Etiqueta: Elecciones 2018

  • El techo de López Obrador en unas elecciones al aire libre

    El techo de López Obrador en unas elecciones al aire libre

    López Obrador es el único candidato que mueve pasiones dentro del electorado, por eso es que todos hablan de él. ¡Ahora sí va a ganar! ¿Oye, sigue arriba en las encuestas? Porque me da miedo que llegue. Y es que López Obrador es el líder político más importante del país, en los últimos veinte años no ha surgido alguna figura que le compita. 

    No importa que «no hable de corrido» y que tenga una voz muy estridente cuando se para frente al escenario. Es el único de los candidatos que dice lo que piensa (sean verdades o mentiras) y su discurso no parece ser producto de un intenso debate entre los estrategas políticos que buscan definir el guión. En un entorno donde la lejanía del político con la ciudadanía es la constante muchos ciudadanos agradecen un discurso directo, sin pretensiones; no importa que sea repetitivo, que esté compuesto de las mismas frases de siempre y que vocifere propuestas de campaña sin haber revisado antes bien los números. Hasta se puede dar el lujo de tergiversar cosas y «evadir los filtros psicológicos» para que parezcan como verdades. 

    Está muy de moda que los candidatos suelten spots donde visitan familias de clase media para que «se vea la cercanía del candidato con la gente», pero este es un recurso demasiado gastado y que la gente percibe de buenas a primeras como una estrategia propagandística. López Obrador no tiene necesidad de hacer esas puestas en escena debido a su naturalidad al hacer contacto con la gente y hasta lo pueden recibir con besos en la boca. Su campaña puede parecer un tanto descuidada aunque esa percepción juega a su favor: su página web no parece estar tan «en tendencia» como la de los otros candidatos, el logotipo de su campaña es demasiado simple y no parece ser resultado de un arduo trabajo de alguna agencia, sus videos no tienen mucha postproducción y casi siempre él aparece hablando aunque ciertamente en sus videos hay algunos elementos muy bien pensados. En realidad hay un mayor trabajo del que se aparenta, pero es posible que la intención sea esa, que no se vea demasiada pretensión para que no pierda naturalidad. 

    Andrés Manuel no necesita posicionarse porque ya todos lo conocen. Ya todo mundo tiene sus anhelos y sus obsesiones. Basta con que se limite a transmitir naturalidad para capitalizar el hartazgo a su favor. ¡Y lo está haciendo muy bien!

    López Obrador no sólo es una persona muy natural, franca y directa, también es un político necio y testarudo que a veces rebasa la raya que divide la lealtad a sus ideas y la necedad, lo que explica que no hayan cambiado mucho desde el año 2000 y que insista en defender propuestas duramente criticadas. Es un personaje de convicciones y está tan seguro de ellas que cree que goza de cierta superioridad moral sobre sus pares: «todos los demás políticos son corruptos, yo no». Dichas convicciones pueden estar encima de todo, incluso de las instituciones. Él siente que ya merece la presidencia, por eso es que muchos le perciben cierta obsesión con el poder o cierto resentimiento acumulado. Él asume que su llegada a Los Pinos (o más bien a Palacio Nacional) es una consecuencia natural, y piensa que cualquier intento de evitarla es una suerte de inmoralidad. 

    Muchos de sus seguidores piensan que él es la esperanza de México porque López Obrador mismo cree que es la única alternativa: no confía del todo ni en las organizaciones civiles ni en las candidaturas ciudadanas (y me refiero a las realmente ciudadanas, no a los engañabobos como El Bronco) y cree que son motivo de sospecha. Muchos de sus seguidores le toman la palabra y no lo cuestionan. Algo que pareció ser una firme convicción se ha convertido, a lo largo de los años, en una obsesión por el poder: años y años de lucha, de recorrer una y otra vez todos los municipios del país (pocos mexicanos pueden presumir conocer todo el mapa de pe a pa como él) para después caer en unas elecciones en las que clamó fraude, o en otras donde el aparato del PRI lo superó. Sabe que esta elección es la última y si tiene que ser pragmático (incluso si eso implica tejer alianzas con Elba Esther Gordillo o sectores de la derecha conservadora) lo será. 

    A diferencia de los populistas latinoamericanos con los que se le compara, él reduce al enemigo del pueblo a una entidad muy pequeña, aquella que llama «la mafia del poder». Mientras los otros hablan de la oligarquía o del imperialismo, López Obrador tan sólo señala a una élite política y económica (que ni siquiera es toda la élite, ya que ha abandonado su discurso en contra de los ricos). Si López Obrador aparece muy arriba en las encuestas es porque la clase política, en connivencia con algunos organismos privados que se han beneficiado de su relación con los primeros, ha parecido insistir en darle la razón. Aunque critica el neoliberalismo (ese término tan ambiguo y tan manoseado por la izquierda), no suele referirse tanto a quienes se benefician del libre mercado, sino aquellos que se involucran en una perversa relación entre empresa y gobierno (aquello que se llama corporativismo o capitalismo de cuates). López Obrador no advierte que su propuesta de modelo económico incentiva fuertemente este tipo de relaciones.

    Aunque López Obrador se crió políticamente bajo el manto de los hábitos priístas, los suyos lo consideran la antítesis del PRI. No advierten que su ideario es, al menos, parecido a aquel famoso desarrollo estabilizador que hizo a crecer al país durante dos décadas para terminar con devaluaciones de varios ceros, corrupción y despilfarros. Por eso se le percibe cierto anacronismo y genera recelo en algunos grupos, como si fuera regresar a un pasado que ya vivieron. ¿Cómo es que ese ideario podrá embonar en la realidad actual? ¿Intentará López Obrador acoplarlo a un entorno económico donde aparecen cada vez más vehículos eléctricos y donde la automatización amenaza con desaparecer empleos? Es una incógnita que sólo veremos en el (probable) caso de que López Obrador gane las elecciones. 

    Muchas personas que veían a López Obrador con recelo en el 2006 le darán el beneficio de la duda. Esta no es necesariamente producto de un análisis exhaustivo de las propuestas sino que tiene un componente emocional. Como me han llegado a decir en varias ocasiones: «ya estoy a la madre de los políticos, al chile, voy a votar por López Obrador«. Por eso es que las críticas a sus propuestas no le afectan en mucho, porque la gente percibe toda esa verborrea técnica y académica de sus oponentes como algo estéril, sienten que le están diciendo lo mismo, ese discurso tecnocrático que ha sido la constante en los últimos 20 años, sienten que le prometen tecnicismos que muchas veces no entiende y que al llegar a poder va a terminar siendo la «misma cosa de siempre». López Obrador lo sabe, y sabe que en muchas ocasiones, vociferar esas «propuestas sin sustento» termina beneficiándole más, porque así él es el que marca la agenda, él es el que marca la pauta, hacen que todos hablen de él, en las mesas de debate, en los artículos de opinión, en la sobremesa, logra que la elección se concentre en él. Los que se asustan son aquellos que ya no pensaban darle su voto. A algunos otros, sobre todo a los millennials, esos que no ven una buena perspectiva a futuro, hasta les puede parecer emocionante como si se tratara de subirse a un juego mecánico de esos que hacen soltar la adrenalina: «vamos a arriesgarnos a lo diferente, de todos modos no tenemos nada que perder».

    Ese componente de «lo diferente» junto con aquel otro donde las circunstancias parecieran haberle dado la razón (la mafia del poder) son los que tienen a López Obrador más fuerte que nunca, incluso más que en el 2006. 

    López Obrador ya no es tanto «el candidato de los pobres». Su voto se ha desplazado a las clases medias, cuyos integrantes pueden estudiar en escuelas privadas e incluso tener algún negocio. Más que el modelo económico (que lo critica pero que no propone, a cambio, uno diametralmente distinto como para asustar a todos) se ha enfocado en la corrupción, esa corrupción cuya indignación no respeta género, edad, educación ni clase social. AMLO ha dado en el clavo, es el único que ha entendido de qué va esto, es el único que entiende que está en una campaña mientras los demás se desesperan porque las parafernalias mercadológicas no les han funcionado. «Pero no llegué» dice un López Obrador que hace reír a toda la audiencia, y así, eso fue de lo único que se habló sobre la asistencia de los candidatos al foro que organizó la American Chamber. López Obrador, una vez más, los dejó atrás. 

    López Obrador lleva la batuta, las elecciones son sobre él. Los demás parecen ser simples accesorios o complementos y lo seguirán siendo si no crean una fórmula donde puedan competir por acaparar el voto del hartazgo. Los estrategas no han comprendido que esta elección, como el propio Antonio Solá (artífice de la frase «Peligro para México) señaló, trata sobre la indignación y el hartazgo, no del miedo, y menos cuando ya todos saben qué cosas de López Obrador les da miedo.

    Y podríamos esperar a que AMLO se desespere y comience con su discurso del fraude y así «asustar a la gente». Pero el mismo régimen ya lo salvó de ese apuro porque con la inclusión del Bronco en la boleta, los árbitros de la elección quedaron descalificados. 

  • El Bronco es bien chingón

    El Bronco es bien chingón

    El Bronco es bien chingón

    Hace dos años tuve la oportunidad de asistir a un encuentro de independientes organizado dentro de la FIL y que conducía Leo Zuckermann. Ahí estaban personajes como Manuel Clouthier, Pedro Kumamoto, Jorge Castañeda y, por supuesto, El Bronco. Las distancias intelectuales entre quienes se presentaban en ese encuentro eran muy grandes, pero a grandes luces, el que se encontraba en mayor desventaja era Jaime Rodríguez.

    Pero El Bronco no sólo era el más ignorante, también era el que más ovaciones se llevaba. Mientras los otros candidatos debatían sobre el papel de los candidatos independientes, que consideraban más bien un complemento que ayudaría a reformar, de alguna u otra forma, el sistema partidista, el Bronco vociferaba y decía «mueran los partidos, desaparézcanlos». Los estudiantes de la Universidad de Guadalajara le seguían el juego con júbilo y le aplaudían. Era El Bronco el que hacía el show y el debate intelectual quedaba en segundo plano.

    El Bronco es un showman. Es el único de los candidatos que se presenta con su mote porque es un personaje, no una persona, no un político, tampoco un candidato ciudadano. El Bronco se parece mucho al arquetipo del mexicano macho y por eso es que llama la atención. Él es de los que, como decía Octavio Paz, «no se rajan», de los que aguantan vara, los de «pecho pa’lante», que son misóginos, malhablados, vulgares, ignorantes, que no soportan a las personas que consideran débiles, entre ellos las personas con otra preferencia sexual porque son «poco hombres». 

    No es casualidad que haya comenzado su campaña presidencial diciendo que «los trabajadores sí, los güevones no», con la finalidad de atacar al izquierdista López Obrador al hacer referencia al clientelismo (aunque militó casi toda su vida en un partido tradicionalmente clientelar como el PRI). Él está con los mexicanos ganones, con los que le chingan, con los fuertes, con los valientes, con los que tienen güevos, con los que no lloran. Los que reciben algún recurso del gobierno son parias, son una escoria social. 

    El Bronco es aquel mexicano que, sin importar como, logra lo que se propone. La moral para él es un árbol que da moras. Cuando se refiere a los chingones no se refiere necesariamente a los que producto de su esfuerzo, espíritu ético y humano, ascienden en la pirámide social, sino los que lo hacen a como dé lugar, para quienes las consideraciones éticas son más bien un estorbo. Por eso es que El Bronco puede, sin ningún problema, hacer trampa para llegar a la boleta, porque importan los qué, no los cómo. 

    El Bronco es un pragmático visceral (aunque esta definición pueda sonar un tanto contradictoria), se mueve para donde le conviene. Puede arremeter contra el PRI en la elección de Nuevo León y hablar de persecuciones para, una vez que ha obtenido el triunfo, congratularse vía telefónica con el Presidente de la República. Apenas salió del PRI (por conveniencia política) y se autonombró independiente y ciudadano tan sólo por el hecho de no pertenecer legalmente a un partido desde hace pocos meses. Califica a un político de autoritario para después intentar vetar a Sergio Sarmiento del debate simplemente porque una vez le escribió una columna crítica, e incluso su pragmatismo visceral va más allá, porque no sabemos si en realidad esto es parte de la puesta en escena. 

    El Bronco sabe que no tiene posibilidad alguna de ganar la presidencia. Obtener tres o más puntos porcentuales ya sería sorpresa. Pero no está ahí para ello, él tiene una consigna y es golpear al primer lugar, a López Obrador. Ese «los trabajadores sí, los güevones no» parecería tener la intención de polarizar el ambiente y, de alguna manera, estigmatizar a López Obrador y a sus seguidores. Aunque sinceramente no sé si sea una estrategia acertada ya que si bien lograría despertar el júbilo de aquel sector adverso a Andrés Manuel, no modificaría la intención de voto de quienes votarían por el candidato, además de que en un entorno donde López Obrador está acaparando los votos producto del hartazgo con el gobierno y el sistema, veo difícil que alguien de quien ya es dominio público que llegó a la boleta con trampa y con los juegos sucios del tribunal, pueda hacer dudar a los que «piensan en votar por AMLO» ya que se le percibe como una «estrategia del sistema». 

    El Bronco puede ser todo, puede ser independiente o puede ponerse al servicio del que sea porque no tiene ideología, no tiene creencias ni principios, pero lo vulgar, lo corriente y lo macho nadie se lo va a quitar, esa es la esencia de su persona y de su personaje. Es probable que hable de una «chichi» a que hable de alguna política pública. 

    Porque ese arquetipo le gusta a muchos mexicanos o, al menos, les hace gracia.  

  • Guía de supervivencia para un fraude electoral

    Guía de supervivencia para un fraude electoral

    Guía de supervivencia para un fraude electoral

    Muchos de ustedes saben que no simpatizo con López Obrador, por lo cual pueden dar por sentado que escribo esta columna «manipulado por el discurso de AMLO, el fraude y las mafias» y todo ello. Pero si me preguntan si existe la posibilidad de que se orqueste un fraude electoral en las elecciones, yo respondería que sí.

    Antier me angustié ante la decisión del Tribunal Electoral de darle la candidatura al Bronco, el mismo que validó elecciones tan fraudulentas y tramposas como las elecciones del Estado de México y de Coahuila el año pasado. Algunas personas ilusas dijeron: «se quejan porque el candidato no les gusta, se quejan porque le va a quitar votos a López Obrador». Nada más falso. ni lo primero y tal vez ni lo segundo. Muchos nos indignamos porque El Bronco había hecho trampa y porque las razones del Tribunal fueron bastante absurdas: que no se respetó su derecho de audiencia cundo el Bronco sí tuvo ese derecho por parte del INE, de hecho hubo doce sesiones.

    Y los priístas fueron los únicos que aplaudieron la decisión.

    Pero el TEPJF no es la única institución que ha sido utilizada con fines políticos y electorales. Lo mismo se puede decir de la PGR utilizada con fines electoreros en contra de Ricardo Anaya. No son dos instituciones cualquiera, de hecho son instituciones que son pilares y fundamentales para el buen funcionamiento institucional.

    Entonces, si el PRI-Gobierno es capaz de utilizar estas instituciones a su antojo, no tendría ningún fuerte impedimento para llevar a cabo un fraude electoral. De hecho, ya lo hizo el año pasado en contra del PAN en Coahuila y de MORENA en el Estado de México. Si bien, en éste último caso no se orquestó dentro del PREP ni el recuento de votos, sí se hizo al permitir (gracias, de nuevo, al TEPJF) graves ilegalidades e irregularidades en la campaña que ameritaban la nulidad de la elección.

    También es importante recalar que si bien la posibilidad existe, no implica que necesariamente ocurrirá. Esto es muy importante porque si uno de los actores políticos clama fraude, es importante verificar que este sí se haya llevado a cabo, que se presenten pruebas, que los ciudadanos también indaguemos dentro de todo lo que ocurrió en el proceso electoral y en las votaciones. Así como es posible que quien cometa un fraude intente hacerlo de una forma que no sea tan fácil demostrarlo, también es posible que quien no reconozca un resultado legítimo, haga caso omiso cuando se le pida presentar pruebas. 

    He escuchado a algunas personas (en las redes sociales) esperar que le hagan fraude a López Obrador para «salvar a México». Esa afirmación no sólo es absurda sino incongruente, porque se está pidiendo lastimar más la ya de por sí maltrecha democracia y deteriorar aún más las débiles instituciones que tenemos para evitar la llegada de un candidato que consideran «nocivo». Es paradójico porque si se piensa que un candidato es «un peligro» la mejor forma de contener su margen de acción en este sentido sería creando instituciones sólidas que no puedan ser usadas al capricho del presidente y contrapesos tanto políticos como ciudadanos. Un claro ejemplo de ello es lo que sucede en Estados Unidos con Donald Trump, donde la existencia de instituciones autónomas le han impedido gobernar a su antojo. 

    Ante todo, los ciudadanos deberíamos luchar en favor de la legalidad, de unas instituciones que funcionen para lo que fueron diseñadas. Unas instituciones fuertes son básicas para crear un país que funcione, un país que combata problemas como la corrupción, la inseguridad y que promueva un desarrollo económico del cual todos nos veamos beneficiados.

    Por eso como ciudadanos, nuestra tarea es hacer lo que está en nuestras manos para tener unas elecciones limpias donde gane el candidato que los mexicanos eligieron independientemente de si se simpatiza o no con tal o cual candidato. Por ejemplo, quienes fueron nombrados como representantes de casilla no deberían renegar de la tarea que se les encomendó, sino por el contrario, tendrán una gran oportunidad para vigilar el voto en su casilla correspondiente. Los ciudadanos debemos denunciar y exhibir todas las ilegalidades que veamos en campaña.

    Pero lo más importante, creo yo, es controlar las emociones y no dejarse llevar por el calor del momento. En dado caso de que exista o se presuma un posible fraude electoral, nuestra tarea es buscar elementos que ayuden a probar que este se ha llevado a cabo. Es importante ser muy críticos a la hora de recopilar pruebas. Por ejemplo, en las elecciones del año pasado se mostraron como «pruebas del fraude» errores en el conteo del PREP que a todas luces eran un error de dedo (los errores humanos son comunes en los conteos rápidos que tienen un fin meramente informativo y se corrigen en el conteo final). Es importante, por ejemplo, informarse del funcionamiento del proceso de recolección y conteo de votos, no atender a rumores falsos (que posiblemente circularán el día o los días posteriores de la elección) porque también es cierto que dentro del proceso de la recolección de votos existen más candados que vuelven un tanto más difícil que antes orquestar un fraude dentro del conteo.          

    La participación ciudadana es elemental para procurar elecciones libres y, por tanto, esta tiene que ser responsable. Se debe determinar si hubo algún fraude o ilegalidad con base en la evidencia y no con base en la simpatía con un candidato. Un fraude electoral es un atentado contra la vida institucional y la democracia en nuestro país, pero no reconocer una derrota que fue legítima no es algo muy distinto porque deslegitima a una institución que sí hizo su trabajo.                                                                                                                                                                                                                

    En caso de unas elecciones cuestionadas, los ciudadanos debemos estar a la altura y no ser presa de los intereses políticos (cualquiera que estos sean).

  • A AMLO, ni con El Bronco

    A AMLO, ni con El Bronco

    A AMLO, ni con El Bronco

    «Pues no llegué» respondió AMLO después de que la entrevistadora le preguntó qué haría en el caso hipotético de que tuviera que viajar en una aerolínea comercial a la sede de la ONU en Nueva York a raíz de su propuesta de viajar en aviones comerciales. Sacó una buena carcajada al auditorio como si se tratara de un sitcom. Se ganó el «cariño» de la entrevistadora quien lo abordó con una cierta ternura. Esa «puntada», y no las intervenciones de Meade, Anaya o Margarita, fue la que dio la nota de la presentación de los candidatos en la American Chamber of Commerce. 

    Pareciera que López Obrador es el único que se ha dado cuenta que está en campaña, una campaña donde las emociones y las vísceras serán las que muy probablemente definan la elección. Ni Ricardo Anaya ni José Antonio Meade han entendido esto y están aspirando, de forma muy excesiva, a la racionalidad del elector: creen que contrastando sus propuestas, que en ocasiones explican con tecnicismos, con las simples y poco fundamentadas que puedan parecer las de López Obrador, le van a quitar votos. Tal vez hayan sonado convincentes ante las pocas centenas de personas que estaban en el auditorio, pero su mensaje no salió de ahí. No veo a nadie, ni en los círculos académicos o de opinión, hablando sobre lo que Meade y Anaya dijeron ahí. Anaya tal vez pudo despertar un poco la atención de alguno por su elocuencia. Meade ni eso, parecía un académico gris que sólo habla a los suyos y que, como dijo un amigo, escribe disertaciones que a nadie le importan y que solo acumulan polvo.

    Es evidente que Meade y Anaya tienen mayor preparación técnica y académica que López Obrador, pero en una campaña caracterizada por la indignación y el coraje esa preparación sale sobrando a menos que se logre traducir en emociones, lo que los candidatos están muy lejos de hacer. Dicen que en una campaña el que explica pierde, y si algo han hecho los candidatos, cada vez más rezagados en las encuestas, es eso, explicar hasta el hastío. 

    https://www.youtube.com/watch?v=_lftXldc_Lc

    López Obrador no sólo va en el primer lugar, lleva la batuta de la campaña en todos los sentidos al punto en que parece que esta campaña trata sobre él mientras que los otros candidatos son un accesorio. Los coordinadores de campaña de sus opositores aplauden ingenuamente al ver la ocurrencia de López Obrador: «la cagó otra vez, ahora sí se van a dar cuenta los electores que las propuestas de mi candidato son mejores que las de él». Esperan ansiosamente el siguiente estudio demoscópico para después ver, con una cara de angustiosa sorpresa, que López Obrador sigue subiendo en las encuestas.

    La realidad es que el efecto que genere esa ocurrencia seguramente será la opuesta, la de un candidato gracioso que hace reír a todo mundo y que contrasta mucho con el López Obrador autoritario e intolerante del 2006. Y bien dicen que el lenguaje corporal y las expresiones importan más que lo que se dice: pues este podría ser un caso ejemplar de ello.   

    La gente quiere cambio y muchos, sobre todos los millennials donde López Obrador concentra parte de su voto, están dispuestos a pagar el precio e incluso «tomar un riesgo» porque sienten que no tienen nada que perder. Por eso es que los discursos académicos o tecnológicos no funcionan, no prenden. 

    La inclusión del Bronco en la boleta (en dado caso que haya tenido el fin de restar puntos a López Obrador) también podría tratarse de una mala lectura y de «no terminar de entender» cómo va esto. López Obrador va a ganar la elección a menos de que alguien más logre construir una candidatura competente, que entienda el contexto y apele a las emociones de un electorado enojado, que se siente ultrajado por sus gobernantes. El Bronco difícilmente podrá rebatarle muchos votos a López Obrador porque, de acuerdo a los estudios que se han presentado, la gran mayoría de quienes van a votar por AMLO ya definieron su voto por el tabasqueño (es decir, el voto de AMLO es poco volátil) y porque si bien la función del Bronco podría ser la de atacar a López Obrador, podría crearse la percepción de que «todo el sistema» está contra él y generar el efecto contrario del esperado, más cuando el Bronco no es una figura que cuente con una buena reputación y menos por la forma en que llegó a la boleta (por medio de varias firmas fraudulentas).

    Los electores que van a votar por López Obrador ya tienen una suerte de «vacuna» contra la guerra sucia que tan sólo repetirá lo que se ha dicho una y otra vez y que tendrá un efecto marginal porque sólo reforzará la imagen negativa que los opositores de López Obrador tienen de él. Es decir, los que de todos modos nunca votarían por el tabasqueño. 

    Ese tufo de desesperación que se palpa en las estrategias de campaña a quien más beneficia es a López Obrador. No saben como tumbarlo, porque ni siquiera entienden de qué trata esto. 

    No entienden que no entienden.

  • Margarita Zavala quiere ser la esposa de Calderón

    Margarita Zavala quiere ser la esposa de Calderón

    Margarita Zavala quiere ser la esposa de Calderón

    Puede que el impulso de más de alguna persona que haya leído el título de mi artículo lo orille a pensar que soy una persona misógina, que cree que la mujer debe de estar al servicio del hombre. Nada más falso, lo que ocurre es que en realidad este título refleja mucho de lo que la campaña de Margarita es, pero sobre todo, lo que ella y su equipo quieren que sea. La imagen de la campaña de Margarita es sorprendentemente parecida a la de Felipe Calderón y su catálogo de propuestas está muy vinculada al ideario calderonista. Margarita intenta posicionarse como una suerte de extensión de lo que fue la presidencia de su marido porque sabe y asume que esa es la forma en que puede ganar más puntos y porque el proyecto calderonista es un proyecto más bien compartido hasta en la alcoba donde Felipe tiene la mayor parte de la iniciativa.

    Margarita es más conservadora y a la vez más rebelde que su marido, quien es más pragmático, metódico y hasta autoritario. En su libro lo deja claro: de niña vivió en una familia donde la religión y la moral tenían un peso muy importante. Dentro de la época de la revolución hippie y de la libertad sin restricciones, Margarita vivió en una familia muy estricta que le restringía severamente los programas de televisión que podía ver; pero también tenía, ahí muy oculto, una vena un tanto rebelde con algunas preocupaciones que podrían encajar en la izquierda (como su preocupación por la desigualdad y los derechos humanos), aunque esa rebeldía era lo suficientemente edulcorada y tímida que nunca incomodó demasiado en su vida. Margarita intenta compaginar el feminismo (ella se dice feminista) con sus creencias conservadoras: defiende los derechos de la mujer pero luego dijo que el papel que le correspondía como Primera Dama era «quedarse calladita».  

    Margarita es una «especie rara» porque pareceria ser una mujer más bien tradicional (algo a la antigüita) dentro de la política en un país donde las mujeres «tradicionales» no acostumbran a involucrarse en ella. Guarda muy poco en común con su tocaya inglesa Margaret Thatcher, también conservadora en sus creencias, pero con una actitud demasiado opuesta: mientras que la trayectoria de quien fuera Primer Ministro del Reino Unido narra la vida de una mujer que se forjó a sí misma en un mundo político dominado por el hombre, la de Margarita es más bien modesta y sobria. Thatcher era muy elocuente e imponente. Margarita inspira más bien timidez y se muestra bastante torpe al hablar. 

    Tampoco podemos hacer una analogía con los Clinton. Hillary siempre ha mostrado cierta autonomía con respecto de su marido. Los electores estadounidenses no veían en Hillary una simple extensión del gobierno de su esposo Bill, veían un proyecto propio. Eso no ocurre con Margarita quien no sólo no intenta mostrar cierta independencia con respecto de su marido, sino que parece empecinada en fortalecer el vínculo porque, de esta forma, podrían atraer los votos de los simpatizantes de Felipe Calderón a su causa, como si se tratara de una reelección de Felipe con el «toque sensible» de su mujer. Por eso es que, a pesar de que Margarita es mujer, su candidatura no parece abonar mucho a la causa de su género: aquella mujer independiente que tiene un ideario propio y que se rebela ante los paradigmas sociales heredados de una sociedad históricamente patriarcal.

    Ricardo Anaya le arrebató (haiga sido como haiga sido) la posibilidad de contender por el PAN, lo cual no anuló su carrera por la presidencia (después de conseguir, contra marea y corriente y en medio de algunos cuestionamientos, las firmas necesarias) pero sí anuló la posibilidad de ser presidenta ya que, al no contar con ninguna estructura partidista que la soporte, y al ver que el voto de centro y centro derecha ya estaba repartido entre Anaya y Meade, podrá aspirar a más bien a muy poco.

    Dicen los analistas que su presencia terminaría beneficiando a López Obrador ya que sólo conseguirá pulverizar  más el voto de la derecha. Algunos sugieren que en un momento dado se decantaría por Meade, a quien conoce bien ya que trabajó en el gobierno de su marido. Su postura, por tanto, va en consonancia con el comportamiento de Felipe en Twitter, quien está preocupado en dividir sus garrotazos contra Anaya y López Obrador, las dos némesis electorales del ex mandatario, mientras que con Meade tiene un trato un poco diferente, más caluroso. Hace como que critica al PRI porque el contexto de las elecciones casi la obliga a ello pero con Meade, el candidato, es muy cuidadosa, como previendo algo.

    Si es prácticamente imposible que Margarita gane ¿entonces cuál es el objetivo de su candidatura? ¿Esperara una suerte de milagro? ¿O sabe de antemano que su derrota está garantizada y buscará jugar cierto papel intentando modificar el equilibrio de la campaña a un escenario más deseable (descartemos de antemano a López Obrador y Ricardo Anaya)? ¿Será una suerte de ansia vengativa de su marido al ver a AMLO y a Anaya derrotados, aunque los números digan que la candidatura de Margarita bien podría empeorar las cosas? ¿O querrán utilizar la candidatura para dotarle de cierta fuerza al calderonismo, ya sea para recuperar al PAN o para crear una corriente independiente? 

    Gracias a la candidatura de Margarita, el calderonismo estará representado en la boleta aspirando a acaparar los votos de la gente que siente nostalgia por el régimen de Felipe Calderón, que no son pocos, pero que están lejos de ser los suficientes como para crear una candidatura competitiva. Con el tiempo veremos por cuál estrategia se decanta Margarita si es que tiene alguna, y también veremos cómo su presencia modifica la correlación de fuerzas dentro de estas elecciones.  

  • Meade: buen burócrata, mal candidato y pésimo partido

    Meade: buen burócrata, mal candidato y pésimo partido

    Meade: buen burócrata, mal candidato y pésimo partido
    Imagen: Fan Page oficial de Facebook

    Amigos míos que han conocido a José Antonio Meade me lo han descrito como una persona que es más accesible que el político o tecnócrata promedio que en muchos casos es caracterizado por cierto aura de superioridad. «No es tan mamón» me dicen. Y tal vez tengan razón porque, a pesar de su falta de carisma y personalidad, no se le percibe arrogancia alguna. Pareciera más bien un tipo bonachón, flemático y poco predispuesto al conflicto que trata de ser conciliador dentro de un entorno muy agitado como el de la política; una figura introvertida que vive más dentro de sí que afuera de él. Es en sus discusiones internas con su cerebro donde ocurre todo. ahí hace abstracciones numéricas y razonamientos matemáticos o plantea estrategias, ese es su fuerte.

    El político que padece vitiligo y que muestra algunos tics nerviosos al hablar parece más técnico que político, la sociabilidad no es lo suyo. Difícilmente fue el líder de su salón o el «chavo encantador», aunque tal vez era lo suficientemente tranquilo u armonioso como para ser aquel típico niño bulleado por todos sus compañeros. Por eso es que Meade es un buen técnico, un buen burócrata pero mal candidato. Los candidatos suelen tener una personalidad dominante, tienden a la extroversión, o bien, presumen al menos cierta elocuencia (aunque caigan mal). Este perfil se vuelve más necesario aún cuando son las emociones las que invaden al electorado; el elector emocionado es seducido con discursos, promesas y confrontaciones, no con datos y tecnicismos (el fuerte de Meade).

    Es innegable que José Antonio Meade es un buen burócrata pero habría que poner en tela de juicio su capacidad para ser político. Tal vez en su paso por el gobierno no lo haya hecho mal pero también es cierto que, ante las decisiones controversiales de los gobiernos a los que representó, el sólo se dedicó a trabajar y a «hacer lo suyo»: su faceta burócrata pudo hacer la diferencia más no su faceta política. Seguramente no se benefició personalmente de escándalos como La Estafa Maestra entre muchas otros donde pudo jugar algún papel, pero lo cierto es que dejó pasar, no parece ser alguien que haya levantado la mano y haya dicho algo y menos haber mostrado una rotunda oposición. Tal vez esto explique que sea el candidato del PRI y explique la paradoja del candidato honesto abanderado por un partido muy corrupto. No se suma a la robadera pero no incomoda a los que roban.

    Si Meade fuera, además, un buen político que buscara impregnar su honestidad en su forma de gobierno, habría sido más difícil que Peña Nieto se hubiera decantado por él ya que habría visto algún riesgo, una especie de déjà vu zedillista que lo obligara, en el mejor caso, a huir del país. Posiblemente Meade se conduzca con probidad en Los Pinos, pero también posiblemente sea displicente con lo que hagan sus correligionarios, no sólo a los que sucedió, sino a los que conformen su gobierno en el casi improbable caso de de que gane las elecciones.

    En el PRI han decidido que Meade transmita estabilidad y seguridad en un momento donde los vientos de cambio amenazan convertirse en un huracán. En realidad no les queda de otra porque, partiendo del principio de no contradicción de Aristóteles, nada puede ser y no ser y, por lo tanto, no se puede ser sistema y antisistema al mismo tiempo. Así, se encuentra entre la espada y la pared, ya que si dice que las cosas se han hecho bien, entonces la relación de su persona con el gobierno actual vilipendiado queda muy clara. Pero vender la idea de «estamos mal pero podemos esta peor» a un electorado enojado es también una tarea muy difícil ya que si él formó parte de ese gobierno del «estamos mal» entonces podríamos poner en tela de juicio su capacidad como político y tal vez hasta como burócrata. 

    Meade transmite honestidad, sí, pero por más auténtica parezca dicha sensación, ésta queda en entredicho al ser postulado por el partido que el mexicano asocia más con la corrupción y cuando se hace acompañar por figuras cuestionables. ¿Puedo creerle que es honesto si se hace acompañar de políticos que, cuando aparecen juntos, los usuarios hacen memes asegurando que ahí se suman centenas de años de cárcel? ¿Se puede creer que es honesto cuando los suyos, en plena campaña, pueden realizar declaraciones o actos de lo mas cínicos e insolentes? ¿O qué decir de un burócrata honesto que habla de las instituciones pero cuyo partido utiliza de forma facciosa a la PGR para atacar los candidatos opositores?

    Meade ha hecho énfasis en la corrupción, retó a sus adversarios a presentar su #7de7 y nadie lo peló, no sólo los adversarios, tampoco lo peló la opinión pública, y si esta habló fue para cuestionar por qué sus cercanos (de dudosa reputación) no la presentan. Puede presumir su honestidad, pero no puede presumir la de su círculo próximo. A poco aspira una manzana sana si está en una canasta donde todas las demás están podridas.

    En otro contexto, Meade, a pesar de su falta de personalidad, podría haber sido más competitivo. Sobre todo en uno donde no exista esa paradoja que constituye la relación entre político honesto y partido corrupto y en uno donde el electorado sienta que las cosas no van mal y que, por tanto, prefiere apostar por la continuidad que por el riesgo. No creo que sean pocos los que estén convencidos que sea más probo que sus correligionarios o sea un funcionario capaz, pero la gente grita cambio, la gente quiere castigar a su partido. Votar por Meade es, para ellos, votar por quienes los hicieron encabronar en todo el sexenio, y dicho esto, otorga una cierta sensación de justicia: hay que sacarlos a patadas del poder. Por eso Ricardo Anaya ha adoptado el lema «El PRI ya se va». 

    Por eso es que Meade esté acorralado y su campaña tal vez condenada al fracaso. 

  • Ricardo Anaya, el candidato que mucho abarca… y poco aprieta

    Ricardo Anaya, el candidato que mucho abarca… y poco aprieta

    Ricardo Anaya, el candidato que mucho abarca... y poco aprieta
    Foto: El Universal

    Quien haya ido a Santa Fe, se habrá dado cuenta que su arquitectura y diseño no es inclusivo. Para cruzar a pie del Centro Comercial Santa Fe a Avenida Santa Fe, donde se encuentran los principales corporativos, es necesario sortear dos pasos peatonales muy altos y cuyos escalones se encuentran en mal estado. Eso dobla el tiempo de recorrido entre dos puntos que se encuentran a cien metros de distancia y lo vuelve bastante más cansado. El coche es casi obligatorio para moverse de una sección de Santa Fe a otra.

    Ahí fue donde Ricardo Anaya inició su campaña, y no faltan razones para que Jesús Silva-Herzog se lo recriminara. Alguien que quiere gobernar un país no puede comenzar su campaña en uno de los barrios más exclusivos dirigiéndose a un sector que ciertamente podrá situarse a la vanguardia en tanto las tecnologías de la información sigan cobrando mayor relevancia, pero que cuyas características no son las de la mayoría del país. Si bien el perfil de una persona que entiende el futuro, que habla como si estuviera en un Ted Talk puede ser una buena estrategia (sobre todo porque es elocuente), no es tan atinado apropiarse de eventos que tienen más bien un perfil cívico como un hackatón y convertirlo en un mitin político.

    Ricardo Anaya tiene dos grandes habilidades que en pocos años lo convirtieron de un candidato a diputado local frustrado (perdió) al candidato que se apropió del PAN y formó una coalición compuesta por propio el PAN, el PRD y MC para contender por la presidencia: el olfato político y la elocuencia. Ricardo Anaya sabe seducir, sabe ganarse la confianza de las personas clave, para utilizarlas y, una vez que las haya agotado, desecharlas y hacerlas a un lado para seguir con su camino. Desde su padrino Francisco Garrido, Felipe Calderón hasta Gustavo Madero, todos han visto en él a un talento, que brilló tanto que no les dejó ver sus intenciones y cuando menos se lo esperaron ya estaban fuera de la jugada. No es un secreto que Anaya tiene muchos enemigos y ha causado grandes resentimientos, tanto en el presidente Calderón (otro que sabe cómo apropiarse de partidos, como cuando lo hizo durante su presidencia), a quien le frustró la candidatura de su esposa, Margarita Zavala, hasta Javier Lozano, el infumable y nefasto panista que decidió brincar al PRI y apoyar a su amigo Pepe Meade para, desde ahí, intentar ponerle unos buenos catorrazos. 

    El aspecto físico de Ricardo Anaya es muy engañoso. Pareciera un niño nerd antipático, un tanto debilucho con un aspecto considerablemente juvenil para su edad que contrasta con el político de carrera. En realidad, a pesar de su antipatía, es una persona muy elocuente (de ahí a que muchos vieran en él a una persona muy talentosa a la que había que enrolar) que sabe pararse en el escenario, que sabe persuadir, que se sabe expresar muy bien, que sabe decir las palabras exactas. Es también una persona con un olfato muy fino, sabe con quién moverse, a qué hora y cuando, sabe cuando los demás le han dejado de ser útiles. Domina bien el arte de la política, tiene talento para ello, a pesar de que por su corta edad pueda faltarle experiencia, porque hasta pareciera que es de rápido aprendizaje. 

    Dicen que ha lavado dinero y que tiene bienes de dudosa procedencia (algo en lo que ha insistido el PRI con el uso faccioso de las instituciones como la PGR) mientras que habla del PRI corrupto que ya se va e insiste en la autonomía del Sistema Nacional Anticorrupción y la participación ciudadana. Anaya puede estar un toquín con Juan Zepeda o tocando el piano con sus hijos como buen padre de familia. A veces es el padre, a veces es el rockero, a veces juega a ser Steve Jobs y luego la puede hacer de Maquiavelo como si se tratara de un político multiusos que más que alguien muy hábil que puede «hacer de todo» pareciera alguien con falta de definición personal e ideológica ¿cuál de todos esos es el verdadero Ricardo Anaya? En sus propuestas se respira el mismo tufo: a veces quiere hacerla de progresista y habla de género (eso sí, sin llegar a tocar temas polémicos que lo puedan comprometer como los relacionados con posturas ante el matrimonio igualitario o el aborto), luego habla de economías de mercado y competitividad para preocuparse por la desigualdad sin terminar de definirse nunca y como queriendo abarcar todo. A veces es el candidato panista, a veces el perredista. ¿Es de derecha, es de izquierda, es conservador, es liberal?

    Y ese es el problema de Anaya, un candidato que debería preocuparse por construir una narrativa consistente y creíble: su falta de definición. Hasta la propia estrategia es inconsistente: intenta abarcar todo y quedar bien con todos, y al mismo tiempo inicia su campaña en Santa Fe con un hackatón como si la mayoría de los millennials fueran amantes de la tecnología: porque vaya, no es lo mismo un usuario que usa Facebook, Whatsapp y Tinder de forma periódica y cotidiana (la mayoría) que uno que es un apasionado por las Tics que sabe programar en Python, Javascript o es un experto en interfases de usuario (una gran minoría). 

    Presentarse como un Steve Jobs puede funcionar para atraer a cierto sector del electorado minoritario (que ciertamente no es despreciable y puede definir una elección en un contexto donde la diferencia con el otro candidato sea mínimo), pero nada más. También tiene que salir a la calle a persuadir con su elocuencia a aquellos que no saben mucho de tecnologías, a la señora o el señor que le pide a su hijo que le instale el «feis» en el celular porque no sabe como. Presentarse como alguien que piensa en el futuro tal vez pueda atraer a algunos geeks, algunos intelectuales o empresarios jóvenes, pero difícilmente lo hará con las mayorías, esas que tienen que salir diario a partirse el lomo. E incluso ellos no entienden bien quién es él y qué es lo que realmente quiere. 

    Creo que la candidatura de Ricardo Anaya tiene potencial para «algo más», y como he dicho en este espacio, es el único que, a mi parecer, podría competirle la presidencia a López Obrador. Pero esa falta de definición (incluso con relación a su probidad y su congruencia) parece convertirse en un lastre: ¿va a combatir la corrupción o va a ser un presidente corrupto? Porque las presidencias se ganan creando un perfil ganador que convenza a las mayorías, no pulsando el ícono de una App.

  • ¿Por qué pronostico que López Obrador va a ganar?

    ¿Por qué pronostico que López Obrador va a ganar?

    ¿Por qué pronostico que López Obrador va a ganar?
    Foto: https://www.flickr.com/photos/eneas/

    ¿Por qué creo fuertemente que AMLO va a ganar?

    Creo que mucha de la gente opositora a AMLO está asumiendo de forma errónea dos cosas: que el votante es racional y que se dará cuenta que varias de sus propuestas tienen poco sustento. Creen que AMLO se va a meter el pie y va a perder su ventaja como en 2006.

    Pero ni el votante es siempre racional (independientemente de su inteligencia o preparación académica) ni 2018 es 2006.

    Cuando la gente tiene la percepción de que las cosas están relativamente bien la emoción más rentable electoralmente es el miedo (el escenario de 2006). Cuando percibe que todo está mal o que la corrupción u otras problemáticas han rebasado los límites, entonces es la indignación y el hartazgo lo que es más rentable. Ambos sentimientos pueden orillar a la gente a tomar decisiones irracionales. Calderón creció en 2006 por el miedo a AMLO. Ahora AMLO es quien tiene el comodín.

    Con irracionales me refiero a que son las emociones y las vísceras lo que lleva a emitir un voto en vez de un profundo contraste de las ofertas. No todo el voto que va a ganar AMLO es irracional pero sí es el irracionalismo el que va a definir la elección, de la misma forma en que lo definió en 2006.

    AMLO en 2006 no era muy conocido y como candidato primerizo necesitaba construir una narrativa sobre su persona para ganar votos (en gran medida por eso le afectó la guerra sucia y por eso le afectaron sus errores). Ahora no ocurre lo mismo, ya todos han escuchado que si es un peligro, que sí es como Venezuela o es la esperanza de México: ya todos tienen una idea clara de él por lo que una campaña de golpeteo político no le hará mucho daño. Incluso puede mostrarse víctima del régimen (con el que todos los mexicanos están enojados) y hacerse más fuerte.

    Se cree que en los debates lo van a exhibir y se lo van a acabar y que eso lo hará perder. Pero el formato de los debates del INE muy limitados no ayudarán mucho a ese cometido. Que le ganen en el discurso no garantiza que le ganen votos. Dos ejemplos: 1) en 2012 AMLO tuvo unos debates terribles y aún así de ir en 3er lugar, siguió creciendo hasta quedar solo a 6 puntos de EPN. 2) los debates de EEUU que son más abiertos HIllary arrasó. Aun así ganó Trump porque la gente votó con las visceras por muchas razones. Para quienes busquen un paralelismo diciendo que AMLO va a caer como HIllary, recordemos que AMLO juega el papel de Trump, el del outsider.

    Sí, lo van a exhibir y van a mostrar que varias de sus propuestas (aeropuerto, refinerías) no tienen sustento. Pero eso no es nada nuevo. La gente más informada y que le toma más importancia a esos temas ya lo sabe, y AMLO sigue subiendo en las encuestas.

    En resumen, las tendencias suelen volverse impredecibles en favor de quien es capaz de acaparar la indignación (claramente es AMLO). Por eso es que en 2015 Pedro Kumamoto era un independiente por el cual nadie apostaba y todos subestimaban que terminó ganando la elección de calle (aunque el perfi de Kuma y AMLO sean distintos, coinciden en su capacidad de acaparar la indignación contra el establishment político). 

    Y voy con el voto millennial. Mientras que mucha gente grande que tiene un capital (tiene una casa o una familia por mantener) se puede asustar con eso de que “México se hará Venezuela” (independentemente de sí esa frase sea válida o no) los millennials sienten que tienen menos que perder, suelen ser más idealistas y abrirse a un cambio (sea bueno o malo), más con una figura política como la de López Obrador que puede llegar a ser vista de una forma un tanto romántica. Ellos van a definir la elección y ante un entorno que ellos perciben un tanto pesimista para su futuro (cosa no sólo característica de México sino del mundo) entonces la oferta se vuelve más atractiva. No sin olvidar que el entorno internacional también juega a su favor. Y si no me creen, los estudios dicen que los millennials piensan votar así:

    AMLO Jóvenes
    Fuente: El Financiero

    Otra cosa que beneficia a AMLO es su edad. Conforme la gente envejece tiende a “ablandar su carácter”. De ser una persona beligerante (2006) ahora es una persona mayor que llega a inspirar hasta ternura. Ante las críticas se ríe y hace chistes (qué sí, es parte estrategia pero también su edad le ayuda a ser así). Eso ayuda muchísimo y resta el impacto negativo de los rasgos del personaje que causan incertidumbre. Tan fácil como contestar la siguiente pregunta ¿quien te causaba más miedo? ¿Tu papá o tu maestro enojado? ¿O tu abuelito enojado?

    La única forma de ganarle a AMLO es con otro candidato que capture el descontento, algo parecido al papel que jugó Macron en Francia contra la ultraderechista Le Pen. Anaya podría fungir como esa opción, pero la campaña sucia del PRI (y la forma en que se hizo de su candidatura) ha debilitado mucho esa posibilidad.

    No son las contradicciones del personaje ni las propuestas. La indignación, la desesperanza y el sentimiento de muchos jóvenes de que el futuro en México es difícil van a definir la elección. Si bien no hay nada escrito en estas elecciones y si bien pueden pasar muchas cosas (sería un error dar el triunfo de AMLO como seguro), todo parece favorecer a López Obrador. 

    Y si bien, como he dicho, no creo que ocurra una gran tragedia ni que nos hagamos Venezuela, personalmente no creo que nos vaya a ir bien con AMLO e incluso podríamos ver retrocesos en algunas áreas. Pero lo que me pregunto es: cuando la última “esperanza” termine siendo desnudado como un político más ¿cómo reaccionará la sociedad? ¿Se dará cuenta, por fin, que la solución es la ciudadanía misma?