Autor: Cerebro

  • Rapiña en Acapulco ¿Cuándo saquear es malo y cuándo no?

    Rapiña en Acapulco ¿Cuándo saquear es malo y cuándo no?

    Por lo general, a un desastre natural le suceden actos de saqueo y rapiña.

    A la opinión pública de redes sociales le ha llamado mucho la atención la cantidad de saqueo que ha habido después del huracán en Acapulco.

    Y sabemos que la discusión en redes suele tornarse binaria y polarizante, muchas veces cayendo en ambos extremos:

    Así, por un lado se encuentran las personas que condenan con ferocidad cualquier extracción de productos de la tiendas y exigen mano dura. Por el otro están quienes tratan de ser «comprensivos» incluso con aquellas personas que aprovechan para robar televisiones, artículos de lujo y demás.

    Me he encontrado, de forma muy recurrente, con este tipo de argumentaciones en Twitter, Facebook o TikTok. Pero, como ocurre con casi cualquier fenómeno, la situación es más bien un tanto más compleja y hay que echarse un clavado para comprenderla.

    Tenemos que empezar desde el principio:

    Al ser parte de una civilización, todos nosotros vivimos en una suerte de orden social a través del cual los seres humanos buscamos optimizar nuestro bienestar. Este orden social es un entramado de procedimientos de todo tipo, mecanismos, normas sociales o culturales y legales (Estado de derecho), actos rutinarios que se repiten una y otra vez, y claro, cierto grado de incertidumbre que suele estresar en cierta medida este orden con el fin de mejorarlo, pero generalmente sin comprometerlo.

    Al ser parte de este orden social, como bien señalaba Thomas Hobbes, los individuos cedemos algunos derechos tales como el derecho a robar o el derecho a matar para así poder vivir en una sociedad relativamente armoniosa en vez de vivir en el caos y la anarquía absoluta. Aunque las configuraciones de orden social difieren en cierta medida en distintas culturas, estas son producto de miles de años de evolución humana.

    Pero resulta que estamos tan acostumbrados a vivir en ese orden social que lo damos por sentado, como si fuera algo natural. Pero no lo es así, el orden existe porque los seres humanos lo sostenemos y porque hemos desarrollado una configuración de incentivos dada para hacerlo así. Pero no es algo dado, es algo que se puede llegar a romper, y justamente un desastre natural tiende a romper o comprometer ese orden social de forma temporal porque destruye parte de los mecanismos que permiten que este orden funcione.

    Cuando existe un orden social, la gente trabaja, gana dinero y con ese dinero garantiza su bienestar al comprar productos y servicios que son necesarios para ese fin. Las personas que roban tienden a ser una franca minoría porque en ese orden social los incentivos están configurados de tal forma que pocos individuos tengan incentivos para robar o delinquir. Ciertamente, en tanto el Estado de derecho sea más sólido, los incentivos tenderán a ser aún menores.

    Cuando el orden social se suprime, las reglas del juego de dicho orden social dejan de ser funcionales y la sociedad dada cae en una suerte de anarquía. Claro, el desastre natural no destruye el orden social por completo pero sí tiende a reducirlo a su mínima expresión de tal forma que solo algunas normas o procedimientos se mantienen funcionales. Por más grave sea el desastre, el orden social queda más comprometido.

    Si el orden social garantiza la supervivencia de la gran mayoría de las personas, incluso muchas de las que viven en algún grado de pobreza, su ausencia las compromete.

    Si no hay luz, electricidad ni agua, y si no se tiene un techo, el individuo entra en una situación de incertidumbre tal que tiene que buscar garantizar su supervivencia por sus propios medios.

    En tanto el desastre sea más grande, dado que el orden social queda más comprometido, el saqueo será mayor.

    En una situación funcional, el individuo iría con billetes o una tarjeta bancaria al Oxxo para comprar la mayor cantidad de víveres posibles para abastecerse: eso es lo que suele ocurrir cuando se avisa a la población que una tragedia está por ocurrir. En tanto la tragedia no ha llegado, el orden social se mantiene y bajo este los individuos toman decisiones para hacer frente a la contingencia.

    Pero, después de un huracán donde una ciudad está destrozada, donde los comercios están completamente inoperables, ir a comprar productos no parece ser la solución más racional para los individuos que buscan sobrevivir. Entonces los extraen.

    A muchas personas les parece inmoral esta extracción. Yo difiero. Cuando un orden social que garantice el bienestar existe, entonces sí sería un acto inmoral, pero como no lo hay, es irracional actuar como si este existiera para sobrevivir y tener mis necesidades básicas garantizadas siendo que hacerlo me deja en una peor situación.

    Y resulta que esto ocurre en cualquier latitud del mundo, ocurrió en Los Cabos, en Texas hace unos pocos años y en el huracán Catrina. No es porque, como algunos han dicho en redes sociales, los guerrerenses sean más corruptos.

    Habrá quienes digan que en Japón (que es una excepción a la regla) esto ocurre en muchas menores dosis, pero ello no es producto de la benevolencia de sus habitantes sino de un conjunto de normas legales y sociales que hacen que estas conductas sean menos convenientes. Ayuda también que se trate de un país muy desarrollado donde es más fácil dotar a las víctimas de productos para sobrevivir.

    Y no somos Japón, ni podemos aspirar a serlo en un día, y menos en una situación de emergencia.

    En un estado así, cuando la supervivencia y la propiedad entran en conflicto, el primer caso debe tener prioridad.

    Inclusive, visto desde una perspectiva moral consecuencialista, se gana más de lo que se pierde. La mayoría de los víveres son perecederos: varios de los productos extraídos posiblemente habrían caducado de mantenerse en las instalaciones. También el costo de estos productos suele ser bastante menor que los productos de lujo.

    Luego está la rapiña, o el saqueo de productos que no son de primera necesidad. Aquí la situación cambia y ya no se le puede juzgar de la misma manera.

    En corto, puedo sostener que, a pesar de lo anteriormente dicho, extraer productos que no son de primera necesidad sigue siendo un acto inmoral y debe ser reprobable.

    He escuchado varios argumentos que tratan de defender este tipo de actos:

    Unos dicen que los individuos lo perdieron todo y que es comprensible que traten de rescatar algo extrayendo los productos a alguien más.

    Pero, en este caso, al tratar de «rescatar algo» alguien más va a perderlo de igual manera, y no solo hablo de «accionistas que tendrán que vender uno de sus cinco yates» sino incluso de empleos perdidos en alguna parte de la cadena de suministro, por poner un ejemplo, para subsanar esa pérdida. Esto último puede ser más comprensible con los productos de primera necesidad por la necesidad de supervivencia (sobre todo porque es más lo que se gana que lo que se pierde), pero aquí no existe.

    Un argumento más interesante es que esos bienes les permitirán sobrevivir a largo plazo: robo una televisión para así poder venderla y poder garantizar cierta cantidad de ingresos mientras se estabiliza la situación.

    Sin embargo, ello es más problemático que el caso de los víveres porque, si este es el caso, el individuo tiene un margen de maniobra mucho mayor.

    Además, tendríamos que preguntarnos si ese es el caso. Sospecho que la mayoría de los que se involucran en actos de rapiña no extraen esos productos con ese fin.

    Pero, estemos de acuerdo en que es inmoral o no, la rapiña siempre va a existir en un desastre ¿por qué?

    Porque cuando no hay un orden social, es mucho más difícil que alguien me castigue si decido robar.

    Puede sonar crudo, pero muchas personas no roban por convicción, sino porque no lo consideran conveniente. Un individuo prefiere trabajar y comprar cosas porque ello le es menos costoso que robarlas. Si las roba, puede ser detenido, señalado por la sociedad y caer en la cárcel.

    En un desastre natural, el orden de incentivos cambia por completo.

    Y esto también pasa en Los Cabos, Houston o Nueva Orleans. La condición humana es así.

    Y esto me lleva a un apartado muy importante, la presencia de las autoridades y el Estado de derecho, algo que ha estado completamente ausente en los primeros días después del huracán Otis.

    Si el orden social se desvanece ante un desastre y la sociedad se hunde en el caos, la presencia y el rápido actuar del gobierno ayuda a que este desplome sea más tenue y, por tanto, que haya menos saqueo. Pero claro, mucho más importante aún que lo material es que si el orden se reestablece de forma más rápida, menos víctimas sufrirán a causa del desastre.

    Los japoneses son buenos para eso y por ello la rapiña es bastante menor allá. De nuevo, no es un tema de benevolencia, es un tema de orden y de procedimientos.

    Otras decisiones que ha tomado el gobierno, como restringir la entrada de víveres y monopolizarlas con el ejército, empeora aún más las cosas. Porque la llegada de los víveres ayuda a reestablecer un poco la situación, tranquiliza más a la gente y le da más margen de maniobra en tanto el orden comienza a reestablecerse.

    Si el orden no se comienza a restablecer, el desastre puede convertirse en una tragedia humana. Si ya no hay nada que saquear, si no hay víveres, los individuos pueden sentirse orillados a cometer actos más antisociales para sobrevivir, como asaltar o robar a personas, por decir lo menos.

    Así, sin un orden social, llegamos a la total anarquía y a la pesadilla hobbesiana donde todos tienen el derecho a todas las cosas. Ahí, donde en el gobierno no hay liderazgo y voluntad, ahí donde el caos será mayor.

    Conclusión:

    Es fácil argumentar que el saqueo es porque sean guerrerenses, o que el saqueo siempre es bueno o siempre es malo. Algunos dirán que es malo porque el saqueo implica robo, y la palabra robo tiene una connotación negativa, pero ello no quiere decir que en todos los casos sea algo inmoral.

    Por ejemplo, la palabra matar tiene una carga muy negativa, pero no implica que en todos los casos matar sea malo: si yo mato en defensa propia para proteger mi vida o la de mis seres queridos no estoy actuando mal. De igual forma, si yo robo un producto porque considero que no tengo otra forma de garantizar mi supervivencia no estoy incurriendo en un acto inmoral.

    Estos juicios son complicados, y en este artículo traté de argumentar mi punto de vista. Se puede justificar el saqueo con de víveres como alimentos o ropa para garantizar mi supervivencia y mis necesidades básicas en un desastre, no se puede justificar cuando se trata de productos que no tienen ese fin y que están más orientados al lujo y al entretenimiento.

    De la misma forma, el Estado debe estar lo más presente posible para 1) reestablecer el orden y reducir el impacto del desastre en las víctimas (que es lo más importante) y 2) que los saqueos sean en menor cantidad, ya no solo por la vigilancia como tal, sino porque ha permitido y promovido la distribución de víveres a los afectados.

  • La quebrada de Acapulco

    La quebrada de Acapulco

    En algún momento, Acapulco era el destino turístico par excellence para vacacionar en el país. El destino gozaba de una gran fama no solo nacional sino internacional.

    A Acapulco iban a vacacionar los Kennedy, Elvis Presley y muchos artistas de talla internacional. Muchos, como el propio Elvis, Agustín Lara, Carlos Santa, Luis Miguel, Tito Puente, Juan Gabriel, Bob Dylan, Phil Collins entre otros le compusieron alguna canción.

    Era el lugar de moda y caché, ahí se hacían películas, series. Los más acaudalados del país tenían ahí residencias, hoteles. Ahí estaba el famoso Daddy’O donde Luis Miguel, Pierce Brosnan y otros artistas acudían frecuentemente. Acapulco era el lugar donde todo el mundo quería estar. Su skyline de edificios asombraba a cualquiera: hasta hace pocas décadas, tenía las edificaciones más altas solo después de la ciudad de México.

    Pero, con el tiempo, esa gran fama entró en declive. La violencia azotó al destino turístico, malos gobiernos llegaron, Cancún y otros destinos turísticos le arrebataron ese par excellence y lo dejaron como un destino casi de segunda clase donde casi ya no se construyen nuevos hoteles y donde el descuido y la decadencia se encuentran cada vez más presentes. Las luminarias del espectáculo, los futbolistas y la gente importante prefiere ir a Cancún y sus playas cristalinas, lejos del bullicio y el atiborramiento del destino turístico de uno de los estados más pobres del país:

    Desde el parque Papagayo deambulé entre ambulantes, negocios cerrados, dos autoservicios en cada cuadra, la Diana Cazadora remodelada. El tráfico, los semáforos descompuestos, las artesanías de toda la vida, bares levantando sus cortinas, la playa a unos metros. Lo que uno encontraría en cualquier foto de Acapulco. Llego a los últimos metros de la Condesa y me topo con una cuadra de negocios cerrados.

    Geovani de la Rosa

    Es en este contexto en el que posiblemente el peor huracán de la historia del país azota este destino turístico que a duras penas luchaba para mantenerse presente y mantener aunque sea un poco del prestigio que le quedaba.

    Llegó de forma sorpresiva. Hace apenas un día, el huracán Otis amagaba solo con ser una tormenta tropical que causara molestias menores. De pronto se convirtió en un huracán de Categoría 1, luego 2, luego 3, luego 4 para azotar en la máxima y más devastadora categoría en la que un huracán puede llegar: la categoría 5.

    Ese súbito desarrollo del huracán que no pudieron prever los meteorólogos con los modelos matemáticos más avanzados hizo que ni las autoridades ni los habitantes ni los vacacionistas tuvieran tiempo para salir de la ciudad o resguardarse en mejores zonas. Debido a que la ciudad no tiene ni luz ni Internet ni teléfono, la información apenas fluye y, a la hora en que escribo este artículo, no sabemos cuántas vidas pudieron haberse perdido, sobre todo de aquellas personas que viven en las montañas y en las colonias populares que no tienen el privilegio de tener un lugar de resguardo que los hoteles de renombre sí suelen tener. Así mismo, mucha gente está incomunicada, no saben cómo están sus familiares porque no tienen forma de comunicarse con ellos.

    Las calles están devastadas, completamente inundadas, arboles tirados, los comercios destrozados. Muchos edificios turísticos casi reducidos a obra negra y que tendrán que ser casi reconstruidos para volver a ser utilizados. Pareciera que casi ningún edificio se salvó, desde la pequeña tienda hasta el rascacielos frente a la playa. Acapulco está completamente irreconocible y es prácticamente inhabitable.

    Y si las imágenes devastadoras que nos llegan al día de hoy son de las zonas más privilegiadas, donde es posible que muchos hoteles y grandes comercios tienen algún seguro que les permita recuperarse de esta gran tragedia, no quiero pensar lo que va a pasar con los habitantes, con aquellos que tienen una pequeña casa en las montañas y que lo perdieron todo (lo que puede incluir vidas humanas) que, aunado a ello, la tendrán muy difícil incluso para encontrar comida y agua porque los comercios están devastados (la rapiña entra como agravante) y los servicios básicos están completamente colapsados. Ellos deberían ser lo más importante y lo más prioritario.

    Y para mala fortuna del destino y sus habitantes, México al día de hoy no tiene al mejor gobierno para enfrentar con eficacia este tipo de siniestros ni para atender las problemáticas de las víctimas de este lamentable desastre.

    ¿Qué va a pasar con Acapulco? Posiblemente tendrán que pasar varias semanas para que la ciudad esté mínimamente funcional. Tardará meses para volver a fungir como un destino turístico en lo que, al menos, algunos hoteles puedan estar reacondicionados para tener alguna actividad, pero posiblemente la recuperación completa tarde años.

    Habrá que preguntarse si esta tragedia sumirá más a este destino y ya no pueda recuperarse o podrá ser una suerte de parteaguas para su resurrección: que, dentro de la devastación y la tragedia, inversionistas reconstruyan este puerto y le den un nuevo aire. Eso solo lo dirá el tiempo.

    Lo más importante hoy, sin embargo, son las víctimas. Hoy muchas personas están sufriendo, personas que lo perdieron todo. Los hospitales están colapsados y destruidos lo cual agrava todo. Debido a esta tragedia, miles perderán sus empleos. Los recursos provenientes del turismo no fluirán como lo hacían hasta el día de ayer. Y todo esto ocurre dentro de un estado con altos índices de pobreza, devastado por la violencia, el narcotráfico y la corrupción.

    Para concluir, existen varias formas de donar y apoyar a los acapulqueños. Debido a incidentes recientes, no recomiendo apoyarse en el gobierno para este fin y mejor buscar alternativas como organizaciones civiles o instancias ciudadanas o privadas como la Cruz Roja.

  • Racing de Israel vs Atlético Palestina

    Racing de Israel vs Atlético Palestina

    No soy un experto en el conflicto de Medio Oriente. Para explicarlo a detalle existen personas más preparadas en el campo que yo.

    Pero hay algo que me llama sobremanera la atención y eso es la reacción en redes sociales de muchos usuarios.

    No es que esta situación sea completamente novedosa, más bien es que es muy reveladora dadas sus peculiares características: revela las filias, las fobias, los prejuicios y las contradicciones que son, en cierta medida, producto del pensamiento binario que abundan en las redes y que terminan revelando un tufo antisemita, por un lado, e islamofóbico por el otro, lo cual en sí debería ser muy preocupante.

    En las redes sociales abundan argumentos simplistas, no necesariamente expresados de forma explícita pero que son más que obvios al punto en que no pareciera haber alternativa entre el antisemitismo y la islamofobia.

    Por ejemplo, muchas personas asumen que apoyar a Palestina implica apoyar a Hamás, en tanto que otras asumen que solidarizarse con las víctimas del terrorismo de Hamás implica apoyar a Netanyahu. Eso, sin embargo, es un falso dilema.

    Por otro lado, no deja de ser cierto que estén quienes al simpatizar con un bando relativizan las muertes del otro. Es cierto que no pocos pro-palestinos de redes relativizaron el atentado terrorista contra los israelíes inocentes para gritar sus consignas, y también es cierto que no pocos pro-Israel de redes relativizan las muertes palestinas, incluso con aberrantes argumentos del tipo: «en 2007 votaron por el gobierno de Hamás, se lo merecen, disfruten lo votado».

    Y ni qué decir del trato de las noticias.

    Porque naturalmente los conflictos bélicos están rodeados de propaganda, la cual se mueve cada vez más por medio de las redes sociales dada su creciente influencia. Es natural que Israel como Hamás también estén librando una «guerra online«, pero eso no parece motivar a la gente a ser cautelosa con la información que recibe. Mas bien se toma la información que confirme su postura y rápidamente, sin pensarlo, la propague. El caso del misil que cayó en un hospital es un claro ejemplo.

    El clima que se respira y se propaga en redes, por consecuencia, es de odio, incluso por parte de aquellos que «no tienen una vela en el entierro en el conflicto» como personas que no son ni judíos ni árabes y prácticamente no tienen relación o afectación alguna. Algunos obviarán esto y lo dejarán pasar pensando que es «cualquier pleito en redes», pero no es así, ya hemos visto expresiones antisemitas e islamofóbicas en las calles (en Europa y en Estados Unidos sobre todo, pero incluso también en México) y que son producto de todo lo que se comparte y se transmite en las redes sociales. Este clima debería preocuparnos demasiado si no queremos «repetir nuestra historia», pero no lo hacemos.

    Preocupante es que la dignidad de las personas, sobre todo de gente inocente que ni siquiera tiene voz y voto en el conflicto, termine siendo para muchos relativizada o sometida a sus pulsiones político-ideológicas.

    Esto no significa que la gente deba ser equidistante ante el conflicto y no significa que no pueda tomar posturas. Es válido que la gente, con base en su conocimiento e incluso de sus predisposiciones ideológicas simpatice con Israel o con Palestina.

    Yo podría decir que me siento más identificado culturalmente e idiosincráticamente con Israel porque está asociado más a los valores del liberalismo occidental y la democracia, pero eso no me debería privar de reconocer y señalar las cosas que ha hecho mal el estado israelí como los atropellos que ha cometido su gobierno (véanse los asentamientos de Israel en Cisjordania), ni de criticar al demagogo que tienen como Primer Ministro como el que es Benjamín Netanyahu. De igual forma, una persona que simpatiza con Palestina debería reconocer que lo que hizo Hamás fue un atentado terrorista e inhumano que debiera ser condenado y repudiado de forma categórica, además de reconocer que Hamás es muy opresivo con los propios palestinos.

    Puedo tomar posturas, pero debo de reconocer que los civiles inocentes, por el hecho de ser humanos, tienen la misma dignidad sin importar bajo qué bandera vivan. No poder reconocer ello es producto, necesariamente, de alguna pulsión antisemita o islamófoba.

    Debemos hacer hincapié en que un conflicto bélico no es un partido de futbol: es, valga la redundancia, un conflicto bélico, el cual suele tener matices muy complejos que requieren, además, conocimiento de la situación y donde muchas vidas inocentes están en juego. No importa si el fenómeno a analizar es más evidente como para tomar una postura (que Rusia invada y ataque a Ucrania) u otro más complejo como el conflicto Israelí-Palestino donde incluso hay que aprender a distinguir las partes (Hamas o Netanyahu) del todo (la cultura israelí y palestina).

    Pero tal vez esté pidiendo mucho a unas redes sociales donde la discusión civilizada suele ser poca y los ataques al que piensa diferente suele abundar. Las arquitectura de las redes, sobre todo Twitter, parecen motivar a ello: al pensamiento binario, al razonamiento motivado y a la amplificación de los sesgos cognitivos. Nos hace falta mucho para que, como civilización, aprendamos a utilizar estas tecnologías de mejor manera porque su mal uso puede tener consecuencias nocivas en el mundo real.

  • La luz del mundo de la incertidumbre

    La luz del mundo de la incertidumbre

    La Hermosa Provincia en Guadalajara es, posiblemente, una pequeña recreación de alguna suerte de régimen norcoreano en el país. No solo por el totalitarismo que ahí se respira, sino incluso por la extravagancia de la arquitectura (que llega a ser aberrante) de los edificios que albergann esa zona, comenzando por el enorme y horrible templo de la Luz del Mundo que es visible desde la avenida Lázaro Cárdenas desde donde uno llega o abandona la ciudad.

    La Luz del Mundo es una religión (o secta) de corte totalitario. Ahí, los fieles entregan su vida por completo a su causa. El líder es incuestionable y toda su existencia está ligada a él. Los fieles entregan por completo su libertad y su criterio para pertenecer a una comunidad. Toda su vida gira en torno a ella y nada de la existencia de las personas puede estar desligada de ella. Esa iglesia, a diferencia de la mayoría de las religiones convencionales, tiene injerencia ilimitada sobre la vida privada de sus súbditos: cobra diezmos, arregla matrimonios. Ello le da el carácter de totalitario.

    La libertad trae consigo un problema para los seres humanos: la incertidumbre. Cuando el individuo es libre, repara en que se encuentra frente a un mundo complejo, que le ofrece más preguntas que respuestas a ellas, que tiende a la entropía (lo que explica su carácter inestable) y donde no tiene nada bajo su absoluto control, por lo cual deduce fácilmente que el mundo en el que se encuentra inserto es completamente incierto: no sólo el mundo que compartimos todo, sino el mundo propio que se construye el individuo con el que interactúa.

    El individuo libre es, a su vez, responsable de crear e interpretar esta realidad compleja e incierta por cuenta propia.

    Los seres humanos tendemos a ser malos para lidiar con la incertidumbre. Es como aquella angustia kierkegaardiana de asomarse al vacío, de sentir el vértigo de la libertad. La incertidumbre es molesta, pero algunos son más capaces de lidiar con ella que otros. Cuando el individuo es incapaz de hacerle frente y termina sintiéndose sometido, busca algún lugar o algún «alguien» para esconderse ahí y evitar hacerle frente.

    Naturalmente, el individuo no puede cambiar la realidad ni las muy complejas reglas sobre las cuales se rige el mundo. Sin embargo, puede negarlas y cambiarlas por explicaciones más sencillas de la realidad que le provean todo lo contrario a la incertidumbre propia: explicaciones fáciles (aunque ciertamente falsas), estabilidad, sentimiento de pertenencia, una estructura clara y concisa. Claro, esto conlleva pagar un precio: la libertad.

    Iglesias como la Luz del Mundo tienen mucho éxito en ello: proporcionan un gran alivio a todos dichos problemas a cambio de que el individuo se someta al credo, a la iglesia y al líder. El individuo entrega todo su poder a cambio de estabilidad emocional y tranquilidad. No es gratuito que estas organizaciones capten especialmente a personas que son susceptibles psicológica y emocionalmente.

    Esto también explica que estas iglesias se vuelvan inmunes ante las críticas y los escándalos, como los que rodean a la Luz del Mundo en el cual su líder Nasoon Joaquín está preso en Los Ángeles por abuso sexual, historia que relata muy bien un documental de Netflix. A una persona que se encuentra fuera de esta organización le parece aberrante que los súbditos no cuestionen las conductas de su líder, pero la realidad es que tendrían que pagar un precio muy alto por hacerlo. No solo por el hecho de que serían reprendidos por la organización, sino porque toda su existencia, su estabilidad emocional y su bienestar psicológico está ligado a ésta. El simple hecho de que un individuo cuestione en su mente a la organización le causa angustia, porque entonces todo aquello que es cierto y dado (por la organización) se tambalea, y con ello su existencia propia.

    Esta dinámica, en donde el individuo le entrega todo el poder al líder, siempre tiene consecuencias nefastas. Los escándalos sexuales de Nasoon (que comparte con su padre y abuelo a quienes sucedió) no son la excepción sino la regla dentro de liderazgos que acumulan tal cantidad de poder que los vuelve inmunes ante las leyes y el juicio de la gente que le otorga dicho poder.

    Si los individuos ceden todo su poder a los líderes, entonces ellos pueden hacer con éste lo que les plazca. Los líderes son convertidos en dioses o en mitos, y ello les da permiso de hacer lo que quieran porque no tienen que rendir cuentas ni tienen que someterse a las leyes. Los súbditos no reparan (o no quieren reparar) que sus líderes son personas de carne y hueso tan imperfectos como ellos, que, además, suelen cargar con rasgos psicopáticos y megalomanías que acrecienta su peligrosidad.

    No es gratuito, además, que estas organizaciones suelan tener alianzas con el poder político, porque ese poder que los súbditos le trasladan a los líderes también pueden ser trasladados al propio poder político. Basta que el líder «bendiga» a la facción política con la que ha llegado a un acuerdo para venderle al político los votos de los fieles: ya sea MORENA, Nayib Bukele o Javier Duarte. Tampoco ello es gratuito porque dentro de la política también son comunes esta suerte de dinámicas: individuos que se someten a una ideología a la cual tratan como dogma, líderes populistas de izquierda o derecha que, a través de un discurso demagogo, dan un sentido a la gente que rápidamente se identifica con ellos y los encumbra como salvadores.

    La historia parece mostrar que es más común que el individuo ceda su libertad para no enfrentarse a la incertidumbre que le aqueja. Los regímenes autoritarios, las organizaciones terroristas como Hamas se alimentan de ello. En Occidente apenas hemos logrado construir un sistema donde se le permita al individuo de tener cierto grado de libertad, pero siempre está la tentación, ante cualquier síntoma de inestabilidad, de sucumbir ante líderes autoritarios y carismáticos, como cuando un niño, al apagar la luz de su cuarto, se siente invadido de miedo y corre a la cama de sus papás.

    La libertad no es cómoda. Abrir la ventana y observar un mundo complejo e incierto no es algo que tranquilice a todos, pero ese es el mundo que hay, así es como funciona y ni el más abyecto sometimiento lo va a cambiar, aunque haya quienes, con el fin de amasar poder, busquen darle a la gente respuestas sencillas y un espacio seguro ficticio.

  • La cosa con las encuestas

    La cosa con las encuestas

    La cosa con las encuestas

    Ah, qué las encuestas. Esos instrumentos que nunca están exentos de polémica, sobre todo en estos últimos años.

    Que si están cuchareadas, que por qué a mí no me preguntaron, que si predicen resultados electorales, que si esto, que si lo otro.

    Como sea, las encuestas suelen tener un papel preponderante en las elecciones. Ahí están, diciéndonos quién va adelante, quién se está rezagando, qué candidat@s están compitiendo y quienes literalmente pueden ser dados por descartados.

    Las propias campañas políticas utilizan sus encuestas internas para saber dónde está parado su candidato para a partir de ahí tomar decisiones estratégicas. Allá afuera, los ciudadanos recurren a ellas para ver cómo va su contendiente favorito y, por lo general, su sesgo de confirmación les hace favorecer a aquellas que, valga la redundancia, confirme sus expectativas al tiempo que toman una postura más escéptica de aquellas que les muestren una tendencia distinta a la que desearían ver.

    El problema con las encuestas comienza con el hecho de que obtener resultados apegados a la realidad no es una tarea fácil. Los encuestadores tienen que garantizar que la metodología utilizada haga que la muestra corresponda con el universo: son muchas variables intrincadas aquí: desde el diseño metodológico que sea lo más representativo al universo, la capacitación a los encuestadores de campo, la forma en que se hacen las preguntas, cómo se hacen las encuestas (telefónicas, casa, por Internet) entre muchas otras. Es decir, una encuestadora puede fallar por algún error metodológico e incluso las encuestadoras más importantes a nivel mundial siguen estando en proceso de aprendizaje porque cada elección tiene sus particularidades, sobre todo como ha ocurrido en estos últimos años.

    Las encuestadoras saben que lo hicieron bien si el resultado final cae dentro del margen de error. Es decir, si la encuestadora predijo que Claudia Sheinbaum iba a ganar por 5 puntos y su margen de error era del +/- 3 (margen muy común en estos ejercicios) entonces pueden decir que hicieron un buen trabajo si el resultado cayó en ese rango: es decir, si ganó por dos puntos como mínimo y 8 como máximo.

    Pero las encuestadoras tienen otro problema. Resulta que los individuos somos malos con los números, no necesariamente nos son intuitivos. La mayoría de la gente no tiene conocimientos básicos en estadística como para entender cómo es que funcionan esos instrumentos y por tanto no saben cómo juzgar su eficacia más allá de la discrepancia con el resultado final: por eso no es raro que las personas digan «pero es que a mí no me preguntaron», o que algunos digan que «hubo fraude» porque muchas encuestas le daban el triunfo a AMLO en 2006 cuando, a pesar de ello, el triunfo de Felipe Calderón (ese 0.56%) caía dentro del margen de error.

    Es decir, una encuesta puede hacer mal su trabajo porque algo falló en la metodología o hubo algo que no previeron en el diseño, como el llamado voto oculto (aquellas personas que prefieren no revelar sus preferencias), pero puede acertar estadísticamente y, aún así, que la gente se forme un consenso de que las encuestas se equivocaron.

    Luego está otro problema y que podría ser el más importante: es el de la ética.

    El poder político tiene incentivos para que esos resultados que se muestran al público sean favorables a sus intereses. La publicación de las encuestas pueden tener un efecto en el electorado. Si la encuesta dice que su candidato o candidata no tiene posibilidades de competir, entonces se desmotivarán o buscarán votar por el que consideran la menos peor de las candidaturas competitivas. Si las encuestas muestran una contienda muy pareja, entonces los simpatizantes de cada contendiente irán con mayor entusiasmo a votar.

    Es normal, así, que afines al poder político presenten «encuestas patito» de empresas demoscópicas de dudosa procedencia si no es que ficticias para generar un efecto en la opinión pública. También muchos se preguntan si algunas de las casas encuestadoras importantes, que son más conocidas por la opinión pública, han «vendido su alma al diablo».

    Las encuestadoras «grandes» a veces aciertan y a veces no. En 2006 tuvieron un desempeño bastante aceptable y en 2018, en general, también tuvieron un buen papel: el agregador Oráculus quedó muy cerca del resultado final. Pero no siempre lo hacen, y para muestra están las últimas dos elecciones del Estado de México.

    El escepticismo y la duda crecen cuando hay una gran discrepancia con las distintas encuestas como hoy está ocurriendo en torno a la elección presidencial. Algunas, como Demotecnia y Parametría, colocan a Claudia Sheinbaum a decenas de ventaja de Xóchitl Gálvez. Demotecnia incluso se «atrevió» a darle una mayor intención de voto a Claudia que a AMLO en el 2018 (lo cual se ve muy inverosímil). Estas son propagadas con enjundia por los integrantes y voceros del régimen. Otras, como la de Reforma o El Financiero, muestran que Xóchitl es bastante competitiva.

    Si la discrepancia es muy amplia, es natural que surjan dudas sobre la ética de las casas encuestadoras. Si algunas discrepan fuertemente de otras, entonces algunas se están equivocando groseramente de tal forma que, o tienen una metodología demasiado deficiente, o bien, que, en efecto, la ética no forma parte del ejercicio demoscópico que están llevando a cabo.

    El poder político, como decía, tiene incentivos para que las encuestas que llegan a la opinión pública les sean favorables. A su vez, las encuestadoras viven de su reputación. Si las encuestas fallan, entonces tendrán menos credibilidad en ejercicios posteriores. Un caso emblemático fue el de GEA-ISA, una encuestadora muy relevante en el 2012 que publicaba su encuesta diaria en el noticiario de Ciro Gómez-Leyva y que mostraba que Peña Nieto tenía una ventaja amplísima sobre sus contendientes. Nadie lo creyó, incluso la gente bromeaba sobre el asunto y, en efecto, aunque Peña Nieto fue el candidato vencedor en el 2012, lo hizo por un margen bastante menor al predicho por GEA-ISA al punto en que el propio Gómez-Leyva reconoció que la encuesta falló.

    Y, al día de hoy, ese hecho le sigue cobrando factura a GEA-ISA.

    De aquí se deduce que el poder político tienen más incentivos para hacer que las «encuestas sean torcidas» que las propias casas encuestadoras que deben cuidar su reputación. Dicho esto, el poder político le debe dar a la casa encuestadora algún beneficio que supere al perjuicio que la casa encuestadora pueda llegar a tener si dentro de la opinión pública se crea un consenso de que esa casa encuestadora se vendió.

    Pero, aunque la encuestadora tenga un profundo sentido de la ética, puede llegar a equivocarse y que la gente piense que se ha vendido cuando no es así, sobre todo partiendo del hecho de que la gente no tiene conocimiento de estadística, no sabe cómo operan las encuestadoras ni cómo son sus metodologías. Para ellos, si su resultado (que no es tanto un pronóstico sino una «foto del momento») discrepa del resultado final, entonces «se vendieron». ¿Puede ocurrir así? Claro, pero no siempre.

    Con todos estos asegunes, las encuestas van a estar ahí, la gente las va a tomar en cuenta aunque guarde cierto escepticismo hacia ellas. Será el día o pocos días después de la elección cuando se anuncie a la candidata ganadora cuando se haga el corte de caja y sepamos quienes fallaron.

  • La copia de Xóchitl Gálvez

    La copia de Xóchitl Gálvez

    La copia de Xóchitl

    Las críticas no serán agradables, pero son necesarias.

    Winston Churchill

    En MORENA habían esfuerzos suprahumanos para tratar de destruir la candidatura de Xóchitl Gálvez. Insultos, mentiras, acusaciones, «exhibiciones en las mañaneras».

    Entre todos esos esfuerzos que incluían tratar de encontrar cualquier resquicio, los morenistas dieron con el informe que ella presentó para titularse. En específico, fue Bernardo Escalante quien dio con el informe de la candidata y descubrió que algunos párrafos no fueron correctamente citados ni entrecomillados, lo cual se considera una suerte de plagio.

    Esta vez sí había un lado negativo que podían mostrar sobre la candidata que tanto les «estaba haciendo ruido». Por fin dieron con algo. Y no es cualquier cosa, sobre todo tomando en cuenta los antecedentes recientes como los de Enrique Peña Nieto, Yazmín Esquivel o Delfina Gómez.

    A esto, siguió un agresivo pero predecible ataque de los morenistas. Sin importar el cinismo que ello implica (porque callaron y hasta justificaron las críticas a Yazmín Esquivel) se lanzaron sobre la candidata. Incluso la cuenta oficial de MORENA publicó en redes una y otra vez imágenes denostando a la candidata opositora.

    ¿Es menos grave haber hecho esto en un informe que en una tesis? Probablemente sí, pero la falla, que implica un acto de deshonestidad intelectual, sigue existiendo. Inclusive plagiar en una simple tarea o un artículo de opinión sigue siendo un acto malo y reprochable. El problema para Xóchitl es que el acto existió, el error está hecho.

    No sabemos las razones por las que la candidata hizo ello: que si por pereza, que por si falta de tiempo trató de ahorrarse trabajo e incluso por ignorancia. Como sea, eso no deja de ser una falla y esta está ahí, revelada. No puede deshacerse ni suprimirse, y como mínimo se esperaría que la candidata asumiera su responsabilidad.

    Dicen que cuando cometes un error, la mejor decisión que puedes tomar al respecto es reconocerlo y asumir tu responsabilidad. Ello te deja ver como una persona más integra que aquella que niega lo que es evidente y acumula un sinnúmero de mentiras para engañar o desviar la atención. ¿Lo hizo Xóchitl? Sí, pero a medias.

    Es cierto, a diferencia de Peña o Esquivel (cuyos casos ciertamente son mucho más graves), Xóchitl dio la cara y no negó absolutamente nada lo cual ciertamente es algo bueno. No lo hizo de la mejor forma, empero. Trató de minimizar el hecho diciendo que era un informe y no una tesis, luego ciertamente afirmó que se sometería a la decisión que tome la UNAM al respecto (con seguridad no recibirá castigo alguno). A diferencia de las certeras reacciones ante los ataques oficialistas, ahora no le salió bien, se le vio descolocada, y naturalmente los oficialistas aprovecharon el hecho: «sí robé, pero poquito» decían.

    El problema para Xóchitl Gálvez es que la oposición está menos dispuesta a entregar un cheque en blanco que los simpatizantes del oficialismo. Si López Obrador sale a dispararle a la gente en Reforma (haciendo una analogía con los dichos de Donald Trump) sus simpatizantes lo seguirán apoyando. Xóchitl no cuenta con ese «beneficio». Muchos líderes de opinión que simpatizan con ella se mostraron críticos. Marco Levario incluso ahondó en la investigación. Pepe Cárdenas o Jesús Silva-Herzog fueron críticos con la hidalguense y si bien muchos de ellos le siguen dando su apoyo, su posicionamiento funge como una advertencia de que su simpatía no será incondicional.

    No creo que el problema que pueda tener este hecho en el corto plazo se traduzca en una severa pérdida de simpatizantes (que seguramente perdonarán este hecho, sobre todo si se le contrasta con el cinismo y desfachatez oficialista), sino que más bien puede convertirse en un obstáculo para la construcción de una narrativa que le permita seguir creciendo y posicionarse. Me explico:

    Tomemos como ejemplo esta frase donde ella dice que en su gobierno no habrá «rateros, huevones ni pendejos». Es una frase muy buena e ingeniosa que «hace clic» con la idea que los opositores tienen sobre el oficialismo y que le ayudaba a contrastarse con el régimen. Pero ahora habrá quien le restriegue esa frase diciéndole: «te robaste esta cita», «te pendejeaste» (Xóchitl dixit) así asignándole a ella dichos adjetivos.

    Naturalmente, en la construcción de esa figura que todavía tiene que darse a conocer para poder ganar los suficientes votos para alcanzar a Sheinbaum ayuda más una que se perciba como limpia a una que «ya tiene una manchita», aunque sea relativamente pequeña. De pronto, slogans y discursos que antes podían ser muy efectivos y orgánicos ahora podrían sentirse más incómodos.

    ¿Este hecho desinflará la candidatura de Xóchitl? No necesariamente, posiblemente no lo haga, aunque todo depende de la respuesta que la candidata termine dando ante este hecho, y la que más le conviene es una donde asuma toda su responsabilidad de tal forma que se perciba como una persona, sí, falible, pero que es capaz de ser autocrítica consigo misma para mejorar como persona, y no como una que deje entrever que esta es una red flag que anuncie una política que pueda hacer «más trampas» desde la silla presidencial.

    Muchos seguimos viendo a Xóchitl como la candidata que puede ayudar a sacar del poder a un régimen corrupto y autoritario, pero ello no implica que debamos dejar de ser críticos con ella y debemos mandar el mensaje que, con ella como con cualquier político, nuestra simpatía no es incondicional. No sólo es la candidata la que tiene contrastarse con el oficialismo, también somos los opositores que debemos contrastarnos con la abyección y el servilismo que muestran los «apoyadores» e integrantes del régimen.

    Y que entre los opositores exista la capacidad de ser críticos con su candidata es una buena noticia que refleja madurez democrática. Es sano, aunque sea incómodo, que Marco Levario insista sobre los párrafos copiados o que Silva-Hérzog critique la reacción de la candidata. Es bueno ser exigente con aquellas candidaturas que abanderamos, porque ellos aspiran a servirnos y no nosotros a servirlos a ellos.

  • Los abyectos en su hora de opinar

    Los abyectos en su hora de opinar

    Los abyectos en su hora de opinar

    No es lo mismo simpatizar con un régimen o un movimiento que someterse a este con abyección. Mientras que los primeros pertenecen porque ven ahí alineadas sus convicciones, los segundos simplemente han suprimido cualquier esbozo de espíritu crítico sometiéndose a los designios e intereses del poder actuando como meros peones de éste en busca de un beneficio personal.

    Hace unas semanas, en la nueva temporada de la Hora de Opinar (el programa que conduce Leo Zuckermann) fueron incorporados a la mesa de debate a diversos «opinadores» favorables al régimen. Uno podría pensar que su adhesión nutriría el debate político en el cual se discutirían diversas visiones del quehacer político y daría al espectador una perspectiva más amplia.

    Así, se integraron Renata Turrent, Eder Guevara y Violeta Vázquez-Rojas entre otros.

    Pero la realidad es que si algo me mostraron estos panelistas es que el hecho de que existan diversas posturas no es suficiente para que se genere un debate político más nutrido. Incluso pueden lograr lo opuesto.

    Un ambiente favorable sí ocurría con Gibrán Ramírez en sus tiempos de «oficialista». Aún cuando no se concordara en muchas cosas con él, su presencia enriquecía el debate y podía poner temas interesantes sobre la mesa. Eso no pasa ni con Renata, Eder o Violeta. ¿Por qué?

    La respuesta es simple, porque Gibrán, a pesar de sus evidentes simpatías, tenía una voz propia y su espíritu crítico no había quedado anulado. En el caso de Renata, Eder y Violeta, me temo, ha ocurrido todo lo contrario.

    Estos nuevos panelistas no van a debatir en realidad, son meros propagandistas que repiten de forma coordinada las indicaciones que «reciben de arriba». Llegan con argumentos pre-hechos y ensayados: si te preguntan esto entonces responde aquello, si cuestionan a Claudia Sheinbaum por X, da Y razón. Su discurso es acartonado y predecible, y cuando no es porque caen en un acto de cinismo que puede sorprender a más de uno (Eder dijo que estaba muy nervioso por la designación tan predecible de la corcholata destapada). No son pocas las veces en que las caras de asombro (en el mal sentido) o hasta desesperación por parte de Paula Sofía o Carlos Bravo Regidor.

    Estos panelistas son simples merolicos cuya finalidad no es debatir, sino deliberadamente hacer quedar bien al régimen de cuál forman parte. No van ahí para defender sus convicciones (por más alineadas que estén con el ideario del régimen al cual defienden), sino con un mero fin propagandístico. En un ambiente así, es difícil generar un buen debate porque no existe por parte de ellos una intencionalidad de debatir y contrastar ideas, sino de buscar imponer al público aquellas posturas que son las convenientes para el régimen.

    Aunque sean iguales en número, la mesa queda desbalanceada. Porque los que son críticos al régimen (como Paula Sofía, Carlos Bravo, Denise Dresser o Pablo Majluf) no buscan hacer propaganda en favor de algún poder en específico, sino simplemente de dar y defender su propia opinión. Cuando los «opositores» están opinando, los oficialistas suelen tomar notas para encontrar el contraargumento que deje mejor parado al régimen. Mientras que los opositores pueden llegar a hacer concesiones (dado que mantienen una mayor apertura), ellos no estarán dispuestos a ceder ni un centímetro. Si los confrontan por el papel que están jugando y lo cual es muy evidente (como hizo Denise Dresser) se victimizan en las redes sociales diciendo que son víctimas de intolerancia.

    Algunos de ellos acusan en sus redes sociales que sus comentarios son vistos como propaganda en tanto que la de los opositores les parecen análisis objetivos. Si bien, es cierto que los análisis de sus «adversarios» no tendrían por qué serlo, lo cierto es que sí hay una clara distinción que puede hacerse: ellos van con el fin explícito y específico de hacer propaganda en favor del régimen, lo cual no es el caso de sus contrincantes.

    Basta ver cómo es que el discurso de los panelistas oficialistas es exactamente el mismo. No hay siquiera un sello propio que distinga a Renata de Eder o de Violeta: parecen repeticiones una de la otra persona, y ello es sintomático de que su misión en La Hora de Opinar es hacer propaganda en favor del régimen y que aquello que van a decir ya ha sido escrito o planeado de antemano..

    Ellos no son meros simpatizantes, son abyectos del régimen. No van ahí a defender sus ideas, van ahí, sometidos intelectualmente, a servir al oficialismo porque ello les trae dividendos (sean políticos o económicos). Claro, no será MORENA el primer partido donde sus militantes muestran abyección hacia el poder, pero parece que esta práctica ser es más notoria y recurrente, al menos desde la alternancia democrática a finales del siglo XX.

  • Eduardo Verástegui. Identitarismos y conservadurismos colectivistas.

    Eduardo Verástegui. Identitarismos y conservadurismos colectivistas.

    El polémico artista Eduardo Verástegui ha irrumpido en el escenario electoral.

    Ese hombre que se entregó a los más profundos excesos y que, gracias a la religión a la cual se aferró dogmáticamente, encontró una salida a dichos excesos que explican que presuma más de 15 años de castidad, ha decidido contender por la Presidencia de la República, para lo cual tendrá la difícil tarea de recolectar casi un millón de firmas en al menos 17 estados.

    Verástegui claramente es un fenómeno marginal que no tiene posibilidad alguna de llegar a la Presidencia y cuya presencia solo podría beneficiar a MORENA al tratar de captar votos de los sectores más conservadores de la República Mexicana.

    Lo que es cierto es que se ha ganado el corazón de la ultraderecha tuitera mexicana, la cual está dispuesta a mover mar y tierra por él aunque ello implique permitir el avance del autoritarismo. ¿Por qué? Esto me lleva al primer punto:

    El voto identitario

    En la ciencia política se han estudiado los tipos de voto que han existido a lo largo del tiempo y que se manifiestan en distintos contextos. Por ejemplo, Bernard Manin hablaba sobre el voto de masas (personas que siempre votaban por un partido, determinado en gran medida por las clases sociales) o el más nuevo voto de audiencias, donde los candidatos, gracias a los medios de comunicación, construyen una imagen y una marca sobre sí mismos de tal forma que se vuelven más relevantes que los propios partidos o la doctrina ideológica que defienden (Vicente Fox es un claro ejemplo).

    Desde otra perspectiva están el voto duro: el individuo que siempre vota por un partido por tener una relación casi simbiótica con este; el voto útil: donde el individuo vota de forma pragmática prescindiendo de su opción preferida para que evitar que gane la opción peor o el voto de castigo: se vota, más que por convicción en favor de una candidatura, por el deseo de castigar al incumbent (al partido o político en el poder).

    Pero dentro de estos tipos de voto yo me atrevería a incluir a uno que me llama en especial la atención: el voto identitario. En tiempos en los que la identidad (como bien señala Francis Fukuyama) se ha vuelto relevante: importa mucho si soy católico, si pertenezco a la comunidad LGBT, soy mujer o soy afroamericano. Mi ser está definido en gran medida por esas características. Por ello es de esperar que aparezca una suerte de voto identitario.

    A pesar de la marginalidad de Eduardo Verástegui, él representa un fenómeno claramente identitario.

    En el voto identitario el elector no vota tanto por una oferta programática o para que ciertas políticas que le beneficien o creen correctas se ejecuten, sino porque se sienten personalmente identificados con el político en cuestión. El propio López Obrador es un fenómeno identitario ya que mucha gente siente que es como ellos, que comparte su idiosincrasia y sus formas. ¡Por fin un presidente cercano al pueblo, que habla como nosotros! Ello explica que en las encuestas de evaluación presidencial exista una notoria discrepancia entre la aprobación al Presidente (relativamente alta) y a los resultados de su gobierno (relativamente bajo).

    En los rincones ultraconservadores se argumenta:

    Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez son lo mismo: aborteras y socialistas. Yo voy a votar por Eduardo Verástegui porque es un voto «Provida». Si no voto por él, seré un mal católico.

    Más allá de que equiparar a Sheinbaum con Xóchitl es completamente falaz, su voto por Verástegui no es una decisión programática. Es decir, desde una perspectiva racional (bajo el supuesto programático) sería difícil justificar su decisión. Debe haber otra motivación:

    Se definen como provida, pero, en el prácticamente imposible caso de que ganara la elección, el actor tendría escasa injerencia en el tema porque el aborto es un tema más bien legislativo y judicial: ahí el Presidente presenta una terna de candidatos de entre los cuales el ministro elegido será seleccionado por dos terceras partes del Senado de la República.

    A lo mucho, Verástegui podría aspirar a nominar ministros conservadores para que alguno o algunos de ellos entre a la Suprema Corte, y donde éstos serían minoría frente a una mayoría actualmente progresista (los ministros duran 15 años en su cargo). Eso explica que López Obrador tenga hoy una corte prácticamente opositora.

    La otra cuestión y la que tiene mayor peso es que Verástegui no tiene posibilidades de ganar, sobre todo en una contienda polarizada en que la elección girará en torno a la continuidad o la salida del régimen actual.

    Y esto se suma al hecho de que, al ir como candidato independiente, Verástegui no tendría representatividad en el Congreso. A diferencia de los otros candidatos cuyas figuras generan un efecto arrastre en el Congreso (más votos por mí se traduce en más curules para mi partido) Verástegui gana 1% o 10% de los votos sería prácticamente irrelevante.

    Un razonamiento programático podría ser: «Ejerceré el voto útil contra el régimen votando por Xóchitl Gálvez, ya que, aunque no coincido en muchas cosas con ella, su triunfo garantizaría el funcionamiento de la democracia mexicana de tal forma que en un futuro cercano una propuesta de «derecha dura» podría competir en elecciones libres. De lo contrario, es posible que el régimen amañe las elecciones o sean lo suficientemente inequitativas de tal forma que no permita que mi candidato logre competir. Si apoyo y promuevo a Verástegui, las probabilidades de que el régimen permanezca en el poder y, por ende, no exista esa vía democrática necesaria para impulsar a un candidato que defienda lo que yo creo.

    Claro está, se contraargumentará que tener a Verástegui en la boleta podría difundir las ideas de «derecha dura». Hasta cierto punto la afirmación puede ser válida, pero hasta cierto punto. Al ser candidato independiente, Verástegui tendrá un acceso mucho más reducido en medios que las candidatas principales para difundir sus ideas y su plataforma quedará casi reducida a los debates como ocurrió con el Bronco.

    Otro contraargumento que he escuchado es que «se vote por Verástegui y por la oposición en las cámaras para salvaguardar la democracia». Ciertamente, gran parte del poder para destruir a la democracia reside en las cámaras, pero no todo reside ahí, y basta ver al cómo ha actuado el régimen actual al respecto. La democracia también es un consenso social, y el presidente se ha encargado de atacar dicho consenso a través de sus declaraciones en las mañaneras polarizando a la sociedad. Ello también genera un efecto nocivo ya que genera una mayor desconfianza ciudadana en las propias instituciones que salvaguardan la democracia misma.

    En este razonamiento programático tal vez sería más adecuado optar por quien garantice la permanencia de las instituciones democráticas al tiempo que construyen un movimiento que se convierta en un partido que pueda ir ganando espacios, por poner un ejemplo. Pero ¿entonces por qué insisten en Verástegui? La razón es simple: se identifican con él, «él es como ellos», representa sus valores y lo votarán aunque su voto prácticamente no tenga efecto alguno en las políticas.

    Para ellos, votar por alguien con quien tienen diferencias sustanciales es una traición a su identidad, aún cuando a la larga esa opción podría resultarles más benéfica porque les garantizaría las vías para poder aspirar llegar al poder.

    Sabido es que estos fenómenos identitarios tienden a fomentar formas de organización colectivistas donde el grupo importa más que el individuo, y eso me lleva al segundo apartado de este texto.

    El conservadurismo colectivista

    Cuando se habla de colectivismos, en el imaginario suelen aparecer conceptos como socialismo, fascismo, o incluso fenómenos identitarios de izquierda o el wokismo radical. Sin embargo, ello también es prevalente en el otro lado del espectro político. Las ideologías colectivistas u holistas (como las llama el historiador italiano Emilio Gentile), supeditan al individuo al grupo. Es decir, el grupo importa más que el individuo el cual solo se explica como un miembro del primero.

    Dentro de las distintas formas de conservadurismo, podría reducirlas a dos para efectos de este texto. El conservadurismo «liberal» (parece oximorón, pero no necesariamente lo es) consiste en aquel conservadurismo que prioriza la tradición sobre el cambio y que incluso puede llegar a tener una motivación religiosa (un claro ejemplo son los partidos democristianos), pero que respeta y promueve la libre determinación del individuo, y entiende que el individuo tiene derecho a tener el credo que deseé.

    Luego está el conservadurismo colectivista en el cual el individuo se supedita al grupo. El slogan de Verástegui de «poner a Dios al centro» o el de «Dios, patria y familia» (una calca del slogan fascista de Benito Mussolini) es un claro amago colectivista. En lugar de que los ciudadanos libremente se comporten de acuerdo a sus creencias religiosas (o no religiosas) se promueve una única visión desde el gobierno, y si «Dios está en el centro», lo cual se comprende como su cosmovisión religiosa, todo lo que no pertenezca a ella queda relegado a la periferia. El Estado laico que garantiza esa libre determinación queda hecho añicos en favor de una visión confesional oficial a la cual el individuo queda supeditado.

    El problema no es la religión per sé, sino la amenaza contra la libre determinación de las personas a tener sus propias creencias, uno de los aspectos torales del liberalismo, así como el uso de las creencias religiosas de la gente con fines políticos. La religión es un asunto privado de las personas y el gobierno no debería priorizar alguna visión religiosa sobre las demás o sobre el deseo de no ejercer una.

    Ciertamente, Eduardo Verástegui no es fascista, pero este tipo de conservadurismo holista que él promueve sí puede insertarse dentro del espectro de las ultraderechas. Definirlo como ultraderecha en este caso no es algo incorrecto.

    Conclusión

    Tal vez no erren quienes ven con preocupación que en el futuro este tipo de líderes puedan ganar relevancia. Sin embargo, es complicado que Verástegui cobre relevancia en estas elecciones (si es que llegara a juntar las firmas) ya que el panorama sociopolítico y los clivajes salientes no terminan de fomentar una oposición entre conservadurismos y progresismos, sino que más bien están absorbidos en ellos. Ambas corrientes se encuentran traslapadas en los clivajes confrontados. Es decir, tanto en el electorado oficialista como en el opositor existen corrientes tanto conservadoras como progresistas.

    Esta elección será entre autoritarismo y democracia, o visto desde una perspectiva oficialista, entre el pueblo y los «conservadores privilegiados» (nótese que el significante «conservador» promovido por el régimen poco tiene que ver con el conservadurismo del que he estado hablando en este texto). Sin embargo es posible que en el futuro el conflicto entre progresismo y conservadurismo pueda cobrar relevancia, sobre todo cuando se vuelva más relevante que el conflicto actual. En un escenario así, una figura como Eduardo Verástegui sí que podría tener mucho mayor pero que al que hoy puede aspirar.