Categoría: reflexión

  • Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Objetivamente, en un mundo donde la economía de mercado es preponderante, hemos visto cómo la pobreza extrema se ha reducido y cómo muchos indicadores, a pesar de todo lo que se dice, han mejorado a nivel global.

    Luego uno se pregunta ¿por qué es que la economía de mercado, que ha traído tanta riqueza en los últimos dos siglos, tiene muchos detractores?

    Me parece que ello tiene que ver con el fenómeno de la desigualdad, pero no solo con el fenómeno de la desigualdad en sí, sino con la forma en que las economías de mercado, por su naturaleza, ayudan a fortalecer esta narrativa.

    A que no puedes comer solo una

    Hay que comenzar diciendo que las economías de mercado tienen como base el consumo. Ya que se trata del libre intercambio de bienes y servicios, lo cual a su vez estimula la competencia, crear una sociedad que consuma lo más posible se vuelve un escenario óptimo para que los agentes maximicen sus ingresos: una persona que quiera consumir tiene que generar riqueza, y dicha riqueza tiene como fin último (directo o indirecto) el consumo de productos o servicios, así todos están motivados a producir. El sistema se retroalimenta a sí mismo y en parte ello explica su éxito sobre otros sistemas económicos.

    La cuarentena ha dejado en claro esta necesidad implícita en el sistema económico: hemos dejado de consumir y ese hecho nos está metiendo en una crisis económica que ha frustrado a muchos.

    Pero las dinámicas del sistema no solo explican los fenómenos económicos propios de éste, también explica los fenómenos sociales. Parte del ethos social termina orientándose al consumo y, de la misma forma, lo hace la misma escala de valores y aspiraciones del individuo. Muchas de las expectativas del individuo están fuertemente afectadas por la dinámica de consumo. ¿Qué carro voy a comprar? ¿Qué seguro voy a adquirir? ¿Qué ropa voy a vestir para verme ad hoc con los círculos sociales a los que quiero pertenecer? ¿Con qué productos puedo tener un mayor status social? ¿Cómo me voy a sentir si no logro el nivel de vida que mis padres me dieron?

    La valía del individuo también se ve, en mayor o menor medida, afectada por la capacidad de consumo, la riqueza y el acaparamiento de bienes. Aquél que triunfa económicamente es más respetado que quien no lo hace. Ya no solo es que consuma, sino que, a partir de la acumulación de bienes y del éxito profesional, el individuo se autorrealiza, se convierte en alguien.

    Escalar en la pirámide social está estrechamente ligada con la capacidad económica del individuo. Básicamente, si el individuo quiere autorrealizarse y quiere sentirse aceptado en sociedad, difícilmente podrá desligarse de la dinámica de consumo.

    Ello explica por qué los cárteles pueden engrosar fácilmente sus filas de jóvenes quienes prefieren vivir en riesgo a cambio de que su estatus social (determinado por lo económico) aumente, el componente aspiracional queda bien ejemplificado aquí.

    La dinámica de consumo y las expectativas que ésta misma genera se convierten en un artilugio poderoso del que nadie escapa, ni siquiera muchos de sus detractores tienen la voluntad de separarse de ella.

    Incluso voy más allá: el individuo necesita consumir para poder ascender de clase social (consume educación, cursos e incluso vestimenta para ir a una entrevista y para poder aspirar a tener un mejor ingreso o mejor educación) a la vez que produce riqueza (material o intelectual) que, como dije, tiene como fin último que sea consumida por alguien más. Es decir, el individuo consume y produce riqueza para que otros consuman con el fin de que él pueda consumir más.

    Todos somos desiguales, pero unos somos más desiguales que otros

    Y entonces, como las necesidades más íntimas del individuo se ligan con el consumo, la desigualdad puede volverse un problema. No solo se trata de tener mis necesidades básicas como comida o un techo satisfechas, se trata de cómo estoy yo en relación con los demás y el entorno y qué dice eso de mí. Si los demás han triunfado y yo no, entonce creeré que soy una persona de poca valía. Si, en cambio, yo triunfo y me va mejor que a los demás, voy a sentirme satisfecho conmigo mismo.

    Muchos de los jóvenes que entraron a las filas del narco no vivían necesariamente en una pobreza severa, pero basta con saber que pueden tener carros o mujeres (como objetos de consumo) sin necesidad de tanto esfuerzo: no solo querían consumir, querían ser alguien y, a través de esos objetos de consumo, mostrar su status.

    Así, la riqueza o la pobreza se vuelve un problema de relaciones, es decir, aunque se le pueda medir en números absolutos, en el día a día el individuo percibe su capacidad económica como relativa hacia alguien más. Una persona de clase media alta puede indignarse o sentir envidia con todo el dinero que acumulan los más ricos pero no repara que se encuentra dentro del 10% más privilegiado del país y puede aún así sentir que su situación actual no es suficiente y tal vez hasta injusta.

    Y evidentemente cuando la desigualdad no es producto del mérito sino de problemas estructurales la frustración es mayor. ¿Por qué yo, que me maté tanto estudiando y trabajando, solo he podido aspirar a un salario mediocre mientras que mi vecino, que tiene influencias y conexiones y que no es muy brillante o dedicado, tiene una «vida más plena»? Si yo no puedo tener movilidad social a pesar de mi esfuerzo entonces el problema será culpa de alguien más: «el gobierno, los poderosos, los grandes empresarios y un largo etc».

    Entonces, debido a que 1) las economías del mercado crean sociedades basadas en el consumo y 2) que la percepción individual de la riqueza o la pobreza es relacional, ocurre que el discurso sobre la desigualdad siempre estará ahí, latente o manifiesta. No es tan simple como convencer a todos que se trata del crecimiento y que hay menos pobres, basta con tener gente que se frustre en su día a día porque gana menos que otros y no puede cumplir sus expectativas (así como la que la sociedad ejerce) porque los otros tienen más y les va mejor para que adopten ese discurso. Por ello incluso en países prósperos como Chile existen manifestaciones de descontento, con todo y que el PIB ha crecido mucho e incluso que la misma desigualdad se ha reducido un poco (basta con que siga siendo alta y que el estudiante vea que no pueda satisfacer sus expectativas porque no le alcanza mientras que otros sí pueden).

    Es ingenuo pensar que va a desaparecer ese discurso, que basta con que la gente «aprenda economía» porque las pulsiones ahí seguirán en tanto exista una economía orientada al consumo y una sociedad relativamente desigual.

    Pero, paradójicamente, es ingenuo pensar que será posible (e incluso conveniente) acabar con la desigualdad. En realidad una sociedad solo puede aspirar a mantenerla en niveles razonables ya que la cultura de la hipercompetencia tiene como fundamento el «desigualarse de los demás»: el «yo quiero que mi empresa sea líder del ramo», «yo quiero triunfar y mostrarme de qué estoy hecho».

    Y de aquí surge una paradoja, ya que en muchos casos, los clamores en contra de la desigualdad se fundamentan en la necesidad del individuo de desigualarse: «yo quiero condiciones iguales para todos para que con mi esfuerzo pueda sobresalir»; pero si se le pone atención, esto no es tan contradictorio como parece, porque tenemos que hacer una distinción entre las distintas desigualdades.

    Las desigualdades

    Si admitimos que la desigualdad nunca podrá erradicarse por completo ya que ello implicaría atentar contra la libertad de las personas y si admitimos que no podemos hablar de una desigualdad sino de varias, entonces no todas dichas desigualdades tendrían por qué ser malas. Si yo decido sacrificar tiempo para ganar dinero mientras que el vecino prefiere ganar un poco menos para tener tiempo libre se crea una desigualdad de ingresos entre ambos, y sin embargo ello no es malo. Tampoco deberían ser vistas como malas aquellas que tienen relación con el mérito y el esfuerzo. Si la desigualdad fuera meramente meritocrática, basta con que quien se sienta poco satisfecho con su situación decida esforzarse más: «mi vecino es más rico porque se ha esforzado más y ello me frustra, entonces si me siento poco satisfecho trataré de emularlo».

    Pero, por lo general, cuando se habla de desigualdad no se piensa tanto en el mérito ni en las decisiones voluntarias sino en una condición que se asume o interpreta como injusta ya que una persona que emplea el mismo esfuerzo o talento que otra no llega al mismo destino por diversos factores que van desde aquellos cuya condición de injusticia puede ser cuestionable o debatible como haber nacido en tal o cual familia (por ejemplo, que los padres de un individuo se hayan esforzado más que los otros), las habilidades o talentos que una persona pueda tener e incluso el factor suerte (haber estado en el momento y lugar correcto) hasta otros donde dicha condición es más clara y que tienen que ver con ventajas o desventajas que rompen con cualquier sentido de equidad como tener preferencias ante la ley, obtener beneficios por tener una relación cercana con el gobierno, no tener oportunidades mínimas (como educación o alimentación) o incluso la discriminación por raza, clase o sexismo.

    Dicho esto, parece que aquello que genera resentimiento y escozor no necesariamente es la desigualdad en sí, sino un sentimiento de inequidad que se expresa de forma distinta en las distintas desigualdades. También es posible percatarse, en algunos casos, un sentimiento de pérdida o de «quedarse abajo» que pueden reflejarse en las desigualdades meritocráticas o que pueden combinarse en conjunto con desigualdades estructurales.

    La desigualdad mató al gato

    La izquierda (en especial la de América Latina), que es la que suele enarbolar este discurso, también suele errar mucho en los diagnósticos y cree que basta con conceptualizar la desigualdad como solo una cosa, o bien, cree que es necesario crear un discurso de conflicto de clases que solo puede subsanarse mediante una igualdad casi absoluta (ya hemos visto en qué han terminado esos experimentos). Pero reducir la desigualdad no es tan sencillo como parece porque, al hablar de una desigualdad, solamente está «atacando» la desigualdad como efecto sin atender las causas. También se erra cuando subestima el crecimiento económico en aras de atender la desigualdad (como ha ocurrido en algunos países de Sudamérica), todo porque en el tránsito eliminan los incentivos para crear riqueza.

    Cuando se habla de combatir la desigualdad, la solución más inmediata es esperar que un agente (casi siempre el gobierno) se encargue de esa tarea. El gobierno es el agente que estaría por fuera (aunque no completamente) de la dinámica de consumo y puede intervenir en ella. El problema es que su intervención en muchas ocasiones resulta contraproducente, sobre todo si se le otorga poder excesivo o facultades excesivas para llevar a cabo esa tarea. Basta ver a todos los regímenes socialistas donde la condición de desigualdad no se elimina, sino que se transfiere de una condición de desigualdad entre gobernados a otra entre gobernantes y gobernados donde los gobernantes son también la élite económica y los gobernados tienen que conformarse con una vida apenas un poco por encima de la pobreza y de la cual no pueden escapar.

    También suele ser contraproducente cuando, como suele ocurrir, se asume erróneamente que la economía de mercado es un juego de suma cero donde para que uno gane otro tiene que perder. Se ignora de forma franca el valor que la dinámica de mercado genera y así poco hacen para reducir la desigualdad y sí mucho para frenar el crecimiento económico.

    Pero, a pesar de los errores cometidos una y otra vez en aras de combatir el problema de la desigualdad, el discurso que habla de la necesidad de combatirlo sigue ahí y difícilmente cesará, alimentado y fomentado por el capitalismo mismo que convierte al entorno en una dinámica de consumo.

    ¿Qué hacer?

    Evidente es que una condición a priori y necesaria para procurar una sociedad equitativa es la construcción de un entramado institucional sólido y justo, donde nadie tenga preferencia ante la ley. Otra necesidad es garantizar un piso mínimo, mediante el cual todos los individuos reciban una educación y servicios de salud suficientemente dignos de tal forma que tengan herramientas para salir adelante y salir de la trampa de la pobreza. Parte de la desigualdad que acaece en los países de América Latina se explica porque estas dos condiciones han fallado, producto en gran medida por Estados débiles.

    Pero habría que replantearse otras cosas que tal vez no han sido puestas sobre la mesa. Si la dinámica del mercado y esta necesidad de ligar nuestra existencia al consumo y la posición acrecientan el resentimiento y la frustración generada por la desigualdad, ¿podría tratar de procurar una cultura donde la existencia del individuo esté menos determinado por el consumo y la acaparación de bienes?

    Sería un absurdo combatir la desigualdad meritocrática (aquella producto del mérito, talento, o decisión propia) ya que ello implica necesariamente la restricción de libertades. Pero si la ambición y las expectativas económicas incumplidas nos genera frustración (en un sentido schopenhaueriano) ¿no podríamos buscar alternativas para la autotrascendencia y que vayan más de acuerdo a nuestras capacidades? Se me vienen a la cabeza aquellas relacionadas con el intelecto, la espiritualidad (religiosa o no religiosa), o tal vez hasta cultivar cierto estoicismo de tal forma que un individuo pueda encontrar la felicidad sin depender de las aspiraciones de consumo.

    En los países que presumen un mejor nivel de vida, esta cultura del consumo, si bien todavía imperante, ha sido relativamente atenuada. Pareciera ser que, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo y nivel de vida, la ambición por el dinero y los bienes pareciera ya no ser tan importante y el individuo preferirá orientar sus deseos de autorrealización a otros ámbitos. Sin embargo, me parece muy complicado que un escenario así pueda establecerse en países en desarrollo donde el deseo (muchas veces frustrado) es crecer y acabar con la pobreza.

    Conclusión

    Dicho todo esto, creo que nos veremos en la necesidad de tratar de analizar las desigualdades (y no la desigualdad como una sola) desde varias perspectivas. Tendremos que separar aquello que es del mérito y la voluntad de aquello que es injusto o que restringe la libertad del individuo para salir adelante por voluntad propia al prohibirle adquirir las habilidades necesarias (libertad positiva).

    Tendremos que aceptar que la desigualdad es una condición inherente a la especie humana, que al componerse de individuos heterogéneos, ello se traducirá en riqueza e ingresos heterogéneos. Lo que sí podemos es crear sociedades donde exista una condición de equidad garantizada por las leyes y su buena ejecución y donde haya un piso mínimo (que tiene que ver con educación de calidad, salud y demás servicios otorgados por un sistema de seguridad social) para que los individuos puedan desarrollar sus proyectos de vida. Evidentemente, bastaría cumplir con estas condiciones para que en los países latinoamericanos veamos reducidos los niveles de desigualdad de forma considerable.

  • Sobre la libertad de expresión y el juicio de las ideas

    Sobre la libertad de expresión y el juicio de las ideas

    Sobre la libertad de expresión y el juicio de las ideas

    Todos tenemos derecho a la libertad de expresión, pero ello no implica que las demás personas estén obligadas a valorar o a tomar en cuenta nuestros argumentos.

    Yo tengo derecho a decir que creo que Bill Gates creó el Covid-19. Nadie debería impedírmelo porque ello va en contra de mis derechos fundamentales, pero la gente está en su derecho a pensar e incluso decir que aquello que he dicho es un argumento absurdo.

    Pero si yo exijo a la gente que tome en cuenta mi argumento o que no diga que le parece absurdo entonces soy yo el que está atentando contra la libertad de las otras personas, no solo la libertad de expresión sino de pensamiento.

    La libertad de expresión también incluye la libertad del otro a refutar aquello que yo he dicho.

    Todos los individuos hacemos juicios sobre ideas, conceptos y argumentos; todos los individuos discriminamos ideas y preferimos algunas sobre otras.

    Todos los individuos tenemos el derecho a hacerlo y, de hecho, necesitamos hacerlo. Hacemos juicios de todo los que se nos ponga enfrente para poder funcionar en nuestro entorno.

    Es más, todas las corrientes de pensamiento o ideologías consisten en ello, en la prevalencia de ciertas ideas sobre las otras. Así, los juicios le dan forma a nuestro mundo.

    Por eso, que todos tengan derecho a argumentar cualquier cosa (en tanto no busque atentar contra la integridad de otra persona) no implica que todos los argumentos deban valer igual o deban ser igualmente tomadas en cuenta.

    La búsqueda de la verdad debe prevalecer siempre sobre la aparente susceptibilidad de aquel que se pueda sentir afectado/a porque su idea ha sido puesta en cuestionamiento. Si aquella persona siente su ego dañado porque su idea (y no su integridad) fue puesta en entredicho, es problema exclusivamente de ella.

    Pensar que toda idea debe valer igual solo nos llevaría a un relativismo absoluto donde, como todo es valorado igual, no solo no se puede debatir y ni siquiera se puede ampliar el conocimiento (porque conocer algo implica negar su opuesto), sino que no se puede crear orden alguno, ni civilización, ni organización ni se podría hacer ciencia. Un conjunto de ideas que valen igual es casi idéntico a la ausencia de ideas: estaríamos atrapados en un entorno nihilista en el cual no nos podríamos mover.

    La verdad es que el ser humano debe valorar y discriminar ideas y conceptos para funcionar e incluso para sobrevivir. Y a veces discutir y pelear por ideas no es cómodo, nadie dijo que lo fuera, y no tendría por qué serlo.

  • La «gran conspiración» detrás del #Covid-19

    La «gran conspiración» detrás del #Covid-19

    La conspiración detrás del #Covid-19

    Siempre me he preguntado por qué a muchas personas les gusta las teorías de la conspiración.

    Con esto no quiero decir que los gobiernos nunca nos oculten nada o que no haya nada que no sepamos, sin embargo por alguna razón la gran mayoría de las teorías de la conspiración resultan falsas o nunca se pueden probar con el tiempo.

    Las teorías de la conspiración son atractivas por muchas razones, una de ellas es la intriga. Los relatos de la conspiración están llenos de intriga, algo así como si se trataran de un espectáculo hollywoodense: incluso muchas de las teorías de la conspiración terminan siendo muy parecidas al guión de las películas hollywoodenses.

    La realidad, me temo, es un tanto más aburrida ya que las películas buscan divertir al espectador y la realidad en sí misma no tiene como fin el espectáculo. Seguramente habrá cosas que no sabemos pero seguramente esos misterios, que nos podrían hacer enojar o podría crear un gran conflicto, tal vez no serán tan intrigantes como se supone que serían.

    Otra razón de su atractivo reside en el sentimiento de seguridad. Al individuo no le gusta conformarse con la incertidumbre, tiene una aversión a ella y le angustia. Es algo así como, recordando a Kierkegaard, el quedarse en la punta del precipicio con un terrible miedo a lanzarse pero, a la vez, con un fuerte deseo de hacerlo. Como no sabemos bien cómo funciona el mundo (incertidumbre), las teorías de la conspiración se convierten en ese «arrojarse al vacío». Los conspiranoicos temen que la realidad sea como creen que es, pero prefieren arrojarse porque ello les da un sentimiento de seguridad, incluso si su creencia es más dolorosa y oscura que la realidad.

    Y otra razón tiene que ver con un sentimiento de pertenencia y reafirmación personal. El hecho de saber algo que creen verdadero y que la mayoría de la gente no cree los hace sentirse especiales: yo no estoy siendo engañado como la mayoría de la gente, soy especial. Luego, los conspiranoicos pueden llegar a crear un sentimiento de pertenencia entre ellos. Conviven en los mismos foros, en las redes y hasta organizan congresos internacionales como ocurre con los terraplanistas y los antivacunas.

    Dado que alguien siempre es capaz, de alguna u otra forma, de ocultarnos algo, me parece que es válido cuestionar si dentro de un evento hay algo que no sepamos. Es válido que cuestione en mi mente si el Covid-19 pudo ser creado en el laboratorio, pero de aquí en adelante habrá una separación entre aquella persona que busca resolver su duda de forma racional y aquel otro que decide usar una lógica conspiranoica bajo la cual asegura, sin pruebas y con meras conjeturas producto de correlaciones que muy probablemente son espurias, que dicha conspiración sí está ocurriendo.

    Imagen: Wired

    Una persona sensata indaga recopilando pruebas, y sabe que no podrá decir que algo ocurre al menos que tenga las suficientes pruebas en la mano. El conspiranoico no opera igual ya que de entrada está prácticamente asegurando una tesis que no ha sustentado: los terraplanistas aseguran que la tierra es plana y los antivacunas aseguran que las vacunas son tan solo una estrategia de las farmacéuticas para manipularnos.

    Los conspiranoicos en realidad no indagan ni buscan pruebas, sino que más bien ya han llegado a una conclusión desde un principio y más bien buscan a posteriori elementos con los cuales reafirmen su postura. Los conspiranoicos basan su tesis en relaciones espurias producto de razonamientos en las cuales se extraen conclusiones de premisas débiles. Tomemos como ejemplo este silogismo:

    Premisa 1: Estas personas parecen ser mexicanas

    Premisa 2: Las personas mexicanas deben pagar una cuota

    Conclusión: Estas personas deben pagar una cuota

    Una de estas premisas es débil (la primera) ya que no comprueba nada por sí misma sino que sólo elabora una suposición. Al observador le parece que esas personas son mexicanas, pero no está seguro de ello. Es muy probable que si les exige pagar una cuota, esté cobrándola a personas que no deberían pagarla.

    Si hago un ejemplo con algunas de las teorías que circulan por las redes podría elaborar un razonamiento así, el cual es a todas luces más débil que el primero:

    Premisa 1: Los gobiernos a veces nos engañan y nos ocultan algo

    Premisa 2: Algunos de los agentes involucrados en el combate al Covid-19 son gobiernos

    Conclusión: Los gobiernos crearon o inventaron el Covid-19 para engañarnos

    Esta premisa, bajo la cual algunos concluyen que el virus no existe o crearon, es todavía más débil que la primera. La primer premisa dice que «a veces los gobiernos nos engañan, es decir, ello no siempre ocurre. Pero la primera premisa no dice nada sobre la forma en que nos engañan y no dice nada sobre si los gobiernos han creado o inventado epidemias o no. Se observa que la conclusión es mucho más débil incluso que en el caso del primer silogismo porque la conclusión ni siquiera se apega a la información dada por las premisas.

    Es válido preguntarse «¿habrán inventado el Covid-19 en un laboratorio?». Sí lo es, pero para ello es importante recabar pruebas que vayan fortaleciendo o descartando la hipótesis. Una cosa es hacerse la pregunta, otra cosa es afirmar o pensar que una sospecha producto de un argumento débil debe ser muy probable, porque lo cierto es que, conforme menos información tengamos para evaluar un caso hipotético del cual sospechamos, es menos posible que nuestra hipótesis sea verdadera.

    Un evento ocurre o no ocurre, no es que tenga posibilidad de que ocurra o no sí ya está ocurriendo o no. Pero lo cierto es que hay una proporcionalidad inversa entre la cantidad de conocimiento sobre lo que se juzga y la posibilidad de que eso que se juzga sea cierto (obviando que esta proporcionalidad no es necesariamente perfecta, ya que el sujeto, con la información suficiente a la mano, puede hacer una argumentación irracional). Es decir, por menos información y argumentos tengamos a la mano, es más probable que estemos equivocados.

    También hay que tomar en cuenta que dentro de una conspiración tal hay muchas variables que están involucradas. Habrá que tomarlas todas en cuenta para evaluarlas e ir consiguiendo información. Por ejemplo, imaginemos que investigo en fuentes confiables y concluyo que el virus sí puede ser fabricado en un laboratorio sin que nadie se de cuenta (en realidad es complicadísimo hacerlo si no es que imposible, pero para efectos de este ejemplo, vamos a suponer que sí es posible).

    Premisa 1: Un virus puede ser fabricado por un especialista en un laboratorio sin que nadie se dé cuenta de que es artificial

    Premisa 2: Los gobiernos, que tienen especialistas a la mano, tienen la capacidad de fabricar virus

    Conclusión: Por lo tanto, un gobierno puede fabricar un virus en un laboratorio sin que nadie se dé cuenta de que es artificial

    Este es un silogismo deductivo que tiene premisas sólidas (para efectos de nuestro ejemplo) y cuya conclusión también lo es. Sería una hipótesis a favor de la teoría conspirativa, pero no la comprueba por sí misma, sino que sólo comprueba una de las tantas variables que deben ser comprobadas para llegar a esa conclusión. Hemos concluido tan solo que el gobierno sí tiene la capacidad de crear un virus artificial sin que nadie se dé cuenta de que fue un gobierno el que lo creó, pero de ahí no se sigue que el Covid-19 haya sido fabricado por el gobierno porque para llegar a ello entonces habrá que analizar todas las demás variables.

    Es cierto que es casi imposible desenmarañar una conspiración así, pero sí que se pueden resolver varios argumentos para que, de menos, nos dejen en una posición de que ello es plausible aunque no segura. Demostrar la plausibilidad de una conspiración es muy útil porque, a más plausible sea, más incentivos habrá para que terceros decidan aventurarse e investigar más sobre el tema (periodistas, etc) para tratar de llegar a la verdad.

    Podemos también preguntarnos cuántas personas o quiénes estarían involucradas en la conspiración. Por más sean las personas involucradas será más difícil llevarla a cabo ya que es más probable que alguna persona suelte la sopa. Eso es algo que no consideran los terraplanistas porque para sostener que la tierra es plana entonces deben haber muchísimos agentes involucrados en la conspiración como gobiernos, líneas aéreas, comunidad científica y además debe considerarse el entorno en el que se encuentran (en un régimen dictatorial será relativamente más fácil ocultar información que en uno democrático). Estas consideraciones hacen dicha tarea imposible. No es casualidad que las pocas teorías de la conspiración que han resultado ciertas como el MK-Ultra hayan requerido de relativamente pocas personas involucradas en tal actividad. Estas consideraciones también hacen que las teorías de un «nuevo orden mundial» que nos están ocultando sean difíciles de sostener.

    Así mismo, podemos tratar entender otras variables que por sí mismas no nos darán algo concluyente pero pueden hacer la hipótesis más plausible. Por ejemplo, podemos tratar de entender el panorama geopolítico porque ello nos puede explicar algo sobre los incentivos (si alguien quiere conspirar, alguien debería tener un incentivo para hacerlo) y sobre las barreras que juegan el papel contrario (la posibilidad de que alguien más me descubra y pague un precio alto por ello desincentiva la acción).

    Si sabemos que China y Estados Unidos son, al día de hoy, una suerte de adversarios ¿cómo juega ello con las demás variables? Podemos preguntarnos ¿qué ganan los distintos actores al fabricar un virus o qué reacción tendrían los distintos actores? Si el virus lo fabricó China ¿Por qué Trump no ha dicho que es una conspiración para acabar con EEUU? ¿Por qué la Unión Europea, parte del polo occidental, no ha sospechado absolutamente nada? ¿De verdad pudieron ocultarlo y eliminaron absolutamente todas las pistas para que la comunidad científica no albergara sospecha alguna?

    Evidentemente, todas estas preguntas deben de ser contestadas con el máximo rigor posible y no con meras conjeturas que adolecen de lo que adolecen las mismas teorías que los conspiranoicos defienden a capa y espada como por ejemplo: «si el gobierno hizo X (de lo cual no tengo pruebas y es una teoría de la conspiración), ¿el gobierno volverá a hacer X?».

    La postura más responsable, a mi parecer, sería partir a priori de la idea de que la teoría es hipotéticamente falsa en tanto no tengamos elementos para decir lo contrario y, con base en los hechos y pruebas que se recaben, dimensionar la plausibilidad que ésta podría tener. Si no tengo ninguna prueba medianamente aceptable entonces descarto que X esté sucediendo en tanto no acumule más pruebas que de menos me hagan decir que hay ciertas posibilidades de que X ocurra y que, al haber cierta plausibilidad, entonces vale la pena investigarlo. Es válido preguntarse, pero es muy distinto preguntarse «¿podrá estar ocurriendo eso?» a afirmarlo o darle una plausibilidad que no tiene porque no tenemos elementos a la mano.

    El problema con los fanáticos de las teorías de la conspiración es que no suelen hacer este ejercicio, sino que más bien parecen acumular una gran cantidad de argumentos que no pueden ser validados o acumulan una gran cantidad de correlaciones espurias con algún hecho aislado para así concluir que su tesis es cierta. La necesidad de paliar la incertidumbre, la necesidad de pertenencia y reafirmación terminan sesgando completamente el ejercicio.

    Que algo sea plausible nos evoca de nuevo a la incertidumbre, porque hablamos de que algo pudiera estar sucediendo pero no podemos decirlo con certeza. Solo sospechamos, pero no afirmamos. De nuevo, la angustia kierkegaardiana y la necesidad de arrojarse al vacío les viene a muchos. Por eso el conspiranoico afirma, no se pregunta.

    Por ejemplo, alguien puede argumentar que el gobierno de EEUU pudo fabricar el virus porque hace dos décadas ellos se encargaron de derrumbar sus torres gemelas, argumento que, dos décadas después, tampoco ha sido comprobado con hechos. Los teóricos de la conspiración suelen acumular este tipo de argumentos porque deducen que el cúmulo de correlaciones espurias o no probadas los lleva a la verdad. Ello es falso. De hecho, han logrado tejer historias muy complejas e intrigantes a través de este tipo de correlaciones que terminan siendo desmentidas, a veces con un simple argumento.

    Los teóricos de la conspiración suelen desechar de forma a priori evidencia que ponga en duda su teoría. Si un medio que consideran mainstream publica la información, entonces tiene que ser falsa ya que hay una «gran conspiración». Es cierto que una fuente seria puede, en algún dado caso, llegar a mentir, puede llegar a equivocarse o verse afectada por su sesgo ideológico, sería iluso pensar que ello no sucede, aunque ciertamente las que llamamos «fuentes confiables» suelen ser, valga la redundancia, más confiables de las que no lo son o de las que tienen mala reputación y por ello se les da más valor. Para reducir la posibilidad de recibir información falsa se indaga más sobre el tema, se buscan otras fuentes que lo corroboren o, si es el caso, se analiza el paper del cual se extrajo la información. Otra cosa es afirmar que los medios siempre mienten porque están ocultando una gran maquinación sin probarlo.

    Decía que los teóricos de la conspiración no suelen hablar de plausibilidades, sino que aseguran que algo está ocurriendo con base en correlaciones espurias. A parece relacionarse con B, pero no pueden determinar si A provoca B, B provoca A, si ambas variables son ocasionadas por una tercera variable o es una simple y linda «casualidad de la vida» que exhibe su condición espuria porque:

    Vincent Granville on LinkedIn: Spurious correlations: 15 examples

    ¿Hay una conspiración entre el gasto en ciencia y los suicidios por ahorcamiento o estrangulamiento? ¿Si recortamos el gasto en ciencia reducimos los suicidios? Es obvio que es una coincidencia porque se trata de una correlación espuria, pero un teórico de la conspiración no lo verá así, pensará que le están ocultando algo.

    Por último ¿Por qué es importante partir de la idea de que una teoría es hipotéticamente falsa mientras no comprobemos su existencia o, ya de menos, su plausibilidad?

    La respuesta la podemos ver en las redes. El hecho de que las personas tejan teorías de la conspiración a partir de cualquier correlación (las cuales o la mayoría de las cuales son falsas) hace que dichas teorías se mezclen con la información veraz. En la práctica, ello crea un clima de fuerte desconfianza a través de la cual la gente termina desconfiando de todo el mundo y de cualquier argumento porque siempre debe haber una conspiración detrás de éste. Si la gente ya desconfía de todos los medios y de todas las personas, entonces ninguna información es más valiosa y confiable que otra y ello es un problema muy grave. Peor, se puede incluso llegar a la conclusión de que la información falsa e intrigante «fake news» termine teniendo más credibilidad que aquella información que debería ser creíble. Los antivacunas y los nefastos efectos de su activismo son un claro ejemplo de ello.

    No se trata de asumir que no existen conspiraciones en el mundo, se trata de ser más rigurosos a la hora de investigar aquello que nos hace dudar y sospechar. La duda es completamente sana, preguntarse si el virus fue creado en un laboratorio es completamente válido. El problema es 1) tomar como verdaderas aquellas conspiraciones de la cual no tengo pruebas y 2) crear un ambiente de absolutamente desconfianza y sospechosismo. Todo ello es nocivo para el bienestar de la sociedad misma y, en nuestro caso, puede terminar afectando los esfuerzos para controlar la pandemia que estamos viviendo.

    Y para terminar hay que decirlo: tener espíritu crítico no es solo ser crítico con el gobierno o con aquello sobre lo que se desconfía, sino con el mismo paradigma y los métodos a través de los cuales estoy emitiendo mi crítica.

  • El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    El México solidario y el México egoísta dejabajo.

    Recuerdo muy bien el momento en que me enteré por redes sociales que había ocurrido un sismo en el centro del país. Por los primeros «tuitazos» no parecía ser la gran cosa: «ay, este se sintió duro», «tenemos sismo». Pero pocos segundos después alguien habló de un edificio que se vino abajo (igual estaba viejo y descuidado, solo le faltaba un «empujoncito», pensé), pero luego fue otro, y otro. Pasaron muy pocos minutos para entender lo que había ocurrido.

    Y solo pasaron pocos minutos para que se fuera conformando toda una red de ayuda a través de las redes sociales y que duró muchos días. Todo México se movió para ayudar, había pensado: médicos, ingenieros, rescatistas, gente común que se puso a ayudar con lo que podía. Y aunque el gobierno no actuó tan mal como lo hizo en el 85 y el ejército sí jugó un papel importante, el activismo de los ciudadanos terminó salvando muchas vidas.

    Me quedé con la impresión de que México era un país solidario, donde toda la gente se ayuda. Pero a veces las impresiones pueden ser engañosas.

    Un sismo y una pandemia son crisis trágicas, pero son dos fenómenos muy distintos entre sí. El primero te obliga a salir a la calle, la segunda más bien te invita a no salir. El sismo es un evento que dura unos segundos o minutos y justa cuando termina es cuando hay que salir a ayudar al prójimo. La pandemia es un evento que dura semanas o meses, la crisis es un continuum que está ahí y que no nos deja.

    El terremoto corta de tajo nuestra cotidianeidad y crea un sentimiento de urgencia que nos obliga a reaccionar inmediatamente para reparar el daño (después del activismo, la gente se percata de que ha gastado muchas energías y está muy cansada). La pandemia no corta dicha cotidianeidad sino que la infecta y se vuelve parte de ella. El individuo no puede utilizar todas las energías que utilizaría para rescatar a las víctimas de un sismo a lo largo de varias semanas o meses, es imposible. Quienes desean ayudar en la crisis sanitaria deben compaginar su activismo con la vida cotidiana, por ello su labor no se nota tanto, y también se vuelve más invisible por el hecho de que están confinados en sus casas: no se ven muchos voluntarios en la calles.

    Posiblemente la naturaleza de ambos eventos explique por qué en el primero hayamos visto a un México muy solidario y a otro a un México más bien egoísta donde hemos visto incluso agresiones a médicos: es cuestión de percepciones y tiene que ver con lo que salta a la vista.

    Después de un sismo, el México egoísta se vuelve invisible al punto en que crees que no existe. No te percatas de ello porque se queda en sus casas sin hacer nada. Lo que está en el centro son las montañas de personas ayudando a rescatar gente, las personas en redes tratando de ayudar, los médicos y los rescatistas. De ahí se infiere que todo México es solidario: incluso se dice «México se solidarizó con las víctimas», «México hizo esto y aquello», pero en realidad es solo una faceta, la otra está ahí escondida.

    Con la pandemia ocurre algo muy distinto que genera la percepción de que la sociedad es de lo más ruin y egoísta que podría haber:

    Primero, el activismo en redes no es tan intenso porque como la crisis no es inmediata sino lenta y continua no hay un sentimiento de urgencia. Como comenté, la gente tiene que compaginar su activismo con la vida cotidiana. Sí hay activismo, pero no vemos todas las redes inundadas de gente ayudando, los activistas tienen que dosificar la ayuda porque ayudar también implica esfuerzo y gastar energía. Sería humanamente imposible emplear la energía utilizada para ayudar las víctimas del sismo durante las semanas o meses que dure la epidemia.

    Segundo, porque lo visible, lo que queda al centro, es aquel México egoísta. Si en el sismo quienes acuden a las calles son los voluntarios, en una epidemia quienes salen a las calles son aquellos que no están dispuestos a quedarse en sus casas (claro, exceptuando a los que tienen que salir por necesidad). Lo que sale a la luz no es tanto la gente que ayuda, sino la gente que no está dispuesta a hacer el mínimo sacrificio por los demás: los que se van a Vallarta, los que pretenden seguir con su vida diaria y los cuales, presas de un pánico irracional combinado con egoísmo, agreden a doctores y enfermeras porque tienen miedo de que «les peguen el bicho».

    Pero tal vez nuestra sociedad no sea tanto ni lo uno ni lo otro. Tal vez no es tan solidaria como pensamos que en 2017 era, pero tal vez no sea tan ruin como hoy pensamos que es. La diferente naturaleza de las crisis nos mostró a dos Méxicos diferentes, uno puso al México solidario al centro y escondió al egoísta en la periferia, el otro puso al México egoísta al centro y escondió al solidario en la periferia.

    La realidad es que, a pesar de que no lo parezca, sí hay gente ayudando. Hay gente que dona parte de su tiempo y talento para que otras personas tengan una cuarentena más llevadera. Otros buscan herramientas de trabajo, cubrebocas y trajes para los médicos (mientras los otros los agreden). El problema es que en una crisis como la actual el impacto que genera el «México egoísta» es considerable al punto en que podemos no salir bien librados por ello y su displicencia tiene un mayor impacto que el esfuerzo de la gente que quiere ayudar: tener más gente en la calle implica que la tasa de contagio es más elevada y los sistemas de salud se ven más rebasados, lo cual se traduce en más muertes. En el sismo pasaba lo contrario: tal vez ni siquiera era necesario el «México egoísta», bastaban las manos del México solidario para hacer las labores de rescate.

    Tal vez tenemos que pensar en que México es algo heterogéneo: tal vez no hay algo así como un México solidario o un México egoísta como tal, sino gente solidaria y gente egoísta. Es cierto que la cultura y la idiosincrasia moldea la forma en la que la sociedad se manifiesta y que por ello las sociedades de algunos países están más a la altura que otras (o están más a la altura en ciertos eventos como en otros, como es nuestro caso), pero también es cierto que la gente tiene libre albedrío y tiene la capacidad de decidir si es solidaria o egoísta.

  • Cielito Lindo y qué ruido

    Cielito Lindo y qué ruido

    Cielito Lindo y qué ruido

    La forma en que las personas actúan refleja necesariamente la realidad en la que se encuentran insertas. Sus actuaciones responden a construcciones de la realidad que han hecho a través de la experiencia.

    Es decir, si esta persona actúa de tal o cual forma, ello explica de alguna forma la realidad de la cual forma parte. Y viendo ese penoso «Cielito Lindo» que se aventaron algunos artistas de la farándula, puedo tratar de explicarme un poco su realidad.

    Es que ¿a quién se le ocurre montar un espectáculo de tan baja calidad para «animar a la gente» o «solidarizarse», si es que ello fue su verdadera intención?

    El contenido del video ya es de por sí muy cliché: ¿qué cantamos? Ah sí, ¡el Cielito Lindo! Es lo que la gente canta cuando gana México en los mundiales. Luego, creemos que tenemos un gran poder de convocatoria porque somos estrellas de Televisa (o de TV Azteca). Esto va a pegar, esto le va a encantar a la gente. No importa que sea un video mal hecho hecho al aventón al que no le pusimos ningún esmero, que no está bien editado, donde nadie sabe cantar ni se esfuerza por hacerlo, donde unos cantan con enjundia y otros parecen que se están durmiendo lo cual arruina por completo la continuación del video: parece que van a llegar al punto álgido de la canción con esos insulsos gritos de ¡viva México! para que llegue otro de esos artistas a cantar el coro sin ganas, ni pasión. Es más, ni siquiera están coordinados con la pista. Es una experiencia visual y auditiva terrible.

    Esto se trató de una iniciativa basada en el mínimo esfuerzo: no importa que quede parchado, la cosa es que salga. Y eso se notó y mucho, eso hizo al video todavía más patético, porque el mensaje que comunican a su audiencia (o la que creen que es su audiencia) es que están dispuestos a dar poco de sí.

    Luego tienes a los artistas en sus casas presumiéndonos sus jardines, sus albercas, sus balcones con vista a la ciudad o a la playa (presumiblemente Miami) como para decirnos que ellos se la están pasando muy guay en una cuarentena todo de lujos, como para restregarle su privilegio a la gente en su cara.

    Evidentemente, la desconexión de su «México» ya no con el México real, sino incluso con el México de las clases medias, es notable. Pareciera que tratan al público de forma condescendiente, como si fuéramos a pensar que ellos son importantes para nosotros porque pueden ser conocidos (en realidad yo solo ubico a Daniel Bisogno, Yuri y Rebeca de Alba), pero ello no quiere decir que sean admirados o sean referencias para una gran parte de la población que está cada vez más desconectada de los medios tradicionales que es donde ellos tienen exposición. Pareciera que creen que seguimos viviendo en esos años 80 siempreendominguistas donde los famosos eran construidos por aquellas televisoras en donde trabajan y eran casi la única referencia que la gente tenía.

    Era evidente que cuando subieran el video a redes lo único que se iban a ganar son burlas. Era evidente que la impresión del público es que lo único que estos artistas querían era exposición y ni para hacer eso le echaron ganas.

    https://www.youtube.com/watch?v=xnYBoUGYACM
  • #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    #Covid19. Ha llegado el momento en el que las cosas se van a poner difíciles

    Está llegando el momento que todos sabíamos que iba a llegar, pero que pocos habían dimensionado.

    Está llegando ese momento en que los fallecidos diarios se comenzarán a contar por centenas y no decenas. Si el día de hoy ya no son pocas las personas que conocen al menos a una persona que tiene Covid-19, pronto no serán pocas las que conozcan al menos una persona que falleció por el virus.

    Sí el día de hoy ya tenemos algunos hospitales a su máxima capacidad, pronto veremos al sistema de salud rebasado y habrá gente que no podrá recibir atención hospitalaria (suena duro, pero las cosas como son) lo cual seguramente provocará conflictos y descontento. Si en los países desarrollados ello está pasando ¿por qué tendríamos que esperar algo diferente en nuestro país donde el sistema de salud es más precario?

    En unos días, alguna que otra persona de aquellas que se fueron a vacacionar o que dijeron que el coronavirus era una simple gripe van a estar implorando en sus redes sociales porque no hay ventiladores. Más de una de esas personas va a fallecer.

    La crisis va a ser complicada por la naturaleza de la pandemia, pero los efectos causados por las personas que no tomaron precauciones y los errores de las autoridades van a complicarlo más aún más porque debido a ello la curva no se habrá «aplanado lo suficiente» y muchas personas no recibirán la atención médica necesaria para sobrevivir.

    En unos días vamos a escuchar uno que otro caso de algún famoso, político o personalidad pública que falleció a causa del Covid-19 y ello asustará mucho a la gente, incluso a algunos de los que el día de hoy creen que es un juego.

    Vamos a escuchar a mucha gente desesperada, incluyendo gente cercana. Veremos a alguno que otro conocido llorando porque se le murió alguien. Nuestras redes se van a inundar de casos, de anécdotas muy dolorosas e indignantes aunque también de aquellas que nos harán tener una luz de esperanza: veremos algunos actos heroicos, personas que se salvaron contra todo pronóstico, personas que se partieron la madre para salvar a los otros.

    A juzgar por los pronósticos, esta etapa de finales de abril y el transcurso de mayo va a ser la más complicada, e incluso va a ser la etapa más complicada para el país en muchos años y en muchos ámbitos.

    Y ello quiere decir (partiendo del hecho de que la enfermedad no muestra síntomas sino hasta casi dos semanas después) que hoy es cuando más debes cuidarte. Si te contagias hoy, posiblemente muestres síntomas cuando los hospitales estén rebasados. Dicho esto, hoy más que nunca deberías de cuidarte porque si la enfermedad se complica va a ser un problema. Con probabilidad adquirirás el Covid-19 algún día, pero mucho mejor que ello ocurra cuando el sistema de salud no esté saturado.

    Y eso no quiere decir que en junio vayamos a regresar a la normalidad. La normalidad tal y como la conocíamos va a tardar mucho en llegar. Se manejan muchos escenarios al respecto, tal vez en un par de meses no tengamos que estar encerrados en casa pero sí se van a cambiar muchos patrones de conducta: evitaremos saludarnos de mano, no iremos a eventos donde mucha gente se conglomera. Es más, incluso podrían establecerse cuarentenas periódicas o parciales mientras se encuentra la vacuna. No lo sabemos.

    Hoy vivimos en una tranquilidad tensa, sabiendo que lo peor, lo que ya está a la vuelta de la esquina, no ha llegado.

    La tranquilidad se disipará pero la tensión subirá, nuestras vidas tal vez se verán algo más interrumpidas de lo que ya están. Trataremos de continuar haciendo nuestras vidas implorando porque el crecimiento se detenga sin saber siquiera qué va a pasar después ¿se habrá acabado todo? ¿Vendrá una segunda ola de contagios? No lo sabemos.

    Y ello, además, vendrá con consecuencias económicas. Habrá que apretarse, hacer algunos sacrificios, algunos proyectos tendrán que empezarse desde cero.

    Y ante la frustración buscaremos culpables: el gobierno, la gente que no hizo nada, la OMS, AMLO, Trump, López-Gatell, China y hasta los murciélagos.

    Sé que sonará chocante, pero esto es parte de la vida. Los equilibrios que damos por sentado y que nos permiten mantenernos en nuestra zona de confort son eso, equilibrios que en cualquier momento pueden sacudirse. La estabilidad nunca es eterna. De hecho, el mundo necesita sacudirse de cuando en cuando para no atrofiarse y colapsar.

    Pero hasta en esta sacudida somos afortunados. Al final, el virus tiene una tasa de mortalidad relativamente baja, más baja que muchas otras pandemias que nos han azotado como la peste o la gripe española. Las posibilidades de que fallezcas son bastante bajas (sobre todo si tienes menos de 60 años y no presentas comorbilidad), las posibilidades de que te hospitalicen son un poco más altas pero siguen siendo relativamente bajas.

    Y es por esto que nos debemos mantener fuertes y unidos. Ahora que viene la ola más avasalladora es donde tendremos, al menos en espíritu, que sostenernos todos y agarrarnos muy muy fuerte, porque no tenemos margen de maniobra para evitar que la ola nos caiga encima pero sí lo tenemos para que no nos derrumbe.

    Porque siempre hay una luz al final del túnel. Porque llegará el momento en que todo haya acabado, y aquello que no nos mató, nos habrá hecho más fuertes.

  • Nuestra terrible incertidumbre en tiempos del COVID-19

    Nuestra terrible incertidumbre en tiempos del COVID-19

    Nuestra incertidumbre en tiempos de COVID-19

    Todos en algún momento nos hemos enfrentado a la incertidumbre, a esa sensación de que no sabes qué va a pasar:

    Nos pasa cuando nos vamos a cambiar de ciudad, cuando vamos a entrar a una nueva escuela o trabajo, cuando estamos esperando algún resultado, cuando vamos a pedirle matrimonio a una persona del sexo opuesto. Es una incertidumbre que, en la gran mayoría de los casos, sabemos que tarde o temprano va a desaparecer en el momento en que nos adaptemos a las nuevas circunstancias: asumimos su temporalidad.

    Es esa incómoda sensación de que no sabes qué es lo que va a pasar porque no tienes la información suficiente para prever el futuro. Entonces te imaginas demasiados escenarios e incluso sobresaturas a tu cerebro tratando de encontrar una respuesta que te mantenga en calma y que no existe: en algún momento te dices que todo va a salir bien y luego, de pronto, te vuelves más bien pesimista.

    Hoy el mundo vive una situación de incertidumbre inédita desde la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de las incertidumbres que vivimos en nuestra vida diaria no sabemos cuándo va a acabar. Sabes que la incertidumbre de cambiar de trabajo terminará cuando te hayas adaptado al nuevo, o que la incertidumbre de saber si tu persona amada te dirá que sí o no terminará en el preciso instante en que te dé la respuesta.

    Pero con el Covid19 no sabemos siquiera cuándo van a terminar de llegar las respuestas, porque se trata de una incertidumbre temporalmente indefinida. No solo es la incertidumbre per sé, sino aquella otra incertidumbre de saber cuándo la primera incertidumbre va a terminar.

    Todos los años podíamos más o menos darnos una idea de cómo sería el siguiente: al menos podíamos decir casi con certeza que sería algo parecido aunque no necesariamente lo fuera, pero asumirlo nos daba tranquilidad.

    Pero el día de hoy no podemos hacer eso. No sabemos cómo se va a transformar el mundo. No sabemos si esos equilibrios que mantienen el estado de cosas que asumimos casi como algo dado o natural vayan a resistir.

    De hecho, desde tiempo antes estaba sorprendido de que nuestro mundo no hubiera recibido alguna sacudida porque históricamente los cambios tecnológicos derivan en profundos cambios sociales, económicos y culturales; en cambios drásticos e incluso revoluciones o hasta guerras. Y hasta hoy, el orden social, político y económico se había mantenido relativamente parecido. El COVID-19 entonces llegó como una nueva variable que amenaza con sacudir más un orden que ya se está tambaleando.

    No es improbable entonces que el orden social cambie, y si lo hace, al día de hoy no tenemos la más mínima idea de la forma y la profundidad del cambio que pueda ocurrir: ¿va a ser para bien o para mal? ¿Veremos un acelerado progreso de la calidad de vida humana o esto nos enfrascará en un conflicto bélico o nos mantendremos más o menos igual? ¿Fortalecerá los valores democráticos y la solidaridad humana o volveremos al nacionalismo exacerbado y al autoritarismo?

    Son preguntas que no podrán responderse hasta que la realidad lo haga. Podemos hacer análisis históricos, buscar pistas, patrones, pero nada, absolutamente nada al día de hoy, nos puede dar la certeza absoluta de lo que va a pasar simplemente porque los seres humanos somos pésimos para «adivinar el futuro». Hace 100 años no teníamos casi la más remota idea sobre cómo iba a ser el mundo actual.

    No sabemos bien cuántas personas van a fallecer, no sabemos cuándo va a estar disponible la vacuna, incluso no sabemos a ciencia cierta cuánto durará el confinamiento ni sabemos siquiera cómo va a evolucionar la pandemia en unos meses o de qué tamaño va a ser el impacto económico (tan solo podemos prever su existencia). Todo parte de supuestos, de experiencias pasadas que nos pueden dar un norte pero que en sentido estricto no están obligadas a explicar la actual: que si la inmunidad de grupo, que si la pandemia del 2009, que si esto o que si lo otro.

    Modelos se han hecho muchos, algunos hasta con inteligencia artificial y las más avanzadas tecnologías. pero la realidad es que la contingencia nos rebasa y muestra las limitaciones de una especie humana que había confiado demasiado en su progreso como para pensar que algo así no podía pasar (con todo y que los progresos tecnológicos son evidentes y hasta palpables en esta pandemia pero no todavía suficientes).

    Woman in White Crew Neck T-shirt Standing Beside A Man Holding A Placard Of Coronavirus

    Sabemos que no hay garantía alguna de que esos instrumentos (por más sofisticados y geniales sean) nos vayan a dar la tranquilidad absoluta que estamos tratando de buscar en algún lugar. La naturaleza nos hace sentir, con todos nuestros avances tecnológicos, médicos y sociales, como si fuéramos seres primitivos e indefensos. La naturaleza nos dice «quietos» ¿acaso creen ustedes que tienen total dominio sobre mí?

    Todo esto genera mucha incertidumbre, y la realidad es que no hay forma de eliminarla porque en algunos casos no hay respuestas claras y en otros no las hay en absoluto. Estamos ante una incertidumbre tal que ha adquirido tintes históricos ya por sí misma. De esta pandemia se hablará en los libros de historia en cien años e incluso más.

    Evidentemente, la sensación se vuelve más fuerte si el impacto sobre tu vida cotidiana ha sido mayor; si estás en riesgo de perder tu empleo; si no sabes si tu nuevo emprendimiento va a resistir; qué va a pasar si «se te mete el bicho» porque tus defensas no son buenas o estás dentro de los grupos más vulnerables.

    Y si te sientes así no te culpes, es completamente normal. Ante lo incierto, nuestro organismo adopta un mecanismo de alerta para tratar de adaptarse a los cambios, y ello se vuelve más sistemático en tanto el individuo se encuentra dentro de un estado de incertidumbre constante. Grave sería que estuvieras muy tranquilo sabiendo que estás en una situación de riesgo.

    Para quienes tenemos un cuadro de ansiedad, esa sensación nos es muy conocida y familiar. De hecho sospecho que ese reconocimiento me ha ayudado a sobrellevar este periodo de forma más tranquila gracias a la experiencia que tenemos a la hora de enfrentar a ese monstruo llamado ansiedad y que es causada, en este caso, por la incertidumbre (es algo que también me han comentado amigos míos que tienen este tipo de cuadros).

    Como no podemos eliminar la incertidumbre porque es incluso irracional y contradictorio tener certeza sobre algo de lo que no se tienen elementos, podemos limitarnos a controlarla de acuerdo a nuestras capacidades. Podemos hacer ejercicio en esta cuarentena, buscar distractores, meditar, hacer yoga, leer, rezar, fomentar la convivencia social (gracias a los avances tecnológicos que lo permiten hacer de manera remota), ayudar a otra gente e incluso usar el humor como los mexicanos tan bien acostumbramos a hacerlo. Muchas personas (quienes viven en condiciones más difíciles) no tienen siquiera ese privilegio.

    Y ni siquiera tendríamos que recriminarnos por no hacerlo, por no adquirir un hobbie o no haber aprendido algo nuevo. Si bien es cierto que las crisis en algunos casos pueden ser puntos de partida para un gran desarrollo personal, también es cierto que se ha propagado un peligroso discurso de autoayuda donde se le dice a la gente que sonría todo el rato y se le recrimina si no aprende algo nuevo o aprovecha la pandemia para a partir de ahí crear el negocio millonario de su vida. Al final es una crisis, las crisis son difíciles, cuestan trabajo y no todo el mundo tiene el lujo de divertirse y ponerse creativo en la cuarentena. Muchas personas sobrellevan las crisis de forma distinta y habrá que respetar ese proceso.

    Son tiempos difíciles los nuestros: estamos en el momento de mayor incertidumbre desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; estamos frente a la incertidumbre más globalizada de la historia; estamos frente a algo inédito en algunas dimensiones. Ello es difícil y angustiante. Saca a las personas de su zona de confort que en esta era posmoderna ya era lo suficientemente líquida para ahora sumirlas en una incertidumbre profunda y angustiante.

    Pero el ser humano si algo sabe hacer es superar sus tragedias, y no creo en lo absoluto que esta sea la excepción.

    Porque llegará el momento en que podamos sortear la crisis como siempre lo hemos hecho, y espero con todo mi corazón que a partir de esta crisis nos volvamos mejores humanos, construyamos un mundo y una sociedad mejor.

  • La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    La gente a la que le no le importa

    El miércoles tuve que salir de mi casa al hospital por una prueba médica. Éste se encuentra a tres cuadras por lo que me fui caminando, al cabo habría poca gente en las calles, pensé.

    Desde que puse el primer pie fuera de mi casa me percaté de algo: sí había gente.

    Es cierto que había menos gente de lo normal, pero tampoco es como para decir que las calles estaban vacías. Decían los «expertos» en mi ciudad que para contener la pandemia era necesario que el 70% se quedaran en sus casas, pero cuando mucho podría decir que había sólo 50% menos gente, si no es que menos.

    Es cierto que tendría que obviar a la gente que no puede dejar de salir a trabajar porque tienen que comer (y hacia quienes no se puede esgrimir críticas), pero en ese caso tendría que haber visto muy pocos autos y sí más gente en el transporte público, lo cual no fue el caso. Si digo que se redujo menos del 50% de gente en las calles, ello se vio reflejado en igual proporción en los automóviles como en los transeúntes que toman el transporte público. Ello quiere decir que personas con lujo de sobra salieron a la calle y personas con una realidad un poco más «ajustada» hicieron el sacrificio de quedarse en su casa.

    En la calle había muchos coches de lujo circulando, de gente de la cual uno esperaría que solo salga para lo estrictamente necesario. Pero eran los suficientes coches para darse cuenta que la mayoría no salían para ello sino para cosas que podrían evitar hacer.

    Luego crucé el camellón que tiene una pista para correr. Había alguna que otra persona trotando. Y me dije, está bien, mientras tomen sus precauciones y mantengan distancia entre ellos no hay mucho riesgo (la posibilidad de contagio es mínima con tres personas en una pista de un kilómetro) y les ayuda para el bienestar emocional, si no tuviera la bicicleta estática que me permite hacer ejercicio en mi casa posiblemente lo haría (tomando las evidentes precauciones). Varios países europeos en cuarentena lo permiten porque, a la larga, ello permite que la gente no se desespere tanto y tengan su sistema inmunológico en mejores condiciones.

    Pero solo bastó cruzar la avenida para ver a un grupo de jóvenes (de clase media alta) platicar afuera de un automóvil, eran unos ocho. Estaban relajados, se reían, bromeaban como si nada. Eran de esos jóvenes que evidentemente tienen la capacidad económica para quedarse en casa.

    Seguí caminando y pasé por edificios donde había empresas que, por su naturaleza, podrían hacer home office pero que tenían ahí a sus empleados trabajando como si nada. Desde la ventana de afuera ni siquiera se veía nada anormal (que por ejemplo, hubiera más distanciamiento entre los empleados).

    Luego llegué al hospital donde el vigilante me tomó la temperatura y me dio gel antibacterial. Hasta ese momento volví a recordar que estamos en una situación de emergencia sanitaria, no sentí la calle muy extraña, tan solo parecía ser día feriado cuando mucho y nada más.

    ¿Por qué hay mucha gente a la que no le importa lo que está pasando? ¿Por qué hay mucha gente que antepone aferrarse a su vida cotidiana que evitar que mucha gente, sobre todo aquella vulnerable ante el COVID-19 muera? ¿Por qué hay gente que sigue yendo al gimnasio? ¿Por qué hay gente que cree que no hay problema con platicar con ocho amigos en la calle?

    Y si bien hay gente que sí está actuando de forma muy responsable y solidaria, hay otra que no lo está haciendo, la suficiente cantidad para que se conviertan en un problema. Lo peor es que ello va a afectar a muchas personas, se va a traducir un mayor número de muertes.

    Al final, todas aquellas personas tendrán alguna responsabilidad moral por aquellas muertes que pudieron evitarse.