Autor: Cerebro

  • An4Ti-intelectualismo

    An4Ti-intelectualismo

    An4Ti-intelectualismo

    ¿Por qué existen especialistas? ¿Por qué algunos pocos saben mucho sobre algo que no sabe la mayoría?

    Resulta que los individuos no podemos ser buenos para todo, ni saber todo ni tener todas las habilidades; por tanto, deberán existir médicos, ingenieros, arquitectos, economistas y lo natural es que haya una élite de cada uno de ellos en cada sociedad en la que se encuentren los especialistas con mayor capacidad y reputación que, de alguna manera, ejercerán influencia sobre los demás.

    Por eso, quien ose buscar el empoderamiento del pueblo esperando que ellos realicen las actividades que llevan a cabo los especialistas solo empobrecerá más dicho pueblo.

    ¡Que la gente construya sus casas! Pero luego vendrá un sismo y las derrumbará porque resulta que no eran arquitectos y que los conocimientos que puedan tener sobre construcción son muy rudimentarios. ¿O acaso no queremos recordar 2017?

    ¡Que la gente haga sus caminos! Pero vendrá una inundación y los dejará incomunicados porque, debido a su falta de conocimiento sobre técnicas avanzadas de construcción e ingeniería, los caminos que construyan no estarán lo suficientemente preparados.

    ¡Que sea la gente la que se atienda sus enfermedades con la «sabiduría ancestral»! Pero luego vendrá cualquier influenza tratable y les arrebatará la vida porque la medicina moderna es mucho más efectiva.

    Con un recelo a todo lo que signifique o parezca una élite (porque siempre serán menos los doctores que quienes no lo son, o siempre serán menos los médicos que quienes no lo son), la postura de López Obrador hacia la ciencia es de profundo desprecio y ello es preocupante. No es el único caso: muchos líderes demagogos coinciden, en mayor o menor medida, en su aversión al intelectualismo. Ahí tenemos a los Trump, a los Bolsonaro, y las consecuencias que sus posturas han tenido hacia la pandemia son evidentes.

    Una presidente sensato procurará que la gente «de abajo» pueda adquirir educación de calidad para que puedan aspirar a formar parte de una élite (científica, técnica) y no destruir o menguar a las élites para ponerlas al nivel de las mayorías. Como he expresado en este espacio, las élites son inevitables e incluso son deseables. y un gobierno que dice gobernar para los de abajo debería más bien estar preocupado porque ellos tengan acceso a oportunidades y una educación digna de tal forma que puedan aspirar a formar parte de esas élites.

    La postura de López Obrador, la de despreciar el conocimiento científico por su carácter «elitista» sustituyéndolo por soluciones más intuitivas y cotidianas, es una apuesta por la pobreza.

  • ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    ¿A qué normalidad vamos a regresar?

    Las autoridades nos hablan de «regresar a la normalidad».

    Aunque es posible que haya una segunda ola de contagios, lo cierto es que en muchos países ya se ha logrado contener la curva. Incluso, en el caso de México, la curva, que ciertamente no se ha aplanado, pero que no parece crecer de forma tan virulenta y que tiene una economía algo precarizada que no aguantaría más días de cuarentena, ya hay planes de reapertura. Todo esto nos ha llevado a comenzar a hablar de «regresar a la normalidad», de ir reduciendo por etapas las medidas de confinamiento (que, no sobra decirlo, no han sido muy bien llevadas a cabo por la población).

    Pero hablar de «regresar a la normalidad» es engañoso.

    Primero, ¿qué es lo normal? Esta palabra tiene muchas connotaciones y, en muchos casos, se utiliza para justificar ideas o doctrinas. Se cree que lo normal es lo natural o lo deseable (en realidad algo normal puede ser indeseable y normal no es de ninguna forma sinónimo de natural), pero en sentido estricto su significado tiene que ver con la norma: el evento que se repite un mayor número de veces y/o de forma periódica es lo normal.

    Lo normal es lo previsible, lo que puedo prever que va a pasar y, en efecto, comúnmente pasa. Lo anormal es lo que ocurre rara vez, lo que es imprevisible y lo que no contemplo al punto que me llega de sorpresa y no sé cómo tratarlo. Por ello es que lo normal nos es cotidiano y familiar mientras que a lo anormal lo percibimos con suspicacias y algo de temor porque representa lo diferente y lo extraño.

    Antes de la pandemia, casi todos los días teníamos una rutina en la cual podíamos salir a la calle sin ninguna preocupación relacionada con la salud. Ello era la normalidad, incluso aquello que interrumpía la cotidianeidad lo considerábamos como normal: si me enfermo de gripa tengo que quedarme en mi casa, pero es normal que me enferme de gripa de vez en cuando, o es normal que algún que otro día del año llueva a cántaros y sea mejor quedarme en mi casa.

    Pero una cuarentena no es normal ni previsible. Si bien no es la primera cuarentena producto de una pandemia que ha vivido nuestra especie, lo cierto es que las pandemias de este tipo (en el entendido de que el SIDA no requirió de una cuarentena) ocurren de forma tan esporádica y en un contexto temporal tan diferente que no pensamos siquiera que van a llegar a irrumpir en nuestro día a dia.

    Entramos así en una etapa de anormalidad, donde hemos tenido que modificar temporalmente nuestros hábitos para podernos adaptar a esta contingencia sanitaria. Nuestras vidas hoy son, en cierta medida, anormales (más para unos que para otros, pero nadie escapa de lo anormal), y como se trata de una anormalidad que no es previsible y porque sería mucho más anormal pensar en que dicha anormalidad se va a normalizar debido a que las cuarentenas terminan en algún momento (no es que vayamos a durar varios años encerrados en nuestras casas), entonces nos aferramos a la idea de que la anormalidad se va a ir y «regresaremos a la normalidad».

    Pero ese regresar es equivocado, tendríamos que hablar de una nueva normalidad que no será idéntica a la otra. Esa normalidad a la que algunos quieren regresar simplemente ya se fue.

    Como el virus no se va a ir de la noche a la mañana, no vamos a regresar a las calles como si nada; de hecho, temo que vamos a regresar a una anormalidad más matizada, una donde algunas características de la anormalidad actual van a convivir con otros de la normalidad anterior en conjunto con algunas otras nuevas y exclusivas de esta etapa que está próxima.

    Vamos a tener que volver a salir a las calles con hábitos lo suficientemente distintos para poder coexistir con el Covid-19. Vamos a salir con cubrebocas, vamos a tener que evitar abrazarnos o saludarnos de mano y usaremos gel antibacterial a la hora de entrar a cualquier recinto. Vamos a salir en medio de una crisis económica, en un entorno donde muchos procesos tecnológicos y políticos se han acelerado producto de la pandemia misma.

    Incluso, cuando la pandemia termine, no habremos de regresar a una normalidad, sino que viviremos una nueva que no va a ser exactamente igual a la anterior. Algunos hábitos cambiarán para siempre, la vida no será la misma incluso con el virus controlado o eliminado. Si varios de nuestros hábitos de higiene surgieron a causa de otras pandemias o crisis sanitarias y perviven con nosotros, es posible que lo mismo ocurra en el futuro.

    Y esto sin contar algo de lo que se habla cada vez más, una hipotética segunda ola de contagios que nos obligará a readaptarnos y posiblemente creé una nueva anormalidad que ni siquiera será igual a la anormalidad actual, ya que nos parecerá más «anormal» debido a que nos hemos acostumbrado un poco a la anormalidad que hoy estamos viviendo.

  • Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Objetivamente, en un mundo donde la economía de mercado es preponderante, hemos visto cómo la pobreza extrema se ha reducido y cómo muchos indicadores, a pesar de todo lo que se dice, han mejorado a nivel global.

    Luego uno se pregunta ¿por qué es que la economía de mercado, que ha traído tanta riqueza en los últimos dos siglos, tiene muchos detractores?

    Me parece que ello tiene que ver con el fenómeno de la desigualdad, pero no solo con el fenómeno de la desigualdad en sí, sino con la forma en que las economías de mercado, por su naturaleza, ayudan a fortalecer esta narrativa.

    A que no puedes comer solo una

    Hay que comenzar diciendo que las economías de mercado tienen como base el consumo. Ya que se trata del libre intercambio de bienes y servicios, lo cual a su vez estimula la competencia, crear una sociedad que consuma lo más posible se vuelve un escenario óptimo para que los agentes maximicen sus ingresos: una persona que quiera consumir tiene que generar riqueza, y dicha riqueza tiene como fin último (directo o indirecto) el consumo de productos o servicios, así todos están motivados a producir. El sistema se retroalimenta a sí mismo y en parte ello explica su éxito sobre otros sistemas económicos.

    La cuarentena ha dejado en claro esta necesidad implícita en el sistema económico: hemos dejado de consumir y ese hecho nos está metiendo en una crisis económica que ha frustrado a muchos.

    Pero las dinámicas del sistema no solo explican los fenómenos económicos propios de éste, también explica los fenómenos sociales. Parte del ethos social termina orientándose al consumo y, de la misma forma, lo hace la misma escala de valores y aspiraciones del individuo. Muchas de las expectativas del individuo están fuertemente afectadas por la dinámica de consumo. ¿Qué carro voy a comprar? ¿Qué seguro voy a adquirir? ¿Qué ropa voy a vestir para verme ad hoc con los círculos sociales a los que quiero pertenecer? ¿Con qué productos puedo tener un mayor status social? ¿Cómo me voy a sentir si no logro el nivel de vida que mis padres me dieron?

    La valía del individuo también se ve, en mayor o menor medida, afectada por la capacidad de consumo, la riqueza y el acaparamiento de bienes. Aquél que triunfa económicamente es más respetado que quien no lo hace. Ya no solo es que consuma, sino que, a partir de la acumulación de bienes y del éxito profesional, el individuo se autorrealiza, se convierte en alguien.

    Escalar en la pirámide social está estrechamente ligada con la capacidad económica del individuo. Básicamente, si el individuo quiere autorrealizarse y quiere sentirse aceptado en sociedad, difícilmente podrá desligarse de la dinámica de consumo.

    Ello explica por qué los cárteles pueden engrosar fácilmente sus filas de jóvenes quienes prefieren vivir en riesgo a cambio de que su estatus social (determinado por lo económico) aumente, el componente aspiracional queda bien ejemplificado aquí.

    La dinámica de consumo y las expectativas que ésta misma genera se convierten en un artilugio poderoso del que nadie escapa, ni siquiera muchos de sus detractores tienen la voluntad de separarse de ella.

    Incluso voy más allá: el individuo necesita consumir para poder ascender de clase social (consume educación, cursos e incluso vestimenta para ir a una entrevista y para poder aspirar a tener un mejor ingreso o mejor educación) a la vez que produce riqueza (material o intelectual) que, como dije, tiene como fin último que sea consumida por alguien más. Es decir, el individuo consume y produce riqueza para que otros consuman con el fin de que él pueda consumir más.

    Todos somos desiguales, pero unos somos más desiguales que otros

    Y entonces, como las necesidades más íntimas del individuo se ligan con el consumo, la desigualdad puede volverse un problema. No solo se trata de tener mis necesidades básicas como comida o un techo satisfechas, se trata de cómo estoy yo en relación con los demás y el entorno y qué dice eso de mí. Si los demás han triunfado y yo no, entonce creeré que soy una persona de poca valía. Si, en cambio, yo triunfo y me va mejor que a los demás, voy a sentirme satisfecho conmigo mismo.

    Muchos de los jóvenes que entraron a las filas del narco no vivían necesariamente en una pobreza severa, pero basta con saber que pueden tener carros o mujeres (como objetos de consumo) sin necesidad de tanto esfuerzo: no solo querían consumir, querían ser alguien y, a través de esos objetos de consumo, mostrar su status.

    Así, la riqueza o la pobreza se vuelve un problema de relaciones, es decir, aunque se le pueda medir en números absolutos, en el día a día el individuo percibe su capacidad económica como relativa hacia alguien más. Una persona de clase media alta puede indignarse o sentir envidia con todo el dinero que acumulan los más ricos pero no repara que se encuentra dentro del 10% más privilegiado del país y puede aún así sentir que su situación actual no es suficiente y tal vez hasta injusta.

    Y evidentemente cuando la desigualdad no es producto del mérito sino de problemas estructurales la frustración es mayor. ¿Por qué yo, que me maté tanto estudiando y trabajando, solo he podido aspirar a un salario mediocre mientras que mi vecino, que tiene influencias y conexiones y que no es muy brillante o dedicado, tiene una «vida más plena»? Si yo no puedo tener movilidad social a pesar de mi esfuerzo entonces el problema será culpa de alguien más: «el gobierno, los poderosos, los grandes empresarios y un largo etc».

    Entonces, debido a que 1) las economías del mercado crean sociedades basadas en el consumo y 2) que la percepción individual de la riqueza o la pobreza es relacional, ocurre que el discurso sobre la desigualdad siempre estará ahí, latente o manifiesta. No es tan simple como convencer a todos que se trata del crecimiento y que hay menos pobres, basta con tener gente que se frustre en su día a día porque gana menos que otros y no puede cumplir sus expectativas (así como la que la sociedad ejerce) porque los otros tienen más y les va mejor para que adopten ese discurso. Por ello incluso en países prósperos como Chile existen manifestaciones de descontento, con todo y que el PIB ha crecido mucho e incluso que la misma desigualdad se ha reducido un poco (basta con que siga siendo alta y que el estudiante vea que no pueda satisfacer sus expectativas porque no le alcanza mientras que otros sí pueden).

    Es ingenuo pensar que va a desaparecer ese discurso, que basta con que la gente «aprenda economía» porque las pulsiones ahí seguirán en tanto exista una economía orientada al consumo y una sociedad relativamente desigual.

    Pero, paradójicamente, es ingenuo pensar que será posible (e incluso conveniente) acabar con la desigualdad. En realidad una sociedad solo puede aspirar a mantenerla en niveles razonables ya que la cultura de la hipercompetencia tiene como fundamento el «desigualarse de los demás»: el «yo quiero que mi empresa sea líder del ramo», «yo quiero triunfar y mostrarme de qué estoy hecho».

    Y de aquí surge una paradoja, ya que en muchos casos, los clamores en contra de la desigualdad se fundamentan en la necesidad del individuo de desigualarse: «yo quiero condiciones iguales para todos para que con mi esfuerzo pueda sobresalir»; pero si se le pone atención, esto no es tan contradictorio como parece, porque tenemos que hacer una distinción entre las distintas desigualdades.

    Las desigualdades

    Si admitimos que la desigualdad nunca podrá erradicarse por completo ya que ello implicaría atentar contra la libertad de las personas y si admitimos que no podemos hablar de una desigualdad sino de varias, entonces no todas dichas desigualdades tendrían por qué ser malas. Si yo decido sacrificar tiempo para ganar dinero mientras que el vecino prefiere ganar un poco menos para tener tiempo libre se crea una desigualdad de ingresos entre ambos, y sin embargo ello no es malo. Tampoco deberían ser vistas como malas aquellas que tienen relación con el mérito y el esfuerzo. Si la desigualdad fuera meramente meritocrática, basta con que quien se sienta poco satisfecho con su situación decida esforzarse más: «mi vecino es más rico porque se ha esforzado más y ello me frustra, entonces si me siento poco satisfecho trataré de emularlo».

    Pero, por lo general, cuando se habla de desigualdad no se piensa tanto en el mérito ni en las decisiones voluntarias sino en una condición que se asume o interpreta como injusta ya que una persona que emplea el mismo esfuerzo o talento que otra no llega al mismo destino por diversos factores que van desde aquellos cuya condición de injusticia puede ser cuestionable o debatible como haber nacido en tal o cual familia (por ejemplo, que los padres de un individuo se hayan esforzado más que los otros), las habilidades o talentos que una persona pueda tener e incluso el factor suerte (haber estado en el momento y lugar correcto) hasta otros donde dicha condición es más clara y que tienen que ver con ventajas o desventajas que rompen con cualquier sentido de equidad como tener preferencias ante la ley, obtener beneficios por tener una relación cercana con el gobierno, no tener oportunidades mínimas (como educación o alimentación) o incluso la discriminación por raza, clase o sexismo.

    Dicho esto, parece que aquello que genera resentimiento y escozor no necesariamente es la desigualdad en sí, sino un sentimiento de inequidad que se expresa de forma distinta en las distintas desigualdades. También es posible percatarse, en algunos casos, un sentimiento de pérdida o de «quedarse abajo» que pueden reflejarse en las desigualdades meritocráticas o que pueden combinarse en conjunto con desigualdades estructurales.

    La desigualdad mató al gato

    La izquierda (en especial la de América Latina), que es la que suele enarbolar este discurso, también suele errar mucho en los diagnósticos y cree que basta con conceptualizar la desigualdad como solo una cosa, o bien, cree que es necesario crear un discurso de conflicto de clases que solo puede subsanarse mediante una igualdad casi absoluta (ya hemos visto en qué han terminado esos experimentos). Pero reducir la desigualdad no es tan sencillo como parece porque, al hablar de una desigualdad, solamente está «atacando» la desigualdad como efecto sin atender las causas. También se erra cuando subestima el crecimiento económico en aras de atender la desigualdad (como ha ocurrido en algunos países de Sudamérica), todo porque en el tránsito eliminan los incentivos para crear riqueza.

    Cuando se habla de combatir la desigualdad, la solución más inmediata es esperar que un agente (casi siempre el gobierno) se encargue de esa tarea. El gobierno es el agente que estaría por fuera (aunque no completamente) de la dinámica de consumo y puede intervenir en ella. El problema es que su intervención en muchas ocasiones resulta contraproducente, sobre todo si se le otorga poder excesivo o facultades excesivas para llevar a cabo esa tarea. Basta ver a todos los regímenes socialistas donde la condición de desigualdad no se elimina, sino que se transfiere de una condición de desigualdad entre gobernados a otra entre gobernantes y gobernados donde los gobernantes son también la élite económica y los gobernados tienen que conformarse con una vida apenas un poco por encima de la pobreza y de la cual no pueden escapar.

    También suele ser contraproducente cuando, como suele ocurrir, se asume erróneamente que la economía de mercado es un juego de suma cero donde para que uno gane otro tiene que perder. Se ignora de forma franca el valor que la dinámica de mercado genera y así poco hacen para reducir la desigualdad y sí mucho para frenar el crecimiento económico.

    Pero, a pesar de los errores cometidos una y otra vez en aras de combatir el problema de la desigualdad, el discurso que habla de la necesidad de combatirlo sigue ahí y difícilmente cesará, alimentado y fomentado por el capitalismo mismo que convierte al entorno en una dinámica de consumo.

    ¿Qué hacer?

    Evidente es que una condición a priori y necesaria para procurar una sociedad equitativa es la construcción de un entramado institucional sólido y justo, donde nadie tenga preferencia ante la ley. Otra necesidad es garantizar un piso mínimo, mediante el cual todos los individuos reciban una educación y servicios de salud suficientemente dignos de tal forma que tengan herramientas para salir adelante y salir de la trampa de la pobreza. Parte de la desigualdad que acaece en los países de América Latina se explica porque estas dos condiciones han fallado, producto en gran medida por Estados débiles.

    Pero habría que replantearse otras cosas que tal vez no han sido puestas sobre la mesa. Si la dinámica del mercado y esta necesidad de ligar nuestra existencia al consumo y la posición acrecientan el resentimiento y la frustración generada por la desigualdad, ¿podría tratar de procurar una cultura donde la existencia del individuo esté menos determinado por el consumo y la acaparación de bienes?

    Sería un absurdo combatir la desigualdad meritocrática (aquella producto del mérito, talento, o decisión propia) ya que ello implica necesariamente la restricción de libertades. Pero si la ambición y las expectativas económicas incumplidas nos genera frustración (en un sentido schopenhaueriano) ¿no podríamos buscar alternativas para la autotrascendencia y que vayan más de acuerdo a nuestras capacidades? Se me vienen a la cabeza aquellas relacionadas con el intelecto, la espiritualidad (religiosa o no religiosa), o tal vez hasta cultivar cierto estoicismo de tal forma que un individuo pueda encontrar la felicidad sin depender de las aspiraciones de consumo.

    En los países que presumen un mejor nivel de vida, esta cultura del consumo, si bien todavía imperante, ha sido relativamente atenuada. Pareciera ser que, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo y nivel de vida, la ambición por el dinero y los bienes pareciera ya no ser tan importante y el individuo preferirá orientar sus deseos de autorrealización a otros ámbitos. Sin embargo, me parece muy complicado que un escenario así pueda establecerse en países en desarrollo donde el deseo (muchas veces frustrado) es crecer y acabar con la pobreza.

    Conclusión

    Dicho todo esto, creo que nos veremos en la necesidad de tratar de analizar las desigualdades (y no la desigualdad como una sola) desde varias perspectivas. Tendremos que separar aquello que es del mérito y la voluntad de aquello que es injusto o que restringe la libertad del individuo para salir adelante por voluntad propia al prohibirle adquirir las habilidades necesarias (libertad positiva).

    Tendremos que aceptar que la desigualdad es una condición inherente a la especie humana, que al componerse de individuos heterogéneos, ello se traducirá en riqueza e ingresos heterogéneos. Lo que sí podemos es crear sociedades donde exista una condición de equidad garantizada por las leyes y su buena ejecución y donde haya un piso mínimo (que tiene que ver con educación de calidad, salud y demás servicios otorgados por un sistema de seguridad social) para que los individuos puedan desarrollar sus proyectos de vida. Evidentemente, bastaría cumplir con estas condiciones para que en los países latinoamericanos veamos reducidos los niveles de desigualdad de forma considerable.

  • La tontería del golpe contra AMLO

    La tontería del golpe contra AMLO

    La tontería del golpe contra AMLO

    Por las redes circulan voces que buscan remover a AMLO del poder. Algunos líderes de dudosa reputación como Gilberto Lozano, empresarios como Pedro Luis Martín Bringas de Soriana o el periodista venido a menos Pedro Ferriz de Con, están promoviendo una iniciativa llamada FRENAAA (Frente Nacional Anti AMLO) para removerlo de la silla presidencial antes del primero de diciembre.

    Pero esa postura es un absurdo redondo y están equivocados.

    Voy a decir algo que tal vez moleste a más de uno pero que es la verdad (y conste que las críticas hacia el gobierno de López Obrador desde este espacio no han sido escasas):

    Podemos pensar muchas cosas de López Obrador, pero él fue elegido democráticamente por una mayoría absoluta (más del 50% de quienes fueron a votar) y el mandato ciudadano debe ser respetado. Él es tu presidente y él te representa formalmente (aunque no te represente ideológicamente y no represente tus intereses).

    Dicho esto, la forma de arrebatarle el poder debe ser por medio de la vía democrática e institucional.

    Es más, no es lo mismo siquiera «pedir a AMLO que renuncie» a buscar removerlo activamente. Llevar a cabo una marcha pidiendo a AMLO que renuncie es válido. No lo es tratar de forma activa, por fuera de la vía institucional, remover a un presidente.

    Peor aún, estos grupos quienes, por cierto, no es que tengan mucho poder político, están gastando su energía en una iniciativa que difícilmente prosperará. Primero, porque los peces gordos de la IP (véanse Carlos Slim, Ricardo Salinas Pliego, Bailleres, Larrea y demás) están recibiendo contratos de este gobierno. Segundo, porque si algo ha sabido hacer AMLO es mantener una buena relación con Estados Unidos (aunque ello implique sometimiento) y sin el aval del país vecino será más difícil que todo esto ocurra.

    En vez de ello, estos grupos deberían estar pensando en formar un bloque opositor que amalgame a todos aquellos que están poco conformes con este gobierno (y que no son pocos) rumbo al 2021 y tratar de ganar mayor representatividad en las cámaras. En realidad no lo están haciendo, no tienen siquiera algo parecido a una agenda como sí lo han tratado de hacer otras entidades.

    Estos grupos deberían estar gastando sus energías en defender al INE y las instituciones que podrían verse comprometidas en este régimen, pero no lo están haciendo. Deberían estar preocupados por construir un mejor país y no solo oponerse por oponerse.

    Este tipo de iniciativas no solo son criticables ya que ello implica violar el mandato ciudadano lo cual es, a todas luces, antidemocrático, sino porque el hecho de remover a AMLO no implica de ninguna forma regresar al estado de cosas anterior (que ya de por sí era criticable). Como si fuera tan sencillo.

    Suponiendo que quisieran regresar a un estado de cosas anterior (digamos, algo parecido a los gobiernos del PAN o de Peña) porque en la práctica no es tan común que se «regrese» a una democracia de esa forma (y tomando en cuenta que al día de hoy, México es un país democrático, aunque sea una democracia muy imperfecta), las instituciones en automático perderían legitimidad, con todo lo que ello implica. ¿Cómo confiar en ellas si se puede remover por fuera de las instituciones a un presidente que no guste a un sector de la sociedad? De entrada, algo así generaría un fuerte descontento social que pondría en tela de juicio la legitimidad del presidente que reemplace a López Obrador y podría provocar una situación de inestabilidad que podría ser peligrosa.

    No solo eso, una iniciativa así puede salir mal. Es cierto que la iniciativa es ambigua y no va más allá de decir que quieren quitar a AMLO (sugieren de entrada una revocación de mandato, pero no existen las condiciones legales para impulsarla a menos de que sea el propio AMLO el que lo haga, por lo que entonces es posible que terminen planteándose otras vías), pero si la iniciativa saliera mal entonces las cosas podrían terminar peor: ahí tienen el ejemplo de Hugo Chávez en Venezuela, a quien trataron de remover por medio de un golpe fallido que no hizo más que legitimar a su gobierno y deslegitimar a una oposición que, a varios años de distancia y en una nación en condiciones deplorables, apenas parece tomar forma.

    Incluso un discurso así podría terminar fortaleciendo el propio discurso de López Obrador quien se comenzó a refugiar en el discurso del «golpe de Estado» para así descalificar la oposición. Estos opositores le estarían dando la razón y AMLO entonces trataría de meter a toda la oposición dentro del mismo costal: «la oposición es golpista», dirá.

    Si queremos construir un mejor México (en dado caso de que ese fuera realmente su deseo) habría que hacerlo desde la inteligencia, desde el amor al país, y no desde la visceralidad y el poco control de las emociones. En efecto, muchas de sus preocupaciones en materia económica son legítimas, pero es por la vía institucional por la cual se deben resolver los conflictos.

    López Obrador no está en el poder gracias a un fraude o una imposición, sino por la voluntad ciudadana que debe respetarse. Un golpe, a la larga, podría tener más consecuencias negativas para el país que las que muchos vislumbran con este gobierno.

    Recuerden que por más mal esté la situación, siempre puede estar peor.

  • No culpes a la Netflix

    No culpes a la Netflix

    No culpes a la Netflix

    He escuchado a personas criticar a Netflix porque les subieron el IVA.

    Pero no es Netflix quien «te lo subió», fue el gobierno. El IVA se grava al consumidor, es decir, tú lo pagas, no Netflix. Netflix lo recibe, lo declara y lo paga al gobierno, pero no lo paga de sus ingresos, sino de los tuyos.

    Dicen que entonces Netflix debería de compadecerse porque vamos a pagar más, pero en realidad está absorbiendo parte del incremento en el plan básico. Como no puede absorber el IVA directamente porque ese lo pagas tú, lo que hacen es bajar la tarifa para que con el impuesto el incremento al consumidor sea menor.

    Por ejemplo, el plan básico costaba $129 pesos. Con el IVA tendría que costar $150 aprox. Pero en realidad va a costar $139. Netflix está absorbiendo parte del costo. Y algo así va a pasar con Uber y demás servicios digitales ¿Por qué?

    No soy economista, pero lo explicaré con lo poco que sé y recuerdo de microeconomía.

    Resulta que las empresas siempre buscan un punto óptimo al establecer los precios. Si son muy caros disminuye la demanda, si son muy baratos obtienen una utilidad baja por cada unidad vendida al punto en que ya no es rentable el negocio (porque la utilidad es solo una fracción menor del precio final, donde se incluye también todos los costes de producción).

    Entonces tienen que encontrar un punto óptimo donde vendan más unidades con la mejor utilidad posible: el punto óptimo es aquél que les permite obtener las mayores ganancias posibles. Si entra un competidor, los precios suelen bajar ya que la entrada de la competencia modificó ese punto óptimo. También es cierto que el punto óptimo no es lo mismo para una empresa que vende barato y a gran volumen como los productos masivos (la utilidad es por unidad baja, pero la gran cantidad de productos que por su cantidad reducen el coste de producción por unidad hace que los puedan vender a buen precio y de forma masiva) que para una que vende productos de lujo (no vende muchas unidades pero la utilidad es muy alta y justo el alto precio se vuelve su atractivo porque denota status o exclusividad).

    Si agregas o cambias un impuesto el punto óptimo se modifica, no es solo como que le vas a agregar el impuesto y asunto arreglado.

    Supongamos que hay gente que con el incremento dice: ¡No, ya está muy caro, mejor lo cancelo y con ese dinero me suscribo a otro servicio más barato o a otra cosa diferente para entretenerme!

    Entonces Netflix se da cuenta que le es más rentable bajar el costo de sus servicios para que el impacto del impuesto sea menor y no cancelen el servicio. Cancelar el servicio le podría suponer una mayor pérdida de ingreso que reducir el costo del servicio para que el incremento al precio final sea menor.

    Tal vez esto explique por qué Netflix «absorbió» parte del IVA en su plan más básico. La alternativa para quien tiene el plan básico es cancelar el servicio (lo cual no le conviene a Netflix). En cambio, la alternativa para los que tienen planes más avanzados es hacer un downgrade a un plan más básico lo que a Netflix le supone una pérdida menor (no es lo mismo perder clientes que significan la utilidad contenida como parte de los 129 pesos, a perder la utilidad contenida en la diferencia entre planes que es de 50 pesos aproximadamente). Los que redujeron su plan podrían volver a aumentarlo cuando la situación económica esté mejor, los que dejaron Netflix no necesariamente volverán a contratarlo si es que buscaron otras alternativas de entretenimiento y se acostumbraron a ellas.

    Cuando la demanda de un producto es más elástica (es más sensible a los cambios de precio) el punto óptimo por consecuencia cambia de forma más fuerte. Todos los servicios que no son indispensables, que podemos cancelar o cambiar por otras alternativas, tienen una elasticidad mayor.

    Por ejemplo, Uber va a tener que encontrar otro punto óptimo porque la gente tiene alternativas como tomar más el camión, caminar en viajes cortos, etc. Dado que existen alternativas de movilidad y dado que una persona puede seguir usando el servicio pero de forma menos frecuentes, entonces la elasticidad de la demanda de Uber es relativamente elástica.

    Por ello es que Uber decidió trasladar no trasladar el costo del IVA al usuario final sino a los conductores (aunque no sé qué efecto podría tener en los conductores cierta reducción en sus ingresos).

    Cuando la demanda es inelástica, el punto óptimo prácticamente no cambia. Por ejemplo, aunque suban el precio del agua, tú vas a seguir comprando agua porque la necesitas para vivir.

    Si las autoridades aumentan el costo del servicio del agua, la gente va a seguir pagando por ella porque es un bien básico y, en vez, de dejar de pagar por el agua, va a dejar de pagar por otros bienes que no son tan indispensables para absorber el aumento del costo.

    Y recuerden: la decisión no fue del Netflix, fue del gobierno de su cabecita de algodón.

  • El Socialismo del Siglo XXI de Heinz Dieterich

    El Socialismo del Siglo XXI de Heinz Dieterich

    El Socialismo del Siglo XXI de Heinz Dieterich

    Me di a la tarea de leer el libro «El Socialismo del Siglo XXI» del alemán Heinz Dieterich ya que sería, de alguna forma, el fundamento teórico de los populismos latinoamericanos de nuestra era, en especial de Venezuela, y porque quise contrastarlo con lo que está ocurriendo en México (buscando similitudes y diferencias).

    La verdad, a pesar de las evidentes contradicciones de estos regímenes, yo me esperaba una obra un tanto más concisa y sofisticada (algo que se puede encontrar en Marx contextualizándolo en su tiempo), pero, en vez de eso, me encontré una fundamentación a medias y blandengue, forzada, algo improvisada y que falla en los puntos más básicos.

    No dudo que Dieterich tenga conocimientos en sociología o filosofía, pero me parece claro que no logró construir una propuesta concisa, mucho menos para la relevancia histórica que él pensó que iba a tener. Ciertamente, el Socialismo del Siglo XXI ha sido lo suficientemente importante como para haber sido relevante en América del Sur en las últimas dos décadas, pero ciertamente no hay visos de que vaya a sobrevivir por mucho tiempo, ya no digamos de expandirse a través del mundo como él pensó que podría ocurrir.

    Desde el inicio uno se encuentra con problemas con este libro. Dieterich parte de hacer un análisis geopolítico para entender el contexto en que se inserta esta propuesta. Él afirma que el modelo capitalista se estaba agotado y que los desarrollos tecnológicos y sociales tirarían hacia un modelo poscapitalista como el que propone.

    En 2003, fecha de publicación del libro, él creyó que la hegemonía estadounidense se iba a consolidar, e incluso se atrevió a decir que China iba a ser una «neocolonia» de Estados Unidos. Subestimó groseramente a los gigantes asiáticos que en ese entonces ya crecían a toda velocidad e incluso tuvo la osadía de decir que la hegemonía occidental capitalista post 9/11 era una reedición del fascismo comparando a Franco con Aznar.

    Dieterich tuvo la osadía de decir, en contra de toda la evidencia empírica y malinterpretando a Pareto, que para que alguien gane en el capitalismo alguien tiene que perder: es decir, cree que se trata un juego de suma cero. Dice que el capitalismo ha creado mucha pobreza (cuando la pobreza extrema global más bien se ha reducido). Y si bien podemos hablar de desigualdad, injusticia o de concentración de la riqueza en unas pocas manos, la verdad es que el número de pobres se ha reducido con el paso de los años:

    Como Dieterich cree que el capitalismo es un juego de suma cero, entonces subestima la creación de valor que el capitalismo puede producir, lo cual, a su vez lo lleva a descartar este componente dentro de su propuesta, en específico eso que llama economía de equivalencias. Por ello cree que los sueldos se deben de establecer no en la productividad, sino en el número de horas trabajadas. Lo importante no es el valor que creas con tu trabajo, sino que trabajes x número de horas y se te pague en consecuencia.

    Dieterich falla en lo mismo que la gran mayoría de las propuestas socialistas han fallado: él parece creer que la dinámica del capitalismo del siglo XXI es igual a la del descrito por Marx del siglo XIX. Cree que seguimos enclavados en una era meramente industrial cuando al día de hoy vivimos más bien dentro de una economía de conocimiento. La dinámica es muy distinta, e incluso basta contrastar la alienación descrita por Marx con «La Sociedad el Cansancio» descrita por Byung-Chul Han para contrastar los que se considerarían efectos adversos del capitalismo del siglo XIX y el siglo XXI en el individuo.

    Básicamente, a lo que aspira es a volver a intentar un modelo que ya ha fracasado en numerosas ocasiones cambiando algunas cosas en la forma pero no en el fondo. Rehuye del socialismo soviético al decir que era un régimen antidemocrático pero copia muchos de los mismos vicios que lo llevaron al colapso, sobre todo porque no parece haber entendido los mismos cambios tecnológicos que derivarían en un cambio de modelo económico. Dice que el Internet y las computadoras ayudarán al establecimiento de éste modelo, pero en su tesis descarta casi por completo el conocimiento como creador de valor y se enfoca a dinámicas industriales en gran parte rebasadas por el paso del tiempo.

    Para colmo, su modelo ni siquiera ha sido bien implementado y existen diferencias con el chavismo sobre el que buscó influir (y lo hizo, de hecho). Su deseo de establecer una «democracia participativa» donde, a través de consultas y referendums el pueblo tendría voz y voto sobre los asuntos públicos en vez de ser indirectamente representados se pervirtió en la práctica para convertirse en consultas a modo para fortalecer la legitimidad del líder como ocurrió en Venezuela. ¿Les suena?

    Por último, podría decir que sí encontré algunos puntos comunes con el gobierno de AMLO, sobre todo el que tiene que ver con las consultas ciudadanas y que van en este mismo sentido o el discurso «antineoliberal», aunque la definición de AMLO es un tanto diferente a la de Dieterich. La de AMLO es muy peculiar y difiere a la de Dieterich más cercana al uso más común que se le da.

    Sin embargo, existen otros puntos de su gobierno que más bien difieren del Socialismo del Siglo XXI que plantea Dieterich. Por ejemplo, AMLO no sostiene un discurso antiimperialista e incluso su postura reacia a la ciencia y las políticas de austeridad irían en contra de las aspiraciones de este modelo.

  • Sobre la libertad de expresión y el juicio de las ideas

    Sobre la libertad de expresión y el juicio de las ideas

    Sobre la libertad de expresión y el juicio de las ideas

    Todos tenemos derecho a la libertad de expresión, pero ello no implica que las demás personas estén obligadas a valorar o a tomar en cuenta nuestros argumentos.

    Yo tengo derecho a decir que creo que Bill Gates creó el Covid-19. Nadie debería impedírmelo porque ello va en contra de mis derechos fundamentales, pero la gente está en su derecho a pensar e incluso decir que aquello que he dicho es un argumento absurdo.

    Pero si yo exijo a la gente que tome en cuenta mi argumento o que no diga que le parece absurdo entonces soy yo el que está atentando contra la libertad de las otras personas, no solo la libertad de expresión sino de pensamiento.

    La libertad de expresión también incluye la libertad del otro a refutar aquello que yo he dicho.

    Todos los individuos hacemos juicios sobre ideas, conceptos y argumentos; todos los individuos discriminamos ideas y preferimos algunas sobre otras.

    Todos los individuos tenemos el derecho a hacerlo y, de hecho, necesitamos hacerlo. Hacemos juicios de todo los que se nos ponga enfrente para poder funcionar en nuestro entorno.

    Es más, todas las corrientes de pensamiento o ideologías consisten en ello, en la prevalencia de ciertas ideas sobre las otras. Así, los juicios le dan forma a nuestro mundo.

    Por eso, que todos tengan derecho a argumentar cualquier cosa (en tanto no busque atentar contra la integridad de otra persona) no implica que todos los argumentos deban valer igual o deban ser igualmente tomadas en cuenta.

    La búsqueda de la verdad debe prevalecer siempre sobre la aparente susceptibilidad de aquel que se pueda sentir afectado/a porque su idea ha sido puesta en cuestionamiento. Si aquella persona siente su ego dañado porque su idea (y no su integridad) fue puesta en entredicho, es problema exclusivamente de ella.

    Pensar que toda idea debe valer igual solo nos llevaría a un relativismo absoluto donde, como todo es valorado igual, no solo no se puede debatir y ni siquiera se puede ampliar el conocimiento (porque conocer algo implica negar su opuesto), sino que no se puede crear orden alguno, ni civilización, ni organización ni se podría hacer ciencia. Un conjunto de ideas que valen igual es casi idéntico a la ausencia de ideas: estaríamos atrapados en un entorno nihilista en el cual no nos podríamos mover.

    La verdad es que el ser humano debe valorar y discriminar ideas y conceptos para funcionar e incluso para sobrevivir. Y a veces discutir y pelear por ideas no es cómodo, nadie dijo que lo fuera, y no tendría por qué serlo.

  • AMLO, los ventiladores de Bartlett y la «Cartilla Moral del Árbol que da Moras».

    AMLO, los ventiladores de Bartlett y la «Cartilla Moral del Árbol que da Moras».

    AMLO, los ventiladores de Bartlett y la "Cartilla Moral del Árbol que da Moras".

    El discurso de la corrupción ha sido uno de los grandes pilares de este gobierno. La corrupción, decían, se acabaría en tan solo seis años, ya no habría.

    En esa declaratoria muchos vimos algo sumamente iluso, incluso suponiendo que la cabeza fuera completamente impoluta.

    Y es iluso porque la corrupción implica una simbiosis entre lo cultural o lo institucional. Si las instituciones son corruptas la cultura lo va a ser, y si la cultura de una sociedad favorece la corrupción, las instituciones serán corruptas en consecuencia.

    Para acabar con la corrupción entonces habría que atacar las dos variables: lo cultural y lo institucional. Habría que desactivar los incentivos institucionales y culturales que promueven la corrupción para poder exterminarla, lo cual es una tarea bastante complicada y que llevaría mucho tiempo.

    López Obrador siempre nos ha dicho que va a barrer las escaleras de arriba a abajo. Con esa analogía hace hincapié en que si el Presidente no es corrupto, todos los de abajo no lo serán. Ello es completamente iluso y muchos insistimos en ello: la simple voluntad de un presidente no puede cambiar la voluntad de absolutamente todos los integrantes de un gobierno y ya no digamos de la sociedad, ni siquiera un régimen totalitario y draconiano podría acabar con la corrupción en un tronar de dedos.

    El combate a la corrupción no solo es cuestión de mera voluntad (naturalmente es necesaria) sino del diseño de estructuras y mecanismos que la desincentiven haciéndola menos costeable, lo cual requiere mucho más pericia, tiempo y esfuerzo que un mero acto de voluntarismo.

    Muchas de las medidas que AMLO ha tomado con ese fin ni siquiera ayudan a combatir el problema en lo más mínimo. La reducción de sueldos a servidores públicos podrá justificarse de varias formas pero ello no logrará, en lo más mínimo, acabar con la corrupción; incluso podría llegar a promoverla ya que si un funcionario considera que su sueldo es insuficiente, entonces podría tener más incentivos para corromperse si tiene la oportunidad de hacerlo.

    El caso de Manuel Bartlett y los ventiladores ejemplifica muy bien lo falaz que es la tesis de López Obrador porque ni siquiera se sostiene la premisa voluntarista. No se trató siquiera de un funcionario menor, sino de un alto funcionario cercano al Presidente que dirige una paraestatal (la CFE) que estuvo involucrado en un acto de corrupción.

    Asumiendo que AMLO quiere «barrer las escaleras de arriba a abajo», ¿se le removió a Bartlett de su cargo, lo que al menos habría que esperar de un gobierno tan comprometido con el combate a la corrupción? La respuesta es negativa.

    El problema es que, mientras AMLO pregona moral, su gobierno crea algunos incentivos perversos que pueden crear lo opuesto a lo que el Presidente dice buscar. Por un lado López Obrador dice querer separar al poder político del económico, pero luego también mantiene una relación estrecha con empresarios rentistas como Ricardo Salinas Pliego así como con parte de la tradicional cúpula empresarial (véase los Slim, los Larrea) a los cuales cita a Palacio Nacional mientras desprecia a todos los demás.

    Lo que López Obrador y sus seguidores ignoran con el maluso del término «neoliberalismo» es que todos esos mecanismos de corrupción que derivaron en el inusitado enriquecimiento de algunos empresarios no se establecieron en la «era neoliberal», sino desde mucho tiempo antes. La «era neoliberal» solo conjugó a esos mecanismos de corrupción ya existentes con la liberalización económica que, por consecuencia, fue muy atropellada y derivó en algunos monopolios privados y en una acumulación de riqueza sin precedentes en manos de unos pocos y no por producto de la innovación o el talento. Algunos de esos beneficiados son ahora «capitalistas cuates de AMLO».

    No parece que AMLO esté rompiendo ese círculo vicioso porque no parece querer separar al poder político del económico, sino que más bien espera docilidad del empresariado: «a aquel que se porte bien y se cuadre le irá bien».

    Por eso es que el discurso de la corrupción no trasciende del discurso mismo: queda en mera retórica y promesa vacía. El gobierno hace creer que se está haciendo algo, dice estar bajando sueldos que consideraba muy onerosos o dice haber combatido el huachicoleo, combate que, por su pésima implementación, parece haber generado más costos que beneficios a una paraestatal como Pemex que se encuentra en sus peores momentos.

    La lógica bajo la que opera AMLO no es muy distinta a la de aquellos gobiernos priístas, su promesa no es muy distinta a la renovación moral de Miguel de la Madrid. Parecen haber cambiado las formas pero el fondo se mantiene: ahí siguen los contratos sin licitación, los empresarios que se enriquecen por su contubernio con el gobierno (Salinas Pliego de nuevo), e incluso hay un severo desprecio del propio López Obrador hacia la participación activa de la ciudadanía en este tema: el pueblo que dice representar tiene «reservas morales» (que bien quedaron patentes en el penoso caso del hospital Las Américas de Ecatepec) por lo que ya no es necesario más, todos los demás son «fifís» que tienen intereses y que, dice, quieren preservar el estado de cosas anterior.

    Bajo este esquema difícilmente veremos cambios y tendremos que conformarnos con un discurso convertido en un superfluo maquillaje que contradirá al discurso mismo.

    Al final, más que un combate frontal hacia la corrupción, hay un combate meramente ideológico que tiene como fondo en una definición personalísima que AMLO hace del término «neoliberalismo». Todo lo «neoliberal» es corrupto, lo que está fuera de éste no.