Autor: Cerebro

  • La etapa de la negación

    La etapa de la negación

    La etapa de la negación

    Es cierto que no se puede asegurar de forma categórica que López Obrador ha ganado la elección. En el mes que falta para el día de la elección pueden llegar a ocurrir eventos que modifiquen las intenciones de las encuestas: una revelación muy oscura y turbia del candidato (o sea, un as bajo la manga), una estrategia electoral muy inteligente (que raye en la genialidad) o algo parecido.

    Pero lo cierto es que las posibilidades de que AMLO gane son muy altas. Oráculus (el agregador de encuestas) dice que si hoy fueran las elecciones, López Obrador tendría el 92% de ganar. Si lo comparamos con futbol (aprovechando que tenemos al Mundial a la vuelta de la esquina) es más probable que ninguna de las potencias (Alemania, Francia, Brasil, Portugal, Inglaterra, Argentina, España y Bélgica) gane el Mundial, o que México llegue a semifinales (de acuerdo con las predicciones de UBS) a que López Obrador pierda las elecciones (con las tendencias del día de hoy, aclaro). 

    Las encuestas no se han movido mucho en los últimos tres meses, solo hemos visto un ligero incremento en favor de AMLO, mientras que Anaya después de un crecimiento se ha estancado y Meade se mantiene en tercer lugar; casi pareciera que están congeladas. También hemos visto que a pesar de que varios indecisos ya han comenzado a definir su voto (tomando a Oráculus de nuevo), éstos son menos que hace dos meses y no se han convertido automáticamente en votos en contra de AMLO. Ni siquiera la declinación de Margarita Zavala ayudó a cerrar la brecha. Es casi imposible que las tendencias cambien si en este mes no se da algún evento que implique un quiebre o ruptura.

    Y también es cierto que la respuesta de «no respondió o no sabe» no sólo está compuesta por indecisos, sino por gente que no va a ir a votar o que no le interesa. 

    Ante esta situación, muchas personas que no simpatizan con López Obrador se encuentran en una etapa de negación. Tratan de interpretar la realidad de tal forma que sea más cómoda emocionalmente (es decir, que mantengan una considerable esperanza de que López Obrador no vaya a ganar).

    Y esto es, hasta cierto punto, normal. Cuando se trata de política los individuos no somos completamente racionales, más bien mantenemos un sesgo donde tratamos de favorecer información que nos haga sentir bien y minimizamos aquella información que nos hace sentir mal. Así como muchos lopezobradoristas relativizan los errores y cuestionamientos de su candidato, también varios antilopezobradoristas ponen a las encuestas en tela de juicio porque no les agrada el resultado. Recordemos cuando López Obrador y sus seguidores decían que las encuestas estaban cuchareadas en 2006 porque se espantaron al ver como la brecha se cerraba.

    Este sesgo de confirmación no distingue siquiera preparación y educación. La gente más docta también es muy proclive en caer en este tipo de sesgos cognitivos. 

    Muchos dicen que las encuestas son falaces porque la muestra es de 1,200 cuestionarios cuando este tipo de muestra es más bien completamente normal y suele ser más la norma que la excepción. Para ello, tenemos que hablar del margen de error.

    El margen de error de las encuestas está determinado por el número de cuestionarios. Si el tamaño es de 1,200, el margen de error es de +/-3%. Esto quiere decir que si AMLO tiene 40 puntos, significa que la realidad se encuentra en un rango de 37 o 43 (tomando el caso de que el instrumento y la muestra estén bien diseñados). La relación entre el margen de error y el número de encuestas no es lineal, es exponencial. Si una casa encuestadora decide hacer 2,200 encuestas para que tenga mayor validez, se encontrará con que el margen de error es de +/-2% (solo disminuyó un punto). Tendría que hacer más de 6,000 encuestas para llegar al 1% aproximadamente, mientras que para llegar al cero absoluto tendría que encuestar a absolutamente todos los electores que van a votar. 

    Por ejemplo, tomando la encuesta de Reforma que salió el día de hoy que muestra que AMLO tiene más de 20 puntos sobre Ricardo Anaya, muchos aludieron a encuestas pasadas para afirmar que Reforma «siempre se equivoca» como en esta imagen:

    Si analizamos estrictamente todas estas gráficas nos daremos cuenta que en realidad la única que valida el argumento de que Reforma se equivocó fue en el 2000, error mucho menor del que algunos esperan. Coahuila no se puede tomar como referencia ya que ahí el PRI orquestó un fraude electoral, pero vayámonos con la encuesta de 2006 y la del Estado de México:

    Cuando una encuesta muestra una diferencia que se encuentra dentro del margen de error (es decir que es menor a este) se dice que hay un empate técnico. Este es el caso de de estas dos encuestas. En Estado de México le daba ventaja a Delfina, pero la victoria de Del Mazo quedó casi en los bordes del margen de error. La discrepancia fue de 4% cuando el margen de error fue del 3%. Reforma se equivocó por ¡1%! E incluso, dado que la diferencia que pronosticó era menor al margen, podemos decir que la encuesta de Reforma contemplaba la posibilidad de triunfo de Alfredo del Mazo.

    En 2006 ni siquiera hay error alguno ya que le dio a AMLO una ventaja de 2% (que es un empate técnico por estar dentro del margen de error) cuando Calderón ganó por menos del 1% cuando el margen de error oscilaba por el 3%.

    En la encuesta de Reforma que se acaba de presentar estamos hablando de más de 20 puntos de ventaja.

    ¿Esto significa que Reforma es infalible? No, aunque en 2012 fue una de las encuestas más certeras. Yo pienso que la diferencia es algo menor de la que muestra Reforma y creo que está más cercana a los 16 puntos de diferencia que muestra Oráculus. También debemos tomar en cuenta qué tan bien está diseñado el instrumento, la muestra, y el efecto de la tasa de rechazo (que podría tener una incidencia). Las encuestas se pueden llegar a equivocar, pero la realidad es que la gran mayoría de las encuestas muestran una misma tendencia, lo cual se refleja en el ejercicio de Oráculus, y que dice que López Obrador tiene una ventaja considerable  Yo prefiero usar los agregadores como referencia más que las encuestas por sí mismas, porque creo que, al final, al promediar, logran atenuar las discrepancias que estas puedan tener. 

    En redes me he encontrado con afirmaciones que dicen que la encuesta está pagada, que hay «algo chueco». Algunos (con mucha curiosidad pero sin el suficiente conocimiento en materia de investigación cuantitativa, porque vaya, no es su profesión) dicen que está manipulada porque en la CDMX se levantaron encuestas en delegaciones donde AMLO puede tener mayor ventaja, aunque en realidad estas se seleccionan de forma aleatoria. 

    Algunos también argumentan que entre sus amigos «casi nadie» va a votar por López Obrador,  que fueron a una conferencia de negocios y ahí muchos simpatizaban por Meade. Peor aún, algunos vieron un sondeo en Twitter y lo tomaron como argumento para decir que «el tabasqueño ya perdió y que todo es una manipulación de las encuestadoras». Pero los círculos cercanos no son siquiera representativos del universo. En 2012 nadie en mis redes quería a Peña Nieto y ganó porque el voto estaba en otros sectores con los cuales casi no tengo contacto. 

    Otro argumento es que las encuestas se equivocaron en el Brexit y en la elección de Estados Unidos:

    En el caso de Brexit, las encuestas se equivocaron más bien por pocos puntos. La mayoría de ellas daban el triunfo al «remain» por dos o cuatro puntos. Ni una lo hizo por más de 10 puntos de ventaja. 

    En el caso de Estados Unidos todas le dieron el triunfo a Clinton, pero la diferencia fue de 4 a 6 puntos al cierre. Y de hecho, Hillary ganó por 2 puntos tomando el voto popular (recordemos que en Estados Unidos las elecciones se definen por los votos de los superdelegados de los estados). El error de las encuestadoras fue de muy pocos puntos y el beneficiario fue el que representó el discurso sistema, al igual que en el Brexit. En el caso de México, el que tiene un discurso antisistémico es López Obrador. 

    Acá estamos hablando de que Oráculus, el agregador de encuestas más conocido de esta elección, le da al momento 16% de ventaja a López Obrador al día de hoy. Hablamos de que las tendencias no se han movido mucho en los últimos meses a pesar de la guerra sucia, del pleito de AMLO con los empresarios y los debates donde el tabasqueño no muestra sus mejores tablas. Hablamos de que la campaña del PRI contra Anaya afectó de forma considerables las posibilidades del panista y que las rencillas siguen, por lo cual se antoja complicado en extremo que todo el voto de ambos se concentre en un solo candidato. 

    Esto no se acaba hasta que se acaba, en una elección todo puede pasar. Lo que reflejan las encuestas actualmente es lo que ocurriría si la elección fuera el día de hoy, y eso significa que no se puede descartar alguna variación en el mes que falta. Pero por lo que comenté anteriormente, la realidad es que por más se acerca la elección las posibilidades de que López Obrador crecen cada vez más ya que, a pesar de todas las estrategias que se han utilizado para tratar de bajar el tabasqueño, este sigue muy cómodo allá arriba y se antoja cada vez más difícil que ocurra algo que represente una ruptura.

    Digamos que estamos el minuto 30 del segundo tiempo y el Atlético MORENA le va ganando 3-0 al Racing del Frente al cual ha superado ampliamente en la cancha. Sí, se han dado casos en que un equipo remonta ese marcador, pero eso ha ocurrido muy pocas veces. En muchas ocasiones, con un marcador así, algunos prefieren ir abandonando el estadio para no tener que lidiar con el tráfico de regreso a casa. 

    Y tal vez esta realidad no les (nos) guste a muchos. Pero habrá un momento en que se tengan que enfrentar a ella, ya que será importante conocerla para poder llevar a cabo de mejor manera su voto. Por ejemplo, en dado caso de que se acerque cada vez más la elección y no veamos variaciones, tal vez será más prudente preguntarse si López Obrador puede obtener mayoría en el congreso o no y votar en consecuencia. 

  • Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú Pt 2

    Te recomiendo encarecidamente leer la primera parte de este artículo si no lo has hecho. Dale click aquí. 

    Habiendo dicho todo lo que dije en la primera parte de este artículo, que un voto no sólo representa para el individuo un simple voto sino que, además, representa una forma de reafirmación de sus creencias y valores, entendemos que, en muchos casos, el elector estará poco dispuesto a cambiar su preferencia. 

    Quienes cambian su preferencia suelen ser aquellos que piensan que ningún candidato termina de representar sus creencias y valores de forma suficiente y mucho más que los otros. Es en estos casos cuando la gente puede estar más dispuesta a revisar y analizar las propuestas de gobierno y que estas terminen marcando una diferencia. Pero eso no significa que siempre lo hagan así, ya que lo que puede terminar determinando su voto es alguna estrategia de campaña que termine moviendo su emoción.

    Las propuestas por sí solas no ejercen casi influencia alguna sobre el elector, más bien lo hacen en la medida en que estas sean capaces de transmitir una emoción, un valor o ideario al elector. Recortar los servicios de salud a la mitad no le dirá nada hasta que se imagine en su cabeza (o que le cuenten) cómo podría sufrir al no seguir recibiendo el tratamiento que recibía en las instituciones públicas. Las propuestas de un candidato en su conjunto suelen generar una narrativa que, a la vez, le da sustancia y lo define, ya que a través de estas elector puede determinar a dónde quiere llegar o qué afinidad política tiene el candidato. Y si esta «sustancia» empata con las creencias y valores de un sector del electorado, se traducirá en votos en las urnas. 

    Ricardo Anaya y López Obrador, en este sentido, le dan un trato muy diferente a las propuestas, lo cual nos explica por qué aparecen como aparecen en las encuestas. Varias de las propuestas de Ricardo Anaya pueden parecernos sensatas, pero su equipo de campaña ha tenido dificultades para traducirlas en emociones y, peor aún, no nos cuentan una narrativa creíble: nadie sabe quién es Ricardo Anaya a través de sus propuestas. Con López Obrador sucede lo opuesto, podemos cuestionar la validez de sus propuestas pero en su conjunto (sí, incluyendo las más absurdas como lo es la cancelación del aeropuerto) sí crean una narrativa sólida: de un López Obrador que se presenta como antisistema y como la opción de cambio ante un régimen de corrupción como el actual. La gente no quiere datos, quiere emociones. 

    Si el individuo fuera enteramente racional como algunos sugieren, diseccionaría las propuestas, le daría un valor a cada una de ellas, las pondría en una balanza y determinaría, con base en una evaluación o puntaje final, quien es el candidato idóneo. Pero esto no sólo no sucede así, sino que este ejercicio sólo podrían hacerlo aquellos individuos con alguna psicopatía o algún impedimento para tener emociones. Es imposible que nuestras creencias, nuestros valores y nuestro estado de ánimo no afecten nuestra intención de voto.

    Esperar a que la gente sea completamente racional a la hora de elegir su voto (con la connotación que se le da) y analice las propuestas a profundidad, es como si se nos apareciera un tigre y, en vez de asustarnos y correr, nos pusiéramos a evaluar los pros y los contras de las acciones que podríamos realizar. 

    Las emociones juegan un papel muy importante cuando los candidatos nos transmiten las propuestas. Las propuestas de AMLO no sólo generan incertidumbre en un sector por los errores en el planteamiento de varias de ellas, también están acompañadas de una oratoria muy torpe y lenta que refuerza la impresión de que sus propuestas están mal planteadas. La propuesta de la Renta Básica Universal de Ricardo Anaya es un gran ejemplo de esto que digo: su propuesta no tiene mucho sustento ya que es una medida de la cual sólo se han hecho pruebas piloto en sectores muy específicos de algunos países, pero además las cuentas no cuadran. Si López Obrador la hubiera propuesto se hubiera reforzado la idea de que es un demagogo que no sabe nada de economía, pero ésta no generó tanta incertidumbre ya que Anaya fue elocuente al comunicarla, casi como si se tratara de algo novedoso o sofisticado. La medida fue criticada por varios expertos pero no necesariamente por el grueso de la población. Hoy, nadie está pensando en «no votar por Anaya» porque su propuesta nos podría llevar a una crisis económica. 

    Pero justamente este mismo ejemplo es muy bueno para explicar por qué una propuesta, si no tiene un contenido en general, no tiene impacto. La propuesta no generó reacciones negativas porque la elocuencia de Ricardo Anaya logró disfrazar sus carencias, pero tampoco logró generar reacciones positivas porque Anaya nunca logró subirla al terreno de las emociones, todo quedó en un terreno racional, como si un académico estuviera explicando a sus alumnos por qué cierta política es útil. 

    La narrativa que crean los candidatos es la que genera que muchos electores simpaticen con ellos o los desprecien (como suele ocurrir con López Obrador en ambos casos). Como los individuos no somos iguales, no pensamos todos de la misma forma y no compartimos exactamente los mismos valores, no todos haremos el mismo juicio de una misma narrativa. Algunos valorarán más el sentimiento de esperanza en el discurso de López Obrador en tanto que otros tenderán a preocuparse por la incertidumbre. Algunos se preocuparán más por la demagogia de AMLO que por la falsedad que transmite la narrativa de Anaya o viceversa. 

    La misma narrativa nos explica por qué los embates hacia López Obrador no afectan mucho en las encuestas. Después de más de 12 años de campaña, López Obrador ya tiene una narrativa definida y los electores ya se hicieron una idea clara de ella. Además, AMLO tiene la suerte de que esa narrativa embone con el contexto actual de hartazgo y resentimiento hacia el gobierno. En cambio, Ricardo Anaya y Meade están obligados a construirla dentro de las mismas elecciones pero no han sabido cómo (a Meade le afecta sobremanera el lastre llamado PRI que lo limita y Anaya no ha encontrado la fórmula). Pero la narrativa no es una simple estrategia de publicidad, la mercadotecnia ayuda a venderla, a ponerle un empaque atractivo y a enclavarla dentro del contexto actual mas no a crearla (es muy evidente cuando es creada y diseñada de forma artificial por publicistas o estrategas políticos). La narrativa, decía, proviene de las propuestas que, a su vez, provienen de las ideas, y damos por sentado que las ideas nos hablan de las convicciones y las creencias del candidato.

    La narrativa empata con la esencia del candidato (lo cual tiene que ver con su historia tanto personal como política, su personalidad y, a veces, hasta con su lenguaje corporal y su forma de expresarse) y si no lo hace, entonces pierde credibilidad. 

    Como decía en la primera parte, que necesariamente estén entremezcladas subjetividades y emociones no implica que no podamos ejercer un voto más informado. Las mismas emociones incluso, bien entendidas, podrían ayudarnos a ello. Hay qué hacer el ejercicio opuesto, bajar las emociones al terreno de la razón, entender por qué cierto candidato evoca ciertas emociones. Las emociones no son un defecto o algún lastre, por el contrario, tienen una función y nos pueden servir como una guía, así como lo ocurre en nuestra vida diaria. No se trata de eliminar la emoción frente a la razón, sino de complementarlas y de hacer que una sirva a la otra.

    Si un candidato te causa repulsión, podrías preguntarte exactamente por qué. Puede ser que lo percibas como una figura corrupta y eso te cause molestias, pero luego podrías preguntarte ¿cuáles son los argumentos por los cuales lo percibes de esa forma? ¿Tienen sustento esos argumentos? Un ejercicio de empatía hacia las emociones y argumentos de los demás también podría ayudarte a ejercer un voto más informado porque de esa forma puede que conozcas información que antes siquiera habías considerado y tendrás más elementos para hacer un juicio.

    Eso no hará que todos «descubran» que un candidato sea la mejor opción de forma unánime. No sólo porque, en muchos casos, es más difícil y complejo determinarlo de lo que pensamos, sino porque los elementos subjetivos (aquellos determinados por las creencias, la historia de vida o hasta la genética) no pueden deshacerse del todo. Pero este ejercicio sí hará que tengas más posibilidades de hacer una buena elección.

    Porque créeme, hasta los más doctos y cultos se han llegado a equivocar a la hora de apoyar a algún candidato o movimiento. Y no por equivocarse son «unos pendejos». 

  • Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    Lée esto antes de decirle pendejo al que no va a votar como tú

    En el libro «Political Brain» de Dres Westen, se narra un experimento para tratar de entender qué tan racional es el hombre a la hora de decantarse por un candidato o candidata. En dicho experimento se sometió a los participantes (que simpatizaban con los republicanos o con los demócratas) a una serie de diapositivas: en la primera, cierto político hacía una afirmación, y en la siguiente hacía otra afirmación que se contradecía con la primera (Por poner un ejemplo, un candidato dice: «voy a subir el salario mínimo para ayudar a las familias que menos tienen» y un mes después ante empresarios dice «subir el salario mínimo es una medida artificial que va a detonar la inflación»). Luego, se les pedía que en una escala del 1 al 5 evaluaran qué tan contradictorio era dicho candidato.  

    Resultó que los participantes le dieron una calificación más alta (más contradictorio) al político del partido con el que no simpatizaban, en tanto que, de la misma forma, relativizaban las contradicciones del político del partido con el que tenían simpatías. Al primero le daban un 5 y al otro un 2 o 3. Las reacciones en el cerebro de los participantes iban en consonancia, los participantes buscaban reducir aquellas sensaciones que les parecieran desagradables e incómodas (como caer en la cuenta de que su candidato era un mentiroso).

    Cuando de una elección se trata, todos juran ser objetivos y racionales. Todos juran estar del lado de los que piensan, mientras que los otros son los emocionales, los viscerales, y hasta los pendejos y los ignorantes; como si la elección se tratara de una batalla entre los que sí piensan y los pendejos. Peor aún, creen que haciendo gala de su superioridad moral van a lograr persuadir a los otros:

    – A ver, voy a compartir este post y le voy a poner: «para que se eduquen, chairos ignorantes». Así le voy a quitar algunos votos a López Obrador.

    En realidad, eso es muestra de que ellos mismos también están siendo muy irracionales. En principio, porque ni siquiera saben las razones por las cuales sus «contrapartes» van a votar por uno u otro candidato. Creen que «escuchar las razones del otro» es ceder, cuando bien les podrían dar más información para llevar a cabo una elección racional. En ese momento, elegir a un candidato deja de ser un tema de racionalidad y comienza a ser una batalla donde cada quien agarra una bandera.

    Por eso es que en los debates las tendencias se mueven más bien poco y sólo llegan a influir entre los que están más indecisos. Los que han tomado una postura no la van a cambiar y el debate solamente les funciona para reafirmar su postura. Tómese como constante en esta elección la batalla entre el lopezobradorismo y el antilopezobradorismo. Según Demotecnia, AMLO fue el gran ganador del debate, pero al mismo tiempo también fue el gran perdedor del debate. 

    Fuente: Demotecnia
    De las Heras Demotecnia

    ¿Por qué pasa esto? Porque la postura que los electores tienen frente a López Obrador (sea positiva o negativa) se explica más por las emociones que por la razón. Las dos emociones que mueven más estas elecciones tienen que ver con el tabasqueño. López Obrador es el depositario del hartazgo hacia el gobierno actual y el sistema, y «se le tiene miedo» a López Obrador. No hay medias tintas con el candidato, no son muchos los que se atreverían a decir: «pronostico que AMLO no gobernará muy bien pero no ocurrirá una catástrofe» o «la presidencia de AMLO será medianamente aceptable» aunque esos escenarios bien pueden plausibles. 

    El efecto de la polarización, generada tanto por el tabasqueño con su discurso como por sus críticos acérrimos con las campañas de contraste, ha acentuado estas posturas. Unos esperan un cambio profundo y otros una tragedia. Eso también explica por qué la postura hacia López Obrador suele ser más dura e incluso rayar en el fanatismo en muchas ocasiones, mientras que los otros dos candidatos casi no generan emociones ni de una simpatía extrema ni de un fuerte rechazo, sino más bien de indiferencia, cierto desprecio o más bien como vía para ejercer el voto útil contra AMLO.

    Este sesgo de confirmación no es necesariamente producto de la ignorancia, ya que es posible verlo hasta en los más eruditos quienes hacen juicios de los candidatos con base en sus posturas ideológicas. Esta irracionalidad tal vez tenga algún sentido de existir ya que es muy complejo y difícil pronosticar bien a bien cómo es que un candidato va a gobernar, y sólo es posible tener una vaga aproximación con información limitada porque ni siquiera conocemos el entorno en el que gobernará.

    Una forma de tener alguna aproximación es analizando las propuestas y corroborar que estén bien sustentadas. Para saberlo será, en muchos casos, necesaria la opinión de expertos en el tema de quienes debemos esperar que algún tipo de sesgo no tuerza la evaluación ya que prácticamente nadie tiene la preparación en todas las áreas en las que un Presidente gobernará. Habrá que ver si están realmente dispuestos a cumplirlas o son actos de propaganda; y si están dispuestos a hacerlo, habríamos de preguntarnos si habrá la posibilidad política de aplicarlas (por ejemplo, reformas que necesiten una mayoría en el Congreso). 

    Importa, sí, el historial del candidato y su reputación. Pero aunque sea buena o mala, tampoco sabemos bien a bien cómo podrá reflejarse en su gestión. Hay atributos que pueden ser vistos como malos pero que en ciertos contextos podrían llegar a ser buenos. Me viene la mente cuando a Anaya se le acusa (con razón) de haber traicionado a otros políticos para salirse con la suya. Esa agudeza política no siempre será nociva, en ciertos contextos podría incluso generar algunos aciertos. 

    Entendiendo todo esto, podemos concluir que emitir un voto racional es más bien complicado. Y ya que la realidad objetiva en esta cuestión es difícil de alcanzar y evaluar dada su complejidad, las subjetividades y las emociones juegan, sí o sí, un papel muy importante. Aunque esta imposibilidad no significa que nos dejemos llevar completamente por las emociones, sino reconocer nuestras limitaciones y procurar acercarnos a la realidad objetiva lo más posible, aunque no la alcancemos del todo.

    Si se le viera desde un punto de vista racional y pragmático, un solo voto no vale casi nada. A menos que la diferencia entre los dos punteros sea de un solo voto, el voto de una sola persona no alterará el resultado de la elección. Pero en realidad muchos de los electores están deliberando y discutiendo su forma de votar durante toda su campaña y, pasados los años, recuerdan muy bien por quienes votaron (al menos los cargos muy importantes). Debe haber necesariamente un componente emocional para que la gente salga a votar.

    Un voto también es una forma de reafirmarse personalmente, es también una suerte de expresión personal. Cuando una persona vota por tal o cual candidato reafirma ciertos valores o intenta mandar un mensaje. Su voto casi no hará diferencia, pero sentirá un placer dentro de su organismo cuando vote por un candidato para votar al sistema o cuando vote en contra del otro candidato. También alimenta su sentimiento de pertenencia, lo cual es fácilmente demostrable en las redes sociales donde se crean facciones: «los chairos contra los fachos o derechosos». Votar es pertenecer a algo, a una forma de percibir y concebir la realidad, percepción que está dada por factores culturales, de historia personal y hasta genéticos, donde algunos valores tienen prioridad sobre otros: algunos se preocupan más por la libertad que por la igualdad y viceversa.  

    Cuando una persona cuestiona a otra y le dice: «qué pendejo, cómo votaste por Anaya», no sólo está haciendo un juicio de su voto, sino de su persona, porque su forma de votar podrá reflejar algo de su persona e incluso se atreverá asumir atributos que tal vez ni siquiera la otra persona posee. Incluso evaluamos las subjetividades de la otra persona por medio de nuestras subjetividades propias. Por eso es que un ínfimo voto que por sí mismo no cambia ninguna realidad puede llevar a mucha gente a perder amigos o hasta familiares. 

    A menos que una persona piense votar por un candidato porque tiene un gran deseo de afectar a otras personas (por ejemplo, votar por un candidato que deseé atentar contra la integridad o dignidad de algún sector social), hacer un juicio sobre la integridad de una persona tan sólo por su intención de voto es un acto irresponsable. 

    Por eso es importante recordar que, antes de juzgar a otra persona por su forma de votar, recuerdes que es muy posible, si no es que seguro, que las emociones también estén teniendo una influencia sobre tu voto.

  • Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    Análisis del segundo debatín chafín

    ¿Cómo poder reseñar un debate tan aburrido, tan deplorable y tan decepcionante como el que tuvimos? No fue el formato, no fueron los moderadores (aunque creo que Yuridia no estuvo a la altura), fueron los candidatos. Estimados, tenemos unos candidatos deplorables y no entiendo como algunos se dan el lujo de perder amigos y hasta familiares por defenderlos. 

    ¿Quién ganó el debate? Es una pregunta muy debatible y compleja de responder, pero lo que sí estoy seguro es que el gran perdedor es México.

    Vamos al grano. Lo primero que tengo que decir es que ninguno aportó gran cosa en materia de política exterior. Es un tema demasiado importante dada la coyuntura de nuestro país (con el TLCAN en plena negociación) y ninguno estuvo a la altura, ni siquiera Meade quien tiene experiencia como canciller. Fue terrible, puros lugares comunes, puras palabras al aire. Puras acusaciones, peleas dignas de un patio de primaria. ¡Vaya! Un circo terrible.

    López Obrador

    A mi parecer López Obrador fue el ganador. No porque sea bueno debatiendo, no porque tenga las mejores propuestas. Simplemente porque tenía que ir a conservar su ventaja, y todo parece ser que así va a ser. Me preocupa que el candidato de MORENA no sepa ni un ápice de política exterior, es un ignorante del tema, no sabe absolutamente nada y ni su larga experiencia como político lo ha motivado a aprender algo. También preocupa su escasa agilidad mental, la cual se nota incluso cuando intenta hacer chistes. Básicamente me preocupa que quien será, casi con toda seguridad, nuestro próximo presidente, tenga carencias en cuestiones tan elementales. Me preocupa que recursos como ese de «Ricky Riquín Canayín» le funcionen y le aplaudan por eso. Son patéticos pero funcionan.

    A López Obrador le fue bien por dos cosas: primero, porque sus contrincantes desperdiciaron muchas oportunidades para noquearlo; y segundo, porque AMLO se mostró más despierto y sonriente en el debate, cosa importante después de haber sido criticado por, supuestamente, tener problemas de salud. A pesar de que Anaya logró hacerlo enojar alguna vez, AMLO enrareció el debate con sus ocurrencias y eso hizo que muchas de las críticas quedaran fuera de foco. El recurso de la cartera le funcionó muy bien, así logró esquivar lo que hubiera sido un golpe de Anaya quien se regresó frustrado a su lugar. 

    A pesar de su torpeza al hablar y su ignorancia en temas puntuales, AMLO mueve sentimientos y lo hace muy bien cuando está de buenas. 

    Ricardo Anaya

    Sí, fue el que debatió mejor, el que llegó más preparado, quien llevó más libros, apuntes y láminas. Pero en un debate presidencial no siempre gana el que debate mejor sino quien rentabiliza el debate a su favor y Anaya no lo logró. 

    Ricardo Anaya tenía que ir a buscar el voto blando de Andrés Manuel, ese voto que ganó en los últimos meses y que no está compuesto por incondicionales. Para eso tenía que lograr tres cosas: 1) Presentarse como antisistema, 2) Asestarle golpes contundentes a AMLO y 3) Crecer por méritos propios:

    Anaya sólo logró lo primero. Mantuvo una crítica con el gobierno actual y eso estuvo bien. De hecho, al principio creí que, aprovechando la ignorancia de López Obrador en materia de política exterior, Anaya se comería a López Obrador, pero no ocurrió, lo cual nos lleva al segundo punto: 

    Anaya no logró noquear a AMLO, lo logró hacer enojar una vez pero nunca lo tumbó. En algunos casos los golpes fueron poco certeros y López Obrador logró darles la vuelta con sus chistes o en alguna ocasión con uno que otro argumento. Ricardo Anaya mintió en ocasiones cuando hizo algunas de sus acusaciones y llegó a ser exhibido por ello. 

    El panista tampoco logró crecer por sus propios méritos. Yo había dicho anteriormente que debajo de su elaborada retórica no hay mucha sustancia y eso quedó, a mi parecer, muy evidente en este debate. ¿Por qué quiere ser Anaya presidente? ¿Como sería su gobierno? ¿Con quienes trabajará? ¿Cómo piensa Anaya? No respondió esas preguntas y su persona sigue generando incertidumbre. Pero aún para él. A pesar de ser elocuente, no inspira confianza. Su lenguaje corporal tiene rasgos esquizoides, su sonrisa y sus expresiones de la cara son muy falsas.

    Si he dicho que con una eventual presidencia de López Obrador podría haber algunos riesgos, no podría decir lo opuesto de Anaya. Al no resolver todos estos dilemas, veo muy difícil que logre alcanzar a AMLO en las encuestas.

    José Antonio Meade

    El candidato del PRI mejoró bastante. Se vio más elocuente y supo hilar argumentos de mejor forma. Se veía que venía entrenando y su mejora ya se palpaba en los últimos programas a los que lo invitaban a participar. Pero creo que no fue suficiente, sobre todo porque no logra o no quiere desligarse del corrupto gobierno de Peña Nieto y porque ya es demasiado tarde. La idea de que la elección es entre Anaya y López Obrador ya quedó impregnada en la cabeza de la mayoría de los electores. 

    Lo que sí podría criticar de Meade es que, a pesar de haber sido canciller, no mostró muchas tablas ni un gran conocimiento en el tema. En ese sentido, también desperdició una oportunidad. Concuerdo con quienes dicen que es el mejor candidato (el problema es el partido que lo postula) pero nunca logró exhibir del todo su amplio conocimiento sobre el tema. Veo muy difícil que logre salir del tercer lugar en donde está estancado. 

    El Bronco

    Una vergüenza. No puedo decir más. 

    Conclusión

    El debate no va a mover muchas cosas. En las encuestas que ya han sido publicadas y que preguntan quién fue el ganador del debate Anaya aparece en un primer lugar, pero apenas por encima de AMLO. Anaya tenía que generar la percepción de que su triunfo fue contundente (cosa que había logrado en el primer debate) para rentabilizarlo con una estrategia posdebate. Lamentablemente no lo logró, se quedó a medias cuando tenía que dar el estirón para alcanzar el voto blando de AMLO, ese que vale doble.

    No sé si este arroz ya se coció pero creo que el resultado de este infame debate pone a López Obrador cada vez más cerca de la presidencia. Lo único rescatable fue el formato. Por lo demás, los mexicanos deberíamos reflexionar y preguntarnos por qué es que tenemos candidatos tan mediocres. 

    Esta es nuestra realidad y el debate (si es que se puede llamar así) nos lo recordó, y esos son los candidatos que van a estar en la boleta. 

  • Los límites de la guerra sucia

    Los límites de la guerra sucia

    Los límites de la guerra sucia

    A la fecha, habiendo cruzado la mitad de la campaña electoral y a menos de 43 días de las elecciones, ni los equipos de campaña de Ricardo Anaya ni los de José Antonio Meade ni quienes son muy escépticos del tabasqueño (como algunos círculos de empresarios) han encontrado la fórmula para bajar a López Obrador del primer lugar o siquiera para acercarse a él. 

    Muchos mantuvieron su esperanza en mitos o esperaban que se repitiera la historia de ocasiones pasadas. Hay quienes, haciendo un análisis torpe y superficial, pensaron que era casi consecuencia natural que López Obrador empezara a caer en las encuestas: eso no ha pasado en lo absoluto. Otros aseguraron que López Obrador cometería errores que le costarían la presidencia. No es que no los haya cometido (el caso con los empresarios podría haberle costado algunos puntos de ventaja en otro contexto), sino que son sus «adversarios» los que los están cometiendo producto de la desesperación.

    Hasta hoy 20 de mayo se han llevado a cabo muchas acciones que, pensaron, tumbarían inevitablemente a López Obrador. Confiaron en que su casi nula capacidad para debatir le restara puntos y no ocurrió (al menos en el primer debate); pensaron que el bombardeo de guerra sucia a través de spots y cadenas de Whatsapp cambiara la intención de voto y tampoco ocurrió; se colocó publicidad en los camiones de una supuesta serie llamada «Populismo en América Latina» y nada ocurrió. Hace unos días, Raymundo Riva Palacio escribía una interesante columna preguntando sobre la salud de López Obrador. No parecía haber alguna oscura intención ahí (y no creo que la haya habido). Por el contrario, es muy pertinente preguntar por la salud y el estado de los candidatos que quieren aspirar a llegar a la Presidencia. Pero luego, los adversarios se dieron cuenta que podrían «subirse al tren del mame» y mostrar a un candidato cuya salud y edad no le permitiría conducir a la nación.

    Esta estrategia no es nueva. La campaña de Donald Trump la utilizó contra Hillary Clinton (quien se desvaneció al bajar de un automóvil) y en el 2012 se utilizó en contra de Josefina Vázquez Mota. La intención es mostrar a un candidato débil que no tiene la fortaleza ni la templanza para dirigir a una nación, ya que generalmente los candidatos que muestran fortaleza y contundencia suelen ser más atractivos y generan más confianza en el electorado. 

    La estrategia podría haber tenido cierto éxito, de no ser por el grave error que cometieron con el video que publicó Javier Lozano en su cuenta. El video muestra a una persona de la tercera edad (que tiene el mismo acento de López Obrador) que quiere conducir su coche y su hija no lo deja porque ya no está en condiciones de manejar. 

    El problema con este video, además de ser muy agresivo con el candidato López Obrador, es que estigmatiza a las personas de la tercera edad. Fue natural que haya producido un fuerte rechazo en redes sociales y echó a perder la estrategia ya que desvió la narrativa del «si AMLO está en condiciones de gobernar o no» al «están tan desesperados porque van abajo que se ven en la necesidad de lanzar estos videos tan agresivos». Mató una estrategia a la que bien le pudieron haber dado cuerda.

    La desesperación es evidente. Si bien, es natural que en unas elecciones todos le peguen al puntero (es la estrategia más obvia), deberíamos preguntarnos si este tipo de estrategias, que no dan información al elector y más bien terminan reforzando estigmas dentro de la sociedad, siendo los afectados, en este caso, las personas de la tercera edad, deberían de ser válidas. Este tipo de contenidos son también la muestra de la pauperización de la calidad de las campañas electorales, donde darle al elector información para que tome una decisión es importante pasa a un segundo plano o ni siquiera importa ya.

    Las campañas de contraste (que algunos señalan como guerra sucia) pueden ser útiles al darle al elector información. Es válido, a mi parecer, que se señalen los puntos débiles del candidato: ya sea su historial como político o la calidad de sus propuestas. Pero este tipo de campañas no deberían atentar contra la integridad del candidato, o peor aún, contra un sector de la población. Es válido señalar que un candidato es corrupto en tanto se tengan pruebas de haber estado involucrado en actos de corrupción, o es válido también decir que sus propuestas son riesgosas económicamente si hay bases para realizar esa argumentación. Si bien AMLO puede tener algunos problemas de salud y es válido preguntar por ellos, no se puede inferir que no tiene la capacidad de gobernar el país (esos problemas de salud pueden ser atendidos) y menos que es un «anciano incapaz que necesita del cariño de los suyos». 

    Preguntar por su salud como estrategia era válido hasta antes del video. Es válido dar información al elector sobre su estado de salud, sobre el hecho de que tiene problemas en la columna, que doctores cubanos de Miami vienen constantemente a México para estar al tanto de la salud del candidato. Lo que no es válido es denigrar a una persona y, peor aún, a un sector de la sociedad.

    Esta estrategia, que creo pudo generar algún efecto negativo contra López Obrador, terminará generando el efecto contrario y no se les haga raro que algunos incluso decidan darle su voto. Este tipo de actos sólo abonan a la victimización del candidato tabasqueño. 

  • El debate que se viene, la última llamada para Anaya

    El debate que se viene, la última llamada para Anaya

    El debate que se viene, la última llamada para Anaya

    Había dicho que el debate pasado podría ser la última llamada para que Ricardo Anaya y José Antonio Meade entraran en la pelea. En efecto, la fue para Meade y no la aprovechó. Anaya se quedó a medias: se consolidó como el segundo lugar frente a López Obrador y subió algunos puntos pero no había subido lo suficiente como para hacer mella el puntero. Po eso, el segundo debate podría ser la última posibilidad para que Anaya logre meterse de lleno en la pelea.

    De hecho, si la logra capitalizar bien, esta semana podría ser crucial para Anaya. La renuncia de Margarita Zavala a la candidatura le beneficia, aunque la renuncia por sí sola no moverá mucho las cosas. Si bien, es iluso esperar que los cinco puntos que deje Margarita se vayan con Anaya, el panista podrá ser el más beneficiado de todos y tal vez eso le ayude a recortar aunque sea uno o dos puntos de ventaja a López Obrador. Si a esto se le suma que logre hacer un muy buen debate y logre sumar algunos puntitos más, se podrá meter en la pelea y generar la sensación de que la victoria de AMLO no es segura. Recordemos que las campañas están compuestas también por un factor psicológico que afecta no solo a los electores, sino a los propios candidatos y a quienes forman parte de su campaña. Que la brecha se cierre podría poner nervioso al tabasqueño.

    Pero Ricardo Anaya tendrá que hacer un debate excepcional. Es muy elocuente y es uno de los candidatos con mejor retórica de los últimos tiempos, él prepara sus intervenciones con mucha meticulosidad, aprovecha muy bien el tiempo que les dan a los candidatos para practicar, analiza su discurso y hasta las tomas de las cámaras. Pero Anaya no ha logrado construir una narrativa y un ideario creíble al punto que ni con su gran elocuencia logra ocultar que en su proyecto no hay mucha sustancia, que hay poco más que propuestas al aire que juntos no forman nada. En la entrevista con Milenio, Ricardo Anaya mostró, gracias a los incisivos cuestionamientos de personas como Jesús Silva-Herzog, que tiene grandes problemas para mostrarse como un candidato confiable. No suena creíble cuando dice que le preocupa la desigualdad en México, y cuando le cuestionan por su falta de sustancia y narrativa recurre al cliché de comparar al Frente con el caso alemán. 

    Si Anaya no logra mostrar algo más coherente y convincente en el debate, difícilmente logrará subir mucho como para meterse en la pelea. No sólo se trata de bajar a López Obrador, se trata de que logre persuadir a más personas de su proyecto, el cual para muchos sigue siendo un misterio. 

    Aunque Anaya tenga una ventaja natural en el debate, tendrá que preocuparse por hacer bien tres cosas: 1) Atacar a matar o morir a López Obrador 2) Mostrarse como antisistema 3) Mostrar una narrativa creíble. 

    López Obrador, por su parte, tendrá que prepararse mejor para el debate. En el primer debate le fue suficiente con esquivar y dejar pasar, pero en este caso no podrá mostrar esa actitud arrogante ya que el formato Town Hall no se lo va a permitir. AMLO no sólo recibirá cuestionamientos de los candidatos o los moderadores, sino del público, de ciudadanos. Además, la ausencia de Margarita le dará más tiempo a sus opositores de confrontarlo. Recibirá ataques frontales de Ricardo Anaya, José Antonio Meade y hasta del propio Bronco. El primero, Anaya, irá a matar. A José Antonio Meade, aunque ya casi sin posibilidades, se le ve más preparado, en las últimas entrevistas se le ha escuchado un tanto más fluido y coherente. Si López Obrador se confía, podría pasarla muy mal y eso podría llegar a afectarle en las preferencias.

    A sabiendas de que Anaya y Meade se irán contra él, AMLO tendría la posibilidad de crear la percepción de que ambos candidatos están aliados en su contra para así quitarle el velo antisistémico con el que Anaya busca presentarse. Pero ya no basta con esquivar, AMLO deberá responder, cuando menos, a las acusaciones y a las críticas, deberá verse un poco más activo y que «no le vale madres el debate». El formato no le permitirá el lujo de tomar una postura de desprecio como ocurrió en el debate pasado.

    López Obrador acertó al sacar la bandera blanca ante los empresarios. Si el conflicto se hubiera mantenido abierto habría sido una gran oportunidad para que sus adversarios lo confrontaran por el tema. Pero hoy vemos a López Obrador felicitando a la Coparmex por coincidir en el tema del salario mínimo, también parece haber cedido o reculado en el tema del aeropuerto y ya ha logrado articular de mejor forma su propuesta de la amnistía de tal forma que genera menos incertidumbre. Al menos parece que se preparó para no llegar tan golpeado al debate, aunque su postura frente a la Reforma Educativa sigue siendo la misma (cancelarla) y ese podrá ser su talón de aquiles. 

    Una elección no se acaba hasta que se acaba, pero si Anaya no logra hacer un debate espléndido, sus posibilidades de cara a la elección serán ya más bien pocas. Mientras tanto, veremos qué pasa. 

  • Todo lo que debes de saber sobre las encuestas electorales

    Todo lo que debes de saber sobre las encuestas electorales

    Todo lo que debes de saber sobre las encuestas
    Foto: eldia.com

    ¿Qué es una encuesta electoral?

    Las llamamos encuestas, pero sería más correcto llamarlos estudios cuantitativos o estudios en campo ya que las encuestas sólo refieren a los instrumentos que contienen las preguntas que se hacen a los encuestados. Por ejemplo, se habla de investigaciones de mercado o estudios cuantitativos cuando estas mismas metodologías se utilizan para conocer la opinión de la gente con respecto a algún producto o servicio. Los mercadólogos no decimos «vendemos encuestas», sino «estudios de mercado». Pero bueno, me voy a referir como encuestas a estos estudios porque es la forma como popularmente se les conoce (la encuesta de Reforma o la encuesta de Mitofsky). 

    Las encuestas son una fotografía del momento, no un pronóstico.

    La encuesta electoral tiene una función específica: medir la tendencia de voto en un momento determinado. Es decir, la encuesta responde a la siguiente pregunta «Si el día de hoy fueran las elecciones ¿cómo votaría la gente?» Dicho esto, los resultados de una encuesta no predicen quien va a ganar, pero sí muestran una fotografía del momento, que no necesariamente corresponderá a la de la siguiente semana o al siguiente mes.

    Sin embargo, de una encuesta sí se pueden sacar conclusiones; no sólo de la encuesta misma, sino con respecto de los levantamientos anteriores de la misma casa encuestadora para entender cómo se están moviendo las preferencias. Por ejemplo, si una casa encuestadora muestra que AMLO sigue en un consolidado primer lugar en el transcurso de dos meses nos dice algo y ese algo podemos interpretarlo. Las casas de campaña también toman muchas decisiones mediante encuestas (muchas veces de consumo interno) porque es el instrumento que les puede dar una visión más aproximada de la realidad. 

    ¿Cómo se diseña una encuesta?

    Básicamente se toma una muestra proporcional del universo (que en este caso son todas las personas de este país en edad de votar). Es decir, si la población del país tiene tales características, si hay tantos hombres y mujeres o si las ciudades más pobladas son estas y aquellas otras, la muestra tiene que ir en consonancia con la población total. Por un decir, si el 40% de la población mexicana está en el norte y 60% está en el sur, la muestra deberá tener la misma proporción. Que se hagan pocas encuestas (poco más de mil, por ejemplo) no implica que el estudio no sea válido porque recordemos, las encuestas toman una muestra proporcional del universo. Para esto, las casas encuestadoras especifican un margen de error (que suele oscilar entre +/-3 o +/-4) que es inversamente exponencial al número de encuestas. Es decir, por más encuestas se realicen, el margen de error disminuye, pero no lo hace de forma proporcional sino exponencial. Hay mucho menos encuestas de distancia entre un margen de error de 5 y 6 que entre uno de 2 o 3. Sólo podría conseguirse un margen de error de cero si se encuestara a absolutamente todas las personas que van a votar (es decir, a todo el universo). 

    El número de las encuestas no debería importar mucho en tanto el margen de error no sea muy grande. 

    Pero ¿cómo interpretamos el margen de error? Es fácil: si la encuesta dice que AMLO lleva 40 puntos porcentuales y el margen de error es +/- 3, eso implica que en realidad AMLO podría tener entre 37 y 43 puntos. Por eso, cuando se levantan encuestas y la diferencia de dos candidatos no excede los tres puntos, se dice que está en empate técnico; porque la diferencia bien podría ser producto del margen de error. 

    Las encuestas no empatan necesariamente con tu percepción.

    ¿Cómo es que López Obrador va ganando si casi todos mis amigos van a votar por Anaya? ¿Cómo es que ganó Peña Nieto si en mi Facebook nadie votó por él? ¡Hubo fraude! Estas son preguntas que he escuchado constantemente a muchas personas. La realidad es que sólo están midiendo, sin ningún instrumento científico (es decir, a ojo de buen cubero), las preferencias en el sector del nivel socioeconómico en el que se mueven, el cual muy posiblemente sea distinto a todos los niveles socioeconómicos y culturales con los cuales no tienen contacto y que muy seguramente tienen mucho mayor peso que el suyo. Esto naturalmente implica que los sondeos levantados en Twitter o en Facebook no tienen ninguna validez científica y no pueden tomarse como referencia ya que no se está tomando muestra alguna. Un ejemplo de esto es que las encuestas en Twitter que han levantado algunos reporteros o líderes de opinión tienen serias discrepancias que tienen que ver con el tipo de audiencia que los sigue. 

    Una encuesta levantada en las redes sociales que pretende mostrar preferencias electorales es, por definición, errónea. 

    Por eso, cuando se habla de tendencias, las percepciones personales de acuerdo a «las opiniones de los demás» (percepciones que muchas veces contienen un fuerte sesgo de confirmación a favor del candidato con el que se simpatiza) suelen estar bastante lejos de la realidad, y cuando atinan, es más bien producto del factor suerte. 

    Las encuestas se pueden equivocar. 

    Para que funcione una encuesta la toma de la muestra, el diseño de la propia encuesta y la ejecución, deben estar bien hechos. Un error aquí podría sesgar el resultado. Por eso las casas encuestadoras tienen que ser muy meticulosas a la hora de diseñar la muestra, que la encuesta esté hecha de tal forma que los encuestados contesten de la forma más fidedigna posible y que los encuestadores estén bien capacitados. En este trayecto también es posible sesgar las encuestas deliberadamente, incluso basta con que el encuestado utilice un tono de voz determinado (por ejemplo, muestre más enjundia al mencionar a un candidato y menos al mencionar otro) o haga la pregunta de cierta forma para lograr cierto sesgo. 

    Si bien una encuestadora puede llegar a sesgar deliberadamente una encuesta, no implica que una discrepancia entre la encuesta y el resultado real sea producto de un sesgo deliberado. También puede ser producto de un mal diseño de la muestra (cosa que a veces es más común de lo que se cree) o inclusive de otros factores que no se midieron bien y que ha llegado a afectar a las encuestas de mayor reputación a nivel mundial. Casos como el Brexit o la elección de Estados Unidos fuerpm un gran ejemplo de que los instrumentos pueden no funcionar bien. En el caso del Brexit, mucho se debió a que muchos jóvenes (que seguramente contestaron a los encuestadores que votarían por el «no») no salieron a votar. En el caso de la elección de Estados Unidos, las encuestadoras no lograron medir el voto oculto que salió a votar por Donald Trump.

    La veda electoral es un factor que puede generar una discrepancia entre las encuestas y el resultado final.

    En las elecciones del 2006 las encuestas no se desviaron mucho (algunas le dieron el triunfo a AMLO, pero la victoria de Calderón caía dentro del margen de error). En 2012 gran parte de las casas encuestadoras sobreestimaron la ventaja de Peña Nieto. Algunas le dieron más de 20 puntos cuando en realidad la distancia con el segundo lugar (López Obrador) fue de poco menos de 7 puntos. En elecciones posteriores, algunas afirmaron que al PRI le iba a alcanzar para ganar estados como Veracruz, cosa que no ocurrió. En cambio, las encuestadoras hicieron un buen desempeño en las elecciones del Estado de México.

    Una constante, tomando los casos del Brexit, Estados Unidos, y las elecciones del 2015 (que no implica que necesariamente vaya a ocurrir en estas elecciones), es que las encuestas últimamante parecen haber subestimado el voto del hartazgo ante el sistema. Eso también ocurrió en Guadalajara en 2015 cuando la encuesta de Reforma colocaba a Pedro Kumamoto en tercer lugar y, quien a la postre, ganaría la elección a la diputación local. En Costa Rica pasó lo contrario, las encuestas subestimaron al voto oficialista (a quien le daban la derrota). Sin embargo, a diferencia de los otros casos, no había un sentimiento de hartazgo generalizado.

    En nuestro caso, hay otro factor que puede mostrar una discrepancia entre los resultados de las encuestas y el resultado final, y esa es la veda electoral que antecede el día de las elecciones. Durante la veda, las casas encuestadoras no pueden publicar estudios por lo que terminan siendo incapaces de medir a aquellos votantes que toman su decisión de voto en los últimos días. 

    Preferencias brutas, efectivas e indecisos

    Las casas encuestadoras suelen mostrar los resultados de dos formas:  por medio de preferencias brutas y por medio de preferencias efectivas. Las preferencias brutas incluyen a quienes no responden y las efectivas los excluyen. Esto es importante porque las preferencias efectivas suelen «inflar» las diferencias entre uno y otro candidato. Por ejemplo, en la misma encuesta de Reforma (la que se publicó a principios de mayo) López Obrador tiene una ventaja de 18 puntos sobre Ricardo Anaya de acuerdo a las preferencias efectivas, pero su distancia baja a 14 si tomamos las preferencias brutas: es decir, si incluimos a los que no contestaron.

    Muchos, erróneamente, consideran que este grupo de personas que no contestaron está compuesto únicamente por indecisos y fincan en ellos la esperanza de remontar la elección. Si los que no contestaron representan el 30%, por un decir, no implica que ellos, por sí solos, puedan salvar una ventaja de 25 puntos. En realidad, los indecisos tan solo forman una parte de las personas que no saben o no contestaron, muchos otros están poco interesados y posiblemente no van a salir a votar siquiera y formarán parte de los abstencionistas. 

    Los agregadores

    Por último están los agregadores de encuestas como Oráculus, Bloomberg y El País. Este es un ejercicio muy interesante ya que obtiene un promedio, de acuerdo a criterios muy específicos, de las encuestas consideradas más confiables para mostrar una tendencia general. Un agregador es, por naturaleza, más confiable que una sola encuesta ya que reduce los sesgos de las encuestas que están más mal ejecutadas o que rompen con la tendencia. Eso no significa que puedan fallar. Si la mayoría de las encuestas agregadas fallan, por consecuencia el agregador fallará. Un claro ejemplo fue el agregador de Nate Silver fivethirtyeight.com que pronosticaba el triunfo de Hillary Clinton.  

    Los agregadores son la herramienta perfecta ya que durante las elecciones las casas de campaña de los candidato suelen publicar encuestas falsas para generar la sensación de que su candidata o candidato es más competitivo de lo que realmente es y tratar de afectar la opinión pública para modificar la intención de voto. Un agregador, al final, es el promedio de las tendencias de las casas encuestadoras más fiables. 

    Conclusión

    Las encuestas no son perfectas, ni tampoco pueden servir como un pronóstico categórico. Pero es lo más fiable que el elector tiene a la mano para conocer un aproximado de las tendencias electorales. Las estrategias de campaña también pueden ser útiles para ver si lo que dicen las encuestas es cierto. En muchos casos, el ánimo de saber que se va ganando o perdiendo se nota; y en otros la estrategia los delata: generalmente todos los candidatos atacan al que va en primer lugar y los candidatos se olvidan de atacar a los que están abajo a menos que tengan un propósito muy específico: por ejemplo, Ricardo Anaya (segundo lugar) ataca a José Antonio Meade (tercer lugar) para mostrarse como antisistema. 

    Las encuestas deben tomarse como son, como un aproximado. No deben ignorarse, pero tampoco deben tomarse al pie de la letra. 

  • Los boicots que no funcionan ni al derecho ni al Derbez

    Los boicots que no funcionan ni al derecho ni al Derbez

    Los boicots que no funcionan ni al derecho ni al Derbez

    A mí siempre me han molestado los boicots: no por su esencia sino por su forma, no porque esté en contra de la libertad de expresión (que en muchos casos es una forma de expresarse y ejercer presión) sino porque en la gran mayoría de los casos están muy mal planeados o dirigidos.

    Los típicos boicots con los que me topé desde mi adolescencia son aquellos que buscaban «castigar» a los Estados Unidos. Si el gobierno decidía deportar mexicanos había que abstenerse de tomar Coca Cola y consumir productos gringos durante un día. 

    Eran absurdos en principio porque ni Coca Cola ni las empresas gringas tenían algo que ver con las decisiones del gobierno. También lo son por el escaso impacto que tendrían con las finanzas de esas corporaciones que, como acabo de decir, nada tienen que ver con las decisiones del gobierno el cual ni se enterará de lo ocurrido. 

    Ese tipo de boicots absurdos siguen existiendo: uno clásico fue cuando algunos quisieron boicotear a Starbucks para «joder a Trump» siendo que la filosofía de la empresa de Seattle es casi diametralmente opuesta al ideario de Trump. Si el mandatario estadounidense se hubiese llegado a enterar (cosa que seguramente no ocurrió) hasta le hubiera dado gusto que «castigaran» a una de esas empresas liberales que tanto lo odian.

    Luego vino el boicot del gasolinazo. Muchos sugirieron dejar de cargar gasolina durante un número limitado de días en tanto que otros decidieron bloquear pacíficamente las gasolineras. En el primer caso, no redujeron el consumo de las gasolinas ya que cargaron su coche días antes o después de los días del boicot. En el segundo, solo perjudicaron a quienes tienen la franquicia de las gasolineras o a quienes trabajan ahí que nada tienen que ver con las decisiones del gobierno.

    El problema con los boicots es que para que funcionen tienen que ser bien planeados para que quien tenga la capacidad de ejecutar o revertir la decisión que está molestando a los inconformes se sienta presionado a recular. En ninguno de los tres casos que mencioné se cumple con esta condición. En el primero y en el segundo se presiona a la iniciativa privada cuando la decisión es tomada por el gobierno, y en el tercero se presiona,  cuando mucho, a los despachadores de gasolinas o franquiciatarios de Pemex cuando «el gasolinazo» es una decisión en materia económica del gobierno. Los indignados parecen no molestarse en averiguar bien las características del problema que los aqueja y, movidos por las emociones, asumen cosas que los llevan a cometer errores. 

    El boicot que me llamó la atención en estos días fue el que se hizo a la película de Eugenio Derbez que, a diferencia de los otros ejemplos, tiene un talante intolerante y fanático. Varios seguidores de López Obrador se indignaron porque Derbez simplemente expresó lo que pensaba: que no estaba seguro de que el tabasqueño fuera la mejor opción. Organizaron un boicot para que nadie fuera a ver su película Hombre al Agua. No lo perdonaron ni porque se trata de alguien que está dignificando a los latinos asediados por Donald Trump. 

    Movidos desde el encono y el fanatismo, ellos no se percataron que se habían convertido en publicistas gratuitos para la película de Eugenio Derbez. Creyeron que iban a lograr que muchas personas no fueran a ver la película y lograron lo contrario. Desde un principio visualicé ese resultado porque no se requiere mucha ciencia para entenderlo: ¿cuántas de estas personas irían a ver una película de Eugenio Derbez? La verdad que muy pocas. Gracias a ellos se empezó a hablar más de la película en redes, muchas personas seguramente ni se habían enterado que Derbez tenía una nueva película (yo no lo sabía). 

    Además de las personas que fueron a verla porque gracias a ellos se habían enterado del nuevo filme de Derbez, otras varias, por solidaridad con el comediante, fueron a ver la película. Hoy, Eugenio Derbez, a quien trataron de callar y coartar su libertad de expresión, tuvo más ventas que Avengers en México, y conste que a mí no me gustan mucho sus películas.

    Este caso es más grave que los otros porque al menos los otros boicots parten de una causa noble o justa. Aquí no ocurre eso, aquí el objetivo fue coartar la libertad de expresión de un comediante que tiene derecho a decir lo que se le venga en gana. Una cosa es criticar lo que se dice (como ocurrió con unas declaraciones polémicas sobre los community managers) y otra cosa es restringir uno de los derechos que tiene no sólo gracias a la constitución sino a los tratados internacionales. Pero fue su mismo odio lo que llevó su boicot al fracaso, porque ni siquiera analizaron bien las repercusiones que su «medida» podría traer. Actuaron con las vísceras y Eugenio Derbez ahora tiene, gracias a ellos, más dinero en su cuenta de banco.

    Si el gobierno o las empresas «malévolas» toman decisiones muy bien calculadas y los indignados actúan con las vísceras sin estrategia y hoja de ruta alguna (como ocurre con la gran mayoría de los boicots) es muy fácil advertir quien va a ganar la partida.