Categoría: política

  • Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    En estos tiempos del Internet, se han puesto de moda los divulgadores políticos. 

    No son propiamente intelectuales, están más cerca de un Chumel Torres o Yuya que de Jürgen Habermas o Milton Friedman. Algunos tienen estudios, maestrías, pero no se caracterizan por participar dentro de la academia o hacer análisis y ni mucho menos quieren reformar o proponer corrientes de pensamiento como el intelectual suele hacerlo.

    Ellos se caracterizan por divulgar formas de pensamiento, ideologías empaquetadas para venderse en anaqueles y dirigidas a un mercado específico: los jóvenes. Los influencers políticos buscan eso, politizar a la juventud no tanto en el sentido de crear en ella un espíritu crítico sino para invitarla a tomar una bandera: ¡Hazte libertario! ¡Combate la ideología de género! ¡Únete a la cuarta transformación! En medio de un mundo donde se considera que las ideologías se están volviendo obsoletas, donde partimos del pensamiento posmoderno (como decía Lyotard) que ha expulsado a las grandes narrativas del ethos social, estos divulgadores buscan rescatarlas. 

    Algunos de ellos escriben libros, pero no son ensayos ni mucho menos tratados. Son libros que tienen la tarea de divulgar ideologías políticas de la misma forma que Yordi Rosado intenta dar consejos a jóvenes por medio de sus obras. Por medio de dichas obras o discursos, buscan eliminar cualquier barrera de conocimiento para que las ideologías les sean accesibles a sus lectores o simpatizantes de tal forma que no les implique esfuerzo alguno «sumarse a la causa». Despreocúpate de cuestiones filosóficas o académicas, aquí yo te explico qué es el libertarismo o la izquierda lopezobradorista (término que suena cada vez más a oximorón) para que te conviertas YA en uno de los nuestros. No importa si mi libro está lleno de imprecisiones, verdades a medias, o falacias. Te voy a vender mi ideología como la que es moralmente superior a los demás, y haré juicios de valor de quienes piensan diferente o tienen otros credos. 

    Agustín Laje vende latas de conservadurismo en los anaqueles con un suplemento conspiranoide, Gloria Álvarez vende libertarismo en Tetra Pack, Antonio Attolini vende a la «cuarta transformación» en un envase no biodegradable. Son jóvenes, son politólogos en su mayoría, pero están lejos de ser académicos destacados porque, en primer lugar, no pretenden serlo. A ellos les interesa que sus Fan Pages tengan muchos likes porque eso significa que más personas se han sumado a su causa. Suelen ser polémicos y estridentes; buscan eso, confrontar, señalar, provocar (porque si las cosas se salen de control, el video va a tener más views).  Venden porque «les dicen las netas a tal personaje o corriente política a la que detestan», esto sin importar que caigan de forma constante en todo tipo de falacias. 

    Su tarea no es hacer que los jóvenes piensen, sino que se sumen, que tomen banderas, que se conviertan en seguidores, que compartan sus videos; como tratando de crear una ideología política de consumo. Los seguidores no se vuelven necesariamente en especialistas de tal o cual corriente política (si lo hicieran ya habrían prescindido de ellos), más bien suelen adoptarla en lo superficial y defenderla, así como una batalla en redes entre DC o Marvel, iPhone y Android o Chivas y el América. Ellos, los seguidores, no crean colectivos o grupos políticos como décadas atrás, sino que se suman a Fan Pages y cuentas para de ahí compartir memes libertarios o de izquierda. Se suman por el mame.

    Estos divulgadores no proponen ni buscan reformar lo que están vendiendo. Venden posturas políticas que, en muchos casos, están quedando en el cajón de los recuerdos de la época industrial. Incluso pareciera que piensan reeditar las disputas ideológicas más propias del siglo pasado como cuando un grupo de pop que trata de sonar al rock de los 70, pero sin solos de guitarra, más estilizados y con vestuario de marca.  Ellos ni siquiera están a la altura de sus pares de países primermundistas como Ben Shapiro o Jordan Peterson quienes, sin ser precisamente intelectuales de la política, al menos se han molestado en indagar y leerse un poco más.  

    Agustín Laje podría argumentar que su postura tiene que ver con la realidad actual, pero para señalar a su contraparte vuelve a apelar a un discurso ideológico del siglo XX. Haciendo hincapié en los vicios del postestructuralismo y demás corrientes que defienden un relativismo extremo. o el evidente sesgo ideológico hacia la izquierda dentro de las ciencias sociales, habla una conjura marxista o comunista (marxismo cultural, como le suelen llamar). No está de más hacer la anotación de que si bien algunos postestructuralistas tienen antecedentes marxistas, el marxismo no es una corriente relativista (Derrida siempre mantuvo cierta distancia del marxismo); y también cabe señalar que muchos intelectuales de la teoría crítica, estos sí, influenciados de alguna u otra forma por Marx, tienen muchas discrepancias con el relativismo postestructuralista (como Zizek o Jurgen Habermas). 

    En el mundo postideológico como el de hoy donde ni los que consideramos que salen de la conveniencia como Donald Trump o Andrés Manuel López Obrador toman posturas políticas muy claras, se volvió un negocio vender ideologías como objetos de colección. Ni ese libertarismo empaquetado ni ese progresismo rancio envasado que te llega en Uber Eats sirven de mucho para interpretar la realidad actual de nuestros tiempos, en la cual los partidos políticos se han vaciado de contenido ideológico y donde no hay visos de que «las cosas vayan a volver a ser como antes». Estos divulgadores saben que se trata de pertenecer, de crear una masa de seguidores enérgicos pero cuyo compromiso de la causa no sale mucho de las redes sociales. 

    Mientras los más serios incluso ya empiezan a preguntarse por la función que la política va a tener dentro de un mundo invadido por algoritmos e inteligencia artificial, ellos le apuestan a un discurso ya muy gastado, de una dinámica que comienza a ser superada por los cambios sociales y culturales que vive nuestro hemisferio.

  • Si te sorprende la alianza entre MORENA y el Verde, es que estás verde

    Si te sorprende la alianza entre MORENA y el Verde, es que estás verde

    Si te sorprende la alianza entre MORENA y el Verde, es que estás verde
    Foto: El Universal

    Hay quienes decían que López Obrador sería como Hugo Chávez. Aterrados, en pánico, nos alertaban: ¡no votes por ese populista! ¡Piensa en tu país y en tus hijos!

    Del otro lado estaban los que nos decían que él era el cambio, la esperanza, que la sociedad civil no importa, que lo que importe es que gane López Obrador.

    Y yo si bien sostuve una postura crítica ante AMLO, aquí en este espacio afirmé que no sería como Chávez, pero que estaría muy lejos de ser ese cambio con el que muchos sueñan (independientemente de si gobierne bien o no). Y creo, a mi parecer que la alianza que se ha tejido entre MORENA y el Verde, es un ejemplo.

    Es muy iluso pensar que con un solo gobierno una nación se va a transformar. Yo no conozco un sólo país de América Latina que se haya transformado radicalmente gracias a un gobierno. No sólo tenemos muy pocos ejemplos de países que se han superado a sí mismos, sino que en los muy pocos que tenemos no podemos afirmar que haya sido el resultado de un solo gobierno.

    Lo más parecido a un país que se superó a sí mismo es Chile. Y digo lo más parecido porque sigue siendo un país subdesarrollado con altos índices de desigualdad; pero lo tomo porque, como sea, es uno de los países más prósperos de la región. Los más derechistas me dirán que fue gracias a Pinochet (que al final fue un dictador y que, como tal, tiene un margen de maniobra mucho más grande que cualquier mandatario democrático), pero esa explicación es, cuando menos, muy insuficiente (amén de toda la sangre y represión que corrió en su mandato). El desarrollo de Chile fue resultado de varios procesos económicos y sociales que se han vivido desde hacia varias décadas y que también incluye a los presidentes después de la restauración de la democracia. 

    Un Presidente puede gobernar bien o mal, las cosas se pueden joder mucho o poco, pero la verdad es que dichas transformaciones se dan de forma muy progresiva y terminan haciéndose realidad y haciéndose palpables generalmente décadas después. Y esto ocurre porque un solo gobierno no tiene la capacidad de reformar todo el sistema, sino que hace lo que puede y lo que le alcanza, para lo cual un solo gobierno suele ser insuficiente.

    ¿Y por qué traigo a colación al Partido Verde? Porque es una clara muestra de la incapacidad que López Obrador tendrá para romper con muchos de los vicios del sistema. Es una alianza reprobable, sí, pero, a la vez, entiendo que es parte de la política. Si MORENA se alía con el Partido Verde puede garantizar la mayoría simple y, así, tener más margen de maniobra y poder para implementar sus políticas. Pero, por otro lado, si MORENA rechazara esa alianza porque ese partido es uno sin ética ni principios, entonces no tendría el margen de maniobra al que aspira a tener de tal forma que tendría mucho menor capacidad para hacer los cambios. 

    Otro ejemplo de lo que digo es la cantidad de miembros cuestionables dentro de su partido. Esto también es muy cuestionable, pero la alternativa (la incapacidad para lograr llenar el barco llamado MORENA) tal vez les habría salido peor y posiblemente ni hubieran llegado al poder. Como partido nuevo, a MORENA no le quedaba más que tomar de «lo que ya había», no tenía la capacidad de crear cuadros nuevos a partir de puros idealistas neófitos de la política sin experiencia alguna (y si es que los encontraban). Dicho esto, es imposible construir algo nuevo.

    Y no sin olvidar que, por más idealista y bienintencionado presuma ser, López Obrador creció dentro del régimen de partido único. Su manera de concebir la política es algo arcaica y más bien algo parecida al del viejo PRI con el que él creció (que abarca desde Lázaro Cárdenas hasta José López Portillo) y naturalmente, como cualquier mano, tenderá a echar mano de lo que ya conoce (incluyendo a políticos del viejo PRI). Si bien, probablemente su gobierno no sea una calca de ese PRI antiguo, si va a tener varios elementos en común. 

    Es decir, no solo son los obstáculos externos, también los internos: la forma en que él y los suyos (muchos también herencia de ese viejo PRI) conciben la realidad y la forma de hacer política. 

    Si AMLO gobierna muy bien (y si es que lo hace, porque también existe el escenario en el que gobierne mal) no vamos a tener un México mucho más desarrollado en seis años (aunque nos pongan en la portada del TIME). Tal vez veremos algunos signos de su buen gobierno como cierto decremento de la inseguridad, estabilidad económica, más empleos (nada del otro mundo), cierta reducción de la corrupción (aunque seguirá siendo un problema) o un crecimiento del PIB mayor al que estábamos acostumbrados (y que posiblemente no sea nada del otro mundo). México seguirá siendo desigual, el narco seguirá existiendo y seguiremos viendo corrupción en el servicio público (aunque AMLO no sea corrupto) Es simple, un sistema tan complejo como lo es un país donde hay muchos intereses y muchos cotos de poder no puede deconstruirse a voluntad propia ni con buenas intenciones. Hay que hacer y saber hacer política para enderezar lo más posible el barco con el fin de que vaya por buen rumbo y, de esta forma, que a largo plazo el país se vaya desarrollando poco a poco y convirtiendo en uno más justo.

    Por eso tal vez sea un error crear demasiadas expectativas en un gobierno, sobre todo unas que van más allá de sus capacidades. 

  • Peña Nieto contra el juicio de la historia

    Peña Nieto contra el juicio de la historia

    Peña Nieto contra el juicio de la historia

    Aunque no lo parezca a ojos de muchos, los presidentes suelen preocuparse por el juicio que la historia hará de ellos. Ya una vez fuera del poder, les importa que se les recuerde de la mejor forma, que allá en la calle se diga que fue un buen Presidente de la República, o al menos, uno decente. 

    Para un presidente, el juicio de la historia adquiere una connotación más personal porque ésta puede influir en el concepto que tiene de sí mismo; la presidencia es el punto más alto del sujeto en cuestión, un punto al que solo uno de cada más de cien millones de mexicanos tiene el privilegio de llegar. No creo, en lo particular, que un presidente termine de sentirse contento cuando en la calle es recordado como un inepto, un cobarde o un bufón, y menos aún si este juicio llega a adquirir tintes míticos. 

    El juicio de la historia, a diferencia de casi todo lo demás, no se puede comprar. Menos en un país donde ya existe cierta libertad de expresión y donde la discusión pública ya no puede ser controlada por los órganos de gobierno, menos aún cuando ya no se está en el poder. Si el juicio de la historia es negativo, el Presidente podrá, a lo sumo, contentarse con el hecho de que una minúscula porción de la población lo consideró un buen presidente, pero no podrá engañarse cuando el juicio abarca a la mayoría de la población.

    Y por supuesto que Peña Nieto no es ajeno a esta preocupación. De hecho, una vez que López Obrador ganó la elección, su actuar ha ido en función de intentar, hasta donde le sea posible, que el juicio histórico no sea tan implacable con él. Seguramente este es uno de los motivos que motivó a Peña Nieto a fomentar una tersa transición entre su presidencia y la de AMLO. Seguramente Peña Nieto piensa que al facilitarle todo al Presidente Electo, quien en estos momentos goza de una gran popularidad, podría reducir un poco sus negativos. Las palabras de AMLO agradeciendo a Peña Nieto por no meterse en el proceso electoral, como si eso lo hiciera un gran demócrata, caen muy bien al mexiquense. Los seguidores de AMLO podrían pensar que «al menos Peña no estorbó, no puso el pie, tuvo la voluntad política de permitir que llegara AMLO a hacer el cambio que México necesita».

    Los spots del sexto informe también van en este sentido. No falta a la verdad Diego Petersen cuando dice que, con excepción de Zedillo, todos los presidentes han llegado desgastados a su último informe. Pero, aún con este desgaste, los otros mandatarios al menos podían darse el lujo de presumir un bono de aprobación decente. Felipe Calderón al menos podía sentirse querido por la mitad de la población, y si bien hay fantasmas que caen sobre su administración, sobre todo la de la guerra contra el narco, no hubo un juicio implacable de la historia en su contra. Incluso la presencia de Peña Nieto en la arena política matizó un poco el concepto en el que lo tenían sus adversarios. 

    A pesar de ese desgaste, tal vez ni Calderón o Fox estaban tan preocupados por el juicio de la historia porque sabían que ésta al menos iba a compadecerse con ellos; que si bien no todos, varios mexicanos sí iban a reconocer sus aciertos. Pero Peña Nieto sabe que el juicio de la historia no tendrá piedad sobre él, que ni las reformas son razón suficiente para atenuar ese halo de indignación que se formó hacia su persona por los casos de corrupción, por los conflictos de interés, por las olas de inseguridad, y por la debilidad constante de su mandato.

    Por eso no le queda de otra que utilizar el aparato de propaganda del gobierno por medio de spots que se repiten una y otra vez para convencernos de que no fue un presidente tan malo. En ellos toca alguno de los temas más complicados, pide disculpas pero no perdón. Para él, todo fue un problema de imprudencia y comunicación, no de falta de honorabilidad ni de engaño: «cuando invité a Trump subestimé el encono de la gente», «me equivoqué al decirle a mi esposa que ella diera la cara con respecto a la casa blanca, debí hacerlo yo, pero no hubo nada ilegal ni hubo nada malo». Cree que las formas bastan, cree que una cara de arrepentimiento es suficiente cuando no está dispuesto a reconocer sus errores y agravios más profundos. 

    Pero esta «campaña» para ganarse a «la historia» es inocua, no tiene fondo, y se ve fácilmente rebasada por otros escándalos producto de su gestión, como la liberación de Elba Esther Gordillo; e incluso se ve rebasada por actos tan frívolos como la invitación que las hijas de Peña Nieto hicieron a Los Pinos al tatuador más importante de Hollywood

    Parece que Peña Nieto no se ha dado cuenta de que desde hace algunos años su palabra ya no tiene valor alguno y que no podrá hacer nada en contra del juicio de la historia, con el cual tan solo disentirán los priístas de hueso colorado. 

    https://www.youtube.com/watch?v=kT4EnlceK8I

     

  • ¿Qué es el metamodernismo y por qué te debería importar?

    ¿Qué es el metamodernismo y por qué te debería importar?

    ¿Qué es el metamodernismo y por qué te debería importar?

    Mientras muchos estamos hablando de democracia, de izquierdas, derechas, neoliberalismo, socialismo y demás términos que forman parte del discurso político, otras personas están intentando adelantarse a su tiempo hablando y escribiendo sobre conceptos como transhumanismo, Comunismo de lujo totalmente automatizado, y sí, metamodernismo, que es el que nos interesa en este artículo. 

    Pero ¿qué es el metamodernismo? Para poder explicarlo tomaré como referencia el libro «The Listening Society» de Hanzi Freinacht. No es el único autor, pero su libro me pareció muy interesante como introducción a este concepto. Sobre esta corriente hay muchos otros autores que tal vez quisieras investigar aquí.

    Más que una ideología, el metamodernismo vendría a ser algo así como una etapa del desarrollo humano, una fase cultural o un paradigma filosófico que intenta no tener un carácter utópico. Para entenderlo es importante entender las etapas del desarrollo de nuestra especie que Hanzi Freinacht propone en su libro «The Listening Society«, que van de la etapa arcaica (el ser humano en su estado más primitivo) a la etapa animista (cuando se organizaba en clanes y creía en espíritus), la etapa faustiana (ciudades-estado, guerreros, código de honor), la etapa posfaustiana (creencia en un Dios y una narrativa divina), etapa moderna (sociedades industriales, método científico), y la etapa posmoderna en la cual se desenvuelve el mundo actual (crítica a las grandes narrativas, creencia en verdad como una construcción social, feminismo, veganismo). Básicamente, los teóricos del metamodernismo (al menos como lo entienden Hanzi Freinacht o Ken Wilber) utilizan la dialéctica hegeliana para explicar estas etapas del desarrollo humano. 

    El metamodernismo podría ser visto como una suerte de superación del posmodernismo (así como el posmodernismo haría lo propio con el modernismo y éste con la etapa posfaustiana). Pero, mientras que las otras etapas suelen rechazarse entre sí, el metamodernismo pretende tomar una posición más conciliadora con ellas y entenderlas como lo que son, etapas del desarrollo humano. El metamodernismo busca crear una síntesis entre el modernismo (tesis) y el posmodernismo (antítesis), lo que quiere decir que puede estar de acuerdo con algunos de los postulados del posmodernismo: temas como equidad de género, respeto por los animales o temas medioambientales. Sin embargo, a diferencia de la era posmoderna, tiene un irrestricto respeto por la ciencia y la creencia de que las jerarquías son necesarias para el desarrollo de la sociedad. 

    ¿Qué es el metamodernismo?. Como dije, es un movimiento estético, una etapa de desarrollo y una ideología política – Hanzi Freinacht

    Así como el modernismo se enfoca en el progreso y la ciencia o el posmodernismo funge como una crítica hacia las jerarquías y las narrativas, el metamodernismo tiene como piedra angular el desarrollo humano y el bienestar psicológico. El metamodernismo puede ser crítico con las jerarquías, pero no las niega; puede ser crítico con la ciencia, pero no niega su importancia ni mucho menos desdeña el método científico. 

    Y como el bienestar psicológico es piedra angular del metamodernismo, éste trata de argumentar todo desde esta perspectiva, desde el ser humano, su nivel de desarrollo y sus capacidades. Ya que tiene una postura conciliadora hacia las distintas etapas del desarrollo es que puede argumentar que, a pesar de que exista una etapa de desarrollo dominante, los seres humanos no se encuentran en la misma etapa de desarrollo, sino que generalmente es un élite la que comienza a avanzar hacia la siguiente etapa y los demás individuos lo comienzan a hacer de forma progresiva (cuyas primeras manifestaciones se empiezan a ver en el arte, como las expresiones renacentistas que antecedieron a la Ilustración o el excusado de Marcel Duchamp que antecedió al posmodernismo).

    Marcel Duchamp
    El urinario de Duchamp cambió la historia del arte, pero también fue un claro aviso de la transición de la humanidad hacia el posmodernismo.

    Freinacht cree que los individuos que pueden ser candidatos a comenzar a formar parte de esa «aristocracia metamoderna» se encuentra en lo que él llama «las tres H» (Hipsters, Hackers y Hippies que ya han llegado a las etapas de desarrollo posmodernas, que viven fuera de las estructuras de trabajo tradicionales). Hanzi Freinacht, quien asegura que estas primeras olas metamodernas están comenzando a levantarse en los países nórdicos, menciona que el partido The Alternative en Dinamarca es uno de los posibles candidatos a adquirir esta connotación metamoderna por la estructura que tiene, y asegura que el sistema de partidos que comienza a vaciarse de contenido ideológico y que ha derivado en una crisis de representatividad (porque dice que el espectro ideológico de izquierdas y derechas corresponde a una sociedad industrial que ya ha sido superada) es, de alguna u otra forma, el preámbulo hacia un metamodernismo postmaterialista que se enclavará sí, en un régimen de mercado con un sistema de Estado de bienestar, pero ya dentro de una dinámica humana diferente a la que hemos conocido hasta la fecha. 

    Freinacht argumenta que, además del IQ como herramienta para medir la inteligencia, el modelo de complejidad jerárquica (MHC) de Michael Laport Commons tiene un papel muy importante ya que éste mide el grado de complejidad cognitiva, es decir, la capacidad que los seres humanos e incluso otras especies de animales tienen para analizar y responder a la información que se les presenta. Mientras que una persona con un orden relativamente bajo solo es capaz de comprender ideas simples, una persona con un orden alto tiene la capacidad de entender sistemas complejos.

    Con base en este modelo, Freinacht argumenta que el grado de complejidad cognitiva tiene una fuerte relación con la etapa de desarrollo humano en la que se encuentre un individuo. Por ejemplo, una persona que entienda bien la complejidad del pensamiento posmoderno tendrá una complejidad cognitiva mayor al de una persona que solo llegue a comprender bien la complejidad del pensamiento posfaustiano, mientras que quien tenga un grado de complejidad baja solo podrá entender las etapas de desarrollo humano superiores de forma muy superficial. Eso no implica que no sea posible que quien tenga una complejidad cognitiva muy alta tenga un pensamiento posfaustiano, por un decir. Seguramente Santo Tomás de Aquino o San Agustín tenían un grado de complejidad cognitiva más alto que la gran mayoría de nosotros. Sé que es posible que te aparezcan muchas dudas sobre esta teoría, muchas de las cuales están explicadas en el libro de Hanzi Freinacht

    A esto, Freinacht añade los estados subjetivos (que puede variar desde un estado tormentoso, satisfecho o hasta uno iluminado) a los cuales clasifica en un rango que van desde los más positivos a los más negativos, y también añade la profundidad, es decir, cuántos de estos estados de ánimo hemos experimentado, para así poder llevar a cabo un esquema integral del individuo y entenderlo desde una perspectiva metamoderna. Si quieres conocer más a fondo esta teoría puedes leer su libro o leer este link

    ¿Por qué debería interesarte el metamodernismo? Porque si bien creo que algunas de las ideas sobre este concepto son algo extravagantes, percibo algunos de los argumentos algo idealistas y creo que se le puede dar más forma a este concepto (vaya, es un concepto nuevo), es posible que comience a tener relevancia dentro de un número cada vez mayor de gente ya que no solo propone una ideología política (que rebasa el discurso entre izquierdas o derechas) sino una nueva perspectiva para analizar muchos asuntos sociales y culturales basada en argumentos filosóficos y científicos. 

    Yo no sé si el mundo del futuro será metamoderno, guardo cierto escepticismo en el sentido de que los movimientos de época (vistos desde la dialéctica hegeliana) suelen darse más bien de forma natural y son consecuencia de la evolución de nuestra especie en diferentes ámbitos. No recuerdo que hubiera alguien que dijera «vamos a crear la Ilustración y mover al mundo hacia la etapa moderna» ni alguien siquiera que haya propuesto una «era posmoderna» como tal. Sin embargo, la propuesta tiene su appeal porque hace, a mi parecer, un análisis bastante interesante de las etapas sociales, culturales y políticas de la especie humana. 

    Por último, además de la literatura como The Listening Society de Hanzi Freinacht o Trump and a Post-Truth World de Ken Wilber, también te recomiendo leer el manifiesto metamoderno y el sitio web de Freinacht, metamoderna.org.

  • AMLO, lamentamos informarle que su vuelo se ha retrasado

    AMLO, lamentamos informarle que su vuelo se ha retrasado

    AMLO, lamentamos informarle que su vuelo se ha retrasado

    Al Presidente Electo López Obrador se le ve llegando al aeropuerto con su maleta para abordar el vuelo de la aerolínea Vivaaerobus, platica con los otros usuarios que van en el «camioncito» que te traslada de la terminal hacia el avión. En su andar no hay lujos, el tabasqueño se traslada como una persona común y corriente. Sus seguidores aplauden, sus detractores insisten en que es un acto demagogia para darse baños de pueblo. 

    En lo particular, yo no creo que se trate de un acto de demagogia. Si en algo López Obrador es congruente, es en su idea de que el servicio público no debería servir para enriquecerse. Esto mismo explica su política de austeridad y la forma en que él se ha conducido cuando ha estado en el poder (otra cosa es que eso sea insuficiente para evitar que «los otros» no se comporten de la misma manera).

    Su postura es de aplaudir, sobre todo porque rompe con una visión de gobierno oneroso y despilfarrador como el de Peña Nieto. Incluso los libertarios y todos aquellos que creen en un Estado mínimo deberían aplaudir el hecho de que algún político busque poner límites al gasto corriente y a los sueldos onerosos.

    Hasta aquí todo bien.

    Pero luego viene un problema muy serio que López Obrador ignora. Un mandatario no puede comportarse como cualquier ciudadano por el simple hecho de que estará a cargo de un país, ni más ni menos. Muchos de los equilibrios (que mal que bien y deficientes pero existen) dependen de la integridad del Presidente de la República. Si el presidente fuera asesinado, la situación no sería tan fácil como para nada más pensar en un reemplazo y ya; mucho menos en un país como México que está infestado por organismos como cárteles de la droga y similares. Solo basta recordar cuántos secretarios de Gobernación murieron en el sexenio de Felipe Calderón.

    Luego viene otro problema: la eficiencia. López Obrador quiere volar por aerolíneas comerciales porque le parece un exceso usar un avión privado cuya compra implicó un alto costo. Pero un presidente que está gobernando un país se tiene que preocupar por ser muy eficiente en su trabajo, y eso implica tener una logística que le permita desplazarse de un punto a otro con la mayor facilidad. Es dudoso que lo pueda hacer con las aerolíneas comerciales que siempre están sujetas a retrasos (todos los que nos trasladamos en avión sabemos lo que es eso). 

    López Obrador no puede darse el lujo de pasearse como un ciudadano común y corriente y no tener un equipo de seguridad que esté cuidando su integridad en todo momento, tampoco puede sacrificar la eficiencia para adaptarla a su modo de vida. Está muy bien que no quiera comportarse de forma ostentosa, eso es de aplaudirse y reconocerse, pero los mexicanos también necesitamos un presidente cuya integridad física y personal esté protegida y que pueda desempeñar su trabajo de la mejor forma. 

    Algunos de los que López Obrador considera lujos no lo son, son herramientas de trabajo que requiere la Presidencia de la República. Lo que México requiere es un gobierno que funcione y que haga su tarea de la mejor forma en beneficio de sus gobernados. 

  • El futuro de la política y por qué, tal y como la conocemos, podría desaparecer

    El futuro de la política y por qué, tal y como la conocemos, podría desaparecer

    El futuro de la política y por qué, tal y como las conocemos, podría desaparecer

    Siempre que se habla de política vienen a la mente los términos izquierda y derecha. Siempre que se inicia una discusión, el individuo recuerda su postura y, a partir de ahí, comienza a elaborar sus argumentos. 

    Este espectro político, que tiene su origen en la Revolución Francesa, se ha adaptado de una u otra forma a sus circunstancias. El que conocemos en la actualidad, en realidad tiene que ver más bien con una era industrial que parece ya haber sido reemplazada por una era digital y del conocimiento. Muchos se preguntan por qué la izquierda y la derecha se parecen cada vez más, por qué los partidos se están vaciando de contenido y se están volviendo más pragmáticos. 

    Una de las razones que yo daría es que el debate se ha gastado demasiado. Ya no hay una creencia utópica en un sistema o una ideología porque ya todas ellas han sido probadas y ya conocemos su desempeño en la práctica; incluso los partidos radicales (esos que, decimos, amenazan a Occidente) ya no son tan radicales y extremistas como los de hace décadas atrás. Pero más bien pareciera ser que después de tantas experiencias parece que se estaría llegando a un consenso político, ideológico y social, que sería superado para que, así, la política se comience a hacer en otros terrenos. 

    ¿En qué consistiría dicho consenso?

    En la victoria de la derecha en el terreno económico y en la victoria de la izquierda en el terreno social. Por un lado, tendríamos sistemas capitalistas con un mercado libre, aunque también con cierta seguridad social para los individuos y, por otro lado, la victoria de la izquierda en el terreno social con relación a cuestiones de género, feminismo, matrimonio igualitario, multiculturalismo o ecologismo. Evidentemente, dicho consenso no se alcanzaría en todo el mundo u Occidente al mismo tiempo sino que algunos países tomarían la vanguardia y se expandiría de forma progresiva a más regiones (como siempre suele ocurrir con los cambios sociales), pero algunos de los síntomas los llegamos a sentir inclusive en los países latinoamericanos.

    En nuestros tiempos, ya podemos ver a izquierdistas que están de acuerdo con los preceptos del libre mercado y de un intervencionismo estatal más moderado, mientras que en Europa no es extraño ver a políticos democristianos asistiendo a marchas del orgullo gays o incluso a Irlanda presumir a un Primer Ministro que es gay y democristiano. Si bien es cierto que en la derecha existen grupos de presión fuertes que se oponen a la agenda progresista, lo cierto es que la izquierda está ganando terreno de una forma muy contundente y parte de la derecha, poco a poco, ha comenzado a aceptar algunos de sus postulados

    Seguramente, en este consenso irán menguando las corrientes más extremas como el libertarismo o el anarcocapitalismo, el progresismo o feminismo radical en favor de corrientes un tanto más moderadas, de tal forma que se logre llegar a un consenso que sitúe el discurso político en otro plano, tal y como ya ha ocurrido en diferentes etapas de nuestra historia. 

    Pero ¿qué seguiría?

    Algunos dicen que el discurso ya se ha trasladado de la dicotomía «izquierda-derecha» a la de «nacionalismo-globalismo» donde el debate ya gira en torno a la relación de un país con los otros (tanto en comercio como migración). Los adherentes del metamodernismo en cambio dicen que el centro de la discusión política tendrá que ver más bien con el desarrollo personal y el bienestar psicológico de los individuos. Los metamodernos afirman que, de forma silenciosa, inconsciente y progresiva, los países nórdicos han ya comenzado a adoptar ciertas corrientes metamodernas dentro de su ethos social.

    Lo cierto es que nuestra especie está en constante evolución y pensar que el mundo tal y como lo conocemos hoy va a dejar de existir es no la excepción, sino la regla que ha sido muy consistente durante la historia de nuestra especie. Por supuesto, aparecerán muchas dudas: si los partidos de extrema derecha o izquierda pueden llegar a poner en jaque esta evolución que para muchos tiene un carácter natural, también nos podríamos preguntar cuál sería el futuro de las religiones, si seguirán vigentes, si se adaptarán a los cambios de nuestra civilización o si bien terminaremos construyendo otros modos para crear sistemas de valores o creencias con la fuerza que las religiones lo han logrado hacer.

    En realidad, es difícil pronosticar bien cómo será la vida de nuestra especie en 100 años, pero lo que es seguro, es que será bastante diferente al mundo tal y como lo conocemos hoy. 

  • ¿Y dónde está la oposición?

    ¿Y dónde está la oposición?

    ¿Y dónde está la oposición?

    Es muy sano y deseable que cualquier gobierno, del tipo que sea, tenga una oposición. Esta es el contrapeso natural que vigilará, evaluará y criticará al gobierno en funciones. 

    No sólo es importante que la oposición exista, sino que sea lo suficientemente grande en términos cuantitativos, pero, sobre todo, lo suficientemente fuerte en términos cualitativos. Un sana oposición debe de ser capaz de representar los intereses de quienes mantienen una postura adversa ante el gobierno en funciones, y, naturalmente, se esperaría que piensen en el bien común.

    Ahora que AMLO se convertirá en el presidente de este país, habrá que preguntarnos sobre la oposición que él tendrá. Habrá que preguntarnos si es una oposición fuerte, dura o responsable; o bien, si se trata de una oposición débil y apática. 

    Peña Nieto contó con una fuerte oposición dentro de la sociedad civil, no así dentro de la política con excepción del propio López Obrador y sus huestes (claro, hasta poco antes de comenzar la campaña donde la postura del tabasqueño hacia Peña Nieto cambió radicalmente). Peña contó con una oposición en el Congreso muy displicente que «dejó pasar» escándalos como los de la Casa Blanca o la Estafa Maestra, pero de parte de la sociedad civil y de organismos privados tuvo una oposición que sin duda se convirtió en manifestaciones callejeras, o bien, en cabildeos, presiones y denuncias de organizaciones de la sociedad civil y think tanks

    Parece que la oposición política frente a López Obrador será más bien una muy débil. No sólo porque sus opositores tendrán al oficialismo con mayoría en el Congreso, sino porque están muy desacreditados. Es difícil que, desde una postura moral, el PRI pueda fungir como oposición, ya que no tiene credibilidad. El PAN, si bien tiene algo más de credibilidad que el PRI, ya no es ni de lejos el «partido de oposición» que llegó a ser en los tiempos del PRI. Ahora es un partido dividido, degradado y sumido en pleitos e intereses de unos pocos.

    Una oposición política débil es preocupante. La debilidad de su oposición fue una de las razones por las cuales el gobierno de Peña Nieto pudo sumirse en varios escándalos sin que estos hayan tenido consecuencia alguna. Pero en el caso del gobierno de López Obrador, la debilidad de la oposición no sólo será cualitativa sino cuantitativa. 

    También es preocupante la poca capacidad crítica de muchas de las personas afines a López Obrador (incluidos algunos académicos, activistas o intelectuales), que si bien se puede entender hasta cierto punto que haya un sesgo cognitivo que opere en favor de sus preferencias, preocupa que justifiquen nombramientos demasiado polémicos como el de Manuel Bartlett. Incluso, dentro de los simpatizantes, debería existir cierta capacidad para tomar posturas críticas ante las decisiones que se tomen. Sólo he visto a Tatiana Clouthier y unos pocos más mostrar alguna suerte de disenso. 

    La oposición más firme que podría tener AMLO es la que tiene que ver con los organismos de la sociedad civil y las cámaras empresariales, que si bien han establecido canales de diálogo, también han hecho crítica de varias de sus propuestas. Básicamente se trata del mismo sector que pudo ejercer una presión más fuerte contra el gobierno de Peña Nieto (aquí también podrán incluirse algunos medios digitales y alternativos como Animal Político que hicieron bien su papel en el sexenio pasado), pero si bien la oposición ciudadana es algo muy deseable, no tiene todas las herramientas que la oposición política tiene a la mano. 

    Hasta el día de hoy, no vemos a un sector opositor contundente. Vemos críticas aisladas de opinadores y políticos que en muchos de los casos parecen quedar en un segundo plano ante un López Obrador que sigue mostrando su habilidad para marcar la agenda y convertirse en el centro de atención. Él es el director de la orquesta, la oposición apenas levanta tímidamente la mano para señalar algún error, pero poco la escuchan. 

  • Bartlett. Cuando se caiga el sistema y se vaya la luz

    Bartlett. Cuando se caiga el sistema y se vaya la luz

    Barlett. Cuando se caiga el sistema y se vaya la luz

    El fraude del 1988 fue uno de los primeros recuerdos (si no es que el primer recuerdo) de la política mexicana en mi vida. En ese entonces tenía 5 años y mi madre tenía pegada una calcomanía de Clouthier en su Brasilia. Carlos Salinas de Gortari era el malo, el de los ratas, el del PRI. Me acuerdo que acompañé a mis papás a votar, pero eso era de gente grande y estaba muy chico para votar y, a ciencia cierta, no sabía muy bien qué era un voto. Después, los tíos hablaron de cómo el PRI se había robado los votos y se me quedó esa idea de que eran unos rateros (aunque luego aprendí que no sólo los del PRI lo eran).

    Es bastante curioso y paradójico que, quienes atacaron con más fuerza y ahínco al PRI en este sexenio, son los que están relativizando más el nombramiento de Manuel Bartlett como director de la CFE (curiosamente las mismas siglas tenía el Consejo Federal Electoral que presidía cuando «se cayó el sistema»). Entre los fervientes seguidores de López Obrador tejen argumentos que van desde el «Sí, en ese entonces se equivocó, pero hoy está luchando por la soberanía energética» o hasta el que dice que «la caída del sistema es un mito». 

    Es curioso porque ellos decían que con «el PRI ni a la esquina». Es curioso porque ellos dijeron votar en contra de la corrupción y hacen mutis ante un personaje tan corrupto como Bartlett. Pero es más curioso aún que siendo ellos quienes más han hablado de fraudes electorales, sean ellos quienes relativicen y a veces hasta glorifiquen al oscuro personaje que se encargó de orquestar el fraude que permitió a Salinas (el innombrable y némesis de la izquierda) llegar al poder. Algunos tienen el descaro de decir que cuando llegue a presidir la CFE van a ser muy críticos pero que mientras van a chiflar y aplaudir,  que hay que darle el beneficio de la duda a alguien que no dejó ni de lejos una buena impresión a su paso por la gobernatura de Puebla.  

    La indignación ante tal nombramiento vino más bien de los detractores de AMLO y tan solo de unos muy pocos que, de alguna forma, simpatizan con él. Algunos incluso han tomado una postura beligerante ante quienes cuestionan tal nombramiento: «acepten que perdieron», «su tiempo ya se acabó», «AMLO va a gobernar aunque no les guste». 

    Cierto es que AMLO no es el primer Presidente en nombrar innombrables, lo mismo se puede decir de Peña Nieto, de Calderón o de Fox. El problema es el simbolismo y el mensaje que se envía por el personaje del que se trata. Bartlett es la antítesis del discurso de AMLO o, más bien, de la idealista interpretación que muchos han hecho del discurso de AMLO. Ante el antipriísmo, un priísta de cepa dura; ante la oposición al fraude, el político que orquestó el fraude más importante de la historia moderna de México. Incluso, ante unos medios de comunicación tradicionales que no les abrían espacios, fuertes ataques e intentos de censura en las redes sociales.

    Parece que el PRI solo puede ser sujeto de críticas cuando se le ubica en la derecha política y no en la izquierda. Una izquierda priísta que carga con los mismos vicios que su par derechista: con la trampa, con la corrupción y con el fraude.

    Habrá que preguntarse si esta postura más bien sumisa y complaciente es la que les veremos en estos seis años (incluidos algunos académicos o personas que presumieron formar parte de las filas del activismo): una postura donde al líder no se le cuestiona, donde cualquier crítica conlleva a fuerzas una mala intención no sólo de atacar al líder, sino también a los intereses de la nación. No solo es una postura anti-intelectual, también es una postura peligrosa donde la disensión será apaciguada no sólo por el gobierno sino por unos simpatizantes que se sumarán a las descalificaciones en las redes sociales y espacios similares. 

    Porque les es más fácil reinterpretar la realidad con el fin de que esa «luz de esperanza» no se apague (esa luz que se puede ir con una sencilla caída del sistema en la CFE), con su ingenua creencia de que basta la voluntad de un líder para que el país cambie. Estoy seguro que no todos los que votaron por AMLO lo hicieron pensando en ello, yo conozco muchos que no y que son capaces de sostener una postura crítica. Pero sí hay muchos otros que, siguiendo la tradición vertical y corporativa de nuestro país (aunque sea de forma inconsciente) siguen creyendo que basta la voluntad de un líder, que la voluntad de los ciudadanos, de las leyes, de la democracia o la institucionalidad, no importa tanto.