Categoría: economía

  • 2 + 2 = 5, porque el 4 es neoliberal

    2 + 2 = 5, porque el 4 es neoliberal

    «Discrepancias en materia económica hubo muchas. Algunas de ellas porque en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento. Estoy convencido de que toda política pública debe realizarse con base en evidencia, cuidando los efectos que ésta puede tener y libre de todo extremismo, sea éste de izquierda o de derecha. Sin embargo, durante mi gestión las convicciones anteriores no encontraron eco».

    Este párrafo es parte de la carta que Carlos Urzúa le envió al Presidente de la República Andrés Manuel López Obrador a la hora de renunciar de la Secretaría de Hacienda. Este párrafo refleja mucho de lo que ha sido el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

    No fueron muy diferentes las razones que Germán Martínez esgrimió para renunciar al IMSS. Hemos también escuchado muchos casos donde jóvenes del programa «Jóvenes Construyendo el Futuro» malgastan los recursos que reciben. Hemos visto que en Veracruz muchas personas talaron árboles para poder entrar al programa «Sembrando Vida» y recibir sus beneficios. Vimos también que, para combatir el huachicoleo, durante semanas gran parte de los mexicanos tuvo que hacer kilométricas filas para poder ponerle gasolina a su automóvil, cuando el impacto de la medida bien pudo haber sido, cuando menos, menor.

    El país está al borde de entrar en recesión. Hemos visto que, debido a los recortes, hay desabasto de medicinas, muchas dependencias no pueden operar bien y programas sociales que funcionaban se han visto seriamente comprometidos. Básicamente, desde afuera se percibe más bien un ambiente caótico y de mucha incertidumbre, de torpeza y de ineptitud.

    El desarrollo de las políticas públicas no es cualquier cosa, y menos se puede pensar que con el mero voluntarismo éstas cumplirán su función. Para llevar a cabo cualquier tarea o programa, por más noble que sea, se requiere de una política pública bien diseñada, donde prime la técnica y la metodología rigurosa, donde se apegue a la evidencia, al conocimiento y al método científico.

    Diseñar una política pública es todo un arte que requiere la intervención de especialistas en el tema: primero debe haber un claro planteamiento sobre el fin de dicha política, deben hacerse estudios (de campo o de otro tipo) para reconocer el escenario sobre el cual se quiere actuar, debe establecerse un buen método, deben de preverse diversos escenarios. En muchos casos deben incluso hacerse pruebas piloto. Luego, cuando ya todo esto ya quedó muy en claro, se debe de ejecutar de muy buena forma, para después medir el impacto y los resultados y, con base en estos, mejorar el diseño de la política implementada y repetir el ciclo.

    Si desarrollar una política pública es muy difícil, gobernar lo debería ser más, pero para nuestro presidente eso es muy fácil.

    Dicho en español, para diseñar una buena política pública se requiere de técnica. Eso que está muy ausente tanto en el discurso como en la práctica. Porque AMLO, dentro de su retórica, ha ligado la técnica con la «tecnocracia neoliberal», como si diseñar una política pública con rigor fuera «hacer neoliberalismo» que, en su peculiar definición no tendría tanta relación con la liberalización económica en sí, sino con el capitalismo de cuates (crony capitalism) donde las entidades privadas se enriquecen a costa del poder público.

    López Obrador nos habla de un cambio de régimen no solo político, sino económico, pero no entendemos muy bien cuál es la nueva propuesta. Paradójicamente, a pesar de la retórica, varias de las medidas que AMLO ha implementado podrían ser catalogadas como «neoliberales» (en la definición que peyorativamente se le da a la liberalización económica), como los recortes que está llevando a cabo. Más bien pareciera ser una forma de «neoliberalismo torpe e improvisado» combinada con una faceta más bien asistencialista que caracteriza a los programas sociales que propone. Hay un reencauzamiento de los recursos del welfare state institucional a programas con visión asistencialista y clientelar por medio de la entrega de recursos directos.

    El problema es grave porque 1) vulnera el Estado de derecho y la institucionalidad. 2) se reencauza dinero que servía a programas eficientes a otros que no lo son, 3) porque al ser asistencialistas, genera una relación de dependencia entre gobernante y gobernado y, 4) porque, al haber un mal diseño de políticas públicas, la ejecución de una política que ya tiene defectos en su mera teoría (por el enfoque clientelar) derivará en un programa que puede ser altamente ineficiente y tal vez hasta nocivo.

    Parece que este gobierno no está tan preocupado en combatir la corrupción, la pobreza y la desigualdad, más bien está preocupado en decir que va a combatir la corrupción, la pobreza y la desigualdad. Para lo primero, se necesitan políticas públicas eficientes, para lo segundo solo se necesita hablar. Lo peor del caso es que todo lo primero queda cancelado porque la retórica es importante, porque es mejor decir que se va a acabar el neoliberalismo y su tecnocracia sin importar que renunciar a la técnica comprometa todas las políticas públicas que buscarán llevar a cabo la transformación que tanto nos han prometido.

    Y sí hay razones para preocuparse.

  • Trump vs Huawei. El pronóstico no está tan claro.

    Trump vs Huawei. El pronóstico no está tan claro.

    Me parece evidente que las sanciones a Huawei van más allá de un asunto de espionaje e incluso de meras tecnologías. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, las guerras comerciales deben considerarse como una forma de hacer guerra (aunque no haya muertos ni se dispare un solo balazo) porque son, a su vez, ideológicas y geopolíticas. China ha avanzado a pasos agigantados en lo que la tecnología se refiere y Estados Unidos se siente amenazado. En telefonía celular, Huawei le pisa los talones a Apple y Xaomi crece como la espuma.

    Pero no estoy tan seguro de que la estrategia vaya a funcionar, en una de esas los resultados podrían ser muy contraproducentes. Sé que un conflicto como este es muy complejo y tiene muchas aristas, existen muchas posibilidades. Mencionaré una de ellas para explicar que Estados Unidos no la tiene ganada necesariamente y que el tiro podría salirle por la culata.

    Huawei es una empresa que, como cualquiera, busca generar utilidades y crecer. Lo adecuado para su modelo de negocio era recurrir a Google (Android) para su sistema operativo en lugar de que ellos invirtieran más recursos en crear su ecosistema o su versión propia de Android (que es de código abierto).

    Ahora, si a Huawei le quitan Google y los proveedores extranjeros, no es como que se vayan a quedar con los brazos cerrados y posiblemente van a desarrollar los suyos propios para tratar de competir en el mercado. Van a invertir más en I + D y ¿qué puede llegar a pasar? Que Huawei, y por ende, los chinos, van a adquirir mayor conocimiento y capacidad para desarrollar estas tecnologías (tanto en software como en hardware). De hecho Huawei ya estaba trabajando en un sistema operativo propio por si las moscas.

    En una de esas se dan cuenta que ya ni necesitan de Google. Y en lugar de haberle dado un duro golpe a la tecnología china, la habrán fortalecido. Incluso se puede dar el caso de que en el largo plazo Huawei sea insolvente o que su estrategia comercial no funcione pero que, a la vez, ya hayan desarrollado tecnología de la cual se puedan servir los chinos. Digamos que en ese caso Huawei sucumbe, pero las demás empresas chinas absorben, de una u otra forma, todo el desarrollo tecnológico. Un paso para atrás para luego dar dos pasos adelante.

    Ahora imaginemos que Huawei logra aguantar el madrazo y supera la crisis producto de las sanciones comerciales, se sale con la suya y logra seguir vendiendo sus celulares en Europa y muchos otros países. Como ya no tiene soporte de Google ni sus aplicaciones, Google automáticamente perdería participación de mercado que ganan los chinos o alguna empresa tecnologica que está afuera de EEUU. Si Huawei se sale con la suya, otras marcas chinas como Xaomi podrían seguir sus pasos. Sería un golpe durísimo para Google e incluso para los EEUU.

    Pero si hablamos de que no solo es una sanción comercial, sino que esto tiene tintes de una guerra comercial (que es otra variante de una guerra convencional, aunque sin disparos), entonces hablaríamos de un autogol no solo tecnológico, sino hasta geopolítico. Porque con una decisión (desacelerar el desarrollo tecnológico de China y/o afectar su economía para que pierda influencia internacional) que se habría tornado contraproducente, el gobierno de los Estados Unidos no solo perdería influencia sobre otros países a través de sus empresas (aunque esta pueda parecer mínima) que cedería a los chinos, sino que terminaría afectando a Google que, por su naturaleza, es una forma de influencia cultural y económica de EEUU sobre el mundo (soft power).

    La pregunta es ¿sabe Trump lo que está haciendo?

  • ¿Cómo vender humo y hacerte rico? Parte 2

    ¿Cómo vender humo y hacerte rico? Parte 2

    La respuesta de Carlos Muñoz 11. ¿Cómo vender humo y hacerte rico? Parte 2

    A raíz de la publicación de mi primer artículo donde narré cómo los modelos de negocio como los de Carlos Muñoz 11 buscan embaucar a la gente y el cual fue leído en su fan page, apareció en sus redes sociales un video donde le responde a sus «haters». La referencia a mi artículo fue obvia e incluso después me respondió directamente.

    No me quise quedar callado porque evidentemente esa respuesta simplemente muestra más de lo mismo: una persona que busca enriquecerse sin ofrecer productos de valor reales que ayuden a la gente a emprender. Lo he dicho anteriormente, Carlos Muñoz es un hombre inteligente, estudió bien a su nicho de mercado y creó un producto: «él mismo», que pudiera hacer clic con cierto público. Lo dije también anteriormente: él se vende como un símbolo que apela a las emociones, que utiliza anglicismos y tecnicismos para mostrar una sofisticación que no tiene, y eso se vuelve a reiterar en el video con el cual nos respondió a los que ya nos etiquetó como «haters» (tal cual como político demagogo).

    Corre video.

    Me llama la atención la forma en que responde porque pretende sonar sofisticado como para mostrarle a su público que sí sabe, pero basta hacer un pequeño análisis para darse cuenta de que sigue vendiendo humo.

    Carlos Muñoz nos muestra una gráfica donde en su eje vertical agrega las temáticas y en el eje horizontal el tiempo y experiencia que tiene el emprendedor para decir que sus contenidos van dirigidos a novatos en el mundo del emprendimiento. El primer error (y considero grave) es que mide la experiencia en número de empleados; es decir, por más empleados tienes más experiencia debes de tener, está correlacionado, piensa Carlos Muñoz 11. Pero la realidad es que no se puede medir de esa forma. Muchas empresas exitosas, que incluso operan internacionalmente, no tienen más de 100 empleados (pregúntenle a muchas startups de Silicon Valley), mientras que otras, que tienen un modelo más arcaico y que están reacias a modernizarse, pueden presumir tener más de 1,000 empleados (pregúntenle a muchas empresas mexicanas).

    Simplemente, no puedes medir el éxito de un emprendedor con base en el tamaño de los empleados que tiene porque el número de empleados de una empresa depende de muchos otros factores (como el modelo de negocio).

    El siguiente problema son las temáticas que ofrece en sus cápsulas que ya de por sí están mal enfocadas en muchos de los casos. Él asume que el emprendedor debe de saber incluso de sitios web y big data (cosas que él ni siquiera entiende), es decir, necesita saber de todo menos de la creación de productos o servicios de valor y de innovación (de lo cual, naturalmente no habla, porque no parece convenir mucho para su estrategia). La realidad es que los emprendedores no dominan todo ni necesitan hacerlo, los emprendedores exitosos delegan muchas tareas a expertos en ellas. Muchos emprendedores que conozco no saben nada de páginas web, pero saben que son importantes y contratan a una agencia o a un experto que les haga una estrategia de comunicación. Evidentemente habla del tema en sus cápsulas para verse sofisticado y nada más.

    ¿O de verdad un emprendedor debe saber cuánto debe durar un video de Youtube? (lo cual ni siquiera explica bien) Si ya de por sí emprender te quita muchísimo tiempo y es muy desgastante, ¿creen que se va a poner a sentarse en su computadora a editar los videos de su compañía? ¿De verdad?

    Después dice que sus cápsulas no pretenden ser el contenido completo: bueno, cualquier persona con dos neuronas en la cabeza sabe que no, pero vaya, ni siquiera está ofreciendo nada, sino puro humo, solo está vendiendo su imagen para embaucar gente. Dice que esos videos te dan la llave para que «busques un concepto» y tú te pongas a buscar en Google ¿de verdad? Es que muchos videos suyos ni siquiera cumplen con esa función. Si la función de sus cápsulas es ofrecer una introducción sobre el tema y que luego los usuarios se empapen más por su cuenta, generalmente se ofrece literatura, libros, sitios web especializados sobre el tema (que es lo común en Youtube). Carlos Muñoz no lo hace, y ni siquiera nunca había dicho que ese era el propósito. No es que haya asumido que la gente entendió que esa era la dinámica (lo cual habría sido absurdo) sino que nunca fue el propósito y ahora que se siente acorralado por tantos cuestionamientos y burlas, se lo sacó de la manga.

    Otra cosa curiosa es que Carlos Muñoz habla de «un nuevo modelo educativo» (la ironía de alguien que dice haber estudiado dos carreras, tres posgrados y luego dice que las universidades son una mierda) y para ello recurre al concepto de in-time microlearning, pero no es un nuevo modelo educativo, es tan solo un método que parece que ni domina bien y del cual puedes encontrar mucha información en Google.

    Luego dice que la gente le está diciendo adiós a los «profesores profesionales» y que quieren profesores prácticos (vaya, emprendedores). Ciertamente la dinámica educativa se ha estado modificando en los últimos años y lo hará aún más en los próximos, pero no hay absolutamente nada que nos diga que esos profesores que Carlos Muñoz tanto dice odiar vaya a desaparecer. Tal vez algunos ya no estén en un salón frente a 50 alumnos, pero sí aparecen en MOOC’s y cursos en línea como Coursera o edX. Pero bueno, no se puede esperar nada de alguien que diga que las universidades son una mierda y, al mismo tiempo, presuma no sé cuántas licenciaturas y posgrados en quién sabe dónde.

    Carlos Muñoz les dice a los que él llama haters que «ya se vayan de su canal y que no estén chingando» y que, a juzgar por los comentarios, son más de la mitad. Él dice que hay que sumar y no restar:

    Pero él no está sumando porque está haciendo perder el tiempo (y dinero) de la gente en productos que no tienen valor y que podrían gastar bien en educación o conferencias que sí les puedan servir para ser emprendedores o desarrollar la actividad que desean desarrollar. Si escribo estos artículos es para evidenciar a esta nueva corriente de pseudogurús que se están aprovechando de la gente para ganar dinero, y no solo se vale, es necesario.

    Esta idea de «sumar, aportar y no restar o criticar» es muy típica de este tipo de personajes que buscan etiquetar a sus críticos como «nocivos y tóxicos» para ellos vestirse de una pureza que no tienen y que así el auditorio relegue a los primeros. Esto también queda patente en la respuesta que Carlos Muñoz me dejó en sus comentarios:

    Es el típico «en lugar de estar criticando, ayúdanos» para crear la sensación de que él es una persona humilde que está dispuesto a emprender. La última vez que vi este recurso fue cuando el periodista Zul de la Cueva confrontó a Lagrimita, un conocido payaso de Guadalajara que se lanzó como candidato «independiente» para beneficiar (sin éxito) a otro candidato restando votos de su contendiente.

    Pero Carlos Muñoz está lejos de ser una persona humilde porque, además de burlarse de aquellos que llama haters, se refiere con desprecio a las universidades, a los profesores y a los empleados. No estoy seguro que Carlos Muñoz no va a estudiar y mejorar nada si le mando contenidos, porque eso no es lo que le importa, lo que le importa es el bluff, porque esa es su estrategia de negocio.

    Y no, sus críticos no son tóxicos y nocivos. Si lo fueran (a juzgar por el porcentaje de críticos que tiene en su sitio) este país ya habría desaparecido.

  • ¿Cómo vender humo y hacerte rico?

    ¿Cómo vender humo y hacerte rico?

    En algún momento no muy lejano, emergió una suerte de cultura del emprendimiento cuyo relato nos decía que no teníamos que conformarnos con ser empleados y que el emprender podía ser una buena alternativa para quienes no gustaran de esa cultura godínez de 9-7 (más las horas extras impagas).

    Hacía sentido, porque ante un mercado cada vez más dinámico que ya no garantizaba desarrollar una carrera de por vida en una corporación (algo que Alvin Toffler presagió muy bien) , el emprendimiento surgio como una buena opción incluso para crear nuevas empresas que significaran un cambio de valores y de enfoque con respecto del empresariado tradicional; uno que tuviera ese espíritu más global, más competitivo y que estuviera abierto a la innovación. El Internet y una sociedad más globalizada le dieron al individuo más herramientas para poder emprender como no habría podido hacerlo antes.

    Pero con esta nueva cultura también llegaron los «trepadores», aquellos que vieron en la mera narrativa emprendedora un modelo de negocio. La narrativa (o más bien su perversión) era el producto en sí, y el mercado potencial eran aquellas personas que querían ganar dinero y querían «emanciparse» del godinato. Ya no era necesario hablar del materialismo dialéctico histórico para explicar cómo es que el trabajador iba a romper con sus cadenas, mucho menos hacer revoluciones, bastaba con que te convirtieras en un emprendedor para liberarte de ellas.

    Si hace poco más de un siglo se hablaba del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, el «Padre Rico, Padre Pobre» de Kiyosaki parecería convertirse en su análogo del siglo XXI (sin intención de ninguna manera de demeritar todo el trabajo de Marx y Engels ni mucho menos de bajarlos tanto de nivel), ya que gracias a esta obra se comenzó a propagar esta narrativa del emprendimiento como una forma de emancipación del empleo tradicional. Pero mientras que los marxistas vieron en la burguesía al enemigo que tenían que liquidar, el kiyosakismo apuntó al empleado en sí, aquel que iba a la escuela para después buscar un trabajo.

    Esta perversión de la narrativa emprendedora terminó progresivamente ridiculizando al empleado (y de paso a la educación formal), pero en realidad ofrecía poco a cambio: consigue un mentor, independízate, piensa en una cifra grande, en el Lamborghini, adquiere educación financiera (muchas veces sin reparar en los métodos) y «piensa positivo». Se enfocaron en polarizar el mundo profesional haciendo una marcada distinción entre los emprendedores (exitosos) y los empleados (perdedores). Culparon a los empleos y a la educación tradicional casi sin reparar la indispensable función que tiene dentro de la sociedad. Pero ni Marx habría sido tan ingenuo como para pensar que una sociedad con emprendedores y sin empleados podría sostenerse.

    En este contexto presentamos a Carlos Muñoz, una suerte de coach o influencer neokiyosakiano quien, al parecer, ha hecho un muy buen negocio a través de la propagación de esta narrativa emprendedora.

    La venta de una narrativa como producto de consumo, en tanto esta no esté acompañada de una metodología muy clara, termina ofreciendo algo muy estéril. Pero para Carlos Muñoz y sus pares lo importante no es el producto (prácticamente inexistente), sino el mensaje, el simbolismo, el discurso aspiracional. Seguramente Carlos Muñoz, al igual que muchos de sus pares, ha hecho un mayor esfuerzo y una mayor inversión en el símbolo que en el producto en sí. Importan más sus trajes extravagantes, su speech (es muy malhablado, lo cual en este contexto puede ser una ventaja, ya que se le puede percibir como una persona más directa u honesta, e incluso la arrogancia puede jugar a su favor dentro de su nicho de mercado). Básicamente se presenta como el individuo que los clientes que componen su nicho quisieran llegar a ser: una persona adinerada, exitosa, arrogante, que tiene cierto poder, que puede romper barreras y puede hacer básicamente lo que sea. Básicamente propone una visión muy nihilista y amoral de lo que debe de ser el acaparamiento (y no tanto creación) de la riqueza.

    La estrategia de polarización que utiliza ayuda mucho a su causa. Básicamente se trata de la versión análoga del político demagogo pero en el sector privado, y no dudo que haya aprendido algo de los demagogos y la forma en que manipulan a las masas: Carlos Muñoz insiste en la división entre los grandes emprendedores y los pobres y perdedores empleados (a quien llama nacos en más de una ocasión). Constantemente se refiere a sus críticos como sus haters para así estigmatizarlos: «Ellos son unos pobres perdedores, en cambio tú y yo somos unos emprendedores chingones y ganadores«. Pareciera un discurso del pueblo bueno y las élites malas y corrompidas pero a la inversa.

    Pero si la estrategia de venta podría parecer casi impecable (tiene un número de seguidores nada despreciable), cuando nos asomamos a ver el producto otro gallo es el que canta. Básicamente se trata de desinformación. Tomemos este video por ejemplo.

    El mensaje inicial es igual de enérgico y contundente que erróneo: «las universidades son una mierda», dice nuestro amigo. Afirma que lo son básicamente porque los maestros que la componen no son emprendedores sino empleados con un sueldo mediocre. Luego presume que tiene dos carreras. ¿Y entonces si las universidades son una mierda, por qué demonios estudió dos carreras?

    Su sugerencia es que todos los maestros deberían ser emprendedores. Carlos Muñoz evidentemente no conoce siquiera cuál es la función de una universidad en una sociedad. No creo que Marx hubiera sido tan ingenuo como para afirmar que una sociedad compuesta con puros emprendedores y sin empleados podría llevarse a cabo.

    Carlos Muñoz ignora, deliberadamente, otra cuestión: no todas las personas quieren ser emprendedoras, no todas las personas tienen la capacidad ni la personalidad para ser emprendedoras, y no todas las personas se sienten autorrealizadas por medio del emprendimiento. Hay gente que es empleada y que es feliz con su trabajo, que se siente satisfecha con el ingreso que tiene, y ello no tiene nada de malo.

    Sí es importante fomentar el emprendimiento, pero no es para cualquiera. Para que una sociedad funcione también se necesitan empleados, profesores y profesionistas que juegan un papel igual de valioso en la sociedad.

    Pero Carlos Muñoz sabe lo que hace, porque no está vendiendo un producto que funcione, está vendiendo humo. Lo que importa no es el producto, son las emociones: se trata de estimular a la gente que desea ser rica, que quiere sentirse parte de una élite que está por encima de las personas comunes y corrientes. Lo importante es hacer la distinción: «Ellos son unos pobres losers que van a la universidad compuesta por perdedores, pero en cambio tú, que pagas mis conferencias a precios exorbitantes, eres un ser superior, que puede tener su coche de lujo, que puede ser millonario». Es esa distinción el producto de venta, es esa distinción la que le da likes y la que anima a más de uno a pagar hasta decenas de miles de pesos por conferencias que está compuesta, sí, de más palabrería que apela a las emociones.

    Lo peor del caso es que dentro de su discurso no hay un método tangible que ayude a la gente a emprender. Carlos Muñoz apenas se ha molestado en recopilar consejos que encuentra en la literatura afín. Para poner un ejemplo preciso de esto busqué un video que tiene relación con el que ha sido mi profesión durante varios años (desarrollo web):

    El video es un tanto penoso porque digamos que lo que ha dice lo ha sabido cualquier agencia de desarrollo web, freelancers y cualquier persona que está en el medio sabe desde hace más de 10 años, pero Carlos Muñoz lo vende como algo novedoso, y lo busca transmitir con la edición del video (donde evidentemente puso la mayor parte de su esfuerzo y su inversión). Ni siquiera te dice como hacerlo, no te ofrece ningún método ni literatura de referencia alguna (que vaya que en Internet hay mucha al respecto). Pero, de nuevo, lo importante no es el contenido, es la emoción a la que apela, es la forma en la que él se quiere vender para que lo percibas como un referente a quien seguir.

    Carlos Muñoz estigmatiza y ridiculiza tanto a los empleados como a la educación formal. Pero dice haber estudiado dos carreras y tiene empleados que le ayudan a que su negocio funcione.

    Si uno escarba en los videos puede encontrarse con lo mismo: una producción cara y casi impecable, un discurso bien pensado e incluso una vestimenta arrebatadora (que a mí me parece de mal gusto pero que posiblemente funciona con su nicho de mercado). Pero no ofrece nada nuevo (bueno, aquí se tardó 10 años), te dice cosas que ya se han dicho una y otra vez, pero con una sofisticación tal que al ingenuo le podría parecer algo novedoso. ¿Por qué podría esperar que una conferencia suya, de esas que vende tan caro, me dé las herramientas que necesito para ser un emprendedor, si en sus videos no me ofrece nada nuevo ni nada que no se haya dicho ya? Luego también difunde ideas que pueden ser fácilmente refutadas por un estudiante de primer semestre de economía:

    Se trata de un vendedor de humo que embauca a sus empleados vendiéndoles emociones y aspiraciones, pero sin decirles en lo absoluto cómo hacerle. Tan no lo sabe que se limita, como ya había dicho, a recopilar información y consejos que está disponible desde hace tiempo, que pareciera que en algunos casos ni siquiera domina bien, pero la cual ofrece con una sofisticación tal que más de uno puede salir engañado.

    Para emprender es importante especializarte en aquello en lo que quieres aprender, y en muchas ocasiones los estudios y la educación continua serán muy útiles. Los trepadores del emprendimiento nunca te insistirán en ello ni te dirán que gran parte del éxito reside en ello.

    Me atrevo a decir que Carlos Muñoz es el estereotipo claro de esta corriente pseudoemprendedora que ha logrado crear toda una cultura que solo enriquece a quienes han sabido cómo venderla y que poco beneficia a sus clientes, quienes tal vez solo podrán aspirar a salir de sus talleres emocionados e inspirados.

    ¿Y qué tal si estoy equivocado? ¿Y qué tal si se está reservando todo para las magistrales conferencias que imparte? Bueno, pues basta ver una cápsula de una de ellas para darme cuenta de la misma constante:

    Y nos topamos con lo mismo. Cualquier persona con conocimientos básicos en Youtube sabe que los videos cortos funcionan mejor. ¡Todos los pinches influencers lo saben! Lo peor es que, si bien Carlos Muñoz acierta al decir que los videos en general no deben de ser de una duración muy larga y que en Facebook deben, en general, durar menos, ni siquiera entiende exactamente por qué. Pero tiene la osadía de utilizar como referencia un estudio de consumo en Internet ¡del 2012! En el cual el usuario pasa 34 minutos al día en Internet (lo cual seguramente ha cambiado mucho). Ignora también que el número de minutos puede variar de acuerdo al tipo de contenido. Por ejemplo, él dice que en Youtube un video debe durar 420 segundos (7 minutos), lo cual suena sensato para cierto tipo de contenidos, pero muchos influencers pueden darse el lujo de hacer videos de 10 a 15 minutos en Youtube y funcionan muy bien. El problema es que él ni siquiera toma esto al pie de la letra porque sus videos en todas las redes sociales ¡duran lo mismo!

    Luego es cómico porque dice que muchos haters lo juzgan por los videos que hace, que le dicen que está vendiendo humo, que lo están juzgando solo por sus videos y que no conocen todo lo que ha hecho. Pero es fácil dilucidar que nuestro querido Carlos Muñoz entonces tiene problemas de comunicación graves. ¿Por qué si su modelo funciona tiene tantos haters? Y si su respuesta es que no conocen todo lo que ha hecho y todos los libros que ha publicado, entonces es que Carlos ha fallado en su estrategia de comunicación para que la gente sepa realmente quien es. Y en lugar de preocuparse por eso, se limita a estigmatizar a la gran cantidad de haters que tiene señalándolos como perdedores. Ya ni que decir de su pésima analogía al afirmar que «The Avengers estuvo de la verga» porque duró mucho, afirmación con la que seguramente discrepan muchísimas personas que fueron a ver la película.

    La mayoría de los emprendedores tienen éxito porque tuvieron una gran idea que supieron desarrollar y que los apasionó. Los trepadores del emprendimiento, por el contrario, insiste en que te fijes en el dinero y en los autos deportivos.

    Si Carlos Muñoz ve este artículo, posiblemente diga que está muy largo, posiblemente diga que soy un hater más, que no soy un emprendedor millonario como él y por tanto diría «no sé del pedo». Pero el problema es que él tampoco lo sabe, su éxito reside en saber vender algo que no sabe bien siquiera como funciona. Su éxito es venderse él como marca para apelar a un nicho de mercado nihilista que su máxima aspiración es acaparar dinero por acapararlo.

    Tal vez alguno más diga que le estamos dando importancia y difusión a este tipo de personajes. El problema es que si para algo son buenos es para difundirse y propagarse en las redes (eso es lo único que les importa porque es lo que les da dinero), y en este sentido me parece importante decir las cosas tal y como son.

  • Breve reflexión sobre la desigualdad

    Breve reflexión sobre la desigualdad

    Breve reflexión sobre la desigualdad

    La pobreza es el estado natural de las cosas, el ser humano nació siendo pobre ya que solo tenía a su alcance lo que la naturaleza le disponía en su entorno inmediato.

    La riqueza, por el contrario, es un artificio. Es necesaria la intervención del hombre dentro de su entorno para que ésta se dé. Para crearla no solo necesita del esfuerzo, sino del ingenio, del talento, de la acumulación de experiencia y conocimiento. Atentar contra la generación de riqueza siempre termina perjudicando a todos.

    Entonces, la riqueza existe porque alguien la tuvo que crear, tuvo que venir de alguna parte. La riqueza no es algo que esté ahí disponible, es algo que se está generando continuamente por el trabajo de muchas personas en las distintas etapas de producción y comercialización.

    Cuando hablamos de la desigualdad, hablamos de la inequidad entre lo que una u otra persona posee. La cantidad y la calidad de las posesiones determinan su nivel de vida y, de la misma forma, las estructuras sociales están en gran medida determinadas por lo que él y otros poseen.

    Dicho esto ¿Sería justo redistribuir la riqueza entre todos de forma equitativa independientemente de que unos hayan aportado más que otros a su creación? ¿Podemos llegar a la conclusión de que quien tiene más riqueza es quien merece tener más? ¿Qué hay de las personas cuya gran parte de su riqueza la tuvieron gracias a que nacieron en un entorno social privilegiado? ¿Los que generan menos y, por tanto, obtienen menos, generan menos porque son más flojos o menos talentosos, o porque al nacer en una clase social menos privilegiada no obtuvieron las herramientas (educación o acceso a información) que otros sí obtuvieron? ¿Qué podríamos decir de la gente que tiene una discapacidad y no puede producir? ¿Se le debe dejar en el abandono así nada más o se le debe atender? ¿Es justo que una persona tenga acceso a mejor educación que otra porque su padre logró obtener más recursos que el otro padre?

    Considero que la desigualdad como tal no es necesariamente mala. Cierta dosis de desigualdad es buena, ya que nosotros, como seres humanos, queremos sobresalir y un estado de completa igualdad tendría que implicar crear barreras muy grandes a los individuos para que pueden hacerlo, También es cierto que no todas las personas tienen la máxima aspiración de acumular la mayor cantidad de bienes, hay quienes se conforman con cierta cantidad de bienes ya que desean autorrealizarse de otra forma (por ej, un profesor, un filósofo, o un padre o madre que prefiere estar un tiempo con sus hijos en vez de estar encerrado todo el día en la oficina), lo que crea una condición de desigualdad entre quien busca adquirir la mayor cantidad de bienes y quien no.

    El desarrollo económico siempre viene acompañado de cierta dosis de desigualdad, ya que cuando un país crece no lo hace porque toda la sociedad en su conjunto lo haga, sino porque empieza a hacerlo una minoría que aprovecha o crea las nuevas oportunidades para que después, de forma progresiva, ese crecimiento económico termine beneficiando a todos. Esto no solo ocurre gracias a la Teoría del Goteo que tanto encanta a los liberales económicos, sino gracias también a estrategias de redistribución de esa nueva riqueza por medio de inversión en educación, infraestructura y un sistema de seguridad social que generalmente va creciendo con dicho desarrollo como ocurre en todos los países desarrollados:

    Pero ¿es la desigualdad actual un producto de la libre elección o de la meritocracia? El problema en nuestro país está lejos de serlo. Gran parte de la desigualdad se entiende por estructuras sociales rígidas producto de paradigmas culturales y la corrupción, lo cual se traduce en una condición de injusticia. Si decimos que la seguridad producto del mérito y de la libre elección no es sí mala, pero la que genera la corrupción sí (privilegios creados, poca movilidad social, falta de oportunidades), entonces habría que pensar en atacar estos problemas puntuales más que la desigualdad en su conjunto. Habría que atacar las causas, porque la desigualdad tal cual es un efecto:

    Por ejemplo ¿qué es más eficiente? ¿Darle dinero a la gente que menos tiene para que «aparejar los ingresos? ¿O utilizar esos recursos de forma más focalizada? Por ejemplo, para que los de abajo tengan acceso a una mejor educación y así tengan más recursos para que tengan mayores posibilidades de salir adelante, o para que tengan una alimentación mínima y así la desnutrición no sea un obstáculo para que puedan desarrollarse. Evidentemente la segunda, ya que considera a la desigualdad como un efecto y la primera como una causa.

    La postura en la que yo creo es la siguiente: 1) Se debe procurar que los individuos partan de condiciones relativamente iguales (que tengan acceso a educación, tengan buena alimentación etc), que quienes tengan un impedimento físico reciban apoyo para paliar su desventaja a la hora de competir 2) Que la desigualdad no es necesariamente mala cuando los que están abajo se benefician de dicha desigualdad (es decir, que si los ricos crecen, que ellos crezcan también) y 3) Que la desigualdad no sea extrema (México es un ejemplo), un país excesivamente desigual, además de tener un tejido social más débil, padece mayores problemas de delincuencia e inseguridad que afecta a todos los estratos socioeconómicos 4) Que la desigualdad que exista sea producto del mérito, no de privilegios creados. 5) Que todos sean iguales ante la ley y que los derechos humanos de absolutamente todos los individuos sean respetados.

    A mi parecer, el sistema más adecuado sería una economía de mercado capitalista que esté acompañada de una red de seguridad social que sea proporcional a la economía de cada país, que no solo aspire a crear una sociedad más estable, sino que ayude a que los individuos se encuentren en condiciones para integrarse a la economía y que partan desde un inicio más justo y equitativo.

    El mercado debe producir porque es mucho más eficiente que el Estado, pero eso no significa que el Estado no tenga ningún papel ni que se deba desentender como desde el libertarismo se sugiere.

  • ¿Es el libre mercado de derecha?

    ¿Es el libre mercado de derecha?

    ¿Es el libre mercado de derecha?

    Actualmente, muchos afirman que la derecha guarda relación con el libre mercado. Pero esta es, cuando menos, una definición reciente que no termina por explicar la esencia de esta dicotomía a la cual tanto hacemos alusión en la política.

    Si nos remontamos a la Revolución Francesa, podemos entender esa esencia: la izquierda busca, en teoría, modificar el status quo en favor del bien común, la derecha busca mantener las jerarquías y las estructuras sociales. Que la derecha busque mantenerlas en la actualidad a través del libre mercado es una cosa, pero eso no significa que el mercado sea intrínsicamente de derecha.

    Así nació esa dicotomía, considero que así debería mantenerse y además entenderse que es relativa a su tiempo. El libre mercado como tal no surgió como una «iniciativa de derecha», sino como una respuesta de la burguesía, que en ese entonces no era privilegiada, hacia el orden establecido y los privilegiados (la nobleza y el clero). Difícilmente podría afirmar de forma categórica, por ejemplo, que Adam Smith era de derecha atendiendo al contexto en el que se encontraba ya que buscaba, por medio de la libertad individual, que toda la sociedad se beneficiara, no que se mantuvieran las estructuras. Su concepto de la mano invisible tiene que ver poco con la derecha si la entendemos como la preservación del status quo ya que aspiraba a que la libertad individual beneficiara a la sociedad en su conjunto, no que las estructuras sociales, tales como él las conoció, se mantuvieran igual.

    Robespierre, por su parte, fue «izquierdista radical» en su momento, cuando fue uno de los líderes más visibles del jacobinismo en la Revolución Francesa. Robespierre difícilmente podría ser catalogado como un comunista o un socialista extremo, lo que él quería hacer era derrumbar el orden existente compuesto por la monarquía, el clero y la nobleza para sustituirlo por la República, forma de gobierno que naturalmente sacó a la nobleza de la élite privilegiada y colocó a la burguesía en su lugar.

    Incluso, hasta recién entrados los 70, la derecha aplaudía las medidas keynesianas que ahora se consideran como «de izquierda» y hasta llegó a promover el Estado de bienestar en Europa para evitar que la gente fuera seducida por el comunismo. Muchos de los beneficios sociales en Europa tuvieron su origen en la Prusia de Bismark, quien difícilmente podría ser categorizado como izquierdistas, que buscaba dotar a la sociedad de una seguridad y salud social, en parte motivado en evitar la lucha por medidas más radicales y hasta en tener soldados sanos y fuertes que pudieran combatir en la guerra. La defensa de la derecha por el Estado mínimo comenzó hasta ese entonces e incluso, al mismo tiempo, la misma izquierda fue abandonando de forma progresiva la idea de una economía controlada por el Estado y terminó defendiendo el Estado de bienestar dentro de una economía de mercado.

    Dicho esto, el fascismo y el nazismo no podrían ubicarse fácilmente dentro de este espectro ya que contienen elementos que podrían adjudicarse a una o a otra postura. Lo mismo pasa con el libertarismo o el liberalismo en su más pura expresión, que concuerda con la derecha actual en su defensa hacia el libre mercado (y no necesariamente por las mismas razones), pero tiene más coincidencias con la izquierda en su defensa de las libertades sociales.

    A la izquierda y la derecha hay que entenderlas como una dicotomía que es relativa a su tiempo. Al no asumir esto, se entiende que genere mucha discusión o se sugiera incluso que es una dicotomía que «está superada y que ya no tiene sentido» cuando no es así (máxime que muchos siguen usando esta dicotomía inserta en una sociedad industrial que ya fue superada). En su origen, una economía de mercado difícilmente podría haber sido vista como una «medida de derecha». Lo fue en tanto las estructuras sociales terminaron enraizadas en esa dinámica. Por eso no se puede decir que la «economía de mercado» sea, en esencia, de derecha. Lo que, en todo caso es de derecha, es la defensa de las estructuras sociales vigentes que, sí, se encuentran insertas sobre una economía de mercado.

  • Quiúbole con el neoliberalismo

    Quiúbole con el neoliberalismo

    ¿Qué es el neoliberalismo? Han pasado como 20 años desde que escuché ese neologismo y todavía no sé a ciencia cierta qué significa.

    Hace algunos años lo llegué a usar (lo cual pueden ver en el historial de mi blog) pero terminé rehusándome a ello ya desde hace algunos años porque, con el tiempo, me di cuenta que este término terminaba siendo más bien uno muy ambiguo utilizado de forma peyorativa que buscaba hacer crítica de posturas o políticas económicas que no necesariamente terminan siendo muy parecidas entre sí.

    Por la composición de esa palabreja podría asumir que se trata de una reedición del liberalismo, pero ¿qué liberalismo? ¿el liberalismo clásico que defiende una intervención mínima del Estado? ¿Adam Smith, John Locke? ¿Friedrich Hayek, Milton Friedman? En la práctica es muy raro encontrar naciones con Estados que gasten muy poco y todos los países desarrollados, en mayor o menor medida, tienen un Estado de bienestar.

    Algunos definen al neoliberalismo como la teoría monetaria que sustituyó a la keynesiana a finales de los 70 y a la cual se le relaciona con Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Otros dicen que tiene que ver con el Consenso de Washington. En realidad, nadie se termina por poner de acuerdo.

    Hasta ahí podríamos darnos una idea por donde podría ir la definición de esa palabra que no podemos terminar de definir. Pareciera ser un término no muy preciso para referirse a la liberalización económica, la privatización de empresas estatales, y a los shocks económicos producto de la implementación de esas políticas.

    Pero después la cosa se pone más confusa, porque luego nos podemos encontrar a quienes tildan de «neoliberales» a políticas que en realidad son keynesianas. Que si el gobierno va a construir obras por encima de una selva para fomentar el turismo o fortalecer el mercado interno (excepto cuando un gobierno de izquierda sea el que lo haga). Basta con que la iniciativa privada tenga participación en esas obras para tildarla de «política neoliberal».

    López Obrador, por su parte, tiene una definición muy particular que no pocos le han comprado: según él el neoliberalismo es más bien el capitalismo de cuates, al contubernio entre el servicio público y la iniciativa privada. No sabemos si seguirá llamando neoliberalismo a un régimen de mercado donde el Estado esté separado de la iniciativa privada (como en algún momento incluso llegó a proponer), porque si apelamos a las primeras definiciones que expliqué, entonces eso sería mucho más neoliberal que lo que él refiere actualmente como neoliberal. Su definición, a su vez, rompe de forma contundente con las definiciones anteriores que relacionaban al «neoliberalismo» con un Estado mínimo, ya que para que haya un capitalismo de cuates, se necesita un Estado lo suficientemente obeso y poderoso.

    Pero luego se pone peor, la CNTE y el EZLN, a su vez, definen a López Obrador como un «neoliberal». Para la extrema izquierda, cualquier política que tenga relación alguna con el mercado es «neoliberal». No sé ustedes, pero a estas alturas tenemos un concepto tan vago que casi puede llegar a ser cualquier cosa. El neoliberalismo se convierte en un término meramente ideológico que busca servir a una postura ideológica (para atacar a otra u otras) más que una definición precisa de una doctrina económica.

    Este debería ser un dilema que los socialistas que escriben sobre el consumismo y la alienación producto del neoliberalismo en un iPhone XS dentro de un Starbucks tendrían que resolver. Pero dado que se trata de un arma ideológica más que otra cosa, ellos seguirán siempre muy cómodos con el término.

    Mientras tanto, me negaré a utilizar esa palabra tan ambigua que se usa más bien de forma peyorativa para señalar políticas o posturas que son disimiles entre sí. Cuando critique a aquello que algunos cataloguen como «neoliberalismo» apelaré, por honestidad intelectual, a su definición correcta: ya sea el liberalismo, el libertarismo o cualquier política de corte capitalista.

  • El problema con el libertarismo

    El problema con el libertarismo

    Basta pasearse un poco por las redes para darse cuenta que existen grupos de jóvenes que dicen defender las ideas libertarias. Creen haber encontrado una oportunidad ante la llegada de un gobierno de izquierda con el cual se confrontarán (y más aún si este gobierno comienza a tomar malas decisiones económicas). Varios de ellos, paradójicamente, comenzaron a desarrollar sus movimientos políticos dentro de universidades públicas, como el caso del Puma Capitalista.

    Ellos buscan mostrarse como una alternativa ante los crecientes populismos que emergen tanto de la derecha como desde la izquierda. Aunque siendo honestos, la mayoría están contentos con el ascenso de Bolsonaro al poder.

    El libertarianismo básicamente dice buscar la libertad individual y acabar con cualquier forma de coacción en contra del individuo (aquello que Isaiah Berlin llamaba la libertad negativa), estado al cual sólo se puede llegar a través de un Estado mínimo que prácticamente no intervenga en la economía y no estorbe. Así, dicen, el individuo podrá llevar a cabo su vida libremente: desde un religioso que tendría el derecho de educar a su familia con sus creencias hasta un libertino que tendría derecho a drogarse o a ser promiscuo. El gobierno no puede aspirar a redistribuir la riqueza ni a intervenir de ninguna forma ante alguna falla del mercado (que para ellos son virtualmente inexistentes). Aspiran a que el gobierno cobre el mínimo de impuestos (si no es que ninguno) y que solo vele por la libertad negativa del individuo. Dicen inspirarese en Friedman, Hayek, Ayn Rand, Karl Popper o los filósofos John Locke o Adam Smith.

    El libertarismo no es necesariamente lo mismo que el liberalismo económico (ni en la definición de liberal fuera de Estados Unidos). De hecho va más allá. Aunque se diga que la economía de las últimas décadas ha sido muy liberal (o neoliberal), la realidad es que las economías no terminan de negar cierto papel del Estado. Los libertarios quieren ir más allá, casi al punto de coquetear un poco con el anarquismo.

    El problema con el libertarismo es que quienes abanderan esta causa se presentan como personas que no siguen un dogma o una ideología, creen que defienden algo que le es natural al ser humano: que el mercado sea absolutamente libre, que el Estado sea absolutamente mínimo. Ni siquiera yo, que estoy a favor de una economía de mercado (aunque no a esos extremos), puedo afirmar que sea algo «natural». Cuando mucho se puede decir que tiene cierto grado de eficiencia, e incluso éste tiene que tener cierta flexibilidad y es necesario que el gobierno juegue un papel para que el propio libre mercado funcione, como ocurre en todos los países desarrollados.

    El ser humano y todo lo que se refiere a él (civilización, cultura, e incluso su propio organismo) es muy complejo, por lo tanto, todo aquél que deseé abordar cualquiera de esas vertientes tiene que partir desde esa complejidad. Eso significa que los esquemas bajo los cuales deba operar deben tener cierta flexibilidad, ya que basta un pequeño cambio en el entorno para que, aquella cosa que funcionaba, ya no funcione. El Consenso de Washington es un ejemplo de ello, una misma receta económica tuvo efectos disímiles en los distintos países en los que se aplicó ya que dichos países vivían realidades distintas.

    Los libertarios ignoran esta complejidad y creen que pueden operar el mundo desde creencias y propuestas rígidas que se vuelven tan predecibles. No se equivocan cuando dicen que una intervención excesiva del Estado en la economía trae consecuencias nefastas ni cuando critican a los gobiernos intervencionistas como los de Argentina y Venezuela (amén de toda la experiencia y literatura que hay el respecto). Ciertamente, el Estado no debe ser excesivamente grande, pero se les olvida una cosa muy importante: «la eficiencia». Un Estado puede ser más eficaz que otro: no solo importa el tamaño, importa la eficiencia, y tal vez más. Brasil y Alemania tienen gobiernos más «grandes», los de México y Corea son más «pequeños», y Alemania se sigue pareciendo más a Corea en Desarrollo y México a Brasil. Por eso digo que se equivocan al afirmar que hay una correlación directa entre Estado mínimo y desarrollo. En muchos casos es la eficiencia y no el tamaño del Estado la que explica la diferencia de desarrollo entre varios países.

    Los libertarios comparten con los jóvenes izquierdistas llenos de idealismo esa ingenuidad que los caracteriza; pero, a diferencia de ellos, presumen tener las credenciales necesarias en economía (independientemente de que hayan estudiado eso o no), se presentan como seres racionales y pragmáticos que se basan en la evidencia empírica (se dicen muy cercanos al racionalismo de Popper, al menos en teoría). Quienes tienen diferencias con ellos ya son socialistas o casi marxistas, les es más fácil crear un hombre de paja que confrontar sus ideas.

    Pero eso es solo una fachada con la cual a veces llegan a engañarse incluso ellos mismos. El contenido ideológico, como cualquier individuo que se aferra a una doctrina, es alto, y el sesgo, que incluso puede afectar a su profesión, también. Suelen hacer interpretaciones convenientes, al cabo ahí siempre va a estar el Estado (como entidad convertida en hombre de paja) para acusarlo de todos los males. No importa si la crisis ocurra en un Estado intervencionista o en una nación sumamente capitalista.

    Pero el mundo es mucho más complejo. Si, como ellos dicen, bastara abrir los mercados, desregular todo y quitar cualquier papel al gobierno que vaya más allá de la seguridad, eso ya hubiera ocurrido y muchos de las naciones ya serían libertarias. La realidad es que el Estado, con todos sus defectos, siempre será un mal necesario en tanto el ser humano no encuentre otra forma de organización más avanzada y sofisticada, la cual posiblemente tenga poco que ver con los esquemas libertarios.