Categoría: temas polémicos

  • La oposición (partidista) está bien jodida

    La oposición (partidista) está bien jodida

    La oposición (partidista) está bien jodida

    Contrario a lo que dicen los obradoristas, la mayoría de quienes nos consideramos opositores al régimen somos una suerte de huérfanos políticos.

    O sea, no simpatizamos con el PRI, el PAN, MC, o el PRD. Para muchos de nosotros no son algo más que un salvoconducto para frenar la deriva autoritaria de MORENA y para otros, ni eso.

    Basta ver todas las encuestas que se han levantado al respecto. MORENA tiene mucha aprobación y muchos seguidores mientras que los otros partidos se encuentran en un estado lamentable con una gran cantidad de negativos.

    Los partidos de oposición no solo no brillan, sino que son un estorbo, un dique para la construcción de una candidatura que pueda brillar por sí misma y pueda ser competitiva frente a la corcholata destapada (posiblemente Claudia Scheinbaum).

    Hoy, a un año de las elecciones, ya tendría que haber una figura que empezara a llamar la atención y de la cual se empezara a figurar como el o la candidata a la Presidencia y figura ante la cual los partidos comenzaran a cerrar filas. Tendría que existir esa candidatura que trascendiera a los propios partidos.

    Hoy eso no existe. Sí, hay una gran lista de personas que han levantado la mano pero nadie brilla. Existen figuras profesionales y técnicas como Enrique de la Madrid, Claudia Ruiz Massieu o Santiago Creel que lamentablemente no es como que sean personas muy atractivas como candidatos. Luego están aquellas personas que le apuestan a la división y a la confrontación (incluso entre la misma oposición) como Lilly Téllez tratando de posicionarse como una mujer «conservadora de derechas» para luego titubear al respecto al «arrepentirse» de haber firmado la Carta de Madrid.

    Pero el problema no son solo las candidaturas, tal vez estas sean el menor de los males. El gran problema son los propios partidos de oposición. Es inverosímil que un partido que tiempo atrás se ostentó como un partido ciudadano en los tiempos del partido único cierre, en este contexto y en estas circunstancias, las puertas a los ciudadanos. Mientras esto pasa, los pre-candidatos como Santiago Creel y Lilly Téllez se difaman y se atacan con mensajes frívolos (sobre todo de parte de la reportera) que parecen un chiquero o un lodazal y que nada evoca a un sentimiento de unidad.

    Lo peor del caso es que esa pugna por el poder dentro del PAN no queda ahí, porque luego tendrán que negociar con el PRI que, paradójicamente, parece tener mejores perfiles que el partido blanquiazul y que, a su vez adolece de las ambiciones de su presidente Alito Moreno.

    Tampoco queda claro para la ciudadanía que el PRI termine de jugar su papel de oposición. Si bien, en algunas ocasiones se han opuesto contundentemente a las acciones de MORENA, en otras parecen ir un poco más de la mano o han mostrado cierta cercanía.

    Y claro, un papel aparte juega MC que trata de capitalizar el continuo descrédito del PAN y del PRI para en un futuro posicionarse como una nueva alternativa, pero sus últimas acciones no han terminado de generar confianza en la ciudadanía opositora. No pocos le reprocharon no haberse sumado a la alianza: decisión que, a mi parecer, podría ser acertada para los intereses de ese partido en un futuro. El problema es que tampoco han mostrado una oposición contundente frente a MORENA y han tenido un estire y afloje con ese partido.

    Dicho esto, los ciudadanos que se oponen al régimen guardan dudas sobre si el PRI o MC realmente van a jugar el juego de la oposición o los van a terminar traicionando. Tienen más seguridad con el PAN, pero ven una y otra vez cómo los ignoran, les cierran las puertas y hasta los ningunean.

    Y todo esto pasa en un contexto donde los simpatizantes del régimen son mayoría. Es decir, el oficialismo seguiría teniendo cierta ventaja sobre una oposición unida y cohesiva formada por partidos que aprendieron su lección en el 2018 y llevaron a cabo un proceso de cambio. Pero no. no hay siquiera eso, no hubo reflexión, no hubo autocrítica. La gente ve lo que hay: políticos ambiciosos que quieren recuperar su privilegios y cuyo único atractivo es que «es menos malo que el régimen obradorista, pero malo al fin».

    Y pues está pal perro.

  • The Gradient Descent Party – La política y su destino en tiempos de la inteligencia artificial

    The Gradient Descent Party – La política y su destino en tiempos de la inteligencia artificial

    Introducción

    A raíz del hype que están generando los modelos generativos, LLM como Chat GPT, Bard y demás o generadores de imágenes como MidJourney o Stable Difussion, mucho se ha estado hablando de la Inteligencia Artificial en estos días como nunca antes.

    Como comenté tiempo atrás, la IA no es algo nuevo. Las herramientas más sofisticadas como el deep learning ya tienen algunos años con nosotros, pero en esta creciente sofisticación y en el desarrollo de procesadores o servidores que permiten que estas tecnologías tengan un mayor alcance se ha creado un punto de inflexión donde la gente comienza a ver con sus propios ojos cómo la Inteligencia Artificial comienza a penetrar dentro de sus vidas.

    La discusión sobre la inteligencia artificial tampoco es nueva: filósofos como Nick Bostrom o Ray Kurzweil han escrito del tema desde hace bastantes años. Lo que pasa es que, a raíz de los últimos avances, la gente la siente en sus manos y ello hace que se planteen muchas preguntas con respecto a estos avances tecnológicos que fácilmente podríamos considerar más importantes que la invención de la imprenta.

    ¡Vaya época nos tocó vivir!

    Claro, uno de los temas que más vienen a la mente es el de la singularidad o la Inteligencia Artificial General (AGI) en la cual las máquinas van a ser más inteligentes que los seres humanos y sobrepasarán su control. Aquí la discusión tiende a ser mixta: hay quienes se atreven a ponerle fecha y quienes lo ven como algo demasiado lejano como para preocuparse.

    Frente a los avances de la IA, hay reacciones diversas: algunos se inclinan hacia el entusiasmo, pero otros (y tal vez los más) guardan algo de escepticismo como ocurrió con Geoffrey Hinton, el ingeniero de Google que renunció a raíz de los posibles daños que la IA podría causar, Yuval Noah Harari, quien ya había mostrado preocupación unos años atrás en sus libros o Eliezer Yudkowsky, quien plantea también un panorama algo pesimista.

    Claro, esta reacción es natural ante algo que avanza tan rápido, cuyo futuro no se puede predecir y que, por tanto, causa mucha incertidumbre. El escepticismo es natural ante lo desconocido porque ello nos permite, de alguna u otra forma, adaptarnos y tomar medidas ante lo que viene para que así, dentro de lo posible y siempre de forma muy imperfecta, se amplíen los beneficios y se reduzcan las externalidades.

    Y si así no lo hiciere, que el algoritmo me lo demande

    Pero lo que toca en este artículo no tiene que ver con la singularidad que puede llegar en 20 o 500 años, sino con la forma en que los avances en la IA que estamos comenzando a ver va a afectar la forma en que nos organizamos, en que creamos instituciones y hacemos política.

    Si de algo estamos seguros es que, a lo largo de la historia, los avances tecnológicos han traído sacudidas al orden social y a las estructuras de organización humana. Sería iluso que, tras una irrupción tecnológica, nuestra forma de entender al mundo e interactuar con éste se vaya a mantener de la misma forma.

    Internet y las redes sociales son un ejemplo de ello. Estas tecnologías tienen poco tiempo con nosotros y no hemos tenido siquiera tiempo de comprender los efectos que éstas han creado en la política y en la sociedad. Se sabe que las redes sociales tienen un efecto importante en la polarización política actual y que, si bien, la polarización no es efecto directo de las redes sociales, si tiende a amplificarla considerablemente.

    La inteligencia artificial es una irrupción bastante más abrasiva que las redes sociales. Las redes vinieron a modificar los canales de comunicación, interacción y consumo de contenidos, lo cual ya es algo considerable. Hoy se estudian sus efectos en la psique de los individuos, en la pérdida de privacidad, en la confianza institucional y demás. Pero los efectos directos de la inteligencia artificial no se limitan a la comunicación, aunque está claro que la va a afectar de forma considerable. La IA impactará en distintas áreas de tal forma que las redes sociales habrán sido un breve temblor en comparación sobre el terremoto que podría estar por venir. Y eso que aquí estamos considerando a la IA actual: la llamada inteligencia artificial débil y no la inteligencia artificial fuerte o general (AGI).

    ¿Cómo podría afectar la IA a la política?

    Me vienen a la cabeza algunas cuestiones, y muchas están relacionadas con una mayor asimetría de información entre el poder político y los gobernados. Es decir, si no se implementaran los mecanismos pertinentes, podría abrirse una gran brecha entre la información que el poder político conoce y lo que los gobernados conocen de tal forma que el primero podría tener un mayor poder sobre los segundos:

    Lo malo

    Hipervigilancia

    Si algo caracteriza a la IA actual es su carácter predictivo. Los algoritmos de machine learning son capaces de arrojar predicciones con base en un input que puede ser integrado desde una regresión lineal para entrenar a dicho modelo (que puede predecir, por un decir, el precio de una casa con base en la ciudad y la zona en la que se encuentra) hasta una red neuronal que puede arrojar resultados más sofisticados y complejos.

    Dicho esto, los gobiernos podrían verse tentados a establecer mecanismos de hipervigilancia prediciendo la conducta de los ciudadanos. Por poner un ejemplo: si el ciudadano x tiene estas conductas (compra en tal o cual lugar, ha sido multado tantas veces) o estas características (está diagnosticado con depresión, ansiedad o es extrovertido), se puede predecir con cierta precisión que va a realizar tal o cual conducta, por lo cual el gobierno podría tomar medidas preventivas que, a su vez, podrían representar un atentado contra los derechos de dicho individuo.

    Los créditos sociales en China, que otorgan puntos a los ciudadanos hipervigilados a través de su conducta y hábitos, son un temprano ejemplo del alcance que este tipo de estrategias podrían tener.

    Riesgos sobre la libertad de expresión y manifestación

    Las manifestaciones, por lo general, tienen un origen relativamente espontáneo. Ante una situación que incomoda a un sector de la ciudadanía, un grupo de personas o algún colectivo convoca a una manifestación y las personas se unen a ella. Esa espontaneidad guarda un arma de doble filo frente a un gobierno que con ayuda de la IA puede hacer predicciones sofisticadas y con la cual pueden prever manifestaciones antes de que se propaguen de acuerdo al comportamiento de los ciudadanos. Una IA entrenada con extensiva información de manifestaciones históricas puede analizar patrones de conducta y sugerir que en tal circunstancia una manifestación podría ocurrir para evitar que ocurra. La asimetría de información entre el gobierno y los inconformes podría dejar en desventaja a los segundos.

    Algo parecido podría pasar con la libertad de expresión. Un gobierno podría predecir con cierta precisión que tal o cual medida polémica podría generar incomodidad en la población o que la prensa va a abordar el tema. Así, podría anticiparse ante los distintos hechos para evitar que aquellas expresiones en contra del gobierno se expandan. También podría predecir qué tipo de personas o de medios son más proclives a incomodar al gobierno para así tomar medidas preventivas al respecto.

    Degradación de la representatividad política

    En una democracia liberal, el individuo elige a los representantes que tomarán decisiones por ellos. En este supuesto, las personas individualmente evalúan las candidaturas y votan por aquel o aquella que, de acuerdo a su conocimiento, sus tendencias ideológicas y sus necesidades, creen que los va a representar mejor.

    A raíz del marketing político y de estrategias cada vez más sofisticadas que abarcan diversas áreas como la psicología, la publicidad, recientemente el análisis de datos y demás, hay quienes han argumentado que esta dinámica se ha degradado, ya que en vez de dar información relevante al electorado, buscan cambiar su conducta para así obtener más votos. Los estrategas políticos especializan cada vez más su mensaje a las diversas audiencias e incluso, a través de estrategias de hipersegmentación (como ocurrió en el infame caso de Cambridge Analytica), buscan cambiar el comportamiento de la audiencia de tal forma que les resulte favorable a sus necesidades tal cual como si se tratara de una suerte de ingeniería social.

    La Inteligencia Artificial, sobre todo con la ayuda de herramientas predictivas, llevará este fenómeno mucho más allá. A través de estas nuevas herramientas, los estrategas podrán predecir cómo podrían votar tales o cuales personas y podrán también crear modelos que ayuden a diseñar estrategias para orientar el voto de un candidato a otro (vaya, incluso Chat GPT ya es capaz de crear discursos con base en prompts segmentados, aunque todavía puede mejorar su calidad). Más que presentar un proyecto de nación, los estrategas tendrán más incentivos para hacer «ingeniería social quirúrgica» con el fin de ganar elecciones.

    Si los discursos políticos están cada vez más preparados por estrategas de campaña, es posible que estos terminen cada vez más desligados de la mente del candidato y sea una red neuronal la que termine, con base en varios inputs relativos al público objetivo, redactándolos, reduciendo al candidato a un sujeto que se limita a leer lo que aquella máquina redactó. ¿Quién realmente me está hablando? ¿Qué sé realmente del candidato?

    Lo bueno

    Diseño de políticas públicas

    Ello no quiere decir que todo sea sombrío. La IA también puede muy útil para maximizar el bienestar de los ciudadanos. Las herramientas de predicción podrán (y de alguna forma ya lo están siendo) ser muy útiles para crear mejores políticas públicas. Desde dónde construir un hospital o trazar las rutas de autobús prediciendo el comportamiento futuro con respecto a distintos patrones.

    La IA también podrá automatizar muchas tareas que harán que muchas políticas le cuesten menos dinero al erario. De la misma forma, se podrán crear políticas públicas más focalizadas con mayor precisión y menos dinero al entrenar modelos con datos existentes que arrojen distintas estrategias para distintos grupos sociales en vez de crear una gran estrategia que pretenda abarcar todo y que, por tanto, termine siendo ineficiente.

    sípodíasaberse.gpt Más y mejor información para el electorado

    Si bien, comenté que la IA puede representar un riesgo para la representatividad y la democracia, con las medidas pertinentes podría potenciarla. Por ejemplo, los individuos podrían pedir a un algoritmo entrenado con información histórica de un candidato, información que tiene que ver con sus intereses y con lo que espera del candidato por el que quiera votar: «Me importa mucho el empleo ¿qué me puedes decir sobre las medidas que ha tomado el candidato X al respecto a lo largo de su trayectoria y qué resultados ha obtenido«. Así, también podrá contrastar posturas de una forma mucho más rápida, sin que le quite mucho tiempo y esfuerzo y sin necesidad de ser un experto en el tema. Así, los ciudadanos podrían ahorrarse campañas insulsas y frívolas tomando decisiones con base en información factual.

    Igualmente, los algoritmos pueden ayudar para hacer fact checking de forma más precisa, inmediata y veraz. Un algoritmo entrenado con inmensas cantidades de información podría responder se forma prácticamente inmediata si aquello que dijo la candidata o el candidato es verdadero o falso al tiempo que presenta la fuente con la información original para que el individuo pueda corroborar lo que el candidato dijo.

    Conclusión

    Como los seres humanos somos terribles para predecir el futuro, lo más que podemos hacer al respecto es plantear escenarios hipotéticos para pensar qué mecanismos o regulaciones podríamos implementar para evitar que las nuevas tecnologías se nos salgan de las manos, sobre todo con la IA que, si bien todavía está muy lejos de ser «consciente» y de «superar al ser humano», sí representa un salto cuántico en materia de predicción y procesamiento de información.

    ¿Va a ser beneficiosa para la humanidad o va a ser catastrófica? Eso depende de nosotros, los seres humanos, de los mecanismos y controles que adoptemos al respecto. Es absurdo pensar que debamos evitar el progreso tecnológico y que debemos parar los avances al respecto, sin embargo sí es muy importante canalizar estos avances para evitar que a través de éstos se atente contra los individuos, se les oprima, se les limite sus derechos y, por el contrario, para que fortalezca la democracia, la libertad y el bienestar de los individuos.

    Seguramente me faltó plantear muchas cosas en este artículo. El tema de la IA es muy extenso y tiene demasiadas implicaciones. Sin embargo, no quería dejar la oportunidad de expresar mis inquietudes sobre la relación de los avances de la inteligencia artificial con el quehacer político, lo cual será muy trascendental para nuestra especie en el futuro no muy lejano.

  • ¿Sí podía saberse?

    ¿Sí podía saberse?

    No somos seres racionales que nos emocionamos, somos seres emocionales con capacidad de razonar

    Humberto Maturana

    Ahí en las redes sociales, y sobre todo en Twitter (para variar), hay una férrea, acalorada y polarizante discusión sobre la «responsabilidad» que tienen aquellas personas que votaron por López Obrador y hoy se arrepintieron.

    Esta se desató básicamente por algunas columnas publicadas como las de Genaro Lozano o la de Jorge Volpi (quien tuvo la osadía de señalar a los opositores como principales culpables de la desgracia de este gobierno). En ellas, hay una insistencia en deslindarse del hecho de que su voto en las urnas pudo no haber sido la mejor achacando todo a la idea de que fue López Obrador quien traicionó a todos, se traicionó a sí mismo y se «derechizó».

    De aquí salieron varias discusiones. Unas señalan la arrogancia de estos periodistas e intelectuales quienes, por medio de sus columnas, parecen afirmar: «yo no me equivoqué porque soy inteligente, fue AMLO el que me traicionó». Otras van más allá y hasta responsabilizaron a los que votaron por AMLO de la desgracia, como si no fuera suficiente arrepentirse sin ser sometidos al paredón.

    Estas discusiones siempre tienden a gravitar a la siguiente pregunta: ¿sí podía saberse? ¿Si podía deducirse que el gobierno de López Obrador sería tal y como lo estamos viendo?

    El tema es complejo y requiere matices. Es cierto que los seres humanos somos torpes para pronosticar el futuro. Son tantas las variables inmiscuidas que nuestra mente simplemente no tiene la capacidad de hacerlo, pero ello no quiere decir que no podamos hacer algunas aproximaciones que puedan incrementar la probabilidad de que hagamos una buena elección. De lo contrario, votar por un político sería prácticamente lo mismo que seleccionar a uno de forma completamente aleatoria.

    Por ejemplo, el sujeto que va a elegir entre las distintas opciones puede estudiar los patrones que un dado político muestra, ya sea de su personalidad, su trayectoria política, su rectitud, sus convicciones ideológicas. Cuando se analizan estas características en retrospectiva y se compara con la forma en que el político elegido está gobernando, se verá que hay cosas que sí empatan. Hay alguna coherencia entre el hecho de que AMLO haya mandado al diablo a las instituciones y no haya reconocido derrotas con su afán de destruir instituciones autónomas y concentrar la mayor cantidad de poder. De igual forma, a nadie sorprende que Trump haya desconocido el triunfo de Biden si se analiza su discurso populista y polarizante.

    Cuando la gente va a votar, tiende a ser más emocional de lo que está dispuesta a reconocer. Si la gente no tiene el tiempo (y ni la capacidad cognitiva) de analizar a cabalidad todas las variables, entonces estará limita a utilizar atajos heurísticos que le ayuden tomar una decisión acertada y los cuales están condicionados por preferencias ideológicas, suposiciones, prejuicios y demás, así como por diversos impulsos emocionales producto de su entorno. Claro está, por menos preparado esté el sujeto en cuestión o menos interés tenga en el asunto, los atajos heurísticos serán más simples o frívolos, y por más lo esté, tenderán a ser más sólidos, pero siempre de alguna u otra forma falibles.

    Como los atajos heurísticos siempre pueden fallar a no, es posible que un atajo heurístico más sólido falle en tanto otro más débil no lo haga. Por ejemplo, una persona que haga una sobresimplificación del siguiente tipo «AMLO es de izquierda, nos va a convertir en Cuba y nos va a quitar nuestras propiedades, ergo, no voto por él» podrá decirse que hizo una buena elección al no votar por él, pero ello no significa que haya hecho una elección medianamente razonada. Por el contrario, sabemos que está equivocada porque no hay señales de que nos estemos convirtiendo en Cuba.

    En cambio, una persona que votó por López Obrador al razonar que la clase política vigente está muy corrompida (lo cual es cierto) y que López Obrador representaba la única alternativa de cambio (lo cual es parcialmente cierto) podrá decir que llevó a cabo un razonamiento un poco más sólido que el primero (tampoco es que mucho), pero, a diferencia del primero, se arrepintió. Posiblemente la molestia que tenía con el estado de cosas actual o sus inclinaciones ideológicas hicieron que tomara menos en consideración las alertas (red flags, como se dice popularmente ahora) que empataban con aquello que hoy le molesta.

    Es cierto que habían varias señales que podían sugerir lo que hoy está ocurriendo. Tal vez con excepción de la militarización y el ataque a la ciencia, había referencias a la forma actual de gobernar de López Obrador y es cierto que estas se subestimaron. A pesar de ello, me parece un despropósito culpar a las personas que votaron por López Obrador por lo ocurrido dado que:

    • No hubo algún dolo en su forma de votar y no deseaban que ocurriera lo que hoy ocurre (tal vez con excepción de quienes se «arrepintieron» porque no les dieron lo que les prometieron desde el poder).
    • Se diluye la responsabilidad que debe recaer sobre el Presidente, su gobierno y quienes aplauden sus actos.
    • En una democracia la gente es libre de votar por quien quiera e incluso de equivocarse.

    Pero, sabiendo que existían varias señales que empatan con la forma de gobierno actual, podemos deducir que su elección no fue la más acertada y que la configuración de los atajos heurísticos de los votantes hoy arrepentidos falló. Algunos opinadores e intelectuales se niegan a reconocerlo ya que consideran que eso pone a su prestigio en tela de juicio y por ello han decidido asegurar que fue AMLO el que se traicionó a sí mismo y el que se «derechizó». Debe señalarse que no aceptar ello implica no retroalimentarse de su decisión, lo cual evitará que tengan un mayor conocimiento en elecciones futuras con el riesgo de ser proclives a volver a optar por personajes similares, ya que si «AMLO se traicionó» entonces fue producto de su voluntad y solo se necesitaría, ceteris paribus, que el nuevo político tenga otra voluntad diferente para sí ser ese «socialdemócrata danés».

    Otra cosa es que aquellos que «acertaron» no votando por AMLO también pueden ser proclives a fallar y arrepentirse en un contexto dado porque también operan bajo atajos heurísticos. Que hayan «acertado» esta vez y en este contexto no implica que lo hagan en el otro. Incluso es posible que en otro contexto dado, quienes fallaron acierten (que en retrospectiva piensen que su voto fue el correcto) y que quienes acertaron fallen (que se arrepientan de su voto).

    Las únicas personas que nunca correrán el riesgo de fallar en absoluto son aquellas que sepan abstraer a cabalidad todas las variables y logren neutralizar por completo sus emociones e inclinaciones ideológicas: o sea, nadie.

  • Norma Lizbeth, el bullying y el contexto

    Norma Lizbeth, el bullying y el contexto

    Norma Lizbeth, el bullying y el contexto

    Las redes sociales se estremecieron porque una niña llamada Azahara Aylín de 14 años golpeó con una piedra a Norma Lizbeth mientras sus compañeras y compañeros grababan y se reían. Esta agresión le ocasionó lesiones que provocaron su muerte días después. Norma ya había alertado que sufría de bullying por parte de sus compañeras y compañeros en la escuela. A pesar de eso, las agresiones siguieron hasta derivar en esta tragedia.

    Naturalmente, este hecho generó indignación en las redes sociales así como un debate sobre qué tanta responsabilidad tiene Azahara sobre la muerte de Norma Lizbeth. Como suele ocurrir, el debate tiende a polarizarse: hay quienes tratan de reducir el asunto a la responsabilidad que Azahara tiene y otros la presentan como una víctima de sus circunstancias. La realidad es que este asunto tiene muchos matices y hay que comprenderlos para evitar que este tipo de tragedias sigan ocurriendo.

    ¿Qué tan responsable es Azahara?

    Azahara es una niña que tiene 14 años, una niña que todavía no ha terminado su desarrollo cognitivo, que tiene menor control sobre sus emociones que una persona adulta y que no necesariamente tiene plena conciencia sobre sus actos como lo tiene un adulto maduro. También es cierto que, a esa edad, una persona ya tiene la capacidad de discernir entre lo que es bueno y malo. Ya sabe que agredir a una persona con una piedra es un acto reprobable y, aunque es posible que su intención premeditada no haya sido privar a Norma de su vida, sabe que golpearla con una piedra podía poner en riesgo su integridad.

    Responsabilidad hay, pero es claro que no puede juzgarse de la misma forma que un adulto. Como Azahara no tiene un desarrollo cognitivo pleno, sus padres tienen tutoría sobre su persona y todavía no está en condiciones de recibir la ciudadanía. En ello, se reconoce que la autonomía de Azahara es menor y por tanto debe estar bajo la tutela de alguien más. Ello explica que posiblemente su crimen sea castigado con cinco años en un reformatorio y poco más.

    El contexto

    Todos los seres humanos somos, en mayor o menor medida, hechuras de nuestro entorno. Si bien, creo que tenemos cierto margen de libre albedrío y cierta autonomía a la hora de tomar decisiones, el entorno nos condiciona más de lo que quisiéramos reconocer. ¿Seríamos las mismas personas si hubiésemos nacido en otra familia, en otra clase social, en otro país, si nuestra carga genética hubiese sido distinta? Lo dudo bastante.

    Incluso, yendo a un extremo, existen casos de personas que han mantenido conductas antisociales y criminales producto de alguna lesión cerebral, las cuales han desaparecido por completo en tanto dicha lesión ha sido removida. ¿Qué tanta responsabilidad podemos adjudicar a dichas personas por sus crímenes? ¿Podemos decir que se tratan decisiones conscientes?

    A menos que ocurriera el remoto caso de que Azahara fuera uno de estos, a ella podríamos colocarla en un punto intermedio. Ella tiene cierta capacidad de autonomía, pero esta es menor a la de un adulto. Si bien, todos estamos relativamente condicionados por el entorno, en tanto la autonomía de un individuo sea menor el entorno o el contexto importan proporcionalmente más.

    Si ella está bajo la tutela de sus padres, quienes además encargan parte de su desarrollo a una escuela o sus maestros, sabemos que gran parte del contexto están representados por estos agentes quienes deberían encargarse de guiar a Azahara por el buen camino y dotarle de una serie de valores éticos y morales para que sea una persona de bien.

    Claro, podemos irnos más profundo y comprender que el efecto del contexto en el que está inserta una persona es mucho más complejo. Como explica Gabor Maté en su libro the Myth of Normal, el hecho de que una persona padezca ciertas enfermedades o tenga ciertos problemas psicológicos se explica no solo por su contexto inmediato, sino por uno que tiene muchas ramificaciones que nos obligan a desplazarnos mucho tanto en la vertiente espacial como en la temporal: Por ejemplo: si los papás fueron ausentes, el contexto tuvo cierta influencia sobre de ellos para que fueran ausentes.

    El falso dilema

    En estas discusiones polarizantes, suelen tomarse posturas como si fueran mutuamente excluyentes: si hablas del contexto niegas la responsabilidad, si hablas de la responsabilidad niegas el contexto. Las distintas posturas políticas tienden dar peso a una variable que la otra y en las redes la postura contraria siempre suele tacharte de «insensible».

    Y esto ocurre porque la gente tiende a querer explicaciones más bien fáciles a fenómenos que son complicados, pero conformarse con una explicación simplona necesariamente traerá resultados funestos. Si me fuera a un extremo y redujera el fenómeno a un discurso de responsabilidad, entonces desdeñaría completamente el entorno y esto seguiría ocurriendo, aún cuando aumente las penas (porque una niña, al tener menos conciencia de sus actos, naturalmente tendrá menos conciencia sobre la pena que puede recibir). A su vez, si explicara todo por el entorno, entonces tampoco podría juzgar a sus padres, ni a sus abuelos ni a nadie y así ad infinitum porque cada agente en la extensa cadena sería exclusivamente producto de su propio entorno.

    La realidad no es binaria ni excluyente. Por ejemplo, se discute si Azahara es victimaria o es víctima de sus circunstancias, pero pocos reparan en que puede ser las dos cosas al mismo tiempo. Azahara es víctima ya que, como menor de edad, seguramente tuvo problemas familiares, padres ausentes o violentos, una escuela que no le puso atención. Vaya, cosas que no dependen de ella. A la vez, como reconocemos que, a pesar de todo esto, tiene cierto margen de autonomía sobre sus decisiones, también es victimaria y, en tanto victimaria, merece un castigo (naturalmente menor al de un adulto dadas las consideraciones que mencioné anteriormente y que es como está estipulado en la ley).

    Conclusión

    ¿Se debe responsabilizar en su justa medida a la victimaria? Sí, en tanto tiene cierto margen de autonomía. ¿Se debe comprender su contexto y este debe considerarse tanto para determinar el tamaño de la pena, para otorgar la debida responsabilidad a los padres y maestros y para combatir este problema que tanto aqueja a la niñez y adolescencia en nuestro país y lo cual se explica también por factores sociales, económicos y culturales? También. No son debates excluyentes como algunas personas, que buscan respuestas fáciles que satisfagan sus posturas ideológicas (tanto en la izquierda como en la derecha). Son debates que se pueden y deben complementarse.

    Claro, Norma Lizbeth merece justicia, pero esta no termina en que Azahara reciba un justo castigo, sino en que cada uno de los agentes asuma su responsabilidad y en que esto sirva como antecedente para que se combata el severo problema de bullying que aqueja nuestro país.

  • La gordofobia y lo que implica perder peso

    La gordofobia y lo que implica perder peso

    Hace poco más de cinco años escribí este artículo sobre la gordofobia que puedes leer aquí. Ahora que el tema y el concepto vuelven a estar en boga por alguna razón, y tras seis años de aprendizaje con mi peso, muchas cosas cambiaron en mi forma de pensar sobre ese tema y por tanto decidí escribir al respecto, como si de una revisión de mi postura se tratara.

    En el artículo recuerdo haberme puesto como ejemplo de que «sí se podía» porque unos años atrás había bajado 30 kilos. Posteriormente bajé otros 20 y estoy solo a cuatro de no tener clínicamente sobrepeso alguno, pero mi experiencia cambió mi modo de ver este proceso desde una postura mucho más compleja y, me parece, más madura e informada. Entendí que bajar de peso es un proceso muy complejo que, en muchas ocasiones, rebasa la mera fuerza de voluntad y justo al revisar mi experiencia me di cuenta de ello.

    Introducción

    La discusión sobre lo que se denomina gordofobia tiene muchos matices y ello implica que no estoy de acuerdo en absolutamente todo. Por ejemplo, algunas personas llegan al extremo de sostener que la obesidad no es algún problema o algo malo y que las cargas que tiene este fenómeno son meramente culturales. Ahí yo discrepo porque objetiva y científicamente la obesidad sí puede ser un problema para quien la padece, sobre todo en temas de salud.

    Que no sea un fenómeno puramente cultural no implica que la cultura no esté inmiscuida en la construcción de lo que la obesidad es y cómo se le trata. Por ejemplo, solemos tratarla con más agresividad y desprecio que aquellos cuerpos excesivamente esbeltos producto de los paradigmas empujados en la industria de la moda (y que afecta mayoritariamente a mujeres) los cuales, aunque atractivos para algunos, no son necesariamente sanos y pueden acarrear enfermedades.

    Por otro lado, también discrepo también con aquellas posturas que buscan abordar el problema desde una perspectiva fuertemente moralizante o puritana y que, en ese afán, muchas veces dejan del lado el conocimiento que se debería compartir para que se puedan eliminar prejuicios frente a la obesidad. Esta postura, además, suele generar reacciones adversas que derivan en más insultos y agravios hacia personas que padecen obesidad. Ello no quiere decir que no se deba hablar sobre los prejuicios que existen en torno a la obesidad ni tampoco que no deba reprobarse aquellas actitudes agresivas e insultantes.

    ¿Por qué la gente es gorda?

    Sin embargo, si algo he aprendido es que la obesidad es un fenómeno multicausal donde muchas más variables que el «échale ganitas» están implicadas y donde en muchos casos la voluntad ni siquiera es la más relevante. Como se trata de un fenómeno multicausal, existen diversas razones por las cuales distintas personas tienen sobrepeso:

    • Existen personas que tienen problemas con la tiroides.
    • Personas que tienen trastornos de la alimentación producto de problemas de la mente tales como depresión, trastornos de ansiedad (fue mi caso). Es decir, el «gordito» que come muchos taquitos posiblemente lo haga porque su afición a la comida es una suerte de compensación frente a otro problema.
    • Gente con predisposiciones genéticas
    • Personas con problemas de salud que inciden en el sobrepeso
    • Personas con mucho estrés
    • Gente con problemas endócrinos
    • Personas cuyo entorno no es muy propicio para desarrollar buenos hábitos alimenticios (ello explica por qué hay mucha más obesidad en Estados Unidos que en Europa).
    • Poca accesibilidad para poder hacer ejercicio.
    • Y un largo etcétera.

    Y generalmente varios factores pueden estar incidiendo a la vez.

    ¿Por qué rechazamos a la gente gorda?

    El problema es que, a la hora de construir este concepto de gordura u obesidad, a la definición más médica le agregamos muchos factores culturales que en muchas ocasiones están llenas de prejuicios. Una persona gorda para muchos no solo es una persona con más grasa de lo habitual, sino una persona floja, sedentaria o que no quiere de su persona. Esos argumentos suelen ser poco sostenibles y hace que la persona que padece sobrepeso u obesidad reciba señalamientos, críticas o rechazo que no tienen fundamentos. Tal vez ello explique un poco esta definición de «gordofobia»: a mí no me gusta estar con gente floja, sedentaria o que no tiene amor propio, y como creo que la gente gorda cumple con esas características, la rechazo o me trato de alejar de ellos.

    Sabiendo esto, sé que juzgar a una persona por su cuerpo se termina convirtiendo en un sinsentido. Yo no puedo saber por qué una persona está gorda. Es más, es probable que la misma persona no lo sepa.

    ¿Quién soy yo para juzgar a una persona cuya situación muy probablemente desconozca sobre algo que a mí no me compete? ¿Por qué estoy en mi derecho de juzgar a una persona gorda sin saber por qué está gorda y sin saber qué hay detrás de su gordura? ¿Por qué yo tendría que criticar a una persona por ello? En este sentido, creo que el activismo relacionado con la gordofobia acierta.

    Pero hay que hacer una acotación. De aquí no se sigue que la gente deba sentirse forzada a sentir el mismo atractivo por una persona gorda que por una delgada. Si a una persona le parece que las personas esbeltas son más atractivas que las personas con obesidad, está en su derecho a ello al igual que una persona está en su libertad de preferir a una persona con un rostro bello a una persona que no lo tiene.

    ¿Es posible que, al eliminar prejuicios, cambien las diferencias estéticas? No lo niego. De hecho, en tiempos pasados como el renacimiento y las épocas victorianas, el cuerpo ideal de una mujer tendía a ser menos esbelto. Pero, aunque este cambio de paradigma pueda generar ciertos cambios en las preferencias estéticas, no implica que deban imponerse ya que los individuos deberían ser libres de elegir aquello que les parezca mejor o más atractivo.

    Mi experiencia

    En prácticamente toda mi vida, yo he tenido sobrepeso u obesidad. El día de hoy posiblemente esté en mi mejor punto a solo cuatro kilogramos de dejar de tener sobrepeso de acuerdo con el IMC. Seguramente podría dar un speech moralizante sobre «cómo le eché ganitas y tú también puedes bajar de peso» pero al recordar todo este proceso fue que me di cuenta cómo existieron un sinnúmero de factores más allá de la voluntad que hice que pudiera perder peso.

    Varias veces fui con nutriólog@s, en algún punto me estanqué y casi todas las veces recuperé mi peso. Si bien, de alguna forma aprendí a comer mejor, no era capaz de tener una figura medianamente esbelta y terminaba regresando donde mismo. Lo que hice que realmente perdiera peso no fue una mayor fuerza de voluntad a la que ejercía cuando iba a consulta, sino factores que nunca tenía en mente.

    Hace unos 10 años bajé 30 kilos que de alguna forma ya no volví a recuperar. ¿Ejercí una mayor fuerza de voluntad? No. Ejercía la misma voluntad de siempre, pero resulta que en mi casa había «aprendido» a tomar Coca Cola Light como agua y decidí dejarla porque no quería tener problemas renales cuando grande. Nadie me dijo que hacer eso me iba a ayudar a bajar de peso, no lo hice por esa razón, pero resulta que a partir de ahí pude mejorar mi alimentación de tal forma que empecé a perder peso. Luego comencé a hacer ejercicio y logré bajar significativamente hasta tener el peso con el que viví hasta hace dos años.

    Posteriormente me estanqué, aunque ya no reboté, eso ya era un logro, pero todavía tenía algo más de 20 kilogramos de sobrepeso (que en términos de salud es mejor que tener 50, que era lo que tenía antes). En esos años subía y bajaba poco pero en realidad mi peso siempre oscilaba entre los 100 y 106 kilogramos y pues no sabía cómo romper esa barrera. Es cierto que, al tener menos sobrepeso que antes me preocupó menos pero mi escenario ideal era perder todo el sobrepeso.

    Y la vida me enseñó qué era lo que no me permitía bajar más: la maldita ansiedad. Tengo un trastorno de ansiedad que me aquejó por muchos años y allá por el 2017 comencé a controlarla con medicación, cosa que he mantenido hasta la fecha. En 2020, producto del estrés que me estaba provocando la maestría (y la pandemia) comencé a hacer más ejercicio y comencé a bajar de peso sin siquiera hacer dieta más allá de comer bien y balanceado. Eso habría sido imposible hace algunos años ya que lo había intentado y porque nunca en todos estos años había sido completamente sedentario (solía salir a trotar o hacer bicicleta). Como todo fue mucho más fácil se convirtió en un círculo virtuoso. Comencé a hacer ejercicios de fuerza porque si adelgazaba no quería verme como un palo, compré unas mancuernas y unas ligas. Cuando me fui a vivir a CDMX me inscribí en un gimnasio y continué yendo regresando a Guadalajara, cosa que hago hasta ahora.

    Así que, si bien considero que soy una persona que tiene fuerza de voluntad, no fue esta la que hizo la diferencia entre bajar y no bajar porque se mantuvo constante, fueron cosas como dejar de consumir Coca Cola Light y lograr controlar la ansiedad (que, después de varios años, varios especialistas y distintos medicamentos, logré hacer).

    Conclusión

    Cuando pienso esto comprendo por qué mucha gente no logra bajar de peso significativamente y se puede sentir frustrada o desesperada o hay gente que mejor prefiere aceptarse así como es y piden que no la juzguen por como es. Comprendiendo esto sé que no puedo juzgar a la gente por su peso. Hay gente que demuestra mucha fuerza de voluntad en otros ámbitos (por ejemplo, en el profesional) y simplemente no puede bajar de peso.

    Sin ser para nada un experto en el tema, tengo la sensación de que la disciplina de la nutrición debería comenzar a tomar posturas más multidisciplinarias y holísticas de tal forma que puedan controlar más variables para ayudar a la gente a bajar de peso y que no lo vuelva a recuperar. Mi pregunta es si existen incentivos para ello, ya que el hecho de que mucha gente pierda y gane peso genera mayor demanda de trabajo a las personas que trabajan en el ámbito de la nutrición.

    Claro que la obesidad debe combatirse, así como tratamos de combatir todos aquellos padecimientos que afectan la calidad de vida de las personas, pero de ahí no se sigue que nos sintamos con derecho a señalar y estigmatizar a personas que tienen obesidad, sobre todo cuando lo hacemos por medio de prejuicios que no se sostienen.

  • Charlie y la fábrica de censura y revisionismo literario

    Charlie y la fábrica de censura y revisionismo literario

    Charlie y la fábrica de censura y revisionismo literario

    ¿Por qué el revisionismo literario de la obra de Roald Dahl es un despropósito?

    Introducción

    La sociedad en la que vivimos tiende a ser dinámica a través del tiempo. Sobre todo, a raíz de la Revolución Industrial y la Ilustración, hemos visto cómo las normas y los paradigmas han estado cambiando constantemente, generalmente más para bien que para mal (claro, sin dejar de ignorar fatales experimentos como el comunismo, el fascismo y el nazismo). Los cambios tecnológicos han traído consigo cambios económicos, cambios sociales y culturales, y son precisamente los cambios culturales los que más han politizado (y polarizado) a los individuos en estos últimos tiempos.

    Pero más allá de este debate, lo cierto es que lo que debería ser aceptado y lo que no o la forma en que usamos el lenguaje para significar la realidad ha estado en constante movimiento. Muchos de estos cambios buscan mejorar el estado de cosas de tal forma que la mayor cantidad de personas se beneficien de ello y quienes se oponen temen que se laceren las tradiciones y la estructura social que les da certidumbre. Mucha de la discusión actual gira en torno a la inclusión de las minorías, y es que los seres humanos hemos mostrado una tendencia a abrazar aquello que es normal y previsible (aquello que se repite más veces) y rechazar la anormalidad (lo que es poco común y se repite poco) sin que, en muchas ocasiones, haya un razón justificada.

    Al mismo tiempo, valores liberales como la democracia, la libertad de expresión y asociación y el hecho de que el individuo es digno por solo el hecho de ser un ser humano han establecido la arena o el campo de batalla dentro de los cuales los individuos dirimimos estos conflictos. Es decir, más allá de nuestros conflictos y diferencias de carácter ideológico e idiosincrático sabemos que no tenemos derecho de censurar a alguien o atentar contra la integridad y la dignidad de otra persona porque sostiene una forma de pensar distinta que la nuestra.

    En este sentido y en este contexto debe analizarse la decisión de Puffin Books de contratar a «lectores sensibles» para reescribir la literatura original de Roald Dahl entre cuales se encuentran obras como Charlie y la Fábrica de Chocolate y de las cuales esta editorial tiene los derechos. Aunque la decisión pareciera bienintencionada, debería ser más bien preocupante y, en lo particular, no puedo estar más en desacuerdo con esta decisión.

    El problema de la censura

    Mi primer argumento es que este revisionismo literario implica una suerte de censura hacia el propio autor (lo es aunque ya no se encuentre con nosotros). No es lo mismo publicar una edición especial escrita en lenguaje inclusivo o qué sé yo a reescribir la edición original de tal forma que la obra que escribió Dahl termine en el ostracismo mientras que aquella publicada no sea exactamente la escrita por el autor y se publique como si fuera la que él escribió.

    Imagina que escribes un libro y, sin previo aviso, la editorial con la cual habías firmado le cambia cosas porque algunos de tus argumentos no empatan con su visión del mundo. Ciertamente, una editorial puede decidir no publicarte y están en su derecho comercial de hacerlo. En ese caso, vas y buscas otra que sí lo quiera hacer, pero otra cosa es que tergiversen lo que escribiste sin tu consentimiento. Ello es una forma de censura.

    El problema de la descontextualización

    Mi segundo argumento va en sintonía con esa tan conocida frase que dice que «si no conoces tu historia estás condenado a repetirla». Es cierto que el lenguaje y los paradigmas cambian con el tiempo, pero de ahí no se sigue que debamos de censurar todo aquello que nos parezca repudiable o criticable a nuestros ojos contemporáneos. Esto, además de ser reprobable por sí mismo, es muy peligroso. Si lo hiciéramos nos perderíamos de casi todo nuestro acervo histórico: ni Aristóteles (quien a nuestros ojos descontextualizados sería un misógino y promotor de la esclavitud) ni Karl Marx ni mucho menos Schopenhauer estarían permitidos en las librerías.

    Roald Dahl escribió Charlie y la Fábrica de Chocolate en 1964. Muchas de las convenciones sociales eran distintas en aquél entonces, así como Aristóteles o Marx se desenvolvieron en contextos muy distintos a los nuestros. Al censurar sus obras se está privando al individuo de conocer cómo eran aquellos contextos y, de la misma forma, de comprender por qué de 1964 a la fecha muchas de las formas de usar el lenguaje o de incluir a las minorías han cambiado. Las obras deben de juzgarse en su contexto y no como si la realidad absoluta fuera nuestra circunstancia. De lo contrario, surgiría una terrible paradoja y es que, a más evolucione una sociedad dada, más prohibitivo se convierte su pasado y más argumentos habría para censurarlo y borrarlo de un plumazo.

    Si nuestra sociedad actual ha decidido no llamar gordo de forma despectiva a alguien que tiene «unos kilos de más» esta debe comprender que en el pasado sí se hacía y debe comprender por qué ya no se hace. Igual con los personajes «colonialistas» que se mencionan en las obras. De igual forma, es enriquecedor saber que Aristóteles apoyaba la esclavitud porque así comprendemos por qué se apoyaba y por qué decidimos abolirla y repudiarla categóricamente sin que ello implique que reprobemos a Aristóteles porque comprendemos que se desarrolló en un contexto bastante diferente.

    Ciertamente, hay un debate sobre aquellos cambios culturales que se encuentran detrás de estos cambios. No es necesario siquiera debatirlos porque estar de acuerdo o en desacuerdo con ellos no cambia el sentido de mi argumento. Si estoy de acuerdo con dichos cambios culturales, igualmente lo más razonable sería oponerme a este «revisionismo literario» porque para que un cambio ocurra es indispensable conocer el estado de cosas que se quiere abandonar para «no repetir la historia» y porque la censura per sé me debería ser repudiable a menos que lo que se dice tenga el propósito explícito y malintencionado de atentar contra la dignidad de otra persona y la pueda poner en peligro (por ello no vemos con malos ojos que se censuren contenidos alusivos al nazismo).

    El problema de tratar a la gente como tonta

    Muy en sintonía con mi argumento anterior, este tipo de censura es una forma de subestimar groseramente a las y los lectores. Pensar que no debemos exponerlos a ciertos contenidos bajo el argumento de que son sensibles y les puede afectar solo los priva de conocimiento de la historia y del mundo para recluirlos en una burbuja donde todo está arreglado para no herir susceptibilidades. Es una forma de infantilizarlos casi como si no pudieran tomar sus propias decisiones y se le diga qué deben leer y qué no, y eso me lleva al siguiente punto.

    El problema del backlash y los efectos colaterales

    Si algo aprendimos del conservadurismo más rancio y puritano es que aquello que se prohíbe de forma coercitiva corre el riesgo de convertirse en algo atractivo: fumar, el «nopor», tener sexo fuera del matrimonio. Y eso es un gran problema, porque cuando se prohíbe algo de tal forma, la gente no suele comprender por qué ocurre, solo sabe que está mal, está prohibido, es «pecado» y, como lo que está prohibido es atractivo entonces lo hago sin comprender las consecuencias. Así, tenemos a muchos adictos al «nopor» por no comprender los efectos que ello puede tener en su cerebro y tenemos muchos embarazos adolescentes porque les prohibieron tener sexo y se los vendieron como algo pecaminoso en vez de explicarles las consecuencias a las que se podrían enfrentar si tienen sexo para que, con información, puedan tomar mejores decisiones.

    Naturalmente, sobre todo en la era del Internet, las nuevas generaciones van a saber que existe una versión «políticamente incorrecta censurada» de los libros de Dahl y los querrán leer sin comprender por qué el libro dice lo que dice. ¡Está prohibido decirle gordo a tal persona! Digámosle gordo a Juan y burlémonos de él. Luego también hemos aprendido que la cancelación suele rebotar y, en muchos casos, empoderar a los casos más extremos y agresivos que están dispuestos a insultar o denigrar en un acto de rebeldía. Así, cuando en Twitter algunas personas buscaron ejercer la cancelación por medio de posturas puritanas en torno a la gordofobia, hicieron famosas a personas que estaban dispuestas a insultar a la gente con sobrepeso diciéndoles cosas denigrantes como «ponte a bajar de peso marrana».

    Conclusión

    Cabe aclarar que este revisionismo no es lo mismo siquiera que la inclusión que observamos en Hollywood, donde las obras originales no son censuradas y siguen circulando junto con las nuevas versiones. Si bien, estas políticas de Hollywood generan molestia en algunos sectores, no implican censura alguna y tampoco se trata de algo nuevo: la versión familiar de Pinocho de Disney dista de la obra original, pero no hay revisionismo alguno porque la suya es una versión basada en la original y no es su reescritura. De la misma forma, si la editorial hubiera sacado una «versión inclusiva», no habría problema porque los textos originales se habrían mantenido intactos y los lectores tendrían libertad de elección a la hora de decidir qué leer.

    El problema es que el revisionismo implica alterar la versión original, y en esa alteración ya se están censurando partes de ella y se está privando al lector de tener acceso a esta.

  • Nietzsche, The Joker, el Chat GPT y los recovecos de la inteligencia artificial

    Nietzsche, The Joker, el Chat GPT y los recovecos de la inteligencia artificial

    Nietzsche: ¡Bienvenido al estudio, Joker! Es un placer tenerte aquí.

    The Joker (interpretado por Joaquin Phoenix): Gracias, es un honor para mí estar aquí.

    Nietzsche: Quería hablar contigo sobre tu filosofía detrás de tus acciones. ¿Podrías describírmelas?

    Joker: Claro, en última instancia, mi trabajo es cuestionar el sistema y la sociedad en la que vivimos. Creo que la gente está conforme con su vida monótona y necesitan un choque para despertar.

    Nietzsche: Entiendo, pero tus acciones son violentas y perjudican a muchas personas inocentes. ¿No crees que eso va en contra de tus objetivos?

    Joker: La violencia es necesaria para llamar la atención y hacer que la gente piense. Además, creo que la vida en sí misma es violenta y cruel.

    Nietzsche: Sí, he escrito mucho sobre la vida como lucha y la lucha por la existencia. Pero también he escrito sobre la importancia de la creatividad y la autodeterminación en la vida.

    Joker: Exacto, y eso es precisamente lo que estoy haciendo. Estoy creando algo nuevo y desafiando la sociedad a través de mis acciones.

    Nietzsche: Pero ¿no crees que hay otras formas de desafiar la sociedad y cuestionar el sistema sin causar tanto sufrimiento y dolor?

    Joker: Claro, pero la gente no escucha a la gente que habla suavemente. La gente necesita una sacudida, un golpe en la cara para despertarse.

    Nietzsche: Entiendo tu punto de vista, pero creo que la verdadera transformación social solo puede lograrse a través de la autodeterminación y la creatividad, no a través de la violencia y el miedo.

    Joker: Eso es muy idealista, pero respeto tu opinión. Al final, cada uno debe encontrar su propio camino para hacer un cambio y cuestionar el sistema.

    La conversación que acabas de leer fue generada por Chat GPT 3, un proyecto de OpenAI que tiene 175 mil millones de parámetros de machine learning y que fue entrenado con cantidades enormes de texto. La imagen que le acompaña por otra tecnología de OpenAI llamada Dall-E que también está entrenada con un montón de información y que genera imágenes con base al texto que le envíes. En este caso escribí «Nietzsche interpretando al Joker». No es un dibujo tomado de Internet (aunque parezca uno real), es una ilustración generada por máquinas en la que no intervino ningún ser humano.

    Estas nuevas tecnologías están sacudiendo a la opinión pública. Chat GPT 3 ganó más de un millón de suscriptores en apenas cinco días (cosa que ninguna red social puede presumir al día de hoy) y por ahí algún periodista tuvo la osadía de decir que se trata del invento más importante desde la rueda (algo exagerada en mi opinión pero que explica el impacto social que la inteligencia artificial está generando).

    No es que la Inteligencia Artificial (IA) sea algo nuevo, de hecho nació en 1956 como disciplina científica. Esta existe desde hace varias décadas y, de hecho, ya pululaba de forma un tanto más discreta en la cotidianeidad (aplicaciones y demás) desde hace ya unos años. Las redes neuronales, como las conocemos hoy, tienen algo más de 5 años pero su génesis e historia se remonta a bastante tiempo atrás.

    La cuestión es que en estos meses el desarrollo de la IA ha marcado un punto de inflexión de tal forma que ha comenzado a entrar de forma agresiva en nuestro mundo cotidiano amenazando con revolverlo todo. Las redes sociales, que tienen ya casi dos décadas en nuestras vidas, no han terminado de sacudir el entramado social en el que nos desempeñamos: todavía no sabemos bien cómo utilizarlas, todavía no nos acostumbramos a la revolución en cuanto a canales de comunicación se refiere y se publican cada vez más papers que tratan de explicar su relación con la polarización política. Pero las redes sociales son un tema menor si lo comparamos con la IA.

    Y es que si estamos viendo un punto de inflexión, no hemos ni de lejos llegado al punto más álgido. Esto apenas comienza. Estos son los primeros «pininos» de lo que viene. El Machine Learning se volverá más sofisticado y la potencia computacional se incrementa ridículamente (amén de las computadoras cuánticas mucho más potentes que serán más relevantes al pasar el tiempo) de tal forma que la IA tendrá un alcance muchísimo mayor.

    Le pasé a Dall – E el nombre de mi blog y me entregó esto. Totalmente generado por la IA.

    Lo previsible es que este tipo de tecnologías generen emoción y, a la vez, mucha incertidumbre. ¿Qué empleos van a desaparecer? Dicen que Chat GPT acabará con los copywriters mientras que MidJourney o Dall-E «echará a la calle» a los artistas digitales. No lo sabemos a ciencia cierta, es posible que eso ocurra o es posible que más bien potencie y lleve a otro nivel el desempeño de estos profesionales. Es cierto que si a Chat GPT le pido escribir un post para Facebook me lo escribe de forma bastante decente, pero todavía no tienen ese factor humano para comprender los contextos (por más le diga que es un post de una empresa exportadora dirigida a gerentes generales). Tal vez algún copywriter use esta tecnología para ahorrarse la parte más «talachera» a la hora de escribir contenidos para que él luego se encargue de contextualizarlo y ese tiempo ahorrado le sirva para llevar a cabo actividades creativas que ayude a potenciar su trabajo.

    Algo parecido puede ocurrir con los artistas digitales. Ciertamente, MidJourney es capaz de crear cosas visualmente impresionantes, y si yo fuera un ilustrador digital una parte de mí se sentiría amenazada.

    Pero también es posible que un artista digital podría ayudarse de estas herramientas para llevar a cabo sus obras, obtener bocetos o ideas a partir de peticiones a la IA para después echar a volar su creatividad. No es que me parezca ilegítimo que los copywriters o los ilustradores se preocupen, es sano y normal. Solo que, a estas alturas, no sé si la IA sea capaz de sustituir la parte más creativa.

    Para quienes estamos cercanos del ámbito de la programación la herramienta es más interesante que amenazante porque nos hace la vida más fácil en muchos sentidos. Si tenemos problemas para resolver algún problema, uno le pregunta a Chat GPT y, en muchas ocasiones, nos da la respuesta indicada. Aún así, la herramienta se encuentra muy lejos de sustituir a los programadores y desarrolladores y tal vez pasen décadas para ello, pero esto no significa que Chat GPT no pueda presumir de una gran potencia en el terreno de las ciencias exactas. Es más, puede llevar a cabo de forma muy decente y asombrosa peticiones random que incluya código y filosofía como «explícame el utilitarismo de Bentham en Python»

    Claro. Estas herramientas, por más asombrosas que sean, no son perfectas. Cuando le pides a MidJourney que te cree una ilustración, te puede mostrar una obra que se puede confundir con una fotografía real hasta que te das cuenta que una mano tiene diez dedos. Chat GPT no es muy preciso y fiable cuando le pregunto sobre personajes más locales o académicos de México. También he visto casos donde académicos exponen que algunas teorías no las explica de la mejor forma o son imprecisas. Es decir, uno todavía tiene que ser cauteloso con la información que recibe de Chat GPT y verificarla en fuentes confiables para no llevarse una desagradable sorpresa.

    La IA trae, de alguna forma, el mismo dilema que presenta el desarrollo tecnológico aunque en una capa más sofisticada. A lo largo de la historia, el desarrollo tecnológico ha destruido empleos pero ha creado otros y, de la misma forma, ha llevado a otros a otro nivel. Una persona que hacía operaciones a mano para llevar la contabilidad y hacer cálculos posiblemente se sintió amenazado cuando la calculadora apareció (y ya no hablemos del Excel), pero ciertamente el empleo de contador sigue existiendo: más bien es que este se ha renovado y ha cambiado un poco de forma de tal forma que el contador de hoy es más productivo que el de hace 100 años y no desempeña exactamente las mismas tareas (aunque no pocos ponen en tela de duda su permanencia en el futuro).

    La IA traerá seguramente cambios sociales más abrasivos que los generados por las redes sociales (parece que no es buen tiempo para ser tradicionalista). Apenas salió el Chat GPT y ya hay una gran preocupación por los profesores que ven que sus alumnos hacen sus tareas con esta herramienta, aunque al mismo tiempo otros le están «dando la vuelta» y encontrando fines didácticos que sirvan a sus estudiantes.

    Un dilema más importante que pueden plantear estas tecnologías se encuentra un peldaño más arriba:

    Alguien tuvo la idea de preguntarle a Chat GPT cómo podríamos complementar a los humanos con robótica sin necesidad de sustituirlos y la propia IA planteó un argumento muy importante: dijo que es importante que estas tecnologías no deberían ser utilizadas para reemplazar a los trabajadores humanos en tareas que requieren habilidades cognitivas, emocionales o creativas que son únicas de nuestra especie.

    Esto es importante, porque hay una gran pero difusa diferencia entre la máquina que está al servicio del humano y el humano que termina estando al servicio de la máquina. Es un dilema que se han planteado muchos filósofos como Nick Bostrom, quienes afirman que más temprano que tarde se alcanzará la singularidad donde las máquinas se volverán más inteligentes que el ser humano y completamente autónomas, lo cual suelen ver con algo de escepticismo y preocupación.

    La talacha siempre ha sido sustituible. Los avances tecnológicos están eliminando los trabajos más mecánicos en los que la Generación Z no se quiere emplear porque no le da ningún sentido a su vida y los nuevos empleos requieren más solución de problemas y creatividad por parte de los individuos. ¿Qué pasaría si la máquina termina haciendo todo eso que al ser humano le hace sentir pleno?

    https://www.youtube.com/watch?v=mnDAy75GuT8

    Si de algo hemos sido afortunados es de haber tenido la capacidad de visualizar escenarios apocalípticos en esta cuestión. Por más trivial que pueda sonar, películas como Terminator, Matrix o la serie Black Mirror insertaron estas preocupaciones en el discurso colectivo y cotidiano. Es una ociosidad oponerse al desarrollo tecnológico, y más si se hace por medio de una falaz nostalgia por el pasado, pero sí es sano cuestionar estos avances de tal forma que los seres humanos seamos capaces de construir nuevas normas, marcos éticos y reglas del juego para que los beneficios de estas nuevas tecnologías que se introducen sean los mayores y los efectos colaterales los menores.

    ¿Qué efecto ejercerá el auge de la Inteligencia Artificial en nuestras vidas? Si todavía no terminamos de dimensionar el efecto que las redes sociales han generado, entonces debemos comprender que es muy complicado saberlo.

    Pero sabemos que estos avances irrumpen sobre todo el entramado social, económico y hasta político. Podemos estar seguros de que creará una fuerte sacudida, pero no sabemos bien a bien cómo. Y los cómos no solo los determinará la IA, sino nosotros, los seres humanos. Fuimos capaces de utilizar la bomba atómica para matar a cientos de miles de personas pero también para proveer energía limpia a muchos países y, de forma paradójica, la existencia de las armas nucleares ha evitado muchos enfrentamientos armados. Mucho del futuro al respecto será escrito por el ser humano quien será capaz de tomar decisiones trascendentes con respecto al uso de estas nuevas tecnologías.

    Resumen de este artículo (generado por Chat GPT):

    OpenAI es un proyecto que utiliza tecnologías de inteligencia artificial para crear sistemas como Chat GPT 3, un modelo de lenguaje que ha generado más de un millón de suscriptores en apenas cinco días. Este desarrollo ha impactado en la opinión pública, ya que la IA está comenzando a ser parte de nuestro mundo cotidiano y puede revolucionarlo. Aunque la IA existe desde hace décadas, el desarrollo actual marca un punto de inflexión y solo es el comienzo de un futuro incierto. Hay incertidumbre en cuanto a qué empleos desaparecerán, pero es posible que también potencie y lleve a un nivel superior el desempeño de profesionales como copywriters y artistas digitales. La IA todavía no tiene el factor humano para comprender contextos, pero tal vez sea utilizada por profesionales para ahorrarse tareas tediosas y dedicar más tiempo a actividades creativas.

  • Contra las monarquías

    Contra las monarquías

    Contra las monarquías

    Generó mucha polémica la posición (opositora) que algunas personas tenemos frente a las monarquías, debate que surgió ante la lamentable muerte de la Reina Elizabeth (que, más allá de mi postura política, no dejo de lamentarla ni dejo de reconocer atributos positivos que la reina pudo tener).

    Lo que voy a argumentar aquí no es, como algunos han sugerido o malinterpretado, decirles a los británicos qué es lo que deben de hacer. Ellos tienen derecho a elegir la mejor forma de gobierno y organización que más les convenga. Tampoco sugiero siquiera erradicar de tajo las monarquías dado que ello podría representar un shock cultural o idiosincrático en los distintos países. Lo que argumento es que las monarquías son cada vez menos necesarias y menos útiles, a la vez que obtienen sus riquezas del trabajo de los ciudadanos. Por tanto, mi postura antimonárquica va en ese sentido.

    Tomar una postura antimonárquica no me impide, por otro lado, reconocer que su existencia tuvo alguna función positiva a lo largo de la historia (acompañada, claro está, de actos aborrecibles y reprochables). Puedo reconocer que fueron necesarias en etapas de organización previa al liberalismo y la democracia, y puedo también reconocer que la presencia de una monarquía en el Reino Unido permitió una transición más tersa y progresiva hacia un régimen liberal sin tener que haber pasado por una fuerte sacudida violenta como sí ocurrió en Francia con la propia Revolución Francesa. Ello no implica que en la actualidad sean necesarias.

    En este artículo me refiero, en especial, a las monarquías parlamentarias. La ciencia política las distingue de las monarquías constitucionales y las monarquías absolutistas (cuya oposición mía es más severa que la que concierne a la monarquía parlamentaria, pero que merecería otro artículo).

    Mi argumento general es que el papel político que tienen los monarcas en los regímenes parlamentarios es muy reducido y viven en una opulencia que no es producto del trabajo ni del ingenio. El poder de las monarquías no solo está reducido por la separación de poderes de las monarquías constitucionales, sino que éste se ha vuelto casi simbólico en el caso de las parlamentarias, donde apenas mantienen algún papel diplomático, entre algunas otras o están muy constreñidas por los órganos de gobierno. Más allá de eso, la legitimidad del poder de los monarcas reside en mayor medida en la idiosincrasia y la cultura del país en cuestión.

    Un argumento recurrente en redes sociales de quienes defienden la monarquía es que la monarquía parlamentaria funciona mejor que el presidencialismo que tenemos en México, y que de ahí se sigue que es deseable sostener la monarquía, pero es un argumento ocioso. Como el sistema de gobierno de Reino Unido se llama «monarquía parlamentaria» y el de México «república constitucional» entonces de ahí se sigue que el primero debe ser mejor que el segundo y más aún, que como el de Reino Unido se llama «monarquía parlamentaria», entonces ello habla bien de la monarquía y es un despropósito que los mexicanos la critiquemos, pero ese razonamiento es un error.

    Reina Elizabeth

    La monarquía parlamentaria de Reino Unido funciona muy bien no tanto por el hecho de poseer una monarquía, sino porque ésta ha sido relegada a funciones prácticamente simbólicas dejando al sistema parlamentario casi todo el poder. La superioridad de la organización política de Reino Unido sobre México entonces tiene más que ver con la estructura política y diseño institucional (considero que el sistema parlamentario es, en la mayoría de las ocasiones, mejor que el presidencial, pero también es tema de otro debate), con la construcción de un Estado de derecho y un sistema de pesos y contrapesos, todo lo cual también explica por qué la monarquía ha perdido poder a lo largo del tiempo.

    Porque, si sabemos que el poder de la monarquía es casi simbólico, entonces su influencia en la ecuación es, también, casi simbólico. Si México tuviese una monarquía igual de simbólica que Reino Unido la realidad de nuestro país no sería muy distinta e incluso la debilidad de los pesos y contrapesos y Estado de derecho podría llegar a permitir a la «monarquía mexicana» acaparar más poder de forma discrecional.

    De hecho, en ciencia política se pregunta menos por la existencia o no existencia de monarquías en países desarrollados que por las diferencias entre sistemas parlamentarios y presidenciales, o por las diferencias entre sistemas de mayoría relativa y sistemas de representación proporcional (RP). ¿Por qué? Porque son cuestiones bastante más relevantes que la propia existencia de la monarquía, por su carácter casi simbólico.

    Entonces, para comprender la diferencia entre México y el Reino Unido, la pregunta relevante no es tanto la monarquía, sino la estructura política, la conformación de Estado de derecho, la cultura política y muchos otros factores. Reitero que precisamente estos procesos en Reino Unido fueron despojando a la monarquía de su poder: una democracia parlamentaria es profundamente incompatible con la existencia de una monarquía que concentre gran cantidad de poder y para «compatibilizarla», debe quedar constreñida y profundamente acotada por la separación de poderes casi al punto de que su existencia sea meramente simbólica. Por eso es que países avanzados han podido mantener una institución arcaica sin que eso termine de ser una contradicción con el progreso económico y social.

    Otro argumento es que la monarquía sigue siendo popular en el Reino Unido, lo cual es cierto y, en cierta forma, tiene sentido porque es parte de su cultura e idiosincrasia. También es cierto que, como reina, Elizabeth tuvo varios aciertos que le dieron, sobre todo a ella, una notable popularidad: modernizó la propia monarquía y ésta se mostró más abierta a la ciudadanía que sus antecesores. Antes de su muerte, era el miembro de la monarquía con mayor popularidad: ostenta el 75% de aprobación. Pero, de la misma forma, es de notar que la mayoría de sus miembros más notables tienen menos del 50% de popularidad y que ésta es cada vez menor en las nuevas generaciones. De acuerdo con YouGov, mientras que el 74% de los británicos con más de 65 años afirman que la monarquía es buena para el Reino Unido, ese porcentaje baja al 67% entre las personas de 50 a 55 años, a 49% entre personas de 25 a 49 años y tan solo el 24% entre las personas de 18 a 24 años. Si bien, es posible que la aprobación pueda incrementarse conforme la gente crezca y adquiera posturas más conservadoras, un buen ejercicio para evitar este dilema sería comparar a los grupos por edad a lo largo de los años; es decir ¿qué diferencia hay entre las personas que tenían más de 65 años en 2011 y las que tienen más de 65 en 2022).

    Mientras que las preferencias entre la gente mayor de 65 años la preferencia prácticamente no se ha movido de 2011 a 2021, sí hay un decremento más notable en la gente menor a 50 años y, más aún, entre los jóvenes.

    En esta otra gráfica de Ipsos MORI podemos notar que, si bien la opinión sobre el sistema de gobierno se mantuvo relativamente estable hasta inicios de la década pasada, en los últimos años se redujo el porcentaje de personas que prefiere a una monarquía, aunque el número sigue siendo alto y la reina nunca perdió popularidad en lo absoluto.

    Estos datos nos sugieren que la legitimidad de la monarquía perdurará un rato, aunque muestra una tendencia a la baja. Si dicha tendencia se mantuviera, en algún momento (que tal vez no verán nuestros ojos) la monarquía podría perder la legitimidad necesaria para mantenerse de pie y desaparecer. Sin embargo, no se puede descartar que pueda ocurrir algún evento que irrumpa de tal forma que le dé más popularidad a la monarquía o, por el contrario, que la entierre y deslegitime súbitamente. Predecir el futuro no es tan fácil como parece.

    En el caso de España, el cambio parece ser más drástico. La confianza en la monarquía ha caído 3 puntos en los últimos 25 años, y solo se ha mantenido relativamente constante de 2013 a la fecha.

    Como mencioné allá arriba, la monarquía está muy arraigada en la cultura e idiosincrasia de los países que las albergan, sobre todo en la idiosincrasia británica. Más allá de mi postura antimonárquica, esperar que los británicos se deshagan de su monarquía de tajo es un despropósito porque el costo de mantenerla para cada individuo en realidad no es muy alto y no es algo que se note en la cotidianidad (costó 118 millones de euros en 2021 a los contribuyentes y el Reino Unido tiene 67 millones de habitantes, lo cual equivaldría a 2 euros o 40 pesos mexicanos al año), aunque estos datos varían en los distintos países.

    Podemos decir, de alguna forma, que la realeza parasita de los contribuyentes británicos, pero los británicos no lo notan mucho y lo asumen porque el costo actual es menor que el costo percibido de perder algo que es parte de su identidad, sobre todo con los más tradicionalistas. Sin embargo, el dilema queda abierto, ¿es correcto que los monarcas vivan opulentamente de la riqueza que ellos no crearon y que fue extraída a los ciudadanos? Esta es una razón de peso para considerarme antimonárquico.

    Luego, importa si la existencia de la monarquía es útil, dejando de lado las cuestiones culturales e idiosincráticas, y si justifican la opulencia en la que viven (mucha mayor a los propios políticos, varios de los cuales son justamente cuestionados por mal usar los impuestos de los contribuyentes): me atrevería a decir que no y que las muy reducidas funciones políticas que aún tiene pueden ser suplantadas por el Estado. Es la propia idiosincrasia la que sostiene a la corona.

    De ahí en más, las monarquías simplemente están ahí: no estorban mucho, pero tampoco es que ayuden demasiado tampoco y su justificación actual tal vez solo reside en la identidad de sus países que en otra cosa, la cual no necesariamente es rígida y es posible que la legitimidad de la corona vaya mermando con el tiempo.

    Y para concluir, no es un sinsentido cuestionar la existencia de las monarquías siendo de un país con un arreglo político «inferior» al de los países con monarquías parlamentarias. Es como privar a un Ruso o un Chino debatir si la democracia parlamentaria es mejor que la constitucional. ¿Por qué no tendrían el derecho a hacerlo?