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  • El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    El 50 aniversario de la masacre estudiantil, un momento de repensar nuestra historia

    A diferencia de lo ocurrido en otros regímenes latinoamericanos, el nuestro, el del partido único del PRI, no se caracterizó por su constante represión a los opositores sino por su absorción e inclusión dentro del aparato de poder. Se absorbía a los intelectuales de su tiempo e incluso se les permitía cierta forma de disensión y expresión en tanto ello no pusiera en riesgo el poder que el aparato tenía: muralistas, escritores, artistas, muchos de ellos llegaron a formar parte de la familia del PRI.

    La masacre del 68 fue más bien una excepción a la regla. Pero fue una cruda, dura e hiriente excepción. Al punto en que dicha herida sigue viva dentro del inconsciente colectivo mexicano.

    Se repite una y otra vez que el dos de octubre no se olvida, es una herida que influyó en la reconfiguración de la política mexicana y la evolución de los movimientos sociales. En momentos de tensión geopolítica donde Occidente y la URSS buscaban hacerse de la hegemonía mundial, no sobraron las sospechas de que los rusos o la CIA pudieran haber estado influyendo sobre la manifestación y ello fue lo que desató la paranoia de Gustavo Díaz Ordaz que derivó en la matanza estudiantil.

    La masacre fue la primera fractura dentro de la estructura del régimen del partido único. Hasta antes de ese evento, de lo que se hablaba era del milagro mexicano, del crecimiento sostenido, del desarrollo de infraestructura. El aroma a progreso no se podía negar, pero éste iba a acompañado de una restricción hacia varias libertades y derechos que hoy consideramos como garantizados. Burlarse de Díaz Ordaz como hacían en ese entonces los estudiantes era una afrenta contra el sistema y el status quo. En ese entonces era mal visto burlarse del Presidente, no era para nada como en estos tiempos que hasta el individuo más tranquilo y conservador comparte chistes de Peña Nieto. Los jóvenes, en un año que coincidió con varios movimientos estudiantiles de izquierda como el acontecido en Francia, querían emanciparse de una forma de gobierno que a la postre sería conocida como la «dictadura perfecta». 

    Los familiares de los estudiantes nunca vieron algo parecido a la justicia. Ellos estaban solos ante un sistema que, ante la indignación, comenzó a absorber a parte de la intelectualidad a sus filas, lo cual también disipó la fuerza de dicho movimiento. Otros tuvieron a sus hijos en los separos, algunos de los cuales fueron torturados. Díaz Ordaz murió en paz, Luis Echeverría vive sus últimos años de su vida en su casa (bastante grande, por cierto). 

    El régimen del partido único se comenzó a fracturar desde ese entonces. Los presidentes que le sucedieron a Díaz Ordaz buscaron calmar las aguas a través de un oneroso gasto público (que empezó a repercutir en las finanzas del país) y de frustradas visitas a la propia UNAM donde Luis Echeverría les advirtió a los estudiantes que no se dejaran manipular por la CIA y el fascismo. Desde ese entonces, la figura presidencial comenzó a perder respeto y a ser objeto de burlas. Si bien, el régimen del partido único sobrevivió hasta el 2000, ya nunca vivió etapa alguna de crecimiento sostenido, ni de legitimidad ante la mayoría de la población. Algo se había fracturado. 

    Algunos recuerdan ese México «pre68» con nostalgia. Existían menos libertades sociales y políticas, dicen, pero a cambio existía un país más tranquilo y estable, sin mayores complicaciones. Pero regresar al pasado es absurdo, y también es debatible si el México de esos tiempos era mejor que el de ahora. Tal vez el problema es que, dentro de las nuevas libertades que hemos adquirido, no hemos logrado construir país con instituciones más sólidas. La democracia convive con los vicios propios de ese sistema al cual algunos le tienen tanta nostalgia. Tal vez el problema no fue que hayamos abandonado ese pasado que algunos añoran, el problema tal vez fue que no lo terminamos de abandonar del todo.

    Hoy, que se cumplen 50 años de los lamentables hechos, no solo deberíamos evitar que el 2 de octubre no se olvide, sino que tampoco debemos olvidar lo que sucedió después y que es lo que nos tiene hasta aquí. Estos 50 años son un buen pretexto para repensar nuestra historia contemporánea, donde pasamos de un régimen de partido único a una democracia que todavía no ha terminado de tomar forma. 

     

  • Por qué no se debería de olvidar el 2 de Octubre

    Por qué no se debería de olvidar el 2 de Octubre

    -Ya deja de quejarte, a ti ni siquiera te tocó vivir eso, ni habías nacido. -Son cosas que ya pasaron, mejor ponte a trabajar. -¿Tu crees que a un gobierno que quiere «transformar a México» se le ocurriría hacer semejante barbaridad en un mundo tan globalizado como el de ahora?. -Eso de recordar el 2 de Octubre es de chairos frustrados, mi abuelo en lugar de sumarse con esos revoltosos se puso a estudiar.

    Por qué no se debería de olvidar el 2 de Octubre

    Lo que duele del 2 de Octubre no sólo tiene que ver con quienes murieron en semejante masacre, tiene que ver con el hecho de que los culpables nunca pagaron. Díaz Ordaz murió cómodamente unos años después de dejar la Presidencia. Luis Echeverría a pesar de que en algún momento (en tiempos de Fox) parecería que iba a tener algo parecido a un castigo, sigue pasando la última etapa de su vida en su hogar. Los ciudadanos no recibieron ninguna disculpa del gobierno ni de los medios que solaparon dicha masacre.

    Es cierto que en México nunca se vivió tanta violencia como en otros países debido a que el gobierno tendía más bien a cooptar a los opositores. El 2 de Octubre podría parecer un juego de niños si comparamos con todo lo que ocurrió en el Chile de Pinochet o la Argentina de Videla. El problema es que es una herida que no se cierra, el problema es que todo ese resentimiento que existe incluso en las nuevas generaciones, ese que motiva a algunos individuos a manifestarse violentamente, tiene que ver con eso, con ese -el gobierno se salió con la suya-. El problema es que ya es muy tarde para hacer justicia y el partido en el Gobierno ni siquiera ha mostrado un repudio frontal ante aquello que hicieron sus antecesores.

    Cualquier acto de represión, o cualquier acto percibido como represión por parte de manifestantes o activistas (aunque no lo sea) es siempre relacionado con el 2 de Octubre. La matanza de Tlatlaya es equiparada con el que ocurrió en Tlatelolco y se toma como referencia para dimensionar la masacre. Y esto es muestra de lo abierta que está la herida a casi 50 años.

    La Matanza de Tlatelolco fue un parteaguas dicen, fue el momento en que el futuro de México se empezó a resquebrajar, fue el momento en que la oposición afloró, pero tardó en crecer (y que tardó mucho, al punto en que pasaron 32 años para que se viviera una alternancia política que en la actualidad está en riesgo), fue el momento en que los jóvenes comenzaron a tener más importancia, fue el momento en que la gente se dio cuenta por quienes estaban siendo gobernados, fue el momento en que se comenzó a criticar al gobierno a los 4 vientos, fue el momento en que todo se trató de solucionar con manifestaciones (que su ineficacia está probada en el 90% de los casos).

    Pensar en un hecho similar sería complicado en tiempos actuales, pero si nos hemos percatado que los actos de represión han aumentado peligrosamente, la censura a periodistas, gente golpeada por ser incómoda al régimen (como el caso de Silao) y actos más dignos de un gobierno autoritario e intolerante que de uno democrático como el actual dice ser.

    El 2 de Octubre fue la paradójica consecuencia de esa historia mítica y heróica que nos contaron en los libros de la SEP. Libros que no tocarán el tema de Tlatelolco, o bien, lo harán de una forma escueta.