Autor: Cerebro

  • Occidente capitalista y progre. 20 puntos para entender los discursos hegemónicos

    Occidente capitalista y progre. 20 puntos para entender los discursos hegemónicos

    Occidente capitalista y progre. 20 puntos para entender los discursos hegemónicos

    En política siempre hay un discurso hegemónico dominante, incluso en las democracias consolidadas. Los discursos hegemónicos siempre han existido y siempre van a existir.

    Un discurso hegemónico es básicamente un conglomerado de valores o ideas impuestos o promovidos por una élite o clase dominante (dice Gramsci) bajo los cuales se dice lo que el mundo es y lo que debería de ser.

    En las democracias distintos discursos hegemónicos pueden coexistir, en tanto que aquellos discursos que no son dominantes pueden llegar a tener cierta expresión por las garantías que la democracia misma les da.

    Aún así, el discurso hegemónico dominante siempre va a tener más visibilidad, tendrá más puertas abiertas en los medios de comunicación y en la mayoría de las instituciones. Siempre existirá cierto consenso en torno a dicho discurso hegemónico.

    En Occidente, existen tres discursos hegemónicos dominantes. Pueden coexistir entre sí porque uno trata de explicar la organización política, otro lo económico y el otro lo cultural.

    Esos discursos son la democracia liberal (la forma de organización política) la economía de mercado (la forma de organización económica) y el progresismo social (lo cultural).

    Aunque epistemológica e ideológicamente estos discursos puedan tener diferencias, coexisten porque rara vez uno invade el espacio del otro e incluso pueden interactuar. Un claro ejemplo son todas las empresas participando en el mes del orgullo LGBT y expresando libremente su postura.

    En los medios de comunicación, una persona tendrá más puertas abiertas si va a hablar de economías de mercado y si los cuestionamientos a éste no implican su supresión (por ejemplo, hablar sobre desigualdad o de subir impuestos en tanto el sistema de mercado no quede comprometido). Si hablas de un intervencionismo muy excesivo o incluso de un cambio de modelo, pocas puertas te serán abiertas. Lo mismo pasa con el tema social: las posturas liberales y progresistas tienden a ser mejor recibidas en la mayoría de los medios de comunicación que el conservadurismo confesional.

    Lo que no coincide con el discurso dominante se convierte en lo extraño, en lo otro. El conservadurismo social y el socialismo económico son vistos con recelo por parte de lo establecido.

    Y lo «otro», al no ser bienvenido en la mayoría de las plataformas del establishment, busca espacios alternativos de expresión. En el pasado consistía más en panfletos, revistas o medios alternativos, aunque en la actualidad las redes sociales juegan un papel muy importante.

    La Segunda Ley de la Termodinámica dice que todos los sistemas tienden a la entropía, y si los sistemas tienden a la entropía, los discursos hegemónicos también lo hacen. La ventaja de las democracias sobre los regímenes autocráticos en este sentido es que permiten, en cierta medida, criticar al discurso hegemónico, aunque ésta sea limitada en comparación con el poder político y mediático que el poder dominante tiene. Ello puede ayudar a que los discursos puedan recibir cierta retroalimentación y pervivan por más tiempo o incluso se actualicen. A la vez, podrán ser sustituidos más fácilmente si los discursos terminan siendo ineficientes.

    La polarización ideológica de estos últimos años es muestra patente del deterioro de este mecanismo de retroalimentación, ya que requiere un mínimo de apertura. Cuando discurso hegemónico deja de recibir y asimilar retroalimentación entonces se comienza crear un contradiscurso que se vuelve cada vez más fuerte.

    Pueden ocurrir dos cosas: 1) que en algún punto el sistema logre ser consciente de su deterioro y asimile la retroalimentación (que se ha acumulado) para mantenerse vigente o 2) que sea sustituido por otro: esta sustitución puede ocurrir en un relevo de poder (democrático), un cambio cultural que no es (mayormente) promovido por el poder político o por medio de una revolución.

    El primer punto implica entrar en un terreno fangoso, porque el discurso hegemónico debe asimilar qué tanta retroalimentación está dispuesta a admitir pero que no sea tanta que el discurso se modifique a tal grado que termine perdiendo su esencia, ni tan poca que termine creando un discurso adverso dispuesto a suplantarlo.

    En el segundo, se puede dar el caso de que el relevo de poder sea insuficiente para hablarse de un cambio. Un régimen que ha relevado a otro con un discurso distinto, podrá verse con el problema de que, aún estando en el poder, su discurso no es el hegemónico. Podrá toparse con que los medios de comunicación tienen más influencia en la sociedad que su gobierno.

    También se puede dar el caso que un régimen hegemónico cambie sin que haya grandes cambios dentro del poder político. Por ejemplo, que la cultura sea modificada por los medios de comunicación dominantes o instituciones ajenas al poder político-institucional.

    Las posibilidades de que un discurso hegemónico sea sustituido serán más grandes en tanto el discurso se acerque más a la entropía, pero dichos discursos suelen mantenerse por un buen periodo de tiempo, sobre todo aquellos que son más eficientes que los otros.

    La sustitución de un discurso hegemónico por otro se puede dar de dos formas:

    1) Una sustitución total por otro relato opositor que mantiene su misma forma al volverse hegemónico.

    2) Por medio de una dialéctica (a la Hegel) donde el discurso hegemónico actual (tesis) se contrapone a un discurso opuesto (antítesis) para dar paso a una superación de ambas (síntesis). Un ejemplo podría ser el liberalismo del siglo XIX contrapuesto con las corrientes socialistas que dieron paso a una economía de mercado con un Estado de bienestar.

    En los regímenes democráticos es más deseable la segunda (dado que implica menor inestabilidad) en tanto que en los autocráticos, sobre todo cuando la opresión y la concentración de poder sea mayúscula, puede llegar a ser más deseable la primera.

    Y para terminar, es muy probable que el nuevo discurso hegemónico termine, con el tiempo, repitiendo muchos de los vicios del discurso al que sustituyó. Los discursos, en tanto son oposición, apelan con más energía a la libertad que cuando ya se han vuelto hegemónicos.

  • Minorías, gobierno y paternalismo

    Minorías, gobierno y paternalismo

    Minorías, gobierno y paternalismo

    Veo, con un poco de preocupación, que se recurra cada vez más a ese vicio de pedir al gobierno o a las autoridades pedir silenciar a aquellas personas que expresan algo que se considere ofensivo (lo sea o no).

    Que si x persona se burló del baile feminista, que si aquella persona criticó a otra cultura o que el gobierno no debe dejar entrar a Agustín Laje (por más nefasto se me haga el tipo). ¿Qué no se puede defender uno o una?

    El problema es que, a la larga, quienes pierden más son precisamente aquellos sectores que quieren integrarse a la sociedad y ser vistos como iguales. ¿Por qué?

    1) Porque pedirle al gobierno que me defienda es opuesto al espíritu de empoderamiento y corre el riesgo de establecer una relación de paternalismo y codependencia entre individuo y Estado. Al hacer eso, el individuo no se está empoderando, está empoderando al Estado de quien se está haciendo dependiente.

    2) Porque el exceso de corrección política sólo genera gente hipócrita: gente que en su fuero interno tiene prejuicios pero no los expresa, gente que hace como que te tolera pero para la cual eres una patada en los huevos porque al pedirle que no hable, gente que solo termina reforzando más su postura y basta con que encuentre una válvula de escape para soltar todo. Energías y tiempo que se podrían usar en empoderar realmente a las minorías y mostrarle al mundo que valen y se merecen su lugar, se gastan en sobreprotección.

    3) Porque en la práctica ello hace poco o nada para cambiar los paradigmas y combatir prejuicios contra dichas personas. Peor aún, aquello que está prohibido se vuelve atractivo, no solo para quienes disienten, sino también para quienes guardan serios prejuicios en contra de algún sector de la población. Así, el acto de discriminación corre el riesgo de convertirse en un acto de rebeldía: «soy rebelde por decir que los negros son inferiores o por decir que las mujeres deben quedarse en la cocina».

    4) Porque en un mundo tan interconectado, la censura es contraproducente. Incluso aquellas personas que realmente guardan prejuicios aprovechan la situación para empoderarse y legitimar su discurso. Así se crea un círculo vicioso: las voces antagónicas y discursos reales de odio crecen y se le pide aún más ayuda al Estado que absorbe el empoderamiento que debería ser propio de las mismas minorías.

    Conclusión: El gobierno sólo debe intervenir en aquellos casos donde la integridad de alguien esté en peligro producto del discurso de odio a un sector de la población. Dejarle la tarea al gobierno una chamba que debe ser de la sociedad y los activistas mismos solo termina dando más poder a aquel. Porque empoderarse implica ser independiente, valerse por sí mismo para colocarse en el centro y no en la periferia y, de esa forma, exigir su lugar dentro de la sociedad.

  • ¿Mi compu tiene coronavirus?

    ¿Mi compu tiene coronavirus?

    ¿Mi compu tiene coronavirus?

    La paranoia y la ignorancia juntas pueden ser letales. Cuando el miedo tiene como base un supuesto falso, el único resultado probable es el resultado equivocado, donde se pierde y no se gana.

    ¡Se va a acabar el mundo! ¡Es la nueva peste negra, y tú sigues escribiendo como si nada!

    No, no es como que esté despreocupado. Es cierto que hay una nueva cepa de coronavirus que ha infectado a decenas de miles de personas y ha matado a cientos. Su tasa de mortalidad (más baja que el SARS pero se propaga de una forma más rápida) es del 2.1 hasta el momento. Esto quiere decir que de cien personas mueren dos (la mayoría de ellos con algún problema inmunológico, defensas bajas, etc). No es despreciable como para que la comunidad internacional se confíe y no tome cartas en el asunto, pero tampoco es tan alta como para pensar que va a acabar con la humanidad.

    Pero hay gente allá afuera que está terriblemente asustada, tanto que los restaurantes de comida china en México han visto sus ventas bajar drásticamente. ¡Paranoia!

    Es más. El día de hoy no es el mejor día para ser chino en México (o japonés o cualquier persona con ojos rasgados): ¡Álvaro, es un chino, qué tal si trae el coronavirus! ¡Mejor vayámonos por el otro lado!

    Obviamente se tienen que tomar medidas contundentes para evitar que una cepa así se transmita por todo el mundo, como China afortunadamente lo está haciendo; sobre todo si hablamos de un nuevo virus que todavía no se conoce por completo y cuya vacuna demorará algunos meses. Pero tampoco hay que caer en la paranoia, no se va a acabar el mundo. Simplemente habría que estar atento a las indicaciones que puedan dar las autoridades y a lo que digan las fuentes calificadas (porque sí, hay que revisar fuentes).

    No habrá quien insista en que hay una conspiración detrás, que «fueron los gringos», que hay toda una estrategia geopolítica. Pero cuando saquen la vacuna dirán que es un invento para «controlar a la gente» y volverla autista.

    Y todo ello ocurre por la poca disposición para informarse. Reconozco el trabajo no solo de especialistas, sino incluso de Youtubers divulgadores que han tratado de explicar la dimensión del problema:

    Pero, con todo, la gente prefiere confiar en sus instintos que en las recomendaciones de los especialistas. Muchos creen que «algo les ocultan», que «les están mintiendo a propósito». Pero los instintos no sirven de mucho para darle la dimensión a un evento que desconocen casi por completo, y por ello lo mejor es apegarse a que las autoridades y lo que «los que sí saben» recomienden que se haga.

    Peor aún, quienes actúan bajo la paranoia corren, paradójicamente, más riesgos ante una eventualidad así. Digamos que el Coronavirus se expande a lo largo de todo el país. Una persona sensata hará lo que le digan lo que tiene que hacer como usar cubrebocas, lavarse las manos, toser en el antebrazo y no en la mano y demás. Pero una persona paranoica probablemente llegue a ignorar o a subestimar alguna de estas indicaciones y se concentre más bien en aquello que no le ayudará evitar contagiarse: ¡no mames, parece chino! ¡Cuidado!

    Las personas que están en mayor control de sí mismas y que están informadas toman mejores decisiones que las personas que están completamente invadidas por el miedo, y naturalmente van a tomar mejores decisiones para evitar contagiarse. ¿Pueden estar asustadas? Sí. Y no es que ello sea malo, es una reacción natural y hasta cierto punto deseable porque te mantiene en alerta. Pero, al final del día, están en control de ellos mismos y no pierden la noción de lo que deben hacer en una contingencia así. Quien cae en la paranoia ha perdido el autocontrol y queda, sin saberlo, desprotegido.

    Lo que toca es estar alerta de lo que digan las autoridades y los especialistas, no toca caer en desesperación.

  • El gran dilema de los demócratas

    El gran dilema de los demócratas

    El gran dilema de los demócratas

    Si los demócratas logran hacer una buena campaña, van a ganar. La popularidad de Trump no es muy buena (43% de aprobación vs 52% de desaprobación y restantes indecisos); pero tampoco es tan impopular como para que los demócratas se den el lujo de hacer una campaña mediocre. Es decir, el triunfo de los demócratas depende de ello.

    Pero si no hacen una buena campaña Trump va a gobernar otros cuatro años más.

    Y me temo que es muy posible que no hagan una buena campaña.

    Comprendamos el contexto: Trump es visto por un considerable sector de los estadounidenses como un hombre corrupto (y lo es, no sobra decirlo), pero por otro lado la economía de EEUU está estable y en la política exterior ha superado las (pocas) expectativas que se tenían de él.

    Podría parecer que la estrategia idónea para los demócratas sería poner el dedo en la llaga en lo que concierne a la corrupción, e incluso por ello promueven la idea del impeachment (que no van a lograr porque no tienen mayoría en el senado). Pero señalar ello no es suficiente, solo va a reforzar la postura de los que no quieren a Trump y cuando mucho podrían hacer que algún que otro indeciso salga a votar por el demócrata. La idea de Trump como hombre corrupto ya nos la vendieron en el 2016 y aún así ganó.

    Incluso se puede dar el caso de que Trump le dé la vuelta a la campaña del impeachment y la capitalice a su favor.

    Por otro lado, los demócratas tienen un dilema que se antoja complicado ¿recorrerse al centro o tirarse a la izquierda? En tiempos normales recorrerse al centro sería la clara respuesta porque ahí suelen estar los indecisos, pero no son tiempos normales:

    Si los demócratas se recorren al centro con un hombre como Biden, podrían acaparar a los republicanos e indecisos que no quieren a Trump. Pero…

    … resulta que hay gente, sobre todo un sector de la clase blanca trabajadora (que vio sus empleos irse de los EEUU) que votaría por un candidato más tirado a la izquierda como Bernie Sanders, pero cuya segunda opción no sería un candidato de centro, sino Donald Trump.

    Sanders podría ahuyentar a los indecisos del centro, pero podría ganarle a Trump parte de la clase blanca trabajadora e incluso lograr que más jóvenes salgan a votar.

    Los demócratas están divididos por ello y ahí surge otro problema. ¿Podrá todo el partido cerrar filas ante el candidato que postulen, sea de izquierda o de centro? En el 2016 no terminó de ocurrir así y ya vimos las consecuencias.

    ¿Cuál opción le conviene a los demócratas? ¿Ir por los indecisos del centro o ir por la clase trabajadora que podría ver a un Bernie Sanders (ansioso de tomar medidas proteccionistas y renegociar el T-MEC) como una mejor alternativa ante un Trump que si bien no es como que haya hecho nada al respecto, tampoco lo ha hecho de una forma tan contundente como lo prometió en la campaña pasada? (Paradójicamente, a México le podría terminar conviniendo más que gane Trump en vez de Sanders porque no se rompió el tratado con EEUU como se llegó a temer y porque Sanders sí podría buscar una versión menos ventajosa para México).

    La respuesta no es fácil. Los demócratas tendrán que analizar sus opciones fríamente y desarrollar una campaña que brille por luz propia y que no sea meramente parasitaria del discurso de Trump. Si lo logran, van a ganar. Si no, su triunfo estará pero muy comprometido y tan solo lograrán que Donald Trump repita.

  • ¿Es cierto que somos bien malditos egoístas?

    ¿Es cierto que somos bien malditos egoístas?

    ¿Es cierto que somos bien malditos egoístas?

    Empecemos respondiendo esta pregunta con una de las filósofas que ha promovido más esta creencia y que incluso ha llevado a Nietzsche y su idea del superhombre muy al extremo:

    La filósofa positivista Ayn Rand decía que el problema no es que fuéramos una sociedad profundamente egoísta, sino que más bien tendríamos que aspirar a serlo todavía más. Decía que el altruismo y el capitalismo son incompatibles e incluso más allá: se atrevió a afirmar que el altruismo es inmoral y lo culpaba del surgimiento de las dictaduras colectivistas.

    Bajo su cosmovisión, todo lo que hacemos (incluso nuestras relaciones cercanas) tiene un interés propio. Pareciera que los demás, al final del día, son instrumentos para utilizarse en favor de nuestros intereses.

    Pero Ayn Rand se equivoca, y medio gacho.

    Si los individuos fuéramos seres egoístas que solo son capaces de perseguir sus intereses ¿qué nos separaría entonces de los psicópatas que no tienen la capacidad de sentir lo que el otro siente y quienes no sienten remordimientos por sus acciones? ¿Qué los psicópatas no buscan sus propios intereses también?

    Se equivoca cuando dice que el capitalismo y el altruismo son incompatibles, y para ello basta leer al propio Adam Smith:

    Adam Smith aseguró que cuando los individuos buscan sus propios intereses, hay una mano invisible que hace que todo el colectivo se termine beneficiando de ellos. Pero Smith nunca dijo que el ser humano fuese un ser meramente egoísta. Basta leer su libro «Teoría de los Sentimientos Morales» para darse cuenta del valor e importancia que Smith le da a la simpatía hacia los demás como mecanismo necesario para el funcionamiento de las sociedades.

    Muchos somos liberales no porque creamos que el ser humano sea intrínsecamente egoísta y que el egoísmo lo defina por completo, sino porque, dada la capacidad de ser altruistas, es posible conciliar en cierta medida la libertad individual con el bien común. Muchos liberales pensamos que el bien común es necesario, pero que ello no debe buscarse por medio de la coacción sino por la libertad de los individuos que buscan, sí, perseguir sus intereses personales, pero que, a la vez, tienen la potencialidad de ser altruistas y de sentir empatía por el otro.

    También es falso que el altruismo nos conduzca a dictaduras colectivistas. El acto altruista es voluntario, jamás es impuesto. Si es impuesto el acto deja de ser altruista porque entonces no hay una sincera voluntad de serlo. Las dictaduras colectivistas, en el fondo, desconfían del hombre; igual que Rand, se han esforzado en pintarlo como un ser egoísta con la única diferencia de que había que coaccionarlo y despojarlo de su voluntad para procurar el bien común.

    Para terminar, el ser humano no solo tiene la capacidad de preocuparse por los demás, sino que tiene la capacidad de ejercitar su capacidad de sentir compasión (que no es lo mismo que lástima) y de ser altruista. El mismo Darwin (al que se le ha sacado de contexto muchas veces, sobre todo en el uso del concepto de «darwinismo social») insistió en que existe un componente altruista que forma parte de la evolución. Dicho esto, para él, la cooperación de los individuos dentro de un grupo y que va más allá de los meros intereses individuales se vuelve indispensable para la supervivencia de una especie dada.

    El altruismo del ser humano no es infinito (ello sería inviable), ni ello significa que habrá un momento idílico en la historia de nuestra especie en que se acaben los conflictos y lleguemos a la paz mundial eterna. Pero es cierto que la capacidad para ser altruistas se puede ejercitar, y ellos nos puede ayudar a construir, aunque sea, un mundo un poco mejor que el que tengamos.

  • Una políticamente incorrecta descripción de la corrección política

    Una políticamente incorrecta descripción de la corrección política

    ¿Qué es eso de la corrección política?

    Últimamente se ha vuelto muy común hablar de la corrección política o lo políticamente correcto. Se le relaciona mucho con aquel propósito progre de evitar que un discurso dado ofenda a las minorías.

    Pero la corrección política no es un fenómeno nuevo ni es propio de una corriente política específica. De hecho, hasta hace poco eran los conservadores los que la usaban más. Fue hasta tiempos recientes que el progresismo se convirtió en su principal promotor.

    Pero la corrección política siempre ha formado parte del ethos social y está ahí presente con el fin de que la convivencia en la sociedad sea más llevadera. Sin la corrección política, la convivencia sería casi imposible y nos llevaría a una pesadilla hobbesiana.

    Por ejemplo. Si voy caminando y veo a un hombre con un aspecto desagradable, será políticamente incorrecto decirle: «Hey, me das asco». Sería una severa falta de educación e incluso me podría llevar un puñetazo en la cara. También lo es usar términos despectivos como «naco o indio» para dirigirme a personas de tez morena. Y ello está bien. Si tienes prejuicios que atentan contra la dignidad de otras personas es mejor que te los guardes.

    Cuando a alguna minoría se le integra a la sociedad, nuevas normas de corrección política surgen y ello es inevitable. La corrección política busca la sana convivencia en un contexto dado y si una mayoría se integra, las normas sociales deben cambiar para poderla integrar. Por ejemplo, cada vez es más políticamente incorrecto decir «maricón, joto o p**o» de forma despectiva a una persona con una orientación o identidad sexual distinta a la heterosexual, ya que ese tipo de etiquetas los relegan a la periferia. Que cambios así se den es loable, es una forma de reconocer y respetar la dignidad aquellas personas a las que se les ha integrado a la sociedad.

    Pero también podemos hablar de excesos de corrección política y que tienen que ver con una suerte de sobreprotección y paternalismo hacia un conjunto de personas donde se asume que cualquier cosa que pudiera llegar a ofender o molestar a alguien no pueda decirse. Por ejemplo, que alguien exprese un punto de vista del cual se piense pueda afectar a un tercero sin que el emisor tenga ninguna intención de oprimir o atentar contra la dignidad de alguien como ocurrió con el caso de Google, o que se piense que cualquier tipo de crítica implica algún tipo de ofensa, cuando el debate, la discusión y el diálogo pueden ayudar a dirimir ese conflicto y aclarar cuestiones.

    Esto puede llegar a ser un problema, porque cuando la gente se vuelve completamente indispuesta a escuchar cosas que le pueden llegar a incomodar se corre el riesgo de que la sociedad se tribalice y se atrinchere en distintos sectores identitarios con su propia cosmovisión del mundo y de los cuales no está dispuesto a salir. En lugar de crear cohesión social termina fragmentándola.

    También hablamos de un exceso cuando se espera que una entidad superior como el Estado se encargue de censurar aquellas expresiones que se asume puedan ofender a alguien, porque 1) es una postura paternalista, 2) porque corre el riesgo de atentar contra la libertad de expresión y se le da poder excesivo al Estado del cual una minoría que aspira emanciparse puede volverse dependiente 3) porque muchas de las normas sociales no tienen que ser calificadas por el Estado sino por medio de convenciones sociales a menos que aquella cosa que se dice o hace ponga en peligro la integridad de un conjunto de personas (alguien que llame a agredir a personas por poner un ejemplo) donde sí podría intervenir.

    Peor aún, en nuestros tiempos la censura resulta contraproducente, porque en un mundo tan conectado como el de hoy solo magnífica la difusión de aquel mensaje con el que no se está de acuerdo, además que lo terminan legitimando al no haber siquiera confrontado el mensaje como tal (Agustín Laje y sus compinches han logrado explotar esto) dándole a su vez más voz a aquel discurso de odio que tiene la explícita intención de atentar contra las minorías.

    Por último, como expliqué anteriormente, a veces se puede volver complicado determinar dónde debe estar la frontera de lo políticamente correcto. Mientras algunos insisten en censurar aquello que pueda parecer ofensivo, en el otro extremo se encuentran aquellos otros que dicen que su libertad de expresión está siendo coartada al ser criticados por discursos de odio evidentes y flagrantes porque no desean que alguna minoría se integre al ethos político (discursos abiertamente homofóbicos o racistas). Pero es evidente que debe estar en un punto donde se garantice la libertad de expresión al máximo, en tanto dicha libertad no se utilice expresamente para atentar contra la libertad y la integridad de otros, haciendo alusión a la Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper.

    El exceso de corrección política crea el mismo efecto que su ausencia, una sociedad incapaz de poder tener una convivencia sana.

  • Parasite es muy buena ¿Pero, por qué?

    Parasite es muy buena ¿Pero, por qué?

    Parasite es muy buena ¿Pero, por qué?

    Yo ya tenía a The Joker como mi película del año, como la favorita para ganar el Óscar. Pero luego llegó Parasite…

    ¡INICIAN SPOILERS!

    Tengo que decir que Parasite es una película genial que me atrapó en todo momento. Es genial porque en muchos aspectos es innovadora; porque rompe con los cánones típicos de Hollywood y cuando parece que va a caer en el típico cliché, termina dando un giro tan abrupto e inesperado.

    Parasite aborda el tema de la desigualdad, pero no lo hace desde el lugar típico tan propio de las izquierdas occidentales donde se presenta al pobre como víctima y al rico como victimario, sino desde una postura más ambigua mostrando las imperfecciones y las carencias de ambas clases sociales.

    El título lo dice todo, Parasite trata de una familia pobre (la familia Kim) de un barrio lúgubre que logra penetrar en la mansión de una familia rica (la familia Park) para convertirse básicamente en parásitos de ella.

    La familia Kim, una familia que vive en uno de los barrios más decadentes (de Seúl aparentemente) y que juega el papel de un parásito, logra penetrar a través de Ki-woo, quien se hace pasar por estudiante universitario para dar clases de inglés a Da-hye (a quien enamora, y cuya relación le da la falsa ilusión de ser parte de una clase a la que no pertenece). Ya que ha ingresado, logra de una forma creativa que toda su familia vaya penetrando en la mansión haciéndose pasar por trabajadores calificados que no tienen relación entre sí: hacen despedir al chofer para que contraten a su papá, hacen creer a Yeon-kyo, la señora, que la ama de llaves tiene tuberculosis para que contraten a Chung-sook, la madre de la familia Kim.

    La familia Park no es retratada como aquella familia rica arrogante e insensible, sino más bien como una familia ingenua, ingenuidad que es producto, en gran parte, de una profunda desconexión con el resto de la sociedad surcoreana y que sirvió para facilitar la entrada de la familia Kim a su hogar. Ello queda patente cuando Mr Park se percata de que la familia Kim tiene un olor algo extraño sin terminar de entenderlo: «es a lo que la gente huele cuando te subes al metro» le dice a su esposa, quien responde diciendo que desde hace mucho tiempo no se ha subido a ese transporte.

    Los Kim son una familia que está casi desposeída, que tiene empleos mediocres que con dificultad alcanzan para los gastos. Sus modales son muy distintos a los de los Park, viven en medio de un fuerte desorden a diferencia del orden pulcro de los Park, conviven con los gases de la calle y lidian con personas que orinan cerca de su ventana. No tienen ningún plan de vida porque sienten que no tienen el futuro en sus manos y que por ello sus planes fallan. Todo consiste en dejarse llevar por el momento, porque como bien dice Ki-taek, si no se tiene ningún plan, entonces no se puede fallar. Y al verse imposibilitados de crear su propio proyecto de vida, deciden convertirse en parásitos de aquellos que sí pueden aspirar a ello.

    Las dos familias se explotan una a la otra. Los Park al tratar casi como sirvientes a los Kim, y los propios Kim, al ingresar a su hogar como parásitos que aprovechan su ausencia para utilizar sus tinas, sus botellas de whisky, su jardín y su sala de estar. No hay buenos y malos en esta obra, incluso definir quién es el parásito o quién lo es más es ambiguo, lo que hay es mucho cinismo.

    Parasite logra mostrar muy bien el contraste entre las distintas clases que, a pesar de habitar una misma ciudad, están profundamente desconectadas. En este sentido, los símbolos importan mucho, aquellos pequeños detalles que dicen mucho y que explican la genialidad de esta película porque a partir de algo tan simple logran construir una narrativa tan profunda: el olor, los modales, los túneles lúgubres y sombríos (que se convierten en una parodia de sus lugares de origen) etc.

    La casa toma un rol simbólico importantísimo en la trama, casi como si fuera parte del reparto. La casa habla por sí sola, el hecho de que haya sido construida por uno de esos «arquitectos estrella», la misma disposición de los elementos que condicionan la narrativa de la película: el jardín, la sala de estar y, sobre todo, el sótano, aquél sótano que tiene un túnel que la familia Park desconocía por completo para usarse en caso de un ataque nuclear de Corea del Norte. No recuerdo, de momento, una película donde el inmueble tome un rol tan activo dentro de la trama.

    ¿Cómo categorizar a Parasite? Utilizando el argot contemporáneo podría ironizar y decir que es una película de «género fluído». Y en el sentido estricto lo es porque la película por algún momento parece una comedia que de pronto se convierte en una aventura para pasar al suspenso y después a un drama para terminar convirtiéndose en no sé qué. Pero las transiciones de un género a otro son tan naturales y orgánicas que se convierten en un activo de la película. Son cambios abruptos pero no son forzados ni artificiales. De pronto te estás riendo, luego te sientes angustiado. La película lleva a tu psique por una montaña rusa de diferentes emociones sin que ello afecte la narrativa. Todo es consistente.

    Y en conjunto con estas transiciones aparece otra de las genialidades de la película. Al principio parecería que la obra no es gran cosa, e incluso puede llegar a parecer un poco plana. Pero tiene todo el sentido que sea así porque ello le da más fuerza a dramáticos giros de trama que vendrán a continuación; porque siempre que parece que está a punto de caer en el típico cliché, hace un giro (plot twist) tan inesperado que de pronto como espectador estás en una situación profundamente diferente, aunque estés dentro de la misma casa con las mismas familias. El contraste entre la escena cómica en la que la familia Kim está emborrachándose en la sala de estar y el descubrimiento de los túneles junto con el esposo de la ama de llaves que llevaba años viviendo ahí como un parásito es abrumador. De pronto, la película es otra, y a la vez sigue siendo la misma.

    Y ahí tenemos a una tercera familia: la ama de llaves y su esposo, la que está en la peor situación, a la que realmente le tocan las migajas. Mientras que los Kim pueden llegar a disfrutar la vida de los Park, la «tercera familia» no. Es obvio que el esposo está trastornado, en lamentables condiciones físicas y psicológicas. Su presencia en el túnel habla del abandono social. Tanto, que los Park no saben que la familia como tal existe.

    Y el final, donde la «tercera familia» cobra relevancia, al ser el esposo el que inicia la tragedia, tenía que ir por la misma tesitura. No iba a ser un final feliz. Es un final lleno de mucho cinismo en el que todos terminan perdiendo, donde ambas familias quedan severamente fracturadas, donde el padre de los Park es asesinado y la hija de los Kim también. El cinismo queda reflejado, sobre todo, cuando el hijo le promete a su padre, al ver que éste termina viviendo en los túneles para esconderse de la justicia, que va a trabajar duro y va a comprar la casa para que pueda vivir con él y con su mamá. Pero como espectador tú sabes que eso nunca va a ocurrir. El padre así desciende de nivel, de parásito de segunda clase, al de tercera clase. El padre así ocupa el papel que ocupaba antes el esposo de la ama de llaves.

    La crítica social en la película es evidente, aunque sale de los cánones tradicionales del cine occidental. Habla de la desigualdad, pero evita caer en romanticismos y, por el contrario, la aborda desde una perspectiva muy cínica, cruda y por momentos políticamente incorrecta. Habla de la fragilidad del tejido social, de la desconexión entre las distintas clases sociales, tan alienadas y ensimismadas entre sí. Habla de la dependencia de los humanos con las tecnologías de una forma muy sutil pero muy poderosa. Bastaron dos escenas: la primera, cuando los hijos de la familia Kim descubren que en la ventana del baño alcanza a llegar el wifi, y en aquél momento en que el botón de «enviar» se convierte en un arma con la que la ama de llaves y su esposo somete a la familia Kim.

    Por último, a pesar de que la cinta es surcoreana y que por momentos los contrastes culturales son muy evidentes, en la película se respira un aire de familiaridad tal que podría sin problemas hacerse una versión tropicalizada de la cita en México, en Estados Unidos o cualquier país latinoamericano.

    Las actuaciones son muy buenas, ni qué decir de la fotografía. Parasite es realmente una película muy buena que, a mi perecer, debería merecer el Oscar a la mejor película.

  • ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    ¿Por qué seguimos siendo tan desiguales?

    A veces me frustra mucho cuando se habla de desigualdad, no porque sea un tema relevante o no, sino porque muchas veces se pretende explicar la desigualdad como una causa final y no como un efecto de un problema estructural que es lo que en realidad es.

    Siempre que se habla sobre cómo combatir la desigualdad, vienen a la cabeza propuestas como: «cobremos más impuestos» o «darle dinero a los pobres (por medio de políticas asistencialistas en muchos casos)». El problema es que esas propuestas son cuando menos deficientes en un contexto como el mexicano porque fungen, en muchos casos, como paliativos.

    No estoy sugiriendo desde luego, eliminar todos los programas ni mucho menos desmantelar el Estado de bienestar, pero sí replantear el enfoque y atacar el problema por sus causas.

    Luego, los hacedores de esas políticas se congratulan porque el coeficiente de GINI bajó dos puntitos (y si bien les va) cuando más bien se trata de una medida artificial y no estructural que no hace mucho para emancipar a los pobres de su condición. El Estado de derecho sólido es indispensable si queremos pensar en mejorar el sistema de seguridad social y la educación, que son indispensables para que los pobres tengan un piso mínimo y, por tanto, mayor movilidad social.

    Pero se habla menos de las reglas del juego subyacentes a todo esto. ¿Qué pasa si tenemos un Estado débil donde la justicia es para quien la pueda comprar? ¿Qué pasa si tenemos un Estado donde el gobierno no es llamado a rendir cuentas, donde quienes están en el poder político se enriquecen y quienes son parte de la iniciativa privada adquieren fortuna y poder al amparo del poder político?

    Pues entonces las políticas propuestas no van a servir de mucho porque no tiene sentido «nivelar» una sociedad que está completamente desnivelada en sus principios más básicos.

    Por eso a veces quienes proponen sociedades más igualitarias en América Latina tienden a saltarse esta parte y en vez de desembocar en países como Finlandia (amén del crecimiento económico que se requiere para llegar allá) terminan cayendo en manos de gobiernos demagogos cuya élite termina viviendo casi como si fueran jeques, donde la retórica sustituye a la voluntad de crear un Estado de derecho más justo. Cuando hablan de «neoliberalismo» en países como México en automático están casi ignorando el tema de la seguridad jurídica al confundir el libre mercado con el capitalismo de compadres (crony capitalism) que es producto de la inequidad ante la ley: el empresario rentista tiene privilegios ante la ley que puede comprar y se vuelve más rico gracias a ello y no a la competencia.

    Tener un Estado de derecho sólido donde la justicia sea equitativa y funcione para todos antecede de forma categórica a todo lo demás: un Estado donde el rico sabe que no va a tener privilegios para abusar del poder, y donde un pobre sepa que levantar una denuncia no será en vano.

    De poco sirve subir impuestos por subirlos o crear programas sociales asistenciales si en la práctica la justicia es para quien la pueda comprar, lo cual termina naturalmente reforzando los privilegios de una élite, no competitiva, sino una nociva y arcaica.

    Ya después se podrá discutir si es necesario subir impuestos (lo cual incluso será más fácil si la gente percibe que sus impuestos sirven para algo, lo cual ocurre en países con un Estado de derecho más justo e instituciones eficientes), pero mientras sigamos tolerando un sistema inequitativo e injusto, lo demás seguirá siéndolo (porque una sociedad artificialmente más equitativa sigue siendo, en el fondo, una más inequitativa dado que no hay un real empoderamiento de los que menos tienen).