Categoría: sociedad

  • Una políticamente incorrecta descripción de la corrección política

    Una políticamente incorrecta descripción de la corrección política

    ¿Qué es eso de la corrección política?

    Últimamente se ha vuelto muy común hablar de la corrección política o lo políticamente correcto. Se le relaciona mucho con aquel propósito progre de evitar que un discurso dado ofenda a las minorías.

    Pero la corrección política no es un fenómeno nuevo ni es propio de una corriente política específica. De hecho, hasta hace poco eran los conservadores los que la usaban más. Fue hasta tiempos recientes que el progresismo se convirtió en su principal promotor.

    Pero la corrección política siempre ha formado parte del ethos social y está ahí presente con el fin de que la convivencia en la sociedad sea más llevadera. Sin la corrección política, la convivencia sería casi imposible y nos llevaría a una pesadilla hobbesiana.

    Por ejemplo. Si voy caminando y veo a un hombre con un aspecto desagradable, será políticamente incorrecto decirle: «Hey, me das asco». Sería una severa falta de educación e incluso me podría llevar un puñetazo en la cara. También lo es usar términos despectivos como «naco o indio» para dirigirme a personas de tez morena. Y ello está bien. Si tienes prejuicios que atentan contra la dignidad de otras personas es mejor que te los guardes.

    Cuando a alguna minoría se le integra a la sociedad, nuevas normas de corrección política surgen y ello es inevitable. La corrección política busca la sana convivencia en un contexto dado y si una mayoría se integra, las normas sociales deben cambiar para poderla integrar. Por ejemplo, cada vez es más políticamente incorrecto decir «maricón, joto o p**o» de forma despectiva a una persona con una orientación o identidad sexual distinta a la heterosexual, ya que ese tipo de etiquetas los relegan a la periferia. Que cambios así se den es loable, es una forma de reconocer y respetar la dignidad aquellas personas a las que se les ha integrado a la sociedad.

    Pero también podemos hablar de excesos de corrección política y que tienen que ver con una suerte de sobreprotección y paternalismo hacia un conjunto de personas donde se asume que cualquier cosa que pudiera llegar a ofender o molestar a alguien no pueda decirse. Por ejemplo, que alguien exprese un punto de vista del cual se piense pueda afectar a un tercero sin que el emisor tenga ninguna intención de oprimir o atentar contra la dignidad de alguien como ocurrió con el caso de Google, o que se piense que cualquier tipo de crítica implica algún tipo de ofensa, cuando el debate, la discusión y el diálogo pueden ayudar a dirimir ese conflicto y aclarar cuestiones.

    Esto puede llegar a ser un problema, porque cuando la gente se vuelve completamente indispuesta a escuchar cosas que le pueden llegar a incomodar se corre el riesgo de que la sociedad se tribalice y se atrinchere en distintos sectores identitarios con su propia cosmovisión del mundo y de los cuales no está dispuesto a salir. En lugar de crear cohesión social termina fragmentándola.

    También hablamos de un exceso cuando se espera que una entidad superior como el Estado se encargue de censurar aquellas expresiones que se asume puedan ofender a alguien, porque 1) es una postura paternalista, 2) porque corre el riesgo de atentar contra la libertad de expresión y se le da poder excesivo al Estado del cual una minoría que aspira emanciparse puede volverse dependiente 3) porque muchas de las normas sociales no tienen que ser calificadas por el Estado sino por medio de convenciones sociales a menos que aquella cosa que se dice o hace ponga en peligro la integridad de un conjunto de personas (alguien que llame a agredir a personas por poner un ejemplo) donde sí podría intervenir.

    Peor aún, en nuestros tiempos la censura resulta contraproducente, porque en un mundo tan conectado como el de hoy solo magnífica la difusión de aquel mensaje con el que no se está de acuerdo, además que lo terminan legitimando al no haber siquiera confrontado el mensaje como tal (Agustín Laje y sus compinches han logrado explotar esto) dándole a su vez más voz a aquel discurso de odio que tiene la explícita intención de atentar contra las minorías.

    Por último, como expliqué anteriormente, a veces se puede volver complicado determinar dónde debe estar la frontera de lo políticamente correcto. Mientras algunos insisten en censurar aquello que pueda parecer ofensivo, en el otro extremo se encuentran aquellos otros que dicen que su libertad de expresión está siendo coartada al ser criticados por discursos de odio evidentes y flagrantes porque no desean que alguna minoría se integre al ethos político (discursos abiertamente homofóbicos o racistas). Pero es evidente que debe estar en un punto donde se garantice la libertad de expresión al máximo, en tanto dicha libertad no se utilice expresamente para atentar contra la libertad y la integridad de otros, haciendo alusión a la Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper.

    El exceso de corrección política crea el mismo efecto que su ausencia, una sociedad incapaz de poder tener una convivencia sana.

  • ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    A veces me frustra mucho cuando se habla de desigualdad, no porque sea un tema relevante o no, sino porque muchas veces se pretende explicar la desigualdad como una causa final y no como un efecto de un problema estructural que es lo que en realidad es.

    Siempre que se habla sobre cómo combatir la desigualdad, vienen a la cabeza propuestas como: «cobremos más impuestos» o «darle dinero a los pobres (por medio de políticas asistencialistas en muchos casos)». El problema es que esas propuestas son cuando menos deficientes en un contexto como el mexicano porque fungen, en muchos casos, como paliativos.

    No estoy sugiriendo desde luego, eliminar todos los programas ni mucho menos desmantelar el Estado de bienestar, pero sí replantear el enfoque y atacar el problema por sus causas.

    Luego, los hacedores de esas políticas se congratulan porque el coeficiente de GINI bajó dos puntitos (y si bien les va) cuando más bien se trata de una medida artificial y no estructural que no hace mucho para emancipar a los pobres de su condición. El Estado de derecho sólido es indispensable si queremos pensar en mejorar el sistema de seguridad social y la educación, que son indispensables para que los pobres tengan un piso mínimo y, por tanto, mayor movilidad social.

    Pero se habla menos de las reglas del juego subyacentes a todo esto. ¿Qué pasa si tenemos un Estado débil donde la justicia es para quien la pueda comprar? ¿Qué pasa si tenemos un Estado donde el gobierno no es llamado a rendir cuentas, donde quienes están en el poder político se enriquecen y quienes son parte de la iniciativa privada adquieren fortuna y poder al amparo del poder político?

    Pues entonces las políticas propuestas no van a servir de mucho porque no tiene sentido «nivelar» una sociedad que está completamente desnivelada en sus principios más básicos.

    Por eso a veces quienes proponen sociedades más igualitarias en América Latina tienden a saltarse esta parte y en vez de desembocar en países como Finlandia (amén del crecimiento económico que se requiere para llegar allá) terminan cayendo en manos de gobiernos demagogos cuya élite termina viviendo casi como si fueran jeques, donde la retórica sustituye a la voluntad de crear un Estado de derecho más justo. Cuando hablan de «neoliberalismo» en países como México en automático están casi ignorando el tema de la seguridad jurídica al confundir el libre mercado con el capitalismo de compadres (crony capitalism) que es producto de la inequidad ante la ley: el empresario rentista tiene privilegios ante la ley que puede comprar y se vuelve más rico gracias a ello y no a la competencia.

    Tener un Estado de derecho sólido donde la justicia sea equitativa y funcione para todos antecede de forma categórica a todo lo demás: un Estado donde el rico sabe que no va a tener privilegios para abusar del poder, y donde un pobre sepa que levantar una denuncia no será en vano.

    De poco sirve subir impuestos por subirlos o crear programas sociales asistenciales si en la práctica la justicia es para quien la pueda comprar, lo cual termina naturalmente reforzando los privilegios de una élite, no competitiva, sino una nociva y arcaica.

    Ya después se podrá discutir si es necesario subir impuestos (lo cual incluso será más fácil si la gente percibe que sus impuestos sirven para algo, lo cual ocurre en países con un Estado de derecho más justo e instituciones eficientes), pero mientras sigamos tolerando un sistema inequitativo e injusto, lo demás seguirá siéndolo (porque una sociedad artificialmente más equitativa sigue siendo, en el fondo, una más inequitativa dado que no hay un real empoderamiento de los que menos tienen).

  • ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    Se nos dice que vivimos en un mundo donde la empatía y la preocupación por el prójimo brilla por su ausencia. Cierto es que vivimos en un mundo individualista, pero no sé a ciencia cierta si la falta de empatía caracterice fuertemente a nuestras generaciones ya que en las anteriores ello también era algo muy presente (vaya, en el siglo XIX se pensaba que los negros estaban en una posición intermedia entre el humano y el animal). Lo cierto es que, en muchas ocasiones, tenemos problemas para empatizar y comprender al prójimo, y ello muchas veces es un problema.

    Aunque se nos diga que somos una sociedad individualista, lo cierto es que seguimos viviendo en una sociedad dentro de la cual estamos interconectados con los demás. No somos individuos aislados, sino individuos que viven en comunidad y que se explican por su relación con los demás. La empatía y la compasión básicamente son elementos del tejido social.

    El liberalismo no niega, como algunas personas podrían pensar, el componente colectivista y de bien común. Más bien presupone que el hecho de que los individuos busquen satisfacer sus intereses derivará en un bien común que está impreso en la famosa mano invisible de Adam Smith, quien en su libro Teoría de los Sentimientos Morales hace énfasis en la empatía y la preocupación por el otro. En una lectura superficial, habrá quien asegure que Smith cae en una contradicción, pero no la hay porque al hablar del interés propio, no está negando de ninguna forma la capacidad que tiene el individuo para empatizar y simpatizar con los demás. Smith imagina a un individuo libre y que es, al mismo tiempo, parte de una sociedad con la cual tiene una relación estrecha.

    El liberalismo busca reducir esa coerción sobre el individualismo en aras del bien común propio de los regímenes iliberales y solo la permite en aquellos rubros donde no puede haber conciliación alguna (franja que suelen disputar los partidos conservadores y de izquierda moderna enmarcados en la democracia liberal). Asume que ambos componentes coexisten de alguna manera, y por ello es que la empatía y la compasión se vuelven muy necesarios como mecanismos bajo el cual la conducta del individuo, quien no es restringido sobremanera en su individualidad, abona al bien común y a mantener una sociedad cohesionada.

    La falta de empatía y compasión (no lástima) por el que sufre en conjunto con la ignorancia conforman un círculo vicioso que laceran el tejido social. Lo primero es un hábito y, por tanto, un acto voluntario. El segundo es básicamente carencia de conocimiento sobre aquello que pensamos debería preocuparle.

    Así, una persona que carece del hábito tendrá pocos motivos para informarse sobre lo que la otra persona está pasando. Y de la misma forma, una persona que no tiene conocimiento tendrá menos elementos para lograr preocuparse por aquella otra persona. Por ello luego escuchamos frases como «los pobres son pobres porque quieren», «¿estás deprimido? Échale ganitas» o también el hecho de que relativice la violencia contra la mujer. Es más, incluso puede llegar ocurrir una falta de empatía hacia quien guarde prejuicios, cancelando así la posibilidad de persuadirlo. Todos estos paradigmas son propios de una falta de comprensión y conocimiento.

    Al individuo siempre le parecerá más difícil empatizar con aquello que está en la periferia que con lo que está en el centro. Lo periférico, lo que sale de los estándares normales, es lo menos comprendido y lo más estigmatizado. Fíjate en las frases que mencioné en el párrafo anterior. En todos hay un componente que ha estado históricamente en la periferia: los pobres, los trastornos mentales y la violencia misma contra la mujer que permanecía en la oscuridad. Lo mismo pasa con las personas de otras razas, las personas que profesan religiones distintas a la dominante (o que profese alguna en algún lugar donde nadie profese ninguna) o aquellas que tienen otra preferencia o identidad sexual.

    Y es comprensible que sea más complicado empatizar y comprender aquello que no comprende. ¿Qué tan fácil sería para una persona que jamás ha sufrido un ataque de pánico empatizar con una que sufre ataques a cada rato? Se puede dar una idea al ver las expresiones de aquella persona que sufre, pero al no entender lo que está viendo puede sacar conclusiones equivocadas y terminar haciendo más daño a aquella persona con frases como: «échale ganitas, es cuestión de actitud».

    A este problema generalmente se suma aquello que muchos llaman la Teoría Del mundo Justo, un mecanismo psicológico bajo el cual el individuo culpabiliza a la víctima pensando en que todo mundo obtiene lo que e merece para así pensar que ello no le va a pasar a él o a los suyos. Frases como «la violaron por cómo iba vestida» o «el pobre es pobre porque quiere» son el claro ejemplo de ello. Ello también explica por qué haya quienes insistan mantener ciertos problemas o fenómenos relegados en la periferia.

    Ayer leí un tuit que generó mucha polémica, porque básicamente refleja este problema: falta de comprensión, conocimiento, y este mecanismo psicológico activado:

    Podemos ver que para esta usuaria, los trastornos de depresión y ansiedad literalmente no existen (contraviniendo toda la evidencia científica) y los reduce a estados mentales propios de gente débil de carácter. Es paradójico que hable sobre «pajas posmodernas» cuando posmoderno sería más bien el acto de relativizar o negar un fenómeno que existe objetivamente en aras de sentir una falsa sensación de seguridad y reafirmación personal: «Todo el poder está en tu mente».

    La empatía (ponerse en los zapatos de los demás) y la compasión (aquella motivación para ayudar al que sufre) son diferentes de la lástima, la cual implica un sentimiento de superioridad sobre aquel que sufre, como bien afirma Matthieu Ricard en su libro «Altruísmo». La empatía y la compasión implica colocarte al nivel de quien sufre, con todo lo que eso implica. La compasión en la definición Nietzscheniana más bien se traduce en lástima, porque ni la empatía ni la compasión (la cual baso en el libro de Ricard) implican negar las potencialidades ni la vitalidad de aquella persona que sufre. Quien las niega necesariamente está adoptando una postura de lástima que se traduce en una postura de superioridad y dominio sobre el afectado atrofiándolo. Quien siente compasión, en cambio, busca ayudar al individuo a salir adelante.

    Alguien que siente compasión por una persona que tiene un trastorno mental, por poner un ejemplo, comprenderá que dicho trastorno rebasa su voluntad y no la juzgará por ello (como hace la chica del tuit) porque sabe que objetivamente necesita ayuda y que el trastorno no es producto de alguna debilidad de carácter. Pero también esperará que quien sufre haga lo que tiene en sus manos para solucionar su problema: por ejemplo, ir al doctor y seguir sus indicaciones tales como tomarse los medicamentos, hacer meditación o ejercicio en caso de lo que aplique. Quien tiene lástima o conmiseración dirá: «pobre tipo, no puede salir adelante, hay que sobreprotegerlo».

    Esperar que el individuo tenga voluntad y tesón para poner lo que haya que poner de su parte no implica que creamos que solo con su voluntad saldrá adelante. La voluntad es condición necesaria, mas no suficiente. Quien tiene un trastorno no lo tiene por ser una persona débil sino por un desbalance químico, y quien lo tiene necesita ayuda profesional básicamente porque él solo no puede curar su problema. El trastorno es una enfermedad, no es una «mala actitud».

    El problema es que prejuicios como los que guarda esta tuitera, terminan derivando en soluciones equivocadas que perjudican a las personas que sufren una condición de trastorno, o en políticas erróneas para combatir la pobreza que van desde atribuir toda la responsabilidad al pobre (como tiende a ocurrir en la derecha) hasta como quienes lo perciben casi como un inválido «al que hay que tratar y cuidar como un animalito» (AMLO dixit).

    La empatía y la compasión por el prójimo son necesarios para comprender las problemáticas individuales y sociales. Cada problema es muy complejo y tiene muchos matices, y solo la sincera preocupación nos ayudarán a entenderlos al menos de una forma más aproximada.

    No se trata de «echarle ganitas».

  • Insabi qué pedo con el avión

    Insabi qué pedo con el avión

    Insabi qué pedo con el avión

    Hoy nos despertamos con una puesta en escena tragicómica: AMLO anunció en la mañanera que iba a rifar el avión.

    ¡Está senil! ¿Ves? ¡AMLO está enfermo! Dice la oposición, pero no entiende lo que está pasando.

    AMLO sabe lo que hace, porque bien sabe cuál es el propósito de sus palabras y sabe a quienes van dirigidas.

    Si algo conoce muy bien López Obrador son los usos y costumbres de los que menos tienen, los que viven en barrios populares o pueblos y que no tienen acceso a la información que tienen las clases medias y altas. Ellos, en lugar de hacer una fastuosa cena de navidad como las clases altas hacen, cierran las calles de su barrio para ahí festejar la posada. Ellos tiran «cuetes», y también les gustan los juegos tradicionales como las tómbolas, rifas y demás.

    A muchos nos puede parecer aberrante (si es que va en serio) que López Obrador decida «rifar» el avión presidencial. Pero ello le funciona muy bien ante sus bases (que no son idiotas e ignorantes como algunos desearían que fueran) quienes tienen una visión muy diferente del gobierno de AMLO porque sus paradigmas y el contexto en el que viven son distintos a los de quienes formamos parte de las clases medias para arriba, porque son beneficiarios de sus programas sociales, por la retórica de las mañaneras que ven y que por todo esto que su vida cotidiana está mejorando.

    Y eso es lo que no entiende la oposición, que en su burbuja se indigna y se burla cuando no entiende que el mensaje no va para ellos sino para sus bases, que viven en una realidad distinta y no entienden. De hecho, AMLO seguramente ya dio por descontado que los opositores seguirán oponiéndose.

    Con la rifa, AMLO busca no solo darle vuelta ante ellos a los cuestionamientos del avión sino fortalecer su narrativa y su posición ante quienes lo apoyan: «¡ya sé cómo hacerle! ¡Y lo voy hacer de una forma que a ustedes les va a a sonar familiar!

    La oposición tendría, en todo caso, que saber cómo comunicarse con todos estos sectores y explicarle por qué, a pesar de que perciben en la vida cotidiana una mejora (que podría llegar a ser ilusoria en caso de que AMLO no corrija el rumbo), López Obrador está cometiendo muchos errores que a la larga les podrá llegar a afectar sobremanera. No lo saben hacer y luego se preguntan por qué López Obrador sigue siendo popular.

    Antes que los datos duros, los tecnicismos y demás, es la cotidianeidad bajo la cual la gente evalúa la gestión de un gobierno, y sobre todo lo es cuando la gente no tiene acceso a la educación que las clases medias y altas sí tienen. En su cotidianeidad, las cosas van «requetebien», y como perciben que las cosas van bien, entenderán los errores que sí perciben como parte necesaria de la «transición»: «Sí es un caos lo del Insabi, pero AMLO ya mejoró mi vida en varios aspectos, démosle chanza».

    Los opositores deberían entender más a esos sectores, acercarse a ellos y comunicarles lo que ellos ven del gobierno no de una fría y tecnocrática, sino de una forma en que lo entiendan. Menudo dilema, pero no hay de otra .

    Y mientras eso no ocurra, AMLO seguirá con sus ocurrencias. Rifará aviones y en una de esas organice el juego de las sillas para decidir a qué miembro del gabinete recortar. Ello le es muy familiar a la gente «del pueblo», ello genera la percepción de un presidente cercano, que sí los entiende. Y en un contexto así, la oposición, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo, se encuentra en desventaja.

    Rifar un avión es aberrante y debe de serlo, pero no es un acto de locura. AMLO sabe lo que hace.

  • El algoritmo censor

    El algoritmo censor

    El algoritmo censor

    Tal vez muchos no se han dado cuenta, pero los censores del siglo XXI ya no son personas, sino algoritmos.

    Es la inteligencia artificial quien puede tomar la última decisión a la hora de juzgar a un usuario quien, aparentemente, ha contravenido las normas dentro del ciberespacio.

    Basta ver a Youtube (sobre todo estas últimas semanas con los últimos cambios en sus políticas). Los creadores de contenidos buscan sortear al algoritmo censor para evitar ser monetizados. Hoy hablan de la influencia del «nopor» en la sexualidad, o de la cultura del «n@rk0». Saben que están lidiando con un robot que analiza los contenidos arrojados en esa red social, y por tanto buscan la forma de engañarlo.

    Un ser humano sabe a lo que esos contenidos se refieren, y sabe que quienes lo consumen también lo saben. Pero el algoritmo no (al menos por el momento), porque no tiene consciencia propia y tan solo es producto de ciertos inputs que lo definen y lo restringen (por más que tenga la capacidad de «aprender» por medio del machine learning). Peor aún, el algoritmo adopta los sesgos de su creador. Si el creador tiene prejuicios sobre algún tema o algún colectivo de personas, posiblemente, en alguna medida, el algoritmo terminará adoptándolos.

    Pero así como al algoritmo se le puede engañar entendiendo su propia lógica, también dentro de ella es infalible y rígido. Si el algoritmo se «equivoca» es básicamente porque su construcción (por un agente externo como el ser humano) es perfectible, pero no se equivoca en sí mismo, es el agente externo el responsable de sus falencias. El algoritmo sigue a cabalidad las indicaciones que lo forman, por más sofisticadas que sean, y nunca se sale de ellas.

    Por ello, el algoritmo no es alguien a quien se pueda persuadir ni se le puede apelar a sus emociones. El algoritmo es implacable: si concluye que tal contenido contraviene las normas, entonces aplica la sanción correspondiente sin piedad alguna. Así, Youtubers son sancionados por publicar ciertos contenidos con base en un frío y mecánico análisis que no saldrá nunca de los límites del algoritmo mismo. El algoritmo es capaz de detectar groserías en el audio e incluso es capaz de analizar imágenes y determinar si hay alguna esvástica o algo que aparente ser un desnudo.

    Los Youtubers no tienen más de otra que apelar la decisión de tal forma que sean seres humanos los que lo revisen. Pero si los algoritmos están ahí es para agilizar actividades que con los seres humanos serían mucho más lentas. Entonces posiblemente pasen varios días para que aquel otro ser humano llegue a la conclusión de que fue una imperfección del algoritmo el que sancionó injustamente al Youtuber y retire la sanción. Sin embargo, el daño ya estará hecho.

    En Facebook esto también ha sido un problema donde la presencia de los algoritmos censores, más que sortear los sesgos e intereses propios de los seres humanos, los exponencian.

    Esto ocurre porque es un ser humano quien decide mandar a juicio a otro (donde los algoritmos son los jueces). Resulta que, en aras de crear un «mejor espacio de convivencia», los usuarios mismos reportan los contenidos que les parecen molestos. Un algoritmo analiza el contenido y emite un veredicto. ¿Cuál es el problema?

    Que es muy común que muchos usuarios reporten aquellos contenidos que les parezcan incómodos, no porque sean agresivos o atenten contra alguien, sino simplemente porque no están de acuerdo con ellos o simplemente porque desean silenciar a quien piensa diferente. El algoritmo, por su parte, es incapaz de determinar la intención con la que la denuncia se hizo, éste solo verifica el contenido, la razón por la cual el demandante hizo la denuncia y que especifica en su plataforma (que si es discriminación o contenido violento) y entonces decide si sancionar o no al usuario en cuestión.

    La denuncia toma fuerza si son varios los denunciantes ya que el algoritmo asume que si son varios quienes denunciaron el contenido, es porque este molesta a mucha gente. Pero es posible, y ocurre muchas veces, que los denunciantes se han puesto de acuerdo para buscar silenciar a tal o cual persona.

    Por ejemplo, basta con subir una esvástica con fines ilustrativos para que otros usuarios lo denuncien y el algoritmo decida sancionar al usuario por hacer «apología al nazismo» cuando esa nunca fue su intención.

    En Facebook también puedes apelar el frío y mecánico veredicto del algoritmo. Pero, igual, como los humanos son más lentos, más ineficientes y cuantitativamente limitados (es más fácil tener a millones de algoritmos que contratar a 100 personas para llevar a cabo un trabajo), entonces pasarán varios días para que al usuario, que era inocente, se le perdone.

    Con el tiempo, los algoritmos se harán más sofisticados. Seguramente tendrán una mayor capacidad de entender las intenciones de los seres humanos que están detrás de las pantallas. Pero posiblemente nunca dejen de ser implacables en sus decisiones. El ser humano no tendrá a quien pedir piedad, el algoritmo simplemente tomará la decisión y no habrá nada que hacer al respecto.

  • ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    ¿Por qué un niño es capaz de agarrar una pistola para disparar a sus compañeros y maestros?

    Esta una pregunta muy complicada de contestar, e incluso lo es para los especialistas en el tema.

    Tal vez por ello quienes estén urgidos de dar una explicación por algún motivo traten de dar una respuesta facilona: «¡Los videojuegos! Dijo el Gobernador de Coahuila Miguel Ángel Riquelme»; el bullying, las armas, tal o cual problema, dirán otros. Pero eso, tratar de crear un responsable casi como si fuera el único problema, no nos ayuda en mucho.

    El problema es que la ecuación que explica por qué un niño es capaz de ir a matar a sus alumnos contiene muchas variables, la gran mayoría de las cuales deben estar presentes para que algo así (o algo parecido a ello) ocurra.

    ¿Por qué señalar con el dedo inquisidor a los videojuegos si millones de niños juegan juegos violentos y a casi ninguno de ellos se le ocurre ir a matar a alguien (incluso se debate si existe correlación alguna entre videojuegos y violencia aquí y aquí)? ¿Por qué centrarse exclusivamente en el bullying cuando millones de niños lo sufren y no es como que gran parte de ellos decida ir a matar a sus compañeros?

    Para que algo así ocurra muchas variables tienen que alinearse, interconectarse y coincidir de tal forma que deriven en la lamentable tragedia que ocurrió en Torreón.

    La salud mental es una variable muy relevante. Que un niño tenga una salud mental deteriorada es casi condición necesaria para que algo así ocurra, pero no es condición suficiente. Muchos niños padecen trastornos mentales y no salen a matar a la calle.

    Si vemos cómo aconteció la historia podemos darnos una pista de todas las variables que pudieron estar en juego. Seguramente el niño tenía problemas mentales, él quiso recrear lo ocurrido en la Masacre de Columbine, tuvo acceso a armas, pudo ingresarlas a la escuela, seguramente era víctima de bullying, se sospecha que tenía conflictos familiares. Posiblemente basta con quitar una de todas esas variables para que la tragedia no ocurriera. Incluso cosas que pueden parecer tan insignificantes como, por ejemplo, que sea invierno (en el entendido de que en invierno las depresiones aumentan), pueden ser la gota que derrame el vaso.

    En el libro Talking to Strangers, Malcolm Gladwell argumenta que sabemos menos de las personas que no conocemos de lo que inferimos, y pone un ejemplo que podría ayudarnos a entender de mejor forma este caso:

    En el Reino Unido, nos dice Gladwell, muchas personas se suicidaban con la ayuda de las estufas de monóxido de carbón que hacían relativamente fácil la tarea. Por razones que no tenían nada que ver con la tasa de suicidios, el gobierno de esta nación llevó a cabo una campaña para remover estas estufas con el fin de sustituirlas por otras más modernas, las cuales no serían útiles para quitarse la vida. Uno podría esperar que las personas buscaran otra forma de suicidarse porque «quien quiere matarse lo hace», pero esto no ocurrió y con la desaparición de estas estufas la tasa de suicidios se redujo.

    Hay muchas variables involucradas en un suicidio. Quien se quita la vida muy probablemente tiene un padecimiento mental como depresión, ansiedad o algún otro. Posiblemente le haya ocurrido un evento muy difícil. Ahí están los problemas latentes. Pero el hecho de tener una herramienta para suicidarse de forma fácil (la estufa de monóxido de carbón) es la gota que derrama el vaso.

    El que suicidarse sea fácil o no lo sea puede ser la variable que defina el resultado final, pero no es la única, solo es una de tantas.

    Y aunque estas estufas aumentan la incidencia de suicidios, no es como que explique los suicidios por completo, ni mucho menos podríamos hablar de una «estufa asesina» o algo por el estilo. Una persona que no tenga depresiones o no haya sufrido un evento traumático no se suicidará por el simple hecho de tener una estufa de monóxido de carbón en su casa.

    Lo mismo pasa con el alumno. El simple hecho de que no tuviera acceso a un arma habría sido condición suficiente para que la tragedia no ocurriera. Pero si el niño no hubiera sufrido bullying, o no tuviera problemas, o tuviera una escuela con una entrada más vigilada, o inclusive el caso hipotético de que viviera con sus papás y no con su abuela, entonces la tragedia no habría ocurrido. Incluso puede ocurrir que con solo cambiar de ciudad donde ocurre este escenario (el mismo niño, los mismos problemas) el resultado sea diferente.

    Y como son muchas variables las que explican la tragedia, entonces solo podemos llegar a la conclusión de que el problema se debe combatir desde muchos flancos para que reducir la posibilidad de que esto vuelva ocurrir al mínimo. Sí, tenemos que hablar de la salud mental; sí, tenemos que hablar del hecho de que un niño pueda tener acceso a armas; sí, tenemos que hablar de la cohesión familiar; sí, tenemos que hablar del bullying. Tenemos que hablar de todo.

    Y tenemos que hablar de todo porque si bien argumenté que es posible que puede bastar extraer una variable para que el resultado sea diferente, si solo atendemos a una, basta con que las otras variables sigan presentes para que se combinen con alguna otra para que ocurra otra tragedia.

    Digamos que otro niño tiene los mismos problemas que éste con excepción del bullying que aquél no sufre. Puede darse el caso de que el maestro repruebe a este otro niño y ello desate otra tragedia. O en el caso del Reino Unido, habría bastado con que apareciera alguna tecnología que, de alguna forma, también ayudara a la gente a suicidarse de forma fácil como lo hacían con la estufa de monóxido de carbón para que las tasas de suicidio vuelvan a su estado anterior.

    Por eso es que tomar una camiseta con el nombre de un videojuego como línea de investigación es absurdo y hasta demagógico. Absurdo es pensar que basta solo con atender una de las tantas variables involucradas para evitar que esto se vuelva a repetir. El problema tiene muchas dimensiones, hay que atender el mayor número de ellas posibles.

    Y entendiendo que son muchas las variables involucradas, que el estado de cosas en nuestro país de posibilidad a que tragedias así ocurran (no es la primera vez), nos habla de que hay cosas que no están bien en la sociedad. Y el problema es que algunas de esas variables, conjugadas con otras, también crean otro tipo de problemas.

    Pensar que un problema tan fuerte como este tiene una sola causa es ocioso y no va a combatir el problema. Menudo dilema para los hacedores de políticas públicas e incluso para la sociedad en su conjunto.

  • Sobre la postrebeldía

    Sobre la postrebeldía

    Sobre la postrebeldía

    En tiempos pasados, la rebeldía era atractiva porque, al sumirse en la incertidumbre y en la posibilidad de recibir un castigo o de ser señalado, el individuo sentía una sensación de vértigo al rebelarse contra el estado de cosas.

    El individuo que se hacía un tatuaje, fumaba, se dejaba el pelo largo, se ponía un arete o escuchaba metal sentía esa sensación de ser un rebelde. Era una forma de inconformidad, una forma de rebelarse contra el estado de cosas, contra las autoridades, contra el gobierno. Podemos discutir si tal o cual forma de rebeldía tenía alguna causa o justificación o no, pero no podemos negar que el rebelde sentía el placer de serlo.

    Para que la rebeldía sea tal, se requiere que aquellos que se rebelen sean una pírrica minoría frente a una mayoría conformista y apegada a los cánones del deber ser. La mayoría no puede ser rebelde porque en automático dejaría de serlo. El rebelde se asume como outsider y rehuye de todo aquello que pueda parecer normal.

    Por eso, al ser minoría, a los rebeldes se les ve como especiales, diferentes y arrebatadores: la rebeldía atrae, al rebelde se le percibe como un alfa, como alguien que incluso tiene cierto sex appeal, como aquel que lidera, irrumpe y que no le importa el juicio de los demás; el rebelde es quien, en el imaginario colectivo, es capaz de enfrentarse al caos y pagar el precio por ello.

    En el fondo, muchos querían ser rebeldes, pero pocos se atrevieron a serlo.

    Pero las empresas y las organizaciones vieron que esa rebeldía podría explotarse comercialmente y la empaquetaron como para exhibirla en un anaquel y venderla de forma masiva: sé rebelde, sé diferente, nos dijo la publicidad, y los consumidores que soñaban con ser rebeldes cayeron. ¿Y qué pasó?

    Que el sistema (el estado de cosas cultural, social, político y económico) asimiló esos elementos de rebeldía y los vació de contenido.

    El arete o el tatuaje ya son cada vez menos una expresión contra el sistema porque progresivamente el sistema mismo los ha incluido en su ethos. Las empresas admiten cada vez más sin problema a una persona tatuada en aras de promover la diversidad. La publicidad nos dice que ser rebelde (en su concepto empaquetado) es cool, pero ser rebelde es una cosa y ser cool es otra. Lo cool así se convierte en lo aceptable, se convierte en el propio deber ser que se suponía era el antípodas de la rebeldía: tienes que ser cool y, por tanto, tienes que aparentar ser rebelde, pero no lo eres, eres normal.

    Al sistema no le importa si dicha persona tiene 10 aretes o si fuma marihuana siempre y cuando cumpla con lo que se espera de él. El otrora rebelde ya no es diferente, ya es uno más, ya no es tan especial porque como las barreras de entrada para ser rebelde (o más bien aparentarlo) bajaron, entonces todo mundo lo puede ser, y como todo mundo lo puede ser, ya no se es especial, ni rebelde.

  • Los nuevos años 20, la era de la incertidumbre

    Los nuevos años 20, la era de la incertidumbre

    Cuando llegamos a 1990, el discurso era uno de libertad. Caía el muro de Berlín, la URSS comenzaba a colapsar y la bipolaridad entre el occidente capitalista y el régimen comunista soviético (y satélites) llegaba a su fin. México veía los últimos años del régimen de partido único que poco tiempo después perdería mayoría en el Congreso. La apertura era patente en muchos sentidos.

    Luego llegó el año 2000. En el ámbito global no había tantas novedades. Dábamos por hecho el estado de las cosas y le comprábamos a Francis Fukuyama la idea del fin de la historia, bajo la cual aseguraba nuestra civilización había arribado a la democracia liberal como punto culmen de su desarrollo, aunque todo ese optimismo pronto empezaría a resquebrajarse, sobre todo a partir del 9/11. A México le fue muy bien, el año 2000 fue el inicio de la alternancia.

    En el año 2010 las cosas ya no eran tan positivas. Tanto el propio 9/11 como la crisis global del 2008 nos hizo repensar ese optimismo de las décadas pasadas. Sin embargo, con todos los «accidentes», todavía teníamos fe en la idea de la democracia liberal como aspiración, aunque su legitimidad comenzaba a recibir algunos cuestionamientos. Comenzamos a decir (en México y en casi todo Occidente) que los políticos no nos representaban, que el sistema político no funcionaba del todo bien. Pero teníamos a Internet como ese elemento liberalizador que, decíamos, democratizaría todo.

    En el 2020, por primera vez después de varias décadas, entramos a una era de profunda incertidumbre. Comprendimos que la democracia liberal no era el fin de la historia, con lo cual el futuro ahora nos comenzó a parecer más bien dudoso y oscuro. En las décadas pasadas ignoramos el hecho de que los cambios tecnológicos modificaban las dinámicas sociales y nos dimos cuenta hasta que ello simplemente ocurrió. Si la imprenta o la Revolución Industrial modificaron de forma drástica todas las dinámicas sociales ¿por qué entonces subestimamos el poder de Internet para hacerlo?

    El Internet había irrumpido de forma drástica. Pensamos que el sistema político-económico «antes de Internet» iba a funcionar igual de bien dentro de nuestra era y no fue así. De hecho, el estado de cosas se está modificando sin que tengamos la más mínima idea de cual vaya a ser su forma final porque el propio Internet y las tecnologías evolucionan a pasos agigantados cambiando de forma continua las dinámicas políticas, económicas y sociales.

    No estamos sobre piso firme, sino desde uno muy líquido, que cambia drásticamente y que es acompañado de esta idea posmoderna de la sustitución de las grandes narrativas por la interpretación personal del mundo.

    Hoy no hablamos de ningún fin de la historia. Hoy hablamos de las nuevas corrientes demagógicas de derecha e izquierda iliberal que toman popularidad, de los cada vez más sofisticados algoritmos, de la inteligencia artificial y del advenimiento de la singularidad (ese momento en que la propia inteligencia artificial se vuelva autónoma y superior al propio ser humano) como algo que ya no está tan lejos como para ignorarlo.

    Hoy el futuro es incertidumbre, no tenemos la más mínima idea de cómo vaya a ser. Bueno, nunca la tuvimos, pero creímos haberla tenido y eso nos daba una sensación de seguridad y confort que hoy es prácticamente inexistente.