Categoría: sociedad

  • No son buenos tiempos para ser violador ¡y qué bueno!

    No son buenos tiempos para ser violador ¡y qué bueno!

    No son buenos tiempos para ser violador ¡y qué bueno!

    No son buenos tiempos para ser violador ¡y qué bueno!

    Aquellas personas que en algún momento violaron o abusaron de una mujer, jamás pensaron que en un futuro relativamente cercano (o tal vez ni tan cercano) sus historias iban a ser exhibidas en público y que su reputación iba a caer hasta el piso. Varios de ellos afirman que es algo injusto porque es algo que «ocurrió hace tiempo», aunque poco meditan sobre la injusticia que sufrió la víctima que vio por tanto tiempo a su victimario impune.

    Creyeron que la impunidad con la que habían gozado era vitalicia, que como en su momento no sufrieron consecuencia alguna entonces ya se habían zafado del problema. Algunos de estos hombres han quedado arruinados, otros han sido despedidos de sus puestos de trabajo o, cuando menos, han sido señalados y, a raíz de esto, su vida no volverá a ser la misma. Insisten que es injusto porque, dicen, no están tomando en cuenta si el otrora victimario cambió, pero la realidad es que si las cosas siguieron su curso normal es porque no hizo nada por resarcir el daño que dicho victimario causó.

    Las propias estructuras sociales se han agitado a raíz de esta ola donde muchas mujeres se empoderaron. También han exhibido cómo muchas instituciones, universidades, empresas o dependencias de gobierno toleraban este tipo de conductas y cúan normalizadas estaban. Al menos, las barreras de entrada para atreverse a violar a alguien serán más altas (ya nada puede garantizar impunidad vitalicia). Las mujeres están cada vez más acostumbradas a exhibir sin pena que fueron víctimas de un acoso o violación, orque recordemos que en nuestra sociedad la mujer violada siempre había sido estigmatizada y señalada como impura. 

    No importa si el acto ocurrió hace 6 meses, hace 2 años o incluso hace 10 años. En algún momento las mujeres decidieron agarrarse los ovarios para hablar de aquellos casos que las habían marcado de por vida. Al ver que otras lo estaban haciendo se motivaron a hacerlo: el hombre que las emborrachó para violarlas, el hombre que las chantajeó sexualmente. Algunas incluso exhibieron la complicidad de la gente cercana, de las autoridades que sabían y no habían hecho nada o que incluso protegieron al victimario ya que éste era una persona importante o tenía un puesto de poder dentro de dicha organización. Esas historias que habían quedado enterradas en lo oscuro, por miedo incluso de las propias mujeres de que fueran estigmatizadas, ahora están saliendo a la luz, la caca sale a flote.

    Nota al pie:

    También es cierto que no deja de ser genuina la preocupación de quienes temen que haya quienes se aprovechen de esta ola para vertir falsas y deliberadas acusaciones con la intención de perjudicar a otra persona que, en realidad, es inocente, ya que se está confiando en la palabra de quienes se presentan como víctimas y nada más. Es natural que se le dé mucho peso a la versión de las mujeres porque son quienes han estado en desventaja en este asunto, pero ¿qué pasa si una mujer quiere acusar a su ex novio de violador porque le tiene resentimiento? ¿cómo corroborar si la mujer está o no mintiendo? 

    También se puede dar el caso que una acusación de acoso o violación se pueda atribuir a un problema de comunicación: por ejemplo, que una mujer no se haya sentido cómoda en una relación sexual porque el hombre fue agresivo a la hora de la penetración o no le agradó la forma en que la «conquistó» pero que el hombre no se haya percatado de eso (por tanto no haya tenido nunca la intención de abusar), y ella lo denuncie públicamente como abuso sexual.

    Estos movimientos también deberían atender estos problemas. Señalar a quienes se quieran colgar de la causa para dañar a un tercero, o que la mujer pueda determinar de forma objetiva que fue violada, que el hombre haya tenido una intencionalidad explícita y no quede en interpretaciones subjetivas vagas que pueden ser atribuibles a problemas de comunicación dentro de los dos involucrados. 

  • Fifís contra chairos

    Fifís contra chairos

    Fifís contra chairos

    Bastó la organización de una marcha para ver cuán polarizado está nuestro país.

    Algunas personas me insistirán en que López Obrador ha polarizado a la nación. No estoy completamente de acuerdo con esa aseveración porque creo que más bien lo que ha hecho es explotar la polarización ya existente, no crearla.

    Quienes dicen eso están aseverando de forma tácita que nuestra población anteriormente estaba unida. ¡Nada más falso! En nuestro país existen dos realidades completamente diferentes y para entenderlas tendríamos que irnos hasta atrás, muy atrás. Tal vez a los tiempos de la colonia.

    La polarización está latente y solo le hace falta una chispa para manifestarse. Está latente en un país donde el color de piel llega a predecir en cierto grado el poder adquisitivo del individuo. Está latente en un país donde la desigualdad es abrumadora y donde la movilidad social es escasa. Quien ignore este problema estructural está siendo intelectualmente irresponsable. 

    ¿Pero saben? Me da gusto que la gente de clases acomodadas se manifiesten. 

    Y me da gusto que se involucren en lo público y que entren a un terreno que les era desconocido. Y considero que en este caso tienen razón en la mayoría de las peticiones que hicieron. Considero acertada la crítica a las consultas a modo de AMLO y considero que el aeropuerto de Texcoco no debería cancelarse.

    El problema, lo que genera indignación no es, creo yo, el mero hecho de la protesta, sino que la gente de arriba sale a la calle con su cosmovisión del mundo, una que pertenece a un México que le es muy ajeno a los demás, y eso se hace palpable.

    Por ejemplo, el hecho de que salieran vestidos de negro a muchos nos generó conflicto. Muchos se cuestionaron por qué entonces muchos de ellos no salieron para manifestarse en contra de la violencia o la matanza de los estudiantes de Ayotzinapa. Tal vez esa pregunta se responda con el hecho de que varios de quienes pertenecen a las clases acomodadas sienten ajeno el otro México (y no quiero generalizar, porque me consta que, al menos acá en Guadalajara, si vi a una que otra persona «privilegiada» sumándose a la marcha por el asesinato de los estudiantes).

    Cierto que hubo quienes salieron con unas pancartas muy desagradables que iban contra la caravana migrante. Pero también es cierto que era una ridícula minoría, y me parece injusto juzgar a toda una marcha por lo que hacen unas pocas personas. Igual de injusto que cuando se decía que las marchas de este sexenio eran violentas por lo que hacían algunos pocos porros (tal vez hasta pagados por el gobierno). De igual forma también otros pidieron no polarizar a la sociedad (aunque ya está polarizada de antemano). 

    En una sociedad tan polarizada como la mexicana, es natural que este resentimiento recíproco se manifieste. Son pocos los puentes tendidos entre los dos Méxicos. Los de arriba son vistos como aquellos privilegiados que no obtuvieron su riqueza por mérito sino por la tranza y la corrupción, los de abajo son percibidos como inadaptados, vagos, güevones y tal vez hasta como delincuentes. Tal vez esas calificaciones sean injustas, pero en un estado de las cosas así es muy fácil que alguien explote esta división.

    Por eso lo más común es el señalamiento de incongruencias en ambos bandos: unos critican que adoraban la libertad de expresión cuando AMLO bloqueó Reforma y ahora critican una protesta porque no están de acuerdo con ella. Otros critican que les valía madre lo que ocurría en el país y se la pasaban criticando las protestas e incluso pedían que se regularan, y ahora insisten en la «participación de la sociedad civil». Posiblemente ambas acusaciones tienen algo de verdad, y son producto más que nada de la misma polarización social, de los dos Méxicos que son tan ajenos. Pero creando una etiqueta binaria para confrontar a las dos entidades no va a ayudar en nada, por el contrario. 

    La realidad es que el conflicto solo se va a terminar al momento en que se tiendan puentes entre los dos Méxicos de tal forma que las fronteras se vayan difuminando y tengamos un solo México. Pero esto implica ir contra parte de nuestra cultura e idiosincrasia, contra nuestros prejuicios históricos, y ello es muy difícil de desterrar. Pero la realidad es que una sociedad tan profundamente dividida tiene menos posibilidades de crecer y desarrollarse que una cuyas divisiones sean más tenues y donde exista comunicación entre las distintas clases sociales (que, por consecuencia, son menos desiguales). 

    El problema es que tender puentes también implica ceder y comprometerse, reconocer que ciertas actitudes y acciones perjudican a los demás y cambiar la conducta y ciertas prácticas. Implica también reconocer conductas muy normalizadas, implica tener un mejor control de las emociones (ya que cuando el individuo se vuelve esclavo de sus pasiones, tiene más razones para odiar y dividirse). Pero sobre todo, y lo que es más difícil de todo, implica tener la voluntad de hacerlo. 

    Dejemos de ignorar el problema, dejemos de decir que la división es una creación de López Obrador, dejemos de hacer como que no pasa nada y dejemos de pensar que no tenemos ninguna responsabilidad. Dejemos incluso de dejar de reconocer que esta división y estos prejuicios afectan incluso a los de arriba (aunque no lo reconozcan) y que por ello se atrincheran dentro de muros, vallas perimetrales y vigilancia. Si esta profunda división sigue, bastará cualquier chispa para que se prenda y para que se destruya la paz, y ahí perdemos todos.

    Y si eso pasa, y si no hicimos nada, entonces no nos quejemos. 

  • Por el bien de todos, primero los Forbes

    Por el bien de todos, primero los Forbes

    Por el bien de todos, primero los Forbes

    Me parece a veces que somos un país un tanto extraño. Pareciera que las prioridades están al revés, que lo que es menos importante es más importante que lo más importante y viceversa.

    Me llama la atención, por ejemplo, que en Guadalajara haya sido más mediática la noticia donde unos jóvenes gratittearon un vagón de la nueva línea del Tren Ligero (hasta el alcalde terminó haciendo un video con ellos para mostrarse jovial y comprensivo) mientras que la noticia donde cinco indigentes fueron asesinados en distintos puntos de la ciudad con una piedra mientras dormían pasó desapercibida. ¿Por qué un vagón, que es eso: un vagón que puede limpiarse, nos parece más importante que la vida de 5 personas que fueron asesinadas impunemente? ¿Por qué incluso las autoridades le prestan más atención al vagón?

    Pero de la que quiero hablar hoy es de la marcha para salvar al aeropuerto de Texcoco. Ustedes saben que yo siempre he estado a favor del aeropuerto de Texcoco, pero la marcha que quieren realizar en la CDMX, al menos como la están planteando, se me hace un absurdo. Y ojo, al criticar esta marcha no estoy poniendo en entredicho su libertad de expresarse, tienen derecho a hacerlo. Pero lo que se me hace esquizofrénico es que pidan ir vestidos de luto. 

    ¿De luto, de verdad?

    ¿En un país donde hay muchas más razones para vestirnos de luto?

    ¿En un país donde muchas familias y comunidades son destrozadas por la violencia y el narcotráfico?

    ¿En un país donde los periodistas son asesinados cada rato?

    ¿En un país donde mujeres y niñas son violadas y asesinadas y donde la noticia se pierde dentro del mar de la cotidianeidad?

    Y si bien considero que el aeropuerto de Texcoco no debería de cancelarse, en la marcha no parece proponerse nada para combatir la corrupción que hay en ese proyecto como revisar los contratos ni mucho menos de pedir que el impacto ecológico sea el menor posible. Me parece más bien un desplante de «es que el aeropuerto está chido, lo diseñó Norman Foster».

    La otra vez comenté en mis redes sociales sobre la responsabilidad que tenían las cúpulas empresariales en la cancelación del aeropuerto. Dije que nunca se habían molestado en socializar bien el proyecto, que parecía que se estaban hablando entre ellos mismos al hablar de términos que la mayoría de la población ni siquiera usa. Fue el colmo que para defenderlo lo hicieran en una reunión de banqueros y no en la obra, junto con los empleados y los trabajadores (que perderán sus trabajos).

    La marcha parece volver a exhibir lo mismo, una clase alta que parece desconectada del resto de México, el «mexiquito» que es ajeno a los problemas del «mexicote» (como diría Ricardo Raphael), que vive en su burbuja, que pocas veces sale de su microcosmos que compone Polanco – Lomas – Santa Fe, donde a López Obrador, muy astuto, no se le ocurrió poner ninguna casilla. De forma injusta AMLO no les dio voz porque ya sabían cómo iban a votar, pero los organizadores de la marcha parecen empecinados a darle la razón: sí, vivimos en una burbuja, por eso es que nos vestimos de luto cuando van a cancelar una «obra chingona» y no por todos los desaparecidos y asesinados.

    Tal vez por eso esta marcha ha recibido más bien burlas y críticas (incluso de varios que, como yo, preferimos el proyecto de Texcoco al de Santa Lucía), porque parece ser una manifestación complaciente, porque con sus atuendos de luto los único que comunican es que desconocen la realidad de las mayorías. Tal vez por eso se entiende que muchos prefieran a AMLO que a los empresarios, porque como sea, AMLO de menos sabe como comunicarse con las masas, para las cúpulas empresariales parecen más bien no existir. Tal vez por eso gran parte de los mexicanos asocia a los empresarios con la corrupción y, por eso, es escéptica ante este tipo de marchas que consideran buscan salvaguardar sus intereses. 

  • Activistas al gobierno

    Activistas al gobierno

    Hace diez años o poco más, surgió en Guadalajara una ola de participación ciudadana que poco a poco comenzó a incidir en lo público. Temas como movilidad, combate a la corrupción y muchos otros se pusieron sobre la mesa y entraron a discusión gracias a la presión y a la labor de este activismo por parte de jóvenes que comenzaron a conocer ese mundo desde la universidad. 

    Poco a poco, este activismo comenzó a influir en las estructuras sociales y públicas con el objetivo, sobre todo, de convertir a la capital de Jalisco en una ciudad donde se pudiera vivir de mejor forma. El resultado de su chamba se puede ver en la cotidianeidad de la ciudad.  Las ciclovías, la Vía Recreactiva, e incluso los puentes que el propio gobierno establece con la sociedad civil como las glosas ciudadanas que ha organizado. La participación ciudadana ha influido en una ciudad otrora conservadora, que junto con un creciente crecimiento de las industrias creativas y tecnológicas, ha cambiado el semblante de la ciudad de una más tradicionalista a otra más bien horizontal donde las ideas, la creatividad y la innovación confluyen.

    Pero así como hemos visto el crecimiento del activismo y la sociedad civil, también hemos testigos de que, de forma progresiva, algunos de los miembros que la conforman terminan formando parte del servicio público. Y ante esto, surge cierto recelo.

    Es entendible, ya que una de las formas de operar que tuvo el régimen del partido único, sobre todo después de la matanza del 68, fue la absorción de líderes sociales dentro del gobierno para así neutralizar las amenazas que las sociedad civil representaba. 

    Pero también es cierto que ya no estamos en 1968, también es cierto que la realidad del México de ese entonces era distinta a la realidad del México actual. En realidad, la decisión de involucrarse en el servicio público (el gobierno) ya poco tiene que ver con la intención de desarticular a la sociedad civil sino con la inclusión de perfiles que se creen podrían desempeñarse de buena forma. Y es que una de las ventajas del perfil del activista es la especialización en la causa social que defiende. Si un gobierno está interesado en mejorar la movilidad de la ciudad, sabe que si dentro del activismo existen perfiles destacados, habrá una motivación para invitarlos a ser parte de su equipo.

    ¿Y tiene eso algo de criticable, que un activista decida «entrarle»? Lo criticable en todo caso sería no el hecho en sí, sino las motivaciones para decidir entrar al gobierno. Sería criticable, desde mi punto de vista, que alguien tan solo haya utilizado al activismo de aparador con el propósito de entrar al servicio público; sería criticable si el acto de entrar al gobierno representara una incongruencia: por ejemplo, que alguien que deteste al PRI y denuncie su corrupción deje seducirse ante la primera oferta y termine emulando las prácticas que criticaba. 

    Pero en realidad, que un activista entre al servicio público en sí no tiene nada de malo. En muchos casos puede terminar siendo algo muy benéfico.

    Decía yo que los perfiles ciudadanos (por llamarlos de alguna forma) generalmente suelen especializarse en aquello que defienden o saben hacer. Quienes han estado involucrados en movilidad lo han estado porque el tema les apasiona. Por eso mismo suelen especializarse, leen mucho sobre el tema y, en algunos casos, hasta toman diplomados, especialidades o posgrados en el tema. Una de las ventajas es que, evidentemente, al estar dentro de gobierno se tiene más margen de maniobra para incidir, ya que tienen más recursos a la mano para llevar a cabo los cambios que desean.

    Los perfiles ciudadanos también pueden ser muy útiles en aras de renovar la política. Estos, a diferencia del político de carrera, no crecieron bajo los antiguos paradigmas y podrían ayudar a crear una política más horizontal y programática, más alejada del corporativismo y el asistencialismo que tanto ha caracterizado a la política de nuestro país. 

    Evidentemente el activismo y el gobierno son plataformas muy distintas para incidir en lo público. La limitante del primero suelen ser los recursos y en el caso del segundo el problema principal tiene que ver con el poder. Al entrar al gobierno, el otrora activista se dará cuenta que la dinámica es diferente a la que conocía, que el poder es la moneda de cambio dentro del servicio público y que requerirá algo de éste para poder impulsar esa agenda que impulsaba desde la ciudadanía. Tendrá que saber conciliar, dialogar con los distintos actores de una forma en que tal vez nunca lo había hecho, saber llegar a acuerdos y, en algunos casos, ceder con el fin de lograr su objetivo. Todo esto le requerirá el desarrollo de otras habilidades y pasar por una curva de aprendizaje. 

    Dicen que el poder no corrompe a la gente, sino que la muestra tal cual es. Si un activista se corrompe al entrar al servicio público es porque posiblemente desde antes no tenía las mejores intenciones o que su sistema de valores ya era lo suficientemente endeble. Creo que la inclusión de algunos activistas dentro del servicio público puede ser una buena noticia dentro de un sistema político que ha sido más bien muy cerrado y hermético, pero de la misma forma es deseable que la cultura de la participación ciudadana siga creciendo. Si la participación ciudadana sigue creciendo como entidad independiente del gobierno y si algunos de sus miembros se involucran de forma progresiva, posiblemente logremos ver una transformación de la política más horizontal, donde los ciudadanos estén acostumbrados a rendir cuentas a sus políticos y éstos, al haber estado en el otro lado de la cancha, entiendan de mejor forma esta dinámica y tengan una mayor facilidad para tender puentes entre gobernantes y gobernados. 

  • Lupita Jones no hizo nada malo

    Lupita Jones no hizo nada malo

    Lupita Jones no hizo nada malo

    Como todos saben, una transgénero de nombre Itzel Aidana Ávila Monreal se decidió quitar la vida después de que Lupita Jones hiciera una declaración donde decía que no estaba de acuerdo con que las transgénero participaran en el concurso de Miss Universo ya que si bien se identifican como mujeres, biológicamente no lo son y eso hace que la competencia no se dé en igualdad de circunstancias. Esto a raíz de la participación de la transgénero Ángela Ponce en Miss Universo.

    A raíz de eso, muchas personas salieron a responsabilizar a Lupita Jones por el suicidio de Itzel. Como Itzel se suicidó y lo que motivó a Itzel a suicidarse fueron las declaraciones de Lupita Jones, entonces Lupita es culpable del suicidio. Es un silogismo que no se sigue porque la conclusión no puede derivarse de sus premisas. 

    Se puede estar de acuerdo o no con la postura de Lupita Jones y puede criticarse el argumento bajo el mismo derecho a la libertad de expresión al que tuvo Lupita Jones para dar su opinión sobre la participación de los trans en Miss Universo. Todo individuo tiene el derecho a utilizar su libertad de expresión en tanto ésta no se use con el fin de agraviar o afectar la integridad de terceras personas. 

    El argumento de Lupita Jones no buscó agraviar a las transgénero. Ella dio a entender que se podía dar una situación de inequidad ya que el cuerpo de una mujer transgénero y una cuyo género corresponde a su sexo son biológicamente diferentes. Desconozco bien todo lo que hay detrás de una competencia de Miss Universo, que dichas diferencias biológicas puedan afectar la alimentación (que es muy importante en estas competencias) o el ejercicio para mantener el cuerpo esbelto, por poner un ejemplo ¿es razón suficiente? No lo sé, pero vale señalarlo para entender que la intención de Lupita Jones no fue de discriminar. Alguna persona me argumentó que Lupita podría tener una aversión «escondida» a los transgénero. Pero en caso de que ésta existiera, Lupita, al ser inconsciente de ello, no tiene la finalidad de agredir a nadie y, en este entendido, tiene el derecho a externar su opinión, la cual desde luego puede ser criticada o rebatida. 

    Lupita jamás hizo un juicio de valor sobre los transgénero. Ella dice que una mujer transgénero no es una mujer biológica y ello es completamente cierto. Una persona transgénero, independientemente de su libertad a identificarse con x o y género, tendría que saber su cuál es su sexo biológico si no quiere meterse en graves problemas, porque este es indispensable para cuando vaya con el doctor o para entender el comportamiento de su cuerpo (si puede o no embarazarse). El sexo biológico no se puede modificar en tanto que es algo que está determinado en la genética y que no puede ser modificado con la tecnología actual a través de alguna operación. 

    Si bien podemos entender que muchas personas transgénero se sienten excluidas o estigmatizadas y eso influye en su psicología, decir que Lupita Jones es la causante del suicido de Itzel es infantilizar a la propia Itzel y negar su libre albedrío. Si Itzel se suicidó es porque ella decidió suicidarse. Lupita no pudo ser culpable del suicidio de Itzel porque, primero, no conoce a Itzel; segundo, porque Lupita nunca tuvo la intención de discriminar a los transgénero u tercero, porque Lupita nunca se imaginó que sus palabras pudieran tener esas repercusiones (ninguno de nosotros lo hubiéramos imaginado). 

    Cierto, los transgénero no deben de ser discriminados ni estigmatizados, pero no podemos llevar la corrección política a estos niveles donde el individuo ya tiene que pensársela dos veces antes de decir cualquier cosa aunque ello no tenga una intención de discriminar. Ese exceso de corrección política es el que, como comenté en mi artículo anterior, ha dado pie al surgimiento de un contradiscurso que sí es abiertamente misógino, racista y homófobo, el cual vemos en figuras políticas como Bolsonaro o Donald Trump.

    Y todo esto, independientemente de que esperaría que este tipo de concursos desapareciera del mapa por su frivolidad. 

  • El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    A diferencia de lo ocurrido en otros regímenes latinoamericanos, el nuestro, el del partido único del PRI, no se caracterizó por su constante represión a los opositores sino por su absorción e inclusión dentro del aparato de poder. Se absorbía a los intelectuales de su tiempo e incluso se les permitía cierta forma de disensión y expresión en tanto ello no pusiera en riesgo el poder que el aparato tenía: muralistas, escritores, artistas, muchos de ellos llegaron a formar parte de la familia del PRI.

    La masacre del 68 fue más bien una excepción a la regla. Pero fue una cruda, dura e hiriente excepción. Al punto en que dicha herida sigue viva dentro del inconsciente colectivo mexicano.

    Se repite una y otra vez que el dos de octubre no se olvida, es una herida que influyó en la reconfiguración de la política mexicana y la evolución de los movimientos sociales. En momentos de tensión geopolítica donde Occidente y la URSS buscaban hacerse de la hegemonía mundial, no sobraron las sospechas de que los rusos o la CIA pudieran haber estado influyendo sobre la manifestación y ello fue lo que desató la paranoia de Gustavo Díaz Ordaz que derivó en la matanza estudiantil.

    La masacre fue la primera fractura dentro de la estructura del régimen del partido único. Hasta antes de ese evento, de lo que se hablaba era del milagro mexicano, del crecimiento sostenido, del desarrollo de infraestructura. El aroma a progreso no se podía negar, pero éste iba a acompañado de una restricción hacia varias libertades y derechos que hoy consideramos como garantizados. Burlarse de Díaz Ordaz como hacían en ese entonces los estudiantes era una afrenta contra el sistema y el status quo. En ese entonces era mal visto burlarse del Presidente, no era para nada como en estos tiempos que hasta el individuo más tranquilo y conservador comparte chistes de Peña Nieto. Los jóvenes, en un año que coincidió con varios movimientos estudiantiles de izquierda como el acontecido en Francia, querían emanciparse de una forma de gobierno que a la postre sería conocida como la «dictadura perfecta». 

    Los familiares de los estudiantes nunca vieron algo parecido a la justicia. Ellos estaban solos ante un sistema que, ante la indignación, comenzó a absorber a parte de la intelectualidad a sus filas, lo cual también disipó la fuerza de dicho movimiento. Otros tuvieron a sus hijos en los separos, algunos de los cuales fueron torturados. Díaz Ordaz murió en paz, Luis Echeverría vive sus últimos años de su vida en su casa (bastante grande, por cierto). 

    El régimen del partido único se comenzó a fracturar desde ese entonces. Los presidentes que le sucedieron a Díaz Ordaz buscaron calmar las aguas a través de un oneroso gasto público (que empezó a repercutir en las finanzas del país) y de frustradas visitas a la propia UNAM donde Luis Echeverría les advirtió a los estudiantes que no se dejaran manipular por la CIA y el fascismo. Desde ese entonces, la figura presidencial comenzó a perder respeto y a ser objeto de burlas. Si bien, el régimen del partido único sobrevivió hasta el 2000, ya nunca vivió etapa alguna de crecimiento sostenido, ni de legitimidad ante la mayoría de la población. Algo se había fracturado. 

    Algunos recuerdan ese México «pre68» con nostalgia. Existían menos libertades sociales y políticas, dicen, pero a cambio existía un país más tranquilo y estable, sin mayores complicaciones. Pero regresar al pasado es absurdo, y también es debatible si el México de esos tiempos era mejor que el de ahora. Tal vez el problema es que, dentro de las nuevas libertades que hemos adquirido, no hemos logrado construir país con instituciones más sólidas. La democracia convive con los vicios propios de ese sistema al cual algunos le tienen tanta nostalgia. Tal vez el problema no fue que hayamos abandonado ese pasado que algunos añoran, el problema tal vez fue que no lo terminamos de abandonar del todo.

    Hoy, que se cumplen 50 años de los lamentables hechos, no solo deberíamos evitar que el 2 de octubre no se olvide, sino que tampoco debemos olvidar lo que sucedió después y que es lo que nos tiene hasta aquí. Estos 50 años son un buen pretexto para repensar nuestra historia contemporánea, donde pasamos de un régimen de partido único a una democracia que todavía no ha terminado de tomar forma. 

     

  • El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    Hay temas de los que yo no suelo opinar porque considero que no tengo todavía la sabiduría para emitir una postura categórica. El aborto es una de ellas. Si bien estoy completamente convencido de que el aborto moralmente es algo malo, es algo que yo nunca haría ni promovería (máxime cuando es producto de una responsabilidad no asumida), me parece un tema muy complejo argumentar si es algo que deba estar penalizado o no, sobre todo al partir del hecho de que no todo lo moralmente malo necesariamente debe ser prohibido por el Estado. Entonces aquí habría que traer muchas cuestiones hacia la mesa, y en ese ejercicio yo no he definido mi postura, y tal vez no termine haciéndolo desde algún tiempo. No puedo defender o atacar algo donde no tengo una postura definida, sería algo irresponsable para con mis lectores. 

    Pero sé que para definir mi postura entonces debería escuchar los argumentos de ambas partes. La mejor forma de llegar a una conclusión es escucharlas, y de acuerdo a mis convicciones y a mi criterio considerar o desestimar los argumentos que ambas posturas me puedan dar ¿no?

    Dicho esto, ejercer presión para censurar una conferencia opuesta a la postura propia es un acto de censura. La izquierda lo ha hecho. Por ejemplo, reventando conferencias como las del argentino Agustín Laje porque muchas personas no están de acuerdo con él (una cosa es que no simpatice con él y otra cosa es restringirle la libertad de expresión a la que él tiene derecho) y en ocasiones insultando a quienes tienen opiniones distintas. Pero en esta ocasión quien intentó censurar una conferencia fue la derecha. Varios conservadores ejercieron presión en redes para que esa conferencia se lleve a cabo.

    Hay que decirlo de forma categórica, eso es un acto de censura. No podemos relativizar el acto.

    Y como para mí es importante poder escuchar ambas posturas, entonces se debe garantizar que ambas partes puedan organizar libremente conferencias. La censura también es un acto de infantilización del individuo donde consideramos que éste no tiene la capacidad de deliberar por sí mismo y, por ende, debemos restringirle la información a la que puede acceder. 

    Otro argumento que he escuchado de estos mismos conservadores es que el hecho de que la conferencia tenga solamente una postura en pro del aborto es un acto intolerante. Eso es falso, porque en ese caso, lo mismo aplicaría para las conferencias que ellos llevan a cabo en pro de la vida. No en todos los foros deben estar ambas posturas, la pluralidad consiste también en que el individuo tenga acceso a las distintas opiniones.  

    Tampoco es un argumento válido argüir un sesgo ideológico de la institución, ya que en la práctica es difícil que una institución tenga una inclinación política completamente neutral ¿o acaso la UP o la UAG la tiene? Lo que sí debería garantizar una universidad por definición es la libertad de expresión de todas las voces, y también es importante que en una sociedad dada existan alternativas para las distintas formas de pensamiento de tal forma que los padres inscriban a sus hijos en la universidad que se adecue más a sus valores.

    Sí sería un problema que el ITESO no permitiera que unos estudiantes contra el aborto hicieran su conferencia. También lo sería que los estudiantes intentaran reventar dicha conferencia porque no quieren que opiniones distintas a la suya se escuchen. Y sí, yo sé que en varias instituciones universitarias en distintos lados del mundo eso ha ocurrido. Pero así como he criticado a la izquierda anteriormente, en estos artículos hago lo propio con los conservadores por replicar los mismos actos de censura que en otras ocasiones ha llevado a cabo la izquierda.

    Creo que ambas posturas merecen ser escuchadas. Creo también que un acto de censura en una sociedad tan interconectada como la nuestra es algo muy contraproducente, sobre todo porque solo termina amplificando el mensaje de aquello que se quiere censurar. 

  • ¿Por qué las jerarquías son necesarias?

    ¿Por qué las jerarquías son necesarias?

    Desde que la especie humana aprendió a socializar (básicamente desde el inicio de su existencia) las jerarquías se han manifestado. El líder de la tribu siempre estuvo en una jerarquía superior a la de los demás, el filósofo estuvo en una jerarquía superior a la del alumno, el del gobernante al del gobernado, el de quien es más inteligente o más hábil sobre el que es menos hábil. Esas jerarquías nos han servido como un marco de organización y referencia para que la civilización pueda ser tal.

    En una época donde la deconstrucción del lenguaje y el cuestionamiento del orden social se han vuelto una característica constante, el argumento de la inutilidad de las jerarquías ha resonado una y otra vez. Quienes argumentan ello afirman que detrás de una jerarquía siempre hay un ejercicio de dominación de una sobre otra, o que dicha jerarquía reduce la libertad del individuo; aunque en realidad, cuando la jerarquía es justa y no implica sometimiento, más bien la amplía. 

    Sí, las jerarquías se han llegado a usar como pretexto para la dominación, pero las jerarquías no son intrínsicamente opresivas. Las jerarquías naturales están muy lejos de ello.

    Una jerarquía tampoco implica sometimiento, sino el reconocimiento de en que dado ámbito, una persona está en un nivel superior de la otra y, como consecuencia, la comprensión de los roles que existen dentro de esa jerarquía: el padre está en una jerarquía superior del hijo, el médico está en una jerarquía superior del paciente, y también el maestro del alumno. 

    Voy a poner un ejemplo para comprender su utilidad. Imagina que enfermas, no sabes qué enfermedad tienes y estás muy preocupado. ¿A quién vas a recurrir? Seguramente vas a ir con el médico porque, al ser la medicina su especialidad, él va a saber más que tú. Esa jerarquía, donde el médico por lo general sabe más que el paciente, fue la primera referencia que tuviste para ir a buscar a alguien que te auxiliara con tu enfermedad. A menos que también seas médico o que por alguna razón tengas un conocimiento excepcional de la medicina, tú sólo tienes dos referencias para buscar a alguien que cure tu enfermedad: al médico como tal y su reputación como médico. El médico no te está sometiendo, sin embargo, como sabes que el sabe más que tú, le tienes un respeto como médico y sigues sus indicaciones. 

    Lo mismo pasa con la relación entre un maestro y un alumno. Al reconocer esa jerarquía, se reconoce que, por lo general, el maestro sabe más, lo cual motiva al alumno a escucharle y aprender (lo cual no significa que no pueda hacer cuestionamientos). Tal vez, al final del curso, la jerarquía haya perdido su utilidad ya que el maestro logró que su alumno aprendiera lo que él sabe, pero para que eso sucediera era necesario el reconocimiento de la jerarquía. 

    De la misma forma, cuando vas a un curso de manejo, sabes que el instructor sabe más que tú y por ello tú decides escuchar sus indicaciones. Igualmente, el padre está en una jerarquía superior que el hijo, o incluso el jardinero se encuentra como tal en una jerarquía superior del dueño o dueña de la casa que quiere saber cómo tratar su jardín y sus plantas. El dueño, a pesar estar en una jerarquía económica superior, se coloca en una jerarquía inferior en cuanto al ámbito de la jardinería. El dueño, como no sabe sobre el tema, decide pedir consejo y escuchar. 

    Al reconocer la existencia de las jerarquías estamos reconociendo que los seres humanos, aunque igualmente valiosos, no estamos en las mismas condiciones ni tenemos las mismas habilidades. Unas personas son más inteligentes que otras, otras son más aptas en el deporte que otras, otras saben más que otras. Debido a esta diversidad, es que los seres humanos nos organizamos para que, como organismo colectivo, funcionemos mejor y así logremos satisfacer de mejor forma las libertades individuales.

    Para que una jerarquía funcione es indispensable reconocer que no es un orden moral. Una persona que esté en una jerarquía superior a la tuya no es moralmente superior a ti, una jerarquía no puede nunca implicar dominación y ambas partes deben beneficiarse de ella, un policía tiene una jerarquía superior al ciudadano, pero el ciudadano también se beneficia de ella en tanto la presencia de policías crea un entorno más seguro para él. 

    Pero lo más importante es que un individuo solo puede tener privilegios relacionados a su propia jerarquía y no en otras, ya que ello termina corrompiendo el orden social. Por ejemplo, un gran empresario se encuentra en una jerarquía superior a alguien que no lo es. El empresario, por sus actividades empresariales, tiene derecho al privilegio de ser rico en tanto sea producto de su rol como empresario. Pero el empresario no debería poder, por un decir, comprar la justicia o poder político (ya que la justicia y la política son jerarquías diferentes). 

    Las jerarquías no son malas ni opresivas, son una condición natural de nuestra especie (y de las especies animales). Sin jerarquías habría sido imposible la civilización y posiblemente nuestra especie se hubiera extinguido. El reconocimiento mutuo de nosotros mismos, como individuos que tenemos el mismo valor en tanto seres humanos, pero que somos diversos en cuanto a nuestras capacidades, habilidades, creencias y formas de pensar, las hace imprescindibles.