Autor: Cerebro

  • ¿Cuándo fue que un cadáver se convirtió en deshecho?

    ¿Cuándo fue que un cadáver se convirtió en deshecho?

    ¿Cuándo fue que un cadáver se convirtió en deshecho?
    Foto: Televisa

    Decidí escribir este texto corto porque me llama la atención el grado de deshumanización al que se ha acostumbrado la sociedad mexicana. 

    La nota es: el Gobierno del Estado abandona un tráiler con cadáveres porque ya no caben en el Instituto de Ciencias Forenses. Mientras acá en México la nota apenas comenzaba a hacer ruido, la BBC y The New York Times ya habían publicado artículos al respecto. No dan cabida que a un gobierno se le ocurra abandonar cadáveres nada más porque les estorban.

    Tal vez sea porque ya nos acostumbramos a que el narcotráfico arroje cadáveres de sus víctimas en la calle, tal vez porque ya es común que se publiquen notas que relatan el asesinato en masa de tantas personas en algún evento o algún paraje lejano a manos del narco. 

    Pero, ante la normalización de la deshumanización habría que decir lo siguiente: 

    Detrás de un cadáver hay una historia de vida, una vida que sigue en el recuerdo de quienes lo rodearon. Detrás de ese cadáver existió una persona que le dio sentido a la vida de los demás, quien lo procreó, quien fue procreado por él. Cuando se nos muere alguien no buscamos desechar su cuerpo, lo ponemos en algún lugar especial o sagrado, lo enterramos o lo incineramos, para tenerlo cerca a pesar de que ya no esté. Un cadáver es tan valioso que las mismas religiones les dan un trato muy especial. Por ejemplo, la Iglesia Católica exige a sus creyentes que las cenizas (en caso de cremación) queden alojadas en un lugar sagrado y no en las casas de los parientes de los difuntos).

    Me parece terrible que el Gobierno de Jalisco abandone cadáveres sin identificar porque ya no caben, porque ya no son útiles. ¿Cuántos de esos cadáveres sin identificar no son de personas que no saben cuál ha sido el paradero de sus seres queridos? ¿Cuántas personas nunca sabrán qué fue lo que pasó con sus padres, sus hijos, sus tíos, sus esposas o esposos o sus amigos porque estos fueron abandonados? ¿Cuántos «círculos» no cerrarán porque el Gobierno tomó la determinación de que esos cadáveres son inútiles, basura, deshecho?

    ¿Tanto nos podemos deshumanizar que consideramos al cadáver un deshecho o un estorbo? 

    Qué terrible ese grado de deshumanización, que terrible que a muchos les parezca «normal».

  • Cuando ser rebelde dejó de tener sentido

    Cuando ser rebelde dejó de tener sentido

    Tiempo atrás, cuando uno se rebelaba contra lo establecido, sentía cierta adrenalina porque sabía que el acto de rebelarse conllevaba un gran riesgo ante una sociedad que le pedía que se cuadrara. Así, cuando uno se iba de pinta de las clases o cuando uno escuchaba con sus amigos de ese «rock pesado» prohibido porque las señoras decían que era del diablo, sentía esa emoción en el pecho. Es como si practicara un deporte extremo con la emoción al límite: sabía siempre que corría el riesgo quedar en evidencia y recibir un castigo ejemplar, pero el premio que recibía, el conocer qué había más allá de ese recuadro que era su vida común y corriente, era una suerte de tesoro, como salir de la matrix.

    Pero hoy eso se ha acabado, ya no hay sentido en la rebeldía porque el «ser rebelde» se ha convertido poco a poco en lo establecido. Hemos entrado a una extraña paradoja donde rebelarse contra el status quo es, en cierta forma, el status quo. No hay escapatoria, parece que el sistema ha absorbido al mundo que se encuentra afuera de éste. 
     
    Si antes el rock era algo «antisistema», las expresiones que ahora nos pudiesen parecer subversivas son transmitidas en horario estelar en los principales medios de comunicación: así, no es poco común escuchar (y hasta bailar) el reaggeton dentro de los eventos familiares donde los tíos juegan con los sobrinos mientras se escucha música con letras misóginas y de alto contenido sexual. Si me pinto el cabello de verde, si me pongo un arete, si me hago un tatuaje, ya no es rebeldía sin causa sino tan solo una forma de expresión personal. En realidad ya no me estoy rebelando contra nada ni contra nadie porque no hay nadie que me diga si está bien o si está mal.

    El rebelde tampoco quiere asumir el costo de ser rebelde, quiere serlo pero no quiere asumir sus consecuencias. Por fortuna para él, ya no hay nadie que lo castigue por ello, ya no hay costo que pagar. Pero para su mala fortuna, es rebelde y en realidad no lo es. 
     
    Por tanto, la rebeldía también ha dejado de tener una causa, y menos tiene un significado o un mensaje: los rockeros y los hippies de los años 70 se rebelaban contra la guerra de Vietnam, contra el gobierno, contra un capitalismo «enajenante». Hoy la única rebeldía es el acto de rebelarse contra algo que no tiene forma y menos fondo. Los que dicen rebelarse contra el capitalismo no quieren dejar de consumir café en Starbucks ni tuitear en el iPhone. Los que se rebelan contra las jerarquías no quieren dejar la casa de sus papás. 
     
    Desorientados, algunos intentan convertirse en «rebeldes reaccionarios» cuestionando el acto de rebeldía para así, sentir que se rebelan contra algo. Ahí están quienes critican los excesos de los movimientos feministas para que alguien los confronte, o incluso se convierten en «políticamente incorrectos». Pero caen en la misma paradoja, nada más que a la inversa: si los primeros se rebelan cuando rebelarse es lo establecido, los segundos esperan ser rebeldes no siendo rebeldes.
     
    El sistema ha asimilado la rebeldía y, al hacerlo, el individuo ha quedado atrapado. Ya da lo mismo si se rebela o no, ya da lo mismo si trasgrede los esquemas establecidos o no, porque ser rebelde ya no es una transgresión, es un esquema establecido, y también una banda de pop creada por Televisa.

  • En defensa de los Godínez

    En defensa de los Godínez

    Se ha vuelto un deporte olímpico despreciar a quienes tienen un empleo fijo de 9 a 7. A esos empleados que, dicen, le han dado su libertad a una empresa o que están sometidos a esta. 

    Al godín se le ilustra como una persona que tiene una vida monótona con horarios fijos de entrada y salida, que carga con su credencial y su tupperware como si conformara una suerte de proletariado clasemediero moderno oprimido por el jefe burgués quien le tiene restringidas las redes sociales (aunque eso, creo que ocurre cada vez menos). El godín, se dice, no es independiente, está atado al sistema y, peor aún, algunos lo conciben como un mediocre porque «no se ha atrevido a dar el salto a la independencia», al mundo del emprendimiento o, ya de pérdida, como freelance

    El término Godínez es muy ilustrativo ya que expone al estereotipo del sujeto cuya identidad no sobresale de lo común, de la idea de la alienación del empleado cuya identidad propia queda borrada para ser parte de uno de los muchos que engrosan la nómina de la empresa. ¡Venga para acá señor Godínez y tráigase su reporte!

    Muchos creen, equivocadamente, que el godinato siempre debe concebirse como un estado que puede llegar a ser necesario pero que el individuo tiene que, tarde o temprano, abandonar. Hablan sobre cómo los «grandes emprendedores» pueden ganar mucho más que un Godínez ascendido a gerente, que los primeros crean sus grandes empresas mientras que los otros trabajan para alguien más, como si eso fuera algo malo.

    Pero la realidad es que no todo el mundo quiere ser emprendedor o freelance. A mí en lo particular no me gusta la vida Godínez y disfruto más ser independiente, pero tal vez sea más bien cuestión de gustos y de mi personalidad. Pero también sé que la vida Godínez tiene ventajas sobre la vida de freelancer o de empresario y muy posiblemente los Godínez valoren más las ventajas que un empleo fijo (ingresos estables, mayor facilidad para adquirir créditos por la misma razón, prestaciones, compañeros de trabajo) les da sobre la natural inestabilidad del mundo del emprendimiento o de trabajar por cuenta propia. 

    Este desprecio por los trabajos fijos es promocionado sobre todo dentro de las empresas multinivel que pintan a los Godínez como poco menos que esclavos; son más responsables ellos que la «cultura del emprendimiento». Son ellos los que repiten una y otra vez que «ya no dependas de alguien más», «se dueño de tu tiempo», «abandona tu cubículo y ponte a leer a Kiyosaki para que te hagas millonario». Ellos han tratado de promocionar una cultura del desprecio hacia el empleado para así lograr reclutar un mayor número de gente. Pero las empresas multinivel en realidad no están ofreciendo algo muy diferente y que no necesariamente es mejor; ya que en realidad, aunque insistan en que están «formando empresarios», en realidad ofrecen empleos con horario flexible y sin prestaciones sociales.

    Hay otros que les dicen a todos que deberían ser emprendedores, pero la mayoría de los emprendedores requieren de empleados para que su negocio funcione. Estoy de acuerdo en fomentar una cultura del emprendimiento y que se crea que el empleo en una empresa no es la única opción para tener algo que comer. Me gusta la idea de que más mexicanos abran sus empresas. Pero eso no implica que ser empleado sea algo malo, en lo absoluto. Una cosa es promover alternativas y otras formas de ganarse la vida, otra cosa es estigmatizar al «empleado». 

    La realidad es que para muchos tener un trabajo fijo que les guste es casi una bendición, y ello no tiene nada de malo. Muchos disfrutan más desempeñándose dentro de un cubículo que fuera de él, muchos son muy ambiciosos y tienen metas muy claras (lo digo por esa falsa creencia de que el Godín lo es por su falta de ambición). Dentro de una empresa también hay retos profesionales, muchos siguen estudiando y actualizándose para aspirar a mejores puestos o desempeñarse de mejor forma en el suyo.  Algunos esperan subir de puesto, otros aspiran encontrar empleo en una empresa mejor. 

    ¿Y tiene de malo eso? ¿Por qué se les sataniza?

    Algunos «Godínez» impactan de forma muy positiva en la sociedad, aunque no los veas, aunque no conozcas su nombre. Hay quienes cambian el mundo desde dentro de un edificio, quienes diseñan las estrategias o tienen las ideas que terminan teniendo un impacto positivo dentro de la sociedad. 

    Estigmatizar al godín es tan solo un síntoma de la incapacidad de entender que los individuos no somo iguales entre nosotros, que no todos tenemos la misma visión del mundo, que tenemos distintas habilidades y personalidades, y que a uno se nos facilita desenvolvernos de mejor forma en un ambiente más que el otro. 

    ¿No deberíamos reconocer la diversidad en lugar de hacer desplantes de una supuesta superioridad moral que no tiene alguna razón de ser?

  • ¿Qué es el posmodernismo?

    ¿Qué es el posmodernismo?

    Seguramente has escuchado esta palabrita en más de una ocasión. Lo has escuchado de algún filósofo, de algún sacerdote o de tu mamá. Seguramente te has percatado de que muchas veces se le pronuncia con una connotación negativa, o bien, para referirse a las corrientes postestructuralistas (yo mismo llegué a caer en el error de utilizarlo con esta connotación). 

    Pero hacer una mejor definición de este concepto nos ayudará a aclarar muchas cosas y entender algunos de los procesos sociales y culturales de nuestra especie, sobre todo en Occidente. Al posmodernismo lo tenemos que concebir en un sentido mucho más amplio, lo tenemos que explicar como una de las eras del desarrollo de la especie humana y no como una ideología. Cuando muchos se refieren al posmodernismo como una ideología, están más bien refiriéndose a ciertas ideologías o corrientes de pensamiento insertas dentro de la era posmoderna, pero que no explican el posmodernismo como un todo.

    Para entender el posmodernismo, primero tenemos que hablar del modernismo, al cual se le suele situar desde el renacimiento pero, sobre todo, de la Ilustración, y hasta entrado el siglo XX. El modernismo apela al progreso y a la idea de un futuro promisorio producto de la Revolución Científica, los avances tecnológicos y el método científico. Dentro de la era moderna también se insertan los valores tradicionales de la democracia liberal como la libertad de expresión, los partidos políticos y la economía de mercado, así como el marxismo tradicional. El modernismo se despojó de la idea de un ser divino al centro para poner en su lugar al hombre y la razón.

    El posmodernismo viene a fungir como una suerte de antítesis del modernismo. Si el modernismo tenía una inquebrantable fe en el futuro y en el hombre, el posmodernismo viene a cuestionarlo todo. Las guerras mundiales y la Guerra Fría nos rompieron esa ilusión de progreso en la ciencia y la razón. La ciencia también podía matar y crear instrumentos masivos de aniquilación humana como nunca antes, la ciencia también podía servir como instrumento de dominación y colonización. El posmodernismo parte de una visión oscura y sombría del ser humano. Ya no sólo hay una verdad divina, tampoco hay ya una verdad objetiva, las relaciones importan e incluso algunos pensadores se atrevieron a afirmar que la verdad literalmente no existe y es una construcción social.

    La postura de Michel Foucault ante las instituciones carcelarias (y todo lo que se le pareciera) es un gran ejemplo de este cambio de narrativa. De un positivismo donde el mundo ya no era más que una gran máquina que operaba bajo determinadas leyes, a uno donde las estructuras no eran engranajes sino instrumentos de opresión. El Estado, el mercado, las instituciones, la prisión y la escuela ya no eran esas entidades que existían para procurar una forma de organización social más justa y eficiente, sino instrumentos para controlar al ser humano y a su cuerpo. Esas entidades que, se decía, procuraban la libertad del ser humano, terminaban restringiéndola. Así, Foucault concibió todas las estructuras y jerarquías sociales como un instrumento de poder y no como una convención o contrato social. 

    Podemos resumir el posmodernismo en tres conceptos: una visión sombría y pesimista de la humanidad, la crítica a las estructuras y jerarquías sociales y el final de las grandes narrativas (en ese orden).

    1.- Una visión sombría y pesimista de la humanidad

    Como comentaba, el posmodernismo se vuelve una suerte de desencanto ante la idea de que bajo el progreso, la ciencia y la razón, el ser humano aspiraría a un futuro prometedor por medio del cual llegaría a satisfacer sus necesidades de mejor forma. Decía también que las guerras mundiales y la escalada nuclear dentro de la Guerra Fría hicieron que la postura de nuestra especie ante el progreso racional y científico se pusiera en tela de juicio. Esto es lo que antecede a los demás conceptos y el punto de partida. Esta nueva percepción, alimentada también por filósofos cuyas historias de vida de desarrollan en consonancia con la modernidad como un problema y no como un beneficio, terminó reemplazando al entusiasmo fincado en el progrezo y la razón. El propio Michel Foucault, quien intentó suicidarse varias veces, conoció el sufrimiento desde niño debido a su atracción por los varones para lo cual su padre lo llevó a un hospital y fuese testigo de la amputación de una pierna para que «se volviera hombre». El argelino-francés Jacques Derrida sufrió la represión del gobierno de Vichy y fue expulsado de su instituto argelino por motivos racistas. 

    2.- La crítica a las estructuras y jerarquías sociales

    Ese pesimismo y esa visión oscura del mundo fue la que motivó a muchos pensadores a crear una filosofía contrapuesta a lo moderno. Si bien, la filosofía crítica de la Ilustración había surgido desde hace tiempo (Nietszche es un gran ejemplo) e incluso casi a la par de la Ilustración, todavía no se reflejaba en ella este aire pesimista, en la cual los conceptos de razón, institución, estructura, jerarquía o progreso tan típicos de la Ilustración debían ser diseccionados y hasta deconstruidos. 

    Como suele ocurrir con cada era humana, las artes suelen ser las precursoras de la era que está por llegar. Así como el renacimiento antecedió a la Ilustración, podemos ver las primeras manifestaciones posmodernas en La Fuente de Marcel Duchamp

    Dentro de la era posmoderna podríamos hablar de tres corrientes filosóficas principales: El existencialismo en donde encontramos a pensadores como Heidegger, Sartre, Simone de Beauvoir, o los escritores como Albert Camus o Fiodor Dostoievski; la Escuela de Frankfurt compuesta por pensadores influenciados principalmente por Hegel, Marx y Freud como Erich Fromm, Max Horkheimer, Theodor W. Adorno o Jürgen Habermas; y por último, el postestructuralismo (corriente a la cual se suele referir comúnmente como «posmoderna») en el cual suele clasificarse a pensadores como Michel Foucault, Jacques Derrida, Jacques Lacan o Gilles Deleuze.

    Todas estas corrientes se caracterizan por cuestionar las estructuras y el status quo prevalecientes y por guardar cierto escepticismo sobre la idea del progeso humano, pero no todas lo llegan a hacer de la misma forma (aunque unas pueden llegar a influenciar a otras, como el caso de Heidegger a Derrida). Las tres son corrientes de izquierda que pretenden cuestionar y transformar. en mayor o menor medida, las bases sobre las que se encuentra cimentada la civilización. Erich Fromm estaba preocupado porque pensaba que en el futuro los hombres se convertirían en una suerte de robots, Heidegger quiso sustituir la relación entre sujeto y objeto hasta en ese entonces vigente en la filosofía por el Dasein (estar ahí, o estar en el mundo), mientras que Jacques Derrida apostó a la deconstrucción o a «mirar la estructura debajo de la estructura».  

    Fue en especial el postestructualismo el que buscó destruir, o bien, deconstruir las estructuras y las jerarquías que consideraba opresivas por medio del lenguaje (podemos tomar como referencia la deconstrucción de las ideas binarias de Derrida como negro-blanco u hombre-mujer bajo el argumento que en una categorización binaria una necesariamente oprime a la otra). De las tres corrientes, esta fue la que adquirió una postura más relativista tanto en lo filosófico como en lo moral. Ya no hay una verdad absoluta ni una verdad objetiva, ya no hay un centro desde el cual agarrarse o tomar como punto de partida, ahora todo tiene una explicación de acuerdo a la relación que tiene con otra cosa.

    3.- El final de las grandes narrativas

    El posmodernismo significa también el fin de todos los «ismos» (ya fuera cristianismo, comunismo o capitalismo) y de las grandes narrativas (como refiere Jean-François Lyotard en su libro «La Condición Posmoderna»). Si bien, algunos de los pensadores (sobre todo dentro de la Escuela de Frankfurt) tuvieron una fuerte influencia marxista, quedaron profundamente desencantados después de darse cuenta de lo que pasaba en la Unión Soviética para poner así al comunismo en conjunto con el fascismo (y no muy lejos al capitalismo) como la gran justificación de su desencanto con el progreso de la especie humana. 

    La crisis de representatividad política que se vive en Occidente tiene parte de su razón de ser en este fin de las grandes narrativas, en donde los partidos políticos se han ido vaciando progresivamente de contenido ideológico al punto en que los electores se muestran inciertos sobre las diferencias entre unos y otros, ya que estos se han vuelto muy pragmáticos. Francis Fukuyama, de forma precipitada, anunció el triunfo de la democracia liberal, pero incluso esta permanece muy incierta. Inclusive los movimientos de extrema derecha que han surgido en Europa no se caracterizan por tener una narrativa contundente que vaya más allá de sus peticiones en torno a la migración o la pérdida de empleos.  

    Legado

    Sería irresponsable hacer un juicio de valor categórico sobre el posmodernismo, empezando porque no es en sí una corriente de pensamiento sino una era en las que nos encontramos insertos, parte de la evolución de la humanidad. De lo que tal vez sí podemos hablar es de su legado:

    En los aspectos positivos, podemos decir que el posmodernismo nos dejó una sociedad cada vez más preocupada por el medio ambiente, que entendió que el desarrollo tecnológico debía tener limitaciones y que había que tomar medidas al respecto (aunque a juicio de algunos pueda ser algo tarde). También encontramos un legado positivo en lo relacionado con la equidad de género o el progresivo reconocimiento de minorías (personas con otra orientación sexual o raza) producto del cuestionamiento de paradigmas y creencias. 

    Este escepticismo que nos lega el posmodernismo se ha vuelto necesario para abordar los avances tecnológicos, sombre todo en el advenimiento del transhumanismo o la inteligencia artificial. Gracias al posmodernismo somos capaces de cuestionar cómo es que un avance tecnológico podría incidir dentro de la sociedad y qué deberíamos de hacer ante las externalidades que estas podrían traer. 

    En los aspectos negativos (me atrevo a decir que en gran medida gracias a las corrientes postestructuralistas) tenemos una sociedad cuya base filosófica y tal vez hasta moral es muy líquida e inestable, ya que si bien la era posmoderna ha sido campeona en cuestionar las estructuras, se ha visto imposibilitada, debido al profundo relativismo de la posmodernidad de los últimos años, de crear una nueva estructura que surja como producto de estos cuestionamientos. Es difícil concebir una nueva forma de estructura social si se asume, como Foucault hace, que en toda estructura con lleva por sí una relación de poder de una entidad sobre otra, o si se considera, como propone Derrida, que todas las categorizaciones binarias son opresivas. Si los cimientos de cualquier estructura son opresivos, entonces es ilusorio poder construir una. 

    Vemos algunas de sus manifestaciones en la supeditación del método científico ante lo que consideran estructuras de poder, así negando cualquier objetividad dentro de la ciencia, que por ejemplo, consideren que cualquier diferencia psíquica que sea ilustrada de esta forma entre el hombre y la mujer es necesariamente una construcción social opresora. Este relativismo y creencia en la manifestación de opresión en cualquier estructura también ha alimentado a los sectores más radicales de causas sociales como el feminismo, ecologismo o colectivo de personas con otra preferencia sexual, creando un discurso muy victimista donde no existe otra alternativa que derrumbar las estructuras y las jerarquías para aspirar a una suerte de justicia social, donde no existe la posibilidad de consensos y entendimientos entre los seres humanos, ya que para estas corrientes toda interacción humana involucra una relación de poder.

    Este relativismo excesivo dentro de algunas de las corrientes posmodernas no solo es denunciado por la derecha, sino que también es criticado por algunos de los filósofos que son parte de la era posmoderna, como la crítica que hace Jürguen Habermas a Derrida y a Foucault en su libro El Discurso Filosófico de la Modernidad, La Modernidad Líquida de Zygmunt Bauman que podría ser considerada una crítica la sociedad actual (el título de su libro es muy revelador al respecto) o incluso Slavoj Žižek, el pensador de izquierdas que, a pesar de estar influido por Lacan, ha decidido mantenerse lejos de esa «ortodoxia relativista». 

    No solo vemos el legado del posmodernismo en el arte contemporáneo, sino también en el cine o en la televisión. Mientras que Los Simpsons es una crítica hacia el modelo de familia tradicional y a la sociedad típica norteamericana, Matrix (muy influenciada por obras como 1984 o Un Mundo Feliz) nos muestra una distopía futurista y Black Mirror nos alerta de los grandes problemas que la tecnología podría traer a la humanidad. También tenemos una fuerte dosis posmoderna en la música popular, en el rock que funge como música de protesta o de crítica social. Y si bien, las iglesias suelen utilizar este término de forma peyorativa para denunciar el relativismo moral, no están necesariamente exentas de los «vientos posmodernistas». La encíclica del Papa Francisco «Laudato Si» muestra una considerable dosis de posmodernismo al mantener una postura escéptica hacia la modernidad enfocándose en cuestiones como el ecologismo, el consumismo, y el «desarrollo irresponsable».

    El mito del marxismo cultural

    Desde hace décadas, ciertos sectores conservadores han mantenido un discurso de que el posmodernismo es una suerte de marxismo cultural en la que se afirma que hay una conspiración marxista para acabar con los valores de Occidente. A esta se le suman otras teorías de la conspiración como «la promoción de la homosexualidad» para reducir la población. Pero si entendemos el posmodernismo como una consecuencia de la dialéctica entre ideas filosóficas, la visión pesimista del mundo y como una consecuencia de filósofos que en su mayoría crecieron bajo una idea pesimista del mundo producto de sus historias de vida, podemos entender que se trata de un tránsito natural de nuestra especie humana y no de una teoría de la conspiración. De la misma forma podemos entender aquello que los conservadores llaman «ideología de género» como una deconstrucción de los géneros como oposición binaria herencia en gran medida del pensamiento de Butler, Derrida y Foucault, e impulsada por sectores sociales que se han sentido excluidos, lo cual los ha motivado a adquirir una postura más beligerante, y no como una política de la ONU para destruir Occidente. No se trata de una estrategia artificial sino de la constante evolución y tránsito de las ideologías que, benéficas o nocivas, influyen en las estructuras nuestra sociedad. Vaya, ni al surgimiento del nazismo se le puede considerar una conspiración sino que se explica en gran medida por muchas razones históricas recientes a su surgimiento. 

    Es cierto que a los teóricos de Frankfurt se les puede asociar más con Marx ya que su influencia es más directa, pero se trata de una dialéctica de ideas consecuencia de la natural evolución filosófica e ideológica de la especie humana y Habermas está lejísimos de proponer una restauración comunista. Últimamente se asocia más el término marxismo cultural con el postestructuralismo, pero sus teóricos están más alejados de Marx que los teóricos de Frankfurt. Foucault recibió críticas por su escepticismo hacia el marxismo y Derrida siempre se mantuvo distante a pesar de las tentaciones

    Estas etiquetas terminan siendo irresponsables porque implica negar de forma categórica todo el pensamiento surgido dentro de esta era. Yo no soy ni marxista ni comunista en lo absoluto, pero vaya que leer a Fromm o a Habermas me ha ayudado mucho a abrir mis horizontes. Incluso Foucault, a pesar de que en lo particular difiera con varios de sus argumentos, tiene otros varios que me parecen muy rescatables. 

    ¿Qué sigue?

    Como cualquier etapa de desarrollo humano, el posmodernismo será remplazado por algún otro. ¿Cuál es? ¿Cómo será? La verdad no lo sabemos y no me atrevería a decirlo porque si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que los seres humanos somos muy torpes para adivinar el futuro. Sin embargo, como escribí hace algunos días, me parece particularmente interesante el concepto de Metamodernismo, no tengo idea si en el futuro vayamos a vivir una era metamoderna, pero sí puede ser un punto de partida para «repensar el futuro».

  • Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    Los influencers políticos que venden ideologías para llevar

    En estos tiempos del Internet, se han puesto de moda los divulgadores políticos. 

    No son propiamente intelectuales, están más cerca de un Chumel Torres o Yuya que de Jürgen Habermas o Milton Friedman. Algunos tienen estudios, maestrías, pero no se caracterizan por participar dentro de la academia o hacer análisis y ni mucho menos quieren reformar o proponer corrientes de pensamiento como el intelectual suele hacerlo.

    Ellos se caracterizan por divulgar formas de pensamiento, ideologías empaquetadas para venderse en anaqueles y dirigidas a un mercado específico: los jóvenes. Los influencers políticos buscan eso, politizar a la juventud no tanto en el sentido de crear en ella un espíritu crítico sino para invitarla a tomar una bandera: ¡Hazte libertario! ¡Combate la ideología de género! ¡Únete a la cuarta transformación! En medio de un mundo donde se considera que las ideologías se están volviendo obsoletas, donde partimos del pensamiento posmoderno (como decía Lyotard) que ha expulsado a las grandes narrativas del ethos social, estos divulgadores buscan rescatarlas. 

    Algunos de ellos escriben libros, pero no son ensayos ni mucho menos tratados. Son libros que tienen la tarea de divulgar ideologías políticas de la misma forma que Yordi Rosado intenta dar consejos a jóvenes por medio de sus obras. Por medio de dichas obras o discursos, buscan eliminar cualquier barrera de conocimiento para que las ideologías les sean accesibles a sus lectores o simpatizantes de tal forma que no les implique esfuerzo alguno «sumarse a la causa». Despreocúpate de cuestiones filosóficas o académicas, aquí yo te explico qué es el libertarismo o la izquierda lopezobradorista (término que suena cada vez más a oximorón) para que te conviertas YA en uno de los nuestros. No importa si mi libro está lleno de imprecisiones, verdades a medias, o falacias. Te voy a vender mi ideología como la que es moralmente superior a los demás, y haré juicios de valor de quienes piensan diferente o tienen otros credos. 

    Agustín Laje vende latas de conservadurismo en los anaqueles con un suplemento conspiranoide, Gloria Álvarez vende libertarismo en Tetra Pack, Antonio Attolini vende a la «cuarta transformación» en un envase no biodegradable. Son jóvenes, son politólogos en su mayoría, pero están lejos de ser académicos destacados porque, en primer lugar, no pretenden serlo. A ellos les interesa que sus Fan Pages tengan muchos likes porque eso significa que más personas se han sumado a su causa. Suelen ser polémicos y estridentes; buscan eso, confrontar, señalar, provocar (porque si las cosas se salen de control, el video va a tener más views).  Venden porque «les dicen las netas a tal personaje o corriente política a la que detestan», esto sin importar que caigan de forma constante en todo tipo de falacias. 

    Su tarea no es hacer que los jóvenes piensen, sino que se sumen, que tomen banderas, que se conviertan en seguidores, que compartan sus videos; como tratando de crear una ideología política de consumo. Los seguidores no se vuelven necesariamente en especialistas de tal o cual corriente política (si lo hicieran ya habrían prescindido de ellos), más bien suelen adoptarla en lo superficial y defenderla, así como una batalla en redes entre DC o Marvel, iPhone y Android o Chivas y el América. Ellos, los seguidores, no crean colectivos o grupos políticos como décadas atrás, sino que se suman a Fan Pages y cuentas para de ahí compartir memes libertarios o de izquierda. Se suman por el mame.

    Estos divulgadores no proponen ni buscan reformar lo que están vendiendo. Venden posturas políticas que, en muchos casos, están quedando en el cajón de los recuerdos de la época industrial. Incluso pareciera que piensan reeditar las disputas ideológicas más propias del siglo pasado como cuando un grupo de pop que trata de sonar al rock de los 70, pero sin solos de guitarra, más estilizados y con vestuario de marca.  Ellos ni siquiera están a la altura de sus pares de países primermundistas como Ben Shapiro o Jordan Peterson quienes, sin ser precisamente intelectuales de la política, al menos se han molestado en indagar y leerse un poco más.  

    Agustín Laje podría argumentar que su postura tiene que ver con la realidad actual, pero para señalar a su contraparte vuelve a apelar a un discurso ideológico del siglo XX. Haciendo hincapié en los vicios del postestructuralismo y demás corrientes que defienden un relativismo extremo. o el evidente sesgo ideológico hacia la izquierda dentro de las ciencias sociales, habla una conjura marxista o comunista (marxismo cultural, como le suelen llamar). No está de más hacer la anotación de que si bien algunos postestructuralistas tienen antecedentes marxistas, el marxismo no es una corriente relativista (Derrida siempre mantuvo cierta distancia del marxismo); y también cabe señalar que muchos intelectuales de la teoría crítica, estos sí, influenciados de alguna u otra forma por Marx, tienen muchas discrepancias con el relativismo postestructuralista (como Zizek o Jurgen Habermas). 

    En el mundo postideológico como el de hoy donde ni los que consideramos que salen de la conveniencia como Donald Trump o Andrés Manuel López Obrador toman posturas políticas muy claras, se volvió un negocio vender ideologías como objetos de colección. Ni ese libertarismo empaquetado ni ese progresismo rancio envasado que te llega en Uber Eats sirven de mucho para interpretar la realidad actual de nuestros tiempos, en la cual los partidos políticos se han vaciado de contenido ideológico y donde no hay visos de que «las cosas vayan a volver a ser como antes». Estos divulgadores saben que se trata de pertenecer, de crear una masa de seguidores enérgicos pero cuyo compromiso de la causa no sale mucho de las redes sociales. 

    Mientras los más serios incluso ya empiezan a preguntarse por la función que la política va a tener dentro de un mundo invadido por algoritmos e inteligencia artificial, ellos le apuestan a un discurso ya muy gastado, de una dinámica que comienza a ser superada por los cambios sociales y culturales que vive nuestro hemisferio.

  • El Alquimista de Paulo Coelho, una reseña justa para sus 30 años de vida.

    El Alquimista de Paulo Coelho, una reseña justa para sus 30 años de vida.

    El Alquimista de Paulo Coelho, una reseña justa para sus 30 años de vida.

    Me dí a la tarea de leer el Alquimista porque creí necesaria leer la obra principal de un escritor que forma parte de una corriente de pensamiento (si es que se le pudiera llamar así) que no comparto en lo absoluto.

    El libro fue exactamente lo que esperaba que fuera. Básicamente porque la filosofía coelhiana está allá afuera: muchos repiten una y otra vez que si deseas algo el universo va a conspirar a tu favor o que la vida tiene un tesoro para ti. El problema del libro no es que sea literatura light como algunos sugieren. Existe literatura fácil de leer y para principiantes que es muy buena. El problema es que es una literatura pretenciosa que no ofrece nada más que ideas falaces y el reforzamiento de sesgos cognitivos.

    Cuando lo leí, lo primero que pensé fue que se trataba de una «versión chafa» de El Principito. El libro de Antoine de Saint-Exupéry es también una lectura fácil y digerible, pero que al leer varias veces encuentras enseñanzas nuevas. El éxito del Principito radica en que es un libro con una gran filosofía dentro de un texto tremendamente simple sin ninguna pretensión (tanto que fue escrito para un público infantil). El Alquimista no lo es, es un libro que pretende tener una filosofía que no tiene, que habla de sabios, de culturas y de misterios, pero que no tiene fondo. El Principito no tiene pretensiones, su simpleza es uno de sus más grandes atractivos, pero también la humildad y la honestidad intelectual del autor. El Alquimista es simple, pero intenta ser grandilocuente. Paulo Coelho nos insiste en que su libro es simbólico y no descriptivo, como sugiriendo que en éste hay una suerte de mitología o sabiduría escondida, como advirtiéndonos que no nos tomemos en forma literal todas las barbaridades y cosas sin sentido que va a decir (aunque en la calle muchos digan que si deseas algo, el universo conspirará para que ocurra). 

    A grandes rasgos, lo que quiere decir el escritor brasileño con este libro es que sigas tus sueños, lo que siempre deseaste hacer (eso que llama «La Leyenda Personal») como tratando de dar un sentido a la vida del lector. Hasta aquí no podríamos discrepar con él. Todos anhelamos seguir nuestros sueños y autorrealizarnos. Pero esto me parece una obviedad, no dice algo nuevo. En este sentido creo que el libro busca apelar más bien a las emociones, a que lo cierres y digas «sí, voy a seguir mis sueños y nadie me va a estorbar en ellos».

    Pero cuando diseccionamos su concepto de seguir los sueños, entonces nos empezamos a encontrar con ideas que más que útiles me parecen nocivas, porque para empezar son falsas y abonan a la generación de sesgos cognitivos: la idea de que si deseas algo el universo va a conspirar a tu favor, y la idea de que la vida tiene un tesoro para ti. 

    Ciertamente, cuando tú deseas algo con toda el alma, la mente se pone a trabajar para buscar formas con las cuales llegues a dicho objetivo y es más probable que suceda a que si no lo deseas, esto me parece una obviedad. Pero no es que haya algo que conspire a tu favor, simplemente tiene que ver que cuando estás más motivado detectarás oportunidades de forma más fácil, te toparás con ciertas personas con las que pensabas que no te toparías. Y esto no tiene que ver con la «ley de la atracción» sino más bien con que tu mente es más selectiva ya que la has orientado al objetivo que estás buscando. No tengo nada en contra de seguir tus sueños y luchar por ellos (yo lo hago), pero esta frase del universo que conspira lo aborda de una forma completamente errónea. 

    A diferencia de lo que sugiere el libro, en la vida real mucha gente desea muchas cosas con toda el alma y muchos no lo logran. Se necesitaría ser demasiado pusilánime como para no desear nada en la vida. ¿Qué pasa si yo no tengo la habilidad innata para ser un gran cantante porque mi garganta no da para ello y deseo ser un cantante con toda el alma? ¿Lo voy a lograr solo porque lo deseé? ¿Qué pasa si se atraviesa un accidente en mi camino y ya no puedo realizar mi sueño? ¿Qué pasa si, a pesar de desearlo con todo el alma, resulta que mi estrategia no fue la acertada? ¿Qué pasa si deseas a una persona del sexo opuesto con toda el alma al punto en que te obsesionas con ella? Los seres humanos no somos ilimitados ni somos perfectos como para pensar que con desearlo con toda el alma todo va a llegar por añadidura. El entorno importa, la estrategia, el esfuerzo, la asertividad también. Pero en el libro Coelho sugiere que te estés tranquilo, ya que si lo deseas con toda el alma, el universo va a conspirar para que ocurra, que vas a atraer a las personas indicadas para que esto suceda. El universo, dice Coelho, te pone a las personas y los recursos adecuados en tu camino, tú los atraes. Pero la ley de la atracción es una falacia. Esto tiene que ver con la selectividad de tu mente, porque desear algo con toda el alma, la mente está más al pendiente de potenciales oportunidades que de otra forma ignorarías. 

    Paulo Coelho
    La «filosofía» central del libro en un párrafo.

    La idea de que la vida tiene un tesoro para ti es todavía más falaz. Primero, el concepto de vida abordado de esta forma (donde nos encontramos insertos los seres vivos) no es más que un orden de sucesos aleatorios; la vida es una manifestación, no es una entidad y, por tanto, la vida no puede tener un tesoro para ti. En el libro se narra la historia de Santiago que tiene que buscar su tesoro como si fuera algo que ya estuviera dado y que el tiene que encontrar: ¿cómo? Deseándolo tanto para que el universo conspire a su favor. 

    La realidad es muy distinta: en nuestra vida no hay nada escrito para nosotros. Eso que llamamos sueños se construyen con el tiempo y están muy determinados por la forma en que nosotros percibimos la vida, por el contexto en el que crecemos y nos desarrollamos, por nuestra forma de pensamiento, nuestros principios o nuestros ideales. Al decir que hay un tesoro para nosotros, Coelho está negando que los sueños puedan cambiar con el tiempo; también niega la capacidad que los individuos tenemos de ser flexibles al respecto: hay que ser necios y seguir nuestro sueño porque «ese es el tesoro», diría él. ¿Y qué pasa cuando logramos nuestro sueño y hayamos «el tesoro»? ¿Nos vamos a conformar con él y quedarnos sentados? ¿Y si nuestro sueño no se cumple, no tenemos la capacidad de buscar otro porque ese era nuestra «Leyenda Personal»?

    El título del libro «El Alquimista» adquiere un tono algo irónico. Así como la alquimia está completamente rebasada por la ciencia, la filosofía de Coelho está rebasada por el sentido común. Es un libro que, a mi parecer, fue escrito para ganar ventas y en este sentido es un éxito. Coelho encontró un gran mercado en aquellas personas que buscan un sentido a su vida pero que no son ávidos lectores y mucho menos están acostumbrados a leer filosofía. Es un éxito porque apela a las emociones; porque la gente, al leer su obra, se queda con una sonrisa en la cara y se convence de que tiene que vivir sus sueños. La religiosidad combinada con el esoterismo funciona, mezclar a Dios con el universo, la oración con la causalidad absoluta. El genio de Coelho consistió posicionar su filosofía por medio de la repetición. Todos repiten sus frases aunque tengan poco sentido, porque con su componente esotérico convence al individuo de que lo puede todo, de que si se desea algo con todo el corazón las cosas van a suceder. No hay nada más atractivo para el individuo que sentir que sí lo puede todo, que no hay esperanza que se pueda perder.  

    Pero «sentir» es algo que debería dejarse a las novelas. Los libros de autoayuda (porque este libro lo es de alguna forma) deberían ayudar al individuo a pensar e incluso a confrontarse consigo mismo. Este libro, así como mucha de la literatura de autoayuda, ignora que el ser humano es único e irrepetible; trata a los individuos como iguales, como si todos tuvieran los mismos problemas y pensaran de la misma forma. El Alquimista sugiere una superioridad moral de quienes buscan sus sueños sobre de quienes no lo hacen o no lo logran, pero en la vida real hay quienes fracasan, hay personas que tienen que preocuparse por sobrevivir, hay otras que deben de preocuparse por darle un buen futuro a sus hijos y así son felices. Y no solo eso, sino que también ayuda a alimentar el ego del lector ya que les trata de convencer la idea de que son especiales y que ellos pueden lograr los sueños que pocos logran, así como Santiago fue especial porque él sí lo deseó con el alma y el universo sí conspiró a su favor, se quedó con su tesoro y con su amada Fátima. La realidad es que la mayoría de las personas no son especiales, son personas comunes ¿y tiene eso algo de malo? No. 

    Si algo puedo decir a favor de Coelho es que, como sea, la lectura es amena. Al menos no es una tortura leerlo como sucede con otras obras que he leído para hacer una crítica de ella. Es un libro que lees en una sentada, bastan tres o cuatro horas de tu tiempo para concluirlo, pero no puedo decir más que eso. Dice el dicho que algo que es popular no es necesariamente bueno, y El Alquimista es la muestra patente de ello. 

  • Ser hombre y ser mujer en el siglo XXI

    Ser hombre y ser mujer en el siglo XXI

    Ser hombre y ser mujer en el siglo XXI

    Hace unos días, el Instituto Jalisciense de las Mujeres lanzó un interesante estudio sobre la masculinidad donde se abordaron los roles entre el hombre y la mujer, el machismo, la conducta hacia los homosexuales y demás cuestiones de género. No recuerdo que se hiciera un estudio tan completo al respecto en nuestro país; y si bien éste se llevó a cabo en la Zona Metropolitana de Guadalajara (una entidad urbana, que como cualquier ciudad grande, tiende a ser más abierta y desarrollada que sus contrapartes rurales), sí nos da una luz de lo que está ocurriendo en México. 

    Mi intención no es hacer un minucioso análisis de este estudio, pero sí retomar algunas cosas para hablar de los problemas e inequidades que todavía existen entre ambos géneros. También puedes ver un análisis de éste en el programa que tuvimos en Sin Comentarios donde, junto con Susana Ochoa, se analizó el contenido de dicho estudio.

    Cuando lo leí me quedé con dos impresiones: que al menos dentro de los estratos urbanos sí existe una mejoría con respecto a la equidad entre el hombre y la mujer y, a la vez, que todavía hay concepciones bastante preocupantes y que tienen que erradicarse de nuestra cultura, como las siguientes:

    – 50% piensa que “da permiso” para que ella trabaje
    – 49% considera que hacer piropos a mujeres en la calle es un halago
    – 60% señalan que la mujer puede controlar la violencia que reciben del hombre
    – 38% dicen que las mujeres no deben de andar solas en la calle
    – 53% relaciona el papel de la mujer con labores domésticas.

    Anteriormente, he argumentado mi discrepancia con algunos círculos feministas que suelen pintar un escenario donde la mujer está profundamente oprimida por el hombre ya que entonces no podrían entenderse los avances que se han logrado, que son evidentes y que se palpan en el estudio. Son innegables los avances que existen en materia de género y, al menos en mi caso, parece ser que el hombre poco a poco (aunque evidentemente no de forma suficiente) ha comenzado a tomar conciencia sobre el problema. Seguramente las respuestas de algunos hombres en el estudio se habrán contradicho con sus actos (que no quieran ser juzgados o señalados por tener conductas machistas), pero pienso que el discurso de la equidad de género empieza a tener efectos sobre la sociedad y ésta, poco a poco comienza a tomar conciencia sobre el problema que implican conductas que han estado normalizadas y que han perjudicado a las mujeres.

    Sin embargo, también discrepo con quienes dicen que ya no hay inequidades entre el hombre y la mujer, y que solo son simples «feministas queriendo hacer desmadre influenciadas por la malévola ideología de género que quiere destruir al mundo». Los problemas que existen en la actualidad siguen siendo bastante preocupantes y todavía hay mucho camino por recorrer. La idea de que una mujer puede llevar a cabo su proyecto de vida de la misma forma que el hombre todavía no termina de penetrar en toda la población.

    Es posible que muchas personas (sobre todo las más grandes) no estén dispuestas a cambiar en su modo de pensar, ya que la concepción que ellos tienen sobre la vida y sobre las relaciones sociales está ya muy consolidada. ¿Son ellos malas personas? No, en lo absoluto. Quien tiene ideas que a nosotros nos parezcan arcaicas o retrógradas no es necesariamente una mala persona, de hecho no creo que la mayoría de ellas lo sean, porque ellos crecieron y se desarrollaron con las estructuras sociales de su tiempo.

    Pero muchas otras personas sí deberíamos cuestionarnos los roles, la forma en que concebimos a las mujeres, la forma en que nos relacionamos con ellas de tal forma que evitemos que nuestra conducta pueda limitarlas o restringirlas. Muchas de las características del masculinismo ya no tienen razón de ser en una sociedad como la actual. En aquella época en que la fuerza y la violencia eran rasgos necesarios para la supervivencia, podía entenderse la existencia de rasgos que ahora se han vuelto más bien inútiles. En una sociedad como la nuestra, que el hombre no llore solo sirve para reducir la esperanza de vida del género masculino y para que no desarrolle su inteligencia emocional de la mejor forma.

    Yo no soy creyente de esta idea heredada del postestructuralismo que sobreestima y generaliza las relaciones de privilegio entre dos entidades opuestas (hombre-mujer, negro-blanco), porque el hombre no necesariamente tiene más privilegios que la mujer en todos los casos. A la mujer se le permite más expresarse emocionalmente que al hombre y eso termina afectando, de una u otra forma, su psique y su integridad emocional. Pero no podemos negar que todavía sigue existiendo una disparidad, por lo que creo que la tarea de nosotros los hombres es evitar que nuestras conductas puedan afectar o limitar la libertad de las mujeres por el mero hecho de serlo. 

    Muchas de las conductas que refiere el estudio suelen estar normalizadas. Es decir, los individuos son incapaces de darse cuenta del efecto que esas  conductas tienen porque crecieron y fueron educados con ellas, con lo que se integraron a su estructura de pensamientos como si fuera algo común y corriente. No creo que sea por medio de ataques o juicios de valor como se pudiera llegar a cambiar estas estructuras sociales sino con estrategias de concientización, de forma que el sujeto comprenda por qué determinadas conductas son erróneas y tienen efectos indeseados sobre la mujer. Es innecesario hacer sentir culpable a una persona por algo que no entiende y que aprendió durante toda su vida que estaba bien. 

    Pero también es tarea de nosotros tratar de detectarlas. Es simple sentido común: entendemos que una conducta que afecta de forma negativa a algún semejante no puede ser buena, ¿por qué deberíamos pensar que dicho sentido común no puede aplicar con las mujeres? Si se piensa eso es que tácitamente se está aceptando que se concibe a una mujer como si fuera un «ser de segunda», o como «el otro» (como lo llamaba Simone de Beauvoir). 

    No se pueden negar los avances, pero es innegable que el problema de la inequidad de género no se ha resuelto. El estudio es una muestra palpable de ello (en especial porque fueron hombres los que contestaron los reactivos).

    Consulta el estudio completo aquí

  • Si te sorprende la alianza entre MORENA y el Verde, es que estás verde

    Si te sorprende la alianza entre MORENA y el Verde, es que estás verde

    Si te sorprende la alianza entre MORENA y el Verde, es que estás verde
    Foto: El Universal

    Hay quienes decían que López Obrador sería como Hugo Chávez. Aterrados, en pánico, nos alertaban: ¡no votes por ese populista! ¡Piensa en tu país y en tus hijos!

    Del otro lado estaban los que nos decían que él era el cambio, la esperanza, que la sociedad civil no importa, que lo que importe es que gane López Obrador.

    Y yo si bien sostuve una postura crítica ante AMLO, aquí en este espacio afirmé que no sería como Chávez, pero que estaría muy lejos de ser ese cambio con el que muchos sueñan (independientemente de si gobierne bien o no). Y creo, a mi parecer que la alianza que se ha tejido entre MORENA y el Verde, es un ejemplo.

    Es muy iluso pensar que con un solo gobierno una nación se va a transformar. Yo no conozco un sólo país de América Latina que se haya transformado radicalmente gracias a un gobierno. No sólo tenemos muy pocos ejemplos de países que se han superado a sí mismos, sino que en los muy pocos que tenemos no podemos afirmar que haya sido el resultado de un solo gobierno.

    Lo más parecido a un país que se superó a sí mismo es Chile. Y digo lo más parecido porque sigue siendo un país subdesarrollado con altos índices de desigualdad; pero lo tomo porque, como sea, es uno de los países más prósperos de la región. Los más derechistas me dirán que fue gracias a Pinochet (que al final fue un dictador y que, como tal, tiene un margen de maniobra mucho más grande que cualquier mandatario democrático), pero esa explicación es, cuando menos, muy insuficiente (amén de toda la sangre y represión que corrió en su mandato). El desarrollo de Chile fue resultado de varios procesos económicos y sociales que se han vivido desde hacia varias décadas y que también incluye a los presidentes después de la restauración de la democracia. 

    Un Presidente puede gobernar bien o mal, las cosas se pueden joder mucho o poco, pero la verdad es que dichas transformaciones se dan de forma muy progresiva y terminan haciéndose realidad y haciéndose palpables generalmente décadas después. Y esto ocurre porque un solo gobierno no tiene la capacidad de reformar todo el sistema, sino que hace lo que puede y lo que le alcanza, para lo cual un solo gobierno suele ser insuficiente.

    ¿Y por qué traigo a colación al Partido Verde? Porque es una clara muestra de la incapacidad que López Obrador tendrá para romper con muchos de los vicios del sistema. Es una alianza reprobable, sí, pero, a la vez, entiendo que es parte de la política. Si MORENA se alía con el Partido Verde puede garantizar la mayoría simple y, así, tener más margen de maniobra y poder para implementar sus políticas. Pero, por otro lado, si MORENA rechazara esa alianza porque ese partido es uno sin ética ni principios, entonces no tendría el margen de maniobra al que aspira a tener de tal forma que tendría mucho menor capacidad para hacer los cambios. 

    Otro ejemplo de lo que digo es la cantidad de miembros cuestionables dentro de su partido. Esto también es muy cuestionable, pero la alternativa (la incapacidad para lograr llenar el barco llamado MORENA) tal vez les habría salido peor y posiblemente ni hubieran llegado al poder. Como partido nuevo, a MORENA no le quedaba más que tomar de «lo que ya había», no tenía la capacidad de crear cuadros nuevos a partir de puros idealistas neófitos de la política sin experiencia alguna (y si es que los encontraban). Dicho esto, es imposible construir algo nuevo.

    Y no sin olvidar que, por más idealista y bienintencionado presuma ser, López Obrador creció dentro del régimen de partido único. Su manera de concebir la política es algo arcaica y más bien algo parecida al del viejo PRI con el que él creció (que abarca desde Lázaro Cárdenas hasta José López Portillo) y naturalmente, como cualquier mano, tenderá a echar mano de lo que ya conoce (incluyendo a políticos del viejo PRI). Si bien, probablemente su gobierno no sea una calca de ese PRI antiguo, si va a tener varios elementos en común. 

    Es decir, no solo son los obstáculos externos, también los internos: la forma en que él y los suyos (muchos también herencia de ese viejo PRI) conciben la realidad y la forma de hacer política. 

    Si AMLO gobierna muy bien (y si es que lo hace, porque también existe el escenario en el que gobierne mal) no vamos a tener un México mucho más desarrollado en seis años (aunque nos pongan en la portada del TIME). Tal vez veremos algunos signos de su buen gobierno como cierto decremento de la inseguridad, estabilidad económica, más empleos (nada del otro mundo), cierta reducción de la corrupción (aunque seguirá siendo un problema) o un crecimiento del PIB mayor al que estábamos acostumbrados (y que posiblemente no sea nada del otro mundo). México seguirá siendo desigual, el narco seguirá existiendo y seguiremos viendo corrupción en el servicio público (aunque AMLO no sea corrupto) Es simple, un sistema tan complejo como lo es un país donde hay muchos intereses y muchos cotos de poder no puede deconstruirse a voluntad propia ni con buenas intenciones. Hay que hacer y saber hacer política para enderezar lo más posible el barco con el fin de que vaya por buen rumbo y, de esta forma, que a largo plazo el país se vaya desarrollando poco a poco y convirtiendo en uno más justo.

    Por eso tal vez sea un error crear demasiadas expectativas en un gobierno, sobre todo unas que van más allá de sus capacidades.