A diferencia de las enfermedades no psíquicas, los trastornos mentales han estado históricamente estigmatizados básicamente por la falta de entendimiento. Los trastornos habían sido relegados a la periferia de aquello que se considera normal o aceptable, por lo cual quienes padecían alguna de estas enfermedades eran relegados y juzgados. Se les veía con recelo e incluso como personas peligrosas.
Debemos de comenzar a ver a los trastornos mentales como una enfermedad más. Así como no juzgamos ni relegamos a quien está enfermo del estómago o quien adquirió el virus de la influenza, tampoco lo deberíamos de hacer con aquellas personas que tienen un trastorno mental.
2) Es más común de lo que crees:
Los trastornos mentales son más comunes de lo que crees, y más en estos tiempos tan cambiantes e hipercompetitivos. Muchas personas tienen uno y no lo saben por falta de información. 15 de cada 100 mexicanos tienen uno y apenas poco más de dos está bajo supervisión de un especialista.
3) No es «échale ganitas»:
A veces se llega a confundir un trastorno mental con un problema de actitud. Si el amigo está arrumbado en el sillón todo el día pensamos que es una persona floja que no quiere superarse. Pero en algunos casos no es un problema de actitud sino producto de un trastorno mental. Trastornos como la depresión y la ansiedad son efectos químicos que necesitan algo más que actitud.
Por ahí dicen que una persona que padece un trastorno mental no es una persona débil, sino una persona lo suficientemente suerte como para soportar mucho. Y tal vez tengan razón.
4) Pedir ayuda profesional:
No es lo mismo platicar con amigos o con familiares que acudir a ayuda profesional. Ellos, por más te quieran, poco podrán ayudarte para aliviarte porque no son los más indicados y porque no tienen la preparación para tratar trastornos mentales (claro, a menos que tu amigo o familiar sea un especialista).
Si sabes que cuando tienes una enfermedad seria debes ir al doctor y no tomar remedios caseros, ¿entonces por qué deberías tratar los trastornos mentales de forma distinta? Muy probablemente necesitarás un buen psicólogo o un psiquiatra que te recete alguna medicación, y a veces no lo encontrarás a la primera.
Y recuerda que ello no tiene nada que ver con tu actitud. Los especialistas de la mente no son para «personas débiles». Por el contrario, son para personas fuertes que buscan una salida, pero necesitan dar ese paso que con la actitud y el carácter no es suficiente dar.
5) Y cuando digo un profesional, digo un profesional:
Olvídate de los «coaches de vida», «neurocoaches cuánticos», talleres de coaching tipo Mexworks y demás pseudogurús que pululan últimamente. Tienes que ir con un profesional, con un médico, con un psicólogo especializado, con un psiquiatra o un neurólogo según sea el caso.
6) Ejercicio y entorno saludable:
Si bien el ejercicio por sí solo no cura ningún trastorno y nunca puede sustituir la atención profesional que el trastorno necesita, tener una vida físicamente activa y vivir en un entorno saludable ayudarán a que el problema sea más llevadero. Así que junto con tu tratamiento, una rutina de ejercicio posiblemente te hará muy bien.
Estar rodeado de personas que realmente se preocupan y se interesan por ti también serà de mucha ayuda.
No sé si han terminado de notarlo, pero en el cine parece haber un quiebre con respecto a la forma que se trata a los héroes. En el pasado (incluido aquél relativamente reciente) era clara la dualidad entre el bien y el mal: el superhéroe era el bueno y el villano era el malo, como si la bondad de uno y la maldad de otro fueran meros fenómenos aislados: el bueno es bueno porque es el bueno, y el malo lo es porque es el villano. Aunque a veces se tratara de explicar por qué el villano se volvió tal, no se salía de esa dualidad. En el presente, esa dinámica parece haberse relegado a un segundo plano.
Alguna vez un analista de cine de Youtube (que no recuerdo su nombre, se los debo) habló sobre esta quiebre comparando al Señor de los Anillos con Game of Thrones. En la primera, que enclava dentro de la modernidad, dejaba esta distinción clara entre el héroe bondadoso y el villano malvado. En Game of Thrones, enclavada más bien dentro de la posmodernidad, la distinción no es tan clara porque el interés principal de la serie no era establecer dicha dicotomía sino más bien humanizar a los personajes, mostrarlos como falibles, y entender a cada uno de ellos como producto no sólo de sí mismos, sino del contexto en el que se desenvolvían y de la forma en que se relacionan con los otros.
El cine de superhéroes ya no es binario (bueno o malo) sino contextual. Lo que importa es entender la complejidad que existe detrás del desarrollo de una persona, y el Guasón tiene mucho, pero mucho de esto (tanto que esta película trata solamente del villano). Ya no son las obras fantásticas donde el héroe salva la ciudad de una forma épica lo que se proyecta en las pantallas, sino un análisis de todo lo que hay detrás de un relato heróico que ahora se pone en entredicho; se trata de entender que detrás de esa heroicidad hay también falibilidad.
Básicamente, lo que vemos es una deconstrucción de los relatos épicos que acompañaban a las historias de superhéroes. Es paradójico que esta empresa, tan posmoderna, termine tratándose a la vez una muy realista.
Entonces esta reseña no es una reseña tradicional que hable de las actuaciones o de la historia en sí (aunque cabe decir que la actuación de Joaquín Phoenix fue magistral y que la músicalización es de aplaudir), sino de un análisis más bien filosófico o social.
Una crítica superficial diría que esta película aborda la lucha de clases, el pobre contra el rico: los manifestantes payasos emulando al proletariado y Thomas Wayne a la burguesía, dirán. Pero ello no es así, porque una interpretación así sigue atenida al binarismo entre buenos y malos que solo invierte. La película analiza y comprende al Joker pero tampoco es como que lo justifique. La película hace crítica social y habla de conflicto, sí, pero es mucho más complejo que hablar de meras luchas de clases y hay que notarlo.
En este sentido, la película reconoce la complejidad de la condición humana y comprende de alguna forma la multiplicidad de factores que se esconden detrás de una historia. La obra explica cómo esta multiplicidad de variables, situaciones y hechos que interactúan entre sí derivan en la creación de un perfil que se convierte en un asesino. Son muchos factores tan distintos que se conjugaron para que esto ocurriera, aunque todos ligados a la exclusión del sistema: estos van desde el rechazo social per sé, un trastorno mental, el trato que las demás personas le dieron (incluida su madre o Thomas Wayne), la desaparición de programas sociales bajo los cuales podía seguir manteniendo una relativa estabilidad, los prejuicios, la falta de instituciones sólidas (lo cual se refleja en una ciudad caótica que no puede controlar una plaga de ratas). Todas estas variables se traducen en la exclusión sistémica que Arthur sufre, una exclusión tan agresiva que se conjuga con un severo trastorno mental que, a su vez, alimenta ese círculo vicioso de la exclusión y lo lleva a cometer horribles crímenes producto de la desesperación, el resentimiento acumulado y la severa alienación.
La relación que juega Arthur con las instituciones (los hospitales, la policía, las dependencias gubernamentales) tiene un aroma un tanto foucaultiano, donde no se percibe que dichas instituciones auxilien a Arthur, sino que, al no poder normalizarlo, lo terminan excluyendo. En todas estas (y de hecho en todo el entorno en el que se mueve Arthur) se percibe un ambiente frío y decadente, despojado de cualquier rastro de humanismo.
La película habla de qué es lo que ocurre cuando un sistema te excluye y te trata de ocultar bajo su alfombra. Quien queda excluido del sistema queda también excluido de los mecanismos que le proporcionan cierta estabilidad y razón del ser. El sistema (entendido como un todo, no solo como un gobierno, sino también como las empresas, las instituciones, la familia, y todo aquello que conforma la sociedad) te provee de un orden moral, ético, legal, de pertenencia, de una familia, de una educación. Quienes quedan excluidos de dicho sistema se encuentran desprovistos de cualquier estructura, y cuando han sido relegados de ella entonces lo que es bueno y lo que es malo deja incluso de tener sentido porque el sujeto, alienado y hasta desposeído de una identidad, percibe que no es parte de ello, y cuando el estado de las cosas es tan ajeno y le trata como repugnantes, entonces la reglas y las normas que emanan de ese sistema se vuelven irrelevantes.
La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras
Bastó que el Guasón tuviera un arma en sus manos para que se rebelara contra el sistema que lo excluía. El arma le dotó de un sentimiento de poder que anteriormente no había gozado. Con ella mató a los tres empleados de Industrias Wayne que lo molestaban en el metro, con ello mató al conductor que lo había invitado a su programa para hacer mofa de él. Con el arma, el Guasón dejó de jugar un papel pasivo a uno activo. El arma no lo transformó, simplemente a través de ella se expresó como excluido del sistema y disparó contra éste. Así se erigió con sus particulares bailes ante muchos manifestantes (payasos) quienes también se sentían excluidos e ignorados. Se convirtió en su referente, en su modelo a seguir.
Evidentemente ello no puede implicar romantizar al Guasón, debemos tener cuidado con eso, porque un análisis simplón podría llevar a algunas personas a ello. La moraleja no es que, estando fuera del sistema, nos podamos permitir cualquier cosa o que ese tipo de actos nos parezcan aceptables solo porque tuvieron una causa, sino más bien preguntarnos si el sistema que hemos creado realmente ha incluido a todos y qué podemos hacer para que los incluya. ¿La forma en que entendemos la realidad de otros estratos sociales, cosa que Thomas Wayne parecía desconocer, es la adecuada para ese fin? ¿La forma en que comprendemos los trastornos mentales y tratamos a las personas que sufren uno es la adecuada? ¿La forma en que están diseñadas las instituciones y los órganos de justicia abonan a esta inclusión?
Si bien el concepto del bien y el mal son lo suficientemente necesarios que se hace necesario abordarlos de una forma casi dogmática para evitar que su relativización nos lleve al caos, sí es imperativo preguntarnos por qué hay gente que obra mal (en el sentido de que sus actos son perjudiciales) en vez de ver su acto simplemente como un hecho aislado y disconexo, para así prevenir que más actos así sigan replicándose. El estado de las cosas es producto de una interrelación de causas y efectos, y si dentro del sistema hay fallas, éstas terminarán reflejándose, y a veces de formas muy dolorosas.
Por ello el Guasón me pareció una muy buena película, porque creo que logra hacer una crítica necesaria que va más allá de cualquier postura ideológica y cuya moraleja debería ser transversal con respecto del espectro político, porque si somos honestos, ninguna postura política se salva de la crítica.
En los últimos días, hemos visto varias manifestaciones en las cuales aparecen personas encapuchadas realizando destrozos.
¿Son un sector radical? ¿Son infiltrados? ¿Son anarquistas? ¿Son grupos políticos enfrentados? No lo sé. Sé que en la mañana en Twitter hubo una campaña entre los manifestantes para deslindarse y señalar a los violentos. Me llama la atención, entre los videos que pude ver, que no se trataba de gente que estuviera enojada o llena de rabia, como suele ocurrir con los motines, sino gente que, al parecer se estaba divirtiendo, e incluso parecían tener una suerte de organización o protocolo. No importa si es Ayotzinapa, la marcha feminista o el 2 de octubre, los vándalos hacen acto de presencia.
Muchos lo veían venir en el aniversario del fatídico 2 de octubre del 68 por lo sucedido en los últimos días, pero las vallas humanas no sirvieron.
Me pregunto ¿por qué los civiles tendrían que orillarse a conformar vallas humanas? ¿Qué ese no es trabajo de las autoridades, el de evitar que se vandalice propiedad privada y se atente contra la propiedad de terceros?
Peor aún: ¿Por qué el gobierno de la CDMX envía a sus empleados a formar esas vallas? ¿Por qué el gobierno pone en riesgo a ciudadanos inocentes? ¿Por qué utilizan a personas que laboran en el sector público, lo cual viola la Ley Federal el Trabajo, para llevar a cabo una tarea que debe recaer en el orden público? ¿No se dan cuenta del problema? Terrible lo que está ocurriendo bajo la jefatura de Claudia Sheinbaum
No, no estoy pidiendo que «resucite Díaz Ordaz», ni que se cometa una represión arbitraria, menos aún cuando la mayoría se está manifestando de forma pacífica, derecho que debe respetarse irrestrictamente. Simplemente que las autoridades ejerzan la ley con la mínima violencia posible necesaria para evitar que los vándalos sigan atacando propiedades de terceros.
La fuerza pública primero debe disuadir estos actos con su presencia, de tal forma que los potenciales vándalos sepan que si el mero acto de vandalizar va a tener un costo. Pero en vez de eso vimos a los vándalos encapuchados haciendo de las suyas sin que absolutamente nadie haga nada.
El problema ya no es el vandalismo en sí. Las paredes de los edificios públicos se pueden limpiar.
El problema son las señales que está mandando, señales de un Estado débil, displicente e incapaz el cual no reacciona ante las eventualidades y es fácil de someter. Esto es una joya para los delincuentes, porque si ellos perciben que los actos que llevan a cabo los demás no tienen consecuencias por las razones anteriormente mencionadas, entonces asumirán los suyos tampoco los van a tener y que el precio a pagar por delinquir es mucho menor.
Y eso, en un país como México donde los índices de inseguridad son altísimo y donde el narcotráfico es un cáncer que no se ha podido extirpar, es muy peligroso, mucho.
Amigos, estos días he estado reflexionando seriamente.
Me parece notorio que en nuestro país (pero es evidente que es algo que ocurre en Occidente y todo el mundo) estamos comenzando a vivir un cambio de paradigma sobre la forma en que percibimos el mundo, sobre la forma en que abordamos la moral y la ética. Las transiciones son dolorosas, y tal vez ello explique la preocupación de algunas personas.
Me parece notorio porque, por lo general, los que todavía estamos algo jóvenes tenemos una forma de abordar la realidad de una forma distinta a la de la gente mayor. Cuando a uno le dicen que esto está prohibido porque lo dice la Iglesia o es del demonio uno no hace más que hacer una mueca de extrañamiento, incluso para alguien como yo que creció en un entorno religioso.
No es porque crea que todo se valga. Simplemente ese tipo de razonamientos no me parece tener sentido. Si a uno le dicen que no debe tener sexo hasta el matrimonio parece que está escuchando a una reliquia parlante. Posiblemente ello explique por qué las religiones tienen menos influencia que antes.
No es que las religiones estén mal en sí, ni que su filosofía deba ser prescindible (vaya, uno de los pilares filosóficos que Occidente es el cristianismo). Ni siquiera creo que las creencias o la fe en sí sean un problema.
La cuestión es la manera de entender la moral, a través de normas rígidas e incuestionables que uno debe obedecer «para salvarte». Normas que, en algunos casos, pueden incluso llegar a ser incompatibles con la sociedad contemporánea dado que la moral busca regular la conducta del ser humano que se encuentra inserto en un contexto dado y, con el tiempo, el contexto se va modificando.
La alternativa a ello no debe de ser el nihilismo, ello sometería la sociedad al caos. Tampoco se trata de una negación del caos en sí, sino de saber postrarse ante él. La alternativa más bien debería consistir en que el individuo se haga a cargo de sí mismo, que se emancipe pero no en el sentido meramente posmoderno, sino en uno donde decida hacerse responsable de sí. Ello no implicaría necesariamente esperar que la gente se desprenda de sus creencias religiosas, sino que cambie la forma de abordar la moral.
Emanciparse no es una tarea fácil, es una libertad que conlleva una responsabilidad que el individuo antes no acostumbraba a tomar, y es aprender a conformarse como sujeto a partir de la idea más básica de la dignidad humana y el amor.
Y ello implica una responsabilidad porque no le toca formarse una moral pasiva (una escala de valores morales que algún agente externo le entrega) sino una más bien activa, en cuya conformación él participa y de la cual él se hace responsable. No puede ser una moral arbitraria ni una moral «a conveniencia», sino una moral razonada que le exige sacrificios, autocontrol y un espíritu crítico.
Un sujeto emancipado no diría: esto que quiero hacer está mal porque x o y lo dice o porque me voy a condenar. Tampoco diría: voy a crear el sistema que me permita hacer lo que quiera y que sea fácil. Diría más bien: voy a desarrollar un sistema que esté basado en el amor, en la moderación y en el control del instinto.
El sujeto emancipado y que se hace a cargo de sí mismo tendrá una exigencia sobre de sí mayor: le requerirá adquirir más sabiduría, tratar de entender cómo es que funciona el mundo y los porqués de las cosas. El sujeto emancipado no renegará de forma infantil de la sabiduría filosófica e incluso religiosa, más bien tratará de entenderla, tratará de entender los porqués y, en un acto de humildad, reconocerá la sabiduría que yace bajo ella.
El sujeto emancipado no esperará que todo se le tenga que prohibir o que le digan que no puede hacer esto simplemente porque está mal. El sujeto más bien, con base en el amor y la dignidad humana, razonará los posibles actos, se preguntará si ello le hace bien o mal a él y a los demás y asumirá las decisiones. El individuo emancipado no se arrojará al vicio ni al instinto, por el contrario, él por sí mismo logrará evitar caer en éste.
El sujeto emancipado no desea romper las cadenas para arrojarse al vicio porque entiende que el vicio no es liberador sino opresor. Sabe que el individuo es libre cuando sabe controlarse a sí mismo, cuando sus emociones y sus impulsos no lo gobiernan, sino que él gobierna a ellos.
Así, el sujeto emancipado es como aquella persona que ha madurado, como aquella que ya no es cuidada por alguien más, sino que ya es alguien que sabe cuidarse a sí mismo. Él es realmente libre y, por tanto, respeta la libertad de los demás.
El sujeto emancipado ya no está atado a ninguna cadena porque ha sabido convertirse responsable de sí mismo, de sus actos y sus decisiones.
Siempre se ha dicho que Guadalajara es una sociedad tradicional y conservadora; afirmación que, al menos hasta hace poco, tenía sólidos argumentos. Incluso ese conservadurismo tan característico de nuestra ciudad se podía explicar por cuestiones históricas, como la Guerra Cristera, dentro de la cual Jalisco fue uno de los bastiones más relevantes.
A los tapatíos siempre nos han echado carrilla: «Ustedes que son tan mochos, tan machos y tan persignados».
Pero las encuestas que se han hecho sobre el tema en los últimos años revelan más bien que esa idea que Guadalajara es muy conservadora se está disipando (incluso el cambio generacional es muy contrastante). Por ejemplo, según una encuesta de Reforma lanzada hace 4 años, poco más del 50% de los jóvenes estaban a favor del matrimonio igualitario. Igualmente, Jalisco como Estado ocupa el lugar 11 dentro de los estados que más apoyan esta figura (por encima no solo de Guanajuato, sino de Nuevo León). Guadalajara ya ha dejado de ser un bastión conservador, el cual ve su última legión fuerte y consistente en la generación análoga a los baby boomers que si bien siguen siendo muchos, por la edad, ya están cediendo los espacios de poder y relevancia social a los más jóvenes que ya no son tan conservadores. Las organizaciones religiosas de diversa índole han sabido mantener relevancia a través de este sector, pero no han sabido contrarrestar el cambio. La Guadalajara conservadora muy posiblemente vea su tamaño y peso político y social disminuir ante el siguiente cambio generacional.
La Guadalajara conservadora y tradicional todavía tiene mucho peso, además de capacidad de organización. Sus marchas son más grandes que las de los colectivos liberales y/o progresistas por esa misma razón. Pero ello no implica que sean mayoría, sino que las estructuras conservadoras construidas en gran parte por organizaciones religiosas son capaces de movilizar mucha gente.
Pero, a pesar de ello, la Guadalajara conservadora ya está dejando de ser la Guadalajara dominante y está siendo más relevada por una más liberal. La Guadalajara tradicional de la Colonia Chapalita está dando paso a la Guadalajara liberal de la Colonia Americana. Ello se puede explicar, a mi parecer, por tres razones:
1) Que las sociedades con el tiempo se van volviendo más liberales (proceso que viene ocurriendo desde el fin de la Edad Media y el inicio de la Ilustración). Evidentemente este punto aplica para todas las ciudades de México. No hay prácticamente ninguna ciudad que se vuelva más conservadora, pero este proceso ocurre a diferentes ritmos; y en ese sentido, Guadalajara es una de las ciudades que lleva un paso más acelerado (que se explica en los siguientes puntos). No hay que olvidar que las ciudades, por lo general, son más liberales que los pueblos, y conforme una ciudad se va volviendo más plural y diversa culturalmente, ésta se vuelve más liberal.
2) La apuesta de la ciudad por ser un hub de las tecnologías de la información y las industrias creativas. Los perfiles de quienes conforman estos sectores suelen ser liberales porque embonan mejor con los perfiles requeridos (creativos con mente más abierta a la novedad y al cambio, etc). Basta acudir a esos ecosistemas para notar que la gran mayoría de quienes las integran son liberales. Esta apuesta también implica un intercambio cultural con hubs ya establecidos y que son muy liberales como los de California y que, de una u otra manera, terminan influyendo en la cultura tapatía ya que los oriundos de Guadalajara se exponen a otras cosmovisiones distintas.
3) La reciente apuesta por la cultura. No es un secreto que Guadalajara se ha convertido de forma progresiva en una entidad cultural, ya que hay más eventos culturales y recintos que antes. En este sentido, Guadalajara ya no es el rancho que era antes y que se veía a sí mismo, sino que ya es capaz de exponerse a otras cosmovisiones y adoptar, dentro de lo que cabe, una cultura más global. La expresiones culturales, en este sentido, también suelen ser liberales.
4) La migración y la inmigración. En los últimos años ha habido un mayor flujo de inmigrantes (locales e internacionales) que han hecho que nuestra ciudad sea un tanto más diversa. También ayuda el hecho de que cada vez más personas viajan a Europa o Estados Unidos a estudiar o a vivir por un tiempo y regresan importando posturas más liberales de dichos países.
Ls Guadalajara de hoy ya no se parece tanto a la de antes. Sigue oliendo a tierra mojada pero ya no es tan persignada. Incluso, por primera vez, el conservadurismo de antaño ya no tiene la representación política que antes tenía. El PAN es un fantasma y tan solo hay algún que otro político afín a ellos (expanistas) dentro de los partidos dominantes (MC y MORENA) quienes, al parecer, tienen una agenda un tanto más liberal (aunque con la prudencia que implica gobernar una ciudad donde el sector conservador todavía sigue teniendo un peso importante).
Se ha repetido muchas veces de que el cambio climático es culpa del capitalismo.
Sabemos que cambio climático es una realidad, sabemos que hay un fuerte consenso científico de que es provocado por el ser humano y que los efectos que causa son nocivos (ya los estamos experimentando en carne propia). Si bien, me parece más complicado de lo que parece pronosticar el impacto que va a tener a mediano y largo plazo, creo que hay suficiente información para preocuparse y tomar cartas en el asunto. Y en un asunto así, es preferible el catastrofismo que la desidia.
Entonces, si el sistema en el que casi todo el mundo vive es capitalista, el cual se basa en la acumulación de bienes y servicios, y si el cambio climático lo está generando el ser humano, entonces debe ser el capitalismo el culpable del cambio climático ¿no?
Decir que el cambio climático es producto en sí del capitalismo es una afirmación un tanto imprecisa, con todo y que el capitalismo no sea ajeno al calentamiento global. El problema de esta imprecisión es que puede motivar la búsqueda de otro sistema económico pensando en que ello arreglará el problema.
Si el calentamiento global fuera un problema exclusivo del capitalismo, entonces tendríamos que mostrar que en otros sistemas como el comunismo el nivel de contaminación es mucho más bajo.
Pues no, y basta tomar a la ex Unión Soviética como ejemplo. El país comunista era el segundo más grande productor de contaminación en el mundo en 1980 y por cada unidad del producto interno bruto (PIB), contaminaba 1.5% más que Estados Unidos. Países socialistas como Venezuela o Bolivia tampoco son ejemplares en el combate al cambio climático. La condición depredadora del hombre sigue ahí muy presente.
Entonces, si sabemos que ese carácter depredador del ser humano y que explica el calentamiento global como algo que no es algo característico del capitalismo, tendríamos entonces que dejar de insistir en cambiar el modelo económico en sí para más bien replantearnos qué es lo que podríamos hacer para generar un menos impacto en el medio ambiente. Creo que el punto más endeble del discurso de Greta (esa niña de 16 años con la que la derecha reaccionaria y la izquierda radical sigue obsesionada, como si les hubiera hecho algo indignante) es pensar que el desarrollo económico deba estar peleado con el combate al cambio climático. No tendría por qué estarlo.
La cuestión no es consumir menos ni crecer menos, sino consumir y crecer de forma más eficiente.
El cambio climático, a pesar de la urgente atención que merece, no es una de las prioridades de la mayoría de los ciudadanos, porque no es algo que perciban que sientan les esté afectando y porque las consecuencias más duras podrán venir en el corto y en el mediano plazo (lo que también es consecuencia de la deficiente socialización del problema). La gente está pensando en comer, en su seguridad o en su educación.
Pedirle a la gente que reduzca su consumo o que reduzca su poder adquisitivo es algo complicado y contraproducente. Dudo incluso que la mayoría de los ecologistas estén dispuestos a hacerlo.
Más contraproducente es esperar que los países en crecimiento dejen de crecer. Ello aumentaría la pobreza y la hambruna.
Decía que la cuestión es de eficiencia. No es lo mismo usar combustibles fósiles que energías limpias (vaya daño que las empresas petroleras han causado al medio ambiente al retrasar la implementación de energías más limpias). La industria podría implementar procesos más limpios y sustentables para producir sus productos y servicios. La gente podría tomar conciencia racionando la energía que utiliza (por ejemplo, apagar la luz que no se esté utilizando, separar la basura y no gastar recursos innecesarios) y priorizando productos más ecológicos sobre aquellos cuya producción generan un mayor impacto al medio ambiente. Los gobiernos podrían incentivar el transporte público y el transporte alternativo sobre el automóvil a la hora de diseñar sus políticas públicas, cosa que ya está comenzando a ocurrir.
Es más, la innovación y el desarrollo tecnológico pueden abonar a la creación de procesos más limpios, y esos van ligados con el desarrollo económico. Paradójico es que los países más desarrollados son los que han tomado más conciencia sobre el tema y los que más han mejorado sus procesos.
En un régimen socialista como el de la URSS sería más complicado tomar cartas en el asunto porque los ciudadanos estarían a la merced del gobierno que concentraría todo el poder de decisión. En un régimen así, los ciudadanos no podrían incidir sobre las decisiones que se tomen, y incluso tendrían menos control sobre su forma de consumo (en el entendido de que no habría competencia y, por lo tanto, no habría variedad de productos para que los consumidores prefieran los más ecológicos).
En cambio, un sistema capitalista le puede dar la vuelta al problema desde dentro del mismo capitalismo. Si la gente decide consumir productos más ecológicos y menos contaminantes, entonces las empresas invertirán más en ese tipo de productos. Si hay un discurso del medio ambiente en la sociedad, una empresa podrá utilizarla como ventaja competitiva al producir productos o servicios menos contaminantes. La gente, de la misma forma, podrá «castigar» a las empresas contaminantes dejando de comprar sus productos.
Ello no quiere decir que no haya empresas y corporaciones contaminantes que cabildean para seguir haciendo negocio con factura al medio ambiente y retrasar el surgimiento de alternativas más limpias o que incluso traten de manipular la opinión pública (las grandes empresas petroleras vuelven a ser un ejemplo). Pero incluso este escenario sigue siendo más preferible a uno con un gobierno centralizado que toma las decisiones sin rendir cuentas a los ciudadanos, porque en el primer caso, como ya ha ocurrido, la misma ciudadanía puede llegar a poner en evidencia a ese tipo de empresas.
Pedir «cancelar» el capitalismo o pedirle a la gente que reduzca su nivel de vida se antoja más bien contraproducente, es una petición simplista porque no toma en cuenta los matices ni las externalidades. Está muy bien que los gobiernos tomen cartas en el asunto y que se exija que lo hagan, más en tiempos donde presidentes demagogos como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador no parecen tener ninguna consideración sobre el tema, en ese sentido la intervención de Greta (con las imprecisiones que haya podido tener) es aplaudible. Pero se trata más de un tema de conciencia social, de eficiencia, y en el cual el mismo desarrollo económico puede abonar por medio de la innovación para el desarrollo de energías más limpias y procesos menos contaminantes.
Solo así podemos hacer frente a este problema, antes de que sea demasiado tarde.
Más allá de acotaciones, los 43 de Ayotzinapa se han convertido en un símbolo de la violencia y la injusticia en México.
Es un símbolo porque ellos representan a tantos jóvenes que mueren producto de la violencia en nuestro país.
Es un símbolo porque su muerte, ordenada por autoridades gubernamentales, representa la faceta más denigrante y corrompida del servicio público.
Es un símbolo porque su muerte también nos recuerda los débiles lazos sociales que sostiene a este país, unos que se quiebran de forma muy fácil.
Es un símbolo porque el papel del presidente Peña Nieto representó la poca empatía que las autoridades tienen con sus gobernados. El vacío tan profundo que dejó despertó las más macabras sospechas y de las cuales algunos sacaron tajada política (como aquella que decía que él estaba involucrado en la masacre)
Es un símbolo porque sacó a muchos de sus burbujas clasemedieras y les hizo voltear la mirada a ese otro México, ese más pobre, más roto. Muchos, incluso algunas personas de clases medias-altas y altas, salieron a marchar para pedir justicia.
Es un símbolo porque más allá de que muchos podamos no compartir las ideologías políticas que profesaban ni sus métodos, reconocimos su humanidad.
Y es un símbolo, sobre todo, porque las dudas que hasta el día de hoy sigue generando tan lamentable conocimiento representa la incapacidad de las autoridades por hacer justicia a aquellas personas que son víctimas de la delincuencia, del crimen, del narcotráfico, y de las autoridades mismas.
Pruebas sobran del calentamiento global que pueden ser medidas cualitativa y cuantitativamente. También podemos verificarlo empíricamente a través de los cambios bruscos en el medio ambiente: en tan solo dos años varios huracanes devastaron casi todo el Caribe. En Guadalajara, mi ciudad, cayeron granizadas nunca antes vistas que dejaron una capa de hielo digna de una ciudad siberiana.
Y a pesar de todo esto, el problema del cambio climático no está lo suficientemente socializado. No es algo que parezca importar lo suficiente en la vida cotidiana, y cuando alguien hace algún cambio en sus hábitos no faltarán las personas que se burlen.
Pareciera como si el cambio climático nos diera risa, como si fuera algo tan ajeno a nosotros: al cabo los gobiernos verán cómo lo resuelven, igual firman unos protocolos, establecen unas políticas y ¡vualá! (ni hablar de la llegada de mandatarios al poder como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador que no parecen tener conciencia alguna sobre el tema). Creen que el cambio climático es una «moda progre» de redes, siendo que lo tenemos frente a nuestras narices.
En este contexto, dentro de un problema que debería merecernos más atención, apareció Greta Thunberg, una niña activista sueca de 16 años que padece Síndrome de Asperger, quien dio en la ONU un discurso caracterizado por ser muy emocional (tal vez de forma excesiva) pronunciando frases tales como «me robaron mis sueños» que causaron polémica.
Muchos reconocieron el gesto, pero otras personas se burlaron de la niña, porque parecía que «nos estaba regañando», porque fue un discurso que apelaba a las emociones, como si no muchos hubiesen apelado a la razón en muchas ocasiones sin encontrar respuesta alguna.
Sí, el discurso de Greta es uno emocional y retórico, pero lo cierto es que en muchas ocasiones es necesario persuadir a la gente por medio de los sentimientos para que entienda qué es lo que está pasando. Sí, el discurso de Greta parece catastrofista, pero en ocasiones se vuelve necesario mantener una postura catastrofista para que la gente siente cabeza. Ejemplos de un catastrofismo bien empleado fueron la contingencia del virus AN1H1 hace algunos años, o el que se promovió con la llegada del Huracán Patricia cuyas dimensiones eran históricas y que incluso en la propia ciudad de Guadalajara obligó a mucha gente a resguardarse e hasta a poner cinta a sus ventanas por si el huracán llegaba (cosa que habría sido inédita). Al final no ocurrió nada, pero fue mejor excederse en las precauciones que caer en exceso de confianza.
Burlarse de Greta suena muy absurdo en el contexto en que se encuentra, ya no solo porque es una niña de 16 años y porque me parece algo cruel burlarse de una niña de 16 años que busca, con todas sus limitaciones, poner su granito de arena, sino porque, con la simplicidad de su mensaje y de sus conocimientos sobre el tema, alerta sobre algo que es real.
Lo real, lo necesario y lo urgente es el cambio climático que estamos viviendo y que si no se toman cartas en la asunto terminará afectando la vida de millones de personas, muchas mas que las que ya se vieron afectadas.