¿Y si nel?

Jun 28, 2026

¿Y si nel?

Hace tres meses el ambiente alrededor del Mundial y la selección era otro. Pocas expectativas, mucho hablar del pésimo proceso, de la mediocridad provocada por los directivos del balompié. El ambiente mundialista era casi nulo.

De pronto todo cambió. Desde el primer partido es fiesta, júbilo, ilusión de trascender. Pero en el papel no cambió nada: la selección es la misma, el proceso sigue siendo el mismo. Lo único que sí cambió fue contratar a Javier Aguirre y su cuerpo técnico, que le dio forma a un equipo técnicamente más limitado que en otros mundiales, pero con la experiencia del Vasco, buena cohesión y una actitud que disimula bastante de lo demás. Claro, ello no es cualquier cosa.

Las condiciones objetivas no cambiaron. Lo que cambió fue la percepción colectiva. Entra el Mundial y con él la emoción, la necesidad identitaria de ponerse la camiseta y sentir los colores. La vertiente crítica le cede el paso a la identidad social: aparece una disociación entre la evaluación analítica y la respuesta afectiva.

Durkheim hablaba de efervescencia colectiva: eventos que desbordan al individuo. El Mundial funciona como un ritual contemporáneo que reactiva la experiencia colectiva en tiempos de individualismo y fragmentación. En un país donde el estrés, el pesimismo, la violencia y la polarización pesan sobre la psique común, la esperanza y la fiesta son su antídoto, aunque sea temporal.

¿Y si sí?

Esa frase ya marcó el inconsciente colectivo de este Mundial, como el "no era penal" de 2014 o el "sí se puede" de 1998. Es esperanza pura, pero no ingenua: no olvida el pasado, lo que hace es decir "a pesar de X, ¿y si se logra Y?". No perdamos la esperanza. Soñemos.

Mircea Eliade distinguía entre tiempo profano y tiempo sagrado. El profano es el que separa un Mundial de otro: ahí el individuo juzga, analiza convocatorias, alineaciones, historial, decisiones de los directivos. El sagrado es el Mundial mismo: ahí la colectividad, la esperanza y la necesidad de júbilo desplazan la crítica a segundo plano. Hoy toca ritual, no análisis profundo.

No es raro ver en redes a quien denosta a los que insisten en el análisis crítico o el escepticismo (sin ignorar que algunos lo hacen de forma dramática solo para llamar la atención, como ciertos periodistas). Hoy se festeja, y nadie quiere que vengan a tronar los globos. Se habla de ir a la Minerva o al Ángel sin reparar en que, con esa forma de jugar, no sabemos si va a alcanzar contra selecciones de peso.

Hay hechos objetivos que alimentan esta efervescencia: México terminó primero de grupo, le ganó a sus tres rivales y no le metieron gol. Estadísticamente, eso lo han logrado muy pocas selecciones mexicanas. Lo que se queda en segundo plano: que fue el grupo más fácil de la historia en un Mundial de 48 selecciones, y que el desempeño dejó dudas en varios momentos. No es que se ignoren los hechos por completo — cuando se supo que el rival sería Ecuador y no Escocia, una parte del optimismo bajó, porque nadie ignora que Ecuador es competitivo y que México no es una potencia.

Y aun con todo esto, no me parece mal este sentimiento de algarabía. Le hace bien a la psique colectiva. Mientras la sociedad mantenga el espíritu crítico una vez que el ritual termine, y mientras se siga señalando a quien, embriagado de esta emoción, agreda a otros o tenga conductas antisociales.

Lo que va a decidir el desempeño en el Mundial son los hechos objetivos. El ambiente no gana campeonatos. La esperanza y la fiesta pueden tener una incidencia limitada —en el ánimo de los jugadores, por ejemplo— pero la realidad se va a imponer.

Una realidad que no se puede predecir del todo, solo estimar. Porque sí hay espacio para la sorpresa: un partido excepcional, la selección jugando al límite, un entorno favorable (la afición, la altitud de la Ciudad de México), y de pronto se cae una potencia y el Mundial se vuelve memorable a pesar de todo. Poco probable, sí, pero no imposible.

Soñar en un Mundial no empobrece. No tiene más consecuencia que la resaca de un mal resultado. Es distinto a otras decisiones que sí exigen postura crítica y que, hechas desde la esperanza y la efervescencia, salen mal: una elección política, una decisión de negocio o, paradójicamente, una apuesta deportiva en cualquiera de las casas que pululan por ahí.

La historia, la estadística y todas las referencias futboleras apuntan más al "no". Pero mientras quede algún espacio para el "sí", la gente va a seguir soñando. Porque ese sueño es el pretexto de la fiesta — que siga, que crezca, que sea memorable.

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