Etiqueta: machismo

  • Día Internacional del Hombre

    Tengo que confesar que cuando me enteré de que el 19 de noviembre se celebraba el Día Internacional del Hombre, mi primera reacción fue negativa. Siendo su equivalente, el Día Internacional de la Mujer, una fecha para crear conciencia sobre las dificultades, inequidades e injusticias que viven las mujeres en todo el mundo, no podía entender cómo los varones podían ser considerados un género en desventaja.

    A diferencia de las mujeres, a los hombres no se les mata por el simple hecho de serlo; no es común el ejercicio de la violencia contra ellos dentro de los hogares; no es su sexualidad un riesgo para su integridad física cada que salen a la calle; no se les paga un 30 por ciento menos que a las mujeres por el mismo trabajo, ni se les exige una doble jornada en el hogar. ¿Cómo entonces podía justificarse la existencia un día internacional para ellos?

    Al principio consideré que se había caído en una guerra de egos, que se estaba banalizando la causa creando una celebración en lugar de una conmemoración, algo al estilo del Día de la Madre y del Padre, irremediablemente secuestrados por el consumismo y la mercadotecnia; pero al querer entender su justificación investigando al respecto, comprendí que estaba cayendo en lo mismo que criticaba, al juzgar algo basada en los estereotipos comunes, antes de informarme sobre el tema. Recordé lo que decía una maestra mía: «Es difícil desprenderse de una vida entera de vivir sumergida dentro del sistema».

    El 19 de noviembre se instauró como el Día Internacional del Hombre (DIH) precisamente con la finalidad de erradicar los prejuicios que exigen una masculinidad agresiva como la aceptable, destacando el rol positivo de los varones, que no requiere poner un valor superior a lo masculino sobre lo femenino.

    El DIH, que está apoyado por la Organización de las Naciones Unidas, tiene seis objetivos principales según el sitio global de internet sobre esta conmemoración:

    1.- Promover modelos masculinos positivos; no sólo estrellas del cine y el deporte, sino hombres de la vida diaria, pertenecientes a la clase media que viven vidas honestas y decentes.
    2.- Celebrar las contribuciones positivas de los hombres a la sociedad, comunidad, familia, matrimonio, cuidado de niños, y para el medio ambiente.
    3.- Centrarse en la salud y el bienestar de los hombres, social, emocional, físico y espiritual.
    4.- Destacar la discriminación contra los hombres, en áreas de servicios sociales, actitudes sociales, expectativas y ante la ley.
    5.- Mejorar las relaciones de género y promover la equidad.
    6.- Crear un mundo mejor y más seguro, donde la gente pueda estar a salvo y crecer hasta alcanzar todo su potencial.

    La finalidad de promover tipos distintos de masculinidades es en sí una vertiente de la lucha por la equidad de género, pues la base de la discriminación contra las mujeres que fomenta el desprecio hacia lo femenino obra asimismo en detrimento de los mismos varones. El machismo también los afecta a ellos al exigirles sólo un modelo aceptable de ser, donde la «hombría» no es algo per se, sino que se debe de ganar demostrando los atributos que se han considerado como deseables desde tiempos antiguos, entre los que se cuenta la fuerza, el liderazgo, la firmeza de carácter, la sobriedad, la capacidad de dominar las emociones, etcétera.

    Aquellos que no se ajustan a la norma, o cuyas cualidades físicas los ponen en desventaja con hombres más musculosos, generalmente sufren el acoso por parte de los demás, y se ven forzados a poner énfasis en otras cualidades para defender su masculinidad, pues no hay peor cosa para un hombre que ser comparado con una mujer.

    Es precisamente este temor a caer en un rol femenino lo que fomenta el machismo, que en distintos grados puede crear un odio capaz de llegar a matarlas por el simple hecho de haber nacido mujeres, asesinando así al objeto que representa todo lo que la sociedad les ha enseñando a despreciar: la «debilidad», la «obediencia», la «timidez», la «emotividad», etcétera.

    Una masculinidad diferente, libre de tales estereotipos, puede liberar a los hombres del juicio social que les impide actuar auténticamente, de disfrutar su hogar y a su familia sin tener que colgarse el epíteto de «mandilón», de recuperar el derecho de ser hombre sin tener que probárselo a nadie.

  • Feminicidio

    No todos los asesinatos de mujeres son feminicidios, pero el no observar los tintes de género implícitos en aquellos que sí lo son ayuda a invisibilizar un fenómeno cultural que pone en peligro a todas y cada una de las féminas de una entidad.

    La falta de información y poca difusión que existe sobre los estudios de género han provocado que mucha gente crea incluso injusto que se tipifique sobre el feminicidio, considerando que la existencia del homicidio es suficiente, sobre todo cuando se pretende la igualdad entre los sexos.

    Pero en esta ocasión no estamos hablando de un uso correcto del lenguaje, donde habría que distinguir entre el asesinato de un hombre o una mujer por su prefijo, sino de la inclusión de un delito que cuenta con una tipificación específica circunscrita en la categoría de crímenes de odio, término surgido a mitad de los años 80 en los Estados Unidos, que recientemente comienza a introducirse en México, tanto en el léxico común como en la letra de la ley.

    La distinción intentada por la definición de crímenes de odio es la de incrementar las penas y sanciones a los delitos cometidos en contra de minorías socialmente desfavorecidas, es decir, de aquéllos cuya motivación se encuentre en razones de raza, género, orientación sexual, religión, discapacidad física, nacionalidad, etcétera.

    Ahora bien, aun cuando el censo 2010 confirma que las mujeres somos mayoría en México, la desigualdad histórica, social y jurídica nos coloca en la categoría de minoría y, por lo tanto, en la de grupo vulnerable, es por eso que la igualdad a secas no nos favorece, pues la inequidad es tal que la igualdad o la neutralidad no equilibra la balanza. Además de que existe un odio invisible, engendrado y reproducido en prácticamente todos los sistemas educativos, desde la casa a la escuela, pasando por las instituciones públicas.

    ¿Cuántas veces le hemos dicho a un niño que no llore como niña?, ¿o lo hemos sacado de la cocina porque ése no es lugar para los hombres? ¿Cuántas ocasiones hemos instado a un joven para que muestre valentía diciéndole que “no sea vieja”? Incluso en sentido inverso, ¿cuántas veces hemos apremiado a un varón a que se comporte como “hombrecito”? Algo debe de estar mal con ser mujer entonces si existe tanto énfasis en que un hombre no se comporte como tal, si serlo significa ser cobarde, débil, sentimental e indiscreto, o si no, ¿por qué se emplea la palabra “hombría” para definir lo contrario? ¿Por qué las mejores cualidades se definen con el sexo masculino?

    Para muestra un botón: en una de las acepciones de “hombre” de la Real Academia Española, ésta lo define como: “Individuo que tiene las cualidades consideradas varoniles por excelencia, como el valor y la firmeza”. Mientras que la misma acepción no pone ningún ejemplo de esos atributos en referencia directa a su contenido semántico cuando se busca el significado de “mujer”. ¿Será de verdad que no encontraron ninguna? Como dato curioso, existen cuatro ejemplos incluyendo “mujer del arte” que se refieren a prostituta.

    El resultado inevitable de esto ha sido el de poner al varón por encima de la fémina, donde se desvaloriza a ésta al grado de ubicarla en la categoría de objeto cuya existencia es prescindible, y cuyas transgresiones a esta jerarquía serán castigadas con violencia de género como una forma de conservar los privilegios patriarcales. El extremo de esa violencia es el feminicidio.

    No se puede considerar igual entonces un homicidio, donde se asesina a un hombre o a una mujer por cualquier cuestión, a un feminicidio, donde se mata a una mujer por el simple hecho de serlo; en el segundo todas las féminas estamos expuestas sin importar lo que hagamos.

    Aun cuando los asesinatos de mujeres a través de los tiempos han sido numerosos, no fue sino hasta el fenómeno que comenzó en Chihuahua con las Muertas de Juárez desde 1993, que éstos empezaron a tener popularidad en el terreno de las políticas públicas, con una tardía reacción por parte del legislativo. Parece casi increíble que hubieran tenido que pasar 18 años para que a las y los diputados colimenses se les ocurriera legislar al respecto, sobre todo cuando hablamos de que Colima es el segundo estado con mayor violencia sexual, de acuerdo a datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2006. Pero supongo que más vale tarde que nunca, después de todo, con este movimiento Colima se une a las siete entidades que ya han integrado este delito a sus códigos, entre las cuales, por cierto, no está Chihuahua, quien encabeza la lista en asesinatos de mujeres por cuestiones de género, según el INEGI.

    Como muestra de que cuando se dejan de lado los intereses personales o de grupo y se recuerda el compromiso adquirido con la ciudadanía se pueden lograr grandes avances, el Congreso del Estado de Colima aprobó la semana pasada una iniciativa presentada conjuntamente por las coordinadoras de las bancadas del PAN y del PRI, Patricia Lugo Barriga e Itzel Ríos de la Mora, para incorporar al feminicidio como una figura delictiva.

    Entre las adiciones más importantes está la que se le hizo al Código de Procedimientos Penales, donde se señala que se debe de “evitar incorporar en la investigación elementos de discriminación que pueden dar como resultado una descalificación de la credibilidad de la víctima y una asunción tácita de responsabilidad de ella por los hechos, ya sea por su forma de vestir, por su ocupación laboral, conducta sexual, relación o parentesco con el agresor”.

    También se considera en las reformas el hacer un banco de datos sobre delitos en contra de mujeres; hacer y aplicar protocolos con perspectiva de género para proceder a la búsqueda de mujeres y niñas desaparecidas, y capacitación de personal de la Procuraduría General de Justicia local sobre perspectiva de género en la aplicación de su labor en asuntos de violencia y feminicidio. La aprobación de esta propuesta es un gran avance en la protección de la integridad y derechos de las mujeres, sin embargo, falta llevar la teoría a la práctica.

    Quiso el destino que esta iniciativa pasara justo un día antes de que se encontrara el cuerpo sin vida de Andrea Rodríguez García, adolescente de 16 años que había desaparecido el sábado 20 de agosto, cuando se dirigía a un partido de futbol, como si hubiera querido darle un rostro a la monstruosidad de este tipo de crímenes y un sentimiento de indignación a las y los ciudadanos que se encargan de garantizar la justicia.

  • El peligro de la costumbre

    Hace poco más de un año, una profesora de género me pasó un artículo que hablaba sobre el “planchado” de senos, práctica que me pareció aberrante, más aún por las razones por las cuales se ha instaurado.

    En África, más específicamente en Camerún, las madres “planchan” los senos de sus hijas para evitar que éstos se vuelvan voluptuosos y alejar así las posibilidades de acoso sexual o violación. La práctica consiste en calentar al fuego una piedra lisa y después presionar con ella o masajear los incipientes senos de sus hijas, a quienes comienzan a «plancharlas» desde edades tan tiernas como los 8 años.

    Las consecuencias de este hábito van desde el dolor mismo que produce, hasta abscesos, infecciones, cáncer de mama, e incluso la desaparición de uno o ambos senos; pero a pesar de esto, se mantiene como una forma para proteger a las mujeres de la región.

    El “planchado” de senos es considerada una forma de mutilación genital, que al igual que la ablación es ejecutada a las mujeres por las mismas féminas de su familia, mas la persistencia de esta costumbre se origina en una mentalidad machista que sanciona al cuerpo femenino, la cual no se constriñe a un sexo en específico, sino a la creencia diseminada de que son ellas las culpables de su propia victimización.

    Quizás en México veamos este tipo de usos como una aberración fuera de toda lógica, sin embargo, en ciertos lugares, la falta de leyes y de sensibilidad de género ha provocado que se comiencen a instaurar prácticas destinadas a esconder al cuerpo femenino para protegerlo de los depredadores sexuales. En estados como Chihuahua o Tamaulipas, las jóvenes comienzan cada vez más a salir a las calles vestidas con ropas sueltas, sin maquillaje, y con el cabello desarreglado, para alejar así las posibilidades de ser acosadas o violadas, e incluso para evitar convertirse en un número más de las muertas de Juárez.

    El incremento de la violencia, en cualquier país, tiende a exaltar los valores masculinos negativos, consistentes en la agresividad y la discriminación a lo femenino, que fuerza a las mujeres a vivir una situación de agresividad que merma su calidad de vida, quienes, ante la indiferencia de las autoridades, se ven obligadas a negar su propia feminidad con tal de protegerse.

    La guerra siempre ha sido más cruel con el género femenino que con el masculino en todo el mundo, pues ante cualquier situación violenta las mujeres tienen más posibilidades de ser abusadas sexualmente que los hombres, y aun cuando México no está oficialmente en guerra, el estado de emergencia que vivimos se asemeja a uno, y las féminas viven con más temor a ser violentadas.

    El hecho de que ya existan jovencitas que, para poder sentirse a salvo al caminar por las calles de las ciudades en las que viven, tengan que ocultar su sexualidad crea en su subconsciente la idea de que hay algo malo con su género, al grado que debe de ser escondido, negado, porque temen que alguien pueda dañarlas sólo por ser mujeres.

    La Real Academia Española de la Lengua define al terrorismo, en una de sus acepciones, como «dominación por el terror». ¿Qué puede ser más terrorífico que el vivir con un eterno miedo a sufrir violencia tan sólo por existir? ¿Qué no es evidente que en ciertos lugares del país ya se ejerce un fuerte control sobre las mujeres, al grado que tienen que invisibilizarse para poder caminar por las calles en relativa calma?

    El “planchado” de senos y la ablación son costumbres naturalizadas en algunos países de África parar poder ejercer un control sobre la sexualidad de las mujeres, sin importar si la «protección» que esto implica resulta aun más perjudicial para el cuerpo y la psique de quienes la sufren; mas el fenómeno que comenzamos a vivir en México atiende a los mismos principios que esas prácticas, y corremos el riesgo de acostumbrarnos a ellas y por lo tanto, a preservarlas, culpando después a las que no acaten estas reglas no escritas por su propia victimización.