
Uno de los más grandes problemas de las causas sociales contemporáneas, sobre todo las que tienen que ver con la reivindicación de las minorías o de sectores sociales que han sido históricamente relegados, es cierta incapacidad, al parecer, de distinguir entre aquellas conductas explícitas y aquellas normalizadas, lo cual solo está abonando a una creciente polarización entre dos polos irreconciliables, y me explico.
Lo que estas causas buscan hacer es modificar las estructuras sociales de tal forma que no se encuentren en una situación de desventaja, de inequidad o inclusive de rechazo para así formar parte de ella de forma integrada y no periférica.
La forma que las estructuras sociales tienen son producto de una cultura que se va transmitiendo de generación en generación. Dicho esto, muchas de las conductas y patrones que explican aquello que a estos sectores los hacen sentir relegados no son explícitas, sino que están interiorizadas o normalizadas: la gente creció con ellas y forman parte de los paradigmas con los cuales interpreta su realidad. Es decir, la gente no es consciente de ellas. Por otro lado, las conductas explícitas sí son reconocidas por aquellos que las llevan a cabo (en el primer caso no hay dolo, en el segundo sí).
Estas dos cuestiones son distintas y no se les puede dar el mismo trato. El problema es que en muchas ocasiones eso es lo que ocurre.
Evidentemente, a aquella persona que discrimine abiertamente se le debe señalar. La discriminación explícita sobre una persona por cuestiones de raza, género, nacionalidad, preferencia sexual o de clase es una conducta reprobable. Alguien que dice frente a la televisión que las mujeres deben quedarse en la cocina, que un homosexual es un enfermo o que los negros son una raza inferior, merece el oprobio.
La cuestión con algunos sectores de estas causas sociales es que creen que se debe tratar de la misma forma a las personas que tienen conductas normalizadas que a aquellos que tienen conductas explícitas (es decir, tratan de la misma manera a quienes discriminan abiertamente que a quienes lo hacen de forma inconsciente producto de patrones o conductas aprendidas). Creen que se debe señalar de la misma forma a quien repite conductas internalizadas, aprendidas y transmitidas desde otras generaciones como si tuvieran la explícita intención de "joder al otro".
Ellos se escudan bajo la premisa de que "si una causa no incomoda entonces no está logrando absolutamente nada". En efecto, la premisa es correcta, pero de ahí no se sigue la premisa inversa que parecen asumir: que "si una causa está incomodando, es que entonces está logrando algo". Una causa social puede ser incómoda por las razones equivocadas y no porque se estén haciendo las cosas bien.
Una causa que funciona naturalmente genera incomodidades, pero poco a poco los indignados comienzan a ceder de tal forma que los que están a favor de la causa se comienzan a volver mayoría y los que se resisten terminan, como minoría, automarginados. Tal vez este proceso tarde años, décadas, o necesite varios ciclos para llegar a su fin, pero poco a poco la nueva realidad buscada comienza a desplazar a la antigua.

Pero cuando se trata de una causa cuya estrategia no funciona, que incomoda pero no por las razones correctas, esta genera, en el mejor de los casos, un ambiente polarizado, donde los dos polos reafirman sus posturas radicalizándose cada vez más. Los que defienden la causa se vuelven entonces más autocomplacientes, se encierran en una burbuja donde solo pueden entrar ellos y no pueden tener contacto con el exterior, se vuelven más dogmáticos (lo cual termina también ocurriendo en el polo opuesto), hasta llegar a un punto donde ya no hay vasos comunicantes.
Es evidente que esto ocurre cuando no se puede distinguir bien entre conductas explícitas y conductas normalizadas. En lugar de persuadir a los segundos en vez de recriminarles por conductas que no entienden porque nunca las han externalizado, se terminan sintiendo agredidos y alienados y, más que sumarse a la causa, terminan convirtiéndose en opositores.
A diferencia de las causas de inicio y mediados de siglo, ahora no solo se busca combatir conductas o normas explícitas (la mujer no puede votar, los negros no pueden entrar a restaurantes de blancos) sino cambiar patrones de conducta que están internalizados y de los cuales las personas no suelen ser conscientes. Evidentemente es una tarea más difícil ya que, al estar escondidas ahí en el inconsciente, es más complicado darles una forma y debe de hacerse una árdua labor de concientización (e incluso a veces llega a ser laborioso saber si alguna conducta es explícita o no). Formalmente, en la mayoría de los países, ya no existe discriminación hacia la mujer ni a personas de otra raza. Es decir, las leyes, por lo general, están escritas de tal forma que apliquen de la misma manera para todos y no haya preferencias de unos sobre los otros.
Pero en la cultura y la conducta esto es todavía un tema distinto y lo que muchas veces no permite a una mujer llegar a un puesto de poder al igual que el hombre no es necesariamente un acto de discriminación explícita, sino un conjunto de patrones que, por sí solos, pueden parecer pequeños, pero que en la suma de todos ellos dejan ver que la mujer tiene cierta desventaja si comparamos a un hombre y una mujer con habilidades similares. Como esos patrones no son fácilmente detectables, algunas personas apelan, y en muchos casos sin una intención explícita de discriminar, a argumentos supuestamente biológicos: que "por naturaleza a la mujer no le gusta el poder o no le interesa mucho la política".
Se vuelve un contrasentido recriminarle a alguna persona una conducta que no conoce y que no puede dimensionar. En este caso, la persuasión y la concientización debería utilizarse para que dicha persona reconozca que tal y tal patrón termina afectando a otra persona o a un grupo de personas. Muchos realmente no lo saben, pero algunos de ellos ya fueron duramente señalados y atacados, por lo cual ya no mostrarán alguna apertura para hacer ejercicio ya que se sintieron agredidos y alienados.
Y no puedo dejar de señalar otro engaño que puede ser típico de las causas de nuestros tiempos. Los movimientos sociales (aún y con todas las intenciones de los opositores de crear hombres de paja) son heterogéneos. Algunas facciones están bien encauzadas mientras que las otras se radicalizan más. Vemos, entonces una suerte de mezcla de avances sociales (producto de los primeros) pero también una sociedad más polarizada (producto de los segundos). Muchas de las personas más radicalizadas y que no hacen esa distinción pueden creer que su lucha es la que está generando esos cambios y que hay que resistir más, pero muy probablemente no sea así, y sean los otros, los que adoptaron una estrategia más inteligente, los que les están haciendo la chamba.
Cualquier causa social hace necesariamente política (aunque no participe en el sistema político) y la política no solo requiere emociones y coraje, sino estrategia e inteligencia. Y la necesita más cuando la oposición (que, a diferencia de los primeros no se siente oprimida ni ha sufrido por estar al margen) acostumbra tomar una postura un tanto más ecuánime que le permite tomar decisiones más frías y pensadas.
El que se esté participando dentro en una causa noble no exenta al activista de ser autocrítico con su mismo movimiento. No lo exenta de matizar y de reflexionar a fondo. Los cambios requieren coraje, sí, pero también requieren cerebro.






