Categoría: política

  • No quieres convencer a los demás, quieres tener la razón

    No quieres convencer a los demás, quieres tener la razón

    No quieres convencer a los demás, quieres tener la razón

    Tatiana Clouthier publicó en su cuenta de Twitter una especie de manual de resistencia para que los seguidores de López Obrador «conviertan» a los suyos al lopezobradorismo. Llama la atención que se sugiera no descalificar a los demás y ridiculizarlos sino empatizar con ellos y explicarles con argumentos por qué «AMLO es la mejor opción». 

    Llama la atención porque ciertamente muchos de los lopezobradoristas no se caracterizan por seguir a pie juntillas lo que ese manual dice; a veces su postura suele ser la contraria, la de la descalificación, la denigración y la ridiculización del oponente. Basta con darse una vuelta en Twitter.

    Pero no sólo un considerable sector de los lopezobradoristas suele ser así, ya que también es una práctica recurrente si hablamos de muchos de sus oponentes, quienes también ridiculizan y denigran a los primeros (el término «chairo» es un gran ejemplo de ello). Muchas veces se quejan de la «intolerancia» de los lopezobradoristas mostrando una actitud asombrosamente similar que a veces hasta la excede. Frases como «chairo güevón intolerante, ya cállate» los exhibe. 

    Lo peor del caso es que muchos piensan que así, con una preocupante indisposición al diálogo, van a lograr persuadir a sus oponentes de votar o dejar de votar por un candidato, como si por medio de insultos fueran a «agarrar la onda». Nada más falso. Su actitud, que es un claro ejemplo de lo que el sesgo de confirmación es, tan sólo abona a crear una cámara de eco donde las personas escuchan lo que quieren escuchar y lo reinterpretan a su manera: si alguien piensa diferente es porque está manipulado, ya sea por la «mafia del poder» o por el mesías tabasqueño. No hay lugar para un pensamiento libre, se cree que el que piensa libre es, coincidentemente, el que piensa como yo, en tanto que el otro es necesariamente un esclavo de sus pasiones.

    Muchos incluso suelen cuestionar la capacidad intelectual de sus oponentes. No dan crédito que alguien esté a favor de cometer el «mismo error que Venezuela» o que los otros piensen en votar por «la corrupción», por los que nos «han chingado tanto». Lo piensan así porque en muchos casos ni siquiera se han sentado a dialogar para comprender cómo llegaron a esas conclusiones. Ante la falta de argumentos sólo resta el uso de los prejuicios y las generalizaciones.

    Yo no creo que alguien debería tener la necesidad de obligarse moralmente a «convertir» a alguien más. El voto es una decisión personal que debe ser producto de una deliberación propia y no de la presión social. Sí, es muy sano y deseable que las diferentes personas debatan y contrasten sus puntos de vista ya que eso les ayudará a tener un voto muy informado, pero eso no es lo que ocurre en la mayoría de los casos (sobre todo en las redes). Lo más común es que la gente quiera imponer su punto de vista a los demás, y aunque digan que su propósito es el del convencimiento, en el fondo quieren tener la razón y reafirmar su postura.

    Su aspiración es llegar con un claro sentimiento de superioridad y reafirmación personal y decir: ¿ves? Te lo dije. Yo tenía razón, tú estabas equivoado, ergo, tú «me la pelas». 

    Entonces, si ambas partes quieren reafirmar su postura, no se puede esperar que lleguen a un punto de común acuerdo ni que se retroalimenten; se trata de vencer al oponente, se trata de un juego de suma cero donde para que uno gane el otro tiene que perder. 

    Así, muchos comparten información de dudosa procedencia, de la cual solo se percatan cuando beneficia al candidato opositor, para defender su punto de vista; el sesgo de confirmación está ahí en su máxima expresión. Investigan para reafirmar su postura. Si la realidad los contradice, entonces es la realidad la que hay que tergiversar reinterpretando, relativizando y deconstruyendo significados. 

    En realidad no van a convencer a ninguna persona y sí van a perder unos cuantos amigos. 

  • Los memes, los indignados y la guerra sucia

    Los memes, los indignados y la guerra sucia

    Los memes, los indignados y la guerra sucia
    Imagen tomada de Twitter

    Hasta yo que no simpatizo con el Peje cuando veo los spots de «guerra sucia» o campaña de contraste en contra de AMLO digo: ¿de verdad? ¿no tienen otra cosa? ¡Ya chole con lo mismo! Dan risa y transmiten desesperación.

    Cuando en los spots los actores dicen «tengo miedo» uno no hace nada más que sonreír o incluso sentir un poco de pena por los estrategas de campaña que parecen estar muy desfasados de la realidad.

    Luego, el propio López Obrador, sin conocimiento alguno en mercadotecnia más que la experiencia cotidiana, les dice a los suyos: pónganse a hacer memes de la guerra sucia.

    Y lo más curioso es que esa petición en ocasiones termina funcionando más que los spots sobreproducidos, los camiones tapizados de los populistas latinoamericanos entre los cuales se encuentra López Obrador y las mantas que circulan por las ciudades. Funciona porque así logran ridiculizarlos y arrinconan «al adversario», al menos en las redes (recurso que en 2006 no existía). 

    Me he dado a la tarea de escuchar o leer a ese voto útil que AMLO ha ganado en los últimos dos meses (ya sea en conversaciones o posts de Facebook) para empatizar tratar de entender este fenómeno. Hablo de esos electores que en teoría podrían arrebatarle al candidato, esos a los que deberían apuntar los estrategas de los otros partidos porque seguramente serán quienes definan la elección. Ellos no son fieles a López Obrador, tal vez ni esperan que se de un cambio de proporciones históricas como sus seguidores tradicionales creen. 

    Estos electores quieren «mentarle la madre al gobierno» como si se tratara de una forma de catarsis. Uno de ellos me dijo «neta, ya estoy hasta la madre de todos, voy a votar por el Peje».

    Una mentira repetida mil veces no se puede convertir en verdad si no se ha hecho una buena lectura del contexto en el cual se emite.

    https://www.youtube.com/watch?v=78qQy5EccS8

    A ellos les duele los niveles de violencia, impunidad, la corrupción, y para ellos, jóvenes en su mayoría, es impensable votar por algo que parezca «lo mismo». Todo aquello que han vivido, asesinatos de estudiantes (no sólo los de Ayotzinapa, también los del CAAV), casos de corrupción que no sólo incluyen casas blancas sino asesinatos de personas con cáncer (como el caso de Javier Duarte) una economía que si bien no está tan mal como algunos sugieren no crece lo suficiente como para que crean en un futuro promisorio. Muchos de ellos mismos saben y aceptan que AMLO tiene defectos, que sienten que le falta fundamentar más sus propuestas, pero no van a cambiar su voto a menos que alguien más les ofrezca lo mismo, alguien más que les ofrezca «castigar al gobierno». Ante un escenario de descontento sienten que no tienen nada que perder, más siendo jóvenes que sienten que el futuro no es promisorio. Cuando ellos ven los spots de guerra sucia no se asustan, se ríen y se burlan, es la misma «clase política podrida» que está desesperada que termina fortaleciendo su posición, cosa que evidencian las encuestas, porque tanto en la política como en la conquista sentimental, la desesperación repele: «no mames ¿ya viste el spot de la señora que le está poniendo seguridad a su casa porque AMLO le va a dar amnistía a los delincuentes? ¡Qué estupidez! Ya se les acabaron las ideas, ne cagué de risa».

    Con la guerra sucia transmiten la idea de que todo se vale, refuerzan el nihilismo que ha caracterizado a la clase política actual, eso que ha encabronado a tantos. Así, este tipo de ataques se convierten en oro puro del tabasqueño, terminan fortaleciendo sus argumentos.

    Los políticos no están entendiendo, no están entendiendo nada. Tanto se acostumbraron a nadar en el mugrero que ellos mismos crearon que parece que ya no pueden ver lo que hay afuera. Han perdido cualquier capacidad de empatía con la ciudadanía, creen que la mercadotecnia lo va a poder todo. 

    Por eso AMLO está allá arriba, muy arriba. Por eso la retórica de la «mafia del poder» funciona.  

  • Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Lo que Anaya no tiene y AMLO sí puede presumir

    Seguramente en la campaña de Ricardo Anaya se preguntan, frustrados, por qué no encuentran la forma de bajar a López Obrador en las encuestas. Todos concuerdan en que Anaya le asestó uno que otro golpe al tabasqueño en el debate pasado, pero no lo noqueó y, de acuerdo a Massive Caller, que es por el momento la única fuente que tenemos a la mano (a falta de que se publiquen otros estudios), la afectación a López Obrador fue ínfima si no es que nula. Anaya subió, pero a costa de Meade, no de AMLO.

    Se preguntarán también por qué la guerra sucia, que desde hace dos o tres semanas ha sido lanzada por la campaña de Meade y luego por la campaña de Ricardo Anaya, no ha tenido casi ningún efecto. Su lógica es intensificarla ya no solo con spots sino con llamadas telefónicas y anuncios en los camiones. En esas dos o tres semanas AMLO ha mantenido el mismo porcentaje que no sólo está compuesto de sus fieles seguidores, sino también de una suerte de voto útil cuya prioridad en estas elecciones es ejercer un voto de castigo en contra del PRI y del sistema. 

    En la campaña asumen que con la guerra sucia podrán robarle a López Obrador ese voto útil, que hay que asustarlos para que así voten por Ricardo Anaya. Dicho voto útil es muy atractivo porque, a diferencia de cualquier otro tipo de voto, tiene un efecto duplicador. Es decir, si Anaya le quita un punto cierra la brecha en dos (porque cada punto que gana es un punto que pierde López Obrador). Pero, al parecer, no están entendiendo que si ese voto se fue con AMLO es porque el hartazgo genera un impacto en su intención de voto más fuerte que el miedo. 

    Algunos dirán que basta con que se den cuenta de que las propuestas de López Obrador no tienen mucho sustento mientras que las de Anaya, dicen, al menos, que sí están bien sustentadas (más por su elocuencia a la hora de hablar que por otra cosa). Pero en realidad eso no importa mucho. Algo que Ricardo Anaya no tiene, no ha construido y que AMLO sí, es un ideario; y esto puede determinar la elección, sobre todo cuando el ideario embona perfectamente en el contexto en que se desarrolla dicha elección que está caracterizada por el hartazgo al sistema. 

    Las propuestas son un medio para llegar a un fin (dicho ideario), y el problema de Ricardo Anaya es que sus propuestas, por más buenas que puedan ser, no parecen apuntar a ninguna parte. ¿Qué es lo que quiere Ricardo Anaya? Nadie lo sabe. De hecho, es demasiado ambiguo. En cambio, López Obrador sí tiene su ideario muy bien definido y tiene como piedra angular la justicia social: habla de disminuir la desigualdad, de combatir a esa «minoría rapaz» compuesta por unos pocos políticos y empresarios, habla de combatir la corrupción. Peor aún para Anaya es que lo ocurrido en estos últimos 6 años ha fortalecido mucho el discurso de Obrador. Ya no parece tanto una «teoría conspiranoide» como hace 12 años sino que pareciera hacer más sentido que nunca. 

    Todo se centra en eso, en la justicia social, en un país donde hay 50 millones de pobres donde el crecimiento no es suficiente y donde la desigualdad es mucha el mensaje se vuelve muy atractivo. Así como Adorno decía que los judíos se convirtieron en el enemigo por darle rostro a la idea del capitalismo, la clase política se ha convertido en el enemigo por darle rostro a la idea de la corrupción y la injusticia y López Obrador ha sabido capitalizar ese hartazgo. Votar por López Obrador no es necesariamente un acto racional producto de un concienzudo análisis de sus propuestas (seamos francos, son pocos los electores que lo hacen ese tipo de análisis) sino que es producto de una mentada de madre colectiva en contra de la clase política. Dado que Obrador tiene un ideario muy definido y que embona muy bien en este hartazgo, se ha convertido en el medio para «rayársela a ese sistema político podrido». 

    En un contexto como el actual, es un mayor problema tener propuestas sustentadas (en realidad o en apariencia) que no tienen ningún fin en concreto que propuestas vagas que no se han terminado de construir pero que apuntan juntas a un fin concreto. El ideario despierta más emociones que los tecnicismos de las propuestas y Anaya está muy lejos de tener un ideario. Les vuelvo a preguntar ¿qué quiere Anaya?

    No tener propuestas bien terminadas o fundamentadas (aparte que se presta para permitirle a sus opositores sacarlas de contexto como el caso de la amnistía) puede generar preocupación en algunos y reforzará la postura de ese sector que se ve más afectado por el miedo que el hartazgo (los que nunca votarían por AMLO) pero el que vayan acompañadas de un ideario muy concreto emocionará a todo aquel que quiere castigar al gobierno (y recordemos que el voto anti PRI es más poderoso que el voto anti AMLO). El caso contrario, el de tener propuestas terminadas y concretas (al menos en apariencia) puede generar tranquilidad en el votante que está asustado, pero la falta de ideario convertirá al candidato en un ente gris que no ofrece nada, que «suena a lo mismo» y que aburre. No es casualidad que, a raíz del debate, Anaya le haya robado votos a Meade y no a López Obrador. 

    Por eso es que tejer una alianza explícita entre Anaya y el PRI como algunos, desde la desesperación, suguieren, puede volverse un balazo en el pie, no sólo porque AMLO consolidará ese voto útil, sino porque probablemente parte de los indecisos terminen decantandose con el tabasqueño. Por eso es que las campañas del miedo generan, a diferencia de 2006, un efecto bastante marginal.

    La tarea de Anaya es construir una narrativa de tal forma que la gente sepa que quiere y que eso embone en la realidad actual. Si Anaya lograra concretizar un ideario, su elocuencia lo dejaría en franca ventaja frente a López Obrador, ya que así él se convertiría en un medio por el cual la gente se la «pueda mentar al PRI y al sistema» y tenga la esperanza de un México más justo, pero sin que eso implique riesgos. Ese voto útil sabe muy bien que AMLO puede conllevar algunos riesgos pero lo asumen, creen que vale la pena y muy posiblemente esos riesgos sólo se conviertan en un factor si alguien más les permite rayársela al gobierno. 

    El problema para Anaya es que faltan poco más de dos meses para las elecciones y está muy lejos de construir ese ideario (en contraste con López Obrador, que lleva más de 12 años en campaña). Es muy sintomático de ello que después de empezar con una campaña irrelevante y aburrida, tuviera un muy buen debate, para regresar a esa campaña irrelevante y aburrida. 

  • El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    El primer debate. El análisis que no te mochará la mano

    Ya tuvimos el primer debate a la presidencia y me quedo con sentimientos muy encontrados. Por un lado, el ejercicio mejoró mucho, es el mayor avance que hemos tenido desde 1994 (cuando se organizó el primer debate que ganaría el Jefe Diego) aunque creo que hay cosas que pueden irse ajustando, como la cuestión de los tiempos que a veces no permitían a los candidatos formular sus argumentos. Me gustaron los moderadores, en especial Denisse Maerker. Fueron igualmente incisivos con todos y no mostraron sesgo alguno. Aquí todo muy bien.

    Pero por otro lado, si bien el formato mejoró, lo que no mejoraron fueron los candidatos que tan solo mostraron la mediocridad de la política mexicana. A unos les fue mejor que a otros, pero ninguno se mostró sólido, todos evadieron respuestas, casi nadie presentó propuestas a fondo y sí vimos muchos ataques (casi todos a AMLO) y hasta bromas de mal gusto. A continuación haré mi análisis de cada candidato del peor al mejor, no de acuerdo a mis preferencias sino a su desempeño en el debate como estrategia. Comenzaré con el Bronco como alguien aparte y no lo colocaré dentro del ranking porque jugó un papel un tanto diferente:

    El Bronco

    Jaime Rodríguez Calderón se encargó de la parte cómica del debate. Comenzó reprendiendo al moderador Sergio Sarmiento e hizo reír a más de un televidente con ocurrencias típicas de un norteño machista conservador chapado a la antigua. Cuando le preguntaron si ha mentido dijo que sí, también dijo que él proponía «mocharle la mano» a los criminales (e insistió que no lo decía en broma) y que creía en la familia porque se había casado tres veces. No veo que la presencia del Bronco le haya afectado a López Obrador, por el contrario, su presencia dejó los ataques que AMLO recibió en segundo plano. Acaparó los reflectores a pesar de que su presencia es irrelevante dentro de la contienda. 

    4to lugar. Margarita Zavala

    Margarita, Margarita. La candidata del PAN es una pena. Tuvieron que pasar varios minutos para que comenzara a hablar porque no utilizó su derecho de réplica. Vimos lo mismo de siempre, no sabe hablar, no sabe hilar argumentos. Ninguno de los candidatos le hizo caso; es más, le respondieron más al Bronco quien mostró más iniciativa y más elocuencia. Los ataques que le hizo a Ricardo Anaya y a López Obrador, si es que se les puede llamar ataques, ni siquiera los rasparon. Margarita fue la candidata ausente, estuvo ahí pero no estuvo ahí, pasó inadvertida y dudo que alguien se vaya a acordar de sus intervenciones. Al final, creo que al PAN le convino postular a Ricardo Anaya, ya que Margarita, si bien en algún momento tenía más preferencias que el queretano, seguramente iba a caer en las encuestas porque es una mujer que no sabe transmitir sus ideas, que se ve torpe e improvisada. De hecho, se notó que no se preparó bien cuando la cuestionaron por su postura sobre el matrimonio igualitario. Titubeó ante un tema que ella sabía de antemano que le preguntarían.

    3ro lugar, José Antonio Meade

    Si pudiéramos hablar del perdedor del debate (partiendo de que ni Margarita ni el Bronco tienen posibilidad alguna de ganar) ese es José Antonio Meade, ya que no logró mostrarse como un candidato convincente y además se vio excesivamente acartonado. Perdió porque el PRI es un gran lastre que lo arrincona y no le da margen de maniobra. Es difícil atacar a AMLO por sus «cuestionables incorporaciones» o a Anaya por las acusaciones en su contra cuando eres abanderado por el partido más corrupto del país y a quien la mayoría absoluta de los mexicanos detesta. 

    Lo más preocupante, no sé si se dieron cuenta, es que José Antonio Meade ha comenzado a incorporar esa oratoria y juego de manos priísta, lo cual es un suicidio cuando el partido al que representas se convierte en una carga. Pero no solo eso, Meade aburre, es poco elocuente, pareciera, como dijeron muchos tuiteros, que estuviera repitiendo los spots de su campaña. Y peor aún, durante todo el debate Meade se presentó varias veces (yo soy José Antonio Meade), ese es un error garrafal ya que si te asumes como un candidato competitivo, lo peor que puedes hacer es presentarte porque ya todos te conocen. Meade es un buen burócrata pero es un pésimo candidato. Tristemente aquí es cuando Meade deja de ser competitivo y deja solos a Anaya y López Obrador como los candidatos que tienen posibilidades de llegar a la presidencia.

    2do lugar: Andrés Manuel López Obrador

    Al verlo debatir entendí porqué estaba ayudando a su hijo Jesús Ernesto a completar su álbum Panini del mundial en vez de estarse preparando para el debate: porque él iba a aguantar, iba a sortear los embates, a dar largas y evadir cuestionamientos para conservar su ventaja. Ya sabía sobre qué lo iban a cuestionar porque son los mismos temas por los que lo han cuestionado durante mucho tiempo. Algunos dirán que tuvo una pésima intervención, y ciertamente no es bueno debatiendo y ciertamente en más de una ocasión exhibieron las inconsistencias de las propuestas de López Obrador así como algunas incongruencias (tarea que llevó a cabo Ricardo Anaya ya que José Antonio Meade en general lanzó cuestionamientos más bien acartonados que no tuvieron afectación alguna). Pero su tarea no era ganar el debate, ni lo necesitaba, fue a «nadar de muertito» (al igual que Peña Nieto en 2012) y si bien recibió algunos raspones, no recibió algún golpe que pudiera afectar las tendencias en la intención de voto. Además, los ataques constantes hicieron que todo se volviera a centrar en él de tal forma que se adueñó por momentos del debate sin tener que hacer absolutamente nada. 

    Lo más importante fue que nunca lo sacaron de sus casillas. Si bien fue notorio que lo hicieron sentir incómodo en más de una ocasión (lo que se vio en las tomas abiertas y al final cuando «se fue sin despedirse») nunca se descarriló, se mostró centrado, aunque sí dio visos de que con una estrategia certera sí podrían afectarlo en los debates venideros. Decía que López Obrador tenía que perder el debate y que se generara un consenso hacia esta idea para poder restarle algunos puntos. Eso no pasó y López Obrador se puede ir tranquilo a dormir. Pronostico que no habrá alguna afectación considerable en las tendencias de voto y seguirá con su cómodo primer lugar (con todo y que Anaya pudiera llegar a subir).

    Es importante que AMLO se prepare más para el siguiente debate porque si Anaya es incisivo sí lo puede meter en aprietos. AMLO no se enojó, pero no estuvo lejos de eso. También fue notorio que AMLO despreció a los demás candidatos y se percibió arrogante; eso puede llegar a ser capitalizado por Ricardo Anaya al exhibirlo como autoritario en los debates que vienen. 

    1er lugar: Ricardo Anaya

    A mi parecer, Ricardo Anaya fue el ganador del debate y hay un consenso en ello, aunque creo que no fue un triunfo muy contundente. Anaya se mostró elocuente, se apoyó muy bien en material visual para presentar sus propuestas y para contradecir a López Obrador y a José Antonio Meade a quien le dio su estocada final. Es un acierto que Anaya no haya concentrado todas sus energías en el tabasqueño y también invirtiera un tiempo en el ex Secretario de Hacienda ya que así evitó cualquier percepción de que estaba alineado con Meade y  con el PRI; tenía que evitar a como dé lugar atacar en sintonía ya que se corría el riesgo de fortalecer el discurso del PRIAN de López Obrador. Haber atacado a Meade consolidó lo que era ya casi definitivo, que el priísta quedaría condenado al tercer lugar. No tenía que haber usado todas sus energías contra López Obrador porque faltan dos debates. 

    Pero cuando digo que no fue un triunfo contundente lo digo porque al final no terminó de presentarse como una alternativa sólida. Anaya se mostró como un personaje con potencial pero que no termina por consolidarse. Su logro principal es que gracias a este debate Anaya se consolidará como el rival de López Obrador y ya podrá concentrar sus energías en el tabasqueño, pero si bien este debate pueda darle algunos puntos, seguirá estando muy por debajo de AMLO. Cierto, si Anaya hubiera tenido un mal debate habríamos podido casi apagar las luces y nombrar al nuevo presidente (AMLO) por anticipado, pero se logró mantener en la lucha y consolidarse como el segundo lugar. Pero Anaya le hace falta constituirse como un candidato creíble que pueda posicionarse en un entorno donde el hartazgo hacia el gobierno actual y hacia el sistema son la regla en esta elección. Me queda la sensación de que Ricardo Anaya pudo hacer algo más y no lo hizo, y esas cosas pueden terminar siendo definitorias.

    Anaya, creo yo, tiene la posibilidad de sacar a López Obrador en sus casillas en debates venideros. AMLO se abrumó ante los ataques que recibió en este debate. Si se utiliza la estrategia correcta, Anaya puede desesperarlo. Por eso es que tiene que trabajar en una estrategia que vaya en ese sentido si es que quiere tener alguna posibilidad de ganarle la presidencia. 

    Conclusión

    Tuvimos un debate con un muy buen formato y pésimos candidatos que no están al nivel de lo que este país necesita. Pronostico que Anaya tendrá un ligero ascenso en las tendencias, Meade se estancará o incluso bajará cediéndole por completo el segundo lugar a Ricardo Anaya. López Obrador mantendrá su puntaje en un cómodo primer lugar, el Bronco podría acaparar algunos puntos (tal vez de indecisos e incluso de José Antonio Meade) y Margarita verá un descenso en sus preferencias. Veamos como reaccionan las encuestas y las tendencias y veamos también las estrategias postdebate que los candidatos vayan a utilizar para capitalizar lo más posible lo que ocurrió en este debate.

  • ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Y quién rayos gana el debate?

    ¿Quién gana un debate? La respuesta es muy compleja ya que depende mucho de percepciones subjetivas que están, en su mayor parte, condicionadas por los sesgos cognitivos de los simpatizantes u opositores de tal o cual candidato. Sólo se puede decir que un candidato ganó un debate cuando hay un consenso mayoritario sobre ello. como ocurrió en 1994 cuando el Jefe Diego subió como 12 puntos o en 2000 con el triunfo de Vicente Fox. Cabe recordar que posteriormente, sobre todo en 2012, fue bastante más difícil determinar quien ganó cada debate. Se decía que Josefina había ganado el segundo debate pero eso jamás se trasladó a las intenciones de voto.

    Un mismo escenario puede estar sujeto a distintas interpretaciones. Por poner un ejemplo, si los candidatos atacan a López Obrador mostrando que varias de sus propuestas no tienen mucho sustento, quienes se oponen a AMLO dirán que quien ganó fue aquel candidato que lo puso más en aprietos (que coincidentemente casi siempre será el candidato con el cual simpatizan y no el otro, del cual dirán «sí, le dijo varias verdades, pero es del PRI y eso lo hace incongruente»). Pero los simpatizantes de AMLO dirán que su candidato ganó porque todos lo atacaron y nadie logró alterarlo ya que AMLO dijo cosas graciosas. 

    Ya vimos un ejemplo de ello en el debate que López Obrador sostuvo con varios analistas de Milenio. Los opositores dijeron que fue una pésima intervención del tabasqueño por sus declaraciones sobre la sociedad civil y por haber afirmado que los derechos de las minorías sexuales deberían someterse a consulta, mientras que sus simpatizantes lo que recuerdan es que los analistas nunca sacaron al candidato de sus casillas y este se mantuvo sereno y risueño todo el tiempo.

    Por eso es que siempre, al final del debate, todos los candidatos se declaran ganadores. Los partidos buscan a como dé lugar crear la percepción de que fue su candidato quien ganó y celebran con bombo y platillo. Tal vez nos podamos dar una idea de quien ganó con las evaluaciones de los analistas y expertos, pero ellos no están exentos de cualquier sesgo. Podríamos ver la afectación que tuvo un debate en las encuestas pero existe la posibilidad de que una alteración en las tendencias no se deba al debate sino alguna otra razón.

    Sólo se puede decir que un candidato ganó un debate cuando hay un consenso mayoritario dentro de la población, lo cual no ocurre en la mayoría de las ocasiones. Quienes quieran afectar a López Obrador deberán aspirar a eso, a generar un consenso generalizado de que lo han derrotado, de lo contrario, aunque crean que haya ganado, todos seguirán alimentando sus sesgos cognitivos y las encuestas seguirán su curso.

  • Ríos Piter, de Jaguar a gato

    Ríos Piter, de Jaguar a gato

    Ríos Piter, de Jaguar a gato

    Los políticos pueden tomar decisiones que no tienen sentido alguno, tal vez producto de la desesperación o de un pésimo cálculo. Solo esto me pudo venir a la cabeza cuando me enteré que Armando Ríos Piter se había incorporado a la campaña de José Antonio Meade.

    La decisión es un error por donde se le vea y donde ambas partes pierden.

    En el PRI no parecen haber terminado de entender que las elecciones se centran en la corrupción. El encono dentro de la sociedad es grande y por eso la gran mayoría de los mexicanos nunca votarían por su partido. Creen que cualquier cosa suma, que cualquier adhesión se va a ver reflejada en puntos electorales; parecieran concentrarse en lo cuantitativo, pero ignoran rotundamente lo cualitativo.

    – Señor, nuestra campaña no despega ¿qué hacemos?
    – Traigamos a Ríos Piter, seguro trae algunas centenas de miles de votos, invitémoslo a nuestra campaña.
    – Pero señor, hizo trampa con las firmas, los líderes de opinión nos van a poner una arrastrada.
    – No importa, tráigalo, todo suma.

    ¿Cuál fue la reacción de la comentocracia? Burla, desaprobación, escepticismo profundo, duras críticas. Échense un clavado en Twitter, la desaprobación es unánime. Los únicos que aplauden la decisión son los spots colgados en la cuenta de José Antonio Meade y Ríos Piter. 

    ¿Y de verdad esperaban otra cosa? ¿Y de verdad esperaban que fueran bien recibidos, que pensáramos que el PRI se estaba abriendo y estaba siendo incluyente con los «independientes»? ¿De verdad? ¿Creían que con esto iban a jalar a los «jóvenes de izquierda progresista» que ahora están mentando madres de Piter a quien consideran una paria? 

    Pero ni siquiera en lo cuantitativo funciona. Ríos Piter obtuvo poco más de 240,000 firmas válidas, lo cual no es equivalente al número de votos. Si fuéramos permisivos y consideráramos que esas firmas se pueden trasladar a votos, lo que podría aportar a la campaña de José Antonio Meade es muy poco, no llega ni al uno por ciento.

    Pero si nos ponemos en un contexto más realista tendríamos que preguntarnos ¿cuántos de esos 240,000 firmantes todavía confiarían en Ríos Piter después de la evidente trampa que hizo con las firmas falsificadas y después de haberse integrado al proyecto de Meade, cuando en su momento tenía un discurso antisistema y antipriísta?

    https://www.youtube.com/watch?v=MKSW1BKQgiA

    Y ahora, de los muy pocos votos que queden ahí, ¿cuantas personas de las que siguen «creyendo» en Ríos Piter, votarían por Meade y por el PRI por el simple hecho de que el guerrerense se sumó a su proyecto?

    Eso es sólo lo poco que Meade podría sumar a su causa, ahora hablemos de lo que podría perder. Vea usted los spots del candidato del PRI, ahí Meade habla de instituciones fuertes, de certeza, de justicia. Meade busca posicionarse como el «candidato de la esperanza» en un momento en que la gente está encabronada por los escándalos de corrupción atribuídos la mayor parte a miembros de su partido. Y luego incluye en su proyecto a un individuo que hizo trampa. ¡Por favor! Yo no entiendo. En una de esas son más los votos que pierde por esa incongruencia en su mensaje que los que gana con la adhesión de Ríos Piter.

    ¡Nombre, unos genios!

    Y este movimiento inverosímil sólo puede ser visto como una estrategia de desesperación donde la preocupación ya no es tanto el hecho de que López Obrador vaya muy arriba en las encuestas, sino la hecatombe que podría sufrir el PRI en estas elecciones. Y tanto en la política como en el amor, la desesperación no atrae. 

    Y si es un absurdo la decisión de Meade, peor lo es para Armando Ríos Piter. Esto podría significar el fin de su carrera política. ¿Qué pensó? ¿Qué le iban a dar hueso en un gobierno que difícilmente va a existir porque el candidato está estancado en un tercer lugar? En los últimos meses se había ganado una reputación, tal vez en un sector marginal de la población, pero los líderes de opinión le guardaban cierto respeto. Hoy, todos ellos están decepcionados, hoy Ríos Piter no es nada, no es nadie. Se vendió por tan poco, se convirtió en una paria de un sistema en decadencia, traicionó a los que habían creído en él. 

    Lo único que logran es que el encono crezca, lo cual hace que López Obrador siga subiendo en las encuestas.

    Y lo repito otra vez: nombre, unos genios. 

  • El debate que podría ser la última llamada

    El debate que podría ser la última llamada

    El debate del domingo es muy crucial, de hecho podría ser la coyuntura más importante de la campaña electoral. 

    ¿Por qué lo digo? Porque a estas alturas no veo de qué otra forma puedan cambiar las tendencias. Lo dije alguna vez a quienes insistían en que bastaba que empezara la campaña para que viera «cómo López Obrador empezaría a caer», cuando la campaña realmente había comenzado a finales del año pasado y López Obrador no hacía más que subir.

    Peor aún, es preocupante el pesimismo que se alcanza a respirar dentro de la campaña de José Antonio Meade y hasta de Ricardo Anaya. La contienda parece estar sospechosamente tranquila cuando muchos apostábamos a lo contrario, uno podría preguntarse realmente si nos encontramos en campaña (incluso la intercampaña fue más álgida con el caso de la PGR y Ricardo Anaya). Y se entiende que ocurra así porque mientras que López Obrador está «allá arriba, tranquilo y marcando agenda», sus principales contendientes están atorados con lastres que fungen como anclas. Allá abajo está Meade con el lastre del PRI y Ricardo Anaya pareciera haber recibido un nocaut después de los ataques que recibió. Es curioso que de parte de Ricardo Anaya no haya un ataque frontal contra López Obrador y que ese papel, de una forma tímida y predecible, lo esté jugando José Antonio Meade que gasta sus energías entre atacar a Anaya, a AMLO y en buscar cómo levantar su candidatura.

    Toda la campaña trata sobre AMLO: que si lo critica Carlos Slim, que si viajó en avión, que si dijo esto, que si dijo lo otro. A López Obrador se le ve tranquilo incluso cuando se defiende de los ataques. No se le ve enojado, a veces hace hasta chistoretes de ellos. La presencia del Bronco no parece abonar a la causa de restar puntos a AMLO, a veces pareciera que puede tener un efecto opuesto. 

    Por eso es que el debate del domingo es la última oportunidad que Anaya (sobre todo) y Meade podrían tener para meterse en la pelea. Si no lo hacen, difícilmente podrán hacerlo después. El debate es el primer escenario que difiere de esta plana y monótona campaña que se ha quedado escasa de ideas. 

    Por lo que nos ha dicho el INE, este debate será más dinámico y confrontativo (aunque no al nivel que muchos esperaríamos) que los debates pasados, en el cual los moderadores jugarán un papel más activo. López Obrador se encontrará en natural desventaja porque «no habla de corrido» y porque le suele costar trabajo sustentar sus propuestas, sobre todo cuando lo increpan.  

    Pero no bastará con eso, no bastará con exhibir a AMLO (cosa que ya se ha intentado hacer, sin éxito alguno, desde hace tiempo). El debate será el escenario perfecto para que Anaya o Meade puedan hacer lo que han estado muy lejos de hacer todo este tiempo: brillar por sí mismos. Deberán mostrar un discurso muy convincente, deberán saber cómo apelar a las emociones del electorado como no lo han logrado hacer ni con los spots ni sus presentaciones en los diversos escenarios. No será un trabajo fácil para ellos. 

    En realidad, López Obrador no tiene que hacer gran cosa, ni siquiera tiene la necesidad de ganar los debates. Le bastará «nadar de muertito» y evitar que salga muy golpeado, algo como lo que hizo Peña Nieto hace seis años. Son los otros los que están obligados a mostrar que valen la pena, algo difícil si partimos que tanto Anaya y Meade son vistos, en sus particulares proporciones, como «políticos del sistema». 

    ¿Lo lograrán? No lo sabemos. Mientras tanto, López Obrador puede presumir llenos en plazas que antes se le resistían, Anaya hace campaña en recintos muy pequeños y Meade trata de disimular su «falta de jale» con las cada vez más pequeñas estructuras priístas. 

  • El techo de López Obrador en unas elecciones al aire libre

    El techo de López Obrador en unas elecciones al aire libre

    López Obrador es el único candidato que mueve pasiones dentro del electorado, por eso es que todos hablan de él. ¡Ahora sí va a ganar! ¿Oye, sigue arriba en las encuestas? Porque me da miedo que llegue. Y es que López Obrador es el líder político más importante del país, en los últimos veinte años no ha surgido alguna figura que le compita. 

    No importa que «no hable de corrido» y que tenga una voz muy estridente cuando se para frente al escenario. Es el único de los candidatos que dice lo que piensa (sean verdades o mentiras) y su discurso no parece ser producto de un intenso debate entre los estrategas políticos que buscan definir el guión. En un entorno donde la lejanía del político con la ciudadanía es la constante muchos ciudadanos agradecen un discurso directo, sin pretensiones; no importa que sea repetitivo, que esté compuesto de las mismas frases de siempre y que vocifere propuestas de campaña sin haber revisado antes bien los números. Hasta se puede dar el lujo de tergiversar cosas y «evadir los filtros psicológicos» para que parezcan como verdades. 

    Está muy de moda que los candidatos suelten spots donde visitan familias de clase media para que «se vea la cercanía del candidato con la gente», pero este es un recurso demasiado gastado y que la gente percibe de buenas a primeras como una estrategia propagandística. López Obrador no tiene necesidad de hacer esas puestas en escena debido a su naturalidad al hacer contacto con la gente y hasta lo pueden recibir con besos en la boca. Su campaña puede parecer un tanto descuidada aunque esa percepción juega a su favor: su página web no parece estar tan «en tendencia» como la de los otros candidatos, el logotipo de su campaña es demasiado simple y no parece ser resultado de un arduo trabajo de alguna agencia, sus videos no tienen mucha postproducción y casi siempre él aparece hablando aunque ciertamente en sus videos hay algunos elementos muy bien pensados. En realidad hay un mayor trabajo del que se aparenta, pero es posible que la intención sea esa, que no se vea demasiada pretensión para que no pierda naturalidad. 

    Andrés Manuel no necesita posicionarse porque ya todos lo conocen. Ya todo mundo tiene sus anhelos y sus obsesiones. Basta con que se limite a transmitir naturalidad para capitalizar el hartazgo a su favor. ¡Y lo está haciendo muy bien!

    López Obrador no sólo es una persona muy natural, franca y directa, también es un político necio y testarudo que a veces rebasa la raya que divide la lealtad a sus ideas y la necedad, lo que explica que no hayan cambiado mucho desde el año 2000 y que insista en defender propuestas duramente criticadas. Es un personaje de convicciones y está tan seguro de ellas que cree que goza de cierta superioridad moral sobre sus pares: «todos los demás políticos son corruptos, yo no». Dichas convicciones pueden estar encima de todo, incluso de las instituciones. Él siente que ya merece la presidencia, por eso es que muchos le perciben cierta obsesión con el poder o cierto resentimiento acumulado. Él asume que su llegada a Los Pinos (o más bien a Palacio Nacional) es una consecuencia natural, y piensa que cualquier intento de evitarla es una suerte de inmoralidad. 

    Muchos de sus seguidores piensan que él es la esperanza de México porque López Obrador mismo cree que es la única alternativa: no confía del todo ni en las organizaciones civiles ni en las candidaturas ciudadanas (y me refiero a las realmente ciudadanas, no a los engañabobos como El Bronco) y cree que son motivo de sospecha. Muchos de sus seguidores le toman la palabra y no lo cuestionan. Algo que pareció ser una firme convicción se ha convertido, a lo largo de los años, en una obsesión por el poder: años y años de lucha, de recorrer una y otra vez todos los municipios del país (pocos mexicanos pueden presumir conocer todo el mapa de pe a pa como él) para después caer en unas elecciones en las que clamó fraude, o en otras donde el aparato del PRI lo superó. Sabe que esta elección es la última y si tiene que ser pragmático (incluso si eso implica tejer alianzas con Elba Esther Gordillo o sectores de la derecha conservadora) lo será. 

    A diferencia de los populistas latinoamericanos con los que se le compara, él reduce al enemigo del pueblo a una entidad muy pequeña, aquella que llama «la mafia del poder». Mientras los otros hablan de la oligarquía o del imperialismo, López Obrador tan sólo señala a una élite política y económica (que ni siquiera es toda la élite, ya que ha abandonado su discurso en contra de los ricos). Si López Obrador aparece muy arriba en las encuestas es porque la clase política, en connivencia con algunos organismos privados que se han beneficiado de su relación con los primeros, ha parecido insistir en darle la razón. Aunque critica el neoliberalismo (ese término tan ambiguo y tan manoseado por la izquierda), no suele referirse tanto a quienes se benefician del libre mercado, sino aquellos que se involucran en una perversa relación entre empresa y gobierno (aquello que se llama corporativismo o capitalismo de cuates). López Obrador no advierte que su propuesta de modelo económico incentiva fuertemente este tipo de relaciones.

    Aunque López Obrador se crió políticamente bajo el manto de los hábitos priístas, los suyos lo consideran la antítesis del PRI. No advierten que su ideario es, al menos, parecido a aquel famoso desarrollo estabilizador que hizo a crecer al país durante dos décadas para terminar con devaluaciones de varios ceros, corrupción y despilfarros. Por eso se le percibe cierto anacronismo y genera recelo en algunos grupos, como si fuera regresar a un pasado que ya vivieron. ¿Cómo es que ese ideario podrá embonar en la realidad actual? ¿Intentará López Obrador acoplarlo a un entorno económico donde aparecen cada vez más vehículos eléctricos y donde la automatización amenaza con desaparecer empleos? Es una incógnita que sólo veremos en el (probable) caso de que López Obrador gane las elecciones. 

    Muchas personas que veían a López Obrador con recelo en el 2006 le darán el beneficio de la duda. Esta no es necesariamente producto de un análisis exhaustivo de las propuestas sino que tiene un componente emocional. Como me han llegado a decir en varias ocasiones: «ya estoy a la madre de los políticos, al chile, voy a votar por López Obrador«. Por eso es que las críticas a sus propuestas no le afectan en mucho, porque la gente percibe toda esa verborrea técnica y académica de sus oponentes como algo estéril, sienten que le están diciendo lo mismo, ese discurso tecnocrático que ha sido la constante en los últimos 20 años, sienten que le prometen tecnicismos que muchas veces no entiende y que al llegar a poder va a terminar siendo la «misma cosa de siempre». López Obrador lo sabe, y sabe que en muchas ocasiones, vociferar esas «propuestas sin sustento» termina beneficiándole más, porque así él es el que marca la agenda, él es el que marca la pauta, hacen que todos hablen de él, en las mesas de debate, en los artículos de opinión, en la sobremesa, logra que la elección se concentre en él. Los que se asustan son aquellos que ya no pensaban darle su voto. A algunos otros, sobre todo a los millennials, esos que no ven una buena perspectiva a futuro, hasta les puede parecer emocionante como si se tratara de subirse a un juego mecánico de esos que hacen soltar la adrenalina: «vamos a arriesgarnos a lo diferente, de todos modos no tenemos nada que perder».

    Ese componente de «lo diferente» junto con aquel otro donde las circunstancias parecieran haberle dado la razón (la mafia del poder) son los que tienen a López Obrador más fuerte que nunca, incluso más que en el 2006. 

    López Obrador ya no es tanto «el candidato de los pobres». Su voto se ha desplazado a las clases medias, cuyos integrantes pueden estudiar en escuelas privadas e incluso tener algún negocio. Más que el modelo económico (que lo critica pero que no propone, a cambio, uno diametralmente distinto como para asustar a todos) se ha enfocado en la corrupción, esa corrupción cuya indignación no respeta género, edad, educación ni clase social. AMLO ha dado en el clavo, es el único que ha entendido de qué va esto, es el único que entiende que está en una campaña mientras los demás se desesperan porque las parafernalias mercadológicas no les han funcionado. «Pero no llegué» dice un López Obrador que hace reír a toda la audiencia, y así, eso fue de lo único que se habló sobre la asistencia de los candidatos al foro que organizó la American Chamber. López Obrador, una vez más, los dejó atrás. 

    López Obrador lleva la batuta, las elecciones son sobre él. Los demás parecen ser simples accesorios o complementos y lo seguirán siendo si no crean una fórmula donde puedan competir por acaparar el voto del hartazgo. Los estrategas no han comprendido que esta elección, como el propio Antonio Solá (artífice de la frase «Peligro para México) señaló, trata sobre la indignación y el hartazgo, no del miedo, y menos cuando ya todos saben qué cosas de López Obrador les da miedo.

    Y podríamos esperar a que AMLO se desespere y comience con su discurso del fraude y así «asustar a la gente». Pero el mismo régimen ya lo salvó de ese apuro porque con la inclusión del Bronco en la boleta, los árbitros de la elección quedaron descalificados.