Acabo de terminar de ver el documental sobre el PRI de Denisse Maerker que está publicada en VIX. ¿Es buena? Sí ¿La recomiendo? Sí. Pero tampoco te esperes una obra maestra. A pesar de ser interesante, creo que el documental tiene algunos problemas y en algunos aspectos se queda corta.
La serie PRI: Crónica del fin resulta interesante no tanto por lo novedoso de su contenido, sino porque ofrece la oportunidad de escuchar a varios protagonistas (sobre todo del viejo partido, algunos con trayectorias turbias) reflexionando sobre su propio declive. No es una joya del género documental, pero cumple con su propósito: narrar la caída de un régimen que durante décadas marcó la vida política del país.
Para quienes disfrutamos de la historia y la política mexicana, mucho de lo que ahí se cuenta es ya conocido. Sin embargo, la serie revela matices que llaman la atención, como el resentimiento que algunos priístas todavía sienten hacia Ernesto Zedillo, a quien acusan de haber detestado a su propio partido. Aunque parciales por razones muy lógicas y seguramente sin revelar todo lo que saben, es interesante escuchar cómo los propios priístas vivieron el declive de su partido y como se esfuerzan (muchas veces sin éxito) en hacer una suerte de autocrítica.
También es valioso asomarse a los conflictos internos entre los dos grandes bloques del PRI que fueron fundamentales en la ruptura de este partido: los tecnócratas y los revolucionarios o estatistas. Esa fractura explica en buena medida la posterior consolidación de la izquierda como oposición desde la escisión de los «revolucionarios» de la mano de Cuauhtémoc Cárdenas y la posterior absorción de los cuadros por parte del régimen de López Obrador, el cual, paradójicamente, al llegar al poder terminó heredando varias de las viejas prácticas priístas que hoy siguen vigentes.
El último capítulo me parece el más sólido, pues aborda con claridad la candidatura y el gobierno de Peña Nieto, al cual se muestra como un personaje que trajo un paquete de propuestas ambiciosas (Pacto por México) pero que tuvo varios desaciertos políticos (producto, mencionan los testigos, de su inexperiencia) así como escándalos que terminaron descarrilando su presidencia para, desde ahí, trazar la línea directa hacia el estado actual del PRI: un partido disminuido, sin proyecto ni liderazgo, cuyo resurgimiento luce cada vez más improbable.
Aunque como dijo el Jefe Diego cuando Denisse le preguntó si el PRI estaba muerto: el PRI se quitó la chaqueta tricolor para ponerse la moradita.
En ese cierre radica, quizás, la mayor virtud de la serie porque deja ver que el colapso es contundente y, como dijera Juan Villoro parafraseando a Marx en el El 18 de brumario de Luis Bonaparte, repitieron su historia primero como tragedia y luego como farsa. Las reflexiones finales del Jefe Diego y Marcelo Ebrard son contundentes.
Sin embargo, el documental queda lejos de ser exhaustivo y por momentos se queda corto. Elude, por ejemplo, la relación simbiótica entre el PRI y los medios de comunicación, particularmente Televisa, y que se repitiera en la campaña de Enrique Peña Nieto. No es un detalle menor, y menos aún cuando la serie es producida y difundida precisamente por esa empresa. Esto es algo paradójico, ya que uno de los puntos fuertes de la serie es el acceso al acervo histórico que tiene Televisa que nos permitió ver varias escenas que no habíamos visto, al menos en Internet u otro tipo de documentales.
Tampoco se profundiza del todo en episodios cruciales como el asesinato de Colosio, el de Ruiz Massieu, la devaluación de 1994 o la represión del 68, que aparece apenas mencionada de forma superficial y que fue muy importante ya que este evento fue, a mi parecer, una de las primeras fisuras que comenzaron a aparecer en el priismo. Creo que los documentales de Enrique Krauze sobre los presidentes que fueron transmitidos ya hace tiempo (y que pueden encontrarse en YouTube) hacen una mejor cobertura de estos temas.
Entiendo que la intención era concentrarse en la erosión del partido, pero un contexto más amplio habría fortalecido la narrativa, sobre todo para aquellos que no conocen tanto de su historia. Un capítulo adicional para situar los orígenes del PRI, y explorar esos episodios clave habría hecho la diferencia, especialmente para las nuevas generaciones que se acercan por primera vez a esta historia.
En suma, PRI: Crónica del fin es una serie recomendable que pasa la prueba, pero limitada como para convertirse en «el documental» que nos transitara de las épocas «gloriosas» del PRI al ocaso de un partido que moldeó al México moderno y que hoy parece condenado a ser apenas una sombra de sí mismo.
Creo que la polarización creciente que se vive en Estados Unidos, y en buena medida en Occidente, terminará muy mal.
Los cimientos de la democracia están tambaleando. La democracia no es solo ir a votar; es también un consenso tácito: el acuerdo de que nuestras diferencias no se resolverán mediante la violencia. Y ese consenso se está rompiendo.
Desde 2016, con la llegada de Donald Trump al poder y la aparición de sectores fascistoides en la derecha —como la Alt-Right— junto con una izquierda iliberal, poco dispuesta a debatir y más inclinada a cancelar, algunos comenzaron a advertir sobre el peligro de la polarización. Ocho años después, no solo sigue ahí: se ha agravado, y no parece haber un freno.
Pero esta fractura no nació con Trump, ni con la derecha iliberal, ni con lo que algunos llaman la “izquierda woke”. Todo eso son apenas síntomas de un proceso mucho más largo, una polarización que lleva gestándose décadas y que hoy amenaza con arrastrarnos a un escenario muy oscuro.
La explicación de Ezra Klein
En Why We’re Polarized, Ezra Klein sostiene que la polarización es el resultado acumulativo de múltiples factores. Uno de los más relevantes es la transformación ideológica de los partidos: desde los años sesenta, demócratas y republicanos comenzaron a distanciarse hasta el punto en que las familias de congresistas de diferentes partidos, que antes podían convivir sin problema, hoy casi no se relacionan.
A eso se sumó la irrupción de la televisión por cable, que segmentó a las audiencias con noticieros diseñados para reforzar identidades políticas. Así se construyeron burbujas ideológicas en las que la gente se acostumbró a escuchar solo lo que confirmaba lo que ya pensaba.
Las redes sociales aceleraron aún más este proceso, aunque de una forma más compleja de lo que se suponía con la idea de “cámaras de eco”. Lo cierto es que transformaron por completo la manera en que nos informamos, debatimos y compartimos. Nos arrojaron a un entorno comunicativo para el cual todavía no sabemos adaptarnos.
El asesinato de Charlie Kirk
El cobarde asesinato de Charlie Kirk es otro síntoma de esta dinámica: una polarización que se retroalimenta, donde los discursos de odio se intensifican, las facciones se detestan cada vez más y los puentes de comunicación están rotos.
Personalmente, mucho de lo que decía Kirk me parecía aberrante: solía estigmatizar a migrantes y a personas con otra orientación o identidad sexual. Aun así, considero que Ezra Klein (progresista) tiene un punto en algo que escribió en The New York Times: más allá de lo que pensáramos de sus ideas, Kirk hacía política de la forma correcta en un sentido dinámico. Iba a universidades y debatía con quienes quisieran enfrentarlo, generando un intercambio de ideas. Paradójico, sí: alguien con posturas intolerantes que, al mismo tiempo, estaba dispuesto a confrontarlas en público.
Aunque hoy no conocemos al asesino ni sus motivaciones, es altamente probable que discrepaba con las ideas de Kirk. Si él era ultraconservador, lo lógico es pensar que quien lo mató provenía de la izquierda. Y si ese fue el caso, no sería más que otro ejemplo de cómo la violencia política engendra más violencia política.
Redes sociales y discursos de odio
Twitter mostró enseguida el efecto. Muchos aprovecharon para declarar que “la izquierda es asesina” o que “esto es una guerra contra la izquierda”. La narrativa de “nosotros los buenos, ellos los malos”.
Pero la realidad es que ambos extremos han contribuido a este clima. También hemos visto violencia de la derecha: el asesinato de la congresista demócrata Melissa Hortman o el intento de secuestro de Nancy Pelosi, que Trump no condenó sino que ridiculizó.
Afirmar que “la izquierda” o “la derecha” es asesina es una generalización absurda, pero es un discurso útil para estigmatizar al adversario. Y es justo esa banalización la que acelera la polarización: que desde la izquierda se tache de “fascista” a cualquiera con ideas diferentes, o que desde la derecha se lancen eslóganes como “zurdos de mierda”, alentando incluso a romper vínculos familiares con quien piense distinto, como promueve Agustín Laje.
El dilema moral
Entiendo que haya personas incapaces de empatizar con Kirk (quien detestaba la idea de la empatía), sobre todo quienes se sintieron directamente afectados por sus dichos. Sin embargo, cualquiera con un mínimo de sensatez debería condenar lo ocurrido y rechazar la violencia contra cualquier persona.
Es cierto que la mayoría de los opositores a Trump y a las ideas de Kirk condenaron el asesinato, pero también hubo quienes dijeron que “se lo merecía” o incluso lo celebraron. Ese es el nivel de degradación moral al que hemos llegado.
¿Se puede frenar?
Esta violencia política, al tiempo que posiblemente desencadene en más violencia política, seguramente también ocasionará que tanto la derecha como la izquierda que quieran expresar algo (esta por medio a represalias) se terminen autocensurando cada vez más temiendo que algo similar pueda pasar. A raíz de lo que ocurrió, Comedy Central decidió remover la parodia que South Park hizo de Charlie Kirk producto de activistas de MAGA que, enojados, comenzaron a culpar a la serie de lo ocurrido y tanto los demócratas Gavin Newsom, Alexandra Ocasio-Cortez como el derechista Ben Shapiro, decidieron, por la misma razón, posponer o cancelar sus próximos eventos públicos.
¿Cómo detener este clima de odio? No lo sé. Como dije al principio, no soy optimista. Creo que esto terminará en un escenario doloroso y que solo cuando toquemos fondo podremos reflexionar y construir un nuevo consenso. La polarización, el desgaste de la democracia liberal y así como los cambios geopolíticos no muestran un futuro prometedor.
Me gustaría que pudiéramos promover un espacio donde las ideas se enfrenten sin miedo, donde el debate y la confrontación civilizada sean posibles. Pero quizá ya hemos entrado en un punto de no retorno. Y si un hecho tan lamentable como este sirve de pretexto para odiar más en lugar de reflexionar, entonces el panorama es aún más sombrío de lo que imaginamos.
En este artículo no me voy a centrar en la carrera futbolística del Chicharito, sino más bien en el fenómeno social en torno a sus videos y declaraciones que tanta polémica han causado en estas redes.
Soy consciente de que lo que escriba aquí no va a ser del agrado de todas las personas que lean este texto, y en realidad no importa, porque este espacio es para dar mi opinión y generar debate, no para quedar bien.
Así empezó la cosa. En mi TikTok apareció ese video donde el Chicharito está dentro de un carro en el cual decía:
Entonces, quieres a un hombre proveedor, pero para ti limpiar es opresión patriarcal. ¡Interesante!
Aunque sabía que ese contenido iba a generar polémica y, a pesar de su superficialidad (el Chicharito no es un intelectual ni mucho menos), pensé: igual tiene un punto.
A ver, es que en una relación o familia funcional los dos deben poner de su parte para sacar el barco a flote. Si esperas que el marido sea el que trabaje y te mantenga ¿qué vas a hacer tú en tu familia? Quien no trabaja se ocupa del hogar. Y lo mismo iría en el caso en que una mujer mantenga al marido (caso poco común en nuestro país, pero que sería lo consecuente en caso de que ocurra).
Pensé. Tal vez no lo expresó de la mejor forma pero, ta bien. No pasa nada.
Pero luego vino ese segundo video en el cual básicamente acusa a las mujeres de erradicar la masculinidad y dice que deben dejar liderarse por un hombre y sostener el hogar. Habla de energías masculinas y femeninas (lo cual es una construcción simbólica pero que no tiene ningún sustento científico ya que no son medibles ni verificables)
Es fácil advertir que, aunque el Chicharito lo diga en tono amable, el comentario es profundamente misógino. Básicamente le dice a la mujer que su papel está en el hogar. Este segundo video, a su vez, le da más contexto al primero al cual no le había dado mucha importancia.
Es importante hacer aquí una importante acotación. Si una mujer y un hombre deciden formar una pareja tradicional, es decir, que el hombre sea proveedor y la mujer se encargue del hogar, ello es completamente válido y respetable en tanto lo hagan desde su libertad de decisión.
No es lo mismo el respeto a quienes desean ese modelo de relación a indicar a una mujer que ese modelo de relación es el que debe de seguir. La postura de respeto, valga la redundancia, respeta la libertad de las personas a decidir qué camino quieren tomar. Decirle a una mujer que debe quedarse en el hogar es una forma de no reconocer la libertad que las mujeres tienen para elegir otra forma de relación o seguir una carrera profesional.
Y claro, en un contexto donde las mujeres han buscado ganar espacios y relevancia en el ethos social, este tipo de comentarios va a parecer a muchas personas muy insensible u ofensivo.
Podemos darle vueltas al asunto y tratar de entender por qué el Chicharito dijo lo que dijo. Que si su coach de vida Diego Dreyfus le lavó el cerebro, que si está frustrado porque está al borde del retiro y su nivel en la cancha es muy malo, que si pudiera ser que Chicharito tiene algún problema con el otro sexo, que si es tal o cual cosa.
Lo cierto es que no son pocas las personas en México que piensan como el Chicharito y eso es lo relevante. El quid del asunto es que el Chicharito es una persona muy famosa. Es uno de los tres futbolistas más importantes de la historia del país. Su discurso resuena en un sector de la población que por el efecto halo (en este caso, asumir que si una persona es virtuosa en un ámbito, debe serlo en los otros).
¿Derecho a decir lo que se dice?
El asunto de la libertad de expresión aquí se vuelve relevante. Yo soy una persona convencida del derecho de expresarse, incluso para decir sandeces como las que dijo el Chicharito, pero la libertad de expresión tiene consecuencias que deben asumirse, porque si la gente está en profundo desacuerdo con lo que dijo el Chicharito, entonces ellos tienen la libertad de recriminarlo y criticarlo fuertemente. Si yo voy a una Iglesia y, después de leer una de las lecturas, digo que Dios no existe y que todos están engañados, no estoy cometiendo delito alguno, pero es evidente que la reacción de quienes están en el recinto va a ser de profunda desaprobación.
Para que en una sociedad pueda existir una sana convivencia, es importante que existan reglas no escritas.
Y me parece absolutamente positivo (aunque algunos quieran calificarlo como censura) que la gente desapruebe expresiones como las del Chicharito, las cuales van en contra de la libertad de la mujer a decidir qué hacer con su vida para que, de esta forma, se concientice a la sociedad sobre ciertas ideas que pueden afectar la libertad de otros. Está muy bien que sea mal visto, como es mal visto hablar en favor de la esclavitud. Criticar y desaprobar lo que otra persona dice, en tanto no se le ejerza coerción efectiva, no es censura. También es, curiosamente, libertad de expresión.
Pero yo no creo que estas expresiones deban combatirse con la censura. Solo debe ser censurable aquello que, cuando se dice, puede poner en riesgo la integridad directa de otras personas. Por ejemplo, convocar a agredir a personas por su credo, color de piel o identidad sexual, etcétera.
En cierta medida no es del todo malo que este tipo de opiniones se lleguen a escuchar en tanto sigan siendo parte de las idiosincrasias de la gente, porque reconociendo su existencia se puede comprender que ese tipo de pensamientos están ahí y ser conscientes de que hay gente que sigue pensando así. Lo importante no es tanto que se diga menos que «las mujeres deben quedarse en el hogar» sino que menos gente realmente lo piense, y concientizar sobre ello es lo más importante. Para eso, hay que tomar el toro por los cuernos y profundizar sobre el fenómeno en cuestión.
Dada mi postura adversa hacia la censura, pienso que ni el gobierno ni la FMF deberían castigar al Chicharito por aquello que dijo (como, en efecto, sí hizo la Federación), pero sí están en su derecho de mostrar su posicionamiento ante los dichos del futbolista (como también ocurrió) y también es cierto que, de acuerdo con sus intereses comerciales, las empresas que patrocinaban a este jugador son libres de dejar de patrocinarlo (como ocurrió con la marca Puma).
Los actos de censura suelen empoderar a aquellas personas que tienen tales ideas para victimizarse y legitimar aquello que dicen. Además, las políticas que buscan regular la conducta, por más bien intencionadas sean, suelen ser muy contraproducentes. Las políticas de violencia de género en México han sido poco utilizadas para defender realmente a las mujeres de actos de misoginia y sí han servido mucho como mecanismo de persecución política de opositores, como acaba de ocurrir con el escándalo de Dato Protegido.
Dese cuenta, mi compa
Estas expresiones lamentables del Chicharito se dan en un contexto donde, como respuesta de la liberación de la mujer, muchos hombres sienten incertidumbre sobre cuál es su rol y se sienten amenazados.
Los cambios sociales, por más buenos y necesarios que sean (como estos) siempre traen efectos colaterales que hay que abordar porque si estos efectos generan la suficiente masa crítica pueden llegar a boicotear estos avances y mover la «ventana de Overton» para que la idea de la mujer más sumisa se vuelva a normalizar. Esta transición a la equidad es relativamente fácil para los hombres que son conscientes de que la equidad de género es algo justo y valioso y están empapados del tema. No lo es para muchos otros que no saben cómo adaptarse ante dichos cambios y que, vale decir, han quedado desatendidos.
Y ante esta desatención aparecen figuras como Andrew Tate, El Temach y demás gurús de la «masculinidad» que, para llenar ese vacío, proponen una suerte de retorno a lo pasado, a lo conocido, al rol del hombre proveedor que lidera a la mujer.
Tampoco es casualidad alguna que en muchos países se esté expresando un political divide donde las mujeres tienden a un voto más progresista y los hombres a un voto más conservador. En teoría, con el tiempo esta fricción debería comenzar a ceder, pero por el momento parece no hacerlo.
Y tal vez acá es donde nos deberían llevar los dichos del Chicharito. Mucha gente lo festeja, lo ve como un «buen madrazo a los progres», algunos hasta gritan «hombres, hombres», lo ven como una reivindicación del hombre, sobre todo de aquél hombre que se siente abandonado porque no sabe cómo adaptarse a estos cambios y que ha acumulado una cantidad de resentimiento que no duda expresar en las redes sociales.
En este contexto, la censura solo termina fortaleciendo este encono y dando legitimidad a su postura: por eso se vuelve contraproducente. Cuando no hay debate o intercambio de información que les ayude a contrastar sus posturas y, en cambio, existe un creciente sentimiento de persecución, la gente comienza a tomar posturas más duras y determinantes.
A pesar de que la vida del Chicharito ha venido en picada en los últimos años y que su comportamiento ha cambiado (para mal) en ese tiempo, no creo que sea una mala persona más allá de prejuicios que pueda tener. También es cierto que, cuando eres una persona con gran relevancia, lo que dices resuena mucho y eres responsable de aquello que dices. Si yo digo una sandez en Twitter tal vez me lleguen diez personas a criticar y hasta lo ignore, pero si lo hace el Chicharito, hasta los medios se le van a ir encima y él debe de ser consciente de eso.
Tal vez hablar de un video polémico del Chicharito en un país sumido en una deriva autoritaria y donde muchas mujeres son violadas y asesinadas pueda parecer algo trivial, pero me parecía importante hacerlo y expresar mis reflexiones por lo que esto deja entrever.
Querían poner el tema de la gentrificación en la mesa. Lo lograron.
Pero eso implica que el tema deba someterse a debate (claro, no nos alcanza para que sea muy riguroso) y que haya voces que tengan distintos puntos de vista al respecto.
Y sé que a algunos de que querían que se pusiera el tema en la mesa no les gusta esto. Pero es necesario.
Los debates son para ganar una mejor perspectiva del problema, no para decir lo que se quiere escuchar.
En teoría algo muy bueno debería salir de aquí: llegar a consensos, una sociedad muy informada sobre el tema que tome decisiones informadas al respecto. Tal vez estemos esperando mucho de una sociedad polarizada que exige respuestas simples ante un fenómeno que tiene muchas complejidades. Las respuestas simples:
La culpa es de los gringos, hay que correrlos
Hay que regular todo, prohibir
Esto es una lucha de clases ¡muerte al capitalismo!
La gente indignada es floja y huevona, la gente que los desplaza es trabajadora. ¡Pónganse a trabajar!
Todas las personas molestas son resentidas que quieren que el gobierno les regale todo
La gentrificación no existe, es un invento de la izquierda para imaginar problemas donde no los hay.
Verán que estas respuestas tan simplistas vienen de ambos lados del espectro. Naturalmente si este tipo de argumentos son los que dominan y si las políticas públicas se crean alrededor de estos argumentos, pues el resultado va a ser un desastre. Pero bueno, mucha gente quiere respuestas simples ya sea por sus condicionamientos ideológicos o porque están movidas por las emociones y no se detienen a pensar.
Quiúbole con la gentrificación
Ya de por sí el concepto de gentrificación tiene muchas aristas. La RAE la define así:
Proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo.
Claro. Es una definición sencilla, pero que deja entrever dos cosas:
Que el barrio se renueva con todo lo que eso implica:
Mejores servicios
Circula más dinero
Se generan más empleos y se crean negocios
Y sí, que hay gente que ya no puede pagar por vivir ahí y se tiene que ir a otros lados.
En este entendido, la gentrificación no es buena o mala per sé, más bien se puede decir que tiene efectos tanto positivos como negativos. Es un fenómeno que ocurre en las distintas ciudades del mundo. La gente que es desplazada migra a otros lugares donde las rentas son más baratas y ellos mismos terminan, a su vez, gentrificando esos barrios y desplazando a quienes vivían ahí. Es decir, los desplazados pueden terminar, a la larga, beneficiándose del proceso de gentrificación que su presencia causa en los barrios a los que llegan.
Algunos de los gringos que llegaron a la Condesa fueron desplazados de sus barrios originales. Tal vez no sea en todos los casos, pero en el tiempo que viví en la Condesa escuché casos de personas que vieron como sus barrios se encarecieron y vieron con buenos ojos venir a México a un barrio que les pareció bonito y asequible para sus ingresos.
Es decir, muchos gringos fueron desplazados de sus barrios, a su vez, al llegar a la Condesa desplazaron a otros que van a vivir a otros barrios donde van a desplazar a otros. En ese proceso, los barrios donde ocurre este fenómeno mejoran, tienen mejores servicios.
Es claro. Ser desplazado no es nada grato. A nadie le gusta que el casero llegue y te diga que como no puedes pagar debes dejar tu departamento. Esto implica muchas cosas:
Tener que irte a un lugar menos atractivo, con servicios no tan buenos, siendo que tienes el mismo ingreso o salario.
La disrupción que esto implica para una rutina:
Es posible que el trabajo o la escuela te quede más lejos
Que tal vez esos servicios que tenías (gym, super) no queden tan a la mano
En caso de haber socializado en el barrio, tener que romper con ello e irte a un lugar donde no conoces a nadie.
El estatus es algo que no se menciona en el debate pero tiene mucho peso. Si eres desplazado a un barrio menos atractivo, ello puede tener un efecto negativo en el estatus percibido como persona.
La incomodidad propia que implica una mudanza
Si llevas mucho tiempo viviendo ahí (varios años o décadas), la pérdida de arraigo.
Los procesos de gentrificación son comunes y normales en las ciudades. Con el tiempo los barrios cambian, la gente se mueve de lugar por distintas razones. Las sociedades son dinámicas.
Es la crisis de vivienda, estúpido
Y es que el problema subyacente, real, es la crisis de vivienda.
Ya dije cómo la gentrificación implica que personas de más alto poder adquisitivo llegan a un barrio mejorando la calidad de los servicios y la seguridad mientras que los habitaban ahí, al ver los precios encarecidos, tienen que irse a vivir a otros barrios.
La crisis de vivienda puede convivir mucho con la gentrificación y hay quienes consideran a la gentrificación como un componente de la crisis de vivienda, pero no son lo mismo. La crisis de vivienda es un problema generalizado donde, por el alza de precios y la escasez de oferta (ambas cosas completamente interrelacionadas), las personas tienen una mayor dificultad para acceder a una vivienda digna. Esta crisis es una realidad que afecta a muchos países del mundo.
Aunque se considere la gentrificación como un componente de la crisis de vivienda, es completamente posible que la gentrificación exista sin ella. Es decir, un barrio se puede encarecer pero hay la suficiente oferta como para que 1) los precios del alquiler no suban tanto y 2) que las personas que dejan el barrio por el alza de precio no tienen dificultad en encontrar otro hogar con servicios que sigan siendo relativamente buenos.
Es decir, considero que la molestia con los procesos de gentrificación, que siempre han existido (la Condesa se ha gentrificado varias veces) se disparó por la crisis de vivienda donde la demanda de hogares supera en exceso a la oferta. Eso pasa en la CDMX, en California, Barcelona, Madrid, Londres. Así, atacar el problema de la gentrificación per sé y sin comprender el problema de crisis de vivienda probablemente lleve a políticas públicas equivocadas.
Considero que la pregunta sobre la que todo tendría que girar es ¿por qué no hay oferta de hogares que logren satisfacer a la demanda? ¿Por qué mientras se construyen muchas torres de lujo al tiempo que se construye poca vivienda para personas de clase media y, sobre todo, para los sectores populares? Ahí entonces tenemos que hablar de restricciones excesivas que el gobierno pone, la corrupción en este ámbito, la especulación inmobiliaria.
Dado que la crisis de vivienda es un fenómeno multicausal, debe abordarse desde distintas posturas e incluso con un enfoque interdisciplinar. Importa mucho el componente económico y financiero, pero también el social y humano y tal vez hasta el político. Yo soy escéptico sobre las excesivas regulaciones como medida para resolver el tema y, en la mayoría de los casos, tal vez me inclino más hacia un enfoque liberalizador: que haya menos restricciones para construir vivienda (quitando las que son absurdas y dejando solo las necesarias como las que tienen que ver con estructuras resistentes a sismos, entre otras) y más incentivos para para que la iniciativa privada lo haga, que el gobierno construya más vivienda. Eso no implica que no crea que en alguna situación particular alguna política regulatoria pueda llegar a funcionar, pero cualquier propuesta debe de ser validada en la medida de lo posible con evidencia empírica y experiencias previas.
Antes de ser presas de las emociones o la indignación, habría que investigar qué es lo que se ha hecho en otros países (por ejemplo, una de las propuestas más comunes habla sobre regular Airbnb. Sin embargo, en Nueva York, aunque estas medidas desaceleraron el incremento de las rentas de 7% a 3%, estas siguieron incrementándose y no aumentó la oferta de vivienda como se esperaba). Habría que investigar los efectos tanto de las políticas regulatorias como de las políticas liberalizadoras, de estrategias de construcción de vivienda (ya sea tanto por el gobierno como por el sector privado). Aunque es un fenómeno global que no ha sido solucionado, muchos países (sobre todo Europeos y Estados Unidos) ya tienen más experiencia
La xenofobia
¿Se justifican las agresiones y los deseos de que los gringos sean corridos de La Condesa? Por supuesto que no.
No podemos hacer generalizaciones y pensar que todos los manifestantes son vándalos o que todos eran xenófobos, pero lo cierto es que, aunque hayan sido los menos, hicieron mucho ruido y se hicieron notar. Constantemente hemos visto expresiones de xenofobia frente a este fenómeno y este es, en mi punto de vista, un sentimiento irracional que conforme toma más forma, se comienza parecer cada vez más a la xenofobia que existe en Estados Unidos hacia los migrantes mexicanos.
Los gringos no son los únicos que están gentrificando barrios en México, pero se han convertido en el chivo expiatorio y creo que esto ocurre por diversas razones:
La gentrificación gringa en la Roma – Condesa es más agresiva dado que ellos tienen un poder adquisitivo mucho más alto que el mexicano porque trabajan para empresas de origen
Algunos norteamericanos deciden no adaptarse al barrio al que llegan, solo hablan inglés y establecen sus microcomunidades (aunque en mi experiencia no todos y sí hay varios que se integran).
El roce histórico con Estados Unidos
El contexto actual de la relación con Estados Unidos, deportaciones y discursos de odio contra migrantes desde el poder político estadounidense.
Creo que ello no es razón suficiente para usar al estadounidense como chivo expiatorio. Es cierto que la gentrificación es más agresiva, pero al mismo tiempo hay mayor derrama económica y se generan más y mejores empleos que benefician a mexicanos. Algunos pierden (los que son desplazados) otros ganan. Mucha gente parece ignorar hasta deliberadamente eso, la llegada de los gringos también ha beneficiado a varios mexicanos.
Es cierto que, a lo largo del tiempo, muchos de los derechos que hoy gozamos no se ganaron pidiendo permiso, pero el caos generado por los vándalos atentando contra muchos negocios que no tienen ninguna responsabilidad ni culpa en el problema no ayuda mucho a la causa y solo perjudicaron a emprendedores y trabajadores mexicanos que trabajan duro para ganar dinero, porque no solo fueron tiendas estadounidenses las afectadas (cuyos franquiciatarios y empleados son mexicanos y, por tanto, la mayoría del perjuicio se la llevan los mexicanos) sino también negocios y restaurantes mexicanos.
Nada de esto ataca el problema de raíz, la crisis de vivienda. El gobierno (y ya lo estamos comenzando a ver en su discurso) podría estar motivado a establecer «parches» para mantener contenta a la gente molesta sin reparar que a largo plazo las consecuencias podrían ser peores en vez de tomar el tema de la crisis de la vivienda por los cuernos.
En México conocemos a España como la Madre Patria. De esa región (aunque no existía España como Estado-nación en esos tiempos) llegó Hernán Cortés a conquistar y, de alguna forma, colonizar nuestro país.
La Nueva España existió hasta que se consumó su independencia en 1821 y a partir de ahí un nuevo país independiente comenzó a trazar su historia. Hoy, España es un país relativamente desarrollado dentro de la Unión Europea con una buena calidad de vida y una sociedad igualitaria mientras que México es un país en «vías de desarrollo» donde los grandes rascacielos de corporativos (de los cuales, en general, México tiene más y más altos) y los centros comerciales conviven con la pobreza más extremas, la violencia y los caminos sin terminar.
Pero para entender a un país hay que conocer al otro, hay que ponerlo en contraste, y qué mejor que hacerlo con su Madre Patria, de donde heredó gran parte de su cultura. Por eso es que he decidido escribir este artículo estando en España, después de 5 días de pasearme en Madrid y Barcelona, recorrer sus calles y platicar con amigos que están residiendo en este país.
Aclaro que, para este caso, el contraste aplica más para las principales ciudades de ambos países que son con las que he tenido contacto y que es mi experiencia después de pasar varios días en este país, y que como no resido ahí seguramente habrá muchísimos detalles y características de la sociedad española de los que no he reparado.
Estar aquí ha sido para mí me ha generado alguna suerte de conflicto porque la realidad española (que no es perfecta ni mucho menos) me parece que acentúa problemáticas y carencias de nuestro país a las que, por la cotidianidad, ya estaba acostumbrado y tal vez hasta normalizado. Muchas de ellas se pueden explicar, al menos parcialmente, por el rezago económico, pero otras son de carácter cultural y son productos de muchos procesos históricos propios de la colonia y el sistema de castas que se creó en nuestra región.
No cabe duda, para empezar, lo evidentes que son los lazos culturales que México tiene con España, sobre todo si de Madrid hablamos, ciudad que tuvo un mayor influjo en el terreno estructural (político, religioso), aunque ciertamente Barcelona sí llegó a tener cierta influencia sobre México pero ya más bien después de la Independencia y gracias a los intercambios culturales, arquitectónicos y artísticos. Basta por pasear por estas dos ciudades para comprender de donde viene gran parte de la arquitectura levantada en nuestros centros históricos.
Pero aún así, si bien existen muchas similitudes entre ambos países, existen muchas diferencias. Es evidente que la arquitectura colonial mama de la española y pasearte por el centro de Madrid, por el Barrio de las Letras o por el Paseo Gótico de Barcelona hace que te acuerdes más de una vez de México, de sus centros históricos o ciudades como Guanajuato y Zacatecas. Las diferencias, sin embargo, se comienzan a ver ahí mismo porque en España los edificios están mejor cuidados y mantenidos. Los centros históricos en México fueron progresivamente deshabitados mientras que en España vivir ahí puede llegar a ser prohibitivo por la alta demanda. En México al centro histórico se le relaciona con los sectores populares o el comercio informal. En España es irrelevante porque su sociedad casi no está estratificada y las clases sociales son poco notorias.
Y hablando de clases sociales ahí se nos presenta algo que a veces queda inadvertido en la cotidianidad pero que se vuelve grosero y grotesco al hacer el contraste. México es un país muy clasista. Por lo general, la identidad del mexicano está ligado a su clase social. Importa mucho donde vive, qué estudió, en qué trabaja, cuánto gana y qué carro tiene. Esos elementos son una señal muy presente en las relaciones interpersonales y dichos elementos ayudan a clasificar a los individuos en distintos sectores. En España eso es mucho menos notable. Acá es más difícil saber a qué clase social pertenece cada persona y la gente está menos al tanto de eso. A veces para ellos pueden llegar a ser algo insultantes esas distinciones. Los barrios acá son más parecidos, tienden a contrastar menos unos de los otros.
Para el mexicano el dinero como símbolo de status es muy importante, sobre todo en las clases medias y altas. Para el español no lo es tanto. No es que el dinero no le importe, claro que le importa, pero lo ve como más como un medio para el buen vivir que como una señal de status. Pasa algo igual con el vestido, no es que la vestimenta como señal de status social no exista en España, pero ocurre de forma más discreta y menos relevante. En México el vestir, el usar tal o cual marca busca simbolizar el status social de un individuo mientras que en España uno a veces puede vestir bien más por gusto que por ostentación. En nuestro país las mujeres utilizan más maquillaje que en la Madre Patria, donde o no lo usan o lo usan de forma discreta. Naturalmente, todos estos patrones de comportamiento son producto de una sociedad estratificada producto de un entramado de procesos históricos distintos a los de España.
La sociedad en España es más igualitaria no solo por el sistema económico, que sigue siendo un sistema capitalista (claro, con un sistema de seguridad social más robusto) sino por diversos patrones culturales que la configuran como tal. Vivir bien en España puede ser más importante que tener la urgencia de subir o mantener la posición social (lo cual genera presión en la psique del mexicano). Esa presión no necesariamente se traduce en una sociedad económicamente más productiva y es posible que ésta inhiba a los individuos de tomar decisiones acertadas a largo plazo. No es gratuito que los gurús del emprendimiento y diversos coaches tengan mucho más jale en nuestro país. No se trata necesariamente de ascender o ganar más, sino de la urgencia de hacerlo: aparentar, endeudarse para comprar el nuevo carro para apantallar a las personas del sexo opuesto o hasta corromperse para ese fin. México ciertamente mama de la cultura competitiva de Estados Unidos, pero nuestro vecino del norte, a pesar de tener una sociedad más desigual que la de sus pares desarrollados, es una sociedad mucho menos estratificada que la nuestra.
España presume de un gran sistema de transporte público. En sus principales ciudades, el peatón es importante. Las ciudades están muy bien conectadas, tanto por dentro como por fuera. Barcelona, que tiene poco más de la mitad de tamaño que Guadalajara, tiene 12 líneas de metro mientras que Guadalajara tiene 3 y apenas está construyendo su cuarta. La ciudad de Madrid (como ciudad) tiene poco más de 3 millones de habitantes mientras que la CDMX tiene 9 millones. Madrid tiene una línea más de metro que la CDMX. Regresando al tema del clasismo, es notable la diferencia de clase social entre quienes usan automóvil y el transporte público. En España, esto es mucho menos notorio si es que se llega a notar.
Ciudades como Madrid y Barcelona son perfectamente caminables de cabo a rabo, lo cual no ocurre en CDMX o Guadalajara y mucho menos Monterrey donde las zonas «caminables» se concentran en zonas específicas de la ciudad, ciertas colonias o barrios, sobre todo aquellos que tienen vida. Las banquetas en España son amigables y no son muy estrechas. Suelen estar bien cuidadas y siempre están adaptadas para personas con discapacidad. Los automovilistas tienden a respetar el paso al peatón y nunca «avientan el automóvil». Los peatones, de la misma forma, nunca se «atraviesan a la brava», a veces pueden cruzar la calle en semáforo rojo pero solo lo hacen cuando se han cerciorado de que no viene ningún automóvil cerca (porque para eso todos los cruces tienen semáforos peatonales)
La diferencia del respeto hacia la mujer también es drástico. No es que la situación no sea perfecta y no existan problemas que se puedan catalogar como violencia de género, pero me llamó la atención que a las 6 de la mañana mujeres de buen ver pudieran caminar en las calles sin preocupación alguna. En los 6 días que estuve en la ciudad nunca escuché ningún piropo indeseado o una mirada lasciva, lo cual es muy común en México (e incluso pueden llegar a verse en ciudades de Estados Unidos).
Y hablando de género, los roles entre el hombre y la mujer son más tenues que en México, e incluso se ve en el trato que se dan en la calle. En España es común ver a hombres paseando a su bebé en la carriola y, de la misma forma, más de una vez me tocó ver a un hombre cambiar el pañal del bebé en el baño porque sí, el baño de hombres suele también estar habilitado para esas tareas.
De la misma forma, es de notar que España es una sociedad muy liberal. Se nota que la gente con distintas orientaciones o preferencias sexuales se mezclan con la gente sin ningún problema o sin ser juzgados, a diferencia de México donde, si bien se han integrado más con el tiempo, todavía llaman la atención en algunas personas. Así mismo, no es poco común escuchar a los españoles hablando de temas que no serían tan bien vistos en México, como una pareja hablando en la calle de su relación sexual (cosa que escuché más de una vez) e incluso es normal que en la publicidad exterior pueda aparecer un busto de mujer al descubierto (lo cual generaría indignación en el país). La relación de la gente española con el sexo es muy peculiar.
Otra cuestión, a la cual no se le puede juzgar como más buena o más mala, pero que yo prefiero en el caso de España, es que acá la gente es más directa y franca. La gente dice lo que piensa y no se la piensa tanto si aquello que va a decir va a «herir susceptibilidades» y ya sabes qué esperarte de las personas con las que estás conviviendo.
A muchos mexicanos que vienen no les agrada del todo el servicio al cliente en los restaurantes porque a veces puede ser más frío o seco por el hecho de que, al no haber una cultura de propinas, no tienen incentivos para ser «muy» amables con el comenzal. A mi parecer, esto no me parece un problema, y de hecho no pocos meseros fueron amables conmigo, y eso se agradece porque dicha amabilidad la percibí más franca, meseros que platicaban contigo sin ningún interés detrás. Cabe decir que no me gusta la cultura de las propinas (sobre todo en México) porque pienso que, de alguna forma, degrada el trabajo de los propios meseros y eso da excusas para que sus empleados les paguen mal y poco. Yo preferiría que la comida fuera un poco más cara y que esa diferencia de precio sea compensada por la ausencia de propinas.
Todo esto no implica que los españoles no tengan problemas, algunos propios y otros que comparten con nosotros. No todo es miel sobre hojuelas. Acá también existe polarización política, problemas con la migración (migrantes que llegan al país y se encuentran con un escenario muy complicado para sobrevivir), índices de desempleo mayores a los de México, problemas con la vivienda, envejecimiento (que genera presión en el sistema de seguridad social) y un sinfín de problemas como casi cualquier sociedad.
Tampoco esto debería invitar a hacer juicios de valor a nosotros los mexicanos que, a pesar de tener muchos problemas (subrayo la violencia y el clasismo), también es una cultura que tiene varias virtudes y de la cual me siento orgulloso de pertenecer. Hay que recordar que más que la «voluntad» de los individuos, estas diferencias son producto de diversos procesos históricos y dichas diferencias (sobre todo en el aspecto negativo) no van a cambiar de la noche a la mañana pero creo que estos ejercicios sí pueden ayudar a concientizarlos para, a partir de ahí, irlos mejorando para seguir madurando y progresando como sociedad.
Los contrastes sirven, te confrontan, te hacen ver que aquello que dabas por sentado en realidad no lo era tanto, que la cultura tiene una gran importancia dentro de una sociedad, que la moldea y la da forma, que los siglos de historia pesan en la conformación de dicha cultura, que nuestra realidad no es universal, sino que hay muchas, pero a pesar de ello siempre se pueden encontrar algunos patrones que parecen ser constantes en las distintas culturas.
Porque, al final, todos somos seres humanos buscando satisfacer nuestras necesidades. Lo que cambian son los arreglos (culturas) para llegar a ese fin.
Por lo general, a un desastre natural le suceden actos de saqueo y rapiña.
A la opinión pública de redes sociales le ha llamado mucho la atención la cantidad de saqueo que ha habido después del huracán en Acapulco.
Y sabemos que la discusión en redes suele tornarse binaria y polarizante, muchas veces cayendo en ambos extremos:
Así, por un lado se encuentran las personas que condenan con ferocidad cualquier extracción de productos de la tiendas y exigen mano dura. Por el otro están quienes tratan de ser «comprensivos» incluso con aquellas personas que aprovechan para robar televisiones, artículos de lujo y demás.
Me he encontrado, de forma muy recurrente, con este tipo de argumentaciones en Twitter, Facebook o TikTok. Pero, como ocurre con casi cualquier fenómeno, la situación es más bien un tanto más compleja y hay que echarse un clavado para comprenderla.
Tenemos que empezar desde el principio:
Al ser parte de una civilización, todos nosotros vivimos en una suerte de orden social a través del cual los seres humanos buscamos optimizar nuestro bienestar. Este orden social es un entramado de procedimientos de todo tipo, mecanismos, normas sociales o culturales y legales (Estado de derecho), actos rutinarios que se repiten una y otra vez, y claro, cierto grado de incertidumbre que suele estresar en cierta medida este orden con el fin de mejorarlo, pero generalmente sin comprometerlo.
Al ser parte de este orden social, como bien señalaba Thomas Hobbes, los individuos cedemos algunos derechos tales como el derecho a robar o el derecho a matar para así poder vivir en una sociedad relativamente armoniosa en vez de vivir en el caos y la anarquía absoluta. Aunque las configuraciones de orden social difieren en cierta medida en distintas culturas, estas son producto de miles de años de evolución humana.
Pero resulta que estamos tan acostumbrados a vivir en ese orden social que lo damos por sentado, como si fuera algo natural. Pero no lo es así, el orden existe porque los seres humanos lo sostenemos y porque hemos desarrollado una configuración de incentivos dada para hacerlo así. Pero no es algo dado, es algo que se puede llegar a romper, y justamente un desastre natural tiende a romper o comprometer ese orden social de forma temporal porque destruye parte de los mecanismos que permiten que este orden funcione.
Cuando existe un orden social, la gente trabaja, gana dinero y con ese dinero garantiza su bienestar al comprar productos y servicios que son necesarios para ese fin. Las personas que roban tienden a ser una franca minoría porque en ese orden social los incentivos están configurados de tal forma que pocos individuos tengan incentivos para robar o delinquir. Ciertamente, en tanto el Estado de derecho sea más sólido, los incentivos tenderán a ser aún menores.
Cuando el orden social se suprime, las reglas del juego de dicho orden social dejan de ser funcionales y la sociedad dada cae en una suerte de anarquía. Claro, el desastre natural no destruye el orden social por completo pero sí tiende a reducirlo a su mínima expresión de tal forma que solo algunas normas o procedimientos se mantienen funcionales. Por más grave sea el desastre, el orden social queda más comprometido.
Si el orden social garantiza la supervivencia de la gran mayoría de las personas, incluso muchas de las que viven en algún grado de pobreza, su ausencia las compromete.
Si no hay luz, electricidad ni agua, y si no se tiene un techo, el individuo entra en una situación de incertidumbre tal que tiene que buscar garantizar su supervivencia por sus propios medios.
En tanto el desastre sea más grande, dado que el orden social queda más comprometido, el saqueo será mayor.
En una situación funcional, el individuo iría con billetes o una tarjeta bancaria al Oxxo para comprar la mayor cantidad de víveres posibles para abastecerse: eso es lo que suele ocurrir cuando se avisa a la población que una tragedia está por ocurrir. En tanto la tragedia no ha llegado, el orden social se mantiene y bajo este los individuos toman decisiones para hacer frente a la contingencia.
Pero, después de un huracán donde una ciudad está destrozada, donde los comercios están completamente inoperables, ir a comprar productos no parece ser la solución más racional para los individuos que buscan sobrevivir. Entonces los extraen.
A muchas personas les parece inmoral esta extracción. Yo difiero. Cuando un orden social que garantice el bienestar existe, entonces sí sería un acto inmoral, pero como no lo hay, es irracional actuar como si este existiera para sobrevivir y tener mis necesidades básicas garantizadas siendo que hacerlo me deja en una peor situación.
Y resulta que esto ocurre en cualquier latitud del mundo, ocurrió en Los Cabos, en Texas hace unos pocos años y en el huracán Catrina. No es porque, como algunos han dicho en redes sociales, los guerrerenses sean más corruptos.
Habrá quienes digan que en Japón (que es una excepción a la regla) esto ocurre en muchas menores dosis, pero ello no es producto de la benevolencia de sus habitantes sino de un conjunto de normas legales y sociales que hacen que estas conductas sean menos convenientes. Ayuda también que se trate de un país muy desarrollado donde es más fácil dotar a las víctimas de productos para sobrevivir.
Y no somos Japón, ni podemos aspirar a serlo en un día, y menos en una situación de emergencia.
En un estado así, cuando la supervivencia y la propiedad entran en conflicto, el primer caso debe tener prioridad.
Inclusive, visto desde una perspectiva moral consecuencialista, se gana más de lo que se pierde. La mayoría de los víveres son perecederos: varios de los productos extraídos posiblemente habrían caducado de mantenerse en las instalaciones. También el costo de estos productos suele ser bastante menor que los productos de lujo.
Luego está la rapiña, o el saqueo de productos que no son de primera necesidad. Aquí la situación cambia y ya no se le puede juzgar de la misma manera.
En corto, puedo sostener que, a pesar de lo anteriormente dicho, extraer productos que no son de primera necesidad sigue siendo un acto inmoral y debe ser reprobable.
He escuchado varios argumentos que tratan de defender este tipo de actos:
Unos dicen que los individuos lo perdieron todo y que es comprensible que traten de rescatar algo extrayendo los productos a alguien más.
Pero, en este caso, al tratar de «rescatar algo» alguien más va a perderlo de igual manera, y no solo hablo de «accionistas que tendrán que vender uno de sus cinco yates» sino incluso de empleos perdidos en alguna parte de la cadena de suministro, por poner un ejemplo, para subsanar esa pérdida. Esto último puede ser más comprensible con los productos de primera necesidad por la necesidad de supervivencia (sobre todo porque es más lo que se gana que lo que se pierde), pero aquí no existe.
Un argumento más interesante es que esos bienes les permitirán sobrevivir a largo plazo: robo una televisión para así poder venderla y poder garantizar cierta cantidad de ingresos mientras se estabiliza la situación.
Sin embargo, ello es más problemático que el caso de los víveres porque, si este es el caso, el individuo tiene un margen de maniobra mucho mayor.
Además, tendríamos que preguntarnos si ese es el caso. Sospecho que la mayoría de los que se involucran en actos de rapiña no extraen esos productos con ese fin.
Pero, estemos de acuerdo en que es inmoral o no, la rapiña siempre va a existir en un desastre ¿por qué?
Porque cuando no hay un orden social, es mucho más difícil que alguien me castigue si decido robar.
Puede sonar crudo, pero muchas personas no roban por convicción, sino porque no lo consideran conveniente. Un individuo prefiere trabajar y comprar cosas porque ello le es menos costoso que robarlas. Si las roba, puede ser detenido, señalado por la sociedad y caer en la cárcel.
En un desastre natural, el orden de incentivos cambia por completo.
Y esto también pasa en Los Cabos, Houston o Nueva Orleans. La condición humana es así.
Y esto me lleva a un apartado muy importante, la presencia de las autoridades y el Estado de derecho, algo que ha estado completamente ausente en los primeros días después del huracán Otis.
Si el orden social se desvanece ante un desastre y la sociedad se hunde en el caos, la presencia y el rápido actuar del gobierno ayuda a que este desplome sea más tenue y, por tanto, que haya menos saqueo. Pero claro, mucho más importante aún que lo material es que si el orden se reestablece de forma más rápida, menos víctimas sufrirán a causa del desastre.
Otras decisiones que ha tomado el gobierno, como restringir la entrada de víveres y monopolizarlas con el ejército, empeora aún más las cosas. Porque la llegada de los víveres ayuda a reestablecer un poco la situación, tranquiliza más a la gente y le da más margen de maniobra en tanto el orden comienza a reestablecerse.
Si el orden no se comienza a restablecer, el desastre puede convertirse en una tragedia humana. Si ya no hay nada que saquear, si no hay víveres, los individuos pueden sentirse orillados a cometer actos más antisociales para sobrevivir, como asaltar o robar a personas, por decir lo menos.
Así, sin un orden social, llegamos a la total anarquía y a la pesadilla hobbesiana donde todos tienen el derecho a todas las cosas. Ahí, donde en el gobierno no hay liderazgo y voluntad, ahí donde el caos será mayor.
Conclusión:
Es fácil argumentar que el saqueo es porque sean guerrerenses, o que el saqueo siempre es bueno o siempre es malo. Algunos dirán que es malo porque el saqueo implica robo, y la palabra robo tiene una connotación negativa, pero ello no quiere decir que en todos los casos sea algo inmoral.
Por ejemplo, la palabra matar tiene una carga muy negativa, pero no implica que en todos los casos matar sea malo: si yo mato en defensa propia para proteger mi vida o la de mis seres queridos no estoy actuando mal. De igual forma, si yo robo un producto porque considero que no tengo otra forma de garantizar mi supervivencia no estoy incurriendo en un acto inmoral.
Estos juicios son complicados, y en este artículo traté de argumentar mi punto de vista. Se puede justificar el saqueo con de víveres como alimentos o ropa para garantizar mi supervivencia y mis necesidades básicas en un desastre, no se puede justificar cuando se trata de productos que no tienen ese fin y que están más orientados al lujo y al entretenimiento.
De la misma forma, el Estado debe estar lo más presente posible para 1) reestablecer el orden y reducir el impacto del desastre en las víctimas (que es lo más importante) y 2) que los saqueos sean en menor cantidad, ya no solo por la vigilancia como tal, sino porque ha permitido y promovido la distribución de víveres a los afectados.
No soy un experto en el conflicto de Medio Oriente. Para explicarlo a detalle existen personas más preparadas en el campo que yo.
Pero hay algo que me llama sobremanera la atención y eso es la reacción en redes sociales de muchos usuarios.
No es que esta situación sea completamente novedosa, más bien es que es muy reveladora dadas sus peculiares características: revela las filias, las fobias, los prejuicios y las contradicciones que son, en cierta medida, producto del pensamiento binario que abundan en las redes y que terminan revelando un tufo antisemita, por un lado, e islamofóbico por el otro, lo cual en sí debería ser muy preocupante.
En las redes sociales abundan argumentos simplistas, no necesariamente expresados de forma explícita pero que son más que obvios al punto en que no pareciera haber alternativa entre el antisemitismo y la islamofobia.
Por ejemplo, muchas personas asumen que apoyar a Palestina implica apoyar a Hamás, en tanto que otras asumen que solidarizarse con las víctimas del terrorismo de Hamás implica apoyar a Netanyahu. Eso, sin embargo, es un falso dilema.
Por otro lado, no deja de ser cierto que estén quienes al simpatizar con un bando relativizan las muertes del otro. Es cierto que no pocos pro-palestinos de redes relativizaron el atentado terrorista contra los israelíes inocentes para gritar sus consignas, y también es cierto que no pocos pro-Israel de redes relativizan las muertes palestinas, incluso con aberrantes argumentos del tipo: «en 2007 votaron por el gobierno de Hamás, se lo merecen, disfruten lo votado».
Y ni qué decir del trato de las noticias.
Porque naturalmente los conflictos bélicos están rodeados de propaganda, la cual se mueve cada vez más por medio de las redes sociales dada su creciente influencia. Es natural que Israel como Hamás también estén librando una «guerra online«, pero eso no parece motivar a la gente a ser cautelosa con la información que recibe. Mas bien se toma la información que confirme su postura y rápidamente, sin pensarlo, la propague. El caso del misil que cayó en un hospital es un claro ejemplo.
El clima que se respira y se propaga en redes, por consecuencia, es de odio, incluso por parte de aquellos que «no tienen una vela en el entierro en el conflicto» como personas que no son ni judíos ni árabes y prácticamente no tienen relación o afectación alguna. Algunos obviarán esto y lo dejarán pasar pensando que es «cualquier pleito en redes», pero no es así, ya hemos visto expresiones antisemitas e islamofóbicas en las calles (en Europa y en Estados Unidos sobre todo, pero incluso también en México) y que son producto de todo lo que se comparte y se transmite en las redes sociales. Este clima debería preocuparnos demasiado si no queremos «repetir nuestra historia», pero no lo hacemos.
Preocupante es que la dignidad de las personas, sobre todo de gente inocente que ni siquiera tiene voz y voto en el conflicto, termine siendo para muchos relativizada o sometida a sus pulsiones político-ideológicas.
Esto no significa que la gente deba ser equidistante ante el conflicto y no significa que no pueda tomar posturas. Es válido que la gente, con base en su conocimiento e incluso de sus predisposiciones ideológicas simpatice con Israel o con Palestina.
Yo podría decir que me siento más identificado culturalmente e idiosincráticamente con Israel porque está asociado más a los valores del liberalismo occidental y la democracia, pero eso no me debería privar de reconocer y señalar las cosas que ha hecho mal el estado israelí como los atropellos que ha cometido su gobierno (véanse los asentamientos de Israel en Cisjordania), ni de criticar al demagogo que tienen como Primer Ministro como el que es Benjamín Netanyahu. De igual forma, una persona que simpatiza con Palestina debería reconocer que lo que hizo Hamás fue un atentado terrorista e inhumano que debiera ser condenado y repudiado de forma categórica, además de reconocer que Hamás es muy opresivo con los propios palestinos.
Puedo tomar posturas, pero debo de reconocer que los civiles inocentes, por el hecho de ser humanos, tienen la misma dignidad sin importar bajo qué bandera vivan. No poder reconocer ello es producto, necesariamente, de alguna pulsión antisemita o islamófoba.
Debemos hacer hincapié en que un conflicto bélico no es un partido de futbol: es, valga la redundancia, un conflicto bélico, el cual suele tener matices muy complejos que requieren, además, conocimiento de la situación y donde muchas vidas inocentes están en juego. No importa si el fenómeno a analizar es más evidente como para tomar una postura (que Rusia invada y ataque a Ucrania) u otro más complejo como el conflicto Israelí-Palestino donde incluso hay que aprender a distinguir las partes (Hamas o Netanyahu) del todo (la cultura israelí y palestina).
Pero tal vez esté pidiendo mucho a unas redes sociales donde la discusión civilizada suele ser poca y los ataques al que piensa diferente suele abundar. Las arquitectura de las redes, sobre todo Twitter, parecen motivar a ello: al pensamiento binario, al razonamiento motivado y a la amplificación de los sesgos cognitivos. Nos hace falta mucho para que, como civilización, aprendamos a utilizar estas tecnologías de mejor manera porque su mal uso puede tener consecuencias nocivas en el mundo real.
La Hermosa Provincia en Guadalajara es, posiblemente, una pequeña recreación de alguna suerte de régimen norcoreano en el país. No solo por el totalitarismo que ahí se respira, sino incluso por la extravagancia de la arquitectura (que llega a ser aberrante) de los edificios que albergann esa zona, comenzando por el enorme y horrible templo de la Luz del Mundo que es visible desde la avenida Lázaro Cárdenas desde donde uno llega o abandona la ciudad.
La Luz del Mundo es una religión (o secta) de corte totalitario. Ahí, los fieles entregan su vida por completo a su causa. El líder es incuestionable y toda su existencia está ligada a él. Los fieles entregan por completo su libertad y su criterio para pertenecer a una comunidad. Toda su vida gira en torno a ella y nada de la existencia de las personas puede estar desligada de ella. Esa iglesia, a diferencia de la mayoría de las religiones convencionales, tiene injerencia ilimitada sobre la vida privada de sus súbditos: cobra diezmos, arregla matrimonios. Ello le da el carácter de totalitario.
La libertad trae consigo un problema para los seres humanos: la incertidumbre. Cuando el individuo es libre, repara en que se encuentra frente a un mundo complejo, que le ofrece más preguntas que respuestas a ellas, que tiende a la entropía (lo que explica su carácter inestable) y donde no tiene nada bajo su absoluto control, por lo cual deduce fácilmente que el mundo en el que se encuentra inserto es completamente incierto: no sólo el mundo que compartimos todo, sino el mundo propio que se construye el individuo con el que interactúa.
El individuo libre es, a su vez, responsable de crear e interpretar esta realidad compleja e incierta por cuenta propia.
Los seres humanos tendemos a ser malos para lidiar con la incertidumbre. Es como aquella angustia kierkegaardiana de asomarse al vacío, de sentir el vértigo de la libertad. La incertidumbre es molesta, pero algunos son más capaces de lidiar con ella que otros. Cuando el individuo es incapaz de hacerle frente y termina sintiéndose sometido, busca algún lugar o algún «alguien» para esconderse ahí y evitar hacerle frente.
Naturalmente, el individuo no puede cambiar la realidad ni las muy complejas reglas sobre las cuales se rige el mundo. Sin embargo, puede negarlas y cambiarlas por explicaciones más sencillas de la realidad que le provean todo lo contrario a la incertidumbre propia: explicaciones fáciles (aunque ciertamente falsas), estabilidad, sentimiento de pertenencia, una estructura clara y concisa. Claro, esto conlleva pagar un precio: la libertad.
Iglesias como la Luz del Mundo tienen mucho éxito en ello: proporcionan un gran alivio a todos dichos problemas a cambio de que el individuo se someta al credo, a la iglesia y al líder. El individuo entrega todo su poder a cambio de estabilidad emocional y tranquilidad. No es gratuito que estas organizaciones capten especialmente a personas que son susceptibles psicológica y emocionalmente.
Esto también explica que estas iglesias se vuelvan inmunes ante las críticas y los escándalos, como los que rodean a la Luz del Mundo en el cual su líder Nasoon Joaquín está preso en Los Ángeles por abuso sexual, historia que relata muy bien un documental de Netflix. A una persona que se encuentra fuera de esta organización le parece aberrante que los súbditos no cuestionen las conductas de su líder, pero la realidad es que tendrían que pagar un precio muy alto por hacerlo. No solo por el hecho de que serían reprendidos por la organización, sino porque toda su existencia, su estabilidad emocional y su bienestar psicológico está ligado a ésta. El simple hecho de que un individuo cuestione en su mente a la organización le causa angustia, porque entonces todo aquello que es cierto y dado (por la organización) se tambalea, y con ello su existencia propia.
Esta dinámica, en donde el individuo le entrega todo el poder al líder, siempre tiene consecuencias nefastas. Los escándalos sexuales de Nasoon (que comparte con su padre y abuelo a quienes sucedió) no son la excepción sino la regla dentro de liderazgos que acumulan tal cantidad de poder que los vuelve inmunes ante las leyes y el juicio de la gente que le otorga dicho poder.
Si los individuos ceden todo su poder a los líderes, entonces ellos pueden hacer con éste lo que les plazca. Los líderes son convertidos en dioses o en mitos, y ello les da permiso de hacer lo que quieran porque no tienen que rendir cuentas ni tienen que someterse a las leyes. Los súbditos no reparan (o no quieren reparar) que sus líderes son personas de carne y hueso tan imperfectos como ellos, que, además, suelen cargar con rasgos psicopáticos y megalomanías que acrecienta su peligrosidad.
No es gratuito, además, que estas organizaciones suelan tener alianzas con el poder político, porque ese poder que los súbditos le trasladan a los líderes también pueden ser trasladados al propio poder político. Basta que el líder «bendiga» a la facción política con la que ha llegado a un acuerdo para venderle al político los votos de los fieles: ya sea MORENA, Nayib Bukele o Javier Duarte. Tampoco ello es gratuito porque dentro de la política también son comunes esta suerte de dinámicas: individuos que se someten a una ideología a la cual tratan como dogma, líderes populistas de izquierda o derecha que, a través de un discurso demagogo, dan un sentido a la gente que rápidamente se identifica con ellos y los encumbra como salvadores.
La historia parece mostrar que es más común que el individuo ceda su libertad para no enfrentarse a la incertidumbre que le aqueja. Los regímenes autoritarios, las organizaciones terroristas como Hamas se alimentan de ello. En Occidente apenas hemos logrado construir un sistema donde se le permita al individuo de tener cierto grado de libertad, pero siempre está la tentación, ante cualquier síntoma de inestabilidad, de sucumbir ante líderes autoritarios y carismáticos, como cuando un niño, al apagar la luz de su cuarto, se siente invadido de miedo y corre a la cama de sus papás.
La libertad no es cómoda. Abrir la ventana y observar un mundo complejo e incierto no es algo que tranquilice a todos, pero ese es el mundo que hay, así es como funciona y ni el más abyecto sometimiento lo va a cambiar, aunque haya quienes, con el fin de amasar poder, busquen darle a la gente respuestas sencillas y un espacio seguro ficticio.