Autor: Cerebro

  • ¿Cómo vender humo y hacerte rico?

    ¿Cómo vender humo y hacerte rico?

    En algún momento no muy lejano, emergió una suerte de cultura del emprendimiento cuyo relato nos decía que no teníamos que conformarnos con ser empleados y que el emprender podía ser una buena alternativa para quienes no gustaran de esa cultura godínez de 9-7 (más las horas extras impagas).

    Hacía sentido, porque ante un mercado cada vez más dinámico que ya no garantizaba desarrollar una carrera de por vida en una corporación (algo que Alvin Toffler presagió muy bien) , el emprendimiento surgio como una buena opción incluso para crear nuevas empresas que significaran un cambio de valores y de enfoque con respecto del empresariado tradicional; uno que tuviera ese espíritu más global, más competitivo y que estuviera abierto a la innovación. El Internet y una sociedad más globalizada le dieron al individuo más herramientas para poder emprender como no habría podido hacerlo antes.

    Pero con esta nueva cultura también llegaron los «trepadores», aquellos que vieron en la mera narrativa emprendedora un modelo de negocio. La narrativa (o más bien su perversión) era el producto en sí, y el mercado potencial eran aquellas personas que querían ganar dinero y querían «emanciparse» del godinato. Ya no era necesario hablar del materialismo dialéctico histórico para explicar cómo es que el trabajador iba a romper con sus cadenas, mucho menos hacer revoluciones, bastaba con que te convirtieras en un emprendedor para liberarte de ellas.

    Si hace poco más de un siglo se hablaba del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, el «Padre Rico, Padre Pobre» de Kiyosaki parecería convertirse en su análogo del siglo XXI (sin intención de ninguna manera de demeritar todo el trabajo de Marx y Engels ni mucho menos de bajarlos tanto de nivel), ya que gracias a esta obra se comenzó a propagar esta narrativa del emprendimiento como una forma de emancipación del empleo tradicional. Pero mientras que los marxistas vieron en la burguesía al enemigo que tenían que liquidar, el kiyosakismo apuntó al empleado en sí, aquel que iba a la escuela para después buscar un trabajo.

    Esta perversión de la narrativa emprendedora terminó progresivamente ridiculizando al empleado (y de paso a la educación formal), pero en realidad ofrecía poco a cambio: consigue un mentor, independízate, piensa en una cifra grande, en el Lamborghini, adquiere educación financiera (muchas veces sin reparar en los métodos) y «piensa positivo». Se enfocaron en polarizar el mundo profesional haciendo una marcada distinción entre los emprendedores (exitosos) y los empleados (perdedores). Culparon a los empleos y a la educación tradicional casi sin reparar la indispensable función que tiene dentro de la sociedad. Pero ni Marx habría sido tan ingenuo como para pensar que una sociedad con emprendedores y sin empleados podría sostenerse.

    En este contexto presentamos a Carlos Muñoz, una suerte de coach o influencer neokiyosakiano quien, al parecer, ha hecho un muy buen negocio a través de la propagación de esta narrativa emprendedora.

    La venta de una narrativa como producto de consumo, en tanto esta no esté acompañada de una metodología muy clara, termina ofreciendo algo muy estéril. Pero para Carlos Muñoz y sus pares lo importante no es el producto (prácticamente inexistente), sino el mensaje, el simbolismo, el discurso aspiracional. Seguramente Carlos Muñoz, al igual que muchos de sus pares, ha hecho un mayor esfuerzo y una mayor inversión en el símbolo que en el producto en sí. Importan más sus trajes extravagantes, su speech (es muy malhablado, lo cual en este contexto puede ser una ventaja, ya que se le puede percibir como una persona más directa u honesta, e incluso la arrogancia puede jugar a su favor dentro de su nicho de mercado). Básicamente se presenta como el individuo que los clientes que componen su nicho quisieran llegar a ser: una persona adinerada, exitosa, arrogante, que tiene cierto poder, que puede romper barreras y puede hacer básicamente lo que sea. Básicamente propone una visión muy nihilista y amoral de lo que debe de ser el acaparamiento (y no tanto creación) de la riqueza.

    La estrategia de polarización que utiliza ayuda mucho a su causa. Básicamente se trata de la versión análoga del político demagogo pero en el sector privado, y no dudo que haya aprendido algo de los demagogos y la forma en que manipulan a las masas: Carlos Muñoz insiste en la división entre los grandes emprendedores y los pobres y perdedores empleados (a quien llama nacos en más de una ocasión). Constantemente se refiere a sus críticos como sus haters para así estigmatizarlos: «Ellos son unos pobres perdedores, en cambio tú y yo somos unos emprendedores chingones y ganadores«. Pareciera un discurso del pueblo bueno y las élites malas y corrompidas pero a la inversa.

    Pero si la estrategia de venta podría parecer casi impecable (tiene un número de seguidores nada despreciable), cuando nos asomamos a ver el producto otro gallo es el que canta. Básicamente se trata de desinformación. Tomemos este video por ejemplo.

    El mensaje inicial es igual de enérgico y contundente que erróneo: «las universidades son una mierda», dice nuestro amigo. Afirma que lo son básicamente porque los maestros que la componen no son emprendedores sino empleados con un sueldo mediocre. Luego presume que tiene dos carreras. ¿Y entonces si las universidades son una mierda, por qué demonios estudió dos carreras?

    Su sugerencia es que todos los maestros deberían ser emprendedores. Carlos Muñoz evidentemente no conoce siquiera cuál es la función de una universidad en una sociedad. No creo que Marx hubiera sido tan ingenuo como para afirmar que una sociedad compuesta con puros emprendedores y sin empleados podría llevarse a cabo.

    Carlos Muñoz ignora, deliberadamente, otra cuestión: no todas las personas quieren ser emprendedoras, no todas las personas tienen la capacidad ni la personalidad para ser emprendedoras, y no todas las personas se sienten autorrealizadas por medio del emprendimiento. Hay gente que es empleada y que es feliz con su trabajo, que se siente satisfecha con el ingreso que tiene, y ello no tiene nada de malo.

    Sí es importante fomentar el emprendimiento, pero no es para cualquiera. Para que una sociedad funcione también se necesitan empleados, profesores y profesionistas que juegan un papel igual de valioso en la sociedad.

    Pero Carlos Muñoz sabe lo que hace, porque no está vendiendo un producto que funcione, está vendiendo humo. Lo que importa no es el producto, son las emociones: se trata de estimular a la gente que desea ser rica, que quiere sentirse parte de una élite que está por encima de las personas comunes y corrientes. Lo importante es hacer la distinción: «Ellos son unos pobres losers que van a la universidad compuesta por perdedores, pero en cambio tú, que pagas mis conferencias a precios exorbitantes, eres un ser superior, que puede tener su coche de lujo, que puede ser millonario». Es esa distinción el producto de venta, es esa distinción la que le da likes y la que anima a más de uno a pagar hasta decenas de miles de pesos por conferencias que está compuesta, sí, de más palabrería que apela a las emociones.

    Lo peor del caso es que dentro de su discurso no hay un método tangible que ayude a la gente a emprender. Carlos Muñoz apenas se ha molestado en recopilar consejos que encuentra en la literatura afín. Para poner un ejemplo preciso de esto busqué un video que tiene relación con el que ha sido mi profesión durante varios años (desarrollo web):

    El video es un tanto penoso porque digamos que lo que ha dice lo ha sabido cualquier agencia de desarrollo web, freelancers y cualquier persona que está en el medio sabe desde hace más de 10 años, pero Carlos Muñoz lo vende como algo novedoso, y lo busca transmitir con la edición del video (donde evidentemente puso la mayor parte de su esfuerzo y su inversión). Ni siquiera te dice como hacerlo, no te ofrece ningún método ni literatura de referencia alguna (que vaya que en Internet hay mucha al respecto). Pero, de nuevo, lo importante no es el contenido, es la emoción a la que apela, es la forma en la que él se quiere vender para que lo percibas como un referente a quien seguir.

    Carlos Muñoz estigmatiza y ridiculiza tanto a los empleados como a la educación formal. Pero dice haber estudiado dos carreras y tiene empleados que le ayudan a que su negocio funcione.

    Si uno escarba en los videos puede encontrarse con lo mismo: una producción cara y casi impecable, un discurso bien pensado e incluso una vestimenta arrebatadora (que a mí me parece de mal gusto pero que posiblemente funciona con su nicho de mercado). Pero no ofrece nada nuevo (bueno, aquí se tardó 10 años), te dice cosas que ya se han dicho una y otra vez, pero con una sofisticación tal que al ingenuo le podría parecer algo novedoso. ¿Por qué podría esperar que una conferencia suya, de esas que vende tan caro, me dé las herramientas que necesito para ser un emprendedor, si en sus videos no me ofrece nada nuevo ni nada que no se haya dicho ya? Luego también difunde ideas que pueden ser fácilmente refutadas por un estudiante de primer semestre de economía:

    Se trata de un vendedor de humo que embauca a sus empleados vendiéndoles emociones y aspiraciones, pero sin decirles en lo absoluto cómo hacerle. Tan no lo sabe que se limita, como ya había dicho, a recopilar información y consejos que está disponible desde hace tiempo, que pareciera que en algunos casos ni siquiera domina bien, pero la cual ofrece con una sofisticación tal que más de uno puede salir engañado.

    Para emprender es importante especializarte en aquello en lo que quieres aprender, y en muchas ocasiones los estudios y la educación continua serán muy útiles. Los trepadores del emprendimiento nunca te insistirán en ello ni te dirán que gran parte del éxito reside en ello.

    Me atrevo a decir que Carlos Muñoz es el estereotipo claro de esta corriente pseudoemprendedora que ha logrado crear toda una cultura que solo enriquece a quienes han sabido cómo venderla y que poco beneficia a sus clientes, quienes tal vez solo podrán aspirar a salir de sus talleres emocionados e inspirados.

    ¿Y qué tal si estoy equivocado? ¿Y qué tal si se está reservando todo para las magistrales conferencias que imparte? Bueno, pues basta ver una cápsula de una de ellas para darme cuenta de la misma constante:

    Y nos topamos con lo mismo. Cualquier persona con conocimientos básicos en Youtube sabe que los videos cortos funcionan mejor. ¡Todos los pinches influencers lo saben! Lo peor es que, si bien Carlos Muñoz acierta al decir que los videos en general no deben de ser de una duración muy larga y que en Facebook deben, en general, durar menos, ni siquiera entiende exactamente por qué. Pero tiene la osadía de utilizar como referencia un estudio de consumo en Internet ¡del 2012! En el cual el usuario pasa 34 minutos al día en Internet (lo cual seguramente ha cambiado mucho). Ignora también que el número de minutos puede variar de acuerdo al tipo de contenido. Por ejemplo, él dice que en Youtube un video debe durar 420 segundos (7 minutos), lo cual suena sensato para cierto tipo de contenidos, pero muchos influencers pueden darse el lujo de hacer videos de 10 a 15 minutos en Youtube y funcionan muy bien. El problema es que él ni siquiera toma esto al pie de la letra porque sus videos en todas las redes sociales ¡duran lo mismo!

    Luego es cómico porque dice que muchos haters lo juzgan por los videos que hace, que le dicen que está vendiendo humo, que lo están juzgando solo por sus videos y que no conocen todo lo que ha hecho. Pero es fácil dilucidar que nuestro querido Carlos Muñoz entonces tiene problemas de comunicación graves. ¿Por qué si su modelo funciona tiene tantos haters? Y si su respuesta es que no conocen todo lo que ha hecho y todos los libros que ha publicado, entonces es que Carlos ha fallado en su estrategia de comunicación para que la gente sepa realmente quien es. Y en lugar de preocuparse por eso, se limita a estigmatizar a la gran cantidad de haters que tiene señalándolos como perdedores. Ya ni que decir de su pésima analogía al afirmar que «The Avengers estuvo de la verga» porque duró mucho, afirmación con la que seguramente discrepan muchísimas personas que fueron a ver la película.

    La mayoría de los emprendedores tienen éxito porque tuvieron una gran idea que supieron desarrollar y que los apasionó. Los trepadores del emprendimiento, por el contrario, insiste en que te fijes en el dinero y en los autos deportivos.

    Si Carlos Muñoz ve este artículo, posiblemente diga que está muy largo, posiblemente diga que soy un hater más, que no soy un emprendedor millonario como él y por tanto diría «no sé del pedo». Pero el problema es que él tampoco lo sabe, su éxito reside en saber vender algo que no sabe bien siquiera como funciona. Su éxito es venderse él como marca para apelar a un nicho de mercado nihilista que su máxima aspiración es acaparar dinero por acapararlo.

    Tal vez alguno más diga que le estamos dando importancia y difusión a este tipo de personajes. El problema es que si para algo son buenos es para difundirse y propagarse en las redes (eso es lo único que les importa porque es lo que les da dinero), y en este sentido me parece importante decir las cosas tal y como son.

  • Ocio o barbarie

    Ocio o barbarie

    Ocio o barbarie

    ¿Qué te viene a la mente cuando alguien menciona la palabra ocio? Posiblemente asocies el término con conceptos como: flojera, improductividad, pérdida de tiempo. Esto porque en nuestra cultura de la producción se ha demonizado el concepto, porque no genera riqueza y porque se considera que el ser humano más útil es el que produce más. Al ocio se le recluye y solo se le da permiso de existir cuando tiene la función de descansar al cuerpo y la mente para volverse a incorporar a la vida productiva (como parte del proceso productivo y no como algo ajeno a ello).

    Con la Revolución industrial, como bien decía Hannah Arendt, el ser humano pasó de ser aquel homo faber que fabricaba sus propios productos y los hacía suyos (cuyas reminiscencias podemos ver en los artesanos o en algunos artistas) al animal laborans que ya no hace sus propios productos, sino que tan solo forma parte de una cadena productiva. Así, al ser humano se le despojó ese sentimiento de trascendencia a través de su labor. Además, tenía prohibido quedarse a contemplar porque eso le significaba prácticamente la muerte (vita contemplativa) ya que tenía que utilizar el mayor tiempo posible para poder adquirir los recursos necesarios para sobrevivir. Fue en esta transición cuando se manifestaron los descontentos dentro del sector obrero, que derivó en los sindicatos y en la misma obra de Karl Marx.

    Todos sabemos que el propio capitalismo rebasó la cruda realidad descrita por Marx (dejando algunas de sus tesis obsoletas) a través de muchos de los derechos ganados por las luchas sindicales y por las concesiones que el capitalismo le hizo al sector obrero para evitar que la sociedad cayera en las garras del comunismo o de alguna corriente radical que amenazara seriamente los intereses de los propios capitalistas.

    También cambió la naturaleza del trabajo (al menos en las clases medias), sobre todo con el advenimiento de la sociedad del conocimiento. Me atrevo a decir que retomó (de forma meramente parcial) algunas de las características del homo faber y en menor medida de lo que Hannah Arendt llamaba vita contemplativa. Por una parte, el ser humano sigue formando parte de un proceso más grande que su propia actividad, pero también hay un cierto esfuerzo para que su trabajo tenga más significado (lo cual no siempre sucede, de ahí a que no sea poca la gente que dice no disfrutar de su trabajo), ya sea por mecanismos que utilizan las empresas para motivar a los empleados y reconocerles, porque la labor de un individuo esté estrechamente ligada con la profesión que eligió y que le apasiona, o porque puede, en algunos casos, ver su creatividad plasmada en algo tangible (aunque solo forme parte de un proceso).

    El animal laborans moderno sigue siendo, en sentido estricto, parte de un proceso, e incluso la labor de muchos de los llamados trabajadores independientes (autoempleados, freelancers e incluso muchos emprendedores) sirve no como fin en sí mismo, sino que se integra a uno o varios procesos. Así, un contador independiente hace servicios indispensables para que procesos de varias compañías funcionen, o un desarrollador web desarrolla sitios que son parte del proceso de producción y ventas de varias compañías. A diferencia del animal laborans tradicional, del que se sirvió Marx para desarrollar sus conceptos de alienación y plusvalía, el animal laborans moderno encuentra en el trabajo no solo un mecanismo de supervivencia, sino también de trascendencia.

    Es evidente que el progreso es significativo. Si bien este no ha sido uniforme (basta comparar el tipo de empleos de la gente de clases altas y medias a la de las clases bajas que se parece un poco más al animal laborans tradicional) debe reconocerse que las condiciones de trabajo han mejorado significativamente tanto en lo cuantitativo (horas de trabajo e ingresos) como en lo cualitativo si lo comparamos con los trabajos del siglo XIX que inspiraron a Marx a escribir su obra. Pero concuerdo con aquellas voces que dicen que la esencia de los seres humanos no debería limitarse tan solo a la realización personal a través de la integración a estos procesos productivos.

    Es aquí donde viene la importancia del ocio como algo más valioso que el mero descanso del cuerpo y la mente (que visto como tal, sería tan solo una función más del animal laborans), uno que le dé mayor significado a nuestras vidas y nos termine de autorrealizar como seres humanos.

    Esto implica redefinir el término, o más bien, limpiarlo de los conceptos viciados que le hemos adjudicado. El ocio no puede ser visto como parte del proceso productivo, como parte de la mera rutina: como los tradicionales viernes de ir al bar con los colegas a hablar de trabajo, ni como una forma de evadir la realidad. Contrario a la definición que muchas veces se le ha dado (no seas ocioso, dicen), no significa no hacer absolutamente nada, no significa quedarse tirado en la cama, sino se trata de darle al cuerpo y a la mente esa posibilidad de emanciparse temporalmente del proceso productivo al que está atado.

    Evadir la realidad (ser parte de un proceso productivo) no es lo mismo que emanciparse del proceso productivo. La evasión implica su negación, pero el individuo sigue estando atado a ese proceso, porque sus actividades fuera de las horas laborales están condicionadas por el mismo proceso (sale a beber o juega videojuegos para huir de la pesadumbre del trabajo, para después odiar los lunes). La emancipación es la capacidad de salirse de ella de tal forma que el ocio mismo no esté determinado por el proceso productivo.

    El ocio, en este sentido, significa que la gente tenga la posibilidad de contemplar (a través de la lectura, de las artes), de meditar, de caminar, de pensar, de convivir con la familia y los amigos, de practicar un deporte como hobby (y no solo con el fin de mantener un cuerpo más sano y apto para el proceso productivo del cual es parte), de tal forma que el ser humano pueda vivir de forma más plena, donde el proceso productivo del cual es parte sea «parte de su vida» y no «su vida».

    Dicho esto, habría que preguntarnos si el tiempo que asignamos para el ocio es suficiente, si la manera que vivimos el ocio es la adecuada, si los seres humanos tenemos la capacidad de emanciparnos de ese proceso productivo al que pertenecemos de tal forma que nuestra vida tenga un significado que vaya más allá de ese proceso y que no sea absorbida por éste.

    El ocio es ignorado porque estamos ya muy acostumbrados pensar en términos de productividad. Pero tal vez habría que colocar dicho concepto en una dimensión real, en aquella donde es un medio y no un fin en sí mismo. La productividad debe servir al ser humano, no a la inversa. Es decir, que éste sea una mera herramienta que sirve a aquella. Tal vez sea hora de concebir al ser humano como algo más que un mero ente del cual esperamos que produzca rendimientos.

    El ocio no debe de verse como un defecto, sino como un espacio en el que el ser humano pueda ejercer su libertad e independencia. Por ello es importante hablar del derecho al ocio.

  • La voz de Doña Beatriz

    La voz de Doña Beatriz

    La voz de Doña Beatriz

    En los viejos tiempos, la única alternativa a la patadita de Raúl Velasco para poder tener los reflectores encima era tener una posición de privilegio en el poder, como bien lo sabía Carmen Romano, la esposa de José López Portillo.

    En el 2012 yo había pensado que Beatriz Gutiérrez Müller sería un activo en favor de López Obrador. Una señora que ciertamente goza de cierta cultura y que parecía de carácter templado contrastaba con La Gaviota, una actriz frívola de la cual muchos pensamos que devaluaría y hasta denigraría la figura presidencial hasta convertirla en un circo. Afortunadamente, a excepción de su lamentable video recriminándonos a todos por criticar el asunto de la Casa Blanca, mantuvo un perfil muy bajo. Mi tesis era esa: que en cuestión de primeras damas, Müller sería un activo en favor de AMLO, en tanto que la Gaviota sería un problema para el gobierno de Peña Nieto.

    Pero parece que me he equivocado. No porque niegue que Beatriz goce de cierta cultura, sino porque, en lugar de que desde su posición de poder hiciera algo para impulsar la cultura en el país, ha aprovechado ese privilegio para promocionarse ella misma como una mujer culta e intelectual. No solo se trata de la exposición que le da el mero hecho de ser la esposa del Presidente de la República, sino que ha echado mano de las instituciones para promocionarse. No se puede explicar de otra forma que Notimex, la agencia de noticias del gobierno, haya presumido los views que lleva su video en Youtube con Tania Libertad y Armando Manzanero.

    La verdad es que eso de la cantada no se le da a nuestra querida Beatriz, en el video que tanto ha presumido (en Youtube y Spotify) desafina más de una vez. Tal vez esto pueda sonar frívolo e irrelevante, pero no lo suena tanto si tomamos en cuenta que en México hay cantantes mucho mejores que tal vez se vean afectados por los recortes de su gobierno a Cultura.

    Las pretensiones de Beatriz Gutiérrez Müller, quien también se dio el lujo de publicar un libro en el que el Presidente López Obrador escribió el prólogo, me recuerdan al sexenio de López Portillo y, en cierta medida, al sexenio de Vicente Fox (aunque Martha Sahagún no pretendía destacar intelectualmente) donde las primeras damas aprovechaban su postura de privilegio para beneficiarse a sí mismas.

    No es que una primera dama se deba «quedar calladita» como decía Margarita Zavala e incluso no me parece nada mal que tengan un papel más activo como el que tuvo Michelle Obama dentro de la presidencia de Barack, pero sí me parece criticable que aproveche su posición de privilegio para beneficiarse personalmente.

    Y ciertamente, Michelle Obama escribió un libro en 2012 cuando Barack era Presidente de los Estados Unidos, pero este estaba relacionado íntimamente con su papel de Primera Dama en la Casa Blanca. En cambio, en el caso de Beatriz, sí hay una pretensión que va más allá de la Presidencia y de su papel, que usa a las instituciones (a diferencia de Michelle), y que tiene que ver la autopromoción de su persona.

    Está bien que Beatriz quiera promocionar la cultura y poner su conocimiento y capacidades al servicio de los ciudadanos, pero debe saber que la tarea de una Primera Dama (o un Primer Caballero en caso de que el presidente sea mujer), al igual que la del Presidente de la República: debería ir encaminada al beneficio de los gobernados, no al de su persona, y menos cuando se utilizan a las instituciones o recursos públicos para ese fin.

  • Un análisis de la política de Game of Thrones

    Un análisis de la política de Game of Thrones

    La política en Game of Thrones
    Foto: Entertainment Weekly

    Game of Thrones es una de las series más exitosas de todos los tiempos, y tiene razones de peso para serlo: básicamente es una recreación muy realista de la condición humana de la Edad Media. Con todo y los elementos fantásticos que le añaden a la serie como los dragones, los white walkers y demás, expresa de mucho mejor forma dicha condición humana que muchas películas que han tratado de abordar la época desde una perspectiva meramente histórica.

    Y es debido a este realismo que vale la pena hacer un análisis de la política de Game of Thrones, que refleja mucho de la condición humana y que nos ayuda a entender nuestra naturaleza como seres humanos.

    Un gran acierto de la serie y que le da una dosis de realismo es su negativa a polarizar a los personajes en héroes y villanos, polarización que en la vida real suele tener meras funciones retóricas e ignora la complejidad de las dinámicas sociales. Si bien, uno puede concluir que los Stark tienden a ser los buenos y los Lannister los malos, tampoco puede concluir que los Stark son siempre incorrompibles o que los Lannister son malos del todo. Daenerys Targaryen, quien sería una de las «heroínas» de la trama, muestra algunos rasgos que se balancean entre el heroísmo y la ambición desmedida típica de los políticos carismáticos. En algún momento, Sansa se deja arrastrar por su ambición, lo cual le trae consecuencias nefastas como esposa de Joffrey y después de Ramsay Bolton. De la misma forma, podemos ver que Cersei Lannister, quien sería una de las villanas, puede mostrar algunos rasgos de humanismo y compasión (tal vez los únicos dos personajes de quienes no se podría decir eso son el sádico Ramsay Bolton y Joffrey, cuyo personaje fue inspirado en Calígula). Y no sin olvidar a todos aquellos personajes que mantienen una postura muy ambigua tal que es difícil clasificarlos en «buenos» o «malos».

    Esta ambigüedad, que tampoco es lo suficientemente excesiva como para que el espectador no pueda tomar partido, es lo que hace atractiva a esta serie y la separa de las obras del montón. Nos muestra que los seres humanos, por más míticos puedan aparentar, son imperfectos y vulnerables. Más que nada, Game of Thrones habla de la condición humana en su lucha por el poder y por tener el control de lo público y lo político, es el ser humano en acción, como diría Hannah Arendt, y que está representado en el trono de hierro.

    Otro gran acierto de la serie, y que ayuda a desmitificar ese romanticismo que la industria del cine le ha dado a la era medieval con los castillos y las princesas, es que nos muestra a un ser humano mucho más violento que el que conocemos actualmente: sangre por doquier, descabezados, batallas sangrientas por el honor, traiciones que cuestan vidas. En este contexto aplica muy bien la frase de Clausewitz en su libro De la Guerra quien decía que «la guerra es la continuación de la política por otros medios». Básicamente, la violencia y la política están íntimamente ligadas y rara vez hay una desconexión entre ambas, la guerra es el medio más típico para resolver diferentes políticas. En este sentido podemos reconocer los avances que nuestra especie, que en general es mucho menos violenta que la que narra la serie (y que es un retrato casi fiel de la sociedad medieval), ha hecho a través de la historia.

    Podemos ver también varios tipos de liderazgos en la serie y que explican mucho de la forma de hacer política, desde aquel que apela mucho a las narrativas, a los símbolos y que tiene un tufo mesiánico como el de Daenerys Targaryen (quien desea acabar con la esclavitud y detener la «rueda de conflictos»), hasta otro más heróico como el de Jon Snow, un hombre que si bien no es sumamente inteligente es capaz de ponerse en riesgo cuando sea necesario. No sin olvidar aquel generalmente bienintencionado pero pragmático y calculador como el de Tyrion Lannister, al que se suma otro igualmente pragmático pero malévolo y despiadado como el de Littlefinger (su conversación con Varys en la que dice que el caos es una escalera es épico), o el de Cersei, que si bien trata de ser despiadado, puede sucumbir ante los vaivenes emocionales y sin olvidar otro tipo de liderazgos más intelectuales como los de Varys, quien sin tener que pelear nunca, puede influir en el curso de los acontecimientos. Y no está de más mencionar el liderazgo del valiente Samwell (quien sí está dispuesto a pelear a pesar de su complexión física) quien con su conocimientos y análisis es capaz de influir sobre Jon Snow, el de Sansa, que está basado muy en su carácter, que forjó a partir del dolor que sufrió producto de sus malas decisiones iniciales.

    Esa negativa a polarizar la trama en meros héroes y villanos es la que le da permiso a la serie de recrear el pragmatismo inherente a la política y la separa de cualquier obra del montón. Después de una cruenta batalla con los wildlings en el muro de hielo en la que vencen, Jon Snow llega a la conclusión de que tiene que tejer una alianza con ellos para poder vencer a rivales superiores (incluso intenta hacer lo mismo con la Casa Lannister para combatir con los white walkers), algo muy parecido a la alianza que tejieron Churchill y Roosevelt con Stalin para vencer la gran amenaza que representaba la Alemania Nazi de Adolf Hitler. En Game of Thrones podemos ver en general una política muy calculadora y pragmática, más realista y honesta. Mas que aquella idealista y mítica típica de cualquier obra hollywoodense.

    Game of Thrones también acierta al mostrarnos que en la vida real los buenos no siempre son premiados y los malos no siempre sucumben. La boda roja de la temporada 3 fue difícil de digerir por parte de los espectadores, la forma en que Robb Stark, su amada y su madre eran asesinados sin piedad provocó angustia en muchos (aunque eso dio pie para una muy dulce venganza perpetrada por Arya algunas temporadas después). Incluso, en el tiempo en que escribo este texto (apenas ha salido el segundo episodio de la octava temporada) muchos no están seguros si los buenos se quedarán en el trono, que tal vez el mal vencerá, algunos dicen que los white walkers no han sido bien comprendidos y que tal vez no sean tan malos como pensamos. Vaya, hay muchas teorías producto de una serie que se esmeró en mostrar la condición humana tal como es, una muy compleja que no puede resumirse en dicotomías.

    Y para concluir, no está demás advertir de los reacomodos políticos en toda la serie que le dan otra dosis de realismo, los cambios de bando (Tyrion Lannister o Theon Greyjoy) son un ejemplo de ello. Tampoco las recreaciones de las batallas donde los productores parecen haber estudiado bien sobre estrategias y tácticas de guerra. La fantasía, paradójicamente, le da aún más realismo a la serie. La serie no se burla de las supersticiones de los medievales, sino que las muestra como la sociedad medieval las veía y las vivía, como algo que consideraban cierto. Incluso la conflictiva relación entre Iglesia – Estado que existió en parte de era medieval queda impresa en el conflicto de los Lannister y High Sparrow, líder de la religión dominante (High Septon) a quien Cersei empoderó hasta volverse un problema y verse en la necesidad de hacer explotar su templo.

    Game of Thrones es, al final del día, una serie de entretenimiento. Pero es lo suficientemente buena como para poder sacar conclusiones muy interesantes sobre la política medieval y la condición humana. Este es uno de sus más grandes éxitos y una de las razones por las cuales se ha convertido en una de las series más importantes y épicas de la historia.

  • La interseccionalidad y la persecusión a los cristianos

    La interseccionalidad y la persecusión a los cristianos

    La interseccionalidad y la persecusión a los cristianos
    Ilustración de Leonard Beard

    La interseccionalidad es un enfoque acuñado por Kimberlé Williams Crenshaw, según el cual todo el ser humano puede tener algún privilegio que lo sitúa como un opresor o no tenerlo, lo cual lo sitúa como un ser oprimido, y de ahí se desprenden diversas categorizaciones binarias para señalar dichos privilegios: «blanco vs negro», «heterosexual vs homosexual», «rico vs pobre», «hombre vs mujer». Este enfoque es utilizado dentro de sectores radicales del feminismo y de otras causas como la lucha racial. La apuesta es deconstruir, muy a la derridiana, estas categorizaciones para acabar con dicha opresión.

    El problema de este enfoque es que asume a priori que en absolutamente todos los casos quien encuentra dentro de la condición «dominante» de esa categorización adquiere un status de privilegio. Así, la intereseccionalidad es incapaz de ver la complejidad de estas relaciones. Por ejemplo, este enfoque no tiene la capacidad de decirnos por qué Oprah Winfrey (mujer afroamericana) se encuentra en una posición más privilegiada que un hombre blanco que perdió su trabajo, de esos que votaron por Trump (y quien tiene más «privilegios» que Oprah).

    La interseccionalidad también opera dentro del terreno religioso. Se considera que en Occidente la religión dominante es el cristianismo, de lo que se desprende que mantiene una condición de opresor frente otras religiones que no son dominantes como el Islam, y que en este caso se le considera como el oprimido. Esto lleva a muchas contradicciones, en especial que un occidental no pueda criticar el machismo inherente a la religión islámica porque, al estar opinando desde su privilegio, está teniendo una actitud «islamofóbica».

    Con los lamentables atentados en Sri Lanka contra los cristianos nos podemos dar cuenta de las falencias de este enfoque. Esos cristianos no vivían en una condición de privilegio; al contrario, ello explica que hayan sido asesinados. Pero como en Occidente el cristianismo es el dominante, entonces para algunos de los defensores de este enfoque, es políticamente incorrecto defender a los cristianos que fueron producto de estos asesinatos y apelarán a los privilegios históricos del cristianismo.

    Mucho se le debe a la interseccionalidad el hecho de que en Occidente esté de moda culpar al cristianismo de todos los males (aún por los errores que sus iglesias cometieron hace ya varios siglos) porque al ser la religión dominante entonces se le considera opresora y, por el contrario, abrazan con los brazos abiertos a todos los musulmanes, simplemente porque, al ser minoritarios, se encuentran en una condición de oprimidos, pasando por alto las atrocidades que varias organizaciones islámicas (como el Estado Islámico o Al-Qaeda) han llegado a hacer, de las cuales ciertamente no son culpables la mayoría de los musulmanes, así como la mayoría de los cristianos no son culpables de los que otros han llegado a hacer.

    Criticar este enfoque no significa, de ninguna manera, negar o hacerse de la vista gorda sobre lo que los afroamericanos, los homosexuales o los pobres pueden llegar a vivir ni desconocer que muchas veces han sido oprimidos. Pero reducir una realidad compleja en categorías binarias muy rígidas solo tenderá a «tribalizar» a la sociedad, dividiéndola en dos bandos que terminarán rompiendo cualquier puente de diálogo. Esto suele ser patente incluso en algunos centros académicos de EEUU donde a un blanco no se le deja hablar por estar en su condición de privilegio.

    También es un error reducir un análisis de algo tan complejo, que debe desmenuzarse y matizarse como las relaciones humanas, a meras relaciones de opresor – oprimido. Una visión así no permitirá construir ninguna forma de jerarquía porque se asume que cualquier jerarquía implica una condición de opresor-oprimido. Por lo tanto, será imposible, desde la interseccionalidad, construir un sistema de organización humana donde toda su diversidad pueda incluir ya que terminará inevitablemente aislando a las diversas categorizaciones.

  • Jordan Peterson vs Slavoj Zizek. Primeras impresiones del debate

    Jordan Peterson vs Slavoj Zizek. Primeras impresiones del debate

    Jordan Peterson vs Slavoj Zizek. Primeras impresiones del debate

    Jordan Peterson y Slavoj Zizek son dos de las más grandes influencias intelectuales en los jóvenes (y no tan jóvenes) en estos tiempos, pensadores que han sabido aprovechar los beneficios de Internet para difundir su pensamiento. Zizek es marxista (pero de una forma muy particular y distinta a la de los marxistas comunes y corrientes) y Peterson tiene una postura más conservadora (aunque también peculiar comparada con la forma de pensar de un conservador típico, además de que tampoco es el ultraderechista que algunos dicen que es. Podría decir que es un conservador moderado que incluso puede llegar a tomar algunas ideas de la izquierda como su preocupación por la desigualdad). Por eso es que el debate del día de hoy ha generado mucha expectativa.

    Algunos compararon este evento con el famoso debate entre Foucault y Chomsky. Yo discrepo porque creo que en este hay ambos llegan en una condición de desigualdad que no estaba marcada, a mi parecer, entre Foucault y Chomsky, pero lo cierto es que ellos son posiblemente dos de los intelectuales más influyentes en la juventud actual.

    Cierto, Jordan Peterson tiene mejores habilidades retóricas y es más elocuente a la hora de debatir; Slavoj Zizek es más atropellado a la hora de organizar sus ideas, tal vez por eso algunos digan que Peterson ganó el debate. Pero en el terreno de la argumentación, Peterson me parece más básico que Zizek. Si bien Peterson ha tenido intelectualmente momentos lúcidos en su carrera (como su libro Maps of Meaning), simplemente no se encuentra al nivel de Slavoj Zizek y hasta parece haber cierto reconocimiento de eso cuando Peterson lo reconoció por la originalidad de su pensamiento.

    Si esto hubiera sido un debate político donde se trata de estimular a la gente tal vez Peterson habría ganado más puntos, pero en un debate como éste, donde la argumentación es clave y es central, considero que Zizek ganó.

    No me parece que Peterson sea un pensador prominente, no es un filósofo e incluso tiene muchas lagunas en la materia. Me parece más bien alguien inteligente que ha logrado echar mano de las redes de forma efectiva y ha aprovechado su elocuencia para transmitir su conocimiento. Por el otro lado, Zizek tiene mayor bagaje filosófico, tiene una mayor capacidad de matizar y de ser crítico incluso con su propio pensamiento, sabe ver más fuera de la caja. El «no tengas miedo a pensar» que Zizek le dijo a Peterson, me parece que ejemplifica la diferencia entre los dos. Zizek sabe ir más al fondo, sabe cuestionar más las ideas (incluyo las suyas), Peterson en este sentido se queda corto. Cuando Peterson trata de profundizar sobre conceptos filosóficos comienza a tropezar y a mostrar que en esta rama tiene muchas carencias. A veces parece que se abstuvo de profundizar en ello porque reconoce que le falta conocimiento en la materia.

    Un claro ejemplo de ello es cuando Peterson comete el error de poner al posmodernismo y al marxismo en una sola cosa (un error impermisible hasta para un estudiante primerizo de filosofía) cuando epistemológicamente son muy diferentes. Después de que Zizek le reprocha por ello y, como consecuencia, se hace chiquito, termina afirmando que el posmodernismo contiene esa dicotomía de «opresor – oprimido» del marxismo. Pero esa dicotomía no es siquiera una invención del marxismo, también puede verse en la Revolución Francesa cuando el marxismo ni siquiera existía. El argumento de Peterson parece tener más bien como trasfondo algún prejuicio y la falta de estudio sobre lo que el posmodernismo y el marxismo son.

    Zizek, al igual que Peterson, discrepa con el posmodernismo y con el pensamiento «políticamente correcto». Pero como pudimos ver en el debate, Zizek sabe desmenuzarlo y lo entiende muy bien. Peterson lo aborda por medio de suposiciones, generalizaciones y etiquetas. Peterson es alguien que puede hacer sentir cómodo a los conservadores (aquellos que no son muy ortodoxos) pero Zizek no hace sentir necesariamente cómodos a los izquierdistas (tanto los posmodernos como los marxistas) porque Zizek tiene la capacidad de ser crítico incluso con las corrientes de pensamiento que lo marcaron.

    Zizek no es mi filósofo favorito, pero simplemente Zizek y Peterson no se encuentran al mismo nivel y la pelea era dispareja de origen. Peterson repite argumentos que, válidos o no, son conocidos y se repiten una y otra vez dentro de las foros de opinión (en algunas cosas concuerdo con él pero no hay nada novedoso en lo que dice, no se trata de coincidencias o simpatías). Zizek tiene la capacidad de ser original y no dejarse de llevar por la corriente o por las posturas convenientes.

    Debatieron porque dos de las mentes más influyentes, pero ello no significa que estén en el mismo nivel, no lo están. Zizek es un filósofo, Peterson me parece más bien un terapeuta sofisticado.

    https://www.youtube.com/watch?v=WGRC5AA1wF0
  • ¡Prohibido lamentarse por el incendio en Notre Dame!

    ¡Prohibido lamentarse por el incendio en Notre Dame!

    ¡Prohibido lamentarse por el incendio en Notre Dame!

    Hace unos días, nos topamos con la triste noticia de que la Catedral de Notre Dame, uno de los inmuebles más visitados del mundo, ardió en llamas. Afortunadamente, ésta no colapsó y el interior no quedó comprometido, por lo que se podrá restaurar y recuperar (sin dejar de mencionar el colapso de la aguja y las estructuras de madera que tenían cientos de años y que se perdieron para siempre). Se planea reabrir al público esta catedral en aproximadamente cinco años.

    Pero lo que me llamó la atención es que varias personas en las redes sociales recriminaran a quienes se lamentaban por la posible pérdida de este mueble histórico porque viven en un país como México donde hay violencia y pobreza (exceptuando, claro, a los que no dejaron de aprovechar el momento para compartir sus fotos con la catedral de fondo y presumir su outfit), e incluso que recriminaran a los millonarios franceses que decidieron donar parte de sus riquezas para construir este inmueble porque, dicen, deberían estar más bien preocupados por combatir la pobreza.

    Pero estos planteamientos me parecen, cuando menos, absurdos, y voy a explicar por qué.

    Los inmuebles históricos no solo sirven para atraer turismo, sino que representan símbolos que le dan sustento y forma a una sociedad dada. Una sociedad se construye a través de narrativas, que en este caso no solo le dan forma a Francia como nación sino a todo Occidente e incluso a nuestra especie humana como conjunto. Por ello es que los gobiernos promueven historias, crean mitos o narrativas fundacionales, para darle forma y cohesión a la sociedad. Sin una narrativa o identidad, ninguna sociedad podría sostenerse.

    Ciertamente la Catedral de Notre Dame no está en nuestro país, pero México, siendo un país occidental (colonizado por países occidentales y que comparte un mayor intercambio cultural y económico con países de la región que con otros), comparte muchos valores con los franceses (tanto religiosos como seculares). Por ello es que para muchos de nosotros fue realmente doloroso ver este icono histórico arder en llamas. México tiene sus propios símbolos, pero a su vez es parte de una entidad más grande que es Occidente y con quienes comparte otros símbolos que no necesariamente están en su región. Incluso estos símbolos van más allá de Occidente ya que le dan una narrativa a nuestra especie en su conjunto. Si nos enteráramos que las pirámides de Egipto se derrumbaron o que el Taj Mahal colapsó nos dolería mucho porque representan simbolismos de nuestra propia especie humana.

    Por ello es absurdo exigir a la gente que no se preocupe o lamente por ello cuando en su país existen otros problemas. No es como que las preocupaciones sean mutuamente excluyentes. Que la Iglesia de Satán se solidarizara habla mucho del poder simbólico que la Catedral de Notre Dame tiene.

    El segundo caso tiene que ver con las donaciones que millonarios franceses como François-Henri Pinault y la familia Arnault harán para restaurar la catedral. El argumento es que deberían preocuparse por combatir la pobreza en vez de gastar su dinero en cosas «superfluas» como la restauración de una catedral.

    En este caso mis argumentos anteriores también son válidos para explicar las motivaciones para restaurar la Catedral de Notre Dame, pero a ello debo agregar lo siguiente:

    Dicen los «críticos» que la pobreza es más importante, pero no reparan siquiera en que el dinero que van a dar esos ricos para ayudar a la restauración va a generar empleos, sobre todo para los que menos tienen: se van a necesitar albañiles y gente encargada de la construcción. Además es indispensable restaurar Notre Dame porque es el recinto más visitado en el mundo y no hacerlo significa que muchísimos empleos relacionados con el turismo se perderían para siempre. Y como son los ricos los que le van a meter de su dinero, son recursos que el gobierno no va a tener que gastar y que va a poder utilizar en otras cosas como ¡el combate a la pobreza! Es decir, gracias a la restauración se generarán empleos y se recuperarán otros. Además, el gobierno tendrá dinero que sin las donaciones no tendría.

    Por el contrario, es grato que personas que tienen mucho dinero reconozcan su privilegio y desde éste busquen recuperar un símbolo de Occidente, que genera empleos en turismo y que generará otros más en la reconstrucción.

    Por donde se le vea, no hay argumentos de peso para obligar a las personas a no lamentarse por lo que ocurrió con la Catedral de Notre Dame y tampoco los hay para exigir a los millonarios que no pongan de su dinero en la reconstrucción porque deberían de gastarlo en el combate a la pobreza (sea lo que ese concepto les signifique a los críticos).

    Sospecho que muchas de estas críticas no parten de una intención humana sino de la necesidad de llamar la atención. ¿Cuántas de estas personas realmente hacen algo para combatir la pobreza en nuestro país? ¿Cuántas de ellas, quienes dicen estar muy preocupadas por la pobreza y la desigualdad, son congruentes en la práctica?

  • Ramos para AMLO

    Ramos para AMLO

    Ramos para AMLO

    Me parece un tanto curioso que en la “tuitósfera” se ataque al periodista para defender al político. Ciertamente no es la primera vez: en los años pasados habían quienes defendían a Peña Nieto de los embates de Carmen Aristegui (quien fue despedida de MVS después de exponer el caso de la infame casa blanca) por poner un ejemplo, también llegó a pasar con Calderón y con otros. Lo llamativo y preocupante ahora es que se trata de “las mayorías” (o al menos se hacen identificar así), los que representan al pueblo bueno, esos que dicen ser críticos, y no de una minoría muy fiel, como aquellos férreos priístas que tenían alguna relación con el partido. Cuantitativamente están lejos de ser la mayoría quienes actúan así, pero sí hacen mucho ruido.

    En este contexto, Jorge Ramos tuvo la osadía de asistir a una de las ya clásicas mañaneras de López Obrador para cuestionarlo con su estilo confrontativo sobre el aumento de la violencia en su gestión. Contradijo los datos del Presidente, lo puso en aprietos y las redes sociales ardieron en llamas, comenzando por el bombardeo orquestado por los cercanos a AMLO que dicen estar haciendo «activismo».

    A Ramos, a quienes algunos de ellos admiraban o de menos respetaban hasta el sexenio pasado, le dijeron de todo, que trabaja para Univisión (Televisa), que por qué no critica así a otros gobiernos (vaya, Ramos criticó durísimo al gobierno de Peña Nieto e hizo lo propio con Felipe Calderón). De pronto olvidaron la demoledora entrevista que le hizo a Peña en la cual el ex Presidente no supo decir de qué había muerto su esposa.

    Un día después, López Obrador presumió que su gobierno estaba abierto a los cuestionamientos de la prensa y que no iba a mandar callar a nadie como en efecto lo han hecho otros gobiernos. Ciertamente, AMLO se ha expuesto más que Peña Nieto (y tal vez Calderón) ante las críticas y ciertamente hasta la fecha su gobierno no ha ejercido censura directa contra la prensa. Pero probablemente porque no necesita hacerlo porque «el juego tiene truco».

    Después de autocongratularse por ello, López Obrador insistió a los reporteros que «si se pasan, ya saben lo que va a suceder» como sugiriendo que «yo no voy a hacer nada, pero mis seguidores van a reaccionar con furia así que aguas».

    AMLO sabe que tiene en sus seguidores un arma poderosa para defenderse de la oposición. Tal vez por eso no esté interesado tanto en los métodos que los gobiernos anteriores, lo cual le da a su vez el permiso legitimarse como una figura que es respetuosa de la prensa porque ciertamente el hecho de que AMLO cuestione a la prensa o muestre su desacuerdo no implica por sí mismo un atentado contra la libertad de expresión.

    Sus seguidores más duros, esos que dicen ser críticos y, según las palabras de AMLO, ciudadanos de verdad y no ciudadanos imaginarios, se convierten en un arma política muy poderosa; ya que siempre van a estar ahí linchando a quienes contradigan o cuestionen a López Obrador haciendo señalamientos ad hominem y juicios a priori a quienes disientan en cualquier cosa con la 4ta transformación: que son del PRIAN, que son de Televisa, que vayan por su torta y su Frutsi, o que están vendidos. Esos altos porcentajes de aceptación que el gobierno ostenta junto con la sólida base de simpatizantes que este gobierno tiene se convierte en automático en un arma que busca incidir en la opinión pública a partir de descalificaciones, sin necesidad siquiera de ejercer coerción directa por medio de los brazos del gobierno.

    AMLO podrá presumir que todas las mañanas habla con la prensa y permite que lo cuestionen (amén de la pamba digital que recibirá quien haya tenido la osadía), que él no cierra periódicos ni manda a despedir a opinadores, pero sí tiene un ejército de personas (bots incluidos) con el fin de amedrentar a las voces disidentes para así quitarles autoridad moral y peso a su opinión. Es ese llamado por AMLO pueblo bueno, los ciudadanos de «de veras» los que juegan el papel de censores. No necesitan estar en la nómina, basta simpatizar fervientemente con la Cuarta Transformación.