Etiqueta: Ricardo Anaya

  • Las virtudes y los defectos de los candidatos

    Las virtudes y los defectos de los candidatos

    Las virtudes y los defectos de los candidatos
    Foto: Noticieros Televisa

    Andrés Manuel López Obrador

    Virtudes:

    • Es una persona muy tenaz y perseverante. Contender en tres campañas electorales y recorrer todos los municipios del país no es cualquier cosa.
    • Es, simplemente, el líder político más importante de todo el país. 
    • Tiene vocación y sensibilidad social. Conoce más que nadie al «México de abajo». 
    • Tiene amplia experiencia política. Es el único de los candidatos que ya ha gobernado y su gestión en la Ciudad de México en general es bien vista.
    • Nunca se ha enriquecido ilegalmente de la política. Ciertamente puede ser criticable que viva, en parte, de los recursos de su partido (que a su vez es del erario) pero ello no implica ilegalidad alguna. 
    • Es el único que ha hecho un diagnóstico del país que toca fibras sensibles y que la mayoría de los políticos no se atreven o no quieren tocar (desigualdad, empresarios que se enriquecen al amparo del poder, entre otros más).

    Defectos:

    • Es una figura con un discurso mesiánico que tiende a polarizar la discusión.
    • Tiene tintes autoritarios, suele denostar a quienes no piensan como él y a hacer juicios de valor moral sobre quienes disienten (aunque no tengan un interés particular).
    • Tiene poca confianza en sociedad civil como agente de cambio. Le disgusta la idea de que en su gestión habrá contrapesos fuera de su control.
    • Suele ser una persona necia, poco dispuesta a confrontar su ideario y sus propuestas.
    • Su propuesta es obsoleta y prácticamente no ha cambiado desde hace algunas décadas (al menos desde finales del siglo XX).
    • No es una persona ávida de aprender y prepararse constantemente más allá de su experiencia en la calle.

     

    Ricardo Anaya

    Virtudes:

    • Es una persona muy inteligente y de mente aguda.
    • Es una persona que le gusta aprender, mantenerse actualizado y absorber la mayor cantidad de conocimiento posible.
    • Se prepara de la mejor forma para afrontar los escenarios que se le pongan enfrente. Se caracteriza porque antes de los debates analiza bien el escenario y hasta las tomas de cámara. Es muy meticuloso.
    • Tiene una retórica muy envidiable. Anaya es uno de los candidatos con mejor oratoria que hemos visto en los últimos tiempos.
    • A pesar de su juventud y su corta trayectoria, ha sabido moverse para llegar a la punta de la pirámide política (lo cual, por sus formas, puede verse como un defecto, pero también es una virtud).

    Defectos:

    • Es ambicioso en exceso. 
    • Es una persona poco confiable ya que ha traicionado a muchas personas que le tendieron la mano para lograr sus objetivos. Su trayectoria tiene puntos cuestionables. 
    • Es una persona que tiene poca capacidad para conectar y empatizar con la gente.
    • Parece estar falto de convicciones e ideales, por eso es que no ha logrado construir una narrativa convincente.
    • Nunca ha ejercido un cargo público por elección popular. 

     

    José Antonio Meade

    Virtudes:

    • Es una persona íntegra que nunca se ha enriquecido a través de su trayectoria política.
    • Es inteligente y tiene una amplia preparación académica.
    • Tiene amplia experiencia en el terreno económico y de relaciones internacionales. 
    • Es una persona conciliadora, abierta a dialogar.

    Defectos:

    • Si bien no es corrupto, no es una persona que levante la mano para evitar o denunciar los actos de corrupción de los otros. 
    • Tiene experiencia como burócrata, pero no como político.
    • Estar abanderado por el PRI y estar rodeado por personajes impresentables siempre va a ser un defecto.
    • Nunca ha ejercido un cargo público por elección popular. 

    Nota al pie: no incluyo al Bronco porque ese es de broma.

     

  • Anaya, el candidato antisistema

    Anaya, el candidato antisistema

    Anaya, el candidato antisistema

    Si hay un candidato antisistema en estas elecciones, uno que vaya en contra de los intereses del corrupto gobierno de Enrique Peña Nieto, ese es Ricardo Anaya.

    No, el principal opositor de Peña en estas elecciones no es López Obrador, es Anaya.

    No es antisistema porque no se haya beneficiado del sistema mismo ni porque haya sido parte de éste. Tampoco lo es porque su honestidad destaque frente a la corrupción del político promedio. Anaya lo es porque el peñismo vio en él a una figura muy poco confiable: su historial de traiciones dentro de su partido no le habría garantizado de ninguna manera inmunidad (impunidad) a Peña y a los suyos. Ello explica por qué desde el año pasado hicieron lo posible por debilitar a Ricardo Anaya.

    En la campaña, Anaya remató y dijo que si ganaba metería a Peña a la cárcel. Esa propuesta tal vez sea, junto con la del ingreso básico universal, una de las pocas que recordamos del candidato.

    El problema es que los priístas suelen ser rencorosos. Los que los hemos llegado a conocer sabemos que se caracterizan por tener la piel bastante delgada, y rara vez perdonan ese tipo de amenazas. 

    La campaña del PRI contra Ricardo Anaya es real, no es una ficción ni es una oscura estrategia. En el primer ataque de este año utilizaron a la PGR de forma facciosa, en el segundo utilizaron a los medios de comunicación como Televisa y TV Azteca y similares para propagar con impecable sincronía un video sin fuente de origen con unas presuntas declaraciones:

    ¿Es Anaya culpable de lo que se le acusa? ¿Són mentiras? ¿Son verdades a medias? No lo sé. No me parece que Ricardo Anaya sea una persona muy confiable y honesta. Pero, independientemente de la veracidad que las acusaciones puedan tener, queda claro que el gobierno de Peña Nieto está interviniendo de forma flagrante en las elecciones para destruir a Anaya, ya no solo para evitar que llegue a la presidencia (cosa que a estas alturas ya es bastante improbable) sino para destruir su carrera y su fama.

    Es evidente que Peña Nieto prefiere a López Obrador en la silla presidencial que al frentista. El discurso conciliador de AMLO incluía un guiño al gobierno de Peña Nieto que básicamente consistía en no tomar venganza a cambio de que el de Atlacomulco no le «echara montón».

    Y así lo vemos. Muchos esperaban que al cierre de la campaña todo el aparato volcara contra López Obrador y eso no está sucediendo. Los únicos que lo intentaron hacer fueron las cúpulas empresariales (ahora ya apaciguadas después de una reunión que AMLO tuvo con el Consejo Mexicano de Negocios) quienes recibieron de Peña Nieto un portazo en la cara cuando le pidieron que Meade declinara por Ricardo Anaya. 

    Lo único que vemos en contra de AMLO en estos momentos son algunos spots donde se intenta señalar que él es incapaz de gobernar este país, pero nada más. Incluso el tema de Nestora Salgado ha ido quedando en el olvido. Este cierre de campaña está resultando muy tranquilo para López Obrador quien simplemente se está administrando para lo que se antoja inevitable.

    Dentro de la campaña de Anaya han comenzado a sugerir que Peña Nieto y López Obrador ya pactaron. No sé si eso esté ocurriendo, no tengo elementos para afirmarlo pero sí se pueden ver algunos indicios de que eso podría estar ocurriendo como las votaciones en conjunto que PRI y MORENA han realizado en ambas cámaras o las polémicas declaraciones de Yeidckol. Lo cierto es que muchas de las cúpulas de poder de nuestro país ya se están alineando con el que muy probablemente será nuestro próximo presidente.  

    El discurso antisistema de Ricardo Anaya difícilmente va a pegar porque, de acuerdo a los estudios demoscópicos que se han publicado, es al que se le considera más mentiroso. Lo cierto es que al día de hoy, quien representa la principal oposición al gobierno actual no es López Obrador, sino Ricardo Anaya. Pero el mote de antisistema no es necesariamente un halago. 

  • Anaya ya no tiene nada que contarnos

    Anaya ya no tiene nada que contarnos

    Anaya no tiene nada que contarnos

    La campaña de Ricardo Anaya no despega. 

    Y no lo hace cuando falta menos de un mes para el día de las elecciones. De hecho se percibe cierta desesperación dentro de su equipo de campaña.

    La comentocracia comienza a hablar cada vez menos de él y cada vez más de lo que podría ser la presidencia de López Obrador. Todos hablan sobre los probables miembros del gabinete, de su relación con los empresarios. Todo gira en torno a López Obrador porque muchos ya se han hecho a la idea. 

    Cuando a Anaya le preguntan por las encuestas, cambia el tema y dicen que ellos van a ganar. Sabe que lo que ellas reflejan no es nada grato y no tiene nada que decir sobre el tema. No sólo por el hecho de que López Obrador se antoja como inalcanzable, sino porque Anaya ha comenzado a rezagarse al punto en que podría perder el segundo lugar que le había permitido crear el discurso de que la competencia era entre él y López Obrador. Es más, ni siquiera logró acaparar votos de la declinación de Margarita Zavala. 

    A Anaya no le va bien solamente porque el contexto le beneficia a López Obrador, sino porque su estrategia de campaña es pésima.

    ¿Alguien de ustedes me puede decir quién es Anaya o qué es lo que quiere? ¿Podrían definirlo? Se darán cuenta que esa tarea es muy complicada.

    Y ese es un gran problema porque toda campaña debe de comenzar con una narrativa, una que apele a las emociones del electorado y con la cual un sector de este se identifique y vea ahí plasmados sus valores y anhelos. La narrativa es como una matriz de donde se desprende todo, de donde se desprenden sus acciones y sus propuestas de campaña. Las propuestas pueden ser muy buenas pero si no forman parte de una narrativa convincente no van a decir nada, se vuelven estériles. Imaginemos que nos dan las siguientes instrucciones:

    Encienda el dispositivo, una vez que está prendido presione el botón frontal dos veces y así usted logrará acceder a la configuración. 

    Si solo atendemos a ese párrafo y no conocemos lo demás, vamos a entrar en una profunda confusión. No sabemos a qué tipo de dispositivo se refiere y menos sabremos cual es el objetivo de esas instrucciones. Si yo te digo que esa instrucción tiene el fin de restaurar el software de un teléfono móvil, entonces todo cobra sentido. Algo parecido es lo que la narrativa hace. No podemos pensar en las instrucciones (propuestas de campaña) si no conocemos cuál es su función y de qué producto se trata (narrativa).

    Y como no tiene narrativa, lo único que percibimos en Ricardo Anaya es una candidatura estéril y sin rumbo. Sin narrativa no funciona todo lo demás. Ricardo Anaya pretende ser todo: buen esposo, buen padre, rockero, motociclista, conferencista de TED, CEO, académico, políglota, pero al final no es nada, su candidatura no tiene sustancia, por eso no pega ni despega. 

    La narrativa también funciona como hilo conductor de la campaña, y como esta no existe dentro de la campaña, entonces vemos que ni siquiera hay una buena coordinación. Vemos relanzamientos de campaña precipitados donde pretenden presentar a Ricardo Anaya como pacificador porque los estudios de campo decían que la población está preocupada por la inseguridad (en parte producto de las fallidas estrategias de los dos últimos gobiernos) y porque ese tema no es el fuerte de AMLO, pero no suena creíble, se percibe muy artificial.

    Esta improvisación, al no tener un hilo conductor, también explica que se haya creado la percepción de que «le está copiando a AMLO». Anaya se ha mostrado como un candidato antisistema, pero al no tener una identidad propia termina pareciendo una «versión chafa» del otro. Lo peor es que algunas de las propuestas y acciones del queretano parecen una calca de las del tabasqueño. No sé quién le dijo que era una buena idea hacer conferencias mañaneras como López Obrador o que plagiara la frase «más becarios menos sicarios» utilizando nombres de futbolistas.

    Anaya es prácticamente inexistente dentro de las redes sociales. A pesar de ser el candidato más tecnológico y sofisticado, la campaña de López Obrador, a través Tatiana Clouthier y el proyecto «Abre más los ojos«, le han comido el mandado. El candidato el Frente se limita a presentar una y otra vez el mismo Powerpoint de siempre, a decirnos que Netflix le comió el mandado a Blockbuster y a contarnos su experiencia dentro de la Amazon Store.

    En la campaña de Anaya no han entendido el voto del hartazgo más allá de los estudios demoscópicos. Pensaron que proponer una versión antisistema light, uno más moderado, cosmético y sin riesgos, iba a traerles votos. Pero la gente está enojada, y cuando está enojada tenderán a irse con la propuesta más disruptiva, y esa no es la de Ricardo Anaya. Él se quedó varado en el medio, entre tratando ser antisistema y ser la opción que genera certidumbre. 

    Anaya quiso ser todo y no fue nada. Creyó que bastaba con debatir bien. Creyó, erróneamente que si hablaba de datos o métodos iba a levantar. Cometió el error que suelen cometer muchas veces los demócratas en Estados Unidos: ser muy racional, cerebral y apelar de forma recurrente a datos y estadísticas sin que ello se traduzca en emociones. A López Obrador le bastó utilizar recursos «chuscos» como el de la cartera o el de «Ricky Riquín Canayín» para condenar su discurso a la irrelevancia. Anaya le había dicho a AMLO que le faltaba mucho mundo, una frase que, bien utilizada, hubiera podido jugar en contra de López Obrador, pero no sólo no supieron crear una estrategia en torno a ella, sino que fue opacada por las ocurrencias de AMLO.

    Y todo eso por no haber logrado crear una narrativa. A menos de 30 días de la elección muchos ni siquiera sabemos quién es Ricardo Anaya. Por eso tiene que hacer mítines en espacios cerrados con su Powerpoint de siempre mientras que AMLO, quien se ha encarnado en una figura mesiánica que promete atacar la desigualdad y la corrupción, presume casi a diario mítines abarrotados. 

    Me atrevo a decir que la campaña de Ricardo Anaya es una de las peores que he visto en mucho tiempo. No sólo por el hecho de ser mala, sino porque no lograron impulsar a un candidato que, a mi parecer, tenía potencial para algo más. 

  • Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    ¿Cómo poder reseñar un debate tan aburrido, tan deplorable y tan decepcionante como el que tuvimos? No fue el formato, no fueron los moderadores (aunque creo que Yuridia no estuvo a la altura), fueron los candidatos. Estimados, tenemos unos candidatos deplorables y no entiendo como algunos se dan el lujo de perder amigos y hasta familiares por defenderlos. 

    ¿Quién ganó el debate? Es una pregunta muy debatible y compleja de responder, pero lo que sí estoy seguro es que el gran perdedor es México.

    Vamos al grano. Lo primero que tengo que decir es que ninguno aportó gran cosa en materia de política exterior. Es un tema demasiado importante dada la coyuntura de nuestro país (con el TLCAN en plena negociación) y ninguno estuvo a la altura, ni siquiera Meade quien tiene experiencia como canciller. Fue terrible, puros lugares comunes, puras palabras al aire. Puras acusaciones, peleas dignas de un patio de primaria. ¡Vaya! Un circo terrible.

    López Obrador

    A mi parecer López Obrador fue el ganador. No porque sea bueno debatiendo, no porque tenga las mejores propuestas. Simplemente porque tenía que ir a conservar su ventaja, y todo parece ser que así va a ser. Me preocupa que el candidato de MORENA no sepa ni un ápice de política exterior, es un ignorante del tema, no sabe absolutamente nada y ni su larga experiencia como político lo ha motivado a aprender algo. También preocupa su escasa agilidad mental, la cual se nota incluso cuando intenta hacer chistes. Básicamente me preocupa que quien será, casi con toda seguridad, nuestro próximo presidente, tenga carencias en cuestiones tan elementales. Me preocupa que recursos como ese de «Ricky Riquín Canayín» le funcionen y le aplaudan por eso. Son patéticos pero funcionan.

    A López Obrador le fue bien por dos cosas: primero, porque sus contrincantes desperdiciaron muchas oportunidades para noquearlo; y segundo, porque AMLO se mostró más despierto y sonriente en el debate, cosa importante después de haber sido criticado por, supuestamente, tener problemas de salud. A pesar de que Anaya logró hacerlo enojar alguna vez, AMLO enrareció el debate con sus ocurrencias y eso hizo que muchas de las críticas quedaran fuera de foco. El recurso de la cartera le funcionó muy bien, así logró esquivar lo que hubiera sido un golpe de Anaya quien se regresó frustrado a su lugar. 

    A pesar de su torpeza al hablar y su ignorancia en temas puntuales, AMLO mueve sentimientos y lo hace muy bien cuando está de buenas. 

    Ricardo Anaya

    Sí, fue el que debatió mejor, el que llegó más preparado, quien llevó más libros, apuntes y láminas. Pero en un debate presidencial no siempre gana el que debate mejor sino quien rentabiliza el debate a su favor y Anaya no lo logró. 

    Ricardo Anaya tenía que ir a buscar el voto blando de Andrés Manuel, ese voto que ganó en los últimos meses y que no está compuesto por incondicionales. Para eso tenía que lograr tres cosas: 1) Presentarse como antisistema, 2) Asestarle golpes contundentes a AMLO y 3) Crecer por méritos propios:

    Anaya sólo logró lo primero. Mantuvo una crítica con el gobierno actual y eso estuvo bien. De hecho, al principio creí que, aprovechando la ignorancia de López Obrador en materia de política exterior, Anaya se comería a López Obrador, pero no ocurrió, lo cual nos lleva al segundo punto: 

    Anaya no logró noquear a AMLO, lo logró hacer enojar una vez pero nunca lo tumbó. En algunos casos los golpes fueron poco certeros y López Obrador logró darles la vuelta con sus chistes o en alguna ocasión con uno que otro argumento. Ricardo Anaya mintió en ocasiones cuando hizo algunas de sus acusaciones y llegó a ser exhibido por ello. 

    El panista tampoco logró crecer por sus propios méritos. Yo había dicho anteriormente que debajo de su elaborada retórica no hay mucha sustancia y eso quedó, a mi parecer, muy evidente en este debate. ¿Por qué quiere ser Anaya presidente? ¿Como sería su gobierno? ¿Con quienes trabajará? ¿Cómo piensa Anaya? No respondió esas preguntas y su persona sigue generando incertidumbre. Pero aún para él. A pesar de ser elocuente, no inspira confianza. Su lenguaje corporal tiene rasgos esquizoides, su sonrisa y sus expresiones de la cara son muy falsas.

    Si he dicho que con una eventual presidencia de López Obrador podría haber algunos riesgos, no podría decir lo opuesto de Anaya. Al no resolver todos estos dilemas, veo muy difícil que logre alcanzar a AMLO en las encuestas.

    José Antonio Meade

    El candidato del PRI mejoró bastante. Se vio más elocuente y supo hilar argumentos de mejor forma. Se veía que venía entrenando y su mejora ya se palpaba en los últimos programas a los que lo invitaban a participar. Pero creo que no fue suficiente, sobre todo porque no logra o no quiere desligarse del corrupto gobierno de Peña Nieto y porque ya es demasiado tarde. La idea de que la elección es entre Anaya y López Obrador ya quedó impregnada en la cabeza de la mayoría de los electores. 

    Lo que sí podría criticar de Meade es que, a pesar de haber sido canciller, no mostró muchas tablas ni un gran conocimiento en el tema. En ese sentido, también desperdició una oportunidad. Concuerdo con quienes dicen que es el mejor candidato (el problema es el partido que lo postula) pero nunca logró exhibir del todo su amplio conocimiento sobre el tema. Veo muy difícil que logre salir del tercer lugar en donde está estancado. 

    El Bronco

    Una vergüenza. No puedo decir más. 

    Conclusión

    El debate no va a mover muchas cosas. En las encuestas que ya han sido publicadas y que preguntan quién fue el ganador del debate Anaya aparece en un primer lugar, pero apenas por encima de AMLO. Anaya tenía que generar la percepción de que su triunfo fue contundente (cosa que había logrado en el primer debate) para rentabilizarlo con una estrategia posdebate. Lamentablemente no lo logró, se quedó a medias cuando tenía que dar el estirón para alcanzar el voto blando de AMLO, ese que vale doble.

    No sé si este arroz ya se coció pero creo que el resultado de este infame debate pone a López Obrador cada vez más cerca de la presidencia. Lo único rescatable fue el formato. Por lo demás, los mexicanos deberíamos reflexionar y preguntarnos por qué es que tenemos candidatos tan mediocres. 

    Esta es nuestra realidad y el debate (si es que se puede llamar así) nos lo recordó, y esos son los candidatos que van a estar en la boleta. 

  • Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Seguramente en la campaña de Ricardo Anaya se preguntan, frustrados, por qué no encuentran la forma de bajar a López Obrador en las encuestas. Todos concuerdan en que Anaya le asestó uno que otro golpe al tabasqueño en el debate pasado, pero no lo noqueó y, de acuerdo a Massive Caller, que es por el momento la única fuente que tenemos a la mano (a falta de que se publiquen otros estudios), la afectación a López Obrador fue ínfima si no es que nula. Anaya subió, pero a costa de Meade, no de AMLO.

    Se preguntarán también por qué la guerra sucia, que desde hace dos o tres semanas ha sido lanzada por la campaña de Meade y luego por la campaña de Ricardo Anaya, no ha tenido casi ningún efecto. Su lógica es intensificarla ya no solo con spots sino con llamadas telefónicas y anuncios en los camiones. En esas dos o tres semanas AMLO ha mantenido el mismo porcentaje que no sólo está compuesto de sus fieles seguidores, sino también de una suerte de voto útil cuya prioridad en estas elecciones es ejercer un voto de castigo en contra del PRI y del sistema. 

    En la campaña asumen que con la guerra sucia podrán robarle a López Obrador ese voto útil, que hay que asustarlos para que así voten por Ricardo Anaya. Dicho voto útil es muy atractivo porque, a diferencia de cualquier otro tipo de voto, tiene un efecto duplicador. Es decir, si Anaya le quita un punto cierra la brecha en dos (porque cada punto que gana es un punto que pierde López Obrador). Pero, al parecer, no están entendiendo que si ese voto se fue con AMLO es porque el hartazgo genera un impacto en su intención de voto más fuerte que el miedo. 

    Algunos dirán que basta con que se den cuenta de que las propuestas de López Obrador no tienen mucho sustento mientras que las de Anaya, dicen, al menos, que sí están bien sustentadas (más por su elocuencia a la hora de hablar que por otra cosa). Pero en realidad eso no importa mucho. Algo que Ricardo Anaya no tiene, no ha construido y que AMLO sí, es un ideario; y esto puede determinar la elección, sobre todo cuando el ideario embona perfectamente en el contexto en que se desarrolla dicha elección que está caracterizada por el hartazgo al sistema. 

    Las propuestas son un medio para llegar a un fin (dicho ideario), y el problema de Ricardo Anaya es que sus propuestas, por más buenas que puedan ser, no parecen apuntar a ninguna parte. ¿Qué es lo que quiere Ricardo Anaya? Nadie lo sabe. De hecho, es demasiado ambiguo. En cambio, López Obrador sí tiene su ideario muy bien definido y tiene como piedra angular la justicia social: habla de disminuir la desigualdad, de combatir a esa «minoría rapaz» compuesta por unos pocos políticos y empresarios, habla de combatir la corrupción. Peor aún para Anaya es que lo ocurrido en estos últimos 6 años ha fortalecido mucho el discurso de Obrador. Ya no parece tanto una «teoría conspiranoide» como hace 12 años sino que pareciera hacer más sentido que nunca. 

    Todo se centra en eso, en la justicia social, en un país donde hay 50 millones de pobres donde el crecimiento no es suficiente y donde la desigualdad es mucha el mensaje se vuelve muy atractivo. Así como Adorno decía que los judíos se convirtieron en el enemigo por darle rostro a la idea del capitalismo, la clase política se ha convertido en el enemigo por darle rostro a la idea de la corrupción y la injusticia y López Obrador ha sabido capitalizar ese hartazgo. Votar por López Obrador no es necesariamente un acto racional producto de un concienzudo análisis de sus propuestas (seamos francos, son pocos los electores que lo hacen ese tipo de análisis) sino que es producto de una mentada de madre colectiva en contra de la clase política. Dado que Obrador tiene un ideario muy definido y que embona muy bien en este hartazgo, se ha convertido en el medio para «rayársela a ese sistema político podrido». 

    En un contexto como el actual, es un mayor problema tener propuestas sustentadas (en realidad o en apariencia) que no tienen ningún fin en concreto que propuestas vagas que no se han terminado de construir pero que apuntan juntas a un fin concreto. El ideario despierta más emociones que los tecnicismos de las propuestas y Anaya está muy lejos de tener un ideario. Les vuelvo a preguntar ¿qué quiere Anaya?

    No tener propuestas bien terminadas o fundamentadas (aparte que se presta para permitirle a sus opositores sacarlas de contexto como el caso de la amnistía) puede generar preocupación en algunos y reforzará la postura de ese sector que se ve más afectado por el miedo que el hartazgo (los que nunca votarían por AMLO) pero el que vayan acompañadas de un ideario muy concreto emocionará a todo aquel que quiere castigar al gobierno (y recordemos que el voto anti PRI es más poderoso que el voto anti AMLO). El caso contrario, el de tener propuestas terminadas y concretas (al menos en apariencia) puede generar tranquilidad en el votante que está asustado, pero la falta de ideario convertirá al candidato en un ente gris que no ofrece nada, que «suena a lo mismo» y que aburre. No es casualidad que, a raíz del debate, Anaya le haya robado votos a Meade y no a López Obrador. 

    Por eso es que tejer una alianza explícita entre Anaya y el PRI como algunos, desde la desesperación, suguieren, puede volverse un balazo en el pie, no sólo porque AMLO consolidará ese voto útil, sino porque probablemente parte de los indecisos terminen decantandose con el tabasqueño. Por eso es que las campañas del miedo generan, a diferencia de 2006, un efecto bastante marginal.

    La tarea de Anaya es construir una narrativa de tal forma que la gente sepa que quiere y que eso embone en la realidad actual. Si Anaya lograra concretizar un ideario, su elocuencia lo dejaría en franca ventaja frente a López Obrador, ya que así él se convertiría en un medio por el cual la gente se la «pueda mentar al PRI y al sistema» y tenga la esperanza de un México más justo, pero sin que eso implique riesgos. Ese voto útil sabe muy bien que AMLO puede conllevar algunos riesgos pero lo asumen, creen que vale la pena y muy posiblemente esos riesgos sólo se conviertan en un factor si alguien más les permite rayársela al gobierno. 

    El problema para Anaya es que faltan poco más de dos meses para las elecciones y está muy lejos de construir ese ideario (en contraste con López Obrador, que lleva más de 12 años en campaña). Es muy sintomático de ello que después de empezar con una campaña irrelevante y aburrida, tuviera un muy buen debate, para regresar a esa campaña irrelevante y aburrida. 

  • El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    Ya tuvimos el primer debate a la presidencia y me quedo con sentimientos muy encontrados. Por un lado, el ejercicio mejoró mucho, es el mayor avance que hemos tenido desde 1994 (cuando se organizó el primer debate que ganaría el Jefe Diego) aunque creo que hay cosas que pueden irse ajustando, como la cuestión de los tiempos que a veces no permitían a los candidatos formular sus argumentos. Me gustaron los moderadores, en especial Denisse Maerker. Fueron igualmente incisivos con todos y no mostraron sesgo alguno. Aquí todo muy bien.

    Pero por otro lado, si bien el formato mejoró, lo que no mejoraron fueron los candidatos que tan solo mostraron la mediocridad de la política mexicana. A unos les fue mejor que a otros, pero ninguno se mostró sólido, todos evadieron respuestas, casi nadie presentó propuestas a fondo y sí vimos muchos ataques (casi todos a AMLO) y hasta bromas de mal gusto. A continuación haré mi análisis de cada candidato del peor al mejor, no de acuerdo a mis preferencias sino a su desempeño en el debate como estrategia. Comenzaré con el Bronco como alguien aparte y no lo colocaré dentro del ranking porque jugó un papel un tanto diferente:

    El Bronco

    Jaime Rodríguez Calderón se encargó de la parte cómica del debate. Comenzó reprendiendo al moderador Sergio Sarmiento e hizo reír a más de un televidente con ocurrencias típicas de un norteño machista conservador chapado a la antigua. Cuando le preguntaron si ha mentido dijo que sí, también dijo que él proponía «mocharle la mano» a los criminales (e insistió que no lo decía en broma) y que creía en la familia porque se había casado tres veces. No veo que la presencia del Bronco le haya afectado a López Obrador, por el contrario, su presencia dejó los ataques que AMLO recibió en segundo plano. Acaparó los reflectores a pesar de que su presencia es irrelevante dentro de la contienda. 

    4to lugar. Margarita Zavala

    Margarita, Margarita. La candidata del PAN es una pena. Tuvieron que pasar varios minutos para que comenzara a hablar porque no utilizó su derecho de réplica. Vimos lo mismo de siempre, no sabe hablar, no sabe hilar argumentos. Ninguno de los candidatos le hizo caso; es más, le respondieron más al Bronco quien mostró más iniciativa y más elocuencia. Los ataques que le hizo a Ricardo Anaya y a López Obrador, si es que se les puede llamar ataques, ni siquiera los rasparon. Margarita fue la candidata ausente, estuvo ahí pero no estuvo ahí, pasó inadvertida y dudo que alguien se vaya a acordar de sus intervenciones. Al final, creo que al PAN le convino postular a Ricardo Anaya, ya que Margarita, si bien en algún momento tenía más preferencias que el queretano, seguramente iba a caer en las encuestas porque es una mujer que no sabe transmitir sus ideas, que se ve torpe e improvisada. De hecho, se notó que no se preparó bien cuando la cuestionaron por su postura sobre el matrimonio igualitario. Titubeó ante un tema que ella sabía de antemano que le preguntarían.

    3ro lugar, José Antonio Meade

    Si pudiéramos hablar del perdedor del debate (partiendo de que ni Margarita ni el Bronco tienen posibilidad alguna de ganar) ese es José Antonio Meade, ya que no logró mostrarse como un candidato convincente y además se vio excesivamente acartonado. Perdió porque el PRI es un gran lastre que lo arrincona y no le da margen de maniobra. Es difícil atacar a AMLO por sus «cuestionables incorporaciones» o a Anaya por las acusaciones en su contra cuando eres abanderado por el partido más corrupto del país y a quien la mayoría absoluta de los mexicanos detesta. 

    Lo más preocupante, no sé si se dieron cuenta, es que José Antonio Meade ha comenzado a incorporar esa oratoria y juego de manos priísta, lo cual es un suicidio cuando el partido al que representas se convierte en una carga. Pero no solo eso, Meade aburre, es poco elocuente, pareciera, como dijeron muchos tuiteros, que estuviera repitiendo los spots de su campaña. Y peor aún, durante todo el debate Meade se presentó varias veces (yo soy José Antonio Meade), ese es un error garrafal ya que si te asumes como un candidato competitivo, lo peor que puedes hacer es presentarte porque ya todos te conocen. Meade es un buen burócrata pero es un pésimo candidato. Tristemente aquí es cuando Meade deja de ser competitivo y deja solos a Anaya y López Obrador como los candidatos que tienen posibilidades de llegar a la presidencia.

    2do lugar: Andrés Manuel López Obrador

    Al verlo debatir entendí porqué estaba ayudando a su hijo Jesús Ernesto a completar su álbum Panini del mundial en vez de estarse preparando para el debate: porque él iba a aguantar, iba a sortear los embates, a dar largas y evadir cuestionamientos para conservar su ventaja. Ya sabía sobre qué lo iban a cuestionar porque son los mismos temas por los que lo han cuestionado durante mucho tiempo. Algunos dirán que tuvo una pésima intervención, y ciertamente no es bueno debatiendo y ciertamente en más de una ocasión exhibieron las inconsistencias de las propuestas de López Obrador así como algunas incongruencias (tarea que llevó a cabo Ricardo Anaya ya que José Antonio Meade en general lanzó cuestionamientos más bien acartonados que no tuvieron afectación alguna). Pero su tarea no era ganar el debate, ni lo necesitaba, fue a «nadar de muertito» (al igual que Peña Nieto en 2012) y si bien recibió algunos raspones, no recibió algún golpe que pudiera afectar las tendencias en la intención de voto. Además, los ataques constantes hicieron que todo se volviera a centrar en él de tal forma que se adueñó por momentos del debate sin tener que hacer absolutamente nada. 

    Lo más importante fue que nunca lo sacaron de sus casillas. Si bien fue notorio que lo hicieron sentir incómodo en más de una ocasión (lo que se vio en las tomas abiertas y al final cuando «se fue sin despedirse») nunca se descarriló, se mostró centrado, aunque sí dio visos de que con una estrategia certera sí podrían afectarlo en los debates venideros. Decía que López Obrador tenía que perder el debate y que se generara un consenso hacia esta idea para poder restarle algunos puntos. Eso no pasó y López Obrador se puede ir tranquilo a dormir. Pronostico que no habrá alguna afectación considerable en las tendencias de voto y seguirá con su cómodo primer lugar (con todo y que Anaya pudiera llegar a subir).

    Es importante que AMLO se prepare más para el siguiente debate porque si Anaya es incisivo sí lo puede meter en aprietos. AMLO no se enojó, pero no estuvo lejos de eso. También fue notorio que AMLO despreció a los demás candidatos y se percibió arrogante; eso puede llegar a ser capitalizado por Ricardo Anaya al exhibirlo como autoritario en los debates que vienen. 

    1er lugar: Ricardo Anaya

    A mi parecer, Ricardo Anaya fue el ganador del debate y hay un consenso en ello, aunque creo que no fue un triunfo muy contundente. Anaya se mostró elocuente, se apoyó muy bien en material visual para presentar sus propuestas y para contradecir a López Obrador y a José Antonio Meade a quien le dio su estocada final. Es un acierto que Anaya no haya concentrado todas sus energías en el tabasqueño y también invirtiera un tiempo en el ex Secretario de Hacienda ya que así evitó cualquier percepción de que estaba alineado con Meade y  con el PRI; tenía que evitar a como dé lugar atacar en sintonía ya que se corría el riesgo de fortalecer el discurso del PRIAN de López Obrador. Haber atacado a Meade consolidó lo que era ya casi definitivo, que el priísta quedaría condenado al tercer lugar. No tenía que haber usado todas sus energías contra López Obrador porque faltan dos debates. 

    Pero cuando digo que no fue un triunfo contundente lo digo porque al final no terminó de presentarse como una alternativa sólida. Anaya se mostró como un personaje con potencial pero que no termina por consolidarse. Su logro principal es que gracias a este debate Anaya se consolidará como el rival de López Obrador y ya podrá concentrar sus energías en el tabasqueño, pero si bien este debate pueda darle algunos puntos, seguirá estando muy por debajo de AMLO. Cierto, si Anaya hubiera tenido un mal debate habríamos podido casi apagar las luces y nombrar al nuevo presidente (AMLO) por anticipado, pero se logró mantener en la lucha y consolidarse como el segundo lugar. Pero Anaya le hace falta constituirse como un candidato creíble que pueda posicionarse en un entorno donde el hartazgo hacia el gobierno actual y hacia el sistema son la regla en esta elección. Me queda la sensación de que Ricardo Anaya pudo hacer algo más y no lo hizo, y esas cosas pueden terminar siendo definitorias.

    Anaya, creo yo, tiene la posibilidad de sacar a López Obrador en sus casillas en debates venideros. AMLO se abrumó ante los ataques que recibió en este debate. Si se utiliza la estrategia correcta, Anaya puede desesperarlo. Por eso es que tiene que trabajar en una estrategia que vaya en ese sentido si es que quiere tener alguna posibilidad de ganarle la presidencia. 

    Conclusión

    Tuvimos un debate con un muy buen formato y pésimos candidatos que no están al nivel de lo que este país necesita. Pronostico que Anaya tendrá un ligero ascenso en las tendencias, Meade se estancará o incluso bajará cediéndole por completo el segundo lugar a Ricardo Anaya. López Obrador mantendrá su puntaje en un cómodo primer lugar, el Bronco podría acaparar algunos puntos (tal vez de indecisos e incluso de José Antonio Meade) y Margarita verá un descenso en sus preferencias. Veamos como reaccionan las encuestas y las tendencias y veamos también las estrategias postdebate que los candidatos vayan a utilizar para capitalizar lo más posible lo que ocurrió en este debate.

  • ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Quién gana un debate? La respuesta es muy compleja ya que depende mucho de percepciones subjetivas que están, en su mayor parte, condicionadas por los sesgos cognitivos de los simpatizantes u opositores de tal o cual candidato. Sólo se puede decir que un candidato ganó un debate cuando hay un consenso mayoritario sobre ello. como ocurrió en 1994 cuando el Jefe Diego subió como 12 puntos o en 2000 con el triunfo de Vicente Fox. Cabe recordar que posteriormente, sobre todo en 2012, fue bastante más difícil determinar quien ganó cada debate. Se decía que Josefina había ganado el segundo debate pero eso jamás se trasladó a las intenciones de voto.

    Un mismo escenario puede estar sujeto a distintas interpretaciones. Por poner un ejemplo, si los candidatos atacan a López Obrador mostrando que varias de sus propuestas no tienen mucho sustento, quienes se oponen a AMLO dirán que quien ganó fue aquel candidato que lo puso más en aprietos (que coincidentemente casi siempre será el candidato con el cual simpatizan y no el otro, del cual dirán «sí, le dijo varias verdades, pero es del PRI y eso lo hace incongruente»). Pero los simpatizantes de AMLO dirán que su candidato ganó porque todos lo atacaron y nadie logró alterarlo ya que AMLO dijo cosas graciosas. 

    Ya vimos un ejemplo de ello en el debate que López Obrador sostuvo con varios analistas de Milenio. Los opositores dijeron que fue una pésima intervención del tabasqueño por sus declaraciones sobre la sociedad civil y por haber afirmado que los derechos de las minorías sexuales deberían someterse a consulta, mientras que sus simpatizantes lo que recuerdan es que los analistas nunca sacaron al candidato de sus casillas y este se mantuvo sereno y risueño todo el tiempo.

    Por eso es que siempre, al final del debate, todos los candidatos se declaran ganadores. Los partidos buscan a como dé lugar crear la percepción de que fue su candidato quien ganó y celebran con bombo y platillo. Tal vez nos podamos dar una idea de quien ganó con las evaluaciones de los analistas y expertos, pero ellos no están exentos de cualquier sesgo. Podríamos ver la afectación que tuvo un debate en las encuestas pero existe la posibilidad de que una alteración en las tendencias no se deba al debate sino alguna otra razón.

    Sólo se puede decir que un candidato ganó un debate cuando hay un consenso mayoritario dentro de la población, lo cual no ocurre en la mayoría de las ocasiones. Quienes quieran afectar a López Obrador deberán aspirar a eso, a generar un consenso generalizado de que lo han derrotado, de lo contrario, aunque crean que haya ganado, todos seguirán alimentando sus sesgos cognitivos y las encuestas seguirán su curso.

  • El debate que podría ser la última llamada

    El debate que podría ser la última llamada

    El debate del domingo es muy crucial, de hecho podría ser la coyuntura más importante de la campaña electoral. 

    ¿Por qué lo digo? Porque a estas alturas no veo de qué otra forma puedan cambiar las tendencias. Lo dije alguna vez a quienes insistían en que bastaba que empezara la campaña para que viera «cómo López Obrador empezaría a caer», cuando la campaña realmente había comenzado a finales del año pasado y López Obrador no hacía más que subir.

    Peor aún, es preocupante el pesimismo que se alcanza a respirar dentro de la campaña de José Antonio Meade y hasta de Ricardo Anaya. La contienda parece estar sospechosamente tranquila cuando muchos apostábamos a lo contrario, uno podría preguntarse realmente si nos encontramos en campaña (incluso la intercampaña fue más álgida con el caso de la PGR y Ricardo Anaya). Y se entiende que ocurra así porque mientras que López Obrador está «allá arriba, tranquilo y marcando agenda», sus principales contendientes están atorados con lastres que fungen como anclas. Allá abajo está Meade con el lastre del PRI y Ricardo Anaya pareciera haber recibido un nocaut después de los ataques que recibió. Es curioso que de parte de Ricardo Anaya no haya un ataque frontal contra López Obrador y que ese papel, de una forma tímida y predecible, lo esté jugando José Antonio Meade que gasta sus energías entre atacar a Anaya, a AMLO y en buscar cómo levantar su candidatura.

    Toda la campaña trata sobre AMLO: que si lo critica Carlos Slim, que si viajó en avión, que si dijo esto, que si dijo lo otro. A López Obrador se le ve tranquilo incluso cuando se defiende de los ataques. No se le ve enojado, a veces hace hasta chistoretes de ellos. La presencia del Bronco no parece abonar a la causa de restar puntos a AMLO, a veces pareciera que puede tener un efecto opuesto. 

    Por eso es que el debate del domingo es la última oportunidad que Anaya (sobre todo) y Meade podrían tener para meterse en la pelea. Si no lo hacen, difícilmente podrán hacerlo después. El debate es el primer escenario que difiere de esta plana y monótona campaña que se ha quedado escasa de ideas. 

    Por lo que nos ha dicho el INE, este debate será más dinámico y confrontativo (aunque no al nivel que muchos esperaríamos) que los debates pasados, en el cual los moderadores jugarán un papel más activo. López Obrador se encontrará en natural desventaja porque «no habla de corrido» y porque le suele costar trabajo sustentar sus propuestas, sobre todo cuando lo increpan.  

    Pero no bastará con eso, no bastará con exhibir a AMLO (cosa que ya se ha intentado hacer, sin éxito alguno, desde hace tiempo). El debate será el escenario perfecto para que Anaya o Meade puedan hacer lo que han estado muy lejos de hacer todo este tiempo: brillar por sí mismos. Deberán mostrar un discurso muy convincente, deberán saber cómo apelar a las emociones del electorado como no lo han logrado hacer ni con los spots ni sus presentaciones en los diversos escenarios. No será un trabajo fácil para ellos. 

    En realidad, López Obrador no tiene que hacer gran cosa, ni siquiera tiene la necesidad de ganar los debates. Le bastará «nadar de muertito» y evitar que salga muy golpeado, algo como lo que hizo Peña Nieto hace seis años. Son los otros los que están obligados a mostrar que valen la pena, algo difícil si partimos que tanto Anaya y Meade son vistos, en sus particulares proporciones, como «políticos del sistema». 

    ¿Lo lograrán? No lo sabemos. Mientras tanto, López Obrador puede presumir llenos en plazas que antes se le resistían, Anaya hace campaña en recintos muy pequeños y Meade trata de disimular su «falta de jale» con las cada vez más pequeñas estructuras priístas.