
La verdadera mascota del Mundial no la diseñó nadie. No la encargó la FIFA a una agencia ni la adoptó un gobierno para volverse simpático. Es un pato con jersey del Tri, y se llama Merlín porque así lo bautizó la señora que vende agua en la Alameda, no un equipo de branding.
Compáralo con Zayu, el jaguar que la FIFA mandó a hacer a un despacho de publicidad de alcance global. Yo ni sabía que se llamaba así. Compáralo con el ajolote que un gobierno adoptó como símbolo entrañable, buscando volverse querible. Esos sí tienen diseño, manual de marca, paleta de colores. Merlín no tiene forma fija. Puede aparecer en un cartón, en una caricatura, en una imagen hecha con IA o en el video donde se viralizó, ese en el que camina entre la multitud que festejaba el 2-0 sobre Sudáfrica. Justo porque no lo diseñaron, cabe en cualquier formato.
Algo orgánico, salido de la calle. Algo que no pudo lograr "La niña futbolista", la versión que el gobierno le encargó a Julieta Venegas y presentó en la mañanera. El mensaje es loable, que ninguna niña escuche que el futbol no es para ella. Pero el resultado se siente fabricado, hecho por encargo, y huele a conveniencia política desde el primer compás. Y ahí está el punto: la autenticidad no se manda a hacer. No tiene proveedor.
El pato no transmite ningún mensaje. Es un pato y ya. Pero por eso mismo refleja algo que el poder lleva décadas intentando capturar sin conseguirlo: al mexicano común, el desmadre, la picardía. Es el reflejo de las mayorías que quizá no tenían para pagar un boleto al estadio.
La FIFA les puso un Fan Fest de premio de consolación, un perímetro cercado para exhibir las marcas de sus patrocinadores. Prometía fiesta y pertenencia, y entregaba una versión vigilada y con logo. Pero el ambiente lo hizo la gente, no el patrocinador. La FIFA exprime el Mundial hasta dejar el futbol casi como pretexto del negocio, y aun así el mexicano se cuela por las rendijas y arma su propia fiesta.
Usamos el desmadre como válvula. Es la forma de aflojar el estrés de la incertidumbre económica, de la inseguridad, del ajetreo de llegar apretado a la quincena. El mexicano solitario que se desborda y, por unas horas, suelta el peso que carga el resto del año. Octavio Paz lo leyó así en El laberinto de la soledad, y aunque su retrato tiene sus años, esa válvula sigue ahí.
En Guadalajara metimos a otra cultura al relajo: la coreana. El coreano promedio vive bajo una presión brutal, la del trabajo, la de la competencia educativa, la del qué dirán. Y aquí se sintió como pez en el agua. Brincó, tomó, se besó con algún mexicano o mexicana. No vino a conocer México. Vino, sin saberlo, a recuperar algo que su sociedad del rendimiento le había quitado, eso que el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han llamó la sociedad del cansancio.
Cuando regrese, no se va a acordar de los camellones recién pintados ni de las fachadas que se maquillan para que no se note la pobreza cuando llegan las cámaras. Eso lo hacen los gobiernos, de cualquier color, y la FIFA hace su versión con vallas y logos. El coreano se va a acordar de los mexicanos ordinarios, los que trabajan de nueve a seis y varios llegan justos a la quincena.
Algo así de simple. Un pato.
Y ahí está la lección que ningún manual de marca enseña. Merlín no es un triunfo contra las instituciones. Es la prueba de lo único que ninguna institución puede fabricar: la legitimidad no se diseña, se concede. La gente decide a quién le tiene cariño, y eso no se ordena desde arriba. Por eso se va a acordar más del pato que de Zayu. Tal vez incluso más que del ajolote, aunque del ajolote se acuerde por la razón contraria: el símbolo impuesto que sigue pintado bajo los puentes, esperando un cariño que no llega.
Cada gobierno y cada patrocinador gastan fortunas intentando comprar lo que una vendedora de agua consiguió gratis, con un pato.






