Categoría: política

  • Lo que la cochina precampaña nos dejó

    Lo que la cochina precampaña nos dejó

    Concluye la precampaña, esa figura absurda en la que, en teoría, las y los precandidatos deberían contender por erigirse como quien abandere a su partido o coalición.

    Lo que vimos no fue eso. En todos los casos vimos una suerte de campaña anticipada (producto de normativas absurdas que fueron efectos de las «denuncias» de López Obrador en 2006) restringida y limitada donde quienes contienden estaban limitados por ciertas reglas como no poder llevar a cabo propuestas.

    La precampaña fue, en general, aburrida, como si los estrategas se estuvieran ahorrando sus mejores cartas para la campaña final.

    Aburrida también porque Claudia Sheinbaum apostó por un perfil muy bajo a sabiendas de que va liderando las encuestas.

    Aburrida también porque la campaña de Xóchitl Gálvez fue muy errática y solo al final logró encontrar una fórmula funcional y un mensaje que le permitió cerrar con broche de oro con un gran cierre que no fue cubierto deliberadamente por los medios, o lo hicieron de una forma muy discreta. Ese cierre parece haber hecho sonar las alarmas en el oficialismo que rápido activó a sus influencers de redes sociales para descalificar a la candidata opositora por haber hecho uso del teleprompter.

    A Gálvez se le volvió a ver contenta, entusiasmada, burlona y jocosa, cosa que había ido perdiendo a lo largo del tiempo. Sus recurrentes bromas y mofas a Claudia parecen caer bien en el público.

    El problema para Xóchitl es que esa inercia producto de su buen cierre se va a ver casi cortada por el fin de las precampañas. Por fin estaba agarrando vuelo, y ahora tendrán que ver de qué forma logran mantener el momentum en este mes y medio donde solo podrán aferrarse a aquello que el reglamento (o sus lagunas) les permita para después, ahora sí, acompañar a su estrategia de un plan de gobierno que logre conectar con su electorado.

    Por otro lado, Claudia Sheinbaum parece condenada a jugar a la defensiva y mantener su ventaja, considerable pero no definitiva. Su poco carisma y presencia no le permite esa flexibilidad que sí tiene Xóchitl Gálvez y, de alguna manera, tiene que aferrarse a un discurso fuertemente continuista porque, a pesar de que pueda indignar a algunos lo que voy a decir, como candidata Sheinbaum no puede brillar por sí sola (ello no tiene que ver con la capacidad que pueda tener en otros rubros). López Obrador y su popularidad son su mayor activo, pero cualquier error o problema que venga de su gobierno terminará necesariamente impactando dentro de su campaña.

    Es posible, incluso, que las estrategias más importantes de su campaña vengan no de su cuarto de guerra, sino del propio gobierno de López Obrador, como su propuesta para reformar las pensiones que tiene un corte evidentemente populista.

    Ló único irruptor en la precampaña fue la fallida campaña de Samuel García. No solo irrumpió por tener una estrategia de medios más innovadora y sofisticada producto de las agencias de comunicación que trabajan para MC así como del talento de Mariana Rodríguez (estrategia sin sustancia, también debe decirse), sino porque sus propios errores infantiles lo terminaron bajando de la candidatura de una forma un tanto ridícula. Ahora MC, que pudo tener una candidatura relevante y competitiva (aunque no suficiente como para llegar a la presidencia) tendrá que conformarse con un hombre gris como Álvarez Máynez a quien Samuel le trata de compartir a cuentagotas algo de su fama y carisma para así conservar el registro de su partido.

    Más allá de las discusiones tuiteras, la precampaña no parece haber generado entusiasmo en la gente y parece no haber movido mucho. Los partidos (incluido MORENA) parecen seguir una lógica propagandística de la que los ciudadanos ya parecen haberse vacunado y a la que ya no son receptivos. Más allá de videos generados por alguna inteligencia artificial de forma casera e improvisada, no se percibe algo nuevo con respecto de elecciones pasadas.

    Esto será un reto sobre todo para Xóchitl Gálvez, quien es la obligada a crecer en las encuestas. Contrario a lo que mucha gente sostiene, yo no creo que la elección esté definida. A sabiendas que Claudia Sheinbaum tomará una postura defensiva, el balón está del lado del Frente. Tendrán que irrumpir como nunca y hacer una campaña disruptiva para poder sorprender a un oficialismo que, por momentos, se le percibe confiado y ensimismado ya pensando en su «próxima presidenta».

  • ¿Por qué Javier Milei? Es y siempre fue la economía

    ¿Por qué Javier Milei? Es y siempre fue la economía

    Entre toda la sarta de estupideces que te enseñan en la escuela y repiten una y otra vez, hay una que pareciera tener el mismo matiz pero que, conforme creces, te das cuenta que es útil para comprender distintos fenómenos psicológicos y sociales.

    Esa es la famosa pirámide de Maslow que consiste, valga la redundancia, en una pirámide que clasifica las necesidades humanas de forma jerárquica.

    Esta pirámide es un modelo sencillo en exceso que cualquiera puede comprender tan solo al ver la ilustración. Básicamente propone que los seres humanos tenemos distintas necesidades, pero que estas están ordenadas jerárquicamente de tal forma que aquellas que se encuentran en la base y que son los más primitivos (seguridad, alimentación) deben de ser, de alguna forma, satisfechos, para satisfacer las que se encuentran en la cúspide (reconocimiento, autorrealización).

    Es innegable que como cualquier modelo, la pirámide de Abraham Maslow haya recibido críticas a lo largo del tiempo, lo cual es entendible cuando se quiere modelar de forma tan simple algo tan complejo como las necesidades del ser humano, pero es un modelo que, con lo imperfecto que puede ser, puede dar un norte o ser una guía para comprender muchas cosas. Y miren que para analizar fenómenos políticos puede ser un tanto útil.

    ¿Por qué traigo esta pirámide a colación? Porque después de ver la reacción de la opinión pública ante el triunfo del derechista Javier Milei, pareciera que hay cosas que no se entienden. He leído afirmaciones que van desde aquellas que se lamentan por la «terrible decisión que tomaron los argentinos» o que «creíamos que los argentinos eran progresistas pero ya vimos que son antiderechos».

    Y mucho de esto es alimentado por las propias redes sociales, donde quienes mantienen posturas más «duras» o extremas son los que tienden a hacer más ruido. Así, uno lee tuits agresivos de ultraconservadores que apoyan a Milei y asume que todos los que votaron piensan así cuando no necesariamente es el caso. Si Milei ganó el balotaje por goleada con más del 50% del voto ¿podemos asumir que más del 50% de los argentinos son, o ultraconservadores, o anarcocapitalistas? Desde luego que no. Pueden serlo los que hacen más ruido, los más fanáticos, los que asisten a los mítines con sus banderas de Gadsden, esas amarillas en las que aparece una serpiente con la leyenda «Don’t tread on me«. Difícilmente ese núcleo duro, muy ruidoso en redes, representa siquiera algo cercano a la mitad del voto que Milei obtuvo.

    Muchas personas asumen que aquello que movió y encumbró Javier Milei fue una «batalla cultural» contra la progresía y la «ideología de género». Yo sostengo que ese tipo de batallas por sí solas no necesariamente generan muchos votos o simpatías como se suele pensar, el asunto de Milei tiene que ver mucho más con las necesidades básicas de la gente, y las «batallas culturales» no suelen versar sobre las necesidades más básicas e inmediatas, sino más bien por valores postmaterialistas que se vuelven salientes electoralmente una vez las necesidades más básicas han sido satisfechas.

    Si la «batalla cultural» fuera tan trascendente electoralmente, es posible que Eduardo Verástegui hubiese crecido como la espuma, por poner un ejemplo. En realidad, figuras opuestas al progresismo cultural en América Latina como Jair Bolsonaro o Javier Milei no ganaron elecciones precisamente por eso, sino porque se molestaron en atender necesidades más inmediatas como la economía y la inseguridad.

    A veces, parece, se olvida el contexto en el que Milei creció. En política el contexto lo es todo:

    Argentina es un país que ha vivido muchos años en una profunda crisis, padece al día de hoy una hiperinflación y un aumento de la pobreza que naturalmente está causando mucha frustración y desesperanza entre la gente. Todo es producto de un Estado ineficiente, obeso y patrimonialista que, más que crear las condiciones para que haya movilidad social, han creado lo opuesto.

    En un contexto así, gritar «¡Viva la libertad, carajo!» guarda todo el sentido. Claro, puede criticarse que la idea de la libertad propuesta por el libertarismo se constriñe al concepto de la «libertad negativa» de Isaiah Berlín y que la libertad debería reconocerse como un concepto mucho más amplio. Pero, en ese contexto, sentir que es el Estado el que no permite que yo como persona pueda tener movilidad social, el que evita que haya empleos y no me permite salir de la pobreza, combatir a la «casta política que me estorba y me constriñe» se vuelve para la gente un grito de libertad.

    El grueso del voto a Milei, me atrevo a deducir, no es un voto ideológico, no es una súbita simpatía por el anarcocapitalismo ni por el pensamiento de Murray Rothbard. Es un voto emocional producto de la desesperación y la indignación hacia quien propone un cambio de rumbo. Y el discurso de Javier Milei embona muy bien en ese sentimiento de desesperación de la gente. Milei supo detectar esa carencia en las necesidades que se encuentran en la base de la pirámide.

    Y resulta que, cuando las necesidades básicas no están satisfechas, las otras pasan a un segundo plano. Así, no es que la gente se haya volcado por Milei porque es «provida». Más bien ocurre que, ante una necesidad imperiosa de que la economía personal mejore porque no hay oportunidades, porque tengo que comer y no tengo con qué pagar las cuentas, los temas culturales o postmaterialistas se vuelven más irrelevantes.

    Esto claramente empata con la teoría de Ronald Inglehart quien sostiene que el postmaterialismo emerge una vez las necesidades básicas han sido satisfechas. O sea, para que temas como la equidad de género, las causas LGBT, la ecología o el equilibrio entre vida y trabajo se vuelvan salientes, es importante que mis necesidades básicas ya hayan estado satisfechas. En el mismo sentido, cuando la economía se retrae o existe una amenaza a la seguridad, los individuos tienden a tomar posturas más conservadoras. Es, además, lo que explica que los sectores más populares tiendan a albergar valores más tradicionales que las clases medias.

    No es que los argentinos, en su generalidad, abracen las posturas sociales conservadoras de Milei, algunas de las cuales (aunque no todas) son opuestas al progresismo. Es que, en este contexto, se vuelven menos relevantes porque «tengo que bajar a la base de la pirámide de mis necesidades» a resolver mis necesidades más básicas, y para ello hay que «combatir a la casta política» porque no quiero bajar a «la base de la pirámide social» y tener que pasar penurias y pobreza.

    Ante la severa frustración, el electorado prefirió saltar al vacío que irse por la crisis y desesperanza segura.

    Digo que es un salto al vacío porque no sabemos a ciencia cierta qué va a ocurrir con el gobierno de Milei. Una cosa es prometer y otra cosa es gobernar.

    Milei es un caso inédito en la Argentina. También es, al parecer, el primer libertario en el mundo en gobernar un país. Se le asocia con las nuevas derechas como las de Trump, Vox o Jair Bolsonaro, pero, a mi parecer, tiene sus propias particularidades.

    Recomponer a la Argentina y reorientarla al progreso implicará una labor titánica que requerirá controlar y considerar muchas variables que tendrán que abordarse con bisturí, no con un machete como López Obrador y mucho menos con la motosierra del argentino.

    Por un lado, Javier Milei iniciará con un bono de legitimidad que le puede permitir tomar algunas medidas impopulares y que crearán descontento, pero que son necesarias para sacar a su país del atolladero. Por otro, su poca experiencia política y su poca estabilidad emocional pueden jugarle muy en contra. ¿Cómo reaccionará Milei ante un momento de crisis o una situación límite? ¿Será respetuoso de las instituciones y la democracia? ¿O terminará descalificando a los medios y opositores tal cual populista promedio? O peor aún ¿será capaz de apostar por la vía autoritaria y de la represión? Son preguntas que solo el tiempo responderá.

    Un salto al vacío implica necesariamente tomar un riesgo. Sostengo que los argentinos estaban en posición para tomarlo. Seguir con el modelo de la crisis e hiperinflación habría agudizado el descontento.

    Milei será un experimento que puede salir bien: desde marcar un hito para la economía argentina o simplemente mejorar las condiciones actuales, pero también puede salir muy mal y convertirse en un episodio doloroso en la historia albiceleste. O bien, puede terminar simplemente en un gobierno mediocre que no logre llenar las expectativas que creó y que permita regresar al peronismo empoderado. En mi opinión este último escenario es el más probable.

    Con todo ello, el voto argentino, con toda la víscera y la emoción que le caracterizó, es totalmente comprensible en el contexto que ocurrió. Es clara consecuencia del estado de cosas y no es producto de la generación espontánea. Milei es un producto de su entorno, de una economía lastimada y una población sin expectativas de futuro.

  • Focos rojos. En la campaña de Xóchitl Gálvez la están regando y gacho

    Focos rojos. En la campaña de Xóchitl Gálvez la están regando y gacho

    El triunfo de Javier Milei que tanto ha polarizado a las redes sociales nos deja varias lecciones.

    Puede que a muchos no nos guste, pero hay algo que se le debe reconocer: logró construir una narrativa sólida y congruente que encaja muy bien con aquello que más preocupaba y molestaba a los argentinos.

    También aprendimos de él que ser un outsider es un gran atributo. Muchos de los políticos ganadores, tanto de izquierda o derecha lo son o al menos aparentan serlo (como AMLO). Es prácticamente un fenómeno mundial el que se privilegie a outsiders sobre políticos de carrera.

    Dicho esto, Xóchitl Gálvez debería tener una narrativa consistente y presentarse como una outsider.

    Y, en teoría, tendría los elementos. A pesar de estar dentro del sistema político siempre ha sido una mujer que ha ido muy por su cuenta. Su historia de vida le permitiría construir una narrativa que apele al votante mediano de la oposición: su progresismo moderado en lo social apelaría a quienes están más en la izquierda y su historia de emprendimiento y esfuerzo a los de la derecha.

    Voy más allá. Gran parte de sus posturas en ambos lados del espectro político pueden contrastar con López Obrador. En teoría se podría construir alrededor de ella una buena candidatura, y sigo pensando que, a la fecha, es lo mejor que la oposición tiene para presentar.

    Sin embargo, en la práctica no hay nada de eso.

    Xóchitl creció como la espuma en los primeros dos meses, en gran medida por su carisma, su personalidad «echada para adelante» y por los ataques desde Palacio. Pero ese crecimiento no se iba a sostener por sí mismo, había que consolidarlo y nada más no se logró. Por el contrario, se ha estancado groseramente.

    Parece que a sus estrategas se les olvidó la estrategia. Pareciera que creyeron que la inercia de su despegue inicial sería suficiente.

    Y pues no.

    Hoy, no hay algo parecido a una narrativa alrededor de Xóchitl.

    Es más, la candidata ha mandado mensajes que no solo generan confusión, sino que ahuyentan a parte de su electorado. Un día, ante la dirigencia del PRD, dice que ella es la «izquierda verdadera». Dos días después, parece dar a entender que se congratula por el triunfo de Javier Milei (una día después «corrigió» pero el daño está hecho).

    Estas posturas tan disímiles e irreconciliables solo generan desconfianza en su electorado: se le puede percibir como una persona sin ideas claras y hasta como oportunista. Basta ver las reacciones en Twitter (X). Tanto izquierdistas como derechistas recibieron con mucho recelo esos mensajes y la han criticado duramente.

    Una candidata que se ubica en el centro político para atraer al votante mediano opositor del régimen no debe buscar quedar bien con todos en todo momento porque no va a quedar bien con nadie, ese es un error muy común de varios candidatos moderados o centristas que debe evitar a toda costa. Más bien debe buscar coincidencias de su narrativa con las distintas facciones a sabiendas de algunas disidencias serán inevitables de tal forma que, aunque no sea la candidata perfecta para dichas facciones, es mejor que la opción de la continuidad del régimen.

    ¿Y por qué pasa esto? Respuesta simple: no hay estrategia, no existe una narrativa consistente, todo es improvisación, no se analizan las consecuencias de las decisiones que se toman, se deja que todo fluya.

    El otro craso error tiene que ver con su postura de outsider.

    Xóchitl está desperdiciando un activo que sería crucial en la elección. Claro, la configuración es complicada porque está abanderada por «los partidos de siempre», pero con una buena estrategia sería posible que esa relación le afectara poco. Sería necesario hacer ver que Xóchitl es la que está al frente de todo, la que toma decisiones y la que brilla con luz propia.

    Sin embargo, aparece muy frecuentemente con los partidos como si fueran estos los que están al mando, se abraza con los que alguna vez criticó. Es comprensible que Xóchitl debe quedar bien con las bases y las estructuras de los partidos que la abrazan, pero debería ser más prudente al respecto, sobre todo con lo que comunica.

    Los propios partidos también deberían comprender que sus negativos son altos y que exponerla demasiado con ellos puede jugar en contra de sus propios intereses, porque si bien pueden pensar que relacionar a Xóchitl con su partido les puede traer más votos en el Congreso, también es cierto que si las preferencias de la candidata bajan, bajará también el número de escaños que logren ganar ya que en las elecciones presidenciales los votos al mandatario tienden a trasladarse al propio Congreso.

    Lo he dicho más de una vez en Twitter. Su campaña necesita un estratega que no sea miembro de los partidos, no Santiago Creel. Necesita a alguien que pueda analizar la situación desde fuera y no esté atrapado en la (evidente) burbuja discursiva de los partidos que parecieran no terminar de comprender el panorama político y social actual.

    Claro, todo esto se hace más complicado con las pugnas partidistas del Frente. Se percibe desorden y caos cuando debería haber disciplina para poder ir unidos contra el régimen. Esas pugnas estorban y afectan la candidatura de Xóchitl. MORENA, en cambio, ha logrado demostrar cierta disciplina que hasta hace poco parecía ausente. A pesar de las disidencias (Ebrard) y pugnas, todos están ya alineados con Claudia Sheinbaum.

    Hoy, la campaña de Xóchitl está a la deriva. No hay un hilo discursivo ni una estrategia sólida. Esto pasa al tiempo en que el régimen exhibe con un fuerte manotazo su capacidad de poder. Véase la alianza con el partido de Pedro Kumamoto, el asunto de Arturo Zaldívar, la reintegración de Marcelo Ebrard quien terminó cuadrándose, la propia disciplina y orden.

    Se prenden los focos rojos, porque si hoy no se da a la de ya un golpe de timón en el cuarto de guerra podría ser ya demasiado tarde.

    Y si eso no ocurre, Claudia Sheinbaum llegará, sin despeinarse, a la silla presidencial.

  • Kumamoto, AMLO, Xóchitl Gálvez, el poder, el sistema y la condición humana

    Kumamoto, AMLO, Xóchitl Gálvez, el poder, el sistema y la condición humana

    Amigas y amigos.

    La decisión que Kumamoto y su partido Futuro tomaron me hizo reflexionar muchas cosas.

    No fui de aquellos que mentó madres una y otra vez decepcionado por la decisión, ni fui de aquellos que se sintió particularmente traicionado aunque dicha decisión me haya dolido e insista que incluso desde la realpolitik el suyo ha sido un muy mal cálculo, que puede bien llegar a traerles algunos beneficios al corto plazo (y ni siquiera eso es seguro) pero que será muy fatal a largo plazo.

    Esto me hizo reflexionar de otra forma. Me hizo reflexionar sobre la condición humana y la naturaleza de un político.

    He llegado a conocer personalmente al propio Pedro Kumamoto, a Susana de la Rosa, Susana Ochoa y otros liderazgos que son o fueron parte del partido. No a profundidad, pero he cruzado palabra con ellos alguna que otra vez (con unos más que con otros, con alguno de ellos he debatido sobre temas políticos), y pues me parecieron, a mi parecer, personas normales. Su personalidad me parece distante del arquetipo del político corrupto y mañoso que te genera una profunda desconfianza.

    Y esas personas «normales», que eran la alternativa a la partidocracia que «no nos representaba», los independientes, hoy deciden integrarse a las propias dinámicas de ésta.

    Recibieron, sobre todo Kumamoto, muchas mentadas de madre. No solo de los bots de MC, sino de mucha gente que genuinamente se sintió muy indignada por la decisión. Esta se agravó cuando, acto seguido, comenzaron a replicar la propia retórica militante y partidista. ¡Se pasaron al lado oscuro!

    Llama la atención que hayan recibido muchas más mentadas de madre que políticos que hacen cosas mucho más graves. El único «pecado«, per sé, de esta decisión, fue haber traicionado sus ideales primigenios.

    No es cualquier cosa, claro, pero naturalmente no estamos hablando de un escándalo de corrupción, ni de políticas que comprometieron la vida de muchas personas. Hicieron lo que hacen los políticos, entrar a la dinámica política. Todo lo que hacen Peña Nieto, Xóchitl Gálvez o Mario Delgado. Porque la política tiene sus dinámicas propias.

    ¿Ha cambiado la percepción personal que tengo de ellos? No, en lo absoluto. Siguen siendo las mismas personas, nada más que ahora están en otro contexto.

    Lo que la gente no suele reparar es lo siguiente: el fin último del político es acumular poder.

    Así, en la definición weberiana:

    El poder es la capacidad de un individuo o un grupo de individuos de influir en la conducta de otros.

    Y esto se refrenda con la definición shumpeteriana que afirma que:

    Los partidos políticos son grupos organizados cuyo principal objetivo es alcanzar el poder político y mantenerlo.

    Creen que el buen político es aquel que desdeña el poder. Y no, no es así.

    Acumular poder es el fin de Pedro Kumamoto, de Nelson Mandela, de Elba Esther Gordillo, de Joe Biden o Javier Milei. Claro, hay muchas diferencias en cuanto a los usos que se le da a ese poder, pero el político busca maximizar la cantidad de poder en sus manos porque a través de este es que pueden llevar a cabo cambios o transformaciones: ya sea fines nobles o enriquecimiento ilícito.

    Así siempre ha sido la política, así es y así será.

    Y se olvida. En el idealismo en el que los jóvenes de Wikipolítica aparecieron, muchos creyeron que no iban a estar sujetos a esta dinámica. Es más, muy probablemente ellos mismos lo creyeron.

    Muchos creyeron que «no eran políticos», pero sí lo eran. A la hora que comienzas a hacer política te conviertes en un político.

    Es más, en nuestro ámbito, sin involucrarnos en la política formal, todos hacemos política y, para ello, buscamos acumular la suficiente cantidad de poder para lograr nuestros fines: algunos de forma ética y con fines nobles y otros con fines perversos.

    Es parte de la condición humana.

    Pero el político, el que entra a la política formal, ya tiene como fin último de su profesión acumular poder. La acumulación de poder es al político lo que la acumulación de dinero es al empresario (al que, en cuanto acumula más, empieza a ver la acumulación de poder per sé como algo atractivo).

    El cambio de discurso de Kumamoto y Futuro va en función a ello. Dentro de su lógica creyeron que la vía independiente ya no era un mecanismo viable para acumular poder y para ello decidieron ir en alianza.

    Reconocer ello es, más que una traición, tal vez hasta una manifestación de madurez producto del aprendizaje de su interacción con el sistema político.

    Comprendes que en el contexto actual, con el sistema de normas y reglas que tenemos y con la idiosincrasia política limitarte a ser independiente es un craso error para su fin último: acumular poder.

    Y si no tienen poder, no pueden lograr cambios.

    Por eso fundaron su propio partido (lo cual sí me pareció un acierto) y por ello se aliaron con MORENA (lo cual me parece un error). Por ello comienzan a adoptar un discurso oficialista impensable hace algunos años. Y son los mismos cabrones, no se volvieron locos ni más perversos.

    Pero es que me parece un mal cálculo el suyo. Uno terrible y tal vez hasta fatal.

    Mal cálculo porque en esa movida básicamente dilapidaron todo el capital político que tenían: tanto los votantes locales como las simpatías a nivel nacional que les ayudaba a reforzarse como movimiento y partido. Al perder eso, les queda sujetarse a las simpatías de los morenistas y ello crea una relación muy asimétrica de poder entre MORENA y Futuro.

    Es decir, la premisas eran relativamente correctas:

    «Somos un movimiento independiente de los partidos».

    «Es imposible, como independientes, ganar poder y trascender en el sistema político actual»

    Pero la conclusión no necesariamente se sigue de ahí:

    «Ergo, me alio con MORENA y el Verde».

    No repararon en que su capital político se basaba en la idea de que ellos representaban una alternativa a la partidocracia. Podían tejer alianzas de otro tipo de tal forma que no asustaran o incomodaran mucho a sus seguidores, pero se aliaron con lo más antitético: el partido en el poder, autoritario y antidemocrático, siendo ellos un partido cuyo grueso de votantes así como el círculo rojo a nivel nacional que lo apoya no simpatiza con AMLO ni con MORENA.

    Y pìenso, como escribí anteriormente, que el error crucial de Futuro no fue este, sino un cúmulo de errores pasados que no les ayudó a trascender (a lo cual se suma, claro, un sistema político caduco e inoperante que castiga a los independientes). Este podcast de Álvaro Quintero ahonda en ello muy bien.

    Futuro pudo trascender y provocar cierta sacudida en el sistema político, su circunstancia propia en su búsqueda propia de poder les daba esa posibilidad. Sin embargo, tampoco puedo asegurar que ellos, estando en condiciones óptimas, lo hubieran logrado. El sistema actual no es muy generoso al respecto.

    Y no lo lograron, pero, como sea, en algún momento iban a terminar formando parte del sistema.

    Es lo lógico asumiendo lo que ya dije: los políticos buscan el poder, y dudo que configurarse como eternos outsiders sea el camino más fácil.

    Y siglos y siglos de historia lo reafirman. Todo lo disruptivo, con el tiempo, termina integrándose en el statu quo. Lo importante es lo que logran sacudir en el camino.

    Lo que a mí me pesa no es la «traición», sino que fue un movimiento que no terminó de dar esa sacudida que pensé iban a alcanzar a dar. Creí hace algunos años que serían capaces de ello.

    No solo es eso, es que con esto se cierra una etapa en una ola de participación ciudadana en Guadalajara que inició hace unos 15 años y que terminó, progresivamente, incorporándose al sistema político habiendo podido trascender más en el camino. Activistas muy valiosos se fueron a MC, MORENA y otros partidos.

    Regresando a lo primero. La gente pensó que los wikis no eran políticos, sino ciudadanos comunes y corrientes que iban a provocar un terremoto en el sistema de partidos. Una buena ilustración de este acto de ingenuidad es el video de Chumel Torres:

    Pero sí lo son.

    Y los políticos también son ciudadanos. Son personas comunes.

    No son entidades separadas. Son personas comunes y corrientes desempeñándose en un ámbito.

    Son personas normales, ergo, políticos normales.

    Así como lo son Xóchitl Gálvez o Claudia Sheinbaum o AMLO. Unos, claro, más presentables o decentes que otros, pero todos sujetos a la misma dinámica que los hace operar de acuerdo a cierto orden de incentivos.

    Así que más que hablar de traiciones, es importante comenzar a hablar de lo mal que funciona el sistema político y preguntarse por qué funciona mal.

    Porque el problema es sistémico. Los wikis querían sacudir eso, con el tiempo se sintieron imposibilitados y prefirieron incorporarse a este.

    Y Kumamoto no es el único independiente que ha caído. Han caído todos, porque el sistema político establece unas barreras de entrada muy altas.

    Por eso la estrategia común en México es parecer outsiders sin necesariamente serlo. Los outsiders son atractivos, sobre todo en estos tiempos en que la gente no se siente representada, pero el sistema impide que lleguen.

    AMLO es un hijo del sistema político y se vende como outsider. Xóchitl Gálvez, tal vez lo sea menos que AMLO, pero lleva los suficientes años dentro de éste y también se presenta como una «externa» aunque, al mismo tiempo, se toma fotos con los líderes de su alianza.

    Y entonces uno se pregunta si se puede cambiar al sistema político cuando este propio sistema impide la entrada a aquellos outsiders que quieren cambiarlo.

    ¿Ven la paradoja? Si queremos cambiar el sistema político necesitaríamos, para ello, que éste ya hubiese cambiado.

    Yo creo, sin embargo, que no es condición necesaria «entrar la política» como lo hizo Kumamoto, aunque sí se debe «hacer política». La participación ciudadana puede ser útil para ejercer presión para que ello ocurra.

    De hecho ya ha ocurrido, aunque con cambios todavía muy insuficientes pero acertados. La figura todavía insuficiente de los independientes o algunos de los mecanismos de transparencia se explican gracias a la presión de la ciudadanía organizada.

    Tampoco es imposible que alguien, desde dentro del sistema, haga cambios si tiene incentivos para ello. Esto incluso se puede conectar con la vía de la sociedad civil. El político escucha a la sociedad civil e impulsa cambios.

    Pero claro, todo sigue pareciendo insuficiente, y más con un régimen que, en su aspiración a la hegemonía, busca dar marcha atrás a los avances relacionado con la democracia, la transparencia y la rendición de cuentas.

    Y tristemente, vemos como ese anhelo de crear un sistema político más representativo, parece más lejos de lo que llegamos a pensar.

  • ¿Es el fin del Futuro como lo conocíamos? Historia de un arbolito que se volvió guinda.

    ¿Es el fin del Futuro como lo conocíamos? Historia de un arbolito que se volvió guinda.

    En política, hay ciclos que llegan a su fin.

    No todos llegan de igual forma. Un ciclo puede cerrarse cuando algo se consolida y se inicia otro nuevo, o bien, puede cerrarse cuando aquello no logró consolidarse y terminó sucumbiendo.

    Esto último parece haber pasado con Futuro.

    No porque el partido-movimiento desaparezca, sino porque, al decidir aliarse con MORENA y demás partidos que buscarán hacer frente a Movimiento Ciudadano, han dejado de ser una entidad independiente que ofreciera una alternativa a lo establecido (lo cual marcaba la esencia del movimiento que inició con el inesperado triunfo de 2015) para pasar a ser un partido más del sistema: de un movimiento que comenzó con una postura muy crítica a la partidocracia a uno que está dispuesto a hacer coalición con el Partido Verde. ¡El Partido Verde!

    No desaparecen, pero ya son otra cosa.

    Este movimiento independiente que cimbró la política nacional como una alternativa a los partidos tradicionales decide aferrarse a ellos para sobrevivir. Pero ¿cómo pasó esto?

    Allá por 2015, Pedro Kumamoto y los suyos habían irrumpido en la escena política. En una coyuntura favorable donde la sociedad estaba harta y enojada con los partidos y, en especial, con el gobierno de Peña Nieto, este movimiento creció como la espuma.

    De forma inédita y por primera vez en la historia para un independiente, los wikis ocuparon un escaño en el Congreso local. Hicieron una buena campaña que les permitió aprovechar la coyuntura, muchos voluntarios se sumaron y lograron encumbrar a Kumamoto. Se convirtió en un referente nacional para muchos.

    Ese triunfo, sin embargo, fue su punto más alto. A partir de ahí, de forma muy progresiva, todo empezó a ir cuesta abajo precisamente porque no comprendieron que la política es muy coyuntural.

    En 2018 lanzaron a Pedro Kumamoto para el Senado de la República así como otras candidaturas para diputaciones federales y locales. Probaron por primera vez el trago amargo de la derrota que no esperaban. La apuesta había sido muy arriesgada.

    A pesar de la derrota, sus números no fueron malos y se mostraron competitivos. Eran electoralmente relevantes y ello les daba oportunidad de replantearse las cosas y llegar con nuevos bríos para el 2021. Para ello, decidieron conformar un partido: Futuro.

    A varias personas les pareció una mala idea: ¡ya son lo que criticaban, un partido! Sin embargo, yo lo vi como un acierto ya que difícilmente iba a ser sostenible mantenerse como independientes a lo largo del tiempo y era necesaria una estructura para consolidar el movimiento. A la fecha, no creo que ese haya sido el error.

    Lo que pasó más bien fue un cúmulo de errores que les hicieron pasar de ser una fuerza muy competitiva a un partido pequeño que lucha por mantener su registro. Desde el pésimo manejo mediático de acusaciones de abuso sexual a uno de sus integrantes, inexperiencia política (la cual ya era imperdonable en la tercera elección) o que no hayan comprendido que la coyuntura política había cambiado y a la cual no supieron cómo adaptarse.

    Algo así ocurrió en el 2021 donde la campaña fue desastrosa. En un contexto donde no abundaba la indignación con la clase política como en 2015 sino el miedo y el rechazo a MORENA, no terminaron de comprender el papel que podían o debían jugar. Ante la indignación, la gente suele sentirse atraída por los outsiders y las alternativas novedosas. Ante el miedo, por el contrario, la gente busca aferrarse a lo conocido, y en MC lo supieron muy bien. En Futuro no lo entendieron.

    Así, los estrategas de Movimiento Ciudadano, con su máquina bien aceitada y sus agencias especializadas, lograron destruirlos desde el principio: corrieron el mensaje de que un voto por Kumamoto era un voto por MORENA, desplegaron encuestas apócrifas para transmitir esa sensación al electorado y manipular la intención de voto. En Futuro no supieron cómo reaccionar a esa campaña y ni siquiera terminaron por distanciarse discursivamente de MORENA para confrontar la narrativa que les habían impuesto.

    A esto se sumaron otros errores. Si a los partidos tradicionales se les suele criticar por su indefinición ideológica con el fin de atrapar el número mayor de votos posible, Futuro hizo lo opuesto: se centró tanto en «construir una ideología» de una forma un tanto idealista que olvidó que necesitaba atender las necesidades de la gente: ponían más atención a las campañas de Podemos o Sumar en España o a la izquierda chilena y trataban de influenciarse de ellas que en dar respuestas a los problemas que aquejaban a su electorado.

    ¿Cuál era la propuesta para la economía de las y los zapopanos? ¿Cuál es tu propuesta para resolver el problema de la inseguridad? Pudieron ligar sus convicciones ideológicas a la construcción de respuestas a estas preguntas, pero no lo terminaron de hacer.

    ¿Qué futuro me ofrece Futuro?

    Debido a esto, Futuro quedó atorado y no logró tejer más un discurso consistente, terminaron viviendo del éxito del 2015 cada vez más lejano. En sus inicios mantenían una posición de centro-izquierda moderada que les permitía ofrecer una agenda transversal y acercarse al votante mediano tapatío y terminaron ofreciendo una plataforma más ideologizada que pareció no salir más allá de los planteamientos teóricos e ideales y que no respondía a los problemas más inmediatos de los zapopanos.

    Esto los condujo casi a la irrelevancia. A pesar de los nobles esfuerzos de integrantes como Susana de la Rosa que llegó al Congreso local de forma plurinominal, Futuro no logró reposicionarse.

    Algunas personas ven la alianza con MORENA como una «terrible decisión», como una suerte de traición. En realidad esta alianza es la consecuencia de un cúmulo de errores que no permitieron que un movimiento que inspiró a muchos lograra trascender.

    Desde que emergió Pedro Kumamoto y su movimiento pensé que, si se consolidaba, lo más probable era que con el tiempo adoptaran algunos de los vicios de la política mexicana (son humanos como todos nosotros, no angelitos caídos del cielo) y, sin embargo, tenía una expectativa de que fuera algo mejor a lo que ya había y así se convirtieran en un revulsivo para la política del país capturado por los partidos tradicionales.

    Me parecía natural que, en algún momento de la historia, el movimiento independiente o alternativo ya no lo fuera tanto. Ello es parte de la historia humana, lo novedoso que crece y trasciende termina por conformar una suerte de statu quo o mimetizarse con éste. Pasa con los movimientos políticos (el mismo MC es un ejemplo), con las corrientes filosóficas (como el postestructuralismo) o incluso con las empresas innovadoras que todo el mundo admira y luego detesta (véase a Meta, Google o Amazon), pero la existencia de esas transiciones explican en gran medida el progreso humano (claro, con algunas pifias incluidas).

    Es eso mismo lo que está pasando. Futuro se ha vuelto «menos alternativo»: ya, como cualquier político, teje alianzas con partidos cuestionable, cede, llega a acuerdos e intercambios: vaya, hacen esa política de la cual renegaban. El problema para Futuro es que esta transición está ocurriendo sin que terminaran de trascender. Es más, ocurre como respuesta a una profunda crisis dentro de su movimiento donde buscan sobrevivir a como dé lugar.

    MORENA parecía ser el lugar más natural donde podían caer los integrantes de Futuro en caso de que el barco se hundiera (Rodrigo Cornejo migrando a ese partido en 2018 fue un viso de ello), aunque bien es cierto que Movimiento Ciudadano habría podido ser otra alternativa ideológica para los más moderados.

    Futuro puede coincidir con MORENA y el régimen en algunos planteamientos ideológicos, sobre todo el sector más «duro» de Futuro, pero en realidad coinciden menos de lo que ellos mismos aseguran para justificar su alianza.

    Ambas facciones ciertamente se dicen de izquierda, pero también es cierto que en otras facetas (tal vez las que daban más identidad a este movimiento) había notables diferencias: Futuro apostaba a ser un movimiento conciliador, deliberativo, horizontal (que contrasta con la verticalidad del régimen), democrático (contrastado con el autoritarismo del régimen) con aires e ideas nuevas (que contrastan con el estatismo viejo y obsoleto del régimen) que «incluyera a todos» en vez de polarizar entre pueblo bueno y conservadores malos.

    Las diferencias no terminan ahí: MORENA es militarista, de mentalidad rancia, indiferente al cambio climático. MORENA es más propio del PRI hegemónico que de una alternativa progresista de avanzada. Ello simplemente es antitético con los valores que ellos mismos dicen defender.

    Y aquí entra el problema de la alianza. Futuro ha decidido aliarse con un partido donde la pluralidad y el disenso son vistos con mucho recelo, un partido vertical y autoritario que exige sumisión al líder.

    Esto se agrava si tomamos en cuenta la asimetría de poder entre MORENA y Futuro. MORENA es el partido en el poder a nivel federal, concentra mucho poder en las cámaras y sigue siendo popular entre la gente. Futuro, en cambio, lucha por su supervivencia. Además, MORENA tiene más oficio político y menos escrúpulos que Futuro. Así, MORENA es quien tiene las cartas a su favor.

    Naturalmente, la plataforma que ofrece MORENA con la alianza es una ventaja electoralmente para Pedro Kumamoto en Zapopan, pero esa alianza le hará perder varios que ya tenía en la bolsa y que se decepcionarán por esta decisión. Es probable que sean más los votos que ofrezca la alianza que los que pierda. Aún así, el triunfo está lejos de quedar garantizado.

    El problema es que los votos perdidos serán de los suyos y los ganados de MORENA, lo cual compromete profundamente la independencia de Futuro. Si Kumamoto lograra ganar (lo cual se antoja complicado), él y su grupo tendrían más espacios de poder que nunca, pero tendrían menor independencia política e ideológica.

    El peor escenario es aquel en el que Kumamoto pierda. Los espacios de poder serían mucho menores y la independencia y reputación del partido quedaría igualmente comprometida.

    Es cierto: existe la posibilidad de que sin alianza Futuro pierda el registro y Kumamoto y los suyos queden fuera de la política jalisciense, y si la mantuviera tendrían que replantear a su movimiento y al partido desde abajo, cosa que no hicieron en los últimos años. Además, uno podría preguntarse si no es ya demasiado tarde.

    Sin embargo, podría ser más honorable «desaparecer» sin haberse comprometido con nadie que hacerlo después de perder la elección en alianza con MORENA y demás partidos.

    Es más, sospecho que el cálculo político es erróneo de nuevo. El electorado de Futuro, que es un remanente del que obtuvieron en 2015, se concentra en clases medias y altas compuestos tanto por progresistas hasta por «señoras copetudas de Providencia». La mayoría de esas personas no simpatiza en lo absoluto con MORENA. Es decir, gran parte de ese voto lo van a perder.

    Y en Zapopan, el voto de MORENA y demás partidos difícilmente será suficiente para ganar la elección. MC no es excesivamente popular en Jalisco y la aprobación de sus gobernantes es mediana. Sin embargo, como ocurrió en 2021, en Zapopan mucha gente preferirá al «malo por conocido» que a un candidato que hoy está arropado por las fuerzas políticas que más detesta.

    Uno de los argumentos de la alianza es la oposición a un Movimiento Ciudadano que tiene a la ciudad sumida en la inseguridad. El problema es que MORENA ofrece algo igual o peor. Ellos parecen asumir que lo que ellos creen y piensan es lo mismo que piensa toda la gente.

    ¿Qué es lo que va a ofrecer Futuro estando aliado con MORENA? ¿Cómo se van a acercar con las clases populares que son las más cercanas a MORENA y a los que ellos prácticamente desconocen y donde obtuvieron pocos votos en elecciones pasadas?

    Podría parecer que aceptar la alianza tiene algo de lógica y desde la realpolitik puede verse hasta como consecuente: MORENA es muy fuerte, no solo está en el poder sino que es el poder. Es más fácil volverse irrelevante cuando el foco de las elecciones se concentra en la presidencial que en las intermedias, donde las elecciones locales llegan a tener más difusión. El problema es que todo eso es a cambio de lo que hizo de los wikis (Futuro) una opción para la gente.

    También podría verse lógica si su intención es, eventualmente, brincar a MORENA. Sin embargo, esta alianza marcará el fin de aquello que le dio esencia a su movimiento que entusiasmó al círculo rojo a nivel nacional. Vaya, mis maestros en la maestría del CIDE recordaban el fenómeno Kumamoto con cierta alegría. Todo eso dejará de existir. No sabemos si Kuma y los suyos serán relevantes en el futuro, pero difícilmente lo será bajo la esencia y los principios que definieron a aquel movimiento que irrumpió en la política mexicana.

    Así, con el anuncio de la coalición por parte de un Pedro Kumamoto visiblemente incómodo, termina una etapa en la historia de la política en Jalisco, y para ellos comienza una nueva.

  • Rapiña en Acapulco ¿Cuándo saquear es malo y cuándo no?

    Rapiña en Acapulco ¿Cuándo saquear es malo y cuándo no?

    Por lo general, a un desastre natural le suceden actos de saqueo y rapiña.

    A la opinión pública de redes sociales le ha llamado mucho la atención la cantidad de saqueo que ha habido después del huracán en Acapulco.

    Y sabemos que la discusión en redes suele tornarse binaria y polarizante, muchas veces cayendo en ambos extremos:

    Así, por un lado se encuentran las personas que condenan con ferocidad cualquier extracción de productos de la tiendas y exigen mano dura. Por el otro están quienes tratan de ser «comprensivos» incluso con aquellas personas que aprovechan para robar televisiones, artículos de lujo y demás.

    Me he encontrado, de forma muy recurrente, con este tipo de argumentaciones en Twitter, Facebook o TikTok. Pero, como ocurre con casi cualquier fenómeno, la situación es más bien un tanto más compleja y hay que echarse un clavado para comprenderla.

    Tenemos que empezar desde el principio:

    Al ser parte de una civilización, todos nosotros vivimos en una suerte de orden social a través del cual los seres humanos buscamos optimizar nuestro bienestar. Este orden social es un entramado de procedimientos de todo tipo, mecanismos, normas sociales o culturales y legales (Estado de derecho), actos rutinarios que se repiten una y otra vez, y claro, cierto grado de incertidumbre que suele estresar en cierta medida este orden con el fin de mejorarlo, pero generalmente sin comprometerlo.

    Al ser parte de este orden social, como bien señalaba Thomas Hobbes, los individuos cedemos algunos derechos tales como el derecho a robar o el derecho a matar para así poder vivir en una sociedad relativamente armoniosa en vez de vivir en el caos y la anarquía absoluta. Aunque las configuraciones de orden social difieren en cierta medida en distintas culturas, estas son producto de miles de años de evolución humana.

    Pero resulta que estamos tan acostumbrados a vivir en ese orden social que lo damos por sentado, como si fuera algo natural. Pero no lo es así, el orden existe porque los seres humanos lo sostenemos y porque hemos desarrollado una configuración de incentivos dada para hacerlo así. Pero no es algo dado, es algo que se puede llegar a romper, y justamente un desastre natural tiende a romper o comprometer ese orden social de forma temporal porque destruye parte de los mecanismos que permiten que este orden funcione.

    Cuando existe un orden social, la gente trabaja, gana dinero y con ese dinero garantiza su bienestar al comprar productos y servicios que son necesarios para ese fin. Las personas que roban tienden a ser una franca minoría porque en ese orden social los incentivos están configurados de tal forma que pocos individuos tengan incentivos para robar o delinquir. Ciertamente, en tanto el Estado de derecho sea más sólido, los incentivos tenderán a ser aún menores.

    Cuando el orden social se suprime, las reglas del juego de dicho orden social dejan de ser funcionales y la sociedad dada cae en una suerte de anarquía. Claro, el desastre natural no destruye el orden social por completo pero sí tiende a reducirlo a su mínima expresión de tal forma que solo algunas normas o procedimientos se mantienen funcionales. Por más grave sea el desastre, el orden social queda más comprometido.

    Si el orden social garantiza la supervivencia de la gran mayoría de las personas, incluso muchas de las que viven en algún grado de pobreza, su ausencia las compromete.

    Si no hay luz, electricidad ni agua, y si no se tiene un techo, el individuo entra en una situación de incertidumbre tal que tiene que buscar garantizar su supervivencia por sus propios medios.

    En tanto el desastre sea más grande, dado que el orden social queda más comprometido, el saqueo será mayor.

    En una situación funcional, el individuo iría con billetes o una tarjeta bancaria al Oxxo para comprar la mayor cantidad de víveres posibles para abastecerse: eso es lo que suele ocurrir cuando se avisa a la población que una tragedia está por ocurrir. En tanto la tragedia no ha llegado, el orden social se mantiene y bajo este los individuos toman decisiones para hacer frente a la contingencia.

    Pero, después de un huracán donde una ciudad está destrozada, donde los comercios están completamente inoperables, ir a comprar productos no parece ser la solución más racional para los individuos que buscan sobrevivir. Entonces los extraen.

    A muchas personas les parece inmoral esta extracción. Yo difiero. Cuando un orden social que garantice el bienestar existe, entonces sí sería un acto inmoral, pero como no lo hay, es irracional actuar como si este existiera para sobrevivir y tener mis necesidades básicas garantizadas siendo que hacerlo me deja en una peor situación.

    Y resulta que esto ocurre en cualquier latitud del mundo, ocurrió en Los Cabos, en Texas hace unos pocos años y en el huracán Catrina. No es porque, como algunos han dicho en redes sociales, los guerrerenses sean más corruptos.

    Habrá quienes digan que en Japón (que es una excepción a la regla) esto ocurre en muchas menores dosis, pero ello no es producto de la benevolencia de sus habitantes sino de un conjunto de normas legales y sociales que hacen que estas conductas sean menos convenientes. Ayuda también que se trate de un país muy desarrollado donde es más fácil dotar a las víctimas de productos para sobrevivir.

    Y no somos Japón, ni podemos aspirar a serlo en un día, y menos en una situación de emergencia.

    En un estado así, cuando la supervivencia y la propiedad entran en conflicto, el primer caso debe tener prioridad.

    Inclusive, visto desde una perspectiva moral consecuencialista, se gana más de lo que se pierde. La mayoría de los víveres son perecederos: varios de los productos extraídos posiblemente habrían caducado de mantenerse en las instalaciones. También el costo de estos productos suele ser bastante menor que los productos de lujo.

    Luego está la rapiña, o el saqueo de productos que no son de primera necesidad. Aquí la situación cambia y ya no se le puede juzgar de la misma manera.

    En corto, puedo sostener que, a pesar de lo anteriormente dicho, extraer productos que no son de primera necesidad sigue siendo un acto inmoral y debe ser reprobable.

    He escuchado varios argumentos que tratan de defender este tipo de actos:

    Unos dicen que los individuos lo perdieron todo y que es comprensible que traten de rescatar algo extrayendo los productos a alguien más.

    Pero, en este caso, al tratar de «rescatar algo» alguien más va a perderlo de igual manera, y no solo hablo de «accionistas que tendrán que vender uno de sus cinco yates» sino incluso de empleos perdidos en alguna parte de la cadena de suministro, por poner un ejemplo, para subsanar esa pérdida. Esto último puede ser más comprensible con los productos de primera necesidad por la necesidad de supervivencia (sobre todo porque es más lo que se gana que lo que se pierde), pero aquí no existe.

    Un argumento más interesante es que esos bienes les permitirán sobrevivir a largo plazo: robo una televisión para así poder venderla y poder garantizar cierta cantidad de ingresos mientras se estabiliza la situación.

    Sin embargo, ello es más problemático que el caso de los víveres porque, si este es el caso, el individuo tiene un margen de maniobra mucho mayor.

    Además, tendríamos que preguntarnos si ese es el caso. Sospecho que la mayoría de los que se involucran en actos de rapiña no extraen esos productos con ese fin.

    Pero, estemos de acuerdo en que es inmoral o no, la rapiña siempre va a existir en un desastre ¿por qué?

    Porque cuando no hay un orden social, es mucho más difícil que alguien me castigue si decido robar.

    Puede sonar crudo, pero muchas personas no roban por convicción, sino porque no lo consideran conveniente. Un individuo prefiere trabajar y comprar cosas porque ello le es menos costoso que robarlas. Si las roba, puede ser detenido, señalado por la sociedad y caer en la cárcel.

    En un desastre natural, el orden de incentivos cambia por completo.

    Y esto también pasa en Los Cabos, Houston o Nueva Orleans. La condición humana es así.

    Y esto me lleva a un apartado muy importante, la presencia de las autoridades y el Estado de derecho, algo que ha estado completamente ausente en los primeros días después del huracán Otis.

    Si el orden social se desvanece ante un desastre y la sociedad se hunde en el caos, la presencia y el rápido actuar del gobierno ayuda a que este desplome sea más tenue y, por tanto, que haya menos saqueo. Pero claro, mucho más importante aún que lo material es que si el orden se reestablece de forma más rápida, menos víctimas sufrirán a causa del desastre.

    Los japoneses son buenos para eso y por ello la rapiña es bastante menor allá. De nuevo, no es un tema de benevolencia, es un tema de orden y de procedimientos.

    Otras decisiones que ha tomado el gobierno, como restringir la entrada de víveres y monopolizarlas con el ejército, empeora aún más las cosas. Porque la llegada de los víveres ayuda a reestablecer un poco la situación, tranquiliza más a la gente y le da más margen de maniobra en tanto el orden comienza a reestablecerse.

    Si el orden no se comienza a restablecer, el desastre puede convertirse en una tragedia humana. Si ya no hay nada que saquear, si no hay víveres, los individuos pueden sentirse orillados a cometer actos más antisociales para sobrevivir, como asaltar o robar a personas, por decir lo menos.

    Así, sin un orden social, llegamos a la total anarquía y a la pesadilla hobbesiana donde todos tienen el derecho a todas las cosas. Ahí, donde en el gobierno no hay liderazgo y voluntad, ahí donde el caos será mayor.

    Conclusión:

    Es fácil argumentar que el saqueo es porque sean guerrerenses, o que el saqueo siempre es bueno o siempre es malo. Algunos dirán que es malo porque el saqueo implica robo, y la palabra robo tiene una connotación negativa, pero ello no quiere decir que en todos los casos sea algo inmoral.

    Por ejemplo, la palabra matar tiene una carga muy negativa, pero no implica que en todos los casos matar sea malo: si yo mato en defensa propia para proteger mi vida o la de mis seres queridos no estoy actuando mal. De igual forma, si yo robo un producto porque considero que no tengo otra forma de garantizar mi supervivencia no estoy incurriendo en un acto inmoral.

    Estos juicios son complicados, y en este artículo traté de argumentar mi punto de vista. Se puede justificar el saqueo con de víveres como alimentos o ropa para garantizar mi supervivencia y mis necesidades básicas en un desastre, no se puede justificar cuando se trata de productos que no tienen ese fin y que están más orientados al lujo y al entretenimiento.

    De la misma forma, el Estado debe estar lo más presente posible para 1) reestablecer el orden y reducir el impacto del desastre en las víctimas (que es lo más importante) y 2) que los saqueos sean en menor cantidad, ya no solo por la vigilancia como tal, sino porque ha permitido y promovido la distribución de víveres a los afectados.

  • La cosa con las encuestas

    La cosa con las encuestas

    La cosa con las encuestas

    Ah, qué las encuestas. Esos instrumentos que nunca están exentos de polémica, sobre todo en estos últimos años.

    Que si están cuchareadas, que por qué a mí no me preguntaron, que si predicen resultados electorales, que si esto, que si lo otro.

    Como sea, las encuestas suelen tener un papel preponderante en las elecciones. Ahí están, diciéndonos quién va adelante, quién se está rezagando, qué candidat@s están compitiendo y quienes literalmente pueden ser dados por descartados.

    Las propias campañas políticas utilizan sus encuestas internas para saber dónde está parado su candidato para a partir de ahí tomar decisiones estratégicas. Allá afuera, los ciudadanos recurren a ellas para ver cómo va su contendiente favorito y, por lo general, su sesgo de confirmación les hace favorecer a aquellas que, valga la redundancia, confirme sus expectativas al tiempo que toman una postura más escéptica de aquellas que les muestren una tendencia distinta a la que desearían ver.

    El problema con las encuestas comienza con el hecho de que obtener resultados apegados a la realidad no es una tarea fácil. Los encuestadores tienen que garantizar que la metodología utilizada haga que la muestra corresponda con el universo: son muchas variables intrincadas aquí: desde el diseño metodológico que sea lo más representativo al universo, la capacitación a los encuestadores de campo, la forma en que se hacen las preguntas, cómo se hacen las encuestas (telefónicas, casa, por Internet) entre muchas otras. Es decir, una encuestadora puede fallar por algún error metodológico e incluso las encuestadoras más importantes a nivel mundial siguen estando en proceso de aprendizaje porque cada elección tiene sus particularidades, sobre todo como ha ocurrido en estos últimos años.

    Las encuestadoras saben que lo hicieron bien si el resultado final cae dentro del margen de error. Es decir, si la encuestadora predijo que Claudia Sheinbaum iba a ganar por 5 puntos y su margen de error era del +/- 3 (margen muy común en estos ejercicios) entonces pueden decir que hicieron un buen trabajo si el resultado cayó en ese rango: es decir, si ganó por dos puntos como mínimo y 8 como máximo.

    Pero las encuestadoras tienen otro problema. Resulta que los individuos somos malos con los números, no necesariamente nos son intuitivos. La mayoría de la gente no tiene conocimientos básicos en estadística como para entender cómo es que funcionan esos instrumentos y por tanto no saben cómo juzgar su eficacia más allá de la discrepancia con el resultado final: por eso no es raro que las personas digan «pero es que a mí no me preguntaron», o que algunos digan que «hubo fraude» porque muchas encuestas le daban el triunfo a AMLO en 2006 cuando, a pesar de ello, el triunfo de Felipe Calderón (ese 0.56%) caía dentro del margen de error.

    Es decir, una encuesta puede hacer mal su trabajo porque algo falló en la metodología o hubo algo que no previeron en el diseño, como el llamado voto oculto (aquellas personas que prefieren no revelar sus preferencias), pero puede acertar estadísticamente y, aún así, que la gente se forme un consenso de que las encuestas se equivocaron.

    Luego está otro problema y que podría ser el más importante: es el de la ética.

    El poder político tiene incentivos para que esos resultados que se muestran al público sean favorables a sus intereses. La publicación de las encuestas pueden tener un efecto en el electorado. Si la encuesta dice que su candidato o candidata no tiene posibilidades de competir, entonces se desmotivarán o buscarán votar por el que consideran la menos peor de las candidaturas competitivas. Si las encuestas muestran una contienda muy pareja, entonces los simpatizantes de cada contendiente irán con mayor entusiasmo a votar.

    Es normal, así, que afines al poder político presenten «encuestas patito» de empresas demoscópicas de dudosa procedencia si no es que ficticias para generar un efecto en la opinión pública. También muchos se preguntan si algunas de las casas encuestadoras importantes, que son más conocidas por la opinión pública, han «vendido su alma al diablo».

    Las encuestadoras «grandes» a veces aciertan y a veces no. En 2006 tuvieron un desempeño bastante aceptable y en 2018, en general, también tuvieron un buen papel: el agregador Oráculus quedó muy cerca del resultado final. Pero no siempre lo hacen, y para muestra están las últimas dos elecciones del Estado de México.

    El escepticismo y la duda crecen cuando hay una gran discrepancia con las distintas encuestas como hoy está ocurriendo en torno a la elección presidencial. Algunas, como Demotecnia y Parametría, colocan a Claudia Sheinbaum a decenas de ventaja de Xóchitl Gálvez. Demotecnia incluso se «atrevió» a darle una mayor intención de voto a Claudia que a AMLO en el 2018 (lo cual se ve muy inverosímil). Estas son propagadas con enjundia por los integrantes y voceros del régimen. Otras, como la de Reforma o El Financiero, muestran que Xóchitl es bastante competitiva.

    Si la discrepancia es muy amplia, es natural que surjan dudas sobre la ética de las casas encuestadoras. Si algunas discrepan fuertemente de otras, entonces algunas se están equivocando groseramente de tal forma que, o tienen una metodología demasiado deficiente, o bien, que, en efecto, la ética no forma parte del ejercicio demoscópico que están llevando a cabo.

    El poder político, como decía, tiene incentivos para que las encuestas que llegan a la opinión pública les sean favorables. A su vez, las encuestadoras viven de su reputación. Si las encuestas fallan, entonces tendrán menos credibilidad en ejercicios posteriores. Un caso emblemático fue el de GEA-ISA, una encuestadora muy relevante en el 2012 que publicaba su encuesta diaria en el noticiario de Ciro Gómez-Leyva y que mostraba que Peña Nieto tenía una ventaja amplísima sobre sus contendientes. Nadie lo creyó, incluso la gente bromeaba sobre el asunto y, en efecto, aunque Peña Nieto fue el candidato vencedor en el 2012, lo hizo por un margen bastante menor al predicho por GEA-ISA al punto en que el propio Gómez-Leyva reconoció que la encuesta falló.

    Y, al día de hoy, ese hecho le sigue cobrando factura a GEA-ISA.

    De aquí se deduce que el poder político tienen más incentivos para hacer que las «encuestas sean torcidas» que las propias casas encuestadoras que deben cuidar su reputación. Dicho esto, el poder político le debe dar a la casa encuestadora algún beneficio que supere al perjuicio que la casa encuestadora pueda llegar a tener si dentro de la opinión pública se crea un consenso de que esa casa encuestadora se vendió.

    Pero, aunque la encuestadora tenga un profundo sentido de la ética, puede llegar a equivocarse y que la gente piense que se ha vendido cuando no es así, sobre todo partiendo del hecho de que la gente no tiene conocimiento de estadística, no sabe cómo operan las encuestadoras ni cómo son sus metodologías. Para ellos, si su resultado (que no es tanto un pronóstico sino una «foto del momento») discrepa del resultado final, entonces «se vendieron». ¿Puede ocurrir así? Claro, pero no siempre.

    Con todos estos asegunes, las encuestas van a estar ahí, la gente las va a tomar en cuenta aunque guarde cierto escepticismo hacia ellas. Será el día o pocos días después de la elección cuando se anuncie a la candidata ganadora cuando se haga el corte de caja y sepamos quienes fallaron.

  • La copia de Xóchitl Gálvez

    La copia de Xóchitl Gálvez

    La copia de Xóchitl

    Las críticas no serán agradables, pero son necesarias.

    Winston Churchill

    En MORENA habían esfuerzos suprahumanos para tratar de destruir la candidatura de Xóchitl Gálvez. Insultos, mentiras, acusaciones, «exhibiciones en las mañaneras».

    Entre todos esos esfuerzos que incluían tratar de encontrar cualquier resquicio, los morenistas dieron con el informe que ella presentó para titularse. En específico, fue Bernardo Escalante quien dio con el informe de la candidata y descubrió que algunos párrafos no fueron correctamente citados ni entrecomillados, lo cual se considera una suerte de plagio.

    Esta vez sí había un lado negativo que podían mostrar sobre la candidata que tanto les «estaba haciendo ruido». Por fin dieron con algo. Y no es cualquier cosa, sobre todo tomando en cuenta los antecedentes recientes como los de Enrique Peña Nieto, Yazmín Esquivel o Delfina Gómez.

    A esto, siguió un agresivo pero predecible ataque de los morenistas. Sin importar el cinismo que ello implica (porque callaron y hasta justificaron las críticas a Yazmín Esquivel) se lanzaron sobre la candidata. Incluso la cuenta oficial de MORENA publicó en redes una y otra vez imágenes denostando a la candidata opositora.

    ¿Es menos grave haber hecho esto en un informe que en una tesis? Probablemente sí, pero la falla, que implica un acto de deshonestidad intelectual, sigue existiendo. Inclusive plagiar en una simple tarea o un artículo de opinión sigue siendo un acto malo y reprochable. El problema para Xóchitl es que el acto existió, el error está hecho.

    No sabemos las razones por las que la candidata hizo ello: que si por pereza, que por si falta de tiempo trató de ahorrarse trabajo e incluso por ignorancia. Como sea, eso no deja de ser una falla y esta está ahí, revelada. No puede deshacerse ni suprimirse, y como mínimo se esperaría que la candidata asumiera su responsabilidad.

    Dicen que cuando cometes un error, la mejor decisión que puedes tomar al respecto es reconocerlo y asumir tu responsabilidad. Ello te deja ver como una persona más integra que aquella que niega lo que es evidente y acumula un sinnúmero de mentiras para engañar o desviar la atención. ¿Lo hizo Xóchitl? Sí, pero a medias.

    Es cierto, a diferencia de Peña o Esquivel (cuyos casos ciertamente son mucho más graves), Xóchitl dio la cara y no negó absolutamente nada lo cual ciertamente es algo bueno. No lo hizo de la mejor forma, empero. Trató de minimizar el hecho diciendo que era un informe y no una tesis, luego ciertamente afirmó que se sometería a la decisión que tome la UNAM al respecto (con seguridad no recibirá castigo alguno). A diferencia de las certeras reacciones ante los ataques oficialistas, ahora no le salió bien, se le vio descolocada, y naturalmente los oficialistas aprovecharon el hecho: «sí robé, pero poquito» decían.

    El problema para Xóchitl Gálvez es que la oposición está menos dispuesta a entregar un cheque en blanco que los simpatizantes del oficialismo. Si López Obrador sale a dispararle a la gente en Reforma (haciendo una analogía con los dichos de Donald Trump) sus simpatizantes lo seguirán apoyando. Xóchitl no cuenta con ese «beneficio». Muchos líderes de opinión que simpatizan con ella se mostraron críticos. Marco Levario incluso ahondó en la investigación. Pepe Cárdenas o Jesús Silva-Herzog fueron críticos con la hidalguense y si bien muchos de ellos le siguen dando su apoyo, su posicionamiento funge como una advertencia de que su simpatía no será incondicional.

    No creo que el problema que pueda tener este hecho en el corto plazo se traduzca en una severa pérdida de simpatizantes (que seguramente perdonarán este hecho, sobre todo si se le contrasta con el cinismo y desfachatez oficialista), sino que más bien puede convertirse en un obstáculo para la construcción de una narrativa que le permita seguir creciendo y posicionarse. Me explico:

    Tomemos como ejemplo esta frase donde ella dice que en su gobierno no habrá «rateros, huevones ni pendejos». Es una frase muy buena e ingeniosa que «hace clic» con la idea que los opositores tienen sobre el oficialismo y que le ayudaba a contrastarse con el régimen. Pero ahora habrá quien le restriegue esa frase diciéndole: «te robaste esta cita», «te pendejeaste» (Xóchitl dixit) así asignándole a ella dichos adjetivos.

    Naturalmente, en la construcción de esa figura que todavía tiene que darse a conocer para poder ganar los suficientes votos para alcanzar a Sheinbaum ayuda más una que se perciba como limpia a una que «ya tiene una manchita», aunque sea relativamente pequeña. De pronto, slogans y discursos que antes podían ser muy efectivos y orgánicos ahora podrían sentirse más incómodos.

    ¿Este hecho desinflará la candidatura de Xóchitl? No necesariamente, posiblemente no lo haga, aunque todo depende de la respuesta que la candidata termine dando ante este hecho, y la que más le conviene es una donde asuma toda su responsabilidad de tal forma que se perciba como una persona, sí, falible, pero que es capaz de ser autocrítica consigo misma para mejorar como persona, y no como una que deje entrever que esta es una red flag que anuncie una política que pueda hacer «más trampas» desde la silla presidencial.

    Muchos seguimos viendo a Xóchitl como la candidata que puede ayudar a sacar del poder a un régimen corrupto y autoritario, pero ello no implica que debamos dejar de ser críticos con ella y debemos mandar el mensaje que, con ella como con cualquier político, nuestra simpatía no es incondicional. No sólo es la candidata la que tiene contrastarse con el oficialismo, también somos los opositores que debemos contrastarnos con la abyección y el servilismo que muestran los «apoyadores» e integrantes del régimen.

    Y que entre los opositores exista la capacidad de ser críticos con su candidata es una buena noticia que refleja madurez democrática. Es sano, aunque sea incómodo, que Marco Levario insista sobre los párrafos copiados o que Silva-Hérzog critique la reacción de la candidata. Es bueno ser exigente con aquellas candidaturas que abanderamos, porque ellos aspiran a servirnos y no nosotros a servirlos a ellos.