Autor: Cerebro

  • Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Mi historia. El libro de Margarita Zavala y su ambición presidencial

    Cuando puedo leer un libro de más de 200 hojas en una sola sentada (en una mañana en este caso) lo hago por dos razones: porque el autor escribió un libro de lectura fácil, o porque el libro es lo suficiente malo como para no pararte en seco varias veces y razonar lo que quiso decir el autor. La obra de Margarita Zavala tiene un poco de lo primero y un mucho de lo segundo. Vamos pues, a analizar su libro:

    Como todos sabemos, Margarita Zavala aspira a ser la candidata del PAN a la Presidencia de la República. Ella, junto con Ricardo Anaya, ya se han involucrando en una suerte de contienda interna, y seguramente de entre ellos dos saldrá el candidato o la candidata del PAN.  

    Pensando en sus aspiraciones, Margarita decidió escribir un libro donde no habla de sus propuestas sino de su persona: Margarita «se presenta en sociedad» para que todos la conozcamos, para que empaticemos con ella y conozcamos ese «lado humano» de una ex primera dama que quiere tomar las riendas de este país. 

    ¿Lo logra? A mi juicio, no. 

    Margarita Zavala no logra establecer eso que llaman rapport, o al menos yo no logré sentir empatía alguna con su texto. Si algo he criticado de Margarita Zavala es su falta de pasión; me parece una persona muy mediana que no destaca, que parece no ser muy brillante y que no defiende sus convicciones con ahínco. Eso queda muy patente en cada una de las letras que componen su libro «Mi Historia». Incluso el mismo título de su libro, predecible y obvio, habla mucho de su contenido.

    No sé si a ustedes les ocurrió como a mí cuando iba en la primaria o secundaria: en algún momento el maestro me pidió que escribiera una especie de ensayo sobre la historia de nuestra vida. Naturalmente a esa edad mis habilidades literarias eran poco menos que nulas y para eso (ante mi natural incapacidad de expresar mis sentimientos con respecto a mi historia) recorría muchos lugares comunes, obviedades y anécdotas:

    Por ejemplo, solía escribir algo así: «Mi papá siempre iba a trabajar temprano, mi mamá nos llevaba a la escuela y en la tarde me pedía que hiciera la tarea. Tenía dos perritos y en la tarde jugaba con ellos». Algo así es el libro de Margarita Zavala, relata su vida como si se tratara de un ensayo de secundaria y no de alguien que quiere contender por la Presidencia de la República. Sólo hasta que habla de su trabajo en el PAN y su rol en favor de las mujeres, se llega a sentir un poco (poco y nada más) de esa pasión, de esa convicción que uno esperaría de un político al cual le quiere dar su voto.

    En su libro, Margarita pocas veces toma partido sobre algún tema más allá de aquellos que son universales (el Estado de derecho, el combate a la corrupción y la legalidad). Cuando intenta abordar algún tema que pueda generar polémica se resbala, lo cual inclusive afecta a la redacción de tal manera que uno puede no entender muy bien qué quiso decir (aunque también habría que criticar al editor porque también llegué a encontrar a algunos errores de ortografía como pronombres propios que no tenían acento):

    «Mi preocupación es que les hemos ido restando densidad al tema al convertir todo en cuestión de derechos humanos; es decir, les quitamos peso cuando, por ejemplo, catalogamos como derecho humano fumar marihuana. Si los derechos humanos pierden peso específico, su violación pierde transcendencia.»

    Eso no solamente ocurre en su libro, basta con observar algunas de sus entrevistas:

    https://www.youtube.com/watch?v=ahm155JECRI

    Margarita Zavala puede presumir haber tenido un bisabuelo que conoció a Benito Juárez, y a un abuelo que apoyó a Juan Andreu Almazán, el cual perdió las elecciones contra el general Manuel Ávila Camacho con un sonado fraude; y quien, por apoyar a Almazán, fue acusado hasta de simpatizar con el nazismo. La sangre política corre por las venas de Margarita Zavala, originaria de una familia materna cristera; pero a la hora de mostrar sus convicciones pareciera ser más bien una «mujer chapada a la antigua» que no hace ruido ni llama la atención.

    Margarita Zavala tiene problemas para brillar con luz propia, y tal vez con excepción de su involucramiento en temas relacionados con los derechos de la mujer, casi todo su andamiaje político ha estado íntimamente ligado al de Felipe Calderón.

    «Beijing marcó mi vida también en otros aspectos; en lo cultural, por ejemplo. En un principio quería que mi primer hijo fuera hombre, lo cual es una auténtica tontería: queremos que sea varón para que se llame como su papá o para que cuide a la hermana más chica. En cambio, volví de ahí con ganas de que fuera mujer; me divertía llevarme a mí misma la contraria.» 

    Si Margarita tiene algún rasgo que la diferencie de Felipe Calderón es su sentido de justicia social. Margarita trabajó dentro de organizaciones civiles (católicas) ayudando a la víctimas de las explosiones de San Juanico y el terremoto de 1985. Su activismo dentro de estas organizaciones que le hizo adoptar este sentido de justicia (heredado del activismo propio de la madre) propició que en la Escuela Libre de Derecho (de donde conoció a su esposo) se burlaran de ella y le dijeran que estaba «a la izquierda» del salón. Ella era la única que abordaba el tema de la justicia social en el aula.

    Aunque se trata de una persona evidentemente conservadora, es posible advertir algunos rasgos en ella que pueden ser más identificados con la izquierda, como su molestia con la desigualdad, su preocupación por los derechos humanos y los de la mujer (los cuales, ciertamente, desde una postura bastante más edulcorada y vaga que los líderes de izquierda). Ahí terminan las diferencias con su marido.

    Como mujer conservadora (lo cual no es una incongruencia al ser parte de un partido conservador como el PAN) tiene una relación estrecha con la religión. Margarita es una mujer profundamente religiosa (me atrevo a decir que bastante más que su marido). Nació en una familia tradicional donde en Semana Santa estaba prohibido ver televisión y salir con los amigos, donde las películas que veían en el cine eran «Los Diez Mandamientos» y «Ben Hur» (las cuales, dice, vieron más de diez veces), y sólo tenían permitido ver ciertas caricaturas como «Don Gato y su Pandilla» (aprobadas a los ojos de los padres). En el libro deja patente esa relación con la religión. Por ejemplo, ella narra que acudía a misa por el estrés que le causaban las acusaciones de López Obrador a su hermano Juan Ignacio y su empresa Hildebrando. No faltaba el padre o el pastor que le diera su bendición. 

    La corriente política conservadora no está casada necesariamente con la idea de la «mujer seria y reservada». Un ejemplo es Margaret Thatcher. Se simpatice o no con la ex primer ministro del Reino Unido, todos coinciden en que fue una política confrontativa que se formó desde abajo y que se paraba en Westminster a pelearse por las cosas en que ella creía. Margarita tiene el mismo nombre, pero no sólo no es confrontativa, sino que también, de vez en cuando, muestra rasgos de sumisión:

    «Decidí no dar entrevistas a ningún medio de comunicación, entre otras cosas porque el equipo de Comunicación determinó que debía quedarme muy calladita. En eso no se equivocaron, pienso que fue lo más sano; podía ocasionar más problemas que beneficios con un perfil muy público».

    Margarita no muestra en su libro algún sentido de autocrítica hacia ella misma (que dijera que tal vez fue mejor idea meter a sus hijos a otras escuelas fue lo más cercano a alguna forma de autocrítica) ni al gobierno de su esposo. No sólo se no se distancia de su marido en algunos temas para mostrar autonomía, sino que gasta algunas páginas para defender la gestión de Felipe Calderón y deslindarlo de algunas acusaciones (como la tragedia de la Guardería ABC). Incluso su crítica hacia el PAN (de la poca que hay) va en ese sentido: Nosotros, los calderonistas, representamos al PAN verdadero, las otras facciones representan una desviación de los preceptos originales del PAN.

     «La pobreza, por ejemplo: de repente se actualizan las estadísticas y ocurre que hay un millón de pobres más y te cuestionas por qué, si hiciste lo correcto, si impulsaste las políticas públicas necesarias, si cumpliste con esto o con lo otro o si fue únicamente por la crisis mundial.»

    Si Margarita quería convencernos de su profunda fe religiosa, posiblemente lo haya logrado. Si Margarita quería vendernos la idea de que es «buena», tal vez haya convencido a algún despistado, pero en política como en las relaciones sentimentales los niños buenos suelen perder. 

    Dudo que Margarita logre, con este libro, convencer a los independientes (masa cada vez más grande y que posiblemente determine el resultado de las elecciones del año que viene). Tan sólo, y en el mejor de los casos, logrará reafirmar la postura de los más férreos calderonistas.

    Ante un panorama político mundial turbulento (del cual México no está exento), y sobre todo, ante una sociedad mexicana que está harta de la corrupción, de la impunidad y de la inseguridad, una figura como la de Margarita Zavala, que se muestra endeble, titubeante, que no tiene dotes de liderazgo, que no tiene ninguna trayectoria destacable, y que tampoco tiene grandes capacidades intelectuales como para compensar la ausencia de carisma o personalidad, resultará muy poco rentable. En este sentido, su rival, Ricardo Anaya, quien tampoco es alguien carismático que muestre algún signo real de ruptura ante lo que México está viviendo, sería una mejor elección dentro un PAN que cada vez escasea más de líderes. 

    Para terminar y para que no se malinterprete lo que he dicho (mis argumentos son conclusiones de una obra), mi crítica a Margarita no tiene que ver con su género. De hecho, si algo me gustaría mucho es ver a una mujer en Los Pinos. Una mujer que defienda a capa y espada sus convicciones, determinante, y que se la raje para el país. Por el contrario, ver a una mujer cuyo proyecto estará muy influenciado por su marido y que es incapaz de brillar con luz propia, no ayuda mucho a la causa. 

    Ella es Margarita, ella quiere ser presidenta y este es su libro. No sólo no logró cabalmente su propósito de abrirse sinceramente, sino que reforzó la percepción (sobre todo los rasgos negativos) que yo tenía de ella. 

  • México, las migajas de la Copa del Mundo

    México, las migajas de la Copa del Mundo

    México, las migajas de la Copa del Mundo

    Cualquier persona (bueno, casi) que sea aficionada al futbol, verá con mucho agrado que su país sea sede de la Copa del Mundo. Digo que casi porque las últimas experiencias nos han demostrado que el derroche que el gobierno hace para construir los inmuebles y la infraestructura tienden a generar descontento, sobre todo en aquellos países que no presumen de una economía sólida. 

    Muchos se preguntaban cuándo es que nuestro país organizaría un Mundial con el antecedente de ya haberlo hecho dos veces. Esto muy probablemente ocurrirá en 2026, en conjunto con Estados Unidos y Canadá (a menos que ocurra algo extraño). Hasta aquí terminan las buenas noticias para el aficionado del futbol.

    Las malas noticias comienzan cuando el aficionado se entera que de los 80 juegos de los cuales constará el Mundial, sólo 10 se llevarán a cabo en México. Esto sumado a la otra mala noticia a partir de los cuartos de final, los partidos se llevarán a cabo en Estados Unidos. Aquí es donde termina el júbilo y comienza la indignación.

    Peor aún, lo más probable es que México aloje casi ningún partido de élite o tal vez de ninguna potencia. Se tantea que de los 10 partidos, 3 serán de la selección mexicana más alguno que otro molero. Hay que recordar que para este mundial, la FIFA ha aumentado el número de equipos con lo cual tendremos más equipos mediocres (negocio redondo).

    Enojado, el aficionado se cuestiona «¿Por qué diez malditos partidos? ¡Estados Unidos nos pisotea otra vez, nos da migajas! ¿Dónde quedó nuestro espíritu y nuestra grandeza futbolera? ¿Vamos a pisotear nuestra dignidad otra vez?», a la vez que sube memes de los directivos y de lo mal que está México. 

    Ciertamente 10 partidos son muy pocos, y los directivos de nuestro futbol no deberían conformarse con eso, pero también es injusto que el número de partidos sea repartido equitativamente. ¿Por qué?

    Primero están las razones geográficas y económicas. Estados Unidos tiene mayor infraestructura y es más grande. Si a Estados Unidos le piden organizar un mundial en un mes, lo puede hacer sin ningún problema, tiene decenas de estadios (que aunque son de futbol americano y se pueden acondicionar) que cumplen con los requisitos de la FIFA. En cambio, México sólo tiene 3 o 4 estadios que cumplen dichos requisitos. Sólo el de las Chivas y el de Monterrey están «listos», mientras que el Azteca y el de Puebla necesitarían un reacondicionamiento. El de Torreón se podría ampliar para ese efecto. Eso es lo único que hay. 

    Luego, están las razones meritocráticas. Estados Unidos tiene tiempo peleando esa sede, Hay que recordar que la peleó y la perdió en 2022, y que de forma sospechosa cayó en manos de Qatar. México en realidad ha hecho poco; tan es así que muchos aficionados de nuestro país ni siquiera sabían que se estaba planeando lanzar la candidatura. Entonces, el trabajo es de Estados Unidos, y así, Estados Unidos pone las condiciones. 

    Dicho esto, Estados Unidos merece tener un mayor número de partidos, no hay «abuso» ahí. Los estadounidenses tienen el derecho a negociar lo que se les pegue la gana. 

    Si esperaban que México albergara una gran cantidad de partidos, la FMF tuvo que haberse involucrado desde antes en una constante batalla para buscar la sede como lo hizo Estados Unidos. ¿Sería justo, por ejemplo, que México pugne fuertemente por la sede y de buenas a primeras, Centroamérica, entidad de países que hizo poco, le exigiera la mitad de las sedes?

    El mundial es un negocio, y como en todo negocio, como su propia raíz etimológica lo dice, está sujeto a «negociaciones». Nuestro país podría albergar, sin grandes inversiones en infraestructura (es decir, poco más que lo que ya se va a hacer) unos 20 partidos, y que dentro de esos 20 pueda obtener algún partido de cuartos de final o incluso semifinales. Esto dentro de un escenario económicamente responsable y prudente. 

    Nuestro país, como en cualquier negocio, debe buscar el mejor escenario posible. No hacerlo sería un acto de conformismo por parte de quienes rigen el futbol mexicano. México, con su tradición futbolera y con el dinero que se puede generar a través de este deporte, podría obtener. 

    Porque no sólo hablamos de un deporte, hablamos de que estos eventos, bien planeados y llevados a cabo, generan beneficios a través turismo y del posicionamiento de México como «marca-país», algo que nos seria de mucha utilidad debido a que la imagen de México allá afuera no es la mejor por el problema del narcotráfico y la corrupción. Un mundial que no implique fuertes gastos en infraestructura ni tirar la casa por la ventana como lo hizo Brasil sí termina siendo un «negocio» capaz de generar buenos dividendos, tanto en lo económico como en imagen, a nuestro país. 

    Al final si Estados Unidos tiene más partidos es porque es un país más fuerte y desarrollado que el nuestro (sí, con todo y Trump), no sólo porque eso se percibe con la infraestructura y la capacidad económica que tiene, sino inclusive por la ambición de salir y pelear por ser sede de la Copa del Mundo. Diez partidos son muy pocos, pero la verdad es que nos cayeron sin que moviéramos un dedo y sin que los directivos hicieran mucho. Si se quieren más sedes, habrá que pelearlas negociando. 

  • La cultura del asistencialismo

    La cultura del asistencialismo

    La cultura del asistencialismo

    Los regalos, despensas, dádivas y las “ayudas” son una constante cuando hablamos de las elecciones del Estado de México. Es evidente que el campeón en este sentido es el PRI, pero también es evidente que los otros partidos, como el PAN y MORENA, recurren a este tipo de prácticas para ganarse al electorado.  Mientras el PRI utiliza todo el aparato del estado para ganar las elecciones a base de despensas y casas Infonavit, Josefina ofrece teléfonos inteligentes a los estudiantes, mientras que Delfina hace lo propio con la construcción de más y más universidades (porque sabemos que AMLO quiere eliminar los exámenes de admisión para garantizar la universidad a todos, aunque sea para que estudien en su malograda Universidad Autónoma de la Ciudad de México).

    Bernand Manin, en su libro «The Principle of Representative Government», dice que la gente tiende a votar por los candidatos con los que tiene una mayor afinidad cultural. Los candidatos deben de tener un rasgo diferenciador que los distinga de los demás, pero éste dependerá del contexto en el que se encuentre. De tal forma que un candidato popular en una región determinada, podría no serlo en otra. Así mismo, Manin afirma que en las democracias de partidos de masas, que surgieron a finales de siglo XIX y principios del siglo XX, los individuos no votaban por el candidato por el que se sintieran representados, sino por la facción política que más representara sus valores, su cultura y su posición social. La libertad de expresión se convirtió en «libertad de oposición» como si se tratara de una libertad de expresión colectiva, donde el individuo podía oponerse a los partidos opuestos al suyo, más no podía ejercer crítica dentro de su propio partido. Así, los individuos votaban por siempre por un partido, independientemente de la integridad del candidato. El PRI comprendió más que nadie la cultura de la entidad, y a la vez la moldeó, creando un voto duro leal con su partido. Esta cultura ha ido menguando en todo el mundo, y el PRI ya no es la excepción.

    Así entonces, podemos entender por qué en el Estado de México todos los candidatos prometen dádivas y despensas, porque básicamente los habitantes de esta entidad (que es algo así como el centro neurálgico del PRI) han sido acostumbrados a establecer una relación paternalista con el gobierno, el gobierno dadivoso, dador, el que te da becas, el que te da ayudas. Un candidato que no entre a esa dinámica en el Estado de México se encontraría en franca desventaja.  A pesar de que los lazos de los mexiquenses con el PRI son cada vez más endebles y el voto duro comienza a no serlo tanto, la cultura paternalista persiste, y esa relación entre el individuo y el gobierno se mantiene constante. 

    El asistencialismo es una distorsión de la democracia, porque aunque se mantiene la dinámica donde el individuo es libre de elegir al candidato que considera representará mejor sus intereses, no lo hace precisamente porque crea que el candidato en cuestión represente los suyos y los de su comunidad; sino porque al votar por dicho candidato obtendría un beneficio inmediato a cambio (que no necesariamente se traduce en un beneficio a largo plazo ni para él ni mucho menos para su comunidad), a cambio de una dependencia para con el partido. Si bien, el patrimonialismo y el asistencialismo pueden ser vistos, de acuerdo a Francis Fukuyama, como una etapa de transición donde el individuo a través de favores y ayudas logra cierta movilidad social con respecto a un régimen autoritario anterior donde la movilidad social estaba cancelada (y a veces hasta prohibida), lo cierto es que México se encuentra en una etapa donde el asistencialismo ya no tiene razón de ser, donde la referencia más reciente de un estado con dichas características es Porfirio Díaz. 

    Por el contrario, el asistencialismo es muy nocivo en estos tiempos porque básicamente atrofia las potencialidades del individuo que son requeridas si quiere aspirar a cierta movilidad social. En un régimen autoritario donde una camarilla concentraba toda la riqueza y oprimía al que no fuera parte de, las potencialidades y las capacidades no servían de mucho; y entonces se entendía que si el gobierno establecía una relación patrimonialista con sus gobernados, dicha relación podría considerarse un avance para el individuo con respecto de su condición anterior.

    Actualmente, es esa relación asistencialista la que permite que las élites se perpetúen. Ya no hay opresión alguna del gobierno sobre aquel individuo que decida forjarse una vida; más bien, el gobierno mantiene el poder y control sobre sus gobernados al hacerlos dependientes de éste. Los potenciales comerciantes exitosos no lo son porque se acostumbraron a recibir las «ayudas» del gobierno. Adoptaron la idea de que sería más rentable adherirse a un régimen y adoptar ciertos colores (y naturalmente, votar por ellos) que hacer un enorme esfuerzo para traerles más recursos a los suyos. Así, si un partido quiere arrebatar su voto al otro, tendrá que entrar en la misma dinámica. Un gobierno que no trae despensas sino buenas intenciones será eventualmente rechazado por quienes conciben al gobierno como alguien que les da y les soluciona sus problemas.

    También tiene que ver la forma en que la persona concibe el apoyo que recibe. No es lo mismo una política o programa social que se concibe como un derecho (ej, una pensión, o derecho a la salud o a la educación) que una que es resultado de una relación de dependencia. Un ciudadano de algún país escandinavo recibe muchos beneficios sociales, pero no ha adquirido dependencia alguna con el gobierno porque considera que esos beneficios son un derecho y que están financiados con los impuestos que él paga. Estas últimas buscan (no siempre con éxito) un mayor bienestar de la ciudadanía; en cambio, las políticas asistencialistas (por más que se lleguen a parecer) no buscan eso, sino generar una dependencia del ciudadano con un partido para que este gane elecciones y se perpetúe en el poder. Eso compromete, además, el diseño y el resultado de las políticas públicas que se implementan en el discurso para «ayudar a la gente».  

    ¿Cómo romper con la cultura del asistencialismo? La primera respuesta que viene, de forma apresurada, a la cabeza, es que hay que sacar al PRI del Estado de México. El PRI no sólo ha fomentado insistentemente esa cultura en dicha entidad (gracias al asistencialismo se mantiene en el poder), sino que ahí mantiene sus estructuras más importantes (que usa inclusive para elecciones de otros estados). Pero es una respuesta apresurada porque entonces habríamos de preguntarnos si el partido que ocupará su lugar o no, mantendrá la misma dinámica, a sabiendas de que crear una relación entre gobierno y pueblo donde el primero ya no se incluyan dádivas, despensas y ayudas podría ser contraproducente para poder mantenerse en el poder. 

    ¿Cómo decirle a una persona de escasos recursos que no le conviene seguir recibiendo las despensas y las ayudas económicas? Para responder esa pregunta no sólo es condición necesaria la iniciativa, talento y esfuerzo del individuo, sino también crear un entorno más favorable, donde el individuo tenga más posibilidades de desarrollo; aunque a la vez, una sociedad que no depende del asistencialismo tendrá más posibilidades de aspirar a un mayor desarrollo (no sólo económico sino político) que una dependiente. Entonces ¿desde dónde rompemos este círculo vicioso que tiene implicaciones inclusive culturales?

    Es una respuesta muy compleja de contestar, pero dentro de esta complejidad hay una variable que es evidente, sobre todo por su ausencia: la voluntad de hacerlo. Necesitamos a quienes estén dispuestos a tomar riesgos y hacer sacrificios políticos para romper ese círculo vicioso. Pero así también necesitamos de la participación ciudadana, de quienes desde afuera del gobierno impulsen un cambio de paradigma. Es una tarea muy difícil, más no imposible, en tanto la historia nos puede ilustrar con varios casos de éxito donde muchos países lograron superar esa condición, un claro ejemplo es Estados Unidos.  

    Lo cierto es que esa es una cultura que debemos de romper, dado que es una de las tantas razones por las que Méxio no logra desarrollarse como todos quisiéramos. 

  • Las ONG’s no están compuestas por gente frustrada, señor Carlos Mota

    Las ONG’s no están compuestas por gente frustrada, señor Carlos Mota

    Las ONG's no están compuestos por gente frustrada, señor Carlos Mota

    Dice Carlos Mota que quienes pertenecen a las organizaciones civiles están frustrados, que su anhelo era gobernar, y que ahora, tras cumplir 50 años de edad, no lo pudieron hacer. Su diagnóstico es que como no lograron llegar al poder, se volvieron críticos con el gobierno. Carlos Mota nos alerta: debemos tener cuidado con ese «espíritu revolucionario». 

    Yo tengo poco menos de 10 años involucrado en organizaciones civiles. Estuve participando en dos de ellas y actualmente soy cofundador de una organización civil. Dentro del mundo de las ONG, he podido conocer a muchas otras organizaciones de la sociedad civil, he logrado conocer bastante bien a este sector así como su diversidad (de esto hablaré más adelante).

    Dicho esto, lo que dice Carlos Mota es algo completamente irresponsable; no sólo porque parece tener un profundo desconocimiento de lo que son las organizaciones civiles, sino porque está demeritando el trabajo de un sector que ha venido creciendo y haciéndose un espacio como el tercer sector, el cual complementa al sector público y el sector privado. 

    Carlos Mota lamenta que algunas ONG se hayan volcado en contra del gobierno. También cree que esas organizaciones desviaron su camino porque lo que deberían hacer es limitarse a hacer diagnósticos sobre las necesidades del país.

    Pareciera que Carlos Mota cree que el trabajo de las ONG se limita a hacer investigaciones, que tomar postura ante un gobierno las desvirtúa en automático. Craso error. 

    Aquí es cuando hablo de la diversidad. ¿Qué es una ONG? Es una organización que no es parte del gobierno, y que busca incidir en la vida pública. Con esta sola afirmación, podemos entender que una organización, al no ser parte del gobierno y al tratar de incidir en la vía pública, puede tomar una postura de oposición frente a dicho gobierno fungiendo como contrapeso. La misma definición le da permiso a determinada ONG de hacerlo. Pero eso no significa que una ONG deba estar opuesta al gobierno ni es condición necesaria, y aquí es cuando hablamos de la diversidad que existe entre las ONG.

    Por ejemplo, en la ONG de la cual soy parte, no tomamos postura alguna frente al gobierno porque nuestra causa es fomentar una ciudadanía más participativa.  Nosotros buscamos generar cambios desde la ciudadanía, y nuestro flanco de lucha nos hace imperativo no tomar una postura en ese sentido (independientemente de la postura personal de cada uno de quienes la integramos). Igualmente existen algunas otras organizaciones que tienden puentes con el gobierno. Sin comprometerse políticamente con éste, tratan de abonar por medio de la investigación para que el propio gobierno pueda tomar mejores decisiones y hacer mejor su papel. 

    Sin embargo hay otras ONG que por su naturaleza, fungen como checks-and-balances del gobierno, y ese es su papel. Unas incluso cabildean para pasar leyes que obliguen a los políticos a sujetarse a mecanismos de transparencia. 

    Basta dar una repasada a las organizaciones más importantes del país, así como a todas las organizaciones que he tenido la oportunidad de conocer y de formar parte para comprender la diversidad de las organizaciones de la sociedad civil: desde las think tanks que fungen como unidades de pensamiento especializándose en diversos temas, hasta colectivos de jóvenes que defienden x o y causa. Las organizaciones civiles no tienen por qué estar exentas de inclinaciones ideológicas; y así como conocemos aquellas conservadoras que buscan defender un modelo de familia, también existen aquellas liberales que defienden los derechos de la mujer tales y como lo entienden, así como los de las minorías sexuales.

    Así, hay organizaciones civiles que fungen como oposición ante el gobierno o la clase política para obligarlos a rendir cuentas, que me imagino que son los que le quitan al sueño a Carlos Mota. Muchas de estas organizaciones civiles están especializados en un tema, o incluso se conglomeran para formar parte de una causa, como ocurre con el IMCO, Transparencia Internacional y otros, quienes lanzaron la Ley 3 de 3 que obligaba a rendir cuentas a los políticos.

    Existen otras como Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad de Claudio X González que hacen investigación e intentan exhibir los casos de corrupción en los que están involucrados los políticos. Hay unos que tienen una inclinación un poco más conservadora y otras más de izquierda y progresista, lo cual no es malo, por el contrario. Así como en una democracia esperamos que todos los sectores y corrientes de pensamiento tengan representación, también lo mismo es deseable dentro de las ONG.

    Eso que molesta tanto a Carlos Mota no es una desviación de las ONG. Por el contrario, asumiendo su diversidad, es parte de la naturaleza de algunas de ellas fungir como oposición. De la misma forma, podemos percatarnos de que en Estados Unidos existen organizaciones civiles que buscan ser un contrapeso frente a la presidencia de Donald Trump

    Ciertamente, sería irresponsable decir que quienes somos parte de este diverso mundo de las organizaciones civiles somos perfectos. Es cierto que se han llegado a dar casos donde alguna organización civil o algún miembro de ella participa en un acto de corrupción o se pone al servicio de una facción política. También es cierto que las organizaciones civiles, sobre todo aquellas que hacen investigación, no deben dejar el lado el rigor académico y de investigación cuando se trata de hacer una denuncia al gobierno y a los políticos. El activismo debe de quedar supeditado al rigor y no al revés.

    Pero es más irresponsable, como hace Carlos Mota, hablar de una degradación del sector de las organizaciones civiles de nuestro país por actos que son en su mayoría inherentes a ellos y que no representan desviación alguna. Peor aún es acusar falsamente que quienes conforman las organizaciones civiles son personas frustradas que quisieron entrar a la política y se conformaron con las ONG; porque a pesar de que tanto la política como las propias ONG inciden en la vida pública, son dos mundos muy diferentes, y en muchos casos los perfiles son muy distintos. Quienes son parte de las ONG suelen ser especialistas en un determinado tema mientras que el político es especialista (o debería serlo) en el arte de gobernar. 

    No sé si se trate de una profunda ignorancia de Carlos Mota con respecto al tema, o si más bien que su comentario tenga algún sesgo por su evidente inclinación política con el régimen de Peña Nieto (porque aunque es natural que cualquier tipo de gobierno vea con recelos a varias de estas organizaciones, esto es más notorio tanto en el PRI como con la facción de López Obrador), pero no se vale descalificar, desde el desconocimiento, a un sector tan diverso, que a base de mucho esfuerzo ha tratado de hacerse de un espacio.

    Es cierto que las ONG también deben de estar sujetos a la crítica y que sus actos pueden ponerse en cuestionamiento. Pero una cosa es esa, y otra cosa es irse contra todo un sector, haciendo generalizaciones (aunque diga que no las hace) con argumentos que están equivocados desde su premisa. 

    Debo concluir diciendo que si queremos que México avance, es imperativa la existencia de una sociedad civil muy fuerte que funja como contrapeso, o que funja como especialista en temas donde el sector público muestra carencias. Si alguien piensa que el papel de las ONG ante el gobierno es chiflar y aplaudir, está muy equivocado. 

  • Un borracho que conduce un automóvil

    Un borracho que conduce un automóvil

    Un borracho que conduce un automóvil

    Siempre me he preguntado: ¿Por qué en la actualidad, cuando hay tantas apps, cuando se han hecho miles de campañas de concientización, la gente sigue manejando en estado de ebriedad?

    Sé que me preguntarán por qué no estoy escribiendo sobre lo que sucede en Siria (hablaré de eso en un artículo posterior), o sobre el nombramiento de Paloma Merodio. O que por qué me tardé en escribir sobre el tema (mucho trabajo y preparación para exámenes, la razón). Pero me pareció imperativo hablar de ello, porque este es un problema serio.

    Tuvieron que morir cuatro personas en Reforma para que se hablara del tema. Tuvo que llegar una persona inconsciente (quien subió a cuatro personas a su automóvil a quienes no conocía, y quien fue el único que se salvó después de que su BMW se partiera a la mitad) para que se volviera a hablar de los peligros que implica conducir en estado de ebriedad. 

    Villuendas Adame salvó el pellejo, pero tendrá que enfrentar a una justicia que tendrá que ser implacable con él. Los demás quedaron tirados y desmembrados en Reforma. Las imágenes tuvieron que ser muy explícitas, la tragedia tuvo que ser de tal magnitud (que los cuerpos hayan quedado mutilados, que haya ocurrido sobre la avenida más importante del país) para que pusiéramos un poco de atención.

    México ocupa el séptimo lugar en el mundo de muertes por accidentes automovilísticos donde el conductor iba en estado de ebriedad. 24 mil personas mueren anualmente por accidentes relacionados con el alcohol. No son cifras de las cuales podamos sentirnos orgullosos, pero tienen una razón de ser.

    Evitar este tipo de problemas es muy fácil, alternativas hay muchas: Si vas a tomar, puedes dejar tu coche en casa y pedir un Uber. Si te llevaste tu coche y tomaste, puedes regresar a tu casa en Uber o taxi y regresar el siguiente día por tu automóvil, o bien, pueden elegir de entre todos los amigos a un conductor designado. Si vas a tomar a casa de uno de tus amigos y traes coche, puedes quedar a dormirte ahí y regresarte el siguiente día en automóvil. Algunos establecimientos inclusive ofrecen facilidades para evitar que la gente se vaya tomada.

    Aún así, con todo esto, muchas personas prefieren regresarse en estado de ebriedad a sus casas. Algunos aseguran que conducirán con cuidado y no jugarán a las carreras (como si eso fuera suficiente), algunos otros ni eso. No son pocos quienes conducen a toda velocidad para así poder reafirmarse a sí mismos, como los «cabrones que le hacen al vergas». 

    En lugar de tomar conciencia y evitar poner en riesgo la vida de los demás, muchas personas buscan evadir la ley. Entran a Fan Pages de Facebook y medios similares que les dicen donde están colocados los retenes de alcoholemia para así evadirlos. Es triste ver que muchos conocidos míos utilizan esos recursos. 

    A veces las excusas son absurdas. Dicen que los retenes de alcoholemia son injustos, que casi no te dejan tomar (como si no pudieran optar por una de las tantas alternativas que ya he mencionado), que incluso son muy caras las multas porque dicen, es dinero que va a ir a las manos de los políticos corruptos. Se quejan de la corrupción, pero ellos también la ejercen al evadir la ley y poner la vida de las demás personas en riesgo.

    Un auto es como un arma, todas las demás personas que se trasladan de cualquier otra forma en la vía pública se encuentran en una situación más vulnerable a la del conductor: ya sea un ciclista, un motociclista o un peatón. Por eso se insiste que los más vulnerables (empezando por los peatones) tienen mayor preferencia, que el automóvil debe dejar pasar al peatón y no al revés. Lamentable, dentro de nuestra cultura y nuestros paradigmas retrógradas, la regla (y no la excepción) es que quien tiene un automóvil se siente superior a los demás, siente que puede meterse por cualquier lado y romper todas las leyes que le sea posible.  Si a eso le sumamos el alcohol y nuestra poca inclinación a respetar la ley (y luego nos quejamos de que los políticos hacen lo mismo), entonces es comprensible que seamos el séptimo país del mundo por más muertos por conducir en estado de ebriedad.

    Y se trata de algo que sólo requiere una pizca de sentido común y de respeto a las demás personas. Evitar conducir tomado es algo muy fácil, aún así, muchas personas siguen poniendo en riesgo la vida de los demás. 

  • La bocota de Felipe Calderón

    La bocota de Felipe Calderón

    La bocota de Felipe Calderón

    Si hoy fueran las elecciones, López Obrador ganaría.

    La clase política está muy nerviosa. La guerra sucia (o campaña de contraste) ha comenzado. Pero hay tres problemas: que 2018 no es 2006, que la clase política esté desacreditada (aunque AMLO también forma parte se ha logrado desmarcar de ella en el discurso) y que en ese ímpetu por «bajar» a López Obrador, se nota mucha desesperación; eso no es bueno.

    Algo que habría agradecido de Felipe Calderón, a diferencia de su antecesor Vicente Fox (que se ha convertido en una mala broma), era la prudencia de sus comentarios. Hoy ya no es así: el expresidente posteó dos tuits lamentables que se podrían esperar de Gerardo Fernández Noroña, de Donald Trump, o hasta del propio López Obrador, pero no de él:

    No es digno de un expresidente, quien se supone representó a todo un país, que se exprese así de un sector de la población. No es congruente que un expresidente que se lanzó duramente contra Trump por su discurso segregador, haga lo mismo al etiquetar a un sector de la población, por más que éste se le oponga y tengan diferencias irreconciliables. 

    Peor aún es que la encuesta que Felipe Calderón usa como referencia es muy poco fiable. Uno podría entender que López Obrador pierda puntos, pero ¿de verdad creen que Margarita Zavala, como refiere la encuesta, subió 5 puntos con su campaña desangelada? Peor ¿creen que de verdad Osorio Chong subió ¡7 puntos!? Sí, Osorio Chong, quien es parte de un gobierno cuyo timón no llega ni al 10% de aprobación.

    Algunos me dirán que es parte de una campaña de contraste, que habrá que polarizar a la sociedad de nuevo como en el 2006 para arrebatar el triunfo a López Obrador. Pero no sé si una campaña como la que se hizo en 2006 pueda tumbar al tabasqueño. De hecho, en 2006 esa campaña no funcionó por sí sola, sino que necesitó que López Obrador cometiera errores (como el «cállate chachalaca» o no haber asistido al debate). 

    Cómo he repetido en este espacio, a diferencia de 2006, la clase política está sumamente desacreditada. Que desde el PAN o desde el PRI se diga que AMLO es un peligro no generará un gran impacto, tan sólo reafirmará a los más férreos opositores a López Obrador, quienes ya de todos modos no iban a votar por él. 

    Quienes están interesados en que López Obrador no llegue a la presidencia, deberían de prestar atención a lo que ha pasado en otras latitudes, sobre todo en Estados Unidos. De la misma forma que ocurrió con Donald Trump, López Obrador puede darse el lujo de decir sandeces, insultar y desacreditar a diestra y siniestra sin que eso tenga mayor afectación, lujo que no se puede dar Felipe Calderón, cuya aspiración es que Margarita Zavala llegue a la Presidencia de la República.

    De igual forma, a pesar de la campaña de contraste utilizada en Estados Unidos por parte de los demócratas, Trump se alzó con la victoria. Los opositores (no sólo los demócratas, sino la propia prensa) cometieron el error de darle mucha importancia al candidato y lo dejaron crecer. Las elecciones estadounidenses se trataron de Donald Trump, quien supo manejar el show y aprovechar la cobertura mediática (incluyendo críticas a su persona) para ganar.

    Ahora todos hablan de López Obrador porque sus opositores hablan de él, y en su desesperación, lo sobredimensionan. Creen que basta con asustar al voto útil para obtener la victoria; pero a diferencia de 2006, dicho segmento está harto de la clase política y les venderá más caro su voto. Ellos ya no sólo se preguntarán si con López Obrador México se convertirá en una Venezuela, sino también si tendrá sentido votar por un PRI o un PAN cuando después de 18 años, a diferencia de lo que se prometió con la idea del «cambio», México está sumido en la corrupción y padece una severa crisis de inseguridad. Del primero el PAN podrá deslindarse sólo parcialmente (no sólo porque no están exentos de corrupción sino por su displicencia con los escándalos del gobierno de Peña Nieto), del segundo no. La crisis de inseguridad se remonta a los inicios del gobierno de Felipe Calderón.

    Quienes aspiran a hacer esta campaña de contraste ignoran la crisis de representatividad que vive no sólo México, sino todo Occidente. Esperar que con un candidato mediano que representa «más de lo mismo» baste para ganar es casi un contrasentido. En un escenario así, dejarán la campaña en manos de López Obrador, y sólo podrían aspirar a que el tabasqueño se hunda por sus propios errores. 

    Si Marine Le Pen no tiene nada seguro su triunfo en las elecciones de Francia, es porque el liberal Emmanuel Macron ha logrado presentarse con un discurso antisistema que contrasta con el gobierno de Hollande, cuya popularidad va en picada. A su vez, Hillary no supo crear un discurso parecido (en parte porque no tenía los elementos para hacerlo), y ante esa imposibilidad, aspiró a una campaña de contraste que incluso le fue contraproducente. Es cierto que tuvo un mayor número de votos, pero también es cierto que desde un inicio los candidatos conocian las reglas de juego del peculiar sistema electoral estadounidense; y así, Trump logró acaparar más delegados. 

    Dicho esto, la fórmula para detener el avance de López Obrador es con otro candidato antisistema, quien le robe el discurso y a la vez mantenga una postura más moderada para lograr acaparar al voto útil, el de las izquierdas que no se sienten representadas por AMLO o que no le son fieles, el de los centristas y el de los de derecha decepcionados con el PAN (que no son pocos); alguien que logre contrastar contra la clase política, que muestre un discurso firme contra la corrupción y la impunidad que impera en México.

    Pero la clase política está tan ensimismada (se ha convertido tanto en el problema que les es imposible generar un candidato con tales dimensiones) que sólo podremos aspirar a un perfil así desde una candidatura independiente. 

    Si Calderón con sus tweets busca hacer más de lo mismo, y peor aún, si busca confrontar a los votantes que discrepan como él, no sólo no logrará afectar las preferencias de López Obrador, sino que podrá poner en predicamento la campaña de su esposa, campaña que, por cierto, ya se está tambaleando. 

    La desesperación se huele, se percibe. La desesperación no atrae votos, los ahuyenta. 

    Mientras, algunos empresarios y poderes fácticos (Carlos Slim, TV Azteca) ya no piensan en deshacerse de él, sino en hacer equipo para salvaguardar sus intereses en caso de una eventual presidencia de López Obrador. 

     

  • 2018, la hora de los candidatos ciudadanos

    2018, la hora de los candidatos ciudadanos

    2018, la hora de los candidatos ciudadanos

    Las elecciones del 2018 están cada vez más cerca y la terna de participantes comienza a configurarse. Pero esta no será una elección cualquiera. 

    De hecho, en estos años veremos (o ya estamos viendo) una reconfiguración del sistema partidario de México que romperá de algún modo con el orden de las cosas que se mantuvo desde los años noventa, y que muchos dieron por sentado que continuaría así. Países europeos como Italia, Grecia y hasta Francia, son claros ejemplos de que las cosas pueden cambiar radicalmente, de que los partidos hegemónicos no lo son tanto, y que no son inmunes a desaparecer o caer en la irrelevancia. 

    Hasta ahora, el sistema partidario consistía en un PRI, que por su ambigüedad ideológica siempre se coloca al centro político y que se ha caracterizado como «el partido», que gracias a su voto duro y sus estructuras, siempre estaba ahí. A la derecha se encontraba el PAN, como la opción más «capitalista» de todas y que en algunas de sus facciones representa el conservadurismo; y a la izquierda, un PRD que se balanceaba entre la izquierda nacionalista de López Obrador y la socialdemocracia de hombres como Marcelo Ebrard.

    Todo eso va a cambiar. El desencanto de la ciudadanía con la clase política más los juegos de poder producto del progresivo debilitamiento de dicha clase, harán que el orden cambie. Ya comenzamos a ver algunas manifestaciones de ello:

    Por un lado, tenemos a un PRD que se está desdibujando rápidamente, al punto en que no son pocos los que dudan si conservará su registro. Y mientras eso pasa, MORENA, un partido unipersonal de izquierda nacionalista que representa los intereses de López Obrador, emerge en el panorama político como «el partido de izquierda». 

    Por otro lado, y que todavía no es tan visible pero que se puede observar por debajo del agua, es la decadencia del PRI. El Partido Revolucionario Institucional, a la fecha, gobierna el país y mantiene algunos estados clave. Pero debido al desgaste como marca, producto de las acciones del Presidente de la República y de algunos gobernadores en los últimos años, así como por el envejecimiento de sus estructuras, se antoja difícil que vuelva a ostentar el poder e influencia que todavía tiene. En el Estado de México, una entidad donde no tiene segura la victoria, ya pusieron a trabajar a toda su maquinaria, lo cual incluye llevar a miembros de gabinete y asignar recursos federales (como afirman algunas fuentes) a la campaña. El PRI sabe que si pierde el Estado de México, recibirá un golpe del cual muy probablemente no se vuelva a recuperar.

    El único que se mantiene relativamente estable en el panorama político, es el PAN. A pesar de que también ha sufrido cierto desgaste y ya no inspira tanta confianza (no son pocos los que se han decepcionado del partido azul), esa relativa estabilidad, aunada a los conflictos en la izquierda y la degradación del PRI, lo mantienen con cierta relevancia. Un escenario donde el PRI sea relegado al tercer lugar en el país, y que sean el PAN y MORENA los partidos más importantes, quienes se disputen la presidencia y las gobernaturas de algunos estados, no es improbable. 

    Pero hay otro factor muy importante que debemos considerar, y que es claro producto de la decadencia del sistema partidista: los candidatos ciudadanos (también llamados independientes). 

    Cuando hablamos de ellos, nos vienen a la cabeza Pedro Ferriz, Jorge Castañeda (quien se bajó de la contienda como candidato pero sigue siendo uno de los principales promotores), Emilio Álvarez Icaza, Denise Dresser (autodescartada también) Armando Ríos Piter (el único con trayectoria política anterior) y otros personajes que en algún momento han considerarse lanzarse como independiente por la Presidencia de la República. En realidad no es algo tan improvisado como parece: al parecer, existe una agrupación o una plataforma que busca lanzar al candidato independiente que tenga más posibilidades de ganar. 

    Todos los nombres, con sus virtudes y sus defectos, pero ciertamente más honorables que los políticos tradicionales (incluso Pedro Ferriz, de quien dije que no consideraba que estuviera completamente apto para ser Presidente), rompen con el perfil del político tradicional; ese que vive en una burbuja y que se ha aislado tanto de la sociedad a la que dice gobernar. Muchos de ellos están ahí porque son capaces de observar esa contradicción, de los políticos, servidores públicos en teoría, pero que le han dado la espalda a la sociedad, a la cual ya no entienden, y a la cual parece que sólo son capaces de medir con números fríos.

    Un candidato ciudadano no puede ir solo. Pedro Kumamoto, en su momento, recibió el apoyo de toda la clase intelectual y académica del ITESO. Sin ésta, difícilmente hubiera ganado. Pero obtener el registro en un área urbana no es lo mismo que hacerlo en todo el país. Es mucho más fácil conseguir las firmas necesarias en las colonias del distrito, cuya mayoría ya conoces, que hacerlo en toda la República Mexicana, donde se tendrá que acudir a los pueblos y a los lugares más recónditos. 

    La legitimidad del candidato ciudadano no puede darse solamente por su condición de ciudadano, el candidato debe demostrar que tiene la credibilidad y los tamaños.

    El reto del candidato ciudadano es poder cruzar esa barrera, el de las limitaciones legales que siguen poniendo muchas trabas para no quitarles el privilegio a los partidos. Si el candidato la cruza, automáticamente se convertirá en un serio contendiente. Pero aún así tendrá otras limitaciones que no existieron, o al menos, no hicieron tanta mella, en las campañas de los candidatos independientes que contendieron por una ciudad o un estado: el candidato independiente seguramente llegará a ser muy conocido en las grandes urbes que están conectadas e inmersas en el mundo digital. La falta de presupuesto no será problema para poder llegar a esos sectores.

    El gran problema para el candidato ciudadano residirá en las áreas más deprimidas de las ciudades, en el campo, en los pequeños poblados, en las regiones más atrasadas; el número de electores ahí es considerable si tenemos en cuenta que en México hay más de cincuenta millones personas que se encuentran en situación de pobreza. Ahí será un mayor problema, a diferencia de las ciudades, que no esté respaldado por un partido y que su presupuesto sea muy limitado.

    El candidato ciudadano necesariamente tendrá que partir de los sectores ilustrados de las grandes urbes, y de ahí, extenderse a los demás sectores sociales. La legitimidad del candidato ciudadano no puede darse solamente por su condición de ciudadano (un narcotraficante o un empresario corrupto podrían utilizar la vía independiente para postularse), sino que tiene que demostrar que tiene la credibilidad y los tamaños. Por eso entonces, necesitará conseguir el apoyo de académicos y personajes de la sociedad civil que avalen, dentro de las grandes urbes, su calidad como candidatos. A partir de la legitimidad conseguida ahí, el candidato ciudadano tendrá que extenderse y acudir a los demás sectores, con la gente de escasos recursos, los sectores marginados y los alejados de las ciudades. El candidato ciudadano tendrá que romper con la tradición clientelar que han establecido los principales partidos políticos (sobre todo el PRI) en esos sectores. Ahí tiene una tarea muy difícil, pero si dicho candidato es honesto, empático con ellos, y tiene la verdadera intención de ayudar al país, podrá encontrar alguna forma.  

    A pesar del panorama oscuro y sombrío (la terna con Margarita Zavala, López Obrador y cualquiera del PRI no hace pensar en otra cosa), se abre una puerta. El camino es difícil, mas no imposible.  Ahí se abre una oportunidad para quien realmente quiera representar a la ciudadanía. 

    En ellos reside si la nueva configuración nos conducirá al retroceso, o, por medio de su liderazgo, lograrán traer nuevos bríos y cambios concretos a este país tan falto de esperanza. 

  • El #JuezPorky y la justicia para el que puede comprarla

    El #JuezPorky y la justicia para el que puede comprarla

    El #JuezPorky y la justicia para el que puede comprarla

    «Si un hombre le mete sus dedos a una mujer en la vagina no es un acto sexual, sino un simple roce o frotamiento incidental» ¿Qué persona con el más mínimo sentido humano se atreve a redactar algo así? ¿Quién tiene la desfachatez de justificar un delito que agravió a Daphne y la marcó de por vida? Esa persona (si se le puede llamar persona a esa abominación) tiene nombre y rostro: se llama Anuar González Hemadi, y concedió un amparo al porky, violador, y pederasta Diego Cruz. 

    La justicia en México está «patas pa’rriba» cuando te percatas que liberan a un pederasta mientras encarcelan a un taxista por decirle guapa a una mujer. Naturalmente los dos eventos son juzgados por diferentes órganos de justicia, y mientras el primero seguramente tiene que ver con un caso de corrupción y hasta uso de influencias, el segundo tiene que ver con una ley mal hecha que no tiene sentido alguno (porque si bien los piropos lascivos son repudiables y deben erradicarse por medio de la educación, aplicar penas punitivas puede ser hasta peligroso). Pero esa justificación no resuelve la contradicción.

    Y sí, en vez de encarcelar a los «piropeadores» y querer penalizar las miradas, las organizaciones feministas deberían hacer énfasis y mucho en este caso, porque este sí es un caso de misoginia y de agresión contra la mujer que debe de ser castigado con todo el peso de la ley y sin ninguna consideración. Aquí hay una razón más que justificada para que las mujeres salgan a las calles a exigir que la ley las proteja, y los hombres las deberían secundar y apoyar. 

    Lo que sucedió no tiene nombre, es una aberración, es de lo más inhumano.

    Anuar González tiene familia; tiene una esposa, y dos hijas. Si uno observa las fotografías sin conocer quien es este abominable personaje, podrá llegar a la conclusión de que se trata una familia muy típica de la clase alta o media-alta mexicana. 

    A mí me vienen inmediatamente estas preguntas:

    ¿Pensó Anuar González en sus dos hijas antes de tomar esa decisión y delinear ese argumento tan absurdo y tan estúpido? ¿No se molestó en imaginarse a una de sus hijas siendo violada para ponerse en los zapatos de la víctima? ¿Se sentirían orgullosas las hijas y su esposa el acto del padre, independientemente de que esa absurda sentencia le haya retribuido económicamente? ¿De verdad?

    Hasta yo me siento vulnerable con esta noticia. La justicia no es para todos, sino para quien pueden comprarla. Los violadores, los animales que destruyeron la vida de Daphne, podrán no pagar por su pena. 

    ¿Qué va a pasar si alguien que tiene palancas o mucho dinero me acusa de algo que yo no hice? ¿Qué va a pasar cuando un hombre de «poder» abuse de mi persona o de mis seres queridos y yo no pueda hacer nada porque él puede comprar a la justicia con un chasquido de dedos?

    ¿Y cuál es el mensaje que manda el juez a la sociedad?

    Si estás bien parado, si tienes dinero, poder o palancas, puedes violar a quien tú quieras. Al cabo «meter los dedos a la vagina a una mujer» no es una violación, es un simple «roce casual». 

    En México la justicia no trabaja para todos, trabaja para quien pueda pagarla o comprarla, pero entonces ya no es justicia. Después de estos actos, luego entiendo porqué el concepto de «La Mafia del Poder» de López Obrador, es tan pegador en algunos sectores de la sociedad.

    El problema de México es uno estructural, no sólo es la violación de Daphne, cuyo padre, al tener una posición social cómoda, pudo al menos hacer ruido y hacer del dominio público su caso. Pero ¿cuántas personas no pueden? ¿Cuántos casos de violaciones a mujeres no conocemos porque la víctima no tiene los recursos? ¿Cuántos de esas jóvenes no han hecho lo mismo y la víctima no ha tenido siquiera los recursos para denunciar o para hacer que los medios de comunicación les hagan caso?

    ¡De verdad!

    La estructura, la forma en que se imparte justicia en el país, no es ni de lejos equitativa. Cuando la ley hace justicia a un indígena, a una persona pobre sin recursos, la noticia aparece en las redes sociales y en varios portales porque, en México eso es la excepción y no la regla. Incluso algunos todavía buscan algún pretexto para demeritar a los indígenas, como ocurrió con el vlogger Callodehacha al criticar duramente a las indígenas de origen hñähñú a quienes se les hizo justicia por decir «nos chingamos al Estado». 

    Y claro que sí, estoy muy enojado e indignado.

    Porque en 2017, cuando se ha insistido demasiado en el tema de los derechos humanos, de los derechos a la mujer, un juez puede torcer y malinterpretar la ley deliberadamente para poner en libertad por medio de un amparo a un violador y pederasta.

    Y si esto no te indigna, es porque tienes un problema.

    ¡De verdad!