Categoría: reflexión

  • Lupita Jones no hizo nada malo

    Lupita Jones no hizo nada malo

    Lupita Jones no hizo nada malo

    Como todos saben, una transgénero de nombre Itzel Aidana Ávila Monreal se decidió quitar la vida después de que Lupita Jones hiciera una declaración donde decía que no estaba de acuerdo con que las transgénero participaran en el concurso de Miss Universo ya que si bien se identifican como mujeres, biológicamente no lo son y eso hace que la competencia no se dé en igualdad de circunstancias. Esto a raíz de la participación de la transgénero Ángela Ponce en Miss Universo.

    A raíz de eso, muchas personas salieron a responsabilizar a Lupita Jones por el suicidio de Itzel. Como Itzel se suicidó y lo que motivó a Itzel a suicidarse fueron las declaraciones de Lupita Jones, entonces Lupita es culpable del suicidio. Es un silogismo que no se sigue porque la conclusión no puede derivarse de sus premisas. 

    Se puede estar de acuerdo o no con la postura de Lupita Jones y puede criticarse el argumento bajo el mismo derecho a la libertad de expresión al que tuvo Lupita Jones para dar su opinión sobre la participación de los trans en Miss Universo. Todo individuo tiene el derecho a utilizar su libertad de expresión en tanto ésta no se use con el fin de agraviar o afectar la integridad de terceras personas. 

    El argumento de Lupita Jones no buscó agraviar a las transgénero. Ella dio a entender que se podía dar una situación de inequidad ya que el cuerpo de una mujer transgénero y una cuyo género corresponde a su sexo son biológicamente diferentes. Desconozco bien todo lo que hay detrás de una competencia de Miss Universo, que dichas diferencias biológicas puedan afectar la alimentación (que es muy importante en estas competencias) o el ejercicio para mantener el cuerpo esbelto, por poner un ejemplo ¿es razón suficiente? No lo sé, pero vale señalarlo para entender que la intención de Lupita Jones no fue de discriminar. Alguna persona me argumentó que Lupita podría tener una aversión «escondida» a los transgénero. Pero en caso de que ésta existiera, Lupita, al ser inconsciente de ello, no tiene la finalidad de agredir a nadie y, en este entendido, tiene el derecho a externar su opinión, la cual desde luego puede ser criticada o rebatida. 

    Lupita jamás hizo un juicio de valor sobre los transgénero. Ella dice que una mujer transgénero no es una mujer biológica y ello es completamente cierto. Una persona transgénero, independientemente de su libertad a identificarse con x o y género, tendría que saber su cuál es su sexo biológico si no quiere meterse en graves problemas, porque este es indispensable para cuando vaya con el doctor o para entender el comportamiento de su cuerpo (si puede o no embarazarse). El sexo biológico no se puede modificar en tanto que es algo que está determinado en la genética y que no puede ser modificado con la tecnología actual a través de alguna operación. 

    Si bien podemos entender que muchas personas transgénero se sienten excluidas o estigmatizadas y eso influye en su psicología, decir que Lupita Jones es la causante del suicido de Itzel es infantilizar a la propia Itzel y negar su libre albedrío. Si Itzel se suicidó es porque ella decidió suicidarse. Lupita no pudo ser culpable del suicidio de Itzel porque, primero, no conoce a Itzel; segundo, porque Lupita nunca tuvo la intención de discriminar a los transgénero u tercero, porque Lupita nunca se imaginó que sus palabras pudieran tener esas repercusiones (ninguno de nosotros lo hubiéramos imaginado). 

    Cierto, los transgénero no deben de ser discriminados ni estigmatizados, pero no podemos llevar la corrección política a estos niveles donde el individuo ya tiene que pensársela dos veces antes de decir cualquier cosa aunque ello no tenga una intención de discriminar. Ese exceso de corrección política es el que, como comenté en mi artículo anterior, ha dado pie al surgimiento de un contradiscurso que sí es abiertamente misógino, racista y homófobo, el cual vemos en figuras políticas como Bolsonaro o Donald Trump.

    Y todo esto, independientemente de que esperaría que este tipo de concursos desapareciera del mapa por su frivolidad. 

  • El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    A diferencia de lo ocurrido en otros regímenes latinoamericanos, el nuestro, el del partido único del PRI, no se caracterizó por su constante represión a los opositores sino por su absorción e inclusión dentro del aparato de poder. Se absorbía a los intelectuales de su tiempo e incluso se les permitía cierta forma de disensión y expresión en tanto ello no pusiera en riesgo el poder que el aparato tenía: muralistas, escritores, artistas, muchos de ellos llegaron a formar parte de la familia del PRI.

    La masacre del 68 fue más bien una excepción a la regla. Pero fue una cruda, dura e hiriente excepción. Al punto en que dicha herida sigue viva dentro del inconsciente colectivo mexicano.

    Se repite una y otra vez que el dos de octubre no se olvida, es una herida que influyó en la reconfiguración de la política mexicana y la evolución de los movimientos sociales. En momentos de tensión geopolítica donde Occidente y la URSS buscaban hacerse de la hegemonía mundial, no sobraron las sospechas de que los rusos o la CIA pudieran haber estado influyendo sobre la manifestación y ello fue lo que desató la paranoia de Gustavo Díaz Ordaz que derivó en la matanza estudiantil.

    La masacre fue la primera fractura dentro de la estructura del régimen del partido único. Hasta antes de ese evento, de lo que se hablaba era del milagro mexicano, del crecimiento sostenido, del desarrollo de infraestructura. El aroma a progreso no se podía negar, pero éste iba a acompañado de una restricción hacia varias libertades y derechos que hoy consideramos como garantizados. Burlarse de Díaz Ordaz como hacían en ese entonces los estudiantes era una afrenta contra el sistema y el status quo. En ese entonces era mal visto burlarse del Presidente, no era para nada como en estos tiempos que hasta el individuo más tranquilo y conservador comparte chistes de Peña Nieto. Los jóvenes, en un año que coincidió con varios movimientos estudiantiles de izquierda como el acontecido en Francia, querían emanciparse de una forma de gobierno que a la postre sería conocida como la «dictadura perfecta». 

    Los familiares de los estudiantes nunca vieron algo parecido a la justicia. Ellos estaban solos ante un sistema que, ante la indignación, comenzó a absorber a parte de la intelectualidad a sus filas, lo cual también disipó la fuerza de dicho movimiento. Otros tuvieron a sus hijos en los separos, algunos de los cuales fueron torturados. Díaz Ordaz murió en paz, Luis Echeverría vive sus últimos años de su vida en su casa (bastante grande, por cierto). 

    El régimen del partido único se comenzó a fracturar desde ese entonces. Los presidentes que le sucedieron a Díaz Ordaz buscaron calmar las aguas a través de un oneroso gasto público (que empezó a repercutir en las finanzas del país) y de frustradas visitas a la propia UNAM donde Luis Echeverría les advirtió a los estudiantes que no se dejaran manipular por la CIA y el fascismo. Desde ese entonces, la figura presidencial comenzó a perder respeto y a ser objeto de burlas. Si bien, el régimen del partido único sobrevivió hasta el 2000, ya nunca vivió etapa alguna de crecimiento sostenido, ni de legitimidad ante la mayoría de la población. Algo se había fracturado. 

    Algunos recuerdan ese México «pre68» con nostalgia. Existían menos libertades sociales y políticas, dicen, pero a cambio existía un país más tranquilo y estable, sin mayores complicaciones. Pero regresar al pasado es absurdo, y también es debatible si el México de esos tiempos era mejor que el de ahora. Tal vez el problema es que, dentro de las nuevas libertades que hemos adquirido, no hemos logrado construir país con instituciones más sólidas. La democracia convive con los vicios propios de ese sistema al cual algunos le tienen tanta nostalgia. Tal vez el problema no fue que hayamos abandonado ese pasado que algunos añoran, el problema tal vez fue que no lo terminamos de abandonar del todo.

    Hoy, que se cumplen 50 años de los lamentables hechos, no solo deberíamos evitar que el 2 de octubre no se olvide, sino que tampoco debemos olvidar lo que sucedió después y que es lo que nos tiene hasta aquí. Estos 50 años son un buen pretexto para repensar nuestra historia contemporánea, donde pasamos de un régimen de partido único a una democracia que todavía no ha terminado de tomar forma. 

     

  • El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    El aborto, el ITESO y la libertad de expresión

    Hay temas de los que yo no suelo opinar porque considero que no tengo todavía la sabiduría para emitir una postura categórica. El aborto es una de ellas. Si bien estoy completamente convencido de que el aborto moralmente es algo malo, es algo que yo nunca haría ni promovería (máxime cuando es producto de una responsabilidad no asumida), me parece un tema muy complejo argumentar si es algo que deba estar penalizado o no, sobre todo al partir del hecho de que no todo lo moralmente malo necesariamente debe ser prohibido por el Estado. Entonces aquí habría que traer muchas cuestiones hacia la mesa, y en ese ejercicio yo no he definido mi postura, y tal vez no termine haciéndolo desde algún tiempo. No puedo defender o atacar algo donde no tengo una postura definida, sería algo irresponsable para con mis lectores. 

    Pero sé que para definir mi postura entonces debería escuchar los argumentos de ambas partes. La mejor forma de llegar a una conclusión es escucharlas, y de acuerdo a mis convicciones y a mi criterio considerar o desestimar los argumentos que ambas posturas me puedan dar ¿no?

    Dicho esto, ejercer presión para censurar una conferencia opuesta a la postura propia es un acto de censura. La izquierda lo ha hecho. Por ejemplo, reventando conferencias como las del argentino Agustín Laje porque muchas personas no están de acuerdo con él (una cosa es que no simpatice con él y otra cosa es restringirle la libertad de expresión a la que él tiene derecho) y en ocasiones insultando a quienes tienen opiniones distintas. Pero en esta ocasión quien intentó censurar una conferencia fue la derecha. Varios conservadores ejercieron presión en redes para que esa conferencia se lleve a cabo.

    Hay que decirlo de forma categórica, eso es un acto de censura. No podemos relativizar el acto.

    Y como para mí es importante poder escuchar ambas posturas, entonces se debe garantizar que ambas partes puedan organizar libremente conferencias. La censura también es un acto de infantilización del individuo donde consideramos que éste no tiene la capacidad de deliberar por sí mismo y, por ende, debemos restringirle la información a la que puede acceder. 

    Otro argumento que he escuchado de estos mismos conservadores es que el hecho de que la conferencia tenga solamente una postura en pro del aborto es un acto intolerante. Eso es falso, porque en ese caso, lo mismo aplicaría para las conferencias que ellos llevan a cabo en pro de la vida. No en todos los foros deben estar ambas posturas, la pluralidad consiste también en que el individuo tenga acceso a las distintas opiniones.  

    Tampoco es un argumento válido argüir un sesgo ideológico de la institución, ya que en la práctica es difícil que una institución tenga una inclinación política completamente neutral ¿o acaso la UP o la UAG la tiene? Lo que sí debería garantizar una universidad por definición es la libertad de expresión de todas las voces, y también es importante que en una sociedad dada existan alternativas para las distintas formas de pensamiento de tal forma que los padres inscriban a sus hijos en la universidad que se adecue más a sus valores.

    Sí sería un problema que el ITESO no permitiera que unos estudiantes contra el aborto hicieran su conferencia. También lo sería que los estudiantes intentaran reventar dicha conferencia porque no quieren que opiniones distintas a la suya se escuchen. Y sí, yo sé que en varias instituciones universitarias en distintos lados del mundo eso ha ocurrido. Pero así como he criticado a la izquierda anteriormente, en estos artículos hago lo propio con los conservadores por replicar los mismos actos de censura que en otras ocasiones ha llevado a cabo la izquierda.

    Creo que ambas posturas merecen ser escuchadas. Creo también que un acto de censura en una sociedad tan interconectada como la nuestra es algo muy contraproducente, sobre todo porque solo termina amplificando el mensaje de aquello que se quiere censurar. 

  • ¿Por qué las jerarquías son necesarias?

    ¿Por qué las jerarquías son necesarias?

    Desde que la especie humana aprendió a socializar (básicamente desde el inicio de su existencia) las jerarquías se han manifestado. El líder de la tribu siempre estuvo en una jerarquía superior a la de los demás, el filósofo estuvo en una jerarquía superior a la del alumno, el del gobernante al del gobernado, el de quien es más inteligente o más hábil sobre el que es menos hábil. Esas jerarquías nos han servido como un marco de organización y referencia para que la civilización pueda ser tal.

    En una época donde la deconstrucción del lenguaje y el cuestionamiento del orden social se han vuelto una característica constante, el argumento de la inutilidad de las jerarquías ha resonado una y otra vez. Quienes argumentan ello afirman que detrás de una jerarquía siempre hay un ejercicio de dominación de una sobre otra, o que dicha jerarquía reduce la libertad del individuo; aunque en realidad, cuando la jerarquía es justa y no implica sometimiento, más bien la amplía. 

    Sí, las jerarquías se han llegado a usar como pretexto para la dominación, pero las jerarquías no son intrínsicamente opresivas. Las jerarquías naturales están muy lejos de ello.

    Una jerarquía tampoco implica sometimiento, sino el reconocimiento de en que dado ámbito, una persona está en un nivel superior de la otra y, como consecuencia, la comprensión de los roles que existen dentro de esa jerarquía: el padre está en una jerarquía superior del hijo, el médico está en una jerarquía superior del paciente, y también el maestro del alumno. 

    Voy a poner un ejemplo para comprender su utilidad. Imagina que enfermas, no sabes qué enfermedad tienes y estás muy preocupado. ¿A quién vas a recurrir? Seguramente vas a ir con el médico porque, al ser la medicina su especialidad, él va a saber más que tú. Esa jerarquía, donde el médico por lo general sabe más que el paciente, fue la primera referencia que tuviste para ir a buscar a alguien que te auxiliara con tu enfermedad. A menos que también seas médico o que por alguna razón tengas un conocimiento excepcional de la medicina, tú sólo tienes dos referencias para buscar a alguien que cure tu enfermedad: al médico como tal y su reputación como médico. El médico no te está sometiendo, sin embargo, como sabes que el sabe más que tú, le tienes un respeto como médico y sigues sus indicaciones. 

    Lo mismo pasa con la relación entre un maestro y un alumno. Al reconocer esa jerarquía, se reconoce que, por lo general, el maestro sabe más, lo cual motiva al alumno a escucharle y aprender (lo cual no significa que no pueda hacer cuestionamientos). Tal vez, al final del curso, la jerarquía haya perdido su utilidad ya que el maestro logró que su alumno aprendiera lo que él sabe, pero para que eso sucediera era necesario el reconocimiento de la jerarquía. 

    De la misma forma, cuando vas a un curso de manejo, sabes que el instructor sabe más que tú y por ello tú decides escuchar sus indicaciones. Igualmente, el padre está en una jerarquía superior que el hijo, o incluso el jardinero se encuentra como tal en una jerarquía superior del dueño o dueña de la casa que quiere saber cómo tratar su jardín y sus plantas. El dueño, a pesar estar en una jerarquía económica superior, se coloca en una jerarquía inferior en cuanto al ámbito de la jardinería. El dueño, como no sabe sobre el tema, decide pedir consejo y escuchar. 

    Al reconocer la existencia de las jerarquías estamos reconociendo que los seres humanos, aunque igualmente valiosos, no estamos en las mismas condiciones ni tenemos las mismas habilidades. Unas personas son más inteligentes que otras, otras son más aptas en el deporte que otras, otras saben más que otras. Debido a esta diversidad, es que los seres humanos nos organizamos para que, como organismo colectivo, funcionemos mejor y así logremos satisfacer de mejor forma las libertades individuales.

    Para que una jerarquía funcione es indispensable reconocer que no es un orden moral. Una persona que esté en una jerarquía superior a la tuya no es moralmente superior a ti, una jerarquía no puede nunca implicar dominación y ambas partes deben beneficiarse de ella, un policía tiene una jerarquía superior al ciudadano, pero el ciudadano también se beneficia de ella en tanto la presencia de policías crea un entorno más seguro para él. 

    Pero lo más importante es que un individuo solo puede tener privilegios relacionados a su propia jerarquía y no en otras, ya que ello termina corrompiendo el orden social. Por ejemplo, un gran empresario se encuentra en una jerarquía superior a alguien que no lo es. El empresario, por sus actividades empresariales, tiene derecho al privilegio de ser rico en tanto sea producto de su rol como empresario. Pero el empresario no debería poder, por un decir, comprar la justicia o poder político (ya que la justicia y la política son jerarquías diferentes). 

    Las jerarquías no son malas ni opresivas, son una condición natural de nuestra especie (y de las especies animales). Sin jerarquías habría sido imposible la civilización y posiblemente nuestra especie se hubiera extinguido. El reconocimiento mutuo de nosotros mismos, como individuos que tenemos el mismo valor en tanto seres humanos, pero que somos diversos en cuanto a nuestras capacidades, habilidades, creencias y formas de pensar, las hace imprescindibles. 

  • ¿Cuándo fue que un cadáver se convirtió en deshecho?

    ¿Cuándo fue que un cadáver se convirtió en deshecho?

    ¿Cuándo fue que un cadáver se convirtió en deshecho?
    Foto: Televisa

    Decidí escribir este texto corto porque me llama la atención el grado de deshumanización al que se ha acostumbrado la sociedad mexicana. 

    La nota es: el Gobierno del Estado abandona un tráiler con cadáveres porque ya no caben en el Instituto de Ciencias Forenses. Mientras acá en México la nota apenas comenzaba a hacer ruido, la BBC y The New York Times ya habían publicado artículos al respecto. No dan cabida que a un gobierno se le ocurra abandonar cadáveres nada más porque les estorban.

    Tal vez sea porque ya nos acostumbramos a que el narcotráfico arroje cadáveres de sus víctimas en la calle, tal vez porque ya es común que se publiquen notas que relatan el asesinato en masa de tantas personas en algún evento o algún paraje lejano a manos del narco. 

    Pero, ante la normalización de la deshumanización habría que decir lo siguiente: 

    Detrás de un cadáver hay una historia de vida, una vida que sigue en el recuerdo de quienes lo rodearon. Detrás de ese cadáver existió una persona que le dio sentido a la vida de los demás, quien lo procreó, quien fue procreado por él. Cuando se nos muere alguien no buscamos desechar su cuerpo, lo ponemos en algún lugar especial o sagrado, lo enterramos o lo incineramos, para tenerlo cerca a pesar de que ya no esté. Un cadáver es tan valioso que las mismas religiones les dan un trato muy especial. Por ejemplo, la Iglesia Católica exige a sus creyentes que las cenizas (en caso de cremación) queden alojadas en un lugar sagrado y no en las casas de los parientes de los difuntos).

    Me parece terrible que el Gobierno de Jalisco abandone cadáveres sin identificar porque ya no caben, porque ya no son útiles. ¿Cuántos de esos cadáveres sin identificar no son de personas que no saben cuál ha sido el paradero de sus seres queridos? ¿Cuántas personas nunca sabrán qué fue lo que pasó con sus padres, sus hijos, sus tíos, sus esposas o esposos o sus amigos porque estos fueron abandonados? ¿Cuántos «círculos» no cerrarán porque el Gobierno tomó la determinación de que esos cadáveres son inútiles, basura, deshecho?

    ¿Tanto nos podemos deshumanizar que consideramos al cadáver un deshecho o un estorbo? 

    Qué terrible ese grado de deshumanización, que terrible que a muchos les parezca «normal».

  • Cuando ser rebelde dejó de tener sentido

    Cuando ser rebelde dejó de tener sentido

    Tiempo atrás, cuando uno se rebelaba contra lo establecido, sentía cierta adrenalina porque sabía que el acto de rebelarse conllevaba un gran riesgo ante una sociedad que le pedía que se cuadrara. Así, cuando uno se iba de pinta de las clases o cuando uno escuchaba con sus amigos de ese «rock pesado» prohibido porque las señoras decían que era del diablo, sentía esa emoción en el pecho. Es como si practicara un deporte extremo con la emoción al límite: sabía siempre que corría el riesgo quedar en evidencia y recibir un castigo ejemplar, pero el premio que recibía, el conocer qué había más allá de ese recuadro que era su vida común y corriente, era una suerte de tesoro, como salir de la matrix.

    Pero hoy eso se ha acabado, ya no hay sentido en la rebeldía porque el «ser rebelde» se ha convertido poco a poco en lo establecido. Hemos entrado a una extraña paradoja donde rebelarse contra el status quo es, en cierta forma, el status quo. No hay escapatoria, parece que el sistema ha absorbido al mundo que se encuentra afuera de éste. 
     
    Si antes el rock era algo «antisistema», las expresiones que ahora nos pudiesen parecer subversivas son transmitidas en horario estelar en los principales medios de comunicación: así, no es poco común escuchar (y hasta bailar) el reaggeton dentro de los eventos familiares donde los tíos juegan con los sobrinos mientras se escucha música con letras misóginas y de alto contenido sexual. Si me pinto el cabello de verde, si me pongo un arete, si me hago un tatuaje, ya no es rebeldía sin causa sino tan solo una forma de expresión personal. En realidad ya no me estoy rebelando contra nada ni contra nadie porque no hay nadie que me diga si está bien o si está mal.

    El rebelde tampoco quiere asumir el costo de ser rebelde, quiere serlo pero no quiere asumir sus consecuencias. Por fortuna para él, ya no hay nadie que lo castigue por ello, ya no hay costo que pagar. Pero para su mala fortuna, es rebelde y en realidad no lo es. 
     
    Por tanto, la rebeldía también ha dejado de tener una causa, y menos tiene un significado o un mensaje: los rockeros y los hippies de los años 70 se rebelaban contra la guerra de Vietnam, contra el gobierno, contra un capitalismo «enajenante». Hoy la única rebeldía es el acto de rebelarse contra algo que no tiene forma y menos fondo. Los que dicen rebelarse contra el capitalismo no quieren dejar de consumir café en Starbucks ni tuitear en el iPhone. Los que se rebelan contra las jerarquías no quieren dejar la casa de sus papás. 
     
    Desorientados, algunos intentan convertirse en «rebeldes reaccionarios» cuestionando el acto de rebeldía para así, sentir que se rebelan contra algo. Ahí están quienes critican los excesos de los movimientos feministas para que alguien los confronte, o incluso se convierten en «políticamente incorrectos». Pero caen en la misma paradoja, nada más que a la inversa: si los primeros se rebelan cuando rebelarse es lo establecido, los segundos esperan ser rebeldes no siendo rebeldes.
     
    El sistema ha asimilado la rebeldía y, al hacerlo, el individuo ha quedado atrapado. Ya da lo mismo si se rebela o no, ya da lo mismo si trasgrede los esquemas establecidos o no, porque ser rebelde ya no es una transgresión, es un esquema establecido, y también una banda de pop creada por Televisa.

  • En defensa de los Godínez

    En defensa de los Godínez

    Se ha vuelto un deporte olímpico despreciar a quienes tienen un empleo fijo de 9 a 7. A esos empleados que, dicen, le han dado su libertad a una empresa o que están sometidos a esta. 

    Al godín se le ilustra como una persona que tiene una vida monótona con horarios fijos de entrada y salida, que carga con su credencial y su tupperware como si conformara una suerte de proletariado clasemediero moderno oprimido por el jefe burgués quien le tiene restringidas las redes sociales (aunque eso, creo que ocurre cada vez menos). El godín, se dice, no es independiente, está atado al sistema y, peor aún, algunos lo conciben como un mediocre porque «no se ha atrevido a dar el salto a la independencia», al mundo del emprendimiento o, ya de pérdida, como freelance

    El término Godínez es muy ilustrativo ya que expone al estereotipo del sujeto cuya identidad no sobresale de lo común, de la idea de la alienación del empleado cuya identidad propia queda borrada para ser parte de uno de los muchos que engrosan la nómina de la empresa. ¡Venga para acá señor Godínez y tráigase su reporte!

    Muchos creen, equivocadamente, que el godinato siempre debe concebirse como un estado que puede llegar a ser necesario pero que el individuo tiene que, tarde o temprano, abandonar. Hablan sobre cómo los «grandes emprendedores» pueden ganar mucho más que un Godínez ascendido a gerente, que los primeros crean sus grandes empresas mientras que los otros trabajan para alguien más, como si eso fuera algo malo.

    Pero la realidad es que no todo el mundo quiere ser emprendedor o freelance. A mí en lo particular no me gusta la vida Godínez y disfruto más ser independiente, pero tal vez sea más bien cuestión de gustos y de mi personalidad. Pero también sé que la vida Godínez tiene ventajas sobre la vida de freelancer o de empresario y muy posiblemente los Godínez valoren más las ventajas que un empleo fijo (ingresos estables, mayor facilidad para adquirir créditos por la misma razón, prestaciones, compañeros de trabajo) les da sobre la natural inestabilidad del mundo del emprendimiento o de trabajar por cuenta propia. 

    Este desprecio por los trabajos fijos es promocionado sobre todo dentro de las empresas multinivel que pintan a los Godínez como poco menos que esclavos; son más responsables ellos que la «cultura del emprendimiento». Son ellos los que repiten una y otra vez que «ya no dependas de alguien más», «se dueño de tu tiempo», «abandona tu cubículo y ponte a leer a Kiyosaki para que te hagas millonario». Ellos han tratado de promocionar una cultura del desprecio hacia el empleado para así lograr reclutar un mayor número de gente. Pero las empresas multinivel en realidad no están ofreciendo algo muy diferente y que no necesariamente es mejor; ya que en realidad, aunque insistan en que están «formando empresarios», en realidad ofrecen empleos con horario flexible y sin prestaciones sociales.

    Hay otros que les dicen a todos que deberían ser emprendedores, pero la mayoría de los emprendedores requieren de empleados para que su negocio funcione. Estoy de acuerdo en fomentar una cultura del emprendimiento y que se crea que el empleo en una empresa no es la única opción para tener algo que comer. Me gusta la idea de que más mexicanos abran sus empresas. Pero eso no implica que ser empleado sea algo malo, en lo absoluto. Una cosa es promover alternativas y otras formas de ganarse la vida, otra cosa es estigmatizar al «empleado». 

    La realidad es que para muchos tener un trabajo fijo que les guste es casi una bendición, y ello no tiene nada de malo. Muchos disfrutan más desempeñándose dentro de un cubículo que fuera de él, muchos son muy ambiciosos y tienen metas muy claras (lo digo por esa falsa creencia de que el Godín lo es por su falta de ambición). Dentro de una empresa también hay retos profesionales, muchos siguen estudiando y actualizándose para aspirar a mejores puestos o desempeñarse de mejor forma en el suyo.  Algunos esperan subir de puesto, otros aspiran encontrar empleo en una empresa mejor. 

    ¿Y tiene de malo eso? ¿Por qué se les sataniza?

    Algunos «Godínez» impactan de forma muy positiva en la sociedad, aunque no los veas, aunque no conozcas su nombre. Hay quienes cambian el mundo desde dentro de un edificio, quienes diseñan las estrategias o tienen las ideas que terminan teniendo un impacto positivo dentro de la sociedad. 

    Estigmatizar al godín es tan solo un síntoma de la incapacidad de entender que los individuos no somo iguales entre nosotros, que no todos tenemos la misma visión del mundo, que tenemos distintas habilidades y personalidades, y que a uno se nos facilita desenvolvernos de mejor forma en un ambiente más que el otro. 

    ¿No deberíamos reconocer la diversidad en lugar de hacer desplantes de una supuesta superioridad moral que no tiene alguna razón de ser?

  • ¿Qué es el posmodernismo?

    ¿Qué es el posmodernismo?

    Seguramente has escuchado esta palabrita en más de una ocasión. Lo has escuchado de algún filósofo, de algún sacerdote o de tu mamá. Seguramente te has percatado de que muchas veces se le pronuncia con una connotación negativa, o bien, para referirse a las corrientes postestructuralistas (yo mismo llegué a caer en el error de utilizarlo con esta connotación). 

    Pero hacer una mejor definición de este concepto nos ayudará a aclarar muchas cosas y entender algunos de los procesos sociales y culturales de nuestra especie, sobre todo en Occidente. Al posmodernismo lo tenemos que concebir en un sentido mucho más amplio, lo tenemos que explicar como una de las eras del desarrollo de la especie humana y no como una ideología. Cuando muchos se refieren al posmodernismo como una ideología, están más bien refiriéndose a ciertas ideologías o corrientes de pensamiento insertas dentro de la era posmoderna, pero que no explican el posmodernismo como un todo.

    Para entender el posmodernismo, primero tenemos que hablar del modernismo, al cual se le suele situar desde el renacimiento pero, sobre todo, de la Ilustración, y hasta entrado el siglo XX. El modernismo apela al progreso y a la idea de un futuro promisorio producto de la Revolución Científica, los avances tecnológicos y el método científico. Dentro de la era moderna también se insertan los valores tradicionales de la democracia liberal como la libertad de expresión, los partidos políticos y la economía de mercado, así como el marxismo tradicional. El modernismo se despojó de la idea de un ser divino al centro para poner en su lugar al hombre y la razón.

    El posmodernismo viene a fungir como una suerte de antítesis del modernismo. Si el modernismo tenía una inquebrantable fe en el futuro y en el hombre, el posmodernismo viene a cuestionarlo todo. Las guerras mundiales y la Guerra Fría nos rompieron esa ilusión de progreso en la ciencia y la razón. La ciencia también podía matar y crear instrumentos masivos de aniquilación humana como nunca antes, la ciencia también podía servir como instrumento de dominación y colonización. El posmodernismo parte de una visión oscura y sombría del ser humano. Ya no sólo hay una verdad divina, tampoco hay ya una verdad objetiva, las relaciones importan e incluso algunos pensadores se atrevieron a afirmar que la verdad literalmente no existe y es una construcción social.

    La postura de Michel Foucault ante las instituciones carcelarias (y todo lo que se le pareciera) es un gran ejemplo de este cambio de narrativa. De un positivismo donde el mundo ya no era más que una gran máquina que operaba bajo determinadas leyes, a uno donde las estructuras no eran engranajes sino instrumentos de opresión. El Estado, el mercado, las instituciones, la prisión y la escuela ya no eran esas entidades que existían para procurar una forma de organización social más justa y eficiente, sino instrumentos para controlar al ser humano y a su cuerpo. Esas entidades que, se decía, procuraban la libertad del ser humano, terminaban restringiéndola. Así, Foucault concibió todas las estructuras y jerarquías sociales como un instrumento de poder y no como una convención o contrato social. 

    Podemos resumir el posmodernismo en tres conceptos: una visión sombría y pesimista de la humanidad, la crítica a las estructuras y jerarquías sociales y el final de las grandes narrativas (en ese orden).

    1.- Una visión sombría y pesimista de la humanidad

    Como comentaba, el posmodernismo se vuelve una suerte de desencanto ante la idea de que bajo el progreso, la ciencia y la razón, el ser humano aspiraría a un futuro prometedor por medio del cual llegaría a satisfacer sus necesidades de mejor forma. Decía también que las guerras mundiales y la escalada nuclear dentro de la Guerra Fría hicieron que la postura de nuestra especie ante el progreso racional y científico se pusiera en tela de juicio. Esto es lo que antecede a los demás conceptos y el punto de partida. Esta nueva percepción, alimentada también por filósofos cuyas historias de vida de desarrollan en consonancia con la modernidad como un problema y no como un beneficio, terminó reemplazando al entusiasmo fincado en el progrezo y la razón. El propio Michel Foucault, quien intentó suicidarse varias veces, conoció el sufrimiento desde niño debido a su atracción por los varones para lo cual su padre lo llevó a un hospital y fuese testigo de la amputación de una pierna para que «se volviera hombre». El argelino-francés Jacques Derrida sufrió la represión del gobierno de Vichy y fue expulsado de su instituto argelino por motivos racistas. 

    2.- La crítica a las estructuras y jerarquías sociales

    Ese pesimismo y esa visión oscura del mundo fue la que motivó a muchos pensadores a crear una filosofía contrapuesta a lo moderno. Si bien, la filosofía crítica de la Ilustración había surgido desde hace tiempo (Nietszche es un gran ejemplo) e incluso casi a la par de la Ilustración, todavía no se reflejaba en ella este aire pesimista, en la cual los conceptos de razón, institución, estructura, jerarquía o progreso tan típicos de la Ilustración debían ser diseccionados y hasta deconstruidos. 

    Como suele ocurrir con cada era humana, las artes suelen ser las precursoras de la era que está por llegar. Así como el renacimiento antecedió a la Ilustración, podemos ver las primeras manifestaciones posmodernas en La Fuente de Marcel Duchamp

    Dentro de la era posmoderna podríamos hablar de tres corrientes filosóficas principales: El existencialismo en donde encontramos a pensadores como Heidegger, Sartre, Simone de Beauvoir, o los escritores como Albert Camus o Fiodor Dostoievski; la Escuela de Frankfurt compuesta por pensadores influenciados principalmente por Hegel, Marx y Freud como Erich Fromm, Max Horkheimer, Theodor W. Adorno o Jürgen Habermas; y por último, el postestructuralismo (corriente a la cual se suele referir comúnmente como «posmoderna») en el cual suele clasificarse a pensadores como Michel Foucault, Jacques Derrida, Jacques Lacan o Gilles Deleuze.

    Todas estas corrientes se caracterizan por cuestionar las estructuras y el status quo prevalecientes y por guardar cierto escepticismo sobre la idea del progeso humano, pero no todas lo llegan a hacer de la misma forma (aunque unas pueden llegar a influenciar a otras, como el caso de Heidegger a Derrida). Las tres son corrientes de izquierda que pretenden cuestionar y transformar. en mayor o menor medida, las bases sobre las que se encuentra cimentada la civilización. Erich Fromm estaba preocupado porque pensaba que en el futuro los hombres se convertirían en una suerte de robots, Heidegger quiso sustituir la relación entre sujeto y objeto hasta en ese entonces vigente en la filosofía por el Dasein (estar ahí, o estar en el mundo), mientras que Jacques Derrida apostó a la deconstrucción o a «mirar la estructura debajo de la estructura».  

    Fue en especial el postestructualismo el que buscó destruir, o bien, deconstruir las estructuras y las jerarquías que consideraba opresivas por medio del lenguaje (podemos tomar como referencia la deconstrucción de las ideas binarias de Derrida como negro-blanco u hombre-mujer bajo el argumento que en una categorización binaria una necesariamente oprime a la otra). De las tres corrientes, esta fue la que adquirió una postura más relativista tanto en lo filosófico como en lo moral. Ya no hay una verdad absoluta ni una verdad objetiva, ya no hay un centro desde el cual agarrarse o tomar como punto de partida, ahora todo tiene una explicación de acuerdo a la relación que tiene con otra cosa.

    3.- El final de las grandes narrativas

    El posmodernismo significa también el fin de todos los «ismos» (ya fuera cristianismo, comunismo o capitalismo) y de las grandes narrativas (como refiere Jean-François Lyotard en su libro «La Condición Posmoderna»). Si bien, algunos de los pensadores (sobre todo dentro de la Escuela de Frankfurt) tuvieron una fuerte influencia marxista, quedaron profundamente desencantados después de darse cuenta de lo que pasaba en la Unión Soviética para poner así al comunismo en conjunto con el fascismo (y no muy lejos al capitalismo) como la gran justificación de su desencanto con el progreso de la especie humana. 

    La crisis de representatividad política que se vive en Occidente tiene parte de su razón de ser en este fin de las grandes narrativas, en donde los partidos políticos se han ido vaciando progresivamente de contenido ideológico al punto en que los electores se muestran inciertos sobre las diferencias entre unos y otros, ya que estos se han vuelto muy pragmáticos. Francis Fukuyama, de forma precipitada, anunció el triunfo de la democracia liberal, pero incluso esta permanece muy incierta. Inclusive los movimientos de extrema derecha que han surgido en Europa no se caracterizan por tener una narrativa contundente que vaya más allá de sus peticiones en torno a la migración o la pérdida de empleos.  

    Legado

    Sería irresponsable hacer un juicio de valor categórico sobre el posmodernismo, empezando porque no es en sí una corriente de pensamiento sino una era en las que nos encontramos insertos, parte de la evolución de la humanidad. De lo que tal vez sí podemos hablar es de su legado:

    En los aspectos positivos, podemos decir que el posmodernismo nos dejó una sociedad cada vez más preocupada por el medio ambiente, que entendió que el desarrollo tecnológico debía tener limitaciones y que había que tomar medidas al respecto (aunque a juicio de algunos pueda ser algo tarde). También encontramos un legado positivo en lo relacionado con la equidad de género o el progresivo reconocimiento de minorías (personas con otra orientación sexual o raza) producto del cuestionamiento de paradigmas y creencias. 

    Este escepticismo que nos lega el posmodernismo se ha vuelto necesario para abordar los avances tecnológicos, sombre todo en el advenimiento del transhumanismo o la inteligencia artificial. Gracias al posmodernismo somos capaces de cuestionar cómo es que un avance tecnológico podría incidir dentro de la sociedad y qué deberíamos de hacer ante las externalidades que estas podrían traer. 

    En los aspectos negativos (me atrevo a decir que en gran medida gracias a las corrientes postestructuralistas) tenemos una sociedad cuya base filosófica y tal vez hasta moral es muy líquida e inestable, ya que si bien la era posmoderna ha sido campeona en cuestionar las estructuras, se ha visto imposibilitada, debido al profundo relativismo de la posmodernidad de los últimos años, de crear una nueva estructura que surja como producto de estos cuestionamientos. Es difícil concebir una nueva forma de estructura social si se asume, como Foucault hace, que en toda estructura con lleva por sí una relación de poder de una entidad sobre otra, o si se considera, como propone Derrida, que todas las categorizaciones binarias son opresivas. Si los cimientos de cualquier estructura son opresivos, entonces es ilusorio poder construir una. 

    Vemos algunas de sus manifestaciones en la supeditación del método científico ante lo que consideran estructuras de poder, así negando cualquier objetividad dentro de la ciencia, que por ejemplo, consideren que cualquier diferencia psíquica que sea ilustrada de esta forma entre el hombre y la mujer es necesariamente una construcción social opresora. Este relativismo y creencia en la manifestación de opresión en cualquier estructura también ha alimentado a los sectores más radicales de causas sociales como el feminismo, ecologismo o colectivo de personas con otra preferencia sexual, creando un discurso muy victimista donde no existe otra alternativa que derrumbar las estructuras y las jerarquías para aspirar a una suerte de justicia social, donde no existe la posibilidad de consensos y entendimientos entre los seres humanos, ya que para estas corrientes toda interacción humana involucra una relación de poder.

    Este relativismo excesivo dentro de algunas de las corrientes posmodernas no solo es denunciado por la derecha, sino que también es criticado por algunos de los filósofos que son parte de la era posmoderna, como la crítica que hace Jürguen Habermas a Derrida y a Foucault en su libro El Discurso Filosófico de la Modernidad, La Modernidad Líquida de Zygmunt Bauman que podría ser considerada una crítica la sociedad actual (el título de su libro es muy revelador al respecto) o incluso Slavoj Žižek, el pensador de izquierdas que, a pesar de estar influido por Lacan, ha decidido mantenerse lejos de esa «ortodoxia relativista». 

    No solo vemos el legado del posmodernismo en el arte contemporáneo, sino también en el cine o en la televisión. Mientras que Los Simpsons es una crítica hacia el modelo de familia tradicional y a la sociedad típica norteamericana, Matrix (muy influenciada por obras como 1984 o Un Mundo Feliz) nos muestra una distopía futurista y Black Mirror nos alerta de los grandes problemas que la tecnología podría traer a la humanidad. También tenemos una fuerte dosis posmoderna en la música popular, en el rock que funge como música de protesta o de crítica social. Y si bien, las iglesias suelen utilizar este término de forma peyorativa para denunciar el relativismo moral, no están necesariamente exentas de los «vientos posmodernistas». La encíclica del Papa Francisco «Laudato Si» muestra una considerable dosis de posmodernismo al mantener una postura escéptica hacia la modernidad enfocándose en cuestiones como el ecologismo, el consumismo, y el «desarrollo irresponsable».

    El mito del marxismo cultural

    Desde hace décadas, ciertos sectores conservadores han mantenido un discurso de que el posmodernismo es una suerte de marxismo cultural en la que se afirma que hay una conspiración marxista para acabar con los valores de Occidente. A esta se le suman otras teorías de la conspiración como «la promoción de la homosexualidad» para reducir la población. Pero si entendemos el posmodernismo como una consecuencia de la dialéctica entre ideas filosóficas, la visión pesimista del mundo y como una consecuencia de filósofos que en su mayoría crecieron bajo una idea pesimista del mundo producto de sus historias de vida, podemos entender que se trata de un tránsito natural de nuestra especie humana y no de una teoría de la conspiración. De la misma forma podemos entender aquello que los conservadores llaman «ideología de género» como una deconstrucción de los géneros como oposición binaria herencia en gran medida del pensamiento de Butler, Derrida y Foucault, e impulsada por sectores sociales que se han sentido excluidos, lo cual los ha motivado a adquirir una postura más beligerante, y no como una política de la ONU para destruir Occidente. No se trata de una estrategia artificial sino de la constante evolución y tránsito de las ideologías que, benéficas o nocivas, influyen en las estructuras nuestra sociedad. Vaya, ni al surgimiento del nazismo se le puede considerar una conspiración sino que se explica en gran medida por muchas razones históricas recientes a su surgimiento. 

    Es cierto que a los teóricos de Frankfurt se les puede asociar más con Marx ya que su influencia es más directa, pero se trata de una dialéctica de ideas consecuencia de la natural evolución filosófica e ideológica de la especie humana y Habermas está lejísimos de proponer una restauración comunista. Últimamente se asocia más el término marxismo cultural con el postestructuralismo, pero sus teóricos están más alejados de Marx que los teóricos de Frankfurt. Foucault recibió críticas por su escepticismo hacia el marxismo y Derrida siempre se mantuvo distante a pesar de las tentaciones

    Estas etiquetas terminan siendo irresponsables porque implica negar de forma categórica todo el pensamiento surgido dentro de esta era. Yo no soy ni marxista ni comunista en lo absoluto, pero vaya que leer a Fromm o a Habermas me ha ayudado mucho a abrir mis horizontes. Incluso Foucault, a pesar de que en lo particular difiera con varios de sus argumentos, tiene otros varios que me parecen muy rescatables. 

    ¿Qué sigue?

    Como cualquier etapa de desarrollo humano, el posmodernismo será remplazado por algún otro. ¿Cuál es? ¿Cómo será? La verdad no lo sabemos y no me atrevería a decirlo porque si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que los seres humanos somos muy torpes para adivinar el futuro. Sin embargo, como escribí hace algunos días, me parece particularmente interesante el concepto de Metamodernismo, no tengo idea si en el futuro vayamos a vivir una era metamoderna, pero sí puede ser un punto de partida para «repensar el futuro».