Mary Richardson.

    Pero si bien cuidaron estos detalles para sostener su argumento, dejaron pasar otros. Un ejemplo: ellos afirman que lo que llaman «ideología de género» es financiada por la Planned Parenthood (que ciertamente es conocida por lucrar con los abortos), pero luego dicen que Planned Parenthood es financiada por Warren Buffet, Ford Company y la fundación Bill & Melinda Gates. O sea, ¿Bill Gates y Warren Buffet, dos de los capitalistas más ricos del mundo, son marxistas? Ya me confundí. Luego Nicolás Márquez insiste en ligar la ideología de género con el incesto, pone como ejemplo al Partido Popular Liberal de Suecia que promovió el incesto y la necrofilia. Pero resulta que el PPL no es un partido marxista ni socialdemócrata, sino un partido de centro derecha, cuya iniciativa fue promovida por una mujer libertaria llamada Cecilia Johnson bajo argumentos libertarios y no progresistas (y vaya que los libertarios odian a la izquierda).

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    Para descalificar cualquier corriente, Laje y Márquez buscan los casos más extremos, radicales y enfermos para hacer pensar que toda la corriente es así. Así buscan crear la percepción de que absolutamente toda la izquierda es depravada y es una abominación con la que deberíamos acabar. Ignoran que dentro de la izquierda hay corrientes moderadas y radicales (vaya que ellos toman lo más radical y oscuro a conveniencia, aunque sea minoritario).

    Si los progres fallan al pensar que todo es un constructo social y que la biología no tiene ninguna incidencia, Nicolás Márquez se va a al otro extremo y argumenta que «todo está dado por la naturaleza». Nicolás Márquez arremete contra los gays de quienes dice que deberían de desaparecer de lo público y recluirse en lo privado. A diferencia de Agustín Laje, que si bien despotrica contra algunos de sus movimientos por sus ramas supuestamente marxistas no muestra ningún desprecio ante los gays como individuos, Márquez sí toma una postura beligerante, buscando argumentar, desde una postura esencialista, que los gays son personas enfermas y necesariamente depravadas.

    Márquez muestra algunos estudios que afirman que los gays tienen una menor esperanza de vida y suelen sufrir más problemas de ansiedad y depresión. Seguramente varios de esos estudios pueden estar en lo correcto, pero lo que estos estudios no hacen es inferir que eso ocurre a causa de la «anormalidad» de la condición homosexual. Márquez nunca se pregunta qué tanto influye lo social para que los homosexuales desarrollen cuadros de ansiedad y depresión: ¿de verdad no influye en nada que muchos de ellos se hayan sentido relegados, o incluso hayan sido expulsados de sus casas? Para refutar su postura, voy a traer a colación un texto que escribió un amigo mío que es gay, (quien por cierto es muy católico, asiste todos los domingos a misa y se preocupa mucho por su familia), quien ha sufrido mucho porque su orientación sexual le ha traído muchos problemas, y por ello sufre problemas de ansiedad. Mi amigo es una persona trabajadora y tiene una relación muy estable con su ahora esposo.

    Nicolás Márquez busca crear esta idea de que los gays están enfermos y son un cáncer. No voy a profundizar en demasía en los argumentos de Nicolás Márquez con respecto a los gays porque creo que basta presentarles una serie de estudios que contrastan con los argumentos que él muestra.

    Tanto Laje como Nicolás Márquez son incapaces de entender el contexto en el que se desarrollan todas estas corrientes de pensamiento y que las explican mucho. Hace algunos días escribí sobre lo que el posmodernismo es y por qué corrientes como las de la Escuela de Frankfurt o el postestructuralismo surgieron. Para ellos es mas cómodo hacer un análisis superficial porque su objetivo no es narrarnos la historia de la izquierda moderna y la de estos movimientos sociales, ni siquiera podemos hablar de una crítica bien hecha, sino que pretenden armar una teoría conspirativa para hacer pensar a la gente que todas las causas sociales están maquinadas por los marxistas que quieren «una segunda oportunidad» de probar lo mismo a través de la cultura después del rotundo fracaso en la URSS.

    Para dejarnos de conspiraciones, debemos entender que la contraposición entre el conservadurismo y liberalismo (en su vertiente progresista) es inherente al ser humano, y gracias a la dialéctica entre estas dos corrientes es que la sociedad se mantiene en cierto equilibrio. Los liberales (que Laje y Márquez engloban dentro de «la izquierda») buscan cuestionar el orden social y modificarlo; los conservadores, valga la redundancia, buscan conservar el orden de las cosas. Cierto es que un liberalismo muy extremo puede llegar a corroer el tejido social y traer consecuencias nocivas; pero lo contrario también se cumple, un conservadurismo muy extremo termina petrificando ese tejido, con lo cual inevitablemente termina derrumbándose.

    Ser de izquierda o derecha (o liberal o conservador, ya que aquí estamos hablando de cuestiones sociales) no es producto de una maquinación, son posturas inherentes al ser humano que tienen que ver no solo con cuestiones de educación o del entorno, sino incluso con la genética que llega a tener cierta influencia. Los liberales suelen hacer más énfasis sobre valores como la igualdad y la justicia, en tanto que los conservadores lo hacen más sobre la autoridad o la pureza. Esta gráfica de Jonathan Haidt ilustra muy bien lo que quiero decir:

    Malas noticias para los liberales y para los conservadores, los liberales y los conservadores van a existir siempre. Esa dicotomía no va a desaparecer nunca a menos que sea oprimida por un régimen muy autoritario. Hay quienes argumentan que el discurso de derechas e izquierdas está gastado y caduco. Puede ser cierto, pero lo que está caduco es el modelo de izquierdas y derechas concebidas en la sociedad industrial. Estas dicotomías lo único que hacen es evolucionar a otro plano, ya que son relativas a su contexto.

    Las personas liberales suelen ser más bien creativas e irruptoras, las personas conservadoras privilegian el orden y el método. Por eso es que dentro del cine o incluso dentro de las industrias creativas el ambiente es muy progre, en tanto los economistas o gerentes de empresa, por un ejemplo, tiendan a ser personas más conservadoras. Y eso no tiene nada de malo. Por el contrario, sus perfiles les permiten desempeñarse de mejor forma en sus áreas.

    ¿La izquierda hace lobbying y conforma grupos de presión para impulsar su cosmovisión? Sí, eso es evidente dentro del cine que tiene una inclinación liberal. Si ellos están a favor de la comunidad homosexual, entonces buscan crear personajes gays para que estos tengan una mayor aceptación dentro de la sociedad. Cierto, no todo lo que impulsan tiene por qué ser bueno y es válido discutirlo, por eso es necesario promover la libertad de expresión y el debate. Pero la derecha también hace lobbying y conforma grupos de presión. Una de las formas más conocidas que maneja la derecha es influir sobre las élites de nuestro país (cosa que no siempre hacen bien) a través de sus escuelas o instituciones educativas que tienen una orientación religiosa, esperando que así, en su carácter de élites, ellos influyan sobre el resto de la población. También hacen lo propio en Internet con organismos como CitizenGo y HazteOir.

    A esas alturas podemos entender que todo esto que Laje y Márquez intentan encasillar en una sola cosa, es algo más bien muy complejo. Las izquierdas y las derechas no son monolitos, dentro de ellas convergen muchas corrientes distintas. Cierto es que, en el afán de cuestionar el orden social, alguna corriente izquierdista puede proponer alguna medida radical o aberrante (aprovechando que mencionan la pederastía de forma recurrente) pero eso no implica que toda la izquierda comulgue con ella e incluso en varias corrientes hay una férrea oposición a ella. Podemos también cuestionar el marcado sesgo izquierdista de algunas disciplinas, la intolerancia dentro de algunas corrientes de izquierda (pero podemos hacer lo propio con la derecha). Pero ese cuestionamiento del orden nos ha traído los derechos de las mujeres, de los negros, la abolición de la esclavitud, al igual que la postura conservadora ha logrado que estos cambios se lleven de forma más progresiva y no hayan afectado en demasía el tejido social.

    Por eso afirmo que este libro de Laje y Márquez, quienes afirman haber acabado con la ideología de género, tiene una muy clara orientación política y tratan de encasillar a toda la izquierda dentro de un discurso antimarxista más propio del siglo pasado. Ellos están en su derecho de publicarlo y promoverlo, yo estoy en mi derecho de criticarlo y eso es lo que hecho en este espacio.

    Críticas contundentes a las corrientes posmodernas pero informadas y lejos de un marcado sesgo ideológico las podemos hallar en Jonathan Haidt, Steven Pinker, Alan Sokal, Ken Wilber y hasta Richard Dawkins. Muchas de sus críticas son demoledoras y alertan sobre el sesgo izquierdista en las universidades, pero a la vez, están a favor de la equidad de género y no sostienen de ninguna manera, como hace Nicolás Márquez, que los gays son unos enfermos depravados sodomitas.

  • La oposición de López Obrador

    La oposición de López Obrador

    La oposición de López Obrador

    Durante años, muchos criticamos la oposición que representaba López Obrador en los regímenes de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Se trataba de una oposición complaciente consigo misma, que carecía de una postura constructiva y que, en muchos casos, solía ser muy visceral y agresiva (sin que eso constituyera un gran problema para el régimen del oriundo de Atlacomulco).

    En la práctica, la oposición lopezobradorista había abonado más bien poco a la causa, hacía mucho ruido pero lograba poco. Para muestra están todos los casos de corrupción del gobierno actual que pasaron impunes. Vimos muchas quejas, muchos «Fue el Estado», pero en el práctica eso se transformó en humo. Se trataba de una oposición muy criticona que fue opacada por las organizaciones civiles que buscaron incidir dentro de lo público exigiendo transparencia a los servidores públicos o evidenciando las tropelías de gobernadores como Javier Duarte.

    El problema es que, a falta de unas pocas semanas para que López Obrador tome posesión en San Lázaro, la oposición antilopezobradorista está comportándose de la misma forma en la que la oposición lopezobradorista se comportaba. Seguramente los lopezobradoristas, con todo y maromas y justificaciones absurdas a su líder, se la han de estar pasando bomba al ver una oposición tan chafa allá afuera, sobre todo la partidista y la de algunas plumas. No solo les ganaron, sino que los dejaron en la lona humillados, y por eso tanta arrogancia y burla de su parte. 

    Lo que he visto en estas últimas semanas son, en general, críticas insulsas y superficiales. Incluso hay una obsesión un tanto exagerada sobre aquellas críticas que pudieran ser válidas (como la boda de César Yañez). Parece que la intención fuera joder, cosa que también le recriminaba al lopezobradorismo cuando estaba en la oposición. 

    La oposición no parece centrarse en temas puntuales, muchas veces es dada a crear o a compartir fake news, parecen lobos hambrientos esperando el primer desliz del futuro presidente como si eso les fuera a dar legitimidad como oposición. López Obrador, a pesar de la visceralidad de su movimiento, al menos podía presumir de una narrativa a través de la cual lograba cierta cohesión entre los suyos. Era una oposición chafa, pero tenía forma. La oposición antilopezobradorista no puede presumir de eso siquiera.  Esta consiste en voces que vienen de distintas partes, que dicen distintas cosas, y que no están agrupadas. Cada quien ve por sí mismo. Están pulverizados, atomizados, y por eso, a pesar de las críticas, AMLO sigue allá arriba tranquilo hasta dándose el lujo de mostrarse incongruente sin que eso le afecte en lo más mínimo en sus índices de aceptación.

    La oposición está haciendo pero muy poco para representar a ese sector del país que está en contra de López Obrador. No han entendido que si quedaron relegados del Poder Ejecutivo es porque perdieron toda legitimidad ante el pueblo. En la actualidad, pocas personas ven al PRI y al PAN como los estandartes de lucha en contra del lopezobradorismo. Me parece que son percibidos más bien como el problema. Creen que con proponer medidas como subir el salario mínimo (cosa que ahora hace el PAN y con lo que discrepaba hasta hace poco) la población irá a ellos para que los representen. Pobres ingenuos. 

    Tal vez, al igual que ocurrió con el gobierno de Peña Nieto, la oposición vuelva a estar compuesta por la sociedad civil ante la displicencia y la visceralidad de la oposición partidista y opinadora.  

  • El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    A diferencia de lo ocurrido en otros regímenes latinoamericanos, el nuestro, el del partido único del PRI, no se caracterizó por su constante represión a los opositores sino por su absorción e inclusión dentro del aparato de poder. Se absorbía a los intelectuales de su tiempo e incluso se les permitía cierta forma de disensión y expresión en tanto ello no pusiera en riesgo el poder que el aparato tenía: muralistas, escritores, artistas, muchos de ellos llegaron a formar parte de la familia del PRI.

    La masacre del 68 fue más bien una excepción a la regla. Pero fue una cruda, dura e hiriente excepción. Al punto en que dicha herida sigue viva dentro del inconsciente colectivo mexicano.

    Se repite una y otra vez que el dos de octubre no se olvida, es una herida que influyó en la reconfiguración de la política mexicana y la evolución de los movimientos sociales. En momentos de tensión geopolítica donde Occidente y la URSS buscaban hacerse de la hegemonía mundial, no sobraron las sospechas de que los rusos o la CIA pudieran haber estado influyendo sobre la manifestación y ello fue lo que desató la paranoia de Gustavo Díaz Ordaz que derivó en la matanza estudiantil.

    La masacre fue la primera fractura dentro de la estructura del régimen del partido único. Hasta antes de ese evento, de lo que se hablaba era del milagro mexicano, del crecimiento sostenido, del desarrollo de infraestructura. El aroma a progreso no se podía negar, pero éste iba a acompañado de una restricción hacia varias libertades y derechos que hoy consideramos como garantizados. Burlarse de Díaz Ordaz como hacían en ese entonces los estudiantes era una afrenta contra el sistema y el status quo. En ese entonces era mal visto burlarse del Presidente, no era para nada como en estos tiempos que hasta el individuo más tranquilo y conservador comparte chistes de Peña Nieto. Los jóvenes, en un año que coincidió con varios movimientos estudiantiles de izquierda como el acontecido en Francia, querían emanciparse de una forma de gobierno que a la postre sería conocida como la «dictadura perfecta». 

    Los familiares de los estudiantes nunca vieron algo parecido a la justicia. Ellos estaban solos ante un sistema que, ante la indignación, comenzó a absorber a parte de la intelectualidad a sus filas, lo cual también disipó la fuerza de dicho movimiento. Otros tuvieron a sus hijos en los separos, algunos de los cuales fueron torturados. Díaz Ordaz murió en paz, Luis Echeverría vive sus últimos años de su vida en su casa (bastante grande, por cierto). 

    El régimen del partido único se comenzó a fracturar desde ese entonces. Los presidentes que le sucedieron a Díaz Ordaz buscaron calmar las aguas a través de un oneroso gasto público (que empezó a repercutir en las finanzas del país) y de frustradas visitas a la propia UNAM donde Luis Echeverría les advirtió a los estudiantes que no se dejaran manipular por la CIA y el fascismo. Desde ese entonces, la figura presidencial comenzó a perder respeto y a ser objeto de burlas. Si bien, el régimen del partido único sobrevivió hasta el 2000, ya nunca vivió etapa alguna de crecimiento sostenido, ni de legitimidad ante la mayoría de la población. Algo se había fracturado. 

    Algunos recuerdan ese México «pre68» con nostalgia. Existían menos libertades sociales y políticas, dicen, pero a cambio existía un país más tranquilo y estable, sin mayores complicaciones. Pero regresar al pasado es absurdo, y también es debatible si el México de esos tiempos era mejor que el de ahora. Tal vez el problema es que, dentro de las nuevas libertades que hemos adquirido, no hemos logrado construir país con instituciones más sólidas. La democracia convive con los vicios propios de ese sistema al cual algunos le tienen tanta nostalgia. Tal vez el problema no fue que hayamos abandonado ese pasado que algunos añoran, el problema tal vez fue que no lo terminamos de abandonar del todo.

    Hoy, que se cumplen 50 años de los lamentables hechos, no solo deberíamos evitar que el 2 de octubre no se olvide, sino que tampoco debemos olvidar lo que sucedió después y que es lo que nos tiene hasta aquí. Estos 50 años son un buen pretexto para repensar nuestra historia contemporánea, donde pasamos de un régimen de partido único a una democracia que todavía no ha terminado de tomar forma. 

     

  • Criterio propio en tiempos de una polarización creciente

    Criterio propio en tiempos de una polarización creciente

    Criterio propio en tiempos de una polarización creciente

    Es paradójico que en esta era en la que se nos dice que somos parte de una sociedad interconectada, en la cual tenemos más acceso y conocimiento que nunca, mostremos una clara tendencia a la polarización.

    No se trata, como esperaría, de un ejercicio de espíritu crítico o de criterio propio donde, de forma individual, el sujeto llegue a sus propias conclusiones. Se trata de tomar un bando y pensar que a éste se le opone necesariamente otro, sin ser capaz siquiera de detectar los matices o los grises. Se trata de ignorar la complejidad de todas las dinámicas en las que estamos inmersos para así intentar explicar todo bajo una narrativa monotemática. 

    Así, si no eres libertario entonces eres socialista, si no eres feminista entonces eres machista, si no eres conservador estás casi tentado por Satanás. Incluso esta tendencia a la polarización la vemos dentro del marketing donde o eres Apple o eres Android, donde eres DC o eres Marvel.

    Tomar una bandera de esta forma es muy fácil, porque no requiere un ejercicio de dialéctica entre las diferentes corrientes de pensamiento (o marcas de teléfonos celulares) para llegar a una conclusión propia. Así, el individuo no llega a su propia conclusión, sino que abraza la conclusión del colectivo. El individuo, así, se desindividualiza, y se adhiere a una narrativa. Uno los ve en Twitter defendiendo dicha narrativa a capa y espada, no busca por medio del debate adquirir un mayor conocimiento o criterio, busca ganar, busca tener la razón. El sujeto creará dentro de sí una cámara de eco ya que no estará dispuesto a confrontar su forma de pensar. Leerá solo los libros y los medios que reafirmen su postura. 

    En cambio, quien llega a una conclusión propia puede terminar siendo más libertario, más feminista, más cristiano o más Apple, pero sabrá reconocer los matices y los grises. Es, al fin y al cabo, su propia conclusión. 

    Quien decide tomar banderas suele privarse de la mayor parte del otro conocimiento. Rehuye de él y se condena a tomar una postura indudablemente sesgada. Equivocadamente, confunde a quienes ejercen su criterio propio con la pusilanimidad o las posturas equidistantes. Y digo que lo hace de forma equivocada porque mientras los equidistantes y los pusilánimes adoptan su discurso al entorno en el que se encuentran para quedar bien con todos, quienes ejercen su criterio propio son capaces de tomar posturas claras (que no necesariamente empatarán con esas banderas que cualquiera puede agarrar) pero, como entienden que el mundo es algo complejo que no se puede encerrar en una sola narrativa simple e insulsa, puede darse el caso en el que no hayan tomado una postura definida ante un tema porque sienten que les hace falta aprender más para poder definirse. Los que toman las banderas no tienen problemas en definirse porque basta agarrar la bandera, los valores, principios y slogans que ya están listos para usarse; los que usan su criterio propio entienden que antes de definirse necesitan debatir fuertemente dentro de su fuero interno. 

    Hasta los que toman las banderas de renegar de las categorías binarias, terminan entrando al mismo juego binario de estás conmigo o estás en mi contra. 

    Al tomar banderas, el libertario tendrá graves complicaciones para detectar las falencias de su ideología, el que toma la bandera progre tendrá problemas para darse cuenta que el conservador no es necesariamente machista o excluyente, el cristiano no terminará de darse cuenta que los ateos pueden ser buenas personas. el fan de DC se privará de una buena historia de Marvel porque ¡Es de Marvel! y el Applefan nunca llegará a la conclusión de que comprar ese Android podría no ser tan mala idea.

    Esa es la paradoja de nuestro tiempo, en un mundo donde más información que nunca se encuentra disponible para desarrollar un criterio propio, para comparar, para confrontar ideas, tenemos a una sociedad cada vez más polarizada y dividida. 

  • Duarte se salió con la suya, todos se salieron con la suya

    Duarte se salió con la suya, todos se salieron con la suya

    Duarte se salió con la suya, todos se salieron con la suya

    Javier Duarte se ha convertido casi en un mito, en una suerte de anti-héroe. Javidú se convirtió en un villano digno de un cómic de Marvel. 

    Y ello es justo, ya que Javier Duarte es uno de los gobernadores más corruptos y cínicos que ha visto nuestro país en toda su historia. Duarte es también una de las razones por las que el PRI sufrió una estrepitosa derrota que lo dejó al borde de la irrelevancia política. 

    Y como buen villano, los lectores del cómic esperarían que al final recibiera su castigo ejemplar, y así parecía que sucedería. Pero llegó el plot twist, un recurso que no es tan sorpresivo ya que suele ser muy utilizado por el afamado director que todos conocemos y que tantas «películas» ha dirigido en México.

    Ocurrió que Javier Duarte pasará muy poco tiempo en la cárcel y pagará una multa tan pequeña que no alcanza siquiera para comprar dos iPhones de los más nuevos. A Duarte, quien se declaró culpable, le dieron nueve años, de los cuales ya cumplió uno y medio (lo que significa que en 2025 estaría en la calle de nuevo) y es posible que solo sean tres ya que su defensa podrá solicitar su libertad bajo supervisión cuando cumpla la mitad de su condena. 

    En realidad, para Javier Duarte esto significa una gran inversión. Solo perderá unos pocos años de su vida y cuando salga de ahí seguirá disfrutando de parte del dinero que robó a los contribuyentes, aquel que no ha sido ni será requisado por las autoridades, aquel que alcanza para que su esposa Karime viva en unos departamentos de lujo en Londres donde la Reina Isabel es casi su vecina. 

    Vaya, seguirán mereciendo la abundancia.

    Y los agraviados no verán justicia, ni el pueblo de Veracruz ni el fotógrafo Rubén Espinosa. Javier Duarte y Karime Macías quedarán prácticamente impunes ya que el beneficio recibido de sus tropelías terminará siendo mucho mayor que el castigo. La última ya disfruta los recursos del erario y el primero tan solo pagará unos pocos años en una prisión que seguramente tendrá más lujos que las celdas comunes. 

    Al chile la presión ciudadana, al chile las meticulosas investigaciones de Animal Político y Mexicanos Contra la Corrupción que exhibieron todas las tropelías de este infame gobernador. La sentencia es un atropello para quienes lucharon para que se hiciera justicia, la sentencia es un atropello para todos los mexicanos que viven en un país donde la violencia y las desapariciones son la constante.

    Y así no solo se irá Duarte quien es, al final, al que le fue peor (y aún así le fue bien). Los políticos de este gobierno involucrados en casos de corrupción no pisarán la cárcel, no pagarán ni un centavo de multa. Rosario Robles vivirá despreocupada el resto de sus días, Ruiz Esparza también, OHL habrá terminado de hacer sus negocios redondos, el propio Peña Nieto vivirá muy tranquilo ya que el gobierno de López Obrador no hará absolutamente nada para que enfrente a la justicia. 

    Tal vez este gobierno ya se vaya, tal vez el ciudadano promedio se muestre contento con la falsa ilusión que representa la casi desaparición del PRI (como si con la mera desaparición de un partido fuera a desaparecer la corrupción y la impunidad o como si ésta solo fuera exclusiva del partido tricolor). Pero ellos vinieron a lo que vinieron, hicieron su gran negocio con el servicio público y se van con los dividendos obtenidos. Sus hijas salen presumiendo sin empacho sus portadas en el Hola y el Presidente hace un sketch con el comediante en decadencia Chumel Torres para intentar (seguramente sin éxito) que el juicio de la historia no sea tan cruel con él.

    Se salieron con la suya.

  • El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    Hay temas de los que yo no suelo opinar porque considero que no tengo todavía la sabiduría para emitir una postura categórica. El aborto es una de ellas. Si bien estoy completamente convencido de que el aborto moralmente es algo malo, es algo que yo nunca haría ni promovería (máxime cuando es producto de una responsabilidad no asumida), me parece un tema muy complejo argumentar si es algo que deba estar penalizado o no, sobre todo al partir del hecho de que no todo lo moralmente malo necesariamente debe ser prohibido por el Estado. Entonces aquí habría que traer muchas cuestiones hacia la mesa, y en ese ejercicio yo no he definido mi postura, y tal vez no termine haciéndolo desde algún tiempo. No puedo defender o atacar algo donde no tengo una postura definida, sería algo irresponsable para con mis lectores. 

    Pero sé que para definir mi postura entonces debería escuchar los argumentos de ambas partes. La mejor forma de llegar a una conclusión es escucharlas, y de acuerdo a mis convicciones y a mi criterio considerar o desestimar los argumentos que ambas posturas me puedan dar ¿no?

    Dicho esto, ejercer presión para censurar una conferencia opuesta a la postura propia es un acto de censura. La izquierda lo ha hecho. Por ejemplo, reventando conferencias como las del argentino Agustín Laje porque muchas personas no están de acuerdo con él (una cosa es que no simpatice con él y otra cosa es restringirle la libertad de expresión a la que él tiene derecho) y en ocasiones insultando a quienes tienen opiniones distintas. Pero en esta ocasión quien intentó censurar una conferencia fue la derecha. Varios conservadores ejercieron presión en redes para que esa conferencia se lleve a cabo.

    Hay que decirlo de forma categórica, eso es un acto de censura. No podemos relativizar el acto.

    Y como para mí es importante poder escuchar ambas posturas, entonces se debe garantizar que ambas partes puedan organizar libremente conferencias. La censura también es un acto de infantilización del individuo donde consideramos que éste no tiene la capacidad de deliberar por sí mismo y, por ende, debemos restringirle la información a la que puede acceder. 

    Otro argumento que he escuchado de estos mismos conservadores es que el hecho de que la conferencia tenga solamente una postura en pro del aborto es un acto intolerante. Eso es falso, porque en ese caso, lo mismo aplicaría para las conferencias que ellos llevan a cabo en pro de la vida. No en todos los foros deben estar ambas posturas, la pluralidad consiste también en que el individuo tenga acceso a las distintas opiniones.  

    Tampoco es un argumento válido argüir un sesgo ideológico de la institución, ya que en la práctica es difícil que una institución tenga una inclinación política completamente neutral ¿o acaso la UP o la UAG la tiene? Lo que sí debería garantizar una universidad por definición es la libertad de expresión de todas las voces, y también es importante que en una sociedad dada existan alternativas para las distintas formas de pensamiento de tal forma que los padres inscriban a sus hijos en la universidad que se adecue más a sus valores.

    Sí sería un problema que el ITESO no permitiera que unos estudiantes contra el aborto hicieran su conferencia. También lo sería que los estudiantes intentaran reventar dicha conferencia porque no quieren que opiniones distintas a la suya se escuchen. Y sí, yo sé que en varias instituciones universitarias en distintos lados del mundo eso ha ocurrido. Pero así como he criticado a la izquierda anteriormente, en estos artículos hago lo propio con los conservadores por replicar los mismos actos de censura que en otras ocasiones ha llevado a cabo la izquierda.

    Creo que ambas posturas merecen ser escuchadas. Creo también que un acto de censura en una sociedad tan interconectada como la nuestra es algo muy contraproducente, sobre todo porque solo termina amplificando el mensaje de aquello que se quiere censurar. 

  • ¿Por qué las jerarquías son necesarias?

    ¿Por qué las jerarquías son necesarias?

    Desde que la especie humana aprendió a socializar (básicamente desde el inicio de su existencia) las jerarquías se han manifestado. El líder de la tribu siempre estuvo en una jerarquía superior a la de los demás, el filósofo estuvo en una jerarquía superior a la del alumno, el del gobernante al del gobernado, el de quien es más inteligente o más hábil sobre el que es menos hábil. Esas jerarquías nos han servido como un marco de organización y referencia para que la civilización pueda ser tal.

    En una época donde la deconstrucción del lenguaje y el cuestionamiento del orden social se han vuelto una característica constante, el argumento de la inutilidad de las jerarquías ha resonado una y otra vez. Quienes argumentan ello afirman que detrás de una jerarquía siempre hay un ejercicio de dominación de una sobre otra, o que dicha jerarquía reduce la libertad del individuo; aunque en realidad, cuando la jerarquía es justa y no implica sometimiento, más bien la amplía. 

    Sí, las jerarquías se han llegado a usar como pretexto para la dominación, pero las jerarquías no son intrínsicamente opresivas. Las jerarquías naturales están muy lejos de ello.

    Una jerarquía tampoco implica sometimiento, sino el reconocimiento de en que dado ámbito, una persona está en un nivel superior de la otra y, como consecuencia, la comprensión de los roles que existen dentro de esa jerarquía: el padre está en una jerarquía superior del hijo, el médico está en una jerarquía superior del paciente, y también el maestro del alumno. 

    Voy a poner un ejemplo para comprender su utilidad. Imagina que enfermas, no sabes qué enfermedad tienes y estás muy preocupado. ¿A quién vas a recurrir? Seguramente vas a ir con el médico porque, al ser la medicina su especialidad, él va a saber más que tú. Esa jerarquía, donde el médico por lo general sabe más que el paciente, fue la primera referencia que tuviste para ir a buscar a alguien que te auxiliara con tu enfermedad. A menos que también seas médico o que por alguna razón tengas un conocimiento excepcional de la medicina, tú sólo tienes dos referencias para buscar a alguien que cure tu enfermedad: al médico como tal y su reputación como médico. El médico no te está sometiendo, sin embargo, como sabes que el sabe más que tú, le tienes un respeto como médico y sigues sus indicaciones. 

    Lo mismo pasa con la relación entre un maestro y un alumno. Al reconocer esa jerarquía, se reconoce que, por lo general, el maestro sabe más, lo cual motiva al alumno a escucharle y aprender (lo cual no significa que no pueda hacer cuestionamientos). Tal vez, al final del curso, la jerarquía haya perdido su utilidad ya que el maestro logró que su alumno aprendiera lo que él sabe, pero para que eso sucediera era necesario el reconocimiento de la jerarquía. 

    De la misma forma, cuando vas a un curso de manejo, sabes que el instructor sabe más que tú y por ello tú decides escuchar sus indicaciones. Igualmente, el padre está en una jerarquía superior que el hijo, o incluso el jardinero se encuentra como tal en una jerarquía superior del dueño o dueña de la casa que quiere saber cómo tratar su jardín y sus plantas. El dueño, a pesar estar en una jerarquía económica superior, se coloca en una jerarquía inferior en cuanto al ámbito de la jardinería. El dueño, como no sabe sobre el tema, decide pedir consejo y escuchar. 

    Al reconocer la existencia de las jerarquías estamos reconociendo que los seres humanos, aunque igualmente valiosos, no estamos en las mismas condiciones ni tenemos las mismas habilidades. Unas personas son más inteligentes que otras, otras son más aptas en el deporte que otras, otras saben más que otras. Debido a esta diversidad, es que los seres humanos nos organizamos para que, como organismo colectivo, funcionemos mejor y así logremos satisfacer de mejor forma las libertades individuales.

    Para que una jerarquía funcione es indispensable reconocer que no es un orden moral. Una persona que esté en una jerarquía superior a la tuya no es moralmente superior a ti, una jerarquía no puede nunca implicar dominación y ambas partes deben beneficiarse de ella, un policía tiene una jerarquía superior al ciudadano, pero el ciudadano también se beneficia de ella en tanto la presencia de policías crea un entorno más seguro para él. 

    Pero lo más importante es que un individuo solo puede tener privilegios relacionados a su propia jerarquía y no en otras, ya que ello termina corrompiendo el orden social. Por ejemplo, un gran empresario se encuentra en una jerarquía superior a alguien que no lo es. El empresario, por sus actividades empresariales, tiene derecho al privilegio de ser rico en tanto sea producto de su rol como empresario. Pero el empresario no debería poder, por un decir, comprar la justicia o poder político (ya que la justicia y la política son jerarquías diferentes). 

    Las jerarquías no son malas ni opresivas, son una condición natural de nuestra especie (y de las especies animales). Sin jerarquías habría sido imposible la civilización y posiblemente nuestra especie se hubiera extinguido. El reconocimiento mutuo de nosotros mismos, como individuos que tenemos el mismo valor en tanto seres humanos, pero que somos diversos en cuanto a nuestras capacidades, habilidades, creencias y formas de pensar, las hace imprescindibles. 

  • Y López Obrador bajó del altar

    Y López Obrador bajó del altar

    Y López Obrador bajó del altar

    Dicen que para ser político algo hay que tener de cabrón. Y es que dentro de la política se busca el poder así como una empresa privada busca ingresos económicos.

    Y buscar el poder no es algo necesariamente malo. De hecho, la búsqueda del poder es lo que hace que el cuerpo político de una nación funcione. La cuestión no es que lo busquen, sino para qué lo buscan.

    Incluso los políticos honrados deben de tener un tanto de cabronería, necesitan saber negociar, crear consensos, buscar alianzas, jugar con los hilos del poder para poder ejercerlo con mayor cabalidad. Incluso esos políticos honrados, de eso que decimos hay pocos, necesitan aspirar a acaparar poder y saber jugar con sus circunstancias para poder obrar en favor de sus gobernados.

    Cierta cabronería es necesaria para poder desempeñarse bien. Dentro de la política, quien es timorato, quien trata de quedar bien con todo mundo y trata de ser amigo de todos, termina tarde que temprano absorbido y expulsado de ese cuerpo político. Es el astuto, el que sabe calcular bien, el que sabe olfatear muy bien el contexto en el que se encuentra, el que logra sobreponerse. 

    Al final, los políticos son seres humanos comunes y corrientes, no son especímenes especiales, son simples mortales que se comportan de acuerdo al contexto en el que se encuentran insertos. Y como los seres humanos somos imperfectos, no hay nada que garantice que siendo nosotros políticos seamos incorruptibles. Como se trata de un juego de poder, los incentivos para la corrupción son altos. Se necesita mucho tesón para lograr jugar al juego y al mismo tiempo mantener sus principios en pie. En realidad, ese tesón muy pocos lo tienen.

    En la política casi no hay héroes, y de los pocos que hay, la mayoría son productos de la mitología que ha creado la historia oficial o alguna corriente política, y entonces nos quedan poquísimos si es que queda alguno. Hay otros que hacen relativamente bien su trabajo, que no se dejan corromper pero entienden el juego. Muchas veces la población se comporta de forma ingrata con ellos porque no hay una narrativa heroica detrás de ellos, sino simplemente un desempeño eficiente, o porque dentro de su eficiencia como servidores públicos tuvieron que tomar decisiones poco populares, y como las decisiones de los políticos eficientes tienen implicaciones a largo plazo, entonces se corre el riesgo de que el pueblo no les reconozca siquiera el trabajo que se hizo. A ese político eficiente se le recuerda muchas veces como un político gris o hasta pragmático, porque está más enfocado en la técnica y en los fines que en el discurso de masas. 

    El heroísmo político tiene que ver más con los discursos y las narrativas que con la medición de los resultados de las políticas públicas. En este sentido, tanto los simpatizantes de López Obrador como sus detractores suelen equivocarse en sus juicios. ¿Por qué?

    Porque ambos juzgan a López Obrador como si se tratara de una entidad que se mantiene externa a la dinámica de la política. Por ejemplo, los detractores se le van encima a AMLO por su alianza con el Partido Verde para obtener mayoría en el Congreso. Ciertamente, la decisión puede ser criticable (más por el discurso impoluto que manejó AMLO durante tantos años que por otra cosa), pero siendo la opción que MORENA tenía para ganar mayoría, sería absurdo pensar que alguna fuerza política fuera a rechazar un pacto así que le diera una mayor cantidad de poder. Así como el PRI lo ha hecho también, seguramente lo hubiesen hecho los panistas o MC. 

    Los simpatizantes cometen el mismo error al pensar que el discurso va a empatar con la realidad pasando por alto las contradicciones del Presidente Electo producto del manejo un discurso que siempre se mantuvo fuera de la realidad. La narrativa idílica pesa tanto y quieren seguirla manteniendo porque ella es la que les genera el sentimiento de esperanza que se niegan a ver las contradicciones entre el discurso y la realidad. Se niegan a ver que AMLO es, al final, un político acostumbrado a jugar con los hilos del poder, aunque reniegue de ellos en el discurso. 

    Al final, el beneficio o perjuicio que sea AMLO para México no será producto de sus narrativas ni sus discursos sino de los resultados (aunque algunos de quienes han sido ya hipnotizados por dichos discursos podrán ejercer cierto sesgo sobre su interpretación de dichos resultados). Las narrativas sirven mucho para movilizar y convocar, pero no sirven tanto para gobernar. Parece que incluso el propio López Obrador apenas se ha dado cuenta de eso y se ha desdicho de varias de sus propuestas al conocer, desde adentro, las condiciones en las que va a gobernar. 

    ¿Será AMLO un buen presidente? Posiblemente eso lo sabremos hasta terminar su gestión o incluso hasta algunos años después. Aunque, con toda seguridad, tanto sus detractores como sus simpatizantes, ya habrán hecho un juicio categórico de su gobierno.