Autor: Cerebro

  • Marcelo Ebrard, a la friendzone del poder

    Marcelo Ebrard, a la friendzone del poder

    La política es impredecible e ingrata.

    Y dado que lo es, los políticos deben entrar al juego bajo esos supuestos y saber moverse en las arenas movedizas. El político por definición busca el poder tal como un empresario busca ganar dinero. Para ganar poder el político debe ser hábil, saber hacer cálculos, buenas negociaciones, movimientos que lo lleven a donde quieren.

    Lo de Marcelo Ebrard siempre fue la Presidencia y nunca se le dio: es más, ni siquiera logró ser candidato presidencial (claro, a menos que vaya a MC donde sus probabilidades de ganar son nulas).

    ¿Por qué? La respuesta corta y contundente es porque no tuvo la inteligencia y habilidades políticas para llegar a ella.

    Ebrard impulsó a López Obrador desde el 2000. Sin Ebrard, AMLO no habría llegado a donde llegó. En ese año, Marcelo declinó en favor de López Obrador quien logró vencer por pequeña ventaja al panista Santiago Creel. Es decir, sin la declinación, Creel habría llegado a la jefatura de gobierno y López Obrador tal vez ni hubiera despegado.

    En 2006 se le hizo a Ebrard. Llegó a presidir la Ciudad de México tal y como había querido en el 2000. La lealtad a López Obrador tuvo dividendos y mientras que a AMLO no le alcanzó llegar a la silla presidencial (por 0.56%), Ebrard sí se hizo de la jefatura de gobierno.

    Así como AMLO, Ebrard no reconoció la victoria de Felipe Calderón en el 2006 (aunque, a diferencia de AMLO, pudo coexistir pacíficamente con el presidente). Aunque Ebrard siempre tuvo su agenda, siempre trató de mostrar cercanía hacia el tabasqueño, sobre todo cuando más le convenía políticamente.

    En 2012 Marcelo le volvió a dejar la candidatura a López Obrador. La circunstancia ahí era distinta que en el 2000, porque, a diferencia de aquella vez, Marcelo sí tenía posibilidades de ganar la elección. Muy posiblemente habría sido un candidato más competitivo que el propio López Obrador y hasta era posible que pudiera ganarle a Peña Nieto.

    Marcelo pensó que podía repetirse lo del 2000. Él declinaba, AMLO llegaba al poder y luego Ebrard lo relevaría en 2018.

    Pero Marcelo calculó mal y se equivocó groseramente, porque en 2012 AMLO no llegó al poder y de hecho las probabilidades de López Obrador parecían ser pocas. Recordemos que Peña Nieto comenzó con una ventaja amplísima que se fue estrechando ya posteriormente con la aparición del movimiento #YoSoy132 y con una campaña obradorista coordinada por Luis Costa Bonino (que trabajó para Pepe Mujica y Emmanuel Macron) que por momentos funcionó bien y que llegó, según Reforma a estrechar la ventaja del mexiquense por solo 4 puntos, pero que posteriormente se volvió a ampliar por errores del propio Lopez Obrador.

    Ebrard, que a regañadientes apoyó a López Obrador (tal y como lo relató el propio Costa Bonino) durante su campaña, tuvo que huir tras la explosión del escándalo de la línea 12.

    Pero gracias al corrupto gobierno de Peña Nieto, un López Obrador que parecía muerto revivió de su tumba. Ahora sí parecía la oportunidad de Marcelo Ebrard: me sumo a la campaña de López Obrador a quien le he sido leal y en el 2024 yo quedo de candidato.

    Marcelo se integró en el equipo de López Obrador y ahí volvió a ser leal casi al grado de la abyección. Marcelo se convirtió en uno de los peores cancilleres que ha tenido en este país, no tanto por su incapacidad, sino por ser leal a los caprichos del Presidente.

    El asunto aquí es que López Obrador no es alguien que entienda de lealtades. Para el tabasqueño todos son prescindibles excepto él mismo. Así lo ha demostrado en todo su sexenio. Ebrard posiblemente haya pensado que iba a ser diferente.

    López Obrador prescindió de Marcelo simplemente porque considera que lo puede controlar menos que a Claudia Sheinbaum y piensa que ella le garantiza la continuidad de la mal llamada cuarta transformación. Es decir, Claudia le es más funcional a López Obrador para sus intereses políticos.

    Y López Obrador operó todo para que ella fuera la candidata, su elección fue un dedazo simulado pero donde ya todo estaba previsto desde un principio para que los deseos del Presidente ocurrieran de la forma que el quería.

    Marcelo Ebrard denunció irregularidades en las encuestas y en el proceso, y evidentemente todo ello tuvo la anuencia del Presidente. Andrés Manuel desechó sin piedad a aquel político gracias al cual llegó hasta donde llegó.

    El error de Marcelo fue pensar que en política lealtad con lealtad se paga y no contó con que López Obrador es un político especialmente desleal. Es algo que López Obrador ha mostrado de forma consistente a lo largo de su carrera política. ¿Por qué tendría que ser distinto con Marcelo?

    Y repitiendo los patrones de comportamiento de su mentor Manuel Camacho Solís, Marcelo decidió hacer un berrinche muy «atrevido» (tal vez sobre bases justificadas) que pragmáticamente le podría costar mucho. Al salirse de la contienda y al deslegitimar el proceso, el propio régimen podría ajustar cuentas, abrir carpetas de investigación sobre algunos actos en su historial (como el de la línea 12). Las probabilidades de que eso ocurra pueden aumentar si su acto de rebeldía se vuelve más grande, si se va con otro partido, como MC por poner un ejemplo.

    Y así como el enamorado cree que cumpliendo todos los caprichos y deseos de su crush se va a ganar su corazón, Marcelo pensó que mostrando una lealtad cuasi-abyecta frente a López Obrador le iba a garantizar la candidatura.

    No fue así, fue groseramente desechado.

    Lastimosamente ,a Ebrard le conviene llevar la fiesta tranquila y apaciguar las aguas. Es posible que sus aspiraciones políticas hayan terminado.

  • Xóchitl Gálvez ganó la presidencia ¿Ahora qué sigue?

    Xóchitl Gálvez ganó la presidencia ¿Ahora qué sigue?

    Dirán que me estoy «anticipando demasiado», que estoy echando las campanas al vuelo o que ninguna ingesta excesiva de fentanilo combinada con psicodélicos justifica mi daydreaming.

    Pero mi ejercicio no es una oda al positivismo ingenuo y excesivo. Por el contrario, lo que haré aquí es hacer un ejercicio de imaginación para dimensionar qué es lo que Xóchitl Gálvez tendría enfrente si lograra la muy difícil (mas no imposible) encomienda de ganar la presidencia.

    En realidad no es este el texto más optimista, sino uno que trate de aterrizar un poco en la realidad que generalmente se suele pasar por largo ante el entusiasmo de las campañas y el anhelo por un cambio (al cual, sí, el elector suele incluir su dosis de daydreaming).

    Imaginemos que es el 1ro de octubre y Xóchitl llega al Congreso de la Unión a recibir la banda presidencial. No será López Obrador quien se la dé, ya que él decidió no reconocer el resultado adverso a Claudia Sheinbaum. Pero ella ahí estará, de una forma atípica, y ante la protesta de los congresistas de MORENA que posiblemente replicarán lo ocurrido en el 2006. Tal vez veamos a Citlalli Hernández gritarle «botarga, peona de Claudio X González», pero, al final, ella relevará a López Obrador en la silla presidencial.

    Xóchitl llega a la silla presidencial en medio de un país polarizado. La hidalguense ganó con el 45% de los votos. Claudia Sheinbaum, que hizo una mala campaña por su falta de carisma y alguna declaración desafortunada de su «estratega de campaña» Andrés Manuel López Obrador y que, a pesar de ir ganando en la mayor parte del proceso electoral, cerró con el 43.5%. Patricia Mercado de MC obtuvo 7% de las votaciones y Eduardo Verástegui, candidato independiente impulsado por debajo del agua por el oficialismo para rebatarle a Xóchitl votos desde la derecha, obtuvo el 3.5%.

    La primera pregunta de todas es. ¿Xóchitl gobernará desde Palacio Nacional? Regresar a Los Pinos, convertido en un espacio público, mandaría la señal de retorno a los gobiernos pasados. Quedarse en Palacio Nacional (el cual es más ostentoso que los propios Pinos) negaría una ruptura con el régimen actual. Claro, no son más que simbolismos, pero estos importan a la hora de gobernar.

    El Congreso

    La segunda pregunta tiene que ver con el Congreso. Al sentarse en la silla presidencial, Xóchitl encontrará que está lejos de tener mayoría en las cámaras. El Frente tiene los mismos escaños que MORENA y sus aliados mientras que el resto son para MC que, recordemos, trata de venderse como tercera «alternativa» y estará lejos de ser un cercano aliado.

    Difícilmente Xóchitl logrará hacer reformas constitucionales a menos de que logre convencer a MORENA y a una parte del Frente, lo cual se ve demasiado complicado. Es posible que MORENA trate de boicotearla por sus deseos de regresar al poder a como dé lugar.

    Ahí no termina el problema para ella. El Frente no es una cosa homogénea, es un conglomerado de tres partidos (bueno, técnicamente dos) que no necesariamente irán en bloque en todo lo que se discuta y que incluso podría «disolverse» estando en el poder. Es posible que Xóchitl necesite mucha capacidad de negociación. ¿La tendrá?

    En resumen, parece que en el Congreso no va a tener mucho margen de maniobra y prácticamente se va a tener que olvidar de reformas constitucionales donde necesita mayoría calificada, a la vez que necesitará negociar en la mayoría de los casos para obtener mayoría simple. De lo contrario, podría sufrir una parálisis como la que aquejó a Fox en su gobierno y sufrir una rápida decepción por una parte de quienes la apoyaron.

    Las obras faraónicas

    La tercera pregunta tiene que ver con las obras faraónicas del régimen. El AIFA está terminado pero está bastante subutilizado, al punto en que López Obrador tiene que coercionar a las aerolíneas para que lo usen. Difícilmente Dos Bocas estará completamente operacional cuando ella llegue a la Presidencia y el Tren Maya ya estará bastante avanzado.

    Es de notar que estas obras fungen también como simbolismos del gobierno obradorista y se perciben como su legado.

    Seguramente su gobierno concluirá el Tren Maya, no veo gran problema a ello (el daño que esta obra causó ya está hecho). La pregunta es ¿qué hará con el AIFA, un aeropuerto definido por ella misma como regional? ¿Retomará la construcción del aeropuerto cancelado en Texcoco? ¿Qué pasará con Dos Bocas y qué estrategia se llevará a cabo para sacarle el máximo provecho ya que no se le puede dar marcha atrás? Por el estado de las finanzas públicas que va a recibir tal vez no deberíamos hacernos muchas ilusiones al respecto.

    Los programas sociales

    Xóchitl ha reiterado que no va a cancelar las ayudas a las personas de la tercera edad ni Jóvenes Construyendo al Futuro. La duda es ¿qué modificaciones les va a hacer?

    ¿Qué pasará si ella encuentra que las ayudas a las personas de la tercera edad y que son universales no son financieramente sostenibles a largo plazo? Dado que este programa tiene, en parte, fines electoreros, no será muy popular hacerle modificaciones para acotarlos a las personas que más lo necesiten.

    Jóvenes Construyendo el Futuro es, por decirlo de alguna forma, una buena idea bastante mal ejecutada. ¿Qué cambios hará el gobierno de Xóchitl Gálvez para que funcione bien y logre su cometido? Hasta ahora, se ha limitado a decir de forma escueta que piensa incluir programación y código (lo cual está muy bien).

    ¿Va a retomar un modelo como el de Oportunidades que, con sus deficiencias, era un programa funcional y que incluso era ejemplo para muchos economistas y políticos inclusive de izquierda como el propio Lula da Silva y su «Bolsa Familia»?

    Educación y ciencia

    Dados los cotos de poder (sindicatos y demás) detrás de la educación y a los que todos los gobiernos tienen que enfrentarse ¿Qué hará Xóchitl Gálvez para reformarla y mejorarla? ¿Qué hará con la «Nueva Escuela Mexicana»? ¿La eliminará por completo y regresará a la lógica anterior retomando la lógica de la Reforma Educativa del gobierno de Peña Nieto (tómese en cuenta que no tendrá mucho margen de maniobra en el Congreso)? ¿O hará modificaciones no muy sustanciales?

    Álvarez-Bullya se ha encargado de destruir al Conacyt: se han eliminado programas de becas y muchos de los recursos que iban destinados a sus propósitos, así como diversos fideicomisos, han sido desviados a otros menesteres (como esas obras faraónicas). ¿Qué hará Xóchitl Gálvez al respecto? ¿Reconstruirá la institución? ¿Se restaurarán los programas de becas que fueron eliminados? ¿Se le regresará al CIDE la «autonomía de facto» que le fue removida para imponer a un director espurio para así tener control sobre ese instituto?

    Seguridad y milicia

    Xóchitl recibirá un país muy inseguro, infestado y violentado por el narco y, a su vez, militarizado. ¿Qué estrategia va a seguir para reducir la inseguridad que tanto aqueja a los ciudadanos? Los ciudadanos no tendrán mucha paciencia y querrán ver cambios rápidos ¿Qué hará al respecto?

    También se encontrará con una fuerza militar muy empoderada y ya acostumbrada a los privilegios que le dio el régimen actual. ¿Qué hará al respecto? El poder que López Obrador le ha dado a los militares es preocupante e incluso peligroso, pero quitarle los privilegios ganados puede traer una mala reacción de su parte. ¿Cómo va a gestionar este problema? De nuevo, aquí necesitará muchas habilidades políticas y capacidad de negociación.

    Salud

    Xóchitl va a recibir un sistema de salud completamente deteriorado producto de las ocurrencias del régimen actual. ¿Qué va a hacer para recomponerlo? ¿Va a retomar el Seguro Popular? ¿Cómo va a solucionar el desabasto de medicamentos?

    E insisto. Va a llegar al poder con unas finanzas públicas que penden de hilos. El régimen obradorista asfixió las finanzas públicas así como varios sectores del propio gobierno para poder construir sus obras faraónicas e impulsar sus obras sociales. No es como que Xóchitl vaya a poder retomar todo lo que había manteniendo aquello otro, va a tener que priorizar unas cosas sobre otras y difícilmente va a mantener contentos a todos. Posiblemente tendrá que tomar algunas decisiones impopulares para resarcir el daño que causó el gobierno actual, y naturalmente MORENA tratará de capitalizar las molestias generadas.

    Sociedad y política

    Xóchitl va a gobernar a un país muy polarizado. Obrador se va a ir, pero el obradorismo seguirá más vivo que nunca tanto en las cámaras como en la cultura mexicana. Los partidos del Frente (PAN – PRI – PRD) de los cuales suponemos va a recibir mayor apoyo en el Congreso no tienen mucha legitimidad frente a la población y eso puede ser un problema para ella.

    El obradorismo intentará regresar por todos los medios. Harán campañas en su contra, bloquearán cualquier iniciativa en las cámaras y tratarán de boicotearla para así poder regresar al poder en el 2030.

    De igual forma, recordemos que ella fue impulsada por la plataforma del Frente por México, compuesto por el PRI y el PAN (ah, y el PRD). Estos partidos no la están apoyando a cambio de nada. Con su triunfo, van a querer espacios dentro de la política, puestos clave donde tengan cierta capacidad de poder, nombramientos en el gabinete y un largo etc. ¿Cómo va a conciliar ello con su visión de gobierno? ¿Cómo va a manejar el hecho de que alguno de los partidos quiera colocar a un impresentable dentro de algún puesto clave?

    Conclusión

    Hay muchas otras preguntas que podrían hacerse y me extendería mucho, decidí por ello considerar aquellas que me generan más incertidumbre.

    La realidad es que a Xóchitl le va a tocar gobernar en un contexto bastante complejo. De su capacidad de manejarlo dependerá el éxito de su presidencia o su fracaso acompañado del casi inevitable regreso de MORENA al poder. ¿Podrá estar a la altura del gran paquete? ¿Terminará siendo una «Fox» más? Eso lo dirá el tiempo. Será importante ver de quienes se rodea y a quienes incluye a su equipo, porque tendrá frente a sí misma una tarea titánica, recomponer lo destruido en este sexenio, al tiempo que mantenga los (pocos) logros y su gobierno no se conforme con regresar al «estado de cosas anterior», sino que proponga una nueva vía para encaminar a México hacia un estadio más desarrollado y con mayor prosperidad.

  • ¿Es Javier Milei un facho de ultraderecha?

    ¿Es Javier Milei un facho de ultraderecha?

    En las redes sociales siempre hay un tema que circula y al cual todos se suben. Estos temas cambian constantemente y no suelen durar mucho en la conversación (aunque en algunos casos resurgen de forma periódica, sobre todo cuando se trata de temas políticos). Eso sí, cuando están presentes, generan mucho ruido, todos quieren opinar y hacer análisis, como este humilde escritor ahora está haciendo.

    Hoy el tema es Javier Milei. Hace pocos días fueron los «libros comunistas», luego las agresiones verbales del oligarca Salinas Pliego y después será otro, pero este me llamó mucho la atención. Muchos se sorprendieron del resultado que tuvo el libertario en las elecciones primarias (PASO). Yo no tanto, me parecía consecuente que un populista con su discurso radical y contestatario emergiera dentro del desastre que es Argentina hoy a causa ya no de un gobierno, sino de todo un legado peronista que convirtió a una potencia mundial en un país latinoamericano típico con récords de inflación mundial.

    No soy en absoluto simpatizante de Javier Milei, con todo y que sí creo que el estado argentino, sumido en una inflación tremenda y en periódicas críticas, necesita una buena sacudida. Más allá de que puedo concordar con algunas cosas que propone como el adelgazamiento de un estado argentino muy obeso y patrimonialista (sin que yo sea minarquista y mucho menos libertario) o los vouchers educativos. Por otro lado, su personalidad impulsiva me genera mucho escepticismo e incluso preocupación, no digamos de posturas polémicas como la venta de órganos o el hecho de que sea un negacionista del calentamiento global.

    Milei ha sido definido constamentente como de ultraderecha o fascista, pero ¿realmente lo es?

    Milei, aunque cercano a la tradición populista de derechas de este tiempo, es un fenómeno relativamente nuevo, sobre todo por su propuesta económica. A diferencia de los otros movimientos de derecha, su discurso de inspiración anarcocapitalista se centra en reducir el Estado al mínimo y, a diferencia de esos otros movimientos, no contiene algún elemento xenófobo o nacionalista que hace que esos otros movimientos tengan más vasos comunicantes con el fascismo: digamos que, sin poder ser definidos como fascistas, movimientos como Vox, personajes como Donald Trump o Viktor Orban tienen más puntos en común con el fascismo que Javier Milei.

    La presencia de Milei también ayuda a ver que la gradualidad «izquierda – derecha» es bastante problemática porque son muchas cosas las que se engloban en este gradiente. Peor aún, históricamente estos términos han cambiado: en su origen francés, la izquierda tenía que ver más con el liberalismo y la derecha con la monarquía, luego se le relacionó con la economía y últimamente con la cultura. Muchas veces se incluyen varios factores (como los que propone Norberto Bobbio relativos a la igualdad contra desigualdad, al progreso contra tradición, la libertad negativa contra la libertad positiva o su relación con el Estado). El problema es que en estos distintos factores pueden haber variaciones y traslapes que hacen la definición problemática. Por ejemplo, una persona puede ser estatista y, a la vez, tradicionalista o conservadora.

    A Javier Milei se le define como ultraderecha por muchas razones: una de ellas tiene que ver con este supuesto de que si la derecha representa el mercado o la libertad económica, entonces promover reformas de gran calado te hacen de ultraderecha. Pero esa «ultraderecha» en la teoría es bastante diferente e incluso contrapuesta con lo que conocemos cotidianamente como ultraderecha y que relacionamos con el fascismo; aunque, como señala Roger Griffin, el fascismo es solo una de las distintas expresiones de la ultraderecha y no es toda la ultraderecha. La que conocemos tradicionalmente como ultraderecha, generalmente de carácter conservador, requiere del Estado para «conservar» las tradiciones, para defender el nacionalismo, para expulsar a los diferentes: los migrantes, los opositores, los gays etc, lo cual no se respira al día de hoy en las propuestas de Milei. Estas diferencias son incluso más notorias en el fascismo per sé: en el movimiento de Milei no hay algún militarismo, xenofobia o nacionalismo, por lo cual sería equivocado decirle fascista. No es casualidad que el propio Mussolini dijera que «todo dentro del Estado, nada fuera del Estado».

    El libertario Juan Ramón Rallo afirma que la prensa usa estos calificativos para referirse a Javier Milei, ya sea para referirse de él de forma peyorativa y atacarlo, o porque para ellos si ser liberal económico te ubica algo a la derecha, serlo en extremo debería considerarse de «ultraderecha» como comenté anteriormente. Este diagnóstico suyo me parece acertado, pero dado que Rallo es simpatizante de Milei, el natural sesgo producto de esta simpatía no le permite ver otras consideraciones:

    Javier Milei cabe muy bien dentro del estereotipo de un demagogo populista antisistémico de la era posmoderna. La prensa y la opinión pública suelen clasificar a los populistas del lado derecho del espectro político como de ultraderecha, ya que ese populismo suele estar generalmente relacionado con el desprecio a la institucionalidad, la confrontación y se conduce (tanto en izquierdas como derechas) al margen sino es que fuera de la ley. Ese «no apegarse», ese dividir a la opinión pública entre nosotros y ellos, hace que al político en cuestión se le coloque en un punto más extremo del gradiente político-ideológico.

    Otra razón que Rallo no consideró es que Javier Milei dice estar inspirado en figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Santiago Abascal, que representan movimientos que sí tienen un componente nacionalista más notorio y con los cuales el propio Rallo suele ser crítico. Si esos son «de ultraderecha» (en el entendido del párrafo anterior) entonces Javier Milei también lo debe ser.

    Otros, como el economista mexicano Macario Schettino, señalan que Milei dice ser libertario pero que en realidad es un fascista. Es decir, sabe que el ideario que presenta es libertario pero parece creer que detrás de eso se esconde un personaje más oscuro y autoritario (lo cual sólo podríamos saber una vez que se consolide en el poder y hoy no podemos nada más que especular).

    ¿Por qué piensa eso Schettino? Si algo podría tener en común Milei con los fascistas es su figura como tal, su forma de plantarse en los escenarios, su forma de manejar los tonos de voz, de gritar, de «excitar» a la audiencia con discursos incendiarios, pero eso no es exclusivo de los fascistas y tampoco lo califica como fascista. Posiblemente Schettino tenga preocupaciones bastante genuinas sobre el personaje, pero ello no implica que la definición sea acertada.

    Decir que Javier Milei es fascista es fácil, es igual que decir que los libros de texto de la SEP son comunistas: esas definiciones tienen un contenido retórico con el fin de movilizar a opositores en su contra. Sin embargo, éstos términos no están bien empleados y estirarlos de forma tan grosera puede traer muchos problemas. ¿Qué va a pasar cuando un fascista o un comunista de verdad llegue y ya no tengas cómo alertar a la opinión pública porque ya usaste esas etiquetas con cualquier persona que iba pasando?

    No sé qué va a pasar en Argentina si gana Milei, estoy muy incierto y su gestión será más difícil de predecir que lo que tanto sus más ardientes seguidores como sus más férreos opositores creen. Yo guardo bastante escepticismo hacia el personaje y hay rasgos que me parecen preocupantes. Pero dentro de esto, me parece adecuado tener una mayor seriedad con los términos y comprender los matices y distinciones entre las distintas figuras políticas en vez de conceptualizarlas como una sola cosa para así poder hacer un mejor análisis.

  • Los meritócratas

    Los meritócratas

    Desde hace algunas semanas, el concepto de meritocracia ha adquirido relevancia en el discurso público (sobre todo en redes sociales). Que si la meritocracia existe, que si no, que si es buena o que si es mala.

    Se entiende como meritocracia aquel orden social que está dado por el mérito: es decir, le debe ir mejor a quien lo merece más. ¿Y quién lo merece más? El que haya puesto un mayor esfuerzo y tenga mayor talento.

    La etimología de esta palabra, que no es otra cosa que un neologismo y que fue acuñado de forma crítica y satírica por el sociólogo británico Michael Young, presenta problemas. Tendría que ser algo así como «el gobierno de quienes tienen el mérito», pero en el discurso más bien trata sobre el ordenamiento social con base en el mérito, no necesariamente quién está gobernando.

    Pero su uso práctico también es cuestionable. Me llama la atención, por ejemplo, que en el discurso público se confunda y traslape el «deber ser» con el «ser». Si el deber ser se pregunta si es deseable un ordenamiento social con base en el mérito, el ser se pregunta si este ordenamiento existe en la práctica.

    Veo muchos decir que «yo creo en la meritocracia», pero en su pronunciamiento suelen confundir e intercambiar estas dos vertientes. Quienes utilizan ese «yo creo en la meritocracia» por lo general suelen oponerse a argumentos que sostienen que el ordenamiento social no está condicionado por el mérito y sí más por factores externos sobre los cuales el individuo no tiene control. Dicen que es deseable que haya un ordenamiento social conforme al mérito, pero a veces parecen intuir que este existe en la realidad, porque sin problemas podría defenderse a la meritocracia desde el deber ser y criticar que esta no existe en la práctica y señalar por qué no existe.

    Por eso es posible ver tanto a oligarcas beneficiarios del poder político como Ricardo Salinas Pliego utilizarla para justificar su posición social en la punta de la pirámide hasta personas que «comenzaron» desde abajo como Xóchitl Gálvez utilizan este concepto con el fin de «dotar de capacidades a los individuos para que salgan adelante».

    El problema es que una meritocracia pura es prácticamente irrealizable y posiblemente podría decirse lo mismo de la ausencia total de meritocracia. La existencia de la meritocracia solo puede entenderse como de grado. Se puede decir «existe algo de meritocracia», «este país tiene más meritocracia que este otro», pero difícilmente podría sostenerse que existe una meritocracia plena o siquiera algo cercano de ello.

    Para que esta exista, es necesario que exista una relación causal preponderante entre mérito con la posición social y no haya otras variables que la estén condicionando o que sean mucho menos relevantes, lo cual es prácticamente imposible.

    Y para que existiera este escenario se necesitaría que todos los individuos partieran desde el mismo punto, es decir, que la pureza de la meritocracia deba ser directamente proporcional a la pureza de la igualdad de oportunidades, algo así como el «velo de ignorancia» de John Rawls que también es irrealizable en la práctica y seguramente no pocos adalides de la meritocracia verían con escepticismo.

    La realidad es que todos partimos de escenarios distintos, tenemos distintas habilidades innatas y contextos distintos que nos pueden dejar en distintas posiciones de acuerdo al contexto en el que estamos insertos: estos van desde la posición socioeconómica hasta algo que en la apariencia puede parecer tan trivial como la aleatoriedad (la suerte). El contexto importa y mucho, y me atrevo a decir que por lo general importa más que el mérito. Por lo general, a los individuos no nos agrada sentir que no tenemos tanto control sobre la realidad como quisiéramos, aunque eso no significa que no tengamos control alguno sobre nuestro destino.

    Después viene otro problema. ¿Cómo medimos el mérito? Por lo general, insertamos ahí al esfuerzo y al talento. El talento es fácil de conceptualizar y tiene que ver con la habilidad que una persona tiene para llevar a cabo una acción dada (donde se entremezclan factores innatos y otros que el individuo puede desarrollar).

    El problema es que el esfuerzo es algo muy complicado de conceptualizar. ¿Cómo se mide el esfuerzo? ¿Por la cantidad de energía y sacrificio que una persona emplea en alguna actividad? ¿Por su disposición a aceptar el «dolor» a cambio de recibir una gratificación posterior? ¿Se puede seguir considerando esfuerzo si el individuo ya está habituado a éste y ya no le pesa, o incluso si ya lo disfruta (como aquellos que son adictos al trabajo?

    Entenderíamos que quien «le sufre más» le va mejor, pero esto no necesariamente se sostiene, sobre todo cuando el individuo se sobreexige: el exceso de trabajo y de gasto de energía puede crear, en ciertos ámbitos, efectos contraproducentes en la psique e incluso en el rendimiento. Importa mucho también a dónde se dirige ese esfuerzo. Es muy posible que un directivo no tenga la capacidad física de emplear el esfuerzo que un albañil emplea en la obra, y sin embargo, al directivo le va mejor que al albañil.

    Posiblemente, podría redefinirse al mérito como la capacidad de crear valor: eso que hago aporta valor a las demás personas, y por más valioso sea me tiene que ir mejor. Hace sentido porque es un concepto toral dentro de las economías de mercado. Sin embargo, la creación de valor nos regresa al punto de partida: ¿genera más valor quien se esfuerza más y tiene más talento? ¿O quien tuvo mayor acceso a la adquisición de herramientas para poder ofrecer valor?

    Pero eso no significa que la meritocracia (en su definición original) no esté absolutamente ausente. Pocos podrían negar que esforzarte y tener talento no te va a llevar a ningún lado. La realidad es que, al menos, puede dejarte en una posición un poco mejor, o aumentar aunque sea un poco las probabilidades de que te vaya mejor. Incluso en un régimen de lo menos meritócrata (digamos, una monarquía absoluta o una dictadura comunista) esforzarte o tener una suerte de talento puede establecer la diferencia entre comer o no comer.

    Dicho todo esto, es imposible crear una meritocracia tal que podamos afirmar que vivimos en ella. A lo mucho, se pueden crear situaciones específicas donde la meritocracia tenga un papel preponderante. Por ejemplo, los exámenes de admisión tratan (aunque solo hasta cierto punto lo logran) crear el proceso de admisión de una forma más meritocrática. Las competencias deportivas y otro tipo de escenarios suelen procurar estos mecanismos.

    Entonces, ¿qué hacer? Sabemos que la meritocracia pura no existe ni podrá existir, pero sabemos que de ahí no se sigue que el esfuerzo y el talento no sirvan, negarlo podría ser pernicioso para la sociedad. Claro, la cultura del esfuerzo debe promoverse porque el individuo aumenta las probabilidades de estar en una situación aunque sea un poco mejor y porque ello también beneficia a la sociedad en su conjunto.

    Simplemente, debemos dejar de pensar que este ordenamiento meritócrata es posible, debemos dejar de pensar que los individuos estamos en tal posición solamente nuestro esfuerzo ignorando el contexto en el que nos encontramos. Esta negación, como bien señala el filósofo Michael Sandel, se puede traducir en una profunda arrogancia por parte de aquellos que pueden sentirse superiores porque creen que «todo fue producto de su esfuerzo».

    En mi particular opinión, debemos pensar que el ordenamiento social debe estar dado por la creación de valor (que, como vemos, no está necesariamente ligado al mérito) ya que el valor genera un mayor bienestar para la sociedad y, al mismo tiempo, deben existir mecanismos o políticas para procurar que aquellos que estén en desventaja lo estén menos y tengan mayor acceso a herramientas y oportunidades para que tengan mayor movilidad social. No vamos a poder garantizar una equidad perfecta, pero sí una situación donde los puntos de inicio de los individuos no sean tan dispares.

    Claro, paradigmas que atentan contra la idea liberal de que todos los seres humanos valemos lo mismo como la discriminación por género, color de piel u orientación sexual y similares deben ser combatidos. De la misma forma, es indispensable que exista un Estado de derecho que conciba a todos los seres humanos como iguales y que ninguno tenga más privilegios frente a la ley que otros. Así mismo, la cultura del esfuerzo debe existir y promoverse aunque aceptemos que esta posiblemente no determine en gran manera el ordenamiento social.

  • La pedagogía del opresor, o los libros de la SEP contra los niños neoliberales.

    La pedagogía del opresor, o los libros de la SEP contra los niños neoliberales.

    Con los nuevos libros de texto les han quitado las matemáticas a las niñas y a los niños mexicanos, dejándolos sin el instrumento lógico y conceptual esencial para enfrentar los desafíos en su vida en la era moderna. Los nuevos libros de texto gratuitos son una traición a Freire.

    Luz de Teresa, Investigadora del Instituto de Matemáticas de la UNAM y expresidente de la Sociedad Matemática Mexicana

    Para el régimen. la función de la educación no es formar capital humano para el mercado.

    Claro, esa no debería ser la única función de la educación. Esta, a mi parecer, tendría que tener una visión más holística y debería ayudar a formar a la persona como tal, no solo en el ámbito productivo.

    Pero esta formación ciertamente debería de dotar de capacidades al individuo para integrarse al área productiva para que tenga una mayor movilidad social y contribuya a la economía de su país. De algún lado el individuo tiene que producir para comer y poder satisfacer sus necesidades materiales.

    Al notar este desprecio por la matemática en estos libros de texto, recordé el trend de #RosaPastel donde muchos jóvenes se sentían frustrados porque su vida laboral les parecía decepcionante con respecto de las expectativas que ellos tenían. Mucho de ello, decía, se explicaba porque la mayoría de los estudiantes no adquieren las habilidades necesarias para optar por carreras que tienen una mejor perspectiva (ingenierías y similares) en lugar de profesiones que adolecen de una profunda sobreoferta.

    El problema es que los avances tecnológicos de nuestros tiempos crearán mayor demanda de estos perfiles que nuestro sistema educativo (no solo público) no está siendo capaz de crear. Es decir, si el rezago en matemáticas siempre ha sido un problema en nuestro país, este se va a agravar cuando las matemáticas se vuelvan más importantes.

    Y este es el caso de estudiantes donde una gran parte tienen el privilegio de estudiar en escuelas privadas, cuyo nivel tampoco es para presumir, pero que tienen cierta libertad sobre qué materiales y qué cosas les van a enseñar a los alumnos. Ahora imagínense a los niños que tienen que estudiar en escuelas públicas que van a recibir una dosis ínfima de matemáticas y ciencias exactas en el aula.

    Es decir, contrario a los deseos del famoso pedagogo Paulo Freire, en el cual supuestamente está inspirada esta currícula y cuyo pensamiento ya data de hace más de 60 años, los nuevos textos no ayudarán a emancipar a las nuevas generaciones. La ausencia de matemáticas les dará menos margen de acción, no sólo para encontrar trabajo, sino para poner un negocio o hasta trabajar en áreas cuantitativas necesarias tanto en la iniciativa privada como en el servicio público. Por el contrario, estos textos buscan hacer de los niños a seres más dependientes ideológicamente del régimen de tal forma que se conviertan en instrumento para transmitir y perpetuar su ideario en el colectivo mexicano.

    Es cierto que la educación lleva necesariamente alguna dosis de adoctrinamiento. Es imposible que no exista ya que es imposible educar a los niños desde una postura completamente neutra sin un «deber ser» detrás del diseño de la currícula. En las escuelas confesionales se adoctrina a los niños con fundamentos religiosos, en otras con una visión más liberal y en la pública con la doctrina gubernamental.

    Pero dentro de esta imposibilidad, hay educaciones que forman a individuos más libres que otros y sobre de ello habría que hacer esta distinción. Existen, a su vez, doctrinas más nocivas que otras y hay poderes políticos que buscan controlar ideológicamente más a sus gobernados que otros.

    Lo que ha hecho este régimen sí se ha volado la barda.

    Básicamente, quieren imponer el ideario personalista del presidente en las nuevas generaciones combinado con algunas pinceladas marxistas y otras nostálgicas orientadas hacia el sur. No podría decirse que son «libros comunistas» como algún periodista está sugiriendo, pero sí parte, en cierta medida, de conceptos y paradigmas ya caducos más propios del siglo pasado y que la izquierda populista latinoamericana ha tratado de rescatar.

    El obradorismo está ahí: en el libro se nos dice que hubo fraude en el 2006, que el neoliberalismo (en la particular definición de López Obrador) está mal y un diverso cúmulo de ideas que se han repetido hasta el cansancio en los libros y los discursos de López Obrador: incluso se propone a las niñas y niños hacer asambleas con todo el sabor y estilo de MORENA. No se hace mención explícita al presidente, pero sí a su ideario.

    Por ejemplo, con un ejercicio de text mining que hice utilizando los libros de secundaria, encontré que estos preceptos aparecen con la siguiente frecuencia (es el total de palabras utilizadas en los 4 libros dividido entre 4):

    • Neoliberalismo: 13
    • Democracia: 12.75
    • Desigualdad: 9.75
    • Privatización: 3.75
    • Soberanía: 2.5
    • Conservadores: 2.5
    • Matemáticas: 2.25
    • Adversarios: 0.5

    Conceptos como «neoliberalismo», «privatización», «soberanía» y «conservadores» forman parte del discurso de López Obrador y aparecen recurrentemente en el libro, incluso más que la palabra «matemáticas» que apenas aparece poco más de dos veces por libro. Aproximadamente, por cada vez que aparece el término matemáticas, el de neoliberalismo aparece cinco veces. Este «adoctrinamiento» ocurre con mayor énfasis en los libros dirigidos a los maestros.

    Mi intención no es analizar la pedagogía de estas obras porque no soy un experto en el tema y creo que otras personas pueden hacer un análisis mucho mejor al mío, sin embargo no se necesita hacer un análisis complejo para ver los nocivos efectos que estos nuevos libros van a tener en las nuevas generaciones.

    El enfoque ideológico de estos libros presume ser comunitario e igualitario; sin embargo, condenará a las nuevas generaciones a lo contrario. Me explico:

    La niñas y niños que acuden a la escuela pública tienden (aunque no siempre) a asistir ahí porque no tienen la alternativa de acudir a una institución privada. Ello quiere decir que su capacidad económica es menor y suelen encontrarse en los deciles más cercanos a la base de la pirámide socioeconómica.

    Una izquierda moderna que diga buscar la igualdad debería dotar a estas personas de habilidades para que tengan una mayor movilidad social, pero justo están haciendo lo contrario. Esta degradación de la calidad de la educación (que ya de por sí es mala) va a crear una brecha mayor entre aquellos que asisten a la escuela pública y aquellos que van a la escuela privada. Ello necesariamente va a crear una mayor desigualdad con el tiempo.

    El problema es que los nefastos efectos que estos cambios en la currícula van a tener no se van a notar en el corto plazo. Actualmente, el oficialismo hasta presume de cierta reducción de la desigualdad. Pero, con el pasar de los años, cuando los niños que hoy asisten a las primarias y secundarias públicas tengan que buscar trabajo en un mundo cada vez más «tecnologizado» más llenos de expertos en ciencia de datos, robótica o inteligencia artificial y se vean imposibilitados de participar, ello tendrá repercusiones nocivas en la propia economía: un país sin capital humano incapaz de generar riqueza para, a su vez, generar mayor bienestar en la población.

    Y un niño que tiene menos educación, que está en desventaja y tiene menos habilidades es, necesariamente, un niño «menos emancipado» y más esclavizado por sus circunstancias.

  • #RosaPastel ¿Por qué los profesionistas están frustrados?

    #RosaPastel ¿Por qué los profesionistas están frustrados?

    En las redes hay un trend llamado #RosaPastel que consiste en que los jóvenes expresen su frustración porque, pocos años de haber egresado, la realidad no está cumpliendo con sus expectativas.

    Así, el que hace dos años se graduó como psicólogo o arquitecto se encuentra manejando un Uber, o la persona que quería crear una empresa y dar empleo a cientos de personas está trabajando como godín.

    Me llama la atención porque 1) porque no me parece que sea algo nuevo o algo exclusivo de estas generaciones: cuando salí al campo laboral hace poco menos de veinte años la realidad no era muy distinta y 2) porque esta frustración habla de de una cultura y unos hábitos (vicios) que hemos estado replicando y que no son consistentes con la realidad.

    Voy a dar por sentado que el panorama socioeconómico no es el óptimo (aunque no recuerdo si alguna vez lo ha sido, sobre todo en los países del tercer mundo como el nuestro): vivimos en un país con mucha desigualdad, poca movilidad social, es más difícil adquirir vivienda que en el pasado y las nuevas y no tan nuevas generaciones no van a tener una generosa pensión (aunque, por supuesto, existe la alternativa de poder ahorrar o comprar un plan de retiro). A esto se agrega que, en muchos casos, la oferta de estudiantes de muchas carreras sobrepasa la demanda de puestos de trabajo para los nuevos profesionistas. Un panorama no mucho más desolador que el que nos tocó a la generación X, pero que existe y ahí está.

    Al tiempo que el contexto es este, a los estudiantes se les vende la idea de que van a salir y van a tener el trabajo que quieren, puestos gerenciales y hasta el trabajo de sus sueños. Esto es terrible en un contexto se sobreoferta de estudiantes que adquieren habilidades que los motiva a inscribirse en «carreras de moda» y sobresaturarlas (ya saben, psicología, mercadotecnia y un largo etc), pero que no alcanzan las habilidades en STEM porque nuestro sistema educativo es magro de tal forma que suelen rehuir de profesiones «ingenieriles» que suelen tener una mejor perspectiva: ya saben, la gente cree que es mala en matemáticas cuando más bien no se las enseñaron bien.

    Muchos de los videos que observé en el TikTok tienen que ver mucho con esto: un problema de expectativas no satisfechas. Los egresados tenían una idea de que iban a comerse el mundo, que con ese entusiasmo todo iba a darse de forma automática: tuve buenas calificaciones, salí al mercado laboral, le eché ganas y ¡voila! Ya tengo mi empleo-empresa-negocio soñado.

    Pero, evidentemente, esto no va a ocurrir así. Incluso, en un contexto más favorable, las trayectorias profesionales suelen construirse paulatinamente y, como se suele decir, se empieza picando piedra.

    Los egresados se sienten fracasados porque, al no encontrar empleo, tuvieron que ponerse a trabajar en algo que no tenía nada que ver con su carrera porque tenían que sacar para los gastos. Estos egresados, que se encuentran al inicio de una larga trayectoria laboral, sienten que fracasaron como personas y comienzan hasta a dudar de sus capacidades, cuando no es así.

    El problema es que hemos construido una cultura de la inmediatez donde queremos todo ya, y a esto se le agrega que le hemos dicho a las nuevas generaciones que son especiales y merecedoras de todo. Los profesionales se sienten defraudados porque en la facultad tenían muchos dieces y el mercado no se los está recompensando. Aquí hay muchísimos malentendidos que hace que los jóvenes se crean expectativas demasiado altas.

    La realidad es que cuando sales a la vida real te das cuenta que las calificaciones sirven de prácticamente nada.

    Y ojo, no estoy sugiriendo que los estudiantes no se esfuercen en el aula, por el contrario.

    Y mucho menos sugiero que no estudies, como por ahí lo proponen algunos pseudo-gurús.

    Sin embargo, la forma de trascender tiene que ver con la capacidad de crear valor: ya sea a tus clientes, a la empresa para la que trabajas. Por más escaso y más valioso sea aquello que ofreces, mejor recompensado serás.

    Y eso difícilmente se mide con una calificación. Las calificaciones no suelen medir de forma precisa el conocimiento que adquiriste en el aula y, peor aún, menos dicen sobre tu capacidad de aplicar dicho conocimiento a situaciones reales que suelen ser diferentes que incluso las versiones simuladas que se utilizan en las universidades más costosas.

    Además, están las habilidades blandas que suelen subestimarse e incluso ignorarse hasta que uno se da cuenta de cuán necesarias eran. Desarrollar habilidades sociales mínimas para hacer contactos puede marcar una diferencia importante, saber cómo tolerar la frustración y postergar el placer es muy importante, trabajar mientras se estudia también es crucial.

    A 20 años de haber egresado de la facultad, aprendí que la vida profesional suele ser mucho más compleja, llena de matices y vaivenes: en mi caso, de muchos detours.

    ¿Qué le habría dicho mi yo de 40 años a mi yo de 20 años?

    No eres especial. Todos partimos de ser unos don nadie. El ser especial se gana y se construye, y no se le puede exigir al mundo que te trate como tal.

    La trayectoria profesional no es lineal e incluso lo es mucho menos que en los tiempos de nuestros padres: más bien suele ser caótico. Por ello no te aferres a que tu profesión deba ser lineal o deba ajustarse a tus expectativas iniciales, lo más probable es que sea distinto a lo que te imaginabas en un principio.

    Cualquier circunstancia, hasta la menos sospechada, es un aprendizaje. Un egresado de mercadotecnia seguramente se sentirá frustrado porque no encontró trabajo como analista de mercado y tuvo que ponerse a manejar un Uber. Como conductor de Uber aprenderá sobre servicio al cliente que le podrá ser útil en su crecimiento profesional.

    Actualízate constantemente. El aprendizaje no terminó en la universidad. Mantente al tanto de las tendencias de tu profesión: allá afuera hay cursos en línea, diplomados, talleres o hasta maestrías.

    Aprende cosas que no son de tu profesión pero pueden estar relacionadas o pueden crear nichos de valor. Constantemente observo cómo muchos profesionistas se concentran en su profesión como si no hubiera nada más allá, pero son justo los que adquieren otras habilidades que en principio parecen ajenas a su carrera que les terminan dando un perfil único y más escaso que el mercado valora más.

    ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? Y no necesariamente será tu carrera universitaria la que responda esas preguntas sino la experiencia posterior. Si logras descubrir aquello que conteste positivamente estas tres preguntas, estarás en una muy buena posición para impulsarte profesionalmente.

    Contactos, contactos, contactos. Aprende a socializar. No tienes que ser un mirrey antrero ni tienes que fingir que eres extrovertido cuando no lo eres, pero sí debes desarrollar las mínimas habilidades sociales para que puedas conocer gente y crear relaciones. Y esta labor no se limita a las relaciones físicas. Las relaciones virtuales por medio de plataformas como LinkedIn pueden ser un complemento al primer tipo de relaciones.

    Fracasar es normal. Puede pasar que abriste un negocio y quebró, que no diste el ancho en un empleo y te corrieron. Mucha gente suele frustrarse cuando eso pasa, pero es parte de la vida y todo ello es parte del aprendizaje. Permítete fracasar.

    Profesionalidad, ética y esfuerzo. Siempre haz tu mejor esfuerzo, sé una persona honrada, confiable y profesional. A veces, incluso haciendo las cosas bien, los conflictos profesionales, malos entendidos y tragos amargos pueden surgir. Si no haces las cosas bien, tu honor y reputación como profesionista pueden venirse abajo, y en este escenario tener muchos contactos terminará siendo hasta contraproducente porque tu mala fama se propagará con mayor facilidad.

    Es válido cambiar de profesión. Mucha gente teme cambiar de profesión y se aferra neciamente a ella. La realidad es que tendemos a elegir nuestra carrera universitaria cuando todavía no terminamos de saber lo que queremos y es muy posible que la experiencia nos diga que es más conveniente darle por otro lado. Recuerda las preguntas ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? La buena noticia es que haber elegido esa profesión que has decidido dejar no será en vano, incluso podrá ayudar a complementar la nueva profesión que has decidido elegir.

    Imagina que estudiaste mercadotecnia,, y por alguna razón, descubriste que lo tuyo es la creación musical. Bueno, tus conocimientos en mercadotecnia ayudarán a que sepas vender de mejor forma los contenidos que estás creando.

    Piensa a futuro. Muchos jóvenes quieren salir de la carrera con un buen sueldo. Al principio el sueldo es lo menos importante, lo más importante es la experiencia que vas a ganar. Y eso me lleva al siguiente punto.

    Crea valor. De nuevo, parte de las preguntas ¿Qué te gusta hacer? ¿Para qué eres bueno? ¿Y qué de ello es demandado? De ahí, pregúntate, ¿qué puedo ofrecer que la gente o el mercado necesite y que haga de forma especial de tal forma que sea muy valorado? Aunado a ello se suman muchas de las cosas que mencioné, como actualizarte y estudiar constantemente para que sigas siendo igual o más valioso y tratar de crear un perfil único que sea escaso en el mercado. Asimismo, sé una persona honesta y ética en la cual la gente pueda confiar.

    Tu estado mental y físico. Si tienes algún problema que afecta tu salud mental, no dudes en ir a terapia y buscar ayuda. De la misma forma, aliméntate bien, duerme bien y ejercítate constantemente. Eso va a influir sobremanera en tu desempeño profesional. De la misma forma, adquiere el hábito de la lectura (y no tiene que ser literatura afín a tu carrera necesariamente) y busca hobbies: no es nada raro que de los hobbies surjan algunas ideas profesionales.

    Conclusión

    Nadie dijo que la vida ni el crecimiento profesional sería fácil. Es innegable que algunos parten de una posición más privilegiada que otros, es innegable que el contexto socioeconómico ejerce una fuerte influencia sobre nuestras aspiraciones profesionales. Sin embargo, como profesionistas, los individuos siempre tenemos un margen de acción sobre el cual podemos incidir.

    Si tienes poco tiempo en el mundo real y tus expectativas quedaron muy altas, piensa que te falta mucho tiempo como para frustrarte y dudar de tus capacidades, muchas cosas pueden y van a pasar. Si hoy manejas un Uber y ello no te gusta, piensa que no siempre va a ser así, apenas estás iniciando en esto. Mantén siempre la mente abierta.

  • ¡Claudia Sheinbaum tiene miedo!

    ¡Claudia Sheinbaum tiene miedo!

    No la vinieron venir.

    Me explico. López Obrador y los suyos habían logrado construir una narrativa que bien sirvió para acorralar y estigmatizar a la oposición partidista tan débil, acomodaticia y pusilánime. Nosotros el pueblo contra ellos los conservadores y los privilegiados.

    Y vaya que les funcionó muy bien. La oposición partidista cayó una y otra vez en las redes de dicha narrativa.

    La oposición partidista se volvió parasitaria de esa narrativa y sus acciones encajaban muy bien en ella: políticos lejanos de la mayoría de los mexicanos que desconocen y, a veces,, hasta desprecian, que viven dentro de una burbuja, que no tienen ideas ni propuesta. Había sido la oposición ciudadana la que por momentos lograba zafarse de esa dinámica, pero nada más.

    Porque, al final, parte de la misma oposición ciudadana estaba decepcionada de los propios partidos que la decían representar. Vaya, lo siguen estando, los partidos de oposición siguen sumidos en sus propios problemas.

    Pero, de pronto, llegó una candidata llamada Xóchitl Gálvez.

    Desde hace tiempo había pensado que podía ser un perfil interesante y pensaba que debía arriesgarse y dejar lo que era casi seguro (la jefatura de gobierno de la CDMX) para irse por la grande, pero jamás pensé que fuera a sacudir las aguas tanto.

    En mi artículo pasado hablé sobre los atributos que Xóchitl tiene como candidata.

    Una sola candidatura cambió la dinámica en todos los sentidos. En el interior de la coalición muchos aspirantes empezaron a caer como naipes (se bajaron) y Santiago Creel se sintió orillado a pronunciar un discurso exageradamente «emotivo» hasta las lágrimas que más que evocar emoción transmite un potente cringe, pero lo más llamativo fué cómo sacudió las aguas en el oficialismo.

    Posiblemente sea percepción mía, pero a las corcholatas oficialistas (sobre todo a Claudia Sheinbaum) se les percibe muy estresadas y erráticas a raíz del ascenso de Xóchitl. De alguna forma habrían pensado que la contienda interna era una final adelantada, en la cual Claudia se sentía muy aventajada.

    Claudia ya se veía en la grande.

    Y en este contexto, la narrativa oficialista tan exitosa resulta contraproducente, porque el perfil de Xóchitl Gálvez (de rasgos indígenas, que vino desde abajo, de alguna manera outsider y mujer percibida como independiente que tiene gracia, cosa que golpea en especial a Claudia) hace que se vuelva difícil de atrapar en ella. No cae como caía cualquier opositor y si consideramos que su figura ha comenzado a crecer como la espuma, ello ha comenzado a preocupar al régimen, a las corcholatas y, sobre todo, a la propia doctora Claudia Sheinbaum que si de algo adolece es de carisma que Gálvez sí tiene.

    Y si la narrativa había sido exitosa, ahora que no le funciona,, el oficialismo no sabe cómo salir de ella. Se siente que narrativamente se quedaron sin recursos y ello ha hecho que se vean en la necesidad de intensificar su mismo discurso y las teorías de la conspiración que emanan de éste de una forma cada vez más grotesca y ridícula que se escucha cada vez menos creíble y fuera de lugar:

    Como no saben cómo reaccionar y no tienen capacidad de improvisación porque durante años se sujetaron a una misma narrativa como herramienta de ataque que repitieron una y otra vez, los propagandistas, moneros e influencers del régimen han cometido crasos errores como emitir expresiones racistas y clasistas que los han dejado mal parados ante la opinión pública. Los «genios de la comunicación» ya no lo fueron tanto.

    Lo que antes funcionaba ya no les funciona y se encuentran lejos de encontrar la fórmula para neutralizarla.

    Seguramente llevarán a cabo estrategias para tratar de frenarla (sino es que ya las están realizando): por ejemplo, que por medio de terceros busquen asustar al voto conservador recordando los orígenes «marxistas» de Xóchitl o presentándola como algo que no es «diferente» a MORENA para desmotivarlos a ir a votar.

    Como comenté en mi artículo pasado, esto no implica que la oposición deba echar las campanas al vuelo. Esta sigue estando en desventaja porque, a pesar del atractivo de la candidatura de Xóchitl, los partidos políticos de oposición siguen generando poca confianza: por ello es que uno de los atributos de la Senadora es mostrar relativa independencia de la partidocracia opositora.

    Cierto es que Xóchitl no parece ser la favorita de Marko Cortés y posiblemente la tenga que aceptar a regañadientes como el PAN tuvo que «aceptar» a Fox en el 2000.

    También es cierto que la candidatura de Xóchitl podría terminar afectando más la imagen del PAN cuya representatividad ha quedado en la deriva desde hace varios años y que ahora podría abanderar a una candidata que posiblemente esté «algo a la izquierda» de su doctrina, lo cual deje un vacío que pueda ser ocupado por algún movimiento de derecha (no sé si centro-derecha o ultraderecha) en un futuro no tan lejano.

    Y no menos cierta es la escisión que acabamos de ver en el PRI con la salida de Osorio Chong, Eruviel Ávila, Claudia Ruiz Massieu entre otros que debilita al partido y, probablemente, a la coalición.

    No sabemos tampoco si el hype con el que comenzó Xóchitl se vaya a sostener o se vaya a expandir. Mucho depende de las decisiones que ella, sus estrategas de campaña y la coalición en conjunto tomen.

    Y disculpen si soy reiterativo, pero todavía falta mucho. El régimen todavía está en franca situación de ventaja política y electoral (la popularidad del Presidente sigue siendo relativamente alta), además de que falso no es, de acuerdo con la literatura en ciencia política, que el incumbent (quien está en el poder) siempre guarda cierta ventaja frente al opositor dado el acceso a recursos, estructuras y demás. Es más, no sabemos cómo va a reaccionar el poder actual ante una «inminente victoria opositora», no sabemos si aceptará el resultado democráticamente o se aferrará al poder con todo y ejército.

    Y, por último, tendremos que conocer qué es lo que ofrece Xóchitl ya que en este momento no puede hacer propuestas. La oferta política también será importante para consolidar su atractivo como candidata.

    Hay muchas incógnitas, y aunque la oposición está todavía lejos de tener grandes razones para «soñar», lo cierto es que con la irrupción de Xóchitl, la oposición está en una posición algo mejor que la que tenía antes.

  • ¿Es Xóchitl? La primera vez que la oposición logró entusiasmar un poco

    ¿Es Xóchitl? La primera vez que la oposición logró entusiasmar un poco

    ¿Es Xóchitl? La primera vez que la oposición logró entusiasmar un poco

    Hasta hace pocos días, la oposición tenía una cartera variopinta de aspirantes a la candidatura de Va por México: algunos más capaces y otros no tanto, pero ninguno de estos perfiles lograba despertar el más mínimo entusiasmo.

    Pero un político que quiera aspirar por la grande no solo debe ser un buen administrador, técnico, político o representante de la voluntad ciudadana, sino que debe ser un buen candidato. Esto se hace más necesario en tiempos polarizados, donde una figura tibia y pusilánime poco tendrá que hacer ante el vendaval oficialista.

    Hasta la fecha, quien había logrado romper un poco esa dinámica era Lilly Téllez, quien se bajó de la contienda aduciendo graves defectos en el proceso (posiblemente no carezca de razón en ese sentido). Como expliqué hace algunos días, ella había logrado construir un discurso un tanto más consistente, pero poco más. La senadora lograba atraer los reflectores cuando hacía algún comentario polémico, pero como que después se apagaba. Por momentos quería ser polémica a la Trump para luego querer presentarse como una Merkel que no iba a dar marcha atrás a los avances sociales aunque no estuviese de acuerdo con ellos.

    Pero, de la nada, surgió Xóchitl Gálvez, quien parecía autodescartada porque sus aspiraciones estaban en la CDMX. En solo dos días, logró generar un entusiasmo mayor al de todas las candidaturas juntas. De pronto, al ver este sorprendente ascenso, varios se bajaron.

    No estoy hablando, claro está, de un entusiasmo del tamaño que generaron el Maquío Clouthier o Vicente Fox en su tiempo, pero sí de uno suficiente como para mostrarse más competitiva que el resto de los candidatos.

    Las encuestas inmediatamente la pusieron como la mejor posicionada de la oposición. La gente comenzó a hablar de ella, su presencia comenzó a generar nervio en el oficialismo, el cual se expresó por los ataques de los bots e influencers orgánicos del régimen.

    Algo se movió.

    Es curioso, porque aunque milita en el PAN, Xóchitl es más bien de izquierda: una, claro está, diferente a la típica izquierda latinoamericana que profesa la 4T: una más bien de avanzada, moderada, más inclinada a la socialdemocracia y a los valores de la democracia liberal. A pesar de que se le ubique, como al régimen, en el lado izquierdo del espectro político, Xóchitl tiene con qué contrastar con el régimen: sobre todo, tiene con qué contrastar con aquellos rasgos que los opositores deploran más del régimen.

    La concepción de Gálvez sobre la realidad política y económica, así como su historia de vida, bien puede servirle para persuadir a parte de la derecha económica. Su historia de vida le permite tejer una historia de mérito, de alguien que empezó desde abajo. A su vez, su presencia es incómoda para la narrativa oficialista porque ella tiene orígenes indígenas y nació en la pobreza: no la pueden llamar fifí ni privilegiada. Ella no es un «animalito al que hay que cuidar» (como diría AMLO) sino uno más fuerte y aguerrido que se valió por sí mismo.

    Su izquierda no cree en el paternalismo ni en el Estado que abarca y dirige todo, sino más bien en una concepción un tanto más rawlsiana donde el tema consiste en dotar de oportunidades y capacidades al individuo para que pueda salir adelante por sí mismo. Ello le puede permitir situarse más cerca del votante mediano: puede darle más razones a los arrepentidos de haber votado por AMLO y a los jóvenes (que votan menos y están desencantados del sistema político) de darle su voto en tanto que puede conservar a aquellas personas un tanto más conservadoras que están más movilizadas contra el régimen y que salen a votar en masa cada que hay oportunidad.

    Por último, a pesar de militar en el PAN, se le percibe como una outsider (rasgo que también compartía Lilly Téllez). Gálvez está menos manchada del descrédito partidista que los insiders como Santiago Creel o Alito Moreno.

    Esto la convierte en una candidata más atractiva que el resto: claro está, ello no garantiza desde luego la victoria ni tampoco que haga una buena presidencia si llega al poder.

    Porque siendo realistas, la distancia entre una candidata que por fín generó cierto entusiasmo de quien todavía no conocemos el desarrollo que va a tener a una que logre dar la campanada y derrotar a MORENA sigue habiendo una gran distancia. Sería un gravísimo error caer en chaquetas mentales y echar las campanas al vuelo. Podría ser un buen inicio, pero hace falta un gran camino por recorrer.

    La oposición sigue estando en franca desventaja y las probabilidades de que MORENA repita en la presidencia siguen siendo muy grandes. No sabemos qué desarrollo vaya a tener la figura de Xóchitl. No sabemos si se va a consolidar como «la candidata» o va a quedar en un mero entusiasmo inicial.

    También habría que notar que este entusiasmo se expresó mayoritariamente en redes sociales y espacios de opinión, los cuales no representan a la sociedad por completo. ¿Existirá este entusiasmo fuera de estos lugares? ¿Se replicará ahí? ¿O es que las redes nos están creando una percepción falsa o sesgada? Con el tiempo lo iremos descubriendo.

    Lo que sabemos es que ha empezado bien, con spots que se comparten en redes y dan de qué hablar, de una reacción importante en medios y hasta en el oficialismo que ningún otro precandidato había podido presumir.

    ¿Es Xóchitl? Lo sabremos con el tiempo. Sin embargo, las señales parecieran indicar que sí.