Categoría: reflexión

  • Ocio o barbarie

    Ocio o barbarie

    Ocio o barbarie

    ¿Qué te viene a la mente cuando alguien menciona la palabra ocio? Posiblemente asocies el término con conceptos como: flojera, improductividad, pérdida de tiempo. Esto porque en nuestra cultura de la producción se ha demonizado el concepto, porque no genera riqueza y porque se considera que el ser humano más útil es el que produce más. Al ocio se le recluye y solo se le da permiso de existir cuando tiene la función de descansar al cuerpo y la mente para volverse a incorporar a la vida productiva (como parte del proceso productivo y no como algo ajeno a ello).

    Con la Revolución industrial, como bien decía Hannah Arendt, el ser humano pasó de ser aquel homo faber que fabricaba sus propios productos y los hacía suyos (cuyas reminiscencias podemos ver en los artesanos o en algunos artistas) al animal laborans que ya no hace sus propios productos, sino que tan solo forma parte de una cadena productiva. Así, al ser humano se le despojó ese sentimiento de trascendencia a través de su labor. Además, tenía prohibido quedarse a contemplar porque eso le significaba prácticamente la muerte (vita contemplativa) ya que tenía que utilizar el mayor tiempo posible para poder adquirir los recursos necesarios para sobrevivir. Fue en esta transición cuando se manifestaron los descontentos dentro del sector obrero, que derivó en los sindicatos y en la misma obra de Karl Marx.

    Todos sabemos que el propio capitalismo rebasó la cruda realidad descrita por Marx (dejando algunas de sus tesis obsoletas) a través de muchos de los derechos ganados por las luchas sindicales y por las concesiones que el capitalismo le hizo al sector obrero para evitar que la sociedad cayera en las garras del comunismo o de alguna corriente radical que amenazara seriamente los intereses de los propios capitalistas.

    También cambió la naturaleza del trabajo (al menos en las clases medias), sobre todo con el advenimiento de la sociedad del conocimiento. Me atrevo a decir que retomó (de forma meramente parcial) algunas de las características del homo faber y en menor medida de lo que Hannah Arendt llamaba vita contemplativa. Por una parte, el ser humano sigue formando parte de un proceso más grande que su propia actividad, pero también hay un cierto esfuerzo para que su trabajo tenga más significado (lo cual no siempre sucede, de ahí a que no sea poca la gente que dice no disfrutar de su trabajo), ya sea por mecanismos que utilizan las empresas para motivar a los empleados y reconocerles, porque la labor de un individuo esté estrechamente ligada con la profesión que eligió y que le apasiona, o porque puede, en algunos casos, ver su creatividad plasmada en algo tangible (aunque solo forme parte de un proceso).

    El animal laborans moderno sigue siendo, en sentido estricto, parte de un proceso, e incluso la labor de muchos de los llamados trabajadores independientes (autoempleados, freelancers e incluso muchos emprendedores) sirve no como fin en sí mismo, sino que se integra a uno o varios procesos. Así, un contador independiente hace servicios indispensables para que procesos de varias compañías funcionen, o un desarrollador web desarrolla sitios que son parte del proceso de producción y ventas de varias compañías. A diferencia del animal laborans tradicional, del que se sirvió Marx para desarrollar sus conceptos de alienación y plusvalía, el animal laborans moderno encuentra en el trabajo no solo un mecanismo de supervivencia, sino también de trascendencia.

    Es evidente que el progreso es significativo. Si bien este no ha sido uniforme (basta comparar el tipo de empleos de la gente de clases altas y medias a la de las clases bajas que se parece un poco más al animal laborans tradicional) debe reconocerse que las condiciones de trabajo han mejorado significativamente tanto en lo cuantitativo (horas de trabajo e ingresos) como en lo cualitativo si lo comparamos con los trabajos del siglo XIX que inspiraron a Marx a escribir su obra. Pero concuerdo con aquellas voces que dicen que la esencia de los seres humanos no debería limitarse tan solo a la realización personal a través de la integración a estos procesos productivos.

    Es aquí donde viene la importancia del ocio como algo más valioso que el mero descanso del cuerpo y la mente (que visto como tal, sería tan solo una función más del animal laborans), uno que le dé mayor significado a nuestras vidas y nos termine de autorrealizar como seres humanos.

    Esto implica redefinir el término, o más bien, limpiarlo de los conceptos viciados que le hemos adjudicado. El ocio no puede ser visto como parte del proceso productivo, como parte de la mera rutina: como los tradicionales viernes de ir al bar con los colegas a hablar de trabajo, ni como una forma de evadir la realidad. Contrario a la definición que muchas veces se le ha dado (no seas ocioso, dicen), no significa no hacer absolutamente nada, no significa quedarse tirado en la cama, sino se trata de darle al cuerpo y a la mente esa posibilidad de emanciparse temporalmente del proceso productivo al que está atado.

    Evadir la realidad (ser parte de un proceso productivo) no es lo mismo que emanciparse del proceso productivo. La evasión implica su negación, pero el individuo sigue estando atado a ese proceso, porque sus actividades fuera de las horas laborales están condicionadas por el mismo proceso (sale a beber o juega videojuegos para huir de la pesadumbre del trabajo, para después odiar los lunes). La emancipación es la capacidad de salirse de ella de tal forma que el ocio mismo no esté determinado por el proceso productivo.

    El ocio, en este sentido, significa que la gente tenga la posibilidad de contemplar (a través de la lectura, de las artes), de meditar, de caminar, de pensar, de convivir con la familia y los amigos, de practicar un deporte como hobby (y no solo con el fin de mantener un cuerpo más sano y apto para el proceso productivo del cual es parte), de tal forma que el ser humano pueda vivir de forma más plena, donde el proceso productivo del cual es parte sea «parte de su vida» y no «su vida».

    Dicho esto, habría que preguntarnos si el tiempo que asignamos para el ocio es suficiente, si la manera que vivimos el ocio es la adecuada, si los seres humanos tenemos la capacidad de emanciparnos de ese proceso productivo al que pertenecemos de tal forma que nuestra vida tenga un significado que vaya más allá de ese proceso y que no sea absorbida por éste.

    El ocio es ignorado porque estamos ya muy acostumbrados pensar en términos de productividad. Pero tal vez habría que colocar dicho concepto en una dimensión real, en aquella donde es un medio y no un fin en sí mismo. La productividad debe servir al ser humano, no a la inversa. Es decir, que éste sea una mera herramienta que sirve a aquella. Tal vez sea hora de concebir al ser humano como algo más que un mero ente del cual esperamos que produzca rendimientos.

    El ocio no debe de verse como un defecto, sino como un espacio en el que el ser humano pueda ejercer su libertad e independencia. Por ello es importante hablar del derecho al ocio.

  • La interseccionalidad y la persecusión a los cristianos

    La interseccionalidad y la persecusión a los cristianos

    La interseccionalidad y la persecusión a los cristianos
    Ilustración de Leonard Beard

    La interseccionalidad es un enfoque acuñado por Kimberlé Williams Crenshaw, según el cual todo el ser humano puede tener algún privilegio que lo sitúa como un opresor o no tenerlo, lo cual lo sitúa como un ser oprimido, y de ahí se desprenden diversas categorizaciones binarias para señalar dichos privilegios: «blanco vs negro», «heterosexual vs homosexual», «rico vs pobre», «hombre vs mujer». Este enfoque es utilizado dentro de sectores radicales del feminismo y de otras causas como la lucha racial. La apuesta es deconstruir, muy a la derridiana, estas categorizaciones para acabar con dicha opresión.

    El problema de este enfoque es que asume a priori que en absolutamente todos los casos quien encuentra dentro de la condición «dominante» de esa categorización adquiere un status de privilegio. Así, la intereseccionalidad es incapaz de ver la complejidad de estas relaciones. Por ejemplo, este enfoque no tiene la capacidad de decirnos por qué Oprah Winfrey (mujer afroamericana) se encuentra en una posición más privilegiada que un hombre blanco que perdió su trabajo, de esos que votaron por Trump (y quien tiene más «privilegios» que Oprah).

    La interseccionalidad también opera dentro del terreno religioso. Se considera que en Occidente la religión dominante es el cristianismo, de lo que se desprende que mantiene una condición de opresor frente otras religiones que no son dominantes como el Islam, y que en este caso se le considera como el oprimido. Esto lleva a muchas contradicciones, en especial que un occidental no pueda criticar el machismo inherente a la religión islámica porque, al estar opinando desde su privilegio, está teniendo una actitud «islamofóbica».

    Con los lamentables atentados en Sri Lanka contra los cristianos nos podemos dar cuenta de las falencias de este enfoque. Esos cristianos no vivían en una condición de privilegio; al contrario, ello explica que hayan sido asesinados. Pero como en Occidente el cristianismo es el dominante, entonces para algunos de los defensores de este enfoque, es políticamente incorrecto defender a los cristianos que fueron producto de estos asesinatos y apelarán a los privilegios históricos del cristianismo.

    Mucho se le debe a la interseccionalidad el hecho de que en Occidente esté de moda culpar al cristianismo de todos los males (aún por los errores que sus iglesias cometieron hace ya varios siglos) porque al ser la religión dominante entonces se le considera opresora y, por el contrario, abrazan con los brazos abiertos a todos los musulmanes, simplemente porque, al ser minoritarios, se encuentran en una condición de oprimidos, pasando por alto las atrocidades que varias organizaciones islámicas (como el Estado Islámico o Al-Qaeda) han llegado a hacer, de las cuales ciertamente no son culpables la mayoría de los musulmanes, así como la mayoría de los cristianos no son culpables de los que otros han llegado a hacer.

    Criticar este enfoque no significa, de ninguna manera, negar o hacerse de la vista gorda sobre lo que los afroamericanos, los homosexuales o los pobres pueden llegar a vivir ni desconocer que muchas veces han sido oprimidos. Pero reducir una realidad compleja en categorías binarias muy rígidas solo tenderá a «tribalizar» a la sociedad, dividiéndola en dos bandos que terminarán rompiendo cualquier puente de diálogo. Esto suele ser patente incluso en algunos centros académicos de EEUU donde a un blanco no se le deja hablar por estar en su condición de privilegio.

    También es un error reducir un análisis de algo tan complejo, que debe desmenuzarse y matizarse como las relaciones humanas, a meras relaciones de opresor – oprimido. Una visión así no permitirá construir ninguna forma de jerarquía porque se asume que cualquier jerarquía implica una condición de opresor-oprimido. Por lo tanto, será imposible, desde la interseccionalidad, construir un sistema de organización humana donde toda su diversidad pueda incluir ya que terminará inevitablemente aislando a las diversas categorizaciones.

  • Jordan Peterson vs Slavoj Zizek. Primeras impresiones del debate

    Jordan Peterson vs Slavoj Zizek. Primeras impresiones del debate

    Jordan Peterson vs Slavoj Zizek. Primeras impresiones del debate

    Jordan Peterson y Slavoj Zizek son dos de las más grandes influencias intelectuales en los jóvenes (y no tan jóvenes) en estos tiempos, pensadores que han sabido aprovechar los beneficios de Internet para difundir su pensamiento. Zizek es marxista (pero de una forma muy particular y distinta a la de los marxistas comunes y corrientes) y Peterson tiene una postura más conservadora (aunque también peculiar comparada con la forma de pensar de un conservador típico, además de que tampoco es el ultraderechista que algunos dicen que es. Podría decir que es un conservador moderado que incluso puede llegar a tomar algunas ideas de la izquierda como su preocupación por la desigualdad). Por eso es que el debate del día de hoy ha generado mucha expectativa.

    Algunos compararon este evento con el famoso debate entre Foucault y Chomsky. Yo discrepo porque creo que en este hay ambos llegan en una condición de desigualdad que no estaba marcada, a mi parecer, entre Foucault y Chomsky, pero lo cierto es que ellos son posiblemente dos de los intelectuales más influyentes en la juventud actual.

    Cierto, Jordan Peterson tiene mejores habilidades retóricas y es más elocuente a la hora de debatir; Slavoj Zizek es más atropellado a la hora de organizar sus ideas, tal vez por eso algunos digan que Peterson ganó el debate. Pero en el terreno de la argumentación, Peterson me parece más básico que Zizek. Si bien Peterson ha tenido intelectualmente momentos lúcidos en su carrera (como su libro Maps of Meaning), simplemente no se encuentra al nivel de Slavoj Zizek y hasta parece haber cierto reconocimiento de eso cuando Peterson lo reconoció por la originalidad de su pensamiento.

    Si esto hubiera sido un debate político donde se trata de estimular a la gente tal vez Peterson habría ganado más puntos, pero en un debate como éste, donde la argumentación es clave y es central, considero que Zizek ganó.

    No me parece que Peterson sea un pensador prominente, no es un filósofo e incluso tiene muchas lagunas en la materia. Me parece más bien alguien inteligente que ha logrado echar mano de las redes de forma efectiva y ha aprovechado su elocuencia para transmitir su conocimiento. Por el otro lado, Zizek tiene mayor bagaje filosófico, tiene una mayor capacidad de matizar y de ser crítico incluso con su propio pensamiento, sabe ver más fuera de la caja. El «no tengas miedo a pensar» que Zizek le dijo a Peterson, me parece que ejemplifica la diferencia entre los dos. Zizek sabe ir más al fondo, sabe cuestionar más las ideas (incluyo las suyas), Peterson en este sentido se queda corto. Cuando Peterson trata de profundizar sobre conceptos filosóficos comienza a tropezar y a mostrar que en esta rama tiene muchas carencias. A veces parece que se abstuvo de profundizar en ello porque reconoce que le falta conocimiento en la materia.

    Un claro ejemplo de ello es cuando Peterson comete el error de poner al posmodernismo y al marxismo en una sola cosa (un error impermisible hasta para un estudiante primerizo de filosofía) cuando epistemológicamente son muy diferentes. Después de que Zizek le reprocha por ello y, como consecuencia, se hace chiquito, termina afirmando que el posmodernismo contiene esa dicotomía de «opresor – oprimido» del marxismo. Pero esa dicotomía no es siquiera una invención del marxismo, también puede verse en la Revolución Francesa cuando el marxismo ni siquiera existía. El argumento de Peterson parece tener más bien como trasfondo algún prejuicio y la falta de estudio sobre lo que el posmodernismo y el marxismo son.

    Zizek, al igual que Peterson, discrepa con el posmodernismo y con el pensamiento «políticamente correcto». Pero como pudimos ver en el debate, Zizek sabe desmenuzarlo y lo entiende muy bien. Peterson lo aborda por medio de suposiciones, generalizaciones y etiquetas. Peterson es alguien que puede hacer sentir cómodo a los conservadores (aquellos que no son muy ortodoxos) pero Zizek no hace sentir necesariamente cómodos a los izquierdistas (tanto los posmodernos como los marxistas) porque Zizek tiene la capacidad de ser crítico incluso con las corrientes de pensamiento que lo marcaron.

    Zizek no es mi filósofo favorito, pero simplemente Zizek y Peterson no se encuentran al mismo nivel y la pelea era dispareja de origen. Peterson repite argumentos que, válidos o no, son conocidos y se repiten una y otra vez dentro de las foros de opinión (en algunas cosas concuerdo con él pero no hay nada novedoso en lo que dice, no se trata de coincidencias o simpatías). Zizek tiene la capacidad de ser original y no dejarse de llevar por la corriente o por las posturas convenientes.

    Debatieron porque dos de las mentes más influyentes, pero ello no significa que estén en el mismo nivel, no lo están. Zizek es un filósofo, Peterson me parece más bien un terapeuta sofisticado.

    https://www.youtube.com/watch?v=WGRC5AA1wF0
  • Y si tú fueras político

    Y si tú fueras político

    Sé que te lo has dicho dentro de tu mente: que tú eres una persona más íntegra que los políticos que están en el poder.

    Seguramente te dirás: yo casi no he cometido actos de corrupción, tal vez una mordida al tránsito por aquí, tal vez una factura comprada por acá, nada para escandalizarse.

    Pero ¿estás seguro de que eres una persona más íntegra? Yo me lo pensaría dos veces.

    ¿Cómo sabes si eres una persona más íntegra si no has tenido frente a ti todas esas tentaciones que se les ofrece a los políticos para corromperlos, así como aquellas inherentes al ejercicio de la política?

    ¿En la vida te han ofrecido un moche por una obra? ¿Un moche que tal vez sea suficiente para pagarle la universidad a tu hija?

    ¿Has tenido la oportunidad frente a ti de «asegurar económicamente el resto de tu vida» utilizando de forma discrecional el dinero del erario público? Lo dudo muchísimo.

    Básicamente, decir que eres más íntegro que un político porque nunca has robado lo que ellos han robado es como decir que eres una persona que nunca ha sido infiel porque nunca ha tenido novia.

    La mayoría de las personas no se pueden sentir completamente seguras de que ellas serían muy diferentes si estuvieran en el poder básicamente porque no han estado ahí.

    Bien tienen razón los que dicen que el poder no pervierte a las personas sino que las «amplifica» ya que el poder les da permiso de ser realmente como son ya que, a diferencia de nosotros los de a pie», ellos tienen menos restricciones para hacer lo que quieran. Y dicho esto, puedo esperar que aquel ciudadano común que da una «mordida necesaria» para agilizar el trámite o para que el tránsito no lo multe y le «ayude a ayudarle» sea aquel político que se pasa la ley por encima, roba o se enriquece.

    Tal vez tengas razón al decir que muchos políticos son corruptos (mi intención no es de ninguna manera relativizar sus acciones), pero posiblemente no la tengas cuando sugieras que ellos son, en esencia, mucho más corruptos de espíritu que los ciudadanos de a pie.

    Y tal vez así entenderás que un simple cambio de partido o de figura no va necesariamente a cambiar las cosas de fondo. Tal vez así entenderás que una cambio profundo requiere no solo de la rotación del poder políticos, sino también del papel del ciudadano en el quehacer público, político y social.

    Al menos es una buena noticia, porque si lo piensas bien, tu capacidad de incidir es un poco mayor a la que te habías imaginado.

  • Adiós Estado de bienestar, hola ciudadanos dependientes

    Adiós Estado de bienestar, hola ciudadanos dependientes

    Adios Estado de bienestar, hola ciudadanos dependientes
    Foto: CNN

    Una de las premisas de las izquierdas modernas es el fortalecimiento de la red de seguridad social, o eso que comúnmente conocemos como Estado de bienestar.

    Esta institución, surgida principalmente Europa entre finales del siglo XIX y parte del siglo XX, se presentó como una alternativa evitar radicalizaciones entre los obreros e incluso para que los países mayormente europeos no cayeron en las garras del comunismo. A pesar de algunos embates de la liberalización económica que tuvo lugar a partir de los años 70, este sistema sigue siendo una constante en la gran mayoría de los países desarrollados en los cuales los trabajadores pueden aspirar a tener una pensión, un sistema de salud gratuito, el derecho a la educación, la cultura y un largo etcétera.

    El Estado de bienestar, al tiempo que reduce la desigualdad, también le proporciona al ciudadano una base relativamente firme para poder desarrollar su proyecto de vida.


    Erica Belcher – London School of Economics

    Es cierto que en México el Estado de bienestar es más austero que el que existe en países desarrollados, en gran medida por la más limitada capacidad económica de nuestro país. También es cierto que la redistribución tiene un impacto muy marginal en el combate a la desigualdad. Aún así, tenemos un sistema que ofrece pensiones, sistema de salud (el IMSS, el ISSSTE y el casi desaparecido Seguro Popular) sin los cuales la cruda desigualdad y la pobreza tendrían un impacto aún más profundo en la población. Podríamos además incluir aquí a los programas focalizados como «Solidaridad – Progresa – Oportunidades – Prospera» que buscan combatir la pobreza, entre otros.

    Pero con la izquierda de López Obrador no parece que estemos viendo un fortalecimiento de un Estado de bienestar institucional. Más bien pareciera que se está buscando desmantelar parte de éste con el fin de tejer relaciones de dependencia entre los ciudadanos y su gobierno. Pretender sustituir los programas de guarderías y de refugios para mujeres por transferencias directas es, me parece, una clara muestra de la búsqueda de la consolidación de poder a través de la creación de redes de dependencia dentro de los cuales los beneficiados sientan que «el gobierno les está ayudando y con el cual deberían sentirse agradecidos».

    Un sistema de seguridad social institucional no debería verse nunca como un favor que el gobierno le hace a los ciudadanos, sino como un derecho que dichos ciudadanos tienen y que el gobierno, compuesto por servidores públicos que representan a los ciudadanos, está obligado a proporcionar. El caso europeo es ejemplar en este sentido, ya que, aunque sus sistemas son bastante más robustos que el nuestro, no buscan tejer redes de dependencia entre el gobierno y la ciudadanía como sí lo busca hacer el gobierno de López Obrador y como también lo ha acostumbrado a hacer el priísmo (basta ver el uso que el gobierno de Peña Nieto le dio a Prospera). Si bien los gobiernos en esos lares sí pueden prometer fortalecer o adelgazar el sistema de seguridad social, nunca se concibe como un favor que se hace ni que asumen que la ciudadanía les debe algo (votos y apoyo) con el fin de amasar poder y fortalecer la imagen del líder, de quien se dice, es quien proporciona todos estos beneficios.

    A algunos esta diferencia les puede parecer no muy significante, pero se trata de todo lo contrario. Dicha diferencia es más bien muy determinante por diversas razones: primero, porque esta visión paternalista afecta mucho el diseño de las políticas públicas (haciéndolas mucho menos eficientes ya que los beneficios que los individuos obtienen están supeditados a la creación de relaciones de dependencia que derive en una mayor cantidad de poder en el gobierno), y segundo, porque suelen distorsionar la dinámica misma de la democracia, creando clientelas y movilizándolas para que el gobierno actual busque refrendarse en el poder.

    Mucho se habla del papel que gobierno debe tener en la economía. Si debe tener un papel activo, si debe limitarse a redistribuir la riqueza, o si bien, debe mantenerse completamente ajeno. Pero también es importante debatir cómo es que el gobierno participa. Importa el objetivo que tengan los programas sociales implementados, la postura del gobierno con respecto de ellos y el diseño de las políticas sociales. La diferencia entre un Estado de bienestar constitucional visto por los ciudadanos como un derecho y los beneficios gubernamentales que deben ser agradecidos es enorme, aunque el presupuesto invertido sea similar.

    Tal vez no debamos pensar en el desmantelamiento del Estado de bienestar, pero sí en el cambio de narrativa con respecto a éste. Lamentablemente, la narrativa en la llamada Cuarta Transformación es una que incluye una relación paternalista entre el gobierno y los ciudadanos.

  • El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    El movimiento #MeToo. Un muy necesario análisis.

    Después de la muerte de Armando Vega Gil pensé en escribir un nuevo artículo, pero para ello preferí esperarme unos días. Quería deliberar dentro de mi cabeza, escuchar voces de ambos lados en este entorno tan polarizante y tratar de entender bien este fenómeno llamado #MeToo.

    Días después, creo que estoy listo para hacerlo, y aún así no es algo muy fácil de hacer, ya que analizar este fenómeno es muy complejo y para ello no me queda de otra que matizar, diseccionar y alejarme de las generalidades y de los juicios de valor categóricos a un movimiento. Implica hacer un ejercicio de empatía, implica la muy difícil tarea de darle la justa dimensión a las cosas, e implica deliberar entre convicciones mías que en este contexto se muestran contrapuestas (como la cultura de la legalidad contra la equidad de género).

    El problema en el que estamos metidos

    Primero empiezo reconociendo el problema: México es un país muy machista, más de lo que pensábamos (o yo pensaba) y, peor aún, lo que nos exhibió #MeToo fue una cultura del acoso y violencia hacia la mujer que está impregnada en las estructuras sociales en los estratos socioeconómicos que, curiosamente, son o serían los menos machistas, donde se supone que la cultura de la equidad de género se ha impregnado más. Esto es, si ahí las cosas están mal ¿cómo estarán las cosas en los otros sectores?

    Tenemos que admitir que la cultura del acoso y la violación sexual es un problema muy grave en nuestro país y es algo que no se puede relativizar. En relación con la cultura del combate al acoso también estamos atrasados con respecto a muchos países. Básicamente es necesario un cambio cultural.

    A este se suma otro problema grave que tan solo fortalece el status quo, y es la incapacidad de las autoridades para hacer justicia hacia las mujeres que desean denunciar. La justicia en este sentido prácticamente no sirve, por lo cual para muchas mujeres denunciar pareciera no ser más que algo meramente rutinario o simbólico.

    Dicho esto, si bien soy un defensor de la legalidad y de la institucionalidad, debo reconocer que, al menos de momento, esta perspectiva se vuelve completamente inútil con respecto a la problemática que muchas mujeres sufren. #MeToo en este sentido opera por fuera de lo legal, no de forma ilegal, sino más bien alegal, y el movimiento mismo hace de alguna u otra forma la tarea que las instituciones deberían hacer, con todos los problemas que esto implica.

    La naturaleza de #MeToo

    #MeToo llegó tarde a México, ya se había manifestado en Estados Unidos y otros países como en el caso de Harvey Weinstein y Kevin Spacey quienes vieron su reputación arruinada después de que se ventilaran diversas acusaciones hacia sus personas. En ese momento algunas personas trataron de replicar la dinámica en este país haciendo algunas denuncias pero no se había logrado viralizar. Era necesaria una cantidad de masa crítica como para que las mujeres vieran que el movimiento era fuerte y que podían estar seguras de no sentirse solas a la hora de exponer sus denuncias.

    Me parece muy ingenuo esperar que un movimiento como #MeToo contenga, a priori, filtros o mecanismos para evitar abusos por el simple hecho de que fue una explosión que se viralizó en redes (otra cosa son los ajustes que se pueden ir haciendo con el tiempo). La falta de experiencia (es un fenómeno nuevo en nuestro país), el hecho de que sea un fenómeno orgánico que se ha viralizado y el alto contenido emocional (vaya, mujeres que han sido abusadas y violadas) hace impensable pensar en algo así.

    También es ingenuo esperar conformarse con una postura conciliadora, como si bastara con hacer reuniones con galletitas y café para acabar con este problema. Si bien, soy un defensor de la progresividad como mecanismo para cambiar realidades, en el caso del abuso y la violación sexual tendría que hacer una excepción ya que no pueden lograrse cambios de fondo sin generar incomodidades cuando se trata de problemas graves que se encuentran muy escondidos y a los cuales no se les ha podido dar una real dimensión.

    #MeToo es una explosión viralizante, en donde las mujeres que fueron violadas y acosadas se animaron a contar sus historias porque creyeron que quedarían marcadas por la violencia que ejerció sobre de ellas un violador o un acosador. No solo está el problema las instituciones inoperantes al respecto, sino que muchas se lo guardaron por miedo a ser señaladas, criticadas o estigmatizadas (lo que también explica en parte el asunto de las denuncias anónimas). Debo decir que es muy común que en nuestra sociedad se estigmatice a una mujer que fue violada.

    En este sentido era necesario que surgiera, no había otra forma de poder dimensionar lo que estaba ocurriendo. Era necesaria una explosión, una sacudida mediante la cual las mujeres tuvieran el ánimo de hacer su denuncia, de buscar justicia ante el agravio que sufrieron. Y naturalmente iba a haber efectos secundarios.

    Asegunes y matices

    El suicidio de Armando Vega Gil de la extinta banda Botellita de Jerez desató un sinfín de polémicas que creo deben de ser atendidas y, sobre todo, entendidas.

    Primero, es importante (y difícil, lo sé) dar la justa dimensión a las cosas. Me parece una desproporción darle una dimensión en la cual este suicidio se vuelve más importante que todas las denuncias de acoso y violaciones reales, o afirmar de forma categórica que #MeToo lo mató (primero, porque no sabemos si es inocente como dice, y porque implicaría negar su libre albedrío). Pero de la misma forma sería irresponsable desestimar lo ocurrido y no darle ninguna importancia, como ha ocurrido entre algunas feministas radicales quienes incluso han culpado a Armando Vega de «deslegitimar el movimiento» con el suicidio.

    Dije que #MeToo comenzó con una explosión de la cual no se puede esperar una suerte de filtros y matices a priori y expliqué por qué, pero conforme pasa el tiempo sí que se pueden ir implementando dichos filtros y sí es necesaria una crítica al interior del movimiento para ir dándole forma e institucionalizarlo (por decirlo de alguna forma) para reducir al mínimo los abusos que deriven en personas inocentes que se vean afectadas. Dada la naturaleza de este fenómeno (y que incluye denuncias anónimas) surgen los siguientes problemas: (recordemos que este es un movimiento alegal, que no se apega a derecho -básicamente por su inoperancia con respecto a este tema- y que implementa sus propios mecanismos)

    Primero: que hay personas que pueden abusar de esta herramienta para dañar la reputación de terceros inocentes. Más aún cuando el empoderamiento de la mujer y el cierre de filas entre ellas genera una postura escéptica ante quienes tratan de desmentir las acusaciones. Esto puede provocar daños severos en la vida de personas inocentes, que aunque sean muchos menos que las mujeres violentadas no significa que no importen.

    Segundo: que se lancen acusaciones que no se puedan catalogar como acoso o abuso, que ciertamente se puedan tratar de conductas incluso reprobables pero en las cuales no esté involucrado algún problema de violencia de género: por ejemplo, conflictos personales en una pareja, infidelidad que dentro de ella no contenga violencia de género (entendiendo que una mujer también puede ser infiel con un hombre) y otros diversos casos.

    Tercero: la difusa frontera entre lo que es un acoso y lo que no es. Es relativamente fácil definir qué acto es una violación, pero no siempre pasa lo mismo con el acoso, un acto puede ser percibido como un acoso para una persona y no para otra que dentro de su fuero interno nunca tuvo la intención explícita de acosar. Es imperativo, a mi parecer, que el acusado haya tenido la intención explícita de hacerlo (esto sin importar si se encontraba alcoholizado o afectado por estupefacientes).

    Veredicto

    A mí me parece difícil hacer una afirmación categórica sobre el movimiento. He dicho que era necesario que haya surgido y también he dicho que, dada su naturaleza, tiene algunos problemas que pueden incluso llegar a afectar la vida de terceros. Antes de glorificar o satanizar al movimiento, y evitando un juicio utilitarista donde argumente que es bueno solo porque son más los beneficiados que los perjudicados, me parece que lo más sensato debería ser hacer lo propio hacer estos juicios con los actores más que el movimiento en su conjunto:

    Por ejemplo: a mí me parece ética y moralmente correcto que una persona que fue agraviada o violada exponga públicamente su caso. Debería tenerse una moral retorcida como para pensar que moralmente una persona no tiene el derecho a defenderse ante un agravio, más cuando las opciones institucionales no son una alternativa. De la misma forma, me parece ética y moralmente reprobable y condenable que una persona se «suba» al movimiento para difamar a otra o para mera venganza.

    También se debe entender a este movimiento en su contexto. Todos estamos de acuerdo en los problemas que trae en esencia, pero habríamos también que preguntarnos qué alternativa existe para socializar y combatir el problema. A la fecha, me cuesta mucho trabajo pensar en una alternativa igual de poderosa. Es, me parece, una buena causa que ciertamente es imperfecta, que adolece de no tener una curva de aprendizaje recorrida al momento del inicio.

    Lo que sigue

    Y si bien #MeToo inició inexperto, sí debería ir adquiriendo experiencia en el camino, desde plantearse cómo dar más visibilidad a la problemática de las violaciones hasta cómo evitar que personas abusen de esta plataformas y afecten a personas inocentes.

    Muy importante también es cómo lograr que el fenómeno #MeToo se convierta en políticas públicas que reduzca el número de violaciones, en un sistema de justicia que sí ayude a las mujeres y también en protocolos dentro de organizaciones públicas, privadas, sociales o escuelas, para combatir este problema de tal forma que logre penetrar ahí en la cultura y sacuda las estructuras para combatir la violencia de género. El mero hecho de exhibir el problema ya es un gran paso que seguramente motivará a más de una organización a cambiar su cultura, pero el esfuerzo no debe quedar ahí.

    La tarea no es fácil, pero se dio un gran primer paso, que naturalmente es incómodo (no sé cuántos hombres estén temerosos de que expongan su caso) y que seguramente logrará un cambio dentro de las estructuras sociales. Las mismas lideresas del movimiento también deberán ser críticas con ellas mismas si quieren lograr que el cambio sea profundo. Se debe procurar que este movimiento combata este problema y no termine desviándose a una mera batalla de géneros de mujeres contra hombres.

    Extirpar este cáncer es imperativo y los hombres también debemos colaborar en ello. Era necesario que algo así sucediera, que se sacudieran las estructuras, porque no se puede tolerar que en una sociedad como la nuestra se permitan numerosos abusos y violaciones que se cometen de forma impune.

  • Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    Un Blitzkrieg llamado #MeToo

    En estos días algo se movió dentro de las estructuras sociales mexicanas, recibieron una sacudida muy fuerte.

    Decenas de profesores despedidos de sus puestos de trabajo. Personas que, cuando menos lo esperaban, vieron destruida su reputación; se vieron señalados, vieron que su vida posiblemente no será igual porque dieron por sentado que «eso que hicieron» siempre quedaría ahí oculto en la oscuridad.

    Fue como un Blitzkrieg, llegó de forma intempestiva, bastaron dos días para poner el mundo de cabeza.

    Fue una batalla cultural y social, apunta ahí a las mismas estructuras sociales. Fue una breve terapia de shock que incluso comprometió el futuro de algunas instituciones e hizo mella en el tejido social.

    Tal vez no se equivoquen quienes digan que #MeToo tiene algunos defectos, que hay gente que puede subirse al mame con el fin de desprestigiar personas o para vengarse, que hace falta matizar entre los casos o que hacen falta poder más filtros para evitar daños colaterales. Pero también sería ingenuo esperar que en una batalla como ésta donde se busca generar el mayor impacto posible en el menor tiempo se fueran a tomar demasiadas consideraciones de ese estilo y se fuera a ejecutar de una forma muy pragmática. Más cuando hablamos de mujeres que escondían dentro de sí historias que les partían el alma y que vieron en esta dinámica una oportunidad para expresarse.

    Tan solo bastaron dos días para mostrarnos que los acosos y las violaciones sexuales son parte de las estructuras sociales, que no son la excepción sino la regla. Nos mostraron toda la pobredumbre incluso dentro de las instituciones que se presumían defensoras de los Derechos Humanos.

    Y no es que las cosas se hayan degenerado, es que las cosas ya estaban degeneradas, el problema tenía años e incluso, para los apologistas del pasado, décadas.

    Y quien fuera a esperar que no sucediera gran cosa estaba muy equivocado. Eran muchas las mujeres que tenían una historia muy dolorosa que contar, una historia que habían mantenido en secreto por miedo a ser señaladas o criticadas, por miedo a perder sus puestos de trabajo o que nadie les creyera.

    Pero se empoderaron: se dijeron entre ellas «yo sí te creo» para respaldarse y recordarse que no están solas. Vieron en ellas mismas un apoyo psicológico para lograr externar eso que había quedado ahí oculto durante todas sus vidas. Hombres que eran vistos como respetables pero que tan solo eran depredadores sexuales, de los que uno no sospecharía nada, y quienes habían logrado que su crimen quedara ahí en lo escondido, en lo oscurito. Hombres que vieron sus vidas arruinadas, y en la mayoría de los casos, justamente.

    Lo peor del caso es que solo estamos viendo una parte de todo el problema, porque así como hay universidades, instituciones y sectores sociales que permitieron que esta ola permeara, había también muchos otros círculos que se han blindado ante la amenaza ya sea por sus estructuras de poder o porque el activismo escasea más ahí: partidos políticos, universidades e instituciones conservadoras e incluso agrupaciones religiosas; además de todas aquellas instituciones o agrupaciones donde seguramente se han tomado medidas para que las historias de los violadores que se encuentran ahí no salgan a la luz.

    Las mujeres dieron un golpe de autoridad y mostraron que no están dispuestas a quedarse calladas, por ello algunos hombres se encuentran en pánico, porque temen que su caso se ventile. Muchos otros no tememos alguna difamación porque nunca nos hemos conducido así pero seguramente nos hizo repensar y ser mas críticos con nuestra conducta hacia las mujeres.

    Algo se movió estos días, las mujeres ganaron un poco más de poder y relevancia (lo cual ciertamente genera incomodidades). El bombardeo fue intensivo e intempestivo, no hubo mucha piedad (aunque los acusados menos aún la tuvieron cuando cometieron sus fechorías). Apenas se dieron cuenta del ataque cuando ya solo había ruinas sobre de sí.

  • ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    ¿Por qué no me gusta llamarme aliado ni feminista?

    Como librepensador que me considero, yo nunca he sido una persona que utilice las etiquetas de aliado o feminista para definirme, y tengo muchas razones para ello.

    La primer razón y que sonaría como la más obvia, es que así como concuerdo en ciertos temas con los feminismos (entendiendo que se trata de un movimiento heterogéneo), también a veces llego a discrepar, y sé que esas discrepancias pueden llegar a incomodar a más de una persona. En lo general, comparto el fin que las feministas buscan, que es lograr una real equidad de género tanto en lo público como en lo privado. Pero al igual que haría con todo movimiento, podré decir también que con esto no estoy de acuerdo o con esta otra forma tampoco, como lo he llegado a expresar en este espacio.

    Pero la segunda razón y la de más peso es que decirse aliado o feminista en las redes, hablar y parlotear es algo muy fácil para los hombres. Y la realidad es que varios (no todos) lo hacen porque quieren congratularse con las mujeres, presumen estar deconstruidos (término derridiano muy torpemente utilizado) y se la pasan señalando a quienes consideran realizó un acto machista. Estoy seguro que varios de los varones se dicen feministas por cualquier razón menos que por una real preocupación por aquello que una mujer padece (desde inequidad, hasta violaciones o abusos).

    Hace año y medio, yo critiqué en Facebook a un grupo de feministas por el linchamiento que hicieron hacia Gatorade y la propia Paola Espinosa por el anuncio que decía «mi mayor triunfo es ser mamá», ya que atentaba contra su libertad de expresión y porque en ese anuncio, atendiendo el entorno, nunca se quiso transmitir el mensaje de «una mujer no puede aspirar a ser más que una madre» como algunos parecían sugerir. Naturalmente es una crítica que sostengo al día de hoy.

    En ese entonces llegó un hombre (de quien voy a omitir su nombre) casi con el fin de hacer un linchamiento sistemático a mi persona señalándome como misógino y sexista. De igual forma me atacó porque sugerí que no todas las diferencias entre ambos géneros eran necesariamente producto de construcciones sociales (e incluso después de insistir en que ninguna diferencia que existiera justificaba una relación asimétrica entre mujeres y hombres ni mucho menos podría sugerir que las mujeres eran menos talentosas que los hombres en algo). ¿Qué pasó después?

    Resultó que esta persona fue denunciada por su exnovia, quien aprovechó la campaña #MeToo para decir que, en los dos años que duró su relación, él abusó psicológicamente de ella. No fue una mentira ni una difamación, la misma persona reconoció que había abusado de ella y pidió disculpas. Esos abusos estaban ocurriendo justo en el tiempo en que aprovechó las redes para llamarme sexista y misógino. En redes se presumía como un aliado, en la vida real era un machista, él era eso que yo decía que era.

    En otra historia, mucho más fuerte, el día de hoy Alexia confesó (aprovechando también la campaña #MeToo) que había sido violada sexualmente por una persona llamada Luis Hernán Landivar Pimentel que pertenecía a Wikipolítica. Su declaración es escalofriante y confieso que terminé muy enojado y angustiado al terminar de leerla.

    Pero lo que más me llamó la atención fue este escrito de Luis Hernán hecho hace apenas unas pocas semanas donde hablaba cómo es que estaba deconstruyéndose y reconociendo sus machismos (naturalmente muchísimo menores a esa violación y acoso sistemático que hizo a Alexia). En el texto parece hacer mención de lo sucedido pero tergiversando toda la historia para que quedara en algo menor, además de que se refirió a ella como su pareja (cosa que no fueron en la vida real):

    Me enfrasqué en una dinámica destructiva en la que era incapaz de responder a las necesidades y justos reclamos que me hacía; en cambio le llamaba inmadura, acusaba su falta de experiencia porque era menor que yo.

    ¿De qué sirve a una mujer tener a un grupo de hombres diciéndose aliados o feministas cuando solo quieren quedar bien? Por eso es que yo prefiero desligarme de esos términos.

    Prefiero mil veces que una feminista me critique porque discrepa con aquello que dije en mi libertad de expresión que volverme un hombre nocivo, acosador o violador. Presumir ser aliado para ganar unos likes o aplausos es bien fácil, reconocer que somos imperfectos y que podemos tener problemas en nuestra conducta para trabajar en ellos es muy difícil. Yo mismo me atrevo a reconocer que en algún momento he tenido conductas machistas y admito que puedo llegar tener algunas conductas internalizadas y debería estar alerta de ello, pero si uno quiere cambiar la realidad de las cosas, las reconoce y las trabaja, no se pone a presumir en todas sus redes que es un aliado y que está del lado de las mujeres. No se presume, se actúa.

    Es triste escuchar estos relatos de mujeres que fueron violadas y abusadas. Es peor escuchar que los violadores se ocultaron bajo su manto de aliados feministas y que con él, engañaron a las mujeres para seguir abusando impunemente de ellas.