Categoría: reflexión

  • ¿Mi compu tiene coronavirus?

    ¿Mi compu tiene coronavirus?

    ¿Mi compu tiene coronavirus?

    La paranoia y la ignorancia juntas pueden ser letales. Cuando el miedo tiene como base un supuesto falso, el único resultado probable es el resultado equivocado, donde se pierde y no se gana.

    ¡Se va a acabar el mundo! ¡Es la nueva peste negra, y tú sigues escribiendo como si nada!

    No, no es como que esté despreocupado. Es cierto que hay una nueva cepa de coronavirus que ha infectado a decenas de miles de personas y ha matado a cientos. Su tasa de mortalidad (más baja que el SARS pero se propaga de una forma más rápida) es del 2.1 hasta el momento. Esto quiere decir que de cien personas mueren dos (la mayoría de ellos con algún problema inmunológico, defensas bajas, etc). No es despreciable como para que la comunidad internacional se confíe y no tome cartas en el asunto, pero tampoco es tan alta como para pensar que va a acabar con la humanidad.

    Pero hay gente allá afuera que está terriblemente asustada, tanto que los restaurantes de comida china en México han visto sus ventas bajar drásticamente. ¡Paranoia!

    Es más. El día de hoy no es el mejor día para ser chino en México (o japonés o cualquier persona con ojos rasgados): ¡Álvaro, es un chino, qué tal si trae el coronavirus! ¡Mejor vayámonos por el otro lado!

    Obviamente se tienen que tomar medidas contundentes para evitar que una cepa así se transmita por todo el mundo, como China afortunadamente lo está haciendo; sobre todo si hablamos de un nuevo virus que todavía no se conoce por completo y cuya vacuna demorará algunos meses. Pero tampoco hay que caer en la paranoia, no se va a acabar el mundo. Simplemente habría que estar atento a las indicaciones que puedan dar las autoridades y a lo que digan las fuentes calificadas (porque sí, hay que revisar fuentes).

    No habrá quien insista en que hay una conspiración detrás, que «fueron los gringos», que hay toda una estrategia geopolítica. Pero cuando saquen la vacuna dirán que es un invento para «controlar a la gente» y volverla autista.

    Y todo ello ocurre por la poca disposición para informarse. Reconozco el trabajo no solo de especialistas, sino incluso de Youtubers divulgadores que han tratado de explicar la dimensión del problema:

    Pero, con todo, la gente prefiere confiar en sus instintos que en las recomendaciones de los especialistas. Muchos creen que «algo les ocultan», que «les están mintiendo a propósito». Pero los instintos no sirven de mucho para darle la dimensión a un evento que desconocen casi por completo, y por ello lo mejor es apegarse a que las autoridades y lo que «los que sí saben» recomienden que se haga.

    Peor aún, quienes actúan bajo la paranoia corren, paradójicamente, más riesgos ante una eventualidad así. Digamos que el Coronavirus se expande a lo largo de todo el país. Una persona sensata hará lo que le digan lo que tiene que hacer como usar cubrebocas, lavarse las manos, toser en el antebrazo y no en la mano y demás. Pero una persona paranoica probablemente llegue a ignorar o a subestimar alguna de estas indicaciones y se concentre más bien en aquello que no le ayudará evitar contagiarse: ¡no mames, parece chino! ¡Cuidado!

    Las personas que están en mayor control de sí mismas y que están informadas toman mejores decisiones que las personas que están completamente invadidas por el miedo, y naturalmente van a tomar mejores decisiones para evitar contagiarse. ¿Pueden estar asustadas? Sí. Y no es que ello sea malo, es una reacción natural y hasta cierto punto deseable porque te mantiene en alerta. Pero, al final del día, están en control de ellos mismos y no pierden la noción de lo que deben hacer en una contingencia así. Quien cae en la paranoia ha perdido el autocontrol y queda, sin saberlo, desprotegido.

    Lo que toca es estar alerta de lo que digan las autoridades y los especialistas, no toca caer en desesperación.

  • ¿Es cierto que somos bien malditos egoístas?

    ¿Es cierto que somos bien malditos egoístas?

    ¿Es cierto que somos bien malditos egoístas?

    Empecemos respondiendo esta pregunta con una de las filósofas que ha promovido más esta creencia y que incluso ha llevado a Nietzsche y su idea del superhombre muy al extremo:

    La filósofa positivista Ayn Rand decía que el problema no es que fuéramos una sociedad profundamente egoísta, sino que más bien tendríamos que aspirar a serlo todavía más. Decía que el altruismo y el capitalismo son incompatibles e incluso más allá: se atrevió a afirmar que el altruismo es inmoral y lo culpaba del surgimiento de las dictaduras colectivistas.

    Bajo su cosmovisión, todo lo que hacemos (incluso nuestras relaciones cercanas) tiene un interés propio. Pareciera que los demás, al final del día, son instrumentos para utilizarse en favor de nuestros intereses.

    Pero Ayn Rand se equivoca, y medio gacho.

    Si los individuos fuéramos seres egoístas que solo son capaces de perseguir sus intereses ¿qué nos separaría entonces de los psicópatas que no tienen la capacidad de sentir lo que el otro siente y quienes no sienten remordimientos por sus acciones? ¿Qué los psicópatas no buscan sus propios intereses también?

    Se equivoca cuando dice que el capitalismo y el altruismo son incompatibles, y para ello basta leer al propio Adam Smith:

    Adam Smith aseguró que cuando los individuos buscan sus propios intereses, hay una mano invisible que hace que todo el colectivo se termine beneficiando de ellos. Pero Smith nunca dijo que el ser humano fuese un ser meramente egoísta. Basta leer su libro «Teoría de los Sentimientos Morales» para darse cuenta del valor e importancia que Smith le da a la simpatía hacia los demás como mecanismo necesario para el funcionamiento de las sociedades.

    Muchos somos liberales no porque creamos que el ser humano sea intrínsecamente egoísta y que el egoísmo lo defina por completo, sino porque, dada la capacidad de ser altruistas, es posible conciliar en cierta medida la libertad individual con el bien común. Muchos liberales pensamos que el bien común es necesario, pero que ello no debe buscarse por medio de la coacción sino por la libertad de los individuos que buscan, sí, perseguir sus intereses personales, pero que, a la vez, tienen la potencialidad de ser altruistas y de sentir empatía por el otro.

    También es falso que el altruismo nos conduzca a dictaduras colectivistas. El acto altruista es voluntario, jamás es impuesto. Si es impuesto el acto deja de ser altruista porque entonces no hay una sincera voluntad de serlo. Las dictaduras colectivistas, en el fondo, desconfían del hombre; igual que Rand, se han esforzado en pintarlo como un ser egoísta con la única diferencia de que había que coaccionarlo y despojarlo de su voluntad para procurar el bien común.

    Para terminar, el ser humano no solo tiene la capacidad de preocuparse por los demás, sino que tiene la capacidad de ejercitar su capacidad de sentir compasión (que no es lo mismo que lástima) y de ser altruista. El mismo Darwin (al que se le ha sacado de contexto muchas veces, sobre todo en el uso del concepto de «darwinismo social») insistió en que existe un componente altruista que forma parte de la evolución. Dicho esto, para él, la cooperación de los individuos dentro de un grupo y que va más allá de los meros intereses individuales se vuelve indispensable para la supervivencia de una especie dada.

    El altruismo del ser humano no es infinito (ello sería inviable), ni ello significa que habrá un momento idílico en la historia de nuestra especie en que se acaben los conflictos y lleguemos a la paz mundial eterna. Pero es cierto que la capacidad para ser altruistas se puede ejercitar, y ellos nos puede ayudar a construir, aunque sea, un mundo un poco mejor que el que tengamos.

  • Una políticamente incorrecta descripción de la corrección política

    Una políticamente incorrecta descripción de la corrección política

    ¿Qué es eso de la corrección política?

    Últimamente se ha vuelto muy común hablar de la corrección política o lo políticamente correcto. Se le relaciona mucho con aquel propósito progre de evitar que un discurso dado ofenda a las minorías.

    Pero la corrección política no es un fenómeno nuevo ni es propio de una corriente política específica. De hecho, hasta hace poco eran los conservadores los que la usaban más. Fue hasta tiempos recientes que el progresismo se convirtió en su principal promotor.

    Pero la corrección política siempre ha formado parte del ethos social y está ahí presente con el fin de que la convivencia en la sociedad sea más llevadera. Sin la corrección política, la convivencia sería casi imposible y nos llevaría a una pesadilla hobbesiana.

    Por ejemplo. Si voy caminando y veo a un hombre con un aspecto desagradable, será políticamente incorrecto decirle: «Hey, me das asco». Sería una severa falta de educación e incluso me podría llevar un puñetazo en la cara. También lo es usar términos despectivos como «naco o indio» para dirigirme a personas de tez morena. Y ello está bien. Si tienes prejuicios que atentan contra la dignidad de otras personas es mejor que te los guardes.

    Cuando a alguna minoría se le integra a la sociedad, nuevas normas de corrección política surgen y ello es inevitable. La corrección política busca la sana convivencia en un contexto dado y si una mayoría se integra, las normas sociales deben cambiar para poderla integrar. Por ejemplo, cada vez es más políticamente incorrecto decir «maricón, joto o p**o» de forma despectiva a una persona con una orientación o identidad sexual distinta a la heterosexual, ya que ese tipo de etiquetas los relegan a la periferia. Que cambios así se den es loable, es una forma de reconocer y respetar la dignidad aquellas personas a las que se les ha integrado a la sociedad.

    Pero también podemos hablar de excesos de corrección política y que tienen que ver con una suerte de sobreprotección y paternalismo hacia un conjunto de personas donde se asume que cualquier cosa que pudiera llegar a ofender o molestar a alguien no pueda decirse. Por ejemplo, que alguien exprese un punto de vista del cual se piense pueda afectar a un tercero sin que el emisor tenga ninguna intención de oprimir o atentar contra la dignidad de alguien como ocurrió con el caso de Google, o que se piense que cualquier tipo de crítica implica algún tipo de ofensa, cuando el debate, la discusión y el diálogo pueden ayudar a dirimir ese conflicto y aclarar cuestiones.

    Esto puede llegar a ser un problema, porque cuando la gente se vuelve completamente indispuesta a escuchar cosas que le pueden llegar a incomodar se corre el riesgo de que la sociedad se tribalice y se atrinchere en distintos sectores identitarios con su propia cosmovisión del mundo y de los cuales no está dispuesto a salir. En lugar de crear cohesión social termina fragmentándola.

    También hablamos de un exceso cuando se espera que una entidad superior como el Estado se encargue de censurar aquellas expresiones que se asume puedan ofender a alguien, porque 1) es una postura paternalista, 2) porque corre el riesgo de atentar contra la libertad de expresión y se le da poder excesivo al Estado del cual una minoría que aspira emanciparse puede volverse dependiente 3) porque muchas de las normas sociales no tienen que ser calificadas por el Estado sino por medio de convenciones sociales a menos que aquella cosa que se dice o hace ponga en peligro la integridad de un conjunto de personas (alguien que llame a agredir a personas por poner un ejemplo) donde sí podría intervenir.

    Peor aún, en nuestros tiempos la censura resulta contraproducente, porque en un mundo tan conectado como el de hoy solo magnífica la difusión de aquel mensaje con el que no se está de acuerdo, además que lo terminan legitimando al no haber siquiera confrontado el mensaje como tal (Agustín Laje y sus compinches han logrado explotar esto) dándole a su vez más voz a aquel discurso de odio que tiene la explícita intención de atentar contra las minorías.

    Por último, como expliqué anteriormente, a veces se puede volver complicado determinar dónde debe estar la frontera de lo políticamente correcto. Mientras algunos insisten en censurar aquello que pueda parecer ofensivo, en el otro extremo se encuentran aquellos otros que dicen que su libertad de expresión está siendo coartada al ser criticados por discursos de odio evidentes y flagrantes porque no desean que alguna minoría se integre al ethos político (discursos abiertamente homofóbicos o racistas). Pero es evidente que debe estar en un punto donde se garantice la libertad de expresión al máximo, en tanto dicha libertad no se utilice expresamente para atentar contra la libertad y la integridad de otros, haciendo alusión a la Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper.

    El exceso de corrección política crea el mismo efecto que su ausencia, una sociedad incapaz de poder tener una convivencia sana.

  • ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    A veces me frustra mucho cuando se habla de desigualdad, no porque sea un tema relevante o no, sino porque muchas veces se pretende explicar la desigualdad como una causa final y no como un efecto de un problema estructural que es lo que en realidad es.

    Siempre que se habla sobre cómo combatir la desigualdad, vienen a la cabeza propuestas como: «cobremos más impuestos» o «darle dinero a los pobres (por medio de políticas asistencialistas en muchos casos)». El problema es que esas propuestas son cuando menos deficientes en un contexto como el mexicano porque fungen, en muchos casos, como paliativos.

    No estoy sugiriendo desde luego, eliminar todos los programas ni mucho menos desmantelar el Estado de bienestar, pero sí replantear el enfoque y atacar el problema por sus causas.

    Luego, los hacedores de esas políticas se congratulan porque el coeficiente de GINI bajó dos puntitos (y si bien les va) cuando más bien se trata de una medida artificial y no estructural que no hace mucho para emancipar a los pobres de su condición. El Estado de derecho sólido es indispensable si queremos pensar en mejorar el sistema de seguridad social y la educación, que son indispensables para que los pobres tengan un piso mínimo y, por tanto, mayor movilidad social.

    Pero se habla menos de las reglas del juego subyacentes a todo esto. ¿Qué pasa si tenemos un Estado débil donde la justicia es para quien la pueda comprar? ¿Qué pasa si tenemos un Estado donde el gobierno no es llamado a rendir cuentas, donde quienes están en el poder político se enriquecen y quienes son parte de la iniciativa privada adquieren fortuna y poder al amparo del poder político?

    Pues entonces las políticas propuestas no van a servir de mucho porque no tiene sentido «nivelar» una sociedad que está completamente desnivelada en sus principios más básicos.

    Por eso a veces quienes proponen sociedades más igualitarias en América Latina tienden a saltarse esta parte y en vez de desembocar en países como Finlandia (amén del crecimiento económico que se requiere para llegar allá) terminan cayendo en manos de gobiernos demagogos cuya élite termina viviendo casi como si fueran jeques, donde la retórica sustituye a la voluntad de crear un Estado de derecho más justo. Cuando hablan de «neoliberalismo» en países como México en automático están casi ignorando el tema de la seguridad jurídica al confundir el libre mercado con el capitalismo de compadres (crony capitalism) que es producto de la inequidad ante la ley: el empresario rentista tiene privilegios ante la ley que puede comprar y se vuelve más rico gracias a ello y no a la competencia.

    Tener un Estado de derecho sólido donde la justicia sea equitativa y funcione para todos antecede de forma categórica a todo lo demás: un Estado donde el rico sabe que no va a tener privilegios para abusar del poder, y donde un pobre sepa que levantar una denuncia no será en vano.

    De poco sirve subir impuestos por subirlos o crear programas sociales asistenciales si en la práctica la justicia es para quien la pueda comprar, lo cual termina naturalmente reforzando los privilegios de una élite, no competitiva, sino una nociva y arcaica.

    Ya después se podrá discutir si es necesario subir impuestos (lo cual incluso será más fácil si la gente percibe que sus impuestos sirven para algo, lo cual ocurre en países con un Estado de derecho más justo e instituciones eficientes), pero mientras sigamos tolerando un sistema inequitativo e injusto, lo demás seguirá siéndolo (porque una sociedad artificialmente más equitativa sigue siendo, en el fondo, una más inequitativa dado que no hay un real empoderamiento de los que menos tienen).

  • ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    ¿Estás deprimido? ¡Échale ganitas!

    Se nos dice que vivimos en un mundo donde la empatía y la preocupación por el prójimo brilla por su ausencia. Cierto es que vivimos en un mundo individualista, pero no sé a ciencia cierta si la falta de empatía caracterice fuertemente a nuestras generaciones ya que en las anteriores ello también era algo muy presente (vaya, en el siglo XIX se pensaba que los negros estaban en una posición intermedia entre el humano y el animal). Lo cierto es que, en muchas ocasiones, tenemos problemas para empatizar y comprender al prójimo, y ello muchas veces es un problema.

    Aunque se nos diga que somos una sociedad individualista, lo cierto es que seguimos viviendo en una sociedad dentro de la cual estamos interconectados con los demás. No somos individuos aislados, sino individuos que viven en comunidad y que se explican por su relación con los demás. La empatía y la compasión básicamente son elementos del tejido social.

    El liberalismo no niega, como algunas personas podrían pensar, el componente colectivista y de bien común. Más bien presupone que el hecho de que los individuos busquen satisfacer sus intereses derivará en un bien común que está impreso en la famosa mano invisible de Adam Smith, quien en su libro Teoría de los Sentimientos Morales hace énfasis en la empatía y la preocupación por el otro. En una lectura superficial, habrá quien asegure que Smith cae en una contradicción, pero no la hay porque al hablar del interés propio, no está negando de ninguna forma la capacidad que tiene el individuo para empatizar y simpatizar con los demás. Smith imagina a un individuo libre y que es, al mismo tiempo, parte de una sociedad con la cual tiene una relación estrecha.

    El liberalismo busca reducir esa coerción sobre el individualismo en aras del bien común propio de los regímenes iliberales y solo la permite en aquellos rubros donde no puede haber conciliación alguna (franja que suelen disputar los partidos conservadores y de izquierda moderna enmarcados en la democracia liberal). Asume que ambos componentes coexisten de alguna manera, y por ello es que la empatía y la compasión se vuelven muy necesarios como mecanismos bajo el cual la conducta del individuo, quien no es restringido sobremanera en su individualidad, abona al bien común y a mantener una sociedad cohesionada.

    La falta de empatía y compasión (no lástima) por el que sufre en conjunto con la ignorancia conforman un círculo vicioso que laceran el tejido social. Lo primero es un hábito y, por tanto, un acto voluntario. El segundo es básicamente carencia de conocimiento sobre aquello que pensamos debería preocuparle.

    Así, una persona que carece del hábito tendrá pocos motivos para informarse sobre lo que la otra persona está pasando. Y de la misma forma, una persona que no tiene conocimiento tendrá menos elementos para lograr preocuparse por aquella otra persona. Por ello luego escuchamos frases como «los pobres son pobres porque quieren», «¿estás deprimido? Échale ganitas» o también el hecho de que relativice la violencia contra la mujer. Es más, incluso puede llegar ocurrir una falta de empatía hacia quien guarde prejuicios, cancelando así la posibilidad de persuadirlo. Todos estos paradigmas son propios de una falta de comprensión y conocimiento.

    Al individuo siempre le parecerá más difícil empatizar con aquello que está en la periferia que con lo que está en el centro. Lo periférico, lo que sale de los estándares normales, es lo menos comprendido y lo más estigmatizado. Fíjate en las frases que mencioné en el párrafo anterior. En todos hay un componente que ha estado históricamente en la periferia: los pobres, los trastornos mentales y la violencia misma contra la mujer que permanecía en la oscuridad. Lo mismo pasa con las personas de otras razas, las personas que profesan religiones distintas a la dominante (o que profese alguna en algún lugar donde nadie profese ninguna) o aquellas que tienen otra preferencia o identidad sexual.

    Y es comprensible que sea más complicado empatizar y comprender aquello que no comprende. ¿Qué tan fácil sería para una persona que jamás ha sufrido un ataque de pánico empatizar con una que sufre ataques a cada rato? Se puede dar una idea al ver las expresiones de aquella persona que sufre, pero al no entender lo que está viendo puede sacar conclusiones equivocadas y terminar haciendo más daño a aquella persona con frases como: «échale ganitas, es cuestión de actitud».

    A este problema generalmente se suma aquello que muchos llaman la Teoría Del mundo Justo, un mecanismo psicológico bajo el cual el individuo culpabiliza a la víctima pensando en que todo mundo obtiene lo que e merece para así pensar que ello no le va a pasar a él o a los suyos. Frases como «la violaron por cómo iba vestida» o «el pobre es pobre porque quiere» son el claro ejemplo de ello. Ello también explica por qué haya quienes insistan mantener ciertos problemas o fenómenos relegados en la periferia.

    Ayer leí un tuit que generó mucha polémica, porque básicamente refleja este problema: falta de comprensión, conocimiento, y este mecanismo psicológico activado:

    Podemos ver que para esta usuaria, los trastornos de depresión y ansiedad literalmente no existen (contraviniendo toda la evidencia científica) y los reduce a estados mentales propios de gente débil de carácter. Es paradójico que hable sobre «pajas posmodernas» cuando posmoderno sería más bien el acto de relativizar o negar un fenómeno que existe objetivamente en aras de sentir una falsa sensación de seguridad y reafirmación personal: «Todo el poder está en tu mente».

    La empatía (ponerse en los zapatos de los demás) y la compasión (aquella motivación para ayudar al que sufre) son diferentes de la lástima, la cual implica un sentimiento de superioridad sobre aquel que sufre, como bien afirma Matthieu Ricard en su libro «Altruísmo». La empatía y la compasión implica colocarte al nivel de quien sufre, con todo lo que eso implica. La compasión en la definición Nietzscheniana más bien se traduce en lástima, porque ni la empatía ni la compasión (la cual baso en el libro de Ricard) implican negar las potencialidades ni la vitalidad de aquella persona que sufre. Quien las niega necesariamente está adoptando una postura de lástima que se traduce en una postura de superioridad y dominio sobre el afectado atrofiándolo. Quien siente compasión, en cambio, busca ayudar al individuo a salir adelante.

    Alguien que siente compasión por una persona que tiene un trastorno mental, por poner un ejemplo, comprenderá que dicho trastorno rebasa su voluntad y no la juzgará por ello (como hace la chica del tuit) porque sabe que objetivamente necesita ayuda y que el trastorno no es producto de alguna debilidad de carácter. Pero también esperará que quien sufre haga lo que tiene en sus manos para solucionar su problema: por ejemplo, ir al doctor y seguir sus indicaciones tales como tomarse los medicamentos, hacer meditación o ejercicio en caso de lo que aplique. Quien tiene lástima o conmiseración dirá: «pobre tipo, no puede salir adelante, hay que sobreprotegerlo».

    Esperar que el individuo tenga voluntad y tesón para poner lo que haya que poner de su parte no implica que creamos que solo con su voluntad saldrá adelante. La voluntad es condición necesaria, mas no suficiente. Quien tiene un trastorno no lo tiene por ser una persona débil sino por un desbalance químico, y quien lo tiene necesita ayuda profesional básicamente porque él solo no puede curar su problema. El trastorno es una enfermedad, no es una «mala actitud».

    El problema es que prejuicios como los que guarda esta tuitera, terminan derivando en soluciones equivocadas que perjudican a las personas que sufren una condición de trastorno, o en políticas erróneas para combatir la pobreza que van desde atribuir toda la responsabilidad al pobre (como tiende a ocurrir en la derecha) hasta como quienes lo perciben casi como un inválido «al que hay que tratar y cuidar como un animalito» (AMLO dixit).

    La empatía y la compasión por el prójimo son necesarios para comprender las problemáticas individuales y sociales. Cada problema es muy complejo y tiene muchos matices, y solo la sincera preocupación nos ayudarán a entenderlos al menos de una forma más aproximada.

    No se trata de «echarle ganitas».

  • Insabi qué pedo con el avión

    Insabi qué pedo con el avión

    Insabi qué pedo con el avión

    Hoy nos despertamos con una puesta en escena tragicómica: AMLO anunció en la mañanera que iba a rifar el avión.

    ¡Está senil! ¿Ves? ¡AMLO está enfermo! Dice la oposición, pero no entiende lo que está pasando.

    AMLO sabe lo que hace, porque bien sabe cuál es el propósito de sus palabras y sabe a quienes van dirigidas.

    Si algo conoce muy bien López Obrador son los usos y costumbres de los que menos tienen, los que viven en barrios populares o pueblos y que no tienen acceso a la información que tienen las clases medias y altas. Ellos, en lugar de hacer una fastuosa cena de navidad como las clases altas hacen, cierran las calles de su barrio para ahí festejar la posada. Ellos tiran «cuetes», y también les gustan los juegos tradicionales como las tómbolas, rifas y demás.

    A muchos nos puede parecer aberrante (si es que va en serio) que López Obrador decida «rifar» el avión presidencial. Pero ello le funciona muy bien ante sus bases (que no son idiotas e ignorantes como algunos desearían que fueran) quienes tienen una visión muy diferente del gobierno de AMLO porque sus paradigmas y el contexto en el que viven son distintos a los de quienes formamos parte de las clases medias para arriba, porque son beneficiarios de sus programas sociales, por la retórica de las mañaneras que ven y que por todo esto que su vida cotidiana está mejorando.

    Y eso es lo que no entiende la oposición, que en su burbuja se indigna y se burla cuando no entiende que el mensaje no va para ellos sino para sus bases, que viven en una realidad distinta y no entienden. De hecho, AMLO seguramente ya dio por descontado que los opositores seguirán oponiéndose.

    Con la rifa, AMLO busca no solo darle vuelta ante ellos a los cuestionamientos del avión sino fortalecer su narrativa y su posición ante quienes lo apoyan: «¡ya sé cómo hacerle! ¡Y lo voy hacer de una forma que a ustedes les va a a sonar familiar!

    La oposición tendría, en todo caso, que saber cómo comunicarse con todos estos sectores y explicarle por qué, a pesar de que perciben en la vida cotidiana una mejora (que podría llegar a ser ilusoria en caso de que AMLO no corrija el rumbo), López Obrador está cometiendo muchos errores que a la larga les podrá llegar a afectar sobremanera. No lo saben hacer y luego se preguntan por qué López Obrador sigue siendo popular.

    Antes que los datos duros, los tecnicismos y demás, es la cotidianeidad bajo la cual la gente evalúa la gestión de un gobierno, y sobre todo lo es cuando la gente no tiene acceso a la educación que las clases medias y altas sí tienen. En su cotidianeidad, las cosas van «requetebien», y como perciben que las cosas van bien, entenderán los errores que sí perciben como parte necesaria de la «transición»: «Sí es un caos lo del Insabi, pero AMLO ya mejoró mi vida en varios aspectos, démosle chanza».

    Los opositores deberían entender más a esos sectores, acercarse a ellos y comunicarles lo que ellos ven del gobierno no de una fría y tecnocrática, sino de una forma en que lo entiendan. Menudo dilema, pero no hay de otra .

    Y mientras eso no ocurra, AMLO seguirá con sus ocurrencias. Rifará aviones y en una de esas organice el juego de las sillas para decidir a qué miembro del gabinete recortar. Ello le es muy familiar a la gente «del pueblo», ello genera la percepción de un presidente cercano, que sí los entiende. Y en un contexto así, la oposición, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo, se encuentra en desventaja.

    Rifar un avión es aberrante y debe de serlo, pero no es un acto de locura. AMLO sabe lo que hace.

  • ¿A poco el liberalismo también es colectivista?

    ¿A poco el liberalismo también es colectivista?

    En muchas ocasiones se contrapone al liberalismo con el colectivismo y por ello muchos liberales ven lo colectivo como algo indeseable. Pero el liberalismo en realidad tiene un componente colectivista (referido en el sentido filosófico y político y no en la definición más bien económica referida a la propiedad social de los medios de producción).

    Por un lado tenemos la idea del individualismo, la idea de que el ser humano es libre de actuar o de creer en lo que deseé. En contraparte tenemos la idea del colectivo, del bien común, que busca el bien de la sociedad como un todo.

    Los regímenes antiliberales (socialistas, confesionales, autocráticos) creen que hay que restringir en cierta medida el individualismo para poder satisfacer lo colectivo: el bien común.

    El liberalismo no niega lo colectivo, más bien que cree que ambos ámbitos (el individualismo y el bien común pueden coexistir). Esta coexistencia queda bien plasmada en la famosa «mano invisible» de Adam Smith que dice que el interés propio de los individuos derivará en mayor bienestar para el colectivo. Es esa mano invisible la que lograría, en la teoría, conciliar lo individualista con lo colectivista.

    Es, paradójicamente, el aspecto colectivista el que legitima al liberalismo. El liberalismo no dice nunca que «cada quien vea por su lado sin importar si la sociedad se sume en el caos». Por el contrario, da justificación a lo primero (individualismo) argumentando que logra satisfacer lo segundo (el bien común).

    Entonces, la diferencia entre las doctrinas liberales y las antiliberales es esa. Los liberales intentan entrometerse lo menos posible en las libertades del individuo (que no es que lo dejen de hacer por completo, ello sería utópico) mientras que los antiliberales restringen al individuo porque asumen que el individuo como tal es caótico y que los intereses propios siempre van en contra del bien común. Pero la idea de lo colectivo, el bien común, persiste tanto en el liberalismo como en el antiliberalismo.

  • El algoritmo censor

    El algoritmo censor

    El algoritmo censor

    Tal vez muchos no se han dado cuenta, pero los censores del siglo XXI ya no son personas, sino algoritmos.

    Es la inteligencia artificial quien puede tomar la última decisión a la hora de juzgar a un usuario quien, aparentemente, ha contravenido las normas dentro del ciberespacio.

    Basta ver a Youtube (sobre todo estas últimas semanas con los últimos cambios en sus políticas). Los creadores de contenidos buscan sortear al algoritmo censor para evitar ser monetizados. Hoy hablan de la influencia del «nopor» en la sexualidad, o de la cultura del «n@rk0». Saben que están lidiando con un robot que analiza los contenidos arrojados en esa red social, y por tanto buscan la forma de engañarlo.

    Un ser humano sabe a lo que esos contenidos se refieren, y sabe que quienes lo consumen también lo saben. Pero el algoritmo no (al menos por el momento), porque no tiene consciencia propia y tan solo es producto de ciertos inputs que lo definen y lo restringen (por más que tenga la capacidad de «aprender» por medio del machine learning). Peor aún, el algoritmo adopta los sesgos de su creador. Si el creador tiene prejuicios sobre algún tema o algún colectivo de personas, posiblemente, en alguna medida, el algoritmo terminará adoptándolos.

    Pero así como al algoritmo se le puede engañar entendiendo su propia lógica, también dentro de ella es infalible y rígido. Si el algoritmo se «equivoca» es básicamente porque su construcción (por un agente externo como el ser humano) es perfectible, pero no se equivoca en sí mismo, es el agente externo el responsable de sus falencias. El algoritmo sigue a cabalidad las indicaciones que lo forman, por más sofisticadas que sean, y nunca se sale de ellas.

    Por ello, el algoritmo no es alguien a quien se pueda persuadir ni se le puede apelar a sus emociones. El algoritmo es implacable: si concluye que tal contenido contraviene las normas, entonces aplica la sanción correspondiente sin piedad alguna. Así, Youtubers son sancionados por publicar ciertos contenidos con base en un frío y mecánico análisis que no saldrá nunca de los límites del algoritmo mismo. El algoritmo es capaz de detectar groserías en el audio e incluso es capaz de analizar imágenes y determinar si hay alguna esvástica o algo que aparente ser un desnudo.

    Los Youtubers no tienen más de otra que apelar la decisión de tal forma que sean seres humanos los que lo revisen. Pero si los algoritmos están ahí es para agilizar actividades que con los seres humanos serían mucho más lentas. Entonces posiblemente pasen varios días para que aquel otro ser humano llegue a la conclusión de que fue una imperfección del algoritmo el que sancionó injustamente al Youtuber y retire la sanción. Sin embargo, el daño ya estará hecho.

    En Facebook esto también ha sido un problema donde la presencia de los algoritmos censores, más que sortear los sesgos e intereses propios de los seres humanos, los exponencian.

    Esto ocurre porque es un ser humano quien decide mandar a juicio a otro (donde los algoritmos son los jueces). Resulta que, en aras de crear un «mejor espacio de convivencia», los usuarios mismos reportan los contenidos que les parecen molestos. Un algoritmo analiza el contenido y emite un veredicto. ¿Cuál es el problema?

    Que es muy común que muchos usuarios reporten aquellos contenidos que les parezcan incómodos, no porque sean agresivos o atenten contra alguien, sino simplemente porque no están de acuerdo con ellos o simplemente porque desean silenciar a quien piensa diferente. El algoritmo, por su parte, es incapaz de determinar la intención con la que la denuncia se hizo, éste solo verifica el contenido, la razón por la cual el demandante hizo la denuncia y que especifica en su plataforma (que si es discriminación o contenido violento) y entonces decide si sancionar o no al usuario en cuestión.

    La denuncia toma fuerza si son varios los denunciantes ya que el algoritmo asume que si son varios quienes denunciaron el contenido, es porque este molesta a mucha gente. Pero es posible, y ocurre muchas veces, que los denunciantes se han puesto de acuerdo para buscar silenciar a tal o cual persona.

    Por ejemplo, basta con subir una esvástica con fines ilustrativos para que otros usuarios lo denuncien y el algoritmo decida sancionar al usuario por hacer «apología al nazismo» cuando esa nunca fue su intención.

    En Facebook también puedes apelar el frío y mecánico veredicto del algoritmo. Pero, igual, como los humanos son más lentos, más ineficientes y cuantitativamente limitados (es más fácil tener a millones de algoritmos que contratar a 100 personas para llevar a cabo un trabajo), entonces pasarán varios días para que al usuario, que era inocente, se le perdone.

    Con el tiempo, los algoritmos se harán más sofisticados. Seguramente tendrán una mayor capacidad de entender las intenciones de los seres humanos que están detrás de las pantallas. Pero posiblemente nunca dejen de ser implacables en sus decisiones. El ser humano no tendrá a quien pedir piedad, el algoritmo simplemente tomará la decisión y no habrá nada que hacer al respecto.