Categoría: reflexión

  • Rapiña en Acapulco ¿Cuándo saquear es malo y cuándo no?

    Rapiña en Acapulco ¿Cuándo saquear es malo y cuándo no?

    Por lo general, a un desastre natural le suceden actos de saqueo y rapiña.

    A la opinión pública de redes sociales le ha llamado mucho la atención la cantidad de saqueo que ha habido después del huracán en Acapulco.

    Y sabemos que la discusión en redes suele tornarse binaria y polarizante, muchas veces cayendo en ambos extremos:

    Así, por un lado se encuentran las personas que condenan con ferocidad cualquier extracción de productos de la tiendas y exigen mano dura. Por el otro están quienes tratan de ser «comprensivos» incluso con aquellas personas que aprovechan para robar televisiones, artículos de lujo y demás.

    Me he encontrado, de forma muy recurrente, con este tipo de argumentaciones en Twitter, Facebook o TikTok. Pero, como ocurre con casi cualquier fenómeno, la situación es más bien un tanto más compleja y hay que echarse un clavado para comprenderla.

    Tenemos que empezar desde el principio:

    Al ser parte de una civilización, todos nosotros vivimos en una suerte de orden social a través del cual los seres humanos buscamos optimizar nuestro bienestar. Este orden social es un entramado de procedimientos de todo tipo, mecanismos, normas sociales o culturales y legales (Estado de derecho), actos rutinarios que se repiten una y otra vez, y claro, cierto grado de incertidumbre que suele estresar en cierta medida este orden con el fin de mejorarlo, pero generalmente sin comprometerlo.

    Al ser parte de este orden social, como bien señalaba Thomas Hobbes, los individuos cedemos algunos derechos tales como el derecho a robar o el derecho a matar para así poder vivir en una sociedad relativamente armoniosa en vez de vivir en el caos y la anarquía absoluta. Aunque las configuraciones de orden social difieren en cierta medida en distintas culturas, estas son producto de miles de años de evolución humana.

    Pero resulta que estamos tan acostumbrados a vivir en ese orden social que lo damos por sentado, como si fuera algo natural. Pero no lo es así, el orden existe porque los seres humanos lo sostenemos y porque hemos desarrollado una configuración de incentivos dada para hacerlo así. Pero no es algo dado, es algo que se puede llegar a romper, y justamente un desastre natural tiende a romper o comprometer ese orden social de forma temporal porque destruye parte de los mecanismos que permiten que este orden funcione.

    Cuando existe un orden social, la gente trabaja, gana dinero y con ese dinero garantiza su bienestar al comprar productos y servicios que son necesarios para ese fin. Las personas que roban tienden a ser una franca minoría porque en ese orden social los incentivos están configurados de tal forma que pocos individuos tengan incentivos para robar o delinquir. Ciertamente, en tanto el Estado de derecho sea más sólido, los incentivos tenderán a ser aún menores.

    Cuando el orden social se suprime, las reglas del juego de dicho orden social dejan de ser funcionales y la sociedad dada cae en una suerte de anarquía. Claro, el desastre natural no destruye el orden social por completo pero sí tiende a reducirlo a su mínima expresión de tal forma que solo algunas normas o procedimientos se mantienen funcionales. Por más grave sea el desastre, el orden social queda más comprometido.

    Si el orden social garantiza la supervivencia de la gran mayoría de las personas, incluso muchas de las que viven en algún grado de pobreza, su ausencia las compromete.

    Si no hay luz, electricidad ni agua, y si no se tiene un techo, el individuo entra en una situación de incertidumbre tal que tiene que buscar garantizar su supervivencia por sus propios medios.

    En tanto el desastre sea más grande, dado que el orden social queda más comprometido, el saqueo será mayor.

    En una situación funcional, el individuo iría con billetes o una tarjeta bancaria al Oxxo para comprar la mayor cantidad de víveres posibles para abastecerse: eso es lo que suele ocurrir cuando se avisa a la población que una tragedia está por ocurrir. En tanto la tragedia no ha llegado, el orden social se mantiene y bajo este los individuos toman decisiones para hacer frente a la contingencia.

    Pero, después de un huracán donde una ciudad está destrozada, donde los comercios están completamente inoperables, ir a comprar productos no parece ser la solución más racional para los individuos que buscan sobrevivir. Entonces los extraen.

    A muchas personas les parece inmoral esta extracción. Yo difiero. Cuando un orden social que garantice el bienestar existe, entonces sí sería un acto inmoral, pero como no lo hay, es irracional actuar como si este existiera para sobrevivir y tener mis necesidades básicas garantizadas siendo que hacerlo me deja en una peor situación.

    Y resulta que esto ocurre en cualquier latitud del mundo, ocurrió en Los Cabos, en Texas hace unos pocos años y en el huracán Catrina. No es porque, como algunos han dicho en redes sociales, los guerrerenses sean más corruptos.

    Habrá quienes digan que en Japón (que es una excepción a la regla) esto ocurre en muchas menores dosis, pero ello no es producto de la benevolencia de sus habitantes sino de un conjunto de normas legales y sociales que hacen que estas conductas sean menos convenientes. Ayuda también que se trate de un país muy desarrollado donde es más fácil dotar a las víctimas de productos para sobrevivir.

    Y no somos Japón, ni podemos aspirar a serlo en un día, y menos en una situación de emergencia.

    En un estado así, cuando la supervivencia y la propiedad entran en conflicto, el primer caso debe tener prioridad.

    Inclusive, visto desde una perspectiva moral consecuencialista, se gana más de lo que se pierde. La mayoría de los víveres son perecederos: varios de los productos extraídos posiblemente habrían caducado de mantenerse en las instalaciones. También el costo de estos productos suele ser bastante menor que los productos de lujo.

    Luego está la rapiña, o el saqueo de productos que no son de primera necesidad. Aquí la situación cambia y ya no se le puede juzgar de la misma manera.

    En corto, puedo sostener que, a pesar de lo anteriormente dicho, extraer productos que no son de primera necesidad sigue siendo un acto inmoral y debe ser reprobable.

    He escuchado varios argumentos que tratan de defender este tipo de actos:

    Unos dicen que los individuos lo perdieron todo y que es comprensible que traten de rescatar algo extrayendo los productos a alguien más.

    Pero, en este caso, al tratar de «rescatar algo» alguien más va a perderlo de igual manera, y no solo hablo de «accionistas que tendrán que vender uno de sus cinco yates» sino incluso de empleos perdidos en alguna parte de la cadena de suministro, por poner un ejemplo, para subsanar esa pérdida. Esto último puede ser más comprensible con los productos de primera necesidad por la necesidad de supervivencia (sobre todo porque es más lo que se gana que lo que se pierde), pero aquí no existe.

    Un argumento más interesante es que esos bienes les permitirán sobrevivir a largo plazo: robo una televisión para así poder venderla y poder garantizar cierta cantidad de ingresos mientras se estabiliza la situación.

    Sin embargo, ello es más problemático que el caso de los víveres porque, si este es el caso, el individuo tiene un margen de maniobra mucho mayor.

    Además, tendríamos que preguntarnos si ese es el caso. Sospecho que la mayoría de los que se involucran en actos de rapiña no extraen esos productos con ese fin.

    Pero, estemos de acuerdo en que es inmoral o no, la rapiña siempre va a existir en un desastre ¿por qué?

    Porque cuando no hay un orden social, es mucho más difícil que alguien me castigue si decido robar.

    Puede sonar crudo, pero muchas personas no roban por convicción, sino porque no lo consideran conveniente. Un individuo prefiere trabajar y comprar cosas porque ello le es menos costoso que robarlas. Si las roba, puede ser detenido, señalado por la sociedad y caer en la cárcel.

    En un desastre natural, el orden de incentivos cambia por completo.

    Y esto también pasa en Los Cabos, Houston o Nueva Orleans. La condición humana es así.

    Y esto me lleva a un apartado muy importante, la presencia de las autoridades y el Estado de derecho, algo que ha estado completamente ausente en los primeros días después del huracán Otis.

    Si el orden social se desvanece ante un desastre y la sociedad se hunde en el caos, la presencia y el rápido actuar del gobierno ayuda a que este desplome sea más tenue y, por tanto, que haya menos saqueo. Pero claro, mucho más importante aún que lo material es que si el orden se reestablece de forma más rápida, menos víctimas sufrirán a causa del desastre.

    Los japoneses son buenos para eso y por ello la rapiña es bastante menor allá. De nuevo, no es un tema de benevolencia, es un tema de orden y de procedimientos.

    Otras decisiones que ha tomado el gobierno, como restringir la entrada de víveres y monopolizarlas con el ejército, empeora aún más las cosas. Porque la llegada de los víveres ayuda a reestablecer un poco la situación, tranquiliza más a la gente y le da más margen de maniobra en tanto el orden comienza a reestablecerse.

    Si el orden no se comienza a restablecer, el desastre puede convertirse en una tragedia humana. Si ya no hay nada que saquear, si no hay víveres, los individuos pueden sentirse orillados a cometer actos más antisociales para sobrevivir, como asaltar o robar a personas, por decir lo menos.

    Así, sin un orden social, llegamos a la total anarquía y a la pesadilla hobbesiana donde todos tienen el derecho a todas las cosas. Ahí, donde en el gobierno no hay liderazgo y voluntad, ahí donde el caos será mayor.

    Conclusión:

    Es fácil argumentar que el saqueo es porque sean guerrerenses, o que el saqueo siempre es bueno o siempre es malo. Algunos dirán que es malo porque el saqueo implica robo, y la palabra robo tiene una connotación negativa, pero ello no quiere decir que en todos los casos sea algo inmoral.

    Por ejemplo, la palabra matar tiene una carga muy negativa, pero no implica que en todos los casos matar sea malo: si yo mato en defensa propia para proteger mi vida o la de mis seres queridos no estoy actuando mal. De igual forma, si yo robo un producto porque considero que no tengo otra forma de garantizar mi supervivencia no estoy incurriendo en un acto inmoral.

    Estos juicios son complicados, y en este artículo traté de argumentar mi punto de vista. Se puede justificar el saqueo con de víveres como alimentos o ropa para garantizar mi supervivencia y mis necesidades básicas en un desastre, no se puede justificar cuando se trata de productos que no tienen ese fin y que están más orientados al lujo y al entretenimiento.

    De la misma forma, el Estado debe estar lo más presente posible para 1) reestablecer el orden y reducir el impacto del desastre en las víctimas (que es lo más importante) y 2) que los saqueos sean en menor cantidad, ya no solo por la vigilancia como tal, sino porque ha permitido y promovido la distribución de víveres a los afectados.

  • Racing de Israel vs Atlético Palestina

    Racing de Israel vs Atlético Palestina

    No soy un experto en el conflicto de Medio Oriente. Para explicarlo a detalle existen personas más preparadas en el campo que yo.

    Pero hay algo que me llama sobremanera la atención y eso es la reacción en redes sociales de muchos usuarios.

    No es que esta situación sea completamente novedosa, más bien es que es muy reveladora dadas sus peculiares características: revela las filias, las fobias, los prejuicios y las contradicciones que son, en cierta medida, producto del pensamiento binario que abundan en las redes y que terminan revelando un tufo antisemita, por un lado, e islamofóbico por el otro, lo cual en sí debería ser muy preocupante.

    En las redes sociales abundan argumentos simplistas, no necesariamente expresados de forma explícita pero que son más que obvios al punto en que no pareciera haber alternativa entre el antisemitismo y la islamofobia.

    Por ejemplo, muchas personas asumen que apoyar a Palestina implica apoyar a Hamás, en tanto que otras asumen que solidarizarse con las víctimas del terrorismo de Hamás implica apoyar a Netanyahu. Eso, sin embargo, es un falso dilema.

    Por otro lado, no deja de ser cierto que estén quienes al simpatizar con un bando relativizan las muertes del otro. Es cierto que no pocos pro-palestinos de redes relativizaron el atentado terrorista contra los israelíes inocentes para gritar sus consignas, y también es cierto que no pocos pro-Israel de redes relativizan las muertes palestinas, incluso con aberrantes argumentos del tipo: «en 2007 votaron por el gobierno de Hamás, se lo merecen, disfruten lo votado».

    Y ni qué decir del trato de las noticias.

    Porque naturalmente los conflictos bélicos están rodeados de propaganda, la cual se mueve cada vez más por medio de las redes sociales dada su creciente influencia. Es natural que Israel como Hamás también estén librando una «guerra online«, pero eso no parece motivar a la gente a ser cautelosa con la información que recibe. Mas bien se toma la información que confirme su postura y rápidamente, sin pensarlo, la propague. El caso del misil que cayó en un hospital es un claro ejemplo.

    El clima que se respira y se propaga en redes, por consecuencia, es de odio, incluso por parte de aquellos que «no tienen una vela en el entierro en el conflicto» como personas que no son ni judíos ni árabes y prácticamente no tienen relación o afectación alguna. Algunos obviarán esto y lo dejarán pasar pensando que es «cualquier pleito en redes», pero no es así, ya hemos visto expresiones antisemitas e islamofóbicas en las calles (en Europa y en Estados Unidos sobre todo, pero incluso también en México) y que son producto de todo lo que se comparte y se transmite en las redes sociales. Este clima debería preocuparnos demasiado si no queremos «repetir nuestra historia», pero no lo hacemos.

    Preocupante es que la dignidad de las personas, sobre todo de gente inocente que ni siquiera tiene voz y voto en el conflicto, termine siendo para muchos relativizada o sometida a sus pulsiones político-ideológicas.

    Esto no significa que la gente deba ser equidistante ante el conflicto y no significa que no pueda tomar posturas. Es válido que la gente, con base en su conocimiento e incluso de sus predisposiciones ideológicas simpatice con Israel o con Palestina.

    Yo podría decir que me siento más identificado culturalmente e idiosincráticamente con Israel porque está asociado más a los valores del liberalismo occidental y la democracia, pero eso no me debería privar de reconocer y señalar las cosas que ha hecho mal el estado israelí como los atropellos que ha cometido su gobierno (véanse los asentamientos de Israel en Cisjordania), ni de criticar al demagogo que tienen como Primer Ministro como el que es Benjamín Netanyahu. De igual forma, una persona que simpatiza con Palestina debería reconocer que lo que hizo Hamás fue un atentado terrorista e inhumano que debiera ser condenado y repudiado de forma categórica, además de reconocer que Hamás es muy opresivo con los propios palestinos.

    Puedo tomar posturas, pero debo de reconocer que los civiles inocentes, por el hecho de ser humanos, tienen la misma dignidad sin importar bajo qué bandera vivan. No poder reconocer ello es producto, necesariamente, de alguna pulsión antisemita o islamófoba.

    Debemos hacer hincapié en que un conflicto bélico no es un partido de futbol: es, valga la redundancia, un conflicto bélico, el cual suele tener matices muy complejos que requieren, además, conocimiento de la situación y donde muchas vidas inocentes están en juego. No importa si el fenómeno a analizar es más evidente como para tomar una postura (que Rusia invada y ataque a Ucrania) u otro más complejo como el conflicto Israelí-Palestino donde incluso hay que aprender a distinguir las partes (Hamas o Netanyahu) del todo (la cultura israelí y palestina).

    Pero tal vez esté pidiendo mucho a unas redes sociales donde la discusión civilizada suele ser poca y los ataques al que piensa diferente suele abundar. Las arquitectura de las redes, sobre todo Twitter, parecen motivar a ello: al pensamiento binario, al razonamiento motivado y a la amplificación de los sesgos cognitivos. Nos hace falta mucho para que, como civilización, aprendamos a utilizar estas tecnologías de mejor manera porque su mal uso puede tener consecuencias nocivas en el mundo real.

  • La luz del mundo de la incertidumbre

    La luz del mundo de la incertidumbre

    La Hermosa Provincia en Guadalajara es, posiblemente, una pequeña recreación de alguna suerte de régimen norcoreano en el país. No solo por el totalitarismo que ahí se respira, sino incluso por la extravagancia de la arquitectura (que llega a ser aberrante) de los edificios que albergann esa zona, comenzando por el enorme y horrible templo de la Luz del Mundo que es visible desde la avenida Lázaro Cárdenas desde donde uno llega o abandona la ciudad.

    La Luz del Mundo es una religión (o secta) de corte totalitario. Ahí, los fieles entregan su vida por completo a su causa. El líder es incuestionable y toda su existencia está ligada a él. Los fieles entregan por completo su libertad y su criterio para pertenecer a una comunidad. Toda su vida gira en torno a ella y nada de la existencia de las personas puede estar desligada de ella. Esa iglesia, a diferencia de la mayoría de las religiones convencionales, tiene injerencia ilimitada sobre la vida privada de sus súbditos: cobra diezmos, arregla matrimonios. Ello le da el carácter de totalitario.

    La libertad trae consigo un problema para los seres humanos: la incertidumbre. Cuando el individuo es libre, repara en que se encuentra frente a un mundo complejo, que le ofrece más preguntas que respuestas a ellas, que tiende a la entropía (lo que explica su carácter inestable) y donde no tiene nada bajo su absoluto control, por lo cual deduce fácilmente que el mundo en el que se encuentra inserto es completamente incierto: no sólo el mundo que compartimos todo, sino el mundo propio que se construye el individuo con el que interactúa.

    El individuo libre es, a su vez, responsable de crear e interpretar esta realidad compleja e incierta por cuenta propia.

    Los seres humanos tendemos a ser malos para lidiar con la incertidumbre. Es como aquella angustia kierkegaardiana de asomarse al vacío, de sentir el vértigo de la libertad. La incertidumbre es molesta, pero algunos son más capaces de lidiar con ella que otros. Cuando el individuo es incapaz de hacerle frente y termina sintiéndose sometido, busca algún lugar o algún «alguien» para esconderse ahí y evitar hacerle frente.

    Naturalmente, el individuo no puede cambiar la realidad ni las muy complejas reglas sobre las cuales se rige el mundo. Sin embargo, puede negarlas y cambiarlas por explicaciones más sencillas de la realidad que le provean todo lo contrario a la incertidumbre propia: explicaciones fáciles (aunque ciertamente falsas), estabilidad, sentimiento de pertenencia, una estructura clara y concisa. Claro, esto conlleva pagar un precio: la libertad.

    Iglesias como la Luz del Mundo tienen mucho éxito en ello: proporcionan un gran alivio a todos dichos problemas a cambio de que el individuo se someta al credo, a la iglesia y al líder. El individuo entrega todo su poder a cambio de estabilidad emocional y tranquilidad. No es gratuito que estas organizaciones capten especialmente a personas que son susceptibles psicológica y emocionalmente.

    Esto también explica que estas iglesias se vuelvan inmunes ante las críticas y los escándalos, como los que rodean a la Luz del Mundo en el cual su líder Nasoon Joaquín está preso en Los Ángeles por abuso sexual, historia que relata muy bien un documental de Netflix. A una persona que se encuentra fuera de esta organización le parece aberrante que los súbditos no cuestionen las conductas de su líder, pero la realidad es que tendrían que pagar un precio muy alto por hacerlo. No solo por el hecho de que serían reprendidos por la organización, sino porque toda su existencia, su estabilidad emocional y su bienestar psicológico está ligado a ésta. El simple hecho de que un individuo cuestione en su mente a la organización le causa angustia, porque entonces todo aquello que es cierto y dado (por la organización) se tambalea, y con ello su existencia propia.

    Esta dinámica, en donde el individuo le entrega todo el poder al líder, siempre tiene consecuencias nefastas. Los escándalos sexuales de Nasoon (que comparte con su padre y abuelo a quienes sucedió) no son la excepción sino la regla dentro de liderazgos que acumulan tal cantidad de poder que los vuelve inmunes ante las leyes y el juicio de la gente que le otorga dicho poder.

    Si los individuos ceden todo su poder a los líderes, entonces ellos pueden hacer con éste lo que les plazca. Los líderes son convertidos en dioses o en mitos, y ello les da permiso de hacer lo que quieran porque no tienen que rendir cuentas ni tienen que someterse a las leyes. Los súbditos no reparan (o no quieren reparar) que sus líderes son personas de carne y hueso tan imperfectos como ellos, que, además, suelen cargar con rasgos psicopáticos y megalomanías que acrecienta su peligrosidad.

    No es gratuito, además, que estas organizaciones suelan tener alianzas con el poder político, porque ese poder que los súbditos le trasladan a los líderes también pueden ser trasladados al propio poder político. Basta que el líder «bendiga» a la facción política con la que ha llegado a un acuerdo para venderle al político los votos de los fieles: ya sea MORENA, Nayib Bukele o Javier Duarte. Tampoco ello es gratuito porque dentro de la política también son comunes esta suerte de dinámicas: individuos que se someten a una ideología a la cual tratan como dogma, líderes populistas de izquierda o derecha que, a través de un discurso demagogo, dan un sentido a la gente que rápidamente se identifica con ellos y los encumbra como salvadores.

    La historia parece mostrar que es más común que el individuo ceda su libertad para no enfrentarse a la incertidumbre que le aqueja. Los regímenes autoritarios, las organizaciones terroristas como Hamas se alimentan de ello. En Occidente apenas hemos logrado construir un sistema donde se le permita al individuo de tener cierto grado de libertad, pero siempre está la tentación, ante cualquier síntoma de inestabilidad, de sucumbir ante líderes autoritarios y carismáticos, como cuando un niño, al apagar la luz de su cuarto, se siente invadido de miedo y corre a la cama de sus papás.

    La libertad no es cómoda. Abrir la ventana y observar un mundo complejo e incierto no es algo que tranquilice a todos, pero ese es el mundo que hay, así es como funciona y ni el más abyecto sometimiento lo va a cambiar, aunque haya quienes, con el fin de amasar poder, busquen darle a la gente respuestas sencillas y un espacio seguro ficticio.

  • Los meritócratas

    Los meritócratas

    Desde hace algunas semanas, el concepto de meritocracia ha adquirido relevancia en el discurso público (sobre todo en redes sociales). Que si la meritocracia existe, que si no, que si es buena o que si es mala.

    Se entiende como meritocracia aquel orden social que está dado por el mérito: es decir, le debe ir mejor a quien lo merece más. ¿Y quién lo merece más? El que haya puesto un mayor esfuerzo y tenga mayor talento.

    La etimología de esta palabra, que no es otra cosa que un neologismo y que fue acuñado de forma crítica y satírica por el sociólogo británico Michael Young, presenta problemas. Tendría que ser algo así como «el gobierno de quienes tienen el mérito», pero en el discurso más bien trata sobre el ordenamiento social con base en el mérito, no necesariamente quién está gobernando.

    Pero su uso práctico también es cuestionable. Me llama la atención, por ejemplo, que en el discurso público se confunda y traslape el «deber ser» con el «ser». Si el deber ser se pregunta si es deseable un ordenamiento social con base en el mérito, el ser se pregunta si este ordenamiento existe en la práctica.

    Veo muchos decir que «yo creo en la meritocracia», pero en su pronunciamiento suelen confundir e intercambiar estas dos vertientes. Quienes utilizan ese «yo creo en la meritocracia» por lo general suelen oponerse a argumentos que sostienen que el ordenamiento social no está condicionado por el mérito y sí más por factores externos sobre los cuales el individuo no tiene control. Dicen que es deseable que haya un ordenamiento social conforme al mérito, pero a veces parecen intuir que este existe en la realidad, porque sin problemas podría defenderse a la meritocracia desde el deber ser y criticar que esta no existe en la práctica y señalar por qué no existe.

    Por eso es posible ver tanto a oligarcas beneficiarios del poder político como Ricardo Salinas Pliego utilizarla para justificar su posición social en la punta de la pirámide hasta personas que «comenzaron» desde abajo como Xóchitl Gálvez utilizan este concepto con el fin de «dotar de capacidades a los individuos para que salgan adelante».

    El problema es que una meritocracia pura es prácticamente irrealizable y posiblemente podría decirse lo mismo de la ausencia total de meritocracia. La existencia de la meritocracia solo puede entenderse como de grado. Se puede decir «existe algo de meritocracia», «este país tiene más meritocracia que este otro», pero difícilmente podría sostenerse que existe una meritocracia plena o siquiera algo cercano de ello.

    Para que esta exista, es necesario que exista una relación causal preponderante entre mérito con la posición social y no haya otras variables que la estén condicionando o que sean mucho menos relevantes, lo cual es prácticamente imposible.

    Y para que existiera este escenario se necesitaría que todos los individuos partieran desde el mismo punto, es decir, que la pureza de la meritocracia deba ser directamente proporcional a la pureza de la igualdad de oportunidades, algo así como el «velo de ignorancia» de John Rawls que también es irrealizable en la práctica y seguramente no pocos adalides de la meritocracia verían con escepticismo.

    La realidad es que todos partimos de escenarios distintos, tenemos distintas habilidades innatas y contextos distintos que nos pueden dejar en distintas posiciones de acuerdo al contexto en el que estamos insertos: estos van desde la posición socioeconómica hasta algo que en la apariencia puede parecer tan trivial como la aleatoriedad (la suerte). El contexto importa y mucho, y me atrevo a decir que por lo general importa más que el mérito. Por lo general, a los individuos no nos agrada sentir que no tenemos tanto control sobre la realidad como quisiéramos, aunque eso no significa que no tengamos control alguno sobre nuestro destino.

    Después viene otro problema. ¿Cómo medimos el mérito? Por lo general, insertamos ahí al esfuerzo y al talento. El talento es fácil de conceptualizar y tiene que ver con la habilidad que una persona tiene para llevar a cabo una acción dada (donde se entremezclan factores innatos y otros que el individuo puede desarrollar).

    El problema es que el esfuerzo es algo muy complicado de conceptualizar. ¿Cómo se mide el esfuerzo? ¿Por la cantidad de energía y sacrificio que una persona emplea en alguna actividad? ¿Por su disposición a aceptar el «dolor» a cambio de recibir una gratificación posterior? ¿Se puede seguir considerando esfuerzo si el individuo ya está habituado a éste y ya no le pesa, o incluso si ya lo disfruta (como aquellos que son adictos al trabajo?

    Entenderíamos que quien «le sufre más» le va mejor, pero esto no necesariamente se sostiene, sobre todo cuando el individuo se sobreexige: el exceso de trabajo y de gasto de energía puede crear, en ciertos ámbitos, efectos contraproducentes en la psique e incluso en el rendimiento. Importa mucho también a dónde se dirige ese esfuerzo. Es muy posible que un directivo no tenga la capacidad física de emplear el esfuerzo que un albañil emplea en la obra, y sin embargo, al directivo le va mejor que al albañil.

    Posiblemente, podría redefinirse al mérito como la capacidad de crear valor: eso que hago aporta valor a las demás personas, y por más valioso sea me tiene que ir mejor. Hace sentido porque es un concepto toral dentro de las economías de mercado. Sin embargo, la creación de valor nos regresa al punto de partida: ¿genera más valor quien se esfuerza más y tiene más talento? ¿O quien tuvo mayor acceso a la adquisición de herramientas para poder ofrecer valor?

    Pero eso no significa que la meritocracia (en su definición original) no esté absolutamente ausente. Pocos podrían negar que esforzarte y tener talento no te va a llevar a ningún lado. La realidad es que, al menos, puede dejarte en una posición un poco mejor, o aumentar aunque sea un poco las probabilidades de que te vaya mejor. Incluso en un régimen de lo menos meritócrata (digamos, una monarquía absoluta o una dictadura comunista) esforzarte o tener una suerte de talento puede establecer la diferencia entre comer o no comer.

    Dicho todo esto, es imposible crear una meritocracia tal que podamos afirmar que vivimos en ella. A lo mucho, se pueden crear situaciones específicas donde la meritocracia tenga un papel preponderante. Por ejemplo, los exámenes de admisión tratan (aunque solo hasta cierto punto lo logran) crear el proceso de admisión de una forma más meritocrática. Las competencias deportivas y otro tipo de escenarios suelen procurar estos mecanismos.

    Entonces, ¿qué hacer? Sabemos que la meritocracia pura no existe ni podrá existir, pero sabemos que de ahí no se sigue que el esfuerzo y el talento no sirvan, negarlo podría ser pernicioso para la sociedad. Claro, la cultura del esfuerzo debe promoverse porque el individuo aumenta las probabilidades de estar en una situación aunque sea un poco mejor y porque ello también beneficia a la sociedad en su conjunto.

    Simplemente, debemos dejar de pensar que este ordenamiento meritócrata es posible, debemos dejar de pensar que los individuos estamos en tal posición solamente nuestro esfuerzo ignorando el contexto en el que nos encontramos. Esta negación, como bien señala el filósofo Michael Sandel, se puede traducir en una profunda arrogancia por parte de aquellos que pueden sentirse superiores porque creen que «todo fue producto de su esfuerzo».

    En mi particular opinión, debemos pensar que el ordenamiento social debe estar dado por la creación de valor (que, como vemos, no está necesariamente ligado al mérito) ya que el valor genera un mayor bienestar para la sociedad y, al mismo tiempo, deben existir mecanismos o políticas para procurar que aquellos que estén en desventaja lo estén menos y tengan mayor acceso a herramientas y oportunidades para que tengan mayor movilidad social. No vamos a poder garantizar una equidad perfecta, pero sí una situación donde los puntos de inicio de los individuos no sean tan dispares.

    Claro, paradigmas que atentan contra la idea liberal de que todos los seres humanos valemos lo mismo como la discriminación por género, color de piel u orientación sexual y similares deben ser combatidos. De la misma forma, es indispensable que exista un Estado de derecho que conciba a todos los seres humanos como iguales y que ninguno tenga más privilegios frente a la ley que otros. Así mismo, la cultura del esfuerzo debe existir y promoverse aunque aceptemos que esta posiblemente no determine en gran manera el ordenamiento social.

  • La pedagogía del opresor, o los libros de la SEP contra los niños neoliberales.

    La pedagogía del opresor, o los libros de la SEP contra los niños neoliberales.

    Con los nuevos libros de texto les han quitado las matemáticas a las niñas y a los niños mexicanos, dejándolos sin el instrumento lógico y conceptual esencial para enfrentar los desafíos en su vida en la era moderna. Los nuevos libros de texto gratuitos son una traición a Freire.

    Luz de Teresa, Investigadora del Instituto de Matemáticas de la UNAM y expresidente de la Sociedad Matemática Mexicana

    Para el régimen. la función de la educación no es formar capital humano para el mercado.

    Claro, esa no debería ser la única función de la educación. Esta, a mi parecer, tendría que tener una visión más holística y debería ayudar a formar a la persona como tal, no solo en el ámbito productivo.

    Pero esta formación ciertamente debería de dotar de capacidades al individuo para integrarse al área productiva para que tenga una mayor movilidad social y contribuya a la economía de su país. De algún lado el individuo tiene que producir para comer y poder satisfacer sus necesidades materiales.

    Al notar este desprecio por la matemática en estos libros de texto, recordé el trend de #RosaPastel donde muchos jóvenes se sentían frustrados porque su vida laboral les parecía decepcionante con respecto de las expectativas que ellos tenían. Mucho de ello, decía, se explicaba porque la mayoría de los estudiantes no adquieren las habilidades necesarias para optar por carreras que tienen una mejor perspectiva (ingenierías y similares) en lugar de profesiones que adolecen de una profunda sobreoferta.

    El problema es que los avances tecnológicos de nuestros tiempos crearán mayor demanda de estos perfiles que nuestro sistema educativo (no solo público) no está siendo capaz de crear. Es decir, si el rezago en matemáticas siempre ha sido un problema en nuestro país, este se va a agravar cuando las matemáticas se vuelvan más importantes.

    Y este es el caso de estudiantes donde una gran parte tienen el privilegio de estudiar en escuelas privadas, cuyo nivel tampoco es para presumir, pero que tienen cierta libertad sobre qué materiales y qué cosas les van a enseñar a los alumnos. Ahora imagínense a los niños que tienen que estudiar en escuelas públicas que van a recibir una dosis ínfima de matemáticas y ciencias exactas en el aula.

    Es decir, contrario a los deseos del famoso pedagogo Paulo Freire, en el cual supuestamente está inspirada esta currícula y cuyo pensamiento ya data de hace más de 60 años, los nuevos textos no ayudarán a emancipar a las nuevas generaciones. La ausencia de matemáticas les dará menos margen de acción, no sólo para encontrar trabajo, sino para poner un negocio o hasta trabajar en áreas cuantitativas necesarias tanto en la iniciativa privada como en el servicio público. Por el contrario, estos textos buscan hacer de los niños a seres más dependientes ideológicamente del régimen de tal forma que se conviertan en instrumento para transmitir y perpetuar su ideario en el colectivo mexicano.

    Es cierto que la educación lleva necesariamente alguna dosis de adoctrinamiento. Es imposible que no exista ya que es imposible educar a los niños desde una postura completamente neutra sin un «deber ser» detrás del diseño de la currícula. En las escuelas confesionales se adoctrina a los niños con fundamentos religiosos, en otras con una visión más liberal y en la pública con la doctrina gubernamental.

    Pero dentro de esta imposibilidad, hay educaciones que forman a individuos más libres que otros y sobre de ello habría que hacer esta distinción. Existen, a su vez, doctrinas más nocivas que otras y hay poderes políticos que buscan controlar ideológicamente más a sus gobernados que otros.

    Lo que ha hecho este régimen sí se ha volado la barda.

    Básicamente, quieren imponer el ideario personalista del presidente en las nuevas generaciones combinado con algunas pinceladas marxistas y otras nostálgicas orientadas hacia el sur. No podría decirse que son «libros comunistas» como algún periodista está sugiriendo, pero sí parte, en cierta medida, de conceptos y paradigmas ya caducos más propios del siglo pasado y que la izquierda populista latinoamericana ha tratado de rescatar.

    El obradorismo está ahí: en el libro se nos dice que hubo fraude en el 2006, que el neoliberalismo (en la particular definición de López Obrador) está mal y un diverso cúmulo de ideas que se han repetido hasta el cansancio en los libros y los discursos de López Obrador: incluso se propone a las niñas y niños hacer asambleas con todo el sabor y estilo de MORENA. No se hace mención explícita al presidente, pero sí a su ideario.

    Por ejemplo, con un ejercicio de text mining que hice utilizando los libros de secundaria, encontré que estos preceptos aparecen con la siguiente frecuencia (es el total de palabras utilizadas en los 4 libros dividido entre 4):

    • Neoliberalismo: 13
    • Democracia: 12.75
    • Desigualdad: 9.75
    • Privatización: 3.75
    • Soberanía: 2.5
    • Conservadores: 2.5
    • Matemáticas: 2.25
    • Adversarios: 0.5

    Conceptos como «neoliberalismo», «privatización», «soberanía» y «conservadores» forman parte del discurso de López Obrador y aparecen recurrentemente en el libro, incluso más que la palabra «matemáticas» que apenas aparece poco más de dos veces por libro. Aproximadamente, por cada vez que aparece el término matemáticas, el de neoliberalismo aparece cinco veces. Este «adoctrinamiento» ocurre con mayor énfasis en los libros dirigidos a los maestros.

    Mi intención no es analizar la pedagogía de estas obras porque no soy un experto en el tema y creo que otras personas pueden hacer un análisis mucho mejor al mío, sin embargo no se necesita hacer un análisis complejo para ver los nocivos efectos que estos nuevos libros van a tener en las nuevas generaciones.

    El enfoque ideológico de estos libros presume ser comunitario e igualitario; sin embargo, condenará a las nuevas generaciones a lo contrario. Me explico:

    La niñas y niños que acuden a la escuela pública tienden (aunque no siempre) a asistir ahí porque no tienen la alternativa de acudir a una institución privada. Ello quiere decir que su capacidad económica es menor y suelen encontrarse en los deciles más cercanos a la base de la pirámide socioeconómica.

    Una izquierda moderna que diga buscar la igualdad debería dotar a estas personas de habilidades para que tengan una mayor movilidad social, pero justo están haciendo lo contrario. Esta degradación de la calidad de la educación (que ya de por sí es mala) va a crear una brecha mayor entre aquellos que asisten a la escuela pública y aquellos que van a la escuela privada. Ello necesariamente va a crear una mayor desigualdad con el tiempo.

    El problema es que los nefastos efectos que estos cambios en la currícula van a tener no se van a notar en el corto plazo. Actualmente, el oficialismo hasta presume de cierta reducción de la desigualdad. Pero, con el pasar de los años, cuando los niños que hoy asisten a las primarias y secundarias públicas tengan que buscar trabajo en un mundo cada vez más «tecnologizado» más llenos de expertos en ciencia de datos, robótica o inteligencia artificial y se vean imposibilitados de participar, ello tendrá repercusiones nocivas en la propia economía: un país sin capital humano incapaz de generar riqueza para, a su vez, generar mayor bienestar en la población.

    Y un niño que tiene menos educación, que está en desventaja y tiene menos habilidades es, necesariamente, un niño «menos emancipado» y más esclavizado por sus circunstancias.

  • #RosaPastel ¿Por qué los profesionistas están frustrados?

    #RosaPastel ¿Por qué los profesionistas están frustrados?

    En las redes hay un trend llamado #RosaPastel que consiste en que los jóvenes expresen su frustración porque, pocos años de haber egresado, la realidad no está cumpliendo con sus expectativas.

    Así, el que hace dos años se graduó como psicólogo o arquitecto se encuentra manejando un Uber, o la persona que quería crear una empresa y dar empleo a cientos de personas está trabajando como godín.

    Me llama la atención porque 1) porque no me parece que sea algo nuevo o algo exclusivo de estas generaciones: cuando salí al campo laboral hace poco menos de veinte años la realidad no era muy distinta y 2) porque esta frustración habla de de una cultura y unos hábitos (vicios) que hemos estado replicando y que no son consistentes con la realidad.

    Voy a dar por sentado que el panorama socioeconómico no es el óptimo (aunque no recuerdo si alguna vez lo ha sido, sobre todo en los países del tercer mundo como el nuestro): vivimos en un país con mucha desigualdad, poca movilidad social, es más difícil adquirir vivienda que en el pasado y las nuevas y no tan nuevas generaciones no van a tener una generosa pensión (aunque, por supuesto, existe la alternativa de poder ahorrar o comprar un plan de retiro). A esto se agrega que, en muchos casos, la oferta de estudiantes de muchas carreras sobrepasa la demanda de puestos de trabajo para los nuevos profesionistas. Un panorama no mucho más desolador que el que nos tocó a la generación X, pero que existe y ahí está.

    Al tiempo que el contexto es este, a los estudiantes se les vende la idea de que van a salir y van a tener el trabajo que quieren, puestos gerenciales y hasta el trabajo de sus sueños. Esto es terrible en un contexto se sobreoferta de estudiantes que adquieren habilidades que los motiva a inscribirse en «carreras de moda» y sobresaturarlas (ya saben, psicología, mercadotecnia y un largo etc), pero que no alcanzan las habilidades en STEM porque nuestro sistema educativo es magro de tal forma que suelen rehuir de profesiones «ingenieriles» que suelen tener una mejor perspectiva: ya saben, la gente cree que es mala en matemáticas cuando más bien no se las enseñaron bien.

    Muchos de los videos que observé en el TikTok tienen que ver mucho con esto: un problema de expectativas no satisfechas. Los egresados tenían una idea de que iban a comerse el mundo, que con ese entusiasmo todo iba a darse de forma automática: tuve buenas calificaciones, salí al mercado laboral, le eché ganas y ¡voila! Ya tengo mi empleo-empresa-negocio soñado.

    Pero, evidentemente, esto no va a ocurrir así. Incluso, en un contexto más favorable, las trayectorias profesionales suelen construirse paulatinamente y, como se suele decir, se empieza picando piedra.

    Los egresados se sienten fracasados porque, al no encontrar empleo, tuvieron que ponerse a trabajar en algo que no tenía nada que ver con su carrera porque tenían que sacar para los gastos. Estos egresados, que se encuentran al inicio de una larga trayectoria laboral, sienten que fracasaron como personas y comienzan hasta a dudar de sus capacidades, cuando no es así.

    El problema es que hemos construido una cultura de la inmediatez donde queremos todo ya, y a esto se le agrega que le hemos dicho a las nuevas generaciones que son especiales y merecedoras de todo. Los profesionales se sienten defraudados porque en la facultad tenían muchos dieces y el mercado no se los está recompensando. Aquí hay muchísimos malentendidos que hace que los jóvenes se crean expectativas demasiado altas.

    La realidad es que cuando sales a la vida real te das cuenta que las calificaciones sirven de prácticamente nada.

    Y ojo, no estoy sugiriendo que los estudiantes no se esfuercen en el aula, por el contrario.

    Y mucho menos sugiero que no estudies, como por ahí lo proponen algunos pseudo-gurús.

    Sin embargo, la forma de trascender tiene que ver con la capacidad de crear valor: ya sea a tus clientes, a la empresa para la que trabajas. Por más escaso y más valioso sea aquello que ofreces, mejor recompensado serás.

    Y eso difícilmente se mide con una calificación. Las calificaciones no suelen medir de forma precisa el conocimiento que adquiriste en el aula y, peor aún, menos dicen sobre tu capacidad de aplicar dicho conocimiento a situaciones reales que suelen ser diferentes que incluso las versiones simuladas que se utilizan en las universidades más costosas.

    Además, están las habilidades blandas que suelen subestimarse e incluso ignorarse hasta que uno se da cuenta de cuán necesarias eran. Desarrollar habilidades sociales mínimas para hacer contactos puede marcar una diferencia importante, saber cómo tolerar la frustración y postergar el placer es muy importante, trabajar mientras se estudia también es crucial.

    A 20 años de haber egresado de la facultad, aprendí que la vida profesional suele ser mucho más compleja, llena de matices y vaivenes: en mi caso, de muchos detours.

    ¿Qué le habría dicho mi yo de 40 años a mi yo de 20 años?

    No eres especial. Todos partimos de ser unos don nadie. El ser especial se gana y se construye, y no se le puede exigir al mundo que te trate como tal.

    La trayectoria profesional no es lineal e incluso lo es mucho menos que en los tiempos de nuestros padres: más bien suele ser caótico. Por ello no te aferres a que tu profesión deba ser lineal o deba ajustarse a tus expectativas iniciales, lo más probable es que sea distinto a lo que te imaginabas en un principio.

    Cualquier circunstancia, hasta la menos sospechada, es un aprendizaje. Un egresado de mercadotecnia seguramente se sentirá frustrado porque no encontró trabajo como analista de mercado y tuvo que ponerse a manejar un Uber. Como conductor de Uber aprenderá sobre servicio al cliente que le podrá ser útil en su crecimiento profesional.

    Actualízate constantemente. El aprendizaje no terminó en la universidad. Mantente al tanto de las tendencias de tu profesión: allá afuera hay cursos en línea, diplomados, talleres o hasta maestrías.

    Aprende cosas que no son de tu profesión pero pueden estar relacionadas o pueden crear nichos de valor. Constantemente observo cómo muchos profesionistas se concentran en su profesión como si no hubiera nada más allá, pero son justo los que adquieren otras habilidades que en principio parecen ajenas a su carrera que les terminan dando un perfil único y más escaso que el mercado valora más.

    ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? Y no necesariamente será tu carrera universitaria la que responda esas preguntas sino la experiencia posterior. Si logras descubrir aquello que conteste positivamente estas tres preguntas, estarás en una muy buena posición para impulsarte profesionalmente.

    Contactos, contactos, contactos. Aprende a socializar. No tienes que ser un mirrey antrero ni tienes que fingir que eres extrovertido cuando no lo eres, pero sí debes desarrollar las mínimas habilidades sociales para que puedas conocer gente y crear relaciones. Y esta labor no se limita a las relaciones físicas. Las relaciones virtuales por medio de plataformas como LinkedIn pueden ser un complemento al primer tipo de relaciones.

    Fracasar es normal. Puede pasar que abriste un negocio y quebró, que no diste el ancho en un empleo y te corrieron. Mucha gente suele frustrarse cuando eso pasa, pero es parte de la vida y todo ello es parte del aprendizaje. Permítete fracasar.

    Profesionalidad, ética y esfuerzo. Siempre haz tu mejor esfuerzo, sé una persona honrada, confiable y profesional. A veces, incluso haciendo las cosas bien, los conflictos profesionales, malos entendidos y tragos amargos pueden surgir. Si no haces las cosas bien, tu honor y reputación como profesionista pueden venirse abajo, y en este escenario tener muchos contactos terminará siendo hasta contraproducente porque tu mala fama se propagará con mayor facilidad.

    Es válido cambiar de profesión. Mucha gente teme cambiar de profesión y se aferra neciamente a ella. La realidad es que tendemos a elegir nuestra carrera universitaria cuando todavía no terminamos de saber lo que queremos y es muy posible que la experiencia nos diga que es más conveniente darle por otro lado. Recuerda las preguntas ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? La buena noticia es que haber elegido esa profesión que has decidido dejar no será en vano, incluso podrá ayudar a complementar la nueva profesión que has decidido elegir.

    Imagina que estudiaste mercadotecnia,, y por alguna razón, descubriste que lo tuyo es la creación musical. Bueno, tus conocimientos en mercadotecnia ayudarán a que sepas vender de mejor forma los contenidos que estás creando.

    Piensa a futuro. Muchos jóvenes quieren salir de la carrera con un buen sueldo. Al principio el sueldo es lo menos importante, lo más importante es la experiencia que vas a ganar. Y eso me lleva al siguiente punto.

    Crea valor. De nuevo, parte de las preguntas ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? De ahí, pregúntate, ¿qué puedo ofrecer que la gente o el mercado necesite y que haga de forma especial de tal forma que sea muy valorado? Aunado a ello se suman muchas de las cosas que mencioné, como actualizarte y estudiar constantemente para que sigas siendo igual o más valioso y tratar de crear un perfil único que sea escaso en el mercado. Asimismo, sé una persona honesta y ética en la cual la gente pueda confiar.

    Tu estado mental y físico. Si tienes algún problema que afecta tu salud mental, no dudes en ir a terapia y buscar ayuda. De la misma forma, aliméntate bien, duerme bien y ejercítate constantemente. Eso va a influir sobremanera en tu desempeño profesional. De la misma forma, adquiere el hábito de la lectura (y no tiene que ser literatura afín a tu carrera necesariamente) y busca hobbies: no es nada raro que de los hobbies surjan algunas ideas profesionales.

    Conclusión

    Nadie dijo que la vida ni el crecimiento profesional sería fácil. Es innegable que algunos parten de una posición más privilegiada que otros, es innegable que el contexto socioeconómico ejerce una fuerte influencia sobre nuestras aspiraciones profesionales. Sin embargo, como profesionistas, los individuos siempre tenemos un margen de acción sobre el cual podemos incidir.

    Si tienes poco tiempo en el mundo real y tus expectativas quedaron muy altas, piensa que te falta mucho tiempo como para frustrarte y dudar de tus capacidades, muchas cosas pueden y van a pasar. Si hoy manejas un Uber y ello no te gusta, piensa que no siempre va a ser así, apenas estás iniciando en esto. Mantén siempre la mente abierta.

  • Claudia Sheinbaum no es un bato, pero…

    Claudia Sheinbaum no es un bato, pero…

    Dicen por ahí que hay un sesgo de género en contra de Claudia Sheinbaum.

    El tema no es nuevo. Preguntarse si las mujeres reciben un trato diferente que los hombres es un tema muy válido.

    Miren. Estaba trabajando un proyecto con la IA donde una de las tareas que realizaba era la obtención de imágenes de distintas profesiones (en una plataforma llamada Leonardo, muy parecida a MidJourney).

    Resultó que en la gran mayoría, estas imágenes mostraban hombres (de 100 profesiones, más de 80). Tan solo en las profesiones muy estereotípicas como enfermería o nutrición se desplegaban mujeres. Incluso al utilizar la palabra «biologist» me mostró hombres siendo que hay más mujeres biólogas.

    Naturalmente, estos modelos están entrenados con un gran base de datos de información en Internet. La gran mayoría de esa información tiene solo unos años de antigüedad y tiende a ser generada dentro de países desarrollados que, en el papel, son más equitativos en cuestión de género que en los países del tercer mundo.

    Es un ejercicio interesante porque logra brincar todas las subjetividades y sesgos culturales o ideológicos que pudiera haber en una investigación típica sobre el tema (que si la investigadora es feminista o que si la encuestada vive en una sociedad donde el machismo está normalizado). La IA solo muestra lo que es más común en toda la información que hemos ido creando a lo largo de estos años.

    Claro está. Si existen esos sesgos, es de esperarse que puedan existir sesgos (muchas veces inconscientes) sobre el trato que se le da al hombre y a la mujer. Y el tema de la política, tradicionalmente dominado por hombres, es un tema que no debe escapar. De hecho hay investigación al respecto que puedes consultar aquí.

    Esta situación nos mete en un terreno fangoso, porque por un lado es muy válido preguntarse si existe un trato diferenciado y si la crítica que se hace a una candidata es diferente a la que se le hace a un candidato.

    Pero, por el otro, es cierto que existe quienes puedan aprovechar esta situación para acallar a aquellos que osen criticar a una candidata mujer. Lo cierto es que tanto los políticos hombres y mujeres deben estar sujetas y sujetos a la crítica y al escrutinio por igual, como bien lo señala Denise Dresser en su columna «maroma machista».

    Por ejemplo, Viri Ríos sugiere entre líneas que quien afirma que Claudia es incompetente está siendo de alguna forma machista, aunque es cierto que también se ha dicho una y otra vez lo mismo de López Obrador. Situación similar ocurre cuando ella afirma que Claudia es un clon de AMLO mientras que a los hombres se les ve como pragmáticos por hacer lo mismo, aunque la misma crítica se le ha hecho a Adán Augusto una y otra vez.

    Llama también la atención que estos días se hayan publicado varias columnas que hablan sobre el mismo tema, lo cual es sospechoso por la cercanía de las publicaciones y por el timing (justo cuando la competencia entre las corcholatas acaba de comenzar).

    Es algo perverso que haya quien quiera montarse en esta problemática con fines políticos, no solo porque trivializa un tema importante, sino porque lo utiliza como escudo para neutralizar y relativizar críticas que bien pueden ser muy válidas así como para victimizar a alguien que forma parte del poder y que debería estar bajo el escrutinio público. Incluso hay quienes ya lo han hecho pero que, cuando el presidente López Obrador denostó a las feministas y canceló los albergues para mujeres, callaron.

    ¿Son las críticas hacia Sheinbaum expresiones de machismo? Tendríamos que desagregarlas ya que es difícil saberlo y es posible que se necesite un contrafactual: digamos, un hombre que tome decisiones similares que Claudia Sheinbaum para ver si existe una diferencia en intensidad o en criterios. También se podría hacer un análisis de discurso en la información y opiniones que la gente arroja sobre la candidata para después compararla con otros casos.

    Pero de ahí no se sigue que se deba denostar cualquier crítica de forma apriorística para acallarla en nombre de un supuesto machismo. El análisis al respecto debería ser riguroso y no uno basado en suposiciones para evitar cualquier crítica hacia la candidata.

  • ¿Sí podía saberse?

    ¿Sí podía saberse?

    No somos seres racionales que nos emocionamos, somos seres emocionales con capacidad de razonar

    Humberto Maturana

    Ahí en las redes sociales, y sobre todo en Twitter (para variar), hay una férrea, acalorada y polarizante discusión sobre la «responsabilidad» que tienen aquellas personas que votaron por López Obrador y hoy se arrepintieron.

    Esta se desató básicamente por algunas columnas publicadas como las de Genaro Lozano o la de Jorge Volpi (quien tuvo la osadía de señalar a los opositores como principales culpables de la desgracia de este gobierno). En ellas, hay una insistencia en deslindarse del hecho de que su voto en las urnas pudo no haber sido la mejor achacando todo a la idea de que fue López Obrador quien traicionó a todos, se traicionó a sí mismo y se «derechizó».

    De aquí salieron varias discusiones. Unas señalan la arrogancia de estos periodistas e intelectuales quienes, por medio de sus columnas, parecen afirmar: «yo no me equivoqué porque soy inteligente, fue AMLO el que me traicionó». Otras van más allá y hasta responsabilizaron a los que votaron por AMLO de la desgracia, como si no fuera suficiente arrepentirse sin ser sometidos al paredón.

    Estas discusiones siempre tienden a gravitar a la siguiente pregunta: ¿sí podía saberse? ¿Si podía deducirse que el gobierno de López Obrador sería tal y como lo estamos viendo?

    El tema es complejo y requiere matices. Es cierto que los seres humanos somos torpes para pronosticar el futuro. Son tantas las variables inmiscuidas que nuestra mente simplemente no tiene la capacidad de hacerlo, pero ello no quiere decir que no podamos hacer algunas aproximaciones que puedan incrementar la probabilidad de que hagamos una buena elección. De lo contrario, votar por un político sería prácticamente lo mismo que seleccionar a uno de forma completamente aleatoria.

    Por ejemplo, el sujeto que va a elegir entre las distintas opciones puede estudiar los patrones que un dado político muestra, ya sea de su personalidad, su trayectoria política, su rectitud, sus convicciones ideológicas. Cuando se analizan estas características en retrospectiva y se compara con la forma en que el político elegido está gobernando, se verá que hay cosas que sí empatan. Hay alguna coherencia entre el hecho de que AMLO haya mandado al diablo a las instituciones y no haya reconocido derrotas con su afán de destruir instituciones autónomas y concentrar la mayor cantidad de poder. De igual forma, a nadie sorprende que Trump haya desconocido el triunfo de Biden si se analiza su discurso populista y polarizante.

    Cuando la gente va a votar, tiende a ser más emocional de lo que está dispuesta a reconocer. Si la gente no tiene el tiempo (y ni la capacidad cognitiva) de analizar a cabalidad todas las variables, entonces estará limita a utilizar atajos heurísticos que le ayuden tomar una decisión acertada y los cuales están condicionados por preferencias ideológicas, suposiciones, prejuicios y demás, así como por diversos impulsos emocionales producto de su entorno. Claro está, por menos preparado esté el sujeto en cuestión o menos interés tenga en el asunto, los atajos heurísticos serán más simples o frívolos, y por más lo esté, tenderán a ser más sólidos, pero siempre de alguna u otra forma falibles.

    Como los atajos heurísticos siempre pueden fallar a no, es posible que un atajo heurístico más sólido falle en tanto otro más débil no lo haga. Por ejemplo, una persona que haga una sobresimplificación del siguiente tipo «AMLO es de izquierda, nos va a convertir en Cuba y nos va a quitar nuestras propiedades, ergo, no voto por él» podrá decirse que hizo una buena elección al no votar por él, pero ello no significa que haya hecho una elección medianamente razonada. Por el contrario, sabemos que está equivocada porque no hay señales de que nos estemos convirtiendo en Cuba.

    En cambio, una persona que votó por López Obrador al razonar que la clase política vigente está muy corrompida (lo cual es cierto) y que López Obrador representaba la única alternativa de cambio (lo cual es parcialmente cierto) podrá decir que llevó a cabo un razonamiento un poco más sólido que el primero (tampoco es que mucho), pero, a diferencia del primero, se arrepintió. Posiblemente la molestia que tenía con el estado de cosas actual o sus inclinaciones ideológicas hicieron que tomara menos en consideración las alertas (red flags, como se dice popularmente ahora) que empataban con aquello que hoy le molesta.

    Es cierto que habían varias señales que podían sugerir lo que hoy está ocurriendo. Tal vez con excepción de la militarización y el ataque a la ciencia, había referencias a la forma actual de gobernar de López Obrador y es cierto que estas se subestimaron. A pesar de ello, me parece un despropósito culpar a las personas que votaron por López Obrador por lo ocurrido dado que:

    • No hubo algún dolo en su forma de votar y no deseaban que ocurriera lo que hoy ocurre (tal vez con excepción de quienes se «arrepintieron» porque no les dieron lo que les prometieron desde el poder).
    • Se diluye la responsabilidad que debe recaer sobre el Presidente, su gobierno y quienes aplauden sus actos.
    • En una democracia la gente es libre de votar por quien quiera e incluso de equivocarse.

    Pero, sabiendo que existían varias señales que empatan con la forma de gobierno actual, podemos deducir que su elección no fue la más acertada y que la configuración de los atajos heurísticos de los votantes hoy arrepentidos falló. Algunos opinadores e intelectuales se niegan a reconocerlo ya que consideran que eso pone a su prestigio en tela de juicio y por ello han decidido asegurar que fue AMLO el que se traicionó a sí mismo y el que se «derechizó». Debe señalarse que no aceptar ello implica no retroalimentarse de su decisión, lo cual evitará que tengan un mayor conocimiento en elecciones futuras con el riesgo de ser proclives a volver a optar por personajes similares, ya que si «AMLO se traicionó» entonces fue producto de su voluntad y solo se necesitaría, ceteris paribus, que el nuevo político tenga otra voluntad diferente para sí ser ese «socialdemócrata danés».

    Otra cosa es que aquellos que «acertaron» no votando por AMLO también pueden ser proclives a fallar y arrepentirse en un contexto dado porque también operan bajo atajos heurísticos. Que hayan «acertado» esta vez y en este contexto no implica que lo hagan en el otro. Incluso es posible que en otro contexto dado, quienes fallaron acierten (que en retrospectiva piensen que su voto fue el correcto) y que quienes acertaron fallen (que se arrepientan de su voto).

    Las únicas personas que nunca correrán el riesgo de fallar en absoluto son aquellas que sepan abstraer a cabalidad todas las variables y logren neutralizar por completo sus emociones e inclinaciones ideológicas: o sea, nadie.