Categoría: economía

  • Quiúbole con la gentrificación

    Quiúbole con la gentrificación

    Querían poner el tema de la gentrificación en la mesa. Lo lograron.

    Pero eso implica que el tema deba someterse a debate (claro, no nos alcanza para que sea muy riguroso) y que haya voces que tengan distintos puntos de vista al respecto.

    Y sé que a algunos de que querían que se pusiera el tema en la mesa no les gusta esto. Pero es necesario.

    Los debates son para ganar una mejor perspectiva del problema, no para decir lo que se quiere escuchar.

    En teoría algo muy bueno debería salir de aquí: llegar a consensos, una sociedad muy informada sobre el tema que tome decisiones informadas al respecto. Tal vez estemos esperando mucho de una sociedad polarizada que exige respuestas simples ante un fenómeno que tiene muchas complejidades. Las respuestas simples:

    • La culpa es de los gringos, hay que correrlos
    • Hay que regular todo, prohibir
    • Esto es una lucha de clases ¡muerte al capitalismo!
    • La gente indignada es floja y huevona, la gente que los desplaza es trabajadora. ¡Pónganse a trabajar!
    • Todas las personas molestas son resentidas que quieren que el gobierno les regale todo
    • La gentrificación no existe, es un invento de la izquierda para imaginar problemas donde no los hay.

    Verán que estas respuestas tan simplistas vienen de ambos lados del espectro. Naturalmente si este tipo de argumentos son los que dominan y si las políticas públicas se crean alrededor de estos argumentos, pues el resultado va a ser un desastre. Pero bueno, mucha gente quiere respuestas simples ya sea por sus condicionamientos ideológicos o porque están movidas por las emociones y no se detienen a pensar.

    Quiúbole con la gentrificación

    Ya de por sí el concepto de gentrificación tiene muchas aristas. La RAE la define así:

    Proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo.

    Claro. Es una definición sencilla, pero que deja entrever dos cosas:

    • Que el barrio se renueva con todo lo que eso implica:
      • Mejores servicios
      • Circula más dinero
      • Se generan más empleos y se crean negocios
    • Y sí, que hay gente que ya no puede pagar por vivir ahí y se tiene que ir a otros lados.

    En este entendido, la gentrificación no es buena o mala per sé, más bien se puede decir que tiene efectos tanto positivos como negativos. Es un fenómeno que ocurre en las distintas ciudades del mundo. La gente que es desplazada migra a otros lugares donde las rentas son más baratas y ellos mismos terminan, a su vez, gentrificando esos barrios y desplazando a quienes vivían ahí. Es decir, los desplazados pueden terminar, a la larga, beneficiándose del proceso de gentrificación que su presencia causa en los barrios a los que llegan.

    Algunos de los gringos que llegaron a la Condesa fueron desplazados de sus barrios originales. Tal vez no sea en todos los casos, pero en el tiempo que viví en la Condesa escuché casos de personas que vieron como sus barrios se encarecieron y vieron con buenos ojos venir a México a un barrio que les pareció bonito y asequible para sus ingresos.

    Es decir, muchos gringos fueron desplazados de sus barrios, a su vez, al llegar a la Condesa desplazaron a otros que van a vivir a otros barrios donde van a desplazar a otros. En ese proceso, los barrios donde ocurre este fenómeno mejoran, tienen mejores servicios.

    Es claro. Ser desplazado no es nada grato. A nadie le gusta que el casero llegue y te diga que como no puedes pagar debes dejar tu departamento. Esto implica muchas cosas:

    • Tener que irte a un lugar menos atractivo, con servicios no tan buenos, siendo que tienes el mismo ingreso o salario.
    • La disrupción que esto implica para una rutina:
      • Es posible que el trabajo o la escuela te quede más lejos
      • Que tal vez esos servicios que tenías (gym, super) no queden tan a la mano
      • En caso de haber socializado en el barrio, tener que romper con ello e irte a un lugar donde no conoces a nadie.
    • El estatus es algo que no se menciona en el debate pero tiene mucho peso. Si eres desplazado a un barrio menos atractivo, ello puede tener un efecto negativo en el estatus percibido como persona.
    • La incomodidad propia que implica una mudanza
    • Si llevas mucho tiempo viviendo ahí (varios años o décadas), la pérdida de arraigo.

    Los procesos de gentrificación son comunes y normales en las ciudades. Con el tiempo los barrios cambian, la gente se mueve de lugar por distintas razones. Las sociedades son dinámicas.

    Es la crisis de vivienda, estúpido

    Y es que el problema subyacente, real, es la crisis de vivienda.

    Ya dije cómo la gentrificación implica que personas de más alto poder adquisitivo llegan a un barrio mejorando la calidad de los servicios y la seguridad mientras que los habitaban ahí, al ver los precios encarecidos, tienen que irse a vivir a otros barrios.

    La crisis de vivienda puede convivir mucho con la gentrificación y hay quienes consideran a la gentrificación como un componente de la crisis de vivienda, pero no son lo mismo. La crisis de vivienda es un problema generalizado donde, por el alza de precios y la escasez de oferta (ambas cosas completamente interrelacionadas), las personas tienen una mayor dificultad para acceder a una vivienda digna. Esta crisis es una realidad que afecta a muchos países del mundo.

    Aunque se considere la gentrificación como un componente de la crisis de vivienda, es completamente posible que la gentrificación exista sin ella. Es decir, un barrio se puede encarecer pero hay la suficiente oferta como para que 1) los precios del alquiler no suban tanto y 2) que las personas que dejan el barrio por el alza de precio no tienen dificultad en encontrar otro hogar con servicios que sigan siendo relativamente buenos.

    Es decir, considero que la molestia con los procesos de gentrificación, que siempre han existido (la Condesa se ha gentrificado varias veces) se disparó por la crisis de vivienda donde la demanda de hogares supera en exceso a la oferta. Eso pasa en la CDMX, en California, Barcelona, Madrid, Londres. Así, atacar el problema de la gentrificación per sé y sin comprender el problema de crisis de vivienda probablemente lleve a políticas públicas equivocadas.

    Considero que la pregunta sobre la que todo tendría que girar es ¿por qué no hay oferta de hogares que logren satisfacer a la demanda? ¿Por qué mientras se construyen muchas torres de lujo al tiempo que se construye poca vivienda para personas de clase media y, sobre todo, para los sectores populares? Ahí entonces tenemos que hablar de restricciones excesivas que el gobierno pone, la corrupción en este ámbito, la especulación inmobiliaria.

    Dado que la crisis de vivienda es un fenómeno multicausal, debe abordarse desde distintas posturas e incluso con un enfoque interdisciplinar. Importa mucho el componente económico y financiero, pero también el social y humano y tal vez hasta el político. Yo soy escéptico sobre las excesivas regulaciones como medida para resolver el tema y, en la mayoría de los casos, tal vez me inclino más hacia un enfoque liberalizador: que haya menos restricciones para construir vivienda (quitando las que son absurdas y dejando solo las necesarias como las que tienen que ver con estructuras resistentes a sismos, entre otras) y más incentivos para para que la iniciativa privada lo haga, que el gobierno construya más vivienda. Eso no implica que no crea que en alguna situación particular alguna política regulatoria pueda llegar a funcionar, pero cualquier propuesta debe de ser validada en la medida de lo posible con evidencia empírica y experiencias previas.

    Antes de ser presas de las emociones o la indignación, habría que investigar qué es lo que se ha hecho en otros países (por ejemplo, una de las propuestas más comunes habla sobre regular Airbnb. Sin embargo, en Nueva York, aunque estas medidas desaceleraron el incremento de las rentas de 7% a 3%, estas siguieron incrementándose y no aumentó la oferta de vivienda como se esperaba). Habría que investigar los efectos tanto de las políticas regulatorias como de las políticas liberalizadoras, de estrategias de construcción de vivienda (ya sea tanto por el gobierno como por el sector privado). Aunque es un fenómeno global que no ha sido solucionado, muchos países (sobre todo Europeos y Estados Unidos) ya tienen más experiencia

    La xenofobia

    ¿Se justifican las agresiones y los deseos de que los gringos sean corridos de La Condesa? Por supuesto que no.

    No podemos hacer generalizaciones y pensar que todos los manifestantes son vándalos o que todos eran xenófobos, pero lo cierto es que, aunque hayan sido los menos, hicieron mucho ruido y se hicieron notar. Constantemente hemos visto expresiones de xenofobia frente a este fenómeno y este es, en mi punto de vista, un sentimiento irracional que conforme toma más forma, se comienza parecer cada vez más a la xenofobia que existe en Estados Unidos hacia los migrantes mexicanos.

    Los gringos no son los únicos que están gentrificando barrios en México, pero se han convertido en el chivo expiatorio y creo que esto ocurre por diversas razones:

    • La gentrificación gringa en la Roma – Condesa es más agresiva dado que ellos tienen un poder adquisitivo mucho más alto que el mexicano porque trabajan para empresas de origen
    • Algunos norteamericanos deciden no adaptarse al barrio al que llegan, solo hablan inglés y establecen sus microcomunidades (aunque en mi experiencia no todos y sí hay varios que se integran).
    • El roce histórico con Estados Unidos
    • El contexto actual de la relación con Estados Unidos, deportaciones y discursos de odio contra migrantes desde el poder político estadounidense.

    Creo que ello no es razón suficiente para usar al estadounidense como chivo expiatorio. Es cierto que la gentrificación es más agresiva, pero al mismo tiempo hay mayor derrama económica y se generan más y mejores empleos que benefician a mexicanos. Algunos pierden (los que son desplazados) otros ganan. Mucha gente parece ignorar hasta deliberadamente eso, la llegada de los gringos también ha beneficiado a varios mexicanos.

    Es cierto que, a lo largo del tiempo, muchos de los derechos que hoy gozamos no se ganaron pidiendo permiso, pero el caos generado por los vándalos atentando contra muchos negocios que no tienen ninguna responsabilidad ni culpa en el problema no ayuda mucho a la causa y solo perjudicaron a emprendedores y trabajadores mexicanos que trabajan duro para ganar dinero, porque no solo fueron tiendas estadounidenses las afectadas (cuyos franquiciatarios y empleados son mexicanos y, por tanto, la mayoría del perjuicio se la llevan los mexicanos) sino también negocios y restaurantes mexicanos.

    Nada de esto ataca el problema de raíz, la crisis de vivienda. El gobierno (y ya lo estamos comenzando a ver en su discurso) podría estar motivado a establecer «parches» para mantener contenta a la gente molesta sin reparar que a largo plazo las consecuencias podrían ser peores en vez de tomar el tema de la crisis de la vivienda por los cuernos.

  • ¿Por qué Shark Tank es positivo para el país? Y no es de risa

    ¿Por qué Shark Tank es positivo para el país? Y no es de risa

    Antes de que te rías ¿Por qué Shark Tank es positivo para el país?

    Lo diré sin pelos en la lengua: el programa de Shark Tank es benéfico para la sociedad.

    Sí, ese programa de TV que transmite Sony y que ahora circula por las redes sociales (gracias a que este canal permitió su uso).

    ¿Pero por qué? Si es un programa de televisión. Ahí aparecen algunos de los magnates mexicanos en un país tan desigual como México y donde la movilidad social es poca.

    En cierta forma, por eso mismo.

    El emprendimiento es una medio por el cual un individuo puede salir adelante y tener movilidad socioeconómica. Las barreras para emprender en México son muy altas: una estructura económica rígida, falta de información y cultura y falta de recursos.

    Bueno, pues resulta que Shark Tank, de alguna u otra manera, ayuda a ello, aunque sea un pequeño granito de arena. Que seas un joven emprendedor y que un millonario te ayude a capitalizar tu negocio para que salga adelante es una maravilla.

    Es cierto, es un show que tiene que vender y ganar audiencia, o que algunos acuerdos se llegan a venir abajo después del programa, pero aún con estos «inconvenientes» la dinámica funciona. A diferencia de los reality shows y diversos programas frívolos basura que suelen transmitir en la televisión, éste deja algo positivo.

    Y la verdad, yo prefiero un empresario que comparta sus conocimientos y ayude a capitalizar a jóvenes emprendedores, que un empresario opaco, que no innova y vive de su relación rentista con el gobierno.

    Si decimos que muchas personas pueden emprender porque se encuentran en una posición muy privilegiada (sus papás le ayudan con recursos, etc), pues básicamente en Shark Tank los emprendedores se ganan ese «privilegio» por mérito propio. Ellos tienen que convencer a los «tiburones» de que vale la pena invertir en su negocio.

    No es como que eso vaya a acabar con los problemas estructurales que tiene este país ni va a acabar con la pobreza, pero sí va a ayudar a que algunos emprendedores logren dar un salto y, de paso, que generen más empleos.

    Pero este no es el único beneficio, tal vez sea el menor de todos.

    Un gran beneficio es la información. Para saber cómo emprender necesitas tener información, y gracias a Shark Tank estos magnates comparten algo de lo que saben para ayudar a los demás. Más allá de que el magnate esté comprometido o lo haga por interés, lo importante es que la información fluya.

    Y la verdad es que ver capítulos de Shark Tank te dará más conocimiento si es que deseas emprender o poner tu negocio. ¿Cómo valuar tu empresa? ¿Cómo crear productos atractivos para tu mercado? ¿Cómo saber qué pasos seguir para conformar tu proyecto? El programa, desde luego, no es un MBA, pero enseña algo, te deja algo, y me atrevo a decir que mucho más que esa pseudoliteratura superventas que abunda o esos «influencers del emprendimiento» que venden humo.

    Aquí no hay pretensiones, no hay nadie diciendo que te vas a volver rico ni vendiéndote espejitos, es simplemente la dinámica del programa la cual hace que la información fluya, información que le puede servir tanto al joven que quiere poner una taquería y que se puso a ver varios capítulos en YouTube como al que tiene un proyecto innovador.

    Y por último, el programa ayuda a legitimar el emprendimiento y desestigmatizar la imagen del empresario (gracias en parte a la retórica de este gobierno que, como sea, también se junta con ellos). Es cierto que hay empresarios que son corruptos e irresponsables, pero también los hay muy buenos, que generan valor y empleos (como hay gente buena y mala en toda la sociedad). Los que ven el programa incluso pueden aprender un poco de ética empresarial.

    El programa ayuda a eso, a fortalecer la cultura del emprendimiento, a verlo como algo positivo, a verlo como una vía para salir adelante.

    Y no, no es como que gracias al programa los problemas del país se vayan a solucionar, su alcance es muy limitado comparado con el tamaño de los problemas del país, pero ayuda, ayuda en algo, y eso es una buena noticia.

  • Lo gratuito no existe

    Lo gratuito no existe

    Lo gratuito no existe

    Amigos, nada puede ser gratis. El significante «gratis» define cosas que no existen en la realidad objetiva, así como el significante unicornio o dragón. Al menos los unicornios o dragones pueden ser imaginados o dibujados. Lo gratis no, porque refiere a una mera distorsión cognitiva.

    La gratuidad, sépanlo, va en contra de las leyes de la naturaleza, y las leyes de la naturaleza no pueden ser modificadas ni manipuladas.

    – Oye Álvaro, pero afuera de la tienda me regalaron un Gatorade gratis.

    – Pero no es gratis. Te lo «regalan» para que en el futuro consumas más. Además, los gastos en publicidad y promoción van implícitos en el costo del producto. Así que otros consumidores y tal vez tú mismo terminarán, de una u otra forma, pagando tu Gatorade «gratis».

    Todo lo que una empresa te da gratis tiene un propósito comercial. Sería iluso que las empresas tiraran su dinero así nada más regalando cosas. En la mayoría de los casos solo están postergando sus beneficios para un beneficio mayor posterior: te doy algo gratis, lo consumes, te gusta, porque quiero que compres más de lo que me hubieras comprado con lo cual la inversión queda satisfecha.

    – ¡Pero Álvaro! En el seguro médico te atienden de forma gratuita.

    – El seguro médico no es gratuito. Todos lo pagamos con nuestros impuestos. Así que mínimo te pediría cumplir con tus obligaciones y vigilar que el gobierno administre bien un seguro que es nuestro porque nosotros lo pagamos. Y está bien, no me molesta pagar cierto porcentaje de mi ingreso para que todos los mexicanos tengan acceso a la salud.

    – «Jaque Mate». El Facebook es gratis, y paradójicamente lo estás usando para decir que no.

    – ¡A que no sabes a donde van tus datos y qué pasa con tu privacidad!

    – Ah ¿Y tu beca del CIDE qué?

    – Lo paga la gente con sus impuestos. Por lo cual, cuando termine de estudiar, me sentiré moralmente obligado a retribuir positivamente a la sociedad con mis conocimientos.

    – ¿Y qué me dices de los actos caritativos: los que regalan cobijas a los pobres?

    – Tampoco es gratis. Para que a los pobres y a los desposeídos les den algo, alguien tiene que trabajar para producir ese algo. Al donarlo, ellos satisfacen su necesidad personal de ayudar a alguien más (lo cual es loable y muy humano), un acto que hacen de forma voluntaria y que les implica esfuerzo.

    Así que, como nada puede ser gratis porque ello implicaría crear algo de la nada, entonces no puedes esperar a que nadie te dé nada así nomás.

    Cuando alguien te obsequie algo, recuerda que detrás de ese obsequio hubo algún esfuerzo, por más mínimo que sea. Cuando el Seguro Social te salve la vida, agradece aunque sea en tu mente a todos los que lo pagan. Cuando alguien te regale algo, recuerda que se esforzó por ello.

    No seas ingrato. La ingratitud es lo más inhumano que hay, aunque lo disfraces bajo un velo de justicia social.

  • Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Tenemos que hablar de consumismo y desigualdad

    Objetivamente, en un mundo donde la economía de mercado es preponderante, hemos visto cómo la pobreza extrema se ha reducido y cómo muchos indicadores, a pesar de todo lo que se dice, han mejorado a nivel global.

    Luego uno se pregunta ¿por qué es que la economía de mercado, que ha traído tanta riqueza en los últimos dos siglos, tiene muchos detractores?

    Me parece que ello tiene que ver con el fenómeno de la desigualdad, pero no solo con el fenómeno de la desigualdad en sí, sino con la forma en que las economías de mercado, por su naturaleza, ayudan a fortalecer esta narrativa.

    A que no puedes comer solo una

    Hay que comenzar diciendo que las economías de mercado tienen como base el consumo. Ya que se trata del libre intercambio de bienes y servicios, lo cual a su vez estimula la competencia, crear una sociedad que consuma lo más posible se vuelve un escenario óptimo para que los agentes maximicen sus ingresos: una persona que quiera consumir tiene que generar riqueza, y dicha riqueza tiene como fin último (directo o indirecto) el consumo de productos o servicios, así todos están motivados a producir. El sistema se retroalimenta a sí mismo y en parte ello explica su éxito sobre otros sistemas económicos.

    La cuarentena ha dejado en claro esta necesidad implícita en el sistema económico: hemos dejado de consumir y ese hecho nos está metiendo en una crisis económica que ha frustrado a muchos.

    Pero las dinámicas del sistema no solo explican los fenómenos económicos propios de éste, también explica los fenómenos sociales. Parte del ethos social termina orientándose al consumo y, de la misma forma, lo hace la misma escala de valores y aspiraciones del individuo. Muchas de las expectativas del individuo están fuertemente afectadas por la dinámica de consumo. ¿Qué carro voy a comprar? ¿Qué seguro voy a adquirir? ¿Qué ropa voy a vestir para verme ad hoc con los círculos sociales a los que quiero pertenecer? ¿Con qué productos puedo tener un mayor status social? ¿Cómo me voy a sentir si no logro el nivel de vida que mis padres me dieron?

    La valía del individuo también se ve, en mayor o menor medida, afectada por la capacidad de consumo, la riqueza y el acaparamiento de bienes. Aquél que triunfa económicamente es más respetado que quien no lo hace. Ya no solo es que consuma, sino que, a partir de la acumulación de bienes y del éxito profesional, el individuo se autorrealiza, se convierte en alguien.

    Escalar en la pirámide social está estrechamente ligada con la capacidad económica del individuo. Básicamente, si el individuo quiere autorrealizarse y quiere sentirse aceptado en sociedad, difícilmente podrá desligarse de la dinámica de consumo.

    Ello explica por qué los cárteles pueden engrosar fácilmente sus filas de jóvenes quienes prefieren vivir en riesgo a cambio de que su estatus social (determinado por lo económico) aumente, el componente aspiracional queda bien ejemplificado aquí.

    La dinámica de consumo y las expectativas que ésta misma genera se convierten en un artilugio poderoso del que nadie escapa, ni siquiera muchos de sus detractores tienen la voluntad de separarse de ella.

    Incluso voy más allá: el individuo necesita consumir para poder ascender de clase social (consume educación, cursos e incluso vestimenta para ir a una entrevista y para poder aspirar a tener un mejor ingreso o mejor educación) a la vez que produce riqueza (material o intelectual) que, como dije, tiene como fin último que sea consumida por alguien más. Es decir, el individuo consume y produce riqueza para que otros consuman con el fin de que él pueda consumir más.

    Todos somos desiguales, pero unos somos más desiguales que otros

    Y entonces, como las necesidades más íntimas del individuo se ligan con el consumo, la desigualdad puede volverse un problema. No solo se trata de tener mis necesidades básicas como comida o un techo satisfechas, se trata de cómo estoy yo en relación con los demás y el entorno y qué dice eso de mí. Si los demás han triunfado y yo no, entonce creeré que soy una persona de poca valía. Si, en cambio, yo triunfo y me va mejor que a los demás, voy a sentirme satisfecho conmigo mismo.

    Muchos de los jóvenes que entraron a las filas del narco no vivían necesariamente en una pobreza severa, pero basta con saber que pueden tener carros o mujeres (como objetos de consumo) sin necesidad de tanto esfuerzo: no solo querían consumir, querían ser alguien y, a través de esos objetos de consumo, mostrar su status.

    Así, la riqueza o la pobreza se vuelve un problema de relaciones, es decir, aunque se le pueda medir en números absolutos, en el día a día el individuo percibe su capacidad económica como relativa hacia alguien más. Una persona de clase media alta puede indignarse o sentir envidia con todo el dinero que acumulan los más ricos pero no repara que se encuentra dentro del 10% más privilegiado del país y puede aún así sentir que su situación actual no es suficiente y tal vez hasta injusta.

    Y evidentemente cuando la desigualdad no es producto del mérito sino de problemas estructurales la frustración es mayor. ¿Por qué yo, que me maté tanto estudiando y trabajando, solo he podido aspirar a un salario mediocre mientras que mi vecino, que tiene influencias y conexiones y que no es muy brillante o dedicado, tiene una «vida más plena»? Si yo no puedo tener movilidad social a pesar de mi esfuerzo entonces el problema será culpa de alguien más: «el gobierno, los poderosos, los grandes empresarios y un largo etc».

    Entonces, debido a que 1) las economías del mercado crean sociedades basadas en el consumo y 2) que la percepción individual de la riqueza o la pobreza es relacional, ocurre que el discurso sobre la desigualdad siempre estará ahí, latente o manifiesta. No es tan simple como convencer a todos que se trata del crecimiento y que hay menos pobres, basta con tener gente que se frustre en su día a día porque gana menos que otros y no puede cumplir sus expectativas (así como la que la sociedad ejerce) porque los otros tienen más y les va mejor para que adopten ese discurso. Por ello incluso en países prósperos como Chile existen manifestaciones de descontento, con todo y que el PIB ha crecido mucho e incluso que la misma desigualdad se ha reducido un poco (basta con que siga siendo alta y que el estudiante vea que no pueda satisfacer sus expectativas porque no le alcanza mientras que otros sí pueden).

    Es ingenuo pensar que va a desaparecer ese discurso, que basta con que la gente «aprenda economía» porque las pulsiones ahí seguirán en tanto exista una economía orientada al consumo y una sociedad relativamente desigual.

    Pero, paradójicamente, es ingenuo pensar que será posible (e incluso conveniente) acabar con la desigualdad. En realidad una sociedad solo puede aspirar a mantenerla en niveles razonables ya que la cultura de la hipercompetencia tiene como fundamento el «desigualarse de los demás»: el «yo quiero que mi empresa sea líder del ramo», «yo quiero triunfar y mostrarme de qué estoy hecho».

    Y de aquí surge una paradoja, ya que en muchos casos, los clamores en contra de la desigualdad se fundamentan en la necesidad del individuo de desigualarse: «yo quiero condiciones iguales para todos para que con mi esfuerzo pueda sobresalir»; pero si se le pone atención, esto no es tan contradictorio como parece, porque tenemos que hacer una distinción entre las distintas desigualdades.

    Las desigualdades

    Si admitimos que la desigualdad nunca podrá erradicarse por completo ya que ello implicaría atentar contra la libertad de las personas y si admitimos que no podemos hablar de una desigualdad sino de varias, entonces no todas dichas desigualdades tendrían por qué ser malas. Si yo decido sacrificar tiempo para ganar dinero mientras que el vecino prefiere ganar un poco menos para tener tiempo libre se crea una desigualdad de ingresos entre ambos, y sin embargo ello no es malo. Tampoco deberían ser vistas como malas aquellas que tienen relación con el mérito y el esfuerzo. Si la desigualdad fuera meramente meritocrática, basta con que quien se sienta poco satisfecho con su situación decida esforzarse más: «mi vecino es más rico porque se ha esforzado más y ello me frustra, entonces si me siento poco satisfecho trataré de emularlo».

    Pero, por lo general, cuando se habla de desigualdad no se piensa tanto en el mérito ni en las decisiones voluntarias sino en una condición que se asume o interpreta como injusta ya que una persona que emplea el mismo esfuerzo o talento que otra no llega al mismo destino por diversos factores que van desde aquellos cuya condición de injusticia puede ser cuestionable o debatible como haber nacido en tal o cual familia (por ejemplo, que los padres de un individuo se hayan esforzado más que los otros), las habilidades o talentos que una persona pueda tener e incluso el factor suerte (haber estado en el momento y lugar correcto) hasta otros donde dicha condición es más clara y que tienen que ver con ventajas o desventajas que rompen con cualquier sentido de equidad como tener preferencias ante la ley, obtener beneficios por tener una relación cercana con el gobierno, no tener oportunidades mínimas (como educación o alimentación) o incluso la discriminación por raza, clase o sexismo.

    Dicho esto, parece que aquello que genera resentimiento y escozor no necesariamente es la desigualdad en sí, sino un sentimiento de inequidad que se expresa de forma distinta en las distintas desigualdades. También es posible percatarse, en algunos casos, un sentimiento de pérdida o de «quedarse abajo» que pueden reflejarse en las desigualdades meritocráticas o que pueden combinarse en conjunto con desigualdades estructurales.

    La desigualdad mató al gato

    La izquierda (en especial la de América Latina), que es la que suele enarbolar este discurso, también suele errar mucho en los diagnósticos y cree que basta con conceptualizar la desigualdad como solo una cosa, o bien, cree que es necesario crear un discurso de conflicto de clases que solo puede subsanarse mediante una igualdad casi absoluta (ya hemos visto en qué han terminado esos experimentos). Pero reducir la desigualdad no es tan sencillo como parece porque, al hablar de una desigualdad, solamente está «atacando» la desigualdad como efecto sin atender las causas. También se erra cuando subestima el crecimiento económico en aras de atender la desigualdad (como ha ocurrido en algunos países de Sudamérica), todo porque en el tránsito eliminan los incentivos para crear riqueza.

    Cuando se habla de combatir la desigualdad, la solución más inmediata es esperar que un agente (casi siempre el gobierno) se encargue de esa tarea. El gobierno es el agente que estaría por fuera (aunque no completamente) de la dinámica de consumo y puede intervenir en ella. El problema es que su intervención en muchas ocasiones resulta contraproducente, sobre todo si se le otorga poder excesivo o facultades excesivas para llevar a cabo esa tarea. Basta ver a todos los regímenes socialistas donde la condición de desigualdad no se elimina, sino que se transfiere de una condición de desigualdad entre gobernados a otra entre gobernantes y gobernados donde los gobernantes son también la élite económica y los gobernados tienen que conformarse con una vida apenas un poco por encima de la pobreza y de la cual no pueden escapar.

    También suele ser contraproducente cuando, como suele ocurrir, se asume erróneamente que la economía de mercado es un juego de suma cero donde para que uno gane otro tiene que perder. Se ignora de forma franca el valor que la dinámica de mercado genera y así poco hacen para reducir la desigualdad y sí mucho para frenar el crecimiento económico.

    Pero, a pesar de los errores cometidos una y otra vez en aras de combatir el problema de la desigualdad, el discurso que habla de la necesidad de combatirlo sigue ahí y difícilmente cesará, alimentado y fomentado por el capitalismo mismo que convierte al entorno en una dinámica de consumo.

    ¿Qué hacer?

    Evidente es que una condición a priori y necesaria para procurar una sociedad equitativa es la construcción de un entramado institucional sólido y justo, donde nadie tenga preferencia ante la ley. Otra necesidad es garantizar un piso mínimo, mediante el cual todos los individuos reciban una educación y servicios de salud suficientemente dignos de tal forma que tengan herramientas para salir adelante y salir de la trampa de la pobreza. Parte de la desigualdad que acaece en los países de América Latina se explica porque estas dos condiciones han fallado, producto en gran medida por Estados débiles.

    Pero habría que replantearse otras cosas que tal vez no han sido puestas sobre la mesa. Si la dinámica del mercado y esta necesidad de ligar nuestra existencia al consumo y la posición acrecientan el resentimiento y la frustración generada por la desigualdad, ¿podría tratar de procurar una cultura donde la existencia del individuo esté menos determinado por el consumo y la acaparación de bienes?

    Sería un absurdo combatir la desigualdad meritocrática (aquella producto del mérito, talento, o decisión propia) ya que ello implica necesariamente la restricción de libertades. Pero si la ambición y las expectativas económicas incumplidas nos genera frustración (en un sentido schopenhaueriano) ¿no podríamos buscar alternativas para la autotrascendencia y que vayan más de acuerdo a nuestras capacidades? Se me vienen a la cabeza aquellas relacionadas con el intelecto, la espiritualidad (religiosa o no religiosa), o tal vez hasta cultivar cierto estoicismo de tal forma que un individuo pueda encontrar la felicidad sin depender de las aspiraciones de consumo.

    En los países que presumen un mejor nivel de vida, esta cultura del consumo, si bien todavía imperante, ha sido relativamente atenuada. Pareciera ser que, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo y nivel de vida, la ambición por el dinero y los bienes pareciera ya no ser tan importante y el individuo preferirá orientar sus deseos de autorrealización a otros ámbitos. Sin embargo, me parece muy complicado que un escenario así pueda establecerse en países en desarrollo donde el deseo (muchas veces frustrado) es crecer y acabar con la pobreza.

    Conclusión

    Dicho todo esto, creo que nos veremos en la necesidad de tratar de analizar las desigualdades (y no la desigualdad como una sola) desde varias perspectivas. Tendremos que separar aquello que es del mérito y la voluntad de aquello que es injusto o que restringe la libertad del individuo para salir adelante por voluntad propia al prohibirle adquirir las habilidades necesarias (libertad positiva).

    Tendremos que aceptar que la desigualdad es una condición inherente a la especie humana, que al componerse de individuos heterogéneos, ello se traducirá en riqueza e ingresos heterogéneos. Lo que sí podemos es crear sociedades donde exista una condición de equidad garantizada por las leyes y su buena ejecución y donde haya un piso mínimo (que tiene que ver con educación de calidad, salud y demás servicios otorgados por un sistema de seguridad social) para que los individuos puedan desarrollar sus proyectos de vida. Evidentemente, bastaría cumplir con estas condiciones para que en los países latinoamericanos veamos reducidos los niveles de desigualdad de forma considerable.

  • No culpes a la Netflix

    No culpes a la Netflix

    No culpes a la Netflix

    He escuchado a personas criticar a Netflix porque les subieron el IVA.

    Pero no es Netflix quien «te lo subió», fue el gobierno. El IVA se grava al consumidor, es decir, tú lo pagas, no Netflix. Netflix lo recibe, lo declara y lo paga al gobierno, pero no lo paga de sus ingresos, sino de los tuyos.

    Dicen que entonces Netflix debería de compadecerse porque vamos a pagar más, pero en realidad está absorbiendo parte del incremento en el plan básico. Como no puede absorber el IVA directamente porque ese lo pagas tú, lo que hacen es bajar la tarifa para que con el impuesto el incremento al consumidor sea menor.

    Por ejemplo, el plan básico costaba $129 pesos. Con el IVA tendría que costar $150 aprox. Pero en realidad va a costar $139. Netflix está absorbiendo parte del costo. Y algo así va a pasar con Uber y demás servicios digitales ¿Por qué?

    No soy economista, pero lo explicaré con lo poco que sé y recuerdo de microeconomía.

    Resulta que las empresas siempre buscan un punto óptimo al establecer los precios. Si son muy caros disminuye la demanda, si son muy baratos obtienen una utilidad baja por cada unidad vendida al punto en que ya no es rentable el negocio (porque la utilidad es solo una fracción menor del precio final, donde se incluye también todos los costes de producción).

    Entonces tienen que encontrar un punto óptimo donde vendan más unidades con la mejor utilidad posible: el punto óptimo es aquél que les permite obtener las mayores ganancias posibles. Si entra un competidor, los precios suelen bajar ya que la entrada de la competencia modificó ese punto óptimo. También es cierto que el punto óptimo no es lo mismo para una empresa que vende barato y a gran volumen como los productos masivos (la utilidad es por unidad baja, pero la gran cantidad de productos que por su cantidad reducen el coste de producción por unidad hace que los puedan vender a buen precio y de forma masiva) que para una que vende productos de lujo (no vende muchas unidades pero la utilidad es muy alta y justo el alto precio se vuelve su atractivo porque denota status o exclusividad).

    Si agregas o cambias un impuesto el punto óptimo se modifica, no es solo como que le vas a agregar el impuesto y asunto arreglado.

    Supongamos que hay gente que con el incremento dice: ¡No, ya está muy caro, mejor lo cancelo y con ese dinero me suscribo a otro servicio más barato o a otra cosa diferente para entretenerme!

    Entonces Netflix se da cuenta que le es más rentable bajar el costo de sus servicios para que el impacto del impuesto sea menor y no cancelen el servicio. Cancelar el servicio le podría suponer una mayor pérdida de ingreso que reducir el costo del servicio para que el incremento al precio final sea menor.

    Tal vez esto explique por qué Netflix «absorbió» parte del IVA en su plan más básico. La alternativa para quien tiene el plan básico es cancelar el servicio (lo cual no le conviene a Netflix). En cambio, la alternativa para los que tienen planes más avanzados es hacer un downgrade a un plan más básico lo que a Netflix le supone una pérdida menor (no es lo mismo perder clientes que significan la utilidad contenida como parte de los 129 pesos, a perder la utilidad contenida en la diferencia entre planes que es de 50 pesos aproximadamente). Los que redujeron su plan podrían volver a aumentarlo cuando la situación económica esté mejor, los que dejaron Netflix no necesariamente volverán a contratarlo si es que buscaron otras alternativas de entretenimiento y se acostumbraron a ellas.

    Cuando la demanda de un producto es más elástica (es más sensible a los cambios de precio) el punto óptimo por consecuencia cambia de forma más fuerte. Todos los servicios que no son indispensables, que podemos cancelar o cambiar por otras alternativas, tienen una elasticidad mayor.

    Por ejemplo, Uber va a tener que encontrar otro punto óptimo porque la gente tiene alternativas como tomar más el camión, caminar en viajes cortos, etc. Dado que existen alternativas de movilidad y dado que una persona puede seguir usando el servicio pero de forma menos frecuentes, entonces la elasticidad de la demanda de Uber es relativamente elástica.

    Por ello es que Uber decidió trasladar no trasladar el costo del IVA al usuario final sino a los conductores (aunque no sé qué efecto podría tener en los conductores cierta reducción en sus ingresos).

    Cuando la demanda es inelástica, el punto óptimo prácticamente no cambia. Por ejemplo, aunque suban el precio del agua, tú vas a seguir comprando agua porque la necesitas para vivir.

    Si las autoridades aumentan el costo del servicio del agua, la gente va a seguir pagando por ella porque es un bien básico y, en vez, de dejar de pagar por el agua, va a dejar de pagar por otros bienes que no son tan indispensables para absorber el aumento del costo.

    Y recuerden: la decisión no fue del Netflix, fue del gobierno de su cabecita de algodón.

  • Después del coronavirus, ya no trabajaremos igual

    Después del coronavirus, ya no trabajaremos igual

    Después del coronavirus, no trabajaremos igual.

    La forma en que la sociedad está organizada es moldeada en gran medida tanto por factores internos (guerras, crisis económicas, conflictos, interacción con otras sociedades y otras dinámicas) como por factores externos (catástrofes naturales, epidemias) que inciden en ella. La sociedad no es un monolito rígido, sino una entidad producto de diversos equilibrios y que se va modificando con el tiempo.

    Los cambios tecnológicos, por poner un ejemplo, moldean sobremanera la forma en que la sociedad se manifiesta. Siempre que una nueva gran tecnología irrumpe y se masifica, la cultura sufre modificaciones ya que aquellos patrones sociales y culturales que funcionaban en un contexto dado han dejado de hacerlo en aquel que la irrupción tecnológica ha creado. Los cambios en la forma de producción que cada vez dependen menos de la fuerza y más del conocimiento y las habilidades blandas explican en parte el deseo de las mujeres de terminar de emanciparse de un régimen patriarcal que las mantenía bajo la protección del varón y que empezó a deshacerse desde hace ya varias décadas.

    Los desastres naturales y las epidemias también son aceleradores de cambios sociales. Con ello no estoy diciendo que sean deseables porque la pérdida de vidas nunca va a ser deseable en lo más mínimo, lo que quiero decir es que estas tragedias suelen sacar al estado de cosas (el sistema, el status quo o como lo quieras llamar) de su zona de confort para que pueda sobrevivir. La crisis demanda mucho esfuerzo al estado de cosas, lo sobresatura y le exige modificar sus mecanismos para atender el problema al que se está enfrentando.

    Los sistemas, cuando se encuentran en reposo, tienden hacia la conservación y hacia el mantenimiento de la zona de confort; buscan no modificarse para no crear un estado de caos que implique hacer eso que un desastre o un cambio radical los puede obligar a hacer: cambiar patrones, conductas, porque los cambios generalmente son incómodos y demandan esfuerzo, sobre todo para aquellos que ya están muy empotrados y cómodos en el estado de cosas vigentes.

    Entonces el desastre sacude todo el sistema: el hecho de que la gente se tenga que quedar en sus casas y modificar su rutina diaria; el hecho de que la iniciativa privada tenga que buscar métodos alternativos para seguir produciendo; el hecho de que las instituciones tengan que actuar de tal o cual manera: todo ello termina creando cambios sociales porque todos los agentes que son parte del estado de cosas se dan cuenta que pueden operar de otra manera y de forma más eficiente.

    Esta crisis va a generar cambios de muchas formas: va a crear nuevos protocolos en el sistema de salud, seguramente hará algunas modificaciones en la rutina de las personas incluso pasada dicha crisis, pero en lo que me quiero enfocar es en lo que tiene que ver con el empleo y la cultura del trabajo, algo que en gran parte del mundo (y sobre todo en México) se resiste a evolucionar a pesar de la presión de los cambios tecnológicos.

    Es evidente que ha habido cambios en la cultura laboral en las últimas décadas, pero también es evidente que no han sido suficientes y que se está viendo muy rebasada por los avances tecnológicos y las innovaciones.

    Yo trabajo por cuenta propia desde hace diez años. Soy eso que llaman freelancer. Desde hace mucho tiempo no piso una oficina para trabajar y si lo hago es porque ahí tengo la junta con mi cliente. El cambio de «godín» a freelancer no fue muy fácil (y más cuando tuve la osadía de hacerlo en medio de la crisis mundial del 2008), tuve que cambiar algunos hábitos, aprender a autodisciplinarme y no tener ese colchón que muchos trabajos te dan (sueldo garantizado quincenal, seguro de gastos médicos que ahora tengo que pagar por cuenta propia). Trabajo ocho horas diarias y a veces un poco más, tengo mi rutina diaria, pero tengo algo muy preciado: flexibilidad, más tiempo para mí y mejor salud.

    No tengo que hacer traslados diarios y solo lo hago cuando tengo juntas con los clientes; no pierdo esa hora y media que perdía en el tráfico, y como no «padezco» el tráfico a diario, ello incide positivamente en mi salud. Como lo que importa no son las horas de trabajo sino satisfacer las necesidades de mis clientes, tengo mayor flexibilidad. Puedo darme el lujo de ir, de vez en cuando, a comer con un amigo, o puedo ir a una conferencia en la tarde y terminar el trabajo en la noche.

    En resumen, soy mucho más productivo porque me da mucho más tiempo para seguir capacitándome y trabajar en otros proyectos. Incluso tengo el tiempo para escribir aquí que difícilmente tendría con un trabajo de 9 a 7.

    Pensando en ello y en un podcast sobre el coronavirus que publicó Gerardo Garibay, una de esas tantas relaciones que uno hace en las redes sociales, fue que me puse a reflexionar sobre la necesidad de cambio dentro de la cultura laboral mexicana. El paradigma tayloriano o fordiano en el gran parte de la iniciativa privada sigue empotrada está completamente rebasado y los horarios rígidos tan solo reducen la productividad y les roba horas de su tiempo a los empleados que podrían hacer sus labores desde su casa o desde un WeWork cercano.

    ¿De qué sirve presumir que somos «de los países más chambeadores de la OCDE» (por trabajar más horas y no por ser más productivos) cuando mucho de ese tiempo es tiempo desperdiciado, tiempo que se debe estar en la oficina porque así está estipulado en el contrato? De nada.

    El coronavirus obligará a muchas instituciones privadas y educativas a trabajar en línea. Hará lo que por voluntad propia no querían hacer por miedo al cambio. Algunas instituciones se darán cuenta de que es completamente inútil tener a la gente en sus oficinas cuando pueden hacer las labores desde sus casas; algunas empresas verán cómo uno de sus más grandes miedos y prejuicios se desmorona producto de sus propias incongruencias: su resistencia al trabajo remoto. Se darán cuanta que su cultura laboral, que tal vez era útil en el siglo pasado, ya no lo es más. Se darán cuenta que los cambios tecnológicos hacen más viable otras formas de trabajo que las «horas nalga» de nueve a siete.

    En una sociedad donde se han entendido los beneficios del trabajo remoto, menos gente tendrá que trasladarse diariamente a su oficina, y quienes por las características del trabajo sí lo tengan que hacer, también se verán beneficiados, ya que, al haber menos automóviles circulando, llegarán más rápido a sus destinos. Ello generará, a su vez, menos contaminación, lo cual derivará en una mejor salud y lo cual, a su vez, también ayudará a incrementar la productividad.

    ¿Tendrán las empresas la apertura? ¿O preferirán seguir en sus modelos arcaicos aunque la realidad les presente en su cara lo equivocados que están?

    Ninguna crisis es deseable, ninguna catástrofe que cobre la vida de personas puede serlo en lo más mínimo, pero estando la crisis presente por su inevitabilidad y donde nuestro margen de maniobra consiste en la contención y la reducción de su impacto, también se hace necesario comprender la naturaleza de los cambios a la que esta crisis nos obliga para que a partir de ahí podamos repensar nuestra sociedad y cambiar patrones culturales de tal forma que la sociedad en su conjunto se vea beneficiada.

  • ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    A veces me frustra mucho cuando se habla de desigualdad, no porque sea un tema relevante o no, sino porque muchas veces se pretende explicar la desigualdad como una causa final y no como un efecto de un problema estructural que es lo que en realidad es.

    Siempre que se habla sobre cómo combatir la desigualdad, vienen a la cabeza propuestas como: «cobremos más impuestos» o «darle dinero a los pobres (por medio de políticas asistencialistas en muchos casos)». El problema es que esas propuestas son cuando menos deficientes en un contexto como el mexicano porque fungen, en muchos casos, como paliativos.

    No estoy sugiriendo desde luego, eliminar todos los programas ni mucho menos desmantelar el Estado de bienestar, pero sí replantear el enfoque y atacar el problema por sus causas.

    Luego, los hacedores de esas políticas se congratulan porque el coeficiente de GINI bajó dos puntitos (y si bien les va) cuando más bien se trata de una medida artificial y no estructural que no hace mucho para emancipar a los pobres de su condición. El Estado de derecho sólido es indispensable si queremos pensar en mejorar el sistema de seguridad social y la educación, que son indispensables para que los pobres tengan un piso mínimo y, por tanto, mayor movilidad social.

    Pero se habla menos de las reglas del juego subyacentes a todo esto. ¿Qué pasa si tenemos un Estado débil donde la justicia es para quien la pueda comprar? ¿Qué pasa si tenemos un Estado donde el gobierno no es llamado a rendir cuentas, donde quienes están en el poder político se enriquecen y quienes son parte de la iniciativa privada adquieren fortuna y poder al amparo del poder político?

    Pues entonces las políticas propuestas no van a servir de mucho porque no tiene sentido «nivelar» una sociedad que está completamente desnivelada en sus principios más básicos.

    Por eso a veces quienes proponen sociedades más igualitarias en América Latina tienden a saltarse esta parte y en vez de desembocar en países como Finlandia (amén del crecimiento económico que se requiere para llegar allá) terminan cayendo en manos de gobiernos demagogos cuya élite termina viviendo casi como si fueran jeques, donde la retórica sustituye a la voluntad de crear un Estado de derecho más justo. Cuando hablan de «neoliberalismo» en países como México en automático están casi ignorando el tema de la seguridad jurídica al confundir el libre mercado con el capitalismo de compadres (crony capitalism) que es producto de la inequidad ante la ley: el empresario rentista tiene privilegios ante la ley que puede comprar y se vuelve más rico gracias a ello y no a la competencia.

    Tener un Estado de derecho sólido donde la justicia sea equitativa y funcione para todos antecede de forma categórica a todo lo demás: un Estado donde el rico sabe que no va a tener privilegios para abusar del poder, y donde un pobre sepa que levantar una denuncia no será en vano.

    De poco sirve subir impuestos por subirlos o crear programas sociales asistenciales si en la práctica la justicia es para quien la pueda comprar, lo cual termina naturalmente reforzando los privilegios de una élite, no competitiva, sino una nociva y arcaica.

    Ya después se podrá discutir si es necesario subir impuestos (lo cual incluso será más fácil si la gente percibe que sus impuestos sirven para algo, lo cual ocurre en países con un Estado de derecho más justo e instituciones eficientes), pero mientras sigamos tolerando un sistema inequitativo e injusto, lo demás seguirá siéndolo (porque una sociedad artificialmente más equitativa sigue siendo, en el fondo, una más inequitativa dado que no hay un real empoderamiento de los que menos tienen).

  • Los nuevos neoliberofóbicos

    Los nuevos neoliberofóbicos

    Los nuevos neoliberofóbicos

    Allá a finales del siglo pasado y el inicio de éste, el discurso en contra del neoliberalismo se convirtió en una constante: libros, análisis, columnas, mítines políticos y demás medios por los cuales ese término «neoliberalismo» era repetido una y otra vez para referirse de una forma peyorativa al sistema económico en turno (o más bien lo que decían que era).

    El término se convirtió en una suerte de hombre de paja ideológico utilizado por algunas izquierdas (y muy de vez en cuando por alguna derecha nacionalista o reaccionaria). No definía algo concreto sino que más bien dentro de esa definición cabían muchas cosas. Parecía que hablaban del Consenso de Washington, o de Reagan o de Thatcher, pero no se quedaron ahí. Más que una definición, el neoliberalismo era un elemento retórico.

    Pero pocos de ellos eran capaces de proponer un modelo alternativo que funcionara. O bien, recurrían a lo que ya se había probado y no había funcionado (Argentina, Venezuela), o bien se quedaba en un recurso meramente retórico que comparte con la posmodernidad esa avidez para criticar y desgajar hasta el fondo como un arte sin sugerir siquiera alguna alternativa.

    Mientras, el status quo comenzaba a hacer algunas reflexiones, tal vez algo tímidas, sobre el sistema económico imperante (incluídos el FMI y el Banco Mundial tan odiados por los neoliberofóbicos). Arremeter contra el neoliberalismo daba la imagen de obsolescencia.

    Otros se limitaron a proponer sistemas de seguridad social más robustos (como sucede actualmente en Estados Unidos, quienes a pesar de llamar socialista a su proyecto, siguen defendiendo una economía de mercado con un welfare europeo) y a sugerir alternativas más pragmáticas aunque seguramente insuficientes para aquellos que acostumbraban irse contra el llamado neoliberalismo. Se comenzaron a hacer críticas más puntuales en vez de criticar a todo un sistema: llegaron los Piketty, la izquierda demócrata y demás movimientos que, dentro de sus críticas, ya daban por sentada a la economía de mercado como motor de desarrollo. Las preguntas eran más bien ¿qué papel debe tener el Estado en una economía de mercado? ¿Cuánto hay que redistribuir de los ingresos generados dentro de dicha economía de mercado? ¿Cómo lograr reducir la desigualdad dentro de una economía de mercado?

    Ante estas posturas cada vez más pragmáticas, y ante el fracaso de las viejas alternativas, parecía que el término comenzaba a caer en desuso. Ya no se hablaba tanto de arremeter contra el sistema, sino de ajustarlo, de hacerlo más justo, de «arreglar sus vicios». El término parecía relegado a la sociología posmoderna que hablaba del neoliberalismo y las relaciones de poder o los privilegios de clase pero que ni siquiera pretendía derribarlo. Solo les interesaba la faceta cultural y ya no tanto la meramente económica.

    Pero después llegó Andrés Manuel López Obrador a hacer un revival del término. No solo lo rescató, sino que lo redefinió a su gusto. E hizo que todos hablaran de «neoliberalismo» de nuevo.

    Pero ese neoliberalismo nuevo, el de López Obrador, no es tan parecido al viejo. El significante es el mismo, el significado ya no tanto. Es más, muchas de sus medidas de su gobierno son «neoliberales» en la definición: responsabilidad macroeconómica, recortes presupuestales, festeja la defensa del T-MEC con Estados Unidos e incluso no hay siquiera una retórica concreta en contra del mercado.

    La definición que hace López Obrador es todavía más ambigua que la original. Con ella se refiere al enriquecimiento de entidades privadas gracias a la connivencia con el sector público y solo coincide con la definición clásica en la fecha de inicio (en el momento en que se empezó a liberalizar la economía). Pero lo que señala AMLO no es la liberalización, son precisamente las fallas cometidas a la hora de llevarla a cabo, es precisamente eso que no tiene nada de liberal y eso que es producto del ethos anterior al que AMLO anhela regresar.

    El propio López Obrador utiliza ese término para señalar a quien disiente. Le dijo a Carlos Urzúa que era un neoliberal por no estar de acuerdo con él siendo que la postura que ha tenido AMLO en sus primeros meses de gobierno ha sido más «neoliberal» que la del propio Urzúa (quien le recomendó hacer una reforma fiscal).

    En las calles, en las discusiones, el término ha revivido. Pero hoy no significa lo mismo que significaba antes. Ahora es simplemente un elemento retórico para atacar a quien disiente con la 4T. Es algo más parecido a la «mafia del poder» que a las teorías económicas de Milton Friedman o la escuela austriaca.

    Retórica vacía, al fin y al cabo.