Un gobernante al frente de un cargo importante que ostenta un muy alto nivel de popularidad puede llegar a ser ser peligroso.
El precio que debe pagar la oposición (política e incluso civil o por parte de algún medio de comunicación) por oponerse es más alto, ya que, valga la redundancia, oponerse a un político popular puede ser muy impopular. Entonces los contrapesos que tiene ese gobernante son ínfimos: no muchos se atreven a cuestionarlo porque se llevarán las rechiflas y porque es hasta políticamente incorrecto criticar a un gobernante que, según las mayorías, está velando por el país o por el pueblo. No importa si ese gobernante es de izquierda o derecha, si viene de arriba o de abajo.
Cuando nadie se opone a un gobernante, por consecuencia termina concentrando mucho poder en sus manos. El político popular, al tener poder político en exceso para gastar, podrá darse el lujo de tomar medidas que no son democráticas o que incluso puedan afectar los derechos humanos, ya que, aunque pudiera llegar a perder algo de popularidad por estas medidas, seguirá siendo popular. Es tan popular que es impopular cuestionar esas medidas que podríamos considerar como peligrosas. En el mejor de los casos, pocos se dispondrán a escuchar a quien hace la denuncia.
Una de las formas idóneas para que un gobernante adquiera mucha popularidad es a través de una crisis que le dé legitimidad. Por ejemplo, un mandatario que adquiera mucha popularidad consecuencia de la corrupción rampante de sus antecesores, una amenaza externa que genere pánico en la población como un ataque terrorista o cualquier crisis en la que el gobierno (al menos en las apariencias) no tenga responsabilidad alguna. En ese entendido, la gente estará más dispuesta a aceptar medidas que en otras circunstancias no habría aceptado: es por el bien del pueblo, es para defendernos del «eje del mal». Los líderes autoritarios entienden muy bien estas dinámicas e incluso ellos pueden llegar a inventar crisis para que la gente cierre filas ante su gobierno y puedan así implementar medidas antidemocráticas bajo las cuales aumente su poder.
Lo sano es que un presidente tenga una aceptación relativamente positiva pero no en exceso; en el otro caso, cuando un presidente es sumamente impopular, pierde margen de maniobra para gobernar y tomar decisiones difíciles pero necesarias. Así, el presidente no debe tener un nivel de aprobación tan alto que le permita concentrar el poder, pero tampoco uno tan bajo que le imposibilite tomar decisiones que, al menos en el corto plazo, podrían no ser bien aceptadas por la población, pero que son indispensables para el futuro de una nación.
Lo que sucedió el día de antier fue algo (o debía ser) muy doloroso. Muchos nos topamos con los terribles videos donde las personas corrían envueltas en llamas tras la explosión que ocurrió en Tlahuelilpan después de que una gran cantidad de personas ordeñara un ducto. ¿Cómo pudimos llegar hasta aquí? La respuesta no es tan fácil y me temo que no hay un único culpable sino que es la consecuencia de muchísimos factores.
Pero a la vez todos esos factores se pueden explicar por medio de algo más simple: para simplificar esa explicación y no perdernos entre complejidades y demasiados detalles, podría decir que es producto de la descomposición social e institucional. Es la muestra de nuestra incapacidad de construir un país que funcione, donde el ciudadano respete las leyes y donde las mismas autoridades respeten a los ciudadanos y velen por ellos: en Tlahuelilpan no vimos nada de eso, vimos a más de un centenar de personas ordeñando un ducto, lo cual es ilegal, y a unas autoridades que estuvieron presentes pero que se vieron rebasadas y que solo se limitaron a decirle a la gente que no se acercara.
Cuando las instituciones no funcionan, cuando el tejido social está quebrantado, cuando los ciudadanos se quejan de sus circunstancias pero violan la ley a la primera, cuando se preocupan por sus problemas pero les vale gorro su entorno, cuando un gobierno habla de buenas intenciones pero sus militares están solamente ahí mirando de forma displicente, cuando todo eso pasa es cuestión de tiempo para que la desgracia se haga presente, y terminó ocurriendo. AMLO no se puede sentir completamente ajeno a lo ocurrido, pero sería una irresponsabilidad achacar toda la responsabilidad a él: ¿qué pasa con los anteriores presidentes que no hicieron nada para combatir la ordeña de los ductos? ¿qué pasa con todos los políticos que han gobernado por medio de una cultura de la corrupción y el pillaje? ¿Y qué pasa con todos los ciudadanos que hemos crecido bajo el paradigma de que en México las leyes están para torcerlas?
No se equivoca la gente que habla sobre esta tragedia como resultado de la falta de oportunidades y la profunda desigualdad que existe en el país. Tampoco se equivoca quien habla sobre esta tragedia como resultado del displicente papel de las autoridades al no hacer lo suficiente para que las personas se acercaran y poner orden a toda costa. En realidad se trata de una combinación de muchos factores, pero los cuales apuntan al mismo lado, a un tejido social y unas instituciones débiles.
Igual de grave me pareció la reacción de mucha gente ante la desgracia. Es cierto que lo que hicieron estas personas era ilegal y a lo cual corresponde una sanción, pero ello no quita que son seres humanos que no tendrían por qué haber muerto de esta forma ni tampoco alguien razonable podría argumentar que «se lo merecían», menos cuando seguramente no eran conscientes del riesgo al que se estaban exponiendo. Con mucha pena e indignación vi cómo varias personas (unas pro-AMLO y otras anti-AMLO) celebraron la tragedia. También con mucha pena fui testigo sobre cómo muchas personas compartieron los videos y fotografías explícitas de la tragedia por morbo o incluso para divertirse con sus amigos.
Terrible es nuestra falta de sensibilidad ante una tragedia de esta magnitud, como si se tratara de algo tan cotidiano y ajeno a nosotros. Ello es muestra de la descomposición social que existe en nuestro país donde y que explica por qué somos capaces de dejar pasar una tragedia como si nada hubiera pasado o como si solo fuera meritoria de la nota roja que va acompañada de encabezados cómicos e insultantes de ciertos diarios.
Tristemente, más de 66 personas murieron, más de 66 familias se quebraron, más de 66 historias de vida desaparecieron tras la tragedia. Y nosotros estamos aquí, como si nada hubiera pasado, como si se hubiese tratado de algo cotidiano, sin reparar siquiera en un paradigma de país deficiente que hemos construido y el cual no nos garantiza que una tragedia así no nos llegará a ocurrir a nosotros.
En este espacio he escrito sobre los libros que más recomiendo: los que más me gustaron en tal año, los que más me gustaron de ciertos temas o de algunos otros, pero creo que ha llegado el momento de hablar de los peores libros que he leído en mi vida, aquellos que no recomiendo ni por asomo, que no solo son frívolos, sino que propagan mentiras de tal forma que si el lector pretende leerlos para aumentar su cultura o entendimiento le puede resultar contraproducente.
Sin un orden en específico, aquí van:
1.- Hitler ganó la guerra – Walter Graziano
Este es un libro escrito por un economista argentino que parece que vio una oportunidad para vender obras conspiranoides. Su libro, que tiene un tufo un tanto antisemita, básicamente nos habla sobre cómo la élite global controla el mundo y tiene sus manos metidas por medio de una suerte de agentes encubiertos en todas las instituciones y empresas. Básicamente una de esas teorías de la conspiración que suenan muy bonitas pero que no soportan cualquier análisis académico.
2.- El Alquimista – Paulo Coelho
El problema con Paulo Coelho no es su frivolidad, es su deshonestidad intelectual. No creo que Coelho sea un tono o un ignorante, para nada. Simplemente que lo que pretende «enseñar» en este libro que se podría colocar dentro del género de superación personal es absolutamente falso, y estoy seguro de que él lo sabe. Coelho no es una persona que guste de dar entrevistas y lo entiendo muy bien, porque cualquier persona con una cultura mediana podría destrozar este libro que nos insiste en que si deseas algo, el universo va a conspirar para que así ocurra. Mi reseña de este libro la puedes ver aquí.
3.- El libro negro de la nueva izquierda – Agustín Laje y Nicolás Márquez.
Este libro tiene un poco de parecido al primero en cuanto a que tiene un tufo conspirativo en el cual pretenden convencernos de que el feminismo y los movimientos LGBT son en realidad parte de una conjura marxista. El libro está lleno de hombres de paja y sesgos deliberados, las asociaciones son muy forzadas y no soportarían un análisis académico riguroso. Aquí puedes ver la reseña que hice de este libro.
4.- Margarita, Mi Historia
Entiendo bien que el libro de un candidato a la Presidencia no es uno que me vaya a marcar, entiendo que, de una u otra forma, son una estrategia propagandística, pero hasta para eso hay que hacer las cosas bien. Por ejemplo, el libro de La Salida de López Obrador, aunque no concordara con la mayoría de las cosas que ahí se decían, al menos me daba más información para evaluarlo como candidato. Con el libro de Margarita Zavala no pasa eso, está muy mal redactado (casi como si se tratara de un ejercicio de quinto de primaria), no da información al elector y el trabajo de sus editores es pésima. Aquí puedes ver la reseña.
5.- Padre Rico, Padre Pobre – Robert Kiyosaki
A su favor puedo decir que este libro no es tan «horrible» como los anteriormente mencionados. No puedo negar que el lector puede llegar a encontrar alguno que otro tip que le pueda servir. Pero si este libro está aquí es porque, para el furor que generó y que si tradujo incluso en cierto culto a la personalidad de Kiyosaki, esta obra es poca cosa, hay muchas mejores obras para aprender sobre inteligencia financiera. Aquí puedes ver la reseña.
Si has leído algún otro libro que consideres es pésimo, compártelo en mis redes sociales. En Facebook o Twitter.
Ayer, el Congreso (MORENA + PRI) aprobó la Guardia Nacional propuesta por AMLO que, de alguna forma, profundiza (aunque digan lo contrario) una estrategia que comenzó con Felipe Calderón.
Sin escuchar a la sociedad civil y a los organismos internacionales, el gobierno hizo realidad algo que podría tener muchos riesgos ya que termina de militarizar al país otorgándole tareas de seguridad pública, lo cual puede generar un aumento de desapariciones forzadas y puede constituir un riesgo para los Derechos Humanos.
Pero es curioso que esta noticia no haya merecido mucha indignación ni manifestaciones como sí lo hizo el desabasto. No vimos a los denominados chalecos amarillos (que es una esquizofrénica tropicalización de las manifestaciones en Francia que incluyeron vandalismo y saqueos traducida en personas de clase media alta que salen con lentes para que no les dé el sol) ni a movimientos similares en las calles como sí los vimos con el desabasto.
¿Por qué una medida que generará incomodidades en algunos días genera más indignación que otra que puede generar problemas más graves en el mediano y largo plazo?
La respuesta es sencilla, porque nos molesta más las incomodidades que podamos tener en nuestra vida cotidiana que las afectaciones a toda la nación en su conjunto. Es una visión muy individualista.
En realidad, parece ser que los chalecos amarillos y organizaciones similares no salieron a las calles porque estuvieran preocupados por su país, sino porque estaban preocupados por ellos mismos. Al momento que escribo esto en su fan page no hay casi ningún contenido sobre la Guardia Nacional y sí lo hay sobre el desabasto y alertas sobre cómo México se podría convertir en Venezuela.
Podría argumentarse que estas organizaciones compuestas en lo general de personas de clase media-alta ya están saliendo al espacio público. Pero eso no implica necesariamente que haya un involucramiento con el quehacer político y social del país ni el deseo de hacerlo, sino que quieren que aquello que les aqueja en lo inmediato como personas se resuelva. En su Fan Page no vemos algún ideal o alguna causa sino tan solo la solución a sus problemas inmediatos, tampoco vemos siquiera una postura o contrapropuestas. Tan solo vemos un escueto análisis a la estrategia de AMLO que no profundiza y hace muchas suposiciones. Dicho esto, es difícil esperar que de este tipo de agrupaciones pueda surgir alguna oposición real ya que son meramente reactivas.
Es evidente que el desabasto genera incomodidad, la gente tiene derecho a sentirse molesta por ello (independientemente de si éste haya sido un mal necesario para el combate al huachicol o no). Pero lo que me llama la atención es que las medidas que nos afectan como país no nos importen sino solo las que nos afectan como personas en lo inmediato.
A diferencia del combate al huachicol, la Guardia Nacional ya era de dominio público desde hace ya algunos meses, la cual recibió más bien críticas dentro de los comentaristas y especialistas y no tanto en la calle, donde solo llegó a ser abordada de forma muy secundaria y marginal por alguna de las primeras manifestaciones en contra de AMLO.
Tal vez tengan razón quienes se han atrevido a dominarnos como «liberales salvajes», todavía nos falta un buen tramo para aspirar a ser una sociedad que se involucre en lo público y que logre construir una oposición fuerte y responsable ante un gobierno que se ha encontrado sin una ni dentro de las instituciones políticas ni en la sociedad civil.
Ayer le dí una buena leída a la Cartilla Moral de Alfonso Reyes que está distribuyendo el gobierno de López Obrador.
Esta cartilla ya se puede consultar en línea y será, en un inicio, entregado a los adultos mayores que recibirán su pensión.
¿Qué me pareció? En general me agradó, esta pequeña obra puede leerse en una sola sentada y tiene un componente muy cristiano y humanista. Evidentemente, debe leerse tomando en cuenta que fue escrito hace muchas décadas ya que una que otra vez el lector se topará con algunos párrafos que en estos tiempos generarían escozor:
Hasta aquí no hay ningún problema. Es una simple cartilla moral que, aunque no apela a ninguna religión, sí tiene una connotación profundamente cristiana y es que por eso, al terminarlo de leer, muchas personas lo comparen con el catecismo. Evidentemente, como cartilla moral que es, tiene una connotación conservadora, y aún más si no se advierte que fue escrita ya hace tiempo.
Pero como lo he venido diciendo, la moral es un asunto privado. La moral es algo que concierne a las familias, a las Iglesias, no es algo que concierne al gobierno. El gobierno debe hacer leyes y hacerlas valer, no dar cátedras de moral.
Esto es algo a lo que ni el PAN, tan conservador y confesional en sus vertientes más derechistas, se atrevió a hacer. A Fox se le criticó por ir a la Basílica de Guadalupe, a su partido se le criticó por quitar las imágenes de Benito Juárez dentro de las oficinas de gobierno, pero nunca promovieron ninguna moral a la ciudadanía. El gobierno de AMLO sí lo está haciendo:
Es paradójico que un gobierno que se dice de izquierda lo haga. La cartilla moral naturalmente, por el mero hecho de promover un orden moral, tiene una inclinación conservadora. Se supondría de un gobierno de izquierda que más bien hiciera lo contrario, que pusiera la moral vigente en tela de juicio, que la deconstruyera bajo el argumento de que parte de dicha moral restringe la libertad del individuo: como por ejemplo, el hecho de que bajo los cánones del orden moral, la mujer no tuviera la misma relevancia que el hombre en la sociedad, o que la obediencia a la autoridad no debiera ser incuestionable.
Pero López Obrador es, en muchos sentidos, una persona conservadora. Él cree sinceramente que distribuir esta cartilla moral ayudará a que los ciudadanos se fortalezcan en sus valores y eso se traduzca en menores índices de delincuencia y corrupción.
https://www.youtube.com/watch?v=TuO1A4vKrGQ
Lo más preocupante es la visión sumamente personalista que tiene esta política. López Obrador no solo quiere promover una moral, sino la moral tal como él la entiende y la concibe. Es decir, su intención es que los ciudadanos, adopten, de una u otra forma, su cosmovisión a través de una obra que lo marcó intelectual y espiritualmente como lo es la Cartilla Moral de Alfonso Reyes. Para reducir los problemas que aquejan al país, los ciudadanos tendrían que pensar un poquito más como yo.
Esta intención de López Obrador es, por un lado, una afrenta contra la libertad religiosa y, al mismo tiempo, tampoco ayuda a fortalecer de ninguna manera al Estado Laico, donde el Estado y la Iglesia deben de ser entidades separadas. Si bien no está promoviendo explícitamente a una Iglesia, a través de ese ideario se le está dando preferencia a una visión de la moral que parte de la filosofía cristiana sobre las demás.
El gobierno debe generar las condiciones para que la gente pueda construir su proyecto de vida, no es su papel decirles como hacerlo.
Ayer me fui a formar para ponerle gasolina al automóvil. Era una fila kilométrica que daba vuelta en varias cuadras. En la esquina unos automovilistas se agarraron a golpes porque uno había tratado de meterse a la fila. Otro ya no tenía gasolina y tenía que empujar su automóvil. La situación era caótica, la gente estaba desesperada porque no sabía si iba a alcanzar a llegar a la gasolinera. La gente temía que se acabara el abasto de gasolina antes de que le tocara el turno, que pasara eso implicaba ir a buscar otra gasolinera y hacer el mismo procedimiento.
El gobierno de López Obrador ha tomado una decisión muy impopular con el fin de acabar con el huachicoleo, un problema que se ha convertido en un cáncer, no solo por la afectación a las finanzas públicas sino porque termina financiando a los mismos grupos de delincuentes que se benefician de ella (incluidos cárteles de la droga). Su gobierno hizo bien en hacerle frente y era necesario tomar medidas drásticas.
Y como toda medida drástica, esta iba a tener afectaciones en la vida cotidiana de la gente. Así como cuando la policía tiene que cerrar toda una cuadra para perseguir a un criminal o como cuando el gobierno tiene que hacer recortes producto de la mala gestión del gobierno anterior o cuando algunos negocios terminan perjudicados debido la construcción de un transporte público que era necesario, se entiende que una medida como la actual tenga afectaciones en la vida cotidiana. Sería pecar de ingenuo pensar que algo así no fuera a ocurrir.
Esta parte, esta voluntad política puede reconocerse y no podría negarse. El gobierno de AMLO está haciendo frente a un cáncer que los otros gobiernos dejaron crecer (lo cual los convierte en automático en corresponsables de lo que estamos viendo el día de hoy) y está apostando parte de su capital político combatirlo.
Pero el infierno está pavimentado de buenas intenciones…
El tomar medidas drásticas también conlleva responsabilidades, responsabilidades que han sido omitidas por este gobierno y que pueden terminar comprometiendo la estrategia que está llevando a cabo.
Entre todos los errores, el que me parece más grave es el que tiene que ver con la comunicación pero que también puede estar explicado por los otros (que tienen que ver con una deficiente planeación, deficiencia que, por cierto, no conocemos a profundidad ni podemos dimensionar bien por la misma falta de comunicación entre el gobierno y sus gobernados).
La comunicación es importantísima cuando le quieres pedir a la gente que haga sacrificios. Si la gente va a tener una alteración en la vida cotidiana de menos debería saber para qué fin ésta se va a ver alterada (tal vez esto es lo único que sabe y a medias), por qué debe combatirse ese problema, en qué consiste el problema, qué estrategia se va a seguir (aunque no pueda darse a conocer al público por completo, al menos que se delineen algunos puntos de ella para que la gente sepa que hay una estructura y un plan detrás), cuáles son las medidas a largo plazo para que el huachicoleo no resurja y para que los huachicoles no terminen delinquiendo en otras cosas, aproximadamente cuánto va a durar, o qué medidas va a tomar el gobierno para que el impacto, inevitable, sea el menor posible.
Como todas estas cuestiones no han sido respondidas, la gente llega a la conclusión de que no hay estrategia alguna y se trata de una mera ocurrencia a la cual ya le han sentenciado un rotundo fracaso a pesar de que lleva pocos dias (producto de la poca disposición del gobierno de comunicarla). De la misma forma, la gente tampoco dimensiona el problema que se busca combatir (el huachicoleo) y, aunque reconoce que sí es un problema, le puede restar importancia. La gente tampoco entiende cómo funciona Pemex, no sabe por qué se tuvieron que cerrar los ductos, no sabe cuándo van a abrir, no sabe nada. Esto es responsabilidad del gobierno y de nadie más.
El gobierno no puede exigir a los ciudadanos que se solidaricen, más bien deben ganarse la comprensión de la ciudadanía. El gobierno debe de ser empático y explicar bien por qué ese sacrificio que van a hacer vale la pena, lo cual no ha hecho. En cambio, hemos visto declaraciones de AMLO y los suyos que llegan a rozar en la burla y la arrogancia, vemos descalificaciones a diarios a la Trump e incluso burlas de algunos de los suyos en redes sociales.
La comunicación podrá parecer una nimiedad, pero ésta puede determinar el éxito o el fracaso de la estrategia. Por ejemplo, con la comunicación tan deficiente que el gobierno está teniendo, el umbral de tolerancia de la gente se reduce considerablemente. Con una mejor comunicación la gente podría estar más dispuesta a hacer sacrificios y eso le daría un mayor margen de maniobra al gobierno para actuar.
Pero en vez de ver una estrategia de comunicación sensata, lo que vemos son flyers que no dicen nada, que contienen un tufo de culto a la personalidad y que incluso violan el artículo 134 de la constitución. Es paradójico que se viole el Estado de derecho para anunciar una estrategia que busca fortalecerlo:
También, podemos ver que detrás de esta estrategia están ausentes previsiones y mecanismos que tengan el fin de aminorar el impacto y las externalidades. En caso de que no se haya podido avisar a la ciudadanía con tiempo (por la mera estrategia), sí podría haberse implementado medidas tales como coordinación con las gasolineras para racionalizar la gasolina de forma ordenada, se me ocurre algo así y también agrego una sugerencias que un amigo mío hizo: por ejemplo, que solo puedan despachar gasolina los automóviles que tengan menos de medio tanque lleno, que tal terminación de placas pueda abastecerse tal día para que las colas no sean tan grandes, o que si bien es cierto que Pemex tiene poca capacidad de almacenaje (lo cual explica por qué hay barcos varados en el mar) haber buscado la forma de tener una reserva, aunque sea la mínima. Otra medida debería haber sido priorizar la gasolina a los vehículos automotores que trasladan insumos de primera necesidad tales como alimentos perecederos, medicinas así como ambulancias. Si la gente hubiera visto alguna forma de coordinación tal vez no estaría tan enojada. La poca coordinación que hay es producto de los mismos ciudadanos, no del gobierno. Son los ciudadanos los que se han tenido que organizar por sí mismos.
Es cierto que la gente está haciendo muchas suposiciones, que si cerrar los ductos es una tontería, que si de verdad están combatiendo el problema del huachicoleo e incluso corrieron teorías de la conspiración que tenían el fin de acabar con las importaciones en aras de la soberanía energética. Algunos activistas piden a AMLO que abra ya los ductos sin saber bien si esto es una buena idea porque ni siquiera conoce bien la estrategia. Pero el gobierno es en gran medida responsable de esto. La gente no tiene la suficiente información porque el gobierno no se las ha dado. Lo que la gente percibe allá afuera es desorden porque el gobierno ha sido incapaz de explicar el por qué del caos, los ciudadanos opinan y especulan con lo que tienen a la mano (que es poco, y eso poco les es muy molesto).
La gente no cree en la estrategia porque no ve detenidos. En efecto, no necesariamente tendría que haberlos a estas alturas del juego, pero la gente lo entendería si el gobierno hubiera comunicado mejor. Como la gente no conoce la estrategia, se imagina o asume cómo debería de ser y con base en ello hace esas suposiciones. Pero eso no es responsabilidad de la gente, sino del propio gobierno.
Yo apoyo la decisión de AMLO, creo que ha tomado una medida necesaria e incluso valiente para combatir un problema producto de la complicidad o la displicencia de los gobiernos anteriores. Yo quiero que se acabe con el huachicol porque es un problema gravísimo y si para eso algunos días nos vamos a tener que formar en las gasolineras estoy dispuesto a asumir el sacrificio. Pero el apoyo también significa ser crítico con lo que se está haciendo mal y con lo que se puede hacer mejor y no podemos negar que detrás de esta estrategia, bien intencionada, sí, falta planeación y hay mucha improvisación.
Al final, lo que importa y lo que debe importar no son las buenas intenciones, que se agradecen pero nada más. Lo que importa son los resultados, nosotros votamos a los candidatos para que den resultados, no para que «le echen ganas» y se jacten de ello. La gente quiere ver resultados tangibles y concretos. Si no existe eso, entonces esta estrategia habrá fracasado y la gente tendrá todo el derecho de estar molesta porque su vida se vio interrumpida a cambio de absolutamente nada.
Generalmente el populista quiere mantener contento al pueblo, al populista le gusta mucho tener una alta aprobación en las encuestas y así generalmente siempre ocurre hasta que el sistema implosiona por sus contradicciones. El populista suele ser cortoplacista porque pensar a largo plazo implica aplicar medidas que en el corto plazo podrían no ser muy bien recibidas. El populismo siempre piensa en mantener al pueblo contento aunque las consecuencias de hacerlo puedan terminar creando fuertes problemas a largo plazo… como en Venezuela.
Bueno, en este sentido, el tema del desabasto es una muestra de que AMLO, a diferencia del estereotipo del populista, parece dispuesto a tomar medidas que son impopulares a corto plazo y que generan muchas molestias que incluso tocan a sus bases como con el desabasto en la CDMX, para aspirar a lo que él piensa que es un fin mayor y que es sanear Pemex de este problema que compromete sus finanzas.. Eso a mi parecer se debe de reconocer, un político debe de velar por el bienestar y el progreso del país, no por su aprobación en las encuestas (lo uno no implica lo otro). A pesar de que su gobierno tiene algunas cosas que me preocupan, que muestre que no siempre va a estar buscando salir muy alto en los índices de aprobación es algo que me da un poco de tranquilidad.
Merece una conversación aparte la eficacia de la estrategia, si en realidad se combate el problema del huachicoleo o solo termina siendo un parche. Muchas de las críticas están hechas con base en suposiciones: «qué es tonto cerrar los ductos para combatir el huachicoleo, que es más caro traerlo en pipas». Son suposiciones porque la realidad es que la gran mayoría de nosotros no sabemos muy bien como opera Pemex y no tenemos elementos para argumentar si era o no necesario el cierre de los ductos.
Pero si la estrategia fue acertada o no no lo sabremos ahorita mismo sino hasta después, hasta que los resultados realmente se empiecen a ver; y con base en ellos se deberá de juzgar si la medida es correcta. Si es la correcta, la gente terminará entendiendo que este desabasto fue un mal necesario (y tal vez algunos no lo terminen de entender), si no lo fue, AMLO perderá varios puntos de aprobación y él tendrá que aceptar las consecuencias.
La gente tiene razón en estar molesta por el simple hecho de ver su vida cotidiana interrumpida. Pero eso en el gobierno lo saben muy bien y lo asumen porque, como dije, la tarea del gobierno no es tener a la gente contenta todo el rato, la tarea es trabajar por el país, y en muchas ocasiones estas dos cosas no van de la mano, a veces los gobiernos deben tomar medidas impopulares, recortes o despidos, porque saben que si no lo hacen, a largo plazo, el problema va a ser mayor.
Es bueno ver que AMLO sea capaz de tomar decisiones impopulares y no siempre sucumba ante el populismo y la demagogia fácil. Después de decisiones aberrantes como la cancelación del aeropuerto de Texcoco, por fin podemos ver algo de sensatez.
En torno al desabasto y al combate al huachicoleo hay muchas conjeturas, muchas versiones y muchos dimes y diretes. No quiero ahondar en ellos.
Pero hay algo cierto, un sector de la sociedad mexicana está indignada por lo que está pasando con la escasez de gasolina. Tiene razón de estarlo, ya no solo porque no puedan usar el automóvil, sino porque muchos dependen de vehículos automotores para trabajar y ganarse el pan.
Evidentemente, si se trata de indignación, a quien se voltea a ver es a AMLO, porque esta escasez es producto, sí, de las decisiones que él y su equipo están tomando para, comentan ellos, combatir el huachicoleo de una vez por todas. Aunque se trate de una «buena causa», la gente no va a tener mucha paciencia si esto le pone al traste a su vida cotidiana, en especial si percibe improvisación y torpeza en los métodos.
Supondríamos que combatir el huachicoleo le ayudaría a López Obrador a fortalecer su discurso anticorrupción. Frenarlo implicaría un golpe en la mesa que toda la gente reconocería: López Obrador hizo lo que los otros sexenios no quisieron hacer. El problema para AMLO es que ese discurso queda ensombrecido ante la indignación de la gente que no le puede poner gasolina a su automóvil. Y por cada día de desabasto que pase, la cosa empeora. El costo político es más alto que el beneficio.
A menos que…
Vamos a empezar mal un poco y hacer caso a esa frase tan usada en la política mexicana de «piensa mal y acertarás».
¿Qué pasaría si el Gobierno Federal detuviera a Romero Deschamps y lo responsabilizara del Huachicoleo (acusación que ya ha comenzado a circular)?
Simple: la gente, al ver a una de las némesis tras las rejas, podría perdonar el problema del desabasto, lo vería como un «mal necesario» que tuvo que ocurrir para tener a uno de los políticos más corruptos tras las rejas y varios de ellos llegarían a la conclusión de que el gobierno si va con todo contra la corrupción.
Incluso, en un escenario como éste, el problema del desabasto terminaría beneficiando al propio AMLO, porque a diferencia de, por un decir, el caso de la detención de Elba Esther Gordillo por parte de Peña Nieto, antes de la solución (la detención de Romero Deschamps) la gente sintió el problema en su vida cotidiana: siente todo lo que todas estas lacras han hecho, para que goces cuando las estemos metiendo a la cárcel.
Desde hace algunos días habían algunas voces que sugerían que Romero Deschamps no iba a ser muy bien tratado por este gobierno, pero a raíz del desabasto, han comenzado a correr algunos rumores sobre una posible detención de Romero Deschamps ha comenzado a circular en las redes.
Suena fuerte entre los pasillos judiciales que Carlos Romero Deschamps tendría sus horas contadas, sería detenido por presuntos actos de #Huachicoleo#Porfin👏🏻 pic.twitter.com/moJGszLN1P
También llama la atención que en redes haya comenzado a circular un muy halagador comunicado del Secretario General del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (o sea, el mismísimo Carlos Romero Deschamps) donde dice que el gobierno está haciendo lo correcto. Es tan halagador y complaciente que a más de uno le podría parecer sospechoso:
Así mismo, el día de hoy, algunas plumas (de tinte oficialista) han escrito sus columnas con relación a Romero Deschamps o incluso sugieren un quinazo para que AMLO apecigue este problema que, al menos desde el ojo del público, se le ha venido encima.
Evidentemente mi hipótesis es eso, una hipótesis. Yo no tengo elementos suficientes para asegurar de forma categórica que es algo que vaya a pasar, puedo estar equivocado. Pero, tratando de interpretar todo lo que ha estado aconteciendo en estos últimos días, el discurso anticorrupción de AMLO y la necesidad de un golpe en la mesa de un gobierno que en sus primeros dos meses ha recibido más críticas que aplauso, no me parecería nada descabellado que la detención de Romero Deschamps fuera una posibilidad.
Si esto llegara a ocurrir sería una brillante maniobra política.
Solo falta esperar, solo falta dejar este asunto en manos del tiempo.
Por cierto, si resulta cierta mi hipótesis, sería el segundo quinazo consecutivo que predigo. Hice lo propio con la detención de Elba Esther incluso antes de que Peña llegara a la presidencia.