Etiqueta: Participación Ciudadana

  • La participación ciudadana y el manejo de las emociones

    La participación ciudadana y el manejo de las emociones

    La participación ciudadana y el manejo de las emociones

    *Este texto es un extracto tomado del libro que estoy escribiendo y que publicaré en unos meses. 

    El manejo de las emociones, en particular, las emociones consideradas negativas como el miedo, la ira, el resentimiento o la frustración, es muy importante ya que va a incidir directamente sobre los resultados de las actividades ciudadanas. Las emociones negativas no son necesariamente malas ya que tienen una función específica en nuestro organismo y nuestra psique para garantizar la supervivencia de nuestra especie. En muchas de las ocasiones, alguna de estas emociones es la que incita al individuo a actuar para cambiar el estado de las cosas. Una persona puede sentirse frustrada por la existencia de muchas personas que viven en pobreza extrema, otra puede sentir miedo por la inseguridad que vive en su colonia o puede tener resentimiento algún político o grupo de poder porque su comportamiento atenta contra los intereses de la comunidad. Dichos sentimientos son completamente válidos, la cuestión es ¿qué hacemos con ellos?

    Se dice en el argot popular que los sentimientos negativos pueden usarse como una suerte de palanca o impulso: “me serví de esa rabia para salir adelante”, pero es muy distinto usar dichos sentimientos como impulso a dejarse invadir y carcomer por ellos. En el primer caso, la acción implica la superación del sentimiento negativo como si se tratara de una plataforma desde la cual el sujeto se impulsa para luego saltar y dejarla atrás. En el segundo caso no, la acción está condicionada y alimentada por el propio sentimiento negativo. Quien se deja dominar por el resentimiento, el miedo o la frustración suele tener un concepto de su persona muy pobre, carece de la fortaleza espiritual y, por tanto, está incapacitado para ayudar a los demás. Este sujeto no busca tanto la superación del problema, sino que espera, a veces de forma inconsciente, que las demás personas caigan en su propia desgracia para encontrar consuelo en ello ya que no tiene la suficiente fuerza para superarse. Si el sujeto A, quien tiene una salud mental y emocional relativamente estable, se siente oprimido por C de tal forma que este último no le permite llegar de X a Y, verá a C simplemente como un obstáculo que tiene que sortear para llegar a Y mientras que, para el sujeto B, quien tiene una autoestima baja y no es dueño de sus emociones, llegar a Y no será su principal propósito, sino vengarse de C y verlo sufrir. No es que A no sienta ninguna molestia por el actuar de C, en ocasiones sentirá rabia, indignación o impotencia, pero sabrá mantener esos sentimientos a raya ya que lo importante para él es llegar a Y y no lo es sentarse a gozar cómo C sufre como sí es el caso de B. El sujeto A busca justicia, el sujeto B busca simple venganza.

    El sujeto que tiene un concepto propio muy pobre también puede hundir a aquellas personas que dice tratar de salvar. Para explicar esto, recurriré a un pasaje del libro de Memorias del Subsuelo, el personaje del escritor ruso Fedor Dostoievski, un individuo infeliz quien se autodesprecia y tiene grandes deseos de venganza, y quien pretende salvar a Liza, una pobre prostituta, le dice a esta: —Te enterneciste, y hoy quieres oír más palabras enternecedoras. Pero has de saber que aquel día me burlaba de ti. Y hoy me sigo burlando. ¿Por qué tiemblas? ¡Sí, me burlé de ti! Me habían insultado durante la cena los mismos que llegaron a tu casa antes que yo. Fui allí para vengarme de uno de ellos, de un oficial, pero no me fue posible: ya se habían marchado. Tenía que descargar mi irritación sobre alguien; apareciste tú en aquel momento, y me vengué en ti, me reí de ti. Me humillaron y quise demostrar mi superioridad ante alguien. Esto fue lo que ocurrió. Pero tú creíste que yo había ido allí sólo para salvarte. ¿No es así? ¿Verdad que te lo imaginaste?

    El personaje era incapaz de ayudar a Liza ya que, como él mismo lo señala, es una persona autodestructiva: ­—Soy un hombre enfermo… Un hombre malo. No soy agradable. Creo que padezco del hígado. De todos modos, nada entiendo de mi enfermedad y no sé con certeza lo que me duele. No me cuido y jamás me he cuidado, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. —Este relato es ilustrativo en cuanto a que muestra cómo el personaje jamás había tenido la intención de salvar a Liza sino de hundirla progresivamente en su desgracia de tal forma que encontrara consuelo en ello. Si él se despreciaba, esperaba que las personas que estuvieran a su alrededor se volvieran despreciables de forma progresiva, incluso cuando Liza llega con él este se lo advierte. Ella se había vuelto, de alguna forma, codependiente de él, ya que las personas que tienen poco aprecio por ellas mismas suelen desarrollar relaciones de codependencia con otras personas que tienen un perfil similar.

    Es posible que, en varias ocasiones, algunos movimientos sociales tengan este componente: es decir, que estén motivados por el odio y el resentimiento en vez del genuino deseo de crear un mejor entorno. Dichos movimientos se caracterizarán por su intolerancia, por su poca disposición al debate de las ideas y, en muchos de los casos, pueden encontrarse en los extremos del espectro político (como los movimientos de izquierda radical o ultraderecha), algunos pueden derivar en actos violentos o inclusive terroristas. En cuanto la participación ciudadana deja de tener como fin principal un cambio positivo en el entorno o en la comunidad esta deja de serlo inclusive si dicho fin se mantiene en el discurso. En ocasiones, la frontera entre lo que es y lo que no es puede llegar a ser un tanto difusa por lo cual es importante que los ciudadanos que participen activamente trabajen también en su persona y se pregunten si están en condiciones de aportar cosas positivas, ya que de lo contrario su presencia puede llegar a deteriorar una causa o, peor aún, la misma causa puede nacer viciada si quienes la componen son personas que tienen muchas dificultades relacionadas con su propia estima o están completamente absorbidas por sus emociones negativas.

    Con esto no estoy sugiriendo de ninguna forma que ningún individuo que tenga problemas personales no deba involucrarse, ya que ciertamente todos los seres humanos tenemos defectos y varias dificultades a través de nuestra vida; pero sí debería esperarse que dichos problemas no rebasen o incapaciten al individuo para poder aportar cosas positivas. Una persona que se desprecia y que está invadida por el odio y el resentimiento difícilmente tendrá la capacidad de apreciar a los demás y, por tanto, estará inhabilitado para poder ayudar a los demás o a su entorno. Una organización compuesta por personas que tienen la capacidad de aportar cosas buenas podrá desatar un círculo virtuoso en sus vidas ya que el sentimiento de pertenencia, la gratificación personal de ayudar o hacer algo así como el aprendizaje que se adquiere ayuda al individuo a mejorar como persona. Lo contrario ocurre cuando dicha organización está compuesta por personas nocivas que tienden al autodesprecio, quienes sean miembros posiblemente caigan en un círculo vicioso donde se desprecien más y aumente su desprecio y su resentimiento hacia sus semejantes.

  • Los jóvenes y la política. Cuando la indiferencia marca una gran diferencia

    Los jóvenes y la política. Cuando la indiferencia marca una gran diferencia

    Muchos jóvenes están lamentando profundamente la inminente salida del Reino Unido. La culpa la tienen los grandes, dicen.

    Los jóvenes y la política. Cuando la indiferencia marca una gran diferencia

    Y en efecto, la gente mayor que fue quien votó mayoritariamente por el «leave«. Se entiende, los grandes tienden a ser más conservadores, tienen su vida hecha, prefieren vivir en un lugar tranquilo en vez de convivir con gente de otros países. También la nostalgia influye, los mayores conocieron al Reino Unido antes de 1973, el año en que ingresó a la Unión Europea. No vivieron toda su vida dentro de ella como los jóvenes.

    Para los grandes, las fronteras abiertas atraen individuos que les quitan empleo. Para los millennials es al revés, las fronteras abiertas es una oportunidad para trabajar en otros países. Cuestión de enfoques.

    Pero al parecer, los jóvenes no se lo tomaron muy en serio. Primero, por la apatía política de algunos. Segundo, por exceso de confianza de otros. Porque al igual que creían los mercados, algunos analistas y la mayoría de las encuestas, el Brexit no iba a prosperar.

    Mejor vámonos a Glastonbury. Va a cantar Adele. Coldplay y Muse van a tocar, son los estelares. 200,000 jóvenes fueron al evento. Los organizadores de Glastonbury promovieron el lema «si vienes, vota» para que el evento no fuera excusa (los asistentes tenían tiempo de votar antes de ir al evento). Pero los jóvenes no se interesaron con todo y que los organizadores promovieron el voto a distancia. Quienquiera que quisiera votar e ir al concierto, podía hacerlo. Algunos culpan a Glastonbury, pero si tomáramos como caso hipotético que ninguno de los 200,000 asistente votaron y que todos ellos simpatizaban con el remain, esto no representaría ni la quinta parte de la diferencia entre el remain y el leave (1,300,000)

    Ahora los Millennials son los que más lamentan el triunfo del Brexit. Y culpan a los grandes porque ellos, quienes no tienen futuro por su avanzada edad, castigaron a los que sí tenían futuro.

    Brexit

    Pero los principales responsables fueron los propios Millennials. Sus papás y abuelos, tendientes más a simpatizar con el leave, se interesaron más y salieron a votar. Los jóvenes no. Los jóvenes fueron indiferentes porque aseguraban que no ganaría el leave, o porque, les valió un pepino.

    Y esta es una gran lección para México. El Reino Unido nos mostró como la indiferencia de los jóvenes sí puede generar una gran diferencia.

    Muchos jóvenes en México son muy apáticos. Los argumentos son los mismos de siempre: que todos los partidos son lo mismo, que no me interesa la política porque las series de Netflix son más divertidas, que no le entiendo a eso de la política y que sólo se me hacen graciosas las ocurrencias de Peña Nieto.

    Y peor aún. La apatía juvenil puede tener un mayor peso. El Reino Unido es más viejo (refiriéndome a las relaciones de edad), mientras que México está viviendo un bono demográfico donde hay más jóvenes en edad productiva que antes y que después. Los jóvenes son los más independientes a la hora de votar. Difícilmente simpatizan marcadamente con un partido político. Los jóvenes son un antídoto para los partidos que ganan con base en sus estructuras.

    La mayoría de los jóvenes no tiene interés alguno en participar dentro de temas sociales y políticos. Si bien, la participación ciudadana ha venido a la alza en las últimas décadas, todavía hay un gran sector de jóvenes apáticos que no se interesa por la política. Como relacionan términos como «corrupción» y «ambición de poder», entonces tratan de mantenerse lejos de ella, cuando casi por obligación moral (por el mero hecho de ser ciudadanos mexicanos) deberían de interesarse.

    Los jóvenes deberían estar muy interesados en la política. De hecho, por la edad, suelen ser los más afectados por las decisiones políticas por las repercusiones que pueden tener hasta en el largo plazo. Los jóvenes deberían entender que su futuro no sólo es buscar un trabajo donde se sientan autorrealizados, sino involucrarse en lo público, porque esas estructuras políticas y sociales son las que al final moldean el entorno  donde el joven puede diseñar su proyecto de vida.

    La política no es un hobbie, es algo que impacta más en tu vida de lo que crees.

    Y no se trata de que te guste, se trata de algo más importante, se trata de tu comunidad, de tu nación.

  • Si le escribo a Carlos Romero Deschamps

    Si le escribo a Carlos Romero Deschamps

    Un conocido hizo una lista de todas las cuentas de Twitter de todos los senadores, un amiga recopiló los correos de ellos. La intención. Presionarlos para que no se apruebe la reforma hacendaria propuesta por el ejecutivo por las razones que ya conocemos. Me sumé a esta última causa. Abrimos una petición vía Internet para que todos firmaran. Sí, tal vez los clasemedieros no somos tan dados a manifestarnos (claro, con la excepción del proceso electoral del año pasado) y buscamos generar masa crítica de formas más sutiles (antes ni eso pasaba). Pero había que hacer algo, porque el nivel de encono no dista tanto de aquellos que usan la calle como forma de presión, sólo basta con «darle una checadita al feis».

    Si le escribo a Carlos Romero Deschamps

    Se supondría que el diputado, el senador, debe de ser un conducto de las expresiones y necesidades del pueblo. Se supone, al menos en la teoría, que deberían de conocer a fondo dichas necesidades, llevarlas al congreso y subirlas al pleno. En México, cuando estas personas ganan la elección (salvo los plurinominales a quienes no se les vota), se olvidan de aquellos a quienes representan, en algunos casos ni siquiera regresan a su ciudad de origen. Y uno se acuerda de esto cuando se da cuenta que después de varios correos y varios tweets enviados, no ha recibido respuesta alguna, ni siquiera algún correo automatizado que te agradezca haberte puesto en contacto con el diputado. Cosa contraria a los tiempos electorales, donde no es tan raro ver que el político «responda personalmente» tus dudas.

    Por eso es que me sentí un tanto extraño cuando envié el correo a Carlos Romero Deschamps. ¿De qué forma un personaje como él, vividor de la política, succionador de la riqueza de Pemex, se va a preocupar en poner atención a los correos que se le envían? ¿A quién representa Carlos Romero Deschamps por favor? ¿Una persona que malgasta nuestros recursos, tendrá dentro de sí un alma caritativa para preocuparse por todos los mexicanos? Habría que ser muy ingenuo para pensar eso.

    A veces el problema es de dos cuando la gran mayoría de los ciudadanos ignoran quien es el diputado o senador que los representan. Apenas una minoría está generando conciencia en el papel real del significado, y tratan de buscar a los diputados (locales, o nacionales) o senadores para abordar un tema que les preocupa. Posiblemente tiene que ver con el hecho de que vivimos en un sistema simulado, en una dictadura donde el congreso servía como adorno para hacer creer a la gente que había una democracia, y donde la participación ciudadana era nula.

    Esos diputados, esos senadores, antítesis de la frugalidad, que ganan mucho, y que hacen poco, al menos en gran parte de los casos. Esos que aparecen dormidos en el canal del congreso, jugando al Candy Crush mientras se vota una reforma estructural. Esos son los que dicen representarnos, y en parte su apatía, su poca disposición al trabajo, tiene que ver con el hecho de que los ciudadanos no los hemos acostumbrado a exigir cuentas. Y en muchos de los casos, creen solo formar parte de una masa política que vota o sirve de contra peso en una votación de leyes que a veces ni se molestan en leer.

    Tal vez por eso, mi esfuerzo tenga algo de utilidad, aunque me conforme con el «al menos es mejor que no hacer nada». Que al menos vean su bandeja de entrada con más correos que los que tenían antes, que vean que allá afuera se les está pidiendo cuentas y que cumplan. Porque lo deben de saber, un diputado es un servidor público, es un empleado de todos los mexicanos, y nosotros debemos actuar como sus jefes, exigiendo resultados.

    Y claro, que si quieren mandar correos para invitar a los Senadores a no aprobar la Reforma Hacendaria, tienen todo lo que necesitan aquí: 

  • El pasivista

    El pasivista

    Mucho se habla de los activistas. Mucho se les relaciona con los manifestantes, aunque en realidad son sólo una parte, una pequeña porción. Un activista es alguien que hace más que trabajar y pagar impuestos (deduciendo lo más posible) como ciudadano. El activista se involucra y busca mejoras en la sociedad, hay de diferentes colores y sabores, puede ser desde alguien que hace un reclamo al gobierno, hasta una persona que ayuda a niños con cáncer, que lucha por mejorar la movilidad urbana, es más, hasta una persona que ayuda voluntariamente al Teletón en un CRIT lo es, etcétera.

    El pasivista

    Pero ahora no voy a hablar del activista, voy a hablar de su opuesto, del pasivista. Un término que me tuve que crear, pero que describe a millones de personas:

    En una comida en una colonia de clase media del DF. Pondré la Colonia del Valle, que está muy cerca del Nagaoka, un restaurante japonés que amé (aunque en realidad creo que está en la Nápoles, al otro lado de Insurgentes):

    Padre: -Maldito Peña Nieto que ni un libro sabe leer, por su culpa estoy pagando más gasolina. Con él estamos peor, por eso México no avanza y está mal la situación, ¿Tú que vas a hacer hijo?

    Hijo: -Me voy a organizar con unos amigos en la noche porque queremos juntarnos y presentar una propuesta educativa al Gobierno-.

    Padre: -¿Qué? ¿Estás loco? ¡Mejor ponte a trabajar! ¡Eso es trabajo del Gobierno, para eso les pagamos! No andes haciendo vagancias ni molestando a los políticos ¡Por favor!

    El pasivista es aquella persona que se la pasa quejándose del gobierno, de la situación, de las crisis económicas, de lo mal que está el país, pero que sin embargo no hace nada ni pone un grano de arena para que las cosas sean diferentes, y cree que ha cumplido como ciudadano por trabajar, pagar impuestos e ir a votar cada 3 años.

    El pasivista desdeña a los activistas, a algunos los critica directamente, como a los manifestantes a los cuales arremete con el claxon de su auto; a otros, que trabajan en otras actividades altruístas, los juzga en privado aunque en público los reconozca con un muy tímido aplauso. Las asociaciones civiles para él, son organizaciones compuestas de personas con mucho tiempo libre (aunque él malgaste el suyo). El pasivista se queja de los problemas de su colonia, pero no participa con su asociación de colonos porque es una pérdida del tiempo, y afirma que los problemas de esta son responsabilidad del gobierno.

    El pasivista es intolerante, no está dispuesto a ceder con el fin de buscar un fin en común, gusta mucho de estar en su zona de confort, término que en realidad está en duda, porque está acostumbrado a quejarse de todo. Al pasivista solo le interesa estar bien él. El pasivista estará en contra de la construcción de una ciclovía, porque implica que durante un mes, tenga que tomar una ruta alterna ¡de dos cuadras! Al pasivista no le importa estacionarse invadiendo una banqueta, aunque se queja de la corrupción del gobierno; no le importa afectar a los demás, pero le afecta que lo molesten a él, le molesta pagar impuestos (porque todo lo usan para robar, dice), se queja de la inseguridad. Puede pedir pena de muerte a todos los criminales, y rogarle a la vez al agente vial que le condone la multa mediante una mordida. Culpa a las estrategias gubernamentales de seguridad, pero si los vecinos lo invitan a organizarse para combatirla, les dice que no tiene tiempo y que lo dejen en paz.

    El pasivista puede utilizar argumentos derechistas o izquierdistas para justificar su postura. ¡La culpa es de todos los que detentan el poder, el gobierno debería hacer algo! ¡El gobierno no debe de intervenir en la economía, es más, no debería cobrar impuestos! ¡El gobierno me roba! ¿Por qué yo no? ¡No es que quiera hacer chapuza, pero entiende que hay mucha desigualdad! ¡así son los negocios, es la economía de mercado!

    En México activistas hay pocos, y pasivistas mucho. Lo paradójico, es que muchas veces, estos últimos son los que se quejan más de como está la situación.

  • Un necesario análisis sobre nuestra realidad mexicana

    Un necesario análisis sobre nuestra realidad mexicana

    Los patrones de una cultura son muy difíciles de cambiar, pero se pueden cambiar. Estos son aprendidos y no genéticos, pareciera ser lo último por lo arraigados que estos están, pero la historia nos ha demostrado lo contrario. Culturas que antes fueron muy fuertes ahora son más débiles (los árabes por un ejemplo) y viceversa.

    Un necesario análisis sobre nuestra realidad mexicana

    El año pasado decidí escribir un libro enfocado en la participación ciudadana. Para esto no solo hice investigación en fuentes, sino que me entrevisté con actores importantes en la ciudad de Guadalajara como activistas, especialistas e incluso terapeutas. El libro quedó a un poco más de la mitad, pero el proyecto no quedó abandonado de ninguna manera, sino que quedó en una necesaria pausa. En tiempos de elecciones tuve mucho trabajo y surgieron movimientos como el #YoSoy132 entre otros. Debido a esto decidí pausar mi libro debido a que este acontecimiento podía ser un parteaguas y quería ver en que concluía todo esto. A finales de este año posiblemente retome mi libro, y lo lance el siguiente año, ya que las aguas estén más calmadas (creo que mi libro será más útil en una etapa de aletargamiento aunque con nuestro nuevo Presidente, no sé si con una metidita de pata pueda volver a agitar las cosas).

    Este libro me ha dejado muchas enseñanzas. Y me doy cuenta el peso que tiene nuestra cultura en el porvenir del país. Cómo es cierto que los políticos son una representación de la ciudadanía, empezando porque muchos de ellos antes de ser políticos fueron ciudadanos (y a los «otros» no me refiero así porque desde pequeños los adiestraron para ser políticos). Personajes criticados como Peña Nieto y López Obrador por un decir, podrían pasar a ser una especie de arquetipos de la sociedad mexicana. Se les critican sus defectos porque muchos los conocen muy bien, porque como dicen por ahí, «lo que te choca, te checa».

    La tesis de mi libro parte del antecedente de nuestra sociedad atrapada en el paternalismo, en el aletargamiento, en las estructuras verticales. Cosa que no fue inventada por el PRI (como muchos incluso sugieren, como si no existiera la historia antes de la Revolución Mexicana), sino que viene desde nuestros antepasados, los tlatoanis, del sometimiento histórico. Y en este aspecto la globalización puede jugar un aspecto positivo, dado que podemos absorber cosas positivas de otras culturas, cosas que funcionan. En mi obra relato como es que parte de este lento pero progresivo e importante despertar ciudadano, el exterior influye. Desde jóvenes que viajan a otros países y logran contrastar la realidad de un país desarrollado con el nuestro, universidades que también reciben influjos del exterior, debido a su «universalidad», a sus relaciones con entidades internacionales.

    El movimiento #YoSoy132 muestra un choque de dos generaciones. Aquella más abierta, y aquella más cerrada, atrapada en el pasado y en el burocratismo. La primera la vimos en el inicio del movimiento, que surgió en las universidades privadas como la UIA (Universidad Iberoamericana) o el ITAM. Jóvenes que se daban cuenta del papel oligopólico de los medios de comunicación y su capacidad de impulsar candidatos en su beneficio. Su postura ideológica era más pragmática y apartidista. En cambio la segunda, surgida de instituciones como la UNAM, parece estar más reacia a dejar al pasado, a las cosas que ya no funcionan. Con una postura evidentemente izquierdista, pero más parecida a una izquierda revolucionaria, que añora la economía en base al modelo ISI (sustitución de importaciones). Muestra una mayor verticalidad, burocratismo, cerrada al debate, a la reflexión, la cual pareciera tumbar un régimen hegemónico para tumbar otro. Su postura totalmente llena de ideología, claramente partidista, y quienes de estos disienten con López Obrador es porque lo ven «muy moderado» de acuerdo a lo que ellos creen que debería ser un mandatario.

    Siempre he pensado que el 68 fue uno de esos acontencimientos que pudo haber marcado un parteaguas, pero no lo hizo. Era el momento ideal para lograr una mayor apertura democrática, eran los últimos años en el cual el país avanzaba económicamente, y darle un giro democratizador podría haber consolidado dicho crecimiento. Pero eso no sucedió, debido a que el gobierno entrante de Luis Echeverría, supo absorber el movimiento (algunos estudiantes tuvieron puestos en gobierno, a otros se les becó en el extranjero). La figura del tlatoani prevaleció sobre el deseo de libertad. No alcanzamos a desprendernos del aparato burócrata vertical y autoritario.   Esta ala radical y burocratizada de #YoSoy132 es un reflejo de ese intento frustrado, que en su lucha posiblemente sincera, absorbieron esa cultura vertical y arbitraria de los gobiernos pasados.

    Ese verticalismo, ese aletargamiento, ese paternalismo, características de nuestros antecedentes culturales, son las que se deben extirpar porque si alguna vez funcionaron para cohesionar a la sociedad, pues es que la verdad ya no funcionan. Necesitamos hacer la transición a la democracia, no solo como gobierno, sino como sociedad, y eso significa aprender a vivir en libertad, aprender a ser tolerantes, a ser buenos ciudadanos. Esa transición no es fácil, es dolorosa. Pero no hay otra forma. De todos modos nuestro estancamiento es una forma de un dolor crónico.

  • Revolución Islandesa – No les dijeron que se pusieran a trabajar

    Revolución Islandesa – No les dijeron que se pusieran a trabajar

    Revolución Islandesa - No les dijeron que se pusieran a trabajar

    Es curioso, aquí en México la gente ve las manifestaciones ciudadanas como algo de «tercer mundo» aún cuando estas son pacíficas. Si se cierra una calle por media hora, la gente se siente agraviada, se pregunta como eso puede pasar aquí en nuestro país en «vías de desarrollo», y le grita a los manifestantes -mejor pónganse a trabajar-, aunque la gran mayoría de estas manifestaciones se hacen en tiempos no laborables  (entre semana por la noche o en domingo). Algunos aprovechan eso para decir que debido a las marchas, se ahuyentan las inversiones (sí, como no); pero por ejemplo estas mismas personas no te dicen que en España es demasiado común ver marchas, en Inglaterra que decir, e incluso ahora en Estados Unidos. Por el contrario, muchas de las manifestaciones se llevan a cabo en países lo suficientemente desarrollados como para que su sociedad tenga conciencia política y ciudadana.

    Por eso les traigo un caso de éxito que rompe paradigmas, que ha sido minimizado porque demuestra que puede haber éxito utilizando la fórmula contraria a la que las autoridades y grupos de interés generalmente aplican para tratar de «resolver las crisis económicas y sociales». Este es el caso de la Revolución Islandesa:

    Todo comienza con el infame promotor neoliberal Milton Friedman. Islandia siempre fue uno de los mejores países para vivir (a pesar de que hace mucho frío por allá), en un país cuya capital Reikiavik tiene no más de 200,000 habitantes, tienen servicios de primer mundo, el economista llegó con su propuesta de privatizar todo, de desregular todo, de promover las «reformas estructurales que Islandia necesita». Friedman logró su cometido, se privatizó todo, se desreguló todo, se entregaron los bancos a la especulación financiera. Gracias a esta desregulación, los islandeses tuvieron crédito para todo, con los bancos sosteniéndose con créditos artificiales (lo que desató la crisis mundial), había crédito para autos, casas, viajes, producción, consumo. El país creció, pero dicho crecimiento fue artificial y no correspondía a un aumento de la productividad; nada más se vino la crisis mundial, los ingleses nacionalizaron sus bancos y a Islandia se le cerró el grifo de la llave, ya imaginarán lo que pasó: Islandia se endeudó, se generó una burbuja inmobiliaria y esta explotó.

    Los bancos colapsaron, varias de las viviendas fueron embargadas. Los banqueros hundieron al país y exigían que papá gobierno los rescataran. Esta crisis era la jamás vista no solo en Islandia, sino en cualquier país del mundo. La economía se deterioró, y las manifestaciones comenzaron. Hördur Torfason inició una protesta individual en el 2008 donde tomó un micrófono y una guitarra, poco a poco la gente se fue sumando, y las protestas empezaron a ser cada vez más grandes. Los banqueros pugnaban por el rescate del estado como en Grecia, España y Estados Unidos, como sucede con la política neoliberal, se privatizan las ganancias pero las pérdidas se iban a socializar, y dividiendo el dinero entre todos los habitantes, les iba a tocar a cada uno algo así como 60,000 euros, que equivaldría a un millón de pesos por persona.

    Ante todo esto, las manifestaciones se arreciaron, por primera vez, Islandia tuvo que utilizar la fuerza para contener la manifestación (al ser un país chico, desarrollado y tranquilo nunca se habían visto en la «necesidad»). Los islandeses se opusieron tajantemente a la socialización de las deudas, ellos no querían un Fobaproa, querían que se hiciera justicia. Y los islandeses se atrevieron a decir que no. Buscaron que se realizaran elecciones anticipadas y que renunciara el Primer Ministro de derechas, y lo lograron. Entra la Primera Ministra de Alianza Socialdemócrata (de izquierda)  Jóhanna Sigurðardóttir y decidió buscar la creación de una nueva constitución con la participación de los ciudadanos. También se sometió el asunto de la deuda a referendum y más del 93% de los ciudadanos dijo NO, solo el 2% aceptó que se rescataran a los bancos. A estos bancos se les dejó quebrar y se encarcelaron a varios de los banqueros que especularon con el dinero del pueblo, los que siguen libres, siguen siendo buscados por la Interpol.

    Ahora Islandia se ha recuperado exitosamente de una crisis más severa que por ejemplo, la que sufre España. En el 2012 Islandia triplicará su crecimiento y es un país tranquilo y próspero, el secreto, el que no quieren que sepas, es que decidieron no rescatar a los bancos. Por esta razón este hecho es minimizado, porque generalmente se venden los rescates bancarios como una medida necesaria para que las economías no colapsen, pero en Islandia pasó lo contrario. ¿Qué sería de Islandia si la gente «mejor se hubiera puesto a trabajar»?, ahora los islandeses estarían pagando el 5% de sus ingresos a este rescate por un periodo de 15 años.

    Pero bueno, aquí en México manifestarse es de ninis, gúevones, bananeros, pejezombies, resentidos sociales. Al igual que en Islandia, tendremos que decirles «NO».

  • Activistas sociales, que no perdamos el tiempo dicen

    Activistas SocialesMéxico como una sociedad pasiva, paternalista, conservadora, patriarcal y de estructura vertical; como que no está muy acostumbrada a que la sociedad luche por sus derechos o por cambiar las cosas. Todos los poderes de facto nos han tratado de educar de una forma en que el prototipo es aquel individuo que obedece, que se somete, que no reclama, que trabaja duro, pero siguiendo las directrices de la sociedad «masa»; encajaría muy bien en eso que José Ingenieros llama «el hombre mediocre«. Bajo ese talante, el activista social es visto como una minoría, como algo casi detestable en la sociedad, alguien que busca romper con lo establecido. ¿Y que es lo establecido? es un régimen social autoritario patriarca construído por ese partido que duró 70 años en el poder y al cual ese partido de la derecha en la cacareada «transición democrática», se adhirió, y que incluso parte del sector de la izquierda lidereado por un mesiánico promete continuarlo bajo el disfraz del cambio. Además es fortalecido por los medios de comunicación tradicionales y por algunas instituciones religiosas que fungen más como cotos de poder que como una forma de propiciar un orden moral en las personas.

    Para un mexicano típico, que sigue las directrices sociales impuestas, el activista es algo así como un anarquista o comunista (si es que sabe que significan esos términos), un rebelde sin causa, desobediente, desobligado. Aunque curiosamente los activistas sociales, ya sea en reuniones (porque para desgracia de esos quesqueconservadores, muchos de ellos conforman organizaciones civiles que manejan estructuras parecidas a las de las empresas privadas para trabajar) o en manifestaciones, casi no se ve ya ese martillo con una hoz amarilla sobre una bandera roja, o sea «A» sobre un círculo. Tratan de etiquetar al activista, aun cuando es muy difícil hacerlo por la heterogeneidad que existe entre ellos, dicen que si no son comunistas, entonces son hipsters (que después la supuesta «gente bien» adopta como moda) chairos, y quien sabe que otros términos.

    El principal mito que han creado sobre los activistas es paradójico, porque los tachan de güevones. Al verlos acampar afuera de un centro comercial para manifestarse en contra de la insultante concentración de la riqueza, como una emulación del #occupywallstreet, les dicen que se pongan a trabajar. Curiosamente lo que buscan muchos de estos activistas son precisamente oportunidades de trabajo, desarrollo y bienestar. Yo en lo particular nunca he visto una pancarta que diga «Gobierno, manténgame y deme un puesto de aviador en una paraestatal». También curiosamente esa gente de intelecto mediocre cree que los activistas no trabajan. En realidad, a veces ellos se desgastan más que las personas que se limitan a trabajar 8 horas diarias cinco días a la semana para llegar a su casa a ver televisión. La mayoría de los activistas que he conocido trabajan, algunos en empresas, otros que para poder compaginar su activismo con el sustento económico trabajan como freelancers y aspiran a hacer crecer su negocio.

    Tan no son flojos, que muchos de ellos buscan seguir estudiando, leen, se capacitan, buscan maestrías si la economía y las oportunidades se los permiten. Muchos de ellos ni siquiera viven con sus padres, varios rentan departamentos lo que implica que tienen que pagar para costearse la luz, el agua, el techo y para eso tienen que trabajar. Y no, el gobierno no los subvenciona ni los mantiene, menos cuando para el gobierno, los activistas son unos «parásitos indeseables» porque muchas veces se oponen a sus políticas.

    Pero pues según aquellos mexicanos que confunden la sumisión con la disciplina, la rigidez mental con el orden, el sometimiento con el obedecimiento, ellos creen que los activistas pierden el tiempo. Pero cuando estos últimos logran un cambio positivo, los primeros lo disfrutan y ni se molestan en agradecer.

  • La oscuridad en la democracia

    México vive una democracia incipiente, imperfecta por decirlo de alguna manera. Muchos nos creímos la novela de que con la transición democrática ya todo iba a cambiar, nuestros ingresos iban a aumentar, iba a haber más seguridad, los políticos se iban a comportar mejor, pero algo falló. Todo el inconsciente colectivo que venía arrastrando la nación terminó por boicotear la transición. Los mexicanos debíamos sacar del inconsciente ciertas conductas y reaprenderlas para adaptarlas a un marco democrático y no lo hicimos. Todas las mañas y los malos hábitos siguen, tal vez el escenario sea diferente, pero el fondo es el mismo: Mexicanos que esperan que el gobierno les resuelva la vida, políticos que hacen lo que quieren porque la ciudadanía no los vigila, gobiernos corruptos, sindicatos, monopolios. Nada de eso ha desaparecido.

    Con la democracia se han agregado dos nuevos elementos a los anteriormente mencionados, la ineptitud y la improvisación. Concordaba con un amigo cuando recordábamos aquellos tiempos cuando el PRI gobernaba nuestra ciudad (Guadalajara), había mucha corrupción eso sí, pero había planeación, había cierta armonía en la ciudad, habían estrategias a largo plazo; por un ejemplo, se había iniciado la construcción de una red de tren ligero planeada a terminarse en décadas. ¿Qué pasó cuando llegó el nuevo gobierno? Acabó con todo. El hecho de que los gobernantes ahora solo tengan un sexenio para gobernar provoca que tomen decisiones electoreras cortoplacistas que terminan por afectar a la comunidad. La ciudad de Guadalajara (y supongo que es el caso de muchas otras ciudades) se ha deteriorado debido a que no hay políticas públicas que permitan el crecimiento armonioso de la ciudad. Permiten que se construyan torres de 20 a 40 pisos donde hay mantos acuíferos y donde las estructuras viales no lo permiten, le dan prioridad al automóvil (sabiendo que la mayoría de su electorado tiene uno) sobre el transporte público. Se permiten giros comerciales en zonas residenciales, se construyen obras al vapor que terminan siendo rebasadas en poco tiempo, lo que ha traído más caos a la ciudad en vez de contenerlo.

    Los políticos nos quieren ver la cara, me dice un amigo. Y es cierto, es lo que han hecho durante mucho tiempo. Nada más que como ahora tienen que competir con la oposición, el engaño suele ser más perverso. Nos hablan sobre la democracia, sobre la transparencia, pero siempre ellos terminan saliéndose con la suya. Nos terminamos preguntándonos por qué las cosas no avanzan e incluso muchos piden regresar al antiguo régimen.

    Es aquí donde debería tomar acción la ciudadanía, sin ella no se puede entender la democracia y no se puede ponerla a funcionar. El quehacer ciudadano debería estar en la gente, en las asociaciones civiles, en la capacidad de los ciudadanos por buscar cambiar las cosas sin esperar a que terceros les resuelvan la vida. Los ciudadanos son los que deben impulsar las reformas, los cambios, y los políticos deben ser aquellos que las ejecuten. El político debe trabajar para el ciudadano, pero para eso el ciudadano debe de exigirle y pedirle cuentas claras a los políticos. No basta con ir a votar, es necesario tomar una participación activa.

    Un amigo proponía una curiosa forma de revocatoria de mandato. Esta consiste en que el aspirante a un puesto político debe de presentar sus promesas que deberá cumplir al llegar a dicho puesto. Si no cumple cierto porcentaje de propuestas, automáticamente se le revocaría el mandato. Pudiera ser una opción, aunque también se tendría que analizar algunas contraindicaciones, por ejemplo, que no pueda realizar ciertas propuestas debido a la oposición (la ley de la selva se desataría a más no poder), o en un caso extremo, que llegara una crisis económica externa que impidiera el cumplimiento de dichas propuestas.

    Yo más bien creo que dichas propuestas deberían estar definidas de acuerdo a las necesidades de la sociedad y que estas sean un producto de un «jale y empuje» de las asociaciones civiles y la sociedad. Podríamos hablar de una democracia directa donde los ciudadanos voten todas las leyes, pero ya personajes como Giovanni Sartori han puesto en entredicho esa modalidad. Los ciudadanos podrían estar malinformados, podrían no tener el suficiente conocimiento necesario, o podrían ser susceptibles de manipulación. Por eso yo creo que la actividad de las asociaciones civiles es importante, porque estas tienen la capacidad de informarse, retroalimentarse e influír en las decisiones gubernamentales. Es la sociedad más la información requerida para poder ejercer presión sobre el poder.

    Si la ciudadanía decide salir del letargo y se organiza, la democracia podrá ser beneficiosa, pero si permanecemos en el letargo y en la apatía, viviremos en «la oscuridad en la democracia»