Categoría: temas polémicos

  • Rapiña en Acapulco ¿Cuándo saquear es malo y cuándo no?

    Rapiña en Acapulco ¿Cuándo saquear es malo y cuándo no?

    Por lo general, a un desastre natural le suceden actos de saqueo y rapiña.

    A la opinión pública de redes sociales le ha llamado mucho la atención la cantidad de saqueo que ha habido después del huracán en Acapulco.

    Y sabemos que la discusión en redes suele tornarse binaria y polarizante, muchas veces cayendo en ambos extremos:

    Así, por un lado se encuentran las personas que condenan con ferocidad cualquier extracción de productos de la tiendas y exigen mano dura. Por el otro están quienes tratan de ser «comprensivos» incluso con aquellas personas que aprovechan para robar televisiones, artículos de lujo y demás.

    Me he encontrado, de forma muy recurrente, con este tipo de argumentaciones en Twitter, Facebook o TikTok. Pero, como ocurre con casi cualquier fenómeno, la situación es más bien un tanto más compleja y hay que echarse un clavado para comprenderla.

    Tenemos que empezar desde el principio:

    Al ser parte de una civilización, todos nosotros vivimos en una suerte de orden social a través del cual los seres humanos buscamos optimizar nuestro bienestar. Este orden social es un entramado de procedimientos de todo tipo, mecanismos, normas sociales o culturales y legales (Estado de derecho), actos rutinarios que se repiten una y otra vez, y claro, cierto grado de incertidumbre que suele estresar en cierta medida este orden con el fin de mejorarlo, pero generalmente sin comprometerlo.

    Al ser parte de este orden social, como bien señalaba Thomas Hobbes, los individuos cedemos algunos derechos tales como el derecho a robar o el derecho a matar para así poder vivir en una sociedad relativamente armoniosa en vez de vivir en el caos y la anarquía absoluta. Aunque las configuraciones de orden social difieren en cierta medida en distintas culturas, estas son producto de miles de años de evolución humana.

    Pero resulta que estamos tan acostumbrados a vivir en ese orden social que lo damos por sentado, como si fuera algo natural. Pero no lo es así, el orden existe porque los seres humanos lo sostenemos y porque hemos desarrollado una configuración de incentivos dada para hacerlo así. Pero no es algo dado, es algo que se puede llegar a romper, y justamente un desastre natural tiende a romper o comprometer ese orden social de forma temporal porque destruye parte de los mecanismos que permiten que este orden funcione.

    Cuando existe un orden social, la gente trabaja, gana dinero y con ese dinero garantiza su bienestar al comprar productos y servicios que son necesarios para ese fin. Las personas que roban tienden a ser una franca minoría porque en ese orden social los incentivos están configurados de tal forma que pocos individuos tengan incentivos para robar o delinquir. Ciertamente, en tanto el Estado de derecho sea más sólido, los incentivos tenderán a ser aún menores.

    Cuando el orden social se suprime, las reglas del juego de dicho orden social dejan de ser funcionales y la sociedad dada cae en una suerte de anarquía. Claro, el desastre natural no destruye el orden social por completo pero sí tiende a reducirlo a su mínima expresión de tal forma que solo algunas normas o procedimientos se mantienen funcionales. Por más grave sea el desastre, el orden social queda más comprometido.

    Si el orden social garantiza la supervivencia de la gran mayoría de las personas, incluso muchas de las que viven en algún grado de pobreza, su ausencia las compromete.

    Si no hay luz, electricidad ni agua, y si no se tiene un techo, el individuo entra en una situación de incertidumbre tal que tiene que buscar garantizar su supervivencia por sus propios medios.

    En tanto el desastre sea más grande, dado que el orden social queda más comprometido, el saqueo será mayor.

    En una situación funcional, el individuo iría con billetes o una tarjeta bancaria al Oxxo para comprar la mayor cantidad de víveres posibles para abastecerse: eso es lo que suele ocurrir cuando se avisa a la población que una tragedia está por ocurrir. En tanto la tragedia no ha llegado, el orden social se mantiene y bajo este los individuos toman decisiones para hacer frente a la contingencia.

    Pero, después de un huracán donde una ciudad está destrozada, donde los comercios están completamente inoperables, ir a comprar productos no parece ser la solución más racional para los individuos que buscan sobrevivir. Entonces los extraen.

    A muchas personas les parece inmoral esta extracción. Yo difiero. Cuando un orden social que garantice el bienestar existe, entonces sí sería un acto inmoral, pero como no lo hay, es irracional actuar como si este existiera para sobrevivir y tener mis necesidades básicas garantizadas siendo que hacerlo me deja en una peor situación.

    Y resulta que esto ocurre en cualquier latitud del mundo, ocurrió en Los Cabos, en Texas hace unos pocos años y en el huracán Catrina. No es porque, como algunos han dicho en redes sociales, los guerrerenses sean más corruptos.

    Habrá quienes digan que en Japón (que es una excepción a la regla) esto ocurre en muchas menores dosis, pero ello no es producto de la benevolencia de sus habitantes sino de un conjunto de normas legales y sociales que hacen que estas conductas sean menos convenientes. Ayuda también que se trate de un país muy desarrollado donde es más fácil dotar a las víctimas de productos para sobrevivir.

    Y no somos Japón, ni podemos aspirar a serlo en un día, y menos en una situación de emergencia.

    En un estado así, cuando la supervivencia y la propiedad entran en conflicto, el primer caso debe tener prioridad.

    Inclusive, visto desde una perspectiva moral consecuencialista, se gana más de lo que se pierde. La mayoría de los víveres son perecederos: varios de los productos extraídos posiblemente habrían caducado de mantenerse en las instalaciones. También el costo de estos productos suele ser bastante menor que los productos de lujo.

    Luego está la rapiña, o el saqueo de productos que no son de primera necesidad. Aquí la situación cambia y ya no se le puede juzgar de la misma manera.

    En corto, puedo sostener que, a pesar de lo anteriormente dicho, extraer productos que no son de primera necesidad sigue siendo un acto inmoral y debe ser reprobable.

    He escuchado varios argumentos que tratan de defender este tipo de actos:

    Unos dicen que los individuos lo perdieron todo y que es comprensible que traten de rescatar algo extrayendo los productos a alguien más.

    Pero, en este caso, al tratar de «rescatar algo» alguien más va a perderlo de igual manera, y no solo hablo de «accionistas que tendrán que vender uno de sus cinco yates» sino incluso de empleos perdidos en alguna parte de la cadena de suministro, por poner un ejemplo, para subsanar esa pérdida. Esto último puede ser más comprensible con los productos de primera necesidad por la necesidad de supervivencia (sobre todo porque es más lo que se gana que lo que se pierde), pero aquí no existe.

    Un argumento más interesante es que esos bienes les permitirán sobrevivir a largo plazo: robo una televisión para así poder venderla y poder garantizar cierta cantidad de ingresos mientras se estabiliza la situación.

    Sin embargo, ello es más problemático que el caso de los víveres porque, si este es el caso, el individuo tiene un margen de maniobra mucho mayor.

    Además, tendríamos que preguntarnos si ese es el caso. Sospecho que la mayoría de los que se involucran en actos de rapiña no extraen esos productos con ese fin.

    Pero, estemos de acuerdo en que es inmoral o no, la rapiña siempre va a existir en un desastre ¿por qué?

    Porque cuando no hay un orden social, es mucho más difícil que alguien me castigue si decido robar.

    Puede sonar crudo, pero muchas personas no roban por convicción, sino porque no lo consideran conveniente. Un individuo prefiere trabajar y comprar cosas porque ello le es menos costoso que robarlas. Si las roba, puede ser detenido, señalado por la sociedad y caer en la cárcel.

    En un desastre natural, el orden de incentivos cambia por completo.

    Y esto también pasa en Los Cabos, Houston o Nueva Orleans. La condición humana es así.

    Y esto me lleva a un apartado muy importante, la presencia de las autoridades y el Estado de derecho, algo que ha estado completamente ausente en los primeros días después del huracán Otis.

    Si el orden social se desvanece ante un desastre y la sociedad se hunde en el caos, la presencia y el rápido actuar del gobierno ayuda a que este desplome sea más tenue y, por tanto, que haya menos saqueo. Pero claro, mucho más importante aún que lo material es que si el orden se reestablece de forma más rápida, menos víctimas sufrirán a causa del desastre.

    Los japoneses son buenos para eso y por ello la rapiña es bastante menor allá. De nuevo, no es un tema de benevolencia, es un tema de orden y de procedimientos.

    Otras decisiones que ha tomado el gobierno, como restringir la entrada de víveres y monopolizarlas con el ejército, empeora aún más las cosas. Porque la llegada de los víveres ayuda a reestablecer un poco la situación, tranquiliza más a la gente y le da más margen de maniobra en tanto el orden comienza a reestablecerse.

    Si el orden no se comienza a restablecer, el desastre puede convertirse en una tragedia humana. Si ya no hay nada que saquear, si no hay víveres, los individuos pueden sentirse orillados a cometer actos más antisociales para sobrevivir, como asaltar o robar a personas, por decir lo menos.

    Así, sin un orden social, llegamos a la total anarquía y a la pesadilla hobbesiana donde todos tienen el derecho a todas las cosas. Ahí, donde en el gobierno no hay liderazgo y voluntad, ahí donde el caos será mayor.

    Conclusión:

    Es fácil argumentar que el saqueo es porque sean guerrerenses, o que el saqueo siempre es bueno o siempre es malo. Algunos dirán que es malo porque el saqueo implica robo, y la palabra robo tiene una connotación negativa, pero ello no quiere decir que en todos los casos sea algo inmoral.

    Por ejemplo, la palabra matar tiene una carga muy negativa, pero no implica que en todos los casos matar sea malo: si yo mato en defensa propia para proteger mi vida o la de mis seres queridos no estoy actuando mal. De igual forma, si yo robo un producto porque considero que no tengo otra forma de garantizar mi supervivencia no estoy incurriendo en un acto inmoral.

    Estos juicios son complicados, y en este artículo traté de argumentar mi punto de vista. Se puede justificar el saqueo con de víveres como alimentos o ropa para garantizar mi supervivencia y mis necesidades básicas en un desastre, no se puede justificar cuando se trata de productos que no tienen ese fin y que están más orientados al lujo y al entretenimiento.

    De la misma forma, el Estado debe estar lo más presente posible para 1) reestablecer el orden y reducir el impacto del desastre en las víctimas (que es lo más importante) y 2) que los saqueos sean en menor cantidad, ya no solo por la vigilancia como tal, sino porque ha permitido y promovido la distribución de víveres a los afectados.

  • Racing de Israel vs Atlético Palestina

    Racing de Israel vs Atlético Palestina

    No soy un experto en el conflicto de Medio Oriente. Para explicarlo a detalle existen personas más preparadas en el campo que yo.

    Pero hay algo que me llama sobremanera la atención y eso es la reacción en redes sociales de muchos usuarios.

    No es que esta situación sea completamente novedosa, más bien es que es muy reveladora dadas sus peculiares características: revela las filias, las fobias, los prejuicios y las contradicciones que son, en cierta medida, producto del pensamiento binario que abundan en las redes y que terminan revelando un tufo antisemita, por un lado, e islamofóbico por el otro, lo cual en sí debería ser muy preocupante.

    En las redes sociales abundan argumentos simplistas, no necesariamente expresados de forma explícita pero que son más que obvios al punto en que no pareciera haber alternativa entre el antisemitismo y la islamofobia.

    Por ejemplo, muchas personas asumen que apoyar a Palestina implica apoyar a Hamás, en tanto que otras asumen que solidarizarse con las víctimas del terrorismo de Hamás implica apoyar a Netanyahu. Eso, sin embargo, es un falso dilema.

    Por otro lado, no deja de ser cierto que estén quienes al simpatizar con un bando relativizan las muertes del otro. Es cierto que no pocos pro-palestinos de redes relativizaron el atentado terrorista contra los israelíes inocentes para gritar sus consignas, y también es cierto que no pocos pro-Israel de redes relativizan las muertes palestinas, incluso con aberrantes argumentos del tipo: «en 2007 votaron por el gobierno de Hamás, se lo merecen, disfruten lo votado».

    Y ni qué decir del trato de las noticias.

    Porque naturalmente los conflictos bélicos están rodeados de propaganda, la cual se mueve cada vez más por medio de las redes sociales dada su creciente influencia. Es natural que Israel como Hamás también estén librando una «guerra online«, pero eso no parece motivar a la gente a ser cautelosa con la información que recibe. Mas bien se toma la información que confirme su postura y rápidamente, sin pensarlo, la propague. El caso del misil que cayó en un hospital es un claro ejemplo.

    El clima que se respira y se propaga en redes, por consecuencia, es de odio, incluso por parte de aquellos que «no tienen una vela en el entierro en el conflicto» como personas que no son ni judíos ni árabes y prácticamente no tienen relación o afectación alguna. Algunos obviarán esto y lo dejarán pasar pensando que es «cualquier pleito en redes», pero no es así, ya hemos visto expresiones antisemitas e islamofóbicas en las calles (en Europa y en Estados Unidos sobre todo, pero incluso también en México) y que son producto de todo lo que se comparte y se transmite en las redes sociales. Este clima debería preocuparnos demasiado si no queremos «repetir nuestra historia», pero no lo hacemos.

    Preocupante es que la dignidad de las personas, sobre todo de gente inocente que ni siquiera tiene voz y voto en el conflicto, termine siendo para muchos relativizada o sometida a sus pulsiones político-ideológicas.

    Esto no significa que la gente deba ser equidistante ante el conflicto y no significa que no pueda tomar posturas. Es válido que la gente, con base en su conocimiento e incluso de sus predisposiciones ideológicas simpatice con Israel o con Palestina.

    Yo podría decir que me siento más identificado culturalmente e idiosincráticamente con Israel porque está asociado más a los valores del liberalismo occidental y la democracia, pero eso no me debería privar de reconocer y señalar las cosas que ha hecho mal el estado israelí como los atropellos que ha cometido su gobierno (véanse los asentamientos de Israel en Cisjordania), ni de criticar al demagogo que tienen como Primer Ministro como el que es Benjamín Netanyahu. De igual forma, una persona que simpatiza con Palestina debería reconocer que lo que hizo Hamás fue un atentado terrorista e inhumano que debiera ser condenado y repudiado de forma categórica, además de reconocer que Hamás es muy opresivo con los propios palestinos.

    Puedo tomar posturas, pero debo de reconocer que los civiles inocentes, por el hecho de ser humanos, tienen la misma dignidad sin importar bajo qué bandera vivan. No poder reconocer ello es producto, necesariamente, de alguna pulsión antisemita o islamófoba.

    Debemos hacer hincapié en que un conflicto bélico no es un partido de futbol: es, valga la redundancia, un conflicto bélico, el cual suele tener matices muy complejos que requieren, además, conocimiento de la situación y donde muchas vidas inocentes están en juego. No importa si el fenómeno a analizar es más evidente como para tomar una postura (que Rusia invada y ataque a Ucrania) u otro más complejo como el conflicto Israelí-Palestino donde incluso hay que aprender a distinguir las partes (Hamas o Netanyahu) del todo (la cultura israelí y palestina).

    Pero tal vez esté pidiendo mucho a unas redes sociales donde la discusión civilizada suele ser poca y los ataques al que piensa diferente suele abundar. Las arquitectura de las redes, sobre todo Twitter, parecen motivar a ello: al pensamiento binario, al razonamiento motivado y a la amplificación de los sesgos cognitivos. Nos hace falta mucho para que, como civilización, aprendamos a utilizar estas tecnologías de mejor manera porque su mal uso puede tener consecuencias nocivas en el mundo real.

  • La luz del mundo de la incertidumbre

    La luz del mundo de la incertidumbre

    La Hermosa Provincia en Guadalajara es, posiblemente, una pequeña recreación de alguna suerte de régimen norcoreano en el país. No solo por el totalitarismo que ahí se respira, sino incluso por la extravagancia de la arquitectura (que llega a ser aberrante) de los edificios que albergann esa zona, comenzando por el enorme y horrible templo de la Luz del Mundo que es visible desde la avenida Lázaro Cárdenas desde donde uno llega o abandona la ciudad.

    La Luz del Mundo es una religión (o secta) de corte totalitario. Ahí, los fieles entregan su vida por completo a su causa. El líder es incuestionable y toda su existencia está ligada a él. Los fieles entregan por completo su libertad y su criterio para pertenecer a una comunidad. Toda su vida gira en torno a ella y nada de la existencia de las personas puede estar desligada de ella. Esa iglesia, a diferencia de la mayoría de las religiones convencionales, tiene injerencia ilimitada sobre la vida privada de sus súbditos: cobra diezmos, arregla matrimonios. Ello le da el carácter de totalitario.

    La libertad trae consigo un problema para los seres humanos: la incertidumbre. Cuando el individuo es libre, repara en que se encuentra frente a un mundo complejo, que le ofrece más preguntas que respuestas a ellas, que tiende a la entropía (lo que explica su carácter inestable) y donde no tiene nada bajo su absoluto control, por lo cual deduce fácilmente que el mundo en el que se encuentra inserto es completamente incierto: no sólo el mundo que compartimos todo, sino el mundo propio que se construye el individuo con el que interactúa.

    El individuo libre es, a su vez, responsable de crear e interpretar esta realidad compleja e incierta por cuenta propia.

    Los seres humanos tendemos a ser malos para lidiar con la incertidumbre. Es como aquella angustia kierkegaardiana de asomarse al vacío, de sentir el vértigo de la libertad. La incertidumbre es molesta, pero algunos son más capaces de lidiar con ella que otros. Cuando el individuo es incapaz de hacerle frente y termina sintiéndose sometido, busca algún lugar o algún «alguien» para esconderse ahí y evitar hacerle frente.

    Naturalmente, el individuo no puede cambiar la realidad ni las muy complejas reglas sobre las cuales se rige el mundo. Sin embargo, puede negarlas y cambiarlas por explicaciones más sencillas de la realidad que le provean todo lo contrario a la incertidumbre propia: explicaciones fáciles (aunque ciertamente falsas), estabilidad, sentimiento de pertenencia, una estructura clara y concisa. Claro, esto conlleva pagar un precio: la libertad.

    Iglesias como la Luz del Mundo tienen mucho éxito en ello: proporcionan un gran alivio a todos dichos problemas a cambio de que el individuo se someta al credo, a la iglesia y al líder. El individuo entrega todo su poder a cambio de estabilidad emocional y tranquilidad. No es gratuito que estas organizaciones capten especialmente a personas que son susceptibles psicológica y emocionalmente.

    Esto también explica que estas iglesias se vuelvan inmunes ante las críticas y los escándalos, como los que rodean a la Luz del Mundo en el cual su líder Nasoon Joaquín está preso en Los Ángeles por abuso sexual, historia que relata muy bien un documental de Netflix. A una persona que se encuentra fuera de esta organización le parece aberrante que los súbditos no cuestionen las conductas de su líder, pero la realidad es que tendrían que pagar un precio muy alto por hacerlo. No solo por el hecho de que serían reprendidos por la organización, sino porque toda su existencia, su estabilidad emocional y su bienestar psicológico está ligado a ésta. El simple hecho de que un individuo cuestione en su mente a la organización le causa angustia, porque entonces todo aquello que es cierto y dado (por la organización) se tambalea, y con ello su existencia propia.

    Esta dinámica, en donde el individuo le entrega todo el poder al líder, siempre tiene consecuencias nefastas. Los escándalos sexuales de Nasoon (que comparte con su padre y abuelo a quienes sucedió) no son la excepción sino la regla dentro de liderazgos que acumulan tal cantidad de poder que los vuelve inmunes ante las leyes y el juicio de la gente que le otorga dicho poder.

    Si los individuos ceden todo su poder a los líderes, entonces ellos pueden hacer con éste lo que les plazca. Los líderes son convertidos en dioses o en mitos, y ello les da permiso de hacer lo que quieran porque no tienen que rendir cuentas ni tienen que someterse a las leyes. Los súbditos no reparan (o no quieren reparar) que sus líderes son personas de carne y hueso tan imperfectos como ellos, que, además, suelen cargar con rasgos psicopáticos y megalomanías que acrecienta su peligrosidad.

    No es gratuito, además, que estas organizaciones suelan tener alianzas con el poder político, porque ese poder que los súbditos le trasladan a los líderes también pueden ser trasladados al propio poder político. Basta que el líder «bendiga» a la facción política con la que ha llegado a un acuerdo para venderle al político los votos de los fieles: ya sea MORENA, Nayib Bukele o Javier Duarte. Tampoco ello es gratuito porque dentro de la política también son comunes esta suerte de dinámicas: individuos que se someten a una ideología a la cual tratan como dogma, líderes populistas de izquierda o derecha que, a través de un discurso demagogo, dan un sentido a la gente que rápidamente se identifica con ellos y los encumbra como salvadores.

    La historia parece mostrar que es más común que el individuo ceda su libertad para no enfrentarse a la incertidumbre que le aqueja. Los regímenes autoritarios, las organizaciones terroristas como Hamas se alimentan de ello. En Occidente apenas hemos logrado construir un sistema donde se le permita al individuo de tener cierto grado de libertad, pero siempre está la tentación, ante cualquier síntoma de inestabilidad, de sucumbir ante líderes autoritarios y carismáticos, como cuando un niño, al apagar la luz de su cuarto, se siente invadido de miedo y corre a la cama de sus papás.

    La libertad no es cómoda. Abrir la ventana y observar un mundo complejo e incierto no es algo que tranquilice a todos, pero ese es el mundo que hay, así es como funciona y ni el más abyecto sometimiento lo va a cambiar, aunque haya quienes, con el fin de amasar poder, busquen darle a la gente respuestas sencillas y un espacio seguro ficticio.

  • Los abyectos en su hora de opinar

    Los abyectos en su hora de opinar

    Los abyectos en su hora de opinar

    No es lo mismo simpatizar con un régimen o un movimiento que someterse a este con abyección. Mientras que los primeros pertenecen porque ven ahí alineadas sus convicciones, los segundos simplemente han suprimido cualquier esbozo de espíritu crítico sometiéndose a los designios e intereses del poder actuando como meros peones de éste en busca de un beneficio personal.

    Hace unas semanas, en la nueva temporada de la Hora de Opinar (el programa que conduce Leo Zuckermann) fueron incorporados a la mesa de debate a diversos «opinadores» favorables al régimen. Uno podría pensar que su adhesión nutriría el debate político en el cual se discutirían diversas visiones del quehacer político y daría al espectador una perspectiva más amplia.

    Así, se integraron Renata Turrent, Eder Guevara y Violeta Vázquez-Rojas entre otros.

    Pero la realidad es que si algo me mostraron estos panelistas es que el hecho de que existan diversas posturas no es suficiente para que se genere un debate político más nutrido. Incluso pueden lograr lo opuesto.

    Un ambiente favorable sí ocurría con Gibrán Ramírez en sus tiempos de «oficialista». Aún cuando no se concordara en muchas cosas con él, su presencia enriquecía el debate y podía poner temas interesantes sobre la mesa. Eso no pasa ni con Renata, Eder o Violeta. ¿Por qué?

    La respuesta es simple, porque Gibrán, a pesar de sus evidentes simpatías, tenía una voz propia y su espíritu crítico no había quedado anulado. En el caso de Renata, Eder y Violeta, me temo, ha ocurrido todo lo contrario.

    Estos nuevos panelistas no van a debatir en realidad, son meros propagandistas que repiten de forma coordinada las indicaciones que «reciben de arriba». Llegan con argumentos pre-hechos y ensayados: si te preguntan esto entonces responde aquello, si cuestionan a Claudia Sheinbaum por X, da Y razón. Su discurso es acartonado y predecible, y cuando no es porque caen en un acto de cinismo que puede sorprender a más de uno (Eder dijo que estaba muy nervioso por la designación tan predecible de la corcholata destapada). No son pocas las veces en que las caras de asombro (en el mal sentido) o hasta desesperación por parte de Paula Sofía o Carlos Bravo Regidor.

    Estos panelistas son simples merolicos cuya finalidad no es debatir, sino deliberadamente hacer quedar bien al régimen de cuál forman parte. No van ahí para defender sus convicciones (por más alineadas que estén con el ideario del régimen al cual defienden), sino con un mero fin propagandístico. En un ambiente así, es difícil generar un buen debate porque no existe por parte de ellos una intencionalidad de debatir y contrastar ideas, sino de buscar imponer al público aquellas posturas que son las convenientes para el régimen.

    Aunque sean iguales en número, la mesa queda desbalanceada. Porque los que son críticos al régimen (como Paula Sofía, Carlos Bravo, Denise Dresser o Pablo Majluf) no buscan hacer propaganda en favor de algún poder en específico, sino simplemente de dar y defender su propia opinión. Cuando los «opositores» están opinando, los oficialistas suelen tomar notas para encontrar el contraargumento que deje mejor parado al régimen. Mientras que los opositores pueden llegar a hacer concesiones (dado que mantienen una mayor apertura), ellos no estarán dispuestos a ceder ni un centímetro. Si los confrontan por el papel que están jugando y lo cual es muy evidente (como hizo Denise Dresser) se victimizan en las redes sociales diciendo que son víctimas de intolerancia.

    Algunos de ellos acusan en sus redes sociales que sus comentarios son vistos como propaganda en tanto que la de los opositores les parecen análisis objetivos. Si bien, es cierto que los análisis de sus «adversarios» no tendrían por qué serlo, lo cierto es que sí hay una clara distinción que puede hacerse: ellos van con el fin explícito y específico de hacer propaganda en favor del régimen, lo cual no es el caso de sus contrincantes.

    Basta ver cómo es que el discurso de los panelistas oficialistas es exactamente el mismo. No hay siquiera un sello propio que distinga a Renata de Eder o de Violeta: parecen repeticiones una de la otra persona, y ello es sintomático de que su misión en La Hora de Opinar es hacer propaganda en favor del régimen y que aquello que van a decir ya ha sido escrito o planeado de antemano..

    Ellos no son meros simpatizantes, son abyectos del régimen. No van ahí a defender sus ideas, van ahí, sometidos intelectualmente, a servir al oficialismo porque ello les trae dividendos (sean políticos o económicos). Claro, no será MORENA el primer partido donde sus militantes muestran abyección hacia el poder, pero parece que esta práctica ser es más notoria y recurrente, al menos desde la alternancia democrática a finales del siglo XX.

  • Eduardo Verástegui. Identitarismos y conservadurismos colectivistas.

    Eduardo Verástegui. Identitarismos y conservadurismos colectivistas.

    El polémico artista Eduardo Verástegui ha irrumpido en el escenario electoral.

    Ese hombre que se entregó a los más profundos excesos y que, gracias a la religión a la cual se aferró dogmáticamente, encontró una salida a dichos excesos que explican que presuma más de 15 años de castidad, ha decidido contender por la Presidencia de la República, para lo cual tendrá la difícil tarea de recolectar casi un millón de firmas en al menos 17 estados.

    Verástegui claramente es un fenómeno marginal que no tiene posibilidad alguna de llegar a la Presidencia y cuya presencia solo podría beneficiar a MORENA al tratar de captar votos de los sectores más conservadores de la República Mexicana.

    Lo que es cierto es que se ha ganado el corazón de la ultraderecha tuitera mexicana, la cual está dispuesta a mover mar y tierra por él aunque ello implique permitir el avance del autoritarismo. ¿Por qué? Esto me lleva al primer punto:

    El voto identitario

    En la ciencia política se han estudiado los tipos de voto que han existido a lo largo del tiempo y que se manifiestan en distintos contextos. Por ejemplo, Bernard Manin hablaba sobre el voto de masas (personas que siempre votaban por un partido, determinado en gran medida por las clases sociales) o el más nuevo voto de audiencias, donde los candidatos, gracias a los medios de comunicación, construyen una imagen y una marca sobre sí mismos de tal forma que se vuelven más relevantes que los propios partidos o la doctrina ideológica que defienden (Vicente Fox es un claro ejemplo).

    Desde otra perspectiva están el voto duro: el individuo que siempre vota por un partido por tener una relación casi simbiótica con este; el voto útil: donde el individuo vota de forma pragmática prescindiendo de su opción preferida para que evitar que gane la opción peor o el voto de castigo: se vota, más que por convicción en favor de una candidatura, por el deseo de castigar al incumbent (al partido o político en el poder).

    Pero dentro de estos tipos de voto yo me atrevería a incluir a uno que me llama en especial la atención: el voto identitario. En tiempos en los que la identidad (como bien señala Francis Fukuyama) se ha vuelto relevante: importa mucho si soy católico, si pertenezco a la comunidad LGBT, soy mujer o soy afroamericano. Mi ser está definido en gran medida por esas características. Por ello es de esperar que aparezca una suerte de voto identitario.

    A pesar de la marginalidad de Eduardo Verástegui, él representa un fenómeno claramente identitario.

    En el voto identitario el elector no vota tanto por una oferta programática o para que ciertas políticas que le beneficien o creen correctas se ejecuten, sino porque se sienten personalmente identificados con el político en cuestión. El propio López Obrador es un fenómeno identitario ya que mucha gente siente que es como ellos, que comparte su idiosincrasia y sus formas. ¡Por fin un presidente cercano al pueblo, que habla como nosotros! Ello explica que en las encuestas de evaluación presidencial exista una notoria discrepancia entre la aprobación al Presidente (relativamente alta) y a los resultados de su gobierno (relativamente bajo).

    En los rincones ultraconservadores se argumenta:

    Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez son lo mismo: aborteras y socialistas. Yo voy a votar por Eduardo Verástegui porque es un voto «Provida». Si no voto por él, seré un mal católico.

    Más allá de que equiparar a Sheinbaum con Xóchitl es completamente falaz, su voto por Verástegui no es una decisión programática. Es decir, desde una perspectiva racional (bajo el supuesto programático) sería difícil justificar su decisión. Debe haber otra motivación:

    Se definen como provida, pero, en el prácticamente imposible caso de que ganara la elección, el actor tendría escasa injerencia en el tema porque el aborto es un tema más bien legislativo y judicial: ahí el Presidente presenta una terna de candidatos de entre los cuales el ministro elegido será seleccionado por dos terceras partes del Senado de la República.

    A lo mucho, Verástegui podría aspirar a nominar ministros conservadores para que alguno o algunos de ellos entre a la Suprema Corte, y donde éstos serían minoría frente a una mayoría actualmente progresista (los ministros duran 15 años en su cargo). Eso explica que López Obrador tenga hoy una corte prácticamente opositora.

    La otra cuestión y la que tiene mayor peso es que Verástegui no tiene posibilidades de ganar, sobre todo en una contienda polarizada en que la elección girará en torno a la continuidad o la salida del régimen actual.

    Y esto se suma al hecho de que, al ir como candidato independiente, Verástegui no tendría representatividad en el Congreso. A diferencia de los otros candidatos cuyas figuras generan un efecto arrastre en el Congreso (más votos por mí se traduce en más curules para mi partido) Verástegui gana 1% o 10% de los votos sería prácticamente irrelevante.

    Un razonamiento programático podría ser: «Ejerceré el voto útil contra el régimen votando por Xóchitl Gálvez, ya que, aunque no coincido en muchas cosas con ella, su triunfo garantizaría el funcionamiento de la democracia mexicana de tal forma que en un futuro cercano una propuesta de «derecha dura» podría competir en elecciones libres. De lo contrario, es posible que el régimen amañe las elecciones o sean lo suficientemente inequitativas de tal forma que no permita que mi candidato logre competir. Si apoyo y promuevo a Verástegui, las probabilidades de que el régimen permanezca en el poder y, por ende, no exista esa vía democrática necesaria para impulsar a un candidato que defienda lo que yo creo.

    Claro está, se contraargumentará que tener a Verástegui en la boleta podría difundir las ideas de «derecha dura». Hasta cierto punto la afirmación puede ser válida, pero hasta cierto punto. Al ser candidato independiente, Verástegui tendrá un acceso mucho más reducido en medios que las candidatas principales para difundir sus ideas y su plataforma quedará casi reducida a los debates como ocurrió con el Bronco.

    Otro contraargumento que he escuchado es que «se vote por Verástegui y por la oposición en las cámaras para salvaguardar la democracia». Ciertamente, gran parte del poder para destruir a la democracia reside en las cámaras, pero no todo reside ahí, y basta ver al cómo ha actuado el régimen actual al respecto. La democracia también es un consenso social, y el presidente se ha encargado de atacar dicho consenso a través de sus declaraciones en las mañaneras polarizando a la sociedad. Ello también genera un efecto nocivo ya que genera una mayor desconfianza ciudadana en las propias instituciones que salvaguardan la democracia misma.

    En este razonamiento programático tal vez sería más adecuado optar por quien garantice la permanencia de las instituciones democráticas al tiempo que construyen un movimiento que se convierta en un partido que pueda ir ganando espacios, por poner un ejemplo. Pero ¿entonces por qué insisten en Verástegui? La razón es simple: se identifican con él, «él es como ellos», representa sus valores y lo votarán aunque su voto prácticamente no tenga efecto alguno en las políticas.

    Para ellos, votar por alguien con quien tienen diferencias sustanciales es una traición a su identidad, aún cuando a la larga esa opción podría resultarles más benéfica porque les garantizaría las vías para poder aspirar llegar al poder.

    Sabido es que estos fenómenos identitarios tienden a fomentar formas de organización colectivistas donde el grupo importa más que el individuo, y eso me lleva al segundo apartado de este texto.

    El conservadurismo colectivista

    Cuando se habla de colectivismos, en el imaginario suelen aparecer conceptos como socialismo, fascismo, o incluso fenómenos identitarios de izquierda o el wokismo radical. Sin embargo, ello también es prevalente en el otro lado del espectro político. Las ideologías colectivistas u holistas (como las llama el historiador italiano Emilio Gentile), supeditan al individuo al grupo. Es decir, el grupo importa más que el individuo el cual solo se explica como un miembro del primero.

    Dentro de las distintas formas de conservadurismo, podría reducirlas a dos para efectos de este texto. El conservadurismo «liberal» (parece oximorón, pero no necesariamente lo es) consiste en aquel conservadurismo que prioriza la tradición sobre el cambio y que incluso puede llegar a tener una motivación religiosa (un claro ejemplo son los partidos democristianos), pero que respeta y promueve la libre determinación del individuo, y entiende que el individuo tiene derecho a tener el credo que deseé.

    Luego está el conservadurismo colectivista en el cual el individuo se supedita al grupo. El slogan de Verástegui de «poner a Dios al centro» o el de «Dios, patria y familia» (una calca del slogan fascista de Benito Mussolini) es un claro amago colectivista. En lugar de que los ciudadanos libremente se comporten de acuerdo a sus creencias religiosas (o no religiosas) se promueve una única visión desde el gobierno, y si «Dios está en el centro», lo cual se comprende como su cosmovisión religiosa, todo lo que no pertenezca a ella queda relegado a la periferia. El Estado laico que garantiza esa libre determinación queda hecho añicos en favor de una visión confesional oficial a la cual el individuo queda supeditado.

    El problema no es la religión per sé, sino la amenaza contra la libre determinación de las personas a tener sus propias creencias, uno de los aspectos torales del liberalismo, así como el uso de las creencias religiosas de la gente con fines políticos. La religión es un asunto privado de las personas y el gobierno no debería priorizar alguna visión religiosa sobre las demás o sobre el deseo de no ejercer una.

    Ciertamente, Eduardo Verástegui no es fascista, pero este tipo de conservadurismo holista que él promueve sí puede insertarse dentro del espectro de las ultraderechas. Definirlo como ultraderecha en este caso no es algo incorrecto.

    Conclusión

    Tal vez no erren quienes ven con preocupación que en el futuro este tipo de líderes puedan ganar relevancia. Sin embargo, es complicado que Verástegui cobre relevancia en estas elecciones (si es que llegara a juntar las firmas) ya que el panorama sociopolítico y los clivajes salientes no terminan de fomentar una oposición entre conservadurismos y progresismos, sino que más bien están absorbidos en ellos. Ambas corrientes se encuentran traslapadas en los clivajes confrontados. Es decir, tanto en el electorado oficialista como en el opositor existen corrientes tanto conservadoras como progresistas.

    Esta elección será entre autoritarismo y democracia, o visto desde una perspectiva oficialista, entre el pueblo y los «conservadores privilegiados» (nótese que el significante «conservador» promovido por el régimen poco tiene que ver con el conservadurismo del que he estado hablando en este texto). Sin embargo es posible que en el futuro el conflicto entre progresismo y conservadurismo pueda cobrar relevancia, sobre todo cuando se vuelva más relevante que el conflicto actual. En un escenario así, una figura como Eduardo Verástegui sí que podría tener mucho mayor pero que al que hoy puede aspirar.

  • Los meritócratas

    Los meritócratas

    Desde hace algunas semanas, el concepto de meritocracia ha adquirido relevancia en el discurso público (sobre todo en redes sociales). Que si la meritocracia existe, que si no, que si es buena o que si es mala.

    Se entiende como meritocracia aquel orden social que está dado por el mérito: es decir, le debe ir mejor a quien lo merece más. ¿Y quién lo merece más? El que haya puesto un mayor esfuerzo y tenga mayor talento.

    La etimología de esta palabra, que no es otra cosa que un neologismo y que fue acuñado de forma crítica y satírica por el sociólogo británico Michael Young, presenta problemas. Tendría que ser algo así como «el gobierno de quienes tienen el mérito», pero en el discurso más bien trata sobre el ordenamiento social con base en el mérito, no necesariamente quién está gobernando.

    Pero su uso práctico también es cuestionable. Me llama la atención, por ejemplo, que en el discurso público se confunda y traslape el «deber ser» con el «ser». Si el deber ser se pregunta si es deseable un ordenamiento social con base en el mérito, el ser se pregunta si este ordenamiento existe en la práctica.

    Veo muchos decir que «yo creo en la meritocracia», pero en su pronunciamiento suelen confundir e intercambiar estas dos vertientes. Quienes utilizan ese «yo creo en la meritocracia» por lo general suelen oponerse a argumentos que sostienen que el ordenamiento social no está condicionado por el mérito y sí más por factores externos sobre los cuales el individuo no tiene control. Dicen que es deseable que haya un ordenamiento social conforme al mérito, pero a veces parecen intuir que este existe en la realidad, porque sin problemas podría defenderse a la meritocracia desde el deber ser y criticar que esta no existe en la práctica y señalar por qué no existe.

    Por eso es posible ver tanto a oligarcas beneficiarios del poder político como Ricardo Salinas Pliego utilizarla para justificar su posición social en la punta de la pirámide hasta personas que «comenzaron» desde abajo como Xóchitl Gálvez utilizan este concepto con el fin de «dotar de capacidades a los individuos para que salgan adelante».

    El problema es que una meritocracia pura es prácticamente irrealizable y posiblemente podría decirse lo mismo de la ausencia total de meritocracia. La existencia de la meritocracia solo puede entenderse como de grado. Se puede decir «existe algo de meritocracia», «este país tiene más meritocracia que este otro», pero difícilmente podría sostenerse que existe una meritocracia plena o siquiera algo cercano de ello.

    Para que esta exista, es necesario que exista una relación causal preponderante entre mérito con la posición social y no haya otras variables que la estén condicionando o que sean mucho menos relevantes, lo cual es prácticamente imposible.

    Y para que existiera este escenario se necesitaría que todos los individuos partieran desde el mismo punto, es decir, que la pureza de la meritocracia deba ser directamente proporcional a la pureza de la igualdad de oportunidades, algo así como el «velo de ignorancia» de John Rawls que también es irrealizable en la práctica y seguramente no pocos adalides de la meritocracia verían con escepticismo.

    La realidad es que todos partimos de escenarios distintos, tenemos distintas habilidades innatas y contextos distintos que nos pueden dejar en distintas posiciones de acuerdo al contexto en el que estamos insertos: estos van desde la posición socioeconómica hasta algo que en la apariencia puede parecer tan trivial como la aleatoriedad (la suerte). El contexto importa y mucho, y me atrevo a decir que por lo general importa más que el mérito. Por lo general, a los individuos no nos agrada sentir que no tenemos tanto control sobre la realidad como quisiéramos, aunque eso no significa que no tengamos control alguno sobre nuestro destino.

    Después viene otro problema. ¿Cómo medimos el mérito? Por lo general, insertamos ahí al esfuerzo y al talento. El talento es fácil de conceptualizar y tiene que ver con la habilidad que una persona tiene para llevar a cabo una acción dada (donde se entremezclan factores innatos y otros que el individuo puede desarrollar).

    El problema es que el esfuerzo es algo muy complicado de conceptualizar. ¿Cómo se mide el esfuerzo? ¿Por la cantidad de energía y sacrificio que una persona emplea en alguna actividad? ¿Por su disposición a aceptar el «dolor» a cambio de recibir una gratificación posterior? ¿Se puede seguir considerando esfuerzo si el individuo ya está habituado a éste y ya no le pesa, o incluso si ya lo disfruta (como aquellos que son adictos al trabajo?

    Entenderíamos que quien «le sufre más» le va mejor, pero esto no necesariamente se sostiene, sobre todo cuando el individuo se sobreexige: el exceso de trabajo y de gasto de energía puede crear, en ciertos ámbitos, efectos contraproducentes en la psique e incluso en el rendimiento. Importa mucho también a dónde se dirige ese esfuerzo. Es muy posible que un directivo no tenga la capacidad física de emplear el esfuerzo que un albañil emplea en la obra, y sin embargo, al directivo le va mejor que al albañil.

    Posiblemente, podría redefinirse al mérito como la capacidad de crear valor: eso que hago aporta valor a las demás personas, y por más valioso sea me tiene que ir mejor. Hace sentido porque es un concepto toral dentro de las economías de mercado. Sin embargo, la creación de valor nos regresa al punto de partida: ¿genera más valor quien se esfuerza más y tiene más talento? ¿O quien tuvo mayor acceso a la adquisición de herramientas para poder ofrecer valor?

    Pero eso no significa que la meritocracia (en su definición original) no esté absolutamente ausente. Pocos podrían negar que esforzarte y tener talento no te va a llevar a ningún lado. La realidad es que, al menos, puede dejarte en una posición un poco mejor, o aumentar aunque sea un poco las probabilidades de que te vaya mejor. Incluso en un régimen de lo menos meritócrata (digamos, una monarquía absoluta o una dictadura comunista) esforzarte o tener una suerte de talento puede establecer la diferencia entre comer o no comer.

    Dicho todo esto, es imposible crear una meritocracia tal que podamos afirmar que vivimos en ella. A lo mucho, se pueden crear situaciones específicas donde la meritocracia tenga un papel preponderante. Por ejemplo, los exámenes de admisión tratan (aunque solo hasta cierto punto lo logran) crear el proceso de admisión de una forma más meritocrática. Las competencias deportivas y otro tipo de escenarios suelen procurar estos mecanismos.

    Entonces, ¿qué hacer? Sabemos que la meritocracia pura no existe ni podrá existir, pero sabemos que de ahí no se sigue que el esfuerzo y el talento no sirvan, negarlo podría ser pernicioso para la sociedad. Claro, la cultura del esfuerzo debe promoverse porque el individuo aumenta las probabilidades de estar en una situación aunque sea un poco mejor y porque ello también beneficia a la sociedad en su conjunto.

    Simplemente, debemos dejar de pensar que este ordenamiento meritócrata es posible, debemos dejar de pensar que los individuos estamos en tal posición solamente nuestro esfuerzo ignorando el contexto en el que nos encontramos. Esta negación, como bien señala el filósofo Michael Sandel, se puede traducir en una profunda arrogancia por parte de aquellos que pueden sentirse superiores porque creen que «todo fue producto de su esfuerzo».

    En mi particular opinión, debemos pensar que el ordenamiento social debe estar dado por la creación de valor (que, como vemos, no está necesariamente ligado al mérito) ya que el valor genera un mayor bienestar para la sociedad y, al mismo tiempo, deben existir mecanismos o políticas para procurar que aquellos que estén en desventaja lo estén menos y tengan mayor acceso a herramientas y oportunidades para que tengan mayor movilidad social. No vamos a poder garantizar una equidad perfecta, pero sí una situación donde los puntos de inicio de los individuos no sean tan dispares.

    Claro, paradigmas que atentan contra la idea liberal de que todos los seres humanos valemos lo mismo como la discriminación por género, color de piel u orientación sexual y similares deben ser combatidos. De la misma forma, es indispensable que exista un Estado de derecho que conciba a todos los seres humanos como iguales y que ninguno tenga más privilegios frente a la ley que otros. Así mismo, la cultura del esfuerzo debe existir y promoverse aunque aceptemos que esta posiblemente no determine en gran manera el ordenamiento social.

  • La pedagogía del opresor, o los libros de la SEP contra los niños neoliberales.

    La pedagogía del opresor, o los libros de la SEP contra los niños neoliberales.

    Con los nuevos libros de texto les han quitado las matemáticas a las niñas y a los niños mexicanos, dejándolos sin el instrumento lógico y conceptual esencial para enfrentar los desafíos en su vida en la era moderna. Los nuevos libros de texto gratuitos son una traición a Freire.

    Luz de Teresa, Investigadora del Instituto de Matemáticas de la UNAM y expresidente de la Sociedad Matemática Mexicana

    Para el régimen. la función de la educación no es formar capital humano para el mercado.

    Claro, esa no debería ser la única función de la educación. Esta, a mi parecer, tendría que tener una visión más holística y debería ayudar a formar a la persona como tal, no solo en el ámbito productivo.

    Pero esta formación ciertamente debería de dotar de capacidades al individuo para integrarse al área productiva para que tenga una mayor movilidad social y contribuya a la economía de su país. De algún lado el individuo tiene que producir para comer y poder satisfacer sus necesidades materiales.

    Al notar este desprecio por la matemática en estos libros de texto, recordé el trend de #RosaPastel donde muchos jóvenes se sentían frustrados porque su vida laboral les parecía decepcionante con respecto de las expectativas que ellos tenían. Mucho de ello, decía, se explicaba porque la mayoría de los estudiantes no adquieren las habilidades necesarias para optar por carreras que tienen una mejor perspectiva (ingenierías y similares) en lugar de profesiones que adolecen de una profunda sobreoferta.

    El problema es que los avances tecnológicos de nuestros tiempos crearán mayor demanda de estos perfiles que nuestro sistema educativo (no solo público) no está siendo capaz de crear. Es decir, si el rezago en matemáticas siempre ha sido un problema en nuestro país, este se va a agravar cuando las matemáticas se vuelvan más importantes.

    Y este es el caso de estudiantes donde una gran parte tienen el privilegio de estudiar en escuelas privadas, cuyo nivel tampoco es para presumir, pero que tienen cierta libertad sobre qué materiales y qué cosas les van a enseñar a los alumnos. Ahora imagínense a los niños que tienen que estudiar en escuelas públicas que van a recibir una dosis ínfima de matemáticas y ciencias exactas en el aula.

    Es decir, contrario a los deseos del famoso pedagogo Paulo Freire, en el cual supuestamente está inspirada esta currícula y cuyo pensamiento ya data de hace más de 60 años, los nuevos textos no ayudarán a emancipar a las nuevas generaciones. La ausencia de matemáticas les dará menos margen de acción, no sólo para encontrar trabajo, sino para poner un negocio o hasta trabajar en áreas cuantitativas necesarias tanto en la iniciativa privada como en el servicio público. Por el contrario, estos textos buscan hacer de los niños a seres más dependientes ideológicamente del régimen de tal forma que se conviertan en instrumento para transmitir y perpetuar su ideario en el colectivo mexicano.

    Es cierto que la educación lleva necesariamente alguna dosis de adoctrinamiento. Es imposible que no exista ya que es imposible educar a los niños desde una postura completamente neutra sin un «deber ser» detrás del diseño de la currícula. En las escuelas confesionales se adoctrina a los niños con fundamentos religiosos, en otras con una visión más liberal y en la pública con la doctrina gubernamental.

    Pero dentro de esta imposibilidad, hay educaciones que forman a individuos más libres que otros y sobre de ello habría que hacer esta distinción. Existen, a su vez, doctrinas más nocivas que otras y hay poderes políticos que buscan controlar ideológicamente más a sus gobernados que otros.

    Lo que ha hecho este régimen sí se ha volado la barda.

    Básicamente, quieren imponer el ideario personalista del presidente en las nuevas generaciones combinado con algunas pinceladas marxistas y otras nostálgicas orientadas hacia el sur. No podría decirse que son «libros comunistas» como algún periodista está sugiriendo, pero sí parte, en cierta medida, de conceptos y paradigmas ya caducos más propios del siglo pasado y que la izquierda populista latinoamericana ha tratado de rescatar.

    El obradorismo está ahí: en el libro se nos dice que hubo fraude en el 2006, que el neoliberalismo (en la particular definición de López Obrador) está mal y un diverso cúmulo de ideas que se han repetido hasta el cansancio en los libros y los discursos de López Obrador: incluso se propone a las niñas y niños hacer asambleas con todo el sabor y estilo de MORENA. No se hace mención explícita al presidente, pero sí a su ideario.

    Por ejemplo, con un ejercicio de text mining que hice utilizando los libros de secundaria, encontré que estos preceptos aparecen con la siguiente frecuencia (es el total de palabras utilizadas en los 4 libros dividido entre 4):

    • Neoliberalismo: 13
    • Democracia: 12.75
    • Desigualdad: 9.75
    • Privatización: 3.75
    • Soberanía: 2.5
    • Conservadores: 2.5
    • Matemáticas: 2.25
    • Adversarios: 0.5

    Conceptos como «neoliberalismo», «privatización», «soberanía» y «conservadores» forman parte del discurso de López Obrador y aparecen recurrentemente en el libro, incluso más que la palabra «matemáticas» que apenas aparece poco más de dos veces por libro. Aproximadamente, por cada vez que aparece el término matemáticas, el de neoliberalismo aparece cinco veces. Este «adoctrinamiento» ocurre con mayor énfasis en los libros dirigidos a los maestros.

    Mi intención no es analizar la pedagogía de estas obras porque no soy un experto en el tema y creo que otras personas pueden hacer un análisis mucho mejor al mío, sin embargo no se necesita hacer un análisis complejo para ver los nocivos efectos que estos nuevos libros van a tener en las nuevas generaciones.

    El enfoque ideológico de estos libros presume ser comunitario e igualitario; sin embargo, condenará a las nuevas generaciones a lo contrario. Me explico:

    La niñas y niños que acuden a la escuela pública tienden (aunque no siempre) a asistir ahí porque no tienen la alternativa de acudir a una institución privada. Ello quiere decir que su capacidad económica es menor y suelen encontrarse en los deciles más cercanos a la base de la pirámide socioeconómica.

    Una izquierda moderna que diga buscar la igualdad debería dotar a estas personas de habilidades para que tengan una mayor movilidad social, pero justo están haciendo lo contrario. Esta degradación de la calidad de la educación (que ya de por sí es mala) va a crear una brecha mayor entre aquellos que asisten a la escuela pública y aquellos que van a la escuela privada. Ello necesariamente va a crear una mayor desigualdad con el tiempo.

    El problema es que los nefastos efectos que estos cambios en la currícula van a tener no se van a notar en el corto plazo. Actualmente, el oficialismo hasta presume de cierta reducción de la desigualdad. Pero, con el pasar de los años, cuando los niños que hoy asisten a las primarias y secundarias públicas tengan que buscar trabajo en un mundo cada vez más «tecnologizado» más llenos de expertos en ciencia de datos, robótica o inteligencia artificial y se vean imposibilitados de participar, ello tendrá repercusiones nocivas en la propia economía: un país sin capital humano incapaz de generar riqueza para, a su vez, generar mayor bienestar en la población.

    Y un niño que tiene menos educación, que está en desventaja y tiene menos habilidades es, necesariamente, un niño «menos emancipado» y más esclavizado por sus circunstancias.

  • Claudia Sheinbaum no es un bato, pero…

    Claudia Sheinbaum no es un bato, pero…

    Dicen por ahí que hay un sesgo de género en contra de Claudia Sheinbaum.

    El tema no es nuevo. Preguntarse si las mujeres reciben un trato diferente que los hombres es un tema muy válido.

    Miren. Estaba trabajando un proyecto con la IA donde una de las tareas que realizaba era la obtención de imágenes de distintas profesiones (en una plataforma llamada Leonardo, muy parecida a MidJourney).

    Resultó que en la gran mayoría, estas imágenes mostraban hombres (de 100 profesiones, más de 80). Tan solo en las profesiones muy estereotípicas como enfermería o nutrición se desplegaban mujeres. Incluso al utilizar la palabra «biologist» me mostró hombres siendo que hay más mujeres biólogas.

    Naturalmente, estos modelos están entrenados con un gran base de datos de información en Internet. La gran mayoría de esa información tiene solo unos años de antigüedad y tiende a ser generada dentro de países desarrollados que, en el papel, son más equitativos en cuestión de género que en los países del tercer mundo.

    Es un ejercicio interesante porque logra brincar todas las subjetividades y sesgos culturales o ideológicos que pudiera haber en una investigación típica sobre el tema (que si la investigadora es feminista o que si la encuestada vive en una sociedad donde el machismo está normalizado). La IA solo muestra lo que es más común en toda la información que hemos ido creando a lo largo de estos años.

    Claro está. Si existen esos sesgos, es de esperarse que puedan existir sesgos (muchas veces inconscientes) sobre el trato que se le da al hombre y a la mujer. Y el tema de la política, tradicionalmente dominado por hombres, es un tema que no debe escapar. De hecho hay investigación al respecto que puedes consultar aquí.

    Esta situación nos mete en un terreno fangoso, porque por un lado es muy válido preguntarse si existe un trato diferenciado y si la crítica que se hace a una candidata es diferente a la que se le hace a un candidato.

    Pero, por el otro, es cierto que existe quienes puedan aprovechar esta situación para acallar a aquellos que osen criticar a una candidata mujer. Lo cierto es que tanto los políticos hombres y mujeres deben estar sujetas y sujetos a la crítica y al escrutinio por igual, como bien lo señala Denise Dresser en su columna «maroma machista».

    Por ejemplo, Viri Ríos sugiere entre líneas que quien afirma que Claudia es incompetente está siendo de alguna forma machista, aunque es cierto que también se ha dicho una y otra vez lo mismo de López Obrador. Situación similar ocurre cuando ella afirma que Claudia es un clon de AMLO mientras que a los hombres se les ve como pragmáticos por hacer lo mismo, aunque la misma crítica se le ha hecho a Adán Augusto una y otra vez.

    Llama también la atención que estos días se hayan publicado varias columnas que hablan sobre el mismo tema, lo cual es sospechoso por la cercanía de las publicaciones y por el timing (justo cuando la competencia entre las corcholatas acaba de comenzar).

    Es algo perverso que haya quien quiera montarse en esta problemática con fines políticos, no solo porque trivializa un tema importante, sino porque lo utiliza como escudo para neutralizar y relativizar críticas que bien pueden ser muy válidas así como para victimizar a alguien que forma parte del poder y que debería estar bajo el escrutinio público. Incluso hay quienes ya lo han hecho pero que, cuando el presidente López Obrador denostó a las feministas y canceló los albergues para mujeres, callaron.

    ¿Son las críticas hacia Sheinbaum expresiones de machismo? Tendríamos que desagregarlas ya que es difícil saberlo y es posible que se necesite un contrafactual: digamos, un hombre que tome decisiones similares que Claudia Sheinbaum para ver si existe una diferencia en intensidad o en criterios. También se podría hacer un análisis de discurso en la información y opiniones que la gente arroja sobre la candidata para después compararla con otros casos.

    Pero de ahí no se sigue que se deba denostar cualquier crítica de forma apriorística para acallarla en nombre de un supuesto machismo. El análisis al respecto debería ser riguroso y no uno basado en suposiciones para evitar cualquier crítica hacia la candidata.