Categoría: reflexión

  • ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    ¿Por qué los influencers de izquierda en México son blancos y de buena posición socioeconómica?

    En el no mucho tiempo libre que la maestría me deja me puse a reflexionar: ¿Por qué la gran mayoría de los influencers de izquierda son de clase media-alta o alta? ¿Por qué la gran mayoría son blancos en un país donde la mayoría de la población, sobre todo aquellas que la izquierda dice acostumbrar representar, es morena: mestiza o indígena?

    Pensemos en Antonio Attolini, en Simón Levy, en Diego Ruzzarín, Estefanía Veloz, Alberto Lujambio, Hernán Gómez Bruera. Todos ellos vienen de un sector privilegiado (todos ellos tienen estudios, tienen recursos económicos y contactos) y su posición ha sido indispensable para que estén donde estén.

    Las únicas excepciones que me vienen a la mente son Gibrán Ramírez y Tenoch Huerta, pero luego puedo mencionar más «influencers» (que ahora son parte de gobierno) como Pepe Merino o Andrés Lajous que también vienen de buena cuna.

    Es más, basta comparar la distribución socioeconómica y fenotípica con los influencers de «ultraderecha» que recibieron a Santiago Abascal de Vox, de quienes asumiríamos que son defensores de los privilegios o el orden social prevaleciente. La distribución es parecidísima: la mayoría es blanca y los morenos son la pequeña excepción.

    La nueva derecha dura mexicana, Vox y el PAN

    ¿Por qué sucede esto?

    En este texto no pretendo caer en lugares comunes. No creo que ser de buena posición socioeconómica o ser de fenotipo más caucásico sea incongruente con el hecho de ser de izquierda. Es más, no sería siquiera incongruente que una persona de izquierda cargue con un iPhone en tanto anhele un mundo más igualitario en el cual todas las personas puedan aspirar a comprar uno. Mi texto no pretende recriminar a estos influencers su postura ideológica (más allá de mis discrepancias con algunos de ellos). Lo que pretendo hacer es tratar de explicar por qué esto ocurre y qué problemas hay con eso. ¿Por qué es la gente que pertenece a una élite económica, social o hasta académica y no la que es «parte del pueblo» la que tiene un micrófono y exposición para hablar de justicia social? ¿Por qué no es un líder sindical o un profesor que trabaja con gente que vive en la pobreza?

    Lo más fácil de explicar tal vez sea el hecho de que la gente que vive en la base social no acceda con facilidad a esos espacios. Una persona que tiene que pensar en qué comer y cómo satisfacer sus necesidades básicas difícilmente tendrá las condiciones para convertirse en un líder de opinión: para ello se necesita educación superior (tal vez con algunas excepciones) y tener la capacidad para crear un liderazgo de opinión: ello explica por qué todas las revoluciones (la mexicana, la rusa, la francesa o la cubana) no fueron empujadas por el pueblo oprimido sino por las clases medias que hablaban a su nombre (y que luego tomaron el poder a su nombre y no en pocos casos se perpetuaron «a su nombre»). Pero también hablamos de influencers que requieren una computadora o un teléfono móvil con acceso a Internet.

    Otra cuestión que pueda darnos alguna pista es la educación. En Occidente, la izquierda (cada vez más alejada del marxismo y cada vez más cerca de la posmodernidad) se ha vuelto más elitista con el tiempo. Ciertamente, no pocos líderes de izquierda en la historia tenían cierta educación, pero como comenta el filósofo Michael Sandel en su libro La Tiranía del Mérito, la izquierda, con el tiempo, se ha encasillado en la intelectualidad o la academia de tal forma que se ha alejado de las clases bajas a las cuales acostumbra ver cada vez más por «encima del hombro»: ello explica, dice el autor, que estas clases, alienadas, voten más a Donald Trump o a Marine Le Pen que al partido socialdemócrata.

    La izquierda actual se preocupa más por la equidad de género o los derechos de la comunidad LGBT (lo cual en sí no es algo malo) que por los obreros o los campesinos (lo cual sí es un problema). Es decir, la izquierda contemporánea se ha abocado más a preocuparse por las minorías visibles en su propia clase que por aquellas personas de clases socialmente deprimidas. Si bien, es cierto que López Obrador está muy lejos de formar parte de esa «izquierda cultural» que le es tan ajena, sí que muchos influencers de izquierda en México (tanto aquellos que son seguidores de AMLO como aquellos que no) forman parte de esta nueva corriente, o bien, la amalgaman con la izquierda más clásica (aunque sin esa convicción o esa disposición a «ensuciarse los zapatos» de los izquierdistas de antaño). Se preocupan por los de abajo, pero desde muy arriba.

    Su participación consta de una discusión dentro de una élite en la que la mayoría no participa.

    Pero aún haciendo este descarte todavía nos queda un gran trecho de la población. Si uno se pasea por la UNAM verá que muchas de las personas que estudian ahí no son caucásicas. Muchas de esas personas (sobre todo en ciencias sociales) tienen ideales políticos, gustan hablar del tema e incluso participan en manifestaciones. Si esas personas tuvieran la mismas oportunidades para acceder a los espacios de opinión para volverse influencers u opinadores relevantes entonces tendríamos que ver otro tipo de distribución fenotípica y de clase: una donde ciertamente existan algunos de fenotipo más caucásico pero también algunos morenos e incluso alguno que otro indígena. Sin embargo, eso no ocurre. Algo pasa que muchos de ellos se quedan «atorados» en el camino y solo pocos logran avanzar.

    Aquí se vuelve más difícil de discernir qué es lo que está pasando. ¿Será que las personas de clase media-alta o alta tienen el suficiente tiempo libre o los contactos que el clasemediero no tiene? ¿Es que, siguiendo a Sandel, la sociedad en su conjunto está discriminando más a los líderes de opinión por su nivel educativo? ¿Será que hay una actitud diferenciada ante la gente por su apariencia fenotípica? ¿Será que la gente más «clasemediera» al ver que las barreras de entrada son algo más altas, desista de ser líder de opinión? Son preguntas que dejo al aire porque me son imposibles de contestar sin evidencia en mano: posiblemente podrá ser un muy buen tema de investigación para quienes estudian un doctorado. Lo único que sí puedo decir es que la distribución fenotípica y de clase no es producto de la aleatoriedad.

    ¿Y cuál es el problema?

    La izquierda dice ser cercana al pueblo y conocer las necesidades de la gente más de lo que lo hace la derecha. Ciertamente, como afirma el psicólogo social Jonathan Haidt en su libro The Righteous Mind, la gente de izquierda (o progresista) tiene una mayor facilidad para preocuparse por «el otro» que sus contrapartes de derecha. Sin embargo, no es lo mismo leer a Marx o a Piketty que vivir la realidad que vive la gente que dicen representar. No es que sea inútil leer a autores o estudiar, todo lo contrario, pero ciertamente la experiencia te da una sabiduría que no necesariamente te da la educación formal. Muchos líderes históricos de izquierda, aunque fueran de buena posición económica, se ensuciaban los zapatos, daban discursos. Los de hoy opinan en redes sociales y, en algunos casos, los invitan a programas de opinión. Habría que preguntarle a la gente que vive en colonias populares o con cierto grado de pobreza si saben quien es Diego Ruzzarín o Simón Levy. Seguramente la gran mayoría contestará con una negativa.

    Al final, su participación consta de una discusión dentro de una élite sobre cómo debería ser el mundo y qué es lo mejor para toda la población, pero en la que la gente que no forma parte de esa élite prácticamente no participa.

    Lo que habría que preguntarse es si estos influencers de izquierda conocen la realidad de aquellos que dicen defender y de quienes hablan a su nombre. Estos influencers hablan de desigualdad, de la canasta básica, de la escasa movilidad social y de otros temas que seguramente tienen cierta relevancia, pero difícilmente conocen el día a día que viven estas personas más allá de los artículos o las notas sensacionalistas de los noticieros. Al de abajo lo observan desde arriba, desde una posición privilegiada.

    El problema con ello es que entonces ellos asumirán que saben lo que los otros quieren cuando realmente no lo saben, con lo cual se corre el riesgo de convertirse en una suerte de imposición: «tú no sabes lo que quieres, mientras que yo, que tengo educación y preparación y que, sobre todo, soy de izquierda, sé qué es lo que quieres y necesitas, y lo diré en canales que seguramente tú no ves: en Twitter, en un programa de TV de paga». Una actitud así no podrá hacer otra cosa que generar resentimiento entre aquellos con los que dicen empatizar como ha ocurrido con el Partido Demócrata en Estados Unidos.

    Y de igual forma ocurre cuando el gobierno pretende reivindicar a los indígenas cuando casi nadie de los integrantes es indígena ni mucho menos representa a una de esas comunidades. Ello se vuelve una imposición porque entonces el «no indígena» le dice al indígena cómo es que tiene que se reivindicado (lo cual es completamente paradójico).

    La mejor forma de que el pueblo se escuche es que más personas que vienen de abajo tengan mayor acceso al micrófono. Evidentemente, si existiera una mayor movilidad social, esto sería más posible. Seguramente la perspectiva de la gente que viene «de abajo», que sabe lo que es estar abajo, será muy enriquecedora y le dará más voz al pueblo.

    Todo esto no quiere decir que los «influencers» actuales no tengan la capacidad de aportar algo valioso a la discusión ni mucho menos que se les deba descartar solo por el hecho de tener una buena posición socioeconómica (más allá de que muchos de ellos no sean de mi simpatía), lo que es cierto es que sus opiniones estarán casi condenadas a emitirse desde una postura elitista (es decir, desde su condición de miembros de una élite económica, social o académica) por lo que siempre quedará algo «incompleto» y lo que es cierto es que correrán el riesgo de asumir qué es lo que la gente más desfavorecida quiere cuando pocas veces realmente han convivido con ella y poco conocen de sus necesidades.

  • Jugaremos, habla mal del Peje

    Jugaremos, habla mal del Peje

    Jugaremos, habla mal del Peje

    Lo he dicho antes: contra lo que piensa mucha gente, creo que López Obrador es una persona inteligente y hábil políticamente. Será pésimo para las políticas públicas (policy) pero es lo completamente opuesto cuando se trata de hacer política (politics). También he comentado que políticamente (para los intereses del régimen) las mañaneras son una genialidad.

    Por ello deberían preocuparnos los amagos autoritarios de este gobierno. Por ello debería preocuparnos que Alejandro Madrazo Lajous haya sido removido de la dirección del CIDE Centro con el ridículo argumento de «pérdida de confianza», por ello debería preocuparnos la exhibición que se hace de muchos ciudadanos en las mañaneras por atreverse a criticar al presidente.

    En su genialidad política, López Obrador ha logrado construir una narrativa en la cual se presenta como un hombre democrático que accede (a diferencia de otros presidentes) a escuchar aquél que disiente con él. El oficialismo dirá que no ha habido otra presidencia que permita que Jorge Ramos o Denise Dresser puedan acudir a reclamarle. Si Peña Nieto se escondía en el baño de la Ibero o si Calderón iba acompañado de sus guaruras a todos lados, López Obrador ahí está en el templete escuchando lo que el opositor tiene que decir.

    Pero dicha dinámica es un engaño, porque el juego está armado de tal forma que él gane. Él sabe que Denise Dresser o Jorge Ramos, después de tener ese atrevimiento, van a ser linchados en redes sociales por el oficialismo: van a hacer memes para humillarlos, para mostrarlos como corruptos, conservadores o prianistas. Así, alguno se la pensará dos veces antes de plantarse en Palacio y reclamarle cualquier cosa a AMLO. Deben saber que les va a llover: sus nombres serán recordados en la lista de antagonistas de la transformación que posiblemente tendrá más peso que la solidaridad del círculo rojo.

    Así, el régimen presume que no censura: a nadie se calla, puedes venir a hablar. El gobierno no te va a encarcelar, los que te van a linchar en las redes sociales son simples tuiteros que «están usando su libertad de expresión así como tú utilizaste la tuya».

    Pero, conforme pasa el tiempo, la censura, aunque todavía sutil, se vuelve cada vez más explícita. El caso de Madrazo Lajous y el CIDE muestra la poca tolerancia que el régimen tiene a quienes no se alinean a la concepción personalísima del mundo que tiene López Obrador (a lo que ni siquiera se le puede llamar ideología). Así ocurrió con los académicos a los cuales el régimen amagó con encarcelar. Dudo mucho que la intención del régimen fuera esa, más bien quisieron hacer creer que la gente que conforma la comunidad académica (sobre todo la que no está alineada al régimen) es corrupta para así descalificar al mensajero. ¿Que con un análisis de datos corroboraron el pésimo manejo de la economía por parte del régimen? Ah, recuerda que ellos son corruptos y no están del lado del pueblo.

    El régimen construye su narrativa de tal forma que pueda blindarse (al menos ante sus simpatizantes, que son millones) de la idea de que se trata de un régimen autoritario, y le funciona. La indignación por los atropellos al CIDE o a los académicos es completamente válida, pero se queda en el círculo rojo. Las mayorías ven estos asuntos como algo lejano a ellos y que no les atañe, tienen muchas otras preocupaciones antes que pensar en la ciencia o la academia, que ciertamente se conforman como élites (no pueden no serlo en ningún momento en ningún lugar), pero son precisamente élites a las que, por su carácter público, muchos más mexicanos pueden tener acceso y formar parte de (muchos de sus miembros no vienen precisamente de una cuna privilegiada y accedieron ahí gracias a una beca o un fideicomiso). Atentar contra la comunidad académica, que precisamente es la que produce conocimiento para resolver muchas problemáticas sociales, va a tener consecuencias nocivas para el país.

    No se trata de una censura abierta y explícita, pero es censura: se trata de estrategias muy puntuales contra grupos muy puntuales que el régimen considera como peligrosos ya no necesariamente porque sean críticos, sino porque no se ajustan al pensamiento único que el régimen de López Obrador busca promover: se trata de apretar los botones exactos para hacer los movimientos de tal forma que el impacto al régimen sea el mínimo posible al tiempo que maximiza los beneficios. Se trata también de desincentivar al opositor de enfrentarse al «aparato». Dudo mucho que el asunto con Madrazo Lajous o los académicos vaya a bajar siquiera medio punto porcentual de la popularidad de AMLO en las encuestas y dudo mucho que ello vaya a tener impacto alguno en las elecciones venideras, a menos que López Obrador haga un movimiento en falso que haga que todas estos agravios acumulados se le puedan salir de control.

    Por más sigilosa sea la forma de actuar de este régimen, por más que no haya «encarcelados o asesinados», su actitud ante lo diferente o la otredad rememora más bien a los regímenes autoritarios y dictatoriales que se enfrascaban en llevar a cabo purgas para eliminar al disidente y a los círculos intelectuales para así eliminar la pluralidad en pos de una estructura de pensamiento único y monotemático que beneficie y legitime al régimen en turno. Ella es la forma de actuar del populista que esconde su autoritarismo bajo un manto democrático. Desde Donald Trump a Nicolás Maduro u Orbán, el otro, el que no piensa igual, es indeseable: habrá que desacreditarlo, minimizarlo, que su voz sea irrelevante.

    Y cuando las sutilezas dejen de funcionar, la censura explícita y agresiva ahí estará siempre como recurso.

  • La mitad de Andrés Manuel

    La mitad de Andrés Manuel

    La mitad de Andrés Manuel

    La mitad del sexenio no solamente es un punto simbólico en el tiempo, también suele cambiar el tono del ejercicio del poder producto de la cada vez más cercana sucesión que, si bien está a tres años, ya obliga al Presidente en turno en pensar en el legado que va a dejar. También, a partir de este punto, las cosas se «empiezan a mover», se empiezan a barajar las opciones que podrían aparecer en la boleta, las pugnas de poder (tanto dentro del régimen como en la oposición) se empiezan a agitar.

    Si los primeros tres años marcaron la tesitura del régimen, los últimos tres años obligan a concluirla. En este periodo los proyectos torales del régimen ya tienen que tener un rumbo definido (en este caso el aeropuerto de Santa Lucía, Dos Bocas, el Tren Maya o los programas sociales) y se vuelve complicado llevar a cabo cambios abruptos.

    López Obrador puso un proyecto ambicioso y excesivamente idealista sobre la mesa: este constaba de una profunda transformación de la vida pública de proporciones históricas: acabar con la corrupción de tajo, combatir la desigualdad y un largo etcétera. Si se le evalúa por la capacidad de llevar a la realidad su proyecto, la verdad es que ha fracasado rotundamente. La «Cuarta Transformación» ha quedado en una mera narrativa que el Presidente busca alimentar una y otra vez ante la falta de resultados que la sostengan: sigue constando de una promesa y de la creación de ilusiones: ¡México va a cambiar! ¡México va a ser más justo! ¡México va a ver por los pobres! Pero nada de eso ha ocurrido, no solo por la pandemia que se cruzó en el camino, sino (y posiblemente en mayor proporción) por la ineptitud de este gobierno.

    La transformación de la vida pública ha sido meramente cosmética. Se dice que las cosas son diferentes porque se nos insiste una y otra vez que lo son, no porque lo sean. En realidad, muchos de los vicios de los sexenios anteriores siguen perviviendo y, en algunos casos, se han agravado: la corrupción (incluyendo a familiares del Presidente), el uso faccioso de las instituciones, el capitalismo de cuates, el clientelismo y un largo etcétera. Y ahí, donde podrían sugerirse cambios de fondo (que son, más que nada, amagos afortunadamente contenidos en muchos de los casos) solo hemos constatado una suerte de regresión al pasado, sobre todo en materia política: las amenazas al INE, a la independencia de la Suprema Corte y a la vida democrática son lo más «irruptivo» que este gobierno ha presentado.

    Que el tono sea distinto no significa que la realidad que viven los mexicanos sea distinta (y lo poco que ha cambiado ha sido para mal). Que AMLO haya innovado al implementar mañaneras, que viaje en aviones turísticos o que se sujete a una revocación de mandato (innovación que ni siquiera es suya, sino del mismísimo Porfirio Díaz que también utilizó esta figura, como lo narra Paul Garner) no cambia las cosas de fondo y ni siquiera enfila al país para que cambien en el largo plazo.

    López Obrador todavía mantiene una popularidad bastante aceptable. Lamentablemente para él, de entre aquellos que aprueban su figura muchos no piensan lo mismo de sus resultados. Parece que se mantienen esperando a que el «milagro» llegue y piensan que la realidad decepcionante es solo temporal, ¿pero cuál milagro? Nada sugiere que este régimen vaya a renacer y tener un cierre como el que AMLO quisiera y como el que sus seguidores anhelan. Tal vez sea cierto, como dicen sus seguidores, que México no se ha convertido en Venezuela ni que lo vaya a ser, ¿pero qué mediocre se puede ser como para conformarse con que el país no colapse?

    No pude (o más bien no quise) ver el tercer informe porque lo consideré una pérdida de tiempo y, a juicio de las reseñas de este evento, no me equivoqué. Pero si algo me llamó la atención es que se adjudicara una eventualidad ajena al ejercicio del gobierno como lo son las remesas como un logro propio. Ello sugiere que no hay mucho que presumir, que ante la falta de resultados habrá que descontextualizar información y hacer uso de la confiable narrativa e incluso mentir abruptamente para crear la percepción de que las cosas van bien, pero no lo están.

    Cierto, México no está al borde del colapso: no hemos sufrido una severa crisis económica y la vida cotidiana transcurre con relativa normalidad (tomando en cuenta que los terribles niveles de violencia, impunidad y corrupción se mantienen constantes). A diferencia de Chávez y algunos populistas del orbe, López Obrador ha mantenido cierta estabilidad macroeconómica y no se ha embarcado en endeudamiento irresponsable, pero cierto es que el desempeño económico (incluso excluyendo esa variable llamada pandemia) ha sido bastante mediocre y más malo que los últimos sexenios anteriores. Se agradecen detalles como el aumento al salario mínimo, pero se trata de logros pírricos que, además, se pueden contar con el dedo de una mano.

    Ni siquiera ha logrado tener buenos resultados en lo que más presume hacer y que es velar por los pobres. Los más pobres reciben menos programas sociales que en el pasado, el acceso a la salud (sobre todo para los que menos tienen) se ha deteriorado. No hay sector social (tal vez con excepción de las personas de la tercera edad que reciben uno de los pocos programas sociales más o menos funcionales, con todo y su enfoque clientelar) que esté mejor con el gobierno: tal vez lo estén los afines al régimen, o los capitalistas amigos del régimen como el infame Ricardo Salinas Pliego.

    Desde la derecha o desde el paradigma «neoliberal» uno pondría la cara de susto al ver lo que ocurre con este gobierno (más allá de que AMLO haya adoptado algunos de sus preceptos de forma tan torpe e improvisada), pero la mayor decepción tendría que venir de la izquierda misma porque banderas desde el combate a la desigualdad hasta el feminismo han sufrido una gran decepción por el rechazo o la ineptitud del régimen. Ni que decir de la ciencia, de la academia o del arte cuyos integrantes creyeron ilusamente, hasta antes del sexenio, que López Obrador les tendría una consideración que los regímenes anteriores no les tuvieron (el rechazo de AMLO fue aún peor).

    Nuestro país es un barco que sigue relativamente a flote, pero López Obrador lo puso en una situación algo peor de lo que ya estaba. Los resultados escasean, las expectativas han quedado muy por debajo incluso para los escépticos. Tal vez el gobierno de AMLO no sea recordado por una gran crisis o una tragedia nacional, pero las consecuencias de su mal gobierno, aunque sea de forma silenciosa, se palparán en los años por venir.

    De no corregir el rumbo (lo cual se antoja muy complicado) podremos concluir en pocos años que esta ha sido una de las peores presidencias de la historia moderna del país.

  • Antivacunas y negacionistas del Covid – paranoia que mata

    Antivacunas y negacionistas del Covid – paranoia que mata

    Antivacunas y negacionistas del Covid - paranoia que mata

    Hace unos días un amigo me decía que el Covid-19 estaba poniendo a la democracia liberal a prueba. Yo contesté: es que en realidad no pasó dicha prueba.

    Manifestaciones en contra de las vacunas, personas denominadas libertarias que se sienten «oprimidas» porque deben portar cubrebocas en espacios públicos. Muchas personas están muriendo porque ellas u otras no quisieron vacunarse y las que no han muerto siguen siendo reticentes a ponerse la vacuna. La pandemia ha puesto en serio predicamento esa idea de que la gente es racional y que por medio del intercambio de información tomará mejores decisiones, y eso es preocupante.

    Los datos y la evidencia están contundentemente a favor de la vacunación y la sana distancia como medidas para reducir el número de muertes e infectados. Algo está pasando que muchas personas han decidido tomar decisiones irracionales que afectan a ellos mismos y a los demás tales como no vacunarse o no usar cubrebocas. Vacunarse puede no ser cómodo (los efectos secundarios llegan a ser abrumadores para los jóvenes), portar cubrebocas puede ser incómodo, pero esa incomodidad queda reducida a su mínima expresión comparada con las que causa el Covid y con los riesgos que esta enfermedad trae.

    En el aire se respira un fuerte escepticismo cuyo origen la gente desconoce. Mucha gente no confía ya en la ciencia y muchos menos en las vacunas, creen que detrás de todo ello existe una conspiración, un «nuevo orden mundial», una élite, pero no saben a ciencia cierta cómo esa supuesta élite opera. Ante cualquier evidencia que se les presenta responden con ataques ad hominem: los medios oficiales están comprados y por tanto hay que rechazar a priori la información que publiquen, la ciencia está controlada por «los poderosos», la vacuna es mala porque las farmacéuticas no son confiables, pareciera que sus mentes ya están programadas para rechazar anticipadamente cualquier evidencia. Por el contrario, no son capaces de demostrar por qué la evidencia mostrada sugeriría una suerte de conspiración.

    Si al antivacunas se le muestra evidencia concluyente, entonces se pondrá a la defensiva porque de aceptarla todo su soporte psicológico de reafirmación de identidad y pertenencia se vendrá abajo.

    Creo que existen muchas razones por las que pasa esto. Es posible que varios de los escépticos (aunque no se puede generalizar a todos), sobre todo aquellos que pertenecen a movimientos o propagan esta información, necesitan sentir que pertenecen a algo que los hace sentirse especiales: «yo soy especial porque he abierto los ojos y me he dado cuenta de que hay una conspiración o conjura de la cual las mayorías no se han dado cuenta». A su juicio, las mayorías están adormiladas por los medios y el sistema, en tanto que ellos están despiertos y por ello son especiales. A la vez, sentir que pertenecen a un movimiento o a un sector de la sociedad «despierto» termina de reforzar su identidad: yo soy especial y pertenezco a algo.

    Como dentro de esas posturas hay un sentimiento de pertenencia e identidad, entonces los incentivos no están configurados para dirigirse a la evidencia en tanto ésta pone en peligro dicho sentimiento. Si al antivacunas se le muestra evidencia concluyente, entonces se pondrá a la defensiva porque de aceptarla todo ese soporte psicológico se vendrá abajo. Para evitarlo, buscará información que, a su juicio, descalifique dicha evidencia (siempre de sitios web «alternativos» o de dudosa calidad, o, para no complicarse tanto, se limitará a cuestionar el origen así como su veracidad.

    Podría pensarse que este fenómeno queda dentro de los linderos de estos movimientos compuestas de personas que recurren a estas teorías como soporte psicológico. El problema es que esas narrativas terminan circulando en el aire. Mucha gente escucha de forma recurrente «teorías» sobre Bill Gates, los chips y se asusta. ¿Será cierto? Lo escuché allá y acá, lo leí varias veces en WhatsApp Así, más gente comienza a adquirir cierto escepticismo basado en el miedo y se pregunta si es buena idea vacunarse.

    Pero el fenómeno no se reduce a ello. La progresiva desconfianza en las instituciones en Occidente y la percepción de que los gobiernos representan cada vez menos a los gobernados y están más alejados de ellos agrava la situación. Si la gente desconfía de las instituciones o de las élites, entonces estas teorías le sonarán más plausibles.

    Imagen: Texas Tribune

    Nadie en sus cinco sentidos pensaría que las farmacéuticas, los gobiernos o la prensa son hermanas de la caridad. Es evidente que nuestra condición humana hace que los intereses propios siempre estén merodeando por ahí, pero vale recordarles a los conspiracionistas que con la misma condición humana nuestra especie creó vacunas y medicinas que han salvado millones de vidas. Seguramente Astra-Zeneca y Pfizer están felices por todo el dinero que están ganando con la venta de vacunas a gobiernos, pero lo cierto es que la evidencia de que las vacunas funcionan para prevenir muertes es abrumadora y eso es lo que importa.

    Crear una conspiración tal como la dibujan los escépticos es muy complicado porque en una conspiración a gran escala la verdad sería fácilmente exhibida con evidencia. Si alguna farmacéutica o un conjunto de farmacéuticas formaran parte de una conspiración (con chips 5G o con virus inoculados), aquellas que no formen parte tendrían muchísimos incentivos para desnudarlas y así ganar una gran posición en el mercado. Si las vacunas tienen un chip, ¿de verdad nadie habría sido capaz de comprobarlo? ¿de verdad nadie habría poder tener acceso a una dosis de vacuna para analizarla y ver qué es lo que contiene?

    Si con base en fake news algunos han hecho negocio con el dióxido de cloro, imaginemos una farmacéutica que ponga en evidencia a las otras con información veraz.

    Pensar en una conspiración en gran escala implica ignorar de forma rampante la geopolítica. Si Pfizer y Astra-Zeneca pertenecen al bloque occidental ¿entonces Cansino y Sputnik V sí son confiables? ¿O viceversa? (el mismo nombre de la vacuna rusa muestra los intereses geopolíticos del país para ganar poder blando salvando a gente del virus como una forma de competir con Occidente). ¿Por qué todos los gobiernos que tienen profundas diferencias las harían completamente del lado para formar parte de una conspiración?

    Por un lado, una conspiración en la que participen bloques antagónicos sería imposible dado que los mismos intereses que, dicen los conspiracionistas, buscan a través de ella (controlar a la población, hacerse ricos vendiendo vacunas que “la gente no necesita”) están muy inmiscuidos con sus intereses geopolíticos donde sus diferencias son irreconciliables. Por otro lado, si uno de los bloques formara parte de la gran conspiración, el otro tendría muchísimos incentivos para denunciarlo públicamente porque ello pondría en grave predicamento su legitimidad a tal grado de modificar el orden geopolítico.

    Es necesario explicar de una forma muy sencilla y transparente por qué vacunarse es importante, cuán seguras son y cuántas vidas se salvan gracias a la vacunación

    Dicho esto, para la existencia de una gran conspiración sería necesaria una gran “coalición estable” de muchos agentes que en realidad son antagónicos o cuyos intereses están lejos de estar alineados entre sí. Además, al tratarse de una conspiración de gran calado donde estarían involucradas muchísimas personas (agentes de gobiernos, de farmacéuticas, de la prensa y demás), el riesgo de que información se filtre no solo sería muy posible, sino prácticamente inminente.

    Por el contrario, los intereses de los gobiernos y las farmacéuticas más bien parecen estar alineados con los de la población (y no porque sean hermanas de la caridad). Los gobiernos saben que el Covid tiene un impacto en la economía, lo cual puede afectar su legitimidad y su permanencia en el poder (en el caso de los países democráticos). Para las farmacéuticas la venta de vacunas es un negocio, y es más negocio si el producto funciona y muestra eficacia, porque además de la venta de vacunas, decir que Pfizer o Astra-Zeneca desarrollaron las vacunas impacta positivamente sobre su imagen institucional. Por el contrario de lo que los conspiracionistas creen, existe transparencia sobre cómo es que se han creado estas vacunas, qué contienen y cómo funcionan.

    A los necios difícilmente se les podrá hacer cambiar de opinión: descalificarán toda la evidencia porque, como ya mencioné, no se trata de llegar a la verdad sino de mantener su soporte psicológico en pie. Lo que sí se puede hacer es que todo este ruido que estos colectivos y agrupaciones causan no causen efecto alguno en las demás personas. Evidentemente, no se puede atentar contra la libertad de expresión que las personas tienen, aún cuando sus posturas sean completamente absurdas, pero sí se puede exhibir cuán ridículas son sus posturas y que la gente comprenda por qué son ridículas y por qué no les debería tomar la mínima consideración.

    Es válido que la gente tenga dudas y escepticismo, máxime que las vacunas se desarrollaron en tiempo record. Por ello es necesario explicar de una forma muy sencilla y transparente por qué vacunarse es importante, cuán seguras son y cuántas vidas se salvan gracias a la vacunación. Quienes saben de medicina, de estadística y números lo tienen muy claro, pero la gente generalmente no es buena con los números y los datos y no tiene amplios conocimientos sobre el tema: encabezados que hablan sobre coágulos o trombosis como efectos secundarios, aunque ello sólo ocurra en una de un millón de personas, puede ahuyentar a gente de las vacunas e incluso caer presas de todos estos discursos conspirativos. Muchas veces esto ocurre porque la prensa tiene más interés en crear títulos sensacionalistas y no termina de contextualizar la información.

    El problema es grave, porque el discurso antivacunas mata y hay que dejarlo en claro: puede matar a los mismos «escépticos» así como a las personas con las que mantienen contacto. No son pocas las personas escépticas que han muerto o han enfermado de gravedad porque no se vacunaron o no tomaron medidas. También se ha convertido en un cáncer para la misma democracia liberal, para la confianza en las instituciones (los antivacunas te insisten en que desconfíes completamente de ellas) e incluso terminan orillando a gobiernos a tomar medidas que restrinjan la libertad de movimiento de las personas para evitar que el virus se propague dado que las personas mismas no son capaces de ser responsables y tener cierto autocontrol.

    Ser antivacunas no es un acto de «liberación» de «pensar fuera de la caja», o de «despertar». Es un acto de irresponsabilidad, un acto que atenta contra la integridad de personas inocentes.

  • ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    ¿Deben los niños regresar a clases presenciales?

    No me atrevo a dar una postura categórica sobre si los niños deben o regresar o no a clases presenciales porque habría que analizar a profundidad el costo-beneficio y para ello se necesitaría consultar a profesionales y epidemiólogos (expertos de verdad, no Nick Riviera o López-Gatell), aunque si me pidieran mi opinión, me decantaría más por el sí (con muchas, muchas acotaciones), y voy a explicar por qué.

    Creo que queda claro que la pandemia es un problema serio del que ya queremos salir (la verdad no tenemos ni idea de cuándo va a terminar) y queremos hacerlo a toda costa (bueno, no, mucha gente no toma medidas, asiste a lugares atiborrados de gente en medio pico de la pandemia y ni se quiere vacunar).

    Es cierto también que el hecho de que los niños no tomen clases presenciales va a comprometer a gran parte de las generaciones que están en edad escolar, sobre todo a los menos privilegiados.

    El problema con los niños

    Sobre todo en edades tempranas, las clases presenciales son irremplazables. Dentro de nuestra burbuja privilegiada pensamos en el Zoom, pero ahí ya existen muchos problemas. El aprovechamiento escolar nunca va a ser el mismo para un niño y se está perdiendo de algo importantísimo: la socialización. Estudios hay de sobra que muestran cómo el hecho de que los adolescentes y jóvenes se recluyan en la tecnología en vez de socializar tiene efectos negativos sobre el desarrollo de la personalidad y la tolerancia a la frustración. Ahora pensemos en que estos niños van a privarse del espacio por excelencia donde aprenden habilidades sociales. Dentro de lo ridículo que puede sonar López Obrador satanizando al Nintendo tal cual señora copetona de los ochenta, tiene un punto, y es que no es sano que los niños se queden en casa en vez de ir a estudiar y socializar.

    Y hasta ahora he hablado sobre los sectores «privilegiados»: de nuestra burbuja clase-mediera-alta, de aquellos que toman clases por Zoom y cuyas mamás revisan que estudien y hagan sus tareas. El problema es que la mayoría de los niños de México tienen que tomar clase por televisión y ahí el aprovechamiento del aprendizaje es muchísimo menor (si de por sí la educación en México ya es deficiente): no hay interacción con los maestros, menos hay socialización con alumnos. La mayoría de los niños están perdiendo mucho, y por más tiempo se encuentren en ese estado, el daño social va a ser mayor. Exista la posibilidad de que la pandemia dure varios años. ¿Entonces, qué vamos a hacer?

    Este bache educativo, que va a afectar a toda una generación que abarca sobre todo desde quienes están en preescolar o primero de primaria hasta la secundaria (hay ahí 9 grados escolares), puede tener consecuencias muy nefastas para el país que no vamos a observar hoy pero sí en unas pocas décadas, cuando los hoy niños sean adultos que tengan que salir a ganarse la vida con una preparación más deficiente que las generaciones actuales con todos los problemas económicos y sociales que ello puede traer. Además, es probable que esos adultos del futuro posean menos habilidades sociales y sean más proclives a desarrollar cuadros de depresión y ansiedad (como si no fuera un tema ya importante el día de hoy). Literalmente, ello puede comprometer el futuro de nuestro país en muchos sentidos.

    El problema no termina ahí. Si México ya es un país desigual, este problema lo va a agravar aún más. Cierto que, de alguna u otra forma, todos los niños se van a ver afectados, pero los que no tienen el privilegio de tener clases virtuales y atención personalizada de los maestros se van a ver mucho más rezagados que los niños que sí lo tienen. Los niños «no privilegiados» van a tener aún más problemas ya no digamos de poder subir en el escalafón social, sino de abandonar la trampa de la pobreza (en el caso de quienes se encuentren ahí o caigan ahí): más desigualdad y más pobres.

    Pero no solo está el problema de la desigualdad interna, también está la externa. Un país como México se va a rezagar más frente a los países más desarrollados cuya mayoría de infantes pueden al menos acceder a clases virtuales o incluso frente a los países en desarrollo que decidan regresar a clases presenciales. Así, México se va a volver menos competitivo internacionalmente, lo cual crea otros problemas.

    Pero regresar no es fácil.

    El problema con la pandemia

    Un argumento de peso a favor y es el hecho de que la posibilidad de que un niño fallezca de Covid es muy baja. Si contrastamos con el número de muertes de los adultos jóvenes (que son una minoría comparados con los mayores que excluí de esta gráfica) es posible ver que el riesgo es muy bajo.

    El problema no son los niños en sí, el problema es que van a ser un grupo de contagio fuerte que puede propagar el virus a otras personas en estado de mayor riesgo, a menos que se logren tomar medidas de sana distancia en las escuelas para reducirlo (las cuales sabemos que no se van a acatar en muchas de las escuelas, y en otras van a ser difíciles de implementar).

    Para aminorar el riesgo los padres tendrían que estar vacunados con dos dosis y esperar a que la gran mayoría de los adultos lo estén, pero, además de la reticencia de algunos adultos a vacunarse, la edad de los padres de los niños suele oscilar entre los veintes y los cuarentas: apenas se ha comenzado a vacunar a las personas de treinta años y en la gran mayoría de las entidades no ha comenzado la vacunación de aquellos que se encuentran en sus veintes. Incluso vacunados, los padres tendrían que tomar medidas de sana distancia contundentes para reducir la probabilidad de que transmitan el virus que los niños posiblemente traigan de la escuela.

    Cuando hablamos de negocios o restaurantes parece ya existir un consenso en nuestro país donde no se puede evitar que dejen de operar para evitar más golpes a la economía y se pierdan más empleos y por lo tanto se pide que los establecimientos tomen medidas de sana distancia o limiten su capacidad cuando el semáforo va adquiriendo un tono más «rojizo». Para la opinión pública y para los políticos es más fácil de comprender y dimensionar porque las afectaciones a la economía y a la vida cotidiana se perciben casi al instante: los políticos saben que si la economía cae ellos caen con ella. Pero en el caso de los niños y las clases presenciales no ocurre así, porque las afectaciones no van a ser inmediatas y el porque como bien relata Daniel Kahneman en su libro Thinking Fast and Slow, los seres humanos tenemos más problemas en imaginar los beneficios o perjuicios en el futuro que los del presente. Por esta misma razón, los políticos que están en el poder por un periodo dado, tendrán menos incentivos para regresar a los niños a clases.

    ¿Solución?

    Al hacer un balance costo-beneficio se tiene que poner en un lado de la balanza la pandemia, inserta en el presente, pero que, a la vez, contiene una gran cantidad de incertidumbre porque no sabemos a ciencia cierta cuándo vaya a terminar o cómo vaya a evolucionar. En el otro lado debe ponerse el futuro de los niños, las consecuencias psicológicas, sociales y económicas que no serán cualquier cosa. ¿Dónde está el punto de equilibrio? ¿Cómo podemos llegar a ese punto de equilibrio si muchas de las variables que podrían acercarnos a un punto de equilibrio óptimo (como medidas de sana distancia o vacunación casi absoluta) parecen estar casi fuera de nuestro control? Son preguntas muy difíciles de contestar. Con todo lo dicho, yo intuyo (y digo intuir porque no tengo toda la información y conocimiento disponible a la mano para hacer una afirmación categórica) que la mejor idea sería regresar a clases presenciales. Ello tendrá un costo evidente, porque no hay forma de tomar una decisión que no vaya a acarrear costo alguno: no hay «mejoría de Pareto posible», pero es posible que el costo de tener a los niños privados de clases presenciales y de socializar con sus pares durante un buen rato sea mayor ya que puede tener consecuencias mayores para ellos, para la sociedad, para la economía y para el bienestar de las siguientes generaciones.

  • Los atletas tienen derecho a fallar

    Los atletas tienen derecho a fallar

    Los atletas tienen derecho a fallar

    Las olimpiadas son emocionantes. Ver competir a atletas que, en muchos casos, parecen salidos de otro planeta, que están ahí rompiendo records mundiales, ganando medallas de forma dramática tal cual dioses del olimpo, hace que quienes estamos detrás de la pantalla pasemos un buen rato disfrutando de estas hazañas heroicas.

    Pero, a pesar de que los atletas tienen una cabeza, dos brazos y dos pies, a veces olvidamos que son seres humanos, que el hecho de practicar deportes de alto rendimiento no los hace inquebrantables. La gente suele dar ese alto rendimiento por dado y no repara en que para llegar a serlo, y ya no digamos llegar a unas olimpiadas, se requiere una dosis increíble de esfuerzo, sacrificio y dolor. Estar ahí en la tele compitiendo ya es por sí mismo un mérito.

    Los atletas también se quiebran, sí, así como nos quebramos nosotros, ya sea física o mentalmente. Una persona que nunca se ha quebrado «de algo» en su vida es alguien que nunca ha vivido. El simple hecho de abrirnos a experiencias, a tomar riesgos o decisiones hace que la posibilidad de quebrarnos sea inminente: ya sea la pareja que nos engañó y nos deprimió, esa vez que nos dio un ataque de pánico o un terrible sentimiento de frustración que nos hizo pensar que no había nada más adelante. ¿Quién en su vida no se ha sentido una mierda algún día? ¿Quién no se ha lesionado o roto una pierna? Somos de carne y hueso, y la vida se encarga de recordarlo.

    Los atletas de alto rendimiento, a diferencia de muchos de nosotros, se exponen a situaciones límite: ello es parte de la alta competencia. La presión puede ser abrumadora: si a nosotros las presiones familiares o del trabajo nos pueden llegar a tumbar, ahora imaginen la presión de la trascendencia, de la opinión pública, los entrenadores, los compañeros, que tienen grandes expectativas sobre ellos, patrocinadores (que, a diferencia de los futbolistas, no tienen siquiera el privilegio de ganar mucho dinero) y la carga sobre sus hombros que han puesto muchas personas que desean satisfacer en ellos un gran deseo de victoria.

    Y cuando una persona se quiebra no hay nada que hacer. La debilidad de carácter implica negarse por cobardía a hacer algo que el individuo está en su capacidad de hacer, pero cuando la gente se quiebra, cuando la psique falla, cuando la pierna se rompe, lo primero que se tiene que hacer es hacerse a un lado. Si el individuo decide «seguir adelante», incapacitado ya para seguir su camino, empeorará el problema, como ocurrió con la gimnasta Elena Mukhina quien quedó parapléjica después de entrenar con la pierna rota tras la presión de sus entrenadores para vencer a Nadia Comaneci.

    Por ello Simone Biles no se equivocó. Mucha gente la criticó porque les pareció un absurdo que sacrificara el éxito, las medallas y su equipo por un «capricho mental». Pero lo ocurrido no fue un «capricho mental», ella estaba quebrada, lo reconoció y se hizo a un lado: ese reconocimiento de sus límites es un acto de valentía y de amor propio. Basta ver su apariencia antes de que la crisis se desatara: se veía perdida, no estaba ahí (como ella misma afirmó posteriormente). Algunas personas comenzaron con la cantaleta de la «generación de cristal», pero dudo mucho que una persona débil de espíritu haya ganado lo que ella ganó.

    De seguir, Biles podría haberse puesto en riesgo. La gimnasia es un deporte que implica cierto riesgo y donde perder el sentido del equilibrio y el espacio puede derivar en una lesión casi fatal (como ocurrió con Elena Mukhina). En el mejor de los casos, habría tenido un mal desempeño que habría perjudicado más a su equipo que con su ausencia.

    En un artículo publicado en Letras Libres, León Krauze quiso hacer una defensa de la presión. Pero la presión como tal no es el problema, el problema no es el espíritu competitivo, eso es parte de la esencia del alto rendimiento; el problema es que los atletas no siempre van a estar en la capacidad de no quebrarse por la circunstancia porque son seres humanos. Sí, aprender a gestionar la presión es importante, y justa esa es una de las razones por las cuales es importante hablar de la salud mental para reducir la aparición de este tipo de estos problemas. Hasta la persona más preparada mentalmente puede llegar a colapsarse, nadie es perfecto.

    Hablar sobre salud mental no está peleado con el espíritu competitivo como algunos parecen creer. Hablar de salud mental no implica esperar que se «reduzca el espíritu competitivo para que los atletas ya no tengan amsiedad«, trata de reconocer a los atletas como seres humanos falibles que pueden llegar a colapsar, trata de procurar el bienestar de los atletas.

    Algunos de los críticos de Biles hicieron referencia a las palabras del tenista Novak Djorovic quien, a raíz de lo ocurrido con Biles, afirmó que la presión es un privilegio y que es necesario saber manejarla. Apenas unos días después, en su derrota con Pablo Carreño, destrozó su raqueta y golpeó los aros olímpicos que estaban en la red de tenis para después dejar sola a su compañera en dobles mixtos. Ello no es más que una prueba fehaciente de nuestra imperfección como seres humanos, de que podemos llegar a fallar.

    Algo parecido se puede decir de la clavadista mexicana Arantxa Chávez, quien tras una mala salida, perdió su clavado y obtuvo una calificación de cero. Ella es otra circunstancia donde la presión límite puede hacerte una mala jugada. Mucha gente se burló y la humilló por su error, como si ese hecho hablara mal de ella. Curiosamente, en la siguiente ronda, a la que no calificó, una de las canadienses que iba en primer lugar y era clara contendiente a las medallas falló de igual forma su último clavado y quedó eliminada. En otra competencia de clavados, uno de los rusos que peleaba por una medalla falló. Simplemente pasa, estos malos juegos le pueden pasar hasta al atleta más grande.

    Y la cuestión es que entre la integridad del individuo y la competencia, la integridad va siempre por delante. Lo contrario implicaría negar su dignidad como ser humano. Ni los patrocinios, ni los intereses ni las expectativas valen más que el bienestar del individuo. No se trata de suprimir la presión ni la competitividad en lo absoluto, se trata de hablar de salud mental, se trata de que los atletas estén lo mejor preparados y acompañados posible en este ámbito para reducir este tipo de riesgos, ya no sólo en pos de la competitividad, sino, sobre todo, en pos de su integridad.

    Porque los atletas son personas, no meras máquinas al servicio de los espectadores.

  • ¿Por qué tienes que vacunarte? Explicado con gráficas, peras y manzanas.

    ¿Por qué tienes que vacunarte? Explicado con gráficas, peras y manzanas.

    Muchas personas no quieren vacunarse, pero lo único que están haciendo es ponerse en peligro a ellos mismos y los suyos. Si bien puede ser comprensible que la gente sienta cierto escepticismo sobre las vacunas, lo cierto es que, en general, son seguras (a pesar de que hemos escuchado que en muy contados casos hay quienes han desarrollado efectos adversos) y es diametralmente mayor el riesgo de afectar la salud por no vacunarse que por vacunarse.

    Aquí, los datos pueden ayudarnos a explicar por qué necesitamos vacunarnos. Este texto está especialmente dirigido a quienes están siendo llamados a vacunar (menores de 40 años) aunque también es útil para los mayores que no se han vacunado.

    Los datos que voy a utilizar son los oficiales del Gobierno de México. Sabemos que estos datos tienen algunos problemas: subrepresentan la realidad (se calcula que el promedio de muertes podría ser tres veces mayor), pero es lo que hay. Sin embargo, los datos sí son útiles para conocer tendencias: es decir, cuándo muere más y cuándo muere menos la gente y quienes mueren más o menos.

    Observa esta gráfica:

    En esta primer gráfica, que muestra la tendencia con base en las muertes diarias (la gráfica está «suavizada» para que sea más comprensible visualmente), extraje solamente el número de fallecimientos de las edades que están siendo llamados a vacunarse o lo van ser pronto. Separé al grupo de 30 a 39 años en dos para hacer notar que quienes tienen más de 34 están en un riesgo ligeramente mayor (claro, más pequeño que la gente que tiene más de 40).

    Puedes observar que el número de muertes registradas todavía no llega ni a la mitad del segundo pico (diciembre y enero), pero es posible que lo alcance o hasta lo rebase. ¿Por qué? Porque no hemos llegado a lo más alto del pico y porque el número de muertes tiene una latencia de varios días con respecto a los infectados (esto es, naturalmente, porque las personas mueren varios días después de infectarse). A ello hay que agregar que algunas de las muertes de los últimos días ni siquiera se han registrado. Eso nos lleva a la siguiente gráfica (aquí incluyo todas las edades):

    Puede ser una imagen de texto que dice "Fallecimientos vs casos Todas las edades (mayoría de edad) 12000 8000- 4000- infectados oodd Pico รอนenพ 2020-07 fecha 2021-01 2021- Desarrollado @elcerebrohabla con información Secretaría https://www.g x/salud documentos"

    Esta gráfica muestra esa latencia poniendo como ejemplo el segundo pico de la pandemia. El pico de infectados ocurrió en los primeros días de enero, pero el pico de muertes ocurrió a mediados del mes. Esto quiere decir que el pico de muertes (azul) va a aparecer días después del pico de infectados (negro) al cual todavía no hemos llegado. Con estas dos gráficas argumento que, aunque seas joven, no estás 100% a salvo (no solo de morir, sino de tener secuelas) y es recomendable tomar medidas como usar cubrebocas y no asistir a lugares muy concurridos o donde haya mucho tumulto para evitar riesgos mayores.

    El problema es que con la variante delta ni siquiera hemos llegado al pico de infectados, lo que quiere decir que la primera gráfica se va a terminar viendo más drástica y existe la posibilidad de que mueran más jóvenes que en el pico de inicios de año.

    Y dentro de todo esto, ¿cómo es que me atrevo a argumentar que las vacunas si funcionan? En la gráfica anterior puedes observar que el segundo pico de casos ha derivado en menos muertes en general, pero para ser más específico, a continuación puedes observar la relación entre casos y muertes. A partir de que la gente comenzó a vacunarse, cada vez un menor porcentaje de personas infectadas murieron.

    Pero ¿cómo sabemos que esto es producto de las vacunas? Para eso vamos a desglosar por edades.

    Si bien es cierto que la variante delta está incrementando los contagios en todas las edades, el alza en la gente grande apenas es notoria y, en cambio, es mucho más drástica en los jóvenes. ¿Por qué? Porque muchas de las personas mayores ya están vacunadas y los jóvenes no.

    No solo eso, entre las personas que sí se han contagiado (recordemos que la vacuna evita el contagio sólo hasta cierto punto pero reduce drásticamente la posibilidad de fallecer si te contagias) la proporción de infectados que mueren es esta:

    Aquí podemos observar que un franco declive de porcentaje de fallecimientos en las personas que tienen 60 que son los que más se han vacunado y han recibido las dos dosis. Vemos también un decremento menor en las personas de 40 a 59 años varias de las cuales ya se han comenzado a vacunar pero muchas de las cuales no han recibido las segundas dosis.

    En cambio, podemos observar que el porcentaje de fallecimiento es el mayor histórico para las personas que están en sus treintas mientras que se ha mantenido constante en las personas de menos de 30 años.

    Es decir, las personas vacunadas no solamente se contagian menos, sino que para las personas contagiadas pero que recibieron la vacuna la posibilidad de morir es drásticamente menor.

    Esto mismo puede verse desde otra perspectiva con base en el número de fallecimientos totales:

    Puede ser una imagen de texto que dice "Fallecimientos Covid por edades Edades de personas que van a empezar a ser vacunadas 900 600- toa 300- categoria_edad 18a29 30=34 35a39 40a59 00ymás 2020-01 2020-07 FECHA_DEF 2021-01 2021 Desarrollado 2021- @elcerebrohabla informaçión dela Secretaria"

    Esta gráfica es muy ilustrativa. Aquí agregué el número de muertes de todas las edades (excepto menores de edad). Podemos observar dos cosas: primero, que la gente grande sigue muriendo más que los jóvenes, pero, a la vez, están muriendo mucho menos que en el segundo pico y que la distancia entre los jóvenes y los grandes es mucho menor.

    ¿Por qué los grandes están muriendo mucho menos? Porque muchos ya se vacunaron. Las vacunas sí funcionan y qué mejor prueba que esto. Y si te fijas, la diferencia entre personas de 40 a 59 y mayores de sesenta es casi nula, esto porque los de 60 ya recibieron su doble dosis y muchos menores de 60 todavía no la completan o todavía no se han ido a vacunar.

    ¿Por qué siguen siendo los que más mueren? Porque no todos se han querido vacunar y todavía hay gente grande que está en situación de riesgo. Si todos los mayores de edad se hubieran vacunado, la proporción de muertes se habría desplomado aún más.

    Conclusión:

    Dicho esto, si tú eres joven, tomas medidas y te vacunas vas a lograr dos cosas: 1) reducir el riesgo de enfermarte gravemente o morir a la mínima expresión y 2) ayudar a evitar que personas grandes (no vacunadas) adquieran el bicho y mueran. Aunque sea la Sputnik o la Cansino, es mucho mejor a que te vacunes a que no lo hagas. Es posible que la vacuna ya no te proteja contra este pico (por el tiempo en que la vacuna tarda en hacer efecto y por las dobles dosis) pero sí podrá evitar que surja otro y mucha más gente muera.

  • México: la deconstrucción del victimismo

    México: la deconstrucción del victimismo

    México: la deconstrucción del victimismo

    Uno de los pilares de la esencia e identidad de cualquier país es la narrativa que se forma en torno a éste: lo que nos contamos sobre México, lo que nos decimos que es. Así, un país no es solo su reconocimiento formal a través de las instituciones y leyes, sino un relato que se construye a través del discurso.

    Esta narrativa se construye por medio tanto de los hechos históricos como de su reinterpretación. Esta suele ser promovida principalmente por el Estado pero también por los intelectuales, académicos o distintos medios de comunicación y, a su vez, recibe influencia y es reforzada por los ciudadanos de su país que la propagan en su cotidianidad.

    La reconstrucción no tiene que estar apegada a los hechos históricos como tales, lo común es que no sea así: los hechos históricos suelen ser modificados con propósitos políticos o suelen ser contados de tal forma que hagan referencia a ciertos valores que un régimen dado busca promover. Incluso, la falta de información, errores en la interpretación o la deficiencia de su transmisión puede hacer que lo que se narre no sea exactamente aquello que en realidad ocurrió.

    Una vez que la narrativa se empieza a construir, ésta misma se retroalimenta a sí misma de tal forma que las partes que la constituyen se consolidan y es cada vez más difícil cambiarlas (eso que algunos politólogos llaman path dependence).

    Una de esas partes más consolidadas de la narrativa sobre lo que México es, es la victimización. El sentirnos víctimas de alguien más ha permeado en la narrativa a través de los años e incluso esa idea ha sido promovida históricamente por el Estado para formar una identidad en torno a ello como contraste con el «enemigo» : fuimos víctimas de los españoles o de los gringos.

    De esta forma, México es por su contraposición con Estados Unidos o la corona española. El discurso de victimización refuerza la identidad del país porque dicha victimización constata la existencia de nuestra nación.

    Dicha narrativa de victimización suele incluir un componente de lucha que hace que el mexicano se sienta orgullosa a pesar de todo: se presenta al mexicano como aquel que fue vencido pero que «nunca se rajó»: no ganamos la guerra, pero «sí le logramos ganar una batalla a los gringos». En los deportes se hace énfasis en la injusticia del árbitro, en el equipo que se quedó en la orilla pero luchó y le complicó las cosas al rival.

    Ese relato victimizante se propaga en la cotidianidad sin que la gente repare de donde viene. El famoso #NoEraPenal es prueba de ello. Ante la tragedia, acostumbramos buscar «chivos expiatorios» que expliquen lo sucedido para reafirmarnos en contraposición con ellos, porque el reconocer que la falla estuvo (parcial o totalmente) de nuestro lado golpea nuestro orgullo que es compensado con aquel discurso de lucha, orgullo que funge como mecanismo de defensa ante el temor de que nuestra identidad quede cuestionada o en entredicho.