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Los gringos no saben jugar futbol

Las redes se llenaron de algarabía. Estados Unidos había quedado fuera del mundial. Tenían que darse muchas combinaciones que se consideraban improbables para que así sucediera, y que el equipo de las barras y las estrellas perdieran con una débil Trinidad y Tobago. Pero eso fue lo que sucedió: ¡los gringos están fuera del mundial! Mejor aún para los aficionados, todos sus victimarios habían quedado fuera: Holanda (el #NoEraPenal que tal vez sí era) y Chile (por golearnos 7-0) como si eso fuera un triunfo para una selección caótica como la nuestra. 

El compromiso que hicieron en 1998 era que los estadounidenses fueran campeones del mundo en 2010. Ciertamente el nivel de su selección mejoró durante algún tiempo, e incluso durante la década pasada, a rasgos generales, fue mejor que la nuestra, pero algo pasó en esta década que todo se vino abajo. Ni una planeación más meticulosa, ordenada y limpia que la nuestra bastó para poner a su selección allá arriba. 

Pero Estados Unidos no sólo ha quedado marginado de la Copa del Mundo, también se ha marginado de la UNESCO (por mostrar un sesgo, dicen, contra Israel y a favor de Palestina) y está ya a un paso de deshacer el TLCAN. La política exterior de Estados Unidos es la automarginación y el abandono de los acuerdos multilaterales por otros bilaterales, lo cual representa no sólo un retroceso para Estados Unidos, sino para el mundo que marcaba una tendencia más bien a aglomerarse en regiones (como la comunidad europea, y los creados por los tratados multilaterales de diversas índoles). Así como el proyecto que Estados Unidos tenía dentro del futbol se vino abajo, el proyecto de Estados Unidos como país y potencia mundial podría tener un paradero similar.

La algarabía de ver a la selección de Estados Unidos excluida del mundial de Rusia es un tanto banal. Ello no hará que el nivel de la selección mexicana mejore ni la ayudará a clasificar al quinto partido. De la misma forma, no se puede celebrar la cerrazón de Estados Unidos en materia política o económica ni su decadencia. Hasta el experto más antiestadounidense sabe que las consecuencias de dicha cerrazón para nuestro país no serán las mejores. No sólo por las consecuencias directas de la relación entre ambos países, sino por las consecuencias indirectas, como por ejemplo, que se marque la pauta de abandonar el proceso de apertura en pos de un mundo con naciones cada vez más cerradas y ensimismadas. 

La apertura comercial y la interdependencia entre las naciones no sólo se explica en términos económicos, sino en términos políticos. La interdependencia es uno de los factores por los cuales los países tienen menos incentivos para declararse la guerra dado que ambas partes pierden más al cortar dichos lazos. Ganan más al tener acuerdos comerciales que conquistándose uno al otro. En este sentido, los conflictos son dirimidos por otros medios, ya sea diplomáticos o incluso «guerras económicas», pero ninguno de estos se traduce en devastación o pérdidas humanas. No es que la decisión de Estados Unidos vaya a derivar en una guerra (aún con las medidas proteccionistas, las relaciones de interdependencia siguen siendo sustanciales), pero sí podría marcar una pauta que termine representando un retroceso en materia de acuerdos e integración.

Nada de esto es para celebrar. A pesar de los pesares, a México, al menos en estas épocas, le ha sido más beneficioso que perjudicial tener a Estados Unidos de vecino. Algunos aseguran lo contrario, que Estados Unidos «chupa» los recursos de México, pero lo mismo dicen los estadounidenses que apoyan a Donald Trump, que nosotros nos hemos aprovechado de ello. Tampoco es para celebrar que China levante la mano como potencia económica porque su cultura no es democrática, menos podemos celebrar a Rusia, que políticamente sigue teniendo cierta importancia, que aunque se caracteriza por tener gobiernos autoritarios y corruptos, en términos de materia geopolítica tiene mucho oficio. 

Estados Unidos, para sorpresa de todos, no va al mundial, pero también está empeñándose en «descalificarse» del concierto de las naciones. 

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