Autor: Cerebro

  • Diez libros que leí este 2021 y que te recomiendo

    Diez libros que leí este 2021 y que te recomiendo

    Diez libros que leí este 2021 y que te recomiendo

    Aunque la maestría me ha hecho leer muchísimas lecturas asignadas, artículos y demás, tiempo tuve para leer los suficientes libros como para poder hacer mi lista de fin de año. Aquí les van los diez libros que leí en el 2021 y más me gustaron (sin un orden en específico).

    1.- The Signal and the Noise: Why So Many Predictions Fail—But Some Don’t – Nate Silver

    A Nate Silver, quien es un genio de la estadística (aplicada a los deportes y a la política en especial) ya lo conocía por su página fivethirtyeight.com, pero mi primer acercamiento con este libro fue en mi clase de métodos cuantitativos. Corrí a comprarlo y no me decepcionó. Básicamente, explica por qué muchas predicciones (incluso de supuestos expertos que aparecen en televisión) fallan mientras que otras tienden a acertar más y qué deberíamos hacer para detectar «las señales del ruido» para así hacer predicciones más certeras.

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    2.- Explaining Humans: What Science Can Teach Us about Life, Love and Relationships – Camila Pang

    Este libro es muy interesante porque trata de explicar el comportamiento humano desde una perspectiva de una persona que tiene autismo, trastorno de ansiedad generalizada y TDAH que, por su condición, creció y se desenvolvió en sociedad de una forma muy peculiar al no formar parte de lo que entenderíamos como una persona normal. El resultado es muy original e interesante.

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    3.- La Catedral del Mar – Ildefonso Falcones

    Este año leí muy pocas novelas, pero esta fue una muy interesante y nos cuenta la historia de Arnau, quien tiene que sobrevivir en una Barcelona insertada en el medievo marcado por la segregación, la intolerancia y las ambiciones materiales. De alguna forma, este libro nos narra algo sobre la condición humana desde una época que, en teoría, podría parecernos muy distinta a la nuestra, pero que también muestra muchas similitudes.

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    4.- El republicanismo en Hispanoamérica. Ensayos de historia intelectual y política – José Antonio Aguilar y Rafael Rojas

    Este libro, que está formado por un compendio de doce ensayos, explica mucho sobre el desarrollo político de los países de América Latina, marcada por una herencia más republicana que liberal (distinción que se aclara en el libro por si no comprendes bien estos conceptos) y que ayuda a explicar por qué hemos llegado hasta aquí. Por ello, creo que debe estar en el librero de cualquier persona que tenga interés sobre nuestro subcontinente.

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    5.- Anatomía del mexicano – Roger Bartra

    Este texto es muy interesante ya que trata de una serie de ensayos escritos por diversos pensadores a través del tiempo que tratan de explicar la esencia del mexicano. Cada ensayo trae consigo los paradigmas de su tiempo y, por tanto, explica al mexicano de acuerdo con las ideas y prejuicios de la época, lo cual hace que este libro sea particularmente interesante.

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    6.- Hyperspace – Michio Kaku

    El espacio, así como la teoría cuántica, ha sido algo que ha intrigado a nuestra especie. A partir de estos conceptos, Michio Kaku nos explica toda esta «revolución espacial» hablándonos, desde una perspectiva científica, de universos paralelos, teoría de cuerdas, agujeros de gusano o máquinas del tiempo. Si te interesan estos temas, este libro no puede faltar en tu biblioteca.

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    7.- Fascismo – Roger Griffin

    El concepto de fascismo es uno que ha sido utilizada a la ligera como una suerte de hipérbole en el discurso político, por eso Roger Griffin se molesta en explicarnos exactamente en qué consiste, por qué la nueva derecha populista no puede categorizarse como fascista y en qué se diferencia de otros movimientos de ultraderecha que han circulado o circulan por ahí.

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    8.- El libro del Tabú – Alan Watts

    Moviéndonos a un terreno más filosófico, este texto puede verse como una suerte de crítica al mundo occidental «encerrado en sí mismo», y trata de explicarnos la realidad desde una perspectiva filosófica más bien oriental. En este libro, Alan Watts funge como una suerte de mediador entre la cultura de Occidente y la de Oriente. El resultado es genial ya que, a lo largo del libro, va destilando conceptos filosóficos profundos (su idea de la no dualidad es genial), pero a la vez comprensibles para casi cualquier lector.

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    9.- La tiranía del mérito – Michael J. Sandel

    Si bien, soy alguien que cree en el poder de la economía de mercado, siempre he cuestionado que esta obtenga legitimidad de la idea de la meritocracia, que está muy bien puesta en tela de juicio en este texto. Sandel no solo nos explica por qué la meritocracia es como una suerte de utopía inalcanzable. También argumenta por qué incluso, en su concepción idealizada, ésta no es sostenible ni deseable.

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    10 – Cultural Backlash: Trump, Brexit and Authoritarian Populism – Pippa Norris y Ronald Inglehart

    Me asignaron algunos capítulos de este libro como lecturas para el seminario de opinión pùblica. Me atrapó tanto este libro que lo terminé comprando y leyendo todo. Me parece una de las mejores obras que explican el surgimiento de la derecha populista jamás escritas. Pippa Norris y Ronald Inglehart con su concepto de posmaterialismo escriben una obra que considero por fin dio al clavo con este fenómeno.

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    Bonus – Porfirio Díaz – Paul Garner

    No había forma de dejar este libro fuera, así que lo incluyo como bonus. Simplemente, el texto más centrado y más neutral para explicar a Porfirio Díaz y con el mínimo sesgo ideológico posible, desde sus innegables aciertos a sus innegables errores. Es, al día de hoy, la mejor biografía de este «dictador liberal» que tantas discusiones y polémica sigue generando hasta nuestros tiempos.

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    Menciones honoríficas:

    • Manual de Marketing Político – Luis Costa Bonino
    • The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism – Max Weber
    • La guerra contra las mujeres – Rita Segato
    • La cuestión palestina – Edward Said
    • La arqueología del saber – Michel Foucault
    • Regreso a la jaula – Roger Bartra
    • Paradais – Fernanda Melchor
    • Political Entrepreneurs: The Rise of Challenger Parties in Europe – Catherine E de Vries, Sara Hobolt
    • Los Grandes Iniciados – Eduard Schoure
    • The Oxford Handbook of Political Communication – Kate Kenski

  • Gabriel Boric y la izquierda más posmaterialista que bolivariana

    Gabriel Boric y la izquierda más posmaterialista que bolivariana

    Gabriel Boric y la izquierda más posmaterialista que bolivariana

    No comparto ese gran entusiasmo por la victoria de Gabriel Boric en Chile en un sector de la población e incluso en la comentocracia, pero tampoco comparto ese fatalismo que se respira en la derecha y que ya condenó de inicio a Chile en la desgracia y me explico.

    Comprendo el entusiasmo por Boric, sobre todo partiendo de las protestas y la profundamente inconformidad que hacían de la sociedad de Chile, de acuerdo con Latinobarómetro, una de las que reflejan un mayor descontento con el estado de cosas. Basta con ver los datos. A pesar de que los chilenos son de los que más apoyan la democracia como valor político son quienes más afirman que ésta no ha funcionado bien en su país. Los chilenos son los que más creen que la igualdad de oportunidades o la seguridad social está menos garantizada, es el país que cree que el acceso a la salud es más injusto y de los países más pesimistas en cuanto el futuro económico de su nación. Ciertamente, cuando uno revisa las cifras y las contrasta con las de otros países parecería existir una grosera incongruencia (es de los países más ricos y con mejor calidad de vida), pero lo cierto es que los individuos suelen generarse expectativas con relación al contexto en el que se encuentran y Chile, después de un enorme crecimiento en la primera década del siglo XXI, se ha estancado en muchos ámbitos.

    En ese sentido, el triunfo de Boric es una suerte de catarsis para los chilenos que votaron por él: una suerte de creencia de que las cosas pueden ser diferentes, de que habrá mayores oportunidades, una mejor calidad de vida, mayor acceso a la educación, una mejor seguridad social o mejores servicios de salud. Sin embargo, no me queda claro si Boric podrá traer todo ello o si lo que propone sea el camino indicado. No son pocos los casos en los que se deposita la confianza en un mandatario que termina desilusionando, y lo cierto es que el progreso va mucho más allá de lo que un político pueda hacer en un sexenio.

    Una de las cuestiones que se suelen cernir sobre los gobernantes de izquierda es si su propuesta de extensión de derechos o servicios no terminará por poner obstáculos a la inversión o al crecimiento económico. Como vaya a configurar ello el gobierno de Boric será muy importante y en ello residirá el éxito o el fracaso de su gobierno. Ello no solo reside en la calidad de sus propuestas sino en la capacidad para negociarlas y en el diseño de políticas públicas. ¿Cómo crear cierta confianza en el empresariado para que no lleven sus inversiones a otro lado? Lograr esta expansión de tal forma que el aparato productivo no se vea afectado no es, por lo general, una tarea fácil.

    No me parece que todas sus propuestas sean convincentes y, en mi opinión, creo que debería reformar y no sé si abandonar algunas de ellas si desea que su gobierno termine en buen puerto. Al final, sigue respirándose en su programa algo de ese idealismo que no se sabe bien a bien si podrá ser aterrizado en políticas públicas funcionales.

    Pero tampoco comparto ese terrible pesimismo que se respira en la derecha conservadora: ¡Chile ya está condenado! ¡Se va a convertir en Venezuela! ¡El comunismo ha llegado al país andino! Su postura, sin embargo, es comprensible dado que en el colectivo Chile representa el éxito del liberalismo económico y la existencia de ese país es uno de sus estandartes.

    Aunque Boric aparenta estar «más a la izquierda» que los centroizquierdistas que han gobernado en ese país, me cuesta mucho trabajo concebirlo como un equivalente al populismo latinoamericano. En todo caso, me parecería más equivalente a figuras como Bernie Sanders.

    Primero, porque él no es un populista (en el sentido académico del término): no hay un evidente discurso confrontativo entre buenos y malos, del pueblo contra las élites. Su discurso y sus propuestas tienen un tono más programático: habla sobre reformar las pensiones, el empleo, un sistema de salud universal. Su moderación en las elecciones (que no suele ser típica dentro de los izquierdistas populistas) revela cierta flexibilidad.

    Ciertamente, hace algunos años (ocho, para ser exactos) mostró cierto entusiasmo con la izquierda bolivariana, pero en tiempos recientes ha sido más bien crítico de Nicolás Maduro, ha apoyado a la oposición cubana y ha condenado a la dictadura de Nicaragua como puede verse en este texto que escribió hace tres años.

    Segundo, porque la izquierda populista latinoamericana es conservadora, reaccionaria y tradicionalista. Boric, en cambio, refleja los valores posmaterialistas que relucen en las nuevas generaciones: el discurso sobre las mujeres, el ecologismo, inclusión y sostenibilidad (eso que para AMLO es «neoliberal»). El paradigma bajo el que opera es, en este sentido, muy distinto. Ese posmaterialismo explica por qué Boric obtuvo votos entre los más jóvenes mientras que Kast obtuvo más votos en las personas de mayor edad.

    Tal vez ello explique por qué parte de la opinión pública siente cierto entusiasmo: Boric les parece algo más parecido a una socialdemocracia «europeísta» que va a llegar a desterrar a la vieja izquierda populista que tanto detestan. No sé si termine siendo un socialdemócrata como desean y menos creo que destierre a la izquierda populista la cual seguirá existiendo mientras las condiciones de pobreza e instituciones débiles que la alimentan exista en la mayoría de los países, pero dudo mucho que vaya a convertirse simplemente en un Maduro.

    Otra razón por la que no comparto ese profundo pesimismo tiene que ver con el desarrollo económico e institucional de Chile. Las izquierdas populistas aprovechan la pobreza (para crear relaciones clientelares), la debilidad institucional y la falta de cultura cívica para echar raíces en los países que gobiernan. Me parece que Chile logró avanzar en la primera década de este milenio a un estadio superior que tal vez solo comparten países como Uruguay y Costa Rica, donde la cultura de la sociedad es más avanzada y donde las instituciones funcionan mejor, y me parece que Boric es un hijo de esa nueva realidad. Tanto Kast como él después de las elecciones mostraron una institucionalidad y valor cívico que es de plano inexistente en otras naciones de nuestra región.

    Por último, la izquierda lleva tiempo gobernando en Chile y, por tanto, tiene una base desde donde partir. Además, Boric tendrá que trabajar con esa centroizquierda moderada para tratar de impulsar su agenda, tendrá que trabajar en coalición con ellos. No se trata de un experimento completamente nuevo como lo suelen ser los liderazgos populistas que irrumpen y destruyen todo lo que hay para «comenzar de nuevo». Todo esto sin olvidar que Boric no tendrá mayoría en el Congreso, lo cual puede fungir como dique de contención ante las propuestas que puedan sonar más polémicas e irracionales.

    Gabriel Boric será un experimento interesante para observar desde fuera. ¿Repetirá los mismos errores, o podrá mostrar que en América Latina una izquierda moderna y democrática, lejos de los cánones del populismo latinoamericano, es posible? ¿Le callará la boca a los derechistas que lo tildan como una desgracia, o les dará argumentos a estos mismos para que les digan a los hoy entusiastas de su triunfo «te lo dije, no podía saberse»? Ello lo dirá el tiempo.

  • El campeonato del Atlas en deconstrucción

    El campeonato del Atlas en deconstrucción

    El campeonato del Atlas en deconstrucción
    Fotografía: @Atlas_FC (Twitter)

    El futbol es un espectáculo, ciertamente. Es una forma de entretenimiento. Así como vamos al cine o tocamos algún instrumento, uno se hace aficionado a un equipo de futbol y lo apoya. No puede ser visto como una forma de religión o un sustituto de elementos esenciales de la vida, ni de la participación política ni mucho menos del desarrollo personal o la necesidad de autorrealización (aunque ciertamente, hay gente que lo llega a tomar así). Ya lo expresaba muy bien Jorge Valdano al decir que «el futbol es lo más importante de las cosas menos importantes).

    Pero, en su condición de espectáculo, el futbol tiene algunas particularidades (que ciertamente comparte con otros deportes en otros lugares) y es el sentimiento de identidad. El futbol profesional es un fenómeno inherentemente tribal e identitario: uno simpatiza y defiende a un equipo en detrimento del otro. Podría incluso ser visto como una versión amigable y lúdica de los conflictos nacionalistas o regionales expresados en la simpatía en una organización cuyo fin último es meter un balón a una portería. Pero la identidad no se reduce al conflicto, sino a la narrativa que subyace al equipo en cuestión.

    ¿Pero cómo es que un equipo de futbol genera un fuerte sentimiento de identidad en mucha gente? Un equipo no solo está ahí, está en una ciudad, representa ciertos valores, una narrativa alrededor de dicho equipo le da sustancia y eso que se dice que el equipo es o lo que representa hace que la gente se identifique con ello, porque hay un emparejamiento de su identidad o sus valores con los del equipo que apoya.

    Se dice que la gente suele simpatizar más con los equipos ganadores, eso puede ser cierto pero sólo hasta cierto punto. La narrativa de triunfalismo es apenas una parte, no es condición necesaria ni suficiente, tiene que existir algo más. Pensar que es racional apoyar a un equipo ganador porque da más glorias es un approach muy limitado y superficial. Si esto fuera así, el Atlas tal vez no existiría o casi nadie lo apoyaría. Lo cierto es que el Atlas suele ser, de acuerdo con muchas encuestas hechas a lo largo del tiempo, uno de los 8 equipos más populares de toda la liga.

    ¿Por qué alguien le va al Atlas, si casi no ha ganado nada y solo da lamentos a la gente que lo sigue? Es simple, es una cuestión de identidad. Ser del Atlas es ser muchas cosas: se pertenece a algo, a los «valores rojinegros», a la juventud, a la eterna esperanza, al ser aquél David que aspira a vencer a Goliat, a la necesidad de tener un enemigo para reafirmar su identidad (como bien lo explica Umberto Eco) y que se plasma en las Chivas, así como ocurre con el Real Madrid con el Barcelona.

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    Fotografía: ESPN

    Aunque yo no soy una persona muy futbolera, en el sentido de que no soy de esas personas que va todas las semanas al estadio ni ve todos los partidos en la televisión, siempre estoy pendiente de lo que ocurre con mi equipo. Mi caso puede sonar muy particular: se trata de una tradición familiar. Mi abuelo, Rafael Sánchez Pillot, fue uno de sus directivos más importantes y transmitió la «filosofía Atlas» a toda la familia. Además, mi padre (su yerno) estuvo en la directiva en la década pasada. El Atlas tiene que ver con una cuestión de identidad familiar. Pero mi caso es una peculiaridad, y es que el Atlas va más allá, hay algo de épico en lo que la institución significa.

    Lo que ocurrió en el Estadio Jalisco habla mucho de lo que representa el Atlas como identidad: aquella entidad que siempre ha estado en condiciones desfavorables, que empieza «desde abajo» y que se redime venciendo una cantidad casi infinita de obstáculos para llegar a la gloria. Hay muy pocas finales en el futbol mexicano (en lo particular no recuerdo una) que haya desatado tanta pasión entre sus aficionados. No solo se trata de esa frustración acumulada a lo largo de setenta años (los más jóvenes deberían entonces ser los menos entusiastas por tener menos años frustrados y ello no ocurre) sino más bien de la narrativa que se construye a partir de ello y que contribuye a su epicidad: no es casualidad que su principal grupo de apoyo se llame la «Barra 51» haciendo alusión al año en que ganaron su primer campeonato.

    La enorme cantidad de años sin ser campeón tan solo establece el punto de partida: se empieza desde abajo, desde ahí donde se reciben muchas burlas y humillaciones, desde donde nadie cree en ti para luego resurgir, contra todo paradigma establecido y escalar, desde allá abajo, hasta la gloria para, apelando a la mitología que le da nombre al equipo, sentir que se sostiene al mundo: el mote de furia posiblemente no sea gratuito.

    Por ello es que esta final fue jubilosa como pocas, porque la narrativa que sostiene a la identidad del Atlas es mucho más ambiciosa (cercana a la utopía) que la narrativa de los equipos ganadores. El Atlas aspira a cosas mucho más grandes con relación a su «aparente» capacidad. Hasta se da lujo de tener un rival históricamente mucho más poderoso (las Chivas) para que, a partir de esa asimetría de poderes, fortalezca la narrativa del débil que puede emerger lo cual, dicho sea de paso, reafirma su idedntidad.

    Esa sensación de remar contracorriente, de hacer posible lo absolutamente imposible y lograr lo impensado genera una sensación de gloria mucho mayor, tanto que se dice que muchos aficionados no sabían ni cómo festejarlo. El aficionado del Atlas tiene pocas glorias, pero cuando llegan, le llegan como a nadie más: es tan grande que hasta el aficionado del equipo rival quiere contagiarse un poco de ella; es tan grande que la opinión pública (nacional, y cuando menos) se vuelca con más enjundia que en el campeonato de muchos otros equipos. Ese coctel de tradición y abolengo junto con esa epicidad del «zorro» un underdog que emerge desde la más profunda y fría oscuridad hacia el pináculo de la gloria. No hay otra cosa que pueda explicar esto, es algo mucho más difícil de explicar que de sentir:

    Ello no significa que con el título el Atlas pierda su narrativa e identidad al haberse consumado el relato. Por el contrario, lo que ocurrirá es una continuación de este relato épico. Ya no trata de aquel que estaba abajo esperando emerger, sino aquel que ya lo logró, aquel que tiene algo que contar y que podrá traer glorias futuras. Alguien que emerge desde abajo y vence ya no puede ser subestimado y humillado, se le tiene que tener respeto.

    En 1999, a raíz del subcampeonato, el equipo ganó más aficionados por el simple hecho de que aquel acontecimiento, ese equipo que llegó a la final por medio de jóvenes aguerridos, dejó entrever que había una esperanza: el Atlas estuvo a punto de emerger, perdió en la raya y de forma muy digna. Por ello, la nostalgia del aficionado se enclavó ahí. Quien pierde dignamente se fortalece como narrativa, porque muestra fuerza, tesón y garra, no se rinde. Incluso puede ser más digno que aquel que gana cómodamente. El 99 fue un aviso de que el relato épico podría consumarse.

    Por eso el Atlas es popular, a pesar de sus escasas victorias, y por eso su victoria sabe a tanto, porque ha logrado construir una narrativa épica con la que muchas personas se identifican (remando contracorriente con aquella idea del triunfalismo como principal atractor), una que incluso da esperanzas al individuo: si el Atlas es campeón, entonces cualquier cosa es posible.

  • ¿Se va a salvar el CIDE?

    ¿Se va a salvar el CIDE?

    ¿Se va a salvar el CIDE?

    Uno que simpatiza con el Atlas y ve a su equipo llegar a la final sabe que está ante un momento excepcional. Ninguna persona que tenga menos de 70 años ha visto con sus propios ojos ver a su equipo campeón, ha vivido frustrado una y otra vez viendo las escasas glorias de su equipo, pero cuando ve a su equipo en la final piensa que, contra lo comúnmente esperado (que no llegue a la gloria), las cosas pueden ser diferentes.

    El caso con el CIDE se siente muy parecido al del Atlas. No porque el CIDE no tenga glorias, al contrario, sino porque se encuentra en un conflicto tan asimétrico de poder que el sentido común, lo cotidiano, te dice que está casi condenado a perder, pero aquí también las cosas pueden ser diferentes.

    En estos últimos meses (o más bien años) el CIDE ha sido maltratado, estigmatizado públicamente y ahorcado política y financieramente. El régimen considera que la institución es su enemiga por muchas razones: parece que le molesta que en esta institución se genere opinión pública o investigaciones que puedan no ser favorables al gobierno como ha ocurrido con cualquier régimen (aunque se pasa de largo que estudiantes y profesores le dieron su confianza en el 2018). Los mismos acólitos del régimen han dicho una y otra vez que la opinión pública del CIDE suele ser opositora.

    El régimen insiste que el CIDE es «neoliberal», aunque para ser sinceros no han sabido explicar bien por qué. Dicen, sin pruebas, que el CIDE ha contribuido a un supuesto saqueo. La realidad es que el régimen parece seguir esa tradición iniciada por Juan Domingo Perón: «todo debe estar dentro del Estado y fuera de él» (como dijera Mussolini, una de las referencias del argentino) y que también adoptara en cierta medida el PRI autoritario.

    El CIDE, como muchas instituciones educativas, es un actor incómodo para el gobierno, pero el CIDE es pequeño, por lo cual es más fácil intervenirlo y porque puede servir, como bien afirmó Jean Meyer, de laboratorio para una hipotética intervención posterior en instituciones de mayor calado. Somos un puñado de estudiantes y profesores luchando contra la avalancha de un régimen que si algo tiene de sobra es su oficio político, que no cuenta con una oposición efectiva (los panistas se toman fotos en sus propios eventos), que tiene una alta popularidad y cuyo líder carismático es una gran referencia para una cantidad nada despreciable de mexicanos.

    Además, los sectores sociales en los que el régimen despertaría un mayor cólera si logra golpear al CIDE son aquellos de los que ya prescindieron desde antes: básicamente los sectores académicos y universitarios. El entonces candidato López Obrador sedujo a las clases medias con educación para llegar al poder, pero en cuanto llegó prescindió de ellos al tiempo en que comenzó a construir un coto de poder electoral dentro de las clases populares y menos privilegiadas a través de programas sociales con enfoque clientelar. Este es un problema, porque la base electoral del régimen está muy lejana y ajena de los sectores a los cuales el CIDE les podría importar: dirán en el régimen ¿cuál es el problema si acabamos con el CIDE, si los que se van a enojar son los mismos que ya nos odian?

    Ahí el régimen tiene la narrativa a su favor. Si se meten con el CIDE podrán insistir en que ahí estudian muchos «privilegiados neoliberales». No le pierden nada, para muchos que no conocen la institución puede ser algo prescindible, aunque evidentemente el régimen no contará la historia completa: en realidad la composición del estudiantado se explica por el hecho de que la educación pública en México es paupérrima y el CIDE es un instituto de alto rendimiento. Lo sensato sería mejorar la calidad de la educación pública para que más gente de escasos recursos puede entrar (y aún así, en el CIDE hay historias de vida de gente que comenzó desde abajo, logró entrar y le cambió la vida).

    Fotografía de @karinguilera

    A ello se agrega el revanchismo y orgullo del ejecutivo. Que el CIDE se salga con la suya implicaría una «victoria del neoliberalismo» y una derrota para él. Tal vez ello haga que pueda ser prudente evitar, por el momento, la confrontación directa con López Obrador. Tal vez por ello se haya optado hacer ver que el conflicto es entre el CIDE y Tellaeche o con Álvarez-Bullya. Ciertamente, la resistencia no es ni debería ser vista como un ataque al gobierno (cosa que el régimen podría aprovechar en materia de narrativa a su favor), sino como una defensa de éste. Ciertamente podría uno cuestionarse si esto es iniciativa directa del ejecutivo o de Álvarez-Bullya, pero al menos podemos deducir que el Presidente no se opone a las decisiones de la directora del Conacyt y tiene conocimiento de ellas.

    Esa posición tan asimétrica, donde el CIDE es una institución muy pequeña (más allá de su influencia intelectual y académica) que se enfrenta a un enorme poder político con mucho oficio, poder que reside en aquellos sectores socioeconómicos más bien alejados de la academia y que, además, tiene el control sobre la narrativa, nos deja ver que las cosas no son nada fáciles.

    Sin embargo, la reacción de las y los estudiantes en los espacios que se tuvieron con Tellaeche y la propia Álvarez-Bullya dan algo de esperanza. En el régimen pensaron que no sería tan complicado, que bastaba con ofrecerles quitar las colegiaturas, pero el estudiantado ha mostrado tener carácter y firmeza. Era evidente que Álvarez-Bullya estaba molesta y, como buena política, buscó chantajearlos, pero no lo logró, y ella terminó accediendo a asistir a un diálogo en el CIDE en condición de visitante y no de local. Las y los profesores, por su parte, han hecho su labor y han sido muy solidarios con sus estudiantes. Ambas partes (estudiantado y profesorado) se han mantenido muy unidas a pesar de los intentos de dividirlas.

    Y ni que decir de aquellas personas que se la han rajado, que han acampado, que tomaron las instalaciones y llevan ahí varios días al tiempo que tienen que estudiar para los exámenes finales. El espíritu de lucha está ahí, muy vivo y si de algo podemos estar seguros es que se va a resistir y que la comunidad no se va a morir de nada.

    También han logrado, cuando menos, la solidaridad de muchas instituciones educativas: de universidades (incluso no solo de México) académicos, intelectuales, ex alumnos. El conflicto que vive este instituto tan chiquito ha resonado en la opinión pública, se ha vuelto uno de los temas nacionales más relevantes en las últimas semanas y eso no es cualquier cosa.

    La situación para el CIDE se ve complicada, es algo que lamentablemente no podemos negar, nuestra institución está en desventaja, pero como dijera el título de una de las canciones de The Smiths: hay una luz que nunca se va: hay una posibilidad de que las cosas sean diferentes, así como ese sentimiento que los aficionados del Atlas tienen con su equipo al ver que van a disputar una final.

  • Sobre los del CIDE que votaron por AMLO

    Sobre los del CIDE que votaron por AMLO

    Sobre los del CIDE que votaron por AMLO
    Foto: @plumaverdeORG

    Contrario a lo que muchos suelen suponer, predecir cómo va a gobernar un mandatario a la hora de llegar al poder y qué resultados va a tener es un trabajo difícil y, por tanto, asegurarse que su voto será por aquel que le traiga mejores resultados para él, su comunidad o la nación o región que el candidato representa, no está garantizado.

    Si quisiéramos hacer una evaluación lo más precisa sobre las candidaturas, tendríamos que procesar muchísima información y tener el conocimiento para evaluar dicha información, lo cual es imposible. Por ejemplo, si estudio todo el paquete de propuestas de un candidato (del que ni tengo la absoluta certeza de que vaya a cumplir) necesitaría tener cierto expertise en las distintas disciplinas a las que están relacionadas las propuestas (digamos, economía, urbanismo, derecho) y eso es imposible. Tendríamos, además, que conocer a cabalidad la psique del candidato (lo cual ni el mismo conoce completamente) para predecir con 100% de certeza cómo es que va a reaccionar ante diversas circunstancias.

    Pero ahí no termina todo: el contexto en el que se desempeñará el político electo es cambiante, de tal forma que un político puede tener mejor desempeño en un contexto que en el otro. ¿Cómo podemos predecir el contexto futuro? Bueno, es imposible, dado que históricamente los seres humanos hemos sido muy torpes para predecir lo que va a ocurrir en el futuro.

    Como es imposible hacer una evaluación precisa de los candidatos porque no tenemos el tiempo ni el conocimiento necesario para evaluar todos los aspectos a cabalidad y con una gran precisión (aunque se tenga un PhD de Harvard), entonces siempre tendremos que echar mano de atajos heurísticos. Si nuestros valores están asociados con la izquierda, entonces tenderemos a votar por candidatos de izquierda (o se presenten como de izquierda) de la misma forma que lo haría una persona de derecha. Es posible que evaluemos la personalidad del candidato y digamos: tal o cual candidato me da más confianza que aquel otro (sin saber necesariamente por qué).

    De la misma forma, podremos relacionar algunos rasgos del candidato con ciertos valores o ciertas predisposiciones personales. Para algunas personas ver ciertos rasgos autoritarios en López Obrador será señal de alarma porque lo relacionaremos con Hugo Chávez o Fidel Castro, otras personas no se terminarán de percatar de ello de tal forma que no serán atributos sobresalientes (sin que ello implique que simpaticen con el autoritarismo) porque tal vez les llaman la atención aquellos otros. Trataremos también de predecir la conducta o incluso las propuestas del político en cuestión con aquello que hemos visto en el pasado y que nos pueda parecer parecido o familiar.

    En todo este proceso los sesgos cognitivos juegan un papel. Ciertamente algunas personas tendrán una mayor predisposición de evaluar una candidatura de la forma lo más neutra posible (sin que ello implique que los sesgos desaparezcan del todo) mientras que otras simplemente se dejarán arrastrar por el razonamiento motivado (lo cual suele dispararse en un contexto de polarización) pero en cualquier caso siempre existirá un margen de error. Ciertamente, por más grande sea el esfuerzo de un sujeto de hacer una evaluación concienzuda, la probabilidad de tomar una decisión acertada será mayor, pero nunca existirá la certeza total de que se ha tomado una buena decisión hasta que el político llegue al poder y gobierne: por eso es posible ver a personas muy inteligentes y preparadas votar por alguien que termina afectando sus intereses.

    Si a mí me preguntan si las personas del CIDE que votaron por AMLO tomaron una mala decisión en las urnas contestaré que sí, pero seguramente te contestarán lo mismo la mayoría de esos votantes al ver cómo las decisiones del régimen están afectando sus intereses y los de su institución. Sin embargo, a partir de aquí, a diferencia de los entusiastas del «se los dije, se les advirtió», la explicación se vuelve más complicada.

    ¿Por qué varios en el CIDE votaron por AMLO? Porque sus atajos heurísticos les indicaron que esa podía ser la mejor opción. Si AMLO se dice de izquierda y si históricamente la izquierda se ha preocupado por la ciencia y la educación, entonces AMLO tendría que ser una mejor opción. A ello hay que agregarle la indignación con el régimen saliente (justificada por la profunda corrupción y cinismo del gobierno de Peña) al que se sumó un discurso anticorrupción de López Obrador. Para el caso del estudiantado, entre la juventud suele preferirse el cambio o el riesgo sobre la estabilidad, ya no solo por la energía que tienen los jóvenes, sino porque, a diferencia de las personas de edad avanzada que tienen una vida hecha (y para quienes puede ser más racional votar de forma más conservadora), tienen un futuro incierto y, dada esa incertidumbre, sienten que tomar riesgos esperando que uno de ellos derive en un mejor estado de cosas.

    Ciertamente, quienes votaron por AMLO no vieron algunas cosas que otros sí alertamos: algunos hablamos sobre el talante autoritario que López Obrador a veces expelía, vimos en la sugerencia en la propuesta de Santa Lucía y la cancelación del NAICM una premonición de una excesiva improvisación y falta de rigor donde la técnica estaría sometida a los caprichos del ejecutivo. Vimos también, en esa simbología religiosa, un potencial conservadurismo social (que va desde esta intención de moralizar a la población hasta hacia el desdén hacia la violencia contra la mujer) y sin olvidar su desdén por el orden institucional («al diablo con sus instituciones»). Todos ellos también son atajos cognitivos a través de los cuales evaluamos al hoy presidente y decidimos no votar por él.

    Fotografía: @cataperezcorrea

    A diferencia de lo que muchos podrán suponer, no es necesariamente fácil explicar por qué en algunas personas se activaron algunos atajos heurísticos y en otras otros (seguramente las filias ideológicas y muchos otros factores juegan un papel). Queda claro que la decisión que ellos tomaron no fue acertada y no me parece mal invitarlos a la reflexión (desde una postura de empatía) de tal forma que esta experiencia actualice su sistema de creencias y les ayude a tomar una mejor decisión para las elecciones que puedan venir.

    Pero el linchamiento por parte de algunos influencers de la red social (de esos que presumen ser opositores a morir) no abona siquiera a este ejercicio y lo único que su comportamiento hace es, paradójicamente, beneficiar al régimen. Esta circunstancia tampoco puede sugerir una superioridad moral. Me voy a explicar:

    Vamos a partir de la suposición de que votar por AMLO fue una decisión errónea y no votar por él haya sido una decisión acertada (digo suposición porque, aunque muchos supongamos que Anaya o Meade pudieron haber hecho las cosas mejor, es imposible hacer un contrafactual contra algo que no ocurrió):

    1. Que los que no votaron por López Obrador hayan tomado una decisión acertada no implica que en otro contexto puedan tomar una decisión errónea. Algunos de ellos dirán. ¡Por eso yo nunca votaré por la izquierda o por el socialismo! ¿Pero, qué pasa si el Presidente de derechas por el que voten termina siendo un corrupto del cual fueron sus contrapartes de izquierda quienes vieron esas «red flags»? La posibilidad de que ellos erren de la misma forma siempre existirá.
    2. Que su decisión en las urnas haya sido la acertada no implica necesariamente que la decisión haya sido razonada. Por ejemplo, queda claro que una persona que no votó por AMLO porque pensaba que nos iba a llevar al comunismo no tomó una decisión informada aunque su decisión haya sido correcta. Haber acertado así es algo fortuito. En todos los casos siempre existirá, en mayor o menor medida, un factor suerte, por el simple hecho de que es imposible hacer una representación exacta y perfecta de lo que un candidato va a hacer llegando al poder.
    3. La realidad es que prácticamente ninguno de los hoy críticos previeron que el régimen iba a intervenir en las universidades. Vieron (vimos) rasgos autoritarios, pero nadie pensó que iban a jugar de esa forma, nadie alertó a los chicos del CIDE que subieron sus videos apoyando a AMLO que se iba a meter con su instituto. Repiten que «se les dijo, se les advirtió», pero en realidad nunca advirtieron que esto que está ocurriendo en específico ocurriría.
    4. Si estas personas están tan preocupadas por la evidente deriva autoritaria, entonces estarían defendiendo al CIDE en vez de sumergirse en burlas y linchamientos, porque lo prioritario es evitar que este espiral autoritario continúe avanzando (si el gobierno logra salirse con la suya, como bien menciona Jean Meyer, luego seguirán la UNAM, la U de G, el INE y demás). Peor aún, a través de estas burlas (que no es lo mismo que invitar a la reflexión), no van a persuadir a los que votaron por AMLO de no volverlo a hacer: harán que se sientan alienados y no se sientan aceptados en el bando de la oposición como efectivamente está ocurriendo.
    5. Y, evidentemente, este estado de cosas beneficiará al régimen. Es irracional ser opositor y tomar dicha postura donde el sentimiento de superioridad (el cual puede no estar justificado por los puntos anteriormente mencionados) se vuelve más importante que la defensa de las libertades y los valores democráticos. Ese sentimiento de superioridad (que además tiene el propósito más de reforzar y legitimar sus posturas ideológicas que defenderlas en la práctica) estará todavía menos justificado al percatarnos de que esta acción termina, de alguna forma, afectando sus propios intereses. Terminan, paradójicamente, haciendo lo mismo de lo que acusan a su contraparte.

    Algo que no debe olvidarse es lo siguiente: quienes votaron por AMLO no votaron porque esto pasara, no existió una mala intención en su voto y el error fue crearse expectativas equivocadas a través de sus atajos heurísticos que desear algún mal. El juicio moral que se hace sobre aquella persona que votó intencionadamente para que esto pasara no puede ser el mismo que el que cae sobre aquellos que «se equivocaron». En el primer caso por supuesto que debe haber un reproche (como ocurre con quienes siguen defendiendo al gobierno a pesar de lo evidente porque obtienen de ello un beneficio) mientras que en el segundo puede haber, en todo caso, una invitación a la reflexión.

    Tampoco debería esperarse que dentro de la institución se le diga al estudiantado por quién votar porque ello violaría la pluralidad que la institución busca preservar. En efecto, el CIDE nunca les «dio línea» ni tomó postura como institución y ello debe recordarse. Está en su libertad decidir por quién votan.

    Y todo esto es importante decirlo, porque la prioridad debe ser evitar la deriva autoritaria. Si como opositores estamos preocupados por el talante autoritario de este régimen, burlarse sin piedad continuamente de la decisión que algunas personas tomaron (en especial si uno se presume opositor) posiblemente no sea la mejor opción.

  • Vamos a deconstruir el concepto de «pueblo bueno».

    Vamos a deconstruir el concepto de «pueblo bueno».

    Vamos a deconstruir el concepto de "pueblo bueno".

    Sospecho que esa atribución de bondad que se le da al pueblo, a los de abajo, tiene que ver con un discurso que tiene como propósito el sometimiento y el uso político de los que menos tienen.

    Este discurso del pueblo bueno es una trampa, porque en esta supuesta dignificación se olvidan las condiciones en las que el pueblo vive: los de abajo son buenos y dignos, así su identidad termina atada a su condición social.

    La bondad y la debilidad son dos conceptos que se suelen confundir (no solo en política, sino en general): puedo considerar bondadoso a aquel que no es capaz de hacerme daño ni de matar una mosca, pero no está claro si ello es por voluntad o por incapacidad. Muchas personas no son vistas como malas porque no tienen la capacidad para serlo o porque pesa una gran inseguridad sobre sus capacidades: yo no puedo matar a alguien si no tengo un arma, no puedo engañar a mi pareja si nunca me ha tentado otra persona, no puedo robar dinero del erario si no tengo un puesto público. El pobre tiene menos capacidades y herramientas que quien no lo es.

    Si una persona tiene menos capacidad para valerse por sí misma, entonces tenderá a necesitar la ayuda de alguien más y cederá poder a ese alguien. Si yo tengo poder sobre aquel y no quiero perderlo, entonces lo dominaré: cortaré sus alas para que sea incapaz de rebelárseme o independizarse de mí mejorando un poco su condición de forma artificial. Por ello, estableceré una relación paternalista con aquel. Qué mejor idea que reconocer una supuesta bondad bajo la cual se esconda la idea de que el pueblo es incapaz e impotente y la cual me dé el permiso de presentarme como una suerte de gobierno-padre.

    Esta idea de orígenes religiosos, propia de nuestra región de que la pobreza es una virtud y que tanto se ha propagado a lo largo de la historia sugiere, sospecho, el mismo fin: el pueblo es pobre y su pobreza es virtuosa. Lo que es virtuoso es deseable, entonces no hay necesidad de que dichas personas salgan de la pobreza: seguramente serán premiadas en otra vida u otro mundo.

    Pero dentro de esa aparente virtuosidad y bondad, lo que se quiere decir es que el pobre es desválido, y como es desvalido, yo como gobierno o yo como patrón te voy a dominar so pretexto de una relación paternalista donde mi misión es protegerte y cuidarte. También por eso es pueblo: porque bajo esa etiqueta se elimina la pluralidad y la individualidad y con lo cual se desconoce su agencia. Son desvalidos (el ejecutivo afirmó más de una vez que son como animalitos), no pueden pensar por sí mismos, por tanto hay que cuidarlos y protegerlos porque, en el fondo, ello me da poder político.

    Pero el concepto de pueblo bueno es falaz. La verdad es que el «pueblo bueno» S.A. de 4.T. puede ser igual de malvado que sus contrapartes de las clases altas. Los pobres pueden matar o pueden robar igual que los ricos pueden desfalcar o lavar dinero. La única diferencia es que el alcance de los que tienen más recursos es mayor (no porque sean más malvados, sino porque tienen más poder).

    Lo que diferencia a los oprimidos de los que no lo son no es su altura moral, sino simplemente su condición de oprimidos. El oprimido puede ser, a la vez, opresor: un individuo que es oprimido por el régimen o que viva en condiciones deplorables puede oprimir a su esposa o a sus hijos en su hogar.

    El pobre tampoco es más débil, el pobre se encuentra en una situación de desventaja (posiblemente injusta) frente a los demás, tiene menos acceso a herramientas para salir adelante más por su punto de partida que por falta de voluntad alguna. El pobre suele tener las mismas potencialidades que otras personas, pero suele no tener las condiciones ni las herramientas para desarrollarlas. El que dice emanciparlo (a través de relaciones clientelares) solo quiere perpetuar y reforzar ese estado de cosas para obtener poder de él.

    En realidad, el pobre, si tuviera a la mano las circunstancias y herramientas idóneas (que nosotros, por ejemplo, sí tenemos) podría dejar su condición de pobreza. Pero al régimen le interesa tenerlos sometidos, porque ello es poder político, lo cual es muy común, sí, pero también inhumano. Por eso quienes prometen velar por ellos son los que terminan dejándolos más en la pobreza.

  • El PXN y sus desvaríos: no te van a pelar

    El PXN y sus desvaríos: no te van a pelar

    El PXN y sus desvaríos: no te van a pelar
    Foto: cuenta oficial de Facebook del PAN

    En México, un país con mucha pobreza y desigualdad, eso de decirse de «izquierdas» o «derechas» es privilegio de una minoría clasemediera. En México y los países latinoamericanos donde la pobreza crea muchos incentivos para las prácticas clientelares, la identificación ideológica es muy tenue y difusa como bien delinea la politóloga Elizabeth J. Zechmeister.

    Ello ocurre porque el mismo clientelismo se vuelve más redituable electoralmente que la identificación ideológica. Ello explica que el PRI nunca haya tenido una identificación ideológica clara y sí estructuras clientelares. Aunque todos los políticos en México han hecho uso de las prácticas clientelares, lo cierto es que el PAN, que tenía su base electoral en las clases medias y altas, se podía dar el lujo de tener una posición ideológica y programática que, si bien nunca terminó de ser consistente, sí era más clara: ahí en el PAN estaban resguardados tanto los liberales de centro o centro derecha, así como una derecha más dura, confesional y un tanto marginal (a la que pertenecía Manuel Espino, ahora en MORENA). Los empresarios, ante el asedio del PRI en los años 70, comenzaron a ver al PAN como el partido a través del que podían defender sus intereses. Lo claro es que el PAN siempre fue un partido tendiente a la derecha.

    Pero, una vez llegando al poder y, sobre todo, después de dejarlo, el PAN comenzó a extraviarse. Perdió bastiones muy importantes como Jalisco, varios de sus miembros abandonaron a su partido y, ante la desesperación, se ha convertido en un partido atrápalotodo que está dispuesto a hacer cualquier cosa para ganar votos. Si la visita de Santiago Abascal de Vox fue vista por muchas personas como un desvarío y se decía que esas derechas duras y populistas no eran compatibles con la doctrina del PAN, al menos podría argumentarse que eran, al fin y al cabo, de derecha, pero luego en ese extravío ideológico también empezó a ocurrir lo impensable: a alguien se le ocurrió que era viable subirse al carro del progresismo y las causas sociales.

    Ya habían algunos avisos de ello con el acercamiento con los demócratas en Estados Unidos o las propuestas del ingreso universal de Ricardo Anaya, pero ello se hizo más notorio a la hora de subirse al tren del lenguaje inclusivo y, sobre todo, al invitar a Viridiana Ríos (académica que, por cierto, ha defendido al régimen en más de una ocasión) para hablar de desigualdad. En resumen, al PAN se le ocurrió la maravillosa de idea de empezar a moverse a la izquierda.

    ¿Cómo llegaron a esa conclusión? Tengo algunas hipótesis (incluso se podría explicar por más de una de ellas).

    La primera es que el PAN es un partido que siempre ha tenido su base electoral en las clases urbanas. El progresismo emerge precisamente en varios de esos sectores socioeconómicos: las nuevas generaciones son cada vez más progresistas y posiblemente pensaron que eran el partido adecuado para atender a ese nuevo clivaje creciente que solo, y a medias, había sido tomado en cuenta por Movimiento Ciudadano.

    La segunda es que, por su carácter urbano, varios de sus miembros comenzaron a tener contacto con estas corrientes de pensamiento a través de organizaciones civiles, académicos y demás tipos de organizaciones donde el progresismo suele estar presente. Recordemos que la alianza Va por México se explica, en gran medida, por su relación con la organización Sí por México, formada por líderes empresariales e intelectuales que, si bien son fervientes opositores al régimen, tienen cierta línea progresista en lo social.

    La tercera podría explicarse por el centralismo. La Ciudad de México es la ciudad más progresista del país (y que representa una gran cantidad de votos) y, por tanto, comenzaron a verse influidos por ellos para poder tener mayor alcance en esta ciudad. Y como nuestro país es, en la práctica, centralista, entonces este influjo termina permeando en todo el partido como tal.

    La cuarta hipótesis es que MORENA se desentendió de los progresistas y, sobre todo en lo que compete al Gobierno Federal, comenzó a recorrerse a la derecha en temas sociales. Así, dejó ahí tirados muchos votos progresistas que ahora el PAN quiere recoger.

    Las cuatro hipótesis coinciden en algo, y es que todas ellas se explican por el oportunismo electoral.

    El PXN y sus desvaríos: no te van a pelar
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    Es cierto que, con el tiempo, los partidos conservadores tienden a asimilar los cambios sociales que suelen ser defendidos por los progresistas. Los partidos democristianos europeos son un claro ejemplo de ello: para una sociedad no tan avanzada como la mexicana hasta podrían parecer muy liberales. Pero los partidos conservadores hacen eso, asimilan cambios, no los empujan. Es claro que, en un futuro no muy lejano, hasta para un panista típico será extraño oponerse al matrimonio igualitario, pero más extraño es pensar que el PAN vaya a abanderar los cambios sociales progresistas.

    Con el tema de la desigualdad hay algo más grosero, y es que ese tema siempre ha sido monopolio de las izquierdas, es su terreno natural. A diferencia de los cambios sociales, no es algo al que la derecha suela subirse progresivamente. Es cierto que el PAN no es un partido liberal puro (como un libertario quisiera) y siempre ha estado abierto a cierto papel del Estado como para aspirar a ampliar la red de seguridad social con Seguro Popular (irónicamente desmantelado por el gobierno actual que se dice de izquierda), pero siempre ha sido un partido que tira un poco más a la derecha.

    ¿Cuál es el problema con esto? Que estas posturas no son nada creíbles por el simple hecho de que el PAN está identificado como un partido conservador. Los partidos, haciendo referencia a De Vries y Hobolt, pueden ser vistos como una marca a la cual se asocian ciertos atributos que los distinguen de los rivales. Lo que siempre distinguió al PAN era cierta dosis de conservadurismo y políticas relativamente liberales en lo económico.

    El hecho de que el PAN decida romper groseramente con esos atributos de marca hace que se le perciba como un partido oportunista y extraviado. No solo es que los conservadores, quienes no se sienten representados en el sistema político, se sientan traicionados por el partido que alguna vez los acogió. El problema es que los progresistas, que tampoco se sienten representados en el sistema político, ven esto como una burla: ven en el PAN a un partido conservador que se está queriendo subir de forma oportunista a su plataforma (ya ocurrió con los colectivos feministas). Lo cierto es que los progresistas no van a votar por el PAN porque su marca conservadora (la cual no puede desaparecer de la noche a la mañana) los ahuyenta.

    Es cierto que, en la práctica, esa izquierda que quiere ser el PAN se parece poco a MORENA, pero lo cierto es que en la narrativa, en la percepción de la gente (sobre todo la que suele votar por el PAN), es extraño pensar que la oposición natural a este régimen (al cual asocian con el intervencionismo estatal e incluso con conceptos como el comunismo) va a ser un partido progresista que hable de desigualdad y luchas sociales.

    En las zonas urbanas, los clivajes más representativos son, sí, el progresismo, pero también una derecha moderadamente conservadora y empresarial (dejando de lado a los sectores más confesionales y rancios que, si bien son ruidosos, son minoritarios). El problema es que el PAN ha optado por el clivaje equivocado. Es cierto que falta un partido para ese progresismo creciente, pero tendría que ser uno nuevo o al menos uno como Movimiento Ciudadano (aunque críticas a la inconsistencia ideológica de este partido merecerían otro capítulo), o algunas propuestas como el partido Futuro en Jalisco. El PAN no puede ser ese partido ya que históricamente ha tenido posturas bastante distintas a las de ellos porque los progresistas no los quieren, así de simple.

    Y tienen razón los que dicen que parece que el PAN se está esforzando por desaparecer. Está optando por una estrategia que no le va a atraer votos, sino que va ahuyentar tanto a conservadores como a progresistas. Los panistas no sólo no están haciendo una buena lectura, sino que están mandando el mensaje de que las posturas programáticas (que los caracterizaba más que a otro partido) ya no importan, sino sólo la búsqueda del poder y la ambición de sus miembros a toda costa.

  • Defender al CIDE del acoso y el estigma

    Defender al CIDE del acoso y el estigma

    Defender al CIDE en tiempos difíciles

    Lo que le está pasando al CIDE es algo que debería preocuparnos a todas las ciudadanas y ciudadanos de este país.

    Y debe de preocuparnos no solo por la importancia que tiene esta institución en nuestro país, sino porque está sufriendo el mismo acoso que sufren las instituciones autónomas por parte del régimen actual que, en un acto autoritario, busca imponer una forma de pensamiento único que le sea beneficioso al régimen.

    El régimen actual ha buscado estigmatizar a la institución (hasta ha recibido varias menciones en las mañaneras), ha hecho lo propio con las y los profesores así como con quienes estudiamos ahí. El encuentro que tuvimos hoy por Zoom los alumnos con el director interino José Antonio Romero Tellaeche, que fue colocado en esa posición por el régimen, lo dejó muy claro: de alguna forma sugirió que quienes estudiamos ahí estamos manipulados ideológicamente, que no tenemos pensamiento crítico, que no servimos al país y que nuestras mentes están moldeadas por profesores que estudiaron en Estados Unidos (el propio Romero Tellaeche estudió ahí, pero se justificó diciendo que en nuestro país no había doctorados y que tiene pensamiento propio). Además, en este mismo encuentro también afirmó que los medios de comunicación orquestaron una campaña de desprestigio en su contra.

    Sin conocer a su comunidad ni las dinámicas de la institución, el director interino se atrevió a hacer aseveraciones estigmatizantes de forma categórica, además, claro, de destituir arbitrariamente a personas que ostentaban posiciones directivas. Algunas alumnas y alumnos que intervinieron en esta sesión le pidieron que conociera más a la comunidad y la institución, pero siguió haciendo lo mismo hasta que terminó la entrevista.

    Lo que vivimos ahí fue básicamente una extensión del régimen, de una mañanera: el tono del discurso era exactamente el mismo. Acusó al CIDE de neoliberal e ideologizante. Todo esto fue insultante. Por ello, yo quiero contar mi experiencia en esta institución para desmentir los estigmas que el régimen ha tratado de hacer caer sobre la institución de la que formamos parte.

    Mi experiencia

    Primero, lo que caracteriza al CIDE es su orientación metodológica y de investigación. En el año y medio yo nunca he visto imposición ideológica alguna. Entre mis compañeras y compañeros tenemos distintas orientaciones ideológicas: algunos son de izquierda, otros de centro y otros de derecha, y nadie nos ha dicho cómo tenemos que pensar. Nadie me ha corregido algún texto porque usé o no usé lenguaje inclusivo ni me dijeron que mi forma de pensar está mal o es una tontería. Yo me siento aceptado tal y como pienso.

    Es cierto, por ejemplo, que la ciencia política que nosotros estudiamos está influida por la ciencia política americana (american politics), pero ello no implica que sea neoliberal: nadie nos dice que tenemos que apoyar al capitalismo o el socialismo. Más bien el CIDE nos otorga herramientas metodológicas para que nosotros, que estudiamos ahí, los apliquemos a nuestras convicciones ideológicas. Las herramientas de investigación las puede usar tanto una persona que es de derecha para estudiar, por decir, el conservadurismo en tal país, o las puede usar una feminista para estudiar la violencia contra la mujer. Si eres comunista o marxista, nadie te dice que debes dejar de serlo. También hay (aunque, por lo ocurrido, parece que ya son realmente pocos) simpatizantes de López Obrador. A ninguna de las personas que simpatizan con el Presidente se les estigma y su postura se respeta.

    Segundo. cuando fui aceptado en la institución, llegué con tres temas que eran candidatos para investigación. En el proceso de la selección y desarrollo del tema no hubo nunca algún condicionamiento ideológico ni nadie me sugirió alguna «perspectiva ideológica». Lo que mis profesores de investigación, mi tutor, el profesor Gerardo Maldonado y mi asesora de tesina, la profesora Amalia Pulido, me han pedido es rigor metodológico: que la investigación esté bien sustentada teóricamente, que las variables estén bien conceptualizadas y operacionalizadas, pero la pregunta de investigación es producto de mis propias convicciones y no de la intervención ideológica de la institución.

    Tercero, no recuerdo que las preguntas de investigación de quienes estudian conmigo sean «neoliberales». Algunas estudian el autoritarismo, el voto, partidos políticos y demás. Las preguntas de investigación son muy variadas, tienen distintas posturas y abordan distintos temas.

    Cuarto. si los profesores «moldearan nuestras mentes sin criterio», entonces podría esperarse que las y los estudiantes pensemos igual, que somos una masa ideológicamente homogénea, y la realidad es que no es así en lo absoluto. Por el contrario, mi grupo de clase es muy diverso. Dicen que el CIDE es «neoliberal» pero varias de las personas que estudian conmigo (no todas) son de izquierda y siguen siendo de izquierda.

    Pero esta diversidad no ocurre solo con los estudiantes sino con los profesores, muchos de ellos tienen formas de pensar distintos y sus temas de interés son distintos. Es justa esta pluralidad la que nos da un conocimiento más rico y amplio. Es cierto que muchos (aunque no todos) estudiaron en Estados Unidos, pero ello no implica que piensen igual en lo absoluto ni mucho menos que sean ideológicamente homogéneos. Es cierto, como dice Romero Tellaeche, que tener profesores que estudiaron en otros lados es una buena idea, pero de ahí no se sigue que como muchos profesores estudiaron en Estados Unidos, entonces nos quieren adoctrinar ideológicamente.

    Quinto, la diversidad no solo debe ocurrir dentro de la institución sino fuera de ella. Es deseable una institución orientada metodológicamente como es el CIDE exista, al tiempo que exista el COLMEX que tiene otra orientación o la UNAM. Homogeneizar la oferta académica tan solo empobrecerá el conocimiento (ya de por sí limitado) que se genera en el país.

    Sexto, el CIDE no es un centro de «blancos privilegiados» como también se pareció sugerir. Tal vez yo sí venga de una posición relativamente acomodada clasemediera, pero no es el caso de todas las personas que estudian conmigo. Tal vez las personas que vengan «desde abajo» no sean mayoría, pero eso es así no por problema del CIDE sino de toda la estructura educativa del país que da una educación paupérrima a los que menos tienen. El gobierno debería procurar que las personas que nacieron en condiciones difíciles puedan recibir una educación desde los niveles básico lo suficiente decente para que puedan acceder a estudiar en centros como el CIDE, eso no ocurre porque una y otra vez nos han mostrado que no es su prioridad.

    Seguramente el CIDE tiene cosas por mejorar, pero no es ahorcando a su comunidad e imponiendo una forma de pensar que puede mejorar como institución.

    Resistir

    La situación del CIDE es complicada. Mucha gente no conoce esta institución ni su importancia. El CIDE no es visible como el INE, por poner un ejemplo. López Obrador tiene una popularidad, de acuerdo con Consulta Mitofsky, de más del 60% y ella no reside en los sectores académicos e intelectuales, la cual perdió (sin preocupación alguna) desde un principio. Dicho esto, es evidente que López Obrador considera que deshacerse o «adoctrinar» al CIDE no le va a traer costo político alguno.

    También es complicado porque el CIDE no ha recibido empatía por toda la oposición. Si bien es válido invitar a la reflexión a las personas que votaron por López Obrador y se han percatado de que ello fue contraproducente y que los atajos heurísticos no hicieron el mejor papel, las burlas y las frases como «disfruta tu voto» nada ayudan a ese fin y lo único que logran es hacer el favor al régimen. Al final, ejercieron su voto de forma libre (más allá que algunos no tengamos su mismo punto de vista) y seguramente algún aprendizaje quedará de esto.

    Pero si la situación es muy complicada, lo cierto es que el CIDE tiene una comunidad muy fuerte. Que la comunidad resista con fuerza y entusiasmo, pero también con inteligencia. Posiblemente será necesario crear lazos con otras instituciones académicas y universitarias para poder ejercer más presión y elevar el costo político para que el acoso ceda.

    Si algo me dio esperanza fue la reacción de las y los estudiantes en el diálogo (si se le puede llamar así) con el director interino. Se atrevieron a confrontarlo, a decirle lo que piensan sin tapujos. Él, por su parte, nunca terminó de contestar las preguntas que le hicieron, dio muchas evasivas y nunca dejó el lado del discurso propio del régimen.

    Conclusión

    Para mí sería fácil desentenderme porque en junio termino mis estudios y las consecuencias posiblemente no me toquen, yo me iré de la institución con educación de alto nivel, pero si el CIDE me ha dado tanto, creo que una forma de retribuir es ayudar, en mis limitadas capacidades, a defender a esta institución de pulsiones autoritarias para que las siguientes generaciones puedan seguir recibiendo educación de alto nivel para que lo pongan al servicio de nuestro país.

    La pluralidad y la democracia liberal están en riesgo. El ataque al CIDE es tan solo una de las múltiples manifestaciones de este riesgo. La ciudadanía debe resistir. Las y los estudiantes, profesores y académicos debemos resistir contra el autoritarismo y las amenazas contra la libertad de pensamiento.

    Y por cierto, al ser una institución que paga mis estudios, a quien le debo algo no es al gobierno, sino a las personas que pagan sus impuestos. El gobierno es, o debería ser visto, como un mero administrador y no como un «padre» que nos está haciendo algún favor y al cual le debemos pagar con algo.

    Para concluir, les comparto un video sobre la fundación del CIDE. Pueden ver todo el hilo del profesor Carlos Bravo Regidor al respecto.

    Lo anteriormente escrito representa nada más que mi opinión y solo hablo por mí mismo.