Autor: Cerebro

  • Diez libros que leí este 2020 y que te recomiendo

    Diez libros que leí este 2020 y que te recomiendo

    Este año fue uno muy peculiar y extraño, nos tuvo encerrados a todos y todas en nuestras casitas. También entré a estudiar la maestría en el CIDE (lo cual explica que haya escrito menos los últimamente), pero obviamente no iba a olvidar mi ya clásica lista de diez libros que leí y que les recomiendo mucho que lean. Les traigo una lista muy variada de diferentes temas y géneros:

    1.- Poor economics: a radical rethinking of the way to fight global poverty

    Comienzo con un libro de economía escrito por Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo que habla sobre estrategias para combatir la pobreza extrema en el mundo. Habla sobre lo que ha funcionado y lo que no, y cómo es que muchas veces las «nobles intenciones» pueden acarrear resultados muy lamentables. No es un libro especializado ni se necesita conocimientos en economía para entenderlo.

    Cómpralo aquí en inglés y aquí en español.

    2.- Los detectives salvajes – Roberto Bolaño

    Sin duda, este libro se encuentra en mi top 10 de las novelas que más me han gustado. Esta novela se divide en tres partes: la primera y la tercera son el diario del personaje Juan García Madero, sobre la historia de un grupo de poetas frustrados (Arturo Belano y Ulises Lima) de lo que en la novela denominan realismo visceral y la segunda son fragmentos de testimonios de 52 personajes. Tanto el diario de Madero como los testimonios de los personajes guardan una relación entre sí (a veces sutil) . Es una novela que te atrapa y no te deja soltarla, que a pesar de su larga extensión terminas leyendo en unos días.

    Cómpralo aquí

    3.- The Coddling of the American Mind: How Good Intentions and Bad Ideas Are Setting Up a Generation for Failure – Jonathan Haidt

    Este es un libro muy interesante sobre lo que Jonathan Haidt considera que es un progresivo debilitamiento de las nuevas generaciones (eso que llaman generación de cristal), pero, a diferencia de algunos autores que apelan a estos argumentos de forma muy parcial para promover su agenda conservadora, Haidt es muy ecuánime al delinear sus hipótesis sobre por qué está ocurriendo esto, y queda claro que este fenómeno va mucho más allá de posturas ideológicas.

    Cómpralo aquí en inglés

    4.- La sociedad abierta y sus enemigos – Karl Popper

    Este libro es básicamente una crítica hacia el historicismo teleológico, donde la historia pareciera estar determinada por una suerte de leyes universales (dicho esto, hace una feroz crítica a Marx y Hegel, pero acusa fuertemente a Platón por dar inicio a esta tradición) y defiende la idea de una sociedad abierta, con pluralidad de ideas e intercambio de conocimiento sobre las sociedades cerradas. La organización Open Society de George Soros, por cierto, toma su nombre del libro de Popper, quien fue su maestro.

    Cómpralo aquí en inglés y aquí en español

    5.- El mundo como voluntad y representación – Arthur Schopenhauer

    Hablando de autores que odian a Hegel, me di la oportunidad de leer la obra maestra de Schopenhauer y déjenme decirles que es un must si te interesa la filosofía. Influido por Kant, pero también por la tradición hinduista, Schopenhauer, conocido ya por su pesimismo, expone aquí su metafísica que va desde la teoría del conocimiento y la ontología hasta la ética y la estética. Si bien no es fácil de leer del todo, sí es mucho más amigable que la de su acérrimo enemigo Hegel, quien era más popular en su universidad y tenía bastante más alumnos.

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    6.- Authoritarianism: what everyone needs to know – Erika Frantz

    Tal como lo sugiere el título, este libro trata de ser un compendio sobre el autoritarismo. Frantz no sólo explica por qué el autoritarismo surge, cómo lo hace y cuáles son sus características, sino que nos explica, con evidencia empírica, por qué algunos regímenes autoritarios se mantienen en el poder más tiempo que otros, qué hacen para sobrevivir y de qué forma y con qué frecuencia suelen caer.

    Cómpralo aquí en inglés

    7.- Cultures and Organizations: Software of the Mind – Geert Hofstede

    Este libro es muy interesante ya que está basado en un extensivo estudio llevado a cabo por Geert Hofstede donde ilustra las diferencias culturales entre los países de nuestro planeta, por qué algunas culturas tienen mayores dificultades para adaptarse o congeniar con otras y cómo estas diferencias culturales se traducen en la construcción de instituciones y organizaciones humanas.

    Cómpralo aquí en inglés

    8.- Temporada de huracanes – Fernanda Melchor

    Este es un libro que ha generado mucho ruido últimamente y no es para menos. Es una muy buena novela que comienza con un cadaver que un grupo de niños encuentran en un canal de agua sucia (como premonición de todo lo que va a seguir): muy cruda y que nos relata una de las peores facetas de la condición humana en un lugar caracterizado por la miseria (no sólo económica, sino social), pero no es pretenciosa, se siente muy honesta y realista, lo cual lo hace aún más dura de digerir.

    Cómpralo aquí

    9.- The Age of Capital, 1848-1875 y The Age of Empire, 1875-1914 – Eric Hobsbawn

    Los pongo juntos porque son parte de una serie de libros sobre la historia del mundo Occidental (los que faltan los reseñé en mi post del año pasado). Así de simple: si quieres conocer la historia de Occidente desde la Revolución Francesa hasta nuestros días debes leer los textos de Hobsbawn: muy amenos, fáciles de leer e ilustrativos.

    Cómpralos en inglés aquí y aquí.

    10.- La Peste – Albert Camus

    Este lo leí justo en los primeros días de encierro por la pandemia y debo decir que me impactó. La prosa de Camus no es cualquier cosa, y menos cuando su existencialismo se impregna en una obra que relata la historia (ficticia) de Orán, Argelia, que es invadida por la peste, donde toda la ciudad entra en cuarentena, de donde nadie puede salir y donde los muertos diarios se cuentan a raudales: “Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca.”

    Cómpralo aquí

    Menciones honoríficas:

    • Antología – Antonio Gramsci
    • On tyranny – Timothy Snyder
    • El Aleph – Jose Luis Borges
    • Pandemics, a very short introduction – Christian McMillen
    • Dear Ijeawele: A Feminist Manifesto in Fifteen Suggestions – Chimamanda Ngozi Adichie
    • Principios de filosofía, una introducción a su problemática – Adolfo Carpio.
    • In Defense of Self: How the Immune System Really Works – William R. Clark
    • In Search of Being: The Fourth Way to Consciousness – G.I. Gurdjieff, Stephen A. Grant
    • The Road to Serfdom – Friedrich A. Hayek
    • On China – Henry Kissinger
    • Talking to Strangers: What We Should Know About the People We Don’t Know – Malcolm Gladwell
    • Altruism: The Power of Compassion to Change Yourself and the World – Matthieu Ricard
    • La ciencia, su método y su filosofía – Mario Bunge
    • La Uruguaya – Pedro Mairal
    • The Revenge of Geography – Robert Kaplan

  • Nuevo Orden (reseña) – ¿Es clasista?

    Nuevo Orden (reseña) – ¿Es clasista?

    Por fin tuve la oportunidad de ver esta película de Michel Franco que tanta polémica generó en las redes, a la que se le acusó de racista, clasista o de whitexican.

    Inician spoilers:

    Lo primero que me evoca esta cinta es a Parasite, una cinta genial que muestra un conflicto de clases sin tomar una postura y a través de la cual se busca mostrar la condición humana tal cual. Seguramente fue una de las referencias de Michel Franco.

    No creo que Michel Franco haya tenido la intención de crear una película clasista, creo que trató de hacer lo análogo a Parasite, trató de mostrar un conflicto de clases visto desde fuera. El problema es que el infierno está pavimentado de buenas intenciones y evidentemente no lo logró.

    En los primeros veinte minutos, que me parecieron algo aburridos, vemos cómo transcurre una boda en una casa de El Pedregal. Es evidente que Michel Franco conoce bien el ethos de las clases altas y las sabe representar bien. No hay una idealización de ellas (como algunos críticos pensaron), tampoco una satanización contundente. Franco nos muestra una atmósfera un tanto corrompida pero con algunos destellos de bondad (como en la hija que hace lo posible para ayudar a su ex empleado).

    El problema es que no supo hacer lo análogo con los pobres y ahí es donde todo se echa a perder porque simplemente no conoce bien esos estratos que le son más ajenos. Ello hace que la película parezca narrada desde la perspectiva de los ricos, que los pobres se sientan un tanto estereotipados y se pierda la neutralidad a la que el propio Michel Franco aspiró. Si en Parasite se detalló muy bien el contexto de la familia pobre y que explica por qué parasitan de la familia rica (que a su vez parasita de la pobre) acá no sucede eso. Vemos una suerte de revuelta contra los ricos, pero no se nos termina de explicar por qué ésta sucede. Solo ocurre y ya.

    Evidentemente esa revuelta es llevada a cabo por las clases sociales bajas, pero, más que revolucionarios, parecen ser seres deshumanizados que están completamente entregados a sus instintos. No sabemos bien por qué se rebelan. Simplemente, de la noche a la mañana, estalla la rebelión, invaden la casa donde la boda se realiza e incluso parte del personal del aseo de la casa se suma: la señora del aseo de confianza simplemente se pone muy feliz a robar.

    Si bien, como comenté, Franco no idealiza a las clases altas, sí que terminan siendo las grandes víctimas del cuento. Son ellas las que no solo son arrasadas por la turba, sino las que, después de la ocupación militar, son retenidas en un campo de concentración para extorsionar a sus familiares. Los pobres también sufren, son aislados e incluso los soldados son capaces de prescindir de su vida si se rebelan (como ocurrió con el ex empleado asesinado por tratar de ir a ver a su esposa hospitalizada), pero no sufren tanto como los ricos. Cosa curiosa, porque en los regímenes militares suelen ser las clases medias y bajas las mayores víctimas de opresión.

    Si bien esta película no tiene protagonistas claros, es más que obvio que los que más se acercan a ser protagonistas son los personajes de las clases altas: la pareja de novios, el hermano, la madre. Los pobres, con excepción del ex empleado y el chofer (quienes no se rebelan), quedan reducidos a una masa sin identidad. Son simplemente, o una turba enojada, o simples víctimas de la militarización, pero se nos presentan como ajenos.

    Todas estas consideraciones son las que hacen que algunos la perciban como clasista. Como dije anteriormente, la cinta (o el director) no tiene la intención de serlo, pero en más de ocasión, gracias a las imprecisiones del guión y al hecho de que es patente que Michel Franco conoce mucho más de las clases altas que de las bajas, por momentos pareciera dejar esa impresión, que es una historia vista desde las élites, historia que si bien llega a ser crítica con ellas, se termina viendo desde su perspectiva y sus fobias y no desde la perspectiva desde una tercera persona ajena a la historia (cosa que sí ocurre en Parasite).

    Es evidente que la película busca incomodar, es muy cruda y en este sentido buscó ser innovadora en el cine mexicano, pero también está acompañada de un guión y una argumentación muy pobre. No se termina de entender la crítica política del todo, vemos que después de un conflicto de clases que no terminamos de entender de dónde surgió, las fuerzas militares toman el poder y establecen una dictadura. Pero, de nuevo, generalmente las dictaduras militares suelen estar cerca de las élites económicas (incluso quien parece tomar el poder había sido invitado a la boda), sin embargo, las élites son severamente oprimidas por los soldados que buscan extorsionarlas. De pronto el contexto político narrado en la política deja de tener sentido alguno.

    A mi parecer, más que las críticas de clasismo o de satanización de la protesta, elementos que creo no fueron intencionales pero que, debido a la poca pericia y a la falta de una buena argumentación, dieron pie a esas interpretaciones, el planteamiento y la estructura de la película fue deficiente. Hecha con más cuidado pudo haber sido una gran obra que fuera un hito, pero a veces se siente que algunas cosas se hicieron al aventón y no se les trató con el debido cuidado.

  • Maradona humano, demasiado humano

    Maradona humano, demasiado humano

    Maradona humano, demasiado humano

    Cierto es que Diego Armando Maradona Franco fue un jugador genial. La genialidad no queda a debate. Maradona fue hecho un mito en tiempos donde todos los mitos han sido sujetos de una deconstrucción muy abrasiva (y tal vez de más). 

    Quienes lo vimos jugar (aunque en ese entonces estaba muy chico) sabíamos del genio que el argentino tenía en sus pies. Quienes no lo vieron jugar afortunadamente tienen Youtube para poder ver sus grandes proezas. Fue una cosa de otro mundo, fue uno de esos destellos que el futbol solo da de cuando en cuando. Seguramente, junto con Pelé, el mejor jugador del siglo XX.

    Basta ver ese golazo que le metió a Inglaterra en el mundial de México 86 y con la herida de la Isla de las Malvinas muy reciente. El Diego se fue solo con el balón, se llevó a la media, a la defensa, al portero, a todos, y metió el mejor gol de todos los tiempos.

    https://www.youtube.com/watch?v=jOz2uGMTA2w

    Pero justo en ese mismo partido metió ese otro gol, ese que no habla de la proeza, sino de la trampa: la mano de dios. 

    Maradona tuvo la gran suerte de que el árbitro no viera tan grosera mano que el resto del Estadio Azteca sí vio: una mano que fue de alguna forma, si no sé si determinante (aunque fue el que abrió el marcador), sí muy relevante en el triunfo de Argentina que, a la postre, los llevaría al campeonato. Una actitud antideportiva que le pudo merecer una tarjeta (tal vez roja) se convirtió en un mito en sí mismo. El nombre que se le dio, “la mano de Dios”, es toda una contradicción: de los dioses se puede esperar una virtud que el ser humano terrenal es incapaz de alcanzar; la mano, por el contrario, es totalmente opuesta a cualquier manifestación de virtud y sería algo más parecido a alguna representación del mal.

    Diego Armando hizo felices a muchos. Cierto es que el futbol es un espectáculo, pero dentro de ello a los argentinos les dio muchas glorias y algo de lo que sentirse orgullosos. Maradona fue una suerte de reafirmación nacional: “nosotros tenemos a Maradona”, “el genio es argentino”. Me atrevo a decir que la rebeldía de Maradona encajaba bien dentro de ese arquetipo que los argentinos sentían que necesitaban y, en parte, ello también explica la mitificación de la que ha sido sujeto. Sin duda Maradona tenía personalidad, imponía, hacía lo que quería. Nunca se llegó a crear un mito de ese tamaño ni siquiera con Pelé, tampoco con Messi quien, aunque a mi juicio es aún más talentoso de lo que fue Maradona, se queda corto en cuanto a mitificaciones. 

    Pero no todas las rebeldías son buenas. Cierto es que muchos rebeldes suelen agitar las estructuras sociales y sus convenciones para exhibir sus carencias, cierto es que es la rebeldía la que hace que este mundo no sea tan rígido y predecible. Pero las rebeldías mal encausadas generan efectos adversos, y la de Maradona fue, en muchas ocasiones, una mal encausada, ya que no era que se rebelara necesariamente contra las injusticias, sino que llegaba a causarle algún agravio a alguien más (e incluso a sí mismo).

    Fue esa rebeldía la que le llevó a consumir drogas, y si no lo hizo para mejorar su desempeño en la cancha, sí a sabiendas de lo que ello le podía acarrear en su carrera profesional. El problema no es que haya consumido drogas, sería incorrecto estigmatizarlo por ese hecho en sí (la gente cae en las drogas por muchas razones), sino por el contexto, por el daño que le hizo a su carrera, porque creyó que era invencible y lo podía todo, y no era así.

    Maradona perdió casi todo ese lapso que va de 1990 a 1994 donde todavía tenía la edad para seguir brillando, y regresó ese mismo año para participar en el Mundial de Estados Unidos donde metió un gol pero donde volvió a ser sancionado por dar positivo en el antidopaje. Ahí se acabó su carrera como futbolista, luego jugó un pequeño tiempo en Boca Juniors pero eso ya fue como un “tiempo extra”, como un homenaje a lo que fue. 

    Tanto la garra y el deseo de lucha como sus carencias explicaron también lo que siguió. Maradona logró ser entrenador de la Selección Argentina llevándola a los cuartos de final para luego ser eliminada por Alemania de una forma humillante. Tuvo su propio programa de televisión, se hizo amigo de Fidel Castro y Hugo Chávez, deambuló como entrenador de algunos equipos en Asia, otros en Argentina, entrenó a los Dorados de Sinaloa e incluso fue rechazado por el Atlas de Guadalajara a quien pidió trabajo seguramente porque sus finanzas no eran nada sanas. Sin duda, Maradona habría sido aún más genial si no hubiese sido víctima de sus pasiones. Pero Maradona no supo administrar su fama. Afortunadamente para él, su talento con los pies era tanto, que aún con sus excesos y falencias, pudo brillar y de gran manera (fortuna que no se pueden dar otros futbolistas).

    Como persona su vida fue de claroscuros. Empezó y se construyó desde abajo, desde Villa Florito, comenzó a destacar por su excepcional talento y esfuerzo. Fue leal y compasivo en ocasiones, fue un déspota y un hijo de… en otras: tuvo hijos no reconocidos, golpeaba a su ex esposa, agredía a la prensa y, al mismo tiempo, podía ser un buen amigo o podía llorar por su país. No era, como dice López Obrador, alguna persona que siempre haya defendido sus ideales y haya sido congruente con ellos, era como cualquier ser humano en ese sentido que profesaba una cosa y hacía otra, o más bien ni le ponía atención a ello y hacía lo que se le pegaba la gana.

    La izquierda latinoamericana ha puesto un esfuerzo monumental en mitificarlo: un hombre venido de abajo y que se codea con los líderes socialistas del subcontinente. Basta ver cómo Eduardo Galeano se refiere a él, como el «dios más humano de los dioses»:

    «Es un Dios sucio de barro humano, se nos parece mucho: pecador, mentiroso, fanfarrón, mujeriego, le gusta el trago como a nosotros. Es el más humano de los dioses y por eso muchísima gente se reconoce en él«

    Eduardo Galeano

    Ciertamente, Galeano no se equivoca del todo cuando dice que Maradona comenzó a ser admirado por ese gol «sucio» (el de la mano de Dios) pero él, como muchos, se subieron a esa mitificación y convirtieron casi en objeto de culto a todos sus pecados porque es un dios «de abajo» que toma, que es mujeriego, como la gente «del barrio». En este sentido, el arquetipo de Maradona no es muy diferente a aquel del populista latinoamericano: alguien visto como un padre, admirado, alabado, venido de otro planeta, pero que, al mismo tiempo, es «parte de nosotros», es «pueblo».

    Así, bajo esa mitificación, se relativizan sus fallos, e incluso se le victimiza: el pobre hombre que no pudo controlar la fama y cayó en las drogas, casi como si no tuviera capacidad de decisión y fuera víctima de su contexto. Pero Maradona en este sentido no puede ser visto como un buen ejemplo. Peor aún es que sean varios de esos fallos los que han creado el mito de Maradona: la mano de dios es un mito, hasta canciones se le han hecho con ese nombre.

    Maradona dejó toda una cultura tras de sí, incluso iglesias que giran en torno a su persona. La Argentina contemporánea no se puede entender sin él, es parte de su historia moderna. Maradona es un objeto de culto y muy posiblemente el futbolista más alabado de la historia, el que ha generado más fanatismo irreflexivo tras de sí.

    Tristemente, El Diego se fue de este mundo por consecuencia de sus errores, pero sin duda sus virtudes futbolísticas quedarán en la memoria. Era evidente que su estado de salud (desde hace mucho tiempo) no era el más estable, tenía ya dificultades para hablar e incluso hace más de una década tuvo que operarse después de un increíble sobrepeso. Era obvio que su modo de vida iba a cobrar factura a su cuerpo y así lo hizo.

    Y lo que queda es hacer un juicio justo sobre su persona, los matices y los contrastes son groseros. ¿Maradona el genio del futbol, el que vino de abajo, el que tenía una gran garra? ¿O el Maradona impulsivo, agresivo, mujeriego y misógino? Porque eso sería lo justo, reconocer y admirar sus aciertos, pero también hacer lo propio con sus errores que también lo definen. Ese partido de México 86 contra Inglaterra resume quien fue Maradona. El primero, el virtuoso: el del gol del siglo, el segundo, el tramposo: el de la mano de dios.

    Y si fue un dios con la pelota, fue terrenal, muy terrenal sin ella.

  • En defensa de las personas que sobresalen

    En defensa de las personas que sobresalen

    En defensa de las personas que sobresalen

    En México hay un dicho que dice que solemos ser como cangrejos, que no nos gusta ver a los demás sobresalir y por consecuencia nos encargamos de «bajar» a quien busca destacar.

    Si bien, no he visto algún estudio que muestre evidencia empírica de que nos destaquemos por ello, y si bien no creo que sea algo exclusivo de México, sí es algo que, a mi parecer, comúnmente sucede. Sí parece haber una fuerza gravitacional que trata de empujarte a la medianía.

    Para el caso de este texto, tomaré el concepto sobresalir como algo muy general y que consiste en ser un outlier sobre algo dentro de una distribución dada. Es decir, mientras que la mayoría de la gente está relativamente cerca de la mediana, el outlier se ubica en el extremo positivo de esta.

    Para explicarlo de esta forma tomemos como referencia esta gráfica que hice con base a los ratings que el juego FIFA 18 da a los jugadores de las ligas más importantes. Si bien los ratings no son exactos (hay mucha subjetividad a la hora de dar una calificación a los futbolistas), el rating trata de alguna manera corresponder con la realidad.

    Cada punto gris es un futbolista, los que están dentro de la «caja» son los que están más cerca del promedio (los que están justo en la línea del medio son la mediana estadística) y los que se encuentran en las secciones punteadas en los extremos son los outliers. Evidentemente, los de la izquierda son los que «sobresalen» por ser malos y los de la derecha son los que sobresalen por ser buenos, entre esos puntos nos vamos a encontrar a Messi, a Cristiano Ronaldo, a Mbappe. Son 93 jugadores de los 17,592 jugadores que tiene la base de datos.

    De igual forma podemos saber que los actores famosos de Hollywood son outliers con respecto a todos lo que se dedican a la actuación o que las bandas de rock que aparecen en los festivales lo son con respecto a todas las bandas de rock existentes (incluida la que tiene tu vecino). Sin embargo, hay que recalcar que los outliers lo son con respecto a su contexto. Por ejemplo, sabemos que los jugadores mexicanos de futbol profesional son outliers con respecto de todos los mexicanos que juegan futbol, pero difícilmente lo serán con respecto a todos los jugadores de todas las ligas del mundo (como lo ilustra esta gráfica) y tal vez solo uno o dos alcanzarán a tener ese privilegio.

    Tomando como referencia esta contextualización, se puede decir que, con respecto de todos tus amigos, al que le va muy bien en los negocios es un outlier con respecto al conjunto de tus amigos, el que se destaca en todo tu grupo de amistades por ser el que es muy bueno para contar chistes también lo es, aunque no lo sea a nivel nacional.

    Además hay que hacer otro señalamiento: el outlier lo es en algo, no en todo. Messi es un outlier como futbolista, pero no lo es hablando de política (aunque seguramente habrá algún ingenuo que le de gran relevancia a su opinión porque… Messi). Dicho esto, la proporción de las personas que son outliers en cualquier cosa con respecto a todo el conjunto es más grande que la proporción de personas que lo es con respecto a algo en específico. Entonces, si te pones a analizar a todos tus amigos y parientes, te encontrarás que varios destacan en algo y tal vez tú también lo hagas: uno es el mejor haciendo chistes, el otro es un gran atleta, y otro se destaca por saber mucho de filosofía.

    Y justo es con los outliers con los que tenemos un problema, nuestra cultura no es muy amable con ellos.

    ¿Por qué? Porque nos confronta, porque la gente cree (y creo que esto es algo completamente erróneo) que si alguien destaca en lo que uno no lo hace siente que pierde valía como persona, y como ello le molesta y le afecta a su ego, entonces se sentirá «orillado» a evitar que esa persona sobresalga cuestionándola, poniéndole piedras en el camino e incluso poniendo su entredicho su honor.

    ¿Cuántas veces no hemos escuchado la frase «tiene éxito, seguro robó o seguro fue por palancas»? Es cierto que la suerte puede jugar cierto papel como lo muestra esta gráfica que toma la fecha de nacimiento de esos mismos jugadores profesionales de futbol. Vaya, si quieres ser futbolista profesional y naciste en febrero, tal vez tengas un poco de más suerte.

    Pero aún así, la suerte nunca podrá explicarlo todo, ésta siempre tiene que conjuntarse con algún talento o capacidad del individuo. Creo que a la sociedad no nos es difícil detectar a quien ha llegado a la fama por favores pero no tiene mérito alguno.

    Pero negando ese mérito o los talentos de la persona en cuestión y afirmando que todo es circunstancial, la gente sentirá que en realidad no sobresale, que hay una injusticia ahí, ¡problema solucionado! ¡Ya no me siento un mediocre o un inepto porque el otro solo tuvo suerte o privilegios! Es cierto, allá afuera hay gente que logra sobresalir de formas dudosas y antiéticas (políticos corruptos, empresarios que roban, personas que hicieron trampa), pero no nos hagamos, nos encanta agarrar de las piernas al que se eleva para que no se suelte de nuestro mundo de la medianía.

    Esta cultura de no dejar sobresalir al que sobresale se vuelve muy nociva, porque la distinción entre los outliers y quienes no lo son no es un juego de suma cero. Los que se encuentran en la medianía (de hecho, todos nos encontramos en la medianía de casi todas las cosas) en realidad no salen perjudicados por la existencia de outliers (lo cual es, a su vez, inevitable), por el contrario.

    No hay nada de malo que haya gente que destaque en algo y nosotros no, es lo más natural. Es terrible que creamos que se trata de una competencia y que nuestra valía deba ser dada en comparación con los demás.

    Peor aún, no es extraño que una persona que sea un outlier en un ámbito, se frustre porque no lo es en el otro. Imaginemos una persona que es brillante en el mundo de la computación pero que no sea un casanova tratando de ligar con el género opuesto y sienta una abundante envidia al ver a su amigo o amiga que se caracteriza por sus dotes de ligue.

    Pero la existencia de outliers es, a la larga, benéfica para todo el conjunto:

    Por ejemplo, es posible que tu amigo brille en el mundo de los negocios y tú no tanto, pero es muy posible que él te enseñe algunas estrategias de negocio que hagan que te vaya mejor de lo que te iría o te eche la mano en caso de que entres en una crisis económica. El amigo que hace muy buenos chistes hace más amenas las reuniones, el amigo que sabe muchísimo de filosofía te podrá decir por qué libro debes comenzar si quieres adentrarte en el tema.

    Los outliers (obviamente hablamos de aquellos que destacan en cosas virtuosas y no nocivas) abonan de alguna manera al progreso de la sociedad. Son ellos quienes, por sus características, logran romper con la monotonía y el mecanicismo que caracterizan a nuestras sociedades. Los outliers ejercen una suerte de fuerza gravitacional sobre el resto, son los que publican los libros que nos enamoran, son los que desarrollan los inventos que mejoran la calidad de nuestras vidas, son los que nos inspiran.

    Y si prescindiéramos de ellos, condenaríamos a nuestra sociedad a la irrelevancia y de ahí a su colapso.

  • EEUU: ¿Por qué la derecha no puede digerir su derrota?

    EEUU: ¿Por qué la derecha no puede digerir su derrota?

    EEUU: ¿Por qué la derecha no puede digerir su derrota?

    Hay derrotas electorales que son relativamente fáciles de digerir (en especial aquellas que son esperadas), pero hay otras que son muy difíciles:

    A los demócratas les tocó vivir eso en el 2016. No se esperaban que Donald Trump vencieran en las urnas y su comportamiento tras la sorpresiva noticia fue caprichoso cuando menos. Ciertamente no buscaron desconocer el resultado (aunque sí acusaron una supuesta intromisión del gobierno ruso), sin embargo no se explicaban qué había sucedido. Incluso algunos llegaron a pronunciar comentarios desafortunados sobre la base electoral de Trump.

    Pasaron cuatro años después y, para sorpresa de varios, Trump perdió las elecciones frente a Joe Biden y la reacción tanto de algunos republicanos pero, sobre todo, de la «derecha cultural» ha sido más penosa aún.

    Supusieron que si en 2016 las encuestas se «habían equivocado» se iban a equivocar otra vez y Trump iba a ganar. Pero fue justo ese miedo a que se volvieran a equivocar lo que promovió la acción colectiva del antitrumpismo. En 2016, al creer tener segura la victoria, muchos decidieron quedarse en casa (asumían que el beneficio personal de ver a Hillary en el poder era el mismo, en tanto que el costo personal de ir a votar aumentaba). En 2020 los otrora apáticos fueron más bien a votar en masa.

    Comenzamos por el hecho de que, al día de hoy, siguen pensando que hubo un presunto fraude cometido por el «establishment». Pasan los días y cada vez queda menos claro que existan pruebas de ello, casi todos los mandatarios (excepto Putin y… AMLO) ya han felicitado al ganador, cada vez más organismos (internos y externos) dicen no haber visto irregularidades y parece que legalmente el equipo de Trump no ha tenido mucho éxito.

    Sin embargo, la derecha cultural (sobre todo la de Estados Unidos y América Latina) y algunos agregados (como algunos afines al lopezobradorismo) se encuentra muy molesta. Hablan de conjuras, complots, creen que toda la prensa internacional está en su contra (Fox News incluidos). Básicamente, están repitiendo aquellos patrones de los cuales nos insistieron una y otra vez que eran exclusivos de la izquierda.

    Incluso algunos líderes de derecha en América Latina tratan de reinterpretar los resultados para mostrarlos como una «derrota» de la izquierda radical para sentirse consolados. Si bien, los resultados no son del todo satisfactorios para el ala más izquierdista del partido demócrata (Ocasio-Cortez y los suyos) ya que el siguiente presidente va a ser una figura centrista sin mayoría en el Congreso, es la derecha la que fue derrotada en las urnas.

    Al igual que ocurrió en 2016 con los comentarios desafortunados de los demócratas, la derecha cultural se ha enfrascado en un mar de descalificaciones hacia sus adversarios a los que acusan de vivir en una burbuja. Muchos de los influencers de derecha en América Latina (Agustín Laje, Axel Kaiser, Javier Milei) han acusado, irónicamente, a los demócratas de jugar el papel que ellos mismos juegan en sus países y que consiste en ser parte de una élite alejada de «las mayorías» y que vive en una burbuja.

    Es cierto que el trumpismo sigue vivo y la derecha también, pero negar la derrota con base en estos argumentos equivaldría a haber negado que la derrota de Hillary fuera una derrota del progresismo porque éste seguía vivo y muy ruidoso. Es cierto que el progresismo nunca se fue y trató de seguir dando la batalla «desde fuera», pero la victoria de Trump en aquellos entonces llevaba un claro mensaje a ellos y es que básicamente habían desatendido por completo a la clase media trabajadora en favor de promover la agenda progresista urbana.

    Y ya que esto es cierto, podemos dar por sentado que la derrota de Trump (con todo y que haya obtenido más votos que en 2016) es también un voto de castigo por parte del electorado estadounidense a esta derecha estridente y compulsiva que él representa. Les dolió en lo más profundo del ser porque él es un hombre que es capaz de construir narrativas sólidas (privilegio que suele ser de la izquierda) y apelar a las emociones; era su representante aunque quede en evidencia que Trump está lejos de representar realmente los valores que el conservadurismo dice defender (Trump es un hombre nihilista producto de la posmodernidad que los conservadores tanto denuncian) y aunque también represente y con más fuerza aquello de lo que acusan tanto al progresismo: el relativismo moral y el poco compromiso con la evidencia empírica.

    No solo la derecha estadounidense (con varias excepciones, claro está) sino la derecha dura de América Latina, aquella que se disfrazaba de liberal y científica y que resultó ser más «papista que el Papa» (al cual acusan hasta de comunista) es la que está molesta, muy molesta con lo ocurrido. Creyeron que iban a ganar, se sintieron confiados y no ocurrió así. La derrota fue de la derecha, y la derrota es más profunda en tanto no tengan la madurez de aceptar el resultado que fue expresado legítimamente en las urnas en el país vecino del norte.

  • ¿Por qué parte del pejismo simpatiza con Trump?

    ¿Por qué parte del pejismo simpatiza con Trump?

    ¿Por qué parte del pejismo simpatiza con Trump?

    Algunas personas están sorprendidas: ¿Cómo es que personas que dicen ser simpatizantes de izquierda simpatizan con el hombre rudo y fuerte de derecha?

    No es que todos los que simpatizan con López Obrador lo hagan con Trump pero sí son muchos, y al menos entre los activistas de redes, sí parece ser una mayoría. También es cierto que muchos que forman parte de la 4T (el propio López Obrador entre ellos) deseaban que Donald Trump ganara.

    A pesar de la sorpresa que ha dado a muchos, a mí no me parece completamente incoherente su postura. Parecería serlo si reducimos el análisis al espectro izquierda-derecha, pero la incoherencia se reduce si tomamos en cuenta «todo lo demás».

    No es que AMLO y Trump sean iguales: Uno viene desde abajo, el otro es un empresario que viene de familias acomodadas, pero representan cosas muy parecidas en sus respectivos países: ambos son mandatarios nacionalistas que representan a un sector de la población que ha quedado ignorada o relegada por el establishment en turno: los trabajadores blancos de los Apalaches son los campesinos de Tabasco.

    Ambos, tanto AMLO como Trump, son producto del debilitamiento de discurso del la democracia liberal, de ese consenso que va desde la socialdemocracia a la centro-derecha. Ni AMLO ni Trump son fenómenos aislados surgido de la nada; por el contrario, son producto de distintos fenómenos sociales que, al día de hoy, ningún científico de la política ha logrado comprender del todo.

    Es este punto clave, la confrontación contra el establishment, lo que explica que muchos pejistas estén defendiendo a Trump quién afirma que ha sido víctima de un supuesto fraude electoral. Es el individuo contra todo un sistema del que se dice perpetúa una situación de injusticia e incluso de dominación que atenta contra los intereses del pueblo. Tanto Trump como AMLO se erigen, cada uno a su modo, como líderes o representantes del pueblo profundo, aquello que a veces es pasado de largo por las élites intelectuales y económicas urbanas.

    Claro está, algo que no hace nada más que acentuar esta simpatía por parte del pejismo es la clara preferencia que tiene la hoy oposición mexicana (PRI-PAN-Felipe Calderón) por los demócratas con lo que Donald Trump ha denominado como el establishment. Esto claramente teje los puntos en común (enfatizados por López Obrador al negarse «por lo pronto» a reconocer la victoria de Biden mientras no se «resuelvan los asuntos legales») con la crisis postelectoral del 2006.

    Logran «empatizar» con Trump porque, dicen, ha sido víctima de algo que ellos mismos sufrieron.

    Es extraño, sí, ver tanto al lopezobradorismo (considerado de izquierda) como a la derecha dura (refiriéndome con ello no a la derecha partidista, sino a los sectores más conservadores o confesionales) como si fueran aliados por la misma causa. Algunos dirán que los extremos se tocan o que el gobierno de López Obrador es más bien de derecha (aunque es evidente que ideológicamente Trump y AMLO no son iguales). Los teóricos de la elección social dirían que no hay «preferencias de pico único» en una distribución que va de la izquierda a la derecha política aunque claramente se discute si el gobierno de AMLO es realmente de izquierda.

    Pero, a pesar de estas particularidades, esta simpatía por parte de un importante sector del lopezobradorismo por Donald Trump no debería siquiera ser vista con sorpresa. Los puntos en común entre el fenómeno AMLO y el de Trump posiblemente sean más abundantes que las diferencias de orden ideológico. No es fortuito que ambos mandatarios hayan logrado tejer una buena relación y que, al menos en público, ambos se transmitan una buena estima.

    Y por eso lamentan la salida de Trump, porque ya no existirá ese compañero con el cual compartan ese sentimiento de confrontación hacia el establishment. Seguramente AMLO, así como Bolsonaro y demás líderes populistas de la región, se sentirá un poco «más solo» el día de hoy.

  • Biden, la «nueva normalidad» después del populismo

    Biden, la «nueva normalidad» después del populismo

    Biden, la "nueva normalidad" después del populismo

    La victoria de Joe Biden, a pesar de las acusaciones infundadas de fraude, es inminente.

    Es cuestión de poco tiempo para que los medios reconozcan su triunfo y los presidentes de distintas naciones comiencen a felicitar a quien será el nuevo mandatario de los Estados Unidos.

    ¡Sacamos al populista de Washington! Dirán muchos, como si la «pesadilla» se hubiese terminado. El problema es que no es tan fácil.

    Pecaríamos de ingenuidad si pensamos que Donald Trump es un hecho aislado: que todo acontecía de forma normal y de pronto se apareció. Pero ni la política ni la vida funcionan así: todos los eventos tienen causas y, en este caso, son producto de diversos procesos sociales.

    Trump se va a ir, pero no se va a ir el trumpismo: la sociedad rota, polarizada y dividida va a seguir ahí. El fantasma del fraude, tal cual México 2006, va a circular por un buen rato en Estados Unidos. No importa que sea infundado, basta con que lo crean.

    Pero dicha polarización no es una creación de Donald Trump, más bien Donald Trump es, en cierta medida, producto de ella (y la supo explotar muy bien), y eso es lo que muchas personas (incluido algunos especialistas) no terminan de entender.

    Hay varios supuestos que tratan de explicar por qué Estados Unidos se ha polarizado tanto. Esta polarización se ha venido gestando poco a poco desde décadas atrás y, de forma progresiva, se ha venido acentuando. Hay quienes se han atrevido a rastrear el problema hasta el surgimiento de la televisión por cable donde las cadenas de «nicho ideológico» comenzaron a surgir y con lo cual fueron surgiendo estas famosas cámaras de eco que se han acentuado con las redes sociales.

    Seguramente no les falta algo de razón: los cambios tecnológicos introducen cambios sociales y es muy evidente que Internet y las redes sociales han venido a modificar de manera muy profunda la forma en que la gente se comunica y comparte información. Es evidente que estos cambios tecnológicos van a traer cambios en las estructuras políticas que al día de hoy no podemos dimensionar del todo.

    Pero creo que, si bien es esa una variable importante y muy relevante, no es la única. Los cambios sociales y demográficos también han colaborado mucho para ello: una clase «blanca» que se siente amenazada porque está muy cerca de dejar de ser mayoría en Estados Unidos, puestos de trabajo que se van a otros países y un largo etcétera. ¡Es un tema complejísimo!

    También es un error reducir el problema a Donald Trump o a estos sectores de derecha dura y es un error que los del «otro lado» se abstengan de hacer una profunda autocrítica como si fueran absolutamente ajenos al problema. La polarización cae en ambos lados y manifestaciones radicales también pueden ser vistas en la izquierda estadounidense con movimientos como los Antifa o fenómenos como la cultura de la cancelación. No es un problema de «alguna ideología», se trata más bien de un problema generalizado donde la polarización ha roto cualquier puente o vaso comunicante entre ambas facciones y ha sacado a relucir lo peor de ambas posturas ideológicas. Ello explica que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, republicanos y demócratas no puedan ni verse y tengan grande dificultades para llegar a consensos.

    Mientras exista esta polarización, las condiciones están dadas para que otra figura de extrema derecha o izquierda pueda aspirar llegar al poder. La «pesadilla» no ha terminado, solo ha sido interrumpida. ¡Y vaya tarea tan complicada la de reparar la fractura!

    Y el problema es que no solo es tarea de Biden o los demócratas que igual han caído en el juego polarizador. El gobierno no tiene los alcances para, por sí mismo, conciliar a toda esta sociedad tan fracturada (y no solo es tarea del gobierno). A lo más que puede aspirar el gobierno es crear un discurso conciliador y, dentro de lo que cabe, tratar de gobernar para todos y no solo para una facción.

    Por eso, lo que llega, usando la terminología de la pandemia, es una «nueva normalidad» que no es como la de antes. Es una normalidad que puede ser muy engañosa y que seguramente será muy tensa. Una normalidad donde las expresiones de extrema derecha en Occidente siguen abundando.

    Dicho todo esto, podemos concluir que Joe Biden no la tendrá fácil, menos en un contexto donde tanto los republicanos como sus aliados demócratas están más polarizados que nunca y donde las dos «facciones sociales» no están dispuestas siquiera a verse la cara.

    Veremos si Biden es hábil para sortear este conflicto social que de ninguna forma ha terminado. Veremos si es capaz de conciliar o solo de satisfacer a su electorado. En unos años podremos saber si ha cumplido con tan difícil tarea o ha fracasado.

  • ¿Por qué Trump es nocivo para la democracia estadounidense?

    ¿Por qué Trump es nocivo para la democracia estadounidense?

    ¿Por qué Trump es nocivo para la democracia estadounidense?

    Las instituciones de los países no solo funcionan gracias a su normas formales, sino también gracias a las convenciones informales, que no están escritas en ningún lado pero que siempre se respetan. Algunas de estas convenciones pueden ser nocivas (por ejemplo, el dedazo en el PRI hegemónico) y otras pueden ser muy beneficiosas.

    Una de las tradiciones informales en Estados Unidos es que siempre que los resultados no le favorezcan al candidato, reconocerá el triunfo del otro y le deseará la mejor suerte. Pareciera tan trivial y obvio, pero no lo es. Está tan arraigado en la cultura política estadounidense que, en el año 2000, frente a fuertes sospechas de fraude, Al Gore, a pesar de decir que no estaba de acuerdo con el resultado y haber buscado impugnar mediante mecanismos constitucionales, lo aceptó y dejó que George W Bush llegara al poder sin contratiempos.

    Básicamente, Trump ha roto con esa tradición que le da legitimidad al proceso electoral. Ciertamente Biden todavía no gana (aunque su victoria cada vez se ve más cercana), pero Trump ya ha asegurado que le «hicieron fraude», que hay un complot de los demócratas y básicamente «ha mandado al diablo a sus instituciones».

    A Estados Unidos no le viene nada bien que un sector de la población piense que las instituciones electorales no son legítimas. Así es como el orden institucional (que en Estados Unidos, con su sistema de pesos y contrapesos, ha sido sólido) empieza a erosionarse. Así, poco a poco.

    México es una gran muestra de ello. La legitimidad del INE sigue cargando con las acusaciones de fraude del 2006 y le da más razones al AMLO de hoy para desacreditarlo. Así, las descalificaciones de Trump al proceso podrían tener cierta afectación en años posteriores. No pocos se creerán el cuento del fraude, y pensarán (si no es que algunos ya no venían haciendo) que las instituciones electorales no son confiables y que «defienden a una élite frente a los intereses del pueblo».