
Bolivia es un país pobre, una de esas naciones condenadas a no tener salida al mar en una región donde los recursos naturales siguen siendo muy necesarios para dar a la población algo parecido a la prosperidad. Evidentemente eso le ha representado a Bolivia una gran desventaja y explica en cierta medida su pobreza (Paraguay, el otro país sin salida al mar, anda por las mismas).
En este pobre país con deficiente infraestructura y con un historial político caótico llegó Evo Morales al poder, conocido, sobre todo, por pertenecer a ese "malévolo" eje bolivariano en el cual se incluyen a la maltrecha Venezuela, a Cuba, a Ecuador, y en algún momento, a Argentina. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Venezuela, Evo Morales presumió números que tal vez no son extraordinarios pero sí bastante recatables. En su gestión, el PIB osciló cerca del 5.0%, una cifra más alta que la mayoría de los países de América Latina. También logró recortar la pobreza en un 23%. No es como que Bolivia estuviera en franco camino al desarrollo, pero desde su llegada los números fueron mejores que en el pasado. Evo mantuvo un discurso muy populista y estridente en el discurso, pero a la hora de ejercer el gobierno jugó un papel mucho más moderado. Los derechistas no pueden ignorar esto que es tan evidente.
No se puede decir lo mismo si hablamos de democracia e institucionalidad. En 2016 perdió un referendum bajo el cual aspiraba a reelegirse y aún así se presentó a elecciones violando toda constitucionalidad. Peor aún fue el evidente fraude electoral bajo el cual quiso reelegirse y que sacó a la gente a protestar a las calles. Evidentemente, como diría nuestro querido presidente López Obrador, es un presidente espurio. Además de esto, Evo no era alguien que terminara por tolerar a la oposición, la persecución a los opositores y a la prensa no escaseaba en su gobierno. Los izquierdistas no pueden ignorar todo esto que es tan evidente.
Evo se fue, pero los cómos importan, e importan mucho para el futuro de ese complejo país que es Bolivia.
Evidentemente se tenía que hacer algo al respecto: podría haber habido recuento, segunda vuelta, repetición de elecciones vigiladas por organizaciones internacionales (que era a lo que había accedido a Evo Morales), elecciones sin Evo, e incluso la renuncia de Evo motivada por el descontento por la gente, pero ésta se llevó a cabo por la presión de los militares. En prácticamente todos los escenarios era casi un hecho que Evo dejaría el poder. ¿Los militares llamarán a elecciones? ¿Se quedarán con el poder? Al parecer no lo sabemos, pero de todas las soluciones ocurrió la peor para Bolivia.
A diferencia de lo que podríamos pensar de Venezuela, donde el gobierno tiene un caos tal que cualquier cambio de régimen se puede antojar como algo mejor que el estado actual de las cosas, no podría decirse lo mismo de Bolivia, que tenía una macroeconomía estable y unos indicadores bastante aceptables. ¿Quién llegará al poder? ¿Qué implicará ese cambio para Bolivia? ¿Dicho cambio mejorará la institucionalidad deteriorada por Evo que se quiso aferrar al poder? ¿O bien, podría terminar lapidando los aciertos económicos que tuvo su régimen y sumir a Bolivia en alguna suerte de caos?
Los izquierdistas son incapaces de reconocer que Evo cometió un fraude electoral e incluso tejen malas analogía comparando los años de gobierno de Evo con Merkel (ignorando la diferencia entre un régimen presidencialista a uno parlamentario), los derechistas básicamente niegan que hubo un golpe de Estado. Ambos están equivocados. La realidad es que Bolivia está en un grave problema porque tanto el oficialismo como la derecha han optado por mecanismos no institucionales para mantener o hacerse del poder, y esto muestra cuán endebles están las instituciones en la mayoría de los países de América Latina.
Habría sido más jubiloso celebrar el fin de Evo si éste se hubiera dado por mecanismos institucionales. Ello no ocurrió así, y si bien los bolivianos, muchos de ellos cansados de Evo, tienen derechos a estar felices y salir a las calles a celebrar el fin de un régimen que no quiso aceptar transición alguna, también deberían estar un poco preocupados por la forma en que se dieron las cosas, y por el historial del Cono Sur.
No sabemos qué va a pasar en el futuro. Si el nuevo régimen, sea cual sea, no termina a la altura de las expectativas, los bolivianos seguramente buscarán algo parecido de lo que ahora quieren deshacerse. No sabemos si el nuevo régimen va a representar un avance o un retroceso a la hora de gobernar un país que, por sus peculiares características, es bastante difícil de sacar de su condición de pobreza.
La izquierda, que últimamente había celebrado triunfos como en Argentina y veía cómo los regímenes de derecha como los de Piñera o Bolsonaro eran muy cuestionados, ahora se topa con un fuerte descalabro, y que no es poca cosa.






