Categoría: política

  • ¡No al pinche fraude!

    ¡No al pinche fraude!

    La «derechita infantil» se encontraba indignada con el asilo que el gobierno le dio a Evo Morales donde lo único criticable era el doble discurso de AMLO que esta decisión dejaba entrever. La derechita ignoraba la tradición que tiene nuestro país a la hora de dar asilo a políticos. Esta derechita olvidaba que Felipe Calderón le dio asilo político a Mel Zelaya, quien fue depuesto de la presidencia de Honduras por, entre muchas otras cosas, coquetear con el chavismo.

    Afortunadamente, muchos opositores a la 4T sabían que indignarse por eso era un sinsentido y hasta dijeron que había estado bien que el Estado mexicano le diera asilo al ex presidente boliviano. Hasta el Jefe Diego salió a calmar las aguas (contrariando a muchos de su partido) y explicar por qué sí debía dársele asilo.

    Esta derechita (civil, política y/o económica) estaba tan concentrada en las cosas superficiales (lo cual explica, de cierta forma, por qué no han logrado formar una oposición) que les (nos) metieron un gol por otro lado: el gran fraude para imponer a Rosario Piedra en la CNDH. Esa que no está a la altura de su madre y que ni sabe que en México matan a periodistas.

    El fraude cometido en el senado, y que derivó en uno de esos agarrones entre legisladores que rememoran al 2006, debería preocuparnos muchísimo. El fraude exhibe a la 4T tal cual es: un grupo político sin convicciones democráticas que es capaz de pasar por encima de la institucionalidad para salirse con la suya.

    Pero no solo ello, la autonomía de la CNDH queda completamente comprometida, sumándose así a varios intentos del gobierno de López Obrador de amasar todo el poder posible y reducir los contrapesos a su mínima expresión (incluso ya tienen la mirada sobre el INE). Esto debería preocuparnos y mucho. Más cuando se tiene como infame antecedente inmediato a la Ley Bonilla.

    Entendiendo que este organismo va a perder autonomía (lo cual es muy evidente), porque básicamente está dirigida por una persona militante de MORENA y muy simpatizante de AMLO ¿Qué va a pasar si el gobierno viola mis derechos? ¿Qué postura va a tener la CNDH si, por ejemplo, el gobierno me detuviera arbitrariamente, o si yo denunciara algún fraude o algún atropello cometido por este gobierno? ¿Rosario Ibarra, la ombudsperson espuria y pelele (como le diría AMLO si fuera opositora) se rebelará al gobierno que la colocó ahí, con el cual milita y con el cual simpatiza?

    Es muy preocupante el hecho de que este gobierno, que es mayoría en ambas cámaras, esté tratando de debilitar los pocos contrapesos que todavía tiene. Deberíamos preocuparnos por la anti institucionalidad que este gobierno está mostrando para poder amasar más poder. Es bastante peligroso que ello ocurra y muchos nefastos ejemplos de sus consecuencias son conocidos en otros países de nuestro continente.

    Ya lo dijeron bien los músicos de Molotov: si le das más poder al poder, más duro te van a venir a…

  • Te hace falta ver más Vox

    Te hace falta ver más Vox

    Te hace falta ver más Vox

    En los diarios, en los medios, en Internet se habla de Vox. Algunos dicen que la ultraderecha ya ha llegado a España, otros celebran jubilosos que haya llegado un partido políticamente incorrecto que «diga las cosas de frente y como son». En las elecciones del domingo, Vox se consolidó como tercera fuerza desplazando al centrista Ciudadanos que sufrió un duro golpe y a Podemos, partido que hace unos años había generado muchas expectativas, pero que va en declive por la desgastada figura de Pablo Iglesias y las escisiones que su partido ha sufrido (la salida de Errejón). Lo cierto es que Vox es un partido de derecha nacionalista con sus propias particularidades muy «españolas». Sería difícil encajarlo dentro de las ultraderechas como los movimientos nórdicos o el movimiento de Marine Le Pen, pero tampoco podríamos mostrarlo como un partido de derecha del establishment.

    La derecha contemporánea siempre ha tenido serios problemas para construir una narrativa que ilusione, que mueva emociones. Si algo se le suele complicar a la derecha tecnocrática es su capacidad para conectarse con el público, esa derecha acomodaticia y displicente que nunca sale de sus oficinas para conocer al pueblo al cual dicen gobernar.

    Bueno, Vox ha logrado sortear este inconveniente. Muchos podemos no estar de acuerdo con varios de sus ideales, pero no podemos negar que el partido de Santiago Abascal ha logrado salir a las calles, ha logrado conectar con la gente y ha logrado crear una narrativa firme y sólida. Vox parece mantenerse en un punto medio entre esa derecha tecnocrática y la ultraderecha europea: los integrantes de Vox son más directos y contestatarios que la primera derecha, pero a la vez son más moderados que la ultraderecha. Vox es una derecha muy particular.

    La ideología de Vox

    A Vox se le acusa de ser un partido ultraconservador, aunque ciertamente que para los estándares de México sería un partido más moderado que los sectores conservadores de nuestro país. Por ejemplo, Vox tiene un discurso tradicionalista donde dice defender la vida y la familia, arremete contra el feminismo y lo que llama la ideología de género (incluìdas las políticas de género) y se opone al aborto. Ahí terminan las similitudes con organizaciones como el Frente Nacional de la Familia ya que si bien está en contra de llamar «matrimonio» al matrimonio igualitario, no se opone a la figura jurídica, sino que más bien se trata de una cuestión semántica. En nuestro país, los sectores conservadores están también en contra de dicha figura jurídica y de cualquier forma de adopción, cosa que no ocurre con Vox. Dicho esto, no están en contra de que los gays se casen, pero sí que guardan una gran distancia con los colectivos reivindicativos de los LGBT que para ellos son un despropósito y critican aún más que el gobierno subvencione a algunos de estos movimientos.

    «Los actos del “orgullo gay” son una imposición ideológica, vulneran derechos de los vecinos, normativas municipales y se malversan bienes y dinero de titularidad pública».

    Vox

    Algo parecido pasa con la adopción homoparental, no es algo que Vox apoye con entusiasmo, pero tampoco es como que esté completamente en contra. Defienden que tengan preferencia un hombre y una mujer a la hora de adoptar a un hijo dado que consideran que un matrimonio es entre un hombre y una mujer, pero no se oponen a que una pareja homoparental lo pueda hacer. Para ponerlo en contexto, esta agenda, que para estándares europeos sonaría reaccionaria, para un país «menos avanzado» como México hasta podría sonar como moderada contrastada con los movimientos conservadores de nuestro país.

    «Si hay un niño al que no le quiere nadie y lo van a adoptar dos homosexuales, yo los aplaudo… Pudiendo elegir, es preferible que esté con un padre y una madre».

    Santiago Abascal

    Vox está lejos de ser un partido globalista, pero tampoco podría decirse que es tan nacionalista como Le Pen. Vox mantiene un discurso antimigración contra los musulmanes haciendo hincapié al combate al fundamentalismo islámico (aunque cabe decirlo, de forma un tanto más mesurada que los movimientos de ultraderecha en Europa que han surgido en los últimos años) y dice preferir la migración latina ya que comparte con ellos idioma y un lazo de identidad. Vox pretende regresar a los inmigrantes ilegales a su país de origen y a los legales que hayan reincidido en la comisión de delitos leves o cometido algún delito grave.

    Cualquier inmigrante que haya entrado ilegalmente en España estará incapacitado, de por vida, para legalizar su situación y, por tanto,para recibir cualquier tipo de ayuda de la administración.

    Programa de Vox

    No solo es en este sentido Vox un partido nacionalista, también lo es su discurso fuertemente patriótico donde España está primero, donde las banderas españolas abundan por doquier y donde, parafraseando al mismo Donald Trump, quieren «hacer a España más grande otra vez». Vox está rotundamente en contra de la separación de Cataluña, de quien incluso cuestiona su autonomía y es quien se ha manifestado de forma más aguerrida en contra de la intentona de esa región al punto de buscar ilegalizar a los partidos independentistas.

    Finalmente, en lo económico es un partido liberal que propone bajar impuestos, reducir la carga del gobierno sobre el ciudadano y apoyar a las empresas que generan riqueza y empleos, aunque como casi cualquier partido de derecha en Europa, no se opone al Estado de bienestar y lo da por sentado.

    Su éxito

    ¿Por qué Vox está comenzando a tomar relevancia? Básicamente porque han sabido llegar a aquella porción española muy identificada con la derecha, porque han sabido comunicarse con la gente, porque han dejado del lado las «recomendaciones de los asesores» y las «tendencias de las encuestas» para decir lo que piensan. Muchos podremos no estar de acuerdo con varias de sus ideas, pero no se puede negar que la franqueza es algo que no está ausente dentro de su discurso y eso es algo que ha logrado conectar muy bien con la derecha española, que perciben al PP (el partido de centro derecha) y a Ciudadanos (partido centrista) como tibios y timoratos, como tecnócratas lejanos de la gente.

    Santiago Abascal ciertamente es un gran activo: tiene presencia, sabe debatir, se muestra fuerte (algo muy atractivo en el electorado de derecha) y sumamente franco. A pesar de que su partido aspira a formar coaliciones con la derecha (el PP), ha sabido mantener una imagen ajena al status quo político.

    Si Unidas Podemos irrumpió con una imagen disruptiva e innovadora allá por el 2014, Vox parece hacer algo parecido pero desde la derecha. La imagen que presenta Vox es fresca. Si bien, tiene un discurso tradicionalista y conservador, la imagen que presenta parece conciliar la tradición con la modernidad. Su logotipo es más bien moderno y hasta podría pasar por la imagen de una empresa tecnológica. Esta imagen seguramente ayudará en algo a contrarrestar un poco los negativos que su discurso pueda generar.

    Vox no es ajeno a este desencanto de la gente con el sistema establecido que ha traído movimientos de izquierda populista y de extrema derecha a Occidente. El partido nacionalista de derechas, que ciertamente tiene algunos rasgos populistas, ha entendido dicho desencanto y ha creado una narrativa sólida y directa muy atípica dentro de los partidos de derechas, lejos de pretensiones mercadológicas y de diseños de campaña rebuscados. Son contestatarios, critican al establishment y a la prensa liberal (que en España es mayoría) pero tampoco es que sean antiinstitucionales como suelen serlo algunos partidos de ultraderecha. Esto hace que sus negativos sean menos altos de los que podrían ser y pueda atraer a un sector considerable de la derecha suficiente como para ganar los suficientes escaños y tener suficiente presencia en el legislativo para promover su agenda.

    Posiblemente Vox no logre llegar a la Presidencia de España, su discurso ciertamente ahuyenta al centro tan necesario donde se concentra gran parte del voto útil y necesitaría un contexto especialmente beneficioso, pero sí que tratará de influir desde el legislativo en coalición con otros partidos de derecha como el PP.

    Ciertamente Vox no es un partido fascista como algunos dicen, no amaga siquiera con atentar contra las instituciones. Más bien se trata de una derecha sumamente nacionalista y conservadora, pero sin llegar a los extremos de las ultraderechas europeas. Es más bien una derecha muy tradicional y muy española. Si Podemos es un partido de izquierda algo dura pero tampoco tan exageradamente radical, lo mismo podríamos decir de Vox en la derecha.

  • Después de Evo

    Después de Evo

    Después de Evo

    Bolivia es un país pobre, una de esas naciones condenadas a no tener salida al mar en una región donde los recursos naturales siguen siendo muy necesarios para dar a la población algo parecido a la prosperidad. Evidentemente eso le ha representado a Bolivia una gran desventaja y explica en cierta medida su pobreza (Paraguay, el otro país sin salida al mar, anda por las mismas).

    En este pobre país con deficiente infraestructura y con un historial político caótico llegó Evo Morales al poder, conocido, sobre todo, por pertenecer a ese «malévolo» eje bolivariano en el cual se incluyen a la maltrecha Venezuela, a Cuba, a Ecuador, y en algún momento, a Argentina. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Venezuela, Evo Morales presumió números que tal vez no son extraordinarios pero sí bastante recatables. En su gestión, el PIB osciló cerca del 5.0%, una cifra más alta que la mayoría de los países de América Latina. También logró recortar la pobreza en un 23%. No es como que Bolivia estuviera en franco camino al desarrollo, pero desde su llegada los números fueron mejores que en el pasado. Evo mantuvo un discurso muy populista y estridente en el discurso, pero a la hora de ejercer el gobierno jugó un papel mucho más moderado. Los derechistas no pueden ignorar esto que es tan evidente.

    No se puede decir lo mismo si hablamos de democracia e institucionalidad. En 2016 perdió un referendum bajo el cual aspiraba a reelegirse y aún así se presentó a elecciones violando toda constitucionalidad. Peor aún fue el evidente fraude electoral bajo el cual quiso reelegirse y que sacó a la gente a protestar a las calles. Evidentemente, como diría nuestro querido presidente López Obrador, es un presidente espurio. Además de esto, Evo no era alguien que terminara por tolerar a la oposición, la persecución a los opositores y a la prensa no escaseaba en su gobierno. Los izquierdistas no pueden ignorar todo esto que es tan evidente.

    Evo se fue, pero los cómos importan, e importan mucho para el futuro de ese complejo país que es Bolivia.

    Evidentemente se tenía que hacer algo al respecto: podría haber habido recuento, segunda vuelta, repetición de elecciones vigiladas por organizaciones internacionales (que era a lo que había accedido a Evo Morales), elecciones sin Evo, e incluso la renuncia de Evo motivada por el descontento por la gente, pero ésta se llevó a cabo por la presión de los militares. En prácticamente todos los escenarios era casi un hecho que Evo dejaría el poder. ¿Los militares llamarán a elecciones? ¿Se quedarán con el poder? Al parecer no lo sabemos, pero de todas las soluciones ocurrió la peor para Bolivia.

    A diferencia de lo que podríamos pensar de Venezuela, donde el gobierno tiene un caos tal que cualquier cambio de régimen se puede antojar como algo mejor que el estado actual de las cosas, no podría decirse lo mismo de Bolivia, que tenía una macroeconomía estable y unos indicadores bastante aceptables. ¿Quién llegará al poder? ¿Qué implicará ese cambio para Bolivia? ¿Dicho cambio mejorará la institucionalidad deteriorada por Evo que se quiso aferrar al poder? ¿O bien, podría terminar lapidando los aciertos económicos que tuvo su régimen y sumir a Bolivia en alguna suerte de caos?

    Los izquierdistas son incapaces de reconocer que Evo cometió un fraude electoral e incluso tejen malas analogía comparando los años de gobierno de Evo con Merkel (ignorando la diferencia entre un régimen presidencialista a uno parlamentario), los derechistas básicamente niegan que hubo un golpe de Estado. Ambos están equivocados. La realidad es que Bolivia está en un grave problema porque tanto el oficialismo como la derecha han optado por mecanismos no institucionales para mantener o hacerse del poder, y esto muestra cuán endebles están las instituciones en la mayoría de los países de América Latina.

    Habría sido más jubiloso celebrar el fin de Evo si éste se hubiera dado por mecanismos institucionales. Ello no ocurrió así, y si bien los bolivianos, muchos de ellos cansados de Evo, tienen derechos a estar felices y salir a las calles a celebrar el fin de un régimen que no quiso aceptar transición alguna, también deberían estar un poco preocupados por la forma en que se dieron las cosas, y por el historial del Cono Sur.

    No sabemos qué va a pasar en el futuro. Si el nuevo régimen, sea cual sea, no termina a la altura de las expectativas, los bolivianos seguramente buscarán algo parecido de lo que ahora quieren deshacerse. No sabemos si el nuevo régimen va a representar un avance o un retroceso a la hora de gobernar un país que, por sus peculiares características, es bastante difícil de sacar de su condición de pobreza.

    La izquierda, que últimamente había celebrado triunfos como en Argentina y veía cómo los regímenes de derecha como los de Piñera o Bolsonaro eran muy cuestionados, ahora se topa con un fuerte descalabro, y que no es poca cosa.

  • La política, la derecha, la izquierda y el humor

    La política, la derecha, la izquierda y el humor

    Generalmente la derecha suele usar el humor de mejor forma que la izquierda. No es gratuita la frase: «Left can’t meme» que circula por Internet.

    Resulta que la derecha desea mantener el status quo porque teme que el cambio vaya a trastocar el orden y la armonía mientras que la izquierda pretende cambiarlo ya que considera que hay una forma de opresión (económica, social, cultural o hasta sexual) contra algún sector de la sociedad que se ve afectado.

    En este estado, la derecha está cómoda con el orden de las cosas (por ello su miedo al cambio) y se siente en más en control de sí misma que la izquierda que se siente insatisfecha y, en muchos sentidos, agraviada. Como la derecha se siente en control, es más capaz de reírse de sí misma e incluso puede hacer bully sobre aquellos que se sienten insatisfechos o marginalizados. Por medio de la burla, tratan de mantener a la izquierda en la periferia y les recuerdan su condición de agraviados con lo cual se les hace más fácil alterarlos o sacarlos de sus casillas para mantener cierto control emocional sobre de ellos.

    Por ello, a la derecha no suele afectarle mucho cuando se burlan de ella. En algunos casos hasta disfrutan la burla. La izquierda, por su parte, se siente afectada y agraviada cuando se burlan de ella porque ello les recuerda el agravio mismo por el cual se siente afectada. El humor es bueno para sobrellevar el miedo, pero no tanto para hacer lo propio con el resentimiento.

    Así, la derecha puede usar un humor fino o jocoso porque tiene más control sobre la forma en que plantean sus situaciones humorísticas, mientras que la izquierda cuando hace uso del humor suele verse afectada por el agravio y resentimiento que siente, lo cual termina por afectar las situaciones humorísticas que plantean, al veces al grado en que su humor, en muchos casos, se confunde con un severo reclamo o insulto al opresor.

    Para concluir, así como la izquierda suele ser más hábil en la construcción de narrativas, la derecha suele serlo más al usar el humor y, en algunos casos, puede echar mano del humor mismo para atacar las narrativas que fortalecen a la izquierda: sí, tu relato reivindicativo es muy bonito, pero te recuerdo que te sientes agraviado y puedo recordártelo para que te alteres por medio del humor.

  • Esa obsesión con López Obrador

    Esa obsesión con López Obrador

    Esa obsesión con López Obrador

    Estaba leyendo una columna de Jorge Zepeda Patterson quien dice rehusarse a conceder la razón a los críticos de López Obrador que repiten una y otra vez el «Se los dije». En su argumentación pareciera tratar de conciliar los desaciertos del presidente en turno con la simpatía que tiene por su gobierno (posiblemente noble y no interesada), el cual dice que, a pesar de todo, volvería a votar por él en vez de votar por Ricardo Anaya o por José Antonio Meade. Dice Zepeda que se juzga a la administración como si viniéramos del paraíso perdido.

    Otros de los otrora simpatizantes de López Obrador han tomado una postura parecida. Gael García se lanzó contra el gobierno de AMLO por la masacre en contra de la familia LeBarón. Pero, de la misma manera, todavía parecen rehusarse a perder la esperanza. Parecen decir que «no me está gustando tu gobierno, pero no quiero perder la fe en el cambio que prometiste».

    A diferencia de Gael, Zepeda hace un reproche a los críticos: que sí es cierto que está mal su actitud con la prensa, que ha tenido algunos dislates, pero que también ha tenido aciertos como la subida del salario mínimo y la libertad sindical, aciertos que ciertamente ha tenido a mi juicio (aunque poco más puedo decir del gobierno actual). Zepeda parece resaltar lo bueno y relativizar un poco lo malo ensalzando lo primero y mencionando un poco a regañadientes lo segundo sugiriendo que AMLO no es perfecto. Él mismo lo dice así:

    Me gustaría que Andrés Manuel López Obrador fuera el estadista sabio, sobrio y profundo, que podría haber sido. También me gustaría que Richard Wagner no hubiese sido antisemita pero eso no impide que encuentre a su música sublime; habría deseado que Octavio Paz hubiese sido más crítico del presidencialismo priista, aunque eso no demerita su talento como poeta y la grandeza de algunos de sus ensayos.

    Jorge Zepeda Patterson – Sin Embargo

    Pero los críticos, esos a los que señala Zepeda Patterson, no tendrían por qué dejar de serlo ni tendrían por qué forzarse a buscar un punto medio: que la realidad sea una escala de grises y no blancos y negros no implica que la realidad quede en el justo medio y que lo justo es que todos nos ubiquemos ahí. El problema es que Zepeda pareciera entender la polarización actual como un problema de los críticos, de aquellos que «solo ven las cosas mal» y que «no valoran la transformación que se está llevando a cabo». Es cierto que la crítica que hace Zepeda no cae en la visceralidad ni en los ataques, pero cae en el error de acusar a los otros de juzgar desde un sesgo del que él mismo no carece. Es como un intento de ser razonable pero, a la vez, rehusándose de dejar del lado la esperanza que le representa el gobierno de López Obrador.

    Lo que él y muchos obradoristas alertan es una tremenda polarización traducida en una visceralidad en contra de López Obrador: todos los días se le critica, se le hacen memes, se le escriben columnas en su contra. Pero si Zepeda quisiera ser neutral y entender esta polarización por completo entonces también tendría que hablar de lo que ocurre en el otro lado:

    Zepeda cuestiona por qué se hace hincapié en la ausencia de licitaciones en la compra de medicinas como el fracaso fehaciente del gobierno de López Obrador cuando en el sexenio de Peña Nieto la mafia de los toluqueños y los constructores cómplices (como OHL) robaron al por mayor. Pero esto es una falacia de falso dilema porque sobre mucha tinta se gastó hablando de las constructoras, de las tranzas, del infame Grupo Higa y las casas blancas.

    Es un falso dilema porque criticar a López Obrador no implica de ninguna manera simpatizar con el régimen anterior. Que se diga que AMLO está gobernando mal no tiene relación alguna con la forma en que decimos que gobernó el presidente anterior.

    Pero Zepeda no imaginó cómo es que la sociedad (y en especial los simpatizantes de la 4T) hubiera reaccionado en el hipotético caso de que a Osorio Chong lo hubieran grabado infraganti con un gobernador quien desea extender su mandato como ocurrió con Olga Sánchez Cordero. ¿Cómo hubiera reaccionado la gente si en el gobierno de Peña hubiesen liberado a un capo producto de un operativo fallido? ¿O qué no recuerdan la reacción de la opinión pública ante la fuga del Chapo? ¿Qué habrían dicho si Peña Nieto todos los días cuestionara duramente a la prensa y su ejército de bots y simpatizantes lanzaran hashtags como #PrensaSicaria? ¿O qué habría ocurrido si Peña Nieto hubiera decidido cancelar una obra por medio de una encuesta popular hecha a modo? ¿Cómo habrían reaccionado si un gobernador del mismo partido del de Peña y cercano a él (digamos, Eruviel Ávila) hubiera dicho que a su ex contrincante, fallecido por un percance aéreo que generó sospechas, lo castigó Dios? ¿Qué se habría dicho sobre el Secretario de Hacienda Luis Videgaray si la economía hubiera crecido 0.0%?

    ¿Es la polarización, esa que todos categorizan como indeseable, producto del actuar de la oposición? ¿Es la oposición el problema? ¿Estamos moralmente obligados a volver a decir que «las cosas buenas no se cuentan pero cuentan mucho»?

    Es cierto que en toda oposición hay excesos y hasta disparates. Es cierto que algunos han llegado a decir barbaridades como que hay «un plan bien armado por el Foro de Sao Paulo para hacer de México un país comunista y que hagamos filas para comprar pan mientras nos imponen la ideología de género» pero igualmente en el sexenio pasado algunos de los otrora opositores afirmaban categóricamente que Peña Nieto había mandado matar a los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

    Es cierto también que la oposición actual es muy débil y que no ha terminado de entender muchas cosas, como he hecho hincapié en este sitio; es cierto que en muchas ocasiones la crítica tiene que subir de nivel (lo cual igual aplicaba el sexenio pasado), pero ello no significa que reculen a su derecho de criticar al régimen en turno ni que tengan que atenuar lo que dicen del gobierno. Es mejor que haya exceso de crítica a que ésta no exista. Es mejor tener una amplia pluralidad de voces que una sola que pretenda ser tenue y políticamente correcta para no herir susceptibilidades. Sesgos y afinidades políticas siempre va a haber, pero con todo y lo imperfecta que puede ser la crítica, siempre debe de existir.

    Y bien lo deberían de saber quienes hasta el año pasado supieron muy bien qué era ser un crítico ferviente del régimen.

  • Deshonestidad cobarde

    Deshonestidad cobarde

    Deshonestidad cobarde
    Fotografía: Twitter de @M_OlgaSCordero

    De lo que acontece tras bambalinas, hablando del poder político, sabemos pocas cosas.

    Conocemos aquello que está expuesto al público: las modificaciones a la ley, las normas, las declaraciones de los políticos, los spots, las campañas políticas. Conocemos también aquello que los medios de comunicación nos logran revelar: algunos escándalos que salen a la luz, investigaciones y demás.

    Pero muchas cosas no las sabemos porque los políticos no están obligados a exponerlas al público y porque la prensa no tiene acceso a ello. Ahí, en esa zona de seguridad, tras bambalinas, libres de todo juicio o de consecuencia de sus actos, los políticos dicen y hacen muchas cosas jamás harían fuera de ella. Lo que ocurre ahí es, en muchos casos, muy relevante dentro del ejercicio público.

    ¿Qué pasaría si de buenas a primeras lográramos poner cámaras escondidas dentro de esas «zonas de seguridad»? Seguramente habría mucho material para indignarse. Posiblemente alguna que otra carrera política podría quedar destruida e incluso podría crearse una crisis de legitimidad mucho más fuerte que la que vive el poder político de nuestro país y que está falsamente atenuada por el velo de eso que llaman Cuarta Transformación.

    ¿Qué pasó con Olga Sánchez Cordero? Simplemente tuvo la poca fortuna de haber sido grabada dentro de su zona de seguridad, en la cual se desempeña de una forma muy diferente a la que sostiene en público. En público insistió en la inconstitucionalidad de la reforma que extendía a los cinco años la gobernatura de Jaime Bonilla, mientras que en privado se regocija con el gobernador.

    Aquí vemos a Olga Sánchez Cordero en público.

    Y aquí en privado, en su «zona de seguridad»:

    Este último video podría pasar fácilmente como escena de película de Damián Alcazar. Lo central del argumento no es si Olga en sentido estricto pueda tener razón o no al decir que es legal (entendiendo que lo «legal» no es necesariamente lo justo o incluso lo éticamente correcto en un contexto dado), sino el cinismo con el que ha actuado, el cual es suficiente como para que su altura moral quede severamente comprometida y sea cuestionada.

    ¿Qué puedo pensar de una Secretaria de Gobernación quien hasta hace poco decía que la reforma mediante la cual se extendió el periodo bajo el cual Jaime Bonilla va a gobernar era inconstitucional pero tras bambalinas se ríe con el propio gobernador? ¿Cómo a una persona así se le podría volver a tener confianza?

    Pero no solo es preocupante la puesta en escena, lo que más preocupa es de lo que ésta trata: una reforma inconstitucional que extiende el mandato de un gobernador, lo que hace temer a más de uno que pueda ser un antecedente ante una hipotética reelección del Presidente Andrés Manuel López Obrador. Tampoco es cualquier persona, se trata de la Secretaria de Gobernación, y aquello de lo que habla tan solo refleja la constante vulneración a la que está siendo sometida la vida institucional.

    Dice Olga que «recuperaron el Estado». ¿Pero a qué se refiere con Estado? Porque no me parece que implique alguna suerte de fortalecimiento institucional, más bien parece que se «apropiaron» del Estado, al cual parecen utilizar a discrecionalidad.

    Yo soy un convencido de que la honestidad política no se presume, sino que se ejerce en la práctica: se es, no se dice que se es. La bochornosa escena muestra el contraste en un gobierno que se presumió de honesto pero que en la práctica ha repetido una y otra vez los vicios de los gobiernos a los que tanto criticó. Ese cinismo de la clase política que empoderó a López Obrador lo vemos repetirse de una forma monstruosa dentro de la 4T. Aquí lo dije en este espacio al mostrar mi profundo escepticismo sobre la idea de que si el Presidente no era corrupto, su gobierno tampoco lo iba a ser. Me parece que esa tesis ha quedado refutada, y solo podría no serla en caso de que el mismo presidente fuera corrupto.

    La Cuarta Transformación está lejos de ser esa expresión de honestidad que tanto nos vendieron y más bien parece un gobierno sumido en el caos que no sale de un escándalo para entrar en otro, donde todavía se seguía hablando de Ovidio Guzmán y Santa Lucía cuando la Secretaria de Gobernación sacó a relucir la hipocresía del discurso del gobierno actual.

    Y lo más curioso es que si esto hubiese ocurrido en el sexenio pasado, no pocas personas se hubieran lanzado a las calles. Parece que nuestra sociedad ve pasar una y otra vez diversos atropellos por una clase política de esas que «son más iguales que los otros» sin hacer nada, como esperando a que la inercia lo arregle todo.

  • ¿Por qué la izquierda es más atractiva?

    ¿Por qué la izquierda es más atractiva?

    ¿Por qué la izquierda es más atractiva?

    Muy difícilmente la derecha le va a ganar a la izquierda en la construcción de la narrativa.

    ¿Qué es lo que la derecha nos va a venir a contar? ¿Que lo mejor es que todo siga más o menos igual? ¿Qué alguna suerte de progreso va a llegar si no le movemos mucho a las cosas o si le bajamos los impuestos a los ricos?

    A partir de ahí tan solo puede tejerse una historia plana, predecible, aburrida y sin imaginación. Porque no se requiere mucha imaginación para imaginar un mundo que consiste del mismo estado de las cosas que existe actualmente.

    La izquierda, por el contrario, contiene esa epicidad que se asemeja a los relatos heróicos o fantásticos. La izquierda habla de mundos posibles que funcionan como escape para aquellas personas que se sienten frustradas o indignadas con el estado de las cosas, o que simplemente requieren de un estímulo para saciar sus juveniles energías. La izquierda estimula la imaginación y por ello es capaz de crear relatos e ídolos.

    La derecha le recrimina a la izquierda que su relato carece de sentido común, que no es realista, y teme que, a la hora de tratar de convertir al mundo en un relato épico, terminen creando caos y destrucción. Así, la derecha se aferrará al estado de las cosas como el mejor de los mundos y apelará a un supuesto hiperrealismo mientras la izquierda le recordará que a lo largo de la historia no es como que las cosas se hayan mantenido igual, por lo cual le invita a soñar e imaginar.

    La derecha difícilmente va a construir seres cuasimitológicos como la izquierda lo ha logrado hacer con Salvador Allende. La izquierda incluso es capaz de elevar a personajes tan terribles como Fidel Castro o hasta al propio Mao a lo más alto. El término «derecha», por el contrario, tiene una connotación peyorativa. La derecha, dicen, quiere que permanezca todo igual, que no haya justicia, y eso debe ser moralmente reprobable.

    Se ha escrito mucho más de Rousseau que de Burke, Marx suena más controversial que Adam Smith (a quien incluso sería difícil catalogar como de derechas dentro de su contexto). Los Flores Magón son más referidos que Lucas Alamán. Abundan los intelectuales de izquierda o los liberales, pero los de derecha no son tantos y, generalmente, no son tan reconocidos.

    Para decir que todo debe permanecer igual no se necesitan pronunciar tantas palabras porque no tienen que construirse nuevos mundos, no debe imaginarse tanto. La derecha no ha desarrollado ese músculo y, por tanto, es posible que el relato de las izquierdas les haga pasar un muy mal rato.

    La izquierda, por su parte, puede papalotear, incluso puede ser poco realista y dejar volar su imaginación. Su relato épico posiblemente se traduzca en adherentes o en votos. La derecha estará condenada a esperar que en la práctica ese mundo posible de la izquierda choque con la realidad.

    Por eso a veces la derecha, impotente a la hora de tejer una narrativa propia, se ve orillada a atemorizar a la gente y por eso es que es lo que en muchas ocasiones es lo mejor que le funciona. Al hacerlo, juega el juego de las izquierdas y convierte ese relato épico e heróico en uno de terror, en una macabra y oscura historia del peor de los mundos posibles donde nadie querría estar.

  • Andrés Manuel Superestrella

    Andrés Manuel Superestrella

    Un presidente cristiano

    La religiosidad latinoamericana es una muy particular:

    Importamos el catolicismo de Europa (bueno, más bien los españoles nos la «importaron») y naturalmente la forma en que la religión se manifestó no podía estar exenta del contexto colonialista en el que se implantó la fe católica.

    En nuestra porción de continente crecimos con esta idea muy marcada del «pide y se te dará» a diferencia de lo que ocurría con la religiosidad en Estados Unidos y lo que ahora es Canadá. Esa dinámica rememora un poco a aquella que los romanos sostenían con los dioses y que San Agustín de Hipona aborrecía (aunque no era exactamente igual): en aquel entonces había un dios para cada necesidad terrenal, así como en nuestra región se acostumbra mucho a rezar a los santos para pedir trabajo o pedir salud, aunque evidentemente la primera sin esa trascendentalidad de la fe religiosa que tiene la última: la idea de la salvación.

    La cuestión es sea: los pueblos latinoamericanos hemos estado acostumbrados a la idea de pedir a un ser superior que resuelva nuestros problemas. Y así como en los albores de la Ilustración el Estado no rechazó por completo las formas religiosas sino que las adaptó de alguna u otra forma en una realidad laica y más terrenal, esta idea del «pide y se te dará» también se trasladó al Estado en nuestra región.

    El Estado en México y en casi toda Latinoamérica se presentó como uno paternalista, y con base a ese rol construyó el tejido social. Paradójico que ese paternalismo coexistiera con altísimos índices de desigualdad y poco hiciera para reducirlos (y si lo llegase a hacer, lo hace a costa del aparato productivo). Tal vez esa relación vertical entre gobernantes y gobernados explique en parte la incapacidad de los países de nuestra orbe para construir instituciones sólidas. La debilidad institucional, en parte, explica esa profunda desigualdad que coexiste con el paternalismo: la incapacidad del Estado de cobrar impuestos, su dependencia de los recursos naturales. A diferencia de Europa e incluso de Estados Unidos, la desigualdad permanece prácticamente igual antes de impuestos y después de impuestos.

    Si el rol de la religión católica con el Estado en la Edad Media (que no estaban completamente unidos y fungían como una suerte de contrapeso) fue un claro antecedente que, después diversos procesos históricos, derivó en la división de poderes y el Estado de derecho, la particular religiosidad en América Latina derivó en algo no muy parecido y que se conflictúa con el Estado de derecho mismo: el Estado paternalista.

    No es casualidad el surgimiento de los liderazgos populistas en América Latina más que en ninguna otra orbe. La primera ola (Juan Domingo Perón, Getulio Vargas y demás) tenían tanto elementos socialistas, como conservadoras e incluso algunas connotaciones fascistas, pero claramente determinados por el paternalismo. La segunda ola (Chávez y los suyos) con una retórica más socialista (en gran medida por su relación con Cuba), pero en la práctica no muy distintos a los de la primera ola. Pero incluso muchos gobiernos no populistas y que fueron un poco más institucionales dentro de lo que cabe (Lázaro Cárdenas y el PRI en general) mantuvieron una relación paternal con los gobernados.

    Cuando López Obrador dice que su gobierno es cristiano (casi equiparándose con Jesucristo), apela más bien a este cristianismo típico de América Latina, donde un líder salvador vendrá al rescate de su pueblo. Aunque parezca contradictorio y paradójico dado que se considera que es la izquierda la que más pugna por la separación entre Iglesia y Estado, la izquierda latinoamericana siempre ha estado bañada de una fuerte dosis de cristianismo. En muchos casos, los líderes renegaban de ello, así como las primeras repúblicas europeas lo hacían a la vez que importaban muchas de sus formas.

    López Obrador simplemente quita ese velo bajo el cual se niega cualquier influencia cristiana de forma explícita (aunque se mantiene de forma tácita) y revela a la tradición del cual él forma parte tal y como es. Retorna a los símbolos cristianos muy latinoamericanos haciéndolos explícitos, habla de los mandamientos, de «pecados sociales», hace analogías de su gobierno con el cristianismo. Su religiosidad no es una de élites, sino con una más de pueblo, no tan parecida a la de aquel joven que estudia en una escuela del Opus Dei sino al de aquel que todos los años participa en la peregrinación de la Virgen de Guadalupe o la Virgen de Zapopan.

    No es descabellado imaginar a López Obrador como un líder parroquial, no es casualidad que su partido tenga como nombre MORENA (la morenita). López Obrador se ha sumado a esa izquierda cuasirreligiosa, esa que está tan arraigada en nuestro continente y sigue siendo parte de nuestra cultura, pero que, para efectos prácticos, se ha convertido un problema a la hora de construir instituciones sólidas y a la hora de tratar de consolidar una democracia liberal como la que presumen gran parte de los países desarrollados.