A la fecha, habiendo cruzado la mitad de la campaña electoral y a menos de 43 días de las elecciones, ni los equipos de campaña de Ricardo Anaya ni los de José Antonio Meade ni quienes son muy escépticos del tabasqueño (como algunos círculos de empresarios) han encontrado la fórmula para bajar a López Obrador del primer lugar o siquiera para acercarse a él.
Muchos mantuvieron su esperanza en mitos o esperaban que se repitiera la historia de ocasiones pasadas. Hay quienes, haciendo un análisis torpe y superficial, pensaron que era casi consecuencia natural que López Obrador empezara a caer en las encuestas: eso no ha pasado en lo absoluto. Otros aseguraron que López Obrador cometería errores que le costarían la presidencia. No es que no los haya cometido (el caso con los empresarios podría haberle costado algunos puntos de ventaja en otro contexto), sino que son sus «adversarios» los que los están cometiendo producto de la desesperación.
Hasta hoy 20 de mayo se han llevado a cabo muchas acciones que, pensaron, tumbarían inevitablemente a López Obrador. Confiaron en que su casi nula capacidad para debatir le restara puntos y no ocurrió (al menos en el primer debate); pensaron que el bombardeo de guerra sucia a través de spots y cadenas de Whatsapp cambiara la intención de voto y tampoco ocurrió; se colocó publicidad en los camiones de una supuesta serie llamada «Populismo en América Latina» y nada ocurrió. Hace unos días, Raymundo Riva Palacio escribía una interesante columna preguntando sobre la salud de López Obrador. No parecía haber alguna oscura intención ahí (y no creo que la haya habido). Por el contrario, es muy pertinente preguntar por la salud y el estado de los candidatos que quieren aspirar a llegar a la Presidencia. Pero luego, los adversarios se dieron cuenta que podrían «subirse al tren del mame» y mostrar a un candidato cuya salud y edad no le permitiría conducir a la nación.
Esta estrategia no es nueva. La campaña de Donald Trump la utilizó contra Hillary Clinton (quien se desvaneció al bajar de un automóvil) y en el 2012 se utilizó en contra de Josefina Vázquez Mota. La intención es mostrar a un candidato débil que no tiene la fortaleza ni la templanza para dirigir a una nación, ya que generalmente los candidatos que muestran fortaleza y contundencia suelen ser más atractivos y generan más confianza en el electorado.
La estrategia podría haber tenido cierto éxito, de no ser por el grave error que cometieron con el video que publicó Javier Lozano en su cuenta. El video muestra a una persona de la tercera edad (que tiene el mismo acento de López Obrador) que quiere conducir su coche y su hija no lo deja porque ya no está en condiciones de manejar.
El problema con este video, además de ser muy agresivo con el candidato López Obrador, es que estigmatiza a las personas de la tercera edad. Fue natural que haya producido un fuerte rechazo en redes sociales y echó a perder la estrategia ya que desvió la narrativa del «si AMLO está en condiciones de gobernar o no» al «están tan desesperados porque van abajo que se ven en la necesidad de lanzar estos videos tan agresivos». Mató una estrategia a la que bien le pudieron haber dado cuerda.
La desesperación es evidente. Si bien, es natural que en unas elecciones todos le peguen al puntero (es la estrategia más obvia), deberíamos preguntarnos si este tipo de estrategias, que no dan información al elector y más bien terminan reforzando estigmas dentro de la sociedad, siendo los afectados, en este caso, las personas de la tercera edad, deberían de ser válidas. Este tipo de contenidos son también la muestra de la pauperización de la calidad de las campañas electorales, donde darle al elector información para que tome una decisión es importante pasa a un segundo plano o ni siquiera importa ya.
Las campañas de contraste (que algunos señalan como guerra sucia) pueden ser útiles al darle al elector información. Es válido, a mi parecer, que se señalen los puntos débiles del candidato: ya sea su historial como político o la calidad de sus propuestas. Pero este tipo de campañas no deberían atentar contra la integridad del candidato, o peor aún, contra un sector de la población. Es válido señalar que un candidato es corrupto en tanto se tengan pruebas de haber estado involucrado en actos de corrupción, o es válido también decir que sus propuestas son riesgosas económicamente si hay bases para realizar esa argumentación. Si bien AMLO puede tener algunos problemas de salud y es válido preguntar por ellos, no se puede inferir que no tiene la capacidad de gobernar el país (esos problemas de salud pueden ser atendidos) y menos que es un «anciano incapaz que necesita del cariño de los suyos».
Preguntar por su salud como estrategia era válido hasta antes del video. Es válido dar información al elector sobre su estado de salud, sobre el hecho de que tiene problemas en la columna, que doctores cubanos de Miami vienen constantemente a México para estar al tanto de la salud del candidato. Lo que no es válido es denigrar a una persona y, peor aún, a un sector de la sociedad.
Esta estrategia, que creo pudo generar algún efecto negativo contra López Obrador, terminará generando el efecto contrario y no se les haga raro que algunos incluso decidan darle su voto. Este tipo de actos sólo abonan a la victimización del candidato tabasqueño.
Había dicho que el debate pasado podría ser la última llamada para que Ricardo Anaya y José Antonio Meade entraran en la pelea. En efecto, la fue para Meade y no la aprovechó. Anaya se quedó a medias: se consolidó como el segundo lugar frente a López Obrador y subió algunos puntos pero no había subido lo suficiente como para hacer mella el puntero. Po eso, el segundo debate podría ser la última posibilidad para que Anaya logre meterse de lleno en la pelea.
De hecho, si la logra capitalizar bien, esta semana podría ser crucial para Anaya. La renuncia de Margarita Zavala a la candidatura le beneficia, aunque la renuncia por sí sola no moverá mucho las cosas. Si bien, es iluso esperar que los cinco puntos que deje Margarita se vayan con Anaya, el panista podrá ser el más beneficiado de todos y tal vez eso le ayude a recortar aunque sea uno o dos puntos de ventaja a López Obrador. Si a esto se le suma que logre hacer un muy buen debate y logre sumar algunos puntitos más, se podrá meter en la pelea y generar la sensación de que la victoria de AMLO no es segura. Recordemos que las campañas están compuestas también por un factor psicológico que afecta no solo a los electores, sino a los propios candidatos y a quienes forman parte de su campaña. Que la brecha se cierre podría poner nervioso al tabasqueño.
Pero Ricardo Anaya tendrá que hacer un debate excepcional. Es muy elocuente y es uno de los candidatos con mejor retórica de los últimos tiempos, él prepara sus intervenciones con mucha meticulosidad, aprovecha muy bien el tiempo que les dan a los candidatos para practicar, analiza su discurso y hasta las tomas de las cámaras. Pero Anaya no ha logrado construir una narrativa y un ideario creíble al punto que ni con su gran elocuencia logra ocultar que en su proyecto no hay mucha sustancia, que hay poco más que propuestas al aire que juntos no forman nada. En la entrevista con Milenio, Ricardo Anaya mostró, gracias a los incisivos cuestionamientos de personas como Jesús Silva-Herzog, que tiene grandes problemas para mostrarse como un candidato confiable. No suena creíble cuando dice que le preocupa la desigualdad en México, y cuando le cuestionan por su falta de sustancia y narrativa recurre al cliché de comparar al Frente con el caso alemán.
Si Anaya no logra mostrar algo más coherente y convincente en el debate, difícilmente logrará subir mucho como para meterse en la pelea. No sólo se trata de bajar a López Obrador, se trata de que logre persuadir a más personas de su proyecto, el cual para muchos sigue siendo un misterio.
Aunque Anaya tenga una ventaja natural en el debate, tendrá que preocuparse por hacer bien tres cosas: 1) Atacar a matar o morir a López Obrador 2) Mostrarse como antisistema 3) Mostrar una narrativa creíble.
López Obrador, por su parte, tendrá que prepararse mejor para el debate. En el primer debate le fue suficiente con esquivar y dejar pasar, pero en este caso no podrá mostrar esa actitud arrogante ya que el formato Town Hall no se lo va a permitir. AMLO no sólo recibirá cuestionamientos de los candidatos o los moderadores, sino del público, de ciudadanos. Además, la ausencia de Margarita le dará más tiempo a sus opositores de confrontarlo. Recibirá ataques frontales de Ricardo Anaya, José Antonio Meade y hasta del propio Bronco. El primero, Anaya, irá a matar. A José Antonio Meade, aunque ya casi sin posibilidades, se le ve más preparado, en las últimas entrevistas se le ha escuchado un tanto más fluido y coherente. Si López Obrador se confía, podría pasarla muy mal y eso podría llegar a afectarle en las preferencias.
A sabiendas de que Anaya y Meade se irán contra él, AMLO tendría la posibilidad de crear la percepción de que ambos candidatos están aliados en su contra para así quitarle el velo antisistémico con el que Anaya busca presentarse. Pero ya no basta con esquivar, AMLO deberá responder, cuando menos, a las acusaciones y a las críticas, deberá verse un poco más activo y que «no le vale madres el debate». El formato no le permitirá el lujo de tomar una postura de desprecio como ocurrió en el debate pasado.
López Obrador acertó al sacar la bandera blanca ante los empresarios. Si el conflicto se hubiera mantenido abierto habría sido una gran oportunidad para que sus adversarios lo confrontaran por el tema. Pero hoy vemos a López Obrador felicitando a la Coparmex por coincidir en el tema del salario mínimo, también parece haber cedido o reculado en el tema del aeropuerto y ya ha logrado articular de mejor forma su propuesta de la amnistía de tal forma que genera menos incertidumbre. Al menos parece que se preparó para no llegar tan golpeado al debate, aunque su postura frente a la Reforma Educativa sigue siendo la misma (cancelarla) y ese podrá ser su talón de aquiles.
Una elección no se acaba hasta que se acaba, pero si Anaya no logra hacer un debate espléndido, sus posibilidades de cara a la elección serán ya más bien pocas. Mientras tanto, veremos qué pasa.
Las llamamos encuestas, pero sería más correcto llamarlos estudios cuantitativos o estudios en campo ya que las encuestas sólo refieren a los instrumentos que contienen las preguntas que se hacen a los encuestados. Por ejemplo, se habla de investigaciones de mercado o estudios cuantitativos cuando estas mismas metodologías se utilizan para conocer la opinión de la gente con respecto a algún producto o servicio. Los mercadólogos no decimos «vendemos encuestas», sino «estudios de mercado». Pero bueno, me voy a referir como encuestas a estos estudios porque es la forma como popularmente se les conoce (la encuesta de Reforma o la encuesta de Mitofsky).
Las encuestas son una fotografía del momento, no un pronóstico.
La encuesta electoral tiene una función específica: medir la tendencia de voto en un momento determinado. Es decir, la encuesta responde a la siguiente pregunta «Si el día de hoy fueran las elecciones ¿cómo votaría la gente?» Dicho esto, los resultados de una encuesta no predicen quien va a ganar, pero sí muestran una fotografía del momento, que no necesariamente corresponderá a la de la siguiente semana o al siguiente mes.
Sin embargo, de una encuesta sí se pueden sacar conclusiones; no sólo de la encuesta misma, sino con respecto de los levantamientos anteriores de la misma casa encuestadora para entender cómo se están moviendo las preferencias. Por ejemplo, si una casa encuestadora muestra que AMLO sigue en un consolidado primer lugar en el transcurso de dos meses nos dice algo y ese algo podemos interpretarlo. Las casas de campaña también toman muchas decisiones mediante encuestas (muchas veces de consumo interno) porque es el instrumento que les puede dar una visión más aproximada de la realidad.
¿Cómo se diseña una encuesta?
Básicamente se toma una muestra proporcional del universo (que en este caso son todas las personas de este país en edad de votar). Es decir, si la población del país tiene tales características, si hay tantos hombres y mujeres o si las ciudades más pobladas son estas y aquellas otras, la muestra tiene que ir en consonancia con la población total. Por un decir, si el 40% de la población mexicana está en el norte y 60% está en el sur, la muestra deberá tener la misma proporción. Que se hagan pocas encuestas (poco más de mil, por ejemplo) no implica que el estudio no sea válido porque recordemos, las encuestas toman una muestra proporcional del universo. Para esto, las casas encuestadoras especifican un margen de error (que suele oscilar entre +/-3 o +/-4) que es inversamente exponencial al número de encuestas. Es decir, por más encuestas se realicen, el margen de error disminuye, pero no lo hace de forma proporcional sino exponencial. Hay mucho menos encuestas de distancia entre un margen de error de 5 y 6 que entre uno de 2 o 3. Sólo podría conseguirse un margen de error de cero si se encuestara a absolutamente todas las personas que van a votar (es decir, a todo el universo).
El número de las encuestas no debería importar mucho en tanto el margen de error no sea muy grande.
Pero ¿cómo interpretamos el margen de error? Es fácil: si la encuesta dice que AMLO lleva 40 puntos porcentuales y el margen de error es +/- 3, eso implica que en realidad AMLO podría tener entre 37 y 43 puntos. Por eso, cuando se levantan encuestas y la diferencia de dos candidatos no excede los tres puntos, se dice que está en empate técnico; porque la diferencia bien podría ser producto del margen de error.
Las encuestas no empatan necesariamente con tu percepción.
¿Cómo es que López Obrador va ganando si casi todos mis amigos van a votar por Anaya? ¿Cómo es que ganó Peña Nieto si en mi Facebook nadie votó por él? ¡Hubo fraude! Estas son preguntas que he escuchado constantemente a muchas personas. La realidad es que sólo están midiendo, sin ningún instrumento científico (es decir, a ojo de buen cubero), las preferencias en el sector del nivel socioeconómico en el que se mueven, el cual muy posiblemente sea distinto a todos los niveles socioeconómicos y culturales con los cuales no tienen contacto y que muy seguramente tienen mucho mayor peso que el suyo. Esto naturalmente implica que los sondeos levantados en Twitter o en Facebook no tienen ninguna validez científica y no pueden tomarse como referencia ya que no se está tomando muestra alguna. Un ejemplo de esto es que las encuestas en Twitter que han levantado algunos reporteros o líderes de opinión tienen serias discrepancias que tienen que ver con el tipo de audiencia que los sigue.
Una encuesta levantada en las redes sociales que pretende mostrar preferencias electorales es, por definición, errónea.
Por eso, cuando se habla de tendencias, las percepciones personales de acuerdo a «las opiniones de los demás» (percepciones que muchas veces contienen un fuerte sesgo de confirmación a favor del candidato con el que se simpatiza) suelen estar bastante lejos de la realidad, y cuando atinan, es más bien producto del factor suerte.
Las encuestas se pueden equivocar.
Para que funcione una encuesta la toma de la muestra, el diseño de la propia encuesta y la ejecución, deben estar bien hechos. Un error aquí podría sesgar el resultado. Por eso las casas encuestadoras tienen que ser muy meticulosas a la hora de diseñar la muestra, que la encuesta esté hecha de tal forma que los encuestados contesten de la forma más fidedigna posible y que los encuestadores estén bien capacitados. En este trayecto también es posible sesgar las encuestas deliberadamente, incluso basta con que el encuestado utilice un tono de voz determinado (por ejemplo, muestre más enjundia al mencionar a un candidato y menos al mencionar otro) o haga la pregunta de cierta forma para lograr cierto sesgo.
Si bien una encuestadora puede llegar a sesgar deliberadamente una encuesta, no implica que una discrepancia entre la encuesta y el resultado real sea producto de un sesgo deliberado. También puede ser producto de un mal diseño de la muestra (cosa que a veces es más común de lo que se cree) o inclusive de otros factores que no se midieron bien y que ha llegado a afectar a las encuestas de mayor reputación a nivel mundial. Casos como el Brexit o la elección de Estados Unidos fuerpm un gran ejemplo de que los instrumentos pueden no funcionar bien. En el caso del Brexit, mucho se debió a que muchos jóvenes (que seguramente contestaron a los encuestadores que votarían por el «no») no salieron a votar. En el caso de la elección de Estados Unidos, las encuestadoras no lograron medir el voto oculto que salió a votar por Donald Trump.
La veda electoral es un factor que puede generar una discrepancia entre las encuestas y el resultado final.
En las elecciones del 2006 las encuestas no se desviaron mucho (algunas le dieron el triunfo a AMLO, pero la victoria de Calderón caía dentro del margen de error). En 2012 gran parte de las casas encuestadoras sobreestimaron la ventaja de Peña Nieto. Algunas le dieron más de 20 puntos cuando en realidad la distancia con el segundo lugar (López Obrador) fue de poco menos de 7 puntos. En elecciones posteriores, algunas afirmaron que al PRI le iba a alcanzar para ganar estados como Veracruz, cosa que no ocurrió. En cambio, las encuestadoras hicieron un buen desempeño en las elecciones del Estado de México.
Una constante, tomando los casos del Brexit, Estados Unidos, y las elecciones del 2015 (que no implica que necesariamente vaya a ocurrir en estas elecciones), es que las encuestas últimamante parecen haber subestimado el voto del hartazgo ante el sistema. Eso también ocurrió en Guadalajara en 2015 cuando la encuesta de Reforma colocaba a Pedro Kumamoto en tercer lugar y, quien a la postre, ganaría la elección a la diputación local. En Costa Rica pasó lo contrario, las encuestas subestimaron al voto oficialista (a quien le daban la derrota). Sin embargo, a diferencia de los otros casos, no había un sentimiento de hartazgo generalizado.
En nuestro caso, hay otro factor que puede mostrar una discrepancia entre los resultados de las encuestas y el resultado final, y esa es la veda electoral que antecede el día de las elecciones. Durante la veda, las casas encuestadoras no pueden publicar estudios por lo que terminan siendo incapaces de medir a aquellos votantes que toman su decisión de voto en los últimos días.
Preferencias brutas, efectivas e indecisos
Las casas encuestadoras suelen mostrar los resultados de dos formas: por medio de preferencias brutas y por medio de preferencias efectivas. Las preferencias brutas incluyen a quienes no responden y las efectivas los excluyen. Esto es importante porque las preferencias efectivas suelen «inflar» las diferencias entre uno y otro candidato. Por ejemplo, en la misma encuesta de Reforma (la que se publicó a principios de mayo) López Obrador tiene una ventaja de 18 puntos sobre Ricardo Anaya de acuerdo a las preferencias efectivas, pero su distancia baja a 14 si tomamos las preferencias brutas: es decir, si incluimos a los que no contestaron.
Muchos, erróneamente, consideran que este grupo de personas que no contestaron está compuesto únicamente por indecisos y fincan en ellos la esperanza de remontar la elección. Si los que no contestaron representan el 30%, por un decir, no implica que ellos, por sí solos, puedan salvar una ventaja de 25 puntos. En realidad, los indecisos tan solo forman una parte de las personas que no saben o no contestaron, muchos otros están poco interesados y posiblemente no van a salir a votar siquiera y formarán parte de los abstencionistas.
Los agregadores
Por último están los agregadores de encuestas como Oráculus, Bloomberg y El País. Este es un ejercicio muy interesante ya que obtiene un promedio, de acuerdo a criterios muy específicos, de las encuestas consideradas más confiables para mostrar una tendencia general. Un agregador es, por naturaleza, más confiable que una sola encuesta ya que reduce los sesgos de las encuestas que están más mal ejecutadas o que rompen con la tendencia. Eso no significa que puedan fallar. Si la mayoría de las encuestas agregadas fallan, por consecuencia el agregador fallará. Un claro ejemplo fue el agregador de Nate Silver fivethirtyeight.com que pronosticaba el triunfo de Hillary Clinton.
Los agregadores son la herramienta perfecta ya que durante las elecciones las casas de campaña de los candidato suelen publicar encuestas falsas para generar la sensación de que su candidata o candidato es más competitivo de lo que realmente es y tratar de afectar la opinión pública para modificar la intención de voto. Un agregador, al final, es el promedio de las tendencias de las casas encuestadoras más fiables.
Conclusión
Las encuestas no son perfectas, ni tampoco pueden servir como un pronóstico categórico. Pero es lo más fiable que el elector tiene a la mano para conocer un aproximado de las tendencias electorales. Las estrategias de campaña también pueden ser útiles para ver si lo que dicen las encuestas es cierto. En muchos casos, el ánimo de saber que se va ganando o perdiendo se nota; y en otros la estrategia los delata: generalmente todos los candidatos atacan al que va en primer lugar y los candidatos se olvidan de atacar a los que están abajo a menos que tengan un propósito muy específico: por ejemplo, Ricardo Anaya (segundo lugar) ataca a José Antonio Meade (tercer lugar) para mostrarse como antisistema.
Las encuestas deben tomarse como son, como un aproximado. No deben ignorarse, pero tampoco deben tomarse al pie de la letra.
El día de ayer 9 de mayo, el equipo de campaña de López Obrador lanzó un documento (o más bien panfleto) llamado Pejenomics. El propósito me parece claro: a raíz de la incertidumbre que su propuesta económica produce y, sobre todo, de los conflictos recientes con las cúpulas empresariales, López Obrador busca crear confianza dentro de la mayoría de los empresarios mexicanos: es decir, los pequeños empresarios que tienen un changarro, una PYME, un startup o una pequeña empresa (a los no tan pequeños ya les mandó a Poncho Romo). El mensaje es claro: López Obrador está a favor de los empresarios y sólo disiente con una minoría rapaz que se hace rica en contubernio con el gobierno.
Pero el panfleto es terrible. Es demasiado superficial, general, está lleno de estadísticas interpretados a modo e incluso citas erróneas.
Parecen subestimar al público al que va dirigido, como asumiendo que los pequeños empresarios no van a tener muchos conocimientos de economía y tal vez ni siquiera capacidad de abstracción. Pero no es necesario ser economista (yo no lo soy) para advertir de la superficialidad de este documento que no tiene más validez que un panfleto donde AMLO aclara su posicionamiento ante varios temas (y en algunos casos no lo hace bien).
El documento inicia diciendo que AMLO sabe que el talento es imprescindible para el desarrollo del país, que casi todos los empresarios son honestos pero que el piso no es parejo para todos, hasta aquí todo bien. Luego cita al IMCO (la organización cuya iniciativa Ley 3 de 3 desdeñó en su libro La Salida).
La siguiente página me llama la atención porque utiliza una supuesta cita de Paul Krugman sobre AMLO que fue reinterpretada a conveniencia. En el «Pejonomics» dice:
«Andrés Manuel […] podría ser un líder efectivo, benéfico para los negocios y con un marcado sentido de justicia social; un gobierno reformista para México.
«Sé muy poco sobre él»… Krugman prefirió no aventurarse a realizar una prógnosis del hipotético desempeño de AMLO … ¿AMLO tiene un perfil para convertirse en un nuevo Hugo Chávez? Krugman no lo cree así «Yo creo que si se convierte en presidente sería más como Lula, un líder efectivo, benéfico para los negocios y con un marcado sentido de justicia social.
Este pequeño detalle es muy importante ya que Lula ha sido sentenciado penalmente por casos de corrupción por lo cual era importante no hacer ninguna referencia a él. Y así uno se puede encontrar muchos detalles en este documento.
En la siguiente página insisten en que el proyecto de AMLO no está en contra de la globalización y para eso señala que de 2001 a 2004 el Distrito Federal atrajo el 57.8% de la inversión extranjera de todo el país pero los datos disponibles en el portal del gobierno dice que fue solo el 26% como refiere Patricio Estévez. Luego dice que va a crear fondos mixtos de inversión pública y privada para detonar proyectos de infraestructura y al mismo tiempo dice que hará lo contrario con el NAICM (el nuevo aeropuerto). Peor aún, critica las adjudicaciones directas sin licitación pero él hizo lo mismo con más de dos mil millones de pesos cuando fue Jefe de Gobierno.
En este documento no existe un plan, no hay argumentos técnicos, no hay propuestas concretas ni estimaciones, solo un diagnóstico de medio pelo de la realidad actual y promesas vagas como «no aumentar impuestos ni crear nuevos», crear esto, hacer esto, pero ¡no dice cómo! Dice que no aumentará impuestos pero luego propone poner en marcha 10 sistemas agroalimentarios regionales, crear programas nacionales con metas multianuales de inversión de desarrollo urbano, educación, agua, drenaje y vivienda, alcanzar la soberanía alimentaria, apoyar con capital y deuda a concorcios de PyMES. Y, ¿con qué se hace eso? Sí, con impuestos. ¿De donde los va a sacar entonces? Dice que va acabar con el clientelismo pero no dice cómo. Propone apoyar a jóvenes emprendedores lo cual me parece muy bien pero no dice cómo.
Este panfleto tiene un muy buen diseño gráfico al grado en que parece que se esmeraron más en el diseño gráfico que en el contenido. Creen que para llegarle a los pequeños empresarios hay que bajarle pero mucho al nivel del discurso al punto en que parecen subestimarlos. Su documento es tan solo un manual de buenas intenciones que parece haber sido hecho para sus simpatizantes y no para los empresarios.
Este documento no genera certeza, no aclara las ambigüedades en materia económica que López Obrador constantemente muestra y en algunos casos crea nuevas. Tan sólo parece limitarse a aclarar que no está en contra de los empresarios, que México no va a ser como Venezuela y que no va a estatizar nada.
Pejenomics tan sólo demuestra, una vez más, que López Obrador cojea de la pata económica (a pesar de presumir asesores estudiados en las más prestigiosas universidades del extranjero) que no tiene un proyecto sólido a pesar de llevar 14 años buscando la presidencia, que solo tiene ideas muy generales de lo que quiere hacer y que están poco aterrizadas.
Pejenomics es eso, un panfleto. Y no creo que un empresario se vaya a conformar con un panfleto para sentirse más tranquilo.
Dentro de un ambiente polarizado y lleno de emociones como el que genera esta elección que está movida mayormente por el encono y el hartazgo, y en menor proporción (pero de todos modos de un tamaño considerable) el miedo a un candidato, podemos correr el riesgo de ignorar muchas de las señales de los fenómenos que tenemos enfrente, de lo que se dice, de lo que se quiso decir. El sesgo de confirmación que a veces abunda en ambos lados de la trinchera no nos permite en muchas ocasiones hacer ese ejercicio que considero necesario para entender las causas y no sólo conocer los efectos superficiales de lo que ocurre en las campañas y con los candidatos.
Cuando el conflicto de López Obrador con los empresarios llegó a su punto álgido (y que ahora parece haberse tranquilizado ya que ambas partes parecen haber comprendido que sería una pérdida de tiempo y hasta nocivo tener una confrontación directa a estas alturas del juego) se tomaron dos posturas muy claras: por un lado, aquellos que defendieron a capa y espada a los empresarios, ya que dicen que ellos son los que generan empleos en tanto los políticos son poco menos que parásitos y peor aún cuando hablamos de un López Obrador a quien le gusta la confrontación. Luego están quienes (siguiendo el tono de López Obrador) perciben a algunas estas cúpulas empresariales como una especie de mafia que quiere preservar sus intereses y por lo cual buscan atacar al candidato que promete un cambio.
El problema es mucho más complejo que eso. Estoy convencido de que López Obrador cometió un error y un acto de poca tolerancia al señalar y lanzarse contra un grupo de los empresarios que no quieren que llegue a la presidencia (deseo legítimo mientras ello se mantenga en terreno legal y no distorsione la voluntad del electorado). No todos los empresarios a los que señaló se han hecho ricos al amparo del gobierno, ese no es el caso de Alejandro Ramírez de Cinépolis cuya familia ha forjado una cadena de salas de cines que tiene presencia hasta en la India. Naturalmente estas declaraciones calaron hondo en las organizaciones empresariales ya que, si bien es cierto que AMLO no se lanzó contra todos los empresarios, puso a algunos dentro de una canasta donde no merecen estar. Naturalmente, declaraciones como esas van a molestar, cuando menos, a quienes han creado sus empresas con el sudor de su frente.
Pero más allá de estos errores y arbitrariedades que López Obrador ha cometido, se ha olvidado un argumento en el que el tabasqueño sí acierta y es que dice que se debe independizar el sector empresarial del gobierno. Es decir, que los empresarios creen su riqueza por medio de su trabajo y el talento y no por medio de los privilegios que el gobierno les da.
Es importante mencionarlo porque la independencia de ambos sectores (que no implica que no tengan canales de comunicación sino que no se involucren en conflictos de interés) es clave cuando hablamos de la construcción de un Estado de derecho sólido. En una sociedad democrática y justa, una persona sólo puede ser privilegiada por su posición dentro del ámbito en que se desenvuelve. Así, sus beneficios son producto del mérito y no del influyentismo: un gran empresario puede ser millonario producto de su trabajo y esfuerzo, pero no puede hacerlo cuando se entrecruza con otro ámbito que no le compete.
El problema es que en México el rentismo (llamado también capitalismo de cuates o crony capitalism) es un problema considerablemente grave y creo que explica en parte los altos índices de desigualdad ya que fomenta una concentración de la riqueza en manos de unos pocos y que no es producto del mérito. Cuando los empresarios tienen privilegios dentro del sector público, estos terminan adquiriendo privilegios dentro de los organismos de justicia (los cuales, en teoría, deberían trabajar igual para todos, sin distingo de clase social o posición socioeconómica) lo cual los puede llevar a cometer ilegalidades ya que quedarán impunes con facilidad. Las afectaciones también se ven dentro del sector económico ya que los empresarios que se enriquecen al amparo del gobierno suelen distorsionar el mercado, y si bien crean empleos, su condición privilegiada evita que surja una competencia tal que podría generar muchos más de los que ellos crean. No sólo se generan menos empleos, sino que los productos y servicios tienden, en muchos casos, a ser de menor calidad.
Este es un mal que ha estado enquistado en nuestro país producto del PRI hegemónico donde la relación entre la empresa y el gobierno era más bien estrecha. Cuando se «liberalizó» el mercado muchas de las empresas fueron compradas por los mismos oligarcas y se enriquecieron más. Es decir, la liberalización de la economía no acabó con las estructuras patrimonialistas y clientelares, estas sólo se adaptaron a la nueva realidad. Varios de los empresarios mexicanos que aparecen en listas de Forbes están involucrados en distintos ramos, pero muchos de ellos se caracterizan por innovar más bien poco dentro de sus empresas.
Imagen: The Economist
López Obrador se equivoca rotundamente al poner a todos los empresarios a los que denunció en una misma canasta. Un estadista no debe involucrarse en peleas absurdas como esa y simplemente debe preocuparse por aplicar el Estado de derecho y parar ese tipo de relaciones nocivas ya que no se trata de una batalla maniquea, sino de problemas estructurales que deben irse modificando con voluntad política y con el apego irrestricto de la ley. López Obrador no puede decidir quienes son los buenos y los malos malos, son los órganos de justicia los que deben determinar quienes están trasgrediendo el Estado de derecho.
Las cámaras empresariales, que están compuestas en su mayoría por empresas que se conducen de buena forma, deben también poner de su parte para desincentivar este tipo de prácticas y vigilar que sus miembros las eviten. Deben procurar, dentro del entorno empresarial, una cultura en la cual se fomente al empresario que se desarrolla por medio de su talento y esfuerzo, y desincentivar e incluso señalar a las empresas que hacen negocios turbios, o que se benefician de sus relaciones con el gobierno.
También es cierto que el modelo económico de Andrés Manuel, orientado a la sustitución de importaciones, parecería más bien fomentar este tipo de relaciones (ya que estas surgieron dentro de un entorno bastante similar), por lo que habríamos que preguntarnos si en la práctica lograría combatir este problema. Pero la animadversión hacia López Obrador que puedan tener muchas personas no debe hacernos olvidar que ese problema existe. López Obrador lo aborda sin proponer una hoja de ruta creíble, pero yo no he visto a los otros candidatos que hablen de ello: hablan de competitividad, de desarrollo económico, pero hablan poco del mal endémico donde algunos empresarios se enriquecen al amparo del gobierno, y se necesita combatir lo segundo para poder lograr lo primero.
Desde antes del inicio de la campaña había notado que la postura de las televisoras hacia López Obrador distaba de ser muy beligerante, lo que interpreté en su momento como un esfuerzo de la televisora por aparentar ser neutral y así ganar credibilidad.
Cuando se habla de poder todo se vale y todo es posible y, por tanto, un análisis sobre éste va mucho más allá sobre la dicotomía de buenos y malos donde Televisa era visto como uno de los enemigos a vencer: la televisora que «pone presidentes». En realidad se trata de algo más complejo y los grupos de poder están dispuestos a realinearse si ello es necesario para sus intereses.
Por eso el programa de Tercer Grado donde entrevistaron a López Obrador me ha hecho sospechar que más que procurar cierta neutralidad pareciera una suerte de realineamiento con el que será casi seguramente el nuevo Presidente de la República, o mínimo están protegiendo sus intereses. Lo que vimos ayer fue algo más bien parecido a las entrevistas a modo que Televisa le hacía al entonces candidato Enrique Peña Nieto en 2012. ¿Lo cuestionaron? Sí. Pero lo hicieron de tal forma que lo dejaron lucirse y quedara bien. Casi no lo interrumpieron, dejaban que hablara el tiempo necesario para que pudiera expresar aquello que quería expresar.
Es cierto, se vio a un López Obrador relativamente más preparado donde se explicó un poco mejor, pero los comentaristas abonaron a que así fuera. No vi a la Denise Maerker incisiva, López Dóriga ni metió las manos, Leo Zuckermann ahí cuando tenía una oportunidad planteaba alguna duda y poco más, Carlos Loret de Mola era prudente en exceso. López Obrador hablaba de Ayotzinapa y a nadie se le ocurría cuestionarlo por el hecho de haber promovido a José Luis Abarca en su momento, y así ocurrió con muchos temas donde los entrevistadores (tal vez de forma deliberada) dejaron pasar oportunidades importantes para cuestionar a AMLO.
AMLO venía de un día difícil por los encontronazos que se dio con algunos grupos de empresarios que, al parecer, no quieren ver a AMLO en la silla presidencial. Parecía que volvía el López Obrador de siempre, pero su aparición en Tercer Grado fungió como una suerte de control de daños donde se mostró mesurado, bromeaba, y los «televisos» lo trataban como «el presidenciable». El propio Raymundo Riva Palacio (que fue uno de los entrevistadores) dijo que AMLO se vio más como socialdemócrata que como caudillo.
López Obrador tuvo una de sus mejores entrevistas cuando más lo necesitaba. Televisa le dio la oportunidad y le dio el espacio para enmendar los errores que se habrían podido cometer los últimos días. Ya no se habla tanto del pleito con los empresarios, sino del López Obrador moderado que se paró en la otrora enemiga televisora. El mismo candidato presumió la entrevista en las redes sociales y dijo «fueron críticos, pero me dejaron hablar». La entrevista generó indignación en algunos de sus opositores, como su enemigo histórico Felipe Calderón quien calificó la entrevista como una pena y alertó sobre el trato que ahí recibió.
Pareciera que Televisa tiene intenciones de alinearse, de alguna u otra forma, con el que sería el próximo régimen lopezobradorista para mantener sus intereses e incluso sus privilegios intactos. Tal vez no sea casualidad que el suegro de Emilio Azcárraga esté en el gabinete de AMLO así como Esteban Moctezuma de Fundación Azteca.
Posiblemente esta sea una señal de que el ascenso de López Obrador a la presidencia se esté volviendo algo casi inevitable.
Después de las declaraciones que diera Ricardo Anaya en su participación en la Reunión Plenaria de Consejos Consultivos 2018 de Citibanamex y que se interpretaron como un posible pacto entre el PRI y el Frente, el panista tuvo que salir a afirmar que no haría ningún pacto cupular y en el PRI respondieron con virulencia. Javier Lozano dijo que no podría pactarse el voto útil con «un inútil» al que tachó casi de criminal, Peña y Meade también respondieron que no harían pacto alguno con Ricardo Anaya.
Aunque desde la izquierda lopezobradorista se ha empezado a utilizar el discurso del PRIAN (porque saben que si ligan de forma exitosa a Anaya con esta idea reducirán aún más sus pocas posibilidades de rebasar a AMLO) en realidad esta alianza, al parecer, no ha pasado de ser algo más que una sugerencia de algunos empresarios que no quieren a López Obrador (que evidentemente saben más de negocios que de cálculos políticos) y que buscan hojas de ruta para evitar que el tabasqueño llegue a la presidencia.
Que estos grupos empresariales harán su trabajo para evitar el triunfo de AMLO no es un secreto. Las declaraciones de López Obrador, aunque muy imprudentes y con cierto tufo autoritario, no dejan de tener algo de verdad (y técnicamente tienen derecho a reunirse y a tomar una postura en tanto respeten la ley electoral). Muchos analistas concuerdan en que esa reunión se dio, esa reunión en la que algunos empresarios le piden a Anaya bajarle la intención a sus ataques virulentos a Peña (lo que, a mi parecer, sería otro error estratégico ya que el panista debería posicionarse como un adversario del PRI) a la vez que algunos voceros dentro de las campañas de José Antonio Meade y Margarita Zavala han confirmado que los empresarios les han pedido que les cedan votos a Anaya.
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Pero el juego del PRI es otro muy diferente, ellos están buscando su supervivencia.
Muchos interpretan el golpeteo que desde la campaña de Meade le están orquestando a López Obrador (incluyendo la supuesta serie sobre Populismo) como una estrategia orquestada del «PRIAN» y la derecha para tumbarlo. En realidad, lo que buscan en el PRI es parar esa hemorragia de priístas que se están pasando a MORENA o de aquellos que piensan votar por López Obrador ya que necesitan que José Antonio Meade pueda agarrar el mayor porcentaje posible en la elección.
El PRI necesita, para sobrevivir, que gane el máximo número de escaños posibles en las cámaras y por menos votos sean los que Meade gane (aunque la cantidad pueda diferir en los votos para presidente y legislativos), menos votos serán los que el PRI obtenga para ganar escaños. A sabiendas de que perderán la presidencia y tres estados que gobiernan (Jalisco, Oaxaca y Chiapas, que aunque oficialmente sea del Partido Verde es el PRI quien realmente gobierna ahí) no les queda de otra que mantener lo que se pueda en el Poder Legislativo. En ese sentido, es para ellos un contrasentido que Meade «decline por Anaya» ya que eso afectará de alguna u otra forma el número de escaños a los que pueden aspirar.
En los mítines, a pesar de sus semblantes cabizbajos, simulan que se encuentran fuertes, que no se van a rajar, que no van a declinar con «el corrupto de Anaya». Intentarán generar la percepción de que son competitivos para rascar el mayor número de votos posible. Harán como que están compitiendo por la grande y que «esto todavía no se acaba».
Ellos entendieron que están fuera de la contienda y que su papel es otro, la encuesta de Reforma se los dejó muy claro, por eso removieron a Enrique Ochoa Reza (quitando muchos de los hilos que Peña Nieto tenía sobre la campaña) para colocar a René Juárez (quien tiene un mayor conocimiento de las estructuras). Un pacto con el Frente sólo podría darse a nivel estructuras e incluso eso sería riesgoso, un pacto más abierto o una coalición sería casi un suicidio para el PRI que busca mantenerse vivo.
Muchos empresarios no quieren a López Obrador y eso no es un secreto.
Y no lo quieren no tanto porque sientan que sus intereses se vayan a ver trastocados (que seguramente existen algunos casos de quienes no quieren perder sus privilegios) sino porque su programa económico no genera confianza. Al parecer, cuando López Obrador va y habla ante las organizaciones empresariales o los banqueros, deja una mala impresión. A veces lo despiden con un aplauso forzado (como aquella cortesía que se le da al que no cae bien) o incluso puede llegar a generar pánico, sea este sustentado o no.
Los empresarios, como cualquier sector de la sociedad, tienen derecho a manifestar su preocupación dentro del marco legal (esto es, acatando las reglas del INE al respecto), aunque, a mi parecer, deberían tener derecho a fijar una postura ante las propuestas de los candidatos ya que es importante que los ciudadanos vean lo que los distintos sectores piensan de ellos.
Varias organizaciones civiles y think tanks también ven al candidato con recelo ya que propone un proyecto de gobierno vertical donde sea su voluntad el que haga las transformaciones y donde la ciudadanía organizada (con excepción de aquella acrítica que se haya sumado a su movimiento) no puede estar ahí estorbando. López Obrador lo ha hecho ver de forma tácita en su libro y de forma explícita en sus últimas declaraciones.
Los empresarios, que en los últimos años han tenido una relación muy ríspida con el gobierno de Enrique Peña Nieto por la abrumadora corrupción, han sugerido a Meade y a Margarita que declinen por Ricardo Anaya ya que es el único que puede vencer a López Obrador. Hasta hace poco, parecía que este sector había tenido la esperanza de que AMLO cayera en las encuestas, pero eso no ha sucedido así.
Preocupa que termine existiendo una confrontación directa entre López Obrador y los empresarios ya que una relación dañada en un contexto donde llegue AMLO al poder en el cual se hayan cerrados todos los canales de diálogo (más recordando la testarudez del tabasqueño) podría tener consecuencias nefastas incluso para el país. El problema es que los empresarios, dentro de la desesperación, están cayendo en los mismos errores que los estrategas de campaña de oposición. No están terminando de entender que una alianza PRI-PAN como sugieren puede generar el efecto adverso ya que el voto antisistema es más grande que el voto antilopezobradorista.
Los empresarios y los sectores que guardan profundas diferencias con López Obrador deben tener mucho cuidado, porque un paso en falso podría complicar la situación en un país que poco a poco se ha convertido en una olla de presión y en el que una preocupación genuina podría generar la percepción de que los empresarios pretenden sumarse al sistema corrupto. Sería más preocupante, por ejemplo, que se sugiriera o propusiera alguna ilegalidad con la finalidad de frenar la llegada del tabasqueño a la presidencia. El encono desatado podría meter a un país en un problema muy profundo y solo agravaría la división y el recelo que existe dentro de la población.
Como insiste Silva-Herzog Márquez en su columna, siempre se debe respetar la legalidad y aceptar la derrota ya que esa es una característica de los demócratas. La voluntad del elector, aunque esta sea un paso en falso, debe respetarse.
Los empresarios tienen derecho a estar preocupados, también es muy válido que organizaciones como el IMCO o Mexicanos Contra la Corrupción se sientan así ya que ellos son algunos de los destinatarios de las polémicas declaraciones, pero deben evitar repetir la historia que hemos visto en otras latitudes y terminen fortaleciendo el discurso del tabasqueño. Por el contrario, deben tender puentes de diálogo con el que podría ser el próximo gobierno para tratar de incidir, en la medida de lo posible, en aquellas cosas que les preocupa. Un ambiente de confrontación desde el inicio del gobierno tan sólo reafirmará sus propios miedos e incluso podrá llevar a López Obrador a tomar malas decisiones.
Los malos gobiernos no sólo son producto de sus propios errores, sino del papel que juegan los demás actores.