El Mundial para los pocos

May 17, 2026

Un boleto de fase de grupos del Mundial 2026 cuesta 380 dólares. Un boleto de la final de la Champions League cuesta 80 dólares. La diferencia no es meramente producto de las "dinámicas de mercado": es más bien una de decisión institucional producto de la voracidad de los jerarcas de la FIFA.

Eso importa entenderlo antes de cualquier otra cosa. Cuando Gianni Infantino dice que el Mundial es la gran fiesta del pueblo, lo que omite es que decidieron cobrar por la entrada más de lo que cuesta ver al Real Madrid. Esta no es una dinámica inevitable del capitalismo deportivo — la UEFA tomó una decisión distinta. La FIFA tomó otra.

El fútbol fue durante décadas el deporte del pueblo por razones muy concretas. Para jugarlo, basta una pelota barata, un pedazo de tierra y unas piedras para marcar la portería. Para verlo, bastaba con ahorrar unos pesos o sintonizar la televisión abierta. Émile Durkheim llamaba "efervescencia colectiva" al fenómeno por el cual los grupos humanos generan cohesión a través de rituales compartidos — y los estadios eran exactamente eso: el lugar donde el jersey, y no el código postal, determinaba tu lugar en el espacio social. El aficionado cantando, portando su jersey, gritando los goles, reclamando las faltas. Las quinielas, los álbumes Panini, los programas de análisis deportivo con los amigos. Pierre Bourdieu lo habría dicho distinto: durante el juego, el dinero no desaparece, pero su eficacia queda parcialmente mediada por una lógica específica del campo, en la que cuentan decisivamente formas de reconocimiento simbólico como la lealtad, la pertenencia y el honor hincha.

Eso es lo que me parece que se está rompiendo. No necesariamente como consecuencia automática del mercado dejado a su inercia, sino más bien porque alguien tomó la decisión de romperlo para exprimir el último centavo.

Salir hoy a las calles de cualquier ciudad sede en México — falta menos de un mes — es encontrarse con algo extraño: prácticamente nada. La gente sigue con su rutina, habla de otras cosas, tiene otras preocupaciones (y al respecto nuestro país tiene mucha tela de dónde cortar). Se ven jerseys en las tiendas, algo de publicidad, espacios públicos medio remodelados más para impresionar turistas que para servir ciudadanos, algunos adornos, ajolotes y barandales morados para que los políticos se luzcan. Pero la efervescencia que describía Durkheim, ese ambiente que debería sentirse en las entrañas de una ciudad que va a recibir un Mundial, simplemente no está. El aficionado común ya sabe, aunque no lo articule en esos términos, que esta fiesta no es para él.

No llegamos aquí de golpe. Desde 2002, la FIFA comenzó a alejar el torneo de los ciudadanos de a pie al restringir la transmisión de varios partidos a plataformas de pago. Ciertamente, no pocos hicieron el sacrificio y contrataron el servicio (lo cual fue un negociazo para dichas plataformas), pero esta decisión ya marcaba una distancia. En 2022 todavía había boletos relativamente accesibles, aunque el ambiente en las tribunas ya se notaba más apagado que en certámenes anteriores (las sedes de Rusia y, sobre todo, Qatar, tampoco ayudaron mucho). Si bien los precios nunca fueron homogéneos y siempre hubo zonas más caras que otras, lo que se ha agudizado en este ciclo es la diferenciación: las zonas hospitality para quienes forman parte de la élite, y las butacas de hasta arriba — si acaso — para quienes hagan el sacrificio económico suficiente. El aficionado que brinca, canta y analiza el encuentro en voz alta ha sido desplazado. En su lugar queda, en buena medida, el individuo que ve en el boleto una experiencia que puede compartir en redes sociales. Lo que era un ritual de comunidad convertido en un bien de estatus.

La lógica de la FIFA es sistemática. La organización exige a las televisoras no colocar en transmisión anuncios de empresas que puedan parecer competencia de sus patrocinadores oficiales. Intentó arrebatar los palcos del Estadio Azteca a sus dueños (el Grupo Ollamani tuvo que pagar a la FIFA para poder utilizar los palcos que son suyos). Y diseñó un sistema de precios dinámicos que optimiza utilidades a costa de vaciar las tribunas de quienes les dan su atmósfera. Que hasta Donald Trump se haya sorprendido por el costo del partido debut de Estados Unidos dice algo sobre la escala de la extracción. No es un señalamiento menor.

Debe decirse que esto no empezó con Infantino, y que Joao Havelange y Joseph Blatter — este último acusado de actos de corrupción — tampoco eran administradores ejemplares. Pero la clave no está solo en el carácter de las personas sino en los incentivos que tiene la organización. La UEFA mantiene boletos a $80 en la final de Champions porque tiene razones institucionales para proteger el producto: si el ambiente se degrada, el producto se degrada. La FIFA, con el Mundial como monopolio irrepetible cada cuatro años, no tiene los mismos incentivos — y se comporta en consecuencia. Entre preservar el ambiente y la esencia del fútbol como deporte de la gente, o maximizar la extracción por evento, Infantino optó por lo segundo. Y las declaraciones sicofantes — entregarle un premio de la paz a Trump mientras a Claudia Sheinbaum le habla con lenguaje inclusivo, darle la sede a una cultura autoritaria que condena la homosexualidad para después decir en público "me siento gay" como gesto de apaciguamiento — son señales de un operador dispuesto a lo que sea en función de la rentabilidad del momento.

Como premio de consolación, se instalan Fan Fests donde la FIFA posiciona las marcas de sus patrocinadores entre quienes no tienen con qué comprar un boleto. Y ni tanto: algunos de esos Fan Fests ya tendrán costo (en Monterrey y algunas sedes de EEUU), cuando antes todos eran gratuitos. Los aficionados normales — los que crean el ambiente que hace al fútbol lo que es — terminan relegados afuera de los estadios. Si antes estaban en las butacas de arriba, ahora estarán en una explanada con pantalla gigante y logos de Coca-Cola.

Las políticas públicas de las ciudades sede siguen la misma lógica: orientadas a complacer al turista del que se espera derrama económica, mientras los ciudadanos que en otros tiempos habrían sido protagonistas del festejo se resignan al tráfico y el ajetreo causado por la propia logística. Hasta se amaga con quitarles un mes de clases para que no estorben. Las remodelaciones no se hacen pensando en ellos, sino para que al menos duren mientras los visitantes están ahí. En Guadalajara se remodeló el Parque Rojo, pero se excluyó al tianguis cultural que era su lugar natural — porque esa no es la imagen que las autoridades quieren proyectar. El ciudadano queda en segundo plano. El turista con capacidad de gasto, ese queda primero.

Es posible, sí, que algo de esto se olvide cuando ruede la pelota y lleguen los goles. Y eso si es que las selecciones traen partidos espectaculares, lo cual también está en riesgo: la ampliación a 48 selecciones, otra decisión económica disfrazada de inclusión a "la gran fiesta", garantiza que la fase de grupos tenga un número considerable de encuentros sin interés competitivo real.

Pero lo que no se recupera fácilmente es lo que el Mundial siempre fue: un ritual de identidad colectiva que le pertenecía a la gente que lo construyó. El fútbol llegó a ser el deporte del pueblo — en las favelas de Brasil, en los barrios marginados, en la Sudáfrica del apartheid — porque cualquiera podía jugarlo y casi cualquiera podía verlo. Cuando esa relación se rompe, los estadios pueden seguir siendo imponentes y los jugadores de primer nivel, pero algo se ha vaciado por dentro. Tal vez por eso en la UEFA son más cautelosos con el costo de las entradas: saben que el ambiente que hace grande a la Champions no se produce en un set. Lo crean los aficionados que pueden pagarse el boleto.

La Fórmula Uno y el tenis siempre fueron deportes para quienes tienen recursos. Nadie lo pensó de otra manera. El fútbol no era eso.

Eso es lo que se está perdiendo. Poco a poco, pero con la intención de exprimir hoy el último centavo sin reparar si esta avaricia cortoplacista pueda no ser una decisión racional incluso en lo económico.

Imágenes generadas con IA (Chat GPT)

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