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  • La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    La batalla contra López Obrador: los límites de los empresarios

    Ante un triunfo de AMLO que pareciera percibirse cada vez más inminente, varios empresarios salieron, de alguna u otra forma, a externar su preocupación. Algunos lo han hecho usando su derecho a la libertad de expresión, otros han jugado en el límite entre ésta y la coacción del voto.

    Me parece que todos los empresarios deben tener el derecho a manifestar su postura a favor o en contra de un candidato, de decir que simpatizo con este candidato o que aquél otro no me gusta. Creo yo que eso es muy sano para nuestra incipiente democracia porque le da más información al elector, quien puede decidir libremente e interpretar, desde su criterio, lo que los empresarios dicen. En este sentido, preocupados por la figura de AMLO, han salido José Ramón Elizondo de Vasconia y José Antonio Fernández Carvajal de FEMSA con una postura respetuosa hacia el electorado. No veo mal que el INE no permita a los empresarios hacer proselitismo mediante recursos económicos ya que estarían en ventaja frente a los ciudadanos u organizaciones que no tienen recursos para hacer lo mismo y lo cual puede distorsionar el concepto democrático que todos somos iguales ante la ley, pero creo que sí deberían poder expresar su postura libremente por medio de videos o comunicados (en la actualidad el INE no les permite mostrar simpatía por algún candidato). De hecho, con esas restricciones estarían en desventaja ante el empresario Alfonso Romo quien ha estado apoyando a López Obrador entre las élites empresariales por ser uno de sus coordinadores.

    Pero si hablamos de Germán Larrea de Grupo México o, más aún, de Alberto Bailleres, la historia es diferente. Bailleres ordenó una junta obligatoria en Perisur para comunicarles a sus empleados que no voten por López Obrador y les infundió miedo (casi diciéndoles que con la llegada del tabasqueño sus empleos podrían estar en riesgo). Este tipo de medidas son las que navegan entre la libertad de expresión y la coacción del voto. Pero no solo eso, también es una falta de respeto a sus empleados:

    Al sugerirles como votar, el patrón asume de forma tácita que sus empleados no tienen capacidad de decidir por sí mismos. Aunque no se les pida, al menos por lo que sabemos, que comprueben que votaron por otro candidato, esa «libertad de expresión» se convierte en chantaje. Es válido que los empresarios expresen su sentir a sus empleados, pero no que les pidan realizar una u otra acción.

    Pero lo peor del caso para los empresarios como Bailleres y Larrea es que este tipo de medidas les terminarán siendo contraproducentes. Si AMLO algo ha sabido hacer es decidir con quién pelearse y con quién no. El tabasqueño consiente a Ricardo Salinas Pliego y a Emilio Azcárraga por el poder mediático que las televisoras tienen, pero ni Bailleres ni Larrea lo tienen, ya que no pueden usar recursos económicos, porque la mayoría de los mexicanos no los conocen, y de quienes los conocen, no todos los respetan. Ellos tan sólo pueden tratar de influir dentro de su plantilla de trabajo en un país donde las todas grandes empresas emplean a poco más del 20% de los trabajadores mexicanos y, en una elección donde la ventaja de AMLO es contundente, sus esfuerzos se tornarán insignificantes.

    Les terminan siendo contraproducentes porque estas posturas, aunadas a un López Obrador que genera incertidumbre en materia económica y que se muestra confrontativo, se han reflejado negativamente en el valor de las acciones de sus empresas. Estas posturas también podrían afectarles negativamente en materia de imagen pública y, de la misma forma, llegar peleados a un régimen donde el presidente se caracterizará por su confrontación no les dejará nada bueno, ni a ellos ni al país.

    También es cierto que la élite empresarial de nuestro país no goza de la mejor reputación ya que muchos la relacionan con bajos sueldos y un clima laboral que suele ser inferior a las empresas transnacionales que se instalan en nuestro país. A las élites y cámaras empresariales, tal vez con la excepción de la Coparmex que sí tiene un sentido más social (proponiendo un salario mínimo más alto u organizando iniciativas para fortalecer la democracia y/o combatir la corrupción), les falta una mejor comunicación y empatía con la población, con la «gente de a pie». Pareciera que son parte de una burbuja, de un «mexiquito» que se encuentra aislada del «mexicote». 

    Básicamente, así refuerzan las condiciones para que un régimen de corte populista se pueda instalar en nuestro país. 

    Otra duda razonable es qué tanto estos empresarios están preocupados realmente por el «populismo» (que seguramente existen) y qué tanto están preocupados por perder sus privilegios (que seguramente también existen). No es un secreto que algunos empresarios tienen amplios beneficios gracias al compadrazgo con los gobernantes y políticos en turno. Tan no es un secreto que The Economist señala que son más los billonarios mexicanos beneficiarios de un capitalismo de cuates (crony capitalism) que los beneficiarios de su talento y esfuerzo dentro de un régimen de libre mercado. 

    Su animadversión hacia López Obrador bien la podrían aprovechar para crear un pacto con la sociedad en vez de pedirles de forma insistente a sus empleados que voten de tal forma. ¿Cómo puedes persuadir a una sociedad con la cual no te has puesto en contacto más allá de los estudios de mercado o el departamento de recursos humanos?  ¿Por qué no deciden comprometerse a llevar, en conjunto con las cámaras empresariales, acciones para combatir la pobreza y las estructuras que crean una fuerte desigualdad que vaya más allá de la generación de empleos? ¿Por qué no se comprometen a combatir la corrupción por medio de códigos de ética dentro de las cámaras donde se sancione o señale a las empresas que se benefician de ella? ¿Por qué no pactan para darles una mejor calidad de vida a sus empleados? ¿Por qué no implementan, en la medida de lo posible y de sus capacidades, las mejores prácticas de las empresas de otras latitudes? 

    Lo que digan algunos empresarios en realidad no calará mucho en la sociedad porque, a mi parecer, varios de ellos no se han esforzado lo suficiente en llegar a ella y establecer canales de comunicación. Esta coyuntura podría aprovecharse para crear una clase empresarial más eficiente y más social. La confrontación de López Obrador es absolutamente reprobable, pero crear una batalla frontal contra su probable régimen antes de que llegue al poder podría hacer hasta riesgoso ya que, mal que bien, ellos generan una gran cantidad de empleos en México y son necesarios en la vida económica del país. 

  • Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    ¿Cómo poder reseñar un debate tan aburrido, tan deplorable y tan decepcionante como el que tuvimos? No fue el formato, no fueron los moderadores (aunque creo que Yuridia no estuvo a la altura), fueron los candidatos. Estimados, tenemos unos candidatos deplorables y no entiendo como algunos se dan el lujo de perder amigos y hasta familiares por defenderlos. 

    ¿Quién ganó el debate? Es una pregunta muy debatible y compleja de responder, pero lo que sí estoy seguro es que el gran perdedor es México.

    Vamos al grano. Lo primero que tengo que decir es que ninguno aportó gran cosa en materia de política exterior. Es un tema demasiado importante dada la coyuntura de nuestro país (con el TLCAN en plena negociación) y ninguno estuvo a la altura, ni siquiera Meade quien tiene experiencia como canciller. Fue terrible, puros lugares comunes, puras palabras al aire. Puras acusaciones, peleas dignas de un patio de primaria. ¡Vaya! Un circo terrible.

    López Obrador

    A mi parecer López Obrador fue el ganador. No porque sea bueno debatiendo, no porque tenga las mejores propuestas. Simplemente porque tenía que ir a conservar su ventaja, y todo parece ser que así va a ser. Me preocupa que el candidato de MORENA no sepa ni un ápice de política exterior, es un ignorante del tema, no sabe absolutamente nada y ni su larga experiencia como político lo ha motivado a aprender algo. También preocupa su escasa agilidad mental, la cual se nota incluso cuando intenta hacer chistes. Básicamente me preocupa que quien será, casi con toda seguridad, nuestro próximo presidente, tenga carencias en cuestiones tan elementales. Me preocupa que recursos como ese de «Ricky Riquín Canayín» le funcionen y le aplaudan por eso. Son patéticos pero funcionan.

    A López Obrador le fue bien por dos cosas: primero, porque sus contrincantes desperdiciaron muchas oportunidades para noquearlo; y segundo, porque AMLO se mostró más despierto y sonriente en el debate, cosa importante después de haber sido criticado por, supuestamente, tener problemas de salud. A pesar de que Anaya logró hacerlo enojar alguna vez, AMLO enrareció el debate con sus ocurrencias y eso hizo que muchas de las críticas quedaran fuera de foco. El recurso de la cartera le funcionó muy bien, así logró esquivar lo que hubiera sido un golpe de Anaya quien se regresó frustrado a su lugar. 

    A pesar de su torpeza al hablar y su ignorancia en temas puntuales, AMLO mueve sentimientos y lo hace muy bien cuando está de buenas. 

    Ricardo Anaya

    Sí, fue el que debatió mejor, el que llegó más preparado, quien llevó más libros, apuntes y láminas. Pero en un debate presidencial no siempre gana el que debate mejor sino quien rentabiliza el debate a su favor y Anaya no lo logró. 

    Ricardo Anaya tenía que ir a buscar el voto blando de Andrés Manuel, ese voto que ganó en los últimos meses y que no está compuesto por incondicionales. Para eso tenía que lograr tres cosas: 1) Presentarse como antisistema, 2) Asestarle golpes contundentes a AMLO y 3) Crecer por méritos propios:

    Anaya sólo logró lo primero. Mantuvo una crítica con el gobierno actual y eso estuvo bien. De hecho, al principio creí que, aprovechando la ignorancia de López Obrador en materia de política exterior, Anaya se comería a López Obrador, pero no ocurrió, lo cual nos lleva al segundo punto: 

    Anaya no logró noquear a AMLO, lo logró hacer enojar una vez pero nunca lo tumbó. En algunos casos los golpes fueron poco certeros y López Obrador logró darles la vuelta con sus chistes o en alguna ocasión con uno que otro argumento. Ricardo Anaya mintió en ocasiones cuando hizo algunas de sus acusaciones y llegó a ser exhibido por ello. 

    El panista tampoco logró crecer por sus propios méritos. Yo había dicho anteriormente que debajo de su elaborada retórica no hay mucha sustancia y eso quedó, a mi parecer, muy evidente en este debate. ¿Por qué quiere ser Anaya presidente? ¿Como sería su gobierno? ¿Con quienes trabajará? ¿Cómo piensa Anaya? No respondió esas preguntas y su persona sigue generando incertidumbre. Pero aún para él. A pesar de ser elocuente, no inspira confianza. Su lenguaje corporal tiene rasgos esquizoides, su sonrisa y sus expresiones de la cara son muy falsas.

    Si he dicho que con una eventual presidencia de López Obrador podría haber algunos riesgos, no podría decir lo opuesto de Anaya. Al no resolver todos estos dilemas, veo muy difícil que logre alcanzar a AMLO en las encuestas.

    José Antonio Meade

    El candidato del PRI mejoró bastante. Se vio más elocuente y supo hilar argumentos de mejor forma. Se veía que venía entrenando y su mejora ya se palpaba en los últimos programas a los que lo invitaban a participar. Pero creo que no fue suficiente, sobre todo porque no logra o no quiere desligarse del corrupto gobierno de Peña Nieto y porque ya es demasiado tarde. La idea de que la elección es entre Anaya y López Obrador ya quedó impregnada en la cabeza de la mayoría de los electores. 

    Lo que sí podría criticar de Meade es que, a pesar de haber sido canciller, no mostró muchas tablas ni un gran conocimiento en el tema. En ese sentido, también desperdició una oportunidad. Concuerdo con quienes dicen que es el mejor candidato (el problema es el partido que lo postula) pero nunca logró exhibir del todo su amplio conocimiento sobre el tema. Veo muy difícil que logre salir del tercer lugar en donde está estancado. 

    El Bronco

    Una vergüenza. No puedo decir más. 

    Conclusión

    El debate no va a mover muchas cosas. En las encuestas que ya han sido publicadas y que preguntan quién fue el ganador del debate Anaya aparece en un primer lugar, pero apenas por encima de AMLO. Anaya tenía que generar la percepción de que su triunfo fue contundente (cosa que había logrado en el primer debate) para rentabilizarlo con una estrategia posdebate. Lamentablemente no lo logró, se quedó a medias cuando tenía que dar el estirón para alcanzar el voto blando de AMLO, ese que vale doble.

    No sé si este arroz ya se coció pero creo que el resultado de este infame debate pone a López Obrador cada vez más cerca de la presidencia. Lo único rescatable fue el formato. Por lo demás, los mexicanos deberíamos reflexionar y preguntarnos por qué es que tenemos candidatos tan mediocres. 

    Esta es nuestra realidad y el debate (si es que se puede llamar así) nos lo recordó, y esos son los candidatos que van a estar en la boleta. 

  • Los empresarios buenos y los empresarios malos

    Los empresarios buenos y los empresarios malos

    Los empresarios buenos y los empresarios malos

    Dentro de un ambiente polarizado y lleno de emociones como el que genera esta elección que está movida mayormente por el encono y el hartazgo, y en menor proporción (pero de todos modos de un tamaño considerable) el miedo a un candidato, podemos correr el riesgo de ignorar muchas de las señales de los fenómenos que tenemos enfrente, de lo que se dice, de lo que se quiso decir. El sesgo de confirmación que a veces abunda en ambos lados de la trinchera no nos permite en muchas ocasiones hacer ese ejercicio que considero necesario para entender las causas y no sólo conocer los efectos superficiales de lo que ocurre en las campañas y con los candidatos. 

    Cuando el conflicto de López Obrador con los empresarios llegó a su punto álgido (y que ahora parece haberse tranquilizado ya que ambas partes parecen haber comprendido que sería una pérdida de tiempo y hasta nocivo tener una confrontación directa a estas alturas del juego) se tomaron dos posturas muy claras: por un lado, aquellos que defendieron a capa y espada a los empresarios, ya que dicen que ellos son los que generan empleos en tanto los políticos son poco menos que parásitos y peor aún cuando hablamos de un López Obrador a quien le gusta la confrontación. Luego están quienes (siguiendo el tono de López Obrador) perciben a algunas estas cúpulas empresariales como una especie de mafia que quiere preservar sus intereses y por lo cual buscan atacar al candidato que promete un cambio.

    El problema es mucho más complejo que eso. Estoy convencido de que López Obrador cometió un error y un acto de poca tolerancia al señalar y lanzarse contra un grupo de los empresarios que no quieren que llegue a la presidencia (deseo legítimo mientras ello se mantenga en terreno legal y no distorsione la voluntad del electorado). No todos los empresarios a los que señaló se han hecho ricos al amparo del gobierno, ese no es el caso de Alejandro Ramírez de Cinépolis cuya familia ha forjado una cadena de salas de cines que tiene presencia hasta en la India. Naturalmente estas declaraciones calaron hondo en las organizaciones empresariales ya que, si bien es cierto que AMLO no se lanzó contra todos los empresarios, puso a algunos dentro de una canasta donde no merecen estar. Naturalmente, declaraciones como esas van a molestar, cuando menos, a quienes han creado sus empresas con el sudor de su frente. 

    Pero más allá de estos errores y arbitrariedades que López Obrador ha cometido, se ha olvidado un argumento en el que el tabasqueño sí acierta y es que dice que se debe independizar el sector empresarial del gobierno. Es decir, que los empresarios creen su riqueza por medio de su trabajo y el talento y no por medio de los privilegios que el gobierno les da. 

    Es importante mencionarlo porque la independencia de ambos sectores (que no implica que no tengan canales de comunicación sino que no se involucren en conflictos de interés) es clave cuando hablamos de la construcción de un Estado de derecho sólido. En una sociedad democrática y justa, una persona sólo puede ser privilegiada por su posición dentro del ámbito en que se desenvuelve. Así, sus beneficios son producto del mérito y no del influyentismo: un gran empresario puede ser millonario producto de su trabajo y esfuerzo, pero no puede hacerlo cuando se entrecruza con otro ámbito que no le compete. 

    El problema es que en México el rentismo (llamado también capitalismo de cuates o crony capitalism) es un problema considerablemente grave y creo que explica en parte los altos índices de desigualdad ya que fomenta una concentración de la riqueza en manos de unos pocos y que no es producto del mérito. Cuando los empresarios tienen privilegios dentro del sector público, estos terminan adquiriendo privilegios dentro de los organismos de justicia (los cuales, en teoría, deberían trabajar igual para todos, sin distingo de clase social o posición socioeconómica) lo cual los puede llevar a cometer ilegalidades ya que quedarán impunes con facilidad. Las afectaciones también se ven dentro del sector económico ya que los empresarios que se enriquecen al amparo del gobierno suelen distorsionar el mercado, y si bien crean empleos, su condición privilegiada evita que surja una competencia tal que podría generar muchos más de los que ellos crean. No sólo se generan menos empleos, sino que los productos y servicios tienden, en muchos casos, a ser de menor calidad. 

    Este es un mal que ha estado enquistado en nuestro país producto del PRI hegemónico donde la relación entre la empresa y el gobierno era más bien estrecha. Cuando se «liberalizó» el mercado muchas de las empresas fueron compradas por los mismos oligarcas y se enriquecieron más. Es decir, la liberalización de la economía no acabó con las estructuras patrimonialistas y clientelares, estas sólo se adaptaron a la nueva realidad. Varios de los empresarios mexicanos que aparecen en listas de Forbes están involucrados en distintos ramos, pero muchos de ellos se caracterizan por innovar más bien poco dentro de sus empresas. 

    Imagen relacionada
    Imagen: The Economist

    López Obrador se equivoca rotundamente al poner a todos los empresarios a los que denunció en una misma canasta. Un estadista no debe involucrarse en peleas absurdas como esa y simplemente debe preocuparse por aplicar el Estado de derecho y parar ese tipo de relaciones nocivas ya que no se trata de una batalla maniquea, sino de problemas estructurales que deben irse modificando con voluntad política y con el apego irrestricto de la ley. López Obrador no puede decidir quienes son los buenos y los malos malos, son los órganos de justicia los que deben determinar quienes están trasgrediendo el Estado de derecho. 

    Las cámaras empresariales, que están compuestas en su mayoría por empresas que se conducen de buena forma, deben también poner de su parte para desincentivar este tipo de prácticas y vigilar que sus miembros las eviten. Deben procurar, dentro del entorno empresarial, una cultura en la cual se fomente al empresario que se desarrolla por medio de su talento y esfuerzo, y desincentivar e incluso señalar a las empresas que hacen negocios turbios, o que se benefician de sus relaciones con el gobierno.

    También es cierto que el modelo económico de Andrés Manuel, orientado a la sustitución de importaciones, parecería más bien fomentar este tipo de relaciones (ya que estas surgieron dentro de un entorno bastante similar), por lo que habríamos que preguntarnos si en la práctica lograría combatir este problema. Pero la animadversión hacia López Obrador que puedan tener muchas personas no debe hacernos olvidar que ese problema existe. López Obrador lo aborda sin proponer una hoja de ruta creíble, pero yo no he visto a los otros candidatos que hablen de ello: hablan de competitividad, de desarrollo económico, pero hablan poco del mal endémico donde algunos empresarios se enriquecen al amparo del gobierno, y se necesita combatir lo segundo para poder lograr lo primero.

  • Pejevisa

    Pejevisa

    Pejevisa

    Desde antes del inicio de la campaña había notado que la postura de las televisoras hacia López Obrador distaba de ser muy beligerante, lo que interpreté en su momento como un esfuerzo de la televisora por aparentar ser neutral y así ganar credibilidad. 

    Cuando se habla de poder todo se vale y todo es posible y, por tanto, un análisis sobre éste va mucho más allá sobre la dicotomía de buenos y malos donde Televisa era visto como uno de los enemigos a vencer: la televisora que «pone presidentes». En realidad se trata de algo más complejo y los grupos de poder están dispuestos a realinearse si ello es necesario para sus intereses.  

    Por eso el programa de Tercer Grado donde entrevistaron a López Obrador me ha hecho sospechar que más que procurar cierta neutralidad pareciera una suerte de realineamiento con el que será casi seguramente el nuevo Presidente de la República, o mínimo están protegiendo sus intereses. Lo que vimos ayer fue algo más bien parecido a las entrevistas a modo que Televisa le hacía al entonces candidato Enrique Peña Nieto en 2012. ¿Lo cuestionaron? Sí. Pero lo hicieron de tal forma que lo dejaron lucirse y quedara bien. Casi no lo interrumpieron, dejaban que hablara el tiempo necesario para que pudiera expresar aquello que quería expresar.

    Es cierto, se vio a un López Obrador relativamente más preparado donde se explicó un poco mejor, pero los comentaristas abonaron a que así fuera. No vi a la Denise Maerker incisiva, López Dóriga ni metió las manos, Leo Zuckermann ahí cuando tenía una oportunidad planteaba alguna duda y poco más, Carlos Loret de Mola era prudente en exceso. López Obrador hablaba de Ayotzinapa y a nadie se le ocurría cuestionarlo por el hecho de haber promovido a José Luis Abarca en su momento, y así ocurrió con muchos temas donde los entrevistadores (tal vez de forma deliberada) dejaron pasar oportunidades importantes para cuestionar a AMLO. 

    AMLO venía de un día difícil por los encontronazos que se dio con algunos grupos de empresarios que, al parecer, no quieren ver a AMLO en la silla presidencial. Parecía que volvía el López Obrador de siempre, pero su aparición en Tercer Grado fungió como una suerte de control de daños donde se mostró mesurado, bromeaba, y los «televisos» lo trataban como «el presidenciable». El propio Raymundo Riva Palacio (que fue uno de los entrevistadores) dijo que AMLO se vio más como socialdemócrata que como caudillo.  

    López Obrador tuvo una de sus mejores entrevistas cuando más lo necesitaba. Televisa le dio la oportunidad y le dio el espacio para enmendar los errores que se habrían podido cometer los últimos días. Ya no se habla tanto del pleito con los empresarios, sino del López Obrador moderado que se paró en la otrora enemiga televisora. El mismo candidato presumió la entrevista en las redes sociales y dijo «fueron críticos, pero me dejaron hablar». La entrevista generó indignación en algunos de sus opositores, como su enemigo histórico Felipe Calderón quien calificó la entrevista como una pena y alertó sobre el trato que ahí recibió. 

    Pareciera que Televisa tiene intenciones de alinearse, de alguna u otra forma, con el que sería el próximo régimen lopezobradorista para mantener sus intereses e incluso sus privilegios intactos. Tal vez no sea casualidad que el suegro de Emilio Azcárraga esté en el gabinete de AMLO así como Esteban Moctezuma de Fundación Azteca. 

    Posiblemente esta sea una señal de que el ascenso de López Obrador a la presidencia se esté volviendo algo casi inevitable. 

  • Los empresarios contra AMLO

    Los empresarios contra AMLO

    Foto: Politify

    Muchos empresarios no quieren a López Obrador y eso no es un secreto.

    Y no lo quieren no tanto porque sientan que sus intereses se vayan a ver trastocados (que seguramente existen algunos casos de quienes no quieren perder sus privilegios) sino porque su programa económico no genera confianza. Al parecer, cuando López Obrador va y habla ante las organizaciones empresariales o los banqueros, deja una mala impresión. A veces lo despiden con un aplauso forzado (como aquella cortesía que se le da al que no cae bien) o incluso puede llegar a generar pánico, sea este sustentado o no. 

    Los empresarios, como cualquier sector de la sociedad, tienen derecho a manifestar su preocupación dentro del marco legal (esto es, acatando las reglas del INE al respecto), aunque, a mi parecer, deberían tener derecho a fijar una postura ante las propuestas de los candidatos ya que es importante que los ciudadanos vean lo que los distintos sectores piensan de ellos. 

    Varias organizaciones civiles y think tanks también ven al candidato con recelo ya que propone un proyecto de gobierno vertical donde sea su voluntad el que haga las transformaciones y donde la ciudadanía organizada (con excepción de aquella acrítica que se haya sumado a su movimiento) no puede estar ahí estorbando. López Obrador lo ha hecho ver de forma tácita en su libro y de forma explícita en sus últimas declaraciones. 

    Los empresarios, que en los últimos años han tenido una relación muy ríspida con el gobierno de Enrique Peña Nieto por la abrumadora corrupción, han sugerido a Meade y a Margarita que declinen por Ricardo Anaya ya que es el único que puede vencer a López Obrador. Hasta hace poco, parecía que este sector había tenido la esperanza de que AMLO cayera en las encuestas, pero eso no ha sucedido así. 

    Preocupa que termine existiendo una confrontación directa entre López Obrador y los empresarios ya que una relación dañada en un contexto donde llegue AMLO al poder en el cual se hayan cerrados todos los canales de diálogo (más recordando la testarudez del tabasqueño) podría tener consecuencias nefastas incluso para el país. El problema es que los empresarios, dentro de la desesperación, están cayendo en los mismos errores que los estrategas de campaña de oposición. No están terminando de entender que una alianza PRI-PAN como sugieren puede generar el efecto adverso ya que el voto antisistema es más grande que el voto antilopezobradorista.  

    Los empresarios y los sectores que guardan profundas diferencias con López Obrador deben tener mucho cuidado, porque un paso en falso podría complicar la situación en un país que poco a poco se ha convertido en una olla de presión y en el que una preocupación genuina podría generar la percepción de que los empresarios pretenden sumarse al sistema corrupto. Sería más preocupante, por ejemplo, que se sugiriera o propusiera alguna ilegalidad con la finalidad de frenar la llegada del tabasqueño a la presidencia. El encono desatado podría meter a un país en un problema muy profundo y solo agravaría la división y el recelo que existe dentro de la población.

    Como insiste Silva-Herzog Márquez en su columna, siempre se debe respetar la legalidad y aceptar la derrota ya que esa es una característica de los demócratas. La voluntad del elector, aunque esta sea un paso en falso, debe respetarse. 

    Los empresarios tienen derecho a estar preocupados, también es muy válido que organizaciones como el IMCO o Mexicanos Contra la Corrupción se sientan así ya que ellos son algunos de los destinatarios de las polémicas declaraciones, pero deben evitar repetir la historia que hemos visto en otras latitudes y terminen fortaleciendo el discurso del tabasqueño. Por el contrario, deben tender puentes de diálogo con el que podría ser el próximo gobierno para tratar de incidir, en la medida de lo posible, en aquellas cosas que les preocupa. Un ambiente de confrontación desde el inicio del gobierno tan sólo reafirmará sus propios miedos e incluso podrá llevar a López Obrador a tomar malas decisiones. 

    Los malos gobiernos no sólo son producto de sus propios errores, sino del papel que juegan los demás actores. 

  • La amnistía y la guerra contra el narco

    La amnistía y la guerra contra el narco

    La forma en que operan los cárteles de la droga en nuestro país es muy parecida a la forma en que los regímenes totalitarios (como los nazis y los comunistas) se implantaron dentro de las naciones en las que gobernaron. Estos regímenes aprovechan una condición de vulnerabilidad para establecerse: así como los nazis aprovecharon el declive económico de la República de Weimar a raíz de la crisis de 1929, los cárteles del narco aprovechan las condiciones de vulnerabilidad, pobreza y falta de oportunidades preexistentes dentro de alguna comunidad dada. 

    De la misma forma, la propaganda es crucial. La cultura que el narco promueve es una forma de propaganda, una cultura aspiracional y de status, de dinero, mujeres, camionetas que serían impensables ganar de forma legal y formal. El narco penetra dentro de la vida cotidiana por medio de géneros musicales como la banda (narcocorridos) o el rap, así como otros medios de consumo. Por último, al igual que las dictaduras totalitarias, los cárteles del narco atomizan y destruyen el tejido social e implementan uno nuevo por medio de un régimen del terror, donde todos los que son parte se vigilan a ellos mismos o se delatan ante la más mínima traición que les puede llegar a costar la muerte.

    La llamada guerra contra el narco desatada en los últimos doce años parece haber subestimado la reingeniería social que el narco hace en las comunidades y se ha enfocado mucho en el desmembramiento de los cárteles por la vía coercitiva. Es decir, la guerra contra el narcotráfico ha tenido una visión correctiva pero no preventiva. La Alemania ocupada de la posguerra llevó a cabo un proceso de desnazificación para revertir la influencia que el nazismo tenía en el tejido social, no había bastado con que los aliados vencieran al ejército de Hitler, había que limpiar a Alemania que estaba infectada para evitar su resurgimiento. 

    La propuesta de López Obrador en materia de seguridad tiene muchas lagunas y le falta desarrollo, ello explica que haya dado pie para que sus opositores tergiversaran su propuesta de la amnistía afirmando que va a liberar a los capos (lo cual es falso). Pero si algo ha de reconocerse es que López Obrador ha planteado una alternativa que busca atacar el problema de raíz. La amnistía considera más bien hacerlo con aquellas personas que están en la cárcel porque se han visto forzadas (ya sea por necesidad económica y coerción) a involucrarse en actividades relacionadas con el narcotráfico como la siembra y actividades similares, no considera liberar a los capos ni pactar con ellos. Pero lo interesante, a pesar de su falta de desarrollo como propuesta, es el cambio de enfoque que propone el tabasqueño ya que aborda eso que ha faltado en el combate contra el narcotráfico.

    No sé si las hojas de ruta que se tracen en el caso de López Obrador puedan ser las más acertadas, me parece un tanto evidente que sus asesores están trabajando sobre la marcha en ellas y la buenas intenciones no bastan. Pero el diagnóstico y la propuesta de cambio de perspectiva (que ha quedado relegada en un segundo plano en el contexto electoral) es algo que debe analizarse y tomarse en cuenta. Aunque creo que la estrategia correctiva no debe abandonarse del todo, sino que debería formar parte más bien parte de una estrategia integral que busque atacar el problema de raíz.

    Cuestiones como la excesiva desigualdad y un sistema que no ofrece posibilidades de movilidad social (la capacidad que tiene un individuo de desplazarse a un nivel socioeconómico superior) a aquellos que se encuentran abajo se convierten en caldo de cultivo para que el narco penetre en esas comunidades y las explote en su beneficio. Eso es algo que no se ha combatido posiblemente porque implicaría tocar algunos intereses y cotos de poder. La desigualdad y la falta de oportunidades, más que un problema, son un síntoma de una falla estructural más grande y que es la que debe de atenderse. López Obrador es el único que lo ha detectado, pero habría que debatir con él no argumentos absurdos como si «va a liberar a los capos» sino, por ejemplo, si su intención de revertir la Reforma Educativa pudiera jugar en contra de este objetivo ya que la educación es un pilar clave para crear un país donde haya una mayor movilidad social. 

    Pareciera que sus opositores no quieren entrarle al tema y parecen más bien aspirar a hacer eso mismo que durante 12 años no ha funcionado. Si a 12 años de que la guerra contra el narco inició estamos lamentándonos por el triste asesinato de estudiantes en Guadalajara, entonces es porque algo no ha funcionado en la estrategia. Tal vez sea importante comenzar a hablar del combate a la desigualdad y a la falta de oportunidades, un combate que no se lleve por medio de programas asistencialistas pero sí con una regeneración de las estructuras sociales para que «los de abajo» tengan mayores oportunidades de crecer «hacia arriba» sin tener que recurrir al narco para ello. Tal vez sea importante comenzar a debatir sobre cómo podemos regenerar y fortalecer el tejido social de esas comunidades para que los jóvenes no se vean tentados por la delincuencia y se vean seducidos por la narcopropaganda. Esto debería ser uno de los temas centrales dentro de la elección y sólo López Obrador lo ha abordado a medias y con torpeza.

    Mientras tanto, muchas familias siguen rompiéndose, muchos jóvenes siguen siendo asesinados, los balazos siguen cimbrando el territorio mexicano. 

  • Los memes, los indignados y la guerra sucia

    Los memes, los indignados y la guerra sucia

    Los memes, los indignados y la guerra sucia
    Imagen tomada de Twitter

    Hasta yo que no simpatizo con el Peje cuando veo los spots de «guerra sucia» o campaña de contraste en contra de AMLO digo: ¿de verdad? ¿no tienen otra cosa? ¡Ya chole con lo mismo! Dan risa y transmiten desesperación.

    Cuando en los spots los actores dicen «tengo miedo» uno no hace nada más que sonreír o incluso sentir un poco de pena por los estrategas de campaña que parecen estar muy desfasados de la realidad.

    Luego, el propio López Obrador, sin conocimiento alguno en mercadotecnia más que la experiencia cotidiana, les dice a los suyos: pónganse a hacer memes de la guerra sucia.

    Y lo más curioso es que esa petición en ocasiones termina funcionando más que los spots sobreproducidos, los camiones tapizados de los populistas latinoamericanos entre los cuales se encuentra López Obrador y las mantas que circulan por las ciudades. Funciona porque así logran ridiculizarlos y arrinconan «al adversario», al menos en las redes (recurso que en 2006 no existía). 

    Me he dado a la tarea de escuchar o leer a ese voto útil que AMLO ha ganado en los últimos dos meses (ya sea en conversaciones o posts de Facebook) para empatizar tratar de entender este fenómeno. Hablo de esos electores que en teoría podrían arrebatarle al candidato, esos a los que deberían apuntar los estrategas de los otros partidos porque seguramente serán quienes definan la elección. Ellos no son fieles a López Obrador, tal vez ni esperan que se de un cambio de proporciones históricas como sus seguidores tradicionales creen. 

    Estos electores quieren «mentarle la madre al gobierno» como si se tratara de una forma de catarsis. Uno de ellos me dijo «neta, ya estoy hasta la madre de todos, voy a votar por el Peje».

    Una mentira repetida mil veces no se puede convertir en verdad si no se ha hecho una buena lectura del contexto en el cual se emite.

    https://www.youtube.com/watch?v=78qQy5EccS8

    A ellos les duele los niveles de violencia, impunidad, la corrupción, y para ellos, jóvenes en su mayoría, es impensable votar por algo que parezca «lo mismo». Todo aquello que han vivido, asesinatos de estudiantes (no sólo los de Ayotzinapa, también los del CAAV), casos de corrupción que no sólo incluyen casas blancas sino asesinatos de personas con cáncer (como el caso de Javier Duarte) una economía que si bien no está tan mal como algunos sugieren no crece lo suficiente como para que crean en un futuro promisorio. Muchos de ellos mismos saben y aceptan que AMLO tiene defectos, que sienten que le falta fundamentar más sus propuestas, pero no van a cambiar su voto a menos que alguien más les ofrezca lo mismo, alguien más que les ofrezca «castigar al gobierno». Ante un escenario de descontento sienten que no tienen nada que perder, más siendo jóvenes que sienten que el futuro no es promisorio. Cuando ellos ven los spots de guerra sucia no se asustan, se ríen y se burlan, es la misma «clase política podrida» que está desesperada que termina fortaleciendo su posición, cosa que evidencian las encuestas, porque tanto en la política como en la conquista sentimental, la desesperación repele: «no mames ¿ya viste el spot de la señora que le está poniendo seguridad a su casa porque AMLO le va a dar amnistía a los delincuentes? ¡Qué estupidez! Ya se les acabaron las ideas, ne cagué de risa».

    Con la guerra sucia transmiten la idea de que todo se vale, refuerzan el nihilismo que ha caracterizado a la clase política actual, eso que ha encabronado a tantos. Así, este tipo de ataques se convierten en oro puro del tabasqueño, terminan fortaleciendo sus argumentos.

    Los políticos no están entendiendo, no están entendiendo nada. Tanto se acostumbraron a nadar en el mugrero que ellos mismos crearon que parece que ya no pueden ver lo que hay afuera. Han perdido cualquier capacidad de empatía con la ciudadanía, creen que la mercadotecnia lo va a poder todo. 

    Por eso AMLO está allá arriba, muy arriba. Por eso la retórica de la «mafia del poder» funciona.  

  • Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Seguramente en la campaña de Ricardo Anaya se preguntan, frustrados, por qué no encuentran la forma de bajar a López Obrador en las encuestas. Todos concuerdan en que Anaya le asestó uno que otro golpe al tabasqueño en el debate pasado, pero no lo noqueó y, de acuerdo a Massive Caller, que es por el momento la única fuente que tenemos a la mano (a falta de que se publiquen otros estudios), la afectación a López Obrador fue ínfima si no es que nula. Anaya subió, pero a costa de Meade, no de AMLO.

    Se preguntarán también por qué la guerra sucia, que desde hace dos o tres semanas ha sido lanzada por la campaña de Meade y luego por la campaña de Ricardo Anaya, no ha tenido casi ningún efecto. Su lógica es intensificarla ya no solo con spots sino con llamadas telefónicas y anuncios en los camiones. En esas dos o tres semanas AMLO ha mantenido el mismo porcentaje que no sólo está compuesto de sus fieles seguidores, sino también de una suerte de voto útil cuya prioridad en estas elecciones es ejercer un voto de castigo en contra del PRI y del sistema. 

    En la campaña asumen que con la guerra sucia podrán robarle a López Obrador ese voto útil, que hay que asustarlos para que así voten por Ricardo Anaya. Dicho voto útil es muy atractivo porque, a diferencia de cualquier otro tipo de voto, tiene un efecto duplicador. Es decir, si Anaya le quita un punto cierra la brecha en dos (porque cada punto que gana es un punto que pierde López Obrador). Pero, al parecer, no están entendiendo que si ese voto se fue con AMLO es porque el hartazgo genera un impacto en su intención de voto más fuerte que el miedo. 

    Algunos dirán que basta con que se den cuenta de que las propuestas de López Obrador no tienen mucho sustento mientras que las de Anaya, dicen, al menos, que sí están bien sustentadas (más por su elocuencia a la hora de hablar que por otra cosa). Pero en realidad eso no importa mucho. Algo que Ricardo Anaya no tiene, no ha construido y que AMLO sí, es un ideario; y esto puede determinar la elección, sobre todo cuando el ideario embona perfectamente en el contexto en que se desarrolla dicha elección que está caracterizada por el hartazgo al sistema. 

    Las propuestas son un medio para llegar a un fin (dicho ideario), y el problema de Ricardo Anaya es que sus propuestas, por más buenas que puedan ser, no parecen apuntar a ninguna parte. ¿Qué es lo que quiere Ricardo Anaya? Nadie lo sabe. De hecho, es demasiado ambiguo. En cambio, López Obrador sí tiene su ideario muy bien definido y tiene como piedra angular la justicia social: habla de disminuir la desigualdad, de combatir a esa «minoría rapaz» compuesta por unos pocos políticos y empresarios, habla de combatir la corrupción. Peor aún para Anaya es que lo ocurrido en estos últimos 6 años ha fortalecido mucho el discurso de Obrador. Ya no parece tanto una «teoría conspiranoide» como hace 12 años sino que pareciera hacer más sentido que nunca. 

    Todo se centra en eso, en la justicia social, en un país donde hay 50 millones de pobres donde el crecimiento no es suficiente y donde la desigualdad es mucha el mensaje se vuelve muy atractivo. Así como Adorno decía que los judíos se convirtieron en el enemigo por darle rostro a la idea del capitalismo, la clase política se ha convertido en el enemigo por darle rostro a la idea de la corrupción y la injusticia y López Obrador ha sabido capitalizar ese hartazgo. Votar por López Obrador no es necesariamente un acto racional producto de un concienzudo análisis de sus propuestas (seamos francos, son pocos los electores que lo hacen ese tipo de análisis) sino que es producto de una mentada de madre colectiva en contra de la clase política. Dado que Obrador tiene un ideario muy definido y que embona muy bien en este hartazgo, se ha convertido en el medio para «rayársela a ese sistema político podrido». 

    En un contexto como el actual, es un mayor problema tener propuestas sustentadas (en realidad o en apariencia) que no tienen ningún fin en concreto que propuestas vagas que no se han terminado de construir pero que apuntan juntas a un fin concreto. El ideario despierta más emociones que los tecnicismos de las propuestas y Anaya está muy lejos de tener un ideario. Les vuelvo a preguntar ¿qué quiere Anaya?

    No tener propuestas bien terminadas o fundamentadas (aparte que se presta para permitirle a sus opositores sacarlas de contexto como el caso de la amnistía) puede generar preocupación en algunos y reforzará la postura de ese sector que se ve más afectado por el miedo que el hartazgo (los que nunca votarían por AMLO) pero el que vayan acompañadas de un ideario muy concreto emocionará a todo aquel que quiere castigar al gobierno (y recordemos que el voto anti PRI es más poderoso que el voto anti AMLO). El caso contrario, el de tener propuestas terminadas y concretas (al menos en apariencia) puede generar tranquilidad en el votante que está asustado, pero la falta de ideario convertirá al candidato en un ente gris que no ofrece nada, que «suena a lo mismo» y que aburre. No es casualidad que, a raíz del debate, Anaya le haya robado votos a Meade y no a López Obrador. 

    Por eso es que tejer una alianza explícita entre Anaya y el PRI como algunos, desde la desesperación, suguieren, puede volverse un balazo en el pie, no sólo porque AMLO consolidará ese voto útil, sino porque probablemente parte de los indecisos terminen decantandose con el tabasqueño. Por eso es que las campañas del miedo generan, a diferencia de 2006, un efecto bastante marginal.

    La tarea de Anaya es construir una narrativa de tal forma que la gente sepa que quiere y que eso embone en la realidad actual. Si Anaya lograra concretizar un ideario, su elocuencia lo dejaría en franca ventaja frente a López Obrador, ya que así él se convertiría en un medio por el cual la gente se la «pueda mentar al PRI y al sistema» y tenga la esperanza de un México más justo, pero sin que eso implique riesgos. Ese voto útil sabe muy bien que AMLO puede conllevar algunos riesgos pero lo asumen, creen que vale la pena y muy posiblemente esos riesgos sólo se conviertan en un factor si alguien más les permite rayársela al gobierno. 

    El problema para Anaya es que faltan poco más de dos meses para las elecciones y está muy lejos de construir ese ideario (en contraste con López Obrador, que lleva más de 12 años en campaña). Es muy sintomático de ello que después de empezar con una campaña irrelevante y aburrida, tuviera un muy buen debate, para regresar a esa campaña irrelevante y aburrida.