La semana pasada, Hernán Gómez vino a Guadalajara para hacer un «análisis sociocultural» de las acentuadas diferencias socioeconómicas que existen en nuestra ciudad (y que se repiten de forma relativamente similar en todo México).
En el que fue el último programa de la Maroma Estelar, este personaje afín de la 4T pretendió hacer un análisis que a priori podría parecer válido, ya que pretendía mostrar las diferencias entre las élites y la gente que no ha sido tan privilegiada. Lo que Hernán nos mostró en ese video no es algo falso: generalmente, algunos integrantes de las élites mexicanas tienen poco contacto y menos interés por el otro México, viven en una burbuja privilegiada y, si bien dicen apegarse a cierto sistema de valores (religiosos normalmente) en la práctica se mantienen muy alejados de ello: «quiero una niña con valores… si esa persona cree en diosito, para mí es de huevos… la verdad a mí no me gusta ir a misa». Eso que muchos llaman «doble moral».
Los que vivimos en Guadalajara sabemos que hay gente que es así, la hemos conocido y en más de una ocasión hemos llegado a (o más bien tenido que) convivir con ella.
Pero luego comienzan los problemas:
Un análisis de este tipo se convierte en un problema si quien lo hace lo hace con fines políticos y no con fines meramente informativos, académicos o sociales, lo cual es de notar.
Dentro de esta «investigación» que Hernán hizo (quien visitó los lugares más pudientes como Plaza Andares o la colonia Providencia donde se vitcimizó en la entrada de La Casa de los Platos) podemos ver que más que hacer un análisis riguroso, se esforzó más bien en crear un hombre de paja para fortalecer el discurso del sistema: «fifís y chairos».
Hernán entrevistó gente conocedora sobre la historia de Guadalajara y la sociedad tapatía, quienes le relataron cómo es que la Calzada Independencia funge como una suerte de muro invisible que separa a la Guadalajara más privilegiada de la que no lo es. Pero luego el mismo Hernán toma este ejemplo para hacer una distinción que estos conocedores no hacen al usar estos términos tan típicos que se utilizan para polarizar el discurso: allá al poniente de la calzada viven los fifís (privilegiados, sin empatía), en el oriente viven los chairos (el pueblo bueno).
Después de esta entrevista es cuando Hernán va a los antros para mostrarnos cómo es esa Guadalajara fifí, o más bien Zapopan, que es el segundo municipio más rico del país después de San Pedro Garza García (en lo que Hernán hace mucho énfasis). Es decir, los que vivimos en el poniente somos todos pedantes, ignorantes, doblemoralinos y, ah, odiamos a López Obrador. Del otro lado está el pueblo bueno, atropellado, malentendido, que sufre, esos que dicen que tienen las esperanzas puestas en la 4T (pero que son los más afectados por lo errático de este gobierno).
La verdad es que muchos de los que vivimos en el poniente de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ya definidos como fifís por Hernán) no somos como esas personas vacías e insulsas que entrevistó. De hecho, esos comportamientos se nos hacen patéticos y nosotros mismos los criticamos y señalamos.
A muchos no nos va mal económicamente, pero tampoco somos parte de la élite (y que dentro de esta misma no se podría generalizar del todo). Hernán nos etiquetó y creó un «ente fifí homogéneo» a partir de unas entrevistas que hizo básicamente para sumarle al carro de la polarización propia de la Cuarta Transformación entre el pueblo bueno y los privilegiados, pirruris, fifís y miembros de la mafia del poder que dice que somos nosotros.
Si una persona no conociera bien México ni Guadalajara, podría llevarse la impresión de que toda la gente de nivel socieconómico medio y alto es así, y eso muchas veces no es cierto. Lo que habría podido haber sido un buen ejercicio se convirtió en un mero instrumento de propaganda favorable al régimen para dividir a la sociedad por medio de hombres de paja y negar la heterogeneidad que existe a pesar de las innegables diferencias socioeconómicas.
Es paradójico, porque el comportamiento de Hernán, al etiquetar y reducir, no termina siendo tan diferente a los de los fifís que él mismo dice denunciar.
Uno de los más grandes problemas de las causas sociales contemporáneas, sobre todo las que tienen que ver con la reivindicación de las minorías o de sectores sociales que han sido históricamente relegados, es cierta incapacidad, al parecer, de distinguir entre aquellas conductas explícitas y aquellas normalizadas, lo cual solo está abonando a una creciente polarización entre dos polos irreconciliables, y me explico.
Lo que estas causas buscan hacer es modificar las estructuras sociales de tal forma que no se encuentren en una situación de desventaja, de inequidad o inclusive de rechazo para así formar parte de ella de forma integrada y no periférica.
La forma que las estructuras sociales tienen son producto de una cultura que se va transmitiendo de generación en generación. Dicho esto, muchas de las conductas y patrones que explican aquello que a estos sectores los hacen sentir relegados no son explícitas, sino que están interiorizadas o normalizadas: la gente creció con ellas y forman parte de los paradigmas con los cuales interpreta su realidad. Es decir, la gente no es consciente de ellas. Por otro lado, las conductas explícitas sí son reconocidas por aquellos que las llevan a cabo (en el primer caso no hay dolo, en el segundo sí).
Estas dos cuestiones son distintas y no se les puede dar el mismo trato. El problema es que en muchas ocasiones eso es lo que ocurre.
Evidentemente, a aquella persona que discrimine abiertamente se le debe señalar. La discriminación explícita sobre una persona por cuestiones de raza, género, nacionalidad, preferencia sexual o de clase es una conducta reprobable. Alguien que dice frente a la televisión que las mujeres deben quedarse en la cocina, que un homosexual es un enfermo o que los negros son una raza inferior, merece el oprobio.
La cuestión con algunos sectores de estas causas sociales es que creen que se debe tratar de la misma forma a las personas que tienen conductas normalizadas que a aquellos que tienen conductas explícitas (es decir, tratan de la misma manera a quienes discriminan abiertamente que a quienes lo hacen de forma inconsciente producto de patrones o conductas aprendidas). Creen que se debe señalar de la misma forma a quien repite conductas internalizadas, aprendidas y transmitidas desde otras generaciones como si tuvieran la explícita intención de «joder al otro».
Ellos se escudan bajo la premisa de que «si una causa no incomoda entonces no está logrando absolutamente nada». En efecto, la premisa es correcta, pero de ahí no se sigue la premisa inversa que parecen asumir: que «si una causa está incomodando, es que entonces está logrando algo». Una causa social puede ser incómoda por las razones equivocadas y no porque se estén haciendo las cosas bien.
Una causa que funciona naturalmente genera incomodidades, pero poco a poco los indignados comienzan a ceder de tal forma que los que están a favor de la causa se comienzan a volver mayoría y los que se resisten terminan, como minoría, automarginados. Tal vez este proceso tarde años, décadas, o necesite varios ciclos para llegar a su fin, pero poco a poco la nueva realidad buscada comienza a desplazar a la antigua.
Pero cuando se trata de una causa cuya estrategia no funciona, que incomoda pero no por las razones correctas, esta genera, en el mejor de los casos, un ambiente polarizado, donde los dos polos reafirman sus posturas radicalizándose cada vez más. Los que defienden la causa se vuelven entonces más autocomplacientes, se encierran en una burbuja donde solo pueden entrar ellos y no pueden tener contacto con el exterior, se vuelven más dogmáticos (lo cual termina también ocurriendo en el polo opuesto), hasta llegar a un punto donde ya no hay vasos comunicantes.
Es evidente que esto ocurre cuando no se puede distinguir bien entre conductas explícitas y conductas normalizadas. En lugar de persuadir a los segundos en vez de recriminarles por conductas que no entienden porque nunca las han externalizado, se terminan sintiendo agredidos y alienados y, más que sumarse a la causa, terminan convirtiéndose en opositores.
A diferencia de las causas de inicio y mediados de siglo, ahora no solo se busca combatir conductas o normas explícitas (la mujer no puede votar, los negros no pueden entrar a restaurantes de blancos) sino cambiar patrones de conducta que están internalizados y de los cuales las personas no suelen ser conscientes. Evidentemente es una tarea más difícil ya que, al estar escondidas ahí en el inconsciente, es más complicado darles una forma y debe de hacerse una árdua labor de concientización (e incluso a veces llega a ser laborioso saber si alguna conducta es explícita o no). Formalmente, en la mayoría de los países, ya no existe discriminación hacia la mujer ni a personas de otra raza. Es decir, las leyes, por lo general, están escritas de tal forma que apliquen de la misma manera para todos y no haya preferencias de unos sobre los otros.
Pero en la cultura y la conducta esto es todavía un tema distinto y lo que muchas veces no permite a una mujer llegar a un puesto de poder al igual que el hombre no es necesariamente un acto de discriminación explícita, sino un conjunto de patrones que, por sí solos, pueden parecer pequeños, pero que en la suma de todos ellos dejan ver que la mujer tiene cierta desventaja si comparamos a un hombre y una mujer con habilidades similares. Como esos patrones no son fácilmente detectables, algunas personas apelan, y en muchos casos sin una intención explícita de discriminar, a argumentos supuestamente biológicos: que «por naturaleza a la mujer no le gusta el poder o no le interesa mucho la política».
Se vuelve un contrasentido recriminarle a alguna persona una conducta que no conoce y que no puede dimensionar. En este caso, la persuasión y la concientización debería utilizarse para que dicha persona reconozca que tal y tal patrón termina afectando a otra persona o a un grupo de personas. Muchos realmente no lo saben, pero algunos de ellos ya fueron duramente señalados y atacados, por lo cual ya no mostrarán alguna apertura para hacer ejercicio ya que se sintieron agredidos y alienados.
Y no puedo dejar de señalar otro engaño que puede ser típico de las causas de nuestros tiempos. Los movimientos sociales (aún y con todas las intenciones de los opositores de crear hombres de paja) son heterogéneos. Algunas facciones están bien encauzadas mientras que las otras se radicalizan más. Vemos, entonces una suerte de mezcla de avances sociales (producto de los primeros) pero también una sociedad más polarizada (producto de los segundos). Muchas de las personas más radicalizadas y que no hacen esa distinción pueden creer que su lucha es la que está generando esos cambios y que hay que resistir más, pero muy probablemente no sea así, y sean los otros, los que adoptaron una estrategia más inteligente, los que les están haciendo la chamba.
Cuando uno revisa la distribución entre mujeres y hombres en distintas carreras, se percata de que las mujeres optan más por carreras sociales como psicología o relaciones públicas mientras que los hombres dominan las STEM (ingenierías y tecnología).
El argumento que algunos utilizan para explicar esta diferencia es que hay estudios de bebés recién nacidos donde las mujeres tienen preferencias por rostros y los hombres por objetos. Dicho esto, las mujeres preferirían tratar con personas y los hombres con herramientas o modelos. Así, se dice que esa distribución no es producto de alguna inequidad de género, sino que los hombres prefieren un tipo de empleos y las mujeres otro tipo. Eso sí, generalmente los primeros empleos son mejor pagados que los segundos.
Pero si entonces ello fuera la justificación, ¿por qué los hombres dominan la política y, de paso, el análisis político?
El argumento es que la política atrae menos a las mujeres. Que ellas no se quieren «embarrar del lodazal», que a ellas no les gusta hablar tanto del tema y discutir sobre asuntos políticos, como si ello estuviese determinado por la naturaleza.
Hacer política trata más sobre personas que sobre sistemas: trata sobre comunicación, sobre relaciones, sobre saber hacer equipos, buscar aliados, negociar para poder impulsar agendas. Si a las mujeres se les da mucho la psicología y las relaciones públicas por «naturaleza», entonces ¿no tendría que ser la política casi la profesión perfecta para la mujer? Bajo el argumento biológico que se hace con base en esos estudios donde las mujeres prefieren personas y los hombres objetos, entonces tendría que haber una mayor presencia de mujeres que de hombres.
Pero eso no ocurre. No hay ni siquiera paridad de género y ello explica que algunas mujeres incluse soliciten cuotas esperando de esa forma tener cierta representación. Entonces, ¿cómo explicamos desde lo biológico que las mujeres no quieran entrarle a la política y los hombre sí? Pues la realidad es que la biología no puede explicarlo porque no es un asunto biológico sino uno cultural.
El análisis político (intelectual), por su parte, viene siendo algo así como una mezcla de «personas y sistemas» ya que analiza el comportamiento humano bajo ciertos sistemas o paradigmas; así, se esperaría que hubiera algo cercano a la paridad de género. Pero en realidad en México son muy pocas mujeres que hacen análisis político (ciertamente cada vez se están involucrando más): me vienen a la mente Maria Amparo Casar, Denise Dresser (Aristegui y Marker son más bien periodistas), tal vez Viridiana Ríos y otras pocas más. A nivel global la diferencia también es llamativa, de entre tantos teóricos de la política hombres que conozco del siglo XX, de entre las mujeres en este momento solo me viene a la cabeza Hannah Arendt.
Otra prueba de la debilidad del argumento es que, con el tiempo, son más las mujeres que se han ido involucrando en la política y en su análisis. Si se tratara de biología, entonces ¿cómo explicaríamos estos cambios? De forma progresiva hemos visto más presidentas en el mundo, y aquí en México cada vez más mujeres legislan en el Congreso. Hace décadas era casi impensable ver a presidentas en el poder, ahora es algo relativamente común pero siguen siendo minoría. No es un secreto que en países como Estados Unidos, si bien una mujer tiene posibilidades de llegar a la presidencia, su género sí funge como una suerte de handicap.
Es cierto que no se puede esperar una igualdad de representación perfecta pero sí una equidad de género (que es una de las críticas que se suelen hacer sobre las cuotas de género). Es decir, en un escenario de equidad tendríamos congresos donde en alguna ocasión tengan más hombres que mujeres y viceversa (por diferentes razones que no tienen que ver con algún prejuicio ni falta de oportunidades). Pero no habría alguna tendencia clara y notoria hacia algún género como todavía lo hay.
Más que hablar de estudios de rostros y objetos. ¿no tendrá que ver que la política tiene que ver con el poder bastante más que la psicología y las relaciones públicas? ¿No será que todavía existe una tendencia a relegar a las mujeres a áreas con menos influencia en lo social (aunque sea evidentemente menor que antes o aunque sea de forma inconsciente)? ¿No será que siempre pensamos que la política era «cosa de hombres» y por eso las mujeres se sintieron menos atraídas a ella con la consecuencia de que ellas se han visto subrepresentadas?
En la actualidad, una mujer puede entrar libremente a la política. Hasta aquí todo bien, pero luego vienen los siguientes problemas: muchas mujeres aprenden durante su vida que la política es más cosa de hombres, ven que los tíos hablan más de política que las mujeres que, si bien hablan más que antes, no hablan tanto. Por esta razón, algunas mujeres entonces podrían no verse motivadas porque sienten la política como algo ajeno. Aún así hay muchas otras que sí se vean interesadas y logren sortear este dilema, pero los problemas no acaban ahí. Dentro del mundo político, si bien no tienen las puertas cerradas para llegar a altos cargos, es cierto que ellas lo tienen un poco más complicado a la hora de llevar a cabo esa travesía que los hombres. Dentro de todos los que conforman el gobierno, habrán algunos (aunque fueran minoría) que tendrán recelo de ver a una mujer crecer. Sumemos los roles dentro de la familia, donde hay una correlación directa entre las posibilidades que una mujer tiene para triunfar y la equidad en la división de tareas dentro de la casa entre esposos. Todas esas cosas influyen, aunque no sean demasiado visibles, e incluso no han dejado de ocurrir en aquellas naciones que se congratulan por tener mayor equidad de género.
Es cierto que se han logrado grandes avances, pero son esos mismos avances los que explican que la inequidad que todavía existe es una problemática cultural y no una cuestión biológica.
Cuando escuchamos la palabra estigma, inmediatamente le damos a ésta una connotación negativa, como algo que tenemos que combatir o eliminar tajantemente. Decimos que hay un estigma contra los inmigrantes o contra las personas de otra raza, ya que intuimos que, a partir de éste, se hace un juicio a priori de la persona con base en ciertos rasgos particulares.
Pero no todas las estigmatizaciones son malas. En algunos casos son muy útiles para reprobar conductas que afectan negativamente a la sociedad y me atrevo a decir que tienen una utilidad en su funcionamiento. Si una persona tiene un historial de fraudes, la estigmatizamos y ello nos sirve para prevenir ser víctimas de un fraude. Una persona que sistemáticamente agrede físicamente a sus parejas, es estigmatizada por algunas personas que no quieren correr la misma suerte que sus víctimas. Hacemos lo mismo con los actos, aquella persona que comete un acto que ha sido estigmatizado (y que parte de una norma de carácter moral), es reprobada y señalada por la sociedad porque no queremos que esos actos sigan afectando a otras personas.
Dicho esto, es necesario que empecemos a estigmatizar el acto de conducir en estado de ebriedad y debe reprobarse a aquellas personas que incurran en este tipo de irresponsabilidades ya que no se pueden tomar consideraciones con estas conductas.
Es cierto que el marco legal y normativo debe evitar, en cuanto sea posible, que la gente maneje en este estado. Tal vez no sea suficiente lo que se ha hecho, pero sí hay avances como la implementación del alcoholímetro (eso que en CDMX y ahora en Guadalajara llamamos «torito»), multas de montos considerables, e incluso la pérdida de la licencia si se reincide continuamente.
Evidentemente, estas medidas han reducido el número de incidencias, pero hay todavía una cantidad considerable de personas (aún con los servicios de Uber y similares como alternativas) que no se la piensa dos veces antes de regresarse a casa con varios alcoholes encima.
El problema es que si bien hay medidas más estrictas para combatir el problema, esto no se ha terminado por trasladar a la cultura. No solo son útiles las normas legales, sino también las sociales para prevenir que más personas mueran por la irresponsabilidad de algunos como acaba de ocurrir en Guadalajara con el caso del futbolista Joao Maleck, quien, manejando alcoholizado, asesinó a Alejandro Castro y María Fernanda Álvarez que acababan de casarse.
A pesar de las normas más estrictas, muchas personas burlan los retenes porque en las redes sociales se comparte la ubicación de éstos. Pero en vez de reprobar este tipo de actos, hay quienes hasta los aplauden como si fueran una hazaña. Agradecen que compartan la información y muchas veces ellos mismos terminan haciendo lo mismo.
Lo que deberíamos de hacer es estigmatizar esta práctica, que las personas sepan que si deciden manejar en estado de ebriedad van a ser reprobadas y señaladas por la sociedad, por sus amigos y por su gente cercana. El escarnio social a veces puede ser más duro que una multa de cuatro ceros porque afecta a la fama de quien lo recibe. Además, esta sanción social puede propagarse por sí mismo como un meme (en su sentido original) hasta que se vuelve una costumbre y así los individuos tienen pocos incentivos para manejar en estado de ebriedad y muchos para regresarse en Uber, Taxi o con algún conductor que no haya tomado.
Debe haber cero tolerancia para este tipo de prácticas ya que son otras las personas que pagan con su vida por la imprudencia que uno comete. Dejemos de evadir los retenes y, en vez de ello, seamos responsables. No escasean los Uber o los taxis que nos pueden llevar a casa.
El tema del género es uno de los más difíciles, de los más enigmáticos, polémicos y tal vez interesantes de nuestros tiempos. Es enigmático e interesante precisamente porque es muy difícil, porque es un tema que, en lo general, dominamos menos que lo que pensamos, y porque a la fecha no hemos podido darle una justa dimensión. Es polémico, porque su cuestionamiento tiene necesariamente una implicación en las estructuras sociales vigentes.
Y cómo no hemos podido darle una justa dimensión, y como hasta la fecha vemos al género como un bebé de un mes es capaz de ver a las personas (que ve básicamente sombras no muy bien definidas), entonces la polémica sobre este tema termina siendo una constante, y más si tenemos el atrevimiento de hacer afirmaciones tan categóricas sobre el tema como se hace.
A mi parecer sí existen factores biológicos que inciden en la formación de identidad de ambos géneros (macho -> hombre, hembra -> mujer) y que no absolutamente todo es debido a una construcción social. El simple hecho de que el cuerpo del macho no se desarrolle de igual forma que de la hembra, el hecho de que esta última se embarace. o las hormonas que segrega cada sexo, termina, sí, por tener alguna incidencia en la construcción del género, más allá de las diferencias psíquicas que pudieran llegar a existir pero que, retomando lo que dije al principio, no podemos dimensionar bien del todo.
Esto no quiere decir que la cultura no juegue un papel muy importante en la construcción de los roles de género y que no puede ser subestimado, lo cultural también importa y mucho. Sin embargo, creo que como especie todavía no hemos progresado al punto de tener capacidad de dimensionar bien esas diferencias y en qué consisten (tendremos que avanzar considerablemente más en campos como la genética, en las neurociencias y demás disciplinas afines).
El tema es complicado porque tanto lo biológico como lo cultural confluyen en la construcción de las identidades de género. No somos una tabula rasa como los abocados a la teoría del construccionismo social afirman, pero tampoco podemos hablar de un determinismo rígido como muchos conservadores siguen sosteniendo. La construcción del género no es algo meramente biológico pero tampoco es algo meramente cultural. También parece ser que lo biológico no incide exactamente de la misma forma o con la misma intensidad en las diferentes personas (de ahí se sigue que digamos que tal mujer es muy masculina o tal hombre muy femenino). Uno de los estudios que se han sacado a colación (que dice que los bebés recién nacidos no socializados machos suelen preferir objetos mientras que las hembras prefieren rostros) sugiere esa gradualidad, ya que lo que muestra dicho estudio es una tendencia: los machos tienden a preferir objetos, sin embargo hay una minoría (y no poco considerable) que prefiere rostros y viceversa, e incluso varios no muestran ninguna preferencia.
Tenemos también el hecho de que una cantidad significativa de personas (suficientes y constantes a través del tiempo para evitar considerarlo una anomalía o algo «antinatural») tienen una orientación sexual por personas del mismo sexo (algo que también es una constante en otras especies) e incluso tenemos a otras que no se identifican con el género que corresponde a su sexo. Creo que debemos llegar a un punto madurez como especie en el cual reconozcamos que todo ello existe y que no se trata de una «anomalía» que haya que «arreglar».
Como todavía no dimensionamos bien y terminamos de entender por completo estas diferencias, no podemos terminar de entender todas estas cuestiones y existirá siempre la posibilidad de confundir qué es natural y qué es cultural. En tanto no tengamos la sabiduría para entender qué es qué y cómo ocurre, el conflicto sobre este tema seguirá prevaleciendo (lo que no implique que vaya a ceder necesariamente cuando tengamos el conocimiento suficiente, sobre todo al relacionar esos descubrimientos con los roles sociales, la cultura y el mismo entramado institucional). A estas alturas, todavía son comunes estas confusiones, y algunas llegan a crear estigmas o prejuicios.
En este sentido, tanto los conservadores que hablan de «un diseño natural» como aquellos progresistas que defienden la tesis construccionista parten, más que desde la ciencia en sí, de consideraciones ideológicas o doctrinarias para defender su postura. Al final, sus posturas sobre el género no terminan siendo más que medios que se acoplan a la defensa un sistema de valores determinados. Los unos suelen darle más peso a lo biológico y los otros a lo social (lo cual empata muy bien con la idea de que unos desean conservar el estado actual de las cosas y los otros pretenden cambiarlo).
Por ello, me parece que el debate «natura vs cultura» es sano, porque esta confrontación, esta dialéctica, se convierte en un incentivo para conocer más acerca sobre nuestra naturaleza y sobre nuestra psicología.
Y nadie dijo que tendría que ser fácil. No es algo simple que el ser humano, con sus propias limitaciones de su naturaleza, investigue y analice su naturaleza misma. Y sobre el género, la verdad es que sabemos menos de lo que creemos saber.
Hace unos días algunas personas discreparon conmigo porque yo dije que Agustín Laje y Nicolás Márquez deberían poder dar sus conferencias, por más aberrantes nos fueran sus argumentos. Yo mantuve mi postura, porque, a pesar de que comprendo su sentir, también creo que como sociedad y seres humanos tenemos que aprender a debatir y aprender a confrontarnos con quienes piensan distinto a nosotros.
No son buenos tiempos para la cultura del debate, lo sé. En un entorno cada vez más polarizado y que es producto, a la vez, de la falta de nuestra capacidad de debatir, se crea una suerte de círculo vicioso donde cada vez ambas partes están menos dispuestas a hacerlo. Tanto una como la otra parte prefieren restringir y callar mientras se recluyen en una cámara de eco donde solo escuchan lo que quieren escuchar.
En aras de no sentirse agredidas o no sentirse confrontadas, cada vez más personas (ya sean progresistas o conservadores) rehuyen al ejercicio del debate. Es cierto, escuchar al contrario en mucho casos puede generar estrés, sobre todo cuando su opinión confronte la nuestra y, peor aún, cuando ésta pueda hacernos sentir incómodos y tal vez agraviados. Pero esto a la larga termina afectándonos más como sociedad y privándonos de un ejercicio que nos podría ayudar a madurar individualmente y a cultivarnos más.
La civilización es el triunfo de la persuasión sobre la fuerza.
Platón
Debatir también implica un mejor manejo de las emociones, además que su práctica lo promueve y desarrolla. Una persona con una mayor inteligencia emocional tendrá siempre una mayor capacidad para debatir y rebatir aquello que es contrario a su opinión e incluso lo agravia. El arte del debate es una gran herramienta que nos puede ayudar a madurar como seres humanos.
La República de Platón, libro que leí ya hace más de 10 años, es un libro que me gustó mucho porque es un gran ejemplo de los beneficios que puede traer una buena discusión. Me atrajo sobre todo por la forma en que Sócrates y otros personajes interactúan dialogando y discutiendo para así llegar a conclusiones. Puede que tomar como referencia los diálogos en la obra de Platón o el mismo método socrático (que pervive hasta nuestros días como método pedagógico) pueda sonarle superfluo a algunos, pero son un gran ejemplo de la utilidad que un debate tiene dentro de la construcción de sociedad.
¿Por qué insistir en el debate? Es muy simple y los ejemplos anteriores son un gran ejemplo de ello. Cuando uno se involucra en un debate, se ve obligado a preparar los argumentos más sólidos posibles: básicamente se involucra en un proceso de aprendizaje y adquisición de conocimiento del cual se hubiera privado si se hubiese mostrado reacio a debatir.
Mucha gente tiene miedo a debatir porque tiene miedo a que sus ideas o sus juicios sean confrontados y puestos en duda. Y ello se puede entender porque el cúmulo de nuestros juicios son lo que le dan significado a nuestra vida y sirven como soporte psicológico. Muchos sienten que, al debatir sus ideas, podrían poner todo ese castillo que los mantiene en equilibrio en riesgo. Pero, al mismo tiempo, quien decide no debatir se va a encontrar con que la construcción de sus juicios es sumamente endeble y que éstos pueden ser desmantelados fácilmente por la primera persona que se les ponga enfrente, aunque los juicios apunten hacia el camino correcto. Por más paradójico que suene, el ejercicio del debate es la mejor forma de fortalecer las argumentaciones y juicios, y de darles un fondo que, a su vez, sean más útiles para persuadir a los demás, ya que un argumento bien construido suele ser más creíble. En una cultura del debate se crea un círculo virtuoso donde la discusión sube de nivel, donde los lugares comunes y los insultos comienzan a dejarse de lado para utilizar la argumentación como arma.
Más de una persona me preguntó cómo es que tuve el atrevimiento de leer el «Libro Negro de la Nueva Izquierda» de Agustín Laje y Nicolás Márquez, un libro que ciertamente en el que las falacias y prejuicios son algo relativamente común. Lo cómodo para mí habría sido no abrirlo por miedo a confrontar mis ideas con lo que estos politólogos (si es que merecen ser llamados así) exponen, pero gracias a que lo hice (claro, no sin tener ganas de estrellar mi Kindle contra el piso más de una vez al ver cómo Nicolás Márquez llamaba sodomitas o amariconados a los homosexuales) es que pude hacer una severa crítica de este libro.
Después de leerlo lo primero que me pregunté es por qué no son muchos los que han decidido confrontar directamente las ideas de estos personajes; ya que, a mi parecer, son lo suficientemente endebles para ponerlos en un serio predicamento. Veo que hay muchas campañas para evitar que Laje y Márquez expongan sus ideas, han logrado que no asistan a alguna universidad, pero en realidad son ellos quienes llevan la batuta. Como mencioné anteriormente, saben muy bien cómo provocar, saben cómo victimizarse y hablan sobre defender la libertad de expresión de los ataques de lo que llaman «lobby gay». Con esto, logran construir teorías de la conspiración para advertirnos del marxismo cultural que quiere imponer la ideología de género y se han vuelto más populares.
La discusión fortalece la agudeza.
Cicerón
Basta ver los videos de estos dos personajes en Youtube para ver cómo es que le sacan partido a esto y como lucran con lo que supuestamente son victorias de quienes evitaron que hablaran en su universidad. A diferencia de lo que ellos dicen, no son personajes tan abocados al debate y al intercambio de ideas. De hecho, a juzgar por sus videos, solo debaten con activistas cuyo nivel intelectual y/o académico no es lo suficientemente alto como para ponerlos en predicamento, y les colocan títulos como «Nicolás Márquez destruyó a ideóloga de género». Saben como ser propagandistas y sus opositores caen en su juego.
Y todo esto ha ocurrido porque nadie los ha confrontado seriamente, porque nadie se ha parado a exhibir lo débiles y absurdos que son muchos de sus argumentos. Como nadie lo ha hecho, Laje y Márquez no se han tenido que enfrentar a este dilema, porque no es tanto que sus argumentos sean débiles, varios de ellos son más bien tramposos (algunos los explico en mi reseña). Mucha gente no se ha dado cuenta de ello, ni siquiera sus oponentes que los acusan de promover un discurso de odio sin siquiera analizarlo, deconstruirlo y confrontarlo para exhibir dicho discurso en su justa dimensión. Así, esto se vuelve en un pleito de dimes y diretes llenos de lugares comunes, de clichés, de frases repetitivas y de provocaciones donde terminan ganando Laje y Márquez ya que ellos tienen el control emocional del conflicto: no son ellos los que se sienten agraviados, ni siquiera cuando se victimizan, porque eso lo hacen para obtener un beneficio. Son ellos los que se encuentran en un lugar desde donde pueden etiquetar y señalar a su rival.
Seguramente esta condición no sería la misma si ellos fueran cuestionados a nivel argumentativo. Cuando tus argumentos son puestos en tela de juicio, entonces ya no hay espacio para construir teorías, porque las bases a partir de las cuales las puedes construir, se han puesto en predicamento. Si tus bases, como ocurre actualmente, no son lo suficientemente cuestionadas, por más endebles que sean, seguirán siendo útiles para tener el control de la construcción de narrativas o historias que apelen a las emociones.
La democracia es conflicto y da por sentada la existencia de discrepancias entre distintos sectores sociales. Derechos como la libertad de expresión, la libertad de prensa entre otros tienen el objetivo de otorgarle a los ciudadanos una arena donde puedan dirimir sus conflictos (entre ellos o con quienes están en el poder). El debate es una poderosa herramienta para llevar a la arena, pero es tan poderosa que no solo el ganador termina ganando mucho más que en otro escenario, sino que el propio perdedor se beneficiará más a diferencia de un conflicto donde el debate está ausente, ya que podrá percatarse de las falencias de sus argumentaciones, o podrá darse cuenta que algunas ideas que defendía no eran lo suficientemente viables y así poder ir construyendo un orden de ideas más sólidas que le puedan servir de mejor manera.
Callar al oponente suena tentador, todavía lo es más cuando eso que nos dicen nos indigna. Pero en un mundo tan interconectado como el nuestro, en muchos de los casos ello termina siendo muy contraproducente; no solo porque dicho oponente no tendrá incentivos para reflexionar sobre su postura, sino porque fácilmente se las ingeniará para seguir propagando sus ideas. A la vez, quien pide que el otro no hable, no tendrá la oportunidad siquiera de leer o investigar para fortalecer de mejor manera sus argumentaciones. Porque creeme, a lo que más le tendrían miedo gente como Laje y Márquez es a que alguien se atreva, con argumentos muy sólidos, a desmenuzar y cuestionar todo su discurso.
La oposición actual de AMLO es, permítanme hacer la comparación, como un feto, un organismo al cual a duras penas se le empiezan a distinguir sus partes: eso que está ahí parece una cabeza, eso de allá abajo parecen ser las piernas.
La oposición es un organismo todavía un tanto amorfo, pero ya se alcanzan a vislumbrar algunas de sus características. Es decir, sus partes todavía no están muy definidas pero, al parecer, ya podemos ver qué forma están tomando.
Hay un elemento que sí es muy notorio en la forma que está comenzando a tomar la oposición: la brecha generacional. Los jóvenes no piensan igual que los grandes, unos tienden a ser más liberales y otros conservadores, los últimos suelen analizar la política desde paradigmas más propios de la Guerra Fría o el PRI hegemónico en tanto que los jóvenes suelen verla con sus propias particularidades influidas por un mundo cada vez más interconectado y por un mayor intercambio cultural. Ello no quiere decir que no haya jóvenes conservadores o gente mayor liberal, pero sí parece haber cierta consonancia con los procesos sociales que ocurren en los Estados Unidos donde los jóvenes tienden a ser más liberales (aunque no estoy seguro que haya esa consonancia en lo económico, y adelante explicaré por qué).
Los grandes y la derecha dura
Una de las oposiciones hacia AMLO, y que está conformada mayormente por gente grande, toma la forma de una derecha conservadora con algunos tintes nacionalistas, algo más dura que la centro-derecha panista por la cual muchos de ellos solían votar. Ellos tienen una representación considerable en las marchas que se han llevado a cabo en los últimos meses en contra de López Obrador.
Muchos de ellos suelen ver al gobierno de la 4T con los mismos prismas ideológicos típicos de la Guerra Fría: suelen relacionar a López Obrador con el término «comunismo» y son más proclives a verse seducidos por teorías conspirativas que narran una estrategia orquestada por poderes oscuros (Foro Sao Paulo, George Soros o alguna entidad relacionada con el eje bolivariano) para convertir a México al comunismo, teorías a las cuales se agregan preocupaciones de estos sectores sociales, como lo que llaman «ideología de género» o incluso la migración (a la que suelen oponerse).
Este sector también se caracteriza por un mayor apego a los valores tradicionales y busca mantener el estado de las cosas, suelen ser más religiosos y su cosmovisión parte de una doctrina religiosa a la que se apegan. Suelen oponerse a los cambios sociales promovidos por los liberales y/o progresistas. Por ejemplo, una encuesta de Parametría publicada en 2016 arrojó que mientras que el 61% de los jóvenes mexicanos (18 a 29) estaban a favor del matrimonio igualitario, solo el 20% de la gente mayor de 50 años lo estaba.
Por último, ellos también tienden a abrazar posturas nacionalistas, sobre todo en lo relacionado con la migración, lo cual se refleja tanto en las asociaciones de vecinos que no quieren que los migrantes anden por sus colonias como en quienes exigen al gobierno parar por completo el tránsito de los migrantes. Aunque es algo paradójico que la Iglesia Católica, la cual encuentra a los más fieles adeptos en este sector, suela ser más abierta e incluyente, e incluso ayude activamente a los migrantes que circulan por nuestro país.
Los jóvenes libertarios
Mientras que en Estados Unidos los jóvenes esperan que el gobierno tenga un mayor rol en lo público (aunque sin acudir a alguna utopía comunista ni a algún socialismo duro), en México parece que el libertarismo ha ejercido influencia sobre un importante sector de la juventud opositora a AMLO (medido más en términos de influencia que en términos cuantitativos).
Los libertarios fungen, en términos prácticos, como opositores al progresismo mexicano (bañado de las peculiaridades de la izquierda latinoamericana). La libertad (en el sentido de la libertad negativa de Isaiah Berlin) es su bandera y no quieren que «el gobierno se meta con ellos» ni en temas económicos ni sociales. En lo económico suelen ser ultraliberales y por ello insisten en frases como «Don’t tread on me» o «taxation is theft«. El activismo de algunos líderes libertarios como Gloria Álvarez le ha dado mayor difusión a esta corriente que, en nuestro país, suele tener presencia dentro de algunas universidades donde se conforman grupos a los que jóvenes se adhieren, páginas de redes sociales o incluso algunos economistas jóvenes que tienen alguna relevancia en lo público.
En lo social suelen ser liberales (generalmente están a favor del matrimonio igualitario, la legalización de las drogas y, no en pocos casos, del aborto) aunque discrepan del progresismo en todo lo que tiene que ver con la intervención gubernamental para la búsqueda de los derechos sociales (suelen oponerse al lenguaje inclusivo, a las cuotas de género o a los programas sociales que tendrían como fin de velar por ciertos sectores sociales como las mujeres o los homosexuales) así como con algunos de los comportamientos de los colectivos feministas y LGBT. Es decir, comparten varias posturas con el progresismo, pero lo abordan desde otra perspectiva muy distinta, desde el de la libertad negativa: «Nadie puede prohibir a una pareja del mismo sexo que se case» o «el gobierno no puede prohibir el consumo de drogas porque coarta mi libertad», mientras que los progresistas buscan visibilizar a distintos sectores sociales que consideran oprimidos para generar una condición de equidad o igualdad (y para lo cual pueden llegar a esperar la intervención gubernamental): «los gays no pueden ser discriminados» o «la mujer ha sido oprimida y tenemos que lograr que tengan una mayor relevancia».
Es cierto que algunos jóvenes conservadores abordan el ideario libertario solo dentro de lo económico, pero son, en general, un grupo más pequeño que los primeros por lo cual decidí no incluirlos dentro de esta categoría.
https://www.youtube.com/watch?v=1hEt6gpeFE4
¿Hay oposición entre los jóvenes progresistas?
Hay quienes asumen, erróneamente, que quien es progresista (o liberal de acuerdo al término estadounidense) en lo social debe ser izquierdista en lo económico. Hay quienes suelen englobarlos en una sola cosa para así crear un hombre de paja, pero ello es falso. No son pocas las personas que defienden la agenda progresista en lo social mientras que, a la vez, defienden una economía de mercado. Tampoco son pocas aquellas personas que, siendo feministas (incluso de las radicales), se oponen a López Obrador, e incluso dudan de que sea un líder progresista en lo social.
En general, la izquierda socialdemócrata (bajo el cual se podrían englobar varios de estos jóvenes) suele ver con escepticismo a López Obrador e insisten en contrastar la socialdemocracia apegada a las instituciones con la corriente lopezobradorista a la cual suelen relacionar más con el populismo norteamericanos.
No son pocos los que mantienen esta postura, pero tampoco podríamos hablar de una oposición articulada a diferencia de los primeros dos casos. Es posible que con el tiempo ello pueda ocurrir, más aún con las decisiones de este gobierno que no ha dejado muy contento a académicos, artistas o científicos que suelen adherirse a una de estas corrientes.
Conclusión
A diferencia de la categorización binaria que AMLO pretende vendernos, la oposición a la Cuarta Transformación es más bien heterogénea. No es un solo sector privilegiado ni adherido a la «mafia del poder» sino uno diverso que puede albergar grandes diferencias con sus pares: conservadores, libertarios, socialdemócratas distintos entre sí se oponen a un proyecto de nación cuyos simpatizantes tampoco son tan homogéneos como podría pensarse.
Será interesante ver cómo esta oposición a López Obrador, heterogénea y diversa, es capaz de irse articulando. ¿Podrán ir de la mano un señor de 55 años que está muy preocupado por la «ideología de género» con un jóven que está muy molesto con AMLO porque ve con malos ojos sus alianzas con los evangélicos que tienen una postura aún más conservadora que la Iglesia Católica? ¿La oposición podrá trascender esa brecha ideológica que la divide y la separa? Solo el tiempo lo dirá.
La libertad de expresión es un instrumento valioso porque, si bien, hay quienes pueden aprovecharla para difundir ideas falsas o abominables, muchos podemos usar la misma libertad de expresión para exhibir la falsedad de dichas ideas.
En este sentido, siempre será preferible que todas las voces puedan expresarse al ejercicio de la censura. Por más aberrantes sean los discursos, en un espacio de libertad de expresión estos pueden ser confrontados y exhibidos.
Esto lo digo porque he visto que algunas personas están solicitando cancelar las conferencias de Agustín Laje y Nicolás Márquez, ya que su discurso llega a ser una afrenta contra la dignidad de individuo con atracción sexual a personas del mismo sexo. En eso estoy de acuerdo y lo dejé claro en mi crítica a su libro.
Y lo han logrado en la Universidad La Salle, lo cual toman o interpretan como un triunfo, yo más bien lo dudo. Porque mientras pasa eso, estos conferencistas y el conservador Juan Daudoub ya publicaron un video acusando al «lobby gay». El video en un día ya tiene casi 20,000 reproducciones:
Yo no creo que la censura y la prohibición de ciertos discursos sean la vía para contrarrestar esas opiniones, y no creo que, por más abominable nos parezca su discurso, se les deba callar. En un mundo tan interconectado hemos visto una y otra vez cómo esto puede ser muy contraproducente. A estos discursos se les debe confrontar por medio del debate y los argumentos, no por la censura que tan solo refleja una profunda indisposición a rebatir los argumentos del contrario.
La mayor parte de la gente que va a asistir a esas conferencias son personas que ya, de inicio, concuerdan con lo que estas personas dicen. Este tipo de conferencias, más que nada, no van mucho más allá de una cámara de eco. En realidad es la censura, más que la conferencia per sé, la que le da más fuerza y reflectores a los argumentos de Laje y Márquez.
Ellos lo saben, y lo han sabido capitalizar muy bien a su favor. La censura hacia sus conferencias es prácticamente parte de su modelo de negocio. No es algo que precisamente les moleste; por el contrario, con ello buscan reforzar sus argumentos conspiranoides: «¿Ven? los gays son intolerantes, están manipulados por una conjura marxista», «El Lobby gay nos calla» bla bla bla. Ellos saben jugar y lucrar muy bien con ello, por eso son famosos en Argentina. Saben qué botones apretar, saben cómo hacer enojar a sus adversarios, basta ver sus videos, no son tontos.
Ni Laje ni Márquez suelen debatir con personas de altura. En sus videos siempre debaten con feministas o personas de bajo nivel que no tienen una gran preparación académica y que no se van a saber defender. Es obvio, porque si lo hicieran con una persona preparada se verían en serios aprietos. Ellos no se caracterizan por ser intelectuales sino por crear polémica y jugar con ella. ¿Por qué no aprovechar sus carencias intelectuales y, en vez de pedir que se censuren las conferencias, no asisten y, en la sección de preguntas y respuestas confrontan sus argumentos? Incluso así pueden exhibir lo falaces que son varios de sus argumentos y pueden jugar con el mismo juego, pueden subir a Youtube esos videos donde Laje o Márquez no supieron qué responder o no quisieron responder.
Pero en tanto la apuesta sea la censura, ellos van a tener el control mediático: ellos van a victimizarse, van a hablar de cuántas veces los han tratado de callar, van a seguir ganando más seguidores en Youtube y van a vender más libros. Porque mientras hablan una y otra vez de casos de censura, nadie de su contraparte se molestó siquiera en pararse y rebatir sus argumentos que, por cierto, son muy endebles.